Excerpt for COMENZANDO A VIVIR DE NUEVO by Aurea-Vicenta Gonzalez, available in its entirety at Smashwords

COMENZANDO A VIVIR DE NUEVO















AUREA-VICENTA GONZÁLEZ MARTÍNEZ

R. P. Intelectual: V-1168-11

ISBN 978-1-4657-8372-1







El niño astro

Por espacio de tres años vagó por el mundo, y en el mundo no había amor alguno ni afecto desinteresado, ni caridad para él pues tal como él se lo había creado en los días de su gran orgullo, así era el mundo.

OSCAR WILDE



CAPÍTULOS

I. En torno a un pozo 3 a 11

II. Llegan las explicaciones 11 a 23

III. En el hogar 24 a 31



ACALARACIÓN

Todos los personajes, nombres y situaciones que aparecen en el relato son ficticios e inventados por la autora, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.



I.

En torno a un pozo

La blanca claridad lunar se cuela sin dificultades entre las rendijas de la carcomida madera de las ventanas y de la destrozada puerta e ilumina con fantasmagóricos reflejos todos los puntos de la encalada estancia, acariciándolos. Los siseos de los insectos que pueblan la noche oriental en nuestra desvencijada e histórica morada me ayudarán a conciliar el sueño mucho más que la mejor de las músicas. Tres años recluido en la pequeña celda, silenciosa y estéril, permanentemente iluminada, son un buen preparativo para disfrutar de los aparentes inconvenientes de la libertad.

Hace mucho que se ha unido al concierto nocturno la fuerte y rítmica respiración de Alex y me complace sobremanera la ayuda que me presta nuestro esplendoroso satélite para observarle a placer.

De forma intermitente murmura con dulzura: “Rosalía”, pronunciando con lastimero tono. Es lo único que le agita en su descanso y siempre sé de antemano que entonces se dará la vuelta, girando sobre sí mismo en el fresco suelo en el que a falta de algo mejor y más civilizado hemos de dormir ambos, acomodado cada cual sobre un montón de ropa mal doblada; hoy, con la complicidad de la luna llena, también le veo sonreír y trasmutar la expresión y el adusto gesto permanente en un sereno arrobo.

Con la superioridad física que le confieren sus buenos veinte centímetros sobre mí, hasta ahora, no he merecido ni una pizca de su atención, y yo sigo aguardando el momento en el que el derrumbe de la invisible barrera que nos separa haga viable mi misión.

Las ventajas de los grandes suelen tornarse en su contra cuando, como es el caso, una estatura media resulta desdeñable para ellos y aunque es un respiro agradable, para un recién salido del presidio como yo, el que le dejen a un lado hasta que retome el compás de la vida en libertad, no he de negar que es algo mortificante el ser ninguneado de forma tan absoluta; son gajes del oficio que hay que asumir con más entereza de la que ahora mismo parezco tener yo y añoro el momento en el que me venza el cansancio y mi cuerpo pueda entregarse a un reparador descanso aunque mejor esto que la insoportable soledad y el aislamiento que he padecido.

Cierro los ojos y mi retina conserva incólume la beatífica expresión de la faz cercana. Abismado en una deliciosa duermevela, renuente todavía mi mente a entregarse por completo al sueño, repaso la misión para la que viajé directamente a Oriente, casi desde la misma puerta de mi peculiar encierro, ésta tiene varios objetivos: atesorar, analizar y transmitir la mayor cantidad posible de información plausible sobre los antiguos jefes de mi corpulento compañero de aposento, cuestión nada fácil hasta que él no rompa el silencio en el que se ha encastillado, receloso y dolido como está con el resto del mundo.

El otro punto del que he de ocuparme, hasta que el primero llegue a buen puerto, estoy seguro de que le parecería completamente ridículo e imposible de cumplir por mi parte si llegara siquiera a sospecharlo: mantener a salvo su seguridad física.

