Excerpt for El macahuitl y la espada by Juan Carlos Morales, available in its entirety at Smashwords



El macahuitl y la espada

Novela Histórica



Autor: Juan Carlos Morales


Copyright 2011 Juan Carlos Morales

Smashwords Edition


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Contenido



La Gomera

El hijo del Almirante

Hernán, un joven enamorado

El gavilán de Extremadura

El imperio Azteca

La hija del viejo Xicoténcatl

El Cacique Hatuey

Ego Vox Clamanti in Deserto

Los náufragos españoles

La fundación de Villa Rica

La Princesa Tecuelhuatzin

La matanza de Cholula

La conquista de Tenochtitlán

La sinventura Catalina Juárez

El observatorio astronómico

El ejército de Pedro de Alvarado

De paso por Soconusco

Los guerreros K’iches

Tiempos aciagos en Xetulul

La batalla de Pachaj

La apacible Xelajuj Noj

La batalla de Pakajá

La Villa de la Paz

En busca de refuerzos

Las capitulaciones

El señorío de Q’umarkaj

El holocausto K’iché

El nacimiento de Doña Leonor

La fundación de Guatemala



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La Gomera


En el corazón del bosque nuboso y la selva húmeda de la montaña, entre los pinos, encinos, cipreses y eucaliptos cubiertos de líquenes, musgos y orquídeas, volaba silenciosamente el quetzal, vestido de un plumaje esmeralda iridiscente, luciendo su majestuosa cola verde; este magnífico ejemplar de pájaro serpiente, fue a posarse en un bejuco enredado en un árbol de chipe, al que sus patitas cortas, de color oscuro, se aferraron hábilmente. Desde lo alto, contempló los ágiles movimientos de una ardilla, que brincaba inocentemente de rama en rama.

Muy lejos de allí, a un océano de distancia, en La Gomera, todo era bullicio y agitación, pues la tripulación del Almirante Cristóbal Colón, muy bien recibida por la gobernadora doña Beatriz, compraba todo lo necesario para su viaje a la isla La Española. Habían zarpado de Cádiz, el 25 de septiembre de 1493, con el objetivo de explorar, colonizar y predicar la fe católica en los territorios descubiertos en su primer viaje.

—Que haya abundancia de comida y sobre todo de menestra —había ordenado el Almirante a los marineros a cargo del aprovisionamiento. Se encontraban en una de las principales islas del archipiélago de las Canarias, perteneciente a España, situado frente a la costa noroeste de África.

Era el siete de octubre de 1493, había pasado casi un año, desde que el grumete Rodrigo de Triana diera su famoso grito: "¡Tierra a la vista!", divisando desde lejos la isla Guanahaní, en el paradisiaco archipiélago de las Bahamas. ¡Qué maravillosas playas de arena blanca! Setecientas islas y cayos formados de piedra caliza, rodeadas de aguas tibias cuyo color variaba de acuerdo a la profundidad, yendo desde el turquesa hasta un color verde casi indescriptible al ser acariciadas por los rayos solares. La claridad del agua sin sedimentos era un ensueño, gracias a que no había ríos en las islas. Las formaciones de coral, plantas y peces alrededor de los arrecifes eran extremadamente hermosas.

Inicialmente los marineros creyeron haber llegado a la isla que los portugueses llamaban Antilha, y hablaban entre ellos de esta manera:

—¡Mirad, en este mapa portugués aparece una isla situada en la región occidental del Atlántico!

—En portugués los cartógrafos la han llamado Antilha.

—En castellano el nombre es Antilia, que significa anti isla.

—¿Por qué los portugueses la han llamado Antilha?

—Es porque creen que es una isla antípoda a Portugal.

—¿Antípoda decís?

—¡Pues hombre, que es una isla radicalmente opuesta a Portugal!

En su primera expedición, Cristóbal Colón zarpó el 3 de agosto de 1492 del puerto de Palos, llegando como ya se dijo anteriormente a la isla Guanahani, a la que llamó San Salvador; posteriormente desembarcó en la isla de Cuba y el 5 de diciembre llegó a la isla que nombró La Española. El viaje terminó el 15 de marzo de 1493.

Con el tiempo, los españoles se darían cuenta de que las setecientas islas y cayos del archipiélago de las Bahamas eran sólo una parte del formidable arco de islas caribeñas que iban desde el sureste de la Florida, en los Estados Unidos, hasta la costa de Venezuela. Sin embargo el nombre Antillas quedó para referirse a todas las islas ubicadas entre el mar Caribe y el océano Atlántico.

Los casi cuatro millones de seres humanos que habitaban las Antillas no podían siquiera imaginar que la llegada de esos tres barcos, procedentes de La Gomera, iba a ser el inicio de la debacle que casi acabaría con ellos, pues reduciría el número de arahuacos, lucayos, siboneyes, boriquenes y caribes a menos de dieciséis mil en tan sólo veinticinco años. Los arahuacos era gente pacífica, vestidos apenas con un ligero taparrabo, amarrado a la cintura, por lo que la tripulación de los barcos se sorprendió al ver a las mujeres con los senos al desnudo. Los lucayos eran amantes del canto y del baile que llamaban “arieto”; jugaban una especie de volleyball de playa al que llamaban “batos”. Los arahuacos y los lucayos fumaban tabaco en pipas, vivían en chozas de forma circular y dormían en hamacas. Se organizaban en pequeñas poblaciones lideradas por un cacique; vivían de la pesca de peces, caracoles y tortugas y del cultivo del maíz, del ñame y de la yuca.

En la taberna de La Gomera, mientras la tripulación se aprovisionaba para el largo viaje, Michele de Cuneo, oriundo de la ciudad costera de Savona, en Italia, amigo de infancia del Almirante, conversaba muy amenamente con Diego Álvarez Chaca, médico de Sevilla y cirujano principal de la expedición.

—Tenemos mucha suerte de que nuestro Almirante tenga tan buena amistad con la gobernadora de la isla —afirmó Michele, mientras le servían un buen vino, a la vez que recordaba como la reina Isabel la Católica, al sospechar que su esposo, el rey Fernando, tenía amoríos con la joven Beatriz, sobrina de su querida amiga, la marquesa de Moya, hizo los arreglos para casarla con Hernán Peraza y así enviarla a La Gomera; con el tiempo Beatriz de Bobadilla y Ossorio se convertiría en la gobernadora de la isla.

—He escuchado comentar que nuestro Almirante, Cristóbal Colón, es amante de la gobernadora, doña Beatriz de Bobadilla y Ossorio; vos que sois amigo cercano a él, habréis de saber —sugirió Diego con la intención de conocer la verdad acerca de aquel rumor, y mientras sostenía su vaso de vino, observó la expresión de su interlocutor como queriendo leer la respuesta en su rostro. —No creáis todo lo que escuchéis, ya sabéis como es la gente —respondió evasivamente Michele, quien bien sabía de los amoríos entre su amigo Cristóbal y la gobernadora de La Gomera.

—Por eso es que os lo pregunto a vos que muy bien lo conocéis, ya que no he visto a nuestro Almirante desde que desembarcamos.

—Cristóbal es un hombre muy ocupado y ha de tener que hacer muchas diligencias antes de zarpar.

—Pero no me negareis que tu amigo es amante de doña Beatriz Enríquez de Arana, la agraciada joven huérfana que vive en Córdoba.

—Doña Beatriz Enríquez de Arana es una mujer que tiene ya veintiséis años y sabe lo que hace. Recuerda que mi amigo Cristóbal, hace mucho que enviudó de doña Felipa, es por eso que ahora mantiene una relación muy estable con doña Beatriz Enríquez, prueba de ello es su hijo Hernando, que ya tiene cinco años.

