
EL PRIMERO
Por
Angel Rod
Smashwords Edition
Esta es una novela de ficción. Cualquier similitud con nombre de persona es pura coincidencia. Algunos lugares son ficticios y otros son reales. Se mezclan hechos verídicos con fantasiosos. La intención del autor es brindar una experiencia inolvidable combinada con entretenimiento.
El autor se reserva todos los derechos de esta novela.
Sea el juez de aquellos hechos reales.
Copyright 2011 Angel Rod
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Smashwords Edition, License Notes
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TABLA DE CONTENIDO
El Coliseo, El Hotel, El Vaticano
Archivum Secretum Apostolicum Vaticanum
El fugitivo
La noche estaba sumergida en una obscuridad misteriosa. Excepto por las nubes amenazantes, solamente la Luna Llena hacía acto de presencia en aquel denso terreno de árboles. Uno… dos rayos cayeron casi al mismo tiempo… como si se hubiesen puesto de acuerdo. Dos figuras humanas aparecieron… un hombre y un niño. El hombre (Joe) era joven, de unos 30 años promedio. El niño (Christopher)…de 10 años, pero alto para su edad. Estaban corriendo desesperadamente. Se notaba un desbalance en los movimientos del niño mientras era sostenido por el hombre. Algo o alguien los perseguía. Quién sabe para qué o porqué. El miedo que estaban reflejando agotaba sus energías. Casi sin aliento pudieron divisar una cueva. Por su aspecto parecía no haber sido frecuentada por ser inteligente alguno. De momento Christopher se desplomó. Joe lo tomó en sus brazos y comenzó a subir la casi escarpada ruta hacia la entrada.
El interior estaba más oscuro que la misma noche. El olor era nauseabundo, provocado por los años de acumulación de heces fecales de murciélagos. Se escuchaban miles de insectos y uno que otro sonido, provocado quizás por las crías de los mamíferos voladores. Bien pocos adultos volando, pero no parecían ser amenazantes. En otro momento la cueva hubiese sido la última opción de refugio, pero en ese momento era el lugar perfecto para evadir lo que les estaba asechando.
Sin soltar al niño de sus brazos Joe se adentró un poco más en la cueva, sin tomar mayor importancia a lo que estaba pisando y dejando atrás el sonido de los truenos. Su pensamiento estaba en alejarse más de la entrada para evitar cualquier razón de ser detectados. Mirando hacia atrás pudo notar que la entrada era cosa del pasado. Ahora solo los rodeaba una obscuridad que no deja escapar un soplo de visibilidad. Sintiéndose más seguro Joe encendió su pequeña linterna, que había sacado segundos antes de una mochila de cuero que tenía entrelazada en forma diagonal de hombro a costado. La luz le muestra la razón del desmayo de Christopher. La camisa, que en un momento dado había sido blanca, ahora estaba pintada de rojo… era sangre. Una herida en el costado izquierdo.
“Sé fuerte hijo. Aguanta un poco más”, dijo Joe entre sollozos y fuertes respiraciones provocadas por la fatiga de tanto correr. “La bala solo cortó la piel y raspó un poco la costilla.”
Su hijo permanecía en el suelo tal cual su padre lo había acomodado… inmóvil, pero respirando. Sin vacilar Joe se quitó su camisa, quedando solo con una camisilla blanca. Puso su pañuelo sobre la herida, usando como guía la linterna que sostenía en su boca. Con cuidado, pero a la vez con firmeza apretó la camisa alrededor del cuerpo de Christopher fijando el pañuelo en su lugar. Christopher continuaba desmayado, afortunadamente, porqué hubiese sido bien doloroso luego de aplicarle el torniquete.
“Es lo más que puedo hacer por el momento. Hijo, no te rindas. Saldremos de esto”, lloró Joe silenciosamente para evitar ser descubiertos.
Abatido por los eventos recientes Joe se recostó apoyando su espalda en la pared, retrocediendo súbitamente por la frialdad que emanaba de las piedras. Habiendo experimentado tal sensación y sabiendo que no corría peligro alguno decidió intentarlo nuevamente. Esta vez con éxito, dejando escapar un suspiro que más parecía uno de alivio que de cansancio. Su hijo permanecía acostado boca arriba sobre las piernas de Joe, sirviéndole así de apoyo para que su cabeza no tropezara con la murcielaguina, que pareciese estar cubriendo cada pulgada del suelo. Su condición era estable, pero delicada. Joe luchaba con mantener los ojos abiertos. Su cansancio era evidente y el sueño lo dominaba. De vez en cuando se daba bofetadas para espantar el peligro de caer dormido. Sabía que de quedar dormido serían presa fácil.
Había pasado pocos minutos, pero para Joe aquello parecía una eternidad. Debido a su estado de cansancio y la condición de Christopher sabía que no era mucho lo que podía hacer. Solo le restaba esperar en la cueva, manteniendo silencio y evitando la tentación de encender la linterna ante el más leve ruido. Era una situación de vida o muerte y él lo sabía muy bien. Ya estaba preparado para enfrentar con su vida cualquier situación extrema. Su único enfoque era proteger a su hijo aunque tuviese que matar.
Ahí estaba Joe sin desviar la vista ante lo que él entendía que era la única salida de la cueva. El ruido de los insectos producía cierta incomodidad a sus oídos, pero nada que no pudiera soportar. Los murciélagos estaban tranquilos, al menos esa era su sospecha, porque ya no volaban en frenesís. Lo que le daba cierto grado de seguridad y alivio ya que mientras se mantuvieran así eso quería decir que no estaban siendo invadidos. Un leve rayo de luna penetraba la entrada de la cueva, lo que no era suficiente para iluminar el lugar, pero afortunadamente era la prueba de que en esa dirección se encontraba la salida. Christopher seguía inconsciente, pero Joe sabía que se recuperaría luego de un buen descanso ya que la hemorragia se había detenido y no había signos de fiebre. En un abrir y cerrar de ojos el lugar quedó como una tumba… ¡silencio total! Solo se escuchaba el eco que dejaban las gotas que caían de las estalactitas, lo que le añadía tensión al silencio. Algo andaba mal. No es normal que los grillos se callen así como así, cuando apenas era de noche, la cual seguía castigando con su obscuridad. Ya no había sueño. Ya no había cansancio. La adrenalina le corría por cada poro de su cuerpo. Sospechó que algo pasaría pronto, lo que hacía que cada segundo pareciera una amenaza. Algo se acercaba. Lo sabía. Su instinto de conservación parecía no mentirle. Sintió un ruido… no de los insectos… no de murciélagos… ni tan siquiera de las gotas de agua que le había tenido perturbado desde que comenzó el silencio sepulcral. En un intento de desesperación comenzó a rascar el suelo con la mano que tenía libre, quizás con la esperanza de encontrar algo que pudiera usar como arma. Pudo tocar algo largo y punzante… muy probable una de tantas estalactitas que se pudieran encontrar en cuevas similares. A Joe no le interesaba saber qué había agarrado. Solo sabía que se aferraría a tal objeto hasta las últimas consecuencias. Sabía que si se movía bruscamente provocaría que Christopher se despertara, por lo que esperaría hasta el último momento para hacer su movimiento. Christopher estaba muy débil para soportar una posible falsa alarma de su padre. Liberó la otra mano que estaba usando para acariciar el cabello de su hijo. Esta vez la llevó a su bolsillo. Sacó su linterna. Su mano temblaba, no para menos. No se veía nada, pero sabía a dónde apuntar… hacia el rayo de luna. Oprimió el botón de encendido. Su corazón palpitó exageradamente. Sintió un escalofrío de pies a cabeza. Ahí, apenas a un metro de distancia, la luz iluminaba el rostro de su asechador.
Joe se despertó extremadamente asustado. El sonido que emitió con su boca y cuerpo fue lo suficiente para despertar a Christopher.
“Papi, ¿qué pasó?”, preguntó Christopher con voz débil.
