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Edición
Electrónica, 2011
Terranova Editores
San Juan, PR
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© 2011 Manuel Martínez Maldonado para esta edición de Terranova Editores
© 2011 Terranova Editores para esta edición electrónica.
Prohibida la reproducción, en cualquier forma y por cualquier medio, de esta edición.
eISBN: 978-1-935163-61-9
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“Leer está de moda; regale un libro”
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El bosquejo de esta novela creció en mi mente en los años 90 del siglo pasado durante uno de mis frecuentes viajes a España. El tiempo libre que tenía en mis visitas profesionales a Madrid, lo pasaba en la biblioteca nacional leyendo los archivos de los años que antecedieron y coincidieron con los del conflicto, labor que me facilitó el personal de la sala de microfilm. Con la expansión de mi conocimiento y entendimiento, comencé a escribir en 1998, cuando me daba el tiempo (que no eran muchas las veces ni mucho el tiempo). No fue hasta mi regreso a Ponce en 2000, cuando comencé a repasar las memorias de Luis Muñoz Marín y de Pedro Albizu Campos y a leer artículos que ya existían en mis archivos, que se me ocurrió el cómo y el porqué emigrarían dos españoles de bandos opuestos a la Isla. Pero lo mejor estaba por llegar. Según mis notas y apuntes fueron creciendo, más capítulos tomando forma; aparecieron las memorias del Almirante Leahy, editadas por Jorge Rodríguez Beruff, conocí el artículo de José Buitrago sobre el vapor Siania en el Puerto Rico Ilustrado, y vi una entrevista de Gore Vidal (en PBS, creo), que me abrió los ojos. En el camino:
Cordelia Buitrago, me dio copia del artículo del Sinaia escrito por su padre para el Puerto Rico Ilustrado en 1938;
Jorge Rodríguez Beruff, conversó conmigo sobre Leahy y sobre Winship, y leyó el texto;
Matilde Albert, leyó el texto y me puso en contacto con Luis Ferrao, con quien conversé sobre los falangistas de Puerto Rico durante la guerra civil;
Mariano Feliciano leyó el texto y me hizo comentarios que me hicieron reescribir partes de varios capítulos;
Lilliam Moro, hizo correcciones y observaciones de gran valía al texto original;
Luis Rafael Rivera compartió conmigo algunos datos sobre Cecil Snyder y el juicio de Albizu;
Mi amigo y colega gallego, el doctor Francisco Valdéz, me regaló un invaluable libro sobre los niños españoles evacuados de España;
Mi mujer Nivia y mi nuera Esther Calvo criticaron y comentaron con certeza;
Arturo Echavarría, leyó la novela casi por entrega y su lectura minuciosa ayudó a que el texto y algunos hechos estuvieran más claros y precisos. A él, en particular, le debo mucho.
Le doy gracias también a Elidio La Torre Lagares por su respaldo a la novela y por la sugestiva portada.
A todos les doy gracias por el tiempo que me dedicaron, y les agradezco su amistad y ayuda, ya que mejoraron el producto final. Asumo, sin embargo, total responsabilidad por las deficiencias del libro.
La novela no hubiera sido posible sin los innumerables libros y revistas de los que obtuve información para la ambientación y el trasfondo histórico. A todos esos autores les debo mi gratitud.
Debe quedar claro que los acontecimientos históricos que aquí se relatan, incluyendo la explosión del polvorín y el incidente del Vita, ocurrieron, pero las acciones que se relatan y los pensamientos y palabras de los personajes reales y ficticios a través de la narración, son totalmente de mi invención.
Manuel Martínez Maldonado
Isla Verde; diciembre 2010
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…los mundos que crean los novelistas en sus ficciones, son, también, versiones, calas a diferentes niveles (psicológicas, fantásticas o míticas) de América Latina.
-Mario Vargas Llosa
The past is a chaos of events and personalities into which we cannot penetrate. It is beyond revival and it is beyond reconstruction.
-Arthur Schlesinger, Jr.
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María Luisa vio a través de la ventana al perro que, en la luz agonizante de la tarde, rebuscaba en los escombros de la calle. Podía ver cada una de las costillas del animal, a pesar de la distancia que los separaba. Le sorprendía que aún quedara en Madrid un perro cuyas costillas no fueran parte de un guiso en alguna mesa; de sólo pensarlo sintió náuseas. Su vista dejó de posarse en el can para mirar el plato de lentejas y patatas que sostenía en sus manos. De ahí, sus ojos fueron a fijarse en el torso uniformado de su hermoso marido, Pedro González, quien, sentado a la mesa, leía las escasas páginas del periódico del 23 de agosto de 1938, mientras esperaba que le sirvieran la comida. En su pecho fornido y lampiño que una vez la había enloquecido de pasión, se imaginaba las costillas crujir con el lento vaivén de cada respiración, esa tarde calurosa y milagrosamente silenciosa que languidecía sobre la ciudad. También esperaba por su cena, cuchara en mano, José María, su hijo de siete años, el verdadero amor de su vida, que le parecía tan larga.
Tenía 28 años y ya no quería a su marido de la misma forma que antes. La primera vez que lo vio le deslumbró la belleza de su rostro, su perfil y su cuerpo; no se dio cuenta de su brazo deforme hasta más tarde. Según lo fue conociendo mejor, también le deslumbró su inteligencia, algo que nunca dejó de amar y admirar. Pero algo faltaba en el corazón de Pedro, algo que se había perdido hacía tiempo. El día que dio a luz a su único hijo: cuando salió del parto, su marido la besó y la abrazó con gran ternura, pero al hacerlo ella percibió en su cabello la fragancia de otra mujer. Fue un gran golpe que la hizo llorar desconsoladamente sin que él y los que estaban a su alrededor supieran qué la aquejaba.
Nunca le dijo nada sobre sus escapadas; de ahí en adelante supuso que continuaría teniéndolas. Él, sin embargo, jamás le mostró otra cosa que no fuera un gran amor y amistad. Aquel descubrimiento la hizo consciente de la vanidad de su marido y comenzó a notar que a veces había cierta crueldad en su mirada, sentimiento que era de esperarse que también existiera en su corazón. La crueldad y la vanidad hicieron que perdiera parte de su cariño. Al principio le confesaba al sacerdote estas nuevas emociones, pero los consejos del cura nunca le dieron resultado y, además, éste ya no podía ayudarla: había desaparecido de la ciudad al principio de la revuelta del 36, no se sabía si por temor a perder su vida o porque la había perdido ya. A muchos religiosos les habían dado el paseíllo al principio de la Guerra, y ahora, los sobrevivientes, vivían en las sombras de la clandestinidad, o se habían pasado a la España nacional. Desde que el cura se hizo sal y agua, María Luisa dejó de comprender la complejidad del abrupto cambio en sus sentimientos.
