Excerpt for Baile de dríadas by ¡¡Ábrete libro!! , available in its entirety at Smashwords

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ODA DE AMOR

PARA UNA

HETAIRA


(BAILE DE DRIADAS)


Patrick Ericson


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Todos los derechos reservados.


Copyright 2011 ©Patrick Ericson

Primera edición:2011

Imagen de portada: Samuel Salomon

Edición a cargo de: ¡¡Ábrete libro!!

Smashwords edition

SOBRE BILITIS



He querido rescatar de la memoria literaria la fascinante historia de una cortesana —todavía no sabemos si ficticia o no— que enamoró a miles de hombres y mujeres a finales del siglo XIX, una mujer que vivió sólo por amor hasta que el inexorable paso de los años y el arrebatado espíritu de la Muerte vinieron a reclamar su alma. Bilitis es algo más que un nombre, es la esencia de lo femenino, de lo ingenuo, de la sensibilidad, del amor en todas sus acepciones… la naturaleza exquisita de lo prohibido que navega por el océano de la fantasía. Pierre Louys describió en sus poemas retazos de su existencia, pequeños fragmentos que iban revelando el carácter de una joven que lejos de ser el paradigma de la mujer helénica, se acercaba más a las costumbres lésbicas cantadas por Safo. Pero aún faltaban otros detalles: conocer más a fondo esos instantes omitidos en sus «Canciones», que tan importantes son como los versos que nos legó el poeta francés.

¡Bilitis quería resurgir, abandonar su tumba y contarnos sus alegrías y tristezas!... Y yo no pude negarme al singular encanto de cumplir sus expectativas. Cerrando los ojos, ella, al igual que las Musas del Parnaso, me fue dictando al oído sus memorias —no importa que sean ficticias o no— con el simple propósito de recordarnos que el amor es lo único por lo que vale la pena luchar, y que la pasión es el mejor medio para escapar a la mediocridad de la vida.

Bilitis forma parte un sueño; y como tal, se anhela y se desea con la llegada del amanecer. Y cuando el recuerdo comienza a difuminarse, a perderse por entre los ángulos de nuestro cerebro, y tratamos de recobrar el sueño cerrando los ojos, sin conseguirlo, es entonces cuando nos damos cuenta de que hemos perdido parte de nuestra juventud e inocencia. Su imagen es eterna en nuestra memoria, como eterno es mi agradecimiento por haber tenido la oportunidad de conocerla a través de la palabra escrita, y de poder reconstruir los últimos días de su vida.

Por eso, quiero ponerle rostro a Bilitis, así como a Mnasídika, Melisa, Selenis, Sofis, y a todas las amigas que compartieron con ella un mundo mágico de amor y sinceridad. Al igual que el fotógrafo David Hamilton supo captar con su cámara la belleza de la inocencia, sin lascivia ni inmoralidad, del mismo modo me he atrevido a contar la historia de una mujer que, aún sin conocerla, cautivó en cierto modo mi corazón.




PATRICK ERICSON


Alhama de Murcia, Octubre del 2008

1



Esta mañana, nada más despertar, sentí unos labios sobre los míos. Sus besos tenían el sabor del hierro con que se forjan las espadas de los hombres: fríos, cortantes, metálicos. Su aliento heló la sangre de mis venas. Las yemas de unos dedos anónimos acariciaron con suavidad la piel de mi vientre, ascendiendo cada vez más en busca de calor. Sentí desfallecer mi alma cuando sus manos, con suavidad, se cerraron sobre mis senos. Mi cuerpo se estremeció al contacto y un sudor frío recorrió mi espalda. Le reconocí de inmediato: era el Mensajero de la Muerte. Sin embargo, no tuve ningún miedo. Hacía tiempo que aguardaba su visita.

Tenía ganas de vomitar. Mi mente estaba nublada. El vino de ayer era hoy hiel amarga agriándose en mi boca. El último amante se marchó nada más acariciar la tierra los rosados dedos de la diosa Eos, sin decirme adiós. Ha dejado veinte dracmas junto al espejo, frente a la pequeña estatua de Astarté que hace años me regalara mi madre, en un cestillo de mimbre donde se oxidan unos cuantos óbolos; fruto de mi decadencia. Ha sido muy generoso conmigo, no sólo el estipendio es exagerado para una mujer de mi edad, también fueron pródigos sus mimos y atenciones que supieron devolverme todo aquello que creía haber perdido con el paso de los años. Se trataba de un muchacho venido de Corinto, un joven e inexperto efebo al que engañé con palabras fáciles de cortesana.

«No busques la pasión entre las jóvenes. El amor es un arte difícil que sólo lo encontrarás entre las mujeres versadas en el oficio —le dije al verle pasar—. Aquí tienes a Bilitis, hija de Damóphilos, la misma que sedujo a Safo de Lesbos. Y estos son mis labios y mis pechos, por los que todo un pueblo ha muerto de deseo. Reuniré para ti los encantos que guardo desde mi temprana juventud, y tú ungirás mis cabellos con el sudor de tu pecho. ¡Ven, no te vayas todavía¡… Si entras en esta casa te convencerás de que el calor de mi otoño prevalece sobre la primavera, tierna y núbil, de una virgen».

Él me creyó —¡pobre niño!—. No se podía esperar otra cosa de alguien que llevaba plasmado en el rostro el estigma de la juventud y la inmadurez y que apenas había comenzado a vivir más allá del hogar de sus padres, aunque pronto habría de descubrir que los años navegan con el viento a favor y que en un abrir y cerrar de ojos las aguas del tiempo le conducirían de manera súbita hasta los brazos de la senectud. Yo, que estaba cerca de convertirme en un mero recuerdo, no pudiendo evitar un arranque de celos por esa belleza y lozanía que derrochaba cada poro de su piel, cada cabello de su cuerpo, sentí lástima de mí misma, de mi vida, y de todo lo que habría de depararme ese futuro que se presentía como un monótono juego en soledad; algo que ya se estaba convirtiendo en una execrable maldición desde hacía cerca de un año.

Haciendo acopio de todas mis fuerzas abandoné el camastro cuyas sábanas estaban impregnadas de sudor, lujuria y lágrimas. Con andar vacilante fui hacia el tocador donde guardo los perfumes, el kohol y los aceites. Dos ánforas vacías se interpusieron en mi camino. Las aparté ligeramente con los pies. El suelo estaba empapado de vino y había flores pisoteadas por toda la habitación.

Por un instante me sentí perdida, confusa, acosada por los recuerdos del ayer. El fuego que iluminaba el altar de Afrodita bailaba su danza de sangre viva y ardiente dentro del hachón. La diosa de cabellos dorados, siempre alegre y virginal, ya no sonreía como antes, cuando yo era una niña y vivía inmersa en mi propia inocencia.

—¡Oh, inmortal Afrodita! —rogué ante la efigie—. Me siento cansada. Quisiera desfallecer en este mismo instante, mientras la sangre aún corre por mis venas… porque es hora de morir con la imagen que nos roba el tiempo, con el fin de preservar los recuerdos más agradables de nuestra vida. Los amores perdidos se clausuran en espejismos y mi angustia en la noche se revuelve. Ningún beso se dobla ante los míos, ni la furia sedienta de mi lumbre calienta ya a los hombres. El Mensajero de la Muerte me ha hecho un gran favor al anunciarme su visita. No le juzgues mal por ello. Sólo cumple con su sagrado deber.

