José Ángel Mañas
1ª Edición Digital. Julio 2011
Smashwords Edition
© José Ángel Mañas, 2011
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-939184-5-3
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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II.- Primeros pasos de la investigación
IV.- Sobre maricones y putadas varias
VI.- Lo que nunca debió ocurrir
VIII.- El hallazgo de la cinta de vídeo
IX.- El final de Caballo Salvaje
X.- Últimas y definitivas pistas
XII.- Persecución por Alcobendas
La pareja de policías se instala frente al televisor.
Tras las bandas de colores aparece el plano medio de una terraza y, en la derecha, abajo, la hora: 14:12. La imagen tiembla un poco, aunque no se ve mal. No hay sonido. La cámara juega con el zum entre los ficus que bordean el balcón. Se acerca y se aleja de las persianas bajadas que cubren la cristalera.
De pronto, alguien levanta las persianas y aparta los visillos. Se abre la puerta corredera y aparece un hombre corpulento. Se le ve perfectamente. Vaqueros nuevos. Camisa blanca remangada hasta los codos. Lleva una botella de plástico de un litro en la mano, con la que a continuación riega las plantas. Lo están filmando desde el edificio de enfrente. Quizás un piso más arriba, no más.
El zum se acerca. Busca un primer plano del personaje. Este continúa regando las plantas, menea la cabeza, empieza a sonreír como si un pensamiento le estuviera haciendo mucha gracia. Se da media vuelta, entra de nuevo. A través de los visillos se adivina su silueta afanándose en el estudio. De repente se va hacia el fondo. Ha abierto la puerta para que entre alguien. Es difícil decir quién.
Pasan unos instantes.
La cámara cubre las puertaventanas. Otra vez movimiento. El hombre de la camisa remangada regresa a la puerta: una tercera persona. Luego se dirige hacia la barra americana, al fondo de la estancia, mientras uno de sus invitados descorre, a su vez, los visillos. Posiblemente para que se les vea mejor.
—¿Es ese?
—Sí. Es él.
El joven –vaqueros, camiseta roja ceñida, visera negra– sale a la terraza. Nuevo zum: se enciende un pitillo, evitando mirar hacia la cámara.
—Sabe que lo están filmando. ¿Quién coño será el otro...?
El «otro» es el segundo invitado, que a todo esto permanece inmóvil en medio de la habitación. La cámara enfoca el espacio descubierto, previsoramente, entre los visillos. Es lo bastante grande para que, con otro zum, se vea la totalidad del sofá negro. De repente, el hombre de la camisa remangada llena la pantalla: ha vuelto a la terraza con dos copas de champán, le tiende una al joven de la camiseta roja y se ríe con familiaridad, le da palmaditas al hombro.
El joven continúa escondiendo el rostro bajo la visera.
Al cabo, vuelven a entrar. Ellos dos y el tercer individuo van hacia la derecha, donde los sillones. Las siluetas del hombre y del joven de la camiseta roja se juntan, de pie: están besándose.
Cuando el hombre se separa, tiende la mano al segundo invitado, al que todavía no hemos visto, y se lo lleva –casi lo arrastra– hasta el sofá. La cámara se acerca y enfoca exclusivamente al hombre, ya sentado en el borde del sofá, mientras empieza a desabrochar los pantalones al supuesto chapero, al que se ve de perfil, del pecho hasta las rodillas. Primer plano del rostro del peculiar anfitrión: bajando un eslip a rayas, abalanzándose sobre la verga.
—Echa atrás. Quiero verlo mejor.
El policía rebobina. Le da a la pausa. Pero no hay manera. Al chico del eslip solo se le ve de cuello abajo. Un tío delgado, moreno, imberbe. Yo diría que uno setenta. No es muy alto. Quitan la pausa. El zum vuelve al primer plano del hombre de la camisa blanca: está lamiendo el miembro. Se lo mete entero, levantando la vista.
—Todo un profesional.
—¡Coño!
