Excerpt for Gratidia by Juan Carlos Morales, available in its entirety at Smashwords

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Gratidia

Novela histórica de la Antigua Roma



Autor: Juan Carlos Morales



Copyright 2011 Juan Carlos Morales

Smashwords Edition


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Agradecimientos


Tuve la buena fortuna de que una figura tan importante en el ámbito literario guatemalteco, como lo es Víctor Muñoz, novelista, cuentista, y poeta, ganador del premio de Novela Mario Monteforte Toledo, me haya brindado sus valiosas recomendaciones y tenido la paciencia de leer y corregir con minuciosidad el manuscrito de esta novela.

Un especial agradecimiento a mi esposa Diara y a mis hijos Gabriel e Isabel por comprender mi pasión por la lectura y apoyarme en esta nueva faceta de mi vida, en la que estoy incursionando como escritor. A mi madre, merecedora de compartir conmigo cada nuevo logro como un fruto de lo que ella misma sembró y cultivó en mí.

Gracias también a todas las personas que de una u otra manera han contribuido a la realización de este proyecto, y especialmente a ustedes lectores, que darán a la protagonista de esta novela, la delicada rosa blanca, la oportunidad de trascender más allá de su efímera existencia.



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A la memoria de Gratidia



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Contenido



Prólogo

Mi niñez

Se sella el compromiso

¿Qué es el amor?

Thalassio

Matrona Romana

El canto de la lechuza

Infernum

El temido regreso

Epílogo



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Año consular de Marco Emilio Lépido y Quinto Lutacio Cátulo

676 Ab Urbe Condita


Prólogo



Estudié filosofía con Filón de Larissa, director de la Academia de Atenas, fundada por Platón. Tuve la suerte de que éste filósofo griego estableciera su residencia en Roma para alejarse de los acontecimientos bélicos de la guerra Mitridática. Más recientemente, viajé a Rodas, para estudiar oratoria con el poeta Apolonio Molón. Escribí poesía y dos libros de retórica, esperando con paciencia el momento oportuno para entregar a mí querido amigo Ático el manuscrito que recibí de Téano, la erudita griega. ¡Espero no ver resurgir a Sila de los infiernos cuando lo publique!

Gratidia comenzó a escribir llena de ilusiones cuando era apenas una niña de doce años y vivía en la bella Arpino, y continuó haciéndolo mientras iba creciendo y convirtiéndose en una hermosa joven, siempre fiel a sus propias creencias, expresándose con toda sinceridad y desenfado llenando rollos de papiro con fragmentos de su vida. Aunque a ella nunca le agradó la política, la tinta en sus oraciones refleja de alguna manera los acontecimientos que decidieron el destino de la urbe y los avatares de jóvenes con un futuro promisorio como Cayo Julio César y Cneo Pompeyo Magno, así como la recia presencia de colosos de la milicia de la estatura de Cayo Mario y de Sila. Pero sobre todo, sus palabras denuncian los delitos execrables de Lucio Sergio Catilina. Por eso me pregunto ¿Cómo puede ese ser miserable soportar que el sol acaricie su rostro y seguir con descaro, respirando el mismo aire que respira la gente digna?

Mi opinión realmente no cuenta porque estuve demasiado involucrado y mis sentimientos se hilvanan entre las páginas de esta historia. Mejor sean ustedes los jueces de lo que ha acontecido. Lean y lleguen a conocer y a comprender a Gratidia. Vivan con ella los momentos de su existencia, porque al hacerlo estarán cumpliendo el anhelo que la motivó a compartir sus líneas: la trascendencia de su ser.

No he podido evitar la tentación de hacer algunas anotaciones, como agregarle el año consular y la referencia a la fecha Ab Urbe Condita; el resto del texto permanece idéntico a los rollos de papiros originales que, una vez colocados en orden cronológico, forman el manuscrito.



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Año consular de Cayo Claudio Pulcro y Marco Perperna

662 Ab Urbe Condita



Mi niñez


Me siento confundida. Hoy quiero plasmar las ideas que se arremolinan en mi mente. Desde que Téano, mi maestra griega, me enseñó a escribir, hacerlo se ha convertido en algo tan natural y espontáneo como el canto matutino de los pajarillos que agradecen la llegada del nuevo día. Es verdaderamente un bálsamo para mi espíritu.

Nací en la víspera de las calendas de febrero. Era el año del segundo consulado de Cayo Mario, hermano de mi madre, famoso por haber reorganizado el ejército sustituyendo los grupos especializados de infantería: hastati, príncipes y triarii, por una única fuerza de infantería pesada, estandarizando el armamento de los soldados y sustituyendo los vélites por auxiliares agrupados por su origen étnico y estilo de combate. Ocho días después de nacida, siguiendo la tradición, fui depositada a los pies de mi padre. Él me levantó del suelo en señal de aceptación y me dio el derecho de llevar el nombre de su linaje, el de los Gratidios. Aún poseo la bulla que él me regaló ese día. Es una hermosa pieza de oro en forma de corazón que siempre llevo alrededor de mi cuello.

Mi querida ciudad natal es la pequeña y bella Arpino, situada entre Roma y Campania, rodeada por los ríos Melfa y Liris. En la escuela me enseñaron que fue fundada por el dios Saturno, quien después de haber sido destronado por su hijo Júpiter, pasó a ser un simple mortal que vino a las llanuras de Lacio y estableció aquí una sociedad pacífica y próspera, que dirigió enérgicamente, acompañado de su esposa, la diosa de la fertilidad. Hoy en día, Arpino es una población con pleno derecho a la ciudadanía romana y al sufragio, gracias a su contribución en la guerra contra Aníbal.

Mi tierra es un lugar verde y apacible, con un clima muy benigno, donde se dan buenas uvas para la producción de vino y se crían lindas ovejas que nos dan lana. Las maravillas de nuestra naturaleza se manifiestan en los impactantes colores de las anémonas, de sorprendente proliferación; en sus pendientes, acantilados, prados y en los frondosos bosques de laureles, robles y carpes de las montañas que circundan Arpino. Mis árboles favoritos son los pinos de tea, que sirven para hacer aromáticas antorchas y los encinos, por sus bellotas que las niñas recogemos en otoño para jugar con ellas. Las bellotas también las usamos para engordar a los cerdos que más tarde llegarán a las mesas de la aristocracia romana convertidos en deliciosos jamones y en tocino crujiente.

Los Marios, los Tulios y los Gratidios han sido tradicionalmente las principales familias de Arpino, unidas entre sí por fuertes vínculos matrimoniales y a la vez separadas por crueles disputas territoriales. Mi padre, Marco Gratidio, era un buen orador, emparentado con el linaje de los Marios por haberse casado con Maria, que como ya expliqué antes, es hermana del gran hombre nuevo de Arpino, seis veces cónsul de Roma y que aún insiste en decirnos que, según la profecía, llegará a ser cónsul por séptima vez. Gratidia, la hermana de mi padre, se casó con Marco Tulio Cicerón, creando nexos con la familia de los Tulios. Tanto el hijo como el nieto de Marco Tulio Cicerón, tienen el mismo nombre, pero cada uno tiene un carácter muy diferente. A mí me agrada mucho el joven Cicerón, quien es un par de años mayor que yo, noble de corazón y de inteligencia admirable.

