José Ángel Mañas
1ª Edición Digital. Julio 2011
Smashwords Edition
© José Ángel Mañas, 1995
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-939035-9-6
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Para Nathalie
… es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios.
ONETTI, Bienvenido, Bob
(Extracto de una entrevista aparecida en un fanzine musical el 3 de octubre de 1994).
FANZINE: Contadnos cómo se formó el grupo.
F: Pues al principio estábamos yo y mi primo Javi. Hacía tiempo que tocábamos juntos. Y, en fin, cuando se separó mi último grupo, le llamé, y decidimos alquilar un local en La Nave, porque queríamos hacer algo serio. Sobre todo ahora, que es un buen momento para música como ésta…
FANZINE: O sea que sois unos oportunistas.
Risas tensas.
(Nosotros pensamos que son unos putos oportunistas).
D: Pues yo qué sé. Un día andaba yo ensayando con los Depresiones Orquestales —que eran pésimos, y así les fue, claro—, y no sé, oí que los de al lado hacían una música de puta madre, me metí un rato a tocar con ellos, y eran estos dos.
J: Por una vez has sido conciso, David. Estoy alucinado
F: Pues así empezó todo. Como David tocaba con otros grupos, pusimos un anuncio para encontrar un batería fijo. Intentamos encontrar a alguien menos… anárquico. (Risitas). Pero él era el mejor.
D: Después del primer disco con estos, dejé de tocar con otras bandas. Y aquí seguimos.
FANZINE: Sabemos que tenéis a Ramón Fernández como máneyer. ¿Cómo habéis conseguido que alguien tan importante como él en la –todo hay que decirlo– pobre escena del Estado, se interese por vosotros? (Todos sabemos que Ramón Fernández solo apoya a los verdaderos lameculos con tufillo comercial).
J: Ramón nos vio una vez en la sala Revólver, y se entusiasmó con el grupo. Es un buen tío.
FANZINE: Para concluir, una pregunta un poco metafísica. ¿Qué es el jardcore para vosotros?
F: Uff, esa es chunga.
Caras concentradas. Está claro que no han pensado demasiado sobre el tema.
D (iluminado, nos habíamos dado cuenta de que era un genio): Pues yo qué sé. Chunta-chunta.
Risas.
J: Ponlo. Es la mejor definición que he escuchado nunca.
F: Vamos a ser un poco serios. No puedes poner «chunta, chunta».
J: ¿Por qué no?
F: Joder. Es verdad que consideramos que la música está por encima de las ideas, pero…
Invierno 1994
—¡Pitad, pitad, cabrones!
Escupo al suelo, me pongo el casco y me meto entre los coches. Un taxi me cierra, obligándome a pegar un frenazo. El semáforo se pone en verde. La hilera principal de vehículos empieza a moverse. Acelero y bajo por la calle Eduardo Dato donde todavía quedan, en la acera, los últimos travelotes esperando al desesperado de turno.
Pillo Castellana hacia Colón, doy media vuelta en el primer cruce, tiro por el lateral, subo María de Molina y paro a llenar el depósito de la Vespino en la gasolinera que hace esquina con López de Hoyos. Al poco, llego a la Avenida de América, cruzo la Emetreinta, tomo Arturo Soria y a la altura del centro comercial Plaza me meto por el parque Conde de Orgaz hasta llegar al jodido colegio. Unos pelleros que no tienen ni quince años, de algún instituto cercano, están sentados en un banco junto a la verja, fumando pitillos. Me quito el casco, saco un sobre rojo que llevo en el cofre de la parte trasera del Pepino y entro, aprovechando que el bedel me ha visto y sale a abrirme.
Por los paneles de corcho que forran las paredes del pasillo hay decenas de dibujos repletos de monigotes y nubecitas y solecillos. Están firmados por los niños de la escuela. Los alumnos andan en clase. Yo solo me cruzo con un tipo con alzacuellos negro. Le pregunto por la secretaría y él me pone una mano paternal sobre el hombro mientras señala con la otra.
—Hijo mío, al fondo.
Detrás de la puerta que me indica me encuentro con una secretaria delgadita. Viste jersey de cuello vuelto, con una rebeca sobre los hombros. Está escribiendo a máquina, en una Olivetti. Al verme parado en el vano de la puerta, alza las cejas. Me mira por encima de las gafas.
—¿No le han enseñado a llamar antes de entrar?
Le pongo el sobre rojo en la mesa.
—Sí, bueno. Fírmame el papelillo, anda.