“Nada de qué preocuparse. Solo fue una pesadilla”, contestó Joe en forma temblorosa. “Sigue descansando. Necesitas recuperar toda la energía que puedas.”
“¿Dónde estamos?”, preguntó Christopher.
“En una cueva. Te desmayaste justo cuando llegamos a ella”, ahora Joe contestaba más tranquilo.
“¿Cuánto tiempo llevamos aquí?”, preguntó curioso el niño.
Con tanta tensión a Joe no se le había ocurrido saber el tiempo que había transcurrido desde que tocó la cueva. Había perdido la noción del tiempo después que cayó dormido en contra de su voluntad. Dicha información era vital para estar más alerta en caso que haya transcurrido muy poco tiempo. Instintivamente buscó su teléfono celular, pero desafortunadamente no tenía carga, por lo que buscó un reloj digital que tenía en su mochila. Era un reloj barato con una pulsera rota, pero aun servía. Oprimió la bombilla del reloj para poder ver la hora. La luz que emitió fue lo suficiente para iluminar bien vagamente el entorno. Joe y Christopher sonrieron mutuamente. Era una emoción de estar vivos, pero preocupante porque aun continuaban en peligro.
“No puedo creerlo”, contestó Joe sorprendido. “Son las 3:12am. Hemos estado aquí ocho horas. Pensé que solo habían pasado minutos. Tengo que tener más cuidado para la próxima vez.”
“Papi, ¿crees que los hayamos perdido?”, interrogó Christopher.
“No lo sé, pero nos quedaremos aquí. No me arriesgaré. Además tú necesitas descansar. Has perdido mucha sangre. Afortunadamente la bala no tocó puntos vitales. Temprano en la mañana saldremos de aquí y buscaremos a alguien que te pueda suturar la cortadura,”
“No! Hospitales no! No son seguros”, insistió Christopher.
“No te preocupes”, Joe dijo pausadamente para calmar a su hijo. “Tendré cuidado de encontrar un médico que nos ayude en anonimato.”
“¿Y cómo vas a lograr eso? Ningún doctor nos va a ayudar sin primero preguntar. Recuerda que este tipo de herida no es normal.”
“Algo se me ocurrirá de aquí a cuando amanezca. Mientras tanto, jovencito, a dormir para que recuperes energía”, ordenó su padre.
La verdad que Joe no tenía ningún plan. Se sentía con más energía después de ese sueño peligroso. Aun si tuviera cansancio, no se atrevería a dormir nuevamente, al menos por esa noche. Acomodó su espalda en la pared de piedra, fría como la primera vez. Apoyó su mano en el suelo. Tropezó con algo. Era largo y punzante… una estalactita. Su piel se erizó.
***
Algo despertó a Christopher.
“¿Que fue eso?”, preguntó asustado.
"Son los murciélagos adultos que regresan para dormir", contestó Joe. "Debe ser más o menos las 6am. La cueva esconde la claridad por lo que parece de noche aún. Aprovechemos que estamos despiertos y salgamos de aquí."
Christopher seguía débil. No tenía fuerzas para levantarse por lo que Joe le ayudó a incorporarse. Con pasos lentos se fueron acercando a la entrada. Christopher no se quejaba, pero era obvio que lo daba a demostrar por sus ademanes. Pronto aquella obscuridad que los había arropado toda la noche y madrugada desapareció. El sol les dio la bienvenida bien calurosa. Joe observó desconfiado. Tenía que asegurarse que no había peligro. Después de un leve reconocimiento tuvo el atrevimiento de comenzar la bajada. En circunstancias normales hubiese sido algo fácil de hacer, pero teniendo que auxiliar a Christopher era un poco más complicado. Cada paso significaba una posible caída ya que había muchas piedras sueltas que servían de obstáculo. Finalmente llegaron a la llanura. De ahora en adelante el camino se veía más despejado. Pero, ¿cuál dirección tomar? Hacia el Norte se veía un gran manto de árboles. Hacia el Oeste, a unas cuantas millas, se contempla una colección de montañas. El Este conservaba un paisaje más atractivo, con arboles más pequeños y dispersos. Se nota un sendero tal vez provocado por el constante caminar de animales, quizás de vacas o cabras domesticadas.
“El adentrarnos al bosque fue muy buena idea. No creo que se hayan atrevido a cruzarlo, pero es muy probable que si tomamos esa ruta nos estén esperando”, aseguró Joe. “La ruta del este parece ser la más razonable. Ese sendero me indica que hay civilización muy cerca de aquí.”
“Tengo hambre y sed”, dijo Christopher.
“Lo sé hijo. Yo también. Este dulce te calmará un poco el apetito.”
***
Al otro lado del bosque, a eso de las 7:30am, el escenario era otro. Había euforia. Se veían patrullas y una ambulancia. En la puerta de uno de los vehículos se leía Condado Fond du Lac. Además, muy cerca, una camioneta negra 4x4 con los cristales completamente negros. A unos cuantos metros se encontraba una figura envuelta en tela blanca... un cadáver. La hierba bajo el cuerpo y alrededor del mismo estaba quemada, pero no se notaba humo alguno aunque su olor era evidente. A nadie le parecía extraño ya que en estos lugares los fuegos por combustión espontánea era casi normal o quizás alguna travesura de los jóvenes locales. Arribó otra camioneta negra con las mismas características de la otra. Se abrió la puerta del pasajero y salió un hombre imponente con gafas negras. Calvo, no por naturaleza sino por rasuradora, evitando mostrar una posible calvicie parcial en la parte frontal y central del cráneo. Delgado por naturaleza y el rostro maltratado por el sol. Su nombre... Godot.
“¿Qué pasó?”, preguntó enfurecido mientras se quitaba las gafas.
“Comandante, le teníamos acorralado”, contestó Joseph. “Estábamos seguros que lo teníamos, pero algo salió mal.”
“No puedo creerlo. Un niño de 10 años... dos adultos altamente entrenados no pueden con un mocoso indefenso. ¿Conoces la orden?”, Godot aun enfurecido, pero ocultando tal sentimiento ante los desconocidos.
“Si señor. Disparar a matar”, contestó Joseph nerviosamente.
“¿Y porque tengo la maldita idea de que esa orden es bien complicada para llevar a cabo?”, preguntó más molesto Godot.
“Señor, el niño estaba ahí. Justamente entre Aarón y yo. Me miró a los ojos y sentí el deseo de no disparar. Señor... sentí paz... no temor”, suspiró Joseph.
“Exactamente para eso están entrenados. Es bien astuto y engañoso. Y por lo que veo lo hemos subestimado. Está despertando su verdadera naturaleza, mucho antes de lo profetizado. Aun no tiene la edad, pero parece que le hemos adelantado su evolución. Solo espero en Dios que no sepa quién es y cuál es su destino”, dijo Godot en un tono preocupante.
“Señor, ¿cómo sabes si él ya lo sabe?”, Joseph preguntó curioso.
“Te aseguro que cuando ese momento llegue no solamente tú te darás cuenta... el mundo entero lo sabrá. Será el fin de la humanidad como la conoces”, ripostó Godot en forma profética.
Sacando una paleta de dulce de su chaleco, Godot regresó su mirada al cuerpo inerte. Con mucha paciencia desenvolvió el dulce y lo llevó a su boca. Esperó unos segundos, pareciendo estar cuidando lo que iba a decir.
“¿Cómo es que él está ahí y tú estás aquí?”, Godot preguntó.
“Señor, Aarón le apuntaba con su arma, pero no disparó. No supe lo que le pasaba. Yo estaba a 200 metros más o menos. Corrí hacia ellos. Justo cuando tenía la distancia perfecta para disparar el niño se volteó hacia mí. Sentí una electricidad que penetraba cada poro de mi cuerpo. Era de noche. No había forma de saber que el niño desarrollaría tan temprano sus habilidades, al menos esta habilidad. De repente sentí que algo me golpeó el cráneo. Mi cuerpo reaccionó e inconscientemente mi dedo oprimió el gatillo. Mientras me desmayaba noté que la bala tocó al chico y a la misma vez Aarón caía. No me acuerdo de más nada hasta que desperté esta mañana con los campesinos socorriéndome justo antes de que el comisario llegara.”
