Emilia Leclerc
Tres Novelas Galantes
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FRANCISCO R. VELÁZQUEZ
Smashwords Edition
Copyright©2011—Francisco R. Velázquez
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Edición Smashwords, Acuerdos y Licencia
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Emilia Leclerc
Tres Novelas Galantes
Ediciones Secta de los Perros
Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto
Revisión y Estilo – Zaira Tellado
Paper Doll: A©Carlin America Inc
Trujillo Alto, Puerto Rico
Francisco R. Velázquez, 1949 -
Copyright©2010—Francisco R. Velázquez
franciscovelazquez49@gmail.com
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Novelas:
I
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II
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III
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I
A las almas sensibles que, a falta de formación moral, se deslizan sin remedio por el tobogán encebado de los descaros.
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SAN JUAN DE PORTO RICO —1915—
Entrada en el diario de Violette Degrelle, fecha del 2 de enero.
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...camino de tomar el tranvía he pasado esta tarde frente al teatro Tapia. Ha sido allí donde la he visto por primera vez, a Emilia Leclerc, en el palco para señoritas sin acompañantes, durante el estreno de la zarzuela ‘El Trust de los Tenorios’... gran vergüenza ajena... me han dicho que ahí ha cantado Caruso y Paoli y han traído a Orlando Abacocci, soso tenor venezolano de muy poca monta... apenas da los registros meridianos para cantar zarzuelas...
Dos detalles recuerda de aquella noche de hace un mes: Emilia, acompañada de varias de sus estudiantes del instituto donde enseña francés y a su marido:
“...Lucas, mulato gallardo de los que llenan la calle, vestido de ‘smoking’, tocando el piano en el foso de la orquesta, con la cual se ha ido de ‘tournée”.
El hilo narrativo se interrumpe con un asiento contable sobre los gastos de la casa para el mes. Más abajo en la página, un reproche a Lucas por no haberle enviado…
“...ni un “penny postcard” y haberle telegrafiado sólo tres veces... igual, me alborotan los jugos porque regresa en dos viernes... le extraño poderosamente en el plano íntimo. En año y medio juntos nunca nos habíamos separado más de dos días...”
Claro, tampoco es como si madame Degrelle haya estado ceñida a paseos ociosos. Tiene una curiosidad nueva en el reino sentimental. Va a por ella.
Cumplida una semana de haberse marchado Lucas, otra entrada en su diario da cuenta que, por mor de la fortuna y su diligencia, se ha agenciado, en la Mallorquina, una mesa contigua a la de Emilia,
‘...una muñeca de ojos vivos que ha captado mi atención... por sus modos...su prestancia, desde que la vi en la zarzuela. He averiguado sus señas... a qué dedica su ocio... la he seguido resueltamente en tardes de compras...
De modo que aquel sábado culmina la conspiración con resultados colosales.
Conversamos desde el almuerzo, mesa con mesa, hasta que Emilia se muda a la mía... juntas hasta el filo del atardecer... no hemos parado de hablar de sombreros, zapatos, moda y vida de la ciudad... liviandades de todo giro...paseamos, compras menudas... denominador común: prolongadas estancias en París...
Escribe en página vuelta y ya en letra menos pausada:
...tarde de rambla entre frutas y flores, cerca del presidio La Princesa. Emilia sonríe bonito... gestos muy deliberados de damita joven. Tiene ojazos de bruja, pelo corto bouclé... hebra de mujer... parece una guajana por su delgadez y sus blancuras...
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Ha sido una tarde edulcorada con las mieles de sus vidas breves. Olor a sal y naranjos. La conversación brota incontenible, simultánea y Violette, en errores de entusiasmo, ha sido incapaz de controlar unas miradas de señalado cariz que, se ha dado perfecta cuenta, turban ligeramente a Emilia.
Los hombres que pasan frente de ellas se tocan el ala de sus sombreros de paja italianos. Algunos se descubren ante esta espuma de vitalidad.
Violette es mulata clara, clarísima. Más alta que Emilia, lleva el pelo ondulado a rizos suaves hasta el cuello. Fruto de tres blanqueadas seriatim, tiene los ojos verdes y grandes.
Emilia ha comprado un ramo de violetas y se lo ha obsequiado con gracia.
--Me ha caído usted muy bien, Violette. He pasado una tarde maravillosa. Habrá que verse más a menudo.
--Mi esposo, Lucas, anda por Ponce. Es músico de la compañía de Zarzuelas. Si le apetece, la invito a almorzar mañana y seguimos conociéndonos.
--Llámeme. Mi teléfono es el 23 Verde, lo contesta doña Beatriz, la dueña de la pensión.
--El mío es 32 Rojo, a la inversa. Conozco bien a madame Rodríguez, su casera.
Y se han despedido al filo del atardecer en las esquinas de Tanca y San Francisco donde Emilia camina más allá de la iglesia de los frailes capuchinos y se pierde en la bajada hasta llegar a su pensión.
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A LAS once y media de la mañana siguiente, Emilia la llama por teléfono preguntando cuándo puede pasar.
--Le espero desde hace rato, Emilia. Venga en cuanto pueda.
