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La mentira del adivino


por

Oscar Valero



SMASHWORDS EDITION



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Oscar Valero on Smashwords


La mentira del adivino

Copyright © 2011 by Oscar Valero



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la mentira del adivino

*****

PROLOGO

Cuando a la corta edad de tres años una mañana de verano mi madre me dijo que tenía que ir al colegio, yo fui uno de tantos niños que se echó a llorar. No era diferente a los demás, lo que quería hacer no era ir al colegio, sino seguir corriendo en el jardín de casa, si se podía llamar jardín a aquel pedazo de hierbas mal crecidas y la tierra seca donde jugaba. Y es que el jardín, llamémosle mejor patio, era lo de menos. Lo divertido era jugar con los vecinos, organizar juegos con los que estar todos juntos, batallas, peleas, barcos pintados en el suelo, casitas y hospitales. Y lo mejor de todo ello era que yo siempre era el centro de atención, yo organizaba todo aquello, era un líder.

Hasta que todos los niños regresaban a sus casas y volvía a la realidad de un hogar de madre e hijo.

Amaba a mi madre con locura, ella lo era todo para mí, pero es que tampoco había conocido otra forma de vida, nunca conocí a mi padre y no tenía hermanos. En teoría tenía abuelos, pero mi madre nunca me habló de ellos. Si existían y dónde estaban, yo nunca lo supe.

Mi vida en el colegio no fue tan plácida como me habían dicho que sería, lo único bueno eran los viajes de casa al colegio y del colegio a casa caminando, a pesar de lo lejos que estaba. Me gustaba caminar, y empecé a hacerlo solo ya desde bien pequeño, era mi momento de independencia, de ausencia de gente que me molestase. El resto de la vida en el colegio, era, casi siempre, un sufrimiento. Pero era feliz, no me cansaba nada, ni siquiera de comer siempre lo mismo, lo que llevaba de casa, pan con arenque, mientras que mis compañeros de clase lucían larguísimos bocadillos de carne, queso, de membrillo, de tortilla, y de otras para entonces delicadezas que en muchos casos no había llegado ni a probar.

Y así empecé a tener una excelente carrera escolar, que fue mejorando con los años. El colegio era una excusa, donde podía llevarle una alegría a mi madre cada vez que daban notas, y donde mis amigos me daban el calor que falta en un hogar de dos.

Mi mejor amigo se llamaba Earl. Era un chico fuerte y peleón. Cuando le conocí de verdad, fue el día que me enfrenté a él por pelearse con el chico más débil de la clase. Salté en defensa de aquel niño y me enfrenté al grandullón Earl, que resultó ser un alma solitaria y sin amigos, que en su casa no le hacía caso nadie, y que las madres respetaban mucho. Enseguida vi que lo que tenía era mucha inseguridad, y le faltó tiempo para juntarse a mí y poder así llevarse bien con todos. Earl era el hijo de una de las familias más ricas y prósperas del pueblo donde vivíamos, lo cual marcaba muchas distancias.

South River era un pequeño pueblo al sur de Savannah, de esos pueblos en los que los coches no paran si no es que tienen que hacerlo para repostar, y donde no hay más actividad que la agricultura y la pesca. También estaba la base aérea cerca del pueblo, donde trabajaba mi madre, y donde había servido mi padre antes de morir como un héroe, según me había explicado siempre madre. En los canales que llevaban al mar era donde más nos gustaba jugar a Earl y a mí. Allí íbamos con cañas de pescar caseras a capturar cangrejos, allí nos bañábamos y allí arreglamos la primera barca que utilizamos para salir a navegar. Era una vieja barca de remos, de esas que se utilizan en los lagos, o que arrastra como bote auxiliar algún pequeño velero. El fondo estaba en buen estado y los laterales tenían listones de madera rota y podrida. Los tablones que servían de asiento habían dejado de existir, y los remos hacía tiempo que habían huido junto a su capitán.

Poco a poco Earl y yo nos las ingeniamos para sacar aquella nave del agua y colocarla en lo que nosotros llamábamos "nuestro banco de trabajo". Allí fuimos llevando poco a poco todo lo que conseguíamos que nos regalasen, o lo que encontrábamos en los vertederos de los talleres de pescadores. Botes de pintura impermeabilizante, latas de pintura de colores, clavos, maderas, herramientas y todo lo que creíamos que tenía utilidad. Aunque a veces no la tuviera. Poco a poco la fuimos pintando el bote, fuimos sustituyendo maderas y reponiendo las que faltaban, le pusimos remos, una caja donde guardar nuestros tesoros, un mástil y una vela.