—¿Entonces, por qué no habrá contraído matrimonio con ella?

—Que sé yo, quizás por su hijo Diego, el primogénito que le dejó doña Felipa.

—Ya veo que sois muy leal a vuestro amigo y que no soltarás prenda; pero contadme, ¿cómo es que doña Beatriz de Bobadilla gobierna La Gomera?

—Desde que enviudó, ella gobierna la isla en nombre de su hijo Guillén.

—No sabía que fuera una mujer viuda.

—Ya hace como cinco años de eso.

—¿Peraza era su marido?

—En efecto, Hernán Peraza era su esposo.

—Contadme, cómo fue que enviudó.

—En verdad que es extraño que no lo sepáis, fue un gran escándalo que todo mundo conoce —aseguró Michele, mirando con desconfianza a Diego, quien no se inmutó, sino más bien guardó silencio mientras servía más vino. Entonces a Michele no le quedó más que empezar a contar la historia:

—Hernán Peraza se enamoró de Iballa, una bella indígena gomera, a la cual visitaba a escondidas, pero en uno de sus furtivos encuentros amorosos en la cueva del cortijo de Guahedum, fue sorprendido por Hupalupo, el padre de Iballa, quien indignado por lo que éste hacía con su hija, lo asesinó allí mismo. —Michele estaba más locuaz que de costumbre, pues la templanza con la bebida, no era una de sus virtudes, y se deleitaba con un vino aragonés de mucho cuerpo, aromático y de sabor muy peculiar.

Mientras tanto, en otra parte de la isla, lejana a la taberna donde Michele bebía y conversaba, cinco religiosos que viajarían en la expedición, entre ellos el benedictino catalán Fray Buil, aprovechaban para dar un paseo por el bosque de laurisilva, donde podían alejarse del bullicio y estar en contacto con la naturaleza, entre laureles, palos blancos, viñatigos y naranjeros salvajes; era todo un espectáculo ver los helechos, los hongos, los musgos y los líquenes sobre las ramas de los árboles. Fray Buil vestía un hábito negro y llevaba un escapulario que le colgaba sobre el pecho.

La palabra “Fray” se usaba como prefijo de la palabra fraile proveniente del latín frater que significa “Hermano”. Todos los cristianos se consideraban hermanos, pero posteriormente, este término se utilizó exclusivamente entre los miembros de las órdenes religiosas, diferenciándose un fraile de un monje, en que su vocación lo llevaba a salir fuera del monasterio, mientras que el monje, se dedicaba a la oración y a las labores internas dentro del mismo. San Benito, quien nació en Umbria, Italia, en el siglo V, fue el fundador de la congregación de los frailes benedictinos, a la cual pertenecía Fray Buil, siendo ésta una de las congregaciones más antiguas en el mundo.

Los cinco religiosos caminaban en silencio, cuando de pronto, se encontraron con una escena un tanto curiosa: un nativo guanche silbaba, mientras que otro lo escuchaba del lado opuesto del barranco y luego contestaba silbando. Fray Buil, al ver que sus compañeros religiosos se quedaban observando muy intrigados, les preguntó:

—¿No habéis escuchado antes el silbo gomero?

—No, en mi vida he visto semejante cosa —respondió el más gordo de ellos, mientras los otros religiosos movían la cabeza en señal de negación.

—Es un lenguaje silbado, practicado por algunos habitantes de la isla para comunicarse a través de barrancos —explicó Fray Buil.

—¿Es idioma guanche? —preguntó uno de ellos.

—El lenguaje silbado emplea seis sonidos, dos de ellos como vocales y otros cuatro como consonantes, con los que se pueden expresar más de cuatro mil palabras. Ellos están comunicándose en guanche, pero también hay silbo gomero en español —expuso Fray Buil, quien era buen conocedor de la cultura de La Gomera.

Ya era hora de partir, todo estaba listo, y la tripulación había abordado nuevamente las embarcaciones preparándose para zarpar rumbo al Nuevo Mundo, cuando apareció muy sonriente Cristóbal Colón.

—¡Almirante, he conseguido muchas hortalizas, plátanos y unos cerdos a excelente precio! —anunció Benito, quien tenía a su cargo comprar todo lo necesario para el viaje.

—El cocinero estará ansioso de incluirlos en el menú; el viaje será largo —respondió el Almirante.

—Sí, he comprado suficientes cerdos con la intención de que queden algunos machos y hembras para crianza allá en la isla La Española —aseguró Benito, muy complacido de haberse aperado bien para el viaje, y con un semblante muy alegre se dirigió a sus labores en el barco, cruzándose en el camino con Michele.

—Cristóbal, contadme sobre el fuerte que habéis construido en una de esas islas recién descubiertas —inquirió Michele de Cuneo a su amigo el Almirante.

—Ya lo veréis, se encuentra en La Española y hacia allá nos dirigimos. Te complacerá mucho haber venido. Esperad un momento que quiero mostrarte el curioso nombre que le habían dado los nativos taínos a la isla; lo anoté en alguna parte, ha de estar por aquí.

—Olvidadlo Cristóbal, mejor contadme sobre lo que habéis construido con la madera de la Santa María.

—¡Ah sí, aquí está! La palabra indígena es “Quisqueya” que significa “madre de todas las tierras”.

—He escuchado decir a los marineros que ha sido un descuido vuestro, el que la mayor de las tres naves encallara en unas rocas, quedando inservible.

—¿Inservible? Todo lo contrario, ha servido para construir la villa de la Navidad.

—Había escuchado que era un fuerte —aclaró Michele, un poco sorprendido.

—En realidad la madera alcanzó para construir una fortaleza y una torre. Como era 25 de diciembre, le hemos dado el nombre de la villa de la Navidad. Se encuentra en la costa noroccidental de la isla, cerca de un río.

—¿A quién habéis dejado a cargo?

—He dejado a Diego de Arana, alguacil de la expedición. Es un joven de 25 años, oriundo de Córdoba, hijo de Rodrigo de Arana. ¿Lo conocéis?

—Cristóbal, como no he de conocerlo, si es primo de Beatriz, vuestra mujer. ¿Acaso no es ella apellidada Enríquez de Arana?

El Almirante se ruborizó, al darse cuenta de lo bien enterado que estaba su viejo amigo, por lo que se apresuró a decir:

—También se han quedado en el fuerte, Pedro Gutiérrez y el segoviano Rodrigo de Escobedo, el escribano y además 36 hombres armados.

Después de surcar el océano, llegaron primero a la isla de Puerto Rico, el 19 de noviembre, y nueve días más tarde alcanzaron su destino, desembarcando en la costa noroccidental de la isla La Española, donde se había construido la villa de la Navidad, sorprendiéndose al ver que el fuerte estaba destruido.

El cacique Guacanagarí les explicó lo sucedido:

—Al principio, todos estábamos maravillados por los conocimientos de aquellos hombres, les llevábamos comida y celebrábamos con ellos; pero muy poco duró la fiesta, porque cometieron abusos muy grandes con nuestras mujeres. —¿Habéis ordenado vos la destrucción de la villa? —preguntó el Almirante.

—No, no fui yo. Anacaona, la hermana del cacique Bohechío, se indignó mucho al ver como los hombres violaban a las mujeres y demandó a su señor, el cacique Caonabo, que pusiera fin a esas vilezas.

—¿Dónde están los hombres que dejé? —cuestionó Colón, sabiendo de antemano la respuesta.

