Los Vapores De Sor Emilia
Emilia Leclerc
Segunda Novela Galante
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Francisco R. Velázquez
Smashwords Edition
Copyright©2011—Francisco R. Velázquez
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Edición Smashwords, Acuerdos y Licencia
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Los Vapores De Sor Emilia
Emilia Leclerc
Segunda Novela Galante
Ediciones Secta de los Perros
Francisco R. Velázquez, 1949 -
Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto
Revisión y Estilo – Zaira Tellado
Copyright©2011—Francisco R. Velázquez
franciscovelazquez49@gmail.com
Arecibo, Puerto Rico
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Segunda Novela Galante:
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A los amores contenidos por los muros del convento.
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NOTA BENE
EN UN “secretaire” comprado en una tienda de cambalaches, encontré unas pruebas de galera, en tamaño de octavillas, corregidas a mano, de un tracto moral por publicarse. Venía guardado dentro de una caja de tabacos Comodoros, vitola de salida, de la manufactura Briones y Portela, torcidos a mano en 1915 en Utuado, Puerto Rico.
Recuperaba yo de una delicada intervención quirúrgica cuyo aire de reposo duró seis meses. Leí el tracto y me pareció encantador por su estilo y contenido. Sin embargo, habría sido imprudente de mi parte publicarlo sin el consentimiento de los parientes del bedel Brasillac, que, aunque ‘decessit sine prole” vale decir, murió sin hijos propios, sí los tuvo putativos por su condición de encargado de asuntos disciplinarios en una Universidad de “Midwest” de los EE. UU. Dediqué el resto de mi estancia en los Estados Unidos a pesquisar la suerte corrida por este santo varón.
Falleció poco después de haber iniciado trámites para la publicación del opúsculo, en un incidente de extremos confusos que, del saque, alteraba su paso y recuerdo en esta vida. Le dieron de baja en medio de graves aprietos morales: de dos escopetazos y, peor aún, en cama ajena, quebrando, de ese modo, preceptos inapelables de la Santa Madre Iglesia.
Poco antes del desafortunado “exeunt” junto a la piadosa señora que le aliviaba su prurito inguinal, había tenido noticias de que la obrilla no obtuvo el “Imprimi Potest” de las autoridades eclesiásticas del estado de Nueva York, con arreglo a la normativa que ordena una estilística estricta en los opúsculos religiosos. Cierto, el bedel se había arrogado licencias del orden literario pero el relato ceñíase, rigurosamente, a lo acontecido.
He aquí, pues, la historia escrita por el Bedel Brasillac, sin restarle una coma ni añadirle una letra.
El Autor
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DON Alfonso, el dueño de la imprenta, le avisa a Antonio que el Obispado ha decidido adelantar la hoja noticiosa y pastoral para el día siguiente.
--Vendré a las diez entonces, dice Antonio.
Sube a su habitación en el segundo piso de la imprenta, cambia de ropas y sale camino del monasterio de las Clarisas Descalzas en la calle del Pabellón, cerca de la estación del ferrocarril en el vecindario de San Luis Gonzaga.
Aguarda sentado en un banco del jardín, entre el nudo de cipreses y la fuente de los nenúfares. Hace fresco de recién llovido.
De una celda del segundo piso, iluminada por un cirio de resplandor precario, se escucha el siseo de unos rezos.
Finalizada Vísperas, la regenta abre la puerta labrada y le comunica que sor Emilia, redactora encargada de la hoja, bajará en breve.
Antonio escucha el susurro de hábitos almidonados y, con arreglo al protocolo, se torna hacia a pared, para darle tiempo a la sor a entrar al gabinete donde se despachan el correos, telégrafo y menudencias.
Se trata de un mueble parecido a un confesionario pero tapado al frente, Se despacha de pie y sólo puede ver la mitad del rostro de su interlocutora por una apertura estrecha y rectangular, y sus manos, blancas y huesudas, en otra apertura más abajo y más ancha, de donde proyecta una tabla pulida sobre la cual se colocan los asuntos por tratar.
La monja dispone allí una carpeta con escritos a máquina y proyectos de títulos. Antonio, quien es revisor de formatos y tipografía de la imprenta, Casa Didot, los repasa detenidamente. Existe un trato formal con sor Emilia, trato de usted y circunloquios. Todo disfraza una curiosa tensión, entendida pero innombrable en la sazón de esos tiempos.
Al principio, hace seis meses, ella esquivaba su mirada; de un mes a esta parte, no. La priora entra al foyer; haciéndose la desentendida ocupa un sillón de mecida corta y quejumbrosa.
--¿Este título para la homilía, quedará corto?
--A treintiseis puntos, más alto se pasa.
No puede contener el rubor. Baja la voz y dice, inesperada-mente:
--Que Dios le guarde esos ojos, Antonio.
Cree que el cumplido viene por saber identificar los títulos y decir al vuelo si caben o no.
--Es el oficio, contesta.
Percatada del malentendido, sonríe vivamente. Es mujer hermosa, que se oculta tras los ropajes blanquinegros de la orden. Infranqueable por el gabinete.
