Historias Insólitas de la Historia Argentina
By Daniel Balmaceda
Smashwords Edition
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Daniel Balmaceda
Historias Insólitas de la Historia Argentina
Crabapps (Argentina)
Índice
Petronila, Sarmiento y el vecino muerto
El enigmático general Chavango
Argentina, 1962
Periodista de reconocida trayectoria en diarios, revistas, radio y televisión, además de interesarse por la actualidad Daniel Balmaceda es un apasionado de la historia, de la que ha rescatado escenas y anécdotas que ha sabido narrar con ingenio y veracidad. Los títulos y especialmente los subtítulos de sus obras muestran claramente su estilo irónico y cercano al lector: Espadas y corazones. Pequeñas delicias de héroes y villanos de la historia argentina y Oro y espadas. Desde que Pedro de Mendoza se instaló en Buenos Aires por culpa de un loco hasta cinco minutos antes de Mayo de 1810 son ejemplos elocuentes del rigor y la gracia de un autor que es miembro titular y vitalicio de la Sociedad Argentina de Historiadores y presidente de la Fundación Cristóbal Colón pero también un narrador experto y un intérprete sagaz de las páginas más gloriosas o más secretas de la Historia.
Cuando en 1852 la batalla de Caseros marcó el fin del período de Juan Manuel de Rosas, su cuñado Lucio Norberto Mansilla entendió que era hora de tomarse un descanso de tanto trajín bélico, ya que venía combatiendo desde 1810, y resolvió dar unas vueltas por Europa junto a su hijo Lucio Victorio Mansilla, de 20 años, quien andaba un tanto ansioso y descabritado por una serie de romances turbulentos. En aquel viaje, los Lucios descubrieron una actividad parisina que les llamó la atención y que, de implantarse en nuestras pampas, sería bien recibida por los triscaidecafóbicos, los fóbicos del número 13. Lucio V. explicó el extraño oficio en uno de sus textos.
Escribió Mansilla que “en Francia, nación cultísima, hay una industria que no tardará en introducirse en Buenos Aires”. Se refería al “quatorzième” (decimocuarto) y era un recurso inventado para que nunca hubiera en una mesa trece personas.
Aún se sostiene que tal cantidad trae mala suerte y el origen de la superstición se remonta a la Última Cena, donde fueron trece los comensales –Jesús y los doce apóstoles, ya que María y Magdalena no formaron parte de la contabilidad en torno a la mesa más famosa de todos los tiempos– y terminó de una manera trágica cuando al día siguiente crucificaron a Jesús.
En Francia, como en cualquier otra parte del mundo, podía ocurrir que por algún motivo accidental –ausencias, demoras o llegadas imprevistas de invitados– los asistentes a una comida fueran trece. Entonces se contrataba al “decimocuarto”.
Según explicó Mansilla, “el ‘quatorzième’ no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y cinco años, tener porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día”.
El oficio era bien retribuido y en todos los barrios había uno: “Es como el médico”, aseguraba Lucio Victorio. La participación del novedoso sujeto terminaba cuando llegaba el invitado que se había retrasado. Entonces, el ‘quatorzième’ se retiraba con disimulo y muchas veces continuaba sus tareas en alguna otra comida.
A pesar de las predicciones de Mansilla y de la buena predisposición de los porteños para copiar modas europeas, la costumbre del ‘quatorzième’ no llegó al Río de la Plata. Por lo menos, hasta ahora.
La salida de Juan Manuel de Rosas y la llegada de Justo José de Urquiza vino acompañada de un acontecimiento institucional clave: la redacción de la Constitución. La Ley Fundamental de los argentinos nació el 1 de mayo de 1853. Y apenas 24 horas antes de que los constitucionales juraran fidelidad a la Constitución, nacía Dolores Urquiza. Ni aquella era la primera Constitución que tuvimos, ni Lola era la primera descendiente del entrerriano. Ni la última.
Los hijos de Urquiza –los que se conocen– son 23. Por eso, conviene ir por partos; perdón, por partes. A la edad de 18 años, en 1820, una relación furtiva de Justo con Encarnación Díaz los convirtió en padres de Concepción, un nombre más que premonitorio si se analiza su nutrida descendencia. ¿Dónde vivía Concepción? En Concepción del Uruguay.
Tres años más tarde, Urquiza conoció a Segunda Calvento, quien pertenecía a lo más exquisito de las familias de Entre Ríos. Segunda dio a luz a Pedro Teófilo Urquiza Calvento el 18 de septiembre de 1823. Justo y Segunda no formalizaron la relación mediante el matrimonio, pero eso no les impidió darle hermanos a Teo. Diógenes nació el 18 de diciembre de 1825. Waldino, el 30 de enero de 1827. José, el cuarto de los Urquiza Calvento, llegó en 1829. Su padre lo llamaba Pepe.
La relación con aquella segunda novia llamada Segunda culminó en algún momento y Justo encontró un nuevo amor. Cruz López Jordán (20 años) era su cuñada y a la vez, ¡madrina de Waldino! El fruto de los amores entre Cruz y Justo fue Ana Dolores Ercilia, sexta en la lista de hijos, quien nació el 11 de mayo de 1835.