Violette, que ha ido temprano al mercado, ha dispuesto una mesa de frutos del mar, con limones y vermouth.
La mesa está servida de ostras, mejillones, langostinos, camarones y un arroz apastelado que le ha quedado capital.
A la sobremesa, puestas ya en antecedentes de sus presentes históricos, pasan al pasado próximo y conversan fácilmente, y con cierto grado de ilustración, de la cosa política, en particular el panorama europeo, descosido por el cañoneo de octubre pasado. Mencionan, de paso, los movimientos políticos, en especial los anarquistas.
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Nota de la diarista:
“Emilia ha dicho que si termina la guerra antes del fin de año, y no se potencian más pactos imbéciles, habrá una oportunidad perfecta para cambios políticos notables, de envergadura... aprovecho esto para tomar su temperatura sentimental diciéndole: ‘Qué palabra tan fea ha dicho, Emilia...’
‘...Lo he dicho a tonos graves y cuando he roto el plano de la seriedad con un par de carcajadas, la pobre se ha ruborizado... no sé si porque no entendió la broma o porque sí la entendió muy bien...’
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El silencio rebota por las paredes.
--No oigo muy bien, ¿ha dicho usted verga dura?, le pregunta Violette.
Emilia percibe el sesgo obsceno del juego de palabras. Guarda un silencio deliberado ante el cambio, súbito y salaz, de la conversación.
--Las he visto en tintotipos belgas, solamente, dice Emilia.
--¿Qué ha visto?
--Las vergas duras.
--Ah, pues yo tengo dos en casa.
--Es mujer afortunada, contesta Emilia.
--¿Ha dicho dos?, le pregunta a seguidas con el ceño fruncido.
--Sí, una que funciona a veces y otra, de ébano, que funciona ‘tojours’. Sabe usted, los hombres tienen sus limitaciones... Pero hablemos de usted. ¿No frecuenta salones?
--Frecuento sí, la “soirées” del Casino. Voy al teatro con frecuencia y cuando estoy de ánimo y no tengo deberes que corregir, al Thé Dansant del Palace. Pero casi siempre termino bailando sola, o con amigas. Fíjese, tengo veinte años y no he tomado hombre. Al parecer, aquí nadie se fija en la delgadez.
--Eso lo resolveremos, Emilia. Usted es muy bonita y tiene su gracia. Suéltese el pelo, a ver.
Emilia se suelta las peinetas y agita los bucles sedosos, de un negro intenso y Violette pone en el gramófono un disco de ragtime. Quédase en camisola poniendo por excusa el calor de la casa cerrada.
Emilia, con el pelo suelto, es otra. Mira a Violette con interés novedoso. Igual Violette, que hace lo mismo, cegada por las luces de su invitada.
A Emilia se le ha imantado la mirada con las nalgas de su nueva amiga que trepan altas.
--Venga, bailemos.
Y Emilia, arrobada por la vitalidad de aquella mujer y el tenor de su mirada, súbito se da cuenta de que no siente repulsión, ni que falta al decoro. Es presa, eso sí, de un apetito extraño que acentúan la casa cerrada y los vientos que soplan fuera.
Bailan con sorpresivo acoplamiento, a pesar de la diferencia en estatura. Toman más Vermouth. Se turnan en la manivela del gramófono.
Súbito, es como si se conocieran de toda la vida. Esto, porque han sido vidas breves y se las han ido contado en fragmentos, la una a la otra, desde el día anterior.
Violette le ha hablado de su viaje desde La Martinica a París como “ama de llaves” para dos hermanos, Jean y Robert Rossy. Añade: “con fortuna, material, se entiende”.
Explica cómo al cabo de dos años, Robert, se ha muerto de una “blenorragia galopante contraída por andar a las putas, amigas del descuido y la desatención”.
--Jean, deshecho por el luto, me ha dado una importante suma de dinero por cuidarle a su hermano en la larga agonía justo hasta cerrarle los ojos.
--Ordenó entonces cortinas negras para toda la casona y me dejó ir, comprándome un “billet de premier classe” en un vapor que salía de Marsella rumbo de Nueva York.
--Pero me requedé en París y al mes, leyendo los “fait divers” de Le Parisien, supe que se había saltado los sesos de un balazo. Pensé en otra colocación, claro, que no fuese de puta pues, contrario a lo que pudiese haberse pensado de verme, “era como la virgen de las letanías: ‘virgo intacta’”.
Emilia le cuenta que su vida no ha sido muy colorida. Comenzó la carrera de Derecho en la Sorbona, pero la abandonó casi inmediatamente a causa de las estrecheces por las que atravesaba. Mudó entonces a Marsella. Allí enseñaba español y gramática inglesa a domicilio. Le fue mucho mejor pero nunca tuvo allí intereses románticos.
Piensa que se le hace tarde y ha regresado al país a ver qué pueda pasar. Dicta cursos de francés en el Instituto de señoritas en la calle Allen y da lecciones privadas de inglés a los nuevos plutócratas del país.
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A LAS seis de la tarde, Violette, se quita la camisola amarilla. Pasa desnuda a la cocina a calentar agua para un baño de tina. Emilia la sigue con la vista. Permanece en la sala, transida de turbaciones.