Siempre me gustó leer cuentos fantásticos sobre ninfas y faunos, sobre héroes y heroínas, pero ahora que soy yo la que escribo, lo hago porque sé que llegará el día en que deje de existir, pero una parte de mí perdurará cuando alguien comprenda mis sentimientos al leer lo que estoy escribiendo. ¿Quién leerá mi manuscrito? No tengo idea, por eso debo explicar que nosotras las mujeres de Arpino, como ciudadanas romanas, no tenemos derecho a un nombre propio como el praenomen de los hombres, sino únicamente al nombre del linaje de nuestro padre, en mi caso Gratidia o en el caso de mi madre Maria.

Mis padres fueron una pareja de condición adinerada que tuvo tres hijos: mi hermano mayor, quien recibió el mismo nombre que el de mi padre, mi segundo hermano, quien fue adoptado por tío Marco al morir nuestro padre. Tío Marco Mario era hermano de mi madre y no había tenido la fortuna de procrear un hijo varón. Fue por eso que mi segundo hermano recibió el nombre de Marco Mario Gratidiano. Así que yo fui la tercera, la única mujer y la última de los hijos.

Mi madre me contó que yo tenía apenas un año de nacida cuando se suicidó Julilla, la hermana menor de la esposa de mi tío Mario, ella se clavó una espada al descubrir que su esposo, Lucio Cornelio Sila, le era infiel al tener amores con un actor griego llamado Metrobio. La pobre Julilla había sufrido mucho, y al quitarse la vida a los veinticuatro años, dejó sin madre a su hija Cornelia de cuatro años y a su hijo Lucio de tres. Me da escalofrío al imaginarme a la pobre Julilla, clavándose el gladio en su propio vientre. ¡Que determinación tuvo que haber tenido, para sostenerlo firme con su dos manos! ¡Que dolor habrá sentido en los breves instantes que le quedaron de vida, en tanto la sangre manaba de su mortal herida! En otra ocasión les contaré más acerca de la familia de los Julios y también les explicaré quién es ese odioso y malvado Sila.

Ese año aciago en que Julilla nos abandonó, mi padre fue comisionado como prefecto en una campaña contra los piratas de la zona costera meridional de la península de Anatolia, acompañando a su amigo Marco Antonio Orator, quien había sido nombrado pretor con potestad proconsular en Cilicia. Con ellos iba también Lucio Tulio Cicerón, hijo del esposo de mi tía Gratidia. Los piratas eran un verdadero problema, porque impedían el comercio e interrumpían las líneas de suministro de Roma. Estaban apoyados clandestinamente por Mitridates, rey del Ponto.

Mi madre, mis hermanos y yo nos quedamos en Arpino esperando su regreso. Como todo buen romano, mi padre era la máxima autoridad en su hogar, la ley dentro de la familia. Todos obedecíamos sus decisiones siguiendo la sagrada tradición de nuestro pueblo. Como padre de familia, él tenía poder legal sobre todos los miembros de su hogar, además del poder que le daba el ser nuestro representante ante los órganos políticos de Roma.

Mi padre y sus amigos hicieron tan buena labor en su misión, que no sólo derrotaron a los piratas sino que Cilicia Pedias pasó a ser territorio romano, extendiéndose tierra adentro desde la costa sudoriental de Asia Menor hacia el norte y noreste de la isla de Kýpros. De nada les sirvió a los piratas conocer muy bien el mar, porque la disciplina y estrategia romana prevalecieron. Mi padre participó en la destrucción de muchas naves piratas y fortalezas costeras. Cuando las embarcaciones romanas alcanzaban a las de los piratas, el encuentro naval se convertía un combate cuerpo a cuerpo, en el que los legionarios llevaban ventaja.

Cilicia Pedias incluía parte de las estribaciones de los montes Tauro, que la separaban de la meseta central de Anatolia, comunicándose con ésta a través de un estrecho desfiladero llamado las Puertas Cilicias, y con la amplia y rica llanura costera regada por los ríos Cidno, Saros y Píramos. A lo largo de la llanura de Issos discurría la vía que proseguía hacia Siria y en la que se encontraban las ciudades de Tarso en el Cidno, Adana en el Saros y Misis en el Píramos.

La ciudad de Tarso estaba ubicada en la encrucijada de varias rutas comerciales importantes, que enlazaban el sur de Anatolia con Siria y la región del Ponto, por lo que pronto se convirtió en la capital de la provincia de Cilicia.

Por voluntad de mi padre, yo estaba destinada a ser una virgen vestal; honraría a mi familia al cumplir seis años asistiendo a una ceremonia en la que me entregarían al Pontífice Máximo. Pero esos planes cambiaron al recibir la noticia sobre el asesinato de mi padre en Cilicia cuando yo tenía apenas tres años de edad. Al regresar Marco Antonio a Roma, el Senado le autorizó a celebrar un triunfo. Mi padre habría estado allí, como una figura importante, si hubiese estado vivo.

Las cosas no iban bien, llevábamos varios años de escasez de granos y de precios altos y para ajuste de penas, tío Mario sufrió un infarto que le impidió seguir en el escenario político durante varios meses.

A pesar de todo, no puedo quejarme de mi niñez, nada me ha faltado durante el tiempo que he vivido con mi madre. Ella ha procurado que reciba una excelente educación. Desde mi infancia, asistí a la escuela elemental con otras niñas y niños, ya que la educación femenina permitía que de pequeñas fuéramos criadas junto a los varones, pero terminados los estudios primarios, sólo aquellas familias que podían costearlo continuaban instruyendo a sus hijas privadamente. Mi madre se tomó muy en serio la responsabilidad de darme una buena educación, contratando a una erudita griega llamada Téano. Con ella aprendí a tocar el arpa, recibí clases de matemáticas, filosofía, literatura y poesía. Gracias a ella llegué a tomar conciencia de lo que acontecía en la República. Debo aclarar que la educación intelectual no me impidió ayudar a mi madre con el oficio de la casa y con la dirección de nuestras esclavas.

Conforme iba creciendo me iba interesando en conocer más acerca de mi familia. Nos encontrábamos hilando en el peristilo, cada una sentada en su propio taburete frente al ingenio de madera que servía para el hilado y el tejido. Mi madre llevaba una túnica de color naranja y un bonito collar de oro. Yo, en cambio, llevaba una túnica rojiza y sandalias cómodas.

—Madre, cuéntame sobre tío Mario.

—¿Qué quieres saber de él? —inquirió mi madre, un poco extrañada por mi repentino interés por conocer más sobre su hermano.

—¿Es cierto lo que dicen? —pregunté, entre tanto manejaba hábilmente las piezas de madera y las fibras de lino.

—¿Qué has escuchado, hija?

—Que él es un rústico campesino plebeyo que no sabe hablar el griego.

—La gente de la aristocracia que no lo quiere, lo llama “el paleto de Arpino, que no sabe hablar griego”, tal como tú lo has dicho, pero suavizándolo un poco. Nuestra familia no es una familia patricia, eso es cierto, pero pertenecemos al orden ecuestre, que es el siguiente en importancia después de los patricios. Los aristócratas llaman plebeyo a cualquiera que no sea patricio, y campesino a quien no vive en esa urbe tan agitada que es la ciudad de Roma. Toda persona culta debe hablar fluidamente el griego como un segundo idioma, no basta con hablar latín. Tú eres afortunada y lo hablas fluidamente porque lo has aprendido desde pequeña con Téano. A tu tío le basta con conocer lo básico del griego para comunicarse cuando lo requiere, él es un hombre que prefiere dedicar su tiempo a la milicia más que a enriquecerse culturalmente.