El día que lo acabamos preparamos una ceremonia de botadura. Allí estaban nuestros amigos del colegio, algunos pescadores y algún jubilado de los que se acercaban al puerto. Ni los padres de Earl estaban, ni mi madre. Mi madre porque no tenía tiempo, estaba trabajando, los padres de Earl, ni siquiera sabían de la existencia del bote. Earl les había engañado todas aquellas tardes diciendo que estaba en el colegio, dedicado a unas actividades extra escolares que nunca habían existido. De haberlo sabido, no le hubieran dejado dedicar un solo minuto a aquella empresa, y mucho menos, me temía yo, si era en mi compañía. Pero aquello hacía que mi aprecio por Earl fuese incluso mayor.

Rompimos una botella en su casco, después de muchos golpes hechos con demasiado cuidado, y llamamos a nuestro navío el Savannah Pride, como si fuera el buque más poderoso y auténtico de todos los que fondeaban en el puerto.

Hicimos excursiones a lo lago de los canales de mar que se internaban en tierra, pero nunca llevamos a nadie en el bote. Aquel era nuestro refugio. Años más tarde me enteré que Earl sí había llevado a algún amigo a escondidas, pero no le di importancia. Seguramente había sido alguna chica a la que había querido impresionar.

Nuestra relación de amistad iba a más. Cambiábamos frecuentemente y en secreto nuestros desayunos, a pesar de ser el mío mucho más humilde que el suyo, compartíamos los cromos de béisbol que teníamos para acabar lo más rápidamente la colección, y porque éramos los que más teníamos del colegio, Earl porque se los compraba su padre cada domingo, y yo porque los ganaba a los otros compañeros en el juego.

Pero cuando más nos divertíamos era cuando competíamos entre nosotros. En las competiciones de deporte en el colegio, en las notas, en las excursiones, Earl siempre quería ser el más rápido, el que más aguantaba, el que mejores notas sacaba, y además, el que lo hacía con el menor esfuerzo. Y es que era un chico mucho más alto y fuerte que yo, y no le costaba mucho esfuerzo superarme. Por eso, yo tenía siempre que llegar antes al colegio, y antes de empezar las clases ensayaba en el campo de deporte. Me habían acostumbrado a que salir muy temprano de casa y a ir solo al colegio. Cuando yo llegaba, todavía no había nadie. Allí, en el campo de deporte, practicaba las flexiones, los saltos, la cuerda y corría cada día. Cuando acababa me mojaba en la fuente que había a la entrada del patio, me vestía e iba a clase.

En los estudios era lo mismo. Cuando el profesor empezaba a enseñar una lección, ya fuera de historia, de naturaleza, de matemáticas o de literatura, Earl parecía ya conocer todo aquello. A la primera pregunta que el profesor lanzaba a sus alumnos, él era el primero en levantar una mano y tener en su boca la mejor respuesta. A mí me extrañaba que fuera tan listo, era como absorber todas las enseñanzas según las explicaban, entenderlo todo y no olvidarse nunca. Pero en sus respuestas siempre había más, siempre tenía más conocimientos sobre el tema. Una tarde, después de un partido de béisbol en el colegio, me extrañó que quien le vino a buscar no era Hewett, el criado que cada día venía a por él, sino una chica joven y guapa. Al día siguiente no pude evitar preguntarle por ella, y Earl empezó sus bromas sobre si a mí me gustaba la chica o no. Pero se le escapó nombrarla como su profesora particular en casa. Y entonces lo entendí, todo. Al padre de Earl no le parecían suficientes las clases del colegio, y buscó para su hijo profesores que complementasen su enseñanza.

Aquello me irritó. Era jugar sucio, yo siempre había entendido mi competición con Earl en igualdad de condiciones, era ver quién lo entendía antes, quién lo memorizaba antes, y quién tenía más cultura general. Aquella ayuda extra no la entendía. Así que tuve que levantarme antes, para tener tiempo después de mis ejercicios matutinos, para leer y estudiar las lecciones que tocaban cada día incluso antes que las diese el profesor.

Todavía me acuerdo de la primera pregunta que hizo el profesor cuando ya estábamos en igualdad de condiciones. Había acabado de explicar la vida de Abraham Lincoln, e iba a seguir con el siguiente presidente.

¿Alguien sabe qué presidente sustituyó a Abraham Lincoln?

La respuesta era tan sencilla, yo ya lo había leído, y su historia, que esperaba ver diez o doce manos alzadas, y temí que el profesor no me escogiera a mí para decir la respuesta. Sería frustrante, llevaba tres mañanas levantándome media hora antes, para encontrarme entonces con una pregunta tan sencilla. Miré a Earl y pude ver su mirada levantadora de envidias, la misma que siempre hacía siempre cuando levantaba la mano para dar una respuesta. Pero su cara cambió cuando vio que yo también levanté mi mano. Entonces él estiró mucho más el brazo y empezó a gritar: "¡yo!" "¡yo!" buscando con ello que el profesor le escogiese.

