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EL ACONTECIMIENTO

Javier Giménez Sasieta





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"No sé con qué armas se librará la Tercera

Guerra Mundial, pero en la Cuarta Guerra

Mundial usarán palos y piedras."


Albert Einstein


El Hombre es un lobo para el Hombre.”


Thomas Hobbes












1







 

La sala de control olía a miedo.

Una y otra vez, los técnicos revisaban febrilmente los sistemas de control, asegurándose de que todo estuviera correcto. El experimento estaba a punto de comenzar.

Todo el recinto tenía el aspecto frío y funcional propio de un complejo de investigación: suelo técnico de loseta blanca, mobiliario impersonal y una ingente cantidad de ordenadores. El resplandor azulado de decenas de monitores destacaba entre la penumbra, proyectando una luz irreal sobre los numerosos científicos, que se removían inquietos en sus asientos.

Por encima del ruido de los generadores se percibía claramente un murmullo callado. Una letanía de voces monocordes que, acompasadas, intercambiaban información técnica en un lenguaje ininteligible. Sin que ninguno destacara sobre los demás, se cruzaban cientos de pequeños diálogos y preguntas. Mensajes secos, tensos y urgentes, que reclamaban una respuesta precisa y fiable. Una respuesta científica.

En aquella sala se respiraba concentración. El sonido de las voces, a modo de mantra tibetano, ayudaba a concentrarse, a no desviarse, a no fallar.

No podían fallar.

Las enormes torres de servidores de datos aguardaban, expectantes, a que se produjera el acontecimiento. Apiladas en un lateral de la enorme sala, tenían una gigantesca, nunca vista capacidad de almacenamiento. La primera vez que alguien entraba en el Sancta Sanctórum, que era como el personal llamaba a la sala de control, no podía evitar una sensación desapacible. Aquel lugar no estaba diseñado para las personas, ni para los asuntos propios de la condición humana. Era territorio de las máquinas. 

Frente a ellas, un técnico de aspecto preocupado maldecía en silencio la insensata ambición profesional que lo había llevado a esa sala. Medio año atrás, la oferta de participar en el experimento le había parecido una gran oportunidad para su carrera. Por no decir de la fascinante y gigantesca apuesta científica que representaba. Ahora, melancólico, añoraba la feliz ignorancia en la que vivía antes de embarcarse en el proyecto. Escuchó por sus auriculares la voz de su jefe de sección requiriéndole información. Empleó unos pocos minutos en conferenciar con su interlocutor, procurando ocultar su nerviosismo y sonar igual de serio y concentrado. En realidad lo estaba.

Finalmente, y tras un examen bastante más exhaustivo de lo que preveía, la voz pareció darse por satisfecha y lo abandonó, volando hacia nuevas comprobaciones y nuevas presas, no sin antes desearle buena suerte.

Tras participar en aquella letanía, miró al reloj de la pared. Ya solo faltaban diez minutos para que se produjera el acontecimiento. Un sudor frío le resbalaba por la frente, y sintió cómo un escalofrío le recorrió la columna, haciéndolo temblar. Maldita responsabilidad.

Aquella mañana, el profesor Dematisse se lo había dejado meridianamente claro. El viejo director del experimento se encargó de recordarles que debían de estar absolutamente concentrados.

—Caballeros, creo que son plenamente conscientes de lo que nos jugamos esta tarde. No puede haber errores. No puede haber dudas. No podemos fallar. Cada uno de ustedes son pieza clave y crítica del experimento. Les recomiendo que revisen una última vez el protocolo de actuación de sus responsabilidades y de sus tareas. Recuerden que esta vez todo ha de ser realizado conforme al protocolo. Se diseñó como garantía de integridad y de seguridad, por lo que no quiero que nadie se relaje, ni que vaya por libre, ni que se descuide. Lo que digamos mañana al mundo, lo hemos de decir sabiendo que no hay posibilidad de error.

Y sus palabras habían causado efecto. Vaya si lo habían causado. Aquella sala rebosaba tensión por sus paredes. El aire acondicionado la mantenía en unos efectivos diecinueve grados, y se encargaba de que el sudor y la preocupación no se percibieran.

Sin éxito. Un miedo apenas contenido aguardaba ansioso la oportunidad de desatarse.

Dematisse, sentado en el puesto de dirección, estaba muy desmejorado. Había pasado ya un mes desde que realizó el experimento por primera vez. Aún recordaba cómo en el transcurso del mismo se produjo aquel extraordinario acontecimiento. Un suceso que lo llevó al mayor descubrimiento científico de todos los tiempos.

Y a sus aterradoras implicaciones.

Desde entonces, su única obsesión había sido repetir el ensayo y encontrar algún fallo. El viejo profesor confiaba en haber cometido algún error y que sus conclusiones estuvieran equivocadas. En el transcurso del último mes había exprimido a su equipo hasta casi la extenuación, revisando meticulosamente las instalaciones y el procedimiento. Cada uno de los técnicos del proyecto había llegado a tener el mismo aspecto avejentado que él, aplastado por la disyuntiva de desear el fracaso del experimento, al tiempo que intuía un éxito no deseado.

Henri Dematisse era un personaje peculiar. Premio Nobel, especialista multidisciplinar, dominaba ampliamente una enorme variedad de conocimientos, desde Biología Molecular hasta Física Cuántica. Aunque como el mismo decía, su afición personal era la cocina.

Reconocido gourmet, hombre erudito y de modales informales, no era raro verle hasta altas horas de la madrugada trabajando en su despacho del complejo, en ocasiones acompañado de un Gran Reserva, generalmente Chateau du Courlat o Petrus, sus vinos favoritos.

Sacaba lo mejor de sí mismo en la investigación pura, “la que expande la mente de los hombres”. Al recibir el premio Nobel por sus descubrimientos en superconductividad, en su discurso de aceptación realizó un encendido elogio de su colega y finalista al premio, Richard Jones, cuyas investigaciones sobre física teórica habían impresionado profundamente a Dematisse.

Aunque su aspecto se había deteriorado últimamente, aún conservaba una energía vibrante y un carácter arrollador, especialmente en un momento tan crucial como aquel.  A través de megafonía, la voz del director del proyecto, metálica y reverberante, retumbó por la sala de control:

—Estamos alcanzando la energía crítica. T menos veinte segundos. Caballeros, es la hora, prepárense.

La sala redujo aún más la iluminación, hasta quedar tan solo iluminada por los monitores y la luz individual de trabajo de las mesas. El fragor de los generadores eléctricos del complejo había alcanzado una dimensión ensordecedora, anulando el murmullo de los técnicos, ya apenas audible, que se escuchaban tan solo por el canal interno de los auriculares. Un zumbido sordo, grave y penetrante, dominaba el espacio oscuro del santuario. Un estruendo insano, casi sobrenatural, fruto de la desbocada potencia eléctrica del complejo.

Estaban a punto de conseguirlo.

—¡T menos cinco segundos!

Dematisse se santiguó y apretó los dientes. En su fuero interno rezó febrilmente por que no sucediera nada.

Y tras unos segundos que parecieron eternos, apareció súbitamente una cegadora explosión de datos. De forma simultánea, todas las pantallas de los ordenadores y los enormes monitores que colgaban de las paredes recibieron un deslumbrante fogonazo de información que iluminó el recinto por un instante. Una catarata de datos que esta vez no cogió desprevenido a nadie. Los enormes supercomputadores y las torres de almacenamiento masivo parecieron cobrar vida, alumbrando una actividad frenética mientras duraba el acontecimiento. Henchidos de actividad, emitieron todo tipo de sonidos, absorbiendo y guardando aquel torrente de información, para después callar súbitamente, sumiendo al recinto en la oscuridad total.

