Vientos concéntricos
Ángela Piñar
Para Irene y Lucía: mis hijas, mi verdadera obra maestra y de la que estoy más orgullosa. Para David, mi marido, por estar y leerme. Para Tina la felina, sus arañazos me inspiran. Para Julio y sus correcciones. Para Guillermo y sus vientos mistrales. Especial agradecimiento a Irene, por su ayuda y paciencia.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada, copiada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, óptico, informático, reprográfico, de grabación o de fotocopia, o cualquier medio por aparecer, sin el permiso expreso, escrito y previo del autor.
Todos los derechos reservados.
Copyright 2011 © Ángela Piñar
Primera edición: 2011
Foto de portada: Ángela Piñar © 2011
Edición a cargo de: Lucía Bartolomé
Smashwords edition
Te busqué en el quicio de los sueños, allí donde se perfila la negra sombra de la muerte. Pero en ese último abrazo silencioso sólo encontré culpa y dolor. Te busqué asimismo en los sueños nebulosos de la benzodiacepina, pero una mañana desperté con la certeza lacerante de que mi agnosticismo exacerbado no me permitiría verte más. No hay balcones donde gritar y el eco no llega hasta allí.
No me extrañó que mi psiquiatra luciera un holgado y extravagante disfraz de arlequín, ni que una lágrima dibujada en su mejilla le resultase favorecedora, porque yo misma atravesé la puerta con un exótico vestido de La dama de las camelias. Tomé asiento glamurosamente en lo que me pareció una seta gigante, cerca de la chimenea encendida. Los ventanales abiertos a un jardín de rosas negras me permitían disfrutar de una fina lluvia de invierno.
Sobre su mesa, una chistera, un conejo blanco acurrucado y una baraja. Me hace un gesto con la mano, indicándome los naipes.
—Coja uno al azar.
—Es la muerte.
—No propiamente. Es la muerte soñada.
—¿Qué calmará este dolor que siento?
—Depende de lo que salga del sombrero.
Volví a introducir la mano y salió sorpresivamente otro naipe.
—La cabaña del suicida —dice.
—¿Y cómo puedo llegar hasta allí?
—Atravesando el hielo.
—¿Cómo encontraré el camino?
—Siguiendo el rastro de la luna derramada.
—Estoy soñando —pienso en voz alta.
—Por supuesto. ¿Qué deseas exactamente?
—Traerlo de vuelta.
—No podrás. Tampoco satisfará tus dudas, ni tus preguntas. Sólo tendrás el alivio del beso último.
—¿A cambio de qué? —pregunto.
—Luego no volverás a soñar nunca más. Vivirás por siempre en una realidad coherente y aplastante.
—¿Me reconocerá?
—No. Los suicidas cortan con su acto el cordón umbilical que les ata a la memoria.
»Consejos: necesitarás un narrador y un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, antes de llegar a la cabaña del suicida tendrás que atravesar la puerta de la duda razonable. No podrás acceder sin un obsequio, una dádiva, un presente…
—Una última pregunta ¿Para qué necesito un narrador?
—No volverás a producir ningún sonido inteligible hasta que encuentres el motivo de tu búsqueda. Y llegado ese momento te estará permitido articular sólo seis palabras. El narrador será quien nos contará esta historia extraña y atormentada que estás escribiendo ahora y que seguro aburrirá muchísimo a tus lectores.
—Y al narrador, ¿puedo elegirlo yo?
—No, él te elegirá a ti en un sueño. Debes estar receptiva.
Esa noche cené sopa de letras, una hamburguesa y una pera. Tomé mi dosis diaria de sertralina, diazepam y alprazolam, más un sedotime para dormir y me tapé hasta el cuello. La luna me arropó cálidamente a través de los cristales.
48 kilos de carne más el equivalente en llagas era todo mi bagaje en un sopor nebuloso. Flotar más que andar, o casi casi deslizarme.
Descalza...
…Un sendero nevado con paredes a los lados y un frío purificante; a lo lejos, un puente labrado de calaveras. Suena una sinfonía de Beethoven. Cruje el suelo bajo mi peso y se estremecen los hielos. Alrededor, las rosas cristalizadas me miran absortas con la boca abierta de par en par, dientes diminutos asoman por sus labios sanguinolentos. El tiempo las ha congelado en una curvatura extraña y estática. Epifanía de las rosas. Noto las pestañas rígidas a causa del rocío helado. Huele a monóxido de carbono. Llevo una carta bajo la blusa: Entregar en mano. La luz del amanecer se refleja en la nieve, destellos cobrizos iluminan el sendero.
Una casa se vislumbra a lo lejos. Un olivo retorcido se alza tortuoso bajo un sol que languidece. Allí una figura familiar conversa animadamente con un pastor de ovejas y me acerco dubitativa, pero parece que no me ven. Escucho su conversación versada sobre unas tumbas, unos números cambiados y algo sobre la tranquilidad de aquellos que no desean ser encontrados. El pastor se aleja con su ganado y un hombre viejo me mira largamente, no le conozco personalmente, pero me sonríe cariñosamente. Me esperaba, dice.
Hace un gesto con la mano indicándome una barca de madera; en el lateral, un nombre: Pilar.
—Siéntate sobre la barca, yo disfrutaré de la sombra de mi olivo.
—Necesito un narrador para el viaje que he de emprender.
—Lo sé, te esperaba.
—Conozco su obra.
—Leíste Todos los nombres y por eso estás aquí.
—En realidad necesito a José, el de la conservaduría, pero es un personaje de usted.
—Mis personajes son parte de mí. Yo soy José, el de la conservaduría.
—Iremos muy lejos —le informo.
—Lo sé —asiente.
—Usted será mi narrador.
—Intentaré ser ameno –—Sonríe.
—Sus diálogos son difíciles de entender, don Saramago.
—Me entiendes tú y me entendía aquél a quien vamos a buscar.
—Él le adoraba. –Me contesta que lo sabe.
Silencio.
—A veces dejan cartas, aunque no siempre la explicación que contienen es la que deseamos leer. Los silencios también cuentan mucho —dice.
—Es difícil seguir el rastro de un silencio, don José.
—Caminemos un poco, el viento de la isla nos vendrá muy bien. —Y me toma del brazo.
—No sé qué decirle, usted está muerto y yo estoy soñando.
—Pues busquemos un restaurante barato.