—¿Cómo logró mi tío hacer tanta fortuna? —mi madre no se extrañó de mi pregunta, porque si bien es cierto que la familia de los Marios ya era una familia adinerada, poseedora de amplios terrenos, mi tío Cayo Mario logró acumular por su cuenta una verdadera fortuna que eclipsaba a la de su familia.

—Cayo siempre se dedicó a hacer aquello que amaba, y lo hizo con pasión.

—¿A la política? —anticipé, pensando que sabía la respuesta.

—No hija, a la milicia —corrigió mi madre.

—¿La milicia? —repetí sorprendida, haciendo un gesto de desagrado.

—Sí, Cayo se alistó como cadete al cumplir los diecisiete años y sirvió en las legiones consulares. Siempre ha sido un hombre de acción y de carácter recio, valiente y decidido. Aunque de joven era delgado, al ingresar al ejército se fortaleció físicamente.

—¿Pero cómo pudo acumular una fortuna siendo un cadete?

—Su riqueza no vino de la noche a la mañana, la logró con trabajo y esfuerzo. Cuando tú te dedicas a aquello que te gusta y lo haces bien, lo demás viene por añadidura y lo mejor es que lo disfrutas —afirmó mi madre mirándome con ternura. Yo me quedé pensativa y luego de una pausa seguí indagando:

—¿Es cierto que antes de tía Julia mi tío Mario tuvo otra esposa?

—¡Oh, la pobre Grania! Vino desde Puteoli para la ceremonia de matrimonio cuando Cayo Mario era un joven de veintidós años, más enamorado del ejército que de su futura esposa. A los pocos días de casado, Cayo Mario partió con el ejército consular a la Península Ibérica para participar en la guerra celtíbera llamada Numantina.

—Por lo que me cuentas, mi tío no la amaba.

—Como te he dicho, tu tío más bien amaba la milicia. En esa época me escribió algunas cartas contándome que no les iba bien en la guerra, pero todo cambió con la llegada de Publio Cornelio Escipión Emiliano.

—He escuchado de él madre, ¡Fue nieto de Escipión Africanus!

—Sí, Escipión Emiliano fue muy famoso. En realidad fue hijo de Lucio Emilio Paulo y posteriormente adoptado por el hijo mayor de Escipión Africanus. Pero regresando a mi relato, él fue quien obtuvo el mando consular y se hizo cargo del problema celtíbero, pero encontró que las tropas estaban totalmente desmoralizadas por las múltiples derrotas que habían sufrido ante el enemigo, y como en ese entonces había una prohibición de nuevas levas…

—Perdóname que te interrumpa madre, pero… ¿Me puedes explicar que son levas?

—Así se conoce al reclutamiento obligatorio para servir en el ejército. Una leva obliga a cada familia a proporcionar ciudadanos romanos armados con equipo de infantería o caballería pesada, más otros hombres de apoyo provenientes de cualquier pueblo bajo domino romano, para ocupar las posiciones de vélites y de caballería ligera.

—Ah, entiendo. Entonces Escipión Emiliano encontró hombres desmoralizados y no podía reclutar nuevas tropas.

—Así es, por eso Publio Cornelio Escipión Emiliano reunió a sus amigos y formó un grupo élite con más de cuatro mil hombres leales entre los que se encontraba tu tío Cayo Mario, que en esa época tenía veintitrés años. Lo primero que hizo Publio fue reorganizar las cohortes e imponerles disciplina.

—¿Y qué sucedió con la guerra celtíbera?

—Llegado el verano atacó a los vacceos para evitar que apoyaran a los numantinos, y en la primavera sitió Numancia con un ejército de sesenta mil hombres. Al cabo del tiempo la ciudad sitiada se rindió por hambre y los habitantes que no se suicidaron fueron repartidos como esclavos dejando la ciudad deshabitada.

—¡Qué horrible es la guerra! No sé cómo le gusta eso a mi tío.

—¡Hombres! Es difícil comprenderlos, hija. Pero déjame terminar de contarte. Publio Cornelio Escipión Emiliano se dio cuenta del talento natural de tu tío y pensó que debía llegar a liderar un ejército, pero para ello requería hacer carrera y llegar a ser pretor. Fue por eso que tu tío, aconsejado por Publio, regresó a Roma y se presentó a las elecciones de tribuno militar.

—¿Fue candidato a tribuno militar?

—Sí, se presentó como candidato.

—¿Lo eligieron?

—Sí, el puesto de tribuno militar lo obtuvo fácilmente; después fue candidato a cuestor y llegó a ser miembro del Senado de Roma. ¡Todos aquí en Arpino estábamos orgullosos de él!

—¿Y Grania?

—Ella ya formaba parte de nuestra familia. Tu tío estuvo casado veinticinco años con ella, pero nunca tuvieron hijos.

—¡Eso es terrible!

—Pobre Grania, se sentía muy mal consigo misma y comenzó a comer en exceso por ansiedad.

—¿Mi tío enviudó?

—No, se separó de ella para casarse con Julia.

—¡Tía Julia, no puedo creerlo!

—A Julia no se le puede achacar nada, ese fue un arreglo entre tu tío y Cayo Julio César, el padre de Julia. Otro día te contaré sobre la familia de los Julios. No he terminado con la historia de tu tío. Cayo Mario siempre ha sido muy inteligente y perseverante; la primera vez que se lanzó como candidato a tribuno de la plebe no lo logró, pero cuando tuvo una siguiente oportunidad obtuvo el apoyo de Quinto Cecilio Metelo, el Numídico, y logró ganar las elecciones a la edad de treinta y siete años.

—¡Bravo! —proferí entusiasmada. Estimaba mucho a tío Mario, era como el héroe de la familia.

—No creas que todo fue fácil para tu tío. Tenía un temperamento demasiado fuerte como para dejarse manipular por la familia de los Cecilios Metelos a cambio de su apoyo. Al proponer la lex tabellaria se ganó la enemistad de la nobleza, incluyendo a los Cecilios Metelos porque con ello dificultaba la presión coercitiva que ellos ejercían en las votaciones. También se ganó la enemistad popular al oponerse a la lex frumentaria, que pretendía ampliar los repartos de trigo a la plebe urbana, porque ello hubiera derivado en un medio de corrupción para la compra de votos. Después de terminar su año como tribuno de la plebe, pasó tres años difíciles en los que perdió las elecciones para edil curul y para edil plebeyo. Por fin, ya a los cuarenta y un años fue elegido como pretor.

—¡Pero madre, ya casi llegas a la edad que tiene ahora mi tío y no me has contado cómo obtuvo su fortuna!

—¡Gratidia, no seas exagerada, tu tío tiene ahora sesenta y cinco años! ¿Pensaste que se había enriquecido desde joven?

—En verdad que no lo sé, por eso te lo pregunto.

—El Senado envió a tu tío Cayo Mario como gobernador de Hispania Ulterior y él se dedicó a ampliar las fronteras del territorio romano hacia Lusitania, Betis, Anas y Tagus. Así fue como se adueñó de importantes recursos minerales de plata, cobre y hierro. Cayo Mario se hizo rico e invirtió en compañías comerciales dedicadas a la compraventa de grano y en compañías de transporte. Más adelante, su misma riqueza lo llevó a comprar negocios bancarios y a llevar a cabo obras públicas.

—Madre, dime ¿Qué reacción hubo en Roma?