El acontecimiento se había producido de nuevo.

 

 

Unos tímidos aplausos comenzaron a resonar desde la zona de control de servidores, intuyendo el éxito por la repetición del evento. Se había vuelto a producir la misma explosión de información que la primera vez. Ahora quedaba comprobar que esta concordaba con la obtenida en el primer experimento. Por eso los aplausos sonaban aislados, casi inoportunos, como si tentaran la suerte o llamaran al mal fario. Unos pocos técnicos se unieron a la celebración. Muchos no aplaudieron. Este escaso entusiasmo pronto acabó con el incipiente júbilo, que debido a su escasa concurrencia más parecía un fúnebre saludo a un distinguido difunto que la celebración de un experimento exitoso.

Dematisse, aparcado como un tentetieso en su puesto de dirección, murmuraba para sí lamentos callados. Con las manos en la cabeza y ensimismado en sus propios pensamientos, el director del experimento parecía desolado. Faltaba aún por verificar que los datos coincidían, pero el hecho de que el acontecimiento se hubiera producido de nuevo había paralizado a Dematisse y lo había sumido en la desesperanza.

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se acercó al micrófono de la megafonía. Hizo un esfuerzo por serenarse antes de hablar.

—Quiero a cada uno de los jefes de área en mi despacho dentro de media hora. Realicen antes las verificaciones operativas y confirmen que los equipos han funcionado conforme a la planificación establecida. Pongan a sus equipos a trabajar.

Antes de que el personal técnico de base se percatara de su estado, abandonó la sala de control y se dirigió a su despacho. Su esperanza de que hubieran cometido algún error se había evaporado de un plumazo.  Para su desgracia, el experimento había funcionado de nuevo. Ahora tendría que enfrentarse a los hechos. Y a sus consecuencias. Como un espasmo, notó como el pánico volvía a apoderarse de él.

Con mano firme, descorchó la botella que tenía reservada para celebrar su éxito. Nunca pensó que la abriría en el fracaso. Tras servirse una copa, contempló brevemente la etiqueta: Petrus. Millésime 1965.

Regalo de su amigo, protector y compañero de universidad Pierre Jeunet, fue un obsequio de éste cuando sus caminos profesionales se separaron definitivamente.

—Dios mío, ¿por qué yo? ¿Por qué? —susurró, cabizbajo—. ¿Por qué he de traer esta noticia al mundo? —Dematisse, con la mirada perdida, sostenía la copa en la mano, sin apenas probarla—. He intentado evitarlo, estaba convencido de que había un error, de que algo estábamos haciendo mal. Pero ya no queda esperanza.

Tras una breve llamada a la puerta, el pequeño grupo de personas que componían los directores de área entraron en el despacho con semblante serio. Y aunque algunos rostros permanecían serenos, la mayoría de ellos acusaban el tremendo peso de la responsabilidad y del temor.

Un hombre joven, de aspecto cuidado, tomó la palabra.

—Henri, la información se ha volcado correctamente según el protocolo previsto y no hay signos de que los equipos se hayan desviado en su funcionamiento. Aún falta por comprobar que la información es concurrente, y eso nos llevará un tiempo, pero creo que el experimento ha sido un éxito.

—¿Un éxito? —replicó Dematisse elevando la voz—. Estamos a punto de confirmar un descubrimiento de implicaciones catastróficas, ¿y te parece un éxito? 

—Bueno... a ver;  es cierto que algunas de sus derivadas son inquietantes, pero no creo que debamos ser tremendistas con eso. El mundo está preparado. Y si no, deberá prepararse.

—Amigo mío, creo que no lo has meditado seriamente, y que no te haces una idea de las consecuencias de nuestro descubrimiento. Va a ser altamente destructivo. De hecho, va a caer como una auténtica bomba. Y con ella van a caer todas las estructuras. Ninguna se salvará del impacto de esta noticia. Ni la política, ni la religión, ni los gobiernos. Ni siquiera el Hombre, tal y como lo conocemos, va a sobrevivir cuando la noticia del acontecimiento se desvele.

—Por el amor de Dios, Henri, no exageremos. Estás especulando sobre asuntos que no podemos conocer. No… no estás siendo objetivo.

Henri Dematisse apuró la copa de Burdeos que tenía frente a sí para decir, sereno y con voz clara y pausada:

—Es el fin del mundo.








2







 

El Sol inundaba de luz el sencillo dormitorio del piso superior. Era una luz cristalina, acogedora, que revelaba con su tono cobrizo el polen suspendido en el aire, irradiándole un brillo irreal. Traía consigo el aliento fresco de la mañana. El empanelado de las paredes lucía en todo su esplendor, y la madera blanca imitaba el color amarillo de los cercanos campos de avena.

Una tosca y gastada lámpara colgaba del techo sobre una cama de forja, vestida con unas luminosas sábanas blancas que ocultaban un enorme colchón de lana. La ventana entreabierta dejaba colarse el monótono ruido del campo, y si se agudizaba el oído podía escucharse el lejano murmullo del bosque.

Era la época del año en que los días se alargan hasta tarde y las mañanas se aprovechan desde muy temprano. En aquellos días de verano, John Campbell procuraba cumplir su costumbre de aprovechar los domingos para ir a pescar con su hijo Andrew.

Hacía rato que su mujer había bajado a desayunar y a echar un vistazo a las gallinas, pero John no la había sentido y se le habían pegado las sábanas. Frente al espejo del aparador, procuraba recuperar el tiempo perdido vistiéndose eficientemente. Realizaba un repaso mental de las tareas que tenía que realizar antes de tomar los aparejos y emprender el viejo sendero del río con su hijo. Tenían un largo camino por delante hasta alcanzar la mejor zona de pesca. Las mayores truchas se encontraban más allá de la colina, donde el pequeño río perdía su mansedumbre y se revolvía en busca de una fiereza que era solo aparente.

—Si conseguimos llegar a los oficios de las ocho, podremos estar pescando para las once —pensó con ánimo—. Siempre y cuando el Padre Smith no se alargue en el sermón. El viejo reverendo McDerrie, que en paz descanse, nunca se extendía más de la cuenta, especialmente en verano.

El olor del café que se preparaba en el piso de abajó lo apartó de sus pensamientos. Bajó las viejas y quejumbrosas escaleras que tanto apreciaba. Al fin y al cabo eran como él, con bastantes años a la espalda pero aun dando un buen servicio. Si de él dependiera, no realizaría en su casa más reformas que las imprescindibles. Pero su mujer, y sobre todo su hijo, no eran de la misma opinión. Hacía no mucho que había accedido a que Andrew instalara un ordenador en su cuarto, bajo la excusa de que era para ayudarle en las tareas escolares. Pero por lo que no había pasado era por conectarlo a Internet mediante banda ancha, decisión que había originado no pocas protestas de su hijo.

—Ya me dejé engañar con la consola, no pienso dejar que me cueles otra. Además, con la conexión que tienes ya es suficiente —le dijo a su hijo el día en que este le mostró un folleto de AT&T sobre las bondades de la fibra óptica—.

