COCHERO
Luis Adrián Betancourt
©Editorial Emooby
Cochero
By Luis Adrián Betancourt
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Table of Contents
LA VIDA ES COMO UN VUELO DE PAPALOTES
ESE CABALLO ME MANDO AL HOSPITAL
LOS QUE SIEMPRE TIENEN LA RAZON
A mi madre le encantaba el café. Vivía pendiente de que no le faltara, primero dejaba de comer. Cuando le quedaba poco me llamaba para el encargo:
—Oye Macho, vete pronto a la casa de Manuel y cómprale dos libras de Caracolillo.
Ese Manuel vivía en Valle 21, casi esquina a San Francisco. Vendía un café aromático, acabado de tostar. Todavía hoy tengo el espíritu de esos granos metidos en la nariz. Todavía oigo los ruidos de mi madre al molerlos.
Ella sujetaba la cajita entre sus piernas y daba vueltas y vueltas al molinito; y el polvo a caer y caer, y ella a cantar y cantar, con una voz tan suave. Cantaba para entretenerse. La música era otro vicio suyo, por eso llegamos a tener una vitrola en la finca. Se sabía la mar de canciones:
Dicen que Murga se ha muerto,
yo digo que no, que no...
La letra contaba que el tal Murga merodeaba por las ciudades, y así fue juntando la fama que dio pie al canto con el que mi madre alegraba la faena.
Cuando venía a ver, el polvo llegaba al tope de la cajita, y si la agarraba entretenida se le derramaba encima. Mi padre se reía de que ella le echara la culpa al molino. Con el tiempo le compró uno nuevo. Mi padre lo colgó en la pared y dijo:
—Este sí es un molino.
—Que ojalá y nunca le falte el grano —respondió mi madre.
Y no estaba de más su deseo, porque rachas tuvimos buenas y malas; y a falta de café tomábamos cocimiento de naranja agria. Con eso se conformaba mi madre, pero no le daba por cantar.
Era bonito ese molino, galvanizado, pintadito de verde. Colgado en la pared parecía un adorno.
Mi madre se llamaba Juana Hernández, era natural de Las Palmas, Islas Canarias, y llegó a Cuba cuando tenía doce años. Aquí tuvo la suerte de enamorarse de un hombre tan bueno como mi padre, compatriota suyo que había venido por el 1880, con catorce años pero ya preparado para la vida.
Mi padre se llamaba Ramón Fernández, era de San Román de la Llanilla, Santander. Todo el mundo le llamaba el Montañés, así firmaba sus papeles y así le gustaba que le nombraran.
Es caprichoso el destino, porque siendo los dos españoles de cuna, vinieron a encontrarse a este lado del mar, en el barrio habanero El Vedado, que él conocía cuadra por cuadra. Primero por haber manejado los tranvías de a caballo, y luego como chofer de las guaguas La Unión, propiedad de don Pedro Antonio Estanillo, en la ruta Vedado-Habana. Mi madre montaba esa misma ruta para ir a su trabajo, que era la casa de una señora francesa muy adinerada.
Por esos días de lo que más se hablaba era de la guerra. Se decía que por su culpa la miseria y el hambre acababa con la gente. Lo peor era que nadie sabía ni cómo iba a terminar aquella tragedia. Los españoles que por sus cojones, los cubanos que por los suyos, y todos a padecer.
Ya mi padre sabía lo que era pasar trabajo y no se asustó. Lo sabía de cuando llegó a La Habana sin dinero, sin una buena recomendación, lo que se dice con una mano atrás y otra alante.
Pasó cincuenta días enfermo, sin medicina, y luego quince días más buscando colocación, sufriendo calamidades y desprecios, hasta que se encontró con uno de Barcenilla que se lo llevó a trabajar a su fábrica de gaseosa cuando no había cumplido los quince. Él estaba curado de espanto, pero la guerra metía miedo.
La familia francesa a la que servía mi madre se asustó al saber que los mambises cogían fuerza, que los españoles ya no podían con aquello y que los americanos querían pescar en río revuelto.
¿La guerra? Decir Martí, Maceo, era mala palabra en aquella casa. Le tenían terror sobre todo a los negros, que si eran medio salvajes, que si venían en cueros montando las bestias al pelo, que si eran vengativos, que no dejarían “títeres con cabeza”.
Ni los españoles se amedrentaron tanto como aquellos franceses que de sólo mencionarles la guerra caían en una tremenda pasión de ánimo.
Como mi madre los había servido bien, quisieron hacer algo por ella antes de regresar a su país. No es por desdorar el gesto, pero a la francesa le sobraba dinero para hacer caridad. Tenía de todo. Su marido era dueño de varias joyerías, una de ellas muy nombrada, en la calle de Obispo. Así que un día la llamó y le dijo:
—Mira, Juana, nosotros regresamos a Francia, que con un Haití ya tuvimos bastante; pero le hemos tomado aprecio y no queremos dejarla desprovista. Dígale a Ramón que le vendo una media manzana de terreno en doscientos pesos. Ahora apenas vale para nada, pero mañana le van a ofrecer muchísimo dinero por ese lugar. Es una inversión segura, porque La Habana viene creciendo en esa dirección, y cuando pase la guerra, el que sea dueño de esa esquina se hace rico.
Pero mi madre desconfió. Si los franceses vendían ese pedazo del Vedado, era porque no podían llevárselo a París, porque todo lo demás lo estaban metiendo en baúles.
Si no llega a ser por la guerra, ellos se mueren aquí de viejos, porque sol como el de La Habana no iban a encontrarlo en ninguna parte.
Mi padre perdió esa buena ocasión de levantar cabeza. Le dio de lado a aquella esquina baracutey y lo que hizo fue meterse en el negocio de los coches, que de riendas sí sabía, por haber manejado tranvías y guaguas haladas por mulas.
No le critico la decisión que tomó. ¿Quién iba a adivinar que el Vedado llegaría hasta donde llegó? El solar que los franceses le metieron por los ojos a mis padres estaba en Línea y 12, cuando aquello era pura manigua. Y no es exagerar que en la esquina de 11 y C había cuando aquello un ingenio ¡moliendo cañas en el medio del Vedado!
El mejor regalo que esos franceses le hicieron a mis padres fue el de ponerse a vivir en la ruta del tranvía y propiciar que se encontraran, se enamoraran y llegaran a casarse en 1894.
