Excerpt for Los Besos De Ana Rosa by Francisco R. Velázquez , available in its entirety at Smashwords

This page may contain adult content. If you are under age 18, or you arrived by accident, please do not read further.

Los Besos De Ana Rosa

Dolores Cardona: Detective

FRANCISCO R. VELÁZQUEZ

*******

Smashwords Edition

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

¡Síguenos en Facebook!

¡Síguenos en Twitter!

*******

Edición Smashwords, Acuerdos y Licencia

Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal. Este libro no puede ser re-vendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, debe adquirir una copia para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no lo adquirió para su uso exclusivo, por favor regrese a Smashwords.com y adquiera su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor.

.

Los Besos De Ana Rosa

Dolores Cardona: Detective

Ediciones Secta de los Perros

Francisco R. Velázquez, 1949 -

Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto

Revisión y Estilo – Zaira Tellado

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

franciscovelazquez49@gmail.com

Arecibo, Puerto Rico

*******

*******

MANCHOT

*******

AURIOL

*******

SOBRE EL AUTOR

*******

OBRAS PUBLICADAS

*******

*******

I

Manchot

*******

*******

AIDE MEMOIRE

15 DE OCTUBRE, 1949

SAN JUAN, PUERTO RICO

Vengo tanteando a un veterano a quien conocía de oídas y vi en Ponce cuando degollaron al chino en el Cárdenas, la noche de la pelea de Zale vs. Cerdan el año pasado.

Por entonces andaba él con el Zurdo Galíndez, campeón welter del país. Recuerdo que El Zurdo me ofreció un trago que decliné.

Se llama Rafael Canel y es manco. Poco menor que yo, tiene veintisiete años, dinero; no es de los que viven de cheque en cheque que lo sé porque he visto cuatro o cinco sin cambiar en una caja de tabacos.

Viste buenos paños, nunca anda en cuerpo de camisa y tiene un brazo en cuero de gran rigor anatómico, que le hizo en Panamá un artesano francés.

No tiene pinta de policía, sino de ladrón de caudales, o ‘sportsman’ de los que se la pasan en el hipódromo empujando caballos y limpiando la banca.

Es guapo y hombre fino. Estuvo por Francia y Bélgica en la guerra, creo que en inteligencia militar. Ahora que lo he conocido no me cae tan mal.

Su oficio principal es confesor del estado, saca admisiones de conjuras y conspiraciones sin ponerle un dedo encima al confesante. También investiga asesinatos que no salen en la prensa y es enlace en asuntos intergubernamentales. Le dicen capitán pero creo que manda más que el Coronel en jefe.

Nos cortejamos a destajo, aquí y allá, cine, cenas y playa. He evitado visitarle en su apartamiento del Normandie donde me ha invitado un puñado de veces desde que subí de Ponce y abrí el despacho de pesquisas en la calle Sol del Viejo San Juan.

Puede que sea desaconsejado lo del manco pero una mujer necesita de un hombre y no precisamente para que la represente que para eso me basto solita.

Pero es que es más bellaco que Peñalver, el que me preñó en Ponce. Y, cosa peor, presiento que se está enamorando de mí. Eso no es bueno, un bellaco enamorado. Cuando no hay correspondencia nadie se beneficia, ni el que besa ni el que pone el cachete.

Andamos de apestillarnos como cuando tenía yo quince años y vivía en Brooklyn. Pero él, como veterano y mañoso que es, va directo a las tetas.

Lo resuelvo sentándome del lado del brazo entero porque el tuco no le alcanza y de ahí no pasamos. A veces le trasteo el aparato en el carro para que se tranquilice.

Lo que Dios le dio para gozar es un exceso.

*******

AIDE MEMOIRE

IN RE: ALVARO PECANET

A 28 DE OCTUBRE DE 1949

Una señora me ha pedido que siga a su marido porque llega oloroso a cuernos por las noches.

Muy mal dicho; la que huele a cuernos será ella que no entiendo como no se agacha al pasar por el medio punto de la sala de su casa.

Se llama Graciela y es amiga de una amiga. Nos conocemos socialmente de vernos en el Jacks’s y el casino del Laverne’s.

Tendrá unos cuarenta años y no parece cargarlos. En luz de velador puede pasar por treinta y cinco. Pero la mirada agobiada, ahí si que tiene por lo menos ciento cincuenta.