En los meses de 1839, el donjuán fue asiduo participante de las tertulias de doña Pascuala Ferreira de Sambrana, en Concepción del Uruguay. La festejada hija de Pascuala –y potencial madre de criaturas Urquiza– se llamaba Doraliza. No duró mucho la relación porque el galán pasó a cortejar a una hermana menor de Doraliza, Juanita. El 27 de febrero de 1840 Doraliza se convirtió en tía de Carmelo, el séptimo Urquiza. En 1842 Dolariza volvió a ser tía, esta vez de una pequeña llamada Juana, quien pronto tendría compañía. Cándida nació el mismo año que Juana, pero su madre fue la atractiva riojana Tránsito Mercado y Pazos. (Hacemos un paréntesis para contar que en medio de estos nacimientos, se casaba la primogénita Concepción Urquiza Díaz. Aquel producto de su pecado de juventud ya tenía edad para formar familia. Pero, al padre de Concepción no había quien lo llevara a un altar).
El 22 de marzo de 1846 lanzó su primer llanto Clodomira del Tránsito Urquiza, hija de Tránsito Mercado, la atractiva riojana. Ese mismo año, en septiembre, María Romero dio a luz a Norberta Urquiza. Pocas semanas después llegó Medarda Urquiza, hija del picaflor entrerriano y de Cándida Cardoso. Las tres nacidas el mismo año, pero lejos de ser trillizas, sino más bien urquillizas.
Hasta aquí, la primera mitad de la descendencia del entrerriano. Conviene recapitular. Justo José de Urquiza tuvo entre 1820 y 1846 siete “novias” y doce hijos extramatrimoniales: Concepción, Teófilo, Diógenes, Waldino, José, Ana, Carmelo, Juana, Cándida, Clodomira, Norberta y Medarda.
Sarmiento sostenía que Urquiza fomentaba “el concubinaje, que es el sistema provincial”. Según Domingo Faustino –otra joyita de las relaciones del primer tipo–, en Entre Ríos todos seguían la moda: “Cuando el general tiene tres queridas públicas, jueces, empelados, comandantes y coroneles se esfuerzan en ostentar igual número”. Vicente López y Planes quiso encarrilar el desorden y le aconsejó a Justo que se casara con alguna viuda de Buenos Aires. No hubo caso. El semental de Concepción del Uruguay creyó necesario explicarle a López y Planes los motivos de su soltería. Le dijo que tenía “una aversión invencible al matrimonio” a causa de “recuerdos dolorosos” por “haber sido cruelmente engañado en su juventud”. Ese fue el diálogo entre el versista del Himno y el rey de los verseros, pocas semanas después del histórico Pronunciamiento del 1 de mayo de 1851, en el que cuestionaba el poder de Rosas, Urquiza asistió en Gualeguaychú a una de las tantas fiestas de las que participaba –Justo José era fanático del baile– y quedó embobado ante una joven de 21 años y mirada cautivante. La reina de Gualeguaychú era Dolores Costa, pero el general, quien tenía cinco hijos más grandes que ella, la llamaba Dolorcita. Para Sarmiento, la señorita Costa era “la sultana favorita” del entrerriano.
Dolores actuó como Primera Dama de Palermo –donde Urquiza se instaló al vencer a Rosas–, aunque no lo hizo con toda la exclusividad, ya que tuvo que aguantarse a una ex en su casa. Nos referimos a Cruz López Jordán, madre de Anita y madrina de Waldino. Tal vez esta rareza de contar con una doble compañía le haya servido a Justo José para paliar la herida psicológica que habría recibido cuando fue “cruelmente” engañado en su juventud.
La decimotercera descendiente, Dolores Urquiza Costa, nació el día previo a que se sancionara la Constitución del año ‘53. Lola tuvo varios hermanos: Justa (nació en 1854), Justo (nació 1856 y nos ocuparemos de él en el párrafo siguiente), Cayetano (1858), Flora (1859), Juan José (1861), Micaela (1862) y Teresa (1864). En total, ocho hermanos con la misma madre, la gualeguaychense Dolores Costa, con quien convivía en el espléndido palacio San José de Concepción del Uruguay. Pero no se había casado. Por fin lo hizo en 1865, en la acogedora capilla que existe junto a la casa, cuya principal curiosidad son los numerosos símbolos masones que contiene. Una vez que Justo y Dolores fueron marido y mujer, nacieron Cipriano (1866), Carmelito (1868) y, por último, la benjamina Cándida (1870). Estos once hijos que tuvieron con Dolores más los otros doce de distintas relaciones fueron reconocidos en forma legal. Si hubo más, nunca alcanzaron el grado de estos veintitrés. Muchos de los hijos extramatrimoniales de Urquiza vivieron en el palacio San José, con su padre, Dolores Costa y los descendientes del matrimonio.
Durante la presidencia del entrerriano, tanto Dolores como Tiburcia Domínguez, la mujer del vicepresidente Salvador María del Carril, estuvieron embarazadas. Dieron a luz con diferencia de once meses. El 8 de agosto de 1856 se realizó un súper bautismo en donde Del Carril y la brava Tiburcia apadrinaron a Justo José Salvador Urquiza, quien ese día cumplía un mes de vida. Justo José Salvador, a quien le pusieron los nombres del presidente y del vice, fue el primer varón de la pareja Urquiza-Costa que, por su parte, apadrinó a la niña de los Del Carril, quien ese día cumplía un año de vida, ya que había nacido el 8 de agosto de 1855. Se llamó Justa en honor al presidente de la Confederación Argentina. Fue una eximia arpista, se casó con Victoriano Viale y de esa unión surgieron los Viale del Carril. Pero nuestro norte, en este momento, son los urquillizos.
En 1863, en un baile en el palacio San José, Urquiza mandó sentar a Medarda, acusada de bailar muy pegada al hijo del comisario de Gualeguaychú. El insolente joven recibió una amonestación muy clara: si le seguía faltando el respeto, el propio general lo iba a tomar de los pantalones y lanzarlo fuera de su propiedad.