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Se llama Emilia Leclerc y ha sido tutora de francés en un colegio privado. Un disgusto sentimental la ha llevado a entrar a la orden. Es inteligente y desenvuelta. Tiene veintitrés años y los ojos grandes y negros como imagina él los farallones del infierno. Se han ido gustando suavemente, como en las novelas nobles.
Termina el despacho y se despide de ambas. La regenta lo escolta al portón y al despedirse de ella, nota que la priora y su interlocutora han desaparecido en las sombras tras del foyer.
Al día siguiente, camino de la imprenta, echa mano del cartapacio y una hoja manuscrita cae al suelo. La recoge. Va dirigida a él.
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Antonio:
Me turba su presencia y estoy prendada de sus ojos. Con lo poco que he visto de usted me he dado cuenta de que lleva prestancia y formalidad que van más allá de su oficio. Como tenía que pasar, atravieso hoy por un trance inoportuno; no pienso sino en Ud. de maitines a completas. Vuestro recuerdo y voz me distraen de los rezos. Pienso que voy a perder la razón.
¿Puedo confiar en usted, no me hará daño?
Emilia
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Vuelve el jueves siguiente a recoger el material de imprenta. Hay algo descompuesto en la coordinación de la visita y la puede ver a solas, siempre dentro del gabinete. Aprovechan la coyuntura para conversar, con el cartapacio de por medio, abierto sobre la tabla.
--¿Leyó mi mensaje?
--Lo leí y debo decirle que he quedado profundamente impresionado. Desconocía su imaginación hacia mí que es claro reflejo de la mía.
--Es amable escuchar su sentimiento. Sabe, he tenido unos sueños turbadores que, Deo gratia no se dan en el vacío pues veo que existe correspondencia.
--¿Ha consultado al confesor?
--Eso me faltaba, se pondría dichoso. Y añade:
--Mire, Antonio, me he distraído de mi pudor de mujer y de monja. Anoche soñé que usted me besaba y que yo estaba desnuda. Tuve dos exudaciones muy seguidas, la segunda ya despierta.
--Es difícil controlar el cuerpo, me consta. ¿Y la disciplina?
--Me provoca más exudaciones A veces estoy despierta hasta maitines.
--Así va a enfermar. Muy poco sueño.
--Por favor, lléveme con usted. Se ha tornado insoportable esta coyuntura inimaginada hace un mes, dice a modo de ruego susurrante pero de cariz impetuoso.
Antonio considera arriesgado lo que Emilia propone.
Se trata de una mujer joven que le ha cerrado puertas a la vida y se alimenta del pan de dolores. En lo que a él toca, tiene trabajo en la imprenta y y piensa editar un semanario. Raptarla equivaldría a una gran torpeza, resquebrajar el equilibrio vital. Empezar en otro lugar y en cero y con una monja a cuestas. Y, para colmo, en un país donde todo se sabe.
Pero son dulces sus ojos cuando le miran y tiene trémolo brujo su voz cuando le susurra esas barbaridades, como ese eufemismo delicioso, tan clínico, exudaciones.
--Veré que puedo hacer, Emilia, le dice al despedirse.
El jueves siguiente le entrega la carpeta. Dentro hay un pañuelo de hilo, bordado, donde viene envuelto un rizo trenzado cuya fragancia delata su procedencia.
--Una exudación tras un sueño profano. Espero que le dure hasta el jueves siguiente, le susurra con picardía.
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Ha escrito en el pañuelo un verso de Baudelaire.
--¿Leen a Baudelaire en vísperas o en maitines?
--Me lo sé de memoria.
--El novio de Verlaine...
--No, ese fue Rimbaud, corrige con delicadeza Emilia y añade:
--El obispado está muy contento con su trabajo. Venga a verme; verlo me excita, dice sonriendo y pasando la punta de la lengua por su labio inferior.
--Nos veremos el jueves, le dice.
-- Sueñe usted conmigo, contesta ella.
Abandona las tapias del monasterio dando tumbos de ebriedad erótica. El corazón se quiere salir del pecho y otro órgano, muy menos noble, pugna en la entrepierna. En medio de este frenesí intuye que Emilia ha tejido una telaraña que no le deja ni un resquicio de claridad a su pensamiento.
Regresa por la calle desierta pero presiente que ella mira desde el postigo de su ventana.
A la mañana siguiente, Antonio se reúne con el propietario de la tabacalera Briones y Portela en el Baleares. Asuntos del rubro. El señor Briones saca de su portafolios una ilustración a plumilla de una mujer desnuda, de espaldas y sentada sobre sus talones, como colofón de una fina voluta de humo de un cigarro figurado, que la tabacalera presentará en noviembre. Es un Perfecto hermoso y se llama Fez y a partir de ese nombre han planificado la campaña de octavillas y afiches de la talla ‘broadsheet’.
A los postres, el cliente extrae de su petaca cinco cigarros, todos de la misma vitola y ambos miran hacia la plaza del recreo mientras escogen sendos cigarros a ciegas. Las cautelas selectivas obedecen a que en Ponce, un hombre murió fulminantemente tras haber fumado, de la mitad la media, un cigarro preparado por el amante de su mujer.