Excerpt for Emilia Leclerc: O Las Lejanías De La Virtud by Francisco R. Velázquez , available in its entirety at Smashwords

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Emilia Leclerc

O Las Lejanías De La Virtud

Primera Novela Galante

FRANCISCO R. VELÁZQUEZ

Smashwords Edition

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

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Emilia Leclerc

O Las Lejanías De La Virtud

Primera Novela Galante

Ediciones Secta de los Perros

Francisco R. Velázquez, 1949 -

Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto

Revisión y Estilo – Zaira Tellado

Paper Doll: A©Carlin America Inc

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

franciscovelazquez49@gmail.com

Arecibo, Puerto Rico

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Primera Novela Galante:

LAS LEJANIAS DE LA VIRTUD

SOBRE EL AUTOR

OBRAS PUBLICADAS

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Emilia Leclerc

O Las Lejanías DE La Virtud

A las almas sensibles que, a falta de formación moral, se deslizan sin remedio por el tobogán encebado de los descaros.

SAN JUAN DE PORTO RICO —1915—

Entrada en el diario de Violette Degrelle, fecha del 2 de enero.

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...camino de tomar el tranvía he pasado esta tarde frente al teatro Tapia. Ha sido allí donde la he visto por primera vez, a Emilia Leclerc, en el palco para señoritas sin acompañantes, durante el estreno de la zarzuela ‘El Trust de los Tenorios’... gran vergüenza ajena... me han dicho que ahí ha cantado Caruso y Paoli y han traído a Orlando Abacocci, soso tenor venezolano de muy poca monta... apenas da los registros meridianos para cantar zarzuelas...

Dos detalles recuerda de aquella noche de hace un mes: Emilia, acompañada de varias de sus estudiantes del instituto donde enseña francés y a su marido:

“...Lucas, mulato gallardo de los que llenan la calle, vestido de ‘smoking’, tocando el piano en el foso de la orquesta, con la cual se ha ido de ‘tournée”.

El hilo narrativo se interrumpe con un asiento contable sobre los gastos de la casa para el mes. Más abajo en la página, un reproche a Lucas por no haberle enviado…

“...ni un “penny postcard” y haberle telegrafiado sólo tres veces... igual, me alborotan los jugos porque regresa en dos viernes... le extraño poderosamente en el plano íntimo. En año y medio juntos nunca nos habíamos separado más de dos días...”

Claro, tampoco es como si madame Degrelle haya estado ceñida a paseos ociosos. Tiene una curiosidad nueva en el reino sentimental. Va a por ella.

Cumplida una semana de haberse marchado Lucas, otra entrada en su diario da cuenta que, por mor de la fortuna y su diligencia, se ha agenciado, en la Mallorquina, una mesa contigua a la de Emilia,

‘...una muñeca de ojos vivos que ha captado mi atención... por sus modos...su prestancia, desde que la vi en la zarzuela. He averiguado sus señas... a qué dedica su ocio... la he seguido resueltamente en tardes de compras...

De modo que aquel sábado culmina la conspiración con resultados colosales.

Conversamos desde el almuerzo, mesa con mesa, hasta que Emilia se muda a la mía... juntas hasta el filo del atardecer... no hemos parado de hablar de sombreros, zapatos, moda y vida de la ciudad... liviandades de todo giro...paseamos, compras menudas... denominador común: prolongadas estancias en París...

Escribe en página vuelta y ya en letra menos pausada:

...tarde de rambla entre frutas y flores, cerca del presidio La Princesa. Emilia sonríe bonito... gestos muy deliberados de damita joven. Tiene ojazos de bruja, pelo corto bouclé... hebra de mujer... parece una guajana por su delgadez y sus blancuras...

Ha sido una tarde edulcorada con las mieles de sus vidas breves. Olor a sal y naranjos. La conversación brota incontenible, simultánea y Violette, en errores de entusiasmo, ha sido incapaz de controlar unas miradas de señalado cariz que, se ha dado perfecta cuenta, turban ligeramente a Emilia.

Los hombres que pasan frente de ellas se tocan el ala de sus sombreros de paja italianos. Algunos se descubren ante esta espuma de vitalidad.