Los informes establecen con toda claridad que sus antiguos jefes siguen buscándolo para evitar que hable; cobrarle “en especies” el descalabro económico que les causó tampoco es un asunto trivial.

Poco sospecha el durmiente la amplia panoplia de poderosas razones existentes en el enmarañado mundo de la mal llamada contrainteligencia con las que, de ser absolutamente necesario, una vez puestas en marcha, se podrán evitar ambos éxitos de la otra parte.

* * * * *

Desde Termas a Jerusalén distan unos buenos cuatro mil kilómetros de distancia y el amplio mar que casi siempre teníamos a la vista, bajo el aparato, un mar que me pareció terrible y espléndido desde las alturas.

Mientras navegábamos, surcando los cielos, las nubes iban desgajándose, deshilachadas como suave algodón de azúcar; el reluciente avión las traspasaba, encendida saeta iluminada por un sol que emergía al inicio de la travesía y tenía tiempo de llegar holgadamente a su cenit en tanto alcanzábamos destino.

Un cambio tan grande en mi situación era de esperar que me produjese una gran impresión pero nunca creí que rompería a llorar como lo hice cuando tocamos tierra en Atarot y me vi, al fin, físicamente libre y con un trabajo por hacer que requeriría de todas mis capacidades.

Llegué conturbado y lloroso y fui recibido en el pequeño aeropuerto por Alex, un hombre que hacía honor a la imagen fotográfica que llevaba conmigo: una alta y voluminosa figura se erguía ante mí, envuelta en el típico ropaje árabe de telas y de colores discretos de los que emergían un par de enormes manos y una cubierta cabeza de la que se hacía especialmente visible una tez muy blanca, casi transparente, extrañamente iluminada por dos esmeraldas de vivísimo color.

Aunque me dedicó un laxo e inexpresivo apretón de manos, en aquéllos ojos se traslució el verdadero ademán que me destinaba mentalmente tras evaluar mi persona y avergonzarse, con un sonrojo más que evidente de su clara piel cutánea, de mi llantina incontrolada que por otro lado a nadie parecía interesarle en el pintoresco lugar al que, por motivos obvios y por tratarse de un asunto oficial y de máxima confidencialidad, nos habíamos dirigido, prácticamente vacío y carente como estaba de tránsito y de viajeros.

Reconozco que no fue un buen comienzo, ni siquiera conseguí atenuar la mala impresión que le produje al ir leyendo, algo más calmado y casi dueño de mí mismo, traducidas al español, las señales en hebreo que nos acompañaban por todos los pasillos y hasta la salida.

-Por mí ya está bien, ¿vale? –dijo airadamente de pronto, parándose de repente y cortándome la palabra en medio de una explicación sobre el Alef-Bet, ya que las hermosas letras versaban sobre la historia del lugar en un enorme poste y yo había empezado a desgranar con arrobo, como un niño tras las lágrimas, mis conocimientos recién refrescados sobre el tema-. Me importan un pito tus habilidades, colega –continuó con mucha acritud-. El inglés ya me sirve lo mismo –y alzando demasiado la voz, agregó:- No estamos aquí para lucirnos, ¿me oyes, tío?

Quizás la soledad forzosa a la que se ha visto abocado este antiguo profesional de la seguridad haya sido más dura que la que yo he tenido que sufrir dentro de mi encierro en el que aunque me mantuvieron en forzado silencio y sin nada que hacer, como parte de la expiación de mi culpa durante dos largos años, en ningún momento dejaron de observarme, ni de noche ni de día y podía sentir la presencia humana. En el último tiempo pasado allí me fue permitido ocuparme de mi colección de sellos y también pude seguir ampliando los conocimientos de idiomas y eso creo que me mantuvo cuerdo. Él no parece tener ningún respiro, no hay indicio alguno que lleve a pensar que su mente se ha ocupado de algo externo a sus propios pensamientos, o, sus manos, se hayan mantenido activas con lo que antaño, la primera vez que estuvo aquí asilado, distraía la soledad y le proporcionaba una vía de escape; es una situación extremadamente triste.