Y he aquí que me pareció escuchar una voz, la suya, la de Afrodita Citerea, recitando unos versos amargos, pero a la vez seductores, que lograron acallar las voces de mi tormento:


Tan dulce don es la muerte

Para quién ama muriendo

Sin esperanza de vida,

Que fuera la muerte suerte

Soñada al que, padeciendo,

Vive dentro de su herida.


Un golpe de viento entró por la ventana y acarició las cuerdas de una cítara olvidada en el rincón de mi alcoba. Su sonido me trajo bellos recuerdos; recuerdos de mi tierra y de mi infancia…


«Estoy desnuda, en lo alto de un cerezo de húmeda y aterciopelada corteza, recostada sobre una rama la cual abrazan mis muslos. Ha estado lloviendo, pero ahora luce el sol y las aves surcan el cielo en busca de alimento. Céfiro sacude el follaje de los árboles y unas cuantas gotas de agua caen sobre mi espalda. La sensación es indescriptible, natural, primigenia.

He dejado atrás las montañas del Tauro para bajar al valle donde reina el silencio. Aquí estoy bien, puedo bañarme sin miedo a que me vean los hombres. En casa he de hacerlo en la oscuridad. Mi madre dice que soy demasiado hermosa para mostrarme en público. Tal es su espíritu protector, que cuando voy a salir de noche me ajusta el ceñidor de forma cariñosa y le hace dos nudos en vez de uno. Intenta salvaguardar mi virtud por encima de todas las cosas. Desea que llegue virgen al tálamo nupcial para que la diosa Astarté se sienta orgullosa y me acepte como una de sus hijas predilectas. Por ello, y hasta el momento del connubio, jamás haré nada que pueda avergonzarla.

Pasan las horas, y yo, paciente, aguardo la llegada de Melisa, mi amiga más querida. La conozco desde siempre, ya que nuestras madres quedaron embarazadas a un mismo tiempo y nacimos el mismo día. Melisa es dulce y apasionada. Juntas vivimos en un mundo aparte que nos ofrece ilusiones fácilmente realizables. A ella puedo hablarle de las náyades que acarician mis muslos en el río, de esos sueños húmedos que desembocan en una fogosidad irreprimible, y que consiguen perturbar mis fervores más íntimos; y también de mis anhelos, defectos y virtudes. Entonces, cuando termino de hablar, se acerca sigilosamente como los gatos de Sardes y bebe de mis labios el néctar que le ofrezco. Siempre acabamos igual: muy juntas la una contra la otra, acariciándonos en silencio sin más testigos que nuestro propio amor.

Pero hoy tarda, y tengo miedo de que se haya olvidado de mí; porque, aunque jamás se lo he confesado, no puedo vivir sin ella.

Me he bajado del árbol. Caminando de puntillas voy hacia el bosque de cañas que nace a orillas del río. Las rocas huelen a musgo y el aire arrastra cierto aroma a libertad. Allá donde mis ojos miran sólo ven poblados bosques ensombrecidos por las montañas, desde las cuales se precipitan tortuosamente las cascadas de agua que al amanecer se ven envueltas de un halo de nostalgia.

¡Es todo tan triste y melancólico cuando no está Melisa!

Me inclino sobre las aguas del río Melas y extiendo mis brazos. El barro se adhiere a la piel, siento la viscosidad del fango y la tersura de las hierbas flotantes entre mis dedos. He llamado a voces a las náyades y no me han escuchado. Para engañarlas, he trenzado sobre mis cabellos una corona de alelíes dobles y he ceñido alrededor de mis caderas un cinturón fabricado con hojas de mirto.

¡Náyades, que vivís en las aguas de los ríos, venid a jugar conmigo! —grito al sentirme sola—. ¡Mi amiga se retrasa, y mis hermanas no quieren saber nada de mí!… ¡Vamos, acudid vosotras!

Como respuesta a mi súplica, una de las ninfas surge del acantilado y oculta con su cuerpo la magnificencia del sol. La miro fijamente, pero no puedo ver su rostro porque me lo impiden las sombras que circundan su cabeza a causa del resplandor. Sin embargo, su larga cabellera me trae a la memoria la imagen de Melisa. Entonces sé que ya no habré de esperarla más. Finalmente ha acudido a su cita.

Levanto mi mano en señal de bienvenida, a lo cual ella responde de igual forma. Coge la senda que baja al río con cuidado de no tropezar con los guijarros. Sin dejar de sonreír, y con esa gracia rítmica que tienen sus manos al caminar, ha quitado las fíbulas que sujetan su túnica y se ha despojado de sus sandalias doradas. Virginal y desnuda como yo, se ha introducido en el agua y ahora viene hacia mí. Toma mis manos entre las suyas, junta su cuerpo al mío y las yemas de sus pezones rosados rozan mis senos aún sin despuntar. Un fuego interno, como el rayo del Crónida, me ha bajado hasta el vientre y se ha instalado entre los misteriosos ángulos de mis muslos.

Creí que no vendrías —mi boca tiembla al sonido de su propia voz—. Te he estado esperando toda la mañana. —Frunzo el ceño, haciendo un gracioso mohín con mi nariz.

Sólo entonces, al mirarla fijamente a los ojos, descubro que algo le atormenta.

Jamás se me hubiese ocurrido faltar a nuestra cita. Pero mi madre me ha entretenido —su boca tiembla al hablar—. Lo siento Bilitis… pero creo que hemos de olvidarnos de nuestros juegos a partir de hoy —me dice con un tono de voz desesperado—. Si hoy he venido a verte, a pesar de todo, es porque tenía que decirte adiós.

Hay lágrimas en sus ojos almendrados. El kohol se disuelve como bronce fundido y le baja por las mejillas quemándole la piel. Hay dolor en su gesto inocente, un dolor que al poco tiempo se hizo mío.

¡Cuéntame! ¿Qué ha ocurrido para que me hables así? —Inquiero, contagiándose de su tristeza—. Sé que no es por algo que haya hecho y que te pueda haber ofendido… ¡Hazme partícipe de tu desgracia, amiga mía! Tal vez así, entre las dos, podamos rogarles a los dioses un remedio que te sea favorable.

Intenta sonreír. Sus pupilas, gélidas y oscuras como las noches de Gamelióni, se iluminan derrochando gentileza. Ha cesado de llorar. Su cuerpo ya no tiembla, ni su rostro se ve acosado por la desesperación. Está conmigo. Estamos a solas en la casa de las ninfas.

¡Oh, Bilitis! Si tú supieras…

¿Qué he de saber? —lanzo mi pregunta con cierta impaciencia.

Mis padres han aceptado casarme con Milkhas, el hijo del herrero. Y yo… yo no sé si le amo —responde a la vez que acaricia mis hombros desnudos con la punta de sus dedos.

No… no es posible —susurro, un tanto asustada—. Tienes mi edad. Todavía somos unas niñas. Los hombres no se fijan en nosotras.

Dicho esto me acuerdo de mi madre y sus advertencias.

Hace unos días, la boca de mi sexo libó la sangre de Astarté —reconoce Melisa, un poco avergonzada—. Ahora estoy en edad de procrear.

Tus palabras han conseguido entristecerme, aunque debería alegrarme por ti —me es imposible esconder el dolor que siento—. Sin embargo… ya no habremos de volver a este valle, ni a jugar con los rebaños en la ladera de nuestra montaña. Ya tu boca se alejará de la mía para saciar la sed de un hombre al que apenas conoces —cojo sus manos, apretándolas con fuerza—. ¡Morirán mis sueños contigo, Melisa, la noche de tu boda! —estoy furiosa—. Tú estarás con él… y yo quedaré a solas aquí abajo, en el valle, para fingir que no oigo los cánticos de himeneo.