—Fírmeme, por favor, me parece a mí.
Yo siempre llevo un bolígrafo en el bolsillo interior de la chupa de cuero. Se lo dejo, junto con el recibo, delante de sus narices.
—Venga, que tengo prisa.
—Usted no es el único. Espere. Ahora le atiendo.
Es alucinante. La zorra sigue escribiendo. Hasta que le arranco la hoja de la máquina de escribir.
—Mira. No empecemos, que todavía queda mucha mañana. Aquí, en el papelito.
Ella me mira, piensa algo, frunce el ceño, pero al final echa el autógrafo.
—Hala. Hasta luego —digo.
De vuelta en la calle, los chavalitos del banco me señalan y se ríen. Miro el Pepino mosqueado. Luego les miro a ellos. Luego meneo la cabeza. Paranoias tuyas, David. Me pongo los guantes, estornudo, le doy a los pedales. Tengo la cara encarnada a causa del frío, y encima estoy de mala hostia. Tratar con gentuza siempre me pone de muy mala hostia.
Busco la siguiente dirección en el busca, escupo al suelo y me pongo el casco. Otra vez de vuelta en el tráfico: Arturo Soria, Avenida de América, María de Molina, Raimundo Fernández Villaverde, Orense. Me meto por Azca, dejo la moto y voy a pata hasta la Torre Picasso. Levanto la vista y observo, impresionado, sus cuarenta plantas. La hostia. Esto parece Nueva York.
Los de seguridad me ojean de los pies a la cabeza. Le muestro mi carné de identidad a la recepcionista. En la foto tengo el pelo largo y estoy más joven.
—He quedado en recoger un paquete en el piso treintayocho. Es urgente.
Ella me entrega una tarjetita de visitante con un clip. Me la engancho a la solapa. A continuación tomo el ascensor con dos corbatos que no hacen más que hablar de campos de golf y de palos y de golpes. Uno incluso hace gestos de meter una bola. En la planta treintayocho me encuentro en una oficina diáfana. Hay decenas de mamparas bajas compartimentándola, como si fuera una casa de juguete. La calefacción está a tope. Otra secretaria, esta vez con medias de cristal y la faldita justo por encima de la rodilla, los labios pintados de color bermejo, el cabello recogido en un moño, me entrega un nuevo sobre, liso y de dimensiones a-cuatro. Mientras lo sujeto, me pongo de puntillas para disfrutar la vista que se tiene sobre la ciudad, por encima de su hombro.
—Desde aquí se ve todo Madrid, ¿verdad? Y eso de allí, al fondo, a lo lejos, es la Cruz de los Caídos. ¿Puede ser?
—Se ve la sierra, sí.
—La hostia. Impresiona, ¿eh?
La piba dice que muchas gracias, súper cortante, y yo me pongo de los nervios.
—Ya vale. Joder, con lo poco que cuesta una sonrisa. Cojones.
Ella frunce el ceño y me doy cuenta de que tiene una cara de Barbi mal follada, ya sabes, ese tipo de tías que son frías como demonios. Me meto los dedos en la boca y tiro de la comisura de los labios.
—He dicho que podías sonreír un poquito. Solo para hacer las cosas más agradables. Así, ¿ves? Vale, ya sé que hablo demasiado. Pero, joder, somos humanos. Quiero decir que tú también tienes una familia, un marido, un novio, qué sé yo, gente a quien no le pones esa cara. Un poco de… no sé. Respeto, cojones. Digo yo, vamos a ver. ¿Me entiendes o no me entiendes?
Entonces suena el teléfono de una mesa cercana. Barbi lo coge y tapa el auricular.
—Lo siento. Tengo trabajo.
—Claro. Todo el mundo tiene trabajo, todo el mundo está agobiado, todo el mundo tiene prisa, todo el mundo está jodido. Pero, yo qué sé, si a mí se me va la bola y trato a todo el mundo como la mierda porque mi mujer me ha dejado…—sigo, mientras salgo de nuevo al rellano. En el interior del ascensor coincido con un joven ejecutivo que abandona otras oficinas de la misma planta. Lleva unas gafas de titanio que se ajusta nerviosamente—. Estoy intentando comunicar. Solo eso. Yo no soy nadie, ya lo sé, pero qué le voy a hacer. Soy humano. Quiero decir que vivimos en una democracia, que todos nacimos igual de desnudos. Joder, yo qué sé…
—¿A qué piso va?