Ella come de forma tímida, seguramente comerá mucho más de lo que demuestra, pero la cercanía de mi fama la empequeñece. Tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, que se tapa con el pelo y rehúye mi mirada. Dice que ha leído toda mi obra y que el libro que más le gustó fue Ensayo sobre la ceguera. Yo le recuerdo que nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia sin mirar a los demás. Que siempre pensamos en la gente cuando se muere y les hacemos altares cuando en vida les hemos negado el saludo.
Le pregunto qué es lo más extraño que le ha ocurrido últimamente y me confiesa, entre risas, que esa misma mañana, estando parada en un semáforo, vio pasar a una anciana y se sorprendió muchísimo. Le pregunté por qué y me respondió que esperaba ver cruzar a un dinosaurio.
—Estás un poco loca. —Se ríe.
—Lo sé, pero nunca lo he negado. —Y es cierto.
—¿De qué escribes en ese foro del que me has hablado? —pregunta curioso.
—Mayormente tonterías. Imito a los grandes, mal, por supuesto. —Intento ser humilde.
—¿Dónde está esa cabaña que buscamos? ¿Y qué hielos son esos que hay que cruzar?
—No lo sé —respondo.
—¿Quieres saber lo que opino? —Se ajusta los lentes.
—Por supuesto, don Saramago. —Siempre me interesa lo que tenga que decirme.
—Creo que esos hielos ya los hemos cruzado hablando de tus miedos.
—¿Y el rastro de la luna derramada?
—Mira esa luna que se refleja entre nuestras manos, derramada entre nuestros cafés. Ahora ilumina tu cara y te cuelga una sonrisa donde antes dominaba una mueca de cansancio y tristeza.
—¿Y la puerta de la duda razonable?
—Es la puerta de esta cafetería antigua. Si la traspasas con la intención de buscar más allá de lo imposible nunca encontrarás la tranquilidad. Sé razonable y eliminarás la duda.
—¿Y la cabaña? ¿Y las seis palabras?
—Chica triste, no existe esa cabaña, y, aunque existiese, estará vacía. Dime, ¿qué seis palabras le hubieses dicho?
—Te quiero. Te echo de menos.
—Creo que es el final perfecto para este relato. ¿Pones tú la palabra fin, o dejas al gran Saramago el honor?
—Por favor, maestro.
Te
vas,
envuelto en
los aromas
de la
tarde,
y
en la
mejilla te
llevas la
ausencia de
un beso
con
olores de
jazmín.
Te
veo marchar
calle
abajo
entre
las sombras
del día,
que va
muriendo;
callejuelas
de leche,
geranios
reventones,
miradas
añiles
y
gatos al
sol.
Te
pierdes
entre
jaleos y
timbales,
con
tu cintura
morena,
con
tus
andares
canallas...
La
tarde está
fresca,
las
mujeres
toman agua
de la
fuente,
mientras
una sábana
ondea al
viento
proclamando
la muerte
de una
paloma.
Almendros
en flor.
Y
tú,
con
una ramita
en los
labios,
tarareas
suavecito
un
canto de
amores
negros,
como
el lomo
de un
caballo.
Guitarras
plañideras,
palmas
sordas,
tacones
y
alborotos.
La
noche ya
asoma en
mi pecho
blanco.
Emma era una mujer muy poco agraciada, incluso podríamos decir, abrazando la crueldad, que era muy fea. Hasta el punto en que ni los pájaros de la mañana se dignaban a posarse en su ventana. El sol del mediodía escapaba hacia otros lugares, incapaz de anidar en esos lánguidos rizos grasientos de sus cabellos. Tan desproporcionado era su cuerpo, que el espejo se tapaba los ojos ante su aparición matinal rogando al dios de los espejos que ella no le hiciese más preguntas comprometedoras. Maquillajes, cintas de colores y abalorios, se deprimían suspirando en la alacena, ante la improbabilidad de realzar lo imposible. Corsés titánicos para contener la cintura, sujetadores con alambres, incapaces de albergar atributos tan generosamente otorgados por las manos del Señor; bragas elaboradas a mano de dimensiones grotescas. Prendas éstas, cortadas y cosidas por una madre heroica, entregada y un poco ciega.
La naturaleza sólo le había hecho un regalo: su voz. Terciopelo caliente. Escuchar un poema de sus labios era una sensación deliciosa, su sensibilidad a la hora de declamar unos versos, los silencios oportunos, ¡ese énfasis después, en los momentos apasionados!
Pretendientes obligados a punta de pistola merendaban sudorosos y la escuchaban recitar a Emily Dickinson, a Whitman, a Shakespeare, embelesados, con los ojos cerrados y la boca llena de viandas deliciosas. Mas huían despavoridos después, ante la amenaza inminente de un beso o un abrazo, alegando razones tan descabelladas como falaces: alergias, matrimonio o una desviación repentina de su sexualidad; alguno incluso confesó una sífilis galopante.
Su padre, platanero en su juventud, gran bebedor y pésimo jugador de cartas, ante la incapacidad de casarla bien, para pagar las deudas de juego, buscó, desesperado, una manera lucrativa de paliar tamaña desgracia. Peregrinó por circos y prostíbulos ofreciendo a esa hembra de semejantes proporciones, mas en el circo le contestaron que andaban servidos de mujeres de carnes generosas, dejando abierta la posibilidad de acceder al trato si la hembra en cuestión lucía un tupido bigote. Al final no tuvo valor para ofrecerla a un prostíbulo, y asumiendo el amor que deriva de la paternidad decidió poner un océano por medio para evitar posibles tentaciones y malos pensamientos. Partió rumbo a Canadá y nunca mandó una carta. Los años pasaron.
Ella sustituyó el amor por la comida.
Tras la reja de su ventana, cada día veía pasar a un mozo musculoso tirando de las bridas de un caballo alazán. Lascivia en sus ojos y humedad entre sus muslos. El mozo en cuestión ni la miraba, pero ella le regalaba unos suspiros interminables, capaces de derribar el muro más grueso.
Juan era recolector de plátanos, labor a la que se dedicaban la mayoría de los hombres del pueblo. Eliminaba las hojas secas de las plantas, apuntalaba con caña brava o de bambú los frutos y después los enfundaba cuidadosamente para evitar el ataque de los insectos. Tenía el vientre fuerte y las manos encallecidas, el rostro moreno por el sol despiadado del trópico y las piernas acostumbradas a abrazar troncos. Amaba el olor de los frutos madurándose en la oscuridad y allí, bajo su sombra perfumada, había descubierto también las mieles del sexo.