“Así que existe un cómplice. Esto complica más las cosas. ¿Qué le dijiste al comisario?”, preguntó Godot.
“Señor, le dije que estábamos persiguiendo a un fugitivo federal bien peligroso. Nada más”, Joseph aseveró.
No muy lejos de ahí el comisario concluyó su investigación con uno de los locales y procedió acercarse a Godot.
“Si no me equivoco usted pudiera ser el Comandante Godot. Soy el jefe Ryan.”
“A sus órdenes. ¿En qué le puedo ser útil?”, respondió Godot.
“Este es un condado bien pacífico. De hecho, nunca he tenido la necesidad de desenfundar mi arma. 25 años de servicio y ni un solo disparo. Ver su hombre ahí me trae muchas dudas de lo que pasó. ¿Porqué estaban ustedes aquí?”, preguntó el comisario Ryan.
Ryan era un hombre de estatura mediana cuyos años le habían ganado algo de libras. Su voz era gruesa por lo que impartía un grado de autoridad aunque no tuviese su uniforme.
“Estábamos tras la pista de un fugitivo”, contestó Godot.
“¡Oh! ¿Y cuál agencia del gobierno tiene tanto interés en perseguir a un fugitivo tan importante?”
“Creo que mi hombre contestó esa pregunta”, replicó Godot.
“Tengo memoria corta y me gustaría escucharlo de su boca. Si no tiene ningún inconveniente”, replicó el comisario.
“Somos agentes. Esto es una operación secreta... no queremos alarmar a la comunidad.”
“¿Puedo ver su identificación?”, ordenó Ryan.
Godot entró la mano en el bolsillo izquierdo de su chaleco y le mostró la identificación dentro de una cubierta de cuero.
“Godot III Justiliano. ¡Hmm! Su nombre y apellido no son comunes en estos lugares. Veo que son del FBI… ¿Por qué lo de Comandante?”, preguntó Ryan.
“¿Disculpe?”, preguntó sorprendido Godot.
“El FBI no tiene esa clase de título, ¿no lo crees?”, repitió Ryan.
“Eso es confidencial”, replicó Godot enérgicamente.
“Ya veo... Aquí hay algo que no me concuerda. Los vecinos dicen que mientras auxiliaban a tu hombre él seguía murmurando sobre la presencia de un niño”, Ryan enfatizó. “Ese no parece ser el perfil de un fugitivo peligroso.”
En ese momento suena el celular del comisario.
“Disculpe un momento. Es el gobernador”, dijo Ryan. “Si señor… Si señor… pero… es que… lo que sucede… si señor!”
Mostrando el celular a Godot, “Quiere hablar con usted.”
“Buenos días señor gobernador… afirmativo… entendido… que siga disfrutando sus vacaciones en Honolulu”, respondió Godot.
“Bueno Comisario Ryan. Creo que ha quedado bien claro quién manda aquí”, dijo Godot mirando fijamente al comisario. “Estableceremos un perímetro de búsqueda en este lugar. Comisario… quiero a ese niño para investigarlo. Seguramente es rehén del fugitivo.”
“¿Y cuáles son las características del niño?”, preguntó Ryan indignadamente, pero sin darlo a demostrar.
“Póngase de acuerdo con mi hombre. Él le dará la descripción física y cómo estaba vestido.”
“¿Y cuáles son las características del fugitivo?”, preguntó Ryan.
“Si encuentras al niño encuentras al delincuente”, Godot contestó inteligentemente, porque no tenía idea quién estaba ayudando al niño. “Comisario, no tenemos tiempo que perder. Cada minuto cuenta. Ponga a su gente a trabajar.”
El comisario se retiró e inmediatamente Godot llamó a su equipo de cuatro hombres. Y comenzó a hablar en un tono bajo con la intención que lo que se dijera no fuera escuchado por los extranjeros.
“El comisario no sabe nada. El alto mando se encargó de convencer al gobernador. Así que el comisario no será ningún obstáculo. Por otro lado, el maldito renacuajo tiene más vida que un gato. Ahora tiene a un cómplice. No sabemos quién es el hombre, pero deben eliminarlo también. El niño está herido. Investiguen los hospitales, médicos, doctores independientes o cualquiera que tenga que ver con medicina. Buscará ayuda de uno de ellos. Y cuando eso pase yo estaré esperando con muchas ansias. Va desear no haber nacido. ¡¿Qué rayos están esperando?! ¡A mover sus traseros!”
Todos adoptaron las órdenes dadas. Mientras el cadáver esperaba por la llegada del fiscal su cuerpo descansaba sobre un pastizal quemado. A simple vista era hierba carbonizada.
***
Joe y Christopher llevaban paso firme, pero lento debido a la condición del menor. Ambos se mantenían silenciosos. Joe comenzó a recordar:
Joe contestó su celular, que estaba sonando insistentemente. Sabía quién era porque solamente esa persona tenía su número.
“Dime Jenny, ¿algo pasa con Christopher?”, preguntó Joe.
“La verdad que sí. Joe escucha bien atento. Esto es algo de vida o muerte. Ya lo saben. Christopher corre peligro. No sé cómo se enteraron, pero lo están buscando tú sabes para qué. No estoy en mi apartamento. Probablemente ya lo destrozaron buscando pistas. Christopher no tiene idea. Joe, ¿qué hago? Estoy asustada.”
“Cálmate”, Joe insistió. “Dime dónde están.”
“En Wisconsin, Condado Fond du Lac”, dijo Jenny.
“¿Dónde exactamente?”, preguntó Joe.
“Parroquia…” El servicio se interrumpió y una voz femenina insistió, “Para continuar hablando deposite dos dólares con setenta y cinco centavos.”
La línea quedó muerta….!
En un abrir y cerrar de ojos le mente de Joe se traslada al Condado Fond du Lac.
Se nota la acumulación de nubes grises. A lo largo de las nubes se notaban relámpagos irregulares y débiles sonidos queriendo imitar tambores… indicio de una sobrecarga de partículas positivas y negativas. Casi obscurecía lo que ayudaba a creer que aquellos eran efectos especiales de alguna película. Joe se acercó a la parroquia. Era obvio identificar tal estructura. Las paredes estaban forradas de ventanas altas y multicolores con siluetas de santos y ángeles. La puerta era enorme de una madera fuerte con estampados de metal. El techo enorme soportando un campanario y este a su vez una enorme cruz con cuatro cruces menores rodeando la mayor. Joe observa desconfiado, pero no logra ver a Jenny. Caminó al templo, aún vigilante para evitar ser perseguido. Abrió la enorme puerta que para su sorpresa no parecía tan pesada como aparentaba. El interior no era nada fuera de lo normal. Muchas butacas de maderas brillantes donde se acomodan los feligreses durante las misas. Los rayos de luz, apenas los últimos del día, mostraban un clima agradable al mezclarse con el contraste de las ventanas. Caminó lentamente por el pasillo esperando encontrar a Jenny y a Christopher escondidos entre las butacas. Tres feligreses se mantenían esparcidos, aparentemente rezando.
“Usted debe ser el padre”, una voz en tono bajo lo sorprendió a sus espaldas.
Dirigiendo su mirada hacia la voz Joe notó a un hombre delgado de estatura normal y de mediana edad. Su vestimenta era negra y larga lo que no le permitía mostrar sus zapatos. Sus manos estaban apoyadas dentro de su vestimenta.
“No sé de qué está hablando. Solo vine a rezar”, contestó Joe.
“Blanco, pelo negro rizado casi largo, ojos marrones, alto para su edad, y tímido”, continuó el extraño.
“No creo ser bueno para las adivinanzas”, Joe insistió.
“Un lunar en su lado derecho más arriba de la segunda costilla de unas dos pulgadas”, dijo el extraño.
Joe cambió su semblante. Esa última oración describía perfectamente a Christopher.