—Cuando tu tío regresó a Roma, de la Hispania Ulterior, se engalanaron los templos con guirnaldas y se celebró un Triunfo. Pero eso sí, el desfile iba encabezado por lo senadores para demostrar que ellos eran los más importantes en la República. Habían pasado ya cinco años desde que había sido nombrado pretor, ansiaba ser cónsul, pero sabía que la nobleza no le consentiría postularse como candidato al consulado.

—No entiendo. ¿Por qué?

—A tu tío Cayo Mario le faltaba el apoyo de la aristocracia, y fue Cayo Julio César quien le dio la solución, ofreciéndole a su hija Julia en matrimonio a cambio de mucho dinero.

—¡Oh, no puedo creerlo!

—Pero no te confundas, hija, tu tío Cayo Mario ama a tu tía Julia y ella lo ama también. Si bien es cierto que la relación entre ambos comenzó por conveniencia, ellos han llegado a formar una pareja ejemplar.

Yo ya sabía que mis padres no eran de linaje patricio pero que pertenecían a familias dominantes en Arpino y que estaban muy bien relacionados con la nobleza romana. Como ya había escuchado lo que quería saber, terminé rápidamente la conversación con mi madre y salí corriendo para ir a jugar.

Mi hermano Gratidiano, con la intención de abrirse brecha en la política, se fue a vivir a Roma buscando hacer carrera en el cursus honorum, apoyado por los Marios. Más adelante fue Marco Gratidio, mi hermano mayor, el que se mudó a la urbe, por lo que mi madre decidió que era conveniente comprar casa en Roma. Así que mi madre y yo vivíamos unos meses en nuestra villa en Arpino y otros meses en nuestra nueva casa, una domus muy bien ubicada en la colina del Palatino. Un día, recién llegada a Roma, me levanté muy temprano, como solía hacerlo en Arpino. Salí a la calle, que estaba aún silenciosa. Vi que venía una cuadrilla de diez hombres barriendo las calles con sus grandes escobas de raíz. Iban vestidos con modestas túnicas de color marrón oscuro, ceñidas por la cintura. Dos de ellos tenían el cabello blanco grisáceo, los demás eran jóvenes. El viento frío golpeó mi rostro y sentí compasión por esos hombres.

Para mí no era problema ir de un lugar a otro, porque ya no estaba asistiendo a la escuela. Téano, mi maestra privada, vivía con nosotras y se trasladaba de un lugar a otro sin protestar. Es una mujer muy relajada. Cuando no está ocupada enseñándome, se la pasa tocando el arpa o leyendo.

Aquí en Roma, el Foro parecía ser el área pública más importante, prácticamente quedaba en el centro de la ciudad, en la ladera frente al Capitolio, cercano al templo de Júpiter Optimus Máximo y al sureste de la Roca Tarpeya.

Tenía unas plataformas elevadas parecidas a aquellas que servían de base a las estatuas, pero éstas tenían un propósito diferente, pues allí subían los funcionarios públicos que querían dirigirse a un grupo de personas. ¿Cómo era que se llamaban? Ah sí, ya recuerdo, he escuchado que se refieren a ellos como los rostra. En el Foro se llevan a cabo los asuntos judiciales y allí se ubica el edificio conocido como la Curia Hostilia, que es donde se reúne el Senado.

Recuerdo cuando pude asistir a los juegos organizados por el recién electo edil curul. Fue todo un espectáculo debido a que se exhibieron por primera vez elefantes y se decoró el circo con extravagantes y pintorescas decoraciones. Era un lugar extremadamente ruidoso, con militares apostados en posiciones clave para imponer orden y disciplina. El lugar consistía en un gran circuito para carreras de carros, rodeado de gradas de asientos que circundaban el ruedo, a excepción de la parte final, donde se localizaban los establos para los caballos y los carros. Gracias a la influencia de tío Mario, nosotras nos ubicamos en el maenianum primum, justo arriba del pódium, que era un lugar reservado para los senadores, magistrados, sacerdotes y vírgenes vestales.

En el centro del circo, erguido de un extremo a otro, se extendía un muro de poca altura, alrededor del cual corrían los carros. Los aurigas conducían un vehículo ligero tirado por dos caballos y repartían pan a la plebe, para que ésta estuviera animada. Fue una experiencia diferente, pero no me quedaron deseos de regresar, debido a las vulgaridades que escuché. No respetaban la presencia de las doncellas ni de las niñas, y lo peor es que las palabras desagradables provenían no sólo de los plebeyos sino también de los patricios. Mis oídos de niña no estaban acostumbrados a escuchar tanto improperio. Ese día me sentí sucia sólo de escuchar los gritos de la multitud. A mí lo único que me agradó fue ver a los caballos. ¡Qué hermosos y nobles animales!

En el año consular de Lucio Licinio Craso Orator y Quinto Mucio Escévola, estando en Roma acompañé a una de las esclavas a hacer las compras. Fue una experiencia diferente porque al caminar por las calles pude observar lo que no miraba viajando en litera. Llevaba un vestido largo de color naranja, ceñido debajo del busto por un cordel confeccionado de la misma tela. La túnica sujeta por unas cintas a la altura de mis hombros, los cuales quedaban al descubierto, al igual que mis brazos.

Me impresionó un gran recipiente metálico, cóncavo como una escudilla, en la que ardía fuego. Lo sostenían tres largas patas a una altura como de tres pies, las cuales estaban unidas entre sí por una especie de varillas del mismo material. El fuego era de color amarillo en el centro y cambiaba entre anaranjado y rojo en los extremos; las llamas danzaban en constante movimiento y mis pensamientos se perdieron observando el recipiente metálico, hasta que la esclava los interrumpió, diciendo que debíamos seguir nuestro camino. Lo recuerdo tan vívidamente que ahora mismo cierro los ojos y puedo ver los muros de piedra, mientras camino por las calles malolientes; veo mucha gente y escucho el bullicio característico del mercado.

Un esclavo se atraviesa a mí paso, lleva un cinturón de cuero marrón oscuro muy ancho, como de una cuarta; lo esquivo y veo al anciano martillando una espada que tiene la punta doblada, la cual descansa sobre un tronco de madera. El martillo que usa tiene cabeza metálica y mango de madera. Se nota que es una espada vieja. El anciano lleva puesta una gabacha que se ve de color marrón por la suciedad; a lo mejor y algún día fue de color blanco. Tiene su cabeza cubierta con una especie de gorra o paño y lleva muñequeras de cuero. Sus cejas son de color blanco, al igual que su escasa barba. Se le notan las preocupaciones anidadas en las arrugas de la frente. A la par tiene una mesa de madera y sobre la mesa hay muchos instrumentos metálicos que no llego a reconocer. ¡Qué sé yo de esas cosas!

Seguimos caminando y pasamos junto al herrero. A mi izquierda pasa un hombre empujando una carreta y enfrente otro con una rueda de madera. Un joven carga sobre sus hombros lo que parecen ser ramas pequeñas. Veo mujeres por doquier. ¡Qué bullicio! Muy cerca de mí pasa un hombre que lleva un saco a cuestas sobre su espalda, ¡vaya, casi me atropella! Hay dos mujeres que parecen estar cocinando algo. Ambas llevan tapada la cabeza, una de ellas con un manto de color marrón y la más joven con un manto de color gris. Veo un hombre con sombrero, dirigiendo un burro que jala una carreta. Encima de todo lo que lleva la carreta sobresale un barril de madera. El barril está sujeto y asegurado con cuerdas a la carreta.