Abro los ojos, la luna ha dejado de aclarar las formas y nuestros tendidos cuerpos permanecen atrapados en la penumbra, el frescor, pese al montón de ropa con el que cada uno hizo su yacija, no amortigua el dolor y la humedad que cala hasta los huesos en las horas previas al amanecer y vuelvo a cerrarlos, vencido y .entregado por completo a los recuerdos

Fue un doble e inesperado golpe de buena suerte para mí, primero, la sustitución masiva de todos los escalones de mando a los que yo debía encubierta obediencia, y por cuyo desempeño he tenido que sufrir tan rígido arresto, y, segundo, la necesidad perentoria de colocar junto a Alex a un hombre con don de lenguas y experiencia y sin demasiada familia a la que convencer, con rapidez y las suficientes garantías de confidencialidad, de que era necesario un tiempo de desaparición; el único pariente vivo que tengo en el mundo es mi sufrido y buen hermano Ricardo y él es un hombre cabal.

Las circunstancias me han favorecido con la misma generosidad con la que antes, por mi mala cabeza y sin más causa que el cumplimiento del deber, bien es cierto que de obediencia ilícitamente seguida, espurio de hecho, me llevaron al cumplimiento de un castigo ejemplar y de nuevo a la libertad y al trabajo activo que según he descubierto es todavía más importante e indispensable para mí.

En los tres años que ha durado mi condena, los verdaderos responsables, aquellos que se amparaban en el anonimato y las sombras, los auténticos culpables de la traición a las esencias de la democracia que habían jurado cumplir al aceptar sus cargos oficiales en el Estado, ahondaron y dieron mayores e inadecuados pasos en la vía equivocada propiciando así su desenmascaramiento, siendo acusados, ellos mismos, de los delitos por los que tuve que purgar yo y los otros descarriados; tras ser apeados de un poder que detentaban de forma tan contraria a derecho, los inferiores merecimos la condonación de penas y la puesta en libertad.

Quisiera dejar de darle vueltas pero comprendo que, lo mismo que le sucede a mi compañero que sigue murmurando y girando sobre sí mismo casi toda la noche, la culpabilidad tardará mucho en abandonar mi cerebro; estoy en libertad pero no libre de mí mismo.



II.

Llegan las explicaciones



El brocal del aljibe estaba herméticamente cerrado hasta que yo llegué, he liberado de cienos y arena el fondo y he conseguido ordenar el abandonado jardín al que he ido regando, primero con los atisbos de agua que empezaron a filtrarse tímidamente tras la limpieza del manantial y después con los magníficos cubos de cristalino líquido con el que ha recompensado mi esfuerzo y que no ha dejado de obsequiarme, día tras día, desde su profunda mina; un caudal que he ido ofrendado a las resecas raíces de variadas y adormecidas plantas que aparecieron tras desbrozar con esmero el cuadrado espacio que conforma el patio, perfecto marco para el soberano del lugar: el espléndido pozo de mampostería.

La batalla contra las desagradables sorpresas que el centenario horno de piedra me ha ido dispensando parece que al fin han terminado en indiscutible empate tras la enérgica limpieza y retirada de cenizas endurecidas que he llevado a cabo en su interior, reptando hasta sus embaldosadas entrañas; él tiene a bien chamuscarme en exceso casi todas las tandas de tortas que le deposito en la ardiente boca, aunque las mantiene limpias de inmundicias, y de aquellos restos indeseados de diversa índole con que antes me obsequiaba mientras se cuecen, y yo me las como con delectación delante suyo como merecido homenaje, calientes todavía, despreciando las renegridas costras que me divierte esparcir entre los verdes y tiernos brotes de plantitas a los que espero servirán de estimulante abono; las mejores, las más comestibles son para Alex que se limita engullirlas mirando al frente como si hubieran caído del cielo y yo no fuera más que un fantasma, una aparición algo más desvaída si cabe, por mor del polvillo de la harina que suele seguirme, como un halo espectral en suspensión, hasta dentro de la estancia y finalmente se deposita por todos los rincones.