Me plantea el asunto en el balcón de su casa recién estrenada, con tragaluz de ojo de buey, en Hyde Park.

Me excuso explicándole que sólo trabajo para aseguradoras, que no tengo carro y no hago matrimoniales.

Le sugiero que vaya donde una señora que le haga algún amarre que se lo devuelva a la casa.

Me dice que ya trató eso, desde pantaletas coloradas hasta lavarse la pájara con un jabón que venden en Aguas Buenas que los embrutece a tal grado que ni a comprar cigarrillos a la esquina salen.

--Busca entonces a un detective privado o un policía retirado.

--No confío en los hombres.

--Afortunada tú. Yo no confío en nadie, le contesto.

Pasamos a la sala a tomar café. Allí fumamos y conversamos en voz baja de asuntos más íntimos.

--Se nota que eres muy viajada, le digo por las cosas que he visto al pasar por la sala.

--No hice otra cosa en los Treinta. Estuve en los Estados Unidos y por Europa. A comienzos de la guerra, viví en Madrid un tiempo.

--¿Ha tenido amistades francesas?

--Estuve allí un par de veces antes y después de la guerra.

--Tuve un par de amigas francesas. Tienen una técnica que es infalible para retener al hombre descarriado.

--Me lo imagino, pero, por favor, explícame Dolores.

--Diariamente tan pronto entre al recibidor, espéralo desnuda, sin pantaletas ni nada. Oyes el carro y te desvistes y te arrodillas sobre un cojín bonito, festonado.

Sin batir una pestaña escucha atentamente. Considera lo dicho por mí.

--¿Cara al recibidor o cara a la sala?

--Al recibidor naturalmente.

--Entiendo. ¿Y el trago?

--Esas son las americanas, pero lo otro lo relaja más.

--¿Hacen algo más?

--No que yo sepa. Quizá hacer gárgaras con Lavoris por el picorcito que deja en la boca. Lo inesperado siempre atrae. Cosa de dos semanas y se baja del carro con la bragueta abierta.

--Suena como un asalto de barricada. ¿Le funciona a tus amigas?

--De siempre.

--Bueno, tu sabes lo que dicen de las francesas, tienen sus talentos genéticos.

--Nada hay que no pueda aprenderse. ¿Nunca has hecho eso?

--En función de mis deberes de esposa, dice con sorna. Añade: Ni me viene ni me va.

--¿Te desagrada?

--No, solo que me es indiferente y da mucho trabajo.

--¿Te lo hacen?

--Eso me resulta un poco desagradable.

--Finge un poco de entusiasmo... y buena suerte.

Nada funciona, me ha dicho con desaliento. Y encima es un descarado. Días atrás llegó con pintalabios en los calzoncillos.

--Cada vez que viste trajes oscuros me la pega. Hay un patrón aquí, Dolores.

El marido errante es famoso, Álvaro Pecanet, galán de los radio teatros. Tiene cuarenta y nueve años, lo que pasa es que en la radio eso no se ve. Pero se escucha clara su voz que alberga sonoridades profundas.

Lleva tres semanas cosechando un sobrado éxito en un radio-teatro que le ha amarrado la imaginación a la gente. El Puñal del Alma, creo que se titula y lo pasan de ocho a nueve por WKAQ.

Es uno de esos dramones cubanos que se compran en La Habana por libras, cosa que no creía cuando me lo contaron. Es algo así como:

--“Dame siete libras de Derecho a Nacer y tres de Leonardo Moncada; ah, y media del Tigre de la Malasia”.

Y el alicate saca las cuartillas y las pesa y no importa que se quede a medio capítulo porque aquí, en San Juan, hay redactores especializados que les quitan el tolete a los guardias y le ponen macanas y cambian kilos por centavos y sayas por faldas.

Los productores venden jabón, perfumes y zapatos como el carajo.

Lo he visto sí, a Pecanet, galán de rizos y bigotito cincelado, párpados caídos y cara de infeliz. Me ha dado por ese mundo de actores de radio y músicos porque son divertidos y picaflores. Hablan hasta de la madre que los parió.