—¿No ha bajado Andrew aún? —preguntó John al ver a su esposa sola, preparando el desayuno en el comedor.

—Ayer llegó muy tarde. Déjalo dormir un poco más.

—No me gusta que llegue tan tarde. Solo tiene diecisiete años —Campbell echó una mirada furtiva a las escaleras, ceñudo—. Más le convendría llevar una vida más ordenada —añadió, mirando de reojo a su mujer. Ella le dirigió una mirada de reproche, que John acogió con resignación—. Está bien, no digo nada. Pero si se retrasa mucho, no llegaremos al oficio de las ocho, y ni el Señor, ni el Padre Smith, ni sobre todo las truchas, esperan. Será mejor que se apresure —gruñó entre dientes mientras se sentaba a la mesa.

—Si descubres algún sistema para hacer madrugar de buena gana a un chico de diecisiete años un domingo por la mañana, házmelo saber —le respondió su mujer, mientras cortaba una mazorca de maíz con la habilidad propia de quien había pasado toda su vida en una granja—. Seguro que recuerdas tus diecisiete años, y cómo tu padre te obligaba a levantarte a las seis de la mañana con tal de no verte ocioso. Y de las protestas airadas con que lo recibías.

—Hace mucho tiempo de aquello. Ya no me acuerdo. ¿Me pasas la mantequilla?

—Tú no te acuerdas de lo que no quieres —respondió su mujer mientras se acercaba con la mantequilla. Le besó en la cabeza, agarrándolo con sus manos menudas—. Voy a llamarlo.

John Campbell contempló desde el comedor la vista que se le ofrecía desde su ventana. Si había algo que había echado de menos gran parte de su vida era aquella sensación de desayunar un domingo por la mañana, sin nada que hacer y contemplando apaciblemente cómo el Sol doraba lentamente los campos de su granja.

Había nacido en ella, aunque la vida lo había llevado muy lejos de su tierra natal. Le había obligado a pasar largas temporadas lejos de su mujer y de su hijo, cumpliendo con su deber y con su país. Cada fin de semana que podía regresar, cada festividad y cada verano, exprimía al máximo sus horas, disfrutando de su familia y de la apacible vida sencilla que le ofrecía el Condado de Fergus, Montana.

Por eso ahora su felicidad era plena. Por fin había llegado el momento de resarcirse de tantas privaciones, de tantos viajes y de tanta presión. Había tomado la decisión de jubilarse, y la verdad es que había sido la mejor decisión de su vida. Ahora se le presentaban años tranquilos en los que disfrutar del trabajo del campo, del ganado y de una charla sin prisas con el capataz de su rancho al final de la jornada.

—¡Aquí está el perezoso! —rió John al ver el rostro somnoliento y medio dormido de su hijo, que se desplomó en una silla con cara de pocos amigos.

—Me duele la cabeza, papá, ¿no puedes hablar más bajo? —acertó a decir Andrew, con voz cavernosa—. Mamá, ¿me traes un vaso de agua, por favor? Tengo la boca pastosa.

—Te la tendría que tirar por la cabeza, a ver si así se te pasa la curda —respondió su madre con tono firme—. John, ayer tu hijo llegó a las tres de la mañana. A ver si le dices algo, o lo tiras al río para que se espabile.

John miraba a su mujer con asombro, incapaz de determinar si su esposa le hablaba en serio o simplemente interpretaba un papel para su hijo.

—Mamá, ¡que ayer era sábado! —protestó Andrew, con los codos sobre la mesa, soportando su dolorida cabeza.

—Mujer, que ayer era sábado —repitió, malévolamente, John.

—Menudos estáis hechos los dos. Y a ver si termináis ya de desayunar y os ponéis en marcha.

John se levantó apurando la taza de café, para detenerse en la puerta de la cocina.

—Jovencito, antes de ir a pescar quiero que limpies el establo.

—¡Papá, tengo sueño! —protestó Andrew—. ¿No es justo, tengo que hacerlo precisamente ahora?

—Ya que no vas a venir a los oficios, al menos emplea el tiempo en algo útil. Además, si ayer tenías tanta energía como para llegar a las tres de la mañana, seguro que aún te queda un poco para los establos. Volveremos en un par de horas —su padre se alejaba por el exterior de la casa. —¡Y estate preparado para la pesca!

 

 

Aquel día Andrew y John solo consiguieron pescar una trucha. Compensaba el hecho de que fuera enorme, la más grande que ambos habían visto en todo el verano. La había pescado Andrew, con una especial técnica que sacaba de quicio a su padre. John era partidario de la pesca con mosca, que exigía unos complejos movimientos de la caña, un profundo conocimiento del entorno y una práctica continua. Requería un arte consumado a la hora de presentar la mosca en la superficie del río, pero obtenía como resultado la satisfacción de ver al pez tomar el señuelo en la superficie.

Su hijo, más práctico, gustaba de la pesca con cucharilla, una técnica más sencilla basada casi exclusivamente en el arrojo del lanzador, que apuntaba con un cebo plomado directamente a las zonas del río con mayor probabilidad de encontrar un banco de truchas. Como generalmente estas se refugian bajo ramas, o entre piedras y raíces, la probabilidad de perder el aparejo se incrementaba notablemente.

Sin embargo, ambos sentían la misma pasión por la pesca y la misma satisfacción al entrar en el río. Pues era cuando les llegaba el agua a la cintura y sentían la corriente rodearles, y el lecho irregular de cantos rodados moverse bajo sus pies cuando disfrutaban plenamente de la espera paciente, el acecho continuo y la emoción de decidir una nueva tentativa de lanzamiento hacia un prometedor recodo del río.

Pero aquel día no había sido especialmente provechoso en cuanto a capturas. Tras la jornada, el sol rojizo de la tarde caía hacia el horizonte tiñendo el paisaje de un espectacular color anaranjado. Camino de vuelta a casa, Andrew apuraba las mieles de su éxito.

—No sabía que habías perdido tantas facultades, papá. Creo que deberías cambiar de técnica —Andrew sonreía burlón.

—Ya me gustaría verte a ti lanzar la caña como es debido. Y si, yo prefiero la mosca a tu técnica de asalto y bombardeo —contestó su padre con una mueca—. Serías un buen marine.

—Ya te dejo eso a ti. Por cierto, papá… —comenzó a decir Andrew con titubeo—. Mañana tengo que realizar la prematricula, ¿Me dejas el coche para ir a Missoula?

A John se le desvaneció la sonrisa. Andrew había aprobado las clases de conducción ese mismo curso, hacía apenas unos meses. Y con gran esfuerzo, ya que para desesperación de sus profesores el chaval no estaba especialmente dotado en el arte de pilotar un automóvil. Al final le habían aprobado, más por evitar nuevos y estresantes exámenes prácticos que por pensar que estaba preparado. Sus profesores tuvieron en cuenta su impecable expediente académico y asumieron con naturalidad que su padre terminaría de afinar sus habilidades con clases particulares.

—Hijo, no quiero que lleves el coche por la carretera estatal. Una cosa es que lo cojas para ir al pueblo, pero deberías esperar unos meses hasta que estés familiarizado con el coche. Mejor te llevo yo.

—Vamos, papá; voy con Kevin. Déjame cogerlo, ¡te prometo que iré con mil ojos!