El chico del eslip ha hecho un movimiento brusco. Ha lanzado un rodillazo que engancha la barbilla del hombre. El plano se amplía. El agresor, de espaldas, se sube los pantalones y se abalanza sobre la víctima, caída en el suelo. En ningún momento se ve su rostro.
Uno de los policías se acerca a la pantalla.
—Tiene una navaja en la izquierda —dice.
Al fondo, el joven de la camiseta roja corre hacia la puerta. Huye. Entonces se corta la cinta.
Fundido al negro.
1
Como Duarte tenía turno de tarde, ese mediodía seguía en casa. Era un lunes. El último lunes de finales de septiembre. Hacía calor. Pese a que refrescaran las mañanas, el verano aún daba sus últimos coletazos. Estaban en pleno veranillo de San Miguel. Para Duarte había sido un alivio que la niña empezara el colegio y el volver a Madrid después de pasar agosto en el piso de su madre en La Manga. En el fondo habría estado contento, de no ser porque tenía a su madre en casa, mientras le pintaban su piso en Móstoles. Amparo llevaba con ellos desde el sábado. Y, como siempre que convivían, las broncas eran inevitables.
—Haz el favor de dejarme en paz. Sé cuidar de mi hija —murmuró, sin dejar de rebuscar entre las perchas del armario empotrado—. El médico viene ahora mismo. Y sal, que no tengo diez años. Me estoy cambiando.
—Debiste llamar anoche. Te dije que tenía fiebre.
—¡Mamá!
Amparo seguía en el vano, con los brazos en jarras. Duarte se la encaró, pero la niña soltó un gemido lastimero y fue como si le tiraran de una correa imaginaria. Se giró en redondo.
—¿Te pasa algo, cariño?
Se sentó al borde de la cama. Le puso una mano en la frente.
—¿Ves? La estás molestando con tus gritos.
—Mamá, haz el favor de salirte. Y dile a Paloma que termine con el teléfono. Niña, ¿qué tal te sientes? —dijo, mientras se abrochaba la camisa. Su tono cambiaba al dirigirse a su hija.
La niña sonreía como un angelito. Tenía las sábanas subidas hasta el cuello, las mejillas encarnadas. Encima de la mesita de noche había un vaso de agua medio lleno y un plato con la tortilla francesa que ni había probado.
—¿Cómo se va a sentir? Mal.
Duarte dio un brinco hacia la puerta, pero esta se cerró. La habitación quedó a oscuras. Duarte encendió la luz de la mesilla. Los mocasines seguían junto a sus zapatillas de correr, a los pies de la cama. Se los calzó y rebuscó en el cajón de la mesilla hasta que encontró, debajo de la chequera de Paloma, el termómetro. Lo sacó de su funda. Lo sacudió. Lo acercó a la luz, a ver si había descendido el mercurio.
—Levanta el bracito, nena, y lo guardas ahí un rato. Voy a ver si mamá ha terminado… Así, quédate quietecita. Enseguida vuelvo.
Su mujer seguía, en el pasillo, colgada del teléfono. No dejaba de limarse las uñas.
—¡Paloma!
—Un momentito. Estoy con mi hermano… ¡Nacho!
Duarte cortó la comunicación. Su manaza se mantuvo sobre el aparato.
—No he comido, entro dentro de nada y tu hija está con treinta y nueve de fiebre. No me digas que no puedes dejar lo de Manolito para más tarde.
—Mira qué desagradable te pones. Y qué tirria tan tonta le tienes a mi hermano. Estaba contándome lo del local que piensa alquilar. Ya sé que te importa un bledo, pero…
—Pues sí. Ahora mismo, teniendo a la niña enferma, me importa un bledo, qué quieres que te diga.
Sonó el timbre.
—¿Ves? Si ya está aquí el médico —dijo Paloma—. Deja, que abro. Hay que ver cómo te pones.
—¡Ni se te ocurra! —le advirtió Duarte, viendo que sonaba de nuevo el teléfono.
