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EL ORIGEN DE SKYWOMAN

Carmen Pombero

©Editorial Emooby, 2011

EL ORIGEN DE SKYWOMAN

By Carmen Pombero

Published by Editorial Emooby at Smashwords

© Copyright 2011 Editorial Emooby


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Table of Contents


VIAJE AL CENTRO DE LA CIUDAD

SKYWOMAN HA NACIDO

MI QUERIDA TATA TRINIDAD

UN TERRIBLE LUGAR LLAMADO COLEGIO

MI NUEVO AMIGO AMÎR

INJUSTICIA EN LOS ÁLAMOS

LOS DOS SAMURÁIS

EL PODER DE LAS NUBES

LOS AGUJEROS DE SKYWOMAN

ENTRE SUPERMAN Y AMÎR

EL GLOSARIO DE CLARITA

BIOGRAFÍA


SINOPSIS

EL ORIGEN DE SKYWOMAN es una novela infantil apta para todos los públicos y muy recomendable para aquellos adultos que aún creen en el poder de la imaginación.

Narra la historia de Clarita, una niña de un barrio pijo con una visión muy particular de todo cuanto la rodea. Con un sentido del humor ácido, una visión ingenua y una forma de expresarse de lo más natural, relata en primera persona como llega a convertirse en Skywoman, una superhéroe, gracias a su desbordada imaginación. Todo comienza la primera vez que sus padres la llevan al centro de la ciudad junto a sus hermanos mayores, los gemelos Gonzalo y Diego, que le hacen la vida imposible y que no tienen hacia ella el menor gesto de cariño. Éste se supone es un viaje iniciático hacia la madurez, pues sólo cuando se es mayor sus padres llevan a sus hijos al centro. Ella, que no está acostumbrada a salir de la urbanización de chalets en la que reside, se pierde en la feria de cómics. El encuentro con los superhéroes ejerce una gran influencia en ella, que debe vencer sus miedos, sin éxito, para superar la prueba de perderse en la ciudad, lejos de casa y en un lugar lleno de gente disfrazada. La prueba es superada gracias al rescate de Lobezno y los tres Samuráis y de esta forma, pasa a ser Skywoman en su imaginación, la novia de Superman. Así, el viaje al centro de la ciudad que se suponía un viaje hacia la madurez para ella se convierte en un viaje hacia la fantasía.

En sus aventuras fantastico-realistas, Clarita nos va presentando a su familia, su perro, su barrio y su niñera, por ese orden. En definitiva, se trata de la vida de una niña en un barrio bien. Pero todo cambia cuando Clarita se da cuenta de que tiene dos mundos: uno, el de la niña pija que es y otro, el que conoce a través de su niñera, la tata Trinidad, una joven filipina que ha dejado a sus hijos en su país, algunos más pequeños que ella, al cuidado de su madre mientras ejerce de interna en su casa. Toda una paradoja que a ella se le irá revelando como cruel. En el mundo de Trinidad hay otras niñeras de diferentes países y situaciones de lo más diversas y duras, y también están sus hijos, que vienen a jugar al parquecito de la urbanización. Un día Clarita se da cuenta de la verdadera realidad: ella es una niña rica, es la “señorita” y esos niños no pueden ser sus verdaderos amigos pues no son de su mismo status. Sólo cuando están todas las niñeras juntas, con sus hijos y los niños que cuidan, esa barrera se rompe. Clarita prefiere a esos amigos que a los del colegio, que no tienen nada interesante que contarle mientras sus otros amigos (filipinos, musulmanes, ecuatorianos…) sí tienen muchas cosas que contar gracias a sus culturas.

Pero, cuando su madre descubre la reciente amistad que hace Clarita con Amîr, un niño musulmán, el miedo y los prejuicios hacia un posible terrorista en potencia aparecen en su madre, que le prohíbe esta amistad. Clarita, que lo ve todo con sus ojos de niña, no entiende la prohibición y se rebela. Sólo podrá ser amiga de Amîr bajo la personalidad de Skywoman, que se convertirá así en la heroína de los hijos de las niñeras…

A Oriza y a mi hijo Hugo, que me inspiraron esta historia. Con todo mi cariño y mi amor.