—¿Al final os vais a matricular en la misma universidad? Hijo, espero que sepas lo que estás haciendo. No deberías planificar tu futuro profesional solo porque… porque Kevin vaya a esa universidad.

—Papá, ¡por favor! Lo hemos discutido mil veces. No voy ahí por Kevin. Lo sabes muy bien.

Al llegar a la granja, vieron cómo un hombre de uniforme esperaba a John junto al porche exterior de su casa. Junto a él, un coche del ejército. Al verlo, John no puedo evitar un gesto de desagrado.

—Bueno, ya veremos. Toma tu trucha. Y dásela a tu madre, que tú eres capaz de dejarla pudrirse en medio de la cocina. Ahora entro yo.

El hombre que les aguardaba saludó a John con energía.

—¿General Campbell? Soy el teniente Rickson, señor.

—Baje la mano, teniente —respondió John con cansancio—. Ahora soy un civil.

—Si, señor. He venido para informarle de que el alto mando solicita su colaboración para un asunto importante.

—¿De veras? —le cortó—. ¿Un asunto importante, eh? —Campbell sonreía—. Los que lo han enviado saben perfectamente que me he retirado. Ya ni soy general, ni soy senador, ni asesoro a nadie más que a mi hijo. Y con él tengo bastante, créame.

—General, me han informado que se trata de algo de la máxima importancia. Si… si usted pudiera acercarse a Fort Harrison, estoy seguro de que…

—¿Le han ordenado que me convenza?

—Así es, señor.

—Pues me temo que lo han enviado a una misión imposible, teniente. No quiero saber nada de amenazas terroristas, ni de agentes en peligro, ni de gobiernos problemáticos —respondió Campbell, mientras se dirigía a la entrada de su casa—. Estoy retirado.

El teniente pareció azorado por la inesperada negativa de John a acompañarlo. Había oído hablar mucho del general, y en su mente había imaginado una situación diferente.

Más fácil.

—Señor, me advirtieron de que quizás no querría acompañarme —señaló—. Y que si me veía obligado, marcara este número y le entregara el teléfono —el teniente le tendía un teléfono Iridium. Se trataba de un tosco terminal militar de aspecto prehistórico pero que conectaba directamente con un satélite protegido de telecomunicaciones sin pasar por las redes terrestres. Era una tecnología enormemente sofisticada, aunque el concepto militar de la belleza y el estilo había hecho estragos en diseño del aparato—.

Campbell se detuvo frente a la entrada de su casa, observando sorprendido el terminal que le tendía el joven teniente.

—Por favor, tómelo. Solo tiene que escuchar —el teniente lo miraba, muy serio, con un gesto de aprensión—. Por favor.

Campbell dudaba. Sabía que aunque lo cogiera no lo iban a convencer, pero no le seducía la idea de tener que discutir con algún general agobiado ni que le dijeran cómo tenía que comportarse.  Finalmente, tomó el aparato con desgana. Tras una larga pausa sin escuchar nada, una voz que reconoció instantáneamente brotó metálica del teléfono.

—Sabía que te negarías, viejo cabezota insensato.

Campbell se sorprendió al escuchar aquella voz.

—¿Don? —dudó unos instantes, confundido—. No… no me puedo creer que me llames.

—Jack, sé que te prometí que esto se había acabado para ti, pero créeme que en esta ocasión es diferente.  Ha surgido algo importante. Necesito a alguien de completa confianza en el grupo —era una voz convincente, segura de sí misma—. Te necesito, Jack.

—Señor Presidente… —Campbell hizo una pausa—. Don, lo siento. En algún momento tengo que marcar la línea. Siempre va a haber situaciones de emergencia.

Al otro lado del teléfono, tras breve silencio, la voz del Presidente de los Estados Unidos sonó tensa. Acostumbrado a moverse entre ayudantes serviciales y complacientes, y a que su voluntad se cumpliera con solo ser expuesta, Donald Perrie no pudo sino admirar la resistencia de su viejo colaborador.

—¿Estás solo? —preguntó el Presidente con cautela.

—¿Cómo dices? Estoy en mi granja. Tengo delante de mí al hombre que habéis enviado a recogerme.

—Pues aléjate unos metros. O mejor aún, vete a ese viejo granero tuyo destartalado que tanto te gusta. Y asegúrate de que no tienes a nadie cerca.

—Don, estoy cansado de estos juegos —suspiró. Campbell se dirigió al hombre que aguardaba frente a él, expectante—. Perdóneme, teniente, ahora vuelvo.

Rickson observó cómo el general se alejaba hacia el granero, hablando por teléfono. Lentamente, desapareció tras la enorme puerta roja del edificio. Ya había oído hablar de otros altos mandos que se desentienden del mundo tras retirarse, pero nunca lo habría esperado del general Campbell. Al fin y al cabo, había dedicado su vida a su país, y había ostentado responsabilidades más elevadas que las que nadie podría aspirar.

Cuando inició su carrera política como senador, muchos creyeron ver en él a un futuro presidente, pero finalmente Campbell optó por mantenerse en un segundo plano y apoyar la candidatura presidencial de Donald Perrie, que había sido alumno suyo en la academia y a quien le unía una vieja amistad.

Los años de presidencia de Perrie habían llevado al general a oscuros puestos de la administración, ejerciendo a las órdenes del Presidente un poder en la sombra en la gestión de crisis internacionales. Al frente de comités, gabinetes de crisis y reuniones de defensa, John Campbell era la voz, los oídos y la mente del Presidente en los lugares en los que éste no podía dejarse ver.

Tras unos minutos, John salió del granero con el teléfono en la mano.

Estaba pálido.

Ensimismado, se apoyó brevemente en la puerta roja, mirando sin ver el suelo que tenía frente a él. Finalmente, pareció reponerse y se dirigió a la entrada de su casa, pasando frente al coche del ejército y al confundido teniente Rickson.

—Teniente, ponga el coche en marcha —le espetó—. Nos vamos en cinco minutos.











3







 

La bocina señaló con su estruendo el final del tercer cuarto. El equipo local, los Washington Wizards, perdían por doce puntos a falta del último cuarto, y el Verizon Center era un hervidero de estruendos, sudor y ánimos encendidos.

Un ejército de camareros salió de la nada y comenzó a desfilar por las escaleras del graderío, vendiendo a voz en grito sus bebidas, atentos a la más leve indicación de los asistentes. El aire retenía y concentraba un olor penetrante, fruto del sudor y del calor que destilaban quince mil espectadores cabreados, semi borrachos y ahítos de perritos calientes y palomitas grasientas.

Un señor bajito de tripa rechoncha gritaba hasta desgañitarse, indignado por la nefasta actuación arbitral. Aunque hacía grandes aspavientos con las manos y la piel de su rostro había adquirido un consistente color rojizo, su voz apenas resultaba audible en el estrépito.

Aquel señor era una víctima más del cambio radical que habían sufrido los ciudadanos corrientes que poblaban las gradas. Padres, empleados, consultores de modales exquisitos y hasta políticos acostumbrados a la sonrisa y al temple se habían transformado como por arte de magia en bárbaros especimenes de actitud irracional y conducta agresiva. Se sofocaban, gritaban, insultaban y mostraban una conducta gregaria característica de sociedades tribales. Todo valía en defensa de la tribu. Y no importan razones, sentimientos ni modales en atacar al contrario hasta destruirlo, siempre que la masa ignorante de compañeros de bandera aplauda y jalee los ataques.