Sale humo del caldero de las mujeres que cocinan. Están delante de mí, a mi izquierda; dejo de mirarlas porque mi atención la capta un hermoso caballo blanco que se acerca jalado por un hombre que viene en sentido opuesto hacia donde nos dirigimos. El hombre es de mediana edad, lleva muñequeras de cuero, túnica amarilla y un cinturón de cuero muy ancho. Mi acompañante se voltea y me dice:

—Es judío, lo conozco.

—¿Lo conoces? —pregunto, aunque la verdad es que no me interesa. Prefiero seguir viendo el caballo porque siempre me han gustado esos nobles animales.

—Sí, presta sus servicios a Aurelia Cotta, una matrona muy distinguida —me responde, e intuyo que quiere contarme infidencias, por lo que no presto más atención. De sobra sé quién es Aurelia, la esposa de Cayo Julio César, hermano de tía Julia,

Paso por donde hay unas mujeres lavando ropa. El agua sale de la boca de dos cabezas de leones de piedra. Enfrente hay un hombre gordo y alto leyendo un papiro en voz alta.

Aquí las calles ya son empedradas, y veo una litera cargada por cuatro hombres con togas cortas de color negro y sandalias, llevan el cabello bien recortado. Ha de ser alguien importante. La litera es de madera, tiene un techo a dos aguas. ¡Oh!, la litera me pasa muy cerca, lleva la cortina corrida y logro ver que adentro va una matrona. Es joven y ha de ser muy liviana. ¡Mi madre necesita ocho esclavos para su litera!

¡Vaya, al fin llegamos al Macellum! Éste se encuentra al norte del Foro donde se mezclan todos los olores y se ve todo tipo de negocios: unas carnicerías con carne de cabra, otras con carne de ganso, ventas de pescado fresco, panaderías con pan recién horneado, tiendas de fruta y mi favorita, la tienda de aceite de oliva. La mayor parte de estos negocios son ínsulas; es decir, bloques de casas de dos niveles que tienen en la parte de abajo la tienda y en el segundo piso la morada de los propietarios del negocio. Aurelia y Julio viven en una ínsula como esas del Macellum, pero la de ellos está ubicada en la Subura.

Tengo una amiga que se llama Cornelia. Vive con Elia, su madrastra y con Lucio, su hermano menor. Ella es hija de Julilla la difunta hermana menor de tía Julia. A su padre lo he mencionado antes, es amigo de tío Mario, ¿se recuerdan de él? Se llama Lucio Cornelio Sila. El año pasado, fue pretor urbano y al terminar su asignación aparentemente no tuvo suerte, porque no recibió la gobernación de ninguna de las provincias que él ansiaba. Cornelia me contó que su padre esperaba que lo nombraran gobernador de Hispania, pero sin que lo supiera, la diosa Fortuna estaba reservando algo especial para él. En diciembre el Senado recibió un mensaje de Nicomedes, rey de Bitinia, solicitando ayuda. Mitridates, rey del Ponto, había invadido Capadocia, poniendo en peligro las posesiones romanas en Asia. Tío Mario recomendó que Sila fuera nombrado gobernador de Cilicia. En enero de este año, Sila se embarcó en Tarento, capital de La Magna Grecia, con su hijo de catorce años, rumbo a Tarso, en un viaje en el que debió hacer escalas y cambiar embarcaciones en Patrae, Corinto, Atenas y Rodas. Aunque Sila no es de mi agrado, debo reconocer que fue una gran proeza el haber forzado al rey Mitridates a regresar a su territorio, Ponto. Mi hermano, Gratidiano, me contó que Sila, con sólo dos legiones, marchó sobre Armenia, siendo el primer romano en cruzar el río Éufrates con sus legiones. Se reunió con Tigranes, rey de Armenia y con los embajadores del rey de los partos, llegando a un acuerdo en el cual el río Éufrates serviría de división entre los territorios romanos y los territorios partos. Sila no sólo obtuvo mucho prestigio sino que también recibió diez bolsas de oro de los reinos de Asia.

En el mes de abril eligieron nuevos censores, los anteriores habían causado gran polémica con la ley Licinia Mucia, pero tío Mario y su amigo Publio Rutilio Rufo lograron derogarla. Cneo Domicio Ahenobarbo y Lucio Licinio Craso fueron electos para el cargo, pero no entiendo qué problema tuvieron porque no duraron mucho y ahora no tenemos censores. Yo los conozco a ambos porque tienen villas en Campania y yo voy muy a menudo a vacacionar allí.

La aristocracia romana acostumbra tener villas de descanso fuera de Roma, y tío Cayo Mario compró tres lujosas villas en Campania, ubicadas en Cumae, Misenum y Baiae. Grania, la primera esposa de mi tío, era de Puteoli, una ciudad cercana a esos lugares. Mi tío se casó por segunda vez con Julia, cinco años antes de que yo naciera. Entre los conocidos que tienen villas en Campania figuran: el prestigioso abogado Marco Antonio, quien fue amigo de mi difunto padre; hacía siete años había sido cónsul y ahora disfruta leyendo libros en su villa de Misenum. La familia de los Cicerón, quienes son propietarios de una hermosa villa a milla y media del lago Lucrino, el famoso orador y abogado Lucio Licinio Craso, que como les mencioné anteriormente, fue censor junto con el Pontífice Máximo Cneo Domicio Ahenobarbo. El había sido cónsul tres años atrás y ahora tiene una villa en Baiae. Otra villa que recuerdo muy bien por ser de fastuosa elegancia, es la de la familia de los Escévola.

Recientemente, me encontraba en una reunión con muchos invitados que la pasaban de maravilla en una villa de Baiae. Yo estaba jugando con Servilia y con Lilla, las hijas de la difunta Livia Drusa, quien falleció en febrero del año pasado, dos meses después de dar a luz. Mi pobre amiga ha sufrido mucho desde pequeña. Cuando tenía siete años, su madre tuvo un enredo amoroso con Marco Porcio Catón Saloniano, aprovechando que su esposo Quinto Servilio Cepio andaba de viaje de negocios. ¡Pobrecita Servilia! ¡Su madre amante de ese hombre! Hijo de una esclava llamada Salonia y de un hombre despreciable, cuyo padre le hizo mucho daño a nuestro amado héroe Escipión Africanus.

—¡Mira a mi hija Cayo! ¿Verdad que es hermosa como su madre? —expresó Escévola refiriéndose a su hija Mucia Tercia. Volví la mirada a mi amiga Servilia e hice una mueca de burla, pues a mí no me parecía una niña bonita.

—Indudablemente, tu hija se parece mucho a Lelia —respondió mi tío con su acostumbrado vozarrón. Yo me quedé pensando en Cayo Lelio, famoso general, muy amigo de Publio Cornelio Escipión Africanus.

—Me parece que dentro de tres años podrá casarse con el joven Mario —opinó sonriendo Escévola. Cuando por casualidad escuché esa frase, inmediatamente dejé de jugar para poner atención a la conversación, porque sabía que mi amiga Cornelia estaba enamorada de mi primo, el joven Mario.

—Dalo por hecho —acordó tío Mario, y fue lo último que escuché porque Lilla comenzó a hablarme.

Cuando por fin pude poner atención, Escévola había cambiado de tema y conversaba acerca de su excepcional pupilo.

—¿Entonces tú eres profesor y mentor del joven Cicerón? —preguntó tío Mario.

—¿Lo conoces?

—Mi hijo asistió a clases con un enseñante griego y fue compañero de estudio de Tito Pomponio y de Marco Tulio Cicerón. Además, Lucio Licinio Craso me ha hablado muy bien de él. Me parece que le da clases de retórica.