VIAJE AL CENTRO DE LA CIUDAD

–Clarita, hoy vamos a ir al centro –dijo mi papá con una gran sonrisa.

Inmediatamente, me puse a dar saltos de emoción.

–¡Al centro, al centro! ¡Por fin!

Los domingos por la mañana son los únicos días que hacemos algo en familia porque Trinidad –nuestra niñera– descansa. Mi familia son: mi hermano Diego, mi hermano Alonso, nuestro perro Hipólito, papá y mamá. Vivimos en una urbanización al otro lado del río y para ir al centro hay que cruzar un gran puente. Un puente que yo no había atravesado aún porque el centro era algo reservado a mis hermanos mayores, que iban allí con mamá para comprarse pantalones nuevos. Ese domingo, por primera vez, yo también iría.

–¿Y qué vamos a hacer, papá? –le pregunté superfeliz.

–Vamos a ver una exposición.

¡Una exposición! Vaya suerte la mía. No sólo viajaba al centro sino que además, iba a una exposición.

–¿De cuadros, de estatuas, de tesoros antiguos?

–De cómics –contestó mi papa con aire importante.

–¿De cómics? –le pregunté. Yo conocía perfectamente los cómics porque mis hermanos se pasaban el día leyéndolos, pero no sabía que existían exposiciones de cómics.

–Habrá gente disfrazada de superhéroes y actividades. A tus hermanos les hace mucha ilusión ir. Verás qué bien lo pasamos.

Hubiera preferido que mi primer viaje al centro fuese para hacer algo que me gustase a mí. Pero estaba claro que en mi casa mandaban los hombres que eran mayoría. Mamá decidió por sí misma que como era mi primera salida al centro de la ciudad, tenía que vestirme lo más cursi posible. Me puso un vestido rosa que odio con unos lacitos blancos que odio más todavía. No contenta aún, me peinó con dos coletas. Cuando todos estuvimos listos, salimos de casa en plan familia, o sea mis hermanos a su aire detrás de nosotros, mamá estrujándome la mano y papá delante del todo, dirigiendo el paso. Como veréis no venía Hipólito, nuestro perro, porque él nunca va al centro. Yo daba saltitos de lo contenta que estaba y mamá me iba riñendo para que me estuviese quieta como las personas normales. Eso es imposible cuando un niño está emocionado de verdad como lo estaba yo. Saltaba tan entusiasmada que el camino se me hizo cortísimo.

Después de andar por unas cuantas calles de la urbanización que me sabía de memoria, llegamos al puente. Sólo lo había visto en el coche cuando pasábamos cerca para ir a casa de la abuela. En vivo y en directo era enorme y estaba muy alto. Sentí mucho miedo y me quedé quieta como cuando Hipólito ve un gatito y se queda paralizado. Mamá tiró de mí.

–Clarita, vamos. No tenemos toda la mañana.

Mis piernas no funcionaban y mi cuerpo se echaba hacia atrás él solo. Mis hermanos empezaron a reírse y a decir a la vez “tiene miedo, tiene miedo”. Ellos, como son gemelos, todo lo dicen a la vez. Me da mucho coraje. Papá se agachó para hablarme al oído:

–Clarita, es sólo un puente.

–¿Y no se cae? –pregunté mirando de reojo al agua que se veía allá abajo, muy muy abajo.

–No hija, los puentes están hechos de una manera que es imposible que se caigan.