Su dedo índice en mis labios me impide seguir hablando. Nos miramos en silencio, petrificadas como estatuas de mármol, escuchando el mensaje oculto de nuestra propia naturaleza. Y he aquí que implanta un dulce y espontáneo beso en mis labios.

Hemos dejado de ser niñas para convertirnos en mujeres. ¿Hay un castigo peor que perder la inocencia?

Aquella tarde dije adiós a nuestros juegos, pero no a ese sentimiento que nace del corazón.

¡Oh, Melisa!… ¿Que habrá sido de ti?»


Mi cuerpo se estremeció al igual que las ramas de un árbol zarandeado por el viento. La realidad abofeteó mi rostro ya vencido por los años. A mi alrededor se acumulaban los recuerdos, una infinidad de imágenes y experiencias que en su día me proporcionaron una felicidad sin límites. ¿Los tristes?… Necesitaba apartarlos de mi lado. Bastante dolor contenía ya mi espíritu para recrearme con los momentos vividos en el ayer. A pesar de todo, sólo pensaba en morir… en morir a ciencia cierta.

No pudiendo soportar la idea de vivir en soledad, abandoné la habitación de los sueños olvidados antes de que la razón se perdiese por los caminos sin vuelta de la locura. Apoyándome en los muros pude cruzar el peristilo que llevaba al jardín.

Las rosas estaban húmedas y brillantes debido a la lluvia de la noche anterior. Un rayo de sol convirtió en oro una gota de agua que resbalaba por sus pétalos del color de la sangre. Me detuve un instante para observar y preservar aquella escena. La lluvia en primavera es deliciosa. Las flores derrochan un perfume que embriaga y seduce. Sentí la necesidad de volar, de regresar a mi tierra; allá donde dejé olvidados a mis seres más queridos.

—¿Ha dormido bien mi señora?

La voz de Pheba, mi esclava frigia, malogró mi intención de desvanecerme; de ser de nuevo éter.

—No demasiado —respondí con sequedad, girando mi cuerpo para mirarla de frente—. Los demonios vinieron a visitarme en sueños.

Pheba hizo un gesto con la mano, aspaventado los temores.

—Según los ancianos de mi país, soñar con genios es augurio de prosperidad —me dijo finalmente, convencida de sus palabras.

«¿Prosperidad? —pensé—. ¿Qué hay de próspero en unos pechos caídos, en las arrugas de mis ojos, o en ésta carne flácida que añora una sola porción de su ya perdida juventud? ¡No, Pheba!… No hay refugio posible donde esconder los años vividos!»

—Ahórrate los comentarios y dime si ya se han levantado Thais y Lydia —le dije con cierta acritud harta de tanta palabrería, dejándome caer sobre un triclinio que había bajo los emparrados del jardín.

—La pequeña Thais os está preparando tortitas de violetas con miel —contestó a la vez que acomodaba mi cuerpo con almohadones brocados de Lesbos—. Y Lydia sigue en su habitación… rota por dentro —rió como sólo las hienas saben hacerlo—. Ese egipcio, Sotanaht creo que se llama, posee un miembro tan grande como el de un asno —continuó diciendo mi esclava—. Anoche los espié por las finas grietas que hay en la puerta mientras fornicaban como perros. ¡Por Príapo, mi señora!… —abrió los ojos desmesuradamente—. Ese hombre posee un miembro enorme entre las piernas. No he visto nada igual en mi vida —reflexionando unos segundos, añadió—: Para mí que es un sátiro.

—¿Piensas que van a excitarme tus historias de falos erectos y dominantes?… ¡Qué poco conoces el corazón de tu ama¡

—Creí que era mi obligación decíroslo —se encogió de hombros y miró hacia otro lado—. Sobre todo después de preguntarme si podía solicitar vuestros favores. Yo le dije que sí, que si reunía cien dracmas acabaríais en sus brazos, pero que en ese momento la flor más bella de la Panfilia destilaba su esencia sobre el párvulo cuerpo de un efebo corintio. Al final optó por quedarse con Lydia, la de los cabellos de color azafrán.

—Sabia elección —apunté—. Ni yo misma hubiese escogido mejor.

—Hay algo más —susurró—. Prometió volver.

—¿Para seducirme? —enarqué mis cejas, sorprendida por el interés de aquel hombre hacia mí.

—Eso dijo.

Aquello me hizo gracia.

—¡Estúpido arrogante¡ —exclamé, sin poder evitar una sonrisa—. ¿Acaso no sabe que el amor de una mujer no se compra con oro, sino que se conquista con caricias, atenciones y buenas palabras?

Mi esclava, prudente, guardó silencio durante unos segundos. Pero como era de naturaleza lenguaraz y charlatana, no pudo reprimirse y me ofreció su consejo.

—Mi señora, hace años que estoy a vuestro servicio. Os conozco bien y puedo hablaros sin miedo a las represalias —su gesto me recordó al de una madre—. Hace tiempo que dejamos atrás el mes del amor. Ya no somos tan jóvenes como antaño, cuando abandonamos la bella Mitilene para venir a la isla de Kipris. Rechazar la oferta de un hombre así, tan bien dotado y tan apuesto, sería como ofender a los dioses. No se puede sentir lástima de una misma —reprochó mi actitud—. Yo creo en vuestra belleza… y los hombres también. Ya lo pudisteis comprobar anoche con ese atractivo joven que andaba perdido por la ciudad. Él os escogió de entre todas las demás mujeres.

—Porque mi lengua prostituida fue más veterana que mi propio cuerpo —reconocí abiertamente—. Supe convencerle. Eso fue todo.

—No, mi señora Bilitis —movió tristemente su cabeza, resignada—. Fue el pequeño Eros con sus flechas emponzoñadas de pasión. Su mano es firme y su puntería certera. Las mujeres le conocemos bien. Reconocemos su divinidad en los ojos de los hombres.

—Eres exquisitamente amable, mi buena Pheba, pero ahora estoy cansada y no tengo ganas de hablar —le hice un gesto con la mano para que se marchara—. Necesito poner en orden mis pensamientos.

—¿Les digo a las niñas que vengan?

—No, ahora no —contesté—. Pero comunícales mi intención de verlas antes del mediodía; aquí, en el jardín de Afrodita —luego, tras pensarlo mejor, añadí—: Y dile a Thais que traiga consigo sus tortas de sésamo y miel que tanto me gustan. Son pura ambrosía.

Sin más, se marchó hacia la cocina para hacerle compañía a Marko, el cocinero de Sibaris que compré hace años por el módico precio de doce minas; y digo módico, porque un buen cocinero sibarita vale por lo menos treinta.

Y he aquí que quedé a solas de nuevo con los fantasmas del ayer…


«Melisa, mi amiga más querida, yace en el lecho del afortunado esposo para ofrecerle lo más bello y tierno de su vida. Los hombres golpean la puerta de su nuevo hogar, profiriendo obscenidades y bebiendo bastante más vino del que pueden ingerir. Algunos vomitan apoyándose en alguna de las hetairas contratadas para animar la boda a fin de no perder el equilibrio; otros, imitan a las bestias en celo al igual que si fuesen auténticos animales. Nos miran de soslayo, con deseo, sobre todo a mi hermana Malantha, la mayor, cuyos pechos tienen ya el tamaño de dos sabrosas manzanas. Mi madre está conmigo, a mi espalda. Sus brazos me protegen. Sujeta mi cuerpo por delante, alzando el mentón de forma orgullosa mientras aleja a los hombres con su mirada. Lo cierto es que hemos acudido a la ceremonia por cortesía, y no para participar del festín.