Cruzaba las grandes plantaciones a lomos de su caballo para llegar al atardecer al pueblo, agotado, lamido por el sol y deseoso de ingerir una buena cantidad de ron de azúcar. Atravesaba el pueblo caminando con el torso desnudo, una rama de espliego entre los dientes y silbando una canción.
Un atardecer, en el que el olor a plátanos se definió claramente en el horizonte, Emma perfumó sus carnes inabarcables y, pintándose los ojos y los labios, encajó la exuberancia de sus pechos entre telas y alambres, juntó todas sus hambres varias entre sus muslos mastodónticos y se plantó en mitad de la calle, tapando el sol y el viento con su presencia imponente. Él no tuvo más remedio que pararse a mirarla. El resplandor de esa carne atrapada y asfixiada clamando auxilio despertó su interés y se acercó a olerla. Su olor a abismo, a barco encallado en el fondo del océano y a animal varado en la orilla, causó un alboroto en su apetito.
Una noche de vientos perfumados juntaron sus aromas a mar y a frutos del bosque y se tumbaron sobre un catre desvencijado, y allí colisionaron sus carnes. Atracaron las manos varoniles en esos puertos ilimitados y se amaron colosalmente. Temblaron los cimientos de la casa, se quejaron dolientes los palos de la cama y escaparon los gatos, ahuyentados por el trueno de los desgarros de un himen atado con cadenas en el tiempo.
El amor suavizó las facciones de ella, pero la felicidad le provocaba un apetito atroz. Comía sentada en la cama, bajo la mirada enamorada de Juan. Bandejas de venado con relleno de cordero y adornado con patatas con forma de corazón. Embelesado, Juan admiraba esos incisivos salvajes que arrancaban media pierna de un bocado, pedazos enormes que masticaba con avaricia, y, subyugado, le limpiaba delicadamente las comisuras de sus labios con servilletas de lino y encajes. Amor entre penumbras, gozo entre almohadones, quejidos de la madera. Orgasmos sísmicos que hacían temblar los tablones y los huesos.
Ante la imposibilidad de enlazarla por la cintura, caminaban de la mano por los senderos, a la luz de la luna. Él no le regalaba flores, porque ella se las comía; en cambio, la agasajaba con dulces y con sabrosas tripas de embutido, adornadas bellamente con un lazo rosa. Entre el lazo y la vianda, una poesía fogosa. A veces colocaba flores de plátano entre sus rizos lánguidos.
Exhausto, pálido, ojeroso y vacío de líquidos, una mañana no se levantó de la cama. Le temblaba la barbilla del esfuerzo sobrehumano de lamer esos pechos descomunales; le dolían las costillas de yacer entre las columnas griegas de esos muslos de acero.
Casi ciego, a causa de la debilidad, ya no vislumbraba el orificio de su pene, que se encogía asustado ante el menor roce. Aunque sí sentía entre sus dedos el pellejo vacío de su bolsa sementera.
¡Bailaban ya sus dientes dentro de las encías!
La amaba con locura en su conjunto, toda entera, pero notaba su vida y su cordura flaquear en el intento de saciarla.
¡Ignorando los lamentos de su corazón intentó huir para salvar la vida!
Pero no contó con el amor voraz de la leona. Un amor sincero, apasionado y sin dobleces. Un deseo ilimitado. El hambre feroz de una hembra enamorada.
Ella le cortó el paso, adivinando sus intenciones de huida. Bloqueó la puerta con la cintura, impidiéndole la fuga con sus pechos y sus brazos.
Amorosamente lo empujó sobre la cama. Lo desnudó lamiéndole las heridas, hasta que éstas reaccionaron afirmativamente. Y lo cabalgó después, incansable, encaramada a su vientre.
Crujieron costillas, se aflojaron los clavos de los muebles, temblaron los cuadros y pasados unos minutos, entre estertores de agonía, él vació lo poco que quedaba en el interior de sus diques.
Después, ella quiso más y le acarició dulcemente los cabellos, el pecho y el vientre, y le susurró palabras encendidas al oído. Lamió el pene flácido y acarició los testículos secos. Y como no hubo respuesta, se tumbó al lado de él.
Juan huyó durante la noche, montó sobre su caballo y no miró atrás.
Ella volvió a languidecer tras la reja, regresaron los días negros y los nubarrones. El desamor causó estragos en su alma y esto le provocó un apetito canino.
Un día de viento huracanado, los pueblerinos vieron un objeto redondo que la fuerza del aire impulsaba hacia arriba, cada vez más alto.
Giraba en el aire, como un globo peleando contra las corrientes que lo impulsaban al mar.
Te
espero,
a
esa hora
en que
las copas
de los
arboles
se
funden de
oro y
ocre,
donde
el
atardecer,
encendido,
se
derrama
generoso en
hebras
doradas,
que
se cuelan
entre las
hojas
secas
para
morir,
lánguidamente
esparcidas,
entre
los
guijarros
negros.
Sentada
estaré,
donde el
aire huele
a
otoño,
donde
crujen los
huesos de
las hojas
muertas,
allí
te
espero,
mientras
desgrano
estos
versos,
que
se elevan
melodiosos
en volutas
espirales,
en
una
comunión
perfecta
con el
viento.
Y
aprovecho
esta muerte
en el
pecho
que
es el
amor
rendido,
para
escribirte
estos
versos
y
confesarte
que
la
oscuridad
me acecha
con mano
infame,
que
el brillo
diamantino
de los
árboles
alumbrando
el vacío
es
la muestra
fehaciente
de
este
sendero
lleno de
ausencia.
¡Como
abrasa esta
arena en
el
pecho!
Soy
una sombra
blanca
vestida
de
amanecer...
Cordelia abandonó su blog y se fue a bailar Paquito el chocolatero. A esas páginas desheredadas pronto le nacieron brotes de malas hierbas, que nadie arrancaba. El moho humedeció las palabras y éstas cobraron un tinte verde muy poco esperanzador. Telarañas en las esquinas y silencios por los rincones. Nació el eco tras los puntos suspensivos. Ramificadas en los espacios interlineales, prímulas rebeldes se abrían en la oscuridad de los pasillos que separan un poema de un microrrelato. Llovió sobre las canciones dedicadas con esmero y copos de nieve cubrieron los títulos escogidos al azar. El aire gélido se colaba por entre los meses, y, así, enero le arrebató a diciembre el sombrero, febrero bufó irascible y marzo, marzo se rascaba el culo y eructaba soez mientras abril llovía a mil. Las metáforas se mesaban los cabellos, las alegorías sufrieron la gota fría y la hormiga de la fábula se dedicó a la bebida. Las comas y los puntos se rindieron exhaustos pues Cordelia los había abandonado sin llegar a conocerlos; los acentos se arrojaron por el acantilado reservado al punto y aparte, proclamando su derrota. Ella bailó hasta que se hizo de día, luego agarró su guitarra y se sentó en su ventana para ver la vida pasar. Un día que hizo mucho viento para estar en la ventana, se asomó a su viejo blog, y las palabras guardaron un obstinado silencio.