A comienzos de 1870, cuando nació Cándida, ya habían muerto dos hijos de Urquiza: José “Pepe” Urquiza Calvento, en 1864 víctima de una afección pulmonar; y Cándida Urquiza Mercado, en 1869. En su recuerdo bautizaron a la benjamina con su nombre. Candidita, así la llamaban, fue la última hija que tuvo con Dolores Costa, antes de que se desencadenara la tragedia familiar.
El 11 de abril de 1870 a las 19.30 de la tarde, el palacio San José vivía uno de sus rutinarios y a la vez intensos días. Lola y Justa tocaban el piano en una sala, acompañadas de la pequeña Micaela. En su cuarto, la señora Dolores Costa de Urquiza amamantaba a Candidita. Carmelito, Cipriano y Teresa jugaban en el patio. Flora y Micaela deambulaban por la casona. Y Justo José de Urquiza estudiaba papeles de gobierno en una silla en la galería.
Hombres que respondían a Ricardo López Jordán –hermano de Cruz, tercera novia de don Jota Jota, por lo tanto, tío de Ana Urquiza–, atropellaron a todos y llegaron ante el ex presidente para asesinarlo. Muerto el padre de las criaturas, otra partida en Concordia llevaba engañado a Waldino Urquiza, que era ahijado de Cruz López Jordán, a la comisaría ubicada en la misma cuadra de su casa, donde le informaron que su padre había sufrido un atentado. Lo metieron en una celda y su hija Diógenes (hija, leyó bien), fue a reclamar por su padre. No pudo verlo. Maniatado encima de las ancas de un caballo, lo llevaron al cementerio de Concordia y lo ultimaron con ferocidad.
Su medio hermano Carmelo también se hallaba en Concordia, en un hotel donde jugaba a las cartas y tomaba mate con amigos. Entre esos compañeros, uno le apuntó con dos armas, otro le informó que su padre y su hermano Waldino habían muerto, y un tercero lo apuñaló. Lo cargaron en una bolsa y lo tiraron en un monte. Su cuerpo fue hallado por casualidad unos meses después.
Micaela tenía siete años y le tocó vivir uno de los momentos más terribles en la tarde que mataron a su padre. Cuando comenzaron los tiros, ella corrió a esconderse debajo del piano que minutos antes ejecutaban sus hermanas Lola y Justa. Un integrante de la banda ingresó al cuarto en busca de alguna víctima y le pisó el vestido. A ella se le escapó una exclamación. El hombre la buscó por todas partes, pero no la halló: se había deslizado debajo de un sillón. Micaela, quien había escapado del cuchillo de un asesino, murió poco tiempo después, en septiembre de 1871, durante la epidemia de viruela que asoló a Concepción del Uruguay. Al año siguiente, y por el mismo motivo, se fue Cándida, la más pequeña de la familia, antes de que cumpliera los tres años.
El resto de los hermanos llevó adelante su propia historia. Por ejemplo, la viuda de Juan José Urquiza, hijo número 18 de la dinastía, reincidió en el matrimonio con su cuñado Cipriano Urquiza, el número 21. La agraciada, y doble nuera de Dolores Costa, fue María Luisa de la Serna.
Dos hermanas muy apegadas murieron en 1940. Lola y Justa, las pianistas de la tarde trágica. Justa se había casado con Luis María Campos, hermano de los bravos Manuel J., Julio y Gaspar Campos.
Lola se había unido en matrimonio con Samuel Sáenz Valiente, el sobreviviente de la tragedia de Felicitas Guerrero. Recordemos que Felicitas murió en 1872 por el ataque de su ex novio, Enrique Ocampo, cuando este se enteró de que se casaría con Sáenz Valiente. Tres años más tarde, Samuel se unía en matrimonio con Lola Urquiza. Dolores enviudó en la década de 1930 cuando su marido se suicidó por problemas económicos.
Otras dos hermanas muy apegadas murieron en 1945: Flora (hija número 17) y Teresa (número 20).
Cipriano, el número 21 de la dinastía, fue el último hijo de Urquiza en dejar este mundo. Lo hizo en 1949, cuando apenas faltaban cuatro años para que se cumpliera el centenario de la Constitución Argentina; y del nacimiento de su hermana Dolores, un día antes.
Entre los numerosos aventureros que emigraban de Europa hacia América figura monsieur Lartet. Hombre de alto vuelo y oriundo de Francia, se instaló en Río de Janeiro donde intentó, con poco éxito, deslumbrar a los cariocas con su globo aerostático. Luego de varios fracasos, ya que nunca logró elevarse –y viendo que su prestigio tampoco tomaba altura, sino todo lo contrario–, viajó a Montevideo. En la capital de Uruguay su arte generó expectativas. Como en Río, cientos de personas se agolparon para presenciar al intrépido francés. Pero una vez más defraudó a su público ya que apenas se alzó unos metros y aterrizó en el suelo de manera abrupta y poco elegante.
Con algunos moretones, optó por abandonar Montevideo en la primavera de 1856 y desembarcar con un grupo teatral y su globo en la simpática Buenos Aires, donde una negra llamada María Haedo, viuda de Acosta, cumplía 99 años de vida. En este nuevo destino, y con la experiencia adquirida a fuerza de golpes, monsieur Lartet estaba en condiciones de soñar con la hora de su consagración. Los diarios comentaron su arribo y el francés, luego de dar innumerables explicaciones acerca del funcionamiento del globo, anunció que haría demostraciones de su capacidad en pocos días.