En el año de Baire tuvieron el primer hijo, Pascasio; en el 97, el segundo, Gerónimo, que nació en San Román de la Llanilla cuando mi padre viajó a España a capear la tempestad. Y yo fui el tercero.
A las nueve de la noche del 19 de septiembre de 1899 nací, habanero de sangre canaria y montañesa; todo eso a mucha honra.
Nací en la calle Buenos Aires número 6, esquina a San Francisco de Paula. Me recibió en este mundo María Regla Moliné, partera de buena mano, graduada con alta calificación y amiga de la familia. Otra mulata vecina me puso el sobrenombre de Macho. Me bautizó un matrimonio de Santander, Modesto y Donata, que no tenían hijos y les sobraba el tiempo para los ajenos.
El primer establo de coches lo tuvo mi padre en el 1905. Por ahí andaba todavía un cuño gomígrafo de Carrillo número 3, que era su dirección cuando el barrio estaba lleno de marabuzales y potreros.
Carrillo es la calle Omoa, en la quinta Dependiente. Esa finca era tan grande, que abarcaba desde Agua Dulce hasta Alejandro Ramos. Como la quinta se estaba ensanchando, compraron la finca El Conde y fabricaron en sus terrenos el pabellón Gómez y otro para los locos.
Cuando echaron las cercas para lindar sus nuevas propiedades, la calle Carrillo quedó dentro del hospital. La dejaron conforme estaba, no fuera a ser que el gobierno les reclamara.
Si sucedía eso, no había más que derrumbar los muros nuevos. La calle volvía a ser calle y a salir a Agua Dulce como si nada. Pero nadie protestó, o sería que los dueños de la quinta soltaron dinero para que no pasara nada. El caso fue que la Dependiente se tragó esa calle.
El dueño anterior de esos terrenos fue un señor de sangre azul, un conde que murió loco. El recuerdo que guardo de él es un susto. En su propiedad había matas de pitaya, esa fruta rosada muy dulce, de muchas semillas. Los niños siempre sabíamos dónde estaban las pitayas más dulces y maduras; y no importaba si había lomas o cercas o ríos de por medio, siempre sabíamos llegar a ellas. Ese día se nos ocurrió ir a comerlas a la finca del conde. Ya estábamos en lo mejor del banquete, cuando se apareció aquel hombre desaforado disparando su escopeta. Esa cerca no volví a saltarla.
De cuando niño recuerdo cosas malas y buenas. Algo que nunca se olvida son los juegos. Con ellos también se aprende lo que es la vida. Mirar lo que hacen los gatos. Jugando la madre los enseña a cazar. También los entrena en la pelea. Mucha maldad de la vida se aprende en los juegos. Los padres y los maestros debían imitar más a los gatos. El adulto que juega con un niño no está perdiendo el tiempo.
La quimbumbia se hizo popular porque era sencilla y barata, un entretenimiento de la calle que no se vendía en ninguna tienda, sino que podía sacarse de una escoba mocha.
Nada más era golpear un palito, hacerlo saltar y en el aire meterle un fuacatazo. Algunos creen que es un juego de bobos. Todavía queda gente que si te ve en una tontería pregunta: ¿qué pasa, compadre, tú juegas quimbumbia, o empinas chiringa con hilo negro de noche?
Existía el piquiniquén pisado, que tú recogías una lata vacía, la achatabas a golpe de piedra, y, cuando ya estaba bien plana, la tirabas lejos, para cualquier parte. El primero que la pisaba, ese ganaba.
Estaba el trompo, de madera y con punta de hierro, afilada como las espuelas de los gallos, hecha para romper al contrario, para partir en dos al trompo del otro. Se bailaba con una pita, se tiraba con fuerza. Los muchachos nos poníamos furiosos, porque el juego no era ver lo lindo que bailaba el trompo, sino joder al otro, y hasta ojos sacados y cabezas rotas hubo con esa diversión.
El chicote escondido era hacer un nudo con un trapo y desaparecerlo, y la gente a buscar. Si andaban despistados, el cantico era “frío, bien frío”, pero si le pasaba cerca: “¡que te quemas!”. Había el juego de la pesa. Le decía a uno: “ven, que te voy a pesar”. Te lo encaramabas encima y venían los otros con tablas a tumbarlo.
La lunita era como el de los escondidos. Había una base y tenías que llegar a ella y tocarla antes de que te descubrieran y te gritaran: “¡te vi!”.
Siempre se armaban discusiones, porque nadie quería perder, y salían con que tú no me viste; y el juego se acababa a tortazos.
Esos juegos llegaban como las frutas, por temporadas, uno detrás del otro. Nadie sabía quién los empezaba o quién los terminaba. Llegaban y se iban lo mismo que las modas. Un día cualquiera amanecíamos con la pasión por las bolas, alborotados los muchachos del barrio, cada uno buscando las suyas. Luego venía la época de los trompos o la de los papalotes, que sí tenía que ver con el tiempo y de donde soplaran los aires.
Yo tenía un saco lleno de bolas, y eso era como un tesoro. Cuando pasaba la temporada, las guardaba hasta la próxima después de contarlas.
Había muchachos ambiciosos, querían tener más que los demás; eran como esas personas mayores que viven con el afán de ser más ricos. Entonces ellos hacían trampas, y hasta robaban por tener más bolas que los demás.
Con las bolas se jugó al chocolongo, que era hacer un hueco en la tierra y meterle adentro las bolas. Por ahí hay muchachos que todavía cogen un palito, dibujan un redondel en la tierra y juegan al role.
También se jugaba a la puntería. Para eso se guardaban las mejores bolas, los tiritos, y era un duelo a ver quién quemaba al otro. Ganaba el que tuviera más quimbe, así llegó a llamarse la puntería.
Y no había otros tiritos como los que traía la gaseosa Chichipó. Esa fábrica de refrescos la abrieron por el 1906. Tapaban las botellas con bolas.
Yo no sé cómo se las arreglaban para hacerlo; pero cuando la botella se llenaba, la bola subía y la tapaba.
La gaseosa Chichipó se vendía a tres centavos. Había una bodega en la esquina de Jesús del Monte y Alejandro Ramírez, una casa viejísima de tablas y tejas. El dueño era un miserable, la tenía cogida conmigo. Yo iba a comprarle:
—Dame una gaseosa Chichipó con sirope.