A mí eso me parecía muy difícil de entender. ¿Por dónde se sujetaba el puente para no caerse? Sólo tenía dos pilares al principio y otros dos al final, justo en cada orilla. En medio, por donde pasaba el agua y que era la parte más peligrosa, no había nada que lo sostuviera. Papá me dio una charla sobre ingeniería que no entendí pero me tranquilizó saber que para hacer un puente había que pensar tanto y dibujar muchos planos. Mamá me cogió de una mano y papá de otra para que no tuviese miedo. Los gemelos iban delante metiéndose conmigo, que es lo que más les gusta hacer en el mundo. Al cruzar el puente, las piernas me temblaron como la batidora con la que Trinidad (mi tata) me prepara el batido. Yo no podía dejar de pensar que si el puente se caía o yo me caía al agua, papá saltaría para rescatarme. Lo malo era que yo había visto nadar a papá en la piscina de la urbanización y no lo hacía nada bien. Mamá tampoco nadaba porque se quedaba tomando el sol todo el rato. Y los gemelos lo único que hacían era tirarse en bomba o darme ahogadillas para hacerme sufrir. O sea, que si el puente se caía, yo moriría ahogada seguramente. Así que me agarré fuerte a las manos de papá y mamá y empecé a andar lo más rápido que sabía para cruzar lo antes posible. Mamá y papá me siguieron con la lengua afuera. Tanto corrí, que dejé a los gemelos atrás.


Y así llegamos al otro lado, al que todos llamaban “centro”. Lo primero que me sorprendió fue que las calles eran mucho más anchas que en mi urbanización. En las aceras podían andar dos padres con un carrito de bebé sin que al cruzarse con alguien el carrito tuviese que bajar a la calzada, que es lo que pasa en mi urbanización. Además, en el centro, los edificios eran más altos y con menos árboles. Había mucha gente y andaban más rápido de lo que se anda en mi calle. Y eso que era domingo y se supone que no hay prisas... Las niñas vestían tan cursis como yo. También debía ser su primer día en el centro. Los niños corrían por las aceras y sus padres les reñían. Mis hermanos no corrían porque miraban escaparates. Se paraban delante de todos y papá, mamá y yo teníamos que esperarles cada dos por tres. En el centro había muchísimos escaparates. A mí todos me parecían un tostón hasta que descubrí uno de muñecas. Me quedé parada porque tenía una casa de Winnie the Pooh súper guay y cuando me di cuenta, estaba sola. Papá, mamá y los gemelos habían seguido andando, olvidándose de mí. Miré a todas partes y los vi al final de la acera junto al semáforo. Papá le reñía a Alonso, seguramente porque le habría pegado a Diego. Alonso es muy pegón, pero Diego es más malvado. Digamos que Diego piensa en cómo hacer el mal y Alonso hace el mal, sin planear nada. Como mi familia no había desaparecido, seguí mirando el escaparate e imaginando historias de mi Winnie the Pooh en esa casa tan guay, hasta que mamá vio que yo no estaba con ellos. Se puso nerviosa, miró a todos lados y al fin me vio con mi cara pegada al escaparate.

–Clarita, no te separes de nosotros que te puedes perder –dijo al tiempo que tiraba de mí arrancándome un brazo.

Cuando mamá y yo alcanzamos al resto, los gemelos ya habían dejado de matarse y caminaban cogidos del hombro (ellos tan pronto se quieren como que se odian). Papá, por si acaso, caminaba junto a ellos, vigilándoles de cerca como si fuese un maestro antipático. Me dio mucha pena dejar atrás la casa de Winnie, pero se me olvidó enseguida cuando vi una heladería cien veces más grande que la de mi urbanización. Paré en seco a mamá de un tirón de brazo y le señalé la heladería en plan niña mimada. No hizo efecto. Pasé al plan B: llorar. Mamá me soltó una retahíla con su voz de madre que quiere educar bien a sus hijos, aunque quien me cuida todo el rato es mi tata Trinidad. Me explicó eso de que si comes el helado, no almuerzas etc. A mí ese discurso no me hace efecto porque sé que en mi estómago hay espacio de sobra para el helado y el almuerzo. Como mamá vio que no funcionaba pasó a su plan B: gritarme. Ella más gritaba, yo más lloraba. Podemos pasarnos un buen rato de esta manera hasta que gana una de las dos. Esta vez ganó ella porque soltó una frase mágica: “si no dejas de llorar, volvemos a casa y se acabó el centro”. Acto seguido, dejé de llorar y continué caminando. Por eso os digo que era mágica, porque nunca antes había dejado de llorar tan automáticamente.