Cordelia llena la bañera de agua hasta arriba. Coloca unas velas y apaga la luz. Enmudece el mundo a su manera, que de vez en cuando hay que cerrarle la boca. Quiere estar sola, aunque sus truenos y relámpagos la siguen a todas partes. Los rugidos internos son los peores, cree, y a veces piensa tan alto que mira a su alrededor para comprobar que nadie la escucha. María Callas, apoyada en la puerta del baño, se lima las uñas.
Todo perfecto. Decide culminar la dicha con un joint de maría. Tiene un buen amigo que los llama así, es un amigo que utiliza algunas veces una casaca roja, como la de los ingleses. La comprará un día, cuando vaya a Londres, dice. Mientras, sólo la viste en su imaginación, que al fin y al cabo es como nos vestimos y vivimos los soñadores. Papel, boquilla, saliva y paciencia. Todo preparado. Cordelia ya ha contado con su grado de inexperiencia, pero le parece asunto fácil esto de liarse un canuto, lo ha visto hacer varias veces.
A medida que lo va elaborando hilvana distraídamente un relato: vicisitudes y desdichas de una porrera neófita o, ¿qué hubiera sucedido si el bueno de Eastwood hubiese adolecido de un pulso tan inestable e inseguro? Cuenta sus dedos y llega a la desdichada conclusión de que le faltan algunos más para llevar a cabo semejante manualidad. Ella ha desarticulado ya muchas bombas interiores, y siempre ha sabido qué cable eliminar.
Siempre es el rojo.
La razón de esa búsqueda de soledad no es otra que ordenar los miles de legajos que se amontonan sobre el despacho de sus asuntos amorosos. Amores con telarañas, a los que el tiempo ha concedido unos derechos adquiridos; otros que acaban de aterrizar sobre la mesa abriéndose paso a codazos; no saldrás incólume de esta batalla le dice el de los derechos adquiridos al recién llegado, ese que llega con un clavel en la boca. Cordelia está enfadada y lo que le viene en gana es despachar todos esos asuntos.
Cotejar documentación nunca ha sido lo suyo, y no quiere escuchar más alegatos. Prefiere olvidarse. Pero no se olvida lo que no se conoce. Sí, absurdo y ridículo, pantanoso asunto. Suspira.
El joint no se deja liar, los cogollos de la maría son insumisos y alborotadores, no acatan las vestiduras de un papel opresor y se salen por las costuras. Cordelia llega a la dura conclusión de que no gastará jamás tanta saliva, ni siquiera en temas amorosos. Mira el canuto con rencor y éste la mira a ella, con desfachatez. Un reto. Los contornos amorfos y abultados del canuto le recuerdan a ese caballero de la triste figura y evoca algunos pasajes de aquél que vio gigantes en lugar de molinos. Llevarlo a los labios también es tarea difícil, pues el placer a veces se sujeta con parihuelas y, en éste caso, el papel no sujeta bien el contenido de ésta lanza que debiera ser inhiesta. Alberga la ligera sospecha de que la parte que sella el papel la ha puesto al revés. Se ríe de su propia estupidez. Aunque este asunto no es óbice para llevar a cabo la misión. Nada que no solucione una paciencia infinita. Gran placer fumar en la bañera, con la Callas paseándose por un escenario lleno de estrellas, terciopelo imperfecto. Niebla repentina, vértigo y mariposas, evasión, huida. Cordelia sale de esa bañera sin ordenar los legajos, que seguirán amontonados mucho tiempo. Pero con la completa certeza de que algún día su pulso será templado, casi, casi como el del gran Clint Eastwood.
Su amigo, el de la casaca roja, la llama y le cuenta una peli de Fred Astaire que arranca algunas carcajadas en la buena de Cordelia, que al final ha conseguido desarticular la bomba.
¿Qué hay detrás de unos puntos suspensivos? Miradlos bien.
…
Tres pequeños puntitos concatenados, serios, disciplinados. Ahora ponedles un nombre delante, cualquier nombre nos valdrá, no hay que ir muy lejos a buscarlo.
Eddie…
¿No veis lo mismo que yo? Es imposible no verlo. Detrás hay toda una declaración de amor, recubierta de huesos y sangre. La persona que escribe ese nombre tiene un mundo de palabras colgándole de los labios, palabras atropelladas, turbas enloquecidas de adjetivos, verbos y pronombres posesivos que se empujan para llegar los primeros.
Sí, hay una declaración de amor, seguida de un abismal silencio. Tres puntos en fila india y un silencio. Tres puntos suspensivos y una cama vacía, lejana, utópica casi. Sentimientos aplastantes que se dedican a la caída libre dentro del estómago, usando esos puntos traidores como trampolín. La furia de los lepidópteros volando despavoridos entre las paredes estomacales; una llamada de teléfono y ellos despliegan sus alas multicolores en un vuelo alborotado y sin organización alguna. Tres puntos suspensivos y un precipicio en los ojos. Después de esos puntos hay un listado completo de palabras de amor: pesadas, grandes, elocuentes, serias, dolorosas, llagadas, bellas, dulces, lacerantes palabras de amor.
Triste ecuación que no despeja la x. Puntos suspensivos que no son cómplices, nunca serán los mensajeros de una nota de amor ofrecida en mano en un soportal rodeado de geranios rojos.
¿Pero sabes una cosa? Si sabes leer de forma adecuada entre esos puntos silentes, si cierras los ojos y pronuncias ese nombre en alto, el murmullo del aire que nace entre ellos te dirá todo aquello que quieres saber.
Elucubraciones de un triste punto y aparte. No es lo mismo un punto y seguido que un punto y aparte, evidentemente. De la misma manera que no es lo mismo estar dormido que estar muerto. ¿Qué es un punto y aparte? Separa párrafos distintos con contenidos diferentes.
.