—Para eso tiene que traerme la botella o un jarro.
—¿Y por qué no me das la botella como a todo el mundo?
—A todo el mundo sí, pero a ti no, Macho, que ya el año pasado los carreteros no querían dejarme la gaseosa, y, ¿tú sabes por qué? Pues porque las botellas iban a parar a la piedra china del Montañés.
La piedra mentada era una que se procuró mi padre, porque todos los cocheros que doblaban en el pabellón Segundo Alvarez, para coger por Jesús del Monte, rompían los guardafangos al rozarlos contra las paredes del hospital. Para evitar eso, mi padre le encargó a un carretero —de nombre Adolfino Morales— que le buscara un buen pedruzco para ponerlo allí de guardaesquinas y obligar a los cocheros a separarse.
Adolfino se apareció con aquella roca, una bola que medía como un metro. Mi padre dijo: “esa piedra va a ser ley, se acabaron los choques en la esquina”. Y allí íbamos nosotros a romper las botellas vacías de Chichipó y sacarle los tiritos. Hasta que ese ruin bodeguero se enteró y nos suspendió la venta.
La culpa no era de nosotros, sino del que se le ocurrió tapar con bolas los refrescos.
Las gaseosas venían del otro siglo. En tiempos de España, en la calle Figuras, se vendió gaseosa Pío Pío, que de tapa tenía como un patico y una goma blanca grande. No sé cómo cerraban esas botellas, con unas chapas jorobadas, extrañas; y dicen, porque no las vi, que con ese sistema salieron las primeras Coca Colas.
La Coca Cola llegó a La Habana por el 1906. La había inventado, según razones, un boticario americano que después vendió la receta.
Al principio la sacaron a granel y luego la embotellaron. Enseguida cogió tremenda popularidad por cuenta de una intriga que empezó a correr, acerca de un secreto que nada más sabían dos y no podían viajar juntos por si se mataban en un accidente.
El misterio era un jarabe estimulante, a base de coca y de cola, una medicina que servía para los dolores de cabeza, la jaqueca, la neurastenia.
La cola te levantaba el espíritu, lo malo era que enviciaba; no digo yo si tenía coca. Por eso tumbó a los demás refrescos, porque el que sentía sed pedía Coca Cola; menos yo, que prefería Chichipó.
También pasábamos el tiempo con los juegos de tablero, y en una noche de frío, de lluvia, lo que se hacían eran cuentos o adivinanzas:
—Tiene rabo y no es caballo, tiene corona y no es rey, tiene dientes y no muerde, adivina lo que es.
—¡La cabeza de ajo!
—Entre pared y pared está el negrito José.
—¡El clavo!
—Oro parece, plata no es...
—¡El plátano!
Y los cantos qué lindos eran, qué bien sonaban cantados por las niñas, aquello de Dónde va la Cojita, o el Matarile, o la Pájara Pinta, o el Señor Don Gato.
Muchos de esos juegos y cantos los trajeron mis padres de las islas y las montañas donde nacieron y jugaron.
Un recuerdo muy bonito que yo guardo de aquellos tiempos es la ilusión del Día de Reyes Magos. La noche del cinco de enero hacías tu lista de peticiones y la dejabas en el arbolito de Navidad o en el nacimiento del niño Jesús, y, a la mañana siguiente, ellos te dejaban los regalos debajo de la cama, cerca de tus zapatos. Muy temprano los niños alborotaban el barrio, era una gran fiesta, aunque dispareja, porque a todas las casas no llegaban los reyes.
De dondequiera se sacaba diversión, de una soga, de un leño, las chatas —que eran latas aplastadas—, semillas, toneles vacíos, un charco, una cañada.
Con las yaguas que caían de las palmas, inventamos trineos; y con ellos nos tirábamos por los barrancos. Por el 1906 vivíamos en una de esas casas con ruedas; y yo estaba pasándola muy bien, porque con el bautizo de mi hermano Agapito nadie se acordaba de mí y me dejaban hacer.
Estábamos jugando un grupo de niños, todos varones, cada uno con su yagua; resbalábamos por el barranco mientras en la casa la familia entera se dedicaba a la celebración. Ese pedazo de tierra, donde caía el barranco, mi padre lo tenía arrendado a un mulato que acarreaba yaguas y palitos de tabaco. Por esos días le estaba vendiendo las yaguas a unos chinos que armaban cerca sus bajareques. Los chinos escogían las mejores yaguas y nos regalaban las malas, que nosotros amoldábamos para mandarnos loma abajo. Hoy recuerdo un lugar altísimo, pero tal vez no lo era tanto, porque la mirada del niño exagera los tamaños.
Pues ese dichoso día, cuando más nos divertíamos, se apareció aquella cabrona mulatica, la hija de Mayito Valdespino, un cochero de mi padre —cubano que mordía de patriota— que cuando empezó la guerrita de agosto soltó los arreos de su coche y se fue a caballo a los tiros, con patriotismo suyo, pero caballo ajeno.
Mayito era más mambí por dentro que por fuera, eso sí tengo que reconocerlo. Porque los veteranos se dividían en dos bandos: uno de ricos, negociantes, políticos, acomodados al buen vivir, que ya habían llegado a donde querían; y otro, el de los desarbolados, estancados a medio camino, a un paso de la miseria si no en ella.
Aunque mi padre era español, quiso ayudar a Mayito, porque por encima de los bandos de la guerra, consideraba que era un hombre honrado y trabajador.
Mi padre no le daba las riendas a cualquiera, primero lo pensaba diez veces, y aun así se equivocaba. Mayito era buen cochero, persona decente, y pacífico mientras no oyera un clarín.
Mayito era un mambí sin bandera. Las había de oro, a cinco pesos, de plata a tres; pero él, sin usar ninguna, tenía todavía el pie en el estribo. Todo esto lo cuento para que se sepa qué clase de padre tenía aquella chiquilla que llegó al barranco tan arregladita, tan vestidita de blanco, tan pretenciosa para ser hembra.
—Oye, Machito —me dijo —déjame montar, mira que yo nunca me he tirado encima de unas yaguas.
—¡Váyase de aquí que este juego no es para niñas!
—No seas malo, Machito, una sola vez y me voy.
—¡Pues dije no, señora! Este juego no se inventó para mujeres, mejor váyase a hacer cocinaítos.