Comienza a recogerse el pelo. Súbito escucha un susurro:
--¿Adonde vas, “colombe”?
--Es diciembre, anochece.
Mira hacia la puerta de la sala de baño y ve a Violette de pie, una mano apoyada en la cintura y la otra recostada del marco de la puerta. Le atrae esa mirada tan altiva, ese cuello de princesa del Senegal, que envidia desde que la vio.
El usted cambia al tú. Le ha llamado ‘paloma’. Hay tensión de epifanías, mudanza de paradigmas en el reino de los sentidos.
--Anda, ayúdame en la toilette. Quiero decirte unas cosas.
--Me gusta que me llames ‘colombe’. Hay magia en esta casa. ¿Qué quieres de mí?
--Lo mismo que tú buscas, paloma, viens alors...
Emilia se quita la ropa incluyendo una camisola azul y se descalza. Camina hacia ella en la penumbra de la galería cerrada. Violette ha dejado encendido un quinqué de faro azul a media mecha. Ha puesto un disco de tangos en el gramófono.
Muy más luego, en su diario íntimo, aparece la siguiente entrada con el cariz, salteado e inconexo, de la pasión prohibida:
“Nos buscamos casi a tientas en la claridad desmayada del WC... casi a ciegas, en silencio... beso sus orejas y la volteo. Dibujo arabescos con la lengua en la espalda y luego, arrodillándome, le he besado descaradamente las nalgas menudas, entibiándolas con mis alientos...
Emilia tiembla; “hace frío”, dice.
--No te preocupes, nada pasará que tú no quieras, sigue susurrando Violette.
--Es que nunca me han tocado... nadie. Yo a veces... pero pasan cosas desagradables.
--No importa, mírame, es importante esto para mí. Mírame que te quiero agasajar.
Y se sienta en la tina con las piernas por fuera. Se toca hasta desfallecer. Al final, extiende una mano y Emilia la agarra y se la pone en su encanto. Al tocarla, y palpar su secreto, Violette comienza a temblar y emitir sonidos como si la estuviesen ahorcando.
Emilia ha soltado unas emisiones que han encharcado las losetas donde está parada y varias más al frente porque se trata, esta vez, de un chorro importante.
Violette la conmina a sentarse en la tina frente de ella. Así juntas, unen sus cofres y Violette la examina cuidadosamente.
--Me da vergüenza...
--Nada pasa, es algo natural. Algunas mujeres tienen esa facultad.
--Parece orín pero es inodoro.
--Pero no es, y si lo fuese, ¿qué?
Emilia la besa y sufre una crisis de tal tenor que solloza. Violette, la baña con jabón de Castilla y le suaviza la piel con aceites de coco. A cada momento le besa levemente los labios.
Al cabo de una hora de intimar, cuando el agua se ha tornado fresca, le dice:
--Puedes quedarte pero si quieres marcharte te acompaño.
Ambas se visten y bajan al zaguán y de allí a la calle, donde todavía hay gente tomando el fresco de la noche en sus balcones y conversando desde los antepechos de sus puertas.
Contestan con amabilidad los saludos y dan las buenas noches como si vinieran de una velada de música o de tomar refrescos en el Kiosco de la plaza de Armas. Todos admiran el pasar de Violette que camina acompasadamente, como las mulatas finas de la Martinica.
Se han presentado las ventoleras frías de diciembre. Avisa lluvia.
Llegando a la pensión de Emilia, ven desde la acera opuesta a la dueña, doña Beatriz, que va abrigada y toma una tisana en el balcón. La saludan.
Nada han dicho sobre lo acontecido. Violette le explica su conformación y le advierte que tenga cuidado con los hombres, que habrá quien se sienta repelido ante su crecimiento anatómico.
--Eres señorita todavía y eso es un impedimento. Pero te aseguro que cuando encuentres un hombre que se encariñe contigo, jamás te dejará.
--Violette, tengo veinte años y desde en noviembre pasado me pasan estas cosas con bastante frecuencia.
--Si te interesa, hablo con Lucas, te lo presto. El entenderá.
--Pero recién has dicho que quien se junte conmigo no me abandonará. ¿Lo fías?
--A Lucas, sí. Tengo otra cosa que lo lleva al delirio.
--Le tengo miedo a Lucas, la foto de la sala lo muestra tan... descomunal.
--Niña, es un engreído... con musculatura.
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CUANDO LEVANTA la bruma ya la marinería afloja el velamen del palo mayor de la Doña Sofía, goleta venida de Cuba, fondeada al borde de la boca de El Morro.
Lucas ha vuelto a despertar a la hora en que se acostaba en la tournée, de la que ha regresado hace una semana. En un tono de voz natural --la mulata tiene sueños livianos--, dice:
--Violette líame un cigarro.
La mujer abre los ojos muy grandes.
--Qué falta te hace ese cigarro...
--También a ti, mi reina. Allez, que llegó la remesa.
Violette se levanta desnuda y va al cajón de tabaco que está en una esquina de la sala.
--Hazme un lancero, que no queda mucha hoja de calidad, precisa Lucas desde el ventanal.