Nada se le puede adjudicar a Pecanet. Es más, a mis juicios que tiene tallas de maricón porque no anda sino con amigos suyos de la radio, bebiendo ron y recitando versos en las noches del Cairo, buscando perturbar a alguna camarera con aquello de “Ya no te quiero ni tu amor me importa...”

Y si ella se queda lela, se la raspa completa en medio de un silencio educado y sepulcral, tanto de su mesa como de las vecinas.

Surte un efecto mesmerizante.

*******

AIDE MEMOIRE

A DOS DE NOVIEMBRE, 1949

Me he pasado la tarde de hoy en el sepelio del Zurdo Galíndez que era amigo de Rafael Canel, amigos ‘in pectore’, como dicen los Papas de los cardenales que se quedan colgando.

El Zurdo había peleado en el Garden en la cartelera del viernes pasado, día en que se supo de la muerte de Cerdan en un accidente de aeroplano en Las Azores. Galíndez le jodió el pasodoble a Basilio, regresó al día siguiente. Se dejó ver poco.

Dice la prensa que se ahorcó ayer por la noche en su habitación del hotel Nuevo Mundo en Puerta de Tierra.

El sepelio fue en Villa Palmeras. Muy concurrido. Rafael me pidió que lo acompañase y accedí porque —nuestras cosas aparte— sigue siendo muy correcto en su proceder hacia mi persona. Es decir, fuera del carro y del cine.

Igualito que hicieron con Cerdan en el Garden, alguien en el cementerio tocó diez campanazos cuando bajaron al Zurdo a la fosa. Creo que la gente del Boxing club donde se inició.

Si hubieran cerrado por una semana con reja y candado las puertas del cementerio habría bajado el delito en un setenta por ciento. Estaba el elemento más recogidito allí: tahúres, cuchilleros, ladrones de caudales, carteristas, matones, rateros, boliteros, quinieleros y cortacaras. Asustaban hasta a las ratas.

Y las putas ni se diga. Rafael me dijo que le había emocionado el gesto de ellas, que le fueron cumplidoras en la muerte en la medida que lo quisieron en vida.

A última hora, de un taxi bajaron tres putas vestidas de hilo calado --sé que eran putas porque Rafael las conoce. Venían acompañadas de un hombre guapo, de cierta prestancia, traje negro y gafas oscuras.

Le pregunté a Rafael si era el chulo y me dijo que no, que se llama Miguel y es marino mercante.

Más adelante me dice que fue policía pero que lo botaron en el 43. El lo conoce de oídas. Añade que entre navegaciones, trabaja como se sepulturero en Utuado y siembra malagueta a medias en una finca suya.

Saliendo del cementerio, con mucha formalidad le digo que se acabaron los ensayos de intimidad, que no es conveniente para mí explorar el plano sentimental con él ni con nadie por estos tiempos. Rafael lo ha aceptado sin aspavientos. De hecho me consiguió un taxi y me ha dado la mano...y las gracias por la compañía en el sepelio.

*******

AIDE MEMOIRE

(CONT. dos de noviembre)

Esta noche por ser el Día de los Muertos, la radio se ha saltado El Puñal en el Alma. La tradición obliga a difundir el Tenorio de Zorrilla.

Me siento en el balcón de mi casa. Desde allí veo a Bobo Nigaglioni, caminando por la acera opuesta. Lo conozco de Ponce cuando era policía de paisano. Seguro que viene de la calle Cruz donde se la pasa velando a los que visitan a Albizu.

Dobla por la caleta y lo veo llegar a la calle que corre paralela al sur. Me desentiendo.

Desde el Crosley portátil salen unas sentencias estremecedoras que arrancan de Raquelita Palacios, eterna damita joven, suspiros del enamoramiento más enternecido.

En el ambiente radial se dice con saña que fue novia de un poeta famoso a principios de siglo y que el Vaticano le anuló un matrimonio por razón de que su lira parecía más un trombón.

Raquelita toma unas tisanas que le mantienen la voz joven. Como volcando un veneno, igualito que el tango, un hombre mayor, con quien tuvo amores, me ha dicho que no son tisanas sino supositorios untados de ajíes caballero.

Esta noche Raquelita es doña Inés, embelesada e indefensa y Pecanet es Don Juan, con solturas y aciertos de gran teatro.