El señor de la tripa se sentó, gritando aún hirientes comentarios y amargas quejas a quien quisiera escucharlo.

A su lado, un hombre joven, casi de mediana edad, se le unió al coro de reproches. Pese a los gritos, aún mantenía cierto decoro y compostura, seguramente preocupado por no parecer demasiado exaltado ante la joven mujer que lo acompañaba.

Ella hervía de rabia por los puntos robados. Pero sobre todo se preguntaba por Brian Wilson, que era como se llamaba su acompañante. La había invitado al partido y habían salido ya un par de veces. La joven confiaba en que su relación pudiera consolidarse.

En realidad tan solo habían salido una vez, pero ella aceptaba quedarse con su perro en las numerosas ocasiones en que Brian salía de viaje, y eso debía contar como, al menos, un par de citas. Al fin y al cabo, hablaban mucho en presencia del animal, y Susan Sullivan creía percibir cierto feeling en sus conversaciones.

Brian era atractivo, seguro de sí mismo y tenía la capacidad de resultar encantador cuando se lo  proponía. Claro que por otra parte, Susan odiaba cuando se ponía distante y adoptaba esa pose de cinismo, esa actitud desapegada y distante de quien no desea que nadie perfore el espeso caparazón con el que se protege.

En el trabajo, Brian se mostraba cortés y exclusivamente profesional en el trato. No se veían demasiado, puesto que, aunque trabajaban en el mismo periódico, ella lo hacía en el departamento de documentación y grafismo y él se movía en la calle, buscando rematar alguno de los reportajes de investigación en los que siempre estaba trabajando. No era mal periodista, hasta podría decirse que era uno de los mejores, si no fuera por su tendencia a saltarse las normas, a ir por libre y a elegir amistades de dudosa reputación.

La bocina que anunciaba el último cuarto resonó en todo el recinto, fugazmente calmado tras el descanso, pero ávido de arremeter de nuevo contra los árbitros, contra el equipo contrario, contra el entrenador del adversario y contra las madres de todos ellos.

Si algún partido de baloncesto mereció el calificativo de grandioso, fue aquel Washington Wizards - Boston Celtics.  Tras una agonía de tres cuartos, en los últimos quince minutos el equipo local consiguió un parcial de 14-1, llevándose el partido y la victoria en una última canasta de tres puntos sobre la bocina. Por primera vez, el todopoderoso Boston Celtics doblaba la rodilla en los playoffs a manos del humilde equipo capitolino. El estadio se vino abajo, y la gente celebraba el inesperado triunfo con gritos renovados y con la fuerza destructiva  que otorga la oportunidad de la venganza. El señor bajito parecía haber enloquecido, y más que celebrar su éxito voceaba hirientes comentarios al equipo caído.

El entusiasmo por la victoria llevó a Brian a sugerir una cena a solas en el Lucio´s, un afamado —y costoso— restaurante, visitado a menudo por congresistas, senadores y demás gente del mundillo de la política, desde ejecutivos de lobbys llegados a la capital hasta corresponsales y periodistas especializados en los asuntos de Washington.

No les costó demasiado conseguir una mesa. Aunque no tenían reserva y había una cola notable, Brian era un cliente habitual y tenía buenas relaciones con el maître, al que mantenía contento con discretas propinas y abundantes halagos.

En Washington abundan personajillos y altos funcionarios que se creen superiores al resto de los mortales y que acostumbran a tratar con menosprecio a camareros y a sumilleres. De modo que éstos suelen reaccionar muy bien a la política de la zanahoria. En realidad disfrutan con la ocasión de vengarse de los pequeños tiranos otorgando buenas mesas a sus amigos y haciéndoles saltar las colas.

—Señor Wilson, siempre es un placer verle.

—Buenas noches, Louis —saludó Brian—. He invitado a esta encantadora señorita a cenar, y me he dicho… ¡que mejor lugar que el Lucio´s! Ambiente agradable y un trato exquisito. Y la cocina no quema la carne —continuó, sonriendo, mientras un modesto billete cambiaba discretamente de manos—. Pero veo que estás a tope.

El maître simuló mirar en el atril de reservas, para sonreírles, elevando la voz. —Si, una reserva telefónica. Mesa para dos. Acompáñenme, por favor.

El Lucio´s, toda una institución en la ciudad, se caracterizaba por una decoración sobria a modo de imitación de club inglés: paredes empaneladas de madera oscura, moqueta granate y ambientación tenue. Quizás por eso era el preferido por los congresistas, que encontraban en ese entorno discreto y acogedor el escenario perfecto para sus conversaciones conspiratorias y sus arreglos políticos fuera del congreso.

Sin embargo, atento a una clientela algo más popular que el restaurante, el bar había camuflado para la ocasión su sobrio aspecto. Los señoriales cuadros estaban tapados con camisetas de los Wizards, del techo colgaban carteles vistosos anunciando el partido y las camareras lucían atuendos deportivos.

La barra estaba abarrotada y se respiraba un intenso jolgorio, fruto del exceso de cerveza y de la enorme pantalla que repetía machaconamente las mejores jugadas.

El maître condujo a Brian y a Susan hasta el restaurante.

—Aquí tienen. Una mesa discreta y elegante. Esta noche les recomiendo la crema de Roseta. ¿Qué desean para beber?

El maître anotó las dos cervezas y los dejó con la carta. El restaurante no había cambiado tanto para la ocasión. Sus modificaciones con motivo del partido se limitaban a unas flores del color de los Wizards en cada mesa con una leyenda que animaba al equipo a seguir adelante.

Pese a todo, se notaba que el partido era objeto de todas las conversaciones. Brian echó un vistazo a su alrededor, y pudo ver a algunos colegas periodistas y a muchos congresistas y senadores, que habían acudido al calor de la victoria a mezclarse con el pueblo, atraídos por la idea de asociar su propia imagen al éxito deportivo.

En muchas de las mesas había botellas semivacías de refinados licores, lo cual siempre ayuda a animar una velada. Al fondo había una gran mesa con un grupo de ruidosos congresistas, que contagiados del ambiente festivo discutían indistintamente de política y de las jugadas del partido como si estuvieran en el Congreso.

—Menudo escándalo están montando esos del fondo —comentó Susan, divertida—. Me gusta cuando hay partido y los bares se llenan, y la gente está tan… alegre. Me hace sentir positiva.

—Entonces no se te ocurra venir mañana. Te encontrarías con gente deprimida, aburridas reuniones supuestamente informales y senadores momificados en los sillones.

—No suena muy romántico, la verdad.

—Desde luego que no. A menos que quieras pillar con algún juez del Tribunal Supremo. Por ti seguro que saldrían de sus sarcófagos —añadió Brian,  malicioso.

—¿Ah si? Pues mira, igual me animo. Tú en cambio no creo que consiguieras seducir a una vieja rica. Ya no estás en la treintena, y te están empezando a salir canas —Susan adoptó una postura de estar evaluando el físico de Brian. Le dio un repaso de arriba abajo—. No. Te tendrás que conformar con pobretonas de tu edad.

—¿Como tú? —contestó Brian con tono desenfadado.

—Bueno, yo estoy en la treintena. Pero vamos, que por un par de años de diferencia no vamos a discutir. Eso si, creo que no llevaría bien tu manía de separar los calcetines por pie derecho y pie izquierdo. Acabaría prendiéndoles fuego.