Miré a mi alrededor y vi que no había más manos, sólo la de Earl y la mía. Entonces entendí el sentimiento de liderazgo de mi amigo, aquella mirada de superioridad que semanas antes había visto en sus ojos. Era así como conseguía que todos le respetasen, era con aquella sencilla trampa de prepararse la lección, no era tan inteligente como los demás creían.

El profesor, ante la novedad de ver una nueva mano, me escogió a mí. Y fue así cómo empezó una nueva competición: quién levantaba antes la mano, y a quién escogía el profesor.

En verano de 1980 mi madre perdió el trabajo. La empresa en la que trabajaba, al parecer una fábrica que hacía piezas para coches, tuvo que cerrar. Fue un verano especial. Earl pudo irse de colonias, y después se fue de viaje a la costa Oeste con sus padres, en cambio yo me quedé en casa, y pude disfrutar todo aquel tiempo de nuestra Savannah Pride y muchas horas libres.

Como mi madre salía muy temprano a buscar trabajo, y no volvía hasta tarde después de haber encontrado alguna ocupación por horas, cada día en un lugar diferente, yo me tenía que quedar solo en casa, y decidí no quedarme en ella, pasar el día fuera. Ahora no sé si era porque me lo pasaba bien fuera, o porque no quería sufrir viendo como mi madre entraba y salía de casa a diferentes horas, agotada, derrumbada, y teniendo que ocuparse de mí.

Como ya me iba haciendo mayor y cada vez era más fuerte, empecé a echar en falta el ejercicio diario del colegio. No tardé a empezar a correr por los caminos, y a planificar excursiones a las pequeñas montañas que se elevaban por todo el condado.

Una mañana paseaba por el centro del pueblo, y paré a leer los cómics que vendían en la tienda del señor Towsend. Yo sabía que a él no le gustaba que los clientes ojeasen los libros y los cómics, pero con la excusa de darle conversación, y ayudarle de vez en cuando a mover algunos libros de estantería, conseguí que no me regañase por leer aquellas viñetas. Eso sí, tenía que hacerlo sin que me vieran los otros clientes.

Pero uno de ellos me vio, era el extraño extranjero que vivía a las afueras del pueblo, en Harvey Island, y que bajaba una vez a la semana al pueblo a comprar cosas, entre otras, un libro nuevo cada vez.

Yo pensaba que era un hombre rico por hacer aquello, nadie más en el pueblo, a parte de los padres de Earl, se podía permitir el lujo de gastarse tanto en libros. Tenía que tener, calculé, una biblioteca más grande que la que tenía el colegio.

Cuando acabé mi lectura, como el día no hacía como para salir con el bote por el canal, fui a casa a ponerme ropa de correr y tomé el camino del sur. Fue allí cuando el viejo Horst me adelantó con la vieja furgoneta Toyota levantando tras de sí una inmensa polvareda. Tanta era que el viejo se dio cuenta que me había envuelto en ella, y detuvo su vehículo para ver si estaba bien.

-"Estoy bien" -le dije mientras tosía y me fregaba los llorosos ojos con las manos

-¿A dónde ibas? -preguntó el viejo con ganas de ayudar.

-A ninguna parte, sólo estaba corriendo.

El viejo giró la cabeza hacia el final del camino, que en aquellos momentos había girado hacia el interior. En el horizonte se podían ver las montañas. Giró la cabeza para mirar de nuevo hacia la costa. Su casa debía de estar más allá de donde llegaba la vista, tapado los cañaverales que señalaban la existencia de un canal. Sin embargo su mirada regresaba hacia el interior y miraba tierra adentro, al horizonte, hacia las montañas que se elevaban al final del Estado.

-¿Has subido alguna vez a alguna cima de los Apalaches? -Preguntó el viejo.

Yo ni siquiera sabía si tenían cimas, como les llamaba el viejo, ni que había que subirlas. Nunca había ido más allá del Savannah.

-No - le respondí con sencillez.

El viejo se quedó pensativo unos segundos.

-¿Dónde vives?

-"En el pueblo, en la casa amarilla al lado del viejo depósito de agua del tren" - le respondí. La verdad es que no sabía el nombre de mi calle, ni siquiera si el camino que pasaba al lado del montón de casas mal conservadas que se agolpaban junto a la antigua estación era una calle y tenía nombre. Y ahora que lo recuerdo, mi casa debía haber sido amarilla en alguna ocasión, pero había perdido el color original hacía mucho tiempo ya para entonces.