Violette es mulata clara, clarísima. Más alta que Emilia, lleva el pelo ondulado a rizos suaves hasta el cuello. Fruto de tres blanqueadas seriatim, tiene los ojos verdes y grandes.

Emilia ha comprado un ramo de violetas y se lo ha obsequiado con gracia.

--Me ha caído usted muy bien, Violette. He pasado una tarde maravillosa. Habrá que verse más a menudo.

--Mi esposo, Lucas, anda por Ponce. Es músico de la compañía de Zarzuelas. Si le apetece, la invito a almorzar mañana y seguimos conociéndonos.

--Llámeme. Mi teléfono es el 23 Verde, lo contesta doña Beatriz, la dueña de la pensión.

--El mío es 32 Rojo, a la inversa. Conozco bien a madame Rodríguez, su casera.

Y se han despedido al filo del atardecer en las esquinas de Tanca y San Francisco donde Emilia camina más allá de la iglesia de los frailes capuchinos y se pierde en la bajada hasta llegar a su pensión.

A LAS once y media de la mañana siguiente, Emilia la llama por teléfono preguntando cuándo puede pasar.

--Le espero desde hace rato, Emilia. Venga en cuanto pueda.

Violette, que ha ido temprano al mercado, ha dispuesto una mesa de frutos del mar, con limones y vermouth.

La mesa está servida de ostras, mejillones, langostinos, camarones y un arroz apastelado que le ha quedado capital.

A la sobremesa, puestas ya en antecedentes de sus presentes históricos, pasan al pasado próximo y conversan fácilmente, y con cierto grado de ilustración, de la cosa política, en particular el panorama europeo, descosido por el cañoneo de octubre pasado. Mencionan, de paso, los movimientos políticos, en especial los anarquistas.

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Nota de la diarista:

“Emilia ha dicho que si termina la guerra antes del fin de año, y no se potencian más pactos imbéciles, habrá una oportunidad perfecta para cambios políticos notables, de envergadura... aprovecho esto para tomar su temperatura sentimental diciéndole: ‘Qué palabra tan fea ha dicho, Emilia...’

‘...Lo he dicho a tonos graves y cuando he roto el plano de la seriedad con un par de carcajadas, la pobre se ha ruborizado... no sé si porque no entendió la broma o porque sí la entendió muy bien...’

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El silencio rebota por las paredes

--No oigo muy bien, ¿ha dicho usted verga dura?, le pregunta Violette.

Emilia percibe el sesgo obsceno del juego de palabras. Guarda un silencio deliberado ante el cambio, súbito y salaz, de la conversación.

--Las he visto en tintotipos belgas, solamente, dice Emilia.

--¿Qué ha visto?

--Las vergas duras.

--Ah, pues yo tengo dos en casa.

--Es mujer afortunada, contesta Emilia.

--¿Ha dicho dos?, le pregunta a seguidas con el ceño fruncido.

--Sí, una que funciona a veces y otra, de ébano, que funciona ‘tojours’. Sabe usted, los hombres tienen sus limitaciones... Pero hablemos de usted. ¿No frecuenta salones?

--Frecuento sí, la “soirées” del Casino. Voy al teatro con frecuencia y cuando estoy de ánimo y no tengo deberes que corregir, al Thé Dansant del Palace. Pero casi siempre termino bailando sola, o con amigas. Fíjese, tengo veinte años y no he tomado hombre. Al parecer, aquí nadie se fija en la delgadez.

--Eso lo resolveremos, Emilia. Usted es muy bonita y tiene su gracia. Suéltese el pelo, a ver.

Emilia se suelta las peinetas y agita los bucles sedosos, de un negro intenso y Violette pone en el gramófono un disco de ragtime. Quédase en camisola poniendo por excusa el calor de la casa cerrada.

Emilia, con el pelo suelto, es otra. Mira a Violette con interés novedoso. Igual Violette, que hace lo mismo, cegada por las luces de su invitada.

A Emilia se le ha imantado la mirada con las nalgas de su nueva amiga que trepan altas.

--Venga, bailemos.

Y Emilia, arrobada por la vitalidad de aquella mujer y el tenor de su mirada, súbito se da cuenta de que no siente repulsión, ni que falta al decoro. Es presa, eso sí, de un apetito extraño que acentúan la casa cerrada y los vientos que soplan fuera.