“Soy Padre Antonio. Quería estar seguro que era usted. Su esposa me dio esto”, dijo el sacerdote.
Padre Antonio extendió su mano entregando un papel pequeño. Las manos de Joe temblaban no de miedo sino por el destino incierto de sus seres queridos. El papel contenía su número de teléfono. Solamente una persona conocía ese número… Jenny.
“Ella me dijo que esto llamaría su atención y confianza”, dijo Padre Antonio.
“Lo has logrado padre. ¿Dónde están?”, preguntó Joe.
“Lejos de aquí para su seguridad. Ten este mapa. La X marca el lugar. Está a veinte kilómetros de aquí. El camino no tiene asfalto y es angosto. Es una cabaña cerca de la falda de un bosque”, dijo Padre Antonio.
“Gracias padre”, dijo Joe.
“El niño está solo. Yo mismo lo llevé al lugar. El sitio es seguro. La cabaña es acogedora… de unos amigos que están de vacaciones.”
“¿Y Jenny?”, preguntó Joe.
“Aun no entiendo cómo me convenció, pero insistió que nos alcanzaría luego”, respondió Padre Antonio.
“¿Porqué no esperaron aquí?”, preguntó Joe.
“Les di asilo por un día, pero hoy ella insistió. Parecía nerviosa con complejo de persecución. Como le dije, no sé cómo me convenció”, contestó Padre Antonio.
“¿Cuánto hace de eso?”, preguntó Joe.
“Cuatro horas más o menos”, respondió el sacerdote. “Cuando dejé al niño en el lugar sentí escalofríos… miedo… aún lo siento. Un sexto sentido me insistió en marcharme… el niño entendió mi mirada. Es como si estuviera invadiendo mi mente y entendía mi urgencia. Después regresé a mi parroquia para esperarlo.”
“Padre, le agradezco toda la ayuda que le brindó a mi familia”, dijo Joe.
“Toma mis llaves. Es un viaje como de 15 minutos en auto para el que conoce la ruta y como de media hora para el que no.”
Joe transporta su mente a la cabaña.
Ahí estaba Joe viendo con escalofrío mientras dos hombres de trajes negros amenazaban, con arma en mano, a su hijo. Ya era de noche. La obscuridad era densa, pero la luna llena dejaba ver perfectamente sus siluetas. Se habían acumulado unas nubes que daban un aspecto aterrador. Estaban más bajas de lo normal, pero no obstruían la luz de la luna. Se escucha un trueno, pero no se ve su causante… debió haber caído lejos dado lo opaco que se escuchó y debido a que no se vio ninguna ráfaga.
“Aarón, aprieta el gatillo. Mátalo”, gritaba el hombre que estaba a espaldas de Christopher mientras corría hacia ellos.
“No puedo… no me deja”, gritó Aarón.
“Maldito sea. Dispara de una vez”, gritó el otro hombre.
Segundos después ese otro hombre se detuvo. Se notaba su fatiga causada por la euforia y corrida que había hecho. La tormenta se intensificó. Esta vez se dibujó perfectamente una línea irregular de luz. Nada de lluvia o viento. Segundos después se escuchó el trueno. El sonido fue aterrador y se fue disipando en ondas de mayor a menor. Joe esperaba lo peor, pero nada pasó. Los tres personajes frente a sus ojos se mantuvieron en silencio. Los rayos y truenos no fueron suficientes para interrumpir la concentración de aquellos protagonistas. Ahora o nunca. Joe tomó un tronco de leña, de los que se usan para calentar las chimeneas. Aprovechando las sombras regaladas por los árboles y la furia de la naturaleza se abalanzó en frenesí hacia el hombre más cercano y le atinó un golpe en la parte posterior de la cabeza. Se escuchó un disparo a la misma vez se vio el resplandor de un rayo. Inmediatamente Christopher y el otro hombre cayeron.
“¡Nooooo!” , gritó Joe mientras corría hacia su hijo. El mundo se le caía a sus pies.
Christopher se movió. Para Joe eso era suficiente… estaba vivo.
“Mami me dijo que tú me buscarías aquí. No nos fallaste”, dijo Christopher en voz baja y con una sonrisa.
“Si hijo, estoy aquí. De ahora en adelante no me separaré de ti”, lloró Joe.
“Papi, ¿porqué esos hombres querían matarme? Yo no les di motivo.”
“No lo sé”, mintió Joe. “Tenemos que irnos, probablemente hay otros como estos.”
“Pero mami viene para acá.”
“No lo creo. Estoy seguro que tu mamá nos encontrará”, dijo Joe. “Ella tiene mi número, ¿recuerdas?”
Joe ayudó a incorporar a Christopher y se internaron en el bosque. Mientras, dejaban atrás a dos desconocidos… uno herido y otro muerto. Debajo del cadáver la hierba se había quemado producto del rayo dejando la forma de una gran cruz invertida… solo visible desde la altura de un gran árbol.
De vuelta al presente.
“Descansemos aquí”, dijo Joe. “Necesitamos recuperar energía. ¿Cómo te sientes?”
“La cabeza me da vueltas”, dijo Christopher. De pronto reaccionó, “Mami no ha llamado. Qué raro.”
Instintivamente Joe sacó su celular del bolsillo de su pantalón, solo para darse cuenta que no tenía carga.
“No tiene carga. Se me olvidó decírtelo en la cueva. Tan pronto podamos lo cargaremos. En 15 minutos continuaremos”, dijo Joe. “Déjame ver esa herida. Sigues sangrando. Tendré que apretar un poco más para sostener la circulación en esa área.”
Christopher dejó escapar una lágrima de dolor justo cuando su padre apretó el vendaje. No obstante no emitió sonido alguno, quién sabe si por orgullo o porque no quería llamar la atención de los asesinos que los asechaban.
“Recuerdo cuando tenía cinco años”, dijo Christopher. “Cuando aquel niño me dio una paliza. El desgraciado era más grande que un mono. Me rompió la nariz … el infeliz… quise hacerle lo mismo, pero tuve miedo. Aun así me cuadré para pelear. Me acuerdo la cara que puso. Yo juraba que me tenía miedo… Me oriné cuando vi a mami detrás de mí. Recuerdo el sermón que me dijo: NO DEBES PELEAR… UN DIA DE ESTOS VAS A LASTIMAR A ALGUIEN... Aquel mono estaba de pie… lo único lastimado que tenía eran sus nudillos cuando tropezaron con mi cara y mami estaba ahí diciéndome que no lo lastimara. Aquel desgraciado se rió. Me dio tanta vergüenza y rabia que le pateé la espinilla. Gritó como nena.”
“Tú también gritaste, me dijo tu madre”, dijo Joe evitando reírse pero dejando escapar una sonrisa disimulada.
“Si, pero fue por el alón de orejas que ella me dio”, ripostó Christopher.
“¿Qué aprendiste de aquello?”, preguntó Joe.
“Que la próxima vez debo tener cuidado de no pelear frente a ella”, se rió Christopher, causándole dolor el movimiento de sus pulmones.
“Veo que tienes buen humor, pero también estás un poco malcriado”, dijo Joe.
“Ya soy grande. Tengo 10 para 11. Tengo edad para usar malas palabras.”
“Con que eres grande y tienes licencia para ser malcriado… hmmm”, repitió Joe.
“Me alegro que nos hayamos entendido… de hombre a hombre”, dijo Christopher.
“Hombre a hombre… claro como el agua… Me imagino que uno de los hombres soy yo y el otro… déjame adivinar… ¿eres tú?”
“Exactamente. Conversando se logran tantas cosas”, contestó Christopher.
“Bueno hombrecito, es hora de continuar.”
Joe se incorporó primero, luego ayudó a Christopher. Este pequeño momento había marcado la primera conversación completa de padre a hijo desde hacía muchos años.