—¡Brian Wilson! —le interrumpió una voz desconocida—. Caramba, amigo, no esperaba encontrarte hoy en el Lucio´s.

Un hombre joven,  vestido con un elegante traje azul y bastante achispado se paró en la mesa que ocupaban.

—Bobby, pedazo de crápula, pues a mí no sé por qué no me sorprende verte por aquí —Brian, que sonreía abiertamente, le dio una palmada en la espalda—. Allá donde está el cotarro, allá donde te mueves en tu salsa. ¿A que eras tú el responsable del follón que había montado al fondo?

—Culpable, señoría. No hay como el Whiskey para animar una charla política. Aquí los debates son más animados que en el Capitolio. Deberían trasladarlos —el hombre se había agarrado al respaldo de la única silla vacía de la mesa—. Veo que por una vez vienes bien acompañado —le soltó, mirando descaradamente a Susan.

—Así es, te presento a Susan Sullivan, una amiga.

—¿Amiga? —el joven lo interrumpió con un fingido tono de reproche—. ¿Solo amiga? Brian, Brian, ¿todavía estamos así? Si no te lanzas pronto, seré yo quien pruebe suerte —añadió, guiñándole un ojo.

—Susan, este impresentable de modales asnales es Robert Lagravenese, congresista. Compañero de batallas y amigo por una cruel jugada del destino.

—Ah, esa jugada te salvó la vida, y por aquel entonces no te pareció tan cruel. Verás, Susan  —Robert, que había tomado asiento, cogió la mano de Susan, e inclinándose hacia ella comenzó a hablarle en un tono de confidencia—. Con veintinueve años estábamos ambos destinados en lo que llamábamos “El Frente de las Dunas”. Imagínate: País subdesarrollado, calor abrasador y guerrilleros fanáticos surgiendo como lagartijas de debajo de las piedras. Aquí el chaval tenía un enorme talento para meterse en líos; creo que por aquel entonces quería ganar la guerra él solito. El caso es que en una de las incursiones tuvo un serio percance. Lo alcanzaron en una emboscada. Y se quedó medio muerto en mitad de la nada, mientras su unidad se desperdigaba en medio del caos.

—Bobby, por favor, no nos aburras con batallitas del frente de abuelo trasnochado. Y suéltale la mano, por Dios, que no es una de tus secretarias.

Robert Lagravenese se dirigió a Susan en voz baja.

—Le da vergüenza que lo cuente. Pero si no llega a ser porque me cambiaron de sector y aparecí por ahí, tu novio no lo cuenta.

—Bobby, no te cambiaron de sector, te perdiste… —Brian sonreía, resignado—. Y te chocaste conmigo mientras escapabas. …Y no somos novios.

—No sabía que habías estado en el ejército —intervino Susan, que con intención maliciosa se había acercado a Robert y lo había cogido de ambas manos—.

—Bueno, solo estuve un par de años —contestó Brian—. Y la verdad es que no guardo muy buen recuerdo. Lo poco bueno que me pasó fue conocer al zopenco este. Por lo demás, un montón de generales visionarios que envían a críos a misiones casi suicidas —Brian se puso serio—. Demasiados abusos en nombre de la Seguridad Nacional.

—¡Y ahora Brian es un caballero de la Justicia! —rió Robert, hablando alto, y soltando súbitamente las manos de Susan para elevar las suyas al techo—. Allá donde huele un escándalo, allá donde mete sus narices. Por su culpa, la mitad de los secretos del Congreso son de dominio público. ¿Qué interés tiene ser congresista si no puedes fardar con información clasificada?

—Lo cual me recuerda que hace tiempo que no me cuentas nada. ¿Acaso te has vuelto un pusilánime con la edad?

—Ojito, abuelo, que yo todavía estoy en la treintena. Además, hay cosas que no te puedo contar. Tendría que matarte —Robert se echó a reír, divertido con su propia ocurrencia.

—Seguro… el caso es que desde que te quitaron de la Comisión de Seguridad y te pusieron en la de energía, no me cuentas nada interesante. Ya solo me informas de centrales térmicas que van a cerrar y de funcionarios de tercera fila que fingen enfermedades. ¿Qué ha sido de tu magia? Antes no había información relevante que se te escapara.

Robert dejó de reír.

—Oye, tú. Todavía tengo oídos y amigos en el Capitolio. Y para que lo sepas —comenzó a bajar la voz, mirando alrededor—, se está cociendo una gorda en el Pentágono. Billy Wine, que está en la Comisión de Secretos Oficiales, me ha comentado que el secretario de defensa Cravitz ha cancelado la sesión de control del viernes. Tenían que supervisar los fondos reservados que se destinan a operaciones en Oriente Medio. Pero ha invocado el acta de Seguridad Nacional por sorpresa y les ha dejado con un palmo en las narices.

—Pues vaya una cosa, que corten las alas a la Comisión de Secretos. Todo el mundo sabe que lo que se escucha en esa sala se acaba desvelando tarde o temprano. Tu mismo te encargabas de filtrarlo cuando estabas en ella.

—Puede ser, pero se trata de los fondos de operaciones en Oriente Medio. Brian, es un área sensible; solo hace unos años que terminó la guerra. Y eso no se filtra. Además, hasta ahora nunca habían retenido información invocando el Acta de Seguridad Nacional. La última vez que lo hicieron era porque nos íbamos a la guerra —Robert estaba indignado—. Ahora ni el plenario del Congreso podría desbloquear esa información. Solo el Tribunal Supremo, en sentencia firme, podría emitir una requisitoria, y ya sabes cómo son esos viejos.

—Si, aún tienen la mentalidad de la guerra fría. No se opondrían al gobierno en un asunto de seguridad nacional ni aunque se estuviera torturando bolcheviques en la plaza pública. Pero no sé… ¿Qué podría querer ocultar el viejo Cravitz? No me lo imagino con tentaciones de volver a embarcarse en un lío como aquel. Tiene que ser algo distinto. Estará manteniendo a una querida en Jerusalén.

Robert bajó aún más el tono, acercándose a Brian en un gesto teatral, como si se dispusiera a revelar el secreto de la vida eterna.

—De acuerdo, te voy a contar lo último, a ver si te convences. ¿A que no sabes a quién han llamado de vuelta a las catacumbas de la Casa Blanca?

Brian se encogió de hombros, pensativo. Tras un rato, levantó súbitamente la vista.

—No será a… —pero comenzó a rechazar, negando con la cabeza—. No. Se ha retirado. Y dudo mucho que quiera volver. ¿No estarás… hablando del general Campbell, verdad?

—El mismo.

La cara de Brian comenzó a reflejar una gran preocupación. En un gesto característico suyo, se llevó la mano a la boca, pensativo. Lo que había comenzado como una agradable cena, animada además por su amigo Robert, se estaba arruinando con una noticia que a Brian lo inquietaba sobremanera. Siempre empezaba del mismo modo: Un hecho aislado, un vago rumor… otro suceso aparentemente no relacionado… y al final formaban una maraña de acontecimientos que respondían a un mismo patrón. Y casi nunca era algo positivo.

—No lo entiendo ­—intervino Susan—. ¿Qué más da que traigan a Washington a un general retirado? Seguro que lo quieren para organizar algún homenaje a veteranos de la guerra, o algo así.

Brian comenzó a sonreír, nervioso. 

—No… Campbell no. Si vuelve a la Casa Blanca es que es que algo muy grave está pasando. Y nada bueno.