Aún le quedaba la pasión por Pedro, pues era muy sensual. En muchas ocasiones era ella la que en la oscuridad del aposento y la tibieza del lecho, sutilmente buscaba a su marido. No se avergonzaba de manifestar su deseo. Él era buen amante y, una vez que se excitaba, mostraba su gran fogosidad. Pero a pesar de su ardor, con frecuencia ella presentía que el pensamiento de él vagaba muy lejos, sepultado en otros problemas que le preocupaban. Pero la satisfacía completamente y, ya casi en el clímax simultáneo, la colmaba de frases amorosas que ella sabía que de verdad habitaban en su corazón. Una vez que terminaban, ella inmediatamente se lavaba con agua jabonosa y vinagre para evitar quedar de nuevo encinta. También se tomaba con regularidad sus píldoras Fortán, que en sus anuncios prometían períodos regulares. Hasta ahora esos métodos habían funcionado y, para su tranquilidad, había optado por no confesarlos al cura. No consideraba que fuera un pecado evitar el traer a este mundo descalabrado criaturas indefensas. Era evidente que Dios así también lo pensaba, pues de alguna forma la estaba protegiendo de quedar embarazada.
El amor apasionado que sentía por Pedro, la admiración por su inteligencia y el agradecimiento que le tenía por haber protegido a su familia cuando comenzó la guerra, hacían que se preocupara por él. Tanto así que las noches las pasaba insomne, no sólo por los ruidos de los obuses y el martilleo de las ametralladoras, sino pensando también en lo que sucedería en Madrid ahora que la comida escaseaba y que los nacionales avanzaban en el norte y habían separado en dos el territorio republicano. Soñaba a menudo con que el grito de «¡No pasarán!» había sido sustituido por el de «¡Han pasado!». Dormida o despierta, temía por la vida de su marido, aunque por su anomalía física (su antebrazo izquierdo estaba bastante atrofiado y terminaba en una mano de largos dedos curvos como una garra, a consecuencia de la irresponsabilidad de un obstetra borracho y propenso a usar mal el fórceps, pero amigo de la familia González) Pedro no había participado ni en los campos de batalla cerca de la ciudad ni en la resistencia en la Ciudad Universitaria. El temor de María Luisa estaba fundamentado en la obsesión de Pedro por la política, algo que para ella no tenía suficiente interés como para arriesgar la vida. Pensaba que la política era siempre pasajera, y que lo que de ella queda como historia no reconoce a los peones que murieron en el tablero de los hechos importantes, y Pedro era sólo un peón. Tampoco le interesaban las amistades de las que se jactaba su marido y ella no estaba tan segura de que fueran verdaderas amistades; ya no existían amigos en Madrid pues cada cual sólo pensaba en sobrevivir.
El fervor de su marido por el socialismo le parecía razonable, pero no así su relación con los rojos y su inscripción en el Partido Comunista español, lo que le producía una vergüenza secreta. Se cuidaba de no comentar a favor ni en contra los comentarios de Pedro; hacía tiempo que no iban a lugares públicos ni se reunían con nadie, excepto con su hermana y su madre. Aunque no lo había hecho, le hubiese sido mucho más fácil decirle que no lo quería como él pensaba que expresarle su repudio por las izquierdas. Lo primero era un riesgo emocional; lo segundo, jugarse la vida. Hacerle partícipe de sus sentimientos políticos los podría poner en peligro en circunstancias en las que ninguno de los dos tenía el control de los acontecimientos. Si entraban las tropas de los nacionales en Madrid, la suerte que le esperaba a su marido y, por lo tanto, a ella y a su hijo, le parecía predecible, particularmente porque estaba segura de que Pedro era un oportunista. Su padre, ya muerto, había sido monárquico y anticomunista desde la punta de los pies hasta su cabeza, según daban fe los emblemas que había llevado en la solapa de su chaquetón.
Tres días después de comenzada la guerra, Pedro la llevó con José María a casa de su madre, doña María Isabel, y de Isabel, su hermana, y las obligó a deshacerse de todas las insignias monárquicas, de todos los emblemas religiosos, de los recortes de periódico y algunos libros del fallecido Ricardo Alcalá, su padre. Todo este material, además de las alhajas -excepto un collar de perlas muy valioso que guardaron- las vendieron y desecharon cualquier parafernalia que delatase el sentir ideológico y la posición social de la familia. Ese estado de miedo, de sobresalto, y los sucesos de 1936 y 37 llevaron a que María Luisa sospechara lo peor de algunas de las actividades de su marido. No eran pocas las veces que se percataba de que la gente del vecindario -en los tiempos antes de la guerra en que aún había vecindario- hablaba de ellos cuando iban por la calle, y escuchaba comentarios y alusiones indirectas de los vecinos sobre la posición política de Pedro. No sabía qué pensar, pues creía que su marido no tenía relación alguna con el mando del partido y, por lo tanto, sus alardes y el temor que parecían tenerle quienes antes habían sido conocidos y amigos, la alarmaban y confundían. Ella sospechaba que él llevaba una vida paralela a la cotidiana, fraguada de peligro e incertidumbre, de la que no la hacía partícipe, pero aunque nada bueno podía haber en ella, no creía que podía ser de gran importancia, por lo que demostraba muy poco interés en los secretos, creencias y vínculos políticos de su marido.
Pedro González era admirador de la Pasionaria y conocía, entre otros, a Francisco Antón, un comisario comunista que era amante de la Ibárruri. Su inscripción en el Partido Comunista -a pesar de ser realmente socialista- a principios de 1934, le había asegurado la enemistad de bastantes vecinos y amigos. Desde el comienzo del flirteo de Pedro con las izquierdas, María Luisa, su hermana y sus padres se preocuparon por su bienestar, pero él les decía que no tomaran en serio los comentarios del barrio, ya que muchos eran feroces sólo de boca para afuera; además, les aseguraba que los conocía desde hacía tiempo y ya él se cuidaría de que nada le pasara. No tardó mucho para que miembros del PCE aparecieran en solares vacíos y calles desiertas amontonados como bultos de ropa; otros desaparecían sin dejar rastro. Después de todo, eso pasaba también con republicanos, falangistas, anarquistas, socialistas, y muchos otros que ni siquiera estaban afiliados a movimientos políticos.
—¡Pero serán brutos los que dicen esas cosas, mujer! —le decía Pedro en el año previo a la guerra, minimizando las noticias de los asesinados; luego, al comenzar la contienda, le decía que lo más probable era que los desaparecidos se hubieran marchado al frente. En cuanto a los vecinos, al comenzar la guerra comentó que ya se les quitaría lo que fuera que tenían contra él cuando los rusos le pararan el caballo a Franco, y se impusiera la República. No fue necesario, sin embargo, esperar tanto: poco a poco, y según comenzó la persecución de todos los que se oponían a la República, los vecinos se fueron convirtiendo -al menos así lo parecía- a su forma de pensar, y muchos de los que no lo hicieron y que dejaban saber su oposición a las izquierdas, terminaron muertos en paseíllos o en las checas, que eran centros de tortura y ejecuciones sumarias.