Paloma lo dudó, pero un segundo timbrazo la llevó a la puerta. El médico era un hombre joven. De no ser por el maletín, a juzgar por el polito verde y las pintas, habría podido confundírsele con un jugador de golf. Paloma le dijo pasa. Duarte se giró hacia su madre. Amparo se asomaba a la puerta de la cocina. Cogéis o no ese teléfono. Duarte dejó descolgado.
—Ayer tenía unas décimas —dijo Paloma, que ya acompañaba al médico hasta el dormitorio—. Y esta mañana se ha despertado con treinta y nueve. Es sencillamente una gripe. Pero es que mi marido se pone histérico enseguida…
Duarte se asomó a la cocina.
—Mamá, ponme un plato. Tengo que salir pitando.
Volvió a la alcoba. El médico, sentado al borde de la cama, miraba a la luz de la lámpara el termómetro que le habían retirado a la niña. Paloma permanecía de pie, a un lado. Duarte aprovechó para agarrar la chaqueta. La funda de su pistola colgaba del paje.
—Yo voy comiendo —dijo.
—Nacho, no agobies. Y sal, que te llama tu madre.
Duarte chasqueó la lengua. Dos días con Amparo en casa y estaba de los nervios. Menos mal que esa tarde la llevaba de vuelta a Móstoles.
—¿Qué pasa ahora?
—¡El teléfono!
Lo enganchó como si lo fuera a estampar contra la pared.
‘—Nacho, soy Manolo. Es que se ha cortado. Ponme con Paloma, anda!’
—Escucha, Manolito. Está con el médico. Te llama más tarde, ¿de acuerdo?
2
—Aquí tienes las sobras del cocido de ayer, gruñón. Si tu padre viviera, no me hablarías así.
Duarte dejó la chaqueta en el respaldo de la silla. La mesa estaba puesta. Miró el reloj y se llevó un cacho de pan a la boca. El plato estaba lleno a rebosar. Mientras comía, salió el médico. El tipo asentía a lo que le decía su mujer. Duarte se limpió la boca.
—¿Todo bien?
—Que sí, Nacho. Tú prepárate. Tiene una gripe. Eso es todo.
Mientras Paloma acompañaba el golfista al ascensor, Duarte agarró la chaqueta y fue al dormitorio. Quería despedirse de la niña.
—Hasta esta noche, nena.
María sacó la manita. Daba pena verla tan debilucha.
—Papá… ¿Vas a trabajar?
—Lo intento, hija.
—No te olvides de darle de comer a Macarena. Que se te ha muerto dos veces.
Macarena era su tamagochi. Se lo había encomendado y Duarte se había comprometido a alimentarla. Se golpeó el bolsillo de la chaqueta.
—No te preocupes. La llevo conmigo. Ahora, intenta dormir.
—La he oído pitar. Dale de comer como te he enseñado.
Duarte sacó el aparato. Apretó unos botones. Pip. Ya está: ¿Contenta? Se salió. En el pasillo se miró al espejo. El pelo me empieza a clarear por la coronilla, pensó.
—¿Ya te vas? —preguntó Paloma.
—Pues claro. Entro a las tres, por si no te has enterado todavía.
—Qué dramático eres, hijo.
—Esta es una casa de locos. ¡Adiós!
En el rellano de la escalera pulsó varias veces el botón de Llamada. Alguien estaba reteniendo el ascensor. Tuvo que bajar por la escalera. Saliendo del portal, se topó con el vecino del piso de abajo, que volvía de sacar a su perro.
—Nacho, ese mus que hemos quedado el miércoles. Toca en tu casa.
—Quita, tú. No es el día —dijo, apartando la cabezota del pastor alemán. El chucho intentaba lamerle—. Me cago en la puta, Juan. Tengo a mi madre en casa. Estoy que no paro. Hablamos esta noche, que andaré más tranquilo. Voy pillado de tiempo.
Su coche, un Peyó trescientos cinco, descansaba en el estacionamiento del edificio. Más allá, el cielo estaba despejado. Se veía la sierra a lo lejos. Duarte abrió la portezuela, se acomodó en el interior. Colocó el espejo retrovisor y sacó una cajetilla de Fortuna de la guantera.