Entonces ella empezó a llorar y saltar, metió una perreta para ablandarme; pero no le hice caso, hasta que se fue loma abajo, sin yagua, y, de ahí, a correr a decirle a su padre que yo la había empujado. ¡Para qué fue aquello! Mayito echaba candela. Eché a correr por el barranco. Tuve tan mala suerte que me enredé con un fondo de botella que me abrió en dos la espalda. Era una herida que metía miedo, hubo quien pensó que me moría. Tuvieron que darme 14 puntos en la quinta Dependientes. Ese día, que empezó con fiesta y bautizo, por poco termina en tragedia y cementerio. Ni olvidarlo puedo, porque todavía cargo con la cicatriz.
Ese fue un año malo para mí, poco después tuve que volver al hospital. Yo nada más tenía siete años cuando vi pasar la muerte tan cerquita. Me había comido una tanda de plátanos burros, y estaba completo, cuando llegó un tío mío que era tremendo borrachín, sacó su caneca de ginebra aromática y tuvo la ocurrencia de brindarme. Yo no quise hacerle un desaire, además, me gustó la fiesta, y le vacié la caneca.
Al principio me sentí de lo más bien; pero después, tuvieron que correr conmigo para el médico. No tuvieron que llevarme, porque de la quinta lo mandaron. Unos vecinos les dijeron:
—Vengan enseguida, que al Montañes se le está muriendo un hijo.
Y volaron. Me vieron, me tocaron la barriga, a ver, saca la lengua, se viraron para mi padre:
—Esto es un cólico miserere, no le garantizamos nada.
Ya no contaban conmigo. Qué manera de dolerme la barriga. Pero no era mi día, sané, volví a los juegos y nunca más volví a tomar ginebra, ni de grande.
LA VIDA ES COMO UN VUELO DE PAPALOTES
Al recordar los juegos no se me podían olvidar los papalotes.Vienen del siglo pasado y todavía se les ve volar. El cielo se llenaba de colores en la temporada de los aires propicios, que empezaba con unos cuantos papalotes y a los pocos días había millones abejeando entre las nubes. A los grandes les llamaban coroneles. Había que amarrarlos a un poste para que la fuerza del viento no se llevara al muchacho. Se empinaban con hilo de carreta, porque otro no resistía.
Los chinos eran buenos haciendo papalotes. Armaban obras de arte con flecos, dibujos, dragones, faroles, gusanos, mariposas con alas muy grandes.
Se han inventado muchos juguetes, pero ninguno tan emocionante como ese de manejar un papalote por los aires. Un juego sano y bonito. Lástima que vino a afearlo la cabrona costumbre de querer joderse unos a otros.
Sacaban medias lunas, lascas de los fondos de botella, las amarraban a las colas de sus papalotes, y a volar, a pegarse a los otros con la mala intención de pasarles la cuchilla, y a gritar: “¡a bolina!”.
Como si el cielo fuera tan chiquito que no cupieran en él todos los papalotes del mundo. Papalote que se iba a bolina, ya no tenía dueño, era del que lo alcanzara.
Papalote ido, papalote perdido. Era la ley. Lo mismo que en la vida; de ahí debió salir aquello de tener la vida en un hilo, y cuando alguien se muere se fue a bolina.
Se me hace la idea de que esa manía no la inventaron los niños, sino los mayores que, bajo el pretexto de cuidarlos y enseñarlos, entraron en el juego.
La verdad es que nosotros nos metíamos en los suyos; en la lotería, por ejemplo, que servía para reunir a la familia y a los vecinos en las noches, cuando no se había inventado la televisión, la radio todavía era un lujo y ya estaba gastado el repertorio de cuentos de brujas y fantasmas.
Jugar a la lotería era irse la noche sin darte cuenta. Uno sacaba la ficha de la bolsa y cantaba el número; y el que lo tenía marcaba el cartón con un frijol, con un maíz. Y venga el otro, y el otro, hasta que alguien completara una línea. Luego la cogieron con no mencionar los números. Si salía el 15, cantaban niña bonita; el 9 elefante; el 12 mujer mala; 13, tocar madera; el 44, cuácara con cuácara; y así.
Hacíamos apuestas de a centavo y más aspaventaba el ganador de doce o trece quilitos, que el jugador que ganaba en un casino miles de pesos en la ruleta.
A mí no me gustaban tanto los juegos como los caballos. Yo halaba para los establos, soñaba con tener unas riendas en la mano. A veces me pasaba toda la noche sobre el lomo de una bestia, o en el pescante de un carruaje o domando algún potro difícil, y cuando me despertaba, me parecía que era verdad.
Tampoco tuve mucha vocación para el colegio, nada más llegué hasta el cuarto grado. El primer colegio al que asistí, en 1906, estaba en Correos y Redención. De ahí me pasaron para la Quinta de los Molinos, pero al presidente José Miguel Gómez se le ocurrió abrir una exposición lindísima por el año 12, y mudaron la escuela para Cerro y Tulipán donde hoy hay una capilla.
En la calle Santa Rosa estaba el colegio de las hembras, y a una cuadra, el de los varones. Mi maestra era la señora del director, y con una barriga de este tamaño, ya casi para parir, había que decirle señorita. ¿Señorita de dónde, señor? Pero era la disciplina.
Mi padre también me daba enseñanza, pero a su manera. Tenía muchas leyes acerca de cómo se debía tratar a las personas, agradecer un favor, ayudar a los necesitados, cumplir la palabra que se daba o el juramento que se hacía, y también acerca del no dejarme engañar.
Cuando le cumplíamos, nos llevaba a pasear, a una fiesta, a visitar a unos amigos, a un buen cliente. Un lugar que me gustaba mucho era el canal de Vento. Hoy está ahí mismo, pero ir a paso de caballo era como ir al fin del mundo.
Pero más que los paseos y los juegos a mí me llamaba la atención la vida del establo. Tenía apuro en crecer nada más por verme con las riendas de un coche en las manos.
El primer animal que tuve fue un burrito que se llamaba Perico. ¡Qué animalito más bueno! Me llevaba a todas partes. Nada más se daba conmigo. Si venía otro a montarlo se agachaba y lo botaba por encima. Después rebuznaba como diciéndole: “para que no te vuelvas a equivocar conmigo”.
Yo no soltaba a Perico y tanto di con el burro para allá y para acá, que mi padre se encabronó y lo vendió al primero que lo quiso, y en lo primero que le ofrecieron, que fueron ocho tristes pesos.
