SUEÑOS
JOSEFA MARÍA MÁRQUEZ DIAZ
©Editorial Emooby, 2011
Sueños
By JOSEFA MARÍA MÁRQUEZ DIAZ
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A mi padre en el recuerdo
REYES MÁRQUEZ DÍAZ
Siempre te querré
“ Y los sueños, sueños son”
Calderón de la Barca
Table of Contents
A mi amiga: Felicia Palenzuela por el apoyo y estímulo que en todo momento me ha aportado.
A mi compañera: Mari Nieves Méndez por transmitirme sus conocimientos en parapsicología, los cuales han sido imprescindibles para el desarrollo de esta novela.
A mi esposo e hijos, que han soportado con paciencia mi comportamiento durante la realización de mi trabajo.
Solo el título en que la autora nos presenta estos quince capítulos que conforman un relato de novela corta, sería suficiente para predisponer al lector a enfrentarse con cautela ante los oscuros grafismos que interrumpen osadamente la inmaculada limpieza de sus blancas páginas.
Estamos ante un relato dominante. Desde las primeras líneas, la protagonista nos habla de “sensación de angustia” acompañada del temor de comunicar, con ello, un gran sufrimiento a su marido; suficiente motivo pues, para que la intriga cosquillee a todo el que empiece a navegar en el paso a paso de este insondable misterio, hasta llegar a su inesperado desenlace.
La literatura fácil, clara, abierta y de extremada sencillez, pone de manifiesto el dulce y humilde encanto de su autora, que ha escogido con prioridad, un diálogo interesante al que ha adornado en algunas ocasiones con descripciones que hacen gala de una buena expresión literaria. Las frases: “las flores desprendían un olor mágico”, “estamos ante la belleza en estado puro”, “parecía que el sol las había encendido”… demuestran un profundo sentimiento poético.
Queda para esta escritora, el empeño de seguir adelante y conseguir su propio estilo en el duro aprendizaje de cada día.
Felicia Palenzuela Curbelo
Aún siento esa sensación de angustia cuando recuerdo mis sueños. Soy arquitecto y pienso que alguna relación tiene que tener mi profesión con ellos. Constantemente veo imágenes de edificios y personas que no conozco y que se repiten en sueños sucesivos, lo cual, me tiene desconcertada y preocupada.
Creí tener una vida completamente organizada, pero presiento que no es así, cada vez estoy más preocupada y lo peor es que mi marido sufre por ello.
Nuestra existencia, hasta ahora, había transcurrido con absoluta normalidad. Nos sentíamos realmente felices, pero los hechos acaecidos, dieron un giro inesperado a nuestra vida.
Todo comenzó de repente. Empecé a tener unos sueños que no comprendía y que me asustaban. Un día, al llegar a nuestra casa, después de una cena con unos amigos. Estábamos bastante cansados, habíamos tenido una dura jornada laboral, de modo que nos fuimos a dormir muy temprano. Comencé a ponerme nerviosa al pensar en qué ocurriría cuando me durmiese. Raúl con su ternura habitual me abrazó y me dijo:
—Ana, ¿estás preocupada por algo?
No quería inquietarle y le dije:
—No, ¿por qué?
—Te encuentro nerviosa y además, te he observado varias noches y he notado que duermes inquieta, ¿hay alguna cosa que te altere el sueño?
—La verdad es que sí, duermo a ratos y me despierto asustada. Tengo sueños que se repiten en días sucesivos. Estoy obsesionada, diría más, estoy aterrorizada, ya que cada día que pasa sueño cosas nuevas y además continúan repitiéndose las imágenes anteriores.
— No te preocupes, seguramente será por el exceso de trabajo. Intenta descansar, y verás cómo se te pasará. Mañana tenemos el día libre y hay que aprovecharlo. Nos relajaremos.
—Gracias, cariño.
—Buenas noches.
Era un día festivo, la mañana amaneció nublada. Nuestra casa situada en una urbanización a las afueras de la ciudad, habitualmente se encuentra tranquila. La ventana de nuestro dormitorio da hacia la puerta principal; al abrirla y asomarme para despejarme un poco, sentí un pequeño escalofrío tal vez producido por la brisa fresca del día. Al cerrar la ventana observé el coche del panadero que se detenía en la puerta para dejarnos el pan, no me pareció el mismo. ¡Sería imaginación mía! Al girarme, contemplé con dulzura a Raúl aún dormido, le eché por encima una colcha; el tiempo estaba fresco a pesar de estar en el mes de junio.
La cocina me pareció aún más fría. Miré el termómetro colgado encima de la nevera y marcaba 20º ¡Qué raro!, la temperatura era normal, pero la sensación que sentía, era extraña y estremecedora, me encontraba sobresaltada. Comencé a preparar tostadas y café para el desayuno y al rato, escuché los pasos de Raúl. Al llegar éste a la cocina, le abracé tan fuerte que, incluso le hice daño.
—¿Qué pasa te ocurre algo?
—No, es que tengo frío —le respondí.
Raúl me miró extrañado pero no dijo nada. Comenzamos a desayunar, mientras comentamos lo que haríamos en nuestro día libre y decidimos ir a dar un paseo y después comeríamos con Juan e Inés que eran nuestros mejores amigos.