Las dos manos de cal que he dado al interior de nuestro maltrecho albergue, enjalbegando paredes, techos y suelos con enérgica decisión, han conseguido convertir el pestilente tufo de miseria que impregnaba la vetusta casa en un agradable y sano lugar en donde hace fresco de día y las noches resultan algo menos molestas y repletas de picaduras de como transcurrían al principio. En todo momento, sea día o noche, cualquier rincón está siempre místicamente orlado por los reflejos albos que arranca en su interior cualquier rayo de sol o luminaria por misérrimos que sean.

Alex sigue sin decir palabra, introspectivo y torvo, todavía no ha hecho comentario alguno, ni siquiera sobre los avances de mis mejoras en nuestro retiro; creo que no es un hombre que tenga tantas cosas de las que arrepentirse como me sucede a mí pero está claro que la juventud le abandona con más prisa que rémora y lo único que tiene en perspectiva es un esmirriado y forzoso compañero del que no puede, y parece no querer, librarse.

Hasta que no me dé los datos que estuvo atesorando en su cabeza, mientras se mantuvo dentro de la trama de blanqueo de dinero y tráfico de divisas, no podremos separar nuestros destinos; también es comprensible su apatía ante la falta total de expectativas de futuro en cuanto eso suceda.

-¿Te apetecería falafel para la cena? –pregunto cauto al derrumbado hombre sentado en el suelo, cuya cabeza se halla atrapada entre sus dos enormes manos y que, siguiendo en su encastillado papel, no se digna mirarme ni contestar-. También podemos asar algo de carne, tengo la esperanza de que ese horno al fin se reconcilie del todo conmigo y si en las brasas le confío algo más que unas tortas con las que acompañarlo me lo demostrará –desde el principio simulo que no me importa su actitud y continúo hablando-: Si nos acercamos al zoco podremos conseguirla para acompañar el guiso; nos vendría bien la proteína animal, ¿no te parece?, quizás te animes, amigo.

-Bueno, José –contesta con voz de bajo profundo, sobresaltándome pues creo que es la segunda vez que la escucho en estos tres meses mientras está despierto-. Cuando quieras salimos, a mí ya me está bien, hombre.

El grandullón ha desaparecido de la blanca estancia a una velocidad que le cataloga bien como al excelente profesional que ha sido; enseguida ha comenzado a hacer unas enérgicas abluciones en el patio y oír el chapoteo del agua me llena de satisfacción.

Ha tenido en cuenta mis palabras, hemos interactuado y ya estamos en el buen camino; mejor será que salga yo también para poner en solfa el renuente horno y asperjar un poco en rededor ya que el calor aprieta de lo lindo y conforme a las enseñanzas más básicas, no puedo desperdiciar esta primera ocasión de acercamiento que por el bien de ambos espero muy fructífera.

Efectivamente, he tenido que aguardar bastante, Alex ha sido un hueso muy duro de roer; dejemos que la geosmina que se desprende de la tierra mojada y perfuma el aire haga el resto del milagro y le suelte la lengua del todo.

Recopilar los datos que me encargaron supondrá el comienzo de una gran operación que desactivará la sangría que viene hurtando una gran parte del líquido que sería muy necesario para la recuperación del país ahora que todo anda patas arriba con la endemoniada crisis que no para ni respeta a ningún estado, ni grande ni pequeño.

-¡Qué agradable aroma, José! –dice con los ojos cerrados y los dos brazos extendidos-. Estoy como cuando era niño y mi buena madre regaba el patinillo, feliz del todo, amigo mío.