Después aprendí a montar caballo. Nadie me enseñó, eso fue cosa mía, de meterme en el establo y darme cabezazos hasta que por fin lo hice. No fue tan fácil como lo del burro Perico, pero le puse mucho empeño. Lo que no logre el hombre es lo que no se lo propone.
ESE CABALLO ME MANDO AL HOSPITAL
Me confié porque el caballo parecía noble y por creer que sentarme encima de una montura era ya ser jinete. Al final los golpes son los que enseñan. Se me fue la mano de las riendas, que no es como dicen unos, las riendas de la mano. Y el caballo me mandó al hospital.
Hospital es un decir, porque los españoles y sus parientes siempre íbamos a parar a las quintas. Mi padre me llevó a la Dependiente, al pabellón Gómez, que entonces estaba acabado de hacer, de dos plantas.
En mala hora me llevaron allí, porque acabando de oír el médico la historia de la caída, se paró y dijo:
—Este se reventó.
Me pusieron a dieta, no me dejaban probar bocado. Nada más me traían un vaso lleno de una cosa blanca y unos dulces de engaño, que lo que llevaban por dentro era candela.
Y en esa pena llevaba ya como cuatro días, sin que me dieran nada de comer, cuando me di cuenta de que el remedio iba a ser peor que la enfermedad.
Qué manera de sufrir mirando hartarse a los demás. Llegaba el enfermero con una libreta grande donde apuntaba los gustos de los pacientes. El enfermo pedía tal plato, y ese era el que le traían; como si estuviera en un hotel. Cuando me tocaba a mí, cerraba de un tirón la libreta.
—A usted ni le pregunto.
Lo mío era el vaso blanco y los dulces agrios.
—¿Y se puede saber hasta cuándo?
—Hasta que diga el médico.
El que pasaba la visita era un médico que tenía la mala fama de ser zoquete. Y no estaba equivocada la gente, porque al final, el hombrecito resultó tan atravesado, que murió por la mano de un enfermero. Conmigo se portó muy mal. Un día le pregunté de la mejor forma:
—¿Y yo cuándo cómo?
—¡Eso sí que está bueno! —me respondió el zoquete —. ¿Usted vino a hartarse o a curarse?
—Pudiera ser que a las dos cosas —le dije encabronado —, porque comer no es ningún delito.
—No será delito —siguió insultándome el zoquete —, pero si vino a curarse ni piense en comer. Y si vino a comer se equivocó; porque esta es una quinta para enfermos, no una fonda de chinos para hartones.
Ahí mismo se acabó el ingreso. El director de la quinta formó tremendo alboroto. Que tenía que esperar, que podía estar reventado, que con esa pierna así ni me atreviera a dar un paso, que si mi padre se enteraba la iba a pasar mal, que por nada del mundo me daba el alta. El alta me la di yo esa misma noche. Si llega a pasarme cuando vivíamos al lado, nada más era salir andando por la puerta para afuera; pero como ya nos habíamos mudado, tuve que llamar a Bertha al establo de los franceses y pedirle que me mandara un coche enseguida.
Llegué después de la media noche a mi casa; mi padre estaba despierto esperándome, porque ya estaba avisado. Quería pegarme, obligarme a volver a aquel martirio. Me corrió detrás por toda la casa, pero ni eso ni el respeto que le tenía me asustaban más que el recuerdo del hambre y los malos tratos del médico.
Todos los de la quinta eran amigos nuestros, como de la familia. Suárez, el mayordomo; Aedo el administrador. Los médicos visitaban mi casa, se quedaban a conversar, a comer.
Menos mal que no estaba reventado. En aquellos tiempos la medicina era más de suerte y adivinanza que de sabiduría. No había estos adelantos de hoy ni siquiera en España.
En el año 1909 mi hermano Gerónimo se enfermó, y mi padre lo mandó a Santander para que lo vieran médicos buenos. Allí le dijeron que tenía un catarro metido en el pulmón izquierdo. No habían descubierto los antibióticos, ni la sulfa se conocía. El tratamiento que le pusieron fue darse tintura de yodo en esa parte del pulmón tres días sí y dos no, y tomarse unas cucharadas de jarabe, que tomara bastante leche, que comiera yemas de huevo con jugo de carne y que se divirtiera mucho. Gerónimo se curó y anda por los noventa.
Las recetas que daban los médicos eran fórmulas que el boticario componía al momento, La quinina la mandaban para todo, para el cansancio, las debilidades, la falta de apetito. Hasta los caballos de los establos cogieron quinina.
Me gustaba ir a las boticas, siempre había una sorpresa, regalaban abanicos para el verano, cancioneros, almanaques, libritos con chistes y adivinanzas, y caramelos de azúcar candy.
No hacía falta comprar para recibir uno de estos regalos. Cualquier niño del barrio llegaba al mostrador, pedía, y el boticario sacaba un puñado de caramelos. A eso de las diez de la mañana ya no había caramelos en la esquina de Tejas.
Fue muy bueno que los españoles de cada región se asociaran para ayudarse con la medicina, y las casas de recreo. Así se defendieron de las enfermedades, conservaron sus cantos, su música y se mantuvieron unidos.
En los libros de mi padre puede verse la cantidad de veces que salía en coche rumbo al Centro Montañés. Y también eran muchos los clientes que pedían viaje para ir a una quinta, ya fuera para verse con el médico o para visitar a un enfermo.
La quinta La Integridad fue de las primeras que abrió sus puertas en La Habana, en el barrio El Capricho, en la ladera del Castillo del Príncipe, donde Zapata entra en Carlos III. Ese barrio se llamó El Capricho por una bodega —con muchísima clientela— que hubo con ese nombre, propiedad del viejo Antonio. Esa bodega estaba en Zapata número 3. Cuando se acabó la Guerra de Independencia, hicieron allí una casa de apartamentos.
La quinta La Purísima la abrieron en Vigía y Príncipe, que al final no sirvió, porque no tenía buena comunicación. Entonces el presidente Machado la cogió para almacenar chinos allí. A ellos nunca les gustó. La gente por joderlos les gritaban:
—¡Chino, pa’ La Purísima!
—¡Coño e male! —contestaban los chinos que se los llevaba el diablo.
En los terrenos de El Ferro, que eran de José Mazorra, dieron cabida a los locos.