La cabaña
El sol estaba castigando despiadadamente. El sendero se hacía más visible. Se escuchó un sonido familiar… una cabra… y otra… y otra. Civilización por fin. Frente a ellos, no muy lejos, se encontraba una cabaña moderna. El aspecto contemporáneo lo realzaban las ventanas de cristal, una puerta rústica, pero elegante a la vez y un balcón con una silla mecedora y una hamaca. Por su apariencia no parecía estar abandonada. Excepto por las cabras, no había nada que se pudiera catalogar como amenazante. Mas bien, la cabaña parecía estar dándoles la bienvenida. Parte del terreno era ocupado por un sembradío de maíz ocupando un espacio más grande que el de la cabaña. Quizás cinco veces más grande que la misma. Dos espantapájaros mantenían guardia, mientras un cuervo le servía de compañía sobre el sombrero de uno de ellos. Pegado al maizal había un camino sin asfalto, algo maltratado por el constante uso. A la derecha de la estructura una gran verja de madera, probablemente para darle refugio a las cabras durante las noches. A unos cuantos metros de la verja se imponía un pequeño río lo suficientemente hondo para poder bañarse hasta la altura del pecho de un adulto normal. Tímidamente se notaba un pequeño bote, no más de 10 pies de largo, que bailaba con el vaivén de las pequeñas olas provocada por la brisa. La corriente del agua arrastraba una que otra hoja seca pareciendo que luchaban con esquivar algunas rocas que se mantenían firmes a la orilla. El sonido del agua golpeando las rocas producía un estado de relajación hipnótico. Demasiado bueno para ser cierto. Aquella quietud era agradable, pero preocupante. Lo único incómodo era el sol… todo lo demás … un oasis.
Apenas a cien metros, de la parte trasera de la edificación, un perro amenaza con atacarlos. Este oasis era custodiado por un canino grande y fuerte… un pit-bull. Raza que no vacila en atacar al que sea o a lo que sea. Su rostro no mostraba tener intenciones buenas. Mientras corría dejaba caer saliva algo babosa, pudiendo ser provocados por el calor o por la rabia. Ya se notaban los dientes. En este punto ya no hay retroceso. Cuando puedes contar los dientes y adivinar el tamaño de los colmillos puedes darte por muerto. Muchos pensamientos pasaron por la mente de Joe y Christopher. No había un ser viviente que les pudiera auxiliar. ¿A qué dueño se le ocurre dejar suelto un animal como este? La bestia ya había marcado su presa. Su mirada no se desviaba de Christopher. Era algo que no esperaban por lo que habían quedado congelados por unos segundos… lo suficiente para que el can los alcanzara. Hubo un intento de huida… muy tarde. Como teniendo un resorte en las patas el perro se lanzó sobre Christopher haciendo que tocara el suelo muy fuerte. Christopher cerró sus ojos como si con eso lograra transportarse a otro lugar. Instintivamente el pit-bull buscó el cuello. Con ese movimiento Joe notó que la intención no era amedrentar, sino matar. Quizás fue la adrenalina… en un abrir y cerrar de ojos Joe tomó al animal por el cuello y lo separó de su hijo. Comenzó una lucha feroz. El perro logró soltarse y cambió su prioridad. Hizo el intento de atacar el cuello de Joe, pero el hombre usó su antebrazo como defensa. Este movimiento le salvó la vida, pero le desgarró el brazo. Joe notó como la carne se abría y de repente un … ¡CLACK! El brazo se dislocó. La expresión en el rostro de Joe dio a entender un dolor insoportable, pero aún así solo podía pensar en salvar a su hijo y a sí mismo… todo lo demás era secundario.
Así como comenzó el ataque, así terminó. Inexplicablemente el pit-bull dio la vuelta y corrió hacia la parte posterior de la cabaña. Padre e hijo yacían maltrechos. Joe intentaba no mover su hombro lastimado mientras Christopher permanecía con los ojos aún cerrados sin saber lo que pasaba.
“Chris… Chris… ¿Estás herido?” Joe se levantó sin dar mucho análisis a la situación.
“Me duele el costado”, lloró Christopher.
“Déjame ver”, dijo Joe. “Estás sangrando mas profuso. Tengo que detener la hemorragia…”
Sin aun haber terminado su oración se abrió la puerta de la cabaña. Lentamente salió un adolescente con una escopeta en mano. No podía tener más de dieciséis años. Usaba unas botas cortas amarillas y sucias por el fango. Su mahón estaba despintado y roto en la parte de las rodillas. Tenía una camiseta que pareciera que nunca se la quitaba. De cabello negro y despeinado. Aquel pelo parecía no haber tocado una peinilla en su vida.
“Esto es prop..prop..piedad privada. Váyanse o les dis…dis…dis…disparo”, gritó el joven terminando la última palabra con mucha molestia por su tartamudeo.
“No queremos invadir su propiedad. Solo queremos un poco de comida y refugio por unos minutos. Mi hijo tiene una herida y necesito material para coserlo”, contestó Joe.
“Mi pa´ me cas..cas..tigará si los dejo pasar”, replicó el joven.
“Un poco de pan y agua bastaría y nos lo llevamos.”, contestó Joe. “Tu padre no se dará cuenta. Por favor, te lo suplico. Mi hijo se puede morir si no lo atiendo. Ten misericordia.”
El joven observó desconfiado. Respiró profundamente. No emitió sonido alguno por algunos segundos, pero sin dejar de apuntar su arma a los invasores.
“Está bien. Solo unos mi..mi..nutos y se largan”, contestó el joven.
Joe y Christopher se acercaron cuidando no ser sorprendidos por el perro. El joven seguía apuntando con su escopeta. Esta vez se podía distinguir su rostro. Era de piel amarillenta y pelo lacio poco cuidado. Los cachetes no eran proporcionales a su cuerpo delgado. Parecían estar hinchados obligando a sus ojos a cerrarse parcialmente. Su boca se mantenía abierta en todo momento permitiendo dejar ver su lengua en vez de los dientes. A todo esto lo acompañaba un tic nervioso… moviendo su cabeza bruscamente hacia el hombro izquierdo y regresándola a su posición original. Joe lo miró fijamente conociendo la condición del joven… síndrome de Down.
“Pa’ dice que no con..con..fie en nadie”, habló el joven. “Dice que todos son ma..malos. Que se bur..bur..burlan porque soy di..di..di..fe..fe.. rente”, acompañó el comentario con el tic nervioso. “No me agra..gra..da como me está mi..rando.”
“Perdona si lo ofendí. No estoy acostumbrado a que un adolescente me apunta con un arma. Se nota que eres bien diestro con ella”, dijo Joe inteligentemente. Después de todo, sabía quién tenía control de la situación.
“Lo sé”, sonrió el joven. “Pa’ dice que soy un buen ti...ti..rador”, dijo orgullosamente el chico.
“¿Tienes una aguja, hilo y alcohol? Necesito hacer una leve operación.”
“Espe..peren en la mesa. Regreso en un mo..mo..mento. Sin trucos o les vacío el plo..plo..plomo”, dijo con firmeza el adolescente.
Joe y Christopher quedaron solos en lo que parecía el comedor. El interior de la cabaña no reflejaba el aspecto de su exterior. El piso estaba sucio, pareciendo tener una colección de lodo. La mesa estaba cubierta de mucho polvo. Seguramente no se usaba para comer. Parecía más un estudio que una cabaña. Lo único que separaba la sala del comedor era un banquillo de madera que por cierto ya había pasado sus mejores tiempos. El fregadero estaba lleno de platos sucios, dando la impresión que permanecían ahí desde hacía días. En la pared, cerca de la mesa, había una foto de una joven con un niño con las mismas facciones del anfitrión. Tenía una escritura: “Para Benny de mami”. Terminando la inscripción con un corazón.
Christopher no pronunciaba palabras. Se quejaba de dolor y su sangrado no se detenía. Luchaba por no llorar, pero se le escapaban las lágrimas. Joe también sufría debido a su dislocamiento y par de mordidas, pero aun así actuaba como si no le pasara nada.
La puerta trasera comenzó a abrirse. Se escuchó el ladrido salvaje del perro.