Desde mi balcón de segundo piso en la calle del Sol, escucho aquello de ‘clamé al cielo y no me oyó, de mi paso por la tierra que pague el cielo no yo”, cuando, súbito, en la pausa que sigue, escucho un ‘mierda’ en alta fidelidad.

Me confunde porque es la misma voz de la radio. Comienza la coincidencia aunque hace mucho dejé de creer en ella.

Miro abajo y veo a Pecanet desmontar del asiento del pasajero de un De Soto nuevecito. Pasa por frente y le abre la puerta a una señorita a quien retiene en usufructo, por el talle, joven bonita que lleva un traje de algodón blanco, sin mangas, jubón ajustado, falda a la rodilla.

--Por ahí no, hijo mío, le dice la mujer riendo cristalinamente; poco falta para que se lleve la mano al cuello. El aporta una carcajada teatral.

Sé entonces que no es la primera vez que se han visto. Cuando dos cabezas se juntan en una almohada con cierta periodicidad se habla de todo y con familiaridad, hasta de la mierda. Y el chistecito, aunque de gusto torcido, hace mear de la risa hasta al arzobispo.

De espaldas, la mujer da un aire de Dorothy Lamour. Nunca la había visto, ni en las noches del Cairo ni en ninguna otra parte. Tiene el pelo rizado, como se estila, dividido al medio y sujeto con dos horquillas de plata.

No alcanzo a verle sus rasgos faciales porque Pecanet los cubre al colocarse a su derecha. Una cosa es cierta, él le aventaja en años.

Lleva ella una maletita como para un “overnight”, él un maletín de cuero abultado.

Pecanet, que ha pisado mierda de perro, baja por las escaleras de la caleta del Hospital arrastrando el zapato sobre el cemento.

Se detienen frente a una puerta de difícil cerradura. Es la cuarta casa a la derecha bajando desde la calle del Sol. Pensé que estaba desocupada aunque a ambos lados de la puerta hay dos materos sembrados de violetas que alguien cuida.

Pared de por medio vive un señor de apellido Forti que es cirujano menor, según reza un letrero que cuelga a un lado de su puerta.

No hay casas al frente, solo la pared trasera del piadoso monasterio de los Capuchinos.

Frente por frente queda una celda monacal, bastante alta. Estimo que está en un segundo piso, de los del viejo San Juan, a unos veinticinco pies de altura. No hay mucha luz en la caleta salvo la que se escapa de un par de celdas, que es de suave intensidad. Luz de gas.

Llevaba razón la mujer de Pecanet en la sospecha de los cuernos. Como casi siempre pasa, no es el jinete sino la yegua y ésta no pasa de treinta años a lo sumo, que para un viejo de casi cincuenta es como comerse un filete aunque lo comparta con todo el vecindario.

En la pausa de la media hora, paso al baño. Al regresar veo a la mujer llegando al tope de la caleta. Se remueve un zapato --ha perdido el otro en la carrera-- y cruza sin mirar la calle con la cabeza gacha hasta el De Soto azul coupé.

Trae el pelo revuelto y la maletita aprisionada al pecho como si fuese un recién nacido. A la luz más clara del farol cerca de mi casa noto que tiene la falda manchada de un color oscuro, una mancha que se parece al mapa de España.

Echo mano de mi bolso marroquí y en lo que bajo al zaguán y abro la puerta ella arranca el De Soto que sale patinando por sobre los adoquines lloviznados de la calle.

Bajo la caleta hasta la casa de donde salió y recojo los zapatos en el camino. Son caros, Dubois Spectators, puntera abierta, tacones sobrios.

Me asomo a la puerta. Casi a la entrada, de bruces, Álvaro Pecanet punto menos que yacente, muerto de una puñalada debajo del sternum, pleno pecho.

Se ha mudado al vecindario del convidado de piedra.

Está en los ritos de la muerte. Corro a la casa vecina y toco a la puerta.

El señor Forti tiene la radio puesta. Oigo a Don Juan con trémolos de terror en su voz. Se abre la puerta y le digo:

--Una urgencia, cirujano.

--¿Dónde?

--Al lado, la casa del lado.

Agarra un maletín que tiene dispuesto en una mesita a la entrada. Baja de batín y pantuflas a la caleta. Me sigue.

Se le desencaja el rostro al ver al difunto.

--Pecanet... pero si está en la radio.