Como el espectáculo es denigrante, me he puesto de puntillas para decirle al oído que no me encuentro bien. Afirma con la cabeza y sonríe. Tengo la impresión de que también ella desea marcharse.

Nos hemos despedido de los familiares de Melisa para así poder regresar cuanto antes a nuestra casa. Bajamos la senda deslizante que hay junto al lago de sal, dejando atrás el carro florido del esposo, el cortejo, las flautas, las cítaras y los cantos nupciales de quienes ofrecen a Dionisos, en sacrificio, su bilis y esa pasión que el mismo dios les proporciona. El suelo está lleno de pétalos de rosas y flores pisoteadas, y las antorchas, clavadas a ambos lados del camino para iluminar la comitiva, se van apagando según pasamos frente a ellas como si estuviesen esperando ese momento, y no otro, para hacerlo. De igual forma se apaga el fuego que mantiene viva la ilusión de mi alma.

Sin mediar palabra entre nosotras, cruzamos el bosque de los sauces que nos separa de casa. Nadie nos protege sino la noche eterna. Mi madre tira de mí con fuerza, y anima a Malantha a que haga lo mismo con Thotis, la cual se ha detenido a orillas del río para coger jacintos y alelíes con el fin de adornar sus cabellos. De vez en cuando mira por encima de su hombro, no sea que alguno de los invitados haya confundido la belleza y alegría de sus hijas con el arte próspero de una tañedora de flautas, y se nos acerque con intenciones deshonestas. Por ello, finalmente suspira de alivio al ver las lamparillas encendidas en manos de los esclavos que aguardan en el huerto el regreso de su dueña.

Nada más llegar, y aprovechando que madre y mis hermanas hablan entre sí de la boda mientras se quitan las sandalias, entro en la casa a oscuras y atravieso el andrón —que ya nadie visita desde que murió mi padre— hasta llegar al jardín. Subo los escalones del gineceo buscando desesperadamente la paz de mi cuarto, así como el ceñidor que Melisa me regaló la última vez que nos bañamos juntas en el río. Tengo ganas de llorar, pero mis pupilas orgullosas se niegan a cualquier indicio de flaqueza. Tengo ganas de odiar, pero mi corazón inocente desconoce el significado de aquella palabra. Tan sólo me resta sufrir mi rabia en silencio.

Tumbada en mi lecho solitario, observando con nostalgia el corazón plateado de Selene a través de la ventana de mi alcoba, y ahogando mi insatisfacción con las lágrimas que fluyen por mis ojos, aspiro con fuerza el olor a menta que dejan las gasas de mi amiga. ¡Aspiro¡… ¡Aspiro con frenesí¡… ¡Las huelo hasta quedarme sin aliento¡ Cierro los ojos. ¿Qué ocurre, Melisa?… ¿Por qué no estás hoy aquí, a mi lado?

Doy vueltas y más vueltas en el camastro. Me estremezco de pasión. Mi espalda se arquea como si le quemase la piel. He rasgado mi túnica de lana y he abierto por completo mis piernas de terciopelo. Una ráfaga de aire caliente entra de forma caprichosa en la habitación y abrasa el triángulo amoroso que Astarté implantó entre mis muslos al nacer. Me acaricia. El dios Pan me acaricia suavemente con su hocico. Mis dedos, celosos, inventan nuevas caricias que logren desprestigiar el arte del fauno.

Esta noche no seré de Melisa, ni de Sofis, ni de Selenis, ni de ninguna otra compañera de juegos. Esta noche, Bilitis es de Bilitis.

Al cabo de un breve espacio de tiempo, el goce de la diosa humedeció mis muslos, obligándome a apretar mis labios para no gritar de placer. A continuación, cansada pero feliz,dormida me quedé abrazando el ceñidor de mi mejor amiga.

Pero la noche es efímera al inicio del estío, tan breve como el amor de un hombre —según pude comprobar un año después—. Con la llegada de un nuevo día, y tras llevar a cabo las abluciones de rigor, he decidido salir a la huerta que hay a espaldas de nuestra casa para coger dos brevas enormes del tocón de la vieja higuera que crece junto al pozo. Mis sandalias se han manchado de barro. No importa, me lavaré los pies con agua del río —estoy segura de que a Melisa no le importará que entre descalza en su casa—. Pero antes de visitarla, habré de coger hierbas y flores para darles de comer a las cabras que aguardan impacientes en el establo.

Poco después corro descalza por los campos de violetas que bajan de las montañas al valle, en libertad, entonando una canción pastoril aprendida hace años. Voy arrancando las hierbas más crecidas, con cuidado de no lastimar los brotes de las que nacen por primera vez. El sol tuesta mis apretadas piernas e ilumina los cabellos negros y escarolados que caen por mi espalda. Me siento distinta, ya no soy la misma Bilitis que antaño, jugando a solas con las dríadas, abrazara la tierra y le contara sus secretos más íntimos.

Es cierto: he crecido y no estoy preparada para el cambio. Ahora tendré que enfrentarme al mañana, aceptar mi condición futura de mujer casada, engañada, privada de personalidad y sentimientos, envejeciendo al lado de un hombre del que quizá ni siquiera esté enamorada.

Dentro de algún tiempo, un año o quizá menos, vendrá a por mí el cortejo nupcial. Ese día, que para muchas es el más feliz de su vida, lloraré de tristeza por mi madre; pues ayer mismo, en la boda de Melisa, me dijo que no podría vivir lejos de mi lado.

Ya tengo suficiente forraje para alimentar el rebaño. Dejaré aquí mis pensamientos. No quiero que me acompañen allá donde voy. Bastante desazón me produce tener que acudir a la morada donde vive la causa de mi dolor.

Mis pequeñas amigas, las cabras, me han dicho adiós con sus pertinaces balidos. Echan de menos mis besos en sus hocicos y mis labios absorbiendo la leche de sus ubres. Me apena no saber cómo decirles que son los pechos de Melisa los que deseo besar y acariciar; se pondrían celosas.

Les he dejado bastante agua por si tienen sed, ya que no estoy segura de regresar a tiempo para el pastoreo. Ya se encargará Thotis de hacerlo, o Malantha… ¡Qué más da¡… Bilitis tiene hoy una cita con el adiós. Sentid compasión de ella.

Atravieso, al igual que si lo hiciese por el Hades, el bosque de los sauces donde se esconden las dríadas. En algunos de sus troncos puedo ver las cintas de colores que han ido ciñendo a su alrededor los enamorados tras sus alocados juegos de pasión. Nosotras —Melisa y yo— atamos las nuestras en la copa del árbol más alto que pudimos encontrar. Pensamos que nuestro amor estaba por encima del resto de los mortales.

Los dioses han castigado tal gesto de orgullo separándonos para siempre.

Subo la cuesta deslizante que hay junto al río hasta llegar a la hacienda de Milkhas. Melisa está fuera, de pie junto a la puerta… esperándome. El rubor tiñe de rojo nuestras mejillas como si fuésemos dos amigas a solas con un mismo hombre —en realidad, esa era la causa de nuestro distanciamiento—.

Voy a su encuentro con timidez. Ella coge mi mano.