“Vela la casa… Peluche… buen chi..chico… toma este hue..hueso”, dijo el chico mientras retrocedía al interior de la estructura. “Toma esto y esto”, le dijo a Joe.
Joe tomó un maletín de primeros auxilios que el joven le dio. Lo otro era un galón de lo que pudiera ser alcohol. Sin perder tiempo Joe abrió el galón y retrocedió al instante. El olor que emanaba del mismo era bien fuerte.
“Esto es aguardiente ilegal”, dijo Joe.
“Me..mejor eso que nada”, sonrió Benny.
“Chris… tengo que hacerlo para detener la hemorragia”, dijo Joe mientras preparaba la aguja con un hilo.
“Puedo aguantar como hombre...”, contestó Christopher. “Papi…”
Sin esperar terminar la oración Benny le pegó a Christopher en la cabeza con la culata de la escopeta.
“¿Porqué hizo eso?”, demandó Joe.
“La anes..tesia”, volvió a sonreír Benny.
Al menos el golpe tuvo un propósito bueno. Joe comenzó a esterilizar el hilo, aguja y herida con el líquido alcoholizado. Le tomó como cinco minutos. Tenía que actuar rápido antes que se le fuera los efectos de la culata.
“Parece que el niño vivirá. Hi..hi..hizo un buen trabajo”, dijo Benny.
Seguido a eso Joe pudo notar un reflejo directo a su mentón. Benny le propinaba un golpe con su culata.
***
Minutos después Christopher abrió sus ojos. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Instintivamente llevó sus manos al cráneo y pudo notar una protuberancia, producto de su encuentro con la culata de la escopeta. Sus oídos le chillaban. Estaba acostado en el piso, por lo que podía notar el techo, que servía de sostén para las cientos telas de araña. Sintió el deseo de sentarse por lo que fijó sus manos en el piso y las usó de apoyo. Un dolor le cubrió su lado izquierdo. Terminado de sentarse se tocó el costado izquierdo y sintió algo que no había estado ahí anteriormente. Observó que su herida había sido cosida. Estaba emanando una leve corriente de sangre, pero nada de qué preocuparse. No se veía nada agradable. El tiempo le dejaría una cicatriz muy visible. El fuerte olor a alcohol le tenía casi mareado. Cuando pudo recuperar su audición notó un ruido a su espalda. Benny estaba acomodando unas gasas en el brazo derecho de Joe. Se notaba un vendaje fuertemente atado a su hombro, corriendo diagonalmente en su axila.
“Listo. Peluche le dejó un lindo re..re..cuerdo. Las mordeduras sanarán”, dijo Benny mirando a Christopher. “Le amarré el hombro para que no lo mue...va. Creo que Peluche usó un poco de fue…fuerza. Su pai estará un rato dor..mido. Tuve que usar un poco de cloroformo…el cantazo no fue sufí..sufí..suficiente.”
“¿Le dices a esa cosa Peluche? Más bien deberías llamarlo Demonio”, dijo Christopher.
“Es un gatito cuando lo co..co..noces bien.”
“¿Porqué le ordenaste atacarnos?”, preguntó Christopher mientras se frotaba su herida.
“Estaba tomando una siesta cuan..cuando ustedes me inte..te..rrumpieron el sueño”, dijo Benny. Ya no se notaba el tic nervioso que lo caracterizó al principio. “Deberían tener más cui..cui..dado cuando se acercan a prop..prop..piedades privadas. Por estos lu..lu..gares los extraños no son bien..venidos.”
“¿Y eso porqué? No somos ninguna amenaza”, demandó Christopher.
“Peluche no pen..só los mismo. Lo he visto atacar así una vez. Yo te..te..nía 13 años. Estaba ayudando a pa’ en su ne..ne..gocio cuando un lobo me atacó. Peluche me salvó la vi..vi..vida. Aun después de muerto Peluche se..se..guía descuar..tizando al animal. Ustedes tienen suerte. De no haber es..es..tado aquí ahora serían co..co..mida para los buitres.”
“Gracias por ayudarnos. Mi nombre es Christopher.”
“Lo sé”. Con esas dos palabras Benny selló momentáneamente la conversación.
“¿Cómo lo sabes?”, preguntó Christopher.
“Ma’ lo dijo. La de la foto es mi ma’.”
“¿Dónde está tu madre?”
“Murió”, contestó Benny con una lágrima.
“Lo siento mucho. ¿Y cómo ella supo?”
“Yo tenía 8 años. Te..te..nemos una casita allá atrás. La usamos de almacén. Antes ma’ la tenía llena de velas de todos co..co..lores. Una noche sentí ruidos que salían de la ca..ca..sita. Abrí la puerta y vi a ma’ dego..llando una gallina. La puerta hizo ruido y ma’ se vol..vol..teó. Aún re…cuerdo su mirada. El miedo me paralizó. Su voz era de otro mundo. Sus palabras… esas palabras… las apunté en un papel para no ol..ol..vidarlas. No me hicieron sen..sentido hasta hoy.”
Benny sacó de su bolsillo una bolsita plástica y en su interior un papel que mostraba signos de vejez. Se lo ofreció a Christopher. Con mucho cuidado Christopher lo abrió. Escrito en una letra horrible, pero legible. Pudo comenzar la lectura: El que sigue a Cristo. Su marca verás. Vida o muerte. Tú decides.
“No entiendo nada. Aquí no dice mi nombre”, dijo Christopher.
“Un año des..des..pués del suceso le mostré el papel a Padre Antonio. Me acuerdo que quedó mudo. Luego habló muchas bar..bar..baridades. Pero lo que no se me olvidó fue aquel nombre que pronunció… CHRISTOPHER… El que sigue a Cristo”, continuó Benny. “Quizás pronunció tu nombre inconscientemente porqué no quiso comentar más. Es extraño, porque me parece haber escuchado tu nombre antes de eso, pero no recuerdo dónde o cuándo.”
Christopher estaba boquiabierto. No sabía qué decir. “Es pura coincidencia.”
“¿Y qué me dices de la mar…marca?”, preguntó Benny.
“Esta es una herida”, respondió Christopher.
“Me refiero al lunar que tienes en el cos..cos..tado”, ripostó Benny.
De momento la mente de Christopher se transportó en otro tiempo y lugar.
Había mucha gente reunida. Nubes se estaban acumulando. Todos miraban hacia una dirección. Algunos lloraban. Otros gritaban con furia, “Muere…muere.” Su curiosidad le hizo mirar hacia la dirección que todos observaban. Tres hombres estaban siendo castigados. Uno de ellos con lo que pudiera ser una corona, sangraba profusamente.. Sus cuerpos estaban apoyados en unos maderos entrecruzados los cuales permitían que sus brazos fueran extendidos. Unos soldados se reían de ellos y de vez en cuando les castigaban con látigos. De pronto el de la corona miró fijamente a Christopher y gritó algo. La multitud se levantó en furia opacando lo que había dicho, pero pudo captar “… no saben lo que hacen”. El hombre miró al cielo y dijo algo más. Esta vez el ruido de la gente opacó totalmente sus palabras. Respiró fuertemente y dejó caer su cabeza hacia al frente. Rayos comenzaron a caer por doquier. Los que antes gritaban valientemente ahora corrían como cobardes. Un soldado se acercó al hombre y le clavó una lanza en el costado derecho…más arriba de la segunda costilla…
Christopher salió del trance. Estaba temblando como nunca. Benny lo miraba asustado. Se tocó el costado derecho. Ahí estaba la marca… Se levantó para poder atrapar aire. Miró a todos lados. Desorientado. Su cabeza le daba vueltas como carrusel de caballos. Había presenciado un momento histórico… aun más… lo había vivido.
“¿Qué te pasó?”, preguntó Benny. “De repente tus ojos que…que..daron en blanco y comenzaste a hablar algo. No se enten..ten..día lo que decías. Era un idioma raro. Tem..temblaste como loco. ¡Tu voz….!”
“¿Qué pasa con mi voz?”