—Sí, es correcto, Craso es muy amigo de Marco Tulio Cicerón, el padre de ese joven precoz. Es verdaderamente muy inteligente y maduro para la edad que tiene.

—¡Gratidia, que te ocurre, por qué ya no juegas con nosotras! —protestó Servilia con voz chillona. Ella tiene la misma edad que yo, y su hermana Lilla es tres años menor. Su madre, Livia Drusa, había tenido un divorcio escandaloso con su esposo, Quinto Servilio Cepio, el padre de las niñas. Se decía que el hermanito pelirrojo no era hijo de Quinto sino de Marco Porcio Catón Saloniano. A mí me parece muy cierto el rumor porque los otros dos hijos de Livia Drusa, los que tuvo después de divorciarse de Quinto, Porcia y el pequeño Catón, son iguales de pelirrojos. Quinto Servilio Cepio, el padre de Servilia y de Lilla, se desentendió de ellas después del divorcio con Livia.

La familia era muy peculiar porque Druso se casó con Servilia, y su hermana Livia se casó con Quinto, el hermano de Servilia, su esposa. En esa familia sucedió una tragedia tras otra porque primero fue el escándalo del divorcio, luego el fallecimiento de Servilia Cepionis, después, la muerte de Livia Drusa cuando daba a luz al pequeño Catón y más reciente, el accidente, en el que falleció Catón Saloniano, el padre de los niños pelirrojos.

Ahora, quien cuida a los niños es Cornelia Escipionis, la madre de Marco Livio Druso. ¡Seis niños a su cargo! Se me olvidaba el hijo adoptivo de Druso, Nerón Claudiano, un niño de tez morena como de ocho años. Porcia, la hermana de Marco Porcio Catón Saloniano está bien casada, nada menos que con Lucio Domicio Ahenobarbo. Los Domicios son una de las familias más adineradas de Roma.

—¿Por qué llevas una bulla de oro? ¡Tú no eres patricia! —reclamó de pronto Lilla al ver el brillo que irradiaba del corazón que pendía de mi cuello.

—¡Por que su padre tenía los denarios para hacerlo! —respondió Servilia a su hermanita, haciéndola sentir como una tonta. Me quedé callada pensando en que Lilla tenía razón. Los patricios llevaban bullas de oro. A las demás clases les correspondía cobre, bronce o cuero. Sólo los niños libres tenían derecho a portarla, no así los esclavos.

Servilia, Lilla y yo andábamos por todas partes, mezclándonos entre todos los invitados y conociendo gente. Entre los invitados se encontraba un patricio que se había hecho acreedor del sobrenombre Orata porque se dedica a la crianza de peces llamados auratas. Aparentemente no le molesta que lo llamaran así, aunque su verdadero nombre es Cayo Sergio. Con él estaba un apuesto joven que ya vestía la toga viril. Era alto, de cabello negro y ojos azules. Yo diría que del linaje de los Sergios. Orata había aprovechado que a la aristocracia le gustaban mucho los mariscos e inició el cultivo y comercialización de ostras, construyendo bóvedas elevadas, canales y presas en el lago Lucrino. En verdad es muy diligente e ingenioso cultivando ostras y promocionándolas como las ostras más ricas del mundo.

Después de su éxito con los mariscos, Cayo Sergio Orata inventó un tipo de baño con calefacción que llegó a estar muy de moda por sus propiedades curativas y relajantes. La gente lo llamaba terma. Orata compra propiedades, las mejora y les incorpora sus termas para luego venderlas a precios más elevados que la aristocracia romana está dispuesta a pagar. Así que muchos comenzaron a comprar villas en las costas de Baiae y Misenum. La bahía se convirtió en sinónimo de elegancia y recreación. Mi hermano también le compró a Orata una modesta casa que no se asemejaba para nada a las villas de las familias adineradas, pero luego decidió vendérsela de vuelta.

En varias ocasiones fui invitada a disfrutar de vacaciones en las lujosas villas de tío Mario. Incluso tuve la oportunidad de ver cuando construían una de las termas. El hipocausto, como lo llamaban, consistía en un horno construido en el exterior de la villa, donde se quemaba leña. El aire caliente producido se llevaba por tubos de barro cocido, situados por debajo de las baldosas que se sustentaban sobre pilas de ladrillos. La altura del espacio vacío por el que circulaba el aire, era de casi dos pies.

Cayo Sergio Orata era un hombre que amaba el lujo y el refinamiento. Había hecho buenos negocios con mi tío y había mantenido muy buenas relaciones con mi familia, por eso me pareció muy extrañó cuando me enteré de que había demandado a mi hermano Gratidiano. Pero yo soy una niña que no entiende de esas cosas y lo único que sé es que el abogado que defendió a mi hermano fue Marco Antonio, amigo de mi difunto padre. Orata presentó el caso civil por la venta de una propiedad a orillas del Lago Lucrino, con el respaldo del abogado Lucio Licinio Craso.

Marco Gratidio, mi hermano mayor, opinaba que uno debía tener cerca a los amigos, pero más cerca a los enemigos, por lo que a pesar del juicio, continuó relacionándose con la familia de los Sergios. Eso disgustó mucho a Gratidiano, quien era de temperamento fuerte y menos diplomático que Marco Gratidio.

—¿Por qué sigues hablándole a los Sergios? —cuestionó Gratidiano en tono desafiante, dirigiéndose a mi hermano mayor. Nos encontrábamos con toda la familia, disfrutando en la villa de Baiae.

—A tío Mario le fue bien emparentándose con los Julios —respondió tranquilamente Marco Gratidio, sin sentirse ofendido por el tono insolente de su hermano menor. Mis hermanos se encontraban recostados cada uno en su respectivo triclinio, en tanto yo los escuchaba sentada en un taburete. Era un ambiente muy agradable al aire libre, rodeado de jardines adornados con estatuas.

—¿Qué tiene eso que ver con los Sergios? —gruñó Gratidiano. En medio de las triclinia había una mesita sobre la cual se mostraba tentadora una garrafa con vino y una fuente con fruta.

—Piensa, Marco, ¿qué otra familia patricia podría estar interesada en establecer una alianza con otra que no lo fuera?

—Tendría que ser una alianza ventajosa para ambos —aseveró Gratidiano, a la vez que escanciaba vino en un hermoso cáliz dorado.

—La dote de Gratidia será una respetable suma de sestercios —anunció Gratidio, colocando sobre la mesa un papiro enrollado en un canuto de madera.

—Ah, entiendo… afirmó el más joven de mis hermanos.

—¿Qué les pasa a ustedes? Ni siquiera he llegado a la edad núbil —protesté, verdaderamente disgustada.

—¿Qué opinas de los Fabios? —preguntó Gratidiano, como si no me hubiera escuchado.

—Ellos son de linaje comparable al de los Julios… , pero no, ellos no —fue la respuesta de Gratidio.

—La familia de los Sergios es una de las familias patricias más antiguas de Roma. Hace muchos años que no han obtenido un consulado… , llegaron a estar tan pobres que ya ves, hasta se han dedicado a la crianza de ostras y peces. Ellos sí que estarían interesados en el dinero de los Gratidios y de los Marios de Arpino.

—No me agradan los Sergios. Quién sabe si entre ellos haya un joven…

—Lucio —reveló mi hermano mayor, interrumpiendo.

—¿Quién dijiste?