¡Ven, Bilitis!… ¡Pasa sin miedo a mi nuevo hogar!

He aceptado porque Milkhas está ausente. Ha ido al bosque a por leña y no tardará en regresar, así que he de ser breve si no quiero que sospeche de mí, pues si entra en el gineceo y descubre la pasión que hay en mis ojos no sabré esconder mis sentimientos y le confesaré el amor que le profeso a mi amiga.

Melisa tira de mí, me arrastra hacia su cuarto. No tengo más remedio que dejarme llevar… ¡Está tan bella con su vestido amarillo y su pañuelo de color lavanda!

Luego, ha cerrado la puerta, encendiendo después dos velas frente a la imagen de Astarté: una por cada una de nosotras. Al instante descubro, en un rincón, sobre la alfombra, los objetos ofrecidos por los invitados como regalo de boda. Atrae mi atención los signos fálicos que adornan las cuatro esquinas de su lecho, los amuletos fecundos de la diosa inagotable bajo la almohada, la forma de su cuerpo dibujada sobre las sábanas revueltas del tálamo, y esa mancha de color carmesí que lastima mi corazón y agita mis entrañas: los restos de ese vino agridulce y virginal que se ofrece al hombre y que éste bebe demasiado de prisa, sin saborearlo.

No puedo hablar. Mis manos permanecen inertes. Su sola presencia aquieta los sentidos más vulnerables de mi cuerpo.

Toma asiento en un escabel forrado con pieles de oveja, en silencio. Yo lo hago sobre sus rodillas, y la abrazo con todas mis fuerzas. Y le hablo al oído. Y le ruego me desvele el secreto de las desposadas.

Entonces, acercando sus labios a mis mejillas, me besa con afecto, y dice:

¡Descuida, Bilitis!… Te lo he de contar todo»


—Mi señora… despertad —escuché a lo lejos, a mil estadios de distancia.

Abrí de inmediato mis ojos cansados, relegando al olvido los pesares y alegrías de mi vida temprana. Allí estaba Pheba de nuevo, con la misma expresión de desaliento de todos los días. No obstante, su rostro había sufrido una ligera transformación desde que la viera por última vez aquella misma mañana; parecía más vieja y vencida. Su rostro tenía el color marmóreo de las estatuas, y sus labios rubicundos temblaban indecisos. Obviamente, algo le preocupaba a mi esclava.

Como una florecilla ocultando su belleza tras un arbusto, Thais —una de mis pupilas—, se escondía tras el arruinado cuerpo de la frigia. Por sus mejillas corrían las lágrimas. Tal era la expresión de dolor de su rostro, que a punto estuve de levantarme para ir hacia ella con el fin de consolarla.

Algo más retirados, pero dispuestos de tal forma que creí estar asistiendo a un acto teatral donde los hombres representaban una escena de exorbitante dramatismo, mis guardianes de Tracia me observaban con una mezcla de impotencia y dolor que jamás antes había sido capaz de ver en sus rostros. La dureza que solían derrochar sus pupilas de bárbaros despiadados ya no tenían el fuego que las caracterizaba. Se diría que los embargaba la tristeza. Incluso Marko, hombre alegre y dicharachero, lloraba como si hubiese perdido alguna de sus exquisitas recetas. En sus labios pude leer: «la tragedia está servida, mi señora».

—¿Qué ocurre? —Pregunté extrañada al verles a todos circundando el triclinio donde descansaba—. ¿No tenéis otra cosa que hacer que venir a molestar a vuestra ama?

—Es Lydia. La hemos encontrado muerta en su cuarto.

La respuesta de Pheba me trajo a la memoria el presentimiento que había tenido esa misma mañana. Las Moiras habían visitado mi casa —sí, cierto que sí—, pero no me buscaban a mí sino a la joven Lydia. El Mensajero de la Muerte se equivocó al besar mis labios. Tan cruel fue el veredicto, como absurdo la decisión de llevarla consigo. No era justo arrancar una flor que apenas había desarrollado sus pistilos.

—¿Cómo ha sido? —mi pregunta iba dirigida al cocinero.

Todos sabíamos que les unía algo más que techo y dueña. Eran amantes en secreto.

—Nadie lo sabe —fue mi esclava quién contestó en su lugar—. Esta mañana, poco después de nuestra conversación en el jardín, fui a su habitación con un tazón de caldo caliente, pues supuse que lo necesitaría. Llamé por tres veces, pero no me contestó. Entonces abrí la puerta y la encontré tumbada en su lecho, con los ojos vueltos hacia arriba y una expresión de agonía en su rostro… como quien ha visto de cerca los ojos de la Gorgona.

Al escuchar las inexorables y detalladas palabras de la frigia, Thais corrió hacia su habitación chillando al igual que una ménade en plena orgía, rasgando la piel de sus mejillas con las uñas al tiempo que se mesaba con fuerza los cabellos. No en vano, aparte de ser esclavas y amigas eran hermanas de sangre, de la misma madre. Su dolor superaba al nuestro.

Despedí a los tracios de anchas espaldas y al enamoradizo sibarita. Para lo que iba a hacer sólo necesitaba a Pheba.

—Acompáñame —le dije una vez que se marcharon los hombres, poniéndome en pie—. Has de maquillarla y vestirla como es debido antes de que vengan a buscarla los servidores de la Casa de los Muertos.

Fuimos directamente a mi cuarto, situado al fondo del gineceo. Allí, pegado a la pared y muy cerca de la imagen de la diosa, un enorme baúl fabricado con maderas de Jonia guardaba los recuerdos más queridos de mi infancia y juventud. A una indicación mía la frigia se arrodilló en el suelo embaldosado, como una sombra anónima y desgastada, e introdujo en la cerradura la llave que llevaba escondida hábilmente bajo el ceñidor de su túnica. Al igual que Pandora, abrió la caja y dejó que se escaparan los demonios de mi pasado. El miasma a moho rancio y a cuero envejecido nos envolvió a las dos, por lo que no tuvimos más remedio que cubrir nuestras narices con las gasas de nuestros vestidos. No solía abrirlo a menudo porque el espíritu del ayer vivía allí encerrado y me era imposible despedirle; se aferraba a sus paredes y hacía su nido en los rincones.

Busqué entre mis cosas, apartando a un lado el ceñidor de Melisa, la flauta de Lykas y el muñeco de cera que cierto día, ya lejano en mi memoria, le regalara con tanto amor a Mnasídika; mi esposa a ojos de Afrodita. Eran objetos muy amados, casi idolatrados, que sólo guardaba para mortificarme. De una pequeña bolsa de piel saqué una anforita de esencia de mejorana, traída desde Kos por el comerciante que me provee de joyas y telas. A Pheba le di el peplo morado que tanto me gustaba lucir en Mitilene—regalo personal de Safo—, para que vistiese a la difunta con la elegancia que merecía la mejor cortesana de todo Kipris. Después de aquello nos dirigimos a la parte de atrás del jardín, lugar donde meses atrás había mandado construir una pequeña casa para albergar a mis nuevas pupilas. Sus habitaciones estaban vacías: la tarde anterior se habían marchado a un simposio que se celebraba en casa de Nikias, el armador de barcos, y no regresarían hasta mediada la tarde.

Entré en el cuarto de Lydia. ¡Qué extraño¡… El ambiente olía a rosas y jazmines en vez de a muerto. Sin embargo, la difunta había dejado de ser una flor para convertirse en yerma tierra.