--Grabado del año anterior, supongo. Ahora no está en ninguna parte.

Se arrodilla, examina el sangrado que es abundante.

--No hay socorro que valga. Ha debido ser la aorta abdominal. Se desangra exo y endo. Es imposible que se salve, en el sentido físico, se entiende. Llame a la policía.

Entonces pausa:

--Digo, ¿ha sido usted?

--No.

--Pues, yo no escuché nada.

Entonces me mira fijamente:

--Busque un cura. A este no lo salva ni el médico chino.

Repara en los zapatos que llevo en la mano me pregunta:

--¿Vende usted zapatos?

--No, mi nombre es Dolores Cardona, soy detective particular. Busco a la Cenicienta.

Forti retorna a su casa para llamar a la Policía o precisamente al número de Rafael, quien toma control de estos casos. Guardo los zapatos en mi bolso. Han dejado la luz encendida y yo, desde la puerta, examino como puedo la escena.

Hay una huella de un zapato de hombre en la sangre regada frente al difunto y ninguna otra, ni siquiera de la mujer cuyos zapatos extraigo del bolso y examino. No van manchados de sangre; uno de ellos tiene un beso de mierda en la puntera pero es mierda inofensiva, vieja y de breve extensión.

Huelen los zapatos a Habanita de Mollinard.

El difunto está tumbado de lado con la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta. Estiro la mano y palpo; siento la forma de un revólver que ni alcanzó a sacar.

El puñal no es tal, sino un cuchillo de los que usan los infantes de Marina, un K-bar que pesa más de media libra y no es posible lanzar, a menos que lo trate un experto.

Examino el cuchillo y noto que se lo han enterrado en sentido horizontal, cosa que nunca pasa si se lanza por la hoja.

Es remotamente posible lanzarlo por el mango y así se puede clavar de forma horizontal pero a un ángulo de hoja descendiente —contrario a la orientación de la puñalada— y eso a no más de tres metros.

Teorizo que hubo un fotógrafo que al ver a Pecanet meterse la mano al bolsillo intuyó, correctamente si es visto en retrospectiva, que tenía un arma guardada allí.

En este país, no importa el montón de veteranos que anden por ahí hablando del desembarco en Anzio y Normandía mientras han sido, en su mayoría, héroes de la Batalla de Bocachica y otros rones perfumados de mangle y monte, no hay mucha gente que maneje una speed graphic y lance con tino y a tan corta distancia un cuchillo que sirve mayormente para escarbar filones de caseta y cortar leña.

La joven quizá por su proximidad física, que no sentimental, con el difunto podría haber sido la autora. Pero resulta difícil creer que cargaba un cuchillo de doce pulgadas y se lo clavó desde atrás. Aunque la orientación del arma y la herida podría convalidar esta teoría.

Me volteo de la puerta y enciendo un cigarrillo. Veo dos jeeps cerrados de la Policía insular que se estacionan bloqueando el acceso a la caleta por ambos extremos.

No han encendido la farola roja ni han hecho ruido. Desmonta Belisario Ramonet y dos guardias que le acompañan, cuatro pasos detrás y a la derecha.

Me saluda. Los dos guardias se apostan a cada extremo de la casa, fuera de tiro de la conversación entre nosotros.

--¿Qué tenemos aquí, Dolores?

--No sé, un hara kiri, quizá.

Entra cautelosamente como obligan las circunstancias y, en cuclillas, recorre con la mirada la escena. Ni me mira ni me dirige la palabra. Absorto musita para sí:

--Clavado... como los pies del buen Jesús.

--No blasfemes, carajo, le he dicho.

--Tienes algo que ver con esto, supongo, me dice incorporándose.

Sale a la caleta y enciende un cigarrillo con un fósforo de cocina chasqueado contra un ladrillo descubierto en la argamasa de la fachada.

--Con el hara kiri no. Alguien vigila al difunto y no era yo que decliné la oferta. Ni siquiera sabía que vivía aquí.

--Cuéntame, Lola.

--Lo vi desmontarse de un carro en la calle y bajar con una joven hasta aquí. A ella no pude verle las facciones. Tuvo dificultades en abrir la cerradura pero finalmente entraron ambos, él primero, ella detrás de él a su derecha. No había pasado ni media hora cuando subió corriendo, agachada, caleta arriba hasta el automóvil y se marchó.