-Me alegra oírlo, Alex. Yo tampoco disfrutaba del pequeño placer que tenemos aquí desde hace muchos años, amigo –me falla la voz, estoy realmente emocionado-. Casi lo había olvidado –farfullo, cierro los ojos y rompo a llorar. Noto unas manos amigas que me sostienen los trémulos hombros sacudidos por la inesperada explosión de jubiloso llanto que únicamente puede producir la libertad.



* * * * *





La comida resultó excelente, la charla que había comenzado unos minutos antes de salir a por viandas, tras sosegarnos ambos, continuaba de forma ininterrumpida.

El árabe ha resultado ser un interesante medio para acercarnos Alex y yo, él lo utiliza, con fruición y verdadera verborrea, como una mezcla de idiomas salpicado de sobreentendidos que parece ser una infantil reminiscencia a la que se entrega con ansia, como un niño tras el prolongado e impuesto silencio de un castigo escolar.

Hemos progresado tanto en los detalles esenciales, y en tan pocas horas, que no creo que sea necesario mantenerme aquí por mucho tiempo más ya que, para el asunto de la seguridad de su persona, serán otros los que se encarguen de la custodia, traslado y puesta en salvo en algún anónimo lugar en el que podrá disfrutar de entera libertad con buenas garantías.

-¿Ya habéis comido? ¡Vaya! Con lo bien que huele quisiera caer de lleno y sin resistencia alguna en el pecado de gula si es que podéis invitarme a saborear algunas de las sobras que veo por ahí.

El monje, nonagenario, se ha arremangado el pardo hábito y ha tomado asiento con aparente facilidad, sin más ceremonias ni remilgos, en el suelo, junto a Alex que le tiende la escudilla de barro en la que estaba comiendo y, tras cogerla con soltura de su fuerte mano, se la acerca a la altura de la nariz, pone los ojos en blanco, y comienza a hurgar expertamente en ella con todos los dedos, llenándolos de alimento y llevándoselos a la desdentada boca de anciano, para comenzar a comer con delectación y parsimonia. Ambos le miramos con manifiesto afecto y respetamos el silencio que requiere de nosotros valiéndose de guiños y con enérgicos gestos.

Él y el hermano Lucas son nuestros ángeles custodios; la casa es un bondadoso préstamo que nos hacen y han añadido a su buena obra todo lo necesario para encalar.

-No he querido molestaros antes pero traigo buenas noticias, niños –acierta a pronunciar, pasado un buen rato, con la boca llena todavía de verduras y asomando algo de carne que acaba escapándosele al hablar-. Si he de decirlas o no, depende de si las cosas marchan ya o aún no habéis llegado a un punto de solución.

-Coma, coma tranquilo, mosén. Nosotros aguardamos –le digo mientras voy hasta el brocal del pozo y lanzo el cubo a la rumorosa profundidad-. Nos alegra mucho que usted también tenga buenas nuevas –hablo mientras acabo de verter el precioso y fresco líquido en el destrozado cacharro que nos sirve de cántaro y le lleno un cascote de arcilla al que hemos adoptado como vaso común-. Si es por eso, ya verá cómo puede contarnos todo lo que trae en la talega.

Alex y yo rompemos a reír ante la cara espantada que pone nuestro huésped como reacción a mis palabras, también él se regocija al vernos en tan buena sintonía y se une a las carcajadas de forma tal que le huyen los últimos vestigios de alimento y salen espurreados de su boca. Todavía ha de pasar un buen rato antes de que los tres nos tranquilicemos y podamos seguir hablando, cuando eso sucede, le cedemos el turno al más mayor.

-¿Es cierto, Alex, al fin te has decidido a hablarle a José? –pregunta el buen hombre aceptando entonces el agua y devolviéndome el humilde recipiente tras apurarlo con delectación mientras le llega la respuesta.

-Es verdad, Mateo –acierta a decir el interpelado antes de romper a llorar silenciosamente.

-¿Tienes ya todo lo necesario, José? –La pregunta está hecha con voz temblorosa pero firme-. ¿Te quedarás por un tiempo aquí, amigo? Después de ver cómo has levantado este corral y el interior de la casa hasta el nivel de un hogar no me gustaría que lo abandonases sin disfrutarlo un poco al menos.