Robert asintió.

—Que algo está pasando…o que va a pasar.












4







Abdel Alí sale de casa al alba. Quiere pasar por el mercado, que tan buenos recuerdos le trae. De pequeño disfrutaba acompañando a su madre en la compra diaria, y contemplando los coloridos puestos de verduras y hortalizas. Su madre le enseñaba los productos de los aldeanos y éstos le regalaban caramelos y dátiles. En ese mercado había aprendido a contar, y fue precisamente ahí donde conoció a la mujer que se convertiría en su esposa.

Abdel sale temprano porque de un tiempo a esta parte hay escasez de alimentos, y sabe que para las once de la mañana ya se ha vendido todo. Y no quiere llegar tarde. Quiere comprar unas peras confitadas y quiere comérselas tranquilamente mientras contempla el ajetreo de la plaza, con sus mujeres enérgicas y briosas. Y con sus atareados comerciantes, compitiendo a voz en grito por atraer con inocentes halagos a las compradoras. Con el palpitar de actividad frenética. En ese corto espacio de tiempo, por la mañana temprano en el mercado, es cuando Abdel se siente más vivo, siente revivir sus recuerdos y sus triunfos, su vida y sus ilusiones.

Decide entrar en la Ciudad Vieja por la puerta de Damasco. Camina meditabundo entre callejuelas estrechas, entre casas destartaladas de sillares de piedra. Edificios deshechos y reconstruidos mil veces a lo largo de la torturada historia de su ciudad natal, su pobre Jerusalén. Los callejones, angostos, asfixian la luz del sol y serpentean entrecruzándose por media ciudad formando un laberinto de cruces imposibles. Las casas envejecidas acumulan el paso del tiempo sobre sus deshechos pilares.

Finalmente, el resplandor de la plaza se adivina al final de una oscura calle. Abdel llega al mercado. Mucho ha cambiado, piensa melancólico mientras intenta combatir su añoranza. En realidad ya sabía lo que se iba a encontrar. Numerosos puestos están cerrados. Otros ni siquiera existen ya, y dejan ver en la pequeña plaza enormes huecos vacíos, como miembros amputados a un cuerpo moribundo.

La gente que se agolpa en los tenderetes restantes se mueve deprisa. Las mujeres regatean y amagan con retirarse de la compra mil veces, mientras los vendedores fingen una indignación escasamente sentida por los bajos precios que les proponen. Cada puesto es un toma y daca. Los niños corretean y las madres los llaman entre gritos. La plaza bulle de actividad, pero por más que lo intenta, Abdel ya no ve ninguna cara amiga. No reconoce a nadie, y nadie lo reconoce a él. Compra la fruta pero no desea contemplar más el mercado. Ese no es su mercado.  

Ha cambiado.

Quizás sea él quien haya cambiado. Deja atrás una vida truncada, rota por la guerra, por las persecuciones, por la destrucción y por el odio. Sin trabajo, sin orgullo y sin esperanza. En la madrasa le enseñaron a temer a Dios, a ayudar al prójimo y a combatir al enemigo.

Junto a la puerta de Herodes toma un autobús, y mientras se aleja de la ciudad, sus últimos pensamientos son para su mujer, Fátima. Muerta por las bombas enemigas, aún recuerda la desesperación, el llanto, el dolor y la sensación de irrealidad de aquel momento. Aún recuerda el cuerpo desmembrado de su esposa, húmedo y caliente entre sus brazos. Y cómo su vida se le escapaba entre las manos.

Piensa con satisfacción que por fin Alá le ha permitido probar su fe con el sacrificio definitivo. Hoy es el día en que se reencontrará con su mujer en el Jannat, colmado de bendiciones. No más sufrimiento, dudas ni lágrimas. Ha elegido la senda de los mártires, tantas veces transitada por muchos de sus hermanos de armas, y que supone la única oportunidad para la liberación de su pueblo y de sus gentes.

Por fin, el autobús lo deja en la entrada del complejo. Ahora tan solo tiene que pasar el puesto de control y llegar hasta el edificio correcto. Sabe que es improbable que lo retengan ni que lo cacheen. A diario entran miles de técnicos al recinto del complejo, y los soldados apenas tienen ocasión de echar un fugaz vistazo a cada uno.

En la fila de acceso, repasa de memoria los versos coránicos, que tantas veces recitara en la Madrasa: "¡Siervos míos! ¡No tenéis que temer hoy! ¡Y no estéis tristes! Los que creísteis en nuestros signos y os sometisteis a Allah, ¡entrad en el Jardín junto con vuestras esposas, para ser regocijados! Se harán circular entre ellos platos de oro y copas. Allí se les ataviará con brazaletes de oro y con perlas, allí vestirán de seda”. Abdel siente cómo con estas palabras se eleva su espíritu.

Un joven soldado israelí con gafas lo hace pasar. Avanzan juntos apenas unos metros, los suficientes para entrar en uno de los puestos de control. El soldado lo mira con desgana.

—Su credencial, por favor.

Es el momento crítico.

Abdel le entrega el documento. Sabe que la falsificación no aguantaría un examen detenido, pero cuenta con que los guardias apenas los revisan. Por sus manos pasan diariamente cientos de documentos en apenas unos minutos, y prácticamente se limitan a comprobar que cada persona tiene un documento. El soldado lo mira brevemente y le deja continuar, indicando al siguiente de la fila que pase. Aliviado, Abdel se dirige a la puerta de salida. Ha sido fácil.

Una voz a su espalda lo llama por sorpresa.

—Perdón, señor, ¿puede venir un momento? —el joven soldado se dirige hacia él, con el ceño ligeramente fruncido.

Abdel siente cómo su corazón se desboca. Lentamente, se acerca al soldado. Quizás quiera decirle algo. Alguna norma.

—¿Me puede mostrar su credencial de nuevo, por favor?

Abdel se la tiende con un sentimiento de pánico creciente.

El soldado la examina de nuevo, esta vez minuciosamente, y comienza a aflorar en su rostro una expresión de preocupación. Lo mira a él, y luego al documento, y luego de nuevo a él.

—Acompáñeme un momento, por favor.

Abdel ve de reojo que el joven soldado hace el gesto de coger el fusil que tiene colgado del hombro.

«Se acabó»—piensa—. Me han descubierto.

En un arranque de determinación, empuja al joven soldado y abre de par en par su chaqueta, desvelando el chaleco de explosivos que cubre su pecho. Desesperado, su objetivo es localizar el botón del detonador, que lleva protegido para evitar una explosión accidental. Ahora su única obsesión es presionarlo. Sus dedos encuentran el pulsador, y con la satisfacción triunfal de quien sabe que está cumpliendo la voluntad de Dios, al grito ¡Allah Agbar! detona los treinta kilos de Cloratita que lleva consigo. Su última visión es la cara de su enemigo, y la expresión aterrorizada del joven soldado, sabedor de que va a morir en ese instante.

La explosión es devastadora.

El puesto de control salta por los aires envuelto en una enorme bola de fuego. La muchedumbre que esperaba para entrar huye aterrorizada, acosada por una lluvia de escombros y miembros despedazados, que caen sobre el gentío como proyectiles del infierno. 

 

  

—Tu padre es un héroe, joven Habib. Deberías sentirte orgulloso —dijo un hombre con barba, ataviado con la toga marrón característica de los clérigos—. Hoy nos ha mostrado a todos el poder de Allah. Se ha convertido en espada vengadora, y ahora es uno de los elegidos en el paraíso.