Esperó a que saltara el encendedor del vehículo. En teoría había dejado de fumar, pero todavía se echaba algún que otro pitillo a escondidas. Las primeras caladas le sentaron estupendamente. Menuda mañanita. Habría preferido estar de servicio.
Por fin arrancó y condujo hasta la primera rotonda, camino de la estación de tren.
Unos momentos después se incorporaba a la carretera de Colmenar.
3
Cuando no había tráfico, se tardaba media hora en llegar a Madrid. Al poco ya pasaba bajo las torres inclinadas de Plaza de Castilla. El paseo de la Castellana, que atravesaba la ciudad, de norte a sur, y la partía en dos, como abriéndola en canal. Cibeles. La Puerta del Sol. Daba gusto circular así.
Dejó el coche en el aparcamiento del Grupo y un par de minutos después entraba en la anticuada sede de la Brigada Provincial en la plaza de Pontejos.
—Buenos días.
El agente de recepción le estaba tomando el de-ene-i a una señora y levantó la cabeza.
—Buenos días, Duarte.
Por las escaleras se cruzó con Sánchez y Múgica, dos compañeros de Atracos con quienes intercambió un par de bromas sobre los resultados de sus respectivos equipos de fútbol.
—Ya nos vemos después, señores.
Los despachos del Grupo ocupaban la segunda planta. En el principal de ellos, Julia, la inspectora que tenían en prácticas, permanecía acodada sobre la mesa. Ojeaba una carpeta con fotos de un cadáver mutilado que había aparecido, recientemente, en el incinerador de Valdemingómez. Los pantalones de pana le ceñían un culo grandote pero atractivo. Llevaba el pelo ondulado, recogido en una coleta. La coleta la sujetaba un lazo gris, a juego con la camisa.
—Buenas tardes, Duarte.
—Buenas. ¿Enviaste el fax que te dejé el viernes para el juzgado?
—Por supuesto —dijo Julia, que era muy diligente—. Y ah. Te está buscando el jefe Ramírez. Ha entrado un caso.
—Pues empieza bien la semana. ¿Has visto a Pacheco?
—Lo están localizando. Todavía no ha pasado, que yo sepa.
El pelirrojo Saluerto, otro compañero, salió del despacho vecino.
—Duarte, te toca una inspección ocular —dijo, acariciándose la mosca. La sonrisa le arrugaba los ojillos.
—¿Y el jefe? —preguntó Duarte. Se asomó al despacho paredaño. Era tan amplio como el principal. Encima de una mesa baja había una máquina de café.
—Qué pasa, Duarte —Navarro, sentado en el sillón con las piernas cruzadas, hojeaba el último número de El jueves, la conocida revista satírica. Serrano, al ordenador con una diligencia, levantó la mano y siguió tecleando con dos dedos.
—Ahí llega —dijo Saluerto—. Todo tuyo.
Ramírez apareció al final del pasillo. ¡Duarte! Clamaba con su voz de fumador de puros. Su gesto era apocalíptico. En nada ya le había enganchado el brazo y lo arrastró hacia las escaleras. El jefe resoplaba como un toro. Tenía el aliento cargado de las cervezas del almuerzo.
—Rápido, que nos esperan. Vamos al parquin. Y coño, ¡que alguien ayude a Serrano con ese puñetero informe! ¡Lo necesito hoy mismo!
4
Calle de Alcalá, Castellana, plaza de Cuzco, Alberto Alcocer. La circulación tenía poco que ver con las mañanas. No costaba atravesar Madrid. La radio no paraba de emitir mensajes y el Jefe le estaba poniendo la cabeza como un bombo. En Costa Rica, los primeros curiosos se agolpaban a la puerta de una sucursal de la caja de ahorros capitalina. También había un equipo de rodaje de la televisión autonómica. Seguían a una entrevistadora que hablaba a cámara.