Para llegar a la Ciudad, cogimos el coche y lo dejamos en un aparcamiento cerca de Las Ramblas. El día estaba desapacible, el cielo cubierto por grandes nubes, que hacían presagiar lluvia, pero a pesar de eso, decidimos pasear. Cogidos de la mano caminamos despacio, viendo escaparates y charlando animadamente. En ese momento me sentía feliz y mi angustia, temporalmente, se había esfumado.
Iba contemplando los edificios que parecían atraerme de una manera extraña, no dejé de hacer continuos comentarios sobre ellos, incluso pensé que estaba aburriendo a Raúl y le dije:
—Perdona. Siempre estoy hablando de edificios y casas.
—Es natural. Piensa que esa es tu profesión.
—Ya, aunque es algo obsesivo.
—No lo creo, pero hablemos de otra cosa. ¿Cuál fue tu sueño anoche?
—Creo que el de siempre.
— Sí, el de siempre, que nunca me describes, por favor cuéntamelo, va siendo hora de que confíes en mí.
—Sí confío en ti, pero me resulta tan confuso, que no sé cómo explicarlo. Lo cierto es que veo siempre los mismos edificios y las mismas personas y todo ello me produce un temor inexplicable, pero no lo entiendo ya que mis sueños no son pavorosos, pero te aseguro que me producen un desasosiego inmenso.
—Ana, la verdad es que anoche chillabas y hasta tu voz parecía otra.
—No lo comprendo, Me levanto cansada y angustiada, además no recuerdo si grito o lloro. Presiento que no interpreto bien lo que sueño, todo está mezclado y confuso.
Raúl bastante preocupado me dijo:
—Lo de anoche no fue normal, es como si tu personalidad cambiase por completo. Tenemos que buscar la causa de esta situación.
—Tienes razón, esperaremos unos días, seguramente no tendrá ninguna importancia. Si continúo igual, pensaremos en lo que vamos a hacer, pero ahora vamos a comer o se nos hará tarde.
Seguimos paseando hasta llegar a la Plaza de España, donde estaba situado el restaurante en que habíamos quedado. Cuando entramos, vimos que nuestros amigos ya estaban sentados en una mesa del fondo. Aquel lugar me gustaba; en su decoración destacaba la madera oscura, y candelabros rústicos que desprendían una tenue luz, dando un aspecto acogedor a su entorno. Una música suave acompañaba nuestras tertulias que eran siempre agradables. Nos conocimos cuando Raúl comenzó a trabajar como periodista en el periódico en el que ellos trabajan como fotógrafos. Nos vemos muy a menudo, ellos al igual que nosotros no tienen hijos y nuestra amistad se va consolidando con el tiempo.
Fue Raúl el que comenzó a hablar de mis sueños, al principio me sentí algo molesta aunque, luego comprendí que era normal que nos confiáramos a nuestros amigos. La opinión de los dos era la misma, ambos insistían en que aún sin importancia debería consultar con algún especialista para que me ayudara a descubrir el porqué de tantas pesadillas, ya que a la larga me afectaría en el comportamiento diario. Esa noche me sentí más confortada, sería por haber compartido el problema con alguien más. Me había relajado, ahora mi ánimo estaba mejor.
Ya en la cama, sólo con el calor del cuerpo de Raúl, sentí un deseo incontrolable de hacer el amor, que desencadenó en un continuo placer para ambos, hasta acabar deliciosamente agotados; dormimos abrazados como si fuéramos una sola persona. No soñé en voz alta, pero sí aparecieron en mi mente las mismas imágenes.
Al día siguiente marchamos cada uno a nuestro trabajo. Como arquitecto además de estar en mi despacho, tengo que visitar algunas construcciones para comprobar cómo van las obras. La primera a la que acudí era un edificio de estilo inglés en el que la estructura estaba terminada. De repente me vinieron a la mente las imágenes de mis sueños a modo de relámpagos que me impactaron considerablemente, pues me recordaron mis pesadillas. Era incomprensible.
El día transcurrió con normalidad, enfrascada en mi trabajo, logré alejar mis problemas. Raúl tenía una comida de empresa, yo, tomé un par de sándwiches en el despacho y continué trabajando durante un par de horas más.
Cuando llegué a casa tuve la sensación de que algo me pasaba, no sé explicar lo que me ocurría, el entorno me resultaba tenebroso, no parecía que me encontrase en mi hogar, todo era extraño y confuso.
Al entrar Raúl me sentí aliviada. A su lado me encontraba protegida y los problemas se me hacían menos graves. En ocasiones me había sentido culpable por toda la inquietud que le estaba transmitiendo, pero con su apoyo, íbamos superando estas preocupaciones. Al menos no estaba sola.
Después de cenar, le comenté a Raúl que no quería seguir así. Deseaba averiguar el significado de los sueños que me tenían tan alterada. Repercutían en mi trabajo e incluso tenía miedo a dormirme.
Raúl, con infinita paciencia me tranquilizó:
—Si quieres mañana voy a ver a mi padre y le pediré que hable con su amigo el psicólogo para intentar buscar alguna solución.
—Sí por favor.
Esa noche, tardé en dormirme y también se repitieron los mismos sueños.
Al día siguiente, pasé la mañana preocupada, no sabía cómo iba a explicar todo lo que me ocurría, ya que ni yo misma podía entenderlo.