-Mañana voy a subir allí, si quieres y te dejan tus padres puedes venir.

-No tengo padre - le corregí rápidamente.

-La expresión de su rostro no mostró ni tristeza ni lamentación. No expresó nada, como si hubiera dicho algo que no venía a cuento, y para mí era la expresión que mejor funcionaba con los adultos.

-¿Eres el hijo de la viuda Ellen, no?

Nunca había oído llamar a mi madre como... la viuda. Nadie me había dicho nunca si mi madre era viuda o no, ni me había parado a pensar como llamaban a mi madre. Pero estaba claro que hablaba de ella.

Moví la cabeza afirmativamente.

El hombre me miró de una extraña forma, quizás hoy la habría llamado paternalista, entonces no la entendí.

-¿Quieres venir?- Dijo finalmente.

-Sí - le respondí rápidamente. Tampoco es que me hiciera ilusión, ni que necesitase hacer algo que llenase mis horas libres, simplemente el hombre me ganó con su mirada.

-Entonces mañana por la mañana pasaré a buscarte por tu casa a las cinco. Pero tienes que pedirle permiso a tu madre.

Simplemente asentí con la cabeza. El viejo no me dio tiempo para decir nada más, dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la furgoneta. Sin parar de andar giró la cabeza y me gritó:

-Coge botas y ropa de abrigo, arriba hace frío. Y lleva un saco de dormir, dormiremos fuera. Arrancó el motor con un ruido infernal, como si removiera las tripas de un buey enfermo, y volvió a lanzarse a toda velocidad camino arriba, sin importarle la polvareda que levantaba detrás de sí.

Di la vuelta y empecé a bajar hacia el pueblo. Cuando llegué a casa no había nadie. Empecé a preparar la ropa que tenia que ponerme al día siguiente. Pantalones cortos, dos camisetas, un jersey, una botella de plástico con agua, una bolsa vieja de pan, un poco de queso y dos latas de atún. Como no sabía donde meter todo aquello, subí al desván, a donde mamá no me dejaba ir, para buscar alguna bolsa.

Estiré de la cuerda que levantaba trampilla del techo y busqué una escalera para subir. No había luz, y la única linterna que teníamos en casa no tenía pilas, así que tuve que buscar una vela con la que iluminar aquello. Conseguí subir la escalera con ella ya encendida haciendo equilibrios para que no se me cayera, y llevando cuidado de no prender fuego a nada, pero cuando estuve arriba la oscuridad era tal, y era tan poco lo que iluminaba aquella diminuta llama, que poco podía ver. En una esquina vi un montón de ropa vieja. Al principio creía que eran unas cortinas usadas, pero cuando me acerqué pude comprobar que era ropa de vestir. Pantalones, chaquetas, camisas y un abrigo. Lo miré bien y me pareció adivinar que era ropa militar. Ropa de mi padre. Rebusqué entre aquella ropa, más por curiosidad por conseguir averiguar algo de él. Pero no pude encontrar nada interesante. Ni una condecoración, ni un arma, ni un casco. Nada. Finalmente encontré algo que me recordó lo que había ido a hacer allí. Una pequeña mochila de color gris, con las correas endurecidas por los años y la humedad. Pero servía. El abrigo no me servía, estaba roto y además era demasiado grande. Oí un ruido abajo y rápidamente apagué la vela. Bajé silenciosamente por la escalera después de cerrar la trampilla, y guardé mi botín en la habitación. No era mi madre, sino el gato del vecino, Bigotes, que volvía a entrar en casa para volver a irse sin haber encontrado nada que llevarse a la boca. Como casi cada día.

Ya en mi habitación, observé bien la mochila. Era pequeña para un adulto, pero a mí me serviría. Metí en ella la ropa que no me iba a poner durante el día, y conseguí meter un jersey grueso de lana para la noche. Era verano y no haría tanto frío como decía el viejo.

El resto de la tarde me lo pasé buscando en el atlas del salón información sobre aquellas montañas, pero eran tan pequeñas que no salían ni siquiera nombradas. Solo en una vieja revista que publicitaba las maravillas turísticas de los Apalaches conseguí saber algo sobre lo bonitas que eran, y que dominaban el valle del lago Cherokee, permitiendo desde sus cimas la vista sobre todo el Estado, e incluso en un día despejado, la costa. Aquello me animó y me ilusionó, casi por primera vez desde que aquel viejo me había invitado a la excursión.