“Tu voz era idénti..ca a la de ma’ aquella noche que la sor…prendí. Solo que no entendí lo que decías. Repe…tiste varias veces la frase OTOF AL ARIM. Me tenías lo…loco con esa frase.”
El semblante de Christopher cambió cuando escuchó la frase. No podía creer lo que estaba escuchando. Nunca en su vida había escuchado aquel idioma más sin embargo lo entendía perfectamente.
“No puede ser. Me estoy volviendo loco. Quiere decir mira la foto. La frase está invertida”, dijo Christopher sorprendido mientras se acercaba a la foto de Benny y su madre. Concentró su mirada por unos segundos y de repente saltó hacía atrás temblando de terror.
“¡No!… ¡No!… no puede ser … tiene que ser coincidencia”, dijo desesperado Christopher.
“¿Qué sucede? Parece como si hu..bieses visto un fan..fan..tasma”., dijo Benny mientras observaba la foto en busca de lo que había asustado al niño. “Santa María Madre de Dios y todos los Santos habidos y por haber”, dijo sin titubear y asustado Benny mientras hacía la señal de la cruz.
Evidentemente la foto mostraba a un niño con su madre. En el fondo un edificio de ladrillo con un enorme reloj. Un árbol servía también de paisaje. Detrás de ellos justamente en la sombra que proyectaba el tronco había una figura humana... un niño. Su rostro era transparente… un fantasma… era Christopher.
Ambos no sabían qué decir. De momento Christopher rompió el silencio.
“¿Qué edad tenías ahí?”
“Seis años. Ten…tengo 16 ahora.”
“¿Recuerdas el mes?”, preguntó nuevamente Christopher.
“Era enero. Lo sé porque ese día mar…qué el tronco del árbol con el mes. ¿Ves el nú..nu..mero 1?”
Christopher no salía de su asombro. Demasiadas coincidencias. “Diez años atrás … en enero nací yo … ¿ Dónde se tomaron la foto?”
“Esa es la torre de la uni..versidad de Milwaukee”, contestó Benny.
Al rato Joe despertó quejándose. Se tocaba su mentón. Christopher a su lado mirándolo fijamente.
“El muy bastardo casi me destroza el rostro”, dijo Joe.
“Por cierto, muy duro que lo tienes”, rió Benny.
“No te quejes. Benny curó tus heridas y arregló tu hombro”, dijo Christopher.
“¡Ahh! Lo conoces por su nombre. Supongo que ahora son amigos”, adivinó Joe.
“Yo no diría eso. Yo diría que el des…tino nos presentó”, añadió Benny.
“Destino o no debemos continuar nuestro camino. Agradezco su ayuda. Chris, nos vamos”, ordenó Joe.
“Muy de acuerdo. Si pa’ los ve aquí les va a disparar sin piedad. Lleven esto con ustedes. Es algo de pan, salchichas y agua.”
De repente, el pit-bull comenzó a ladrar con frenesí. Benny caminó a una ventana.
“Es el jefe Ryan”, dijo mientras se dirigía a la puerta.
“Por favor Benny, no le digas que estamos aquí”, dijo Christopher recordando que su madre le había dicho que no confiara ni en la policía.
Benny se detuvo. Tenía muchas dudas. Miró el papelito y leyó la última oración: Tú decides. “Que Dios me perdone si me equivoco. Síganme”, ordenó Benny.
Abrió la puerta trasera y calmó al perro. “No les hará daño mien..tras estén con..con..migo”, sugirió Benny. “Buen chico. Ven con pa’”, haciendo que con estas palabras el perro moviera el rabo con exageración. El perro gruñó a Christopher, pero Benny detuvo su intensión. Los llevó a una casita de madera de aspecto rústico. Una vez adentro el joven movió un enorme cofre lo que reveló una puerta en el piso. No había tiempo para preguntar a dónde los llevaría aquella entrada.
“Entren. Yo me en…cargo del comisario. No to..toquen nada o les rompo el hocico.”
Joe y Christopher entraron y seguido a eso la puerta se cerró. Después se escuchó el sonido de madera frotando contra madera. Benny había acomodado el cofre sobre la puerta. Joe sacó su pequeña linterna. La encendió. Justo a su lado había un barril de madera. Dirigió la luz más adelante y divisó otro barril… y otro… y otro. Aquello era un almacén enorme de licor clandestino. El negocio del que hablaba Benny. La destilería probablemente quedaba lejos de la casa, quizás a la intemperie si nos dejamos llevar por el relato de Benny con el lobo. La casita solo era la entrada. El área que ocupaba aquel almacén era de veinte veces el tamaño de la casita. Y lo suficientemente profundo para poder acomodar cuatro hileras de barriles uno encima de otro.
“Hola jefe Ryan”, dijo Benny mientras abría la puerta delantera de la cabaña. “¿Pasa algo?”
“Hola Benny. Bonito el lugar”, respondió Ryan.
“Si, ¿verdad? Pa’ me dejó cons..truir los espan..pan..tapájaros. ¿Qué les parece?”
“Buen trabajo Benny. Tienes talento. Pero no he venido aquí para hablar de espantapájaros. Estamos persiguiendo a un fugitivo peligroso. Tiene a un niño como rehén y se le vincula con la muerte de un agente federal. Creemos que está fuertemente armado y herido. Su rastro de sangre termina aquí”, dijo Ryan.
Afortunadamente mientras Joe y Christopher estuvieron desmayados Benny había aprovechado para eliminar sus rastros por el temor que su padre se enterara que tuvo visitas.
“Estaba dur..miendo y escuché a Peluche ladrando. Cuando me asomé vi a dos fi..fi..guras corriendo corriente arriba”, dijo Benny nerviosamente.
Ryan le observó sus ojos y manos buscando gestos sospechosos. “Ya veo. ¿No te importa si reviso en la cabaña?”
“No, pero no he te..nido tiempo de limpiar”, contestó Benny.
“No soy inspector de salubridad. Solo quiero revisar si me lo permite.”
El comisario y un personal de seis alguaciles le acompañaron al interior de la cabaña.
“Jefe, aquí hay sangre”, dijo un alguacil mientras apuntaba al piso cerca de la mesa.
“Benny, ¿sabes qué es esto?”, preguntó el jefe Ryan.
“Si… es sangre”, contestó Benny.
“¿Y?”, preguntó nuevamente Ryan.
Benny se mostró preocupado y su tic nervioso comenzó a reflejarse. Miró al piso, luego al comisario, luego al piso.
“Es de Peluche. Se las..lastimó la boca. Le di pri..meros auxilios aquí.”
El comisario lo miró fijamente. “Benny, ¿dónde está tu padre?”
“Está com..prando abono para el maíz”, mintió Benny.
“Dile a tu padre que pase mañana por mi oficina. Tenemos que hablar. Si sé qué está participando en una de esas peleas de perro le va a ir muy mal. No es la primera vez que se lo digo.”
Peluche ladraba desenfrenadamente. Esta vez no podía soltarse. Tenía doble cadena que le permitía acercarse a la puerta trasera, pero no a la casa pequeña.
“Jefe, aquí hay una casa pequeña”, dijo otro de los alguaciles.
“Benny, ¿alguna razón para no haber mencionado esa casita?”, preguntó el comisario.
“No me pre..pre..guntó antes”, sonrió Benny.
“Muy graciosito… Tú y tú, revisen la casa y ustedes revisen el maizal”, ordenó Ryan a sus ayudantes.
El comisario se quedó con Benny continuando su investigación de los más mínimos detalles. Al cabo de un rato uno de los alguaciles apareció.
“Jefe, la casa está despejada.”
“Acompaña a los otros en el maizal”, ordenó Ryan. “Benny, se nota la ausencia de Mildred. Este lugar necesita un toque femenino”, sugirió Ryan.
“Dentro del de..de..desorden hay orden. Si necesito un lápiz sé que lo encontraré bajo aquellos papeles. Si necesito papel de baño lo en..en..encuentro bajo mi cama o en aquella esquina. Como ves sé donde está cada cosa”, contestó indignado Benny. Nadie había mencionado el nombre de su madre en mucho tiempo… ni tan siquiera su padre la mencionaba.