—Todos están muertos —declaró el cacique Guacanagarí, con mucha naturalidad.

Colón se retiró enfadado y decidió seguir navegando, hasta que el 8 de diciembre de 1493 llegó a una costa solitaria, de esplendidas playas de arena amarilla y aguas cristalinas. Allí desembarcaron mil quinientos hombres y muchos animales domésticos, los cuales viajaban en los diecisiete navíos que integraban la expedición. Entre los animales se encontraban ocho parejas de porcinos, que se reproducirían y serían llevados a todas las islas conocidas por los españoles en ese entonces, siendo desafortunadamente, sin que nadie lo supiera, portadores del virus de la influenza de cerdo.El día siguiente al desembarco fue muy memorable, porque se fundó la primera ciudad del Nuevo Mundo, a la que llamaron La Isabela. Se encontraba en la parte norte de la isla y que actualmente es un municipio de la provincia de Puerto Plata en República Dominicana.

—¡Ay, me duele todo el cuerpo! —decía Rodrigo, uno de los miembros de la tripulación que era de buen comer.

—Habéis bebido demasiado vino —sermoneaba Benito, sin comprender que su amigo tenía ya en su organismo el virus de una enfermedad muy infecciosa, aguda y extremadamente contagiosa.

—Me siento muy mal, creo que tengo fiebre —continuaba quejándose el desdichado Rodrigo.

—Llamaré al médico —anunció Benito. Afuera todo estaba muy oscuro puesto que no había luna esa noche, era luna nueva.

El virus afectó de inmediato a todos los que venían en el segundo viaje de Colón, acabando con una tercera parte de ellos y contagiando a los nativos de la isla, muriendo una gran cantidad de ellos. Los españoles en poco tiempo acabarían con los lucayos que lograron sobrevivir a la influenza de cerdo, llevándoselos para que trabajaran como esclavos en las minas de oro y de plata; en las plantaciones y para que bucearan en busca de perlas, donde murieron debido al mal trato, la poca comida y las largas jornadas de trabajo.

Cristóbal Colón sobrevivió a la influenza, siguió navegando y descubrió la isla de Guadalupe al sudeste de Puerto Rico, terminando su segundo viaje al Nuevo Mundo el 11 de junio de 1496.

Para los nativos, lo peor aún no había pasado, ya que junto con los nuevos visitantes, en otros viajes, vendrían nuevas enfermedades tales como: la viruela, disentería, tifus, sarampión y la fiebre amarilla. Algunos años más tarde el virus de la viruela causaría más muertes en Tenochtitlán que las espadas de acero toledano, avanzando como jinete de muerte hasta llegar a Quauhtemallán y a Q’umarkaj facilitando así el paso de los invasores españoles.

Esta enfermedad pasó de un poblado a otro con rapidez debido a las relaciones comerciales entre los aztecas y los descendientes de los mayas. En ese tiempo, se comerciaba con el jade, la “Piedra del Cielo”, que era considerada una joya de propiedades físicas y curativas, por lo que era muy demandada por los aztecas. Los mercaderes mexicas Pochtecas llegaron a Soconusco en la misma época que los guerreros k’ichés extendían el control de Q’umarkaj sobre Ayutla, Tapachula y Mazatlán. También había aventurados comerciantes k’ichés y kaqchikeles que compraban plumas de quetzal a los moradores de las montañas, para luego revenderlas en Tenochtitlán.

Durante su existencia, el Almirante Cristóbal Colón realizó un total de cuatro viajes a América. En el tercer viaje partió de Sanlúcar de Barrameda, el 30 de mayo de 1498 y llegó a la isla Trinidad, navegando por las islas Margarita, Tobago y Granada. El 19 de agosto llegó a La Española, donde fue apresado junto con sus hermanos, por Francisco de Bobadilla, debido a la acusación de llevar un mal gobierno. Al llegar a España el 25 de noviembre de 1500, Colón y sus hermanos fueron dejados en libertad, pero ya los Reyes Católicos habían nombrado a Francisco de Bobadilla como gobernador de La Española, cargo que ejerció hasta su muerte en 1502, cuando una fuerte tempestad hundió su barco.

El 13 de febrero de 1502, zarparon de España 30 embarcaciones dirigidas por Frey Nicolás de Ovando y Cáceres, quien gobernaría La Española, desde 1502 hasta 1509, sucediendo en el cargo a Francisco de Bobadilla. Viajaban 2,500 personas con la intención de colonizar el Nuevo Mundo, entre las que se destacarían fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas y Francisco Pizarro, quien años más tarde conquistaría Perú.

En el cuarto y último viaje el Almirante Cristóbal Colón partió de Cádiz, el 11 de mayo de 1502. Exploró las costas de los que hoy en día son los países de Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia. En 1503 descubrió las islas Caimán, a las que llamó “Las Tortugas”, terminando el viaje el 7 de noviembre de 1504.



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El hijo del Almirante



—No, no es posible traspasar todos los derechos de tu padre —decía el rey Fernando de Aragón a Diego Colón, tras la muerte de su padre, el Almirante Cristóbal Colón, en el mes de mayo de 1506. De nada le valió a Diego haber servido como paje a los reyes católicos.

No fue sino hasta dos años más tarde que Diego fue nombrado gobernador de La Española, después de mucha insistencia, perseverancia y con la ayuda del duque de Alba, tío de su esposa, María de Toledo. Aunque Diego Colón tenía mayores pretensiones, aceptó el cargo de gobernador y zarpó del puerto de Cádiz en julio de 1509 y llegó a reemplazar en el cargo a Nicolás de Ovando cambiando la cúpula militar y administrativa de La Española. Al año siguiente ordenó la construcción del alcázar, que una vez construido se convertiría en su residencia fortificada, de arquitectura gótica construida en piedra de sillería y ladrillo; allí nacerían sus hijos Juana, Isabel, Luis, Cristóbal y Diego. Actualmente en Santo Domingo aún puede verse esta construcción conocida como El Alcázar de Colón.

En 1511, una sentencia del Consejo Real lo reconoció como virrey de todas las tierras descubiertas por su padre. Instauró un gobierno feudal en la isla, lo que causó descontento en España y fue removido de su cargo. En 1515 viajó a Castilla para resolver su situación, logrando el 17 de mayo de 1520 que lo restituyeran como gobernante de La Española y Virrey de las tierras descubiertas por su padre. Llegó de nuevo a La Española el 14 de noviembre de ese mismo año encontrando la isla en una crisis económica. Su segundo período de gobierno duró hasta 1523, año en que lo destituyó definitivamente Carlos V debido al descontento entre la población.



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Hernán, un joven enamorado



Hernán Cortés nació en 1485 en Medellín, Extremadura; era hijo de Martín Cortés y de Catalina Pizarro; desde niño mostró fascinación por las epopeyas y relatos épicos llenos de acciones heroicas. Un día en que soñada despierto viéndose a sí mismo como un héroe montado en un caballo blanco cartujano y despertando la admiración de agraciadas doncellas, la voz de su padre de súbito lo hizo volver a la realidad.

—Hijo mío, os quiero dar la oportunidad de estudiar en Salamanca.

—¡En Salamanca!

—Si, cuesta una fortuna, pero ya veis que yo después de trabajar arduamente como militar, he logrado ser propietario de una hacienda.

—¡Pero yo quiero ser militar como vos!

—Ya lo he decidido porque quiero para vos lo mejor. Salamanca es uno de los centros humanistas más importantes del reino y allí podréis estudiar Derecho.