...Bajé hasta aquí y llame al cirujano menor que vive aquí al lado. No pudo hacer nada. Está en su casa por si quieres hablar con él. Fue quien llamó a la Policía.

Tras de un silencio breve le digo:

--Me voy para mi casa, Belisario.

Asiente con la cabeza. Le entrego el par de zapatos que he guardado en mi bolso. Los toma con cautela y mete cada uno en una bolsa de estraza.

--Es retener evidencia; debería meterte presa.

--Es vigilar evidencia, a menos que ahora fichen por el dedo gordo del pie. Si los dejo en la calle a lo mejor se los habrían robado. Son caros, Belisario.

*******

AIDE MEMOIRE

(CONT.)

Tomo un taxi. Paso primero por la casa de Pecanet. Su mujer lo espera en el balcón. Se estremece un poco al verme llegar tan tarde.

--Fue formidable, como el año pasado. Álvaro debe irse a Cuba, es un talento...

Deja la frase sin terminar. Me mira curiosa.

--¿Pasó algo, Dolores?

--¿Porqué no me dijiste que Álvaro era casi vecino mío?

--Porque esa casa es suya y ni yo puedo visitarla. Es su estudio, reposa allí y ensaya. ¿Lo has visto allí hoy?

--Hace poco. Mira, Graciela, el programa era grabado. Álvaro ha muerto y... bueno, llevabas razón.

---Hijo de puta...

Ha dicho esto sin soltar una lágrima, a la inglesa. Se incorpora, añade:

--Ahora, el escándalo. No, si te digo... ¿murió en la cama?

--Lo mataron a la entrada de su casa. No llegó a quitarse los zapatos... ni los calzoncillos.

*******

ESTA TARDE, en su edición de las cinco, El Imparcial confirma la noticia de la muerte de Pecanet ... a causa de un infarto masivo al miocardio en su hogar.

Utilizan una entrevista publicada ni hace dos días en torno de sus proyecciones internacionales y un recorrido fotográfico de su sala y el patio adyacente.

Ilustran la nota con una plumilla que gentilmente les ha cedido un amigo del difunto por razón que el sobre suyo en el archivo tiene fotos muy viejas y las más recientes han desaparecido, incluidas las de la entrevista. La viuda quien llevaba veinticinco años de casada, tuvo que ser sedada tras recibir la noticia.

Yo la vi muy bien cuando me despedí de ella. Es la telaraña de la versión oficial que teje el manco.

El productor de Puñal en el Alma hace los honores en el velatorio que se verifica a estuche cerrado en el estudio de la radioemisora.

Pasan el día entero poniendo programas donde había destacado. Fournier lo enterró en su cementerio privado y aquí paz y en el cielo gloria.

Canel es todo un maestro organizando imaginaciones para las masas. No bien se había enfriado el cadáver ya rondaba una versión abocetada de lo que pasó: la corteja, la foto, el infarto pero seguro que de ahí no pasa. No dudo que fue él quien pasó por el periódico y se llevó los sobres de las fotos de la entrevista.

Muere don Juan en obra y vida

Cae el telón para

Álvaro Pecanet

Por la Redacción de EL IMPARCIAL

SAN JUAN -- De un infarto al miocardio ha muerto la víspera el actor Álvaro Pecanet, en una casa de su propiedad sita en la caleta del Hospital, viejo San Juan. Tenía cuarenta y siete años.

Anoche precisamente, día de los Muertos, pasaban por la radio el Tenorio de Zorilla, programa grabado del año pasado que le mereció elogios de la crítica.

Se comenta que por el vecindario donde tenía una casa de reposo para escribir y descansar, no se escuchaba otra cosa que su voz portentosa mientras entraba él en los misterios de la muerte, particularmente en fecha tan señalada.

Aún no hay precisiones en torno a sus exequias. Su viuda, que lo esperaba en el balcón de la casa que el matrimonio compartía en Hyde Park sufrió una crisis nerviosa. Un médico vecino suyo que se vio precisado a sedarla.

El productor del radioteatro se encarga de los pormenores del velatorio y sepelio. Se ha adelantado que habrá una misa córpore insepulto en la iglesia San Mateo de Santurce.