-Creo que ya no depende de mí la permanencia en Jerusalén, padre –contesto más apenado de lo que creía estar y quería confesar-. A él –señalo a nuestro compañero que sigue dejando deslizarse por sus mejillas un reguero de sosegadas lágrimas sin que le importe nuestra presencia-, deberán cuidarlo para el traslado otros mucho más fuertes que yo –digo con un gesto humorístico y trato de sonreír sin conseguirlo.

-Creo que no supondrá ningún obstáculo la ausencia de nuestro amigo si tu gusto es el permanecer bajo este mismo techo, José –ante mis sorpresa, continúa diciendo-: Lucas y yo hemos estado considerando el asunto y creo que, de estar de acuerdo, y si ése es tu deseo, podrías pedir una excedencia y prestar a estos pobres y viejos hermanos un poco de tu talento; necesitamos un traductor que esté versado en varias lenguas y tú pareces reunir los requisitos.

No puedo disimular mi sorpresa y un regocijo interior me llena el ánimo, quizás el anciano fraile lo esperaba pues antes de que yo baje los ojos hasta él tiene una lucecita encendida en el fondo de las pupilas y una sonrisa baila traviesamente en los aceitados y brillantes labios. Sin esperar mi respuesta, tras dedicarme un guiño de complicidad, gira la cabeza hacia su vecino de acomodo

-Mira, Alex –dice tendiéndole la escudilla-, tus padres llegarán aquí en cuanto me deis seguridades los dos de que todo marcha según lo pactado –el cacharro cae al suelo desde la temblorosa mano del grandullón que ya lo había cogido y se hace añicos antes de que yo tenga tiempo de salvaguardar lo que hasta ahora era nuestro único enser decente.

-Lo siento, de veras –murmura abochornado el descuidado receptor de nuestra escueta vajilla doméstica.

-¡Quita, quita!, no pasa nada, hombre –voy diciendo mientras me apresuro a recoger los trozos y depositarlos delante de las escuchimizadas pero verdes plantas cercanas a las que pienso proveer de un bonito parapeto construido con los pequeños cascotes; me sorprendo pensando esto y descubro que inconscientemente ya he aceptado el ofrecimiento que me han hecho para quedarme-. Después de todo –continúo hablando emocionado-, lo único que se ha perdido es el trasto porque mosén lo ha dejado sin recuerdos del contenido –digo ahora con hilaridad, contagiando a mis dos oyentes.

A las risas han seguido unas buenas carcajadas que han conseguido darnos a los tres la tregua necesaria para, tras ayudar al anciano a incorporarse, enjuagarnos las manos con esmero y pasar al fresco interior de la casa.

-Yo he de transmitir las anotaciones y asunto concluido, ¿nada más que añadir, verdad, Alex? –inquiero, con algo de recelo pese a todo.

-No, nada, José, ya ves qué fácil y bien montado tenían lo de la evasión de dinero. Lo que yo “distraje” fue mucho pero calderilla, una miseria –Mateo y yo asentimos con gesto reprobatorio-. No hice bien pero por lo menos, no todo salió de España –continúa diciendo sin tanto aplomo al ver como asoma nuestro desacuerdo ante sus palabras.

-Tú, niño, no puedes ser juez y parte –la voz del fraile no suena nada hostil al dedicarle estas palabras pero sí enérgica y sin fisuras-. Hiciste todo lo posible para andar por buen camino, conseguiste enderezarte mucho, Alex pero, y mira que te lo digo en mi nombre y en el de Lucas, todavía te falta algo por hacer –ante el intento de cortarle la palabra, alza la voz con una energía desconocida-. Nada, no me repliques, niño –acaba la frase cortante-. Has de compensar a tus padres, tú ya sabes lo que quiero decir.



III.