La quinta Covadonga es viejísima, empezaron a hacerla en el 95, en una finca que el almacenista de tabaco, Valle, le regaló a la Sociedad Asturiana. Entonces las tierras eran muy baratas, hasta un medio podía valer el metro, pero de todas maneras ese fue un gesto que los asturianos le reconocieron, y, hasta el otro día, estuvo en la entrada de la quinta una estatua que le hicieron a Valle frente a su mujer.
Desde que se organizaron en el tiempo de España, en lo primero que pensaron los asturianos fue en abrir una quinta. Esa idea tiene que haber venido de Claudio Delgado, un médico que había trabajado con Finlay.
Santovenia también es de esa época. Yo no pensaba ni nacer cuando entró a la bahía una flota de guerra rusa. Se cuenta que los zares la mandaron para darle en la vena del gusto a un príncipe. Dicen que desembarcó en canoa por el Muelle de Caballería y fue directo a la casa que habían preparado para alojarlo, que era precisamente Santovenia, la casa de unos condes.
Allí se daban fiestas grandísimas, que duraban hasta la salida del sol. Se llenaba aquello de carruajes de lujo. Luego esa propiedad la cedieron a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y Santovenia se convirtió en asilo.
Me viene a la mente la quinta Balear, del tiempo de España, de los que llegaban de las Islas Baleares. Su primer pabellón lo fabricaron en la quinta del Rey, en Concha y Cristina, donde después hubo un depósito de camiones de La Lechera. En La Balear hubo un médico que se hizo famoso porque mataba a los locos incurables.
En el 1909 se fundó el Centro Castellano, que la quinta la tenían en Arroyo Apolo, igual que los canarios; y en 1910, los montañeses también abrieron su casa en el Paseo del Prado. Tenían música y bailes de Cantabria, una biblioteca grandísima y una estudiantina que fue muy mentada. Allí iba mi padre a juntarse con los de mi pueblo. Luego venía hablando de lo que había oído. Mi padre nunca dejó de ser montañés. Cuando se levantaba con Santander en la cabeza había que oírlo. Por ahí todavía andan las cartas que le escribía a la familia en San Román de la Llanilla y las que recibía de allá contando de los parientes, de la romería del Loreto, las ferias, los amigos de la calle Santa Clara, la escuela de Castillo.
Yo estoy seguro de que al morir, en una quinta española, lo que estaba en el último pensamiento de mi padre, era un paisaje de Santander.
Cuando mi padre mudó sus coches para la Ermita de los Catalanes en el año 1911, todo lo que es hoy la Plaza de la Revolución José Martí, no pasaba de ser un reguero de fincas, potreros, lecherías, corrales, barrancos y árboles.
La finca donde fuimos a vivir se llamaba La Huerta. Era inmensa, abarcaba todo el terreno entre la calzada de Ayestarán y la avenida de Rancho Boyeros, desde el Comité Central hasta la Biblioteca Nacional.
La casa estaba en medio de una arboleda grandísima, en el mismo lugar que hoy ocupa el edificio del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Un día, al pasar por ahí, se me ocurrió decirle al soldado de la posta:
—Aquí viví yo.
Y el guardia me miró como diciendo: “lo único que me faltaba, un viejo loco”.
Pero qué se iba a imaginar. Mi casa era de mampostería, de altos y bajos, grande y cuadrada. Solamente la sala medía ocho por ocho metros, el doble de cualquier habitación de casa particular. Y estaba llena de pasillos y cuartos y tenía una terraza muy linda con una vista de bosque verde, un paisaje que hoy no te encuentras dentro de la ciudad ni siquiera en las casas más ricas.
El comedor era fresco y grande y el patio ni se diga. El techo todo de tejas, sin una gotera. La única vez que esa casa se mojó por dentro fue cuando azotó el ciclón del 26.
La cocina trabajaba con carbón y tenía una chimenea bien alta para que no humeara dentro de la casa. No se me olvida ni un rincón de esa finca que tanto me gustaba.
El comedor era inmenso, debido a que los cocheros almorzaban con nosotros. Mi madre les cocinaba. Mi padre, contento, porque de esa manera todos eran puntuales. Y los cocheros agradecidos, porque la Ermita era entonces un lugar aislado y la fonda más cercana estaba en Infanta y Carlos III.
Nuestros cocheros dormían en la finca, porque tenían que levantarse muy temprano y hasta allí no era fácil llegar. Era preocupación de mi padre que los empleados estuviesen cómodos; mi madre les servía sábanas limpias como en cualquier hotel.
Un día un dueño de establo amigo de mi padre le aconsejó:
—Oye, Montañés, dándole cama a tus cocheros y quinina a tus caballos vas a ir a la ruina.
Pero no fue eso lo que acabó con su negocio.
Los coches de mi padre eran de establo, no de alquiler ni piquera. Ellos nada más hacían viajes por encargo, y de regreso a casa ni por centenes podían los cocheros recoger a desconocidos.
El servicio se pedía por teléfono, ya funcionaba la planta de Águila y Dragones. Los clientes llamaban al A-4140, o al A-1736, decían sus nombres, a dónde necesitaban ir y a qué.
Su nombre, porque había que recogerlo a la hora y lugar en que él señalara. Destino porque se necesitaba saber qué tipo de coche, cuál caballo y cuál cochero se prestaba para el viaje. Y a qué iba, porque cada servicio tenía sus diferencias. No se vestía igual el cochero para una fiesta que para una diligencia, no iba el mismo cochero a una boda que a un entierro.Mi madre trabajaba en el despacho de los coches. Recibía los encargos y los pasaba a una pizarra grande con un creyón que le colgaba al costado, amarrado a un hilo grueso para que no se extraviara.
Con el creyón iba anotando los pedidos. Por ejemplo: “coche para la señora Catana a las dos de la tarde, a una diligencia en el Vedado”, y “coche para Don Cosme de la Torriente, a las tres de la tarde, a una reunión en Columbia”. Esas dos eran carreras para mi padre y con buen coche. La señora Catana, por amistad; y Don Cosme por su importancia, lo mismo que el general Ducassi, mister Ortíz, el de los ferrocarriles, José Gómez Penabad y otros clientes de primera.
Por cada encargo se le hacía una tarjeta al cochero para que conociera bien cuál iba a ser su itinerario y qué ropa debía ponerse. Ellos se levantaban tempranito, mi madre les servía el desayuno y se reunían con mi padre. Si era un día bueno les decía:
—Salen todos. Que no me den una queja.