No obstante, ya ella entendía demasiado bien lo que estaba sucediendo y había tomado una decisión. En su corazón batallaban el amor por su madre y su hermana, por Madrid y España, contra el deseo de salvar a su hijo de una gran adversidad. Los cuáqueros norteamericanos ofrecían ayuda para evacuar mujeres y niños de Madrid, llevarlos a Valencia o Barcelona, y de ahí, a través de Francia o Inglaterra, a América. Era la única salvación para ella y su hijo. En las peticiones de evacuación de aquellos que no estaban directamente involucrados en la defensa de Madrid, María Luisa había sucumbido a su amor por la ciudad y a las opiniones de su hermana y de su madre, de que sólo muertas se irían. Pero ya se estaba haciendo demasiado tarde. Ella se iría con o sin Pedro; lo había conversado con él, y aunque no sabía si lo dejarían ir, o si él verdaderamente quería irse, ella y José María podían estar a salvo en América hasta que acabara todo el follón. Además, le había prometido a su hermana Isabel que se llevaría a su hijo Antonio, de cinco años, y a quien quería tanto como si fuera también hijo suyo.
Isabel, dos años menor que María Luisa, cuidaba de la madre, enferma del corazón. Como su hermana, había renunciado a su ambición de completar los estudios doctorales en historia y lenguas para dedicarse a su familia. Madre e hija estaban decididas a no irse de Madrid pasara lo que pasara. Vivían a unos minutos de la casa de Pedro y María Luisa, y habían sufrido bombardeos cercanos. En junio, una bomba lanzada desde un Junker descuartizó a doce hombres, mujeres y niños diez casas más allá de la de Isabel. Desde entonces se confesaba casi todos los días en un servicio clandestino que cambiaba de sótanos y buhardillas casi con la misma frecuencia con que se escuchaban los sonidos de balas y morteros en el frente universitario a unas diez manzanas de su casa. De vez en cuando caminaba una buena distancia para llegar a la embajada noruega en la calle José Abascal, donde se decían misas clandestinas: quería estar lista para morir. Cuando regresaba a la casa, cada día por una ruta distinta para despistar a cualquier espía, y con el beneplácito del cura clandestino, le prestaba su estado de gracia a su madre, eximiéndola de todo pecado, para que también estuviera lista para entrar al Cielo en cualquier momento. Su marido, Miguel Torres, había desaparecido durante la rebelión del Cuartel de la Montaña, hacía poco más de dos años. No identificaron su cuerpo entre los muertos en el ataque, y aunque al principio se pensó que lo habrían llevado a un hospital en otro punto de la ciudad, no lo encontraron en ninguno de aquellos adonde fueron. Hubo cadáveres sepultados antes de ser identificados. Entre ellos, sin duda, se encontraría el de Miguel.
María Luisa puso el plato de lentejas frente a su hijo y fue por otro que colocó en el lugar en que siempre se sentaba su marido. Miró fijamente a Pedro y luego a José María, y un asomo de llanto le subió a los párpados. Sacrificó su doctorado en historia y filología en la universidad al casarse y quedar encinta inmediatamente: la criatura era una responsabilidad demasiado grande y sus padres la exhortaron a considerar, ante todo, el bienestar del recién nacido.
Recordó -y de inmediato cambió de estado de ánimo-su decisión de tener el bebé en su hogar sin importarle cuán doloroso fuera el parto, pues iba a ser muy feliz al recibir a la criatura que acarició sus entrañas durante nueve meses, y que le había hablado en esos susurros que ella percibía en cada latido de su corazón. Nada iba a evitar que ella le recibiera con una sonrisa amplia y un cariño tan enorme que, como decía, «jamás podrá el fruto de mi vientre hacer otra cosa que corresponderme con su amor». Su vida entera, sus mejores y más grandes esfuerzos serían dedicados a su hijo. Y así fue.
Pero sobre ese cuadro familiar se cernían fuerzas insospechadas y antes de que el día terminara, la vida de su familia cambiaría de forma sorpresiva.
Isabel y María Luisa, gracias a sus padres, habían estado muy unidas desde niñas. Su padre, Ricardo Alcalá, había trabajado como periodista en varios diarios, principalmente en el ABC. De mediana estatura, de rostro ovalado en el que resaltaban sus ojos celestes enmarcados en gruesas gafas de concha que suspendía sobre la joroba de su nariz aguileña, iba siempre bien vestido, pero sin otras extravagancias que no fueran las pequeñas insignias ideológicas en la solapa de su chaquetón. La suya era una inteligencia diáfana; pero era tímido; y al hablar, lo mismo que en sus escritos, era preciso y directo. Estas características profesionales le habían ganado grandes admiradores entre editores, periodistas y lectores, pero había limitado sus relaciones sociales. Aunque conocido por muchos, compartía con muy pocos amigos. Su vida giraba en torno a su mujer, María Isabel, y sus dos hijas, en quienes había sembrado la semilla de la responsabilidad absoluta de proteger a sus hijos, de tener bien presente la necesidad de asegurarles su futuro y de respetar al resto de los seres humanos. María Isabel, María Luisa e Isabel lo adoraban. Veneraban, además, su dedicación al periodismo y, hasta que llegaron a la adolescencia, su lealtad a la monarquía. Era firme defensor de los dogmas católicos, mas, sin embargo, admiraba y aceptaba las teorías evolutivas de Darwin, quien era para él el genio científico más grande desde Newton. Sus hijas, pero no su mujer, compartían esos conocimientos e ideas y, en muchas ocasiones, tuvieron interesantes conversaciones sobre la compatibilidad de la ciencia con las creencias religiosas. Al sucumbir a un ataque cardíaco meses antes de estallar la rebelión, Ricardo Alcalá dejó el piso en el que ahora vivían Isabel y María Isabel, así como una cuenta de novecientasmil pesetas (unos cincuentamil dólares) depositada en Suiza, dinero que a su hermano Mariano y a él les había dejado su padre, además de cientos de libros, revistas, y recortes de periódico. En vida, mantuvo a su familia con su sueldo de periodista y el interés anual que devengaba de su cuenta bancaria; al igual que su padre, antes de morir dejó el camino allanado para que sus hijas recibieran a partes iguales el fruto de sus ahorros, resultado de la frugalidad que también lo había caracterizado; además, él y su mujer, aunque vivían cómodamente, no eran personas ostentosas. Su mayor gozo eran las tardes que pasaba con las tres mujeres comentando los artículos que escribía en los periódicos, leyéndoles versos de los poetas de moda, así como Le Figaro para que sus hijas aprendieran francés, método con el cual exitosamente también les había enseñado alemán e inglés. En muchas ocasiones, con los ojos cerrados bajo la tenue luz violeta del cielo madrileño, con sus manos gruesas de dedos cortos, redondos y algo puntiagudos, de vez en cuando hacía gestos como un director de orquesta llevando el compás de las voces melodiosas de las tres mujeres que tanto amaba.