El jefe Ryan notó que había cometido un error en mencionar a Mildred. “Siento mucho traerte ese recuerdo.”
Continuó su búsqueda de una pista que le ayudara a atrapar al fugitivo. Por un momento se quedó observando la foto. Benny lo observó nerviosamente, con la esperanza que Ryan no notara nada anormal en ella. Pero siguió su búsqueda sin ningún incidente. El comisario se notaba cansado. Su condado era uno pacífico y en muchos años no había hecho una búsqueda como esta. Aquella vez fue para buscar a una niña que se había perdido en el bosque. Esta búsqueda le daba el toque de peligrosidad. Con las libras ganadas después de aquel incidente no se sentía nada cómodo.
“Jefe, el campo está despejado”, gritó uno de los alguaciles.
“Entendido”, respondió Ryan. “Benny, ¿me dijiste que se fueron corriente abajo?”
“Dije que se fue…ron corriente arriba”, respondió Benny.
“Oh. Es verdad. Tengo memoria corta.”
“Cuando le conviene”, pensó en voz alta Benny.
“¿Dijiste algo?”, preguntó Ryan.
“Que tengo que en..en..contrar ese peine”, inventó Benny.
“Se nota que lo necesitas”, Ryan se rió. “Recuérdale aquello a tu padre.”
“¿Le dirás sobre la san..sangre del perro?”, preguntó Benny.
“Conociendo a tu padre creo que no le diré sobre la sangre en el piso de su comedor, pero créeme que le advertiré sobre esas peleas clandestinas. Además recuérdale que no te quiero ver solo la próxima vez. La ley prohíbe dejar solo a un menor. Por esta vez me haré el ciego”, amenazó Ryan. “Muchachos, vámonos río arriba.”
Se escuchó un ruido y la puerta se abrió. Joe y Christopher tuvieron que ajustar su vista después de haber permanecido unos minutos en completa obscuridad.
“Benny, te juzgué mal. Eres un buen muchacho después de todo”, afirmó Joe.
“Suerte en tu bús..búsqueda”, dijo Benny mirando a Christopher. “En las con..diciones que están no van a llegar muy lejos. Tomen el bote y vayan río abajo. La co..co..rriente les ayudará. Podrán llegar en cuatro horas al pueblo.”
“¿Cómo le vas a explicar a tu padre la desaparición del bote?”, preguntó Christopher.
“Le diré que una co..co..rriente fuerte lo sacó de la orilla y se lo llevó río abajo, pero eso no será hasta ma..ñana porque hoy va a llegar bien bo..rracho.”
Río abajo siguieron los dos protagonistas sin saber lo que les aguardaba más adelante. Joe manejaba la dirección del bote con el brazo que no tenía vendado, sin tener que hacer mucho esfuerzo porque las aguas los estaban ayudando. Christopher metió su mano en el bolso que Benny les entregó. Sacó un pedazo de pan. Iba a ser su primer bocado en muchas horas. Aquello sabía a gourmet. Además de la comida Benny les había incluido una camisa para él y otra para Joe. Estaban sucias, pero era mucho mejor de lo que tenían. Mientras comían Christopher pensaba en todos los eventos de las últimas semanas. La repentina huida con su madre hacia un lugar que no conocía sin tener idea porqué estaba huyendo. El primer encuentro con los asesinos, sin tener idea de por qué no dispararon. La vivencia de aquel momento en que moría aquel hombre en el madero. Su imagen en aquella fotografía… descubierto porque dijo cosas que ni él mismo se acordaba haber pronunciado… pareciendo que estuviera hablando al revés y con una voz que no le pertenecía. El encuentro con su padre después de muchos años de no verlo y coincidentemente la desaparición de su madre. Definitivamente muchas cosas raras estaban pasando y alguien debía tener la respuesta. Su madre sabía algo, de eso estaba seguro. Pero, ¿por dónde comenzar? Solo había un lugar obvio… la universidad.
Por primera vez Joe tuvo tiempo de contemplar a su hijo. Christopher había cambiado mucho. Su rostro no era el mismo de hace seis años atrás. Su piel era blanca aunque algo quemada por el sol. Tenía una mirada misteriosa, pero pacífica a la vez. Su voz había cambiado. Era la evidencia de la cercanía de una pubertad prematura.
“¡Tenemos que ir a la universidad!”, dijo Christopher imprevistamente.
Su padre no entendió, por lo que Christopher le contó sobre su visión en la cabaña, todo con lujo de detalles. Joe lo miró asustado.
“Hace mucho tiempo atrás, cuando tenías dos años, un hombre se me acercó y me dijo que serías diferente. Que todo comenzaría el día que tuvieras que tomar una decisión bien importante. Ese día comenzaría tu madurez. Me dijo que yo sabría cuando llegase ese momento. Pero que grandes peligros te perseguirán de ahí en adelante… hijo, creo que ese momento comenzó.
El padre
La parroquia tenía unos visitantes raros. Vestían trajes de diseñador europeo color negro. Zapatos del mismo color, y brillantes. Portaban pistolas semiautomáticas que mantenían ocultas en sus chalecos. Todos lucían unas gafas negras creándoles un aspecto siniestro. Su jefe, una figura delgada y calva. Caminaba al frente. Los demás le seguían mirando a todas partes. El interior del templo se mantenía bien iluminado ayudado por las grandes ventanas multicolores. Los pocos feligreses que se encontraban arrodillados se sentían amenazados y abandonaban la estructura, pensando regresar cuando la tensión se calmara.
Padre Antonio estaba sentado en el confesionario. El sujeto calvo se sentó en la otra parte del mueble.
“Buongiorno padre”, dijo Godot en perfecto italiano. “Uccello la Maria Più Pura.”
“¿Disculpe?”, preguntó Padre Antonio.
“Buenos días padre. Ave María Purísima”, repitió Godot, esta vez en castellano.
“Sin pecado concebido. Que el Señor esté contigo y con tu espíritu”, afirmó el padre. “¿Qué tienes que confesar hijo?”
“Hice una promesa hace tiempo y aún no la he cumplido. Pensándolo bien, he intentado cumplirla, pero existen circunstancias y personas que me lo han impedido.”
“No creo que hayas pecado intentado cumplir una promesa. Si crees firmemente en algo que te pueda ayudar como cristiano no debes desistir”, recomendó Padre Antonio.
“Exactamente es lo que pienso. Creo que nos parecemos mucho. Los dos servimos al Señor.”
“Bien por ti hijo. El Señor es bien importante en nuestras vidas”, continuó el padre.
“Padre, ¿cuántos son? ¿25? A ver…déjame pensar… 10 aquí… 5 en Nicaragua… 3 en Chile… 7 en Colombia. Eso suma a 25. Espera, pues claro, ¿cómo se me pudo olvidar? 5 en Roma. Son 30 años sirviendo a la Santa Iglesia. Toda una vida”, dijo Godot sarcásticamente.
Esto transportó la mente del cura 30 años para atrás.
Un joven se encontraba boca abajo con los brazos extendidos en forma de cruz. Una multitud de cardenales, obispos y otros observaban la ceremonia de la consagración sacerdotal. Antonio no era el único… 25 más esperaban dicho honor. Era una nueva estirpe de jóvenes, con ideas nuevas…frescas. Justo lo que necesitaba la Iglesia para poder frenar la nueva ola de sectas de hermanos separados. La Iglesia usaría estos jóvenes, próximos a ser sacerdotes, como soldados pacíficos que combatirían las tentaciones del mal. Supuestos milagros mantenían a la Iglesia en una posición desventajosa ya que la burocracia no permitía adelantar la aceptación de tales en un tiempo razonable. Los hermanos separados se estaban aprovechando de esta situación. “In nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo”. Con estas palabras el obispo consagró el momento. Antonio ya era un nuevo sacerdote de la poderosa Iglesia Católica Apostólica Romana.