Mamá llegó sobre las diez, ya estaba anocheciendo. No le pregunté si me podía ir de excursión con el viejo Horst, seguramente no me habría dejado ir, sino que le dije que al día siguiente no volvería a casa a dormir, que iría a visitar a Earl a su casa de la playa y dormiría allí. Esperé unos instantes su respuesta. Ni siquiera sabía si Earl tenía una casa en la playa, y seguramente mamá no querría que pasase tanto tiempo con él, y lo que era peor, con sus padres, a los que más de una vez ya había criticado.

Pero estaba tan cansada que simplemente hundió la cara en un bol de cereales con leche, asintió con la cabeza, y me dijo que me fuera a dormir ya.

A las cuatro de la mañana yo ya estaba en pie en el porche de casa. Llevaba unas botas de vestir viejas, que estaban tan dadas que eran comodísimas para caminar, unos pantalones cortos, una camiseta y mi mochila. La botella de agua la había rellenado con agua del grifo, y había desayunado pan con leche y miel, todo lo que había podido, para no tener que cargar con ello. Mi madre, a la que había besado mientras dormía, no se despertó ni oyó el ruido del Toyota cuando éste frenó chirriando enfrente de casa. El viejo abrió la puerta de la furgoneta sin bajarse, y esperó a que yo subiese.

-¿Estás preparado, chaval? -Dijo en un tono jovial, distinto al viejo que yo había visto y oído hasta entonces.

Asentí y subí de un salto a aquel montón de hierro oxidado, echando la mochila con chulería al espacio que había entre los respaldos y la sucia ventana posterior de la cabina.

La furgoneta se puso en marcha violentamente, y aquel viejo condujo por los caminos con decisión y soltura, como si los hubiera recorrido toda su vida. Durante la primera media hora no abrió la boca, algún quejido con la boca cada vez que algún bache hacía crujir la suspensión de aquel cacharro, pero nada más. Me empecé a preguntar si dos días en compañía de alguien así iban a ser agradables.

Pero cuando vio que yo no me dormía, lo cual adiviné que esperaba de mí porque me iba mirando de vez en cuando de reojo, empezó a hablar. Y cómo habló el hombre, las horas de carretera pasaron volando mientras el sol salía detrás nuestro, y se elevaba iluminando la mañana.

El viejo Horst resultó no ser tan viejo. Nació durante la segunda guerra mundial en Alemania, su familia, mejor dicho, él y su madre, emigraron a Estados Unidos acabada la guerra. Su padre, un oficial del ejército, no consiguió superar con vida la contienda, y su madre entabló una amorosa relación con un oficial americano, con quien no llegó a casarse porque éste no quiso oficializar la relación cuando le enviaron de vuelta a casa. Al parecer, el buen hombre ya tenía alguna mujer que ocupaba el puesto de esposa en casa, y así decidió que debía de seguir para su regreso. No obstante sí que debió ayudar a su amante alemana para que rehiciese su vida en el Nuevo Mundo, dejando atrás toda la historia y barbaridades que su esposo y compañía habían realizado en Europa.

Junto con su madre, estuvieron viviendo en varias ciudades de la costa Este, quiero imaginar yo ahora que siempre a la sombra de aquel solícito militar americano, que a la vez debía de ser un gran amante, hasta que el fallecimiento de su procreadora dejó a Horst solo y sin familia. Desde entonces estuvo trabajando en varios lugares, unas veces como pintor, otras como vigilante, otras como restaurador, y otras como vendedor. La falta de oficio del alemán no le impedía desenvolverse bien en el mundo del arte, pues en su casa, allá en Bremen siempre habían tenido relación con el arte y el comercio, y algo le había trasladado su madre del amor por la pintura. Sus abuelos habían tenido una tienda de muebles y antigüedades hasta que la competencia con otras tiendas, al parecer de avispados comerciantes de una religión que no era la católica, hizo que cerrasen. Ni Horst hasta entonces, ni yo hasta ahora, llegamos a entender qué narices tenía que ver la religión con el comercio, pero por lo visto fue uno de los motivos que incitó a su padre alistarse voluntariamente.

Ni qué decir que mucho de lo que me explicó Horst aquella tarde y aquella noche, no logré entenderlo hasta muchos años más tarde. Empezando por la edad. Para un crío de diez o catorce años un adulto de cuarenta, cincuenta o sesenta años, era lo mismo, un viejo. Pero no era así. Y al día siguiente me lo demostró.

Después de dormir al raso, yo en su saco de dormir, y él tapado por un abrigo que llevaba, me levantó a las cinco de la mañana. Ya tenía preparado un café y carne de cerdo frita, lo que para mí era mejor que el mejor desayuno del mejor domingo del año, y en cuanto nos lo zampamos, guardamos todo y nos pusimos a caminar.