Durante los últimos quince años mantuvo contacto epistolar con su único hermano, profesor de literatura y poesía del Siglo de Oro, admirado crítico literario, que había sido profesor en la Universidad de Notre Dame, y luego en las de Harvard y Columbia, en Estados Unidos, y, desde 1930, en la Universidad de Puerto Rico. Su fama mundial como estudioso de El Quijote y de las relaciones literarias entre la obra de Cervantes y la novela moderna, en particular la norteamericana, era sólida, y su escolaridad, admirada. Mariano Alcalá había quedado viudo y sin hijos cuatro años atrás. Vivía añorando conocer mejor a las hijas de su hermano, a quienes había querido de niñas como si fueran sus propias hijas, y ahora que ellas tenían hijos, sus ahorros iban todos a una cuenta para ellos. Al igual que Ricardo, Mariano era frugal, ahorrador y disciplinado; y aunque en el salón de clases su erudición era deslumbrante, su modestia atraía a los estudiantes y le ganó el respeto de todos sus colegas que, además, reconocían sus habilidades pedagógicas y su discreción profesional. Esas características propiciaron también que fuera el ejecutor legal de la cuenta del banco suizo. Ricardo Alcalá había instruido a su mujer, sus hijas y yernos que se pusieran en contacto con Mariano cuando «llegara el momento».
La primera vez que Ricardo conoció a sus futuros yernos, uno en 1930, el otro dos años después, le chocó lo parecidos que eran de carácter pero lo disímiles que resultaban sus puntos de vista. Le sorprendió asimismo su relación armoniosa a pesar de sus diferencias. Tal vez la explicación para la aparente simpatía que compartían quienes llegaron a ser sus yernos, estribaba precisamente en esas diferencias tan marcadas. Ambos eran físicamente atractivos. Miguel más ancho de hombros, con unas facciones un poco más gruesas que Pedro, pero de igual estatura: sobrepasaban 1,85 cm. Los dos hablaban rápido y eran inteligentes y educados; sabían francés y alemán y bastante inglés. Pero Ricardo Alcalá percibía en Pedro un conflicto entre su manifiesta valentía y algunas de sus opiniones y argumentos con respecto a la situación existente en Madrid; evidentemente poseía un intelecto excepcional, y a veces era de una ternura y encanto difíciles de resistir, pero en otras ocasiones le parecía cobarde o cruel, quizá insensible, o tal vez todas esas cosas juntas. Miguel era más recatado en su conversación, pero de un matiz violento que se manifestaba frecuentemente en rápidas sucesiones de palabras agolpadas unas a otras, y cierta tendencia a un conservadurismo extremo y rígido, a pesar de su inteligencia. A medida que los fue conociendo, y a pesar de acceder al capricho de sus hijas de casarse con ellos, comenzó a preocuparle la vida que decían llevar y la dedicación que los dos hombres iban a brindarle a sus adoradas hijas.
A medida que le fue conociendo mejor, desarrolló un intenso repudio hacia su yerno Pedro. Llegó a considerarle un irresponsable peligroso por la forma en que se expresaba y por su acercamiento pragmático al comunismo. Tampoco quería mucho a su yerno Miguel, pues se convenció de que en él se escondía un temperamento demasiado rudo y violento. Pero Alcalá nunca dejó entrever sus aversiones ni supo tampoco cuán cerca de la verdad estaban sus sospechas.
Luego de estudios de Derecho, Pedro trabajó como secretario del ministro de Obras Públicas. Su padre, Eduardo González, que fue ayudante del secretario de Alfonso XIII, se había encargado de colocarlo, pero pensaba que aunque era inteligente y guapo, la imperfección física de su brazo era un impedimento para aspirar a más, por ejemplo, a un puesto en el ejército en el que pudiera ascender a general. A pesar de eso, el perfil de Pedro era la envidia de muchos hombres, admirado por las mujeres y una tentación para ambos sexos, y se convirtió en una de sus armas más poderosas. Cuando quería ahuyentar a los admiradores no correspondidos, se quitaba el guante que usaba para disimular su malformación, alzaba su brazo izquierdo, y con la medialuna que formaban sus casi rígidos dedos pulgar e índice, se rascaba la barbilla o se llevaba a la boca un cigarrillo son un gesto que podía ser seductor o amenazante. Muchos le llamaban Pedro el Hermoso; otros –los envidiosos o temerosos–, la Garra. Ahora, luego de su meteórico ascenso en la jerarquía del partido, Pedro, como miembro de la policía militar, estaba a cargo de una importante investigación.
***

El hombre grueso de mediana estatura, cara chata y voz profunda, se pasó una mano por su cabello, alisándolo más aún; puso la otra mano sobre la mesa y miró alrededor de la habitación mientras hablaba. En la pared, un calendario con grandes números marcaba el 25 de junio de 1936.
—Éste la tiene que pagar —dijo—. Ha sido un desfachatado, el muy cabrón teniente José del Castillo. No le vamos a permitir a estos rojos de mierda que se sigan saliendo con la suya, matando a los nuestros.
Hubo murmullos de asentimiento que se hicieron escuchar entre la nube de humo que salía por la boca y la nariz de los cuatro hombres que estaban sentados en las butacas del pequeño salón.
—No puede pasar de esta semana. Hay que proceder con cautela, pero al mismo tiempo que quede claro el porqué de esta acción.
—¡Nadie va a meterse con nosotros! —dijo otro.
—Lo que hay que hacer —continuó diciendo el primero—, es esperarlo en las calles más transitadas cerca de su casa, y cuando haya mucha gente, para que no se pierda el mensaje que queremos transmitir, y que sea fácil poder dejar el lugar entre el tumulto.
—Será fácil si lo esperamos en el lugar más transitado cuando vaya de camino a su casa —dijo el hombre alto y fornido al que llamaban Banderilla—.
—Hay que esperar con un coche... —comenzó a decir Vicente, pero Banderilla lo interrumpió bruscamente.
—¡No! Pasaremos entre la gente... como si nada hubiera sucedido, y dejaremos las armas por distintos lugares de la ciudad. Él estará distraído. No se enterará de nada. Yo me acerco por un costado y me encargo de la sien derecha. Tú, Francisco, te encargas de la espalda... y recuerda... en el lado izquierdo de la espalda... y a quemarropa...
Calló un momento y señaló con el dedo a un hombre delgadísimo que permanecía escurrido en una butaca, en la oscuridad del aposento, y tras inhalar de su cigarrillo turco y expeler una nube continua de humo, añadió
—Tú, antes de que se desplome... de frente... —dijo Banderilla e hizo una breve pausa—, al hígado.
Le llamaban Banderilla por el método que usaba como preámbulo a la sentencia que le aplicaba a los que «paseaba». Al desafortunado se le desnudaba hasta la cintura y se le colocaba frente a una pared, mientras el verdugo le hacía un recuento —verídico o no, daba igual— de sus fechorías contra la Falange y la Iglesia. Llevaba un afilado estilete en una funda construida especialmente para esos propósitos, y la ocultaba en una de sus botas. Antes de propinarles su coup de grace, le gustaba dar una media docena de pinchazos —con mano experta, pues había asistido cinco años a la Facultad de Medicina—, en la base de la nuca de la víctima, para producir el dolor más intenso posible pero sin que llegara a perder la conciencia o muriese. Consideraba que era una forma de enaltecer el momento de la muerte del cabrón, quien la merecía como los mejores toros ante los grandes matadores. Su estatura le permitía que pudiera ejecutar el preambulo con precisión y exactitud en casi todos los casos. Luego, con el pobre diablo llorando o gritando de dolor y sangrando por sus punzantes heridas, le daba la vuelta, y cara a cara le decía: «Llévate bien mi imagen al infierno, rojo hijo de puta, que si allí no te portas bien, allí te vuelvo a encontrar». Y dando un paso atrás, le volaba la tapa de los sesos de un tiro.