Y repartía las tarjetas.
Casi siempre era un día bueno, porque teníamos mucha clientela. Por eso mi padre siempre estaba pensando en conseguir nuevos coches y nuevos caballos.
A veces eran tantos los pedidos, que no dábamos abasto, pero por nada de la vida mi padre le decía que no a un cliente. Lo que hacía era que le alquilaba coches a otros establos; aunque eso no siempre salía bien, porque la competencia no era cosa de amigos ni de caballeros.
Por el año 11, mi padre se disgustó con un dueño de establo, Balboa, porque mi madre le pidió un coche para salvar un compromiso y él le respondió que no tenía. Pero, a esa misma hora mi padre estaba visitando a un amigo. Este llamó a Balboa y enseguida le sirvió. Desde ese día no existió para mi padre el establo de Balboa, y cogió la obsesión de juntar dinero para mandar a armar nuevos carruajes y conseguir mejores caballos.
Volviendo a lo del despacho. Los cocheros que tenían tarjeta para entierros se vestían con pantalón de punto, librea, un platón en el pecho y botas; los de bautizo, algo parecido. Los de boda, con traje blanco; para Vis a Vis halado por caballos moros, también blancos y vistosos.
En las bodas, si el cochero era bueno, el caballo marchaba pomposo que daba gusto.
Y en algunos casos, cuando el cliente lo pedía, el servicio de boda iba con paje, para abrir la puerta del coche cuando la novia montara y después cuando se bajara en la iglesia. Se vestía igual que el cochero, de blanco, y su bombín era de color café con leche y no negro como se usaba en los otros casos.
Eran lujos que se iban perdiendo. Mi padre hizo mucho por mantenerlos, pero cada vez le costaba más caro.
Antes de la guerra, según razones, los entierros eran todavía más encopetados. De niño llegué a ver en los establos, ya pasados de moda, los uniformes de cocheros fúnebres, parecidos a los de los soldados antiguos, de esos que salen en las películas de castillos y caballeros.
Aquellos no eran carros de muertos, sino carrozas fúnebres, muy trabajadas, obras de artistas, con angelitos llorones en el techo. Llevaban dos parejas de caballos fuertes y la puerta de atrás era de un cristal grueso especial.
En los entierros de niños y de mujeres señoritas usaban las carrozas blancas, por ser ese el color de la pureza. El dorado se usaba para llevar a los mayores. Con el tiempo un día se dieron cuenta de que la muerte no tiene color y le metieron negro a todo el mundo. O gris, para variar un poco.
El ropaje del cochero también tenía que ver con el muerto. Si el entierro era de un niño, el cochero iba de colorado con medias largas y blancas y zapatos de corte bajo con un hebillón delante. Si el muerto era un adulto, el traje del cochero era verde. En todos los casos se llevaba el sombrero de tres picos.
Los clientes también necesitaban mucho el servicio de casaca. Eso era que el cochero salía de paisano, sin librea, por un viaje corriente, una diligencia que no necesitaba lucimiento.
Nadie es capaz de imaginarse hoy las cuentas que tenía que sacar mi padre para llevar correctamente todo aquello, vestir a los cocheros, cuidar de los caballos, darle mantenimiento a los coches y mandar los mejores servicios.
Y no es que se perdiera dinero, porque negocio era negocio, pero tampoco se ganaba mucho. Ya por el año 16 fue que los ingresos pasaron de veinte pesos diarios; pero sacando las cuentas finales, en comparación, había más gastos que ganancias, porque si entraban 600 pesos, 500 eran para pagar los gastos del fregador, el caballericero, las curaciones de los animales, la herrería, los talleres de reparaciones, las piezas de repuesto, la alfalfa, la luz, el teléfono, las pacas de heno, las chapas para poder circular, los alambres para tender las cercas, las ropas del personal, que si un caballo le daba por morirse, las multas, los accidentes, el sueldo de los cocheros y mil compromisos más. Decía mi padre que todo se volvía trabajar y pagar.
Aunque los coches eran de lujo, los precios no estaban tan altos. Teníamos una tarifa. Para las visitas o diligencias que duraran tres horas y media, 3 pesos. A una función de teatro, 4 pesos, porque había que esperar a que terminara la obra para traer a casa el cliente, y en eso le cogía la una de la madrugada. Los entierros, bautizos y casamientos se hacían por tres pesos. Un paseo de dos horas valía 4; de tres horas, 5; y de tres horas y media 5 pesos y cincuenta centavos.
Teníamos otras entradas de dinero, pero no muy importantes ni seguras, porque la finca producía huevos, carneros, leche de chiva, carbón y en la época de los mangos las matas parían hasta para hacer dulces.
Todo esto lo sé porque me acompaña la memoria, pero además ahí tengo los libros de mi padre, todos los papeles que llevaba, sus cuentas, los pagos que hacía, las compras con sus precios, cada viaje de coche con la ruta, el cliente y demás datos, y un diario a donde iba a parar casi todo lo que le pasaba por la mente. Mi padre nació para escritor, aunque cogió otro camino. Nada más hay que leer lo que escribía. El habría hecho este libro mejor que nosotros.
Alrededor de La Ermita vivían muchas familias de renombre. La finca que nos quedaba al frente, donde ahora está la Biblioteca Nacional se llamaba La Merced; y su propietario era Juan López Domínguez, un canario famoso.
Donde hoy está la Terminal de Omnibus, era la finca La Misericordia, y en ella vivía el coronel Aranda, que se casó con una hija de Petrarca Sañudo; y un día, váyase a saber por qué desavenencia, la mató.
La Sañudo fue una mujer tremenda. Grande, gorda, una mula de fuerte y una leona de carácter era esa señora. A pesar de que por dos veces tocó a su puerta la desgracia, ella mantuvo su temple.
Muy triste es la historia de esta familia. Los padres murieron cuando el tiempo de España, los dos asesinados por su propio yerno el marido de Petrarca.
Desconozco el motivo de aquel crimen. A Elizardo Muñoz no le hacía falta matar a nadie por dinero. No sé por qué le dio esa idea de asesinar a los suegros, pero estoy seguro de que no fue para ganar nada, porque tenía de todo. De su casa de San Rafael y Amistad, el dinero salía por barriles, carretones llenos, todo directo para la cuenta de su banco.