La subida por el empinado camino era cada vez más dura, y llegó un punto que la espesura de la vegetación era tan densa que costaba avanzar. Ello, junto con el sol que empezaba a picar, hizo que yo estuviera a punto de desfallecer en diversas ocasiones, pero Horst siempre estaba allí con un agua especial que había preparado. Tenía sabor dulce, debía de haber introducido miel y limón, y quizás algo más. La verdad era que después de cada descanso, yo volvía a tener fuerzas para volver a andar.

A media mañana ya habíamos pasado el bosque, y nos encontrábamos saltando de roca en roca, siempre desnudas de vegetación, y siempre ganando altura. Finalmente los saltos se acabaron, y una pared vertical se elevó enfrente de nosotros.

Hasta aquí hemos llegado, pensé, yo, después de tanto caminar, había resultado que el alemán no se sabía tan bien el camino, y en parte, me alegré de que terminase aquel suplicio. Horst, que no mostraba señal alguna de cansancio, vació su mochila de piquetas y cuerdas, y como si se acabase de despertar, empezó a trepar por la roca y a clavar aquí y allá, en cada grieta que encontraba, una piqueta por la que pasaba la cuerda.

Después bajó y me anudó la cuerda alrededor, y me enseñó a agarrarme a la pared. Cuando ya había subido bastante, me dijo que me sujetase bien, y luego subía él, recogiendo tras de sí la cuerda, y volvía a iniciar una nueva subida hacia lo desconocido.

Después de dos horas así, entre sudores, temblores de piernas y manos, y un silencio absoluto, llegamos a compenetrarnos del todo. Justo cuando la pared se acabó.

Simplemente eso, se acabó, ya no había más.

Cuando llegamos arriba, un pequeño sendero entre las rocas seguía paralelo al infernal precipicio que acabábamos de saltar, y que doscientos metros más al oeste iba a dar a un espolón sin continuación alguna. Era el Bold Peak, mi primera cima.

La vista desde allí era maravillosa. No era ni mucho menos la que había descrito la guía, porque el valle era tan pequeño y quedaba tan disimulado entre la grandeza de la visión que se mostraba ante nosotros, que era lo de menos. Las nubes, su cercanía, la pequeñez de todo, el silencio de no oír nada, y el tremendo ruido del viento y el silbido de las rocas, era lo que más sobrecogía.

Horst no decía nada, se puso un jersey por unos instantes, abrió la cantimplora y bebió. Luego preparó algo de comida que tenía guardada en una bolsa, y apartó un poco para mí. Pero no me dirigió la palabra. Me miraba de reojo, sonriendo, sabía lo que yo estaba sintiendo, quizás, lo mismo que sintió él la primera vez que ascendió a ese pico. Pero el resto del tiempo lo pasó mirando al horizonte, sin hablar, como si yo no estuviese allí. Cuando ya hubo descansado y comido algo, me empezó a hablar.

-¿Te ha gustado?

-Mucho, - le respondí. Le hubiera dicho que muchísimo, que era lo más bonito que había visto nunca, y que lo quería repetir mil veces, en mil sitios diferentes. Pero él ya lo entendería con mi simple afirmación.

-Prepárate - dijo - vamos a bajar.

El descenso fue diferente, iba descansado y concentrado, y había mucha luz. En verano los días se hacen larguísimos, y es la mejor época para subir montañas -me decía Horst. En invierno es diferente, es más bonito, es más salvaje, pero es más peligroso y, además, los días son muy cortos.

Horst había escalado muchas de aquellas montañas, y aquella no fue la última escalada que hice con él. Cada vez eran más largas y complicadas, y llegamos a hacernos buenos amigos, a pesar de la diferencia de edad.

De pequeño- me explicó- había escalado en los Alpes austriacos con su padre, y fue allí donde cogió la afición. Cuando llegó a América, las montañas fue el único sitio en que se sintió como en casa, el único sitio donde podía sentirse libre, libre de las miradas acusadoras, libre de la presión de sus acreedores, de la necesidad de vender, de la necesidad de tirar para adelante y trabajar y vender más cada día.

Hasta que llegó un día que dijo basta. Algo debió pasar, la muerte de su madre, o de su esposa, si la tenía, o de alguien cercano, o recuerdos de la guerra, de su padre, no lo sé. Pero abandonó todo. Se compró una cabaña en las montañas, y se retiró allí a pintar y a cultivar los huertos que rodeaban su casita.