Cuando llegó la hora, me acerqué al despacho de mi suegro. Raúl ya estaba con su padre, ambos charlaban muy animados. A pesar de que ya había estado allí en varias ocasiones, me sentí nerviosa. Parecía que era la primera vez que observaba el clásico y señorial mobiliario.
Ernesto es aún joven, aún no ha cumplido los sesenta. Se quedó viudo hace varios años y no se ha vuelto a casar. Es abogado; el tiempo libre lo dedica a todo tipo de deportes y gracias a ello conserva una figura espléndida. Ernesto al verme se acercó a saludarme muy sonriente.
—Hola, ¿cómo estás?
—Regular, ¿y vosotros?
Raúl dándome un beso me dijo:
—Estaba comentando a mi padre, que hemos decidido ir a la consulta de su amigo Jorge, para que te ayude a averiguar la causa de tus pesadillas y puedas dormir mejor.
—Ernesto ¿tú que opinas? —le pregunté.
—Querida: pienso que a veces ocurren cosas que no entendemos, pero si estás estresada por tu trabajo, es posible que tenga alguna relación. Te sentirás más tranquila consultándolo. He llamado a Jorge para que te vea y hemos quedado en que vas a visitarle esta tarde.
—Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco.
—No tienes que agradecérmelo, es lo menos que puedo hacer. Pasadlo bien y divertíos, ya me contaréis cómo os fue.
—¿Te vienes a comer con nosotros? —preguntó Raúl.
—No hijos, tengo trabajo ya me gustaría poder ir. Será otro día.
Después de comer, nos dirigimos a la consulta del psicólogo. Nos recibió nada más llegar. Tras presentarse, le rogó a Raúl que esperase en la sala. Pasamos a su despacho y tras indicarme que me sentara lo hizo él a continuación. Me sentí relajada, el ambiente era agradable y acogedor, y mientras sonaba una tenue música de fondo, comenzó a hacer preguntas. Fui refiriendo todos mis temores sin ninguna dificultad, incluso conseguí recordar con más claridad mis sueños. Me ayudó a concentrarme y a saber qué es lo que soñaba realmente. Quedé en volver la semana próxima para continuar con la terapia.
Al salir, Raúl se acercó nervioso y preguntó:
—¿Algún problema?
—Tranquilo, no te preocupes. Ana ha conseguido hablar de cuanto le ocurre y eso es un gran comienzo. Hoy ha recordado cosas importantes. Lograremos averiguar el significado de sus sueños. Si es necesario le haremos un estudio del sueño.
—¡Me siento mejor! Es increíble pero el hablar me ha ayudado —les dije ilusionada.
—No penséis más en ello. La semana próxima nos vemos. Darles recuerdos a Ernesto.
—Así lo haremos. Gracias por todo. Hasta el próximo día.
Salimos bastante ilusionados Raúl me miraba satisfecho, me veía más relajada, creo que aprovechó el momento para hablar de la posibilidad de tener un hijo.
—¿Qué te parece Ana? Creo que éste es el momento ideal para tener un bebé. Los dos estamos con nuestro trabajo estable y nos gustan mucho los niños.
En otras ocasiones lo habíamos comentado pero siempre surgía un motivo para esperar. Imaginé que él confiaba en que la maternidad me ayudaría e incluso yo a veces lo había pensado, así que le respondí:.
—¡Sí!, creo que tienes razón, ya va siendo hora de que maduremos. Iré al ginecólogo para que me retire el DIU. Nos vendrá muy bien tener un bebé en casa ¿te imaginas cómo será? Me gustaría una niña ¿y a ti?
—¡A mí me da lo mismo! Será estupendo tener a alguien más con nosotros.
Nos dirigimos hacia el coche. Estaba anocheciendo, los últimos reflejos del sol iluminaba nuestros rostros, la luz de las farolas recién encendidas se reflejaban en los árboles, la mezcla de ambas luces daban al paisaje un aspecto sorprendente o al menos me lo parecía, quizás sólo fuese por mi estado de ánimo, que había mejorado, pero ¡todo estaba tan bello!
Al llegar a nuestra casa ya era de noche no había mucha iluminación pero me gustaba el entorno. Las flores que adornaban las viviendas desprendían un olor mágico, el aroma a jazmín penetraba en mí, recordándome que ya estaba en mi hogar.
El periódico se encontraba en el buzón, normalmente lo recogíamos antes de salir, pero hoy con las prisas nos habíamos olvidado. Las noticias resultaron conocidas, toda la prensa redacta prácticamente la misma información. Raúl lo recogió y se sentó a leer mientras yo preparaba una ensalada. Una vez hube acabado, nos duchamos mientras charlábamos y reíamos. Cenamos en la cocina y sin recoger la mesa nos sentamos a ver la televisión, ya estábamos en pijama, preparados para dormir. Al rato sentí que mis ojos se cerraban y con el sonido de la televisión me adormecía. Escuché a Raúl que me decía:
—¡Vamos a la cama!
Me levanté antes de que me quedara profundamente dormida.
Nuestra habitación es amplia y confortable, las paredes de color rosa pálido y los muebles con mezcla de estilos pero actuales, todo ello me hacen sentir cómoda y relajada. Leímos un rato en la cama, como teníamos por costumbre, aunque al poco tiempo apagamos la luz para dormirnos.