Eso es lo que dice la definición. Pero decidme, ¿qué veis alrededor de un punto y aparte sino un vacío enorme? Mirad hacia arriba, fijaos en la distancia existente entre ese punto y mis palabras. Es abismal. Ahora seguid mis pasos: imaginaos subidos al borde, o mejor dicho sobre el punto, de pie, quietos. No respiréis. Decidme, ¿qué veis abajo? Un asunto diferente al de arriba, arriba está la definición oficial, pero abajo estará la mía cuando termine de explicaros. ¿Por qué? Pues porque esa es la función de ese pequeño punto, separar conceptos. Pero vayamos más allá, fijad la vista y concentraos: ¿no veis una soledad aplastante? Ya, sí, supongo que es la soledad del poder. En una borrachera de ortografía, en la que ambos acabamos sujetos de un signo de admiración y amparados del viento por un paréntesis benévolo, le pregunté al punto y aparte qué es lo que quería ser de mayor y me dijo que aspiraba a ser un punto y seguido, tal vez una coma. Que su soledad es dolorosa, que le reza a los signos de interrogación todas las noches, porque pretende llegar a ser algún día un signo diferente.
—Las comas solamente sirven para respirar, para recuperar el aliento —le digo.
—¿Y te parece poco? Ese aliento se puede invertir luego en largos suspiros —contesta.
—¿Por qué no un punto final que indica un trabajo acabado? Después del punto final llegan galopando los elogios —le comento.
—No siempre —me dice—. A veces solamente queda la tristeza del final. O el fracaso. O el portazo que pilla a un corazón desprevenido.
—A mí personalmente me gustan más los puntos suspensivos, porque sugieren y no niegan ni afirman nada —le digo.
»Pero no me has respondido, ¿por qué le rezas a los signos de interrogación? —le pregunto.
—Porque son los dioses de la duda. Cuando tú, humano lector, le rezas a Dios, ¿no le haces preguntas? Y hasta que él, en su infinita paciencia te responde, la duda te abriga las costillas. Hay un tiempo de esperanza pues, hasta que llega la respuesta.
—¿Qué me dices de los signos de admiración, punto y aparte? Son vivaces, enérgicos —le digo.
—A veces también gritan y demuestran enfado, no me gustan —me dice.
—Punto y aparte, eres un signo un poco tocapelotas y algo envidioso —le digo.
—Pues no tengo nada más que discutir contigo.
Punto y aparte.
Cordelia recorre su blog con la mirada antes de cerrarlo. Candado en mano, pasea la vista a su alrededor. Tras la reja se quedan interminables tardes de lluvia encerradas en un relato o en un poema escrito desde el calor del vientre. Divagaciones vomitadas desde un alma que a veces se ahoga. Desvaríos y paranoias que a veces utiliza como linimento, para un dolor crónico o un inmenso deseo de escapar. Sandeces de todo tipo, más malas que buenas, pero de eso el corazón no entiende. Que los órganos amatorios no están por esas labores. Los primeros pasos vacilantes de una mujer con muchas ganas de escribir.
Dentro del blog, Poe juega una partida de golf con don Miguel de Unamuno. Y detrás de éste, un Augusto mortalmente pálido y con un vientre prominente le da golpecitos en la espalda para captar la atención de su creador. Unamuno frunce el ceño, no me lo quito de encima, le susurra bajito a Poe. Es lo que tiene la paternidad, le contesta éste, mientras un cuervo sobrevuela y roba la pelota. Ambos la ven volar, a la pelota digo. Una puta y un mendigo juegan al mus sobre una vía muerta, mientras la muerte, subida a unos tacones rojos, apunta en su libreta nuevos nombres que luego tachará. Dios y su homónimo de las entrañas calientes de la tierra cambian impresiones en una barca. Ajustan posturas, que el equilibrio radica en la complicidad y en la concesión.
—Te ofrezco cien pecadores para tus calderas a cambio de una plaga de langostas —susurra el Bienhechor.
—Trato hecho —contesta el maligno. Y el bien y el mal se abrazan, que los polos opuestos se atraen y se complementan.
La chica de la mirada triste al final no buscó la cabaña del suicida y acompañada de Saramago escriben al alimón una obra de teatro insensata con diálogos indescifrables, sentados sobre una barca al pie de un olivo retorcido. En la barca, como siempre, el mismo nombre: Pilar.
Cordelia mira a su alrededor y siente un dolor en el pecho. Personajes de toda índole, de todas las calañas; sus personajes, sus hijos, creados en una tarde de locura, rescatados de la inexistencia en una noche en la que el sueño era esquivo. A veces la inspiración se presenta dando coletazos de ballena, lanzándola a una locura sin salida. En esos momentos el mundo desaparece y sólo puede escribir. Ella lo sabe, es consciente.
Coloca el candado y echa la llave. Cuando va a retirarse, una mano ensangrentada la agarra por la chaqueta y la estampa contra las rejas.
—¿Por qué no escribiste antes el manual? —interroga agresivo.
—¿Qué manual? — responde perpleja.
—¡El de cómo no torturar a un pobre lector! —grita.
—Lo escribí cuando se me ocurrió, sólo soy una escritora en sus primeros pasos —me defiendo.
—Me habrías ahorrado tanto sufrimiento… —me susurra abatido.
Tiene los ojos inyectados en sangre, dice tener los nervios a flor de piel y alega un cansancio tremendo.
—No te entiendo ¿Qué tal si te explicas mejor? —le digo con evidente esfuerzo, mis dientes están casi pegados a la reja. Su aliento y el mío flotan en comunión.
—No comprendes nada, diletante escritora de pacotilla. Si tú lo hubieses escrito antes, quizá algunos escritores como tú, con plumas de pavo real, se hubiesen dedicado a la siembra de la lechuga o de la patata en lugar de torturarme a mí y a otros que, como yo, amamos la buena lectura. ¿Puedes imaginarte por un segundo lo que es comenzar a leer un relato y ver que no tiene fin? Mis dedos ansiosos juegan con el ratón en un peregrinaje sin frutos, bajan y bajan, pero abajo no hay abismos en blanco, sino palabras y más palabras. Y leo, leo tragándomelas todas, estoicamente. Y cuando he acabado, ¿sabes lo que me ocurre, diletante y ufana escritora de pacotilla?
—No. ¿Qué? —le pregunto intentando respirar.
—¡Que tengo que comentarlo! —Me grita enloquecido. Saliva dispersa de una boca colérica.
—¿Y cuál es el problema? —intento defenderme y aparto la cara, su aliento huele a tiempo perdido.