Vuelve a la habitación con el tabaco en las manos. Se sienta en la chaise longue, contigua a la cama junto al espejo cheval, donde, ausente Lucas, se entretiene con su “petit ami” de ébano.
Una vez conformado el tirulo, estira las piernas y las sube a la cama. Sobre sus muslos, sudados del color del café con leche claro, tuerce el mazo con el capote. Luego le ciñe la capa y humedece el remate con la punta de la lengua. Lo coloca en la mesita de noche, lo rueda varias veces bajo la chaveta hasta que le parece cilíndrico.
Lo decapita y se lo enciende. Tiene buen tiro, como los que él hace.
Lucas sigue de pie, mirando, esta vez, con el catalejo de bronce.
Allí, desde el palomar en el tercer piso de la esquina de San Sebastián y San Justo, tiene una visión ininterrumpida del faenar a bordo de la goleta. Se entretiene mirando y luego pausa para ajustar el mecanismo de aumento del instrumento.
--Traen un pasajero, dice, Cosa rara.
Violette no le escucha. Se ha ido a la cocina a colar el café. Canta por lo bajo el "Viens, Malika" de Lackmée. Son las seis y diez de la mañana.
Lucas se viste de faena caqui. Pasa a la cocina y le mira las nalgas con detenimiento a Violette que pasa el café por el trapo y sirve sendas tazas. Volteándose súbitamente lo ve mirándole la grupa, el pantalón abultando.
--¿Santo quiere misa o es que tienes que mear? Porque yo quiero ofrenda, ahorita que me tome el café.
--Son 147 libras, veinte menos de las que tú pesas.
--Pues, te ha dejado jodido la “tournée”. La última remesa despachamos dos veces y por poco se va la goleta. Y las subiste de lo más campante.
--Pues despachamos. Total, la cosa se extenderá un poco, por lo del pasajero y aduanas.
Más tarde en el diario que también lleva para entrar asiento de las transacciones de los tabacos, Lucas anota:
“Excitado por imaginaciones que me he venido haciendo con una señorita que conocí en sentido bíblico en Ponce...preciso verter aguas sentado en el retrete... regreso a la habitación...Violette arrodillada sobre la chaise longue. Le acaricio la nuca y ella, arqueándose, levanta los fondos... despacho veloz, violento; oloroso como el café y el lancero entre mis dientes. Cuando descargo no desencajo... arremeto nuevamente, “soupirs, petit cris” Violette revisita goces. Sufre tres crisis...
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EPISODIOS tales se suceden, con periodicidad puntual, de diez a doce veces a la semana, sin fallar nunca en los dieciocho meses que llevan juntos. Puede adjudicarse a la naturaleza sana de los obrantes; ambos tienen veinticinco años.
Lucas la ha conocido en Francia, donde era músico a destajo en una banda de ‘ragtime’ de mulatos americanos.
La ha visto una mañana fría de primavera en Longchamp, tomando apuntes sobre los ejercicios matinales de los caballos. La atracción ha sido mutua y formidable. A la semana ocupan un apartamiento pequeño en la vecindad del hipódromo.
En cinco meses de vida modesta, Violette ha triplicado la mesada concedida por su patrón. Se ha criado entre caballos y ‘jockeys’ en su Martinica natal y conoce de siempre las peculiaridades de estos animales de ánimo tendencioso. Apuesta con singular acierto; es su nuevo oficio. Se levanta antes del amanecer y luego duerme hasta la tanda hípica.
Lucas trabaja por las noches como pianista en un club cercano. Aprovechan la coincidencia de la madrugada para arrancarse la vida a jirones.
Han llegado a San Juan ese diciembre de 1913 con una suma considerada, suficiente para un pasar distendido. Ella pone lo suyo en el banco, él lo oculta entre remesas de tabaco. No cree en los bancos; todavía conserva reflejos de anarquista.
Y así los ha sorprendido esta mañana, que será importante en sus vidas, despachando doble como en aquellas películas belgas que él acompaña al piano en funciones privadas en el club.
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EL CAPITAN de la goleta baja a despertar al pasajero. Lo encuentra vestido y tumbado en la hamaca fumando un cigarrillo.
--Buenos días.
--A usted.
--Señor entraremos al puerto sobre las nueve y media. Sus documentos, ¿aguantan escrutinio?
--Nací aquí. Nada que temer. Además la miseria siempre da la bienvenida al forastero.
El capitán regresa a cubierta.
Oller se levanta y agarra un maletín de viaje de cuero, de medio uso. Subió a cubierta. Hace un calor agobiante a pesar de lo temprano de la hora. Por todas partes en la Dársena se ven carretones con carga, voceadores de diarios y gentes de muelle y sudor. El oficial de aduanas examina sus documentos, le hace un par de preguntas pro forma y le da la bienvenida, tocando ligeramente la visera de su gorra almidonada.
Al despedirse del capitán, éste le toca el brazo y le dice:
--Aguarde, para que vea esto.