—Aquí, en este edificio, es donde se ha cometido el terrible…
En algunas casas, la gente se asomaba a los balcones. Ramírez aparcó en doble fila el coche camuflado del Grupo. Era un Seat Málaga. Se pegó mucho a la ambulancia y Duarte tuvo que meter tripa para poder escurrirse entre los vehículos.
—¡Dejen pasar! ¡Policía!
Ramírez se abrió paso entre los empleados del banco que charlaban, a la puerta de la sucursal, en mangas de camisa. De vez en cuando alguno apuntaba hacia arriba. Duarte tropezó con una chica y tuvo que acelerar el paso para seguir al Jefe.
—Vosotros, mucho ojo con los periodistas de fuera —les dijo Ramírez, ya en el portal, a los agentes que interrogaban al conserje.
Tomaron el ascensor y en el descansillo del sexto otro agente les abrió la puerta de uno de los dos pisos. Dentro, Zamora, de la Científica, andaba cambiando un carrete de fotos en el cuarto de baño. Más allá se toparon con Pacheco, de espaldas a ellos, con el brazo en alto apoyado en el quicio de la puerta.
—Muy buenas —dijo, volviéndose.
Hoy no tenía buen aspecto. Siendo un lunes, podía haberse tirado el fin de semana de juerga. No olía a recién duchado y su polo estaba sucio. Pero Duarte tenía por norma no meterse en su vida personal, y no hizo ningún comentario.
Hacia el fondo, el médico forense seguía arrodillado junto al fiambre, a los pies de un sofá negro.
—Me cago en la puta —exclamó Duarte. Sentía que se le revolvían las tripas. Se llevó una mano al estómago. Los compañeros lo miraron—. Esto después de un cocido. ¿Qué coño…?
El espectáculo no era bonito. El cadáver yacía bocarriba. Tenía los pantalones vaqueros medio bajados, la bragueta abierta. Y entre los labios abiertos asomaba un pingajo sanguinolento como una segunda lengua.
Por lo demás, lo habían cosido a puñaladas.
Había por lo menos siete puntos ensangrentados en la camisa que llevaba remangada hasta los codos, enseñando los antebrazos velludos. Pero lo más llamativo era la herida profunda en el pubis que los pantalones bajados dejaban ver. La moqueta, alrededor, parecía un campo de amapolas. Solo los zapatos, castellanos de buena marca, permanecían irónicamente inmaculados en medio de la carnicería.
—Lo que tiene en la boca es su propio pene —aclaró el forense, ajustándose las gafas.
Duarte preguntó por la hora de los hechos.
—Yo diría que no hace más de dos horas.
—La policía municipal recibió una llamada anónima. Seguramente desde una cabina —precisó Pacheco—. El Sámur envió una ambulancia, pero no han podido hacer nada. He hablado con los vecinos. El hombre venía de vez en cuando. Generalmente entresemana y al mediodía. El piso era suyo pero no residía aquí. A mí me da que lo utilizaba como picadero. En cualquier caso, los vecinos no oyeron nada. Dicen que la música estaba alta —señaló una cadena en el otro extremo de la habitación, justo donde Ramírez hablaba con los de la Científica—. Aún sonaba cuando llegaron los primeros agentes.
—¿Me permitís un momento? Vamos a ver qué tenemos aquí...
Valiente, el enorme juez de instrucción, se apoyó en el brazo de Duarte. Se agachó para observar al muerto de cerca. Le tocó la muñeca con los dedazos. Al cabo, se levantó y se pasó un pañuelo por la frente.
—A este se lo pueden llevar los de la funeraria cuando quieran —dijo.
Duarte se acercó a la barra americana donde Zamora, el de la Científica, empezaba a pegar varios trozos de cinta métrica junto a un vaso de champán y una botella de la Viuda de Cliquot medio llena. No muy lejos había dos sillones de cuero, a juego con el sofá. Tres copas de champán reposaban sobre una mesita acristalada entremedias.
Duarte se inclinó delante de la cadena y ojeó los compacts de la estantería: Tolk Tolk, Pink Floyd, Udos, Prifab Espraut, algo de música clásica, y el estuche vacío de un disco de Tolkin Jeds abierto sobre los demás. El que sonaba mientras lo acuchillaban.