Según una ʻinterview” que nuestro redactor Juan Hernández le realizara en su casa de la Caleta —artículo de hace dos días y que reproducimos íntegro a en la página de espectáculos— Pecanet le había confiado que “ésta era su refugio

Aunque Pecanet hacía vida matrimonial y recibía amistades en su casa de Hyde Park, ocasionalmente se refugiaba en la pequeña casa de la Caleta del Hospital donde despachaba asuntos relacionados con el rubro teatral.

Había libros por todas partes y a la entrada un radio Grundig de onda corta y excelente reproducción en alta fidelidad sobre un librero pequeño. Al lado del radio un bronce pequeño de una mujer desnuda, entrada en carnes, una suerte de écorché que reflejaba luces y sombras y al que le faltaba la cabeza y las piernas.

Frente al modelo en bronce, un cuchillo de soldado que sorprendería a más de uno por considerar una daga bizantina más a propósito para un actor especialista en Siglo de Oro y dramas florentinos. Su Otelo ha sido uno de los más dramáticos que ha cobrado vida en el teatro Tapia.

--Ah, morir sobre tu beso...

A la vez que besaba a Desdémona, yacente, y se clavaba en el pecho una daga de Damasco frente a la mirada atónita del Magnífico. Una salida hermosa para el moro del enredo espiritual.

--Ese me lo regaló mi hermano. Le acompañó por las junglas de Mindanao cuando anduvo por allá en misiones secretas, dice el actor ante nuestra curiosidad por el cuchillo de monte.

Pecanet, quien comenzó en la radio en el 1931 tras haberse destacado en zarzuelas y teatro serio que se presentaba por el país ha sido artista exclusivo de WKAQ y con dispensa de don Ángel Ramos ha pasado temporadas en la Voz Dominicana.

Negocia al presente un importante contrato con CMQ de Cuba. Se ha paseado por escenarios de la América Central y Sur. Como colofón a estos apuntes debemos consignar que no quisimos ilustrarlos con el clisé de uso acostumbrado del difunto.

De modo que tomamos contacto con un amigo que ha hecho un dibujo a pluma magnífico para que sus fanáticos lo recuerden, tal y como era en el esplendor, que parecía eterno, de su carrera.

*******

AIDE MEMOIRE

A 4 DE NOVIEMBRE, 1949

Salgo a los dos días a buscar a cenicienta. Como no la recuerdo del ambiente radiofónico ni del de los periódicos, que también voy conociendo, lo único que tengo para encontrarla son los zapatos que ha dejado abandonados.

Como yo no tenía un par tal y eran bonitos, muy a propósito, saqué el día para probarme zapatos. Eran exclusivos de Hermosuras aunque vendían unos similares en Almacenes Robledo. Igual a la fugitiva compré un frasco de Habanita, de Mollinard y asperjé mis zapatos y pies. Caminé un rato hasta que la fragancia se asentase. Entré a Hermosuras.

Un vendedor joven de buena pinta me atiende. La combinación de la Habanita y mi pie descalzo lo perturba en cierta medida.

--Ese olor, Habanita ¿No?

--Habanita es.

--Hay una cliente que hace lo mismo que usted. ¿Son de un club, se conocen?

--¿Cómo se llama?

--Ana Rosa López, poco más joven que usted.

--Pues somos almas gemelas. La mayoría usa Mexana, el medicado, pero no surte el mismo efecto... le digo mirándole a los ojos. Aunque distraído, el dependiente no toca el pie más de lo debido. Eso sí, le sudan las manos.

Asiente con la cabeza e imagina amores secretos. Me dice en voz baja:

--Ciertamente. Vive cerca, en la Europa. A veces la trae un viejo que compra los zapatos y se los lleva puestos, como la gente del campo.

--Un filisteo.

--Eso. Filisteo y viejo, me dice.

--Me gustaría conocerla. Creo que la vi la otra noche con unos zapatos igualitos a esos en la vidriera, los Dubois. Es alta y blanca, pelo rizado, ¿cierto?

--Ana Rosa, es ella. Toma café a la tres en El Nilo, la he visto allí, siempre bien puesta.

--Me los llevo, los Dubois, en siete y medio, si los tiene blanquinegros.

--No me quedan. Solo en marrón.

--Da igual, son preciosos.