El joven que estaba frente a él asintió, henchido de orgullo. Era la primera vez que asistía a una reunión de Muyahidín y estaba un poco nervioso. Lo habían convocado en una casa destartalada, en el barrio este de Jerusalén. No le había sido difícil llegar hasta allí. Pese a los controles, él conocía perfectamente la ciudad y sus atajos.

Se habían reunido en una amplia y oscura sala que ocupaba todo el sótano, casi una catacumba, y asistían más de treinta personas.

Todos varones.

Habib había sido invitado por fin a una reunión, puesto que era tradición que los hijos ocuparan el lugar de los padres y continuaran sus acciones. Y pese a que estaba en el lugar al que tantas veces había soñado llegar, se encontraba tenso e intranquilo.

 

 

La figura de Mukhtar al Din imponía. Era uno de los representantes más admirados de todo el movimiento de liberación palestino. Tenía una trayectoria de más de cuarenta años como combatiente, y su ferocidad y determinación frente al enemigo habían hecho de él una leyenda viva. Su turbante negro y su sotana marrón lo revelaban como descendiente directo de Mahoma y firme autoridad religiosa.

Pese a ser un hombre santo, también se habían hecho famosos sus frecuentes arranques de cólera y su mal humor. Sus hombres lo disculpaban argumentando que estaba sometido a una enorme presión, puesto que era el pilar fundamental en que se sustentaba la yihad palestina, y la única referencia a la que todo el mundo solicitaba consejo o dirección. Él solo aglutinaba con su enorme ascendencia las distintas facciones armadas del movimiento de liberación Al-Isra.

Pero Habib se sentía especialmente impresionado por la presencia física de Mukhtar. En su juventud, cuando aún era un combatiente desconocido, una explosión provocada por una acción mal coordinada le había hecho perder el ojo derecho. En su lugar se podía ver la cuenca del ojo vacía, formando una cicatriz mal cerrada que convertía al líder de Al-Isra en alguien imponente a los ojos de un joven e inexperto muyahidín como Habib.

Al perder el ojo, su rostro quedó desfigurado y fácilmente reconocible, lo que obligó a Mukhtar a pasar a una segunda línea. Marchó a Irán, y durante varios años estudió en una de sus madrasas más reputadas, revelándose como un líder religioso nato por su capacidad de movilizar a la gente con arengas antisionistas. Pasó también por Siria, donde ayudó a fundar el movimiento Al-Isra junto a otros activistas comprometidos. Fue entonces cuando decidió regresar a Palestina y dirigir desde la clandestinidad las operaciones militares de liberación, convirtiéndose en poco tiempo en uno de los líderes espirituales y militares de las numerosas y dispersas facciones del Jihadismo Palestino.

El suelo de tierra de la enorme sala subterránea atenuaba el bullicio de las conversaciones entremezcladas de los asistentes. En la penumbra, los hombres discutían la acción de aquella mañana. Todos conocían el inesperado resultado, y se dividían entre quienes lo percibían como un éxito más y quienes se sentían decepcionados por su escaso alcance. Cuando Mukhtar se levantó lentamente para tomar la palabra, la sala quedó sumida en un respetuoso silencio. Las conversaciones cesaron, y toda la atención de los presentes se dirigió hacia su líder, que parecía de mal humor.

—Hermanos musulmanes, hoy hemos dado un gran paso. Hemos atacado al corazón del enemigo. La reacción de miedo y temor entre los cruzados y sionistas debe llenarnos de satisfacción, y nos revela que estamos en el buen camino. Saben de nuestro poder. Y de nuestra determinación. Pero tenemos que golpear con más dureza. Tenemos que ser más audaces.

Mukhtar hablaba con parsimonia, como si estuviera enseñando en una escuela coránica. Había aprendido que hablar con un tono pausado reforzaba la solidez del discurso, y los hombres solían escucharle como alumnos hipnotizados ante su clarividencia.

—Aunque ello suponga correr más riesgos —añadió, con preocupación.

Uno de los asistentes tomó la palabra.

—Hermano Mukhtar, que Allah te guarde. Sabes que cuentas con mi apoyo y con mi vida para cumplir los designios del Todopoderoso. Pero no entiendo por qué debemos atacar una instalación de investigación científica que no tiene ningún valor. ¿No deberíamos centrarnos en las estructuras de opresión? El ejército invasor, que tanto dolor nos produce; sus cuarteles militares, el aparato político sionista, el centro de mando de la coalición extranjera… ¿No son esos los objetivos más valiosos que destruir?

Un murmullo de asentimiento recorrió toda la sala. Mukhtar observó con desagrado cómo su círculo más cercano ponía objeciones a sus directrices, aunque fuera de un modo tan leve. Notó cómo la cólera empezaba a ascenderle por las venas.

—¿Quién eres tú para discutir mis decisiones? ¿Qué sabes tú de nuestra situación, de los peligros a los que nos enfrentamos? No sabes nada. ¡No eres nadie! ¡No conoces la voluntad de Allah! —Bramó Mukhtar, cuyo rostro, visiblemente irritado, comenzaba a dar signos de una inminente explosión de furia.

El hombre que había cuestionado los objetivos se sentó inmediatamente.

—No era mi intención cuestionarte —acertó a decir, visiblemente avergonzado—. Sabes… sabéis todos que estoy listo para derramar hasta la última gota de mi sangre por cumplir la voluntad de Allah y por combatir a los enemigos que nos humillan.

Mukhtar al Din se relajó.

—Hermano Yusuf, hermanos musulmanes, perdonad mi mal humor —suspiró—. Habéis de saber que la situación es mucho más grave de lo que pensábamos —el líder comenzó a moverse entre los asistentes, dirigiéndose a cada uno de ellos—. Hace tres semanas tuve una reunión con Tawfik Rateb. Todos lo conocemos y lo respetamos. Está asumiendo enormes riesgos al frente de nuestro partido, siendo la cara visible de nuestra organización. El mes pasado me entregó una revelación de vital importancia. No me dijo de dónde la había obtenido ni quiero saberlo. Como sabéis, es especialmente hábil en obtener información de la estructura política de nuestros enemigos. Según sus noticias, el enemigo sionista y los gobiernos extranjeros están a punto de culminar un proyecto de investigación militar al que llaman Iova. Se trata del desarrollo de una nueva tecnología armamentística de enorme alcance.

Mukhtar, que había pronunciado las últimas palabras lenta y dramáticamente, hizo una pausa, dejando tiempo para que calaran entre sus hombres, que comenzaban a revolverse inquietos en sus asientos.

—Si, hermanos, están construyendo un arma de enorme capacidad destructiva, que tendrá efectos devastadores. Ignoramos de qué se trata, pero sabemos que están utilizando investigaciones en física de materiales y sistemas láser de altas energías.

Mukhtar sabía que apenas ninguno de sus muyahidín había entendido esta última parte. Le gustaba emplear términos científicos, ya que le permitían aparecer ante sus hombres como alguien de inteligencia superior que manejaba verdades inaccesibles.

—Además, están forzando los plazos desarrollo y estarán en disposición de disponer de ella en pocas semanas, si es que no la han conseguido ya. Y creedme cuando os digo que no dudarán en utilizarla contra nuestro pueblo.


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