Lucas sube a cubierta sin titubeos, con un salto fluido. Trae una caja de cigarros para el capitán. Intercambian saludos y un pago en efectivo mientras Oller observa a prudente distancia. Dos marineros sacan un fardo de tabaco y lo colocan en la bolsa de lona que el tabaquero trae consigo. Este pone pie en la dársena, pasa el mango ancho de lona de la bolsa contra su frente, dobla las piernas y lo levanta acomodándose el fardo en las espaldas. El cuello parece filón de amarre, a punto de reventar.
Comienza a subir por la calle San Justo hasta el punto más alto de la ciudad, una pendiente considerable. Camina como un soldado, sin tomar respiro, sin menguar el paso. Oller lo ve desaparecer tres calles más arriba entre la muchedumbre que baja y sube en menesteres.
--Es tabaquero, vive en San Sebastián y San Justo, tercer piso. Cómprele una caja de cigarros que muy buenos que los hace, con tabaco del país que mezcla con el cubano. Se lo digo porque yo conozco a la gente de usted en La Habana que son la misma gente de él. Gente de la idea. Le conviene conocerle, se llama Lucas.
Oller no dice nada. Vuelve a estrecharle la mano al capitán. Se dirige hasta el Banco Comercial y Territorial de Porto Rico, a pocos pasos del muelle, a redimir una carta de crédito por cinco mil dólares, una suma gruesa en cualquier latitud.
Toma habitaciones en el hotel Palace y pasa el día entero allí. Sólo se le ve temprano cuando baja a desayunar y por los diarios.
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AL TERCER día visita al tabaquero y encuentra a su mujer.
El apartamento es desorden: tabaco, botellas de Pernod, libros y escritos por doquier de autores peligrosos a los tronos y dominios: Ferrer, Proudhom, Bakunin, Emma Goldman, Luisa Capetillo, Allan Kardec. La decoración es mezcla de japonesa, por los biombos de seda que hay separando espacios, y de Arabia, por alfombras y tapices que cuelgan de las paredes.
Lucas llega poco después. Apenas cabe por la puerta. Saluda cortésmente al forastero, besa a Violette.
--El señor viene de Cuba, dice que te ha visto en el muelle. Quiere unos cigarros.
--Por supuesto que lo recuerdo, el pasajero de la Doña Sofía.
Oller se incorpora y se presenta. Antes de Cuba vengo de París.
--Ahh, París, todos anduvimos un tiempo por allá, dice Lucas.
--Muchos se quedaron, riposta Oller.
--Están ahora bajo tres metros de tierra, añade Lucas.
--Abonando amapolas..., tercia Violette.
--Ciertamente, asientan los tres.
--¿Podemos hablar en privado?, pregunta Oller.
--Violette es la otra mitad de mi cerebro. Tiene mi confianza...
--Lee a Proudhon.
--Tiene sus ideas.
--¿Y usted, las comparte?
--¿Cuántos cigarros quiere?
--Una rueda, dice un poco turbado.
--¿Vitola?
--Coronas, ¿hace usted figurados?
--Torpedos, abigarrados, perfectos
-- Una rueda de perfectos
--Tengo ochenta, no llego a la rueda.
--Da igual.
--Tengo coronas dobles.
--Pues complete.
Lucas busca un saquito de yute y coloca los cigarros cuidadosamente.
--Los hice ayer, fúmelos a partir del sábado. Estarán bien entonces.
--Gracias, ¿qué debo?
--Para el amigo de Proudhon, veinte dólares. Es tabaco de primera.
--No hay porqué explicar. El capitán me ha dado referencias. Tenga.
Intercambian cigarros y dinero y cuando Oller se dispone a marchar, Lucas lo retiene.
--Tengo lanceros, fúmese uno conmigo y tomemos café.
--Gracias,
--Así prueba la liga, que es la misma.
--Buena idea.
--Violette, haz café para tres, le dice a la mujer que se ha metido en la cocina durante la transacción.
Pasan la tarde hablando de la guerra, de París, de las veces que el destino los tuvo cerca el uno de los otros y se perdieron por minutos, por una gripe, por grandes manifestaciones obreras, por abulia de no salir de la casa.
Resulta que Oller frecuentaba el club cuando Lucas tocaba el piano pero no se acordaba de él.
--Verá, tuve recaídas de los nervios. El ánimo se me escapaba. Abandoné los estudios y vivía a destajo, vendía libros usados. Fui traductor un tiempo. Estuve un tiempo en la política, en el anarco-sindicalismo. Últimamente, me dedico a los negocios.
--Yo estuve en eso también, era un movimiento coherente, vital, pero regresé y dejé la música. Volví al tabaco que fue mi primer oficio que me lo enseño mi papá. Me la paso el día entero torciendo con Violette. No tengo queja, ya ni voy a mítines ni a círculos de estudio. Aquí es muy peligroso. Pasa uno la página... y pasa también la vida
--A pesar de que vivimos tiempos interesantes...
--Amigo, el capital se ha tornado inexpugnable. Es como el Vaticano. Aquí, hay miseria pero también quien me paga los cigarros a peseta cuando de ordinario valen cinco centavos. Hice mi paz con el sistema.
--Entiendo perfectamente.