Me calzo y abandono la tienda. Regreso a mi casa y reposo hasta las dos y media. Llego al Nilo faltando doce para las tres de la tarde.

*****

La he visto llegar a las tres en punto y sentarse en una mesa apartada que da a la Ponce de León. La reconozco por su modo de caminar. No hay que verle la cara a la gente para seguirle el rastro. El cuerpo tiene unos movimientos particulares, razón por la cual puedes seguir a cualquiera a dos cuadras de distancia y no confundirlo, si conoces sus señas y sabes leer su cuerpo.

Le invado la mesa. Levanta la vista y sonríe.

--Dolores Cardona. Eres Ana Rosa.

--Te vi antenoche sentada en tu balcón. No me digas que recogiste mis zapatos.

--Y los entregué a la Detective.

--¿Cómo diste conmigo?

--Te rastree por tu olor...

--Eso suena tan primitivo.

--Metáfora.

--¿Pero cómo?

--Elemental. Un par de zapatos caros y embalsamados de Habanita. Me hubiera tomado medio año si no usaras nada.

--Y fuiste a la tienda y le hiciste un cuento a Raúl.

--Raúl se llama...

--A veces le dejo un recuerdo en los zapatos que llevo. Pelos de aquello. Lo traigo loco. Un día de estos voy sin pantaletas pero con estas ventoleras...

--Perversidad es tu nombre Ana Rosa, le digo para entablar sintonía.

--Pero pasemos a lo que vine.

--Pues yo no lo maté. Digo, si vienes a eso. Se murió del corazón, eso lo sabe todo el mundo.

--Menos yo. Dime que pasó.

La miro cuando me habla. Es una mujer de entre veintiocho y treinta años pero de gestos más jóvenes. Tiene una cara espectacular, de rectángulo. El pelo es de un negro intenso aunque hay, aquí y allá, ensayos de canas. Me dice:

--Nos habíamos visto cuatro o cinco veces en lugares apretujados, sin mucho tiempo. Anoche era la gran consumación, sin incomodidades. No bien entramos, Álvaro encendió la luz y vimos al fotógrafo al fondo de la sala. Trató de tomar una foto. Pero le falló el ‘flash’. Entonces, Álvaro trató de sacar un revólver que traía en el bolsillo de su chaqueta. El fotógrafo se adelantó blandiendo un cuchillo largo y se lo lanzó por debajo, como un pitcher de softball. Se lo clavó en el pecho. Álvaro cayó de lado botando sangre a chorros. El fotógrafo me vio tanteando el bolsillo donde tenía el revólver y salió disparado. Pasó por sobre la sangre y salió por un portón de hierro forjado que hay, a la izquierda, justo al lado de la puerta de entrada. Da al patio, el portón.

Al contarme esto pongo en duda mi teoría. Si el cuchillo se lanzó por debajo del brazo, hay probabilidad alta de que la hoja se hubiese clavado en ascendente como, en efecto, se clavó.

Tomo nota de ello. También del recuerdo que había tanta sangre regada lo que nunca pasa con una puñalada, Siempre hay hemorragia interna pero de eso al lago de sangre que cubría el recibidor, no sé. Dejo de escuchar.

--¿Y tú?

--¿Qué crees? Salí corriendo. Me viste.

--Habla con la Policía, aclara esto. Si quieres, puedo hablar con el detective Ramonet. Podría entrevistarte en su casa.

Se adelanta de codos sobre la mesa y susurra con una sonrisa irónica:

--¿Y que se entere todo el mundo; estás demente?,

--Es preferible a que te lleven a la brigada en el cuartel. Hay prensa, tú sabes.

--Yo no soy mujer de cuarteles. Tengo una foto colgada en mi sala de la despedida del 1946 en el Palacio de Santa Catalina. Además yo no fui y no le vi la cara al asesino. Sólo sé que era calvo y bajito. Se le cayó el sombrero, un Panamá de cinta ancha color marrón, más allá de la sangre, a la entrada del patio. Nunca había estado allí, busquen que no hay ni una huella, ni una pisada mía.

Añade con astucia:

--Si sé que lo perseguías, él lo sospechaba. Me lo dijo.

--Perseguía suena a asuntos de verijas que eso es más de tu competencia. ¿Dónde se veían?


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-27 show above.)