El primer paso fue encontrar un lugar adecuado para la plataforma de despegue. El aventurero quería uno descampado y céntrico, como la Plaza de Mayo. La policía entendió que sería mejor alejar un poco esa peligrosa actividad. Autorizó que realizara su ascensión en un terreno conocido como “del Molino”, ubicado en Callao, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre. Enviarlo a ese lugar significaba sacarlo de la ciudad, porque en 1856 Callao era algo así como la avenida General Paz: marcaba el límite entre el centro y los suburbios.
El lote “del Molino” llevaba esa denominación por un molino harinero que era la construcción más importante de la zona. Dio lugar al nombre de la Relojería del Molino, la Sombrerería del Molino, el Almacén del Molino y, años más tarde, la Confitería del Molino. Aquella famosa máquina moledora se hallaba en Rivadavia y Solís, en la esquina que hoy ocupa la plaza.
Según se publicó en los diarios, el viernes 30 de octubre de 1856 a las tres de la tarde, monsieur Lartet se lanzaría en un globo aerostático. Se pusieron en venta las localidades y no tardaron en agotarse. El aviso también anunciaba: “Se darán 1.000 pesos de premio a la persona que recoja el aeronauta y el globo en el río”. Los asientos de la extensa primera fila costaban 20 pesos. La segunda fila, 10 pesos. Y también había una especie de VIP: pagando un dinero extra, uno podía ingresar al galpón donde se guardaba el globo, observar de cerca a monsieur Lartet en los preparativos y presenciar el comienzo del inflado. Quienes no quisieran pagar la concurrencia al backstage o gastar dinero para tener un asiento, deberían amontonarse a unos cien metros del lugar. Se perderían los detalles, pero al menos no gastaban dinero. En otras palabras, la platea se pagaba y la popular era gratis.
El inicio del show fue demorándose debido al intenso viento. Luego de una hora de retraso, y a pesar de que la ventada proseguía, Lartet prefirió hacerle frente al miedo antes que defraudar a los concurrentes. La suerte estaba echada.
Una ovación saludó la aparición del globo en escena. El francés alzaba sus brazos: era el hombre del momento. Montó su nave, ordenó que soltaran las amarras, y se lanzó. Sin embargo, aquel show que se había demorado más de una hora, apenas duró unos segundos porque el globo fue arrastrado por el viento y se estrelló contra el frente de una casa. Un concierto de chiflidos e insultos coronó la jornada. El público reclamó la devolución del dinero recaudado, a pesar de que el francés les aseguraba que volvería a intentarlo no bien reparara su nave.
El 10 de noviembre –y con tiempo apacible– fue el día de la revancha. También hubo demoras y la consecuente impaciencia de los espectadores. Lo que no hubo esta vez fue la ovación para Lartet. De todos modos, el audaz aeronauta no se inmutó y, parado en el precario canasto de su aparato, dio las instrucciones para el despegue. Inició el ascenso previsto, ante el asombro de la multitud. Incluso estaba a punto de recibir la aprobación popular cuando surgió un imprevisto: el maldito globo chocó contra las aspas de molino harinero y Lartet perdió el control. Presintiendo que sería el último viaje de su vida, saltó en una azotea y abandonó la nave. Ante la rechifla general, el globo deambuló sin piloto hasta caer en un galpón en la calle Sarmiento 350, entre Perón y 25 de Mayo. Más a pique se fue la imagen de Lartet: el intrépido francés fue detenido por la policía y marchó preso. Por estafador.
Desde la cárcel explicó las razones técnicas de su fracaso e imploró que le permitieran intentarlo por última vez. Tanto insistió, que logró convencer a las autoridades. El domingo 16 de noviembre a las tres de la tarde, monsieur Lartet fue trasladado desde la cárcel hasta la plataforma de despegue. Se decidió que lo haría desde la Plaza Lorea –en Avenida de Mayo y Virrey Cevallos, a unos doscientos metros del primer escenario– para que tuviera más margen de maniobra y no se topara con el molino otra vez. Según relatan las crónicas de aquella memorable jornada, al bajar del carro policial, Lartet estaba “pálido como un criminal a quien se va a fusilar”.
Los gritos de los presentes inundaban el ambiente. El piloto, con semblante de resignado, pidió que soltaran las amarras. El indómito globo se estampó contra el muro de una terraza. El impacto hizo que se diera vuelta el canasto y Lartet cayó en el patio de esa casa. Se fracturó un brazo y una costilla. Fue internado de inmediato y no bien se recuperó, se subió al primer barco rumbo a Europa.
Monsieur Lartet no fue el primer aeronauta de nuestra historia. Pero tres veces intentó serlo.
Las reuniones nocturnas eran una actividad recuperada a partir de que Juan Manuel de Rosas fuera desplazado del gobierno en 1852. Se fundó el Club del Progreso en esos días y sus socios tomaron la costumbre de hacer una escala de un par de horas largas en el club antes de regresar a sus casas. Esta tradición del after office de la alta sociedad aún se mantiene, sobre todo en el Jockey Club, en el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA) y en varios rotarys del interior del país.
Luego de fumar unos habanos y tomar alguna copa con sus camaradas, el caudillo porteño Adolfo Alsina partió una noche del Club del Progreso y se encaminó a su casa. Advirtió que lo seguían. Por más que portara una arma, se hallaba en desventaja porque el peligro estaba a sus espaldas.
Para manejar la situación con disimulo, aprovechó el lamento de un gato en la vereda de enfrente y cruzó haciéndose el interesado. Eso le permitió ver la silueta de su perseguidor, a pesar de la oscuridad. Además, al pararse frente al animal, dejó de darle la espalda al husmeador que se quedó quieto y, al sentir que se acercaba un sereno, huyó corriendo.