—Martín, nuestro pequeño apenas tiene catorce años, no creo que sea prudente que… —protestó con suavidad Catalina, pero Martín no dejó que terminara de hablar.

—Mi hermana Inés vive en Salamanca; ya hice los arreglos con su marido Francisco Núñez de Valera para que reciban a Juan Hernán —dijo el padre del joven.

—¡Es nuestro único hijo! —protestó la madre.

—Pues por eso es que quiero lo mejor para su futuro y no estoy escatimando en la inversión.

A Juan Hernán no le quedó más que seguir las órdenes de su padre y se mudó a vivir con su tía Inés con la que vivió durante dos años.

—Juanito te la pasas leyendo libros de caballerías. ¿Es que no deberías estar estudiando? —preguntaba tía Inés preocupada por su joven sobrino.

—Este es un libro diferente tía, se trata de Julio César —respondió muy alegre Juan Hernán.

En la universidad, lo que más le llamaba la atención a Hernán, era escuchar las acaloradas discusiones entre el claustro de catedráticos sobre un tal Cristóbal Colón y sobre las riquezas encontradas en las nuevas tierras. En una ocasión, escuchando furtivamente lo que conversaba el claustro, alcanzó a escuchar algo que no llegó a comprender del todo.

—Los indígenas deben ser reconocidos con plenitud de derechos —decía un catedrático.

—¡Pamplinas! Ellos se beneficiarán con nuestros conocimientos, artes y ciencias, lo cual debe bastar —contestaba otro.

Un día llegó a casa de sus tíos muy decidido, motivado por todas las maravillas que escuchaba e inspirado en lo que leía y les dijo:

—¡Me regreso a Medellín!

—¡Juanito, no has completado tus estudios! —replico su tía Inés, sin que sus palabras causaran ningún efecto en el adolescente de dieciséis años, quien ya había decidido que su vida debería ser una epopeya en la que él sería el héroe rodeado de abundante oro y doncellas. Dicho y hecho, regresó a su hogar en Medellín.

—¡Cómo es posible! —decía su madre colérica.

—He decidido qué debo hacer con mi vida, pues la gloria me espera —dijo Juan Hernán entusiasmado.

—Imagino que al igual que muchos jóvenes, querrás seguir al gran capitán Gonzalo de Córdoba —dijo Martín viendo como a su hijo le brillaban los ojos llenos de vida.

—He pensado más bien en unirme al capitán Nicolás de Ovando, gobernador de la isla La Española.

—Veo que tenéis muy claro lo que queréis.

—Me he enterado de que está en Sevilla, así que he venido a despedirme.

—Si vuestra vocación es la milicia, por qué no mejor os vais a Italia —dijo su madre, doña Catalina, con la esperanza de tener más cerca a su hijo. Hablar de La Española le parecía como hablar del último confín del mundo. Pero Hernán partió decidido a Sevilla, llevando consigo su libro favorito, “Espejo de Cortesanos y Príncipes“, justo cuando Nicolás de Ovando organizaba una expedición para explorar nuevas tierras. Tuvo la suerte de ser aceptado como miembro de la tripulación quedándole el tiempo justo para una aventura amorosa antes de partir.

—¡Qué galante sois! —dijo una joven sevillana, ya dotada de todos los atributos de una mujer.

—¿Entonces os atrevéis? —preguntó Hernán, sin nada que perder.

—¿Que si me atrevo decís? Os dejaré mi ventana abierta, la reconoceréis porque es la que está cerca del árbol. Al caer la tarde, os podréis escurrir con facilidad, por la parte de atrás, saltando la tapia —respondió la sevillana cautivada por el joven mozo.

—Allí os veré —dijo Hernán, ya impaciente porque llegara la hora.

—Estaré lista para vos —dijo la joven sevillana, con una pícara sonrisa, a la vez que se retiraba orgullosa de haber despertado el deseo en tan apuesto extremeño.

En cuanto vio que el sol comenzaba a ocultarse, el enamorado joven se apresuró a su cita con la sevillana. Debía trepar por una vieja pared, hecha de bloques de tierra amasada y apisonada; muy ágilmente se subió, pero estando ya presto a saltar hacia el patio de la casa a donde furtivamente se dirigía, la tapia se derrumbó, cayendo estrepitosamente y fracturándose varias costillas.

—¡Oh, santo cielo! ¿Qué ha pasado aquí?

—¡Pobre mozo, está muy malherido!

—Hay que ayudarlo —de la nada, salieron varias personas que se apresuraron a prestarle auxilio, sin entender que había sucedido. Muy pronto Hernán estuvo donde un algebrista, un cirujano dedicado especialmente a la curación de dislocaciones de huesos. El accidente fue tan severo, que en esta ocasión, Hernán no pudo hacer realidad su sueño, de viajar con Nicolás de Ovando, en la expedición rumbo al Nuevo Mundo.

Tres años más tarde, Hernán se encontraba viviendo en Valladolid, donde había aprendido el oficio de escribano, y continuaba siendo enamorado, caballeroso y conquistador de los favores de las damas. Contaba con diecinueve años, cuando por fin le llegó la oportunidad de saciar su espíritu aventurero, embarcándose en la nave Santa María de la Concepción, la cual transportaba cañones, arcabuces y caballos rumbo a La Española. El capitán del barco hizo escala en La Gomera para abastecerse de provisiones para el viaje y para reparar un mástil averiado; ya para entonces Cortés había entablado amistad con Pedro Sánchez Farfán, el único pasajero que lo acompañaba en el barco de carga. Ambos tuvieron curiosidad al observar a un nuevo pasajero que se embarcaba antes de zarpar de La Gomera. Se trataba de una joven gitana que viajaba como prisionera en otro navío, pero que había sido aceptada como cocinera en la nave Santa María de la Concepción. Era una mujer alta, esbelta, de cabello castaño, dos años mayor que Cortés.

El viaje duró lo suficiente para que Cortés se enterara de las desdichas de la joven gitana. Rebeca, su madre, fue asaltada y violada por unos malhechores, naciendo ella como consecuencia de ese abuso. Vivió con su abuelo hasta los diez años, un médico judío llamado Judah Pérez, pensando que era una huérfana adoptada. El decreto de los reyes católicos que obligaba a los judíos a abandonar España, cambió su vida por completo, pues su abuelo decidió quedarse y fue arrestado, por órdenes del Inquisidor Tomás de Torquemada. La niña quedó en manos de un clan de gitanos que la educaron como si hubiese sido uno de ellos, y desde entonces los gitanos le cambiaron el nombre judío, Miriam Pérez, por el de María de Estrada. María fue acusada injustamente de haber robado un anillo de diamantes, fue apresada y posteriormente violada por el oficial Guillermo Marín. María, en un intento desesperado por defenderse, mató al oficial clavándole una daga. Eso le costó que la torturaran y que la enviaran al calabozo del Alcázar. Su sentencia de morir ahorcada fue conmutada por la de viajar a La Española, dónde se necesitaban mujeres para poblar esas tierras.

A su llegada a La Española, Cortés consiguió tener muy buenas relaciones con el gobernador Nicolás Ovando, obteniendo trabajo de escribano y más tarde una encomienda en la Villa de Azua, mientras que María de Estrada obtenía un trabajo en el hospital de la isla.Cortés acompañó a Diego Velásquez como secretario personal en la conquista de Cuba. Como recompensa por los buenos servicios, el Virrey Diego Colón, nombró a Diego Velásquez gobernador de la isla de Cuba y otorgó encomiendas a los más destacados colaboradores, entre ellos: Hernán Cortés, Pedro de Alvarado y Juan Juárez.