En el hogar

Estamos sentados los tres dentro de la estancia que nos sirve de refugio y habitación. Mateo, enfurruñado por vez primera desde que lo conozco, subido sobre un rimero de ropa que Alex y yo hemos aderezado en forma de blando y acogedor acomodo juntando los dos montones que nos sirven de lecho, nosotros enfrente suyo, con las posaderas en el blanco y fresco suelo, como dos párvulos ante un disgustado profesor, respetuosos y con la cabeza gacha.

Es extraña la escasez de pájaros que hay por aquí, creo que únicamente he oído a unos pocos en todo este tiempo y ni siquiera estoy seguro de que lo fueran; por la situación del terreno en el que se alza la casona, bien podría tratarse de aves de presa ya que las rapaces, con sus agudos gritos distorsionados por la lejanía, supongo que sonarán de forma un tanto exótica. Ahora que lo pienso, todavía no he visto a ninguna pequeña criatura voladora posarse en nuestro patio.

El ocaso anuncia su llegada desplegando unos gloriosos tonos de color que se cuelan por las rendijas e inflaman de esplendores rosas y verdes nuestro entorno y a nosotros mismos.

El anciano, mayestático, parece haber entrado en trance, sus facciones semejan todavía más, las de un niño grande y desproporcionado; es curiosa la reversión que hace la naturaleza, sobre todo en el rostro de los hombres, cuando alcanzan a cumplir la notable cifra de noventa años.

-¿Quiere un poco de agua, don Mateo? –La voz ha sido apenas un susurro, una ráfaga de cálido viento, que se ha filtrado a través de la garganta de Alex desde el angustiado corazón-. ¿Está usted bien, le sucede algo? –hay una nota de pánico en ella ahora.

-Tranquilo, hombre. La impaciencia de la juventud es muy traicionera, no lo olvides. Yo estoy bien, gracias, en serio. –Dice con agradecimiento-. No, no necesito nada.

-Ya llega la noche, ¿ha visto lo bello que parece todo aquí? –pregunto emocionado.

De nuevo se instala el silencio y los tres nos dedicamos a la contemplación de los artificios que compone para nosotros el fin del día.

Una pregunta hecha por el monje acaba con las ensoñaciones a las que parece que nos hemos entregado los más jóvenes de forma tan rendida que no hemos reparado en que es completamente de noche y la oscuridad todavía no está atenuada por la luna.

-¿Se llama Ricardo, Ricardo Andújar, tu hermano, verdad, José?

El corazón me ha dado un vuelco, de repente todo mi ser ha aterrizado en el duro suelo y noto que me duelen las piernas y la espalda se me ha quedado ligeramente rígida.

-Perdón, ¿cómo ha dicho?

-Sí, hombre, sí, ¿que si se llama Ricardo?

-Sí, don Mateo, sí, así se llama.

-Supongo que tendréis alguna forma de alumbraros aquí por las noches, ¿verdad?

-¡Claro!, perdone usted.

Alex ha contestado veloz y más deprisa todavía, dando un brinco, ha salido a por la pequeña linterna que tenemos en reserva y de la que únicamente las dos primeras noches de mi llegada hicimos uso.

El monje y yo quedamos envueltos en sombras hasta que vuelve a reaparecer armado con la destellante luminaria y la coloca en medio de los tres, como en un conciliábulo. El primero en hablar vuelve a ser Mateo.

-¿Sabes si además de proteger a éste –señala a Alex que le mira boquiabierto-, recoger los datos y enviarlos has de cumplir cualquier otra misión aquí?

No tengo tiempo de contestar pues el grandullón se solivianta visiblemente.

-¿Qué está usted diciendo, padre?

-Tranquilo, Alex –intento en vano apaciguar el conato de rabia que le acomete.

-Tú, amigo mío, eres un poco pollino, ¿verdad?; grande, pero un completo asno.