El salvador de Alsina era un gato blanco que tenía una patita quebrada. Alsina se la ajustó con un pañuelo y lo llevó a su casa. Un veterinario se la entablilló. El gato blanco se quedó a vivir, para siempre, con Alsina.
Un par de años después, el caudillo regresó tarde a su casa –se supone que de una entretenida reunión en el club– y fue increpado por su compañera de la vida, Sofía. Don Adolfo, que solía ser muy bromista, respondió a los celos de su novia, tomando una pistola que le había limpiado el mucamo; la apoyó en su sien y le anunció a Sofía que iba a suicidarse, cansado de los ataques de celos de ella.
Sofía se lanzó encima y le pidió que no lo hiciera. Alsina sonrió y le apuntó con la pistola a ella, sin saber que el arma estaba cargada. Pero el gato blanco lanzó un maullido intenso. La desagradable broma cambió su curso cuando el hombre dijo: “No moriremos nosotros, que muera el gato”. Jugando, le disparó al animal y se sintió el estampido. El gato que había maullado cuando Alsina le apuntaba a su mujer, murió al instante. Le salvó la vida a Sofía, cubriéndose de gloria.
Luego de cuatro años de haber iniciado el proyecto, la “Sociedad el Camino de Fierro en Buenos Aires al Oeste” –integrada por respetables vecinos, casi todos masones de la orden Sol de Mayo– concluyó el tendido de vías del primer ferrocarril porteño. En el transcurso de esos cuatro años la empresa debió afrontar la oposición de algunos políticos y de muchos temerosos vecinos que rechazaban la idea y por la noche destruían los rieles o se los robaban. Hasta hubo que firmar una cláusula en la que se aceptaba el reemplazo de la tracción a vapor por la tracción a sangre si la primera se convertía en peligrosa. El Estado debió aportar fondos, ya que las acciones que la compañía puso en venta no lograron interesar a nadie. Pero en agosto de 1857, las vías y las cinco estaciones estaban listas para recibir al tren. Por otra parte, la negra María, quien fuera criada de los Haedo, cumplía 100 años de vida.
Dos nuevas locomotoras construidas en Leeds, Inglaterra –y que muchos insisten en que habían sido utilizadas para transporte de tropas en la guerra de Crimea, cuando en realidad eran nuevas– llegaron en un vapor a Buenos Aires. Costaron once mil dólares cada una y las bautizaron “La Porteña” y “La Argentina”. La elección de los nombres no era caprichosa en momentos en que la Buenos Aires de Bartolomé Mitre se enfrentaba a la Confederación Argentina de Justo José de Urquiza y que el poeta Carlos Guido y Spano promulgaba en su Trova: “He nacido en Buenos Aires / ¡qué me importan los desaires / con que me trate la suerte! / Argentino hasta la muerte / he nacido en Buenos Aires”. Las diferencias entre el Estado de Buenos Aires y el interior habían provocado odios desmesurados y en algunas provincias trataba de imponerse la idea de que los porteños no eran argentinos.
La llegada de las moles de hierro en el vapor Borlard sumó un nuevo problema para los empresarios: había que transportarlas –pesaban entre las dos 31.500 kilos y además estaban los 5.000 kilos de cada uno de los cuatro vagones– desde el puerto hasta la flamante estación Terminal, ubicada donde hoy se encuentra el Teatro Colón. Un centenar de marineros, que más bien parecían esclavos egipcios, arrastró a “La Porteña” y a “La Argentina” hasta la playa, en una operación que demandó un par de largas jornadas. Desde allí, durante cuatro días, carretones tirados por una docena de bueyes las llevaron hasta la estación y las pusieron en sus carriles.
Las locomotivas –como se las llamaba en aquel tiempo– quedaron en manos de los ingenieros ingleses John y Thomas Allan, quienes también integraban la logia masónica Sol de Mayo. Los Allan hicieron ajustes y dejaron las locomotivas a punto, listas para el traqueteo. Los socios de la compañía resolvieron hacer un viaje de prueba.
El viaje experimental se inició el 22 de agosto en la estación Plaza del Parque, donde está el Teatro Colón. Salvo dos pasajeros, ninguno había viajado en tren hasta ese día. Pero los temores desaparecieron cuando “La Argentina” con sus dos vagones cubrió los diez kilómetros y arribó a la terminal Floresta, luego de hacer escalas en las estaciones Once, Caballito y Flores; esta última, construida en terrenos que donó la multimillonaria Inés Indart de Dorrego, nuera de uno de los socios de la empresa, Mariano Miró.
Entre Once y Caballito detuvieron la marcha cuando vieron que Dalmacio Vélez Sársfield se encontraba de pie, junto a la vía. Lo invitaron a sumarse y continuaron el viaje. Vélez Sársfield había sido uno de los legisladores que había autorizado la conformación de la sociedad. Dalmacio tenía su quinta en Almagro, donde hoy se encuentra el Hospital Italiano, y le entusiasmaba la idea de viajar a mayor velocidad rumbo a su descanso. Por supuesto que no era el único: muchos tenían sus quintas en Flores –que entonces era el pueblo de San José de Flores– y esperaban sacar provecho de la maravilla tecnológica que rodaría por las calles. Hay que tener en cuenta que el trayecto desde el centro a Flores era muy malo, estaba poblado de pantanos, la costumbre era viajar en carreta tirada por bueyes y el viaje demandaba horas.