Y llegamos a la exposición de cómics. Estaba al aire libre en una plazoleta que me pareció que era más grande que el circo al que siempre me llevan en Navidad. Al principio me dio un poco de susto. Había tanta gente como en la playa en verano. Además, todos parecían más altos. No había apenas niñas y los niños eran de la edad de los gemelos y aún mayores. Personas de todas las edades iban disfrazadas de superhéroes, cosa que no entendí porque yo pensaba que sólo los niños nos disfrazábamos. Los trajes eran súper guays, pero al cabo de un rato estaba mareada de ver tantos colores. Los gemelos, que se habían vuelto locos nada más pisar aquel lugar, corrían de un puesto a otro manoseando todos los cómics que podían. Papá caminaba tras ellos con aire distinguido y cara sonriente. Mamá iba detrás. Me tenía cogida de la mano, pero ya más suave, y pensaba en sus cosas. Estaba claro que se aburría. A mamá todo lo que no sea hablar por teléfono con sus amigas la aburre soberanamente. Al fondo de la plazoleta había un escenario donde un hombre vestido de Batman hablaba con un micrófono. Anunciaba concursos y novedades, y una de ellas era el último número de un cómic manga que yo sabía que le chiflaba a mis hermanos. Sobre el escenario aparecieron tres samuráis que reconocí como los protas. Sin darme cuenta, solté a mamá para avisar a los gemelos, que estaban babeando en un puesto precisamente de manga. Mamá, como iba a lo suyo, no se dio cuenta de que me había soltado.


Llegar hasta los gemelos no era tan fácil como yo creía. Había mucha gente y me arrastraban en dirección contraria. Cuando me di cuenta, no sabía dónde estaba. No veía a mamá, ni a los gemelos. Ni siquiera el escenario. Sólo escuchaba la voz de Batman.

Ahora sí, me había perdido de verdad…

SKYWOMAN HA NACIDO

Cuando vi que me había perdido en medio de la exposición de cómics y estaba sola, me empecé a asfixiar. Miré al cielo. Estaba azul azul, pero azul claro, sin nubes ni nada. Me daba un poco de aire fresquito en la cara y me sentí mejor. Sin embargo, me mareé al tener la cabeza en esa postura y tuve que dejar de mirar al cielo. Estaba muy asustada. ¿Y si no volvía a ver a papá y a mamá? ¿Ni a Trinidad? ¿Ni a los gemelos? Hasta la idea de no volver a verlos me daban ganas de llorar, y eso que no me llevo bien con ellos. Decidí ser una niña valiente y dirigirme a uno de los puestos a pedir ayuda, que es lo debo hacer en estos casos según mi tata. Ella dice que tengo que acercarme a una persona mayor, a ser posible una mujer, y decirle: “Señora, me he perdido. Me llamo Clara Ayala Manrique y vivo en la urbanización Los Álamos de Fonseca, calle Álamo Gris número 15. ¿Sería tan amable de llevarme a mi casa, por favor?”. Cuando comprobé que me sabía de memoria la frase decidí ponerla en práctica.