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DESDE SU regreso de la tournée, Lucas tuerce menos y despacha más con Violette. Esta viene obligada a torcer más. El tercer sábado de febrero, Violette invita a Emilia.
Lucas, el perfecto ‘gentleman’, la trata con gentileza y distancias precavidas. Ese sábado van de compras e impulsivamente suben al trolley y terminan en la playa de la última estación.
Allí toman baños de orilla. Violette insiste que Emilia se tueste las piernas al sol. Pero son tan calizas sus blancuras que termina como una langosta a la termidor. Lucas le parece un fauno caribeño, metido en el agua hasta la cintura, el torso desnudo y lampiño, con su sombrero de paja italiano.
Aprieta entre sus dientes un Gran Corona, formidable.
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TRANSCURREN así los sábados. Para el mes de mayo se han convertido en una familia extendida.
Al llegar las lluvias, permanecen más tiempo en la casa y se convierten en un ‘menage a trois”, que, en realidad, no pasa de ser menage a deux y una “voyeuse” furtiva, Emilia, que si no se ha unido es porque no ha mediado la formalidad de una invitación. Ganas no le han faltado.
La evolución ha sido de lo más natural, merced a la sensualidad que flota y se desliza por las paredes de cal y encharca los zócalos del apartamento de San Justo y San Sebastián.
Todo ha sido cuestión de tiempo e imprudencias. Emilia ha dejado de ruborizarse como la primera vez. Los sábados pertenecen a los afectos entre los tres.
Lucas y Violette bailan como locos y se besan con descaro frente a Emilia que sonríe animada y aplaude. También baila con Violette pues ha percibido de Lucas un delicado rechazo con olor de cautelas.
Aparte de los besos furtivos en la cocina o en el water, ambas no han vuelto a tener contacto extendido desde la primera vez. Curiosamente, Emilia no la cela, todo lo contrario, se contenta de verla hembra y feliz.
Ese sábado de mayo se presenta sin anunciarse un asunto de equilibrios torpes y peripecias. Tras del almuerzo, Emilia ha salido al balcón que da al patio interior trasero. Como nadie la ve del exterior, se quita los zapatos y las medias y enciende un cigarrillo Doris, tabaco rubio y perfumado.
Oye a Lucas decir con un vozarrón teatral:
--Trahison...
Y sale por la puerta con una caja de cedro donde hay veinte “señoritas” que Violette, a instancias de Lucas, ha torcido especialmente para ella.
--Camarada, no se puede traicionar la causa. Hay que consumir lo que el país produce. Ese tabaco es de Virginia... fúmese estas “señoritas” que le hemos hecho. Son suaves.
--Pero ese es tabaco cubano.
--Pero es de la región. Hay que estar claro políticamente.
Y Emilia apaga el Doris y enciende una señorita y deja que salgan hilillos de humo gris por la nariz respingona.
--Suaves, Lucas. ¿Cómo se llaman?
--Querubines, son para señoritas de clase, como tú.
--Hazle un sello, anda. Te dibujo un ‘putto’ para la anilla.
--Que tienes gracia, Emilia. Imagínate a una señorita pidiendo una caja de “puttos” a un vendedor de puros...
Se oye entonces la voz de Violette llamar.
--Ven, ayúdame en esto.
Lucas se tensa un poco. Emilia enarca una ceja.
--Los deberes inapelables, dice.
Emilia repasa las claves secretas del rigodón que se conoce de memoria:
Conforman una triada:
Primo: han escuchado el Viens Malika, de Delibes, tres veces desde el almuerzo;
Secundo: Violette se ha desabotonado los tres primeros botones de su blusa; se ha subido las mangas hasta los codos y mueve acompasadamente los brazos que son dos alhajas del color que tiene el nogal claro.
Tercio: Cuando toma un licor de menta mezclado con agua Maravilla, se revuelca el pelo y se pasa el vaso húmedo y frío por la frente. Ya no hay marcha atrás.
Por esta ocasión, inadvertidamente o ex profeso, Lucas ha dejado abierta la puerta la habitación; se escucha todo con claridad amplificada.
Emilia se debate entre asomarse y ver, y enterarse de una vez cómo es esa cosa incivilizada, de gritos y arreos. De un lado, se arriesga a cometer una imperdonable torpeza.
Caso contrario, quedarse en el balcón podría interpretarse como un desaire bochornoso.
Nunca ha visto la bestia de las dos espaldas y las cuatro nalgas de que habla Quevedo, sólo tintotipos de hombres y de mujeres, que les ha incautado a algunas estudiantes suyas, bastante aventajadas de vida, y las ha retenido para sí.
Violette y Lucas llevan apenas cinco minutos afanando. Decidida, Emilia atraviesa descalza la sala, para no hacer ruido. Asoma tímidamente la cabeza por la apertura estrecha que hay entre un biombo estampado y el marco de la puerta.
Lo que ve casi la desvanece.
Lucas, de espaldas a ella, macizo y nalgón, ingresa y extrae un órgano de grosor y largo considerables en la gracia velluda y sorprendentemente lacia de Violette. Esta resopla a cada embestida de cabeza a colgantes. Parece sufrir agonías.