En Floresta, los pasajeros se felicitaron, brindaron, encendieron los habanos y ordenaron al maquinista calabrés Alfonzo Corazzi –a quien supervisaba el ingeniero John Allan– que regresara al centro. Capitán y tripulantes de la mole se sentían confiados. Por eso, aceleraron un poco la vuelta y viajaban a 40 kilómetros por hora cuando a la altura de Plaza Once descarrilaron.
El tren siguió su marcha a los saltos y quedó semi tumbado en un zanjón. La nuca de Francisco Moreno, el tesorero de la firma, se clavó en la barriga de Felipe Llavallol y lo dejó sin aliento. El habano que venía fumando Mariano Miró le perforó el pantalón y le quemó la cola. Daniel Gowland chocó las cabezas con Alejandro Van Prat y su cara se bañó en sangre. Allan y Corazzi sufrieron traumatismos. El administrador de la compañía, don Bernardo Larroudé, quien ya había viajado en tren en Europa, tomó el primer caballo que encontró a mano y huyó del lugar al galope hasta su casa de Barracas, en estado de pánico. El segundo vagón estaba vacío y volcó de manera completa.
Los que no salieron heridos organizaron una asamblea en el lugar del accidente y resolvieron que había que tapar el bochorno porque aquel suceso podía convertirse en la peor publicidad de la historia de los ferrocarriles argentinos. Volvieron a sus casas y si se les preguntaba cómo les había ido, contestaban que muy bien y sonreían, aguantando el dolor por los golpes.
La empresa arregló la vía, repuso los setenta durmientes destruidos. El ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, padre del futuro presidente, se ocupó de la inspección de las obras y el sábado 29 de agosto de 1857 a la una de la tarde, se inauguró el primer ferrocarril del país. Ambas locomotivas fueron bendecidas por el obispo, monseñor Aneiros, quien desde una grada les lanzó agua bendita. Abordaron el tren el gobernador de Buenos Aires Pastor Obligado, Bartolomé Mitre, Valentín Alsina y Dalmacio Vélez Sársfield, quien volvió a probar suerte, a pesar de haber participado en el fallido viaje experimental.
En cambio Bernardo Larroudé, el administrador de la Sociedad, prefirió cubrir los seis kilómetros del recorrido en un zaino, acompañando al caballo de acero, a distancia prudencial.
Un mar de pañuelos blancos saludó a los pasajeros. Y hasta hubo lágrimas de despedida, como si se tratara de un viaje de muy larga distancia o un viaje de ida, sin regreso. El calabrés Alfonzo Corazzi volvió a tomar el mando del pesado transporte. Con mano firme. Pero ya no era a bordo de “La Argentina”, sino de “La Porteña”, a la cual le colocaron la patente número 1 y se quedó con los laureles. Esa tarde, con pocos minutos de diferencia, ambas máquinas realizaron el trayecto en medio de campanadas de iglesias, sombreros que se agitaban y muchas caras de asombro.
A partir del domingo 30, uno podía trasladarse en tren. Para viajar en el primer vagón, es decir en primera, se pagaban 10 pesos. Quien lo hacía en el segundo vagón, que era la segunda clase, sólo abonaba 5 pesos.
Luego de un tiempo, Corazzi se retiró a vivir en Luján donde terminó sus días y “La Porteña” continuó arrastrando vagones hasta 1889. Estuvo un tiempo en un galpón de La Plata, luego pasó a Tolosa, más tarde a Palermo y su penúltimo viaje la depositó en el barrio de Liniers, donde comenzó su inexorable y oxidable ocaso. Fue rescatada en octubre de 1923 por el Museo del Transporte de Luján, quien la solicitó para exponerla. Una moderna locomotora arrastró a “La Porteña” hasta la estación Basílica y desde allí en forma manual fueron empujados sus 15.750 kilos en un trayecto de apenas diez cuadras, pero que demandó dos jornadas completas de tire y afloje. Terminó en Luján, como el calabrés.
“La Argentina”, que tuvo un papel secundario en la inauguración, se perdió en el tiempo.
Las bromas en el Día de los Inocentes son una vieja costumbre. Por eso, las noticias que anunciaron los diarios chilenos el 28 de diciembre de 1860 provocaron alguna confusión. La novedad era que el sur de Chile y el patagónico sur de la Argentina pasaban a formar parte de los dominios de un flamante rey llegado de Francia que se llamaba Orllie-Antoine I. La historia que publicaron los diarios era ridícula, pero era verdad. Entonces, ¿cómo llegó este hombre a reinar en la Patagonia?
Orllie Antoine de Tounens fue el sexto hijo de una familia de buena posición, sin título de nobleza, que habitaba en Francia. Él nació en mayo de 1820, se recibió de abogado siendo joven y actuó en los tribunales galos.
En 1858 decidió ser rey. Viajó a Panamá, cruzó por tierra hasta el Pacífico y se embarcó rumbo a Chile. Aprendió el castellano, escribió un libro sobre los animales domésticos, se hizo llamar Príncipe de Tounens, tejió relaciones en Valparaíso y tomó contacto con los jefes de las tribus araucanas y mapuches. Mantuvo negociaciones con los caciques. De barba negra larga y frente descubierta, a una de las primeras citas con los nativos asistió con barba tupida, melena abundante, vestido de levita, con poncho mapuche encima y sable corvo en la cintura. Fue recorriendo poblaciones de indios y entablando amistad con los jefes. Su discurso era similar en todos los territorios indígenas. Él les ofrecía la protección del rey francés Napoleón III y aseguraba que ambas partes compartían el mismo objetivo: vencer al gobierno chileno o argentino, según el caso. Estos encuentros eran amenizados con fiestas en las que corría el alcohol como el agua del manantial y que era provisto por el propio candidato a rey.