Los puestos estaban llenos de piernas de gente que no me dejaban acercarme. Me puse a mirar a mi alrededor buscando a una mujer, que ya he dicho que había pocas. Sin embargo, lo que veía a mi alrededor eran superhéroes y supervillanos. Uno iba vestido como el saltimbanqui de los cuentos de princesas, con unas mallas amarillas y un corpiño rojo con una “R” en negro. Pero se había puesto los calzoncillos negros por fuera (si mi mamá lo ve de esa facha le da algo). Había otro muy musculoso y con cara de bruto que daba un poco de pena. Estaba todo pintado de verde y no sé qué le había pasado a su ropa, pero la traía toda rota como cuando los gemelos se pegan con alguien del cole y vienen con el bolsillo de la camisa desgarrado. Pues éste se había pegado con el colegio entero, porque traía desgarrado el pantalón, la camisa y los zapatos. Algunos disfraces me daban miedo, sobre todo los de los villanos. Eran feos, con cara de malvados de verdad. Uno era el malo de Batman, el Joker, que siempre me ha dado mucho miedo porque me recuerda a los payasos. Había otro que bien podría parecer un pobre anciano, pero que en verdad no tenía nada de “pobre”. Llevaba una capa morada, el pelo plateado y otra vez los calzoncillos por fuera, pero los de éste eran de hierro. Tenía un montón de cosas metálicas pegadas al cuerpo, como un destornillador, oro, llaves y muchas monedas. Vamos, que era un ladrón.

Estuve caminando un rato hacia no sé dónde, porque no sabía a quién soltarle la frase que me había enseñado Trinidad, hasta que al fin me choqué con una mujer toda vestida de negro con una careta de gato. Allí estaba la señora a la que le podía decir la famosa frase de auxilio: “Señora, me he perdido. Me llamo Clara Ayala Manrique y vivo en la urbanización Los Álamos de Fonseca, calle Álamo Gris número 15. ¿Sería tan amable de llevarme a mi casa, por favor?” Sólo había un problema: no sabía si esa mujer era buena o mala.

–¿Qué te pasa cielo? –me dijo la mujer. Y luego soltó un “miau” como de tigre pero más suave.

Aunque tenía unos ojos muy bonitos y me hablaba con voz dulce, yo sé que los gatos son malos porque una vez uno casi le arranca un ojo a Hipólito. Así que eché a correr dándole empujones a la gente hasta que me tropecé y me caí al suelo. Pensé que moriría aplastada por todos aquellos superhéroes de no ser por Lobezno, que me levantó en volandas. Lobezno era tan fuerte

como el cartel de la peli, pero menos guapo. Además, las garras se le soltaban de las manos porque las tenía sujetas con gomillas.

–¿Dónde vas tan rápido pequeña?

Sólo pude decir “bbbrrr” antes de ponerme a llorar.

–Vaya… ¿Te has perdido?

Yo no podía soltarle la famosa frase de Trinidad porque Lobezno no era “a ser posible” una mujer. Sin embargo, mis hermanos siempre dicen que es el más bueno de todos los superhéroes, más que Superman. Lobezno me sonrió.

–No llores. Te voy a llevar volando al escenario para que busquen a tus papás.

Como era tan fuerte, me llevó en brazos, sobre las cabezas de la gente, y así pude ver toda la exposición desde el cielo. Había muchísimos puestos de cómics, una casetilla donde te pintaban la cara de superhéroe y otra donde podías dibujar tu propio cómic en una mesa muy larga llena de rotuladores. ¡Y hasta un puesto de hamburguesas!

Cuando llegamos al escenario, los tres samuráis luchaban con sus espadas. No sé por qué luchaban entre ellos cuando se supone que son hermanos. A lo mejor se habían peleado, como les pasa a los gemelos. Lobezno le dijo algo en secreto a Batman y Batman me sonrió:

–No tengas miedo, guapa.

Yo ya no tenía miedo porque estaba rodeada de superhéroes buenos. Los tres samuráis dejaron de luchar cuando Batman les dijo no se qué. Me miraron, me hicieron una reverencia y Lobezno me bajó y me colocó entre ellos tres como si yo fuera una figurita de porcelana del salón de mi casa. Batman cogió el micrófono y empezó a contarle a la gente mi historia, que se inventó entera. Les contó que me había secuestrado el Joker, pero me rescató Lobezno y los tres samuráis me entrenaron en la lucha. Ahora, yo era una superhéroe. Mi nombre se lo inventó también. Dijo que me llamaba “Skywoman”, aunque en realidad mi nombre era (y me preguntó mi nombre de verdad con apellidos y todo). Yo vi la oportunidad de soltar la frase que tanto tiempo llevaba repitiéndome en la cabeza:

–Señora, me he perdido. Me llamo Clara Ayala Manrique y vivo en la urbanización Los Álamos de Fonseca, calle Álamo Gris número 15. ¿Sería tan amable de llevarme a mi casa, por favor?