Con premeditación, Lucas lo extrae todo y Violette se desespera, trata de agarrarlo y guardárselo nuevamente pero él le agarra la mano y juega con ella, desoyendo sus súplicas que no, que no haga eso. Lo conmina con frases soeces.
Cuando Lucas pretende sembrarse, Violette comienza un giratorio acompasado con la pelvis y las nalgas, que lo hace fallar varias veces. Lucas desespera.
Violette abre un poco los ojos y se los clava a ella que al verse observada sufre una crisis.
Lucas trata infructuosamente de entrar nuevamente. De la punta de aquél fenómeno púrpura brota un chorro blanco y espeso como un engrudo, seguido de otros tres que se riegan por sobre el bajo vientre y hacen meandros entre los pechos de Violette.
Emilia siente unas contracciones livianas y el líquido caliente que se le escurre por el muslo le moja los pies y se riega en la loseta.
--No pude contenerme, dice Lucas. Cada vez que te empeñas en eso, me matas, coño. Por favor, atiende a Emilia que voy a echar una siesta.
--Es que no me gusta que juegues conmigo. La próxima vez me preguntas a ver si me apetece, porque de lo contrario, andas tras otra cosa que no tiene que ver con el placer sino con el poder. Y no soy muñeca de nadie.
Violette abandona la habitación. Toma a Emilia por la mano y la lleva consigo hasta la parte más apartada del apartamento, la sala de baño. La sienta sobre la tapa del retrete.
--¿Te ha gustado mirar?
--Sí, pero no creo que deba.
--Te he visto, has desaguado. Mira, Emilia, los hombres no resuelven gran cosa a mujeres como nosotras y uso el plural porque me da la impresión de que somos muy parecidas en pensamiento y apetitos.
Entretanto, Lucas se ha levantado sin hacer ruido. Camina hasta la puerta y nota la loseta mojada detrás del biombo.
Se ha atrevido; ha venido a mirar, piensa.
Queda profundamente dormido en medio de una imaginación.
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AL DIA SIGUIENTE, se presenta el señor Oller, el comprador de los tabacos. Violette lo recibe y le hace pasar donde Lucas que se entretiene torciendo Comodoros, una vitola que gusta mucho a los plutócratas criollos, del mismo grosor del Rothschild que H. Uppman ha creado para su amigo banquero. Pero la vitola de Lucas tiene cinco pulgadas de largo y se fuma en una hora, el largo de la sobremesa en los almuerzos de negocios en el hotel Palace.
Formalidades breves. Lucas le invita a café y Oller asiente. Violette pasa a la cocina.
--¿Que tal los cigarros?
--Excelentes, gran tiro, pedos de Dieu.
--Satisface escuchar ese veredicto.
--Tengo una propuesta, Lucas. Le compro la producción...toda.
--Resulta caro, eso
--Añado una prima, le pago la factura del tabaco que compre. Y le pago los cigarros a peseta.
--Déjeme orientarle, amigo Oller. El mercado local es pequeño para este tipo de cigarros. Los americanos tienen fábricas por doquier y compran la cosecha adelantada, se dé o no. El tabaco del país es fuerte y aquí no se produce capa, por eso la traigo de Cuba. Pero el de aquí no deja olor en la ropa y por eso las esposas de los señores quedan encantadas. Con todo, cuatro cincuenta, caja, es lo que están dispuestos a pagar. Dudo que usted pueda sacarle más.
--Pues se los compro para mi fuma particular, y para repartirlo entre amigos. Aunque creo que puedo exportarlos, tengo contactos en Nueva York y en París.
--Fíjese, es muy loable eso que acaba de decir. Pero hago quinientas cajas al año.
--Tengo aquí, casualmente oyendo la conversación, dos mil quinientos dólares.
Llega Violette con el café. Oller calla.
--Siga hablando. Violette seguramente ha escuchado desde la cocina, ¿Qué te parece, corazón?
--Si no es asunto de aumentar la producción ni alterar la liga, me parece bien.
--Lo único sería añadirle anillas, formalizar la vitola, incorporar la casa en mi nombre. Lo demás se lo dejo a ustedes. Si quieren contratar torcedores al ajuste, eso es asunto vuestro, siempre y cuando no se afecte la calidad del producto.
--Contratar no entra en mi modo de ver las cosas. Me gusta vivir de mi trabajo, no del ajeno.
--Entiendo perfectamente, dice Oller y sorbe delicadamente su café.
--Haga lo que usted quiera. Pero la oferta sigue en pie. Si en el análisis final se trata de más dinero, solo dígalo. Lo consideraré.
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VALDRIA PONER al lector en antecedentes sobre otros asuntos de tientos y alcoba.
Violette, la regente de todo, le ha contado a Lucas sobre el fisgoneo de Emilia y él, naturalmente, se ha hecho el sorprendido. Hablan de incorporarla pero sólo de “voyeuse”, pasivamente, según los juicios de Lucas.
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A FINALES DE MAYO, han estado ocupados el sábado y han pospuesto el convite para el día siguiente, domingo. Tocan a la puerta, toque femenino, dos, apenas perceptibles, seguidos de una palmada. Violette se adelanta a abrir.