En cambio, al gobierno chileno –en un principio no tomó contacto con la República Argentina– le explicaba que su misión era pacificar a la indiada y para ello solicitaba ayuda logística, incluso dinero.
La gira diplomática del charlatán francés daba sus frutos. De todos modos, nada de eso serviría si no establecía un acuerdo sólido con el gran cacique de los territorios chilenos, el indómito Quilapán. La cumbre entre estos dos hombres se realizó en la primavera de 1860. Como siempre, se iniciaron los festejos y el vino entusiasmó a la indiada. Entre ellos, a uno de los tantos hijos de Quilapán, el bravo y un poco descontrolado indio Kolüpan. Su número de destreza consistía en galopar con su caballo preferido hasta un peñasco. El pingo frenaba de golpe y quedaba con sus manos (o patas delanteras, si prefiere) alzadas en el precipicio. Vaya uno a saber si esa tarde fallaron los frenos o si el pingo necesitaba un service por equis kilómetros recorridos o si el diestro Kolüpan condujo en estado de ebriedad; lo cierto es que el caballo no sólo dejó las manitos en el aire, sino sus otras dos patas y la dupla centaura se dirigió con extrema rapidez al fondo del precipicio.
La celebración continuó, pero cambió de motivo: pasó a ser un encuentro de pésame, con mucho consumo de alcohol y desfile de los integrantes de la tribu que le ofrecían al inconsolable Quilapán regalos de toda naturaleza. El francés Orllie entendió de qué se trataba y se sumó a la fila de los obsequiosos: le regaló su caballo, un ejemplar joven, de buen porte y bien cuidado que se diferenciaba en mucho de los que pastaban en el corral de la tribu. Con este obsequio, Orllie se ganó la gratitud del cacique e inició su cuenta regresiva hacia la corona patagónica.
La monarquía constitucional del terruño arrancó el 1 de noviembre de 1860 cuando Tounens redactó el Preámbulo y la Constitución del territorio, llamado Araucania. Según las firmas del documento, pudo establecerse que los constituyentes fueron dos: el príncipe Orllie de Tounens (quien de ciudadano común, pasó a ser príncipe y luego de firmar el documento se convirtió en rey) y un secretario invisible llamado Desfontaine, cuyo nombre era –¡oh, casualidad!– similar al del barrio donde vivía el extraño príncipe en Francia cuando no era príncipe.
Su Gabinete estuvo integrado por Quilapán (ministro de Guerra), Quelaoeque (ministro del Interior), Calfoucaubí (de Justicia), Marioula (de Agricultura) y monsieur Mountret (de Relaciones Exteriores). El dominio de las lenguas castellana y francesa hizo que Mountret asumiera en la Cancillería y se convirtiera en el único miembro del gabinete que no era un nativo americano. Se estimaba que el reino contaba con unos dos millones de habitantes.
Constitución en mano, el flamante rey partió de gira por sus tierras, cuatro veces más extensas que Francia, y fue proclamado por colonias mapuches en cuatro oportunidades, lo que significó, una vez más, cuatro fiestas donde no se tiró la casa por la ventana porque no había ni casa ni ventanas, pero se bebió como si fuera el fin del mundo.
En realidad, cuando nació la Araucania, nuestra Patagonia no integraba la comarca de Orllie-Antoine I. Recién el 17 de noviembre, se decretó –por lo visto, con necesidad y con urgencia– la anexión del territorio argentino.
El próximo paso del monarca fue escribirles cartas a compatriotas franceses, entre ellos a un juez de paz, para comunicarles la creación del reino de Nueva Francia, reino que, como vemos, cambiaba de nombre según los interlocutores. Incluso evitó confesarles que en sus declaraciones a los diarios chilenos, había dicho que renunciaba a la ciudadanía francesa. De todas maneras, más adelante su firma dirá: “Orllie-Antoine, rey de Auracania y Patagonia, es decir, Nueva Francia”. Contrató en Chile al músico alemán Wilheim Frick para que compusiera el “Himno Real a Antonio Orelie”. Mandó confeccionar la bandera del reino, azul, blanca y verde, y la hizo jurar por sus vasallos de cada tribu.
Entusiasmado con la sumisión de los nativos, el monarca organizó ataques a poblados chilenos que no se llevaron a cabo porque su traductor al mapuche le avisó a las autoridades chilenas. Se comisionó al coronel Cornelio Saavedra para que lo capturara. Nos referimos al nieto del célebre Cornelio de 1810, quien estaba a cargo de la “campaña al desierto” del otro lado de la cordillera.
Saavedra detuvo a Orllie-Antoine, lo llevó a Valparaíso para juzgarlo, lo encarcelaron siete meses y los peritos médicos establecieron que no se hallaba en su sano juicio. Esto significa que no tuvo juicio porque había perdido el juicio. Lo encerraron en un manicomio nueve meses, hasta que el cónsul francés lo metió en un barco que lo llevó de regreso a Francia. Su Majestad patagónica insistió con el proyecto e inició una campaña con el fin de juntar dinero para regresar a su reino. Consiguió un financista en 1869 y volvió a embarcarse, esta vez con destino a Buenos Aires.
Luego de una corta estadía en la ciudad rumbeó al sur. Desembarcó en la bahía de San Antonio (Río Negro) e inició una caminata, por su reino, hacia el oeste. Se topó con una tribu poco amistosa que no parece haber reconocido que estaban frente a su monarca. Casi lo degüellan. Orllie se las ingenió para hacerles entender que era tan mapuche como ellos porque mapuche se nace pero también se hace y los convenció de que su principal aliado era Quilapán. El soberano franco-mapuche salvó su vida.
