Excerpt for Emilia Leclerc: El Escapulario De Gorguloff by Francisco R. Velázquez , available in its entirety at Smashwords

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Emilia Leclerc

El Escapulario De Gorguloff

Tercera Novela Galante

FRANCISCO R. VELÁZQUEZ

Smashwords Edition

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

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Emilia Leclerc

El Escapulario De Gorguloff

Tercera Novela Galante

Ediciones Secta de los Perros

Francisco R. Velázquez, 1949 -

Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto

Revisión y Estilo – Zaira Tellado

Paper Doll: A©Carlin America Inc

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

franciscovelazquez49@gmail.com

Arecibo, Puerto Rico

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Tercera Novela Galante

EL ESCAPULARIO DE GORGULOFF

SOBRE EL AUTOR

OBRAS PUBLICADAS

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EL ESCAPULARIO DE GORGULOFF

A los secretos que se mueren por no divulgarlos.

(CON EXTRACTOS DE ESTAFETA ANARQUISTA CIRCA 1932)

EN DONDE SE PONE AL LECTOR EN ANTECEDENTES

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LO QUE sigue son unos apuntes breves sobre una separata de excepción confeccionada por Estafeta Anarquista, que fue una publicación quincenal. Esta nunca llegó a vocearse pues, estando aún en cajas, el huracán San Ciprián arrasó con la imprenta... y con el país.

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SOBRE LA mesa hay un galón de cristal grueso, de aquellos que se rellenaban con gas licuado. Trae dentro una separata que se ha corregido temprano la mañana de aquél día cuando el gobernador americano de San Juan de Puerto Rico telefoneó al obispo y éste, a su vez, telegrafió a todos los curas del país ordenándoles izar la bandera amarilla en todas las iglesias, señal de peligro por el huracán que se anunciaba.

En el Santoral era el día de San Ciprián y así lo bautizaron.

El dueño del galón, que tuvo a bien cedérmelo, es un señor avejentado de modales pausados y hablar autorizado. Me cuenta historias al sombrío abrigo de una habitación de alquiler en San Juan, en un edificio de su propiedad.

Ha visto cosas que no han publicado los diarios pero que han pasado de boca en boca hasta que se han muerto las bocas con todo y sus dueños.

Tiene urgencias de contar estas historias y por ello lo visito cada tres días. Se llama Miguel y ha sido marino mercante antes y después de la segunda guerra, también sepulturero, y en dos instancias separadas llegó a ser sargento de la policía. Trabajó en diarios como corrector de estilo y traductor. También fue soldado de a pie en Francia. Hay lapsos en sus historias sobre los cuales prefiere no hablar.

En la década del treinta anduvo por Alejandría y la Malacca Inglesa, Valparaíso y la Alemania truculenta de las camisas pardas.

Ha visto cosas que nadie le creía y dejó de contarlas, hasta que se dio conmigo, que le creo todo, por inverosímil que me suene.

Don Miguel es un libro de historias privadas, con zapatos blancos y un bastón de malaca con perilla de plata.

Tomamos ron y fumamos unos cigarrillos caros, tabaco negro de Orán que compra cada tres jueves cuando un barco de pasaje francés, el Mermoz, ancla en el puerto.

En la vida ha ido dejando afectos. Perdió dos capitales productos de dos golpes de suerte porque trabajando nadie arma un capital, un pasar sí, me ha dicho.

Presiente que no se morirá hasta que cuente una historia que conoce, él y nadie más porque los otros se han muerto.

Sobre el contenido del galón, me ha confesado que es lo único que queda de una labor de propagar la idea, la del anarquismo, se entiende, a principios de los Treinta.

Se trata de una hoja a tiro y retiro (ambos lados) tamaño berliner de seis columnas con unas correcciones hechas a mano que llevan un humor cortante.

Sobre el logotipo hay una orejilla de advertencia donde se da cuenta de que se trata de una separata de excepción. Con arreglo a las disposiciones de la ley de Imprenta, tiene el año III, volumen 12 y seguido por la procedencia, San Juan, Porto Rico, a pesar de la ley recién aprobada ese año que autorizaba a usar el nombre del país en castellano.

Tenía fecha prospectada y la advertencia de rigor de que la redacción asumía responsabilidad por los artículos publicados y que estuviesen en caja, vale decir, encajados en plomo. Por dirección se da la calle de la Tanca 144 y un teléfono de número y color, 44 Rojo.