Dos días después de su reunión, los cuatro pistoleros esperaron inútilmente a que el teniente José del Castillo pasara por el sitio donde lo acechaban. No supieron si lo habían perdido entre la multitud. Lo mismo ocurrió dos días después y cuatro más tarde. Decidieron, pues, posponer el atentado por temor a que ya algunos del vecindario los hubieran visto y albergaran sospechas o los pudieran reconocer. Esperaron hasta el domingo 12 de julio. El día había sido caluroso, pero esa noche las calles estaban llenas de gente que huían del sopor de sus pisos. Con la llegada de la nueva estación, muchos de la ciudad comenzaron a partir de veraneo a San Sebastián y a otros puntos del norte. Del Castillo se había casado unas semanas atrás con una hermosa chica de ojos pardos, busto generoso y, con o sin corsé, cintura pequeña y nalgas firmes de piel suavísima. Llevaba la imagen de su mujer consigo como se lleva la sensación de ser, de existir, y se apresuraba cuanto le era posible para llegar a casa y hacerle el amor. Desde el casamiento su ansiedad por los barullos políticos había disminuido y se sentía invulnerable a las amenazas que había recibido por su participación en la muerte de un falangista pariente de José Antonio Primo de Rivera. ¿Qué le iba hacer? Había cumplido con su deber y volvería a hacerlo si fuera necesario. Los muslos de su mujer le vinieron a la mente en el instante en que, distraídamente, tropezó con un transeúnte. «Perdone, usted», iba a decir cuando el hombre, unos centímetros más alto que él, le disparó en la sien izquierda. Se había quedado sin sentido cuando otra bala penetró en su espalda y le destrozó el riñón izquierdo y el bazo, mientras, simultáneamente, otro proyectil le perforaba el hígado y la vena cava inferior. Antes de caer al suelo, entre los gritos de la muchedumbre y el asombro de los que estaban más cerca, llevó instintivamente su mano derecha al costado por donde ahora manaba la sangre que, al caer, formó un pequeño charco púrpura en el pavimento.
Los atacantes corrieron en distintas direcciones entre los gritos y murmullos de los perplejos testigos, y se perdieron a través de las callejuelas cercanas. Un hombre que, atónito, había presenciado el asesinato sin apenas darse cuenta de lo que estaba sucediendo, llegó a escuchar al primer pistolero decir: «Aquí tienes, cabrón, para que te acuerdes de mí en el infierno».
La música de fondo en la recepción en la embajada del Brasil era muy distinta a la que él estaba acostumbrado a escuchar -pensó Santiago Casares Quiroga, más dado a la zarzuela y a la ópera-, pero en medio del esplendor de aquel gran salón, estas melodías, con sus ribetes africanos y la sensualidad de las selvas misteriosas, le hicieron esbozar una breve sonrisa que relajó su rostro serio y disminuyó sus prominentes ojeras. Su mujer no alcanzó a escuchar lo que dijo casi a pesar de sí mismo, pero su exclamación de gozo distaba mucho de su agria capacidad para la lucha política. Defensor de su adorada Galicia y de los gallegos, admiraba la política del presidente de Estados Unidos, Wilson, y, sentía la necesidad de mantener inviolable la identidad española en estos momentos difíciles de agitación internacional e intervencionismo ruso. Qué suerte la del Brasil -pensó- que, lejano, aún conservaba en sus selvas la magia esotérica de lo prístino. Vio en su mente bandadas de pájaros multicolores volando sobre el Amazonas y en sus riberas a los caimanes bajo el sol. Consideró, además, el vuelco de la historia que había evitado que ese lugar exótico al otro lado del Atlántico no fuese parte de la herencia de España y que una potencia frágil y atrasada como Portugal hubiese interrumpido la hegemonía de España en Sudamérica.
Rápidamente sacó un gran pañuelo blanco del bolsillo de su esmoquin y hundió en él una honda y sibilante tos; luego miró con detenimiento el pedazo de tela que tenía en la mano y vio la leve traza de sangre, que era mucho menor que la que hacía semanas detectara luego de sus accesos de tos. Guardó el pañuelo justo en el momento en que un mayordomo con levita vino a anunciarle que tenía una llamada telefónica en la biblioteca.
Se excusó con su mujer mientras se pasaba una mano por la ancha frente que, junto a las entradas profundas en su cabello, ya era parte de una incipiente calvicie, y dirigió su delgado cuerpo con paso firme y elegante al salón, intuyendo que quien lo llamaba tendría algo que comentarle sobre el asesinato de del Castillo y de la necesidad de acción. No quería tomar decisiones que causaran demasiada agitación en una ciudad ya caracterizada por acciones y pasiones desmedidas. Además, la atmósfera en la embajada no era proclive a los giros violentos.
Levantó el auricular que descansaba en la superficie de un escritorio enchapado en oro, ébano y marfil, y respondió. Con su rostro impávido, antes de meter su mano derecha dentro del bolsillo de su pantalón, miró impaciente su reloj pulsera: era la una y media. Frunció el ceño cuando escuchó el nombre de su adversario gallego: Calvo Sotelo.
Las noticias del asesinato de del Castillo corrieron por Madrid junto al vaho emitido por sus habitantes en el calor de la noche de verano. A casa de Pedro González llegaron de boca del gallego Victoriano Cuenca, que era un hombre serio y amigable, de hablar sonoro y lento. Su pelo ensortijado hacía pensar a muchos que tenía ascendencia árabe o judía; era de mediana estatura, más grueso que delgado y de cara cuadrada con unos ojos tristes que se endurecían como dos grandes gotas de granito cuando discrepaba de lo que oía. Nadie que lo conociera por primera vez podía adivinar que había sido guardaespaldas del dictador cubano, el general Machado. Su domicilio en Madrid cambiaba con frecuencia, pero pasaba períodos prolongados en La Cubana, una pensión en la Calle de la Montera, porque era amigo del dueño, un cubano revolucionario.
Cuenca había estado velando el cadáver de del Castillo en el cuartel de la Calle de Pontejos junto a muchos simpatizantes de izquierdas a quienes más o menos conocía. No se podía decir que fueran amigos, pues tenía pocos. El aire estaba cargado de venganza y odio hacia los derechistas y todo lo que representaban.
La llegada de Fernando Condés al cuartel desencadenó más retórica salpicada de vituperio ideológico y de revanchismo. Aunque era guardia civil, Condés vestía de paisano y su discurso incitador fue tan contagioso como la viruela. Su rostro parecía más alargado y sus ojos más duros que de costumbre: en la expresión severa de su rostro, sus cejas frondosas disimulaban el leve temblor de uno de sus párpados De vez en cuando miraba o intercambiaba asentimientos con su conocido y amigo, el teniente de Asalto Alfredo León, que coordinaba la salida de los coches de asalto del cuartel. Cuenca se le acercó a Condés en medio de una de sus diatribas y le dijo al oído:
—¿Y qué esperamos? Aquí hay muchos que quisieran vérselas con el gordo... además conozco a alguien que le gustaría ponerle un plomo en buen sitio...