Aun así la vida allí era demasiado dura, y aunque conservó la cabaña, tuvo finalmente que hacerse con un lugar para vivir en un sitio más agradable. Y otra cabaña, en la isla cerca de Savannah donde vivía, le pareció el lugar más tranquilo del mundo. Y así siguió para siempre. Horst pasó a ser el viejo de la montaña, apartado del mundo, de todos, menos de mí. El único que no se apartaba de nadie.



*****



CAPITULO 1

Tom acabó el último año del colegio con muy buenas notas. Sólo le superó en las calificaciones de fin de curso su amigo Earl, que, fuera con ayuda o sin ella, había seguido con esmero la particular competición con su amigo, y llegaron a ser la envidia de sus compañeros.

Pero no acabaron allí. Muchos de aquellos chicos no siguieron estudiando, porque tenían que ir a ayudar a sus padres al campo. Otros se fueron a la ciudad a estudiar al colegio militar, pero la mayoría, incluidos Earl y Tom, se quedaron en aquel pequeño pueblecito cerca de Savannah, en la Escuela Superior, y decidieron continuar allí su particular guerra.

El primer año resultó ser espectacularmente tenso. No sólo tenían que competir entre ellos, sino contra los alumnos que venían de otros colegios y que en teoría estaban mejor preparados. Earl y Tom seguían siendo una gran pareja. Se defendían en clase, se ayudaban en los estudios, y lo hacían dentro y fuera de la escuela. En los descansos, cuando se reunían con otros compañeros, en los partidos de béisbol, Earl era la espalda de Tom, y Tom era la espalda de Earl. Después de unos meses, volvían a ser el primero y el segundo, unas veces uno, otras veces otro. Y entonces empezaron los campeonatos de atletismo.

Los dos escogieron correr una distancia cercana a la milla, los mil quinientos metros. Una distancia idónea para una competición entre dos rivales. Se convirtió en una obsesión. Entrenaban cuando salía el sol, antes de ir a clase, y cuando salían de ella. Incluso algún día también lo hacían por la noche. Y los dos lo hacían a escondidas. Earl cogió rápidamente fondo y ritmo, a Tom le costaba más. Se acercaba el primer día en que se cronometrarían los tiempos en la clase, y aquello sería la primera prueba.

El día anterior a la carrera, Tom y Earl apenas hablaron. Estuvieron todo el día juntos, rodeados de otros amigos paseando por el patio, o comentando alguno de los problemas resueltos en clase. Pero no hablaron de ellos, y los dos sabían que no hablaban porque tendrían que hablar de la carrera, de lo bien o mal preparados que estaban y de la estrategia que iban a seguir. Ninguno de los dos quería alardear ni parecer débil.

Hasta que en el último descanso, Earl se acercó a Tom, como había hecho el resto del día, pero esta vez le cogió del cuello, y cariñosamente le susurró:

- Mañana te voy a demostrar quién ha entrenado más estos días.

Tom sabía que Earl había entrenado más cada mañana. Le había notado la cara de cansancio al entrar a clase, pero confiaba en que todo lo que había hecho él por las tardes le hubiese servido de algo.

- Tú lo que tienes que hacer mañana es correr y mirar hacia delante. Si miras atrás, estás perdido, te pasaré.

Earl apretó el cuello de su amigo afectuosamente, se sonrieron, y se fueron al patio de juegos.

El día siguiente era el día de la carrera. Toda la clase era conocedora de aquella rivalidad y de lo mucho que habían entrenado los dos, así que se formaron grupos que animaban a uno y a otro. Las primeras carreras eliminatorias entre alumnos fueron lentas y sin mucho aliciente, se trataba simplemente de ver quién llegaba a la meta vivo, sin la lengua fuera y jadeando como un perro en Agosto. Y eran pocos los que lo hacían, y con unos tiempos que levantaban los ojos del profesor hacia el cielo, desesperado.

Y les tocó el turno a Earl y Tom juntos, la final. Con ellos correrían otros seis jóvenes.

Tom se acercó corriendo a la línea de salida desde el lavabo, había ido allí a orinar antes de la carrera, pero al llegar había vomitado todo el desayuno. Los malditos nervios.

- Preparados, listos, ¡ya! No hubo muchos preparativos para la carrera, al fin y al cabo era una carrera en la clase de deportes del colegio.

Dos de los chicos del grupo saltaron como galgos hacia delante y se quisieron distanciar del grupo. Tom y Earl hubieran dicho que aquellos dos tenían una rivalidad como la suya si no los hubieran conocido, en realidad eran dos fanfarrones del mismo grupo dejándose ver ante las chicas y los novatos del colegio. Tras los primeros cien metros ya tenían una buena ventaja, así que Earl decidió apretar el paso para no tener ningún susto. Fue el primer momento en que dejó a Tom detrás de él. Tom sabía que tenía que seguir su propio ritmo, si lo cambiaba, no aguantaría, así que dejó que Earl marchase.