En la carilla del recto, trae unos anuncios particulares, con el olor del país y de la época: círculos de estudio sobre Bakunin, lectura comunal de los escritos del pedagogo anarquista Ferrer, un libro escrito por un colectivo que trata sobre la verdad del caso de Sacco y Vanzetti y, los dos avisos que me llaman la atención y cabe suponer que serían publicidad pagada.

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Polvos Refundativos del Sabio Voronoff

Aplique los polvos debidamente humectados en las eminencias frontales, según describe la caja. Frótese vigorosamente. Trate también los polvos para las molestias hemorroidales. Ambos productos son de los reputadísimos laboratorios Valdez.

ATENCION: No confundáis frascos

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También figura el aviso publicitario de un médico de excelso pedigrí que hace manipulaciones para curar la temible blenorrea, manipulando qué y a saber sobre o por donde.

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A vosotros menguados:

Por estas fechas nos visita el eminente médico cubano Doctor Puig especialista en blenorrea y la temible impotencia.

Nombrado a la cátedra de de Patofisiología de la universidad De Salamanca, el facultativo llevará a efecto manipulaciones, de diez a doce del mediodía, en el consultorio del reputado urólogo portorriqueño, doctor Rivera-Pujadas, sita en la calle Allen.

El doctor Puig es discípulo predilecto de la eminencia sueca Palme-Mundt quien ha logrado curaciones milagrosas de estos penosos males en miembros de las cortes europeas.

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Hay un anuncio a lo alto de un cigarro que se llama Fez y un dibujo de Hagia Sofía. La correctora, supongo que era una mujer por el trazo femenino de su letra, ha escrito al margen: Fez, capital de Marruecos; Hagia Sofía y sus cuatro minaretes, Estambul. Suprimir tres minaretes o el dibujo completo, menos la ninfa que está muy bien surgiendo de las volutas de humo. El texto es lírico:

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Durante el Ramadán ningún forastero puede pisar las polvorientas callejas empedradas del Marruecos hasta que su ojo no distinga hebra blanca de hebra negra. Y, nos aventuramos a sugerir que antes de salir de su albergue encienda usted un tabaco Fez, vitola de salida, el clásico quarante-deux en el vitolario de la galera de Rafael Briones y Portela, tabaqueros.

Fez, una corona... Corona

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Cinturón Galvani para la impotencia sexual, eléctrico, seguro, colosales testimonios desde las colonias inglesas.

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Pagliacci, Paoli y compañía para el culto público de la capital.

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Refresquería La Fontana; amena, moderna, higiénica

Tetuan 13

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Más adelante, al margen de la prueba de galera escribe: “Creo que el haitiano no es propietario de esas tetas. Han confundido las ilustraciones, atención.”

Sobre Porto Rico, señala escuetamente: “boten al linotipista al carajo o que aprenda que es ley escribir Puerto Rico desde marzo pasado próximo”.

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DICE don Miguel:

Cuando San Ciprián, era yo recadero exclusivo de la imprenta. Don Antonio me colocó, no ya de duende por las noches sino de impresor ayudante, con sueldo fijo, cuarenta pesos mensuales cuando podía, treinta en las estrecheces.

Para ese entonces, sabía manejar todas las maquinas, encajaba a mano y al revés y me fijaban turnos en la linotipia. Obligadamente don Antonio me hacía tomar un litro de leche diario por una cosa que se llamaba ‘saturnismo’, una especie de torpeza de ojos y concentración que causaba el plomo.

“Doña Emilia, que era la correctora de pruebas y creo que directora de aquel correo de quincena, era muy amable conmigo.

También doña Beatriz, que la conocía a ella, a doña Emilia y, por entonces, estaba en el asilo de las Siervas de María. Cuando yo tenía distensión de deberes, los domingos, le hacía una compañía porque había sido amiga de mi mamá.

Un día, doña Beatriz me contó que, cuando señorita, doña Emilia había sido pupila suya. Luego supo que hizo votos como monja de clausuras. Hizo un gesto obsceno cuando pronunció la palabra “señorita,”. Se metió un dedo en la oreja, usted sabe.

En otra ocasión que le hice una caridad, le llevé unas sopas de paloma que le envió una vecina suya de la calle O’Donnell, me confió que doña Emilia, ya de monja, se había fugado con un cajista de imprenta que bien podría su esposo, don Antonio, el dueño de la Casa Didot. Quizá fue con otro. Eso nunca lo precisó.