—Madre, os tengo muy buenas noticias —dijo Juan Juárez a doña María Marcaida.

—Hijo mío, para mí no pueden haber mejores noticias que veros de regreso y gozando de buena salud. Estuve muy preocupada rezando a Dios por vos. Espero que ya no os marchéis de nuevo a arriesgar vuestra vida —respondió la madre abrazando a su hijo.

—¡Madre, el Virrey me ha otorgado una encomienda en Cuba! —exclamó Juan con alegría.

—¿Y qué es eso que os han dado? —preguntó María Marcaida, porque no sabía en qué consistía una encomienda.

—Me han asignado un grupo de indígenas, a los que debo proporcionar instrucción cristiana, recibiendo a cambio el tributo de los mismos por el fruto de su trabajo —explicó Juan, a su madre.

—Con tal de que no tengáis que estar batallando con esos indígenas, hijo mío.

No madre, no se trata de eso —aclaró alegremente Juan, y tras una pausa continuó diciendo—, ya veréis madre como haremos fortuna. Debéis preparaos y avisarle a mis hermanas, porque muy pronto nos mudaremos a Cuba. María Marcaida y sus hijas recibieron con entusiasmo la idea de dejar La Española, para mudarse a la isla de Cuba, en busca de una mejoría económica y de caballeros adinerados para casar a sus hijas.

Hernán Cortés, a quién no se le pasaba por alto ninguna joven atractiva, muy pronto se dio a la tarea de cortejar a la delicada rubia Catalina, una de las hermanas de Juan, recién llegada a la isla. No fue tarea fácil seducirla, por lo que recurrió a uno de los embustes que le había dado muy buenos resultados con otras mujeres, la falsa promesa de matrimonio. Catalina al ver que Hernán no cumplía con lo prometido, después de que ella había caído en sus brazos, se quejó con su hermana Leonor, quién había conseguido amoríos nada menos que con el gobernador de la isla, Diego Velásquez, a pesar de que éste tenía ya a María de Cuellar como su prometida.

—¡Llevadlo al calabozo para que recapacite! —ordenó el gobernador encarcelando a Cortés.

—¿Qué queréis de mi? —preguntó Cortés a sabiendas del motivo.

—Un caballero debe cumplir sus promesas, y vos estáis en deuda con Catalina.

—Ah, eso —masculló Cortés de mala gana, sin darle importancia. Pero al transcurrir el tiempo se dio cuenta de que Diego no estaba bromeando, a pesar de los buenos servicios que le había prestado como escribano. Entonces, no le quedó más remedio que aceptar casarse con Catalina, no sin antes negociar.

—Decidme Diego, ¿qué he de obtener a cambio si accedo a contraer matrimonio? —preguntó Cortés, cuando recibió en la cárcel una visita del gobernador.

—¡No os das cuenta de que estáis en prisión!

—Os diré lo que yo esperaría a cambio… —expuso Cortés, como si estuviera en posición de negociar, y después de una larga discusión con Diego, obtuvo muchas prerrogativas.

—Recibirás la alcaldía, bateas para sacar oro, esclavos y ropa de vestir. Ni una palabra más —afirmó el gobernador, quién ya se había impacientado.

Así fue como Hernán Cortés se casó con Catalina Juárez, estableciéndose en Cuba. Aún conservaba su libro favorito, “Espejo de Cortesanos y Príncipes“, y soñaba despierto, viéndose a sí mismo como un héroe montado en un caballo blanco cartujano, propietario de grandes cantidades de oro y despertando la admiración de agraciadas doncellas. Pero ahora, era la voz de Catalina, la que lo hacía volver a la realidad:

—¡Hernán, no me estáis poniendo atención!

Juan Hernán Cortés de Monroy y Pizarro se casó en dos oportunidades, la primera vez fue en 1511 con Catalina Juárez Marcaida, con quien no tuvo hijos. Luego de enviudar, su segundo matrimonio fue con Juana Ramírez Arellano Zúñiga en 1529, con quien procreó seis hijos: Luis, Catalina, Martín, María, Catalina (de nuevo le llamaba Catalina a esta hija) y por último Juana. Siendo tan enamorado, también tuvo descendencia fuera de matrimonio, de hecho su primogénita nació de amores con su prima, Leonor Pizarro, en 1514, mientras se encontraba casado con su primera esposa. A la niña no le dio su apellido, por lo que ella llevó únicamente el apellido de su madre, llamándose Catalina Pizarro. El segundo hijo lo dio a luz Marina, su traductora, consejera y amante, siendo bautizado con el nombre de Martín Cortés, al igual que su abuelo paterno; este niño nació en Coyoacán, después de la conquista de Tenochtitlán en 1522, poco antes de que Catalina Juárez, su legítima esposa, viajara desde Cuba a reunirse con él.

La española, Antonia Hermosillo, dio a luz a Luis Cortés en 1525, sin que consiguiera casarse con Cortés. La hija del emperador Moctezuma Xocoyotzin (quien gobernó al imperio Azteca entre los años de 1502 y 1520), bautizada como Isabel, estando casada con Alonso de Grado, dio a luz a Leonor Cortés Moctezuma en 1527. Han de haber sido muchísimas más las españolas y las indígenas que fueron seducidas por Hernán Cortés, quien toda su vida procuró los favores de las más bellas doncellas.



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El gavilán de Extremadura



El gavilán de Extremadura nació en 1485 en la ciudad de Badajoz como mellizo de Sara y fue bautizado con el nombre de Pedro, siendo uno de los ocho hijos de la pareja formada por Gómez de Alvarado y Leonor de Contreras, mujer de noble familia extremeña. Su abuelo por parte paterna, Juan de Alvarado, había sido Comendador de la Orden de Santiago, inspirándolo a pertenecer a dicha orden religiosa y militar surgida desde el siglo XII en el Reino de León. La Orden de Santiago debía su nombre al patrón nacional de España, en un inicio se dedicó principalmente a proteger a los peregrinos del Camino de Santiago y a combatir a los musulmanes en la Península Ibérica.

Cuando la tripulación del Almirante Cristóbal Colón se avituallaba en La Gomera, el gavilán de Extremadura era apenas un niño de ocho años, rubio y con vivarachos ojos azules. ¡Qué iba a saber en ese momento que aquello que sucedía allá en Las Islas Canarias impactaría su vida!

Pedro gustaba de refrescarse en las aguas del río Guadiana, en Badajoz, en compañía de sus hermanos, pues los veranos eran muy calurosos y secos. Con tanta frecuencia visitaba el río, que llegó a ser un buen nadador, lo que en cierta ocasión le sirvió para rescatar a una cachorrita que estuvo a punto de ahogarse y con la que logró quedarse como mascota después de pasar muchas peripecias para obtener el consentimiento de su padre. Siempre fue muy amigo de los perros y especialmente le llegó a tomar mucho cariño a su perrita de raza alana.

Jugaba despreocupado con su espada de madera, respirando el aire puro entre las encinas, los alcornoques, los quejigos, los castaños y los robles.

El gavilán de Extremadura sintió que los años de su niñez pasaron volando; era ya un joven adolescente cuando el 24 de febrero de 1500 nació Carlos de Austria, hijo de Juana I de Castilla, conocida como Juana la Loca y de Felipe el Hermoso. Carlos, por la vía paterna, era nieto de Maximiliano I de Austria y María de Borgoña, quienes le heredaron los Países Bajos, los territorios austríacos y el derecho a convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; por vía materna, era nieto de los Reyes Católicos, quienes le heredaron el Reino de Castilla, Nápoles, Sicilia, las Indias, Aragón y las Islas Canarias. Carlos llegaría a ser conocido como Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y como Carlos I Rey de España, uniendo las coronas de Castilla y Aragón.