Las campanas de la Catedral anuncian Vísperas.
--Quelle surprise, Mlle. Leclerc, dice con aquella voz cantarina y melosa de la Martinica. Mira hacia Lucas quien asiente a la visita inclinando levemente la vista. Le franquea la puerta.
--Ca va, Lucas?
--Ah, tu sais, pas mal...
Y Emilia se ha encontrado a este señor guapo que Lucas le ha presentado cuando está a punto de marcharse.
--Permíteme presentarte a un señor venido de Cuba, Monsieur...
--Oller, dice éste, poniéndose de pie, una leve reverencia.
--Discuten algo en privado. Quizá será mejor en otro momento.
--No, al contrario, siéntate. Es un recién conocido que ha vivido en Francia.
--Delicioso. Viví un tiempo en Marsella.
--Curioso, fue el único lugar que no visité, dicen que no huele bien.
--¿Café?, le pregunta Violette.
Emilia asiente con una sonrisa.
--Ya me marchaba, señorita Emilia. Espero que nos veamos nuevamente. Y a ustedes, gracias por recibirme y por su generosidad.
Lucas lo mira distraído, toma un lapso contestar.
--Si, si, aquí a sus órdenes para lo que necesite.
--Sigo en el Palace por una semana más, luego buscaré alojamiento aquí en San Juan o extramuros. Le agradeceré en lo que me pueda ayudar.
Y en diciendo esto se marcha, tras las reverencias de rigor.
Los tres guardan silencio por unos momentos. Escuchan la puerta del zaguán cerrarse. Luego pasos de botines con herraduras por los adoquines de enfrente.--¿Has venido a la instrucción, Emilia?, le pregunta Violette.
--¿Has venido por la instrucción, Emilia?, le pregunta Violette.
--A eso he venido. Claro, si ustedes lo disponen. Luces un poco atravesado, Lucas.
--Está así desde el mediodía, añade Violette.
Lucas sonríe; pausa, suelta una carcajada.
--La instrucción de hoy versará sobre la utilidad agregada del trabajo asalariado y cómo el patrón se aprovecha... dice Lucas.
--Roba, corrige Violette moviendo la cabeza en la negativa y añade:
-- Pero me refiero a la lección “privée” de nuestra amiga la institutriz, dice Violette con seriedad fingida.
Lucas se levanta, saca un decantador y se sirve un trago de whiskey con agua carbonatada. De pie se ve imponente en ropa de calle y corbatín de cuatro vueltas.
--Necesito alientos para eso. ¿"tableau vivant"?
--Vale. ¿Te parece bien, Emilia?
Y ya Emilia, a quien Violette le ha dado a leer cosas de la peor clase como parte de su educación sentimental, va quitándose el traje con prisa de putas hasta quedar en camisola. Un pezón rosado, asoma tímido por el vivo de la prenda color azul tenue. Muestra el entusiasmo del noviciado y se lanza de lleno al cuadro vivo.
Se ha removido las medias de seda y se ha dejado puestos, por nota de excepción, unos zapatitos de tafilete color morado con una correa estrecha que le ciñe el empeine.
--A mí ya se me ha despertado el apetito, dice Violette, dueña de la casa y todas las voluntades que allí juegan.
Emilia, con el concurso de Violette, ha establecido la frecuencia del juego secreto dos veces por mes; imposible llevarlo a efecto con aumentada periodicidad.
El día siguiente es lunes de trabajo. -- Lucas y Violette llamados a torcer cigarros ininterrumpidamente, Emilia luchando por meterle en las cabezas de sus estudiantes el ‘subjonctif’ y el ‘passé simple’.
En sus paseos juntas por San Juan, Violette le ha contado lo que suele hacer para enardecer a Lucas y le ha sugerido una participación pasiva de manos afuera en lo que ella, Emilia, se decide.
Ese primer domingo Lucas gira la manivela del gramófono y pone un disco, Nimrod, variación del Enigma, de Elgar, el preferido suyo. Violette pasea semidesnuda por la sala como puta de salón. Emilia, que se ha quedado en camisola, la imita.
Hacen piruetas o posan juntas para Lucas y asumen impúdicas poses de burdel pompeyano. Lucas, dueño de un gran control corporal, se siente a sus anchas en el sofá y se abre de piernas, dándole aire y espacio a sus hermosuras, que son notables.
Total, al cabo de veinte minutos se convierte en punto menos que un ‘pierrot’ de trapo ante las desvergüenzas de Violette que se ha quedado desnuda y calzada; Emilia, de poses menos atrevidas, se ha descalzado, se ha puesto el traje nuevamente.
A Lucas le ha gustado eso, una desnuda y con zapatos y otra vestida y descalza. Estéticas que se ajustan a sus gustos aprendidos en su paso por Europa.
Emilia, toma el rostro de Violette entre sus manos y pretende besarla con la más depurada pantomima, cuidando de no posar labio sobre labio, desbocarse y delatarse frente a Lucas.
Lucas, tembloroso ante la industria pecaminosa de ambas, las separa y, casi a rastras, se lleva a Violette hasta la cama.