Esa noche no tuve ningún tipo de pesadillas, al levantarme me sentía nueva. Extraje del armario un traje de chaqueta gris y una camisa blanca. Tenía una reunión con los altos cargos para revisar unos proyectos que habían adjudicado a nuestro estudio. Una vez vestida me dirigí a la cocina.
Cuando llegué, Raúl ya había preparado el café y zumo de naranja. Encendí la tostadora y mientras él servía el café, salí a por el periódico. El día estaba despejado. Desayunamos echando un vistazo a la prensa. Observé a Raúl que estaba muy guapo, normalmente vestía informal pero siempre elegante.
Sacamos su coche del garaje, era el que utilizábamos con regularidad, me dejaba en la oficina y luego continuaba hacia el periódico.
La reunión me resultó bastante larga. Cuando terminó cogí mis planos y me dirigí a mi despacho, lo primero que hice fue llamar al ginecólogo para pedir cita, me dieron para la próxima semana. Después llamé a Raúl para quedar con él.
Seguidamente fui a visitar una de las obras. Era un edificio que se estaba construyendo. Después de revisar los planos, tuve que discutir con el encargado, ya que no estaba muy de acuerdo con las rectificaciones que había hecho. A continuación me dirigí a la cafetería más cercana a comer algo.
Me senté en la mesa que se encontraba detrás de una gran cristalera. Esperé un rato y como Raúl no llegaba, decidí comenzar a comer. Pedí un plato combinado y un café. Mientras esperaba a que me sirvieran, contemplé la calle. Multitud de personas iban y venían. Miré el reloj, “claro es la hora punta” pensé. El día estaba iluminado por los rayos del sol. Aunque no hacía mucho calor, sí el suficiente para que los transeúntes fueran en mangas de camisa. Comí con gran apetito, ya tomándome el café, volví a distraerme observando todo lo que alcanzaba a ver. Los edificios de los alrededores eran antiguos pero conservados. Frente a mí, se encontraba un MC Donald, el cual me llamó la atención por la gran incidencia de público que entraba en el local, al lado, un reloj marcaba las dos. Saqué mis bocetos de la carpeta y como eran grandes esperé a que me retiraran el servicio y los extendí sobre la mesa. Uno de los planos me volvió a llamar la atención. Era la casa antigua de dos pisos que teníamos que reformar. Me sentí sobresaltada y me dio la impresión de que no era la primera vez que la veía, pues con los ojos cerrados podría describirla. ¡Que tontería! Pensé, ¡eso no puede ser! ¿Qué me está pasando? ¡Ésta no es la misma casa que veo en mis sueños, la de mis sueños tiene en la fachada unos animales en relieve!
Raúl llegó bastante acelerado; su rostro mojado por el sudor y el pelo rubio, obscurecido por la humedad, le hacían más atractivo.
—Hola cariño, no he podido llegar antes, se me complicó a última hora todo. Espero que hayas comido, yo me tomé una tapa con Juan y no he tenido tiempo para nada más.
—Sí, ya he comido, no te preocupes. He estado entretenida con mis cosas. ¿Quieres tomar algo más?
—No, ahora no.
Recogí los planos y nos marchamos.
De camino a casa, pasamos por el supermercado. Compramos todo lo necesario y cargados de paquetes nos dirigimos a nuestra casa.
La vivienda que estaba situada junto a la nuestra la habían comprado una pareja con dos niños, con los cuales teníamos gran amistad. El padre se encontraba muy a menudo de viaje y los niños, con frecuencia jugaban con Raúl al baloncesto. Tenían ocho y diez años, y nos encantaba su compañía.
Cuando llegamos los niños estaban jugando al baloncesto y Raúl me preguntó:
—¿Te importa que me quede un rato a jugar con los niños?
—Buena idea, mientras yo me ducharé.
Desconecté la alarma, me quité los zapatos y subí la escalera muy animada tarareando mi melodía preferida: “Unchained Melody”, ya que desde que vi la película GHOST, me cautivó. Me dirigí al baño. Al mirar hacia el espejo vi mi rostro reflejado. Estaba demacrada, tenía grandes ojeras, imaginé que serían debido a las malas noches que estaba pasando. Bueno pensé, ya me recuperaré, de momento me encuentro mejor.
Bajé con el albornoz puesto y la toalla envolviendo mi cabello, Raúl ya se encontraba sentado en la alfombra de la sala con los niños como si fuera uno más. Estaban viendo dibujos animados. Después de secarme el pelo, me dirigí hacia la cocina y preparé un par de pizzas, unos refrescos y fui hacia el salón. Los niños picotearon un poco con nosotros, pero no lo suficiente para cenar. Cuando los vi cansados, los acerqué a su casa; el timbre no sonaba, insistí y fue Alberto el más pequeño el que me dijo:
—No insistas, está estropeado.
Di unos golpes en la puerta y enseguida acudió su madre. Rosa era bastante alta, melena negra muy larga y ondulada, tez muy blanca, tanto que parecía transparente. Era ama de casa pero en sus ratos libres, los dedicaba a la pintura, afición que desarrollaba con gran maestría.
Al abrir la puerta, observé que sus manos estaban manchadas de pintura, y su aspecto parecía cansado, al mirarme dijo:
—¡Hola Ana! Pasa, estos niños siempre están dando la lata. Me voy a lavar las manos, estaba aprovechando que ellos no estaban para pintar, próximamente tengo una exposición y voy muy atrasada.