La camioneta número 17 llegó a la calle acordada y se detuvo cerca de la esquina. Cuenca preguntó la hora antes de apearse. Llegó cerca de la casa de Pedro a eso de las dos de la madrugada. Tenía intención de llamar a la puerta, pero no tuvo que hacerlo pues desde la calle vio a Pedro asomado al pequeño balcón e inmediatamente se percató de que lo había visto. Pedro se puso su chaqueta y bajó las escaleras silenciosamente. Su mujer y su hijo hacía rato que dormían. Cuando vio a Pedro, Cuenca le hizo señas con la cabeza, cubierta por una boina negra, para que se acercara.
—¿Has oído lo del teniente? —dijo Cuenca muy bajito.
—Si. La noticia está por todas partes. Por eso esperaba. ¿Qué ha de hacerse?
—¿No te echará de menos tu mujer? —le preguntó Cuenca.
—No.
—¿Tienes tu pistola?
—Por supuesto —respondió el Hermoso muy serio.
Siguieron sin hablar hasta el final de la calle; en la esquina esperaba la camioneta. El conductor era el capitán Condés, a quien Pedro había saludado varias veces. A los otros cuatro los había visto contadas veces, mas siempre con Condés o Cuenca.
Cuenca se volvió hacia el Hermoso y le dijo con los labios casi totalmente cerrados:
—Son las diatribas del gordo Sotelo lo que incitan a estos falangistas, hermano. Pues vamos por él... hemos hablado con Casares. ¿Vale?
—¡Pues, vamos!
José Calvo Sotelo y su familia habían cenado a eso de las diez. Él y su mujer se quedaron en el estudio, ella leyendo el periódico y él corrigiendo un discurso que estaba elaborando. De vez en cuando su mujer lo miraba disimuladamente por detrás del periódico. Miró con detenimiento sus ojos pardos y su nariz perfilada de pequeños orificios, y sus labios carnosos, que junto a su barbilla levemente elevada le daban un aire de altivez que se completaba con la hermosura leonina de su gran cabeza. Ella estaba segura de que el destino de España estaba en las manos de su marido y que era necesario volver a un respaldo absoluto de la monarquía y la Iglesia, poner fin a la anarquía sindicalista y deshacerse de los rojos. El país vivía en un estado de sacrilegio perpetuo y la forma de enderezarlo era haciendo lo que decía su marido.
A eso de las 12:30 de la madrugada, Calvo Sotelo bostezó y estiró sus piernas, a lo que su mujer, como si fuera un apuntador teatral, dijo que era tiempo de irse a la cama. Se quedaron profundamente dormidos poco después de poner la cabeza en la almohada.
El coche de asalto llegó a donde vivía Calvo Sotelo aproximadamente a las 2:30 de la madrugada del 14 de julio. Los ocupantes se desmontaron y saludaron efusivamente a una pareja de guardias a quienes les preguntaron si ese era el número 89 de la calle de Velázquez; era una pregunta superflua pues lo sabían bien. A instancias de los guardias, Condés les mostró su carné de guardia civil y estos no tuvieron reparos en dejarles paso.
El portero de la casa protestó en un primer momento, pero no fue difícil convencerlo de que dejase entrar a la policía y a la guardia de asalto para buscar al diputado —que hacía unos días había incendiado y llevado a las Cortes al borde de la rebelión con sus discursos derechistas—. Mientras el portero estaba distraído examinando los papeles de la policía, uno de los ocupantes del coche de asalto cortó las líneas telefónicas del edificio.
El ruido en el pasillo frente a su piso despertó al matrimonio. Se pusieron las batas. Calvo Sotelo fue al balcón temeroso de que desde abajo le pudieran ver en pijama. Vio la camioneta oficial y entró en la sala justo cuando llamaban a la puerta. Decidió dejar entrar en su piso a Condés y a los otros tres hombres que le acompañaban y alisó su cabello antes de abrir la puerta. Pidió explicaciones del porqué tenía que ir al cuartel de la policía, pero al ver los papeles de Condés, consideró que la Guardia de Asalto no le haría daño. Se puso el traje gris claro que había vestido el día anterior y se colocó su sombrero favorito, que era de fieltro con una gran banda negra y la copa lo suficientemente alta como para cubrir su cráneo privilegiado. Se miró de perfil en el espejo y pensó que tenía que cuidarse pues estaba echando tripa. Fue al aposento en el que sus hijos dormían y los besó tiernamente en las mejillas. De vuelta al vestíbulo, se despidió de su mujer con besos y abrazos. Miró la sala como tratando de grabar en su mente algunos de los detalles de ese salón que le era tan querido. Volvió a tomar las manos de su mujer en las suyas y con una media sonrisa en su rostro le dijo:
—Les avisaré tan pronto pueda. Debe de haber algún error... aunque, claro está, cabe la posibilidad de que estos señores me quieran volar la tapa de los sesos.
Ella, callada, se mordió el labio inferior mientras sentía que la respiración se le aceleraba.
Durante el corto viaje en el ascensor, Calvo Sotelo sintió un extraño deseo de poder. En su visión de lo que debiera ser España, estos atrevidos no tendrían un lugar en ella. Y él era el llamado a determinar cuándo y cómo se devolvería la cordura al país.
Una vez en la calle entró y quedó sentado en el tercer asiento de la camioneta entre dos guardias de asalto y frente a Cuenca y la Garra, que estaban en el asiento trasero. Su ansiedad aumentó al darse cuenta de que el silencio sepulcral que había comenzado en la sala de su casa se prolongaba dentro de la camioneta. No habían recorrido un cuarto de milla cuando Cuenca y la Garra hicieron cada uno un disparo mortal al privilegiado cráneo del diputado.
***

A pesar del revuelo general que suscitó el asesinato de Calvo Sotelo, los intentos de iniciar una investigación fueron interrumpidos y obstaculizados por la guardia de asalto y no progresaron. Además, los primeros relatos del crimen se dirigían más al capitán Condés y a Cuenca que al desconocido Pedro González, alias la Garra o el Hermoso. Cuando se comenzó a saber que las manos de Pedro también estaban ensangrentadas, las preocupaciones del Gobierno y de la ciudad apuntaron en otras direcciones que no eran el asesinato, y lo dejaron tranquilo.
La participación de la Garra en el asesinato de Calvo Sotelo inmediatamente le hizo ascender de categoría entre las izquierdas. Los que sospechaban de su compromiso con la causa se olvidaron de que su padre había sido monárquico y de que su mujer era hija de un periodista de igual calaña. No fue sorpresivo, por lo tanto, que ahora le reconocieran con saludos muchos de los que antes, aunque no lo conocían, pensaban que era un guapito tonto. Poco sabían de su brillantez y su intuición para lo que hay que hacer en cualquier momento para congraciarse con los de arriba. Era una cualidad que había ido descubriendo paulatinamente, y ahora que pensaba que era un héroe —ciertamente lo era para muchos—, y gracias a la recién desarrollada confianza en sí mismo, su deformidad física había pasado a un segundo plano en su mente.