En cuanto puso un pie en Chile, buscó al poderoso Quilapán y lo convenció de que era tiempo de emprender la gran guerra. Además, le dijo que no había que temer, ya que en breve llegarían armas desde Francia. Pero lo único que llegó fue el desencanto de ver que muchos de los súbditos de su reino, cansados de las promesas incumplidas, abandonaron la lucha y Orllie–Antoine I no tuvo más remedio que emprender la retirada, primero a la trasandina tierra argentina y luego, en 1871, a la cosmopolita Buenos Aires. Se encontró con una ciudad de luto, que todavía lloraba las 15.000 muertes que le dejó en semanas la fiebre amarilla.
En Francia no se quedó quieto. Planificó toda la estrategia comercial. Nombró un cónsul en Inglaterra. Redactó el diccionario francés mapuche para facilitar el intercambio mercantil. Acuñó monedas de cobre que hoy son tesoros para los coleccionistas. Una vez más, a través de las campañas mediáticas –el reino de “La Nouvelle France” llegó a tener un periódico que se imprimía en Marsella, donde estaban sus auspiciantes– y con enorme entusiasmo y fuerza de voluntad, Orllie repasó el océano en 1874 y desembarcó cerca de sus dominios, en la capital de la República Argentina. Por las dudas, se dejó una barba extensa y cambió su nombre: pasó a llamarse Jean Prat. Poco tiempo después se instaló en Bahía Blanca. Pero fue descubierto, encarcelado y deportado. El periódico estadounidense New York Times, al relatar la historia del llamativo personaje, explicaba que el negocio que se escondía detrás de toda la fachada monárquica era la comercialización del guano, que la Argentina no estaba en una situación de calma interna que le permitiera ocupar su tiempo en lidiar con reyes patagónicos y que don Orllie se equivocó de país, ya que si hubiera ido a los ilusos Estados Unidos, lo habrían hecho participar de comidas, agasajos y muchos otros actos en su honor.
El cuarto viaje del rey de Araucanía y la Patagonia tuvo lugar en 1876. Se instaló en la isla Choele Choel (Río Negro), aunque no por mucho tiempo. El monarca estaba enfermo y partió de regreso en su último viaje trasatlántico. Durante su convalecencia, el presidente del tribunal francés que lo juzgaba, un ex periodista de apellido Planchet, le robó la Constitución para apoderarse del título y viajó a la Patagonia con intenciones de hacerse respetar por los nativos. La falta de respeto fue tan evidente, que debió regresar a Francia, donde Orllie, por su honor y el de sus súbditos, lo retó a duelo. Pero a un duelo singular, con lanza y boleadoras. Planchet renunció al combate por la corona. El monarca de los araucanos no quiso dejar en manos de inescrupulosos el reinado y extendió títulos de nobleza entre sus allegados. A uno lo nombró Barón de Belgrano, a otros les confirió la Orden de la Estrella del Sur.
Orllie-Antoine de Tounens murió en Bordeaux, Francia, el 17 de septiembre de 1878. El escultor de su tumba, al no saber cómo era la corona que debía esculpir, decidió imitar la que usa el rey de corazones de la baraja francesa.
En sus últimos días Orllie había dicho: “Sí, he sido un completo chiflado. Pero, ¿quién iba a pensar que Francia podría negarse a anexar tan espléndidas colonias?”. Antes de morir, delegó su reinado. El conde patagónico Gustave Aquiles Leviarde –su primo segundo– heredó el trono, bajo el nombre de Aquiles I. Se ocupó de nombrar funcionarios y embajadores, pero nunca viajó a Sudamérica. Cuando sintió que se acercaba su fin envió a su Primer Ministro, el conde de Bellegarde, a Pittsburg (en Pensilvania, Estados Unidos) con el fin de negociar con el poderoso industrial del acero Andrew Carnegie –el Bill Gates de hace cien años– la venta del título. El multimillonario Carnegie se interesó en un principio. Las reuniones se extendieron por seis semanas. Incluso viajó un teniente de ingenieros del ejército austríaco, a quien Aquiles nombró Jefe de Topografía, para que le dibujara a Carnegie un mapa del reinado en venta. Pero los emisarios no lograron convencerlo y Carnegie se perdió la posibilidad de hacer el negocio que luego entusiasmaría a Ted Turner, Luciano Benetton y Joseph Lewis.
Aquiles I murió el 18 de marzo de 1902, en su pequeño departamento parisino, en la Plaza de las Naciones, víctima de una neumonía. Su canciller, que trabajaba de encargado de un bar, le explicó a los medios que el rey Aquiles había nombrado un sucesor, pero él no podía anunciarlo hasta que se cumplieran las reglas de etiqueta: primero había que informarles sobre la sucesión, ¡a los monarcas europeos y a los presidentes americanos! Bien pensado lo de las reglas de etiqueta, salvo por el detalle de que todos sabían que el hombre tenía más familiaridad con las etiquetas de las botellas que expendía.
A Aquiles I lo sucedió el médico Antonio Hipólito Cross –Antonio II–, quien murió al año siguiente. Sus descendientes intentaron vender el título a algún millonario, pero no aparecieron interesados. La corona se la calzó su hija Laura Teresa I y más tarde el hijo de Laura, Jacques Antonio Bernard –Antonio III–, hasta que en 1951 abdicó en favor de Felipe Pablo Alejandro Enrique Boiry. Felipe I, ya cumplió 80 años y se mantiene al frente del reinado más insólito del planeta.