También había varias cintas de vídeo en el suelo, al pie del televisor: El misterio de la cueva, Gratificación anal, Botas negras domíname.
Todavía pensativo, Duarte se incorporó y salió la terraza. Había gente asomada a los balcones de enfrente, a unos treinta metros. Apartó las hojas de un ficus gigante. Se apoyó en la barandilla y echó un vistazo, abajo. El equipo de la televisión filmaba a los curiosos que se arremolinaban al pie del edificio.
—¿No falta nada? —preguntó, volviéndose hacia Pacheco, que lo había seguido.
Pacheco olía a juerga. A lo mejor ni se había acostado, pensó.
—Parece que no. Tiene la documentación encima. Y veinte mil pesetas en la billetera que ni se han molestado en llevarse… —Pacheco reprimió un bostezo.
Duarte sacó su móvil y marcó el número de casa. Lo hizo ojeando a los camilleros que empezaban a cargar con el cadáver. Comunicaba.
—Bueno —dijo Ramírez, que los estaba buscando—. Pues vosotros diréis por dónde demonios empezamos.
5
Aparcaron en el carril bus a la entrada de Serrano. Estaban a dos manzanas de la Puerta de Alcalá y se encaminaron hacia el portal número cinco. En el interior, la portería iluminada. No se veía al conserje por ninguna parte. Se abrió la puerta del ascensor y apareció un anciano trajeado, con bigotito.
—Buenas tardes —saludó, ceremonioso.
Tenía andares recios y militares.
—Muy buenas.
Los dos hombretones se metieron en el ascensor. Duarte cerró la puerta enrejada.
—Espero que esto suba. Yo peso noventa, ¿tú?
—Algo menos.
—Pues esto no tiene menos de un siglo. Mira cómo chirria. Qué poco me gustan estos trastos...
En el rellano del cuarto se detuvieron ante una de las puertas. Había una placa de latón, debajo del picaporte, con el nombre de la productora.
—Es aquí. Venga. Llama.
Tres o cuatro timbrazos precedieron la apertura de la puerta. Una jirafa con gafas de pasta negra y traje de cuero marrón, que fumaba un pitillo con boquilla, los miró de arriba a abajo.
—Buenos días…
Entonces se oyeron tacones acelerados por el parqué. Se abrió una puerta del pasillo y una chica menudita se precipitó hacia los policías con una sonrisa bobalicona en los labios.
—Lo siento, Cácerin. Estaba haciendo unas fotocopias... ¿En qué les puedo ayudar?
—Les dejo con María Antonia...
Como sonaba un teléfono en alguna parte, la jirafa empezó a alejarse. Pero no llegó lejos.
—Somos los inspectores Pacheco y Duarte. Del Grupo de Homicidios. ¿Podemos pasar un momento?
La jirafa se volvió como un resorte.
—María Antonia, continúa con las fotocopias. ¿Les importa seguirme, por favor?
Los policías la acompañaron hasta una salita de estar. ¿Por qué coño harán los techos tan altos y los ascensores tan pequeños en este barrio?, pensó Duarte. Sobre la mesa había una pila desordenada de revistas de cine y algún Niuyorquer, el prestigioso semanario norteamericano. En la pared reconocieron fotos dedicadas de actores famosos. La luz del atardecer se filtraba por unas contraventanas medio cerradas.
La vista de Pacheco se posó en un póster enmarcado de Ciudadano Kein.
—Es original —indicó la jirafa. Tenía un ligero acento francés, pero su castellano era perfecto. Hablaba con gran seguridad—. Soy la ayudante del señor Ordallaba. Él no está ahora mismo. No creo que vuelva esta tarde, pero quizás les pueda ayudar, si me explican de qué se trata. —Aplastó la colilla en un cenicero plateado.