—Ya, ya me iba. Solo venía a pillar este paquete y la piba esa que tenéis ahí de perrito guardián me recibe y yo qué sé. Pero yo también tengo derecho a expresar lo que pienso. Que tío, tú y yo estamos hechos de la misma cera, eso es todo. Nada más. Digo yo que tendré un poco de razón en todo esto. La hostia.
En la planta baja, paso entre los guardias de seguridad. Le devuelvo el clip a la de recepción. Ella sí que me despide con un mínimo de amabilidad. Salgo de nuevo al frío, llego al Pepino y echo un vistazo al callejero que guardo en el cofre. Localizo mi nuevo destino: cerca de Plaza de Castilla, una de las perpendiculares a Bravo Murillo.
Me monto en la Vespino y doy pedales pero la puta moto no arranca y ya me cago en la puta como no arranque, de modo que le vuelvo a dar pedales un par de veces y esta vez ya sí.
Han pasado dos horas y tras haber recibido en el busca la última dirección de la mañana he llegado por la nacional uno a La Moraleja, a diez kilómetros de Madrid. Es una urbanización de las más ricachonas de la zona norte. De las que tienen nombre, como Puerta de Hierro o Mirasierra y eso se nota. Está llena de casazas que parecen castillos, de jardines inacabables, algunos muy exóticos, como el de un director de circo que en vez de perro tiene en su terreno, lleno de palmeritas, un Puma, o al menos eso dicen; con lujosas piscinas cubiertas por lonas azules a estas alturas del año y adolescentes que se desplazan en motocicletas de las marcas que más petan.
Tardo media hora en llegar y después de perderme durante diez minutos porque mi callejero no está actualizado y porque los caminos de estas zonas residenciales son todos iguales, acabo llamando al telefonillo de una mansión de dos plantas que se ve desde la calle y donde no responde nadie, y eso ya me pone negro porque a mí me pagan por reparto y es pasada la una y yo qué sé, pues eso. Vuelvo a darle al interruptor del telefonillo. Al cabo, responde una voz con acento no sé si ecuatoriano o dominicano.
—¿Dígame? ¿Sí?
—¿El Paseo del Conde de los Gaitanes?
—No es aquí. Lo lamento, señor.
—¡Ya sé que no es aquí! ¡Por eso pregunto! ¡Sé que he entrado por la plazoleta que no debía! ¡Estoy buscando esa dichosa calle!
Me monto en el Pepino y llamo al telefonillo de otro chalé enfrente. Allí me responde una chacha castiza.
—Aquí no, machote.
—Que ya sé que aquí no, cojones. Un poco de educación. ¿Te importaría salir para indicarme...?
¡Pip!
Me rasco la cabeza. Vuelvo a pulsar. Nada. Le pego una patada a la puerta antes de montarme en la Vespino y empiezo a seguir a un par de sesentones ociosos que están haciendo marcha, enfundados en sus chándales de colores fosforitos, cada cual con una braga negra para protegerse el gaznate del frío.
—¿El Paseo del Conde de los Gaitanes, por favor?
El hombre más sudoroso y resoplante, después de mirar su cronómetro y ponerlo en pausa, me indica una bocacalle al fondo.
—¡Gracias! —le grito, y acelero.
Se trata de uno de los primeros números pares, una nueva mansión invisible detrás de un seto espeso de arizónicas que sobresale de un murete a media altura sobre el cual aparece en letras doradas el nombre de la parcela: VILLAFELIZ. Por encima se ven las copas de unos sauces llorones y algún pino bien crecidito en el jardín. Allí vuelvo a darle al telefonillo.
—¡Soy el mensajero que ha…!
La puerta exterior se abre con un chasquido. Unos momentos después aparece una lagartona de ciento y pico líftines, con pantalones lisos color beish, la blusita de seda y un mantón de Manila sobre los hombros. La mujer se apresura hasta donde estoy. Lleva en brazos una tulipa de lámpara envuelta en papel de periódico. Casi tropieza, según se acerca, con los tacones. Nada más verla, meneo la cabeza.
—Esto no cabe en el cofre, señora. Lo siento. No lo puedo llevar en la moto.
—¿Cómo que no? Pero si hace dos semanas lo trajo un mensajero. Me acuerdo perfectamente. Un chico como tú. Con la misma moto, el mismo…
—Mire. Esto no es un capricho mío. Si quiere, llame a mi jefe y habla con él. Ya verá lo que le dice.