—¡Que a veces no sé qué decir! — me responde con la mirada triste.
—Pues haz lo mismo que yo —le aconsejo—, te vas al cajón de las palabras que no duelen, las que pesan poco y casi flotan, las que son casi transparentes. Imagino, querido amigo torturado, que sabes que existe ese cajón.
—¡No! ¿Y qué contiene? —por fin me suelta.
Respiro hondo. Otro personaje que se rebela y me planta cara. Desde que leí Niebla, del gran don Miguel, esta situación me persigue.
—Verás, socio, en el paraíso de las palabras hay dos cajones a tomar en cuenta, a saber:
»El de las palabras que pesan.
»El de las palabras vacías.
»Las palabras que pesan son sinceras y carecen de piel, están recubiertas de vísceras y sangre. Éstas es mejor que evites usarlas si quieres mantener las amistades. Porque son palabras que miran directamente a los ojos, no son huidizas, mantienen la mirada. Pero a veces hacen daño, porque con sus vientos huracanados hacen temblar las parihuelas que sostienen esas poesías, esos relatos. Y estos, frágiles desde su inicio, se tambalean.
»Son palabras que a la vez son sentencias; puedes condenar al destierro a aquél que adora la escritura. ¡Cuidado con ellas! Porque pueden romper un alma y desviar un camino.
»En cambio, las palabras vacías son cómodas, ligeras, etéreas, casi transparentes; si las colocas con cuidado sobre un lago podrían incluso flotar. Son fáciles de pronunciar, no comprometen y suelen arrancar una sonrisa. Y si lo que buscas es tener amigos, te aconsejo que utilices éstas últimas. Las palabras cómodas pueden ser un trampolín para el que las lee, pero alentado e inflado saltará y puede ser que abajo no haya agua.
—¿Y no hay un cajón intermedio? —me pregunta más amigable.
—¡Claro que sí! Es el cajón de las palabras esperanzadoras.
—¿Y qué palabras son esas? —Se anima por momentos.
—Ilusión, trabajo, constancia, empeño.
El que todo lo ve y todo lo sabe se acercó lentamente, con las manos tras la espalda. Su gesto no era del todo benevolente, alcé una ceja imaginando que la corona de espinas era la culpable de esa mueca contraída.
—Vaya, vaya, consejos de una creadora. No salí muy bien parado en tu relato “La muerte camina sobre las flores”. Dictador, cruel, y hasta vago. Algo cochino, incluso. Lascivo, ¡y amigo del maligno!
—Licencias poéticas, buen dios, sabes que no creo en ti, para mi eres un personaje más. Aunque he de reconocer que el maligno me divierte más.
En esta agradable charla andábamos cuando vi a todos mis personajes acercarse lentamente a la verja armados de piedras y palos. Las miradas asesinas me advirtieron de que sus intenciones no eran buenas.
Y por una vez en la historia de la literatura, la creadora salió corriendo de allí.
No
sé qué
tienes, que
no me
conozco.
Una
y otra
vez mi
orgullo se
estrella
contra tu
puerta,
esa
que cierras
a cal
y canto,
y
siempre
acabo
escribiéndote
un
poema
con
la escasa
dignidad
que me
sobra.
No
sé qué
tienes, que
contra tus
desaires me
acurruco
y
espero,
como
un perro
apaleado,
simplemente
a
que pase
la
tormenta
y
me adivines
desnuda
bajo la
lluvia
inclemente,
y
maldigo
bajito
este
deseo
que
me patea
las
costillas.
Soy
un saco
de pulgas
apoyado en
tu
baranda.
Hoy
me agarro
a mis
principios
y
me envuelvo
de
silencios,
lamiéndome
las
heridas.
No,
no sé
qué
tienes, que
siempre
amanezco en
tu
orilla,
dolorida
y
humillada...
¿Será
que todos
mis vientos
convergen
en la
esquina de
tu boca?
“Sólo le pido a Dios que tenga piedad
con el alma de este ateo”
Unamuno
He leído cuentos de terror desde que aprendí a leer, a la tierna edad de tres años. Recuerdo nítidamente las interminables y frías tardes de invierno, contemplando lánguidamente la nieve caer tras los cristales empañados, con un relato de terror entre mis rodillas huesudas y despellejadas. ¡Ah! Lúgubres fantasías acudían a mí, a lomos de una nube negra con forma de jorobado; perniciosas elucubraciones sobre los extraños asesinatos acaecidos en los límites del camposanto, crímenes sin resolver; espeluznantes hallazgos de cuerpos desmembrados por una mandíbula humana; leyendas sobre coleccionistas de córneas y buscadores de cráneos, relatos narrados por la propia sombra del asesino; y alguna bella historia de amor de difuntos, escrita a los pies de una cripta y firmada por el rugido de un trueno.
De esos días entrañables recuerdo, especialmente, el aroma a pino viejo del interior del armario de mi progenitor. Cubículo estrecho, decorado con rosas de papel moradas en sus paredes, que parecían sangrar por los pétalos bajo la luz mortecina de una vela. Dentro del armario las voces sonaban cercanas y familiares. Todavía las oigo, incluso ahora que mi reciente cargo de enterrador debería mantenerme ocupado y distraído.
Hijo y nieto de enterradores, mi infancia transcurrió entre ataúdes, ornamentos florales, mortajas, últimas voluntades, panegíricos y epitafios. Atesoro una gran cantidad de ellos y puede parecerte una excentricidad, querido lector, pero algunos me parecen muy hermosos y otros muy adecuados.
Creo, sinceramente, que uno no puede despedirse de la vida a la francesa. Deberíamos personalizar nuestra partida con una frase que nos defina. Que al leerla, el paseante pueda mover pensativamente la cabeza y asentir en un gesto de admiración, “sí, señor, aquí yace un gran hombre”, diría. Una frase escrita al pie de una tumba es como una tarjeta de visita póstuma.
Soy un hombre fuerte, de manos grandes, anchos hombros y frente despejada, pero carente de atractivo físico; escaso en afectos y ducho en algunos temas de los que no suelo vanagloriarme. De luto perpetuo y voluntario, mis ropajes asustan y ahuyentan a las féminas del pueblo; mis modales anticuados las aburren; mis gustos de sibarita les inspiran curiosidad, mas no pasa de ser un interés efímero, pues todo acaba cuando las invito a pasear por los senderos floridos del camposanto. Mi conversación inteligente capta el interés de algunas, pero mis explicaciones versadas sobre temas laborales espantan a casi todas. Así que me hallaba en una especie de impasse amoroso hasta que apareció ella.