A los doscientos metros Earl ya tenía a los escapados a su alcance. Tom seguía metido en el grupo de detrás, que iba a muy buen ritmo. A los trescientos metros la pareja escapada, viendo que Earl les iba a coger, apretó el paso en un nuevo sprint, y Earl les siguió unos pasos más atrás. Tom se planteó si se había equivocado. Les separaban ya unos veinte pasos y estaban a punto de llegar a los quinientos metros.

Fue entonces cuando el par de escapados se hundió, al igual que lo hizo uno de los que iba en el grupo de Tom. Earl aprovechó que caían aquellos dos, y al pasarlos apretó el paso. Y funcionó. Cuando Tom vio cómo Earl atrapaba a los otros dos, que habían bajado el ritmo de forma considerable, pensó inconscientemente que Earl se dejaría arrastrar con ellos hasta el grupo, o quizás que ya no correría tanto, o que mantendría el ritmo, pero en cuanto los dos se apartaron y pudo ver a Earl con claridad, y se dio cuenta de que su amigo había apretado aún más el ritmo, ahora les separaban más de treinta pasos. Parecía inalcanzable. Entonces no tuvo más remedio que acelerar, en contra de lo que le decían su corazón y sus piernas. Cuando llegaron a los mil metros, la carrera era ya un collar de cuentas. Earl iba a la cabeza, perseguido ya no de tan lejos por Tom. Detrás de estos, a mucha distancia ya, sólo quedaban dos de los que acompañaron a Tom al inicio de la carrera. Otro quedaba algo más descolgado de sus compañeros, pero aun así, por delante de los dos energúmenos que se escaparon al principio de la carrera, y que ahora arrastraban los pies, y la lengua, por la pista. En última posición estaba el pobre Jan, el débil de la clase que siempre quedaba el último en todo, y que suficiente harba hecho con llegar hasta aquella carrera.

Al pasar los mil cien metros, a sólo dos vueltas del final de la carrera, Tom se dio cuenta que había apretado demasiado, y estuvo tentado en bajar el ritmo. La fortaleza de su amigo le dejó perplejo, Earl podría ir a los campeonatos del Condado y ganarlos fácilmente si siempre corriera así. Pero no bajó el ritmo. Simplemente lo mantuvo, y cuando Earl se giró para mirarle, le sonrió y le guiñó un ojo. Al pasar por los mil doscientos pudo doblar a Jan, como ya lo había hecho Earl. Pudo notar la desesperación, el esfuerzo que estaba haciendo aquel débil joven, que necesitaba aliento.

Tom no se pudo aguantar permanecer callado al pasarle.

-¡Venga Jan! ¡ Muy bien! ¡Una vuelta más y se acabó!

Iba mucho más deprisa que aquella tortuga. Las últimas palabras animaron al muchacho, pero no tanto como para darle fuerzas ni para que su cara permitiese una sencilla mueca de agradecimiento.

Tom, que había estado ajeno a la carrera por unos segundos, se encontró de repente de lleno en ella, cargado de fuerzas y con su amigo a su alcance. Le quedaba poco tiempo para intentarlo, y Earl aún podía apretar y evitar su ataque, pero no tenía nada que perder.

Las primeras zancadas fueron más largas de lo habitual, y el dolor en las piernas también, pero cuando Earl se giró y le vio más cerca, Tom ya tenía acostumbradas a sus piernas al nuevo ritmo de carrera, el espacio entre los dos se estaba reduciendo.

Earl reaccionó como pudo, intentó ir más rápido y creía que lo estaba consiguiendo, al menos, eso era lo que le decía su respiración y su corazón. Pero Tom se estaba acercando rápidamente.

Cien metros para el final. a Tom se le hubiera escapado una sonrisa si hubiese tenido algún gesto de la cara relajado. Earl estaba a tan solo unos pasos, esforzándose para no ser alcanzado, pero ya estaba agotado. A cincuenta metros de la meta Tom se podría haber tirado a los pies de Earl y haberle agarrado. Ya le tenía a tiro. Sólo le quedaban tres o cuatro pasos más largos y ya estaba, pero su rival no se daba por vencido.

Earl sacó fuerzas del único sitio que le quedaban, y no era otro lugar que el amor propio de no dejarse ganar por su rival, la fuerza de evitar su sorna en lo que quedaba de curso. Alargó la pierna lo que pudo y empujó con fuerza, viendo ya a su lado los brazos y las piernas de Tom.


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