Entonces, Batman y Lobezno se rieron y Batman me aclaró que él no era una mujer, sino un hombre y que en realidad se llamaba Francisco José. Cuando Batman dijo mi nombre en voz alta, le pidió a mis padres que viniesen a buscarme. Mientras esperábamos a que apareciesen, Batman contó que yo había regresado de un viaje a Kripton con Superman (éramos novios, según él) y que, como nos íbamos a casar, quería presentárselo a mis padres. La gente se rió con aquello y me miraron con una mezcla de alegría y pena, como me miran las amigas de mamá.

Al cabo de un ratito, mi madre, con lágrimas en los ojos, se abrió paso entre la gente, seguida de cerca por mi padre con cara de susto. Enseguida, mamá subió al escenario y me abrazó tan fuerte que me dejó sin aire. Mamá casi nunca me abraza y que lo hiciera allí, delante de todo el mundo, me pareció muy raro. Papá se quedó abajo. La cara de susto se le fue quitando poco a poco. Los gemelos se subieron al escenario, pero no para abrazarme como mamá, sino para pedirle un autógrafo a los tres samuráis. Los gemelos babeaban más que nunca. Está claro que si me hubiese perdido para siempre les habría dado igual. Yo estaba contenta no sólo por haber recuperado a mi familia, sino porque era la primera vez que mi mamá lloraba por mí. Los samuráis, después de firmar los autógrafos, posaron para que nos hiciésemos una foto con ellos. Luego, Lobezno, que resultó que trabajaba allí, nos llevó a la caseta donde te maquillaban y nos disfrazaron de superhéroes. A mis hermanos les maquillaron como a los tres samuráis, con la cara blanca, los labios rojos y pequeños y ojos de chino. A mí, sin embargo, me hicieron un dibujo especial. Me pintaron de Skywoman. La cara celeste como el cielo y en los ojos me dibujaron un antifaz de nubes blancas y esponjosas. Quedaba muy guay y me pusieron una diadema celeste en la cabeza, sujetándome el pelo hacia atrás para que se me viese bien el dibujo. De vuelta a casa, mamá me compró el helado que no me quiso comprar antes.

Fue el mejor día de mi vida…


Por la noche, ya había olvidado que me perdí en el centro. A mamá también se le olvidó, porque me gritó cuando no me quise lavar los dientes y a los gemelos los castigó porque querían dejarse las caras pintadas para enseñárselas a los niños del cole y que se murieran de envidia. Cuando me fui a la cama, papá vino a darme un beso.

–Otro día volvemos al centro, ¿quieres?

Yo le dije que sí con la cabeza. Papá me miró como mira la tele cuando juega el Real Madrid. Cuando mira así de concentrado significa que va a decir algo importante.

–Sabes, Clarita. Cuando uno va al centro de la ciudad significa que se ha hecho mayor. Por eso, he decidido que ya es hora que dejes de ser Clarita. De ahora en adelante todos te llamaremos Clara.

Se le veía muy emocionado al decir esas palabras. Le temblaba un poco la voz y parecía que se iba a poner a llorar de un momento a otro.

–Yo prefiero que me llaméis Skywoman –le dije bastante convencida.

Papá se quedó serio.

–Ese no es un nombre de niña mayor.

–Bueno… Pero a mí es el que me gusta. Más que Clara.

Papá me miró otra vez, pero así como por encima.

–Anda, duérmete ya.

Me dio un beso y apagó la luz.