Rosalie.
De negro y luna. Cuerpo de mármol y labios de rosas. El cabello de fuego peinado en un recogido alto, con largos y delicados tirabuzones insumisos, que se negaban a permanecer bajo el yugo inmisericorde de unas horquillas con motivos de aves. Pájaros muertos, ensartados en una especie de espada. Este extraño detalle me cautivó.
Y sus ojos, maravillosas incrustaciones de lapislázuli en un rostro níveo, virginal. Rosalie sentía una fascinación por la muerte que me provocaba. Era casi tan peculiar y siniestra como la había imaginado en mis sueños más fantásticos. Hermosa, sensual, culta, provocativa y oscura. Flamígera entre mis sábanas; soñadora y lejana tras los cristales nevados; impávida y abismal durante los entierros.
Comencé a frecuentar su casa. Primero algunos días espaciados, luego me quedaba a dormir. Podía deambular libremente por todas las estancias, con una sola condición: no franquear jamás el portón del sótano bajo ninguna circunstancia. Pero esa puerta de madera finamente labrada, con una empuñadura de plomo en forma de falo masculino, llamaba poderosamente mi atención. En mis sueños me veía agarrando ese miembro enorme y golpeando la madera con saña, y el estruendo producido hacía temblar las paredes de la casa.
Una noche, tomando el té, le pregunté por el motivo de tanto misterio, a lo que respondió que no existía ningún secreto, sólo una intimidad reservada.
—Hay puertas infranqueables, querido Oscar. Quizá no te gustaría lo que hay dentro de ese cuarto. — Y rió francamente.
Un secreto que se agazapa tras una puerta cerrada es, para un devorador de historias de terror, como las sustancias florales para las abejas, como un faro luminoso entre las brumas para un barco perdido, como el perfume de jazmines en el cuello interminable y bello de una mujer hermosa. Es perfecto e irresistible.
Mis noches de vigilia transcurrían con los ojos clavados en la ventana, observando el parpadeo rutilante de las estrellas, llegando paranoicamente a pensar que los astros se dirigían a mí en código Morse. Y durante el día me obsesionaba cavilando sobre las oscuridades abismales que habitaban tras esa prohibida puerta de madera.
Pero repentinamente las voces callaron y durante algún tiempo me olvidé del misterio y disfruté del amor apasionado de Rosalie.
Transcurrían las tardes apaciblemente, sentados muy cerca de la chimenea, al calor del fuego, escuchando a Mozart y bebiendo licor de cerezas. Cómodamente en mi butaca, con ella sentada sobre mis piernas, acariciaba sus muslos blancos y sedosos por debajo del vestido, mientras ella me leía con la voz rota y sensual algún relato de Poe.
Rosalie contaba con una excelsa biblioteca, muchos de esos volúmenes pertenecían al género de terror, entre los que se encontraban algunos de mis autores preferidos.
Mary Shelley, W. W. Jacobs, Maupassant, Thomas Burke, Agatha Christie, Dickens, Graham Greene, Conan Doyle, De Quincey, Lovecraft..., y Poe. Aunque llegados a éste punto, nuestro agradable coloquio civilizado acababa siempre en acalorada discusión. Rosalie resultó ser una defensora fiel de Sir Arthur Conan Doyle, médico en la vida real y gran maestro de los relatos detectivescos. Me contaba, con toda suerte de detalles, la historia de Irene Adler, la fabulosa dama que puso en jaque la inteligencia del gran investigador Sherlock Holmes. Por mi parte, yo apelaba a la brillante inteligencia del gran maestro del terror, Edgar Allan Poe, autor del poema El cuervo, padre y creador de los relatos policiales. Por otra parte —le recordaba con suma dulzura—, las obras policiales de Poe, protagonizadas por el detective Auguste Dupin, fueron terreno abonado para escritores posteriores de este género. Todo un mundo de literatura ha brotado de aquella semilla plantada por este gran genio del terror. Después acallaba su verborrea ofuscada con un beso apretado y un poema de Lord Byron.
¡Ay! Pero las voces volvieron, primero susurrantes y más insistentes que nunca después.
Era yo casi un niño cuando comencé a escucharlas. Al principio las oía vagamente, mezcladas entre el ulular del viento. Después llegaron de forma mucho más nítida. Una era tranquilizadora, la otra no, la otra era sincera y me contaba las conspiraciones que se urdían contra mí. Casi siempre he hecho caso de las voces. Y ahora esa voz me hablaba de Rosalie..., la voz sincera.
Mi imaginación cabalgaba de forma descontrolada. Rosalie, bella y ausente. La soñaba despierto, en los brazos de otros hombres, retorciéndose bajo sus cuerpos, gritando de placer al ser penetrada violentamente por ellos. También la imaginaba desnuda, apoyada en la puerta prohibida con el cabello rojo flotando encendido y los ojos llameantes, sinuosa y lasciva. ¡Maldita!
Estos pensamientos me sumían en la locura, y empequeñecía cada día un poco más a su lado. Ella, en cambio, era insaciable. Buscaba mi cuerpo a todas horas, sus uñas rojas escalaban mis piernas hasta coronar mi miembro viril, que temblaba ante su urgencia desaforada. El brillo lascivo de sus ojos era un constante recordatorio de la muerte breve. Perdí mucho peso, pues sus manos afiebradas no permitían mi huida de la cama a la despensa, así que dejé de comer. Perturbado y tembloroso, deambulaba por la casa a obscuras cuando ella dormía, para airear mi aliento a besos y beber algo de agua fresca. Pero en el último sorbo su lamento de sirena hambrienta me reclamaba a su lado en el lecho, aún caliente, y yo, como un esclavo, acudía presto y enamorado.
Las pesadillas más espeluznantes regresaron a mis noches inquietas.
Y las voces. La voz.
Rosalie me miraba preocupada y solícita, pero yo sabía que me estaba engañando.
Un sueño recurrente:
“Mis piernas parecen de cemento pesado mientras cruzo un río de barro entre tumbas profanadas. Hay flores quebradas entre cristales de retratos rotos, calaveras grisáceas que parecen sonreírme mostrando unos dientes provocadores, y la lluvia incesante entre el aparente silencio de los muertos. Unas manos me empujan a seguir hacia delante, mas las piernas se me doblan incapaces de continuar. Al final del barro comienza un pasillo obscuro, que se estrecha a medida que avanzo, cada vez más, hasta que al final casi no cabe mi cuerpo endeble. Empujo la puerta, que para mi sorpresa está sólo entornada, y me adentro en una estancia iluminada con velas. Allí, sobre una mesa alargada reposa un ataúd abierto. Dentro del féretro, un hombre con un falo diminuto me observa con lástima. Un terror irracional comienza a devorarme las paredes del estómago. Quiero gritar, mas de mi boca sólo salen telarañas”.