—Lucio Sergio Catilina, acaba de cumplir dieciséis y ya viste la toga viril.

—Marco Gratidio, ya sabes que no me agradan los Sergios.

—No serás tú quien se case con él; además, ¡piensa lo que pasaría si resulta tan ingenioso como Orata!

—¡Ambos están dementes! Yo tengo doce años y no soy mercadería en venta —protesté, mientras me levantaba indignada. ¡Qué se creían mis hermanos!

No sé en que andaba Gratidiano, pues a finales de año tuvo que enfrentar una nueva demanda civil. En esta ocasión fue Visellio Aculeo quien lo acusó. El abogado en contra de mi hermano fue nuevamente Lucio Licinio Craso, quien es amigo del padre de Visellio Aculeo. Por cierto, me contaron que Craso, aparte de ser un magnífico orador y abogado, se dedica a la crianza de peces exóticos en su propia domus en Roma, donde tiene estanques con anguilas, lucios y carpas.

Esta vez Marco Antonio ya no defendió a mí hermano, por lo que tuvo que conformarse con contratar un abogado de los muchos que ofrecían sus servicios en Roma. Para mí fueron desconocidos los motivos de la demanda y la verdad es que no quise indagar al respecto, pero me preocupó ese juicio porque Visellio Aculeo es hijo de Cayo Visellio Varrón Aculeo, quien me han dicho es un caballero muy ingenioso y con un vasto conocimiento del derecho romano. Está casado con la hermana menor de Helvia, la madre de Marco Tulio, el joven Cicerón.

¡Oh, los juicios! Hoy en los idus de septiembre, quiero escribir sobre una injusticia. Me he enterado de que han exilado a Publio Rutilio Rufo a Esmirna, acusándolo de extorsión. Rufo es gran amigo de mi tío Mario y en verdad no creo que sea cierto de lo que lo acusan. Rufo combatió la impunidad y la explotación cuando estuvo en la provincia romana de Asia, junto con Escévola. Imagino que las medidas que tomó allí afectaron los bolsillos de gente poderosa y ahora están tomando represalias contra él.

Me siento como un botón de flor, algo así como una rosa que aún no ha florecido, y al escuchar a mis hermanos es como si quisieran arrancarme del rosal antes de florecer. El rosal es mi hogar. Sé que soy efímera como una flor, pero una vez cortada del rosal, sé que mi vida será más corta. Lo presiento.

A mí me gusta entretenerme sola con mis juguetes o salir a cabalgar y llenar mis pulmones con las fragancias de la naturaleza. Por eso prefiero el aire fresco de Arpino que la pestilencia de Roma.



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Año consular de Sexto Julio César y Lucio Marcio Filipo

663 Ab Urbe Condita


Se sella el compromiso



Sexto Julio César, el hermano mayor de tía Julia, se veía imponente vistiendo la toga candida, la cual acostumbraban usar todos los aspirantes a cargos públicos con la idea de proyectar una imagen de pureza, luciendo un color blanco impecable que se lograba tratando la toga con tiza. Sexto fue elegido cónsul y la familia de los Julios lo celebró porque hacía varias generaciones que los Julios no ocupaban un cargo consular.

A Filipo también le llegó la oportunidad de ganar las elecciones como segundo cónsul. Apenas dos años atrás, había perdido el consulado frente a Marco Herenio. Era un hombre persistente, llevaba muchos años como orador y político. El año en que yo nací, había sido electo tribuno de la plebe y entre tanto yo me afanaba por nutrirme con leche materna, él impulsaba su ley agraria con un discurso que los adultos aún recuerdan.

Hoy cumpliré mi ofrecimiento de escribir sobre la familia de los Julios. Una familia patricia cuya raíz se remonta hasta Troya y los orígenes de Roma. Ellos son descendientes de la diosa Afrodita. Después de varias generaciones de patricios, nació Cayo Julio César, quien contrajo matrimonio con Marcia, descendiente de los primeros reyes de Roma. Cayo Julio César y Marcia tuvieron cuatro hijos: Sexto, Cayo, Julia la Mayor conocida simplemente como Julia, y Julia la Menor conocida como Julilla.

Sexto Julio César es el mayor de los hermanos y éste año cumple cuarenta y cuatro años. Es alto, de ojos grises, con cabello rubio acastañado que ya comienza a cubrirse con canas. Sin duda alguna, él es el más serio y reservado de los Julios. Está casado con una mujer del linaje de los Claudios. Cayo Julio César, de cuarenta y un años es más alto y fuerte que su hermano mayor, tiene ojos azules y cabello rubio. Es un patricio muy elegante e inteligente, casado con Aurelia Cotta. Julia, de treinta y un años, tiene el cabello rubio acastañado como el de su hermano Sexto, con hermosos ojos grises de mirada serena. Es esbelta, elegante, inteligente y digna; una verdadera matrona romana. Julilla la menor de las hermanas falleció hace doce años.

Una tarde calurosa recibimos la visita de Aurelia Cotta y sus hijas, Julia la Mayor y Julia la Menor. Aurelia era hija de Rutilia y de Lucio Aurelio Cotta. Al enviudar, Rutilia contrajo matrimonio con Marco, hermano de su difunto esposo. Rutilia era, además, la hermana de Publio Rutilio Rufo, gran amigo de tío Mario, que ahora se encontraba exilado en Esmirna.

No había duda de que les iba bien a los Julios, aunque Aurelia seguía viviendo en la ínsula del barrio Subura, la propiedad que fuera parte de la dote de los Aurelios.

—¡Qué agradable sorpresa querida Aurelia! Pasa adelante. ¡Pero qué bellas están tus hijas, ya se han convertido en unas doncellas! —parló mi madre, recibiendo con mucho entusiasmo a sus visitas.

—Gracias Maria, tu siempre tan amable —respondió Aurelia mostrando una amplia sonrisa.

—¿No vino con ustedes el pequeño César?

—No, se quedó en casa recibiendo clases.

—¿Y cómo está tu esposo?

—Muy bien, Julio fue nombrado gobernador de la provincia de Asia.

—¡Oh, pobrecita! ¡Otra vez sola!

—No me compadezcas, Maria. Amo a Julio, pero aquí la pasamos bien aunque él no esté. Y por favor, no me mal interpretes.

—Salve Aurelia de los Julios —saludé respetuosa, interrumpiendo de manera deliberada, la espinosa situación en la que mi madre se había metido, por tan inapropiado comentario.

—Esta debe ser la pequeña Gratidia. Hace mucho que no la veía.

—Sí, también ella ha crecido, ya llegó a la edad núbil y pronto iniciaremos los arreglos para que forme parte de una de las familias más antiguas de Roma.

Al escuchar eso me ruboricé y me sentí incómoda, no pudiendo hacer nada más que mirar a mi madre con ojos de reproche, como diciéndole “madre no me hagas eso”. ¿Cómo es posible hablar de temas tan íntimos de otras personas con tanta superficialidad y desenfado? Sí, es cierto que ya comencé a menstruar, pero eso no es necesario que lo sepan todos. A mí me ha costado asimilarlo. Pero el colmo es que yo me entere de que mi madre ya tiene en mente casarme, no en privado sino enfrente de visitas. ¡Esas odiosas Julias!

—¡Vaya, cómo pasa el tiempo! La pequeña Gratidia pronto dejará el nido.

—Y tú, ¿ya tienes planes para tus hijas?

—No, para ellas aún no. Mi hijo Cayo es quien ya está comprometido.