—No te preocupes, a nosotros no nos molestan, al contrario nos hacen compañía. Han cenado muy poco, Álvaro ha comido más, pero aún así tendrás que darles algo de cena.
—Les daré un vaso de leche, siéntate mientras se lo toman.
—Sólo un instante. Hoy me quiero acostar temprano, he tenido un día muy duro. Ya sabes que si te ves apurada, cuenta con nosotros. Nos llevaremos a los niños para que tú puedas terminar tus cuadros.
—Gracias, posiblemente tenga que recurrir a vosotros, el tiempo se me está echando encima. Por cierto Ana ¿estás durmiendo mejor?
—Quizás un poco, hasta ahora no lo he logrado, espero que de aquí en adelante lo consiga. He ido al psicólogo, me ha sometido a una terapia y voy a continuar; me dijo que si no es suficiente me haría un estudio del sueño.
—Me alegro. Ya verás, todo se solucionará. Además cuando tengas hijos, caerás rendida en la cama y ni tendrás fuerzas para soñar.
—No creo que ése sea el problema, de todas formas nos hemos decidido a tenerlos.
—¡Fantástico!, es lo mejor que podéis hacer.
—Gracias, despídeme de los niños. Me voy que Raúl se habrá quedado dormido en el sillón y luego es muy difícil despertarlo.
—¡Hasta mañana, qué descanses!
Al llegar a casa me di cuenta de que había dejado la verja abierta; menos mal que la zona es tranquila, ¡qué despistada soy! En la entrada teníamos sembrado gran cantidad de flores, estaban muy hermosas. Las hortensias destacaban con su color blanco y azul, y contrastaban con el rojo y rosa de los geranios. Observé que les hacía falta un poco de agua y me dispuse a regarlas.
Había anochecido, el cielo estaba encantador, no se divisaba ninguna nube, sólo las estrellas y la luna que iluminaban todo el paisaje. Respiré hondo y entré en casa. Raúl se estaba duchando y como no hacía frío, quité el edredón de la cama. El silencio era acogedor; comencé a sentirme cansada, me acosté y quedé dormida al instante.
Volví a despertarme asustada, me dolía la garganta, no podía respirar. Raúl me incorporó y meciéndome como a una niña logró calmarme. Por fin y tardando mucho tiempo logramos dormir.
El cansancio se apoderó de mí de tal modo, que no escuché el despertador. Cuando pude abrir los ojos, ya Raúl se había marchado. A duras penas me incorporé; me sentía muy cansada y con un fuerte dolor de cabeza. Encima de la mesa de noche, había una nota de Raúl en la que me decía que no me preocupara, pues ya él había llamado al despacho, avisando que llegaría más tarde.
Desayuné para poder tomar un par de aspirinas y aún con una fuerte jaqueca, me encaminé hacia la ducha.
A las diez había terminado de arreglarme, llamé a la oficina para decir que iría primero a visitar las obras. Saqué mi “toyota” y me dirigí a la vivienda que teníamos que restaurar y que me había impactado. Invertí más de una hora en llegar. Se encontraba situada al norte y algo alejada de la ciudad. No estaba aislada, a los alrededores había varias viviendas del mismo estilo. En ellas se apreciaba que el tipo de inquilinos que las habitaban eran personas adineradas, propias de la clase alta.
Algunas de las construcciones tendrían más de cien años y se conservaban, aparentemente, en buen estado; sobre todo las fachadas permanecían intactas.
Bajé del coche y desde lejos pude divisar el inmueble que indagaba y pensé “esa es, no hay duda”. Los tres grandes triángulos con amplios ventanales y vidrieras emplomadas de varios colores, estaban de acuerdo con los planos que había estado mirando con anterioridad.
A medida que mis pasos iban avanzando, percibí una extraña sensación que me atraía y a la vez me asustaba, de modo que caminé lentamente para poder percibir con más intensidad las emociones. Miré los alrededores y no sólo la casa me era familiar, desde luego presentía que ya había estado allí. Cuando me encontré cerca de la entrada, me detuve a contemplar un pequeño jardín que estaba completamente abandonado. Seguí adelante retirando a mi paso los matorrales que me impedían avanzar y, con dificultad, llegué a la puerta. Era de color caoba oscuro pero el tiempo la había deteriorado así como sus tiradores de bronce que estaban completamente negros. No escuché ningún ruido, aunque según mis datos tendrían que estar los operarios trabajando. Cerré los ojos y respiré profundamente, hasta penetrar en mí el aire completamente impregnado de un aroma familiar. Miré alrededor y las flores aún marchitas, liberaban su fragancia, que indudablemente reconocía.
Con gran confusión llamé a la puerta, al no recibir respuesta bordeé la casa como una autómata y me dirigí al jardín posterior en el cual, se encontraba la piscina. Sin acercarme a ella, llamé al encargado y no recibí respuesta. Me quedé paralizada, el miedo no permitía que me moviese; no sé el motivo, pero sabía que no quería aproximarme a la piscina. Procuré tranquilizarme y cuando logré mover mis pies, estos, se dirigieron hacia la salida; precipitadamente, llegué al coche y hasta que no salí de la finca, no logré respirar con normalidad.
Algo más tranquila, visité otras obras, que no me transmitieron ningún tipo de emociones. Cuando terminé me dirigí directamente a mi casa.