Esta pesadilla me asaltaba noche tras noche. Durante el día me paraba ante la puerta y pegaba el oído, intentando escuchar el latido del secreto.
SILENCIO.
Una noche mi propio alarido me despertó de la pesadilla. Tembloroso y empapado de sudor, miré a Rosalie. Un relámpago iluminó su rostro pálido y vi que dormía plácidamente. Mi curiosidad era ya insoportable, así que tomando una palanca de hierro y una lámpara de mano salí al pasillo. Lo crucé lentamente, esta vez sin dificultad alguna, y al llegar a la puerta me dispuse a girar el pomo, casi seguro de que estaría cerrada bajo llave, ¡pero cuál fue mi sorpresa cuando cedió suavemente sin apenas tocarla! Sin respirar, y acallando los atronadores latidos de mi corazón, iluminé la estancia, ¡y allí estaba! Igual que en mis sueños, el cajón de madera descansaba sobre una mesa alargada, cubierto de flores frescas. Las voces me aconsejaron marcharme de allí corriendo, pero mi insaciable, mi devoradora curiosidad me infundió el aplomo necesario y, tomando la palanca, me dispuse a abrir el féretro. Tan grande fue la fuerza empleada, que éste cayó pesadamente estrellándose contra el suelo, ante mis pies. ¡Jamás mis ojos olvidarán lo que vieron entonces! ¡Un cadáver, en avanzado estado de descomposición se aferraba con las uñas a la madera en un intento desesperado de escapar! Los ojos le colgaban fuera de las órbitas mirándome desde las mejillas hundidas y el rigor mortis había fijado la expresión de la boca de una forma espantosa, abierta en un extraordinario grito de terror.
¡Era yo mismo!
Caí de rodillas riendo a carcajadas.
Y las voces rieron conmigo.
Érase
un campo
de
amapolas,
érase unos
labios
inhóspitos,
un
invierno
desolado,
un
tiempo
vacío,
un
impasse,
un
silencio,
un
hueco
frío,
un
amanecer
helado,
un
abrazo
inexistente,
érase
un campo
de
amapolas.
Imagino que todos somos conscientes de la paciencia generosa de aquél que nos lee, así que por favor, evitemos torturarlo innecesariamente. Los foros literarios enganchan, son extrañamente adictivos. Pensamos que todo es merecedor de ser narrado, y nos lanzamos a la aventura de manera ilusionada y acabamos adornando y divagando sin medida. No empatizamos con ese pobre lector, que, sin escapatoria, no tiene más remedio que leernos por la amistad que nos une. Y allá va el pobre a leer ese relato infumable, esa poesía críptica, ese desvarío indescifrable, armado de mucha paciencia, con la esperanza de que pese a la longitud interminable del escrito, éste al menos resulte interesante.
Evitémosle ese sufrimiento innecesario.
Sugerencias:
Apague el ordenador y váyase corriendo a la calle. Si su edificio tiene escalera de emergencia, mucho mejor, ahorraremos tiempo y tentaciones. ¡No mire atrás! Una vez en la calle, respire hondo, pero, al hacerlo, evite las metáforas o las alegorías, nada de pensamientos almibarados del tipo: “y ahora lleno mis pulmones del suave aliento matutino del dios Eolo, fragante perfume a rosas recién cortadas...”. ¡No! Sólo es aire altamente contaminado ¡Nada más!
Si ha traído su libreta de anotar detalles dignos de inmortalizar ¡Tírela! Después, con todos esos detalles maravillosos querrá usted escribir un relato y es precisamente eso de lo que intentamos huir. No tome asiento en un banco para deleitarse con los tonos cambiantes de la tarde, ni observe la sutil caída de las hojas, ésas delicadas almas doradas que van a morir al barro, pues corre el peligro de ser partícipe de los besos interminables de una parejita enamorada, y eso es decisivo a la hora de querer evitar un relato de amor.
Sea cruel consigo mismo, castíguese, revuélquese en el barro del auto castigo personal. No evite los dispersos restos calientes provenientes del esfínter de un perro de moral casquivana y aturdida. Huela el aire corrompido, que ya no pertenece al pecho del dios Eolo, sino más bien a cierta parte de su anatomía nada romántica ni digna de destacar en un relato que se precie. Castíguese para evitar el romanticismo.
Si frente a usted el cielo explota en un baile loco de colores, ¡Ni lo mire! Olvídelo. Nada peor para el pobre lector que pasarse diez minutos de su vida leyendo la descripción detallada de un cielo vestido de colores imposibles, cursi a más no poder, vomitivo hasta límites insospechados.
Imagínese a ese pobre lector resignado y aburrido, pensando en qué comer o qué beber al mismo tiempo que intenta, con evidente esfuerzo y considerable valentía, acabar su relato para después dedicarle unas meditadas y sutiles palabras que no duelan demasiado.
No imagine una situación digna de ser plasmada cada vez que ocurre algo inusual.
Por ejemplo:
Si pide comida china y advierte un brillo extraño en los ojos del chino portador de las viandas dirigida hacia su animal de compañía, que casualmente es un lindo gatito, no crea que hay una mafia detrás de todo esto. No imagine una red alimentaria tras este pequeño incidente. Seguramente el pobre chino tendrá gatitos en la trastienda de su restaurante a los que da de comer de forma solidaria, sin otro fin que alimentar sus sentimientos más altruistas.
No busque tampoco elaborar un triste relato de esa mirada lagrimosa de la vecina del cuarto piso, que tirando la basura esconde un moratón en su ojo derecho. Posiblemente haya sido causado solamente por su torpeza con la manipulación de puertas insolentes que se abren hacia fuera, y no al contrario.
Y, por favor, deje usted de pensar en narrar la vida política de su país tan sólo con la ayuda de ese pobre abuelito al que ayuda piadosamente a cruzar la calle. Ancianito que, de forma lapidaria le informa ilustrativamente de que “todo esto antes era campo”, o afirma, de forma contundente y melancólica, que “con Franco esto no pasaba”. Busque todo tipo de informaciones fidedignas, documentadas, contrastadas.