—¡Comprometido! —exclamó mi madre. Yo me volví a azarar, y abrí plenamente los ojos al escuchar el tono con el que mi madre se expresaba.

—Sí, comprometido con Cossutia, una joven del orden ecuestre —confirmó Aurelia impasible, como si fuese lo más natural de Roma.

—¿No es muy pequeño Cayo para tener un compromiso matrimonial? ¿Qué edad tiene? Me parece que aún le falta mucho para vestir la toga viril —recalcó mi madre.

—Mi pequeño Cayo tiene apenas nueve años, pero aún no contraerá matrimonio con la joven Cossutia, se trata solamente de un arreglo —explicó Aurelia, restándole importancia al asunto.

—Oh, entiendo —aceptó mi madre, dándose por vencida. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había ofrecido nada a sus visitas, y ordenó a sus esclavas, con un gesto, para que remediaran de inmediato esa falta de atención. Las esclavas llegaron con una bandeja llena de ostras frescas, platos con racimos de uvas y garrafas de vino, agua y muslum, especie de vino en el que el mosto y la miel se fermentan juntos produciendo una bebida alcohólica de sabor dulce.

—Pero cambiando de tema, ¿te enteraste de la injusta sentencia del jurado en contra de mi tío Rufo? —ahora era Aurelia quien guiaba la conversación.

—En verdad que fue una injusticia ese fallo. Rufo es un gran amigo de mi hermano.

—Ni lo digas, Maria.

—Pero dime Aurelia ¿cómo sucedió todo?

—Tío Rufo se ganó la enemistad de los caballeros de la orden ecuestre por haber protegido a los ciudadanos de las provincias de Asia, librándolos de la extorsión de los publicani, los recaudadores de impuestos del orden ecuestre.

—¿Por eso fue que lo acusaron de extorsión?

—¡Una acusación falsa!

—¿Cómo prosperó la acusación siendo falsa?

—¡El jurado estaba compuesto por ciudadanos del orden ecuestre! Mi hermano Cayo lo defendió, pero todo fue en vano.

—Marco Livio se encargará de los ecuestres.

—¿A qué te refieres?

—¿No te has enterado?

—No sé de qué hablas. ¿Qué ha pasado?

—Marco Livio Druso nos ha sorprendido lanzándose como candidato a tribuno de la plebe.

—Los hombres hacen cambios radicales en sus vidas cuando se acercan a los cuarenta. Pero veo que no has olvidado a Livio, estás muy bien enterada de sus asuntos.

—Por supuesto, es uno de los mejores abogados de Roma, siempre lo he tenido en gran estima.

—¿Hubieras querido casarte con él? —preguntó mi madre maliciosamente.

—No, claro que no. Era él quien me pretendía como muchos otros, pero el elegido fue Julio, porque fui yo quien se enamoró de él —replico Aurelia. Escuchar esto de cualquier otra mujer me hubiera parecido un engreimiento ofensivo, pero no de los labios de Aurelia, una de las mujeres más hermosas de Roma, aun a sus treinta y un años.

—Cayo Julio César es sin duda un romano muy refinado —reconoció mi madre.

—Afortunadamente fui yo la que eligió con quien casarse. Lo normal hubiera sido que mi padre lo decidiera, pero ya ves…

—Muy romántico, Aurelia, pero volviendo a hablar de Livio, ¿no crees que él es muy inteligente y podría haber seguido el cursus honorum para llegar a cónsul en vez de conformarse con ser un tribuno de la plebe?

—Sí, Marco Livio Druso es un gran orador, hombre justo de sólidos principios y muy hábil en la política, pero está decidido a impulsar el bienestar de la República a su manera. Con el talento que posee resultó elegido primero entre otros nueve candidatos. Asumió sus funciones tres días antes de los idus de diciembre y desde ese momento ha buscado la concordia entre el orden senatorial y el orden ecuestre.

—¡Por Júpiter! Nosotras hablando de política y las pobres jovencitas aburridas escuchando nuestra conversación —reconoció mi madre.

—Gratidia, lleva a Lía y a Ju-Ju al jardín para que ustedes puedan hablar a sus anchas de otros temas, mientras Aurelia y yo terminamos de conversar.

—Así será, madre —afirmé, poniéndome de pie, para luego salir seguida de las dos Julias. Yo tenía puesta una túnica de un color púrpura muy suave a la vista, la llevaba ceñida por debajo del busto, las mangas me llegaban hasta el codo, los hombros destapados pero con un escote moderado. Recién había cumplido trece primaveras, así que tenía la misma edad que Lía, la mayor de las dos hermanas. En cambio, la pequeña Ju—Ju, era tan solo un año menor que nosotras.

—¿Tú eres amiga de Servilia Cepionis? —me consultó Lía, quien llevaba un vestido de colores rojo y marrón.

—Sí, ¿por qué estás interesada en saberlo?

—¿Te ha contado tu amiga que tanto tía Julia como Elia la quieren como pareja para sus hijos?

—No, no lo sabía —respondí sorprendida.

—No lo puedo creer —echó en cara Ju-Ju con picardía.

—Es probable que ni ella misma lo sepa —confesé, con toda sinceridad.

—¿Será posible? —preguntó Lía con incredulidad.

—A mi me parece que el joven Mario haría buena pareja con Cornelia —opiné, pensando en los sentimientos de mi amiga, pero también recordando que tío Mario daba por sentado que se casaría con Mucia Tercia.

—¡Mejor pareja haría conmigo! —se vanaglorió Lía con una amplia sonrisa.

—¡Lía! —protestó Ju-Ju ruborizándose.

—A mí me gusta, pero ya sabes que es mi primo, y mi padre es igual de conservador que mi abuelo, nunca consentiría ese matrimonio —aclaró Lía, para tranquilidad de Ju-Ju.

—Si Servilia supiera algo, ya me lo hubiera contado —aseguré con aplomo.

—Me parece que la que no sabe nada eres tú —espetó Lía insolentemente.

—Sí, por la cara que hiciste cuando tu madre habló de tu futuro compromiso, Grati, cualquiera diría que no sabes nada —agregó Ju-Ju. No pude evitar sonrojarme, porque la verdad es que no sabía nada con certeza, aunque sospechaba lo que mi madre estaba tramando.

—¿Lucio Cornelio, el hijo de Sila? —nombró Lía. No pude pronunciar una palabra, simplemente negué con la cabeza. La verdad es que aún no estaba interesada en tener pareja y las dos Julias ya me estaban fastidiando.

—¿No estarás pensando en el joven Mario? —sugirió Ju-Ju.

—¡Pero qué ridícula, Ju-Ju! —se burló Lía— ¿qué no ves que ellos son primos? ¡Julia jamás lo permitiría!

—¡Basta! Si en verdad quieren saber sobre mi compromiso, entonces pregúntenle a mi madre —protesté con determinación.

—Ella dijo con claridad, que tu futuro prometido pertenece a una de las familias más antiguas de Roma —observó Lía.

—Apuesto que de regreso a casa nuestra madre nos lo dirá. Imposible que ella no lo sepa o que se quede con la duda —afirmó Ju-Ju, muy segura de lo que decía.

—Muéstranos tu habitación —solicitó Lía.

—Sí, queremos conocerla —agregó Ju-Ju.

—Por aquí, síganme —fue mi respuesta, mientras las conducía a mi habitación. ¡Menos mal que las Julias no me visitan muy a menudo! Me sentí aliviada cuando Aurelia y sus hijas por fin se marcharon.


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