No pude seguir adelante. Verla allí tendida, con la mirada exangüe fija en el vacío, con sus labios inertes entreabiertos como si quisiese decirnos algo y con los dedos flexionados intentando asir el alma que había perdido por deseo de los dioses, fue una visión que me desgarró por dentro y que consiguió poner a prueba mis fuerzas. No sé por qué, pero me sentía culpable de su muerte.

Aquella noche subí a los acantilados porque necesitaba estar a solas y apartar de mi mente el gracioso recuerdo de una niña con alma de mujer a la que un día le ofrecí mi amor y mi hogar. Me fue imposible llorarla sin que la vergüenza arañara mis mejillas. La imaginaba desnuda, en la barca de Caronte, navegando hacia el terrible Hades a la vez que las tinieblas velaban sus ojos.

Contemplar las rizadas y espumosas olas del mar me ayudó a pensar con claridad. Como resultado de aquel movimiento sinuoso y persistente me olvidé de mis pupilas —quienes ahora lloraban la pérdida de su amiga en compañía de las plañideras—, de los servidores de la Casa de los Muertos, de Pheba y sus maledicencias, incluso me olvidé de mí misma. Estaba como hipnotizada. El Ponto me llamaba a gritos, o tal vez fuese el canto de las sirenas que a veces atraen a los hombres con su voz hipnotizante. No estaba segura de nada.

Lo único cierto es que deseaba saltar. Dejar de existir.

«¡Oh, celoso Hades¡… ¿Por qué convertiste la tonada cadenciosa de su risa en fúnebre cantar de duelo?»

Abajo, más allá de la colina preñada de robles y cipreses que bajaba hasta la playa, las luces de Amadonta daban vida nueva a quienes paseaban por el puerto. El templo de Kipris, bautizado con el oro y la sangre del crepúsculo, se erigía en mitad de la ciudad como un coloso de mármol al que nadie pudiese vencer. Los barcos se alejaban mar adentro con el beneplácito de Poseidón, insufladas sus velas por un viento propicio que raramente se presentaba en aquella época del año.

Observaba todas estas maravillas sin poder moverme, absorta en el comportamiento natural de una existencia monótona y de análogas costumbres.

La vida de una cortesana no es distinta a la de los demás: se entrega al amor de joven y comete impúdicos excesos en la vejez. Si yo tuviese que escoger entre ambos momentos, optaría por la inocencia de la niña que aún llevo dentro.

Casi sin darme cuenta llegó la Noche, fiel esposa del Sueño. Ya la tierra cubre el cuerpo de Lydia. Su fantasma se sumará a los tantos otros que giran alrededor de mi cuerpo y de mi alma, acompañándome por el resto de mi vida.

Yo, Bilitis de Panfilia, me aferré a su imagen y la llevé conmigo a mi cuarto mientras que la luna de ojos azules, amiga de las estrellas, entonaba una triste canción de despedida.



2



Al día siguiente tuvo lugar la próthesis, o exposición del cadáver. Como no tenía familia, salvo su hermana Thais, nosotras mismas preparamos su cuerpo, bañándolo y ungiéndolo con aceites, para luego engalanarlo con coronas de flores, cintas y joyas. Durante dos jornadas más velamos su cuerpo, tal y como exigen las normas que rigen los ritos funerarios de nuestro pueblo, tiempo en el cual las plañideras no cesaron de mesarse los cabellos mientras se golpeaban la cabeza y el pecho. Finalmente, al tercer día, antes de que Febo elevara su carro dorado para iluminar con sus rayos el oscuro firmamento, le dimos sepultura a las afueras de la ciudad

Debido a la muerte de mi protegida no tuve más remedio que cerrar el Santuario durante varias semanas, pues formaba parte del ritual de purificación. El lecito en la puerta recordaba a todo el que pasaba por allí que Lydia seguía viva en nuestra memoria, y a la vez servía para alejar a los supersticiosos que veían en su muerte un acto de impureza, una mancha imborrable que tan sólo el agua podía lavar. Aunque por mis venas corría la sangre de los helenos, jamás di crédito a tales majaderías. Pero cumplí, por consideración, las normas de esta sociedad arbitraria gobernada por los hombres.

Y yo me pregunto: ¿qué saben ellos del amor, de la belleza, de la sincera amistad y de la vida misma?

Si la sangre de Astarté corre por nuestros muslos trece veces al año, somos tachadas de impuras. Pero si ellos derraman la sangre de sus enemigos en el campo de batalla, se atribuyen el derecho de llamarse héroes, o se jactan de ser hijos de Ares.

¡Es el colmo de la hipocresía ¡… Creer que la muerte de una joven cortesana es una maldición, y que hacer el amor con ella consiste solamente en el placer que pueda proporcionarles, algo intrascendente y sin valor alguno, es estar tan ciego como los ojos de Homero.

No quieren ver la verdad: que las mujeres de la Hélade nos consumimos porque no saben tratarnos como es debido, porque son tan necios que se entregan a sí mismos y repudian nuestros besos y caricias. Eros se ha convertido en un efebo de atrayentes posaderas que oculta con sus alas la luz y la gracia que derrochamos las mujeres. Afrodita llora por nosotras.

Le he dicho a Pheba que llame a Mirameris y Maskala, que son las menos afectadas puesto que apenas llevan unas cuantas semanas con nosotras. Pero antes, mi esclava ha dispuesto lechos de lana alrededor de la mesa y ha abierto la ventana de mi habitación para que la noche nos haga compañía.

Ya que no hay clientela, conversaremos a nuestro antojo hasta que la diosa Eos nos acaricie con la rosada tonalidad de sus uñas. No necesitarán pinturas ni adornos, ni tan siquiera peinarse. Nadie las obligará a bailar en contra de su deseo, ni nadie les pedirá las imágenes sagradas para saber si su amor pertenece a otro hombre. Tampoco le he dicho a mi criada que llame a las tañedoras de flautas para deleitarnos con su arte, como en otras ocasiones, sino que he ordenado a Marko que nos sirva dos cazuelas de guisantes bien dorados, croquetas de legumbres, bollos con miel y el ánfora de vino de Kios que guardo en la despensa.

Hoy seremos libres, no tenemos ganas de hombres. Hoy nos mantendremos puras y vírgenes, al igual que el día que conocí a Lykas…


«Desde aquí puedo ver el oscuro valle donde viven las dríadas, y las altas montañas por donde corren desnudos los faunos. La tierra de mi país es negra, y sobre ella verdean prados y colinas. La amo. Amo mi tierra porque es un regalo de los dioses. Me he bañado en sus ríos con las náyades de piel etérea, y también con mis amigas. He jugado a subirme a los árboles y he retozado en sus campos. Conozco cada uno de sus secretos y rincones. A fuerza de todo esto puedo decir que es mía, que las tierras de Panfilia me pertenecen.

Sentada bajo la higuera que hay en el huerto de mi madre aguardo la llegada de Helea, Sofis y Selenis; la de los hermosos cabellos. Juntas iremos a bañarnos al río, en las verdes aguas del estanque. Jugaremos, como otras tantas veces, a ser vírgenes y amantes bailando a la luz de la luna. Luego, vencidas por el cansancio, nos sentaremos en parejas alrededor del fuego y nos secaremos el cabello las unas a las otras. Y para finalizar, cada cual tomará a su amiga por las orejas como a una copa por las asas, y acercando el rostro al de su compañera le arrebatará un beso a sus labios. Entonces invocaremos las tres gracias de Astarté y nuestros cuerpos dejarán de pertenecernos.