Bailan con sorpresivo acoplamiento, a pesar de la diferencia en estatura. Toman más Vermouth. Se turnan en la manivela del gramófono.

Súbito, es como si se conocieran de toda la vida. Esto, porque han sido vidas breves y se las han ido contado en fragmentos, la una a la otra, desde el día anterior.

Violette le ha hablado de su viaje desde La Martinica a París como “ama de llaves” para dos hermanos, Jean y Robert Rossy. Añade: “con fortuna, material, se entiende”.

Explica cómo al cabo de dos años, Robert, se ha muerto de una “blenorragia galopante contraída por andar a las putas, amigas del descuido y la desatención”.

--Jean, deshecho por el luto, me ha dado una importante suma de dinero por cuidarle a su hermano en la larga agonía justo hasta cerrarle los ojos.

--Ordenó entonces cortinas negras para toda la casona y me dejó ir, comprándome un “billet de premier classe” en un vapor que salía de Marsella rumbo de Nueva York.

--Pero me requedé en París y al mes, leyendo los “fait divers” de Le Parisien, supe que se había saltado los sesos de un balazo. Pensé en otra colocación, claro, que no fuese de puta pues, contrario a lo que pudiese haberse pensado de verme, “era como la virgen de las letanías: ‘virgo intacta’”.

Emilia le cuenta que su vida no ha sido muy colorida. Comenzó la carrera de Derecho en la Sorbona, pero la abandonó casi inmediatamente a causa de las estrecheces por las que atravesaba. Mudó entonces a Marsella. Allí enseñaba español y gramática inglesa a domicilio. Le fue mucho mejor pero nunca tuvo allí intereses románticos.

Piensa que se le hace tarde y ha regresado al país a ver qué pueda pasar. Dicta cursos de francés en el Instituto de señoritas en la calle Allen y da lecciones privadas de inglés a los nuevos plutócratas del país.

A LAS seis de la tarde, Violette, se quita la camisola amarilla. Pasa desnuda a la cocina a calentar agua para un baño de tina. Emilia la sigue con la vista. Permanece en la sala, transida de turbaciones.

Comienza a recogerse el pelo. Súbito escucha un susurro:

--¿Adonde vas, “colombe”?

--Es diciembre, anochece.

Mira hacia la puerta de la sala de baño y ve a Violette de pie, una mano apoyada en la cintura y la otra recostada del marco de la puerta. Le atrae esa mirada tan altiva, ese cuello de princesa del Senegal, que envidia desde que la vio.

El usted cambia al tú. Le ha llamado ‘paloma’. Hay tensión de epifanías, mudanza de paradigmas en el reino de los sentidos.

--Anda, ayúdame en la toilette. Quiero decirte unas cosas.

--Me gusta que me llames ‘colombe’. Hay magia en esta casa. ¿Qué quieres de mí?

--Lo mismo que tú buscas, paloma, viens alors...

Emilia se quita la ropa incluyendo una camisola azul y se descalza. Camina hacia ella en la penumbra de la galería cerrada. Violette ha dejado encendido un quinqué de faro azul a media mecha. Ha puesto un disco de tangos en el gramófono.

Muy más luego, en su diario íntimo, aparece la siguiente entrada con el cariz, salteado e inconexo, de la pasión prohibida:

“Nos buscamos casi a tientas en la claridad desmayada del WC... casi a ciegas, en silencio... beso sus orejas y la volteo. Dibujo arabescos con la lengua en la espalda y luego, arrodillándome, le he besado descaradamente las nalgas menudas, entibiándolas con mis alientos...

Emilia tiembla; “hace frío”, dice.

--No te preocupes, nada pasará que tú no quieras, sigue susurrando Violette.

--Es que nunca me han tocado... nadie. Yo a veces... pero pasan cosas desagradables.

--No importa, mírame, es importante esto para mí. Mírame que te quiero agasajar.

Y se sienta en la tina con las piernas por fuera. Se toca hasta desfallecer. Al final, extiende una mano y Emilia la agarra y se la pone en su encanto. Al tocarla, y palpar su secreto, Violette comienza a temblar y emitir sonidos como si la estuviesen ahorcando.