Diego Colón gobernaba La Española cuando Pedro de Alvarado contando ya con veinticinco años de edad, desembarcó en la isla junto con su tío Diego Alvarado, caballero de la orden de Santiago y con sus hermanos Gonzalo, Jorge, Gómez y Hernando. Pedro era fornido y de respetable estatura; llevaba consigo a su perro alano descendiente de la mascota que tuvo en su niñez.Sus compañeros lo llamaban de burla “El Comendador”, porque usaba una vieja prenda de vestir de su tío, quien era caballero de la Orden de Santiago. Aunque le había quitado la cruz de Santiago, le había quedado la marca. Que sabían los que de él se burlaban que efectivamente llegaría a ser Comendador de la Orden de Santiago.

En 1510 se estableció en La Española, un grupo de misioneros dominicos liderados por Fray Pedro de Córdoba, los cuales se estremecieron al ver las condiciones en las que vivían los nativos de la isla y la degradación e ignominia a la que eran sometidos por parte de los encomenderos. Un encomendero era una persona a quien se le confería autoridad sobre un grupo de indígenas a su cargo, a los cuales se les llamaba los encomendados. Al poco tiempo de haber llegado a La Española, se le presentó a Pedro de Alvarado la oportunidad de participar en la conquista de Cuba, desempeñando un papel importante, lo que le valió una recompensa por parte del gobernador de La Española, Diego Colón, quien le concedió una encomienda en Cuba. En pocos años, Pedro reunió suficiente dinero para comprar un pequeño barco, el cuál le sería de mucha utilidad, llegado su momento.Diego Velásquez aportó cuatro embarcaciones y organizó una expedición para explorar nuevos territorios, nombrando como capitán a cargo de la misma a Juan de Grijalva. A la aventura se unieron Pedro de Alvarado, Francisco de Montejo y Alonso de Ávila, cada uno de ellos como capitán de un barco, aportando su propio bastimento de tocino y pan de cazabe (torta que se hacía con harina sacada de la raíz de la mandioca). En total iban 240 españoles, entre ellos el clérigo Juan Díaz de Sevilla, el alférez y cronista Bernal Díaz del Castillo, el veedor Peñalosa de Segovia, el experto piloto Antón de Alaminos originario de Palos y el marino Camacho. También iban como intérpretes en el viaje, Julián y Melchor, dos indígenas que habían sido capturados en Punta de Cotoche, en la expedición que fue capitaneada por el desafortunado Francisco Hernández de Córdoba.

Desde Santiago de Cuba, navegaron hasta el puerto de Matanzas, en la parte norte de la isla, para aprovisionarse del tocino y cazabe. De allí zarparon el 8 de abril de 1518. Por la noche se comunicaban de un barco a otro utilizando faroles. Recorrieron la costa del litoral de Yucatán, llegando a la isla de Cozumel el día 3 de mayo. Los nativos habían huido al monte a esconderse y sólo encontraron a una joven indígena originaria de Jamaica, quien les contó la anécdota de cómo había llegado hasta Cozumel. —Fue hace como dos años, mi marido y yo estábamos pescando en una gran canoa, en las costas de Jamaica. Íbamos diez en la canoa y sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo, la corriente nos arrastró hasta las playas de esta isla. Los nativos de aquí mataron a mi marido y a los demás hombres y sólo a mi me dejaron con vida porque le gusté al cacique del pueblo.

—¿Dónde están todos? —interrogó Juan de Grijalva a la jamaiquina.

—Están escondidos, porque tienen miedo —respondió la joven.

—¿Podéis ir a llamarlos para que vengan? —preguntó Pedro de Alvarado, quien había estado escuchando atentamente.

—No vendrán, es perder el tiempo —afirmó la jamaiquina, y tras una breve pausa se atrevió a proponer:

—¿Me puedo ir con ustedes? —Sí, podéis venir con nosotros —anunció Juan de Grijalva, a quien le pareció que la india de Jamaica era muy atractiva.

Los españoles nombraron como Santa Cruz al pueblo que habían encontrado abandonado y allí se abastecieron de miel y de patatas, para luego embarcarse y llegar a las costas de la península de Yucatán, a la cual confundieron con una isla.

—Anclaremos aquí, las aguas son poco profundas y no nos permiten acercar más los barcos —reveló el experto marinero, quien ya había estado anteriormente por esas aguas.

—Usaremos los botes para desembarcar —anunció Juan de Grijalva. Los botes eran pequeñas embarcaciones sin cubierta, cruzadas de tablones que servían de asiento a quienes remaban. Se usaban para transportar a la gente y las provisiones a los buques grandes, y como en este caso, para desembarcar en aguas poco profundas.

—En este territorio fue donde nos mataron a 56 soldados —contó Bernal Díaz del Castillo poniendo cara de angustia al ver que Juan de Grijalva hablaba en serio del desembarque. En ese mismo lugar, Chakán Putum, habían sido aniquilados muchos de los hombres de Hernández de Córdoba un año antes.

—No os preocupéis, que llevaremos en los botes los falconetes, las ballestas y los arcabuces —respondió Juan de Grijalva, apresurándose a subir a uno de los botes.

Los descendientes de los mayas comandados por el Halach Uinik, Moch Couoh, estaban preparados esperándolos con arcos y flechas, hondas y piedras, lanzas, macanas y espadas de madera con filo de obsidiana. Hubo mucho derramamiento de sangre. El Halach Uinik murió en combate y sesenta expedicionarios resultaron heridos, entre ellos Juan de Grijalva, a quien le quebraron dos dientes y le acertaron tres flechazos.

—Capitán, murieron siete soldados españoles —informó Bernal Díaz del Castillo al maltrecho Juan de Grijalva, mirándolo con ojos de reproche.

—Dejad en paz al capitán, que ya bastante dolor tiene en el cuerpo —dijo Pedro de Alvarado en tono de advertencia, dirigiéndose a Bernal.

—Ha muerto Juan de Quiteria —fue la única respuesta del cronista y nadie se atrevió a responder, pues se refería a uno de los principales personajes de la expedición.

Más adelante en Punta de los Palmares tuvieron mejor suerte, recibiendo la visita de los emisarios del emperador Moctezuma quienes les llevaron joyas de oro como regalo.En junio de 1518, después del cruento combate, Alvarado se adelantó al resto de exploradores, navegando por el río Papaloapán (nombre náhuatl que significa río mariposa), el cual corre a lo largo de novecientos kilómetros, desde que se forma, por la unión de los ríos Tehuacán y Quiotepec, hasta desembocar en el Golfo de México.

—¿Por qué os habéis separado de la expedición? —increpó Juan de Grijalva a Pedro de Alvarado, cuando se reunieron de nuevo.

—No me gusta vuestro tono de voz —replicó Pedro.

—Os he conferido el que comandarais una nave, pero habéis olvidado quien es el que está al mando de la expedición.

—¿Necesitáis recordármelo?

—Es mejor que regreséis a Cuba.

—Me parece muy buena vuestra idea, me dará mucho gusto informarle a Diego acerca de las tierras que hemos descubierto.

—Llevadle a Diego los regalos que nos ha enviado Moctezuma —propuso Grijalva, que si bien estaba molesto con Alvarado, confiaba plenamente en su honradez.