Con su autoestima aumentada, su belleza física era también más llamativa y él la desplegaba con orgullo. Junto a la nueva evidencia de que poseía un lado violento, su perfil impecable le recordaba a muchos a las estrellas de Hollywood que veían en la pantalla. María Luisa, ajena a lo que había hecho su marido, lo había sentido más fogoso que nunca haciendo el amor en las dos o tres semanas después del asesinato. Casi al salir el sol del día del asesinato, la despertaron sus caricias. Hicieron el amor como no lo habían hecho desde el principio de su matrimonio, y el clímax fue como siempre, simultáneo y con grandes gritos de placer. Pero en vez de preocuparse si el ruido había despertado a José María, comenzaron de nuevo, justamente al alzarse el candente sol que ya comenzaba a alumbrar la ciudad y a llenar las paredes de la habitación de una luz sanguinolenta.
De igual manera habían experimentado su recién agitada virilidad muchas otra mujeres que comenzaron a reemplazar a María Luisa en las fantasías y aventuras sexuales de la Garra. Una de estas era una extremeña que había llegado a Madrid hacía un año y que era líder de un pequeño grupo de trabajadores socialdemócratas, pero que coqueteaba con el comunismo. Era alta –casi de la misma estatura que él– y de largos muslos finos y suaves, brazos fuertes y manos que terminaban en unos dedos que no se estaban quietos mientras hacía el amor. Sus pechos no eran muy grandes, pero en ellos los pequeños pezones flotaban en unas aureolas color rosa perfectamente redondas, algo que excitaba y enloquecía a Pedro. Era hermosa, con un rostro ambiguo que muy bien podía ser de una mujer o de un hombre. En muchas ocasiones, mientras ella le pasaba sus dedos por los testículos y por los bordes de su culo, Pedro recordó a su cuñado Miguel Torres.
En 1932, cuando cortejaban de novios a las hermanas, Pedro y Miguel habían ido de paseo a Ávila con la familia Alcalá. Era un día hermoso con un cielo azul añil y una brisa de primavera que hacía brillar las murallas de la ciudad. Lo pasaron tan bien y conversaron tanto después de la cena y bebieron tantas copas, que decidieron quedarse a pasar la noche en un hotel. Los dos jóvenes tuvieron que compartir la cama en una pequeña habitación. Antes de acostarse conversaron de política y del efecto de la monarquía en el presente Gobierno, y el amor que a ésta le tenía Miguel, y la suspicacia que le causaba a Pedro. Debatieron hasta quedarse dormidos. Temprano en la madrugada, aún de noche, se encontraron abrazados, sus erecciones tocándose y latiendo a través de los calzoncillos. Como un reflejo, mientras se miraban a través de los párpados entreabiertos, cada uno tomó la verga dura y lúbrica del otro en su mano. El calor de los miembros les subía por el brazo y la pasión súbita de cada uno hacía que se movieran entre gemidos apaciguados, y continuaron acariciándose los genitales hasta que ambos eyacularon profusamente. Exhaustos, llenos de olor a esperma, entre pequeños apretones y gemidos cada vez más leves, volvieron a quedarse dormidos. Jamás volvieron a repetir o mencionar el episodio, pero desde entonces sabían que se querían mucho más que como amigos, más que como hermanos, y que nada se interpondría entre ellos y su especial amistad.
Fueron inseparables mientras enamoraban a las hermanas, y en muchas ocasiones, con sólo mirarse, sabían lo que pensaba el otro. Ricardo Alcalá los observaba cuando intercambiaban frases de elogio y se daban palmadas en la espalda, y pensaba que aquella amistad tenía una energía que provenía de una llama oculta encendida por una mano misteriosa, pero nunca percibió la naturaleza del vínculo que los unía. Sentía la fuerza del entendimiento entre dos mentes ágiles, pero no sabía cómo responder a lo que percibía como un enlace maldito, una simpatía fundamentada en algo que él no entendía.
Al otro día de su encuentro, sin embargo, discutieron e intercambiaron sus ideas agudamente y sin reservas, y mientras el día alumbraba con luz amarilla las torres de la muralla de Ávila, continuaron conversando durante el desayuno, mientras Ricardo Alcalá los escuchaba molesto.
—Miguelito, ¿en qué te basas para pensar que hay que aniquilar a los anarquistas? —dijo con una gran carcajada Pedro, al mismo tiempo que lo tomaba por los hombros y lo mecía con cariño.
—Ay, Pedrito, porque son una escoria. No quieren obedecer las órdenes del Gobierno. No respetan las jerarquías establecidas por Dios y, a la vez, le faltan el respeto al Rey.
—Sin embargo, respetan el matrimonio y la necesidad de mantener una sociedad comprometida con el individuo, que es su centro unitario.
—Eso lo dices porque eres un comunista... socialista... las dos cosas posiblemente. Lo que sea, ¿vale? Y se te ha embotado el entendimiento leyendo a esos dos judíos cabrones...
—...que han cambiado el mundo. Que lograron... sin tomar un fusil, ni tan siquiera pensar en un gesto bélico... generar una revolución cuya popularidad y vigencia está durando más que la francesa, y que continuará durante siglos... de hecho, por los siglos de los siglos... y pienso en ese judío socialista que fue Cristo en su época, pues Marx y Engels en esta...
—¡Joder! La verdad es que te estás volviendo un fanático pesado. Ahora estás dándole un giro religioso a lo que es una ideología anticristiana. ¿Cómo se te ocurre comparar...? Eres un sacrílego. Aún tienes tiempo de salvarte antes de que esta familia piense que estás hablando en serio... —comentó Miguel riendo en voz alta, pero patentemente molesto con su futuro cuñado.
—Vamos, vamos, vamos, que no es para tanto. Estamos de paseo. No es el momento para este tipo de conversación —dijo María Isabel, mientras pasaba su mirada de una de sus hijas a la otra.
—Sí, por Dios. Dejen el tema —añadió enfática María Luisa, mientras Ricardo Alcalá permanecía en silencio, con el rostro impávido y su corazón apesadumbrado.
Sin embargo, todos se unieron con gran alegría cuando los dos jóvenes se rieron, se pasaron un brazo sobre el hombro y, para agrado de Alcalá, comentaron que el día que les esperaba era demasiado largo para estar malhumorados por circunstancias que no podían controlar.
Miguel miró la sonrisa de Pedro y pensó que la belleza era una de las pocas cosas que a veces lo conmovía; y una de las razones principales por la cual le perdonaba sus creencias políticas.
Sentados ya a la mesa, Pedro fijó su mirada en la hermana de su novia y, por una milésima de segundo, envidió que al fin y al cabo tendría el cuerpo caliente de Miguel junto a ella todas las noches.