Elizardo también tenía muchas tierras. Los alrededores de la actual Terminal de Ómnibus eran suyos, por la calle 10 y 12 a 23, toda la parte que va por la avenida 26 hasta el cementerio chino era suya; lo mismo que el otro terreno grande por la calle 25. La mitad del cementerio de Colón salió de sus donaciones de terreno. Además era dueño de muchas casas y comercios.
Cuando cometió el crimen, La Sañudo le dijo:
—Ni muerto quisiera verte salir por esa calle de San Rafael.
Dicen, yo no lo vi, que cuando Elizardo salió libre, se dio la mejor vida que pudo, que tenía criados, un cochero que lo paseaba todos los días por La Habana y una negra bonita que lo bañaba mientras él le decía: “suavecito, faraona, suavecito”.
Pero esos son chismes que se oyen en los coches, y quién sabe si son inventados para pasar el rato. Nosotros no estamos escribiendo un libro de historia, nada más estoy revolviendo el montón de recuerdos que están en mi cabeza.
Elizardo murió como a los 95 años. Dos agencieros lo bajaron por la calle Amistad. Yo vi su entierro. Nada más era de gente encopetada, gente de bomba(1) como él.
La Sañudo era distinta, porque siendo una gran señora, también de gran fortuna, no se daba tanto piste ni se preocupaba por aparentar lo que era. Al contrario, con tanto dinero, se vestía como la habanera más pobre. Si usted la veía por ahí, no se podía ni imaginar que fuera una mujer tan rica. Usaba mucho un vestido color cucaracha con un trapajo negro en la cabeza, que no era la moda, ni sé si era una maña o si tenía que ver con alguna religión o costumbre de otro país.
Una hija suya estaba casada con Loynaz del Castillo, dueño de una finca grandísima por los alrededores de Capdevilla. Tenía otro hijo, una persona muy correcta, que después fue maestro masón. Y esta otra pobrecita, que murió por la mano del coronel Aranda.
¡Cuánta desgracia tuvo que soportar Petrarca! El marido la dejó huérfana, y Aranda le mató a la hija. No es para juego. Ella le pronosticó:
—Con todo lo coronel que tú eres, todo el tiempo que yo viva tú te lo vas a pasar en la cárcel. Yo sé que cuando me muera tus amigos te van a soltar, tus influencias y tu dinero van a comprar tu libertad, pero hasta entonces vas a estar pagando caro tu deuda.
Y así fue.
Por los rincones de La Ermita vivió sus últimos años don Cipriano Méndez, cochero que mi padre recogió cuando ya nadie lo quería. Era un viejito muy viejito, con grandes patillas blancas y lo único que tenía como suyo era una yegua llamada Bruja y la amistad de mi padre, que le valió para no ir a la muerte como un harapiento.
Yo era un muchachito cuando Cipriano llegó al establo y me divertía ver como le gritaba al animalito:
—¡Bruja, bruja!
Y la yegüita venía obediente y bajaba la cabeza.
Algunos no entendían por qué mi padre hacía esas obras de caridad. Una noche oí quejarse a los cocheros:
—Así que El Montañés no nos pasa una, mientras que a este escombro de viejo lo trae al establo, le da de comer y no le exige.
Yo no me quedé con eso, se lo pregunté a mi padre. No sólo por don Cipriano, sino por otros amigos suyos que estaban en caso parecido. Y él me respondió que a todos los hombres no se les podía medir con la misma vara, que ese viejo merecía el trato que estaba recibiendo.
Ya no daba más don Cipriano. Se murió en julio del año 12. Como a las seis y media de la mañana se puso muy mal. Un cochero de nombre David, el maestro de obras Leoncio Salas y el albañil Félix Gutiérrez Arias, más conocido por Fito el de Pilar, por ser hijo de la vecina Pilar Arias, cargaron con el viejo que ya se moría. David salió a toda rienda para el Hospital Número Uno, que hoy es el Calixto García, pero ya don Cipriano iba muy mal. Como a las dos y media de la tarde siguiente murió.
Julio del año 12 fue un mes malo, porque el mismo día en que enterraban a don Cipriano, Tomasito Gutiérrez Arias, el otro hijo de Pilar, mató de una puñalada, a las doce de la noche, a nuestro vecino Florentino Muñíz, dueño de una bodega de La Ermita de los Catalanes llamada El Cañón.
Según oídas, que no lo cuento para que se me crea, ese crimen fue movido por las faldas de una mujer llamada Lola. Y ese hijo de Pilar, después de cumplir su condena, como era hombre de trabajo, llegó a ser delegado en los muelles de La Habana.
Florentino el bodeguero era un buen hombre, muy decente y luchador. Ese mismo día que lo mataron había estado en nuestra casa muy tempranito. Vino a pedirnos un favor. Lo menos que se imaginaba era que la muerte lo estaba esperando. Fue a casa y le dijo a mi madre:
—Juana, présteme el cepillo de carpintero, que quiero poner un mostrador nuevo antes de irme a España a ver a mi madre.
Nunca más volvimos a ver el cepillo, porque de ahí Florentino fue a parar al cementerio. El muerto y el matador eran amigos del barrio. Todavía no me explico por qué a ese muchacho se le ocurrió hacer esa salvajada. Mi madre lloró mucho cuando lo supo. Las cosas que tiene la vida. Un hijo de Pilar corriendo para tratar de salvar a un viejo, y el otro preparando un asesinato.
Y siguiendo el tema del lugar, lo más curioso del paisaje era la Iglesia. Fue la que le dio el nombre de La Ermita de los Catalanes. Estaba donde justamente ahora hay un semáforo, en la calle Paseo como quien va para La Habana. Es propiedad de la Beneficencia Catalana. La virgen de los catalanes era negra, y la iglesia muy bonita. La levantaron allí en 1921. Cuando Machado la cogió con urbanizar la Plaza Cívica, la mudaron piedra a piedra para una loma que está frente a Río Cristal.
¡Cómo ha cambiado la finca!, ya de ella nada más queda el cielo y algún árbol viejo que de milagro siga en pie.
1 Bombín, sombrero hongo.
El pescante estaba tan alto y yo era tan bajito, que me dio pasión de ánimo, pero no le cogí miedo. Ese había sido mi sueño, verme sobre los coches, porque ya de caballos creía saber bastante.