—Desde luego que su jefe no va a volver esta tarde. Señorita, hemos encontrado su cadáver en un piso de la calle Costa Rica. Se trata de un asesinato. Nos gustaría hacerle unas preguntas. Creo que sí que nos puede ayudar. Y, si colabora, no deberíamos tardar mucho —dijo Duarte.
1
El resto de la semana fue insoportable, y el viernes Pacheco estaba de un humor francamente negro. A media mañana se encontró a sí mismo avanzando por los alrededores de la plaza de Chueca. Apartó malhumorado a una jovencita inmigrante, una china que circulaba en bicicleta y casi lo arrolla al torcer la esquina.
—Quita, hostias...
Lo seguía una decena de agentes de paisano que, por su aspecto, no venían a hacer turismo. Varias marujas que hacían corro, a la puerta de un café cercano, se callaron al verlos. Dos maricas que conversaban de un balcón a otro se les quedaron mirando. Pacheco los controló por el rabillo del ojo. Juraría que uno había escupido desde arriba, ¡maderos!, pero no estaba para tonterías.
—Es al final de la calle. Entro yo primero, ¿de acuerdo?
Para entonces ya habían metido las huellas dactilares de los vasos en el famoso SEID, el sistema de identificación Servidor de Análisis e Identificación Dactilares, sin ningún resultado. El propio Duarte había pasado el día de la autopsia por el Anatómico Forense. Aún no tenían informe, pero el forense había retirado, en su presencia, un puñado de pelos púbicos de la boca del cadáver. Encima, habían encontrado en su cartera una tarjeta de El Armario, la sauna más conocida del barrio rosa madrileño. Y eso, para Pacheco, era una mala coincidencia.
Por lo demás, el ruido mediático era espectacular y, con tanta presión, el jefe no dejaba de repetir que quería resultados a toda costa. Y va a haberlos, ¿me entendéis? Quiero toda la mierda que podáis encontrar relacionada con nuestro hombre. Su vida familiar. Sus amistades y enemistades. Quién coño se beneficia de su seguro de vida. Con quién hacía negocios. Cuántas veces le ponía los cuernos a su esposa. Lo quiero saber absolutamente todo.
—Absolutamente todo —masculló Pacheco.
El sol, sin llegar al cenit, caía al bies por las estrechas callejuelas céntricas. La sombra, en Madrid, se seguía apreciando durante las postrimerías de septiembre. Se detuvieron ante una puerta sobre la que ondeaba una banderita con los colores del arco iris. Pacheco se quitó las gafas de sol. Parpadeó un par de veces –la luminosidad del mediodía le resultaba incómodo– y se limpió el sudor que le perlaba las sienes.
Llamó con un único y prolongado timbrazo.
La puerta se abrió con un zumbido seco...
Al otro lado, un viejecito que leía el Mensual detrás de un cristal antirrobo se sorprendió al ver llegar a tanta gente. Frunció el ceño y se puso en pie. Parecía que fuera a decir algo, pero Pacheco pegó contra el cristal la placa que llevaba en su billetera.
—Usted quédese aquí mismo —dijo.
Navarro y los restantes agentes atravesaron el vestíbulo. Bajaron por una escalerita, a un lado de recepción, camino de los vestuarios. Pacheco siguió sus pasos y empezó a repetir con voz monótona:
—Policía. Permanezcan todos donde están. No se alarmen y no se muevan…
Del vestuario vació se pasaba a una sala de espera decorada con enredaderas de plástico. Sonaba el hilo musical, una melodía plácida y relajante, y junto a un balancín desocupado había una mesita baja. En ella se veían varios periódicos nacionales y un puñado de ejemplares del Shangay.
Allí salió a su encuentro un gordo de gestos amanerados.
—Pero… ¡¿Qué es esto?! ¡Pacheco…!
El rollizo personaje le llegaba a la altura del hombro. Se puso como una granadina al comprobar que los agentes iban sacando a clientes en paños menores de las diferentes cabinas y los empujaban por el pasillo. Al ver quién estaba al frente de la redada, intentó retener a Pacheco. Le agarró por la manga de la chaqueta.