Cuando conocí a doña Emilia, tenía sus carnes bien puestas y un moño algo canoso. Usaba cristales para leer. El marido administraba la parte comercial y tipográfica de la imprenta. Ella hacía dibujos para ilustrar alguna cosilla. Tenía arte en el dibujo. Escribía textos y manejaba la Ludlow, una máquina de centrífuga que funcionaba sin electricidad.

Don Antonio me contó que no era de aquí, que era natural de Santurce y luego anduvo por Mayagüez y Ponce trabajando en el rubro.

Parece que vivieron en las islas porque sus cosas las hablaban en francés, lo cual se consideraba una falta al Carreño, que lo dice allí claramente, igual que los secretos en reunión, que son falta de educación.

Habían regresado a San Juan en el 1928 y se establecieron aquí con buena maquinaria. Componían a cuatro manos ese correo quincenal que se vendía mucho entre los tabaqueros y el elemento obrero.

Hacían otras cosas también, anuarios, encuadernaciones, cosido japonés y a la inglesa. Tiradas menudas de poemarios, lo que faltase.

A pesar de todo el trabajo que había, doña Emilia me enseñaba de letras y tipografía. Yo tenía catorce años y vivía con mi papá que cuando se le acababa el ron bebía hasta el agua de los floreros.

Mi mamá se había muerto en la epidemia del dieciocho, cuando vivíamos en Ponce, teniendo yo tres años. Me criaban las mujeres del vecindario de Puerta de Tierra que se ocupaban que fuese a la escuela.

Acá en San Juan, llegué hasta el octavo grado. Mi papá, viudo, había dejado en Ponce a un medio hermano de madre que yo tenía, que se llamaba Rogelio. Más tarde, cuando yo era policía lo visitaba con frecuencia y siempre me quedaba en su casa la primera semana de junio.

Rogelio era mayor que yo y ya era sargento en la Insular. Había casado con una mujer que se llamaba Renata.

Pero me adelanto, divago en el relato. Caso es que en la capital, doña Emilia le dio por educarme y despertarme la mente desde que la conocí en el 1929 recién graduado de la Grammar.

Me obligaba a reconocer los tipos movibles pasándoles el pulgar. Luego me vendaba los ojos y colocaba seis o siete tipos en la mesa. Tenía que identificar la letra, la familia y el punto. Era duende de imprenta por las noches; de día hacia recados en la vecindad.

Sé muchas cosas que nadie conoce; como por ejemplo, que estuve en su casa la tarde en que decidieron montar el número de Estafeta Anarquista.

Pasó que Emilia había recibido un sobre de recortes de diarios franceses y revistas que pormenorizaban el ajusticiamiento de Gorguloff y que le envió una prima suya que llevaba veinte años viviendo en París, justo al frente de la calle donde aconteció la ejecución.

Con la carta que acompañaba el paquete optaron por inventarse todo el entramado que para eso eran periodistas dueños de un correo quincenal con todos los permisos y su pie de imprenta.

Lo único vecino a la realidad era el caso de un ciudadano francés, misterioso, recluido en el presidio insular, que había llegado de Cuba en un buque de correos español y era buscado por las autoridades francesas. Decían que estaba encartado en ausencia junto con Durruti, el anarquista revolucionario que robaba bancos y traía en vilo a las autoridades.

Lo devolvieron a Francia a bordo de un crucero de la Armada francesa.

Emilia y Antonio se repartieron los artículos con atención a una narrativa ordenada, como si fuese una novela de intrigas.

Emilia hizo plumillas imaginarias de los actores. De una foto de Faulkner sacó al marqués de las graves torpezas morales. Ese título fue a sugerencias mías.

Yo llevaba y traía en la imprenta. Era un proyecto secreto, entre tres. Nadie lo vio, pero ahí está, en el galón. Ni siquiera llegamos a trabajar en las correcciones de aquello que yo había bautizado “Estafa Anarquista”, broma que ellos celebraron bastante.

El día del huracán del 1932, estaba yo en la plaza esperando unas correcciones a un aviso comercial que había mandado a hacer Don Leocadio, el de la Farmacia Negrín. Anunciaba una venta especial de ungüentos, parches porosos y un brebaje para la falta del deseo marital.


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