El regalo de Moctezuma despertó gran ambición en Diego Velásquez, esto lo motivó a organizar una nueva expedición que comandaría Cortés, pues desconfiaba de la obediencia del Capitán Alvarado, sin saber las implicaciones que tendría el conferirle tanto poder a Hernán Cortés.

El 18 de noviembre de 1518, mientras Pedro de Alvarado en compañía de sus hermanos se encontraba en la villa Trinidad, Hernán Cortés zarpaba de Santiago de Cuba, con once embarcaciones, en busca de españoles que quisieran unirse en la expedición que le había confiado Diego Velásquez. Hernán Cortés se tomó cerca de tres meses para reclutar soldados, provisiones y todo lo necesario para su travesía. Cuando Cortés llegó a la villa Trinidad, logró que se le uniera Pedro de Alvarado, quien aportó su propia embarcación, San Sebastián, contando con sesenta hombres, entre los cuales se encontraban sus hermanos y el cronista Bernal Díaz del Castillo.



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El imperio Azteca



Los mexicas constituyeron un pueblo nahua que se asentó en una isla del lago Texcoco, donde se fundó la ciudad de Tenochtitlán, y junto con sus aliados formaron la Triple Alianza de Texcoco, Tlacopan y Tenochtitlán, estableciendo su dominio sobre numerosos pueblos de Mesoamérica.

Los mexicas fueron más conocidos como aztecas porque según el Códice Boturini, venían de la mítica ciudad de Aztlán y como estos eran los líderes de la confederación, a ésta se le conoció como “El imperio Azteca”.

Moctezuma Ilhuicamina fue uno de los emperadores del imperio azteca, sucediéndole en el poder sus hijos Axayácatl, Tízoc y Ahuitzotl; de 1502 a 1520 gobernó el emperador Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Axayácatl y posterior a su muerte los últimos dos emperadores fueron Cuitláhuac y Cuauhtémoc.

En el mismo año en que nació Carlos V, pero en otro continente, los mexicas bajo el gobierno de Ahuitzol conquistaban a los pueblos de Soconusco, incorporando la provincia a su imperio. También Ayutla y Mazatlán le fueron quitados a los k’ichés, quedando estos últimos sujetos al tributo de los mexicas, teniendo que pagarlo con cacao, plumas y pieles de jaguar. Un año más tarde, los Pochtecas visitaron Q’umarkaj e Iximché, pero el gobernante k’iché, Wuqub’ Noj, se sintió con suficiente poderío militar para ordenarles salir de su territorio y de la jurisdicción del reino en veinte días so pena de muerte. Dos años más tarde, en 1502, el gran sacerdote Moctezuma hijo del antiguo emperador Axayácatl, sucedió a su tío Ahuitzotl en el gobierno de un vasto imperio que había logrado dominar a muchas poblaciones, pero no a la República de Tlaxcala que mantenía el poderío de la unión de cuatro cacicazgos, entre los que se distinguía Tizatlán.

El día Jun Toj del calendario maya, correspondiente al cuatro de julio de 1510, los Yakis de Coluacán se presentaron como mensajeros del emperador Moctezuma, visitando a los reyes Kaqchikeles Hunyg y Lahuh Noj, los cuales conocedores del poderío militar que había llegado a alcanzar el imperio mexica, aceptaron tributar a cambio de una paz duradera. En Q’umarkaj, los emisarios mexicas también demandaron tributo y los k’ichés aceptaron pagarlo por temor al poderío de Moctezuma. A partir de ese año, comenzaron a tributar plumas de quetzal, oro, piedras preciosas, cacao y telas. En esa época Izel (La Única), hija de Oxib Kej, apenas tenía dos años y jugaba con las demás niñas k’ichés en la plaza, mientras su madre Yolihuani (Fuente de Vida) se esmeraba por darle la mejor educación que una Ixoq Ajaw (dama de la nobleza k’iché) tenía a su alcance.

Cuando Moctezuma se enteró de la llegada de los hombres blancos y barbados exclamó profundamente preocupado: —¡Se está cumpliendo la profecía del regreso de Quetzalcóatl!



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La hija del viejo Xicoténcatl



—¿Cómo es posible que estés embarazada del viejo Xicoténcatl? —preguntó Cihuacoatl a la noble Malinalli, haciendo honor a su nombre que significaba “Mujer serpiente”.

—Pues aquí me ves muy pronta a dar a luz —respondió muy serena la mujer del cacique de Tizatlán, líder de la República de Tlaxcala.

—¿No será otro el padre de la criatura que va a nacer? —insistió con palabras venenosas Cihuacoatl.

—¿Puedes llamar a Tacapantzin, la partera por favor? —solicitó Malinalli, como si no hubiese escuchado las últimas palabras de Cihuacoatl.

—Sí, por supuesto, para eso estamos las amigas. ¿Cómo te arriesgas a que te atienda una partera tan joven e inexperta como Tacapantzin? —parloteó de nuevo la mujer serpiente, con su lengua bífida, quien al no escuchar una respuesta se fue a buscar a la partera, no sin antes soltar otra imprecación.

—Pobre Tacapantzin, tan gorda, tan fea e inexperta; con ella quien sabe si vivirá la criatura.

—¿Cómo se siente señora? —preguntó Tacapantzin, quien afortunadamente venía sola.

—Tráeme agua de Zoapatle que ya se acerca la hora —pidió sabiamente Malinalli a la inexperta partera, pues estaba en lo cierto, estaba a punto de dar a luz y así fue como el treinta de enero de 1504 nació una encantadora y saludable niña a la que inscribirían en el tocayamatl con el nombre de Tecuelhuatzín. El tocayamatl era donde todos los habitantes de cada poblado estaban registrados. El tonalpoqui, quien era el experto en nombres y el que mejor conocía el calendario, le dijo a Malinalli:

—Tu hija nace con un resplandor especial… ella se casará con un gran guerrero, al que llegará a amar con vehemencia…más ella… con cara sombría dejo de hablar el tonalpoqui.

—¡Prosigue! dijo preocupada Malinalli.

—No querrás escuchar… eres su madre...

—¡Por favor, dime!

—Solo te diré que debes estar tranquila pues el comienzo de su vida será dulce como el néctar que bebe el colibrí y eso será lo que tú veas…

—¿Qué es lo que no me quieres decir? ¿Ves algo malo?—Tú no sufrirás porque ya no lo verás, lo dulce se volverá amargo como el polvo del cacao que se muele por primera vez —tras decir esto, se alejó con su cuerpo viejo y enjuto, caminando lentamente, como llevando un gran pesar en la espalda. Muy pronto se le olvidaría a Malinalli lo que había escuchado, regocijándose con las risitas de la delicada florecita que crecía nutrida por el amor de su madre y de todos los que la rodeaban.



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El cacique Hatuey



Nicolás de Ovando aún siendo gobernador de La Española, había ordenado a Sebastián Ocampo reconocer las costas de Cuba. Durante ocho meses, dos barcos navegaron por los canales de las islas Bahamas, comenzando en la costa del norte de la isla y regresando por la costa del sur.

Al morir su padre, Diego Colón sustituyó a Ovando como gobernador de La Española y ordenó a Diego Velásquez la conquista de Cuba; por lo que en 1510, Diego partió de la villa de Salvatierra de la Sabana acompañado de trescientos hombres, entre los que iban Pedro de Alvarado, el escribano Hernán Cortés contratado como su secretario, Pánfilo de Narváez, Juan de Grijalva, Francisco Morales, Francisco Montejo, Rodrigo Tamayo, Vasco Porcallo de Figueroa y Fray Bartolomé de Las Casas. La tripulación desembarcó en la parte oriental de la isla en el puerto de la Palma, conocido actualmente como bahía de Guantánamo.