Hoy tendría que quedarme sola en casa. Raúl como corresponsal deportivo, había tenido que marcharse a cubrir un partido a trescientos kilómetros de Barcelona. Normalmente el tiempo máximo que está fuera de casa son dos días, pero esta vez afortunadamente sólo sería una noche. Cuando terminé mi trabajo me marché a casa.
La soledad me produce angustia y para sosegarme, después de cenar, llamé a mis padres. La voz que me respondió al teléfono, me transmitió tranquilidad. Era la de mi madre.
—Hola mamá ¿cómo te encuentras?
—Bien cariño, ¿cómo estás tú? Pareces triste.
—Tienes razón, estoy sola y ya sabes que no me gusta.
—Bueno hija, lo dices como si te hubieran abandonado, me imagino que Raúl está trabajando.
—Claro mamá, pero no me acostumbro. ¿Cómo está papá?
—Muy bien, está leyendo, ya sabes que le gusta tanto como a ti. Yo estoy viendo la televisión, así que cada uno con sus aficiones y así ocupamos nuestros ratos libres que son muchos. Bueno hija, te pongo con papá. Cuídate y ven pronto a vernos.
—Sí, gracias mamá. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero.
La voz de mi padre me resultó jovial.
—¡Hola mi amor! ¿Cómo estás?
—Estupendamente papá, aunque un poco triste. Estoy sola.
—Me voy a tener que enfadar con tu marido, ¿cómo puede dejar a mi niña sola?
—Papá, está trabajando y ya no soy una niña.
—Para mí siempre lo serás.
—Ya lo sé papá. ¿Cómo te encuentras?
—Muy bien hija. Ahora mismo estaba enfrascado en la lectura de un libro muy interesante. Algo tengo que hacer para no aburrirme mientras tu madre ve la televisión. Y a ti, ¿cómo te va en el trabajo?
—Muy atareada, siempre hay obras nuevas y restauraciones que hacer. Por cierto papá, ¿hemos vivido siempre en la misma casa?
—¡Sí hija! Aquí naciste y viviste hasta que te casaste. ¿Por qué me lo preguntas?
Pues... porque hoy he ido en una vivienda que estamos reformando y me pareció conocerla muy bien.
—Escucha cariño, a veces puede ocurrir. Reconoces cosas que estás segura de que nunca has visto, pero sólo es que te recuerda algo que, realmente, has visitado con anterioridad. ¿Cuándo vais a venir a vernos? Ya sabes que no conduzco y para nosotros es más difícil desplazarnos.
—Pronto, si Raúl no puede ir, iré yo. Os llamaré antes.
—No te olvides de hacerlo, a mamá le gusta prepararte tus comidas preferidas.
—Está bien, iremos pronto. Cuídate. Te quiero mucho.
—Adiós hija, también nosotros te queremos. Muchos besos.
Me quedé algo más tranquila. Después de ducharme, comencé a ver la televisión esperando a que Raúl me llamara. Normalmente no presto atención a la publicidad, pero hoy algo hizo captar mi interés; de pronto vi un grupo de edificios antiguos que se asemejaban bastante a los de ahora, pero percibí rasgos de la arquitectura pasada. En un principio no me dijeron nada, pero cuando proyectaron las imágenes de cerca, pude observar en la fachada, relieves de animales en piedra. Eso hizo que recordara mis sueños. ¡Los animales se parecían a los que veía en ellos! No estaba segura, pero era como si se repitiesen las imágenes en mi mente. Volví a presentir esa sensación de angustia, temor y miedo con que me veo impregnada en mis sueños. Apagué la televisión y me fui a la cama bastante desconcertada. Eran las once y Raúl no había llamado. Esperaré leyendo hasta las doce, si no llamaré yo, pensé.
Ya en la cama, no podía olvidar los edificios. No observé de dónde eran y suelen ponerlo. Procuraré estar pendiente, para ver si los vuelven a proyectar.
Eran las once y media cuando Raúl llamó.
Cogí el teléfono rápidamente y escuché:
—Buenas noche cariño. ¿Cómo estás? Acabo de llegar al hotel.
—Me encuentro muy sola, no me acostumbro a tus ausencias.
—No seas niña. Sólo es una noche.
—Ya lo sé, pero sabes lo que me pasa y tengo miedo a dormirme.
—No te preocupes, sólo son sueños.
—Eso espero. ¿Cómo te ha ido todo?
—Como siempre, este trabajo es rutina, todo es igual.
—Bueno, a ti te gusta el fútbol y por lo menos ves partidos.
—Sí, es una gran recompensa. ¿Te vas a acostar ya?
—Estoy en la cama, intentaré dormirme pronto. No te preocupes que me encuentro bien, sólo es que te echo de menos.
—Y yo a ti. Mañana comeremos juntos donde siempre, un beso.
Dormí algo inquieta, mis sueños se repitieron, no sé si chillaría o lloraría, sólo recuerdo cosas aisladas y, eso sí, pasé mucho miedo.
Al despertarme estaba cansada, como siempre. Me duché y me vestí con ropa informal, hoy no tenía ninguna reunión y decidí aprovechar la mañana para estar en el estudio y terminar todo lo que tenía pendiente. Tomé un café, cogí el paraguas y mi carpeta, y la deposité en el asiento trasero del coche. Al ser tan grande me resultaba bastante incómoda, pero no tenía más remedio que acostumbrarme a ella, me la había regalado Raúl en nuestro tercer aniversario de bodas. Eso me hizo pensar en cómo lo conocí y como en una película, comenzaron a pasar por mi mente todos los recuerdos de nuestro noviazgo.