A oscuras en mi cuarto rosa, me quedé pensando en lo que me había pasado ese día y me puse a imaginar, que es lo que más me gusta hacer en el mundo. Imaginé que era Skywoman y las cosas tan guays que podría hacer con mi cara de superhéroe, volando por los aires y cogida de la mano de Superman, mi novio oficial. Podría rescatar a otros niños que se perdiesen y ayudarles cuando lo necesitaran, vengarme de los gemelos cuando me fastidiasen o hacer los deberes muy rápido y así tener tiempo libre para jugar. Aunque tenía que pensar cuáles iban a ser mis superpoderes…

Después de un rato largo imaginando a oscuras, llegué a una conclusión: dijese lo que dijese papá, no quería empezar a ser Clara. Yo prefería ser Skywoman, aunque no fuese nombre de niña mayor.

MI QUERIDA TATA TRINIDAD

–¿Ya estamos otra vez? No sé cuántas veces te lo tengo que decir. Eres muy desobediente. Como vuelvas a llenarlo todo de agua, te castigo sin paté de oca.

Mi madre se dio media vuelta y se fue de la cocina con la cabeza bien alta, como el que ha hecho muy bien los deberes. Los gemelos se rieron al mismo tiempo con esa risita de malvados que les sale tan bien. Hipólito miró de reojo y cuando se aseguró de que mamá ya no le veía, volvió a beber echando todo el agua fuera. Los gemelos se troncharon de la risa.

Os voy a hablar de Hipólito. Hipólito lleva con nosotros desde que yo recuerdo. Alguna vez mamá le ha contado a sus amigas del club que como yo no llegaba, papá le regaló el perrito. Siempre me he preguntado ¿llegar de dónde? A lo mejor tenía que llegar del cielo, Batman lo sabía y por eso me llamó Skywoman. Sky significa cielo en inglés y Woman mujer. Esto lo sé porque en mi casa estudiamos inglés desde que tenemos tres años. El caso es que Hipólito es un perro muy especial para mamá, aunque ella lo mismo se lo come a besos que le riñe todo el rato. Es tan especial, que lo coge en brazos, se lo lleva a todas partes con ella y lo saca de paseo, mientras que a mí quien me saca de paseo es Trinidad. Hipólito se llama así por el abuelo, que justo se murió cuando papá le regaló el perrito a mamá. Por eso la abuela vive sola, porque se murió el abuelo. No sé si me va a dar tiempo de hablaros mucho de mi abuela Elvira, que vive en el piso más grande que jamás he visto. Es tan grande que tiene dos puertas para entrar. Por una entramos nosotros y por otra el servicio. El servicio son unas personas que siempre están en casa de mi abuela disfrazados, como en la fiesta del cole. Hipólito, además de la cochinada de tirar el agua cuando bebe, hace otras como mearse en el sofá de piel cuando mamá se va de viaje con papá y lo deja solo. A nosotros también nos deja solos y no nos vamos meando por ahí. Aunque Hipólito es un perro, mamá le trata como si fuera una perra porque le pone lacitos en la cabeza de color azul, que es el color de los niños, según ella. Yo soy una niña, pero ahora que soy Skywoman mi color también es el azul.

Por último, Hipólito es un Yorkshire Terrier. Y aquí se acaba todo lo que tengo que decir de nuestro perro.

–¿No vas a terminar la merienda? –me dijo mi tata mientras yo pensaba en todo esto que os acabo de escribir.

Mi tata se llama Trinidad y es filipina. Es la persona que más quiero en el mundo después de papá y mamá. Trinidad es como mi segunda madre aunque no se parezca en nada a mi mamá verdadera. Mi mamá de verdad es alta, rubia y delgada, y lleva las uñas pintadas y el pelo también, porque ella en verdad no es rubia. Mi tata es bajita, morena y no se pinta ni las uñas ni el pelo. Mamá casi nunca se pone pantalones y la tata casi nunca usa faldas. Como veis son muy distintas.

–¿No quieres ir al parque? A jugar con Olmo y con Violeta y con Marjori y con Antonio y…

Antes de que acabase la lista de nombres, ya me había bebido la leche. Estaba deseando ver a mis amigos para contarles todo lo que me había pasado. Trinidad me sonrió pero, de pronto, se puso seria.