Hatuey había sido cacique de Guahabá en La Española, donde perdió a casi todos sus hombres en combate contra los españoles, por lo que tuvo que escapar y refugiarse en la isla de Cuba; lamentablemente la paz le duró poco tiempo porque cuando se enteró de que los invasores habían llegado, trató de prevenir a todos de la amenaza.

—¡Este es el Dios que los Españoles adoran! —gritó con vehemencia, mientas sostenía una canasta con oro y joyas.

—Combatirán y matarán a muchos por obtenerlo —continuó diciendo Hatuey.

—¿Qué debemos hacer entonces? —preguntaron preocupados los indígenas de Cuba.

—Debemos lanzar esto al mar —respondió el cacique de inmediato, tirando al suelo la canasta con desprecio y continuó con su discurso.

—Estos tiranos nos dicen que adoran a un Dios de paz e igualdad, más sin embargo usurpan nuestras tierras y nos hacen esclavos —exclamaba Hatuey mientras todos lo escuchaban muy atentos.

—Ellos hablan del alma inmortal y de recompensas, así como de castigos eternos si se hace mal y aún así roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres y violan a nuestras hijas —los gritos y la agitación entre la multitud obligaron al cacique a hacer una pausa esperando a que todos hicieran silencio.

El cacique Hatuey utilizó una estrategia de guerra de guerrillas, organizando a su gente en pequeños grupos que atacaban y luego se replegaban sin darles oportunidad a los españoles de tener una batalla como a la que estaban acostumbrados. Diego de Velásquez se las ingenió también para dividir a sus hombres de tal manera que mientras unos se empeñaban en la construcción de un pueblo, otros se daban a la tarea de perseguir a los nativos de la isla utilizando perros de guerra.

Después de transcurridos tres meses, los indígenas abandonaron la resistencia y los españoles lograron capturar al cacique Hatuey.

—Estás condenado a morir en la hoguera —le dijo un soldado a Hatuey.

—Hijo mío, antes de morir has de confesar tus pecados y arrepentirte de ellos para poder ir al cielo —declaró uno de los clérigos que acompañaban a Diego de Velásquez.

—¿Hay españoles en el cielo? —preguntó Hatuey.

—Pues claro que sí hijo mío, hay muchos españoles en el cielo —respondió el clérigo.

—Entonces no hablemos más —afirmó Hatuey, aceptando con estoicismo su cruel muerte. La primera población española que se fundó en la isla de Cuba fue Asunción de Baracoa en 1512, y posteriormente se fundaron las villas de Bayamo, Santiago de Cuba, Trinidad, Sancti Spíritus, Santa María de Puerto Príncipe y La Habana.



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Ego vox clamanti in deserto



Los misioneros dominicos que habían llegado a La Española liderados por Fray Pedro de Córdoba se dieron cuenta del mal trato de que eran víctimas los indígenas y de cómo se atropellaban los principios más básicos de la dignidad humana. Fray Antonio de Montesinos fue designado como vocero de los misioneros, y en la mañana del domingo 21 de diciembre de 1511 desde el púlpito, dio el sermón de adviento “Ego vox clamanti in deserto” en presencia de encomenderos, funcionarios de la corona y el entonces Virrey Diego Colón.

Montesinos comenzó describiendo la realidad que había presenciado, así como las injusticias e iniquidades con palabras claras y contundentes, reflejando su enfado vehemente por los agravios cometidos en contra de la dignidad humana, la ética y los principios cristianos, en el trato de los colonos y funcionarios españoles hacia los indígenas de La Española.

—Lo que hacéis con los indígenas es una vergonzosa vileza pues son hombres y como tales comparten con los españoles mismidad, puesto que todos somos hijos de Dios —proclamó Fray Antonio Montesinos, para luego seguir con su sermón cuestionando el sistema de encomiendas y la legitimidad de las pretensiones de La Corona Española sobre las tierras que verdadera y justamente pertenecían a los habitantes originarios de la isla.

La cúpula de poder de La Española trató de obligar a Fray Antonio Montesinos de retractarse en el siguiente sermón dominical, pero eso no ocurrió. El suceso llegó a ser del conocimiento del rey Fernando el Católico, quien convocó a la Junta de Burgos, en la que se reunirían teólogos y juristas. Esto tuvo como consecuencia que se promulgaran las Leyes de Burgos, las cuales pretendía regular de manera justa el trato hacia los nativos.

Muchos otros religiosos se dieron a la tarea de denunciar los abusos para conseguir mejores condiciones de vida para los nativos, entre ellos destaca Fray Bartolomé de las casa, quién en 1552 logra que Sebastián de Trujillo, impresor de libros, le publique en Sevilla su obra “Brevísima relación de la destrucción de las indias”, en la que describe las atrocidades realizadas por los conquistadores en La Española, San Juan, Jamaica, Cuba, Nicaragua, México, Guatemala, La Florida y Sur América.



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Los náufragos españoles



El emperador de los mexicas y líder de La Triple Alianza, Moctezuma, no había logrado poner bajo su dominio a La República de Tlaxcala, integrada por cuatro señoríos: Tepeticpac, Ocotelulco, Tizatlán y Quiahuiztlán, dirigido cada uno por un líder, quien gobernaba de manera autónoma en asuntos internos, pero unidos todos en un Consejo Supremo.

Así pues, mientras la princesa Tecuelhuatzín se divertía corriendo por los jardines de Tizatlán, un barco naufragaba cerca de las costas de Yucatán, y algunos años más tarde, esta inocente niña conocería a uno de los sobrevivientes del naufragio, el español Jerónimo de Aguilar. El navío Santa María al mando de Pedro de Valdivia (homónimo del español que más adelante sería el conquistador de Chile), miembro de la flota de Diego de Nicuesa, regresaba en 1511 a la isla La Española, después de explorar el litoral de Centroamérica, cuando un huracán hizo que naufragara en las costas de Yucatán. Hubo unos veinte sobrevivientes del naufragio, entre ellos el Capitán Valdivia, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero.

Los desventurados españoles que habían sobrevivido al naufragio fueron encontrados por unos nativos del cacicazgo maya Ekab, de la península de Yucatán. Los tomaron como prisioneros y los llevaron ante el Halach Uinik, quien decidió sacrificarlos a sus dioses. El Halach Uinik (Verdadero Hombre) era el gobernante de una jurisdicción, quien coordinaba a los jefes de cada población llamados Batab. En épocas de guerra el Halach Uinik designaba a un capitán general llamado Nacom para liderar sus ejércitos.

—Estos dos blancos están muy flacos, hay que ponerlos a engordar antes de sacrificarlos —ordenó el Halach Uinik.

—¡Oh, qué será de nosotros! —decía Jerónimo angustiado, mientras caminaba empujado a punta de lanza.

—Si hemos de morir, que sea con honor —contestó Gonzalo, quien venía atrás con las manos atadas decidido a afrontar su destino.

—¿Estáis resignado a morir? —cuestionó Jerónimo con la voz quebrada, mientras lo metían en una jaula construida de palos de madera.

—Mientras vivamos, habrá esperanza —aseveró Gonzalo, apresurándose a entrar en la jaula antes que lo picaran con la punta de la lanza.

Al poco tiempo, les llevaron un par de jícaras con una masa de maíz, para que comenzaran a comer y a engordar. Ya dentro de la jaula, el tiempo les pareció eterno y fue un verdadero tormento escuchar los gritos desgarradores de sus compañeros cuando eran sacrificados.


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