Pronto cumpliría los veintisiete años y no me hacía la idea de la edad que tenía.
Raúl a sus treinta y tres parecía más adulto y siempre me decía “ te han mimado mucho, eres una niña grande”.
Al ser hija única mis padres siempre estuvieron pendientes de mí. Aunque no eran ricos, gozaban de una buena posición social y económica. Tuve todo lo que quise, pero siempre fui responsable.
Acabé la carrera sin retraso, eso hizo que mi familia se sintiera más orgullosa de mí.
Conocí a Raúl en el campus, cuando él estaba acabando la carrera. Se lo presenté a mis padres en Navidades. Hacía un mes que lo había conocido, pero estaba segura de lo que hacía y no quise esperar más.
Nada más terminar la carrera, se colocó en uno de los mejores periódicos de Barcelona y con los años logró ser corresponsal deportivo, sección en la que desempeña el puesto de director, aunque continúa saliendo a cubrir informaciones fuera del despacho, ya que es lo que realmente le gusta.
Raúl me recogió en mi apartamento el día de Navidad, para ir a cenar a casa de mis padres. Llegamos sobre las nueve de la noche. Las luces de colores instaladas alrededor de la fachada, iluminaban toda la casa. Papá siempre era el que las colocaba.
—¡Qué agradable ambiente navideño! —dijo Raúl.
—Para mí sin ellas no serían estas fiestas. Desde que recuerdo siempre ha sido así.
Llamamos y esperamos algo nerviosos. Nos abrió la puerta papá. Tenía puesto una chaqueta de punto gris, un pantalón azul marino, a pesar de que el pelo lo tenía completamente blanco, lo vi tan guapo como siempre.
—Buenas noches. Feliz Navidad —dije abrazando a papá.
—Buenas noches. Supongo que quien te acompaña es Raúl ¿no me lo presentas?
—Claro que sí. Papá, éste es Raúl.
—Feliz Navidad señor. Encantado de conocerle.
—Igualmente muchacho. Me llamo Javier. Pasad, mamá está en la cocina.
Nos quitamos los abrigos y bufandas. Hacía calor dentro y los colgamos en el perchero de la entrada. Atravesamos el largo pasillo hasta la cocina que se encuentra al fondo a la derecha. Mamá no nos oyó entrar, estaba colocando el pavo en una fuente, lo acababa de sacar del horno y tenía las manoplas para no quemarse. Entonces le dije:
—Mamá: siempre te encuentro en la cocina.
—¡Ah¡ ¿Ya estáis aquí? Perdonad quería haber terminado antes, pero siempre me entretengo más de lo previsto. Me quito las manoplas y estoy con vosotros. Tú eres Raúl ¿no?, encantada de conocerte. Ana tenías razón es muy guapo.
Raúl enrojeció, su carácter es tímido, pero la verdad es que es muy guapo. Llevaba un suéter de cuello alto negro que le favorecía bastante y que contrastaba con su pelo rubio y ojos azules. Una sonrisa encantadora acompañaba normalmente a su rostro de tez morena.
Pasamos todos al salón, allí estaba el gran abeto con los adornos de siempre, que se conservaban intactos. Eran figuritas de madera que mi padre había hecho cuando yo era niña. Colgaban repartidas por las ramas, destacando con sus bonitos colores. El nacimiento que fuimos ampliando con los años, se encontraba encima de un mueble alargado, al fondo del salón. Sí verdaderamente todo era igual, me sentía feliz.
Mi padre había conectado el viejo equipo de música con los villancicos populares que cada año escuchamos y, que para mí, sin ellos no estaría completa la Navidad. Todo me evocaba a mi niñez, época que recuerdo con añoranza.
La mesa ya estaba puesta con mantel de motivos navideños de colores. La vajilla que sólo se utiliza en días especiales, los candelabros y servilleteros a juego y en el medio destacaba, un gran centro de flores. La chimenea que desprendía bastante calor, había sido adornada con serpentinas verdes.
Al fin papá encendió las velas, las luces del árbol y del belén. Mamá llegó sonriendo. Se había quitado el delantal y pude ver que ya estaba arreglada. Llevaba puesto un traje negro con mangas, muy sencillo pero elegante, que destacaba en su esbelta figura. Su piel es muy blanca y el cabello tan negro como el azabache; resaltando sus hermosos ojos verdes. Dicen que físicamente me parezco mucho a ella, pero en la forma de ser, soy idéntica a mi padre. Acercándose a nosotros nos dijo:
—Cuando queráis cenamos.
—Como prefieras, veo que tienes todo hecho, no has dejado nada para que te ayudemos.
—Colaboró papá. La mesa la ha puesto él.
—¿También los adornos?
—Sí todo. El centro de flores lo hicimos entre los dos, lo copiamos de una revista.
—Está precioso, es rústico y original.
La cena resultó exquisita. Como todas las Navidades, tomamos primero unos aperitivos y después el pavo relleno de frutos secos. Era una receta de mi abuela. De postre crema de limón.