***

Banderilla llevaba algo más de dos años escondido desde el atentado del Cuartel de la Montaña, pues para lograr su intervención en el cuartel había asesinado a uno de los suyos. Por eso, pese a su amor por su mujer y su hijo, y el corto tiempo que le quedaba para completar su carrera, había decidido entrar en la clandestinidad. Regresar a su hogar era casi una sentencia de muerte para todos, incluyendo a su cuñado, a quien amaba a pesar de sus simpatías con los rojos. Estaba convencido que una vez que se resolviera el problema de la República y se echaran de suelo español a todos los mercenarios extranjeros que intentaban imponerle a España sus formas de pensar, su familia podría de nuevo vivir al amparo de las leyes de la Iglesia y de Dios, bajo la mirada benévola de un rey que aceptara el método democrático que hacía tantos años funcionaba en Inglaterra.
Por sus conexiones con la Falange, se había dado a la tarea de hacer desaparecer del clima incivil que comenzaba a socavar la calma madrileña a varios de los predadores que se escondían detrás de ideologías políticas para cometer sus fechorías. Pensaba que matarlos era un mal necesario para alcanzar el bien. Su método consciente y cuidadoso para escoger a sus víctimas y el estudio minucioso de cada paso a dar, lo habían protegido hasta ahora de ser detectado por el enemigo. La alta jerarquía falangista dentro y fuera de Madrid reconocía sus contribuciones sin saber quién era. Había llegado a sus oídos que el general Mola -quien sólo lo conocía como Banderilla- había dicho que se necesitaban más como él en toda España. Más tarde -con la guerra ya generalizada- cuando se mencionaba la «quinta columna», se sabía que él era uno de sus miembros más destacados. Mas no fue hasta un par de años después que, en un momento de vehemencia, Queipo mencionó su apodo por la radio.
La primera oportunidad de ayudar a las fuerzas de liberación le había venido a Miguel aquella tarde del 19 de julio de 1936 cuando acudió al cuartel que, para él, en un acto patriótico sin precedentes, se sublevó. Pensó que sería el momento cumbre de su participación y que se le reconocería después del triunfo como uno de los más dedicados soldados de la lucha dentro de la ciudad sitiada. Sin embargo, no sucedió así aquel día fatídico: la rebelión quedó frustrada por un puñado de oficiales invertebrados y una turba de pseudosoldados que apabullaron la insurrección.
El general José Fanjul llamó al teniente coronel Arenas para darle instrucciones. Ese 19 de julio de 1936 la imprenta del cuartel publicó el edicto declarando la solidaridad del ejército español con las fuerzas nacionales, y la intención de los acuartelados -tres unidades- junto a los ejércitos del general Mola -que ya se acercaban a Madrid-, de disolver todos los sindicatos marxistas y de sacar de España a todas las bandas de extranjeros asesinos y oportunistas.
—Tenemos que comunicarnos con Carabanchel y asegurar la intervención del regimiento de Campamento —dijo Fanjul.
—Tendrá que ser por heliógrafo, general —replicó Arenas—, pues han sido cortadas las líneas de teléfono.
—No hay tiempo que perder. Notifiquen que es necesario que esta madrugada nos encontremos, y que con las unidades de Getafe y Vicálvaro bombardeemos los aeródromos.
—Inmediatamente, general.
Arenas giró sobre sus talones y salió apresuradamente a cumplir las órdenes de Fanjul.
Fanjul se paseó nerviosamente por el salón. Se detuvo brevemente ante una de las ventanas que daban al Paseo del Pintor Rosales. Se rascó burdamente su barba canosa y, sin pensarlo, se pasó los dedos de la otra mano por las oscuras y abultadas cejas de su rostro ovalado, que no delataba ningún estado de ánimo en particular: era más bien el de un maestro al que le han asignado de improviso un nuevo salón de clases y que, a pesar de la contrariedad, se siente seguro de que sabe bien la lección. Los oficiales a su alrededor, murmuraban.
—¿Cuántas ametralladoras tenemos? —preguntó a la vez que se pasaba las manos por el escaso cabello.
—¡Cuarenta, mi general!
—Y quince morteros —dijo otro oficial con timidez.
—Por lo menos todos están armados con fusiles y pistolas. ¿No es así?
—Si, señor general. Además tenemos los cerrojos de cerca de cincuenta mil rifles.
El general miró al otro sin verlo. Pensó en si sería cierto que ya dentro de dos o tres días entrarían a Madrid las fuerzas de Franco. Aunque los partes del sur y de Mallorca eran alentadores, en muchos lugares el ejército había permanecido fiel a la República.
—Tenemos que asegurarnos de que todos en el Cuartel sean leales a España —dijo Fanjul, pensativo—. Aquellos que no lo sean, métanlos en el calabozo: ya nos ocuparemos de ellos cuando llegue el momento.
Se rascó la barbilla y miró hacia el portón más allá del cual se extendía el valle de ese río holgazán que es el Manzanares: recordaba la imagen de los lavaderos con las ropas tendidas al sol como banderas de rendición de toda la ciudad. Esa imagen se disolvió rápidamente con los ruidos en el patio. Por la entrada de Rosales habían arribado más de 150 jóvenes falangistas que se unirían al ejército en la sublevación.
—¡Arriba España! —gritaban saludando a los soldados, que respondían de igual forma.
La algarabía fue suplantada por gritos de alarma cuando se sintieron disparos de rifles y pistolas hacia el cuartel. Un cadete se apretó su hombro izquierdo al mismo tiempo que dejaba escapar un grito de dolor, y cayó al suelo con sus ropas ensangrentadas. Los que estaban a su alrededor le socorrieron inmediatamente y con unos pañuelos pudieron detener la hemorragia. Más allá un capitán había recibido un balazo en la pantorrilla derecha, y era ayudado a entrar dentro del cuartel por uno de los jóvenes falangistas recién llegados.
—Estás bien —le dijo con firmeza el joven falangista al capitán—. Es una herida superficial, un rasguño... te vas a poner bien. No pasa nada.
El capitán lo miró con agradecimiento. La boca del joven hizo el amago de una sonrisa que nunca llegó a serlo. Se alejó del capitán en el momento que se acercaba un grupo de enfermeros con sus maletines.
—No corre peligro, pero hay que curarlo— le dijo Miguel Torres a uno de los enfermeros sin tan siquiera mirarlo.
Miguel Torres miró a su alrededor; pensó que ya había pasado el momento peor. Los del cuartel habían respondido al fuego y en la calle yacían tres muertos. Habrá más bajas, se dijo. Tendría mucha cautela, pues no pensaba caer en el primer día de la liberación de España. Abajo los rojos y los rusos, y arriba España, pensó. Metió su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un carné de los muchos que a través de varios años venía robando, y lo ocultó dentro de su bota derecha.
Momentos después salió al patio desde donde se veían guardias de asalto en las azoteas cercanas. En las calles se habían levantado barricadas y se corría la voz de que carros blindados del Gobierno se aprestaban a asaltar el cuartel.
Las órdenes de proteger las ventanas con sacos terreros, colchones y planchas metálicas no se hicieron esperar. En el piso superior del inmenso edificio se ubicaron ametralladoras protegidas por sacos terreros. Se dio orden de mantenerlo todo a oscuras.