La muy zorra lo piensa, y asiente. Posa la tulipa en la acera, a mis pies, y se apresura a volver hasta la vivienda por un caminito de pizarra sobre el césped que bordea, a la vera de los sauces llorones, la pista de gravilla por la que entran los bugas y que lleva hasta un porche cubierto que hace las veces de garaje. Ahí, bien protegidito, descansa un cuatro por cuatro rutilante, de una estupenda marca japonesa. Antes de desaparecer, la cliente cierra la puerta. Yo espero hasta que se abre de nuevo. Entonces la misma pava se apresura hasta donde sigo esperando. Lleva un teléfono portátil en la mano. Va hablando, según llega.
—Lo tengo delante… Un momento. Tenga. Es su jefe.
‘—David. ¡Lleva el paquete de la señora adónde ella te diga, ¿me has entendido?!’
Yo devuelvo el teléfono a la mujer, que se encoge de hombros mientras le agarro la tulipa. Todavía se me queda mirando, arrebujada en su mantón, en tanto que me la llevo hasta la moto. Allí saco el callejero para buscar la dirección y veo que es a pocas manzanas, en la misma Moraleja. Será una amiga suya, pienso.
—Hay que joderse —murmuro, montándome de nuevo en la Vespino con la tulipa de los cojones sobre las rodillas y encajada entre mis brazos.
Así que me pongo el casco, doy pedales y esta vez la puta moto arranca a la primera y empiezo a pillar calles y chaleses por todas partes y no tardo en hacer la entrega y por el camino de regreso todavía le estoy dando vueltas a muchas cosas y pienso como el tema este de la música salga bien Bea tú dejas tu curro inmediatamente y yo le meto al jefe la moto por el culo aquí lo que pasa es que el que tiene pelas es rey y los demás tontos y luego me quieren vender el rollo sociata no te jode si es que estoy hasta la polla y menos mal que hemos tenido suerte con el piso porque con lo poco que ganamos tener un piso como el nuestro es un chollo de esos que ya no hay porque tío hace años que la vieja de mi vieja tiene alquilado el piso y pagamos solo veinte talegos de arrendamiento antiguo y Bea y yo estamos como reyes pero me toca la polla que haya gente como las zorronas estas de La Moraleja o de dónde sea porque yo qué sé yo sé dónde estoy tengo mi lugar mi mujer y que me venga cualquier politicucho del tres al cuarto a contar que no le voto porque paso pero si votara votaría a los de Izquierda Unida como mi vieja a la que los socialistas le dicen que la derecha le quiere quitar la pensión y luego van ellos y hacen lo que les da la gana y qué coño quieres que le haga tronco me van a acabar convenciendo para que vote solo para que yo qué sé tío ese es el problema que lo único que quiero es que el puto contrato salga adelante y olvidarme del Vespino porque me estoy volviendo loco porque yo antes no era así de agresivo ni se me iba tanto la pelota es verdad que cuando mi vieja me dijo que me iban a mandar a la mili y me fui a los San Fermines se me fue un poco la olla con los putos ajos y dos meses en un hospital de esos donde lo único que hacen es drogarte para que sobes te dejan peor de lo que estabas y yonqui perdido que todavía me acuerdo de los picotazos que me metían las enfermeras y cómo quería moverme y no podía y aquel colega un tío de puta madre que me invitó luego a su casa un fin de semana un amigo del Muelas y se pegó un tiro porque su mujer le había dejado y yo le comprendo porque como Bea me deje un día hago lo mismo no me gusta que ella esté tan rara últimamente y yo qué sé a mí me da palo que sus viejos nos den dinero y se lo digo que ni se le ocurra pedirles nada porque nosotros nos apañamos bien sin tener que mendigar y me jode el Ramón porque yo lo que quiero es firmar de una puta vez y que yo sé que sabe lo que hace y se lo está currando como dicen los otros pero tío yo mira si es que tengo muchos añitos encima ya si me acuerdo de cuando me fui a Ibiza en el ochenta y estábamos allí en calzones en la playa y nos ganábamos la vida haciendo pulseras eso era antes de conocer a Bea claro y menos mal que me tocó excedente de cupo en la puta mili aunque si lo llego a saber igual no me voy a los San Fermines con Ricardo igual no me voy de varas y yo qué sé igual las cosas hubieran sido de otra manera pero como son como son y como la primera regla de la filosofía yen es que hay que relajarse y yo qué sé igual me he relajado mucho estos años pero los he vivido y eso no me lo quita nadie