–Ay mi Clarita. Se perdió en la ciudad. ¿Pasaste miedo? Sí, muy asustada. Nunca soltar la mano de mamá. Nunca. Pero dijiste la frase, ¿ah? La frase de “perdido”.

Trinidad se refería a la frase de: “Señora, me he perdido. Me llamo Clara Ayala Manrique y vivo en la urbanización Los Álamos de Fonseca, calle Álamo Gris número 15. ¿Sería tan amable de llevarme a mi casa, por favor?” No sé si os habéis fijado en que Trinidad habla raro, un poco como un indio. Eso es porque su idioma es el tagalo y no el español. Trinidad dice que cuando yo hable bien inglés y francés, me enseñará tagalo. A mamá no le gusta que le diga tata a Trinidad, que es como la llamo desde pequeña porque Trinidad no me salía. Mamá la llama “la chica”, aunque Trinidad ya no es una chica porque tiene cuarenta años y cinco hijos. Todos sus hijos están en Filipinas porque ella tiene que trabajar cuidándome a mí. A sus hijos los cuida su abuela y Trinidad va a verlos una vez al año. Su marido también trabaja en nuestra ciudad, pero vive en una habitación dentro de una casa con más filipinos. Ojala yo viviese en una habitación llena de gente. Así siempre tendría con quien hablar… Mi habitación está llena de muñecas que ni hablan ni nada.

Y pensando, pensando en todo esto que os he contado, me terminé la merienda en un momento. Trinidad me lavó, me peinó y nos fuimos a la calle.

Las calles de mi urbanización después de haber visitado la ciudad, me parecieron muy aburridas. No tiene escaparates. Lo único que hay a los lados son casas con jardines que apenas se pueden ver porque las vallas son muy altas. También la valla de la piscina, las de las pistas de tenis y el parquecito son altas. El parquecito es el típico con columpios, árboles y un césped que no sé para qué sirve si no se puede pisar. En la arena ya estaban todos mis amigos. Nada más entrar, me miraron con cara de sorpresa. Era como si no esperasen que estuviese viva. Las otras tatas me empezaron a preguntar en plan interrogatorio pero con cara de pena:

–¿Cómo estás, Clarita?

–¿Te encuentras bien, mi amor?

Entonces me di cuenta que todo el parquecito sabía que me había perdido. Trinidad les hizo un resumen, que más o menos se inventó porque ella no estuvo allí, mientras yo le contaba mi versión a mis amigos:

–Ahora soy Skywoman, la novia de Superman. Puedo volar, rescatar a niños que se pierden, hacer los deberes muy rápido y más cosas que ya os iré contando.

Mis amigos habían dejado de jugar con las palas y me miraban en silencio

–¿Y dónde está la capa? –me preguntó Antonio, el hijo de Gabriela que es la tata ecuatoriana.

Yo no sabía si Skywoman tenía capa. Sólo sabía lo de la cara azul y el antifaz de nubes en los ojos. Pensé que, como mi nombre significaba cielo, debería llevar un traje celeste como el cielo, ajustado, como los de los superhéroes que vi en la exposición, y con las bragas por fuera. Mis bragas serían blancas como el antifaz.

–No llevo capa, sino bragas. Blancas. Y un traje celeste.

–Yo también tengo bragas blancas –dijo Marjori enseñándonos sus bragas.

Marjori era la hija de Oriza, la tata filipina, y le gustaba a todos los niños del parquecito porque era muy guapa. Pero ella no se hacía novia de ningún niño porque prefería estar libre para jugar. Si te haces novia de un niño tienes que sentarte a su lado siempre y ver como juega él con los otros niños. Es un rollo. Marjorie seguía allí con su falda levantada.

–Mis bragas van por fuera, a juego con el antifaz –le dije dándole un corte.

–Pero si no llevas las bragas por fuera –protestó Antonio.

–Ni el antifaz –dijo Olmo, el hijo de mis vecinos.


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