Emilia ha soltado unas emisiones que han encharcado las losetas donde está parada y varias más al frente porque se trata, esta vez, de un chorro importante.

Violette la conmina a sentarse en la tina frente de ella. Así juntas, unen sus cofres y Violette la examina cuidadosamente.

--Me da vergüenza...

--Nada pasa, es algo natural. Algunas mujeres tienen esa facultad.

--Parece orín pero es inodoro.

--Pero no es, y si lo fuese, ¿qué?

Emilia la besa y sufre una crisis de tal tenor que solloza. Violette, la baña con jabón de Castilla y le suaviza la piel con aceites de coco. A cada momento le besa levemente los labios.

Al cabo de una hora de intimar, cuando el agua se ha tornado fresca, le dice:

--Puedes quedarte pero si quieres marcharte te acompaño.

Ambas se visten y bajan al zaguán y de allí a la calle, donde todavía hay gente tomando el fresco de la noche en sus balcones y conversando desde los antepechos de sus puertas.

Contestan con amabilidad los saludos y dan las buenas noches como si vinieran de una velada de música o de tomar refrescos en el Kiosco de la plaza de Armas. Todos admiran el pasar de Violette que camina acompasadamente, como las mulatas finas de la Martinica.

Se han presentado las ventoleras frías de diciembre. Avisa lluvia.

Llegando a la pensión de Emilia, ven desde la acera opuesta a la dueña, doña Beatriz, que va abrigada y toma una tisana en el balcón. La saludan.

Nada han dicho sobre lo acontecido. Violette le explica su conformación y le advierte que tenga cuidado con los hombres, que habrá quien se sienta repelido ante su crecimiento anatómico.

--Eres señorita todavía y eso es un impedimento. Pero te aseguro que cuando encuentres un hombre que se encariñe contigo, jamás te dejará.

--Violette, tengo veinte años y desde en noviembre pasado me pasan estas cosas con bastante frecuencia.

--Si te interesa, hablo con Lucas, te lo presto. El entenderá.

--Pero recién has dicho que quien se junte conmigo no me abandonará. ¿Lo fías?

--A Lucas, sí. Tengo otra cosa que lo lleva al delirio.

--Le tengo miedo a Lucas, la foto de la sala lo muestra tan... descomunal.

--Niña, es un engreído... con musculatura.

CUANDO LEVANTA la bruma ya la marinería afloja el velamen del palo mayor de la Doña Sofía, goleta venida de Cuba, fondeada al borde de la boca de El Morro.

Lucas ha vuelto a despertar a la hora en que se acostaba en la tournée, de la que ha regresado hace una semana. En un tono de voz natural --la mulata tiene sueños livianos--, dice:

--Violette líame un cigarro.

La mujer abre los ojos muy grandes.

--Qué falta te hace ese cigarro...

--También a ti, mi reina. Allez, que llegó la remesa.

Violette se levanta desnuda y va al cajón de tabaco que está en una esquina de la sala.

--Hazme un lancero, que no queda mucha hoja de calidad, precisa Lucas desde el ventanal.

Vuelve a la habitación con el tabaco en las manos. Se sienta en la chaise longue, contigua a la cama junto al espejo cheval, donde, ausente Lucas, se entretiene con su “petit ami” de ébano.

Una vez conformado el tirulo, estira las piernas y las sube a la cama. Sobre sus muslos, sudados del color del café con leche claro, tuerce el mazo con el capote. Luego le ciñe la capa y humedece el remate con la punta de la lengua. Lo coloca en la mesita de noche, lo rueda varias veces bajo la chaveta hasta que le parece cilíndrico.

Lo decapita y se lo enciende. Tiene buen tiro, como los que él hace.

Lucas sigue de pie, mirando, esta vez, con el catalejo de bronce.

Allí, desde el palomar en el tercer piso de la esquina de San Sebastián y San Justo, tiene una visión ininterrumpida del faenar a bordo de la goleta. Se entretiene mirando y luego pausa para ajustar el mecanismo de aumento del instrumento.

--Traen un pasajero, dice, Cosa rara.


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