Febo precipita el dorado carro de su padre hacia el horizonte, y yo sigo sola. Me asalta un terrible dolor de estómago. Golpeo suavemente mi vientre con ambas manos.

«¡Huye, dolor… huye vencido y escóndete bajo tierra¡…¡Vete, obligado por las tres diosas, y que ellas te confundan!», repito varias veces el sortilegio sin resultado.

Comienzo a sudar. Mi boca está seca y áspera. Es posible que sean las fiebres primaverales, pues todos los años me ocurre igual. Pero esta vez es distinto, las uñas de Hekata se clavan en mi vientre y lo desgarra.

Un joven pastor pasa con su rebaño frente a la puerta de mi casa. Tiene los cabellos del color de la miel. Su pecho bruñido como el bronce de los aurigas, cubierto en parte con pieles de cordero, me trae a la memoria la imagen del dios Ares, aunque su rostro es tan delicado y atractivo como el de Apolo. Le acompañan dos perros que obedecen las órdenes de su flauta, la cual tañe maravillosamente.

¡Se ha detenido¡… ¡Me ha mirado¡ Su sonrisa alegra la espaciosa tierra… Sus ojos iluminan el cielo… Su gesto firme ahuyenta a las bestias y su boca es para mí como un volcán ardiente que ruge entre las montañas de sus labios.

Tú eres Bilitis, ¿verdad? —Pregunta tras acercarse con denotada lentitud—. ¿No te acuerdas de mí?… Soy Lykas, el hermano de Nóside, ¿me recuerdas ahora? —insiste—. Una vez, de niñas, os subisteis a la copa de un árbol tan alto que tuve que ir a por vosotras porque el miedo os tenía paralizadas y no podíais bajar.

Lo recuerdo perfectamente. Es uno de esos instantes vividos difíciles de olvidar. Y sin embargo no puedo responder. Nada más escuchar su voz, un ardor de fuego sube a mis mejillas y mis senos se endurecen y me hacen daño. Mi corazón, en su delirio, se acelera. Eros me golpea con la fusta de sus exquisitas pasiones. Es una dulce tortura que estoy dispuesta a soportar, pues todo en él rezuma virilidad.

¿No dices nada? —insiste—. ¿Has perdido tu lengua, acaso?

No… no es eso —contesto finalmente con cierta timidez—. Solo que mi madre suele decirme que no escuche las palabras de los jóvenes y que desconfíe de los consejos de las viudas.

Se echa a reír. Mi respuesta ha debido hacerle gracia.

Tu madre, a juzgar por lo que ven mis ojos, no sólo ha de ser una mujer de una belleza exquisita, al igual que tú, sino que además es inteligente, pues es cierto que tras las palabras de las viudas se esconde el veneno de las víboras.

¡Cuidado con lo que dices!… Mi madre es viuda —le espeto con orgullo, frunciendo el ceño y la mirada.

¿Y te previene de sus propios consejos? —inquiere extrañado.

Los suyos jamás me harán daño.

Clava su cayado en la tierra, con fuerza para que se mantenga en pie. Emite un silbido largo y agudo y las bestias se detienen, tanto el perro como las cabras. A continuación se acerca con naturalidad, señalando vagamente los aros que circundan mis dedos.

Veo que eres libre para amar a quién desees.

Levanto la mano y descubro que el anillo que todas la muchachas de aquí llevamos en el dedo índice, y en cuyo engarce está grabado el triángulo de Astarté, tiene la punta hacia fuera. Entre los hombres existe la creencia de que si esto es así estamos sin compromiso, y que si la punta está para dentro es porque ya estamos atadas. Las mujeres no hacemos caso de esas tonterías, no nos preocupa hacia qué lado cae la punta del triángulo, pues si buenamente nos dejarnos atrapar por el amor de un hombre más fácil nos resulta liberarnos de sus cadenas.

Cuando levanto mi rostro para sacarle de su error, veo que viene hacia mí con la boca entreabierta y los ojos iluminados por el placer de hacerme suya.

¡Oh, bella Bilitis¡… —exclama—. Alivia mi ansiedad con uno de tus besos y a cambio te daré leche y queso de mis cabras.

Estoy tan asustada que he echado a correr. He cogido una hoz que cuelga de la pared de mi casa para defenderme. Me doy la vuelta y le arengo a gritos para que se marche. Estoy dispuesta a rajarle la cara si da un paso más, y eso que en el fondo desearía probar sus labios y que él besase los míos. Pero sus modales me han decepcionado. Esperaba que la seducción fuese algo más agradable y tierno que tomar las cosas por la fuerza.

Se ha detenido, aun así sonríe con malicia. Sorprendentemente ha acercado su mano a los labios y en un gesto sublime de amor ha soplado después, diciéndome:

Es posible que no sientas lo que yo por ti. De todas formas, allá te mando el beso que has rechazado.

Por un instante lo he sentido en mis labios, y como soy orgullosa e inocente me he puesto a llorar. He gritado tanto que mi madre, creyendo que estaba en peligro, ha salido de casa blandiendo el arco y las flechas de su difunto esposo. Al descubrir que es sólo un pastor, y que no ofrece ningún peligro, deja caer sus brazos de forma tranquila y suspira de alivio. No obstante, clava su mirada en los ojos de Lykas y éste decide seguir adelante con su rebaño para evitar así una disputa verbal con la dueña de aquellas tierras.

¿Qué te ocurre, Bilitis?… ¿Por qué lloras? —me pregunta mi madre.

¡Me ha besado¡…—grito con rabia—. ¡Me ha besado y yo no quería que lo hiciese¡

Entonces rodea mi cuerpo con sus brazos y descubro que no es Lykas, sino ella, quien ha implantado un beso de amor en mis mejillas»


Escuché pisadas por el corredor. Por un instante creí que eran Pheba y las muchachas, por lo que me olvidé del pasado y me enfrenté al presente arreglando mis cabellos y humedeciendo la carne de mis labios. Como estaba recostada en uno de los colchones de lana, y la entrada quedaba a mis espaldas, giré el cuerpo para ofrecerles la mejor de mis sonrisas y mitigar, de esta forma, la aflicción que a todas nos embargaba desde la muerte de Lydia.

Pero me equivoqué, era Marko quien cruzaba en aquel instante el umbral de mi cuarto, y no mis jóvenes pupilas. Traía una bandeja de plata con los alimentos que había mandado cocinar para esa misma noche. Caminaba con la mirada fija en el suelo, entristecido aún por la tragedia. Había introducido jazmines y violetas por entre los rizos de sus cabellos en una explosión de amor y sensibilidad que me hizo sentir lástima de él. Era su forma de recordarnos su amor hacia Lydia, que si bien se veía traicionado varias veces al día jamás dudó de su veracidad.

—Mi señora… desearía pediros un favor —susurró al inclinarse para dejar la bandeja en el suelo.

—Habla, Marko —le dije—. Prometo reflexionar tu demanda.

—Quisiera pasar la noche en el bosque para velar la tumba de Lydia —sonrió con timidez, mirándome brevemente para luego bajar la vista al suelo—. Lo cierto es que he trenzado una corona con rosas y jacintos del jardín, y desearía llevársela para que adorne el obelisco.

—Tienes mi beneplácito, puedes ir. En cuanto a la bandeja y las copas, no te preocupes. Le diré a Pheba que los retire.