Raúl congenió mucho con mis padres, no dejaron de hablar en toda la noche. Al no tener madre, echaba de menos una verdadera familia. Estuvimos sentados en la sala, tomando dulces navideños y una copa. Cuando Raúl se marchó era ya tarde, y yo aproveché las vacaciones para quedarme unos días con mis padres.
Muchas veces recordamos lo bien que lo pasamos esa noche.
Nuestro noviazgo transcurrió con rapidez, fue corto y maravilloso.
Cuando nos casamos, compramos una casa a las afueras de Barcelona, el deseo de mis padres hubiera sido que nos quedáramos a vivir cerca de ellos, pero al estar a cien kilómetros de la capital, optamos por otro lugar.
La llegada al despacho, me hizo volver a la realidad. El trabajo no resultó como yo esperaba, me quedaron cosas pendientes, pero hoy con mis recuerdos había logrado olvidarme un poco de mis problemas, pero eso sí, no trabajé demasiado.
Salí del despacho y me dirigí al restaurante que había quedado con Raúl. Cuando llegó le abracé como si llevara mucho tiempo sin verle. Le besé y le dije:
—¡Cuánto te he echado de menos! Aunque en realidad reconociese que era absurdo mi comportamiento, pero estaba sensible. Raúl con paciencia me dijo:
—Hemos de procurar que cuando viajemos, lo hagamos los dos juntos.
—Sí, en estos momentos es lo que más deseo.
Después de comer, nos fuimos al cine, estrenaban una película que deseábamos ver. Al salir, ya había anochecido, cogimos el coche y nos marchamos a nuestra casa.
Nos acostamos temprano, estábamos cansados. Ya en la cama, me quedé pensando en cómo habían ido evolucionando mis pesadillas.
Nunca anteriormente había comentado a nadie mis sueños, realmente se han ido intensificando con el tiempo, hasta el punto de que han logrado descontrolar mi vida; eso ha hecho que me decida a averiguar el motivo de tan extraña situación.
Hoy tenía consulta con el psicólogo, aligeré el trabajo, para poder estar a la hora prevista. Raúl se había marchado temprano y se me olvidó recordarle que teníamos cita. Llegué muy temprano, estaba impaciente, tenía que comentarle nuevamente los últimos acontecimientos y el temor que me producían. En el despacho había terminado a las once y decidí irme hacia la consulta aunque no estaba citada hasta las doce. La sala de espera se encontraba vacía, esperé ojeando una revista de moda. No me concentraba en lo que estaba leyendo. Mi mente se evadía pensando en cómo iba a explicar todo lo que me ocurría si ni yo misma sabía qué me pasaba.
Cuando entré Jorge me recibió muy sonriente, tenía mi historia encima de la mesa, supongo que la habría estado mirando.
—Hola Ana. ¿Cómo te ha ido?
—La verdad es que no sé cómo empezar, he continuado soñando y viendo cosas que me recuerdan algo. Estoy confundida y preocupada, en realidad lo que siento es pánico al recordar los sueños con más claridad. Cuando me despierto estoy tan asustada que cualquier cosa me aterra. El trabajo, lo relaciono con mis sueños, mi casa me da miedo, todo me angustia. Jorge, ¿qué es lo que me ocurre?
— Tranquila, cierra los ojos e intenta recordar qué es lo que sueñas.
—Veo imágenes de casas, gente que no conozco que me dan miedo y otras que me hacen sentir bien. Lo que me produce más terror es el agua, no sé el motivo. Oigo voces que gritan y me asustan. ¡Es todo tan difícil de comprender!
—Está bien, serénate, ya averiguaremos lo que te ocurre. Ana, ¿ves con claridad las caras de las personas y las casas que sueñas?
—A veces sí, pero no las conozco, pero sin embargo hay una casa que estamos restaurando que en cuanto la vi, me resultó conocida, pero no la recuerdo en mis sueños.
—Físicamente, ¿cómo te sientes?
—Sigo levantándome cansada, nerviosa y muy asustada. Raúl dice que chillo y que hasta mi voz cambia.
—Voy a tener que hacerte un estudio del sueño, tendrás que dormir en la clínica, pero antes quiero que grabéis una noche todo lo que dices cuando sueñas.
—Sí, no hay problema, lo haremos. Pero ¿qué me dices de las cosas que creo haber visto y que no ha sido así?
—A veces la mente nos juega malas pasadas. Suele ocurrir, no te pasa a ti sola, es frecuente.
—¡No! En mi caso antes de entrar en algunos sitios ya sé lo que hay. Los conozco, no tengo dudas, sé que he estado allí. ¡Insisto en la casa que estamos restaurando! No es mi mente, es como si hubiese vivido en ella.
—Bueno, vayamos poco a poco, de momento debes grabar todo lo que puedas y luego te haré el estudio. Ahora continúa contándome.
Conversamos sobre todo lo ocurrido y Jorge iba tomando notas en el historial.
Cuando salí de la consulta ya tenía apetito, cogí un taxi y me dirigí hacia el restaurante que está cerca del periódico y que vamos con frecuencia. Raúl se encontraba en la puerta esperándome. Cuando me vio, se acercó diciéndome con preocupación:
—¡Cómo no me recordaste que hoy tenías consulta con el psicólogo! Cuando me acordé, era ya tarde. Lo siento cariño. ¿Cómo ha ido?
—Bien, no te preocupes. Ahora te cuento. Entremos.