Las palabras pronunciadas por el anciano han tenido la fuerza de un mazazo para nuestro joven compañero pese a que han sido dichas con un tono morigerado y casi en un susurro y ha caído hacia atrás sentándose de forma abrupta.

-Tengo yo la culpa, Alex, perdona, hombre. Debí informarte de que era una parte de mi cometido el garantizar tu vida. Reconozca, mosén, que si yo le digo a éste –señalo teatralmente al perplejo y mudo espectador-, que su seguridad está en mis manos, se habría chanceado tanto de mí que difícilmente hubiéramos llegado jamás a buenos términos.

-Oye y aprende, Alex –le dice con bonachón tono-. No todo es fuerza o juventud, también cuenta la profesionalidad, no lo olvides.

* * * * *

Hace varios días que tengo instaladas en mis dominios una modesta mesa que me han bajado del monasterio y una silla de madera que han hecho posible el trabajo de traducción que se me ha encomendado; la alegría que me produce el garabateo en el papel es algo indescriptible.

La bombilla de incandescentes filamentos, que también pusieron los amables monjes, ilumina con ambarinos reflejos las noches de insomnio que suelo dedicar a adelantar la labor, en vez de dejar que en mi cabeza se agiten culpabilidades propias y ajenas; ella es ahora mi única y exclusiva compañera en esta vida de retiro y sosiego en la que nada me falta a no ser otro ser humano con el que compartir mis tortas de pan recién horneadas, el forzoso silencio, tras haber recuperado la comunicación y proximidad, se torna casi ominoso.

-¿Estás despierto, hermano? Soy Ricardo.

Creo estar soñando o, peor aún, siendo víctima de alguna claudicación mental y vuelvo a sumergirme en la tarea con firmeza.

Levanto la vista y ante mí aparecen las queridas formas de mi hermano, su rechoncha persona con una cara tan pálida que a la pobre luz que nos alumbra parece pintada con albayalde.

-¡Ricardo!, ¿eres tú de verdad o estoy soñando? –balbuceo sin atreverme a ponerme en pie.

-Pero, hombre, ¡caramba!, José, ven tú a abrazarme que yo no puedo dar un paso más –farfulla, resoplando-. Pues sí que tenéis buenas escaleras por aquí, no he visto cosa semejante desde que estuve en Morella (*) y, no hay comparación.

* * * * *

Hace muchas horas que salió el sol y la blancura de la casa destella llenándolo todo de una alegría serena y limpia. Contemplo a Ricardo mientras se afana en el patio para preparar el modesto refrigerio que nos dará fuerzas a ambos para proseguir en nuestra puesta al día de tantos años de engaños por mi parte y de separación forzosa por la suya.

Las noticias que me ha traído no pueden ser mejores ya que aunque los padres de Alex partieron con él desde aquí mismo hacia el merecido retiro en el que poder disfrutar con sosiego de la compañía de su querido hijo, tras unos meses de prudencial espera, Rosalía, la adorada mujer que reinaba en sus sueños, acompañada de su hijita, se reunió con ellos.

El arreglo ha resultado un excelente bálsamo para todos pues por la información que contienen los documentos que ha traído mi hermano, ella había quedado en libertad al mismo tiempo que yo y por los mismos motivos; recuperó sin problemas la custodia en la que la había depositado Alex a la niña y procuró desde ese mismo momento, agradecida, mantenerse cerca de los ancianos padres de su benefactor.

Desconozco el monto de lo que escaqueó a los rufianes que tenía por jefes pero está claro que supo hacer buen uso del dinero y creo sinceramente que se ha ganado con creces la oportunidad de ser feliz junto a los suyos.

Espero compensar a Ricardo por todos los quebraderos de cabeza que por mi culpa ha tenido que arrostrar durante tanto tiempo.

Al fin parece que a cada uno le llega, en un momento dado, su hora de saldar cuentas aquí y allá.

* * * * *

(*) Morella: Histórica ciudad de la provincia de Castellón rodeada de murallas centenarias y coronada por un espectacular castillo.

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