Susurró unas palabras de agradecimiento y se alzó para marcharse. En aquel instante llegaron mis pupilas y mi esclava. Intercambiaron saludos con Marko, quién les aconsejó, antes de abandonar la habitación, que probasen las croquetas de legumbres según la vieja receta de su padre; cocinero sibarita de gran fama y renombre.

Mirameris, vestida con su peplo de Jonia de color verde mar, y con la sonrisa de quién ha sido madre por primera vez, se arrellanó en el mullido lecho rodeado de flores que había a mi izquierda. Maskala lo hizo a mi derecha, luciendo tan sólo una faldilla de lino para que sus hermosos pechos, pintados de rojo, pudiesen amenizar la velada dejándose admirar.

Pheba se adelantó a mis deseos: vertió vino del ánfora en la crátera y lo mezcló con agua. Más tarde, llenó nuestras copas y señaló con su barbilla la cazuela de guisantes, guiñándonos un ojo.

—No le hagáis caso a Marko y probad primero este manjar… ¡Es un bocado digno de los dioses¡ —nos dijo como si nos confiase un secreto.

—¿Acaso los has probado, tunanta? —pregunté, impulsada por la curiosidad.

—¡Ay, señora¡ —exclamó—. ¿De qué me sirve halagar la vanidad de un cocinero si no puede una saborear sus platos?

—Un cocinero puede tener otras cualidades que no sean sus guisos —apuntó con ironía la dulce Maskala.

—Esos ya los conozco, que pronto ha sanado la herida de amor que desgarraba su corazón tras el achuchón que le he dado esta mañana.

—¿Quieres decir que te has acostado con él? —preguntó Mirameris, arqueando sus cejas tan finas como antenas de mariposa.

—Ningún hombre puede resistirse a la magia de mi boca, y más si esta se cierra alrededor del talle más apuesto —lasciva, paseó la punta de su lengua por los labios—. Estaba dormido… pero su miembro estaba bien despierto. Sólo tuve que agacharme y besarlo.

—¡Qué cosa no harás cuando salgo de viaje y te confío mi casa¡ —suspiré, fingiendo que me sorprendía su voluptuoso comportamiento.

—¡Llenarla de sátiros, mi señora! —exclamó—.Que no os quepa duda.

Reímos las confidencias de la frigia, aunque dudamos de su autenticidad. Todas sabíamos que nuestro emperejilado cocinero sólo tenía ojos para una mujer, y que esa mujer era Lydia, a quién amaba por encima de todo porque ambos compartían la pasión por el arte, la música y la poesía. En realidad, por la cama del sibarita habían pasado más efebos que muchachas. Aun así, y conociendo su debilidad por los jóvenes, Pheba no cesaba de acosarle con sus encantos, que dicho sea de paso eran comparables a los míos, algo que yo aprovechaba para que me reemplazase tres noches al mes en la cama; estrategia de la cual jamás se percataron mis amantes, pues a menudo se acercaban hasta mi cuarto con la mente embriagada por el vino y eso me impedía amarles como se merecían.

Una vez a solas las invité a que degustaran aquel ágape propio de dioses. Maskala, llevada por su espíritu de contradicción y rebeldía, comenzó bebiendo del kylix que había frente a ella. Luego tomó uno de los bollos con miel que parecían, por su tamaño y forma, uno de sus senos, olvidándose así de los consejos de la servidumbre. Mirameris fue más considerada y probó en un principio las croquetas de legumbres.

—¡Humm¡… Están deliciosas —exclamó, abriendo del todo sus maravillosos ojos de color azul.

También yo las probé. Confiaba más en su gusto, que coincidía con el de Marko, que en el criterio de mi esclava.

Al cabo de un tiempo, tras saciar la sed de nuestras bocas y llenar nuestros estómagos vacíos, busqué un motivo para romper el silencio que habíamos mantenido durante la cena —ese modo extraño de mirarnos sin mediar palabra—, abriendo una conversación que facilitara la honestidad de sus corazones y que les devolviera la confianza en sí mismas.

—Os he mandado llamar porque me encuentro muy sola—les dije tras sentarme con las piernas cruzadas sobre la colcha—. Y no son precisamente besos y caricias lo que necesito, para eso ya tengo a Teleas, que gustoso sufraga todos mis caprichos, y a Philis y Xantho, cuyos vientres son los almohadones donde descansa mi cabeza cada noche. La soledad de la que os hablo no es la del cuerpo, sino la del espíritu.

—Triste enfermedad la tuya, y difícil remedio cicatrizar una herida tan profunda.

Mirameris comprendió de inmediato mi ansiedad, tal vez porque yo era el espejo donde se reflejaba su alma.

—No sé de que te preocupas —dijo Maskala—. Todavía eres atractiva. Tienes amantes que te consiguen joyas y perfumes. Posees un negocio próspero a disposición de los hombres. Y nos tienes a nosotras, tus hetairas. ¿Qué soledad es esa, Bilitis, que tanto te agravia?

—El miedo al olvido —respondí con franqueza—. Miedo de morir y no ser nada.

—¿Y qué hay del vivir? —Preguntó Mirameris—. ¿Acaso nuestra vida es un lecho de rosas?… ¿No es cierto que por dentro estamos vacías y asqueadas? —Antes de que pudiese responder, continuó diciendo—: Lydia lo sabía. Quizá su muerte formara parte de un deseo solicitado a los genios del bosque.

—¿Por qué dices eso? —Su compañera la reprendió con dureza—. No hemos venido aquí a entristecerla. Se supone que hemos de olvidar el dolor y abrir la puerta que conduce a la felicidad.

—Será porque lo que vimos ayer al pasar por el ágora, cuando íbamos hacia la casa de Nikias, me recordó lo amarga y triste que es la vida, y a la vez escandalizó lo más profundo de mi alma… una escena tan degradante que cualquier mujer que se precie de serlo repudiaría de inmediato.

—Tienes razón, también yo fui testigo —afirmó Maskala, agachando su cabeza—. Pero ahora no es el momento de…

—¡Déjala¡ —le interrumpí—. Deja que hable, pues me interesa todo lo concerniente a la mujer.

Mirameris, tras suspirar tristemente, desvió su mirada hacia el suelo.

—Ayer, como ya he dicho antes, vimos a una harapienta que vendía rosas a la puerta del ágora —alzó su rostro. Sus ojos contenían las lágrimas—. Era una niña preciosa… ¡Tan pequeña que el pecho apenas levantaba su túnica! —Exclamó con rabia e impotencia—. La angustia de aquel rostro compaginaba con la suciedad que cubría su desaliñada vestimenta. El vacío que expresaba su rostro indicaba claramente cierta inmunidad al dolor. Estaba sola… nada más que las flores le hacían compañía —se detuvo un instante, avergonzada—. Tres hombres salieron del edificio y se fijaron en ella, tres jóvenes que por su edad y condición bien podían aspirar el amor de una cortesana complaciente, y no el de una criatura que por la edad podría ser su hija. Entre burlas y regodeos, uno de ellos le preguntó qué era lo que vendía… si su cuerpo o sus rosas. Ella le respondió que si le compraban las flores que les quedaba por vender, tendrían su flor a cambio, ya que necesitaba el dinero para alimentar a su madre y hermanos. Los hombres, burlándose de su pobreza, se quedaron con todo el cesto a cambio de un dracma. Tras lo cual se marchó con ellos como res que llevan a una hecatombe. Ya te digo, era una niña. Ni siquiera sabía sonreír. En aquel instante me acordé de mi hija —hizo una mueca de desagrado—. Me moriría si ella tuviera que vivir una situación semejante a su edad.


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