
La Secta del Alquimista
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My Daniel Recha
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La Secta del Alquimista
Copyright 2010 by Daniel Recha
En Haëndel la vida volvió a la normalidad cuando las Tierras Draconas fueron destruidas. La tecnología era muy avanzada, las máquinas apenas se distinguían de los humanos en inteligencia y los avances científicos eran impresionantes. Por ejemplo, podía ya curarse cualquier enfermedad con un alto porcentaje de éxito. Pero siempre hay gente que quiere ir más allá, buscando lo que todos los seres humanos anhelan: la inmortalidad; algo que podría estar al alcance de las personas gracias a la tecnología.
En las afueras de Helgurb, la capital de Haëndel, había un laboratorio que se creía abandonado. Allí una organización secreta preparaba una nueva era, la Witch’N’Go Corporation. Más que un laboratorio, era una secta de seguidores de la religión Dracona, cuyos venerados dioses eran los cuatro dragones elementales. A pesar de que las instalaciones habían sido el pabellón de prácticas médicas de la Universidad de Helgurb, la tecnología que allí se usaba era bastante adelantada a la época. Su principal propósito era crear la raza de dragones más perfecta del mundo, unos dragones que sembrarían la destrucción en Haëndel, que dominarían todos los elementos y que, para colmo, serían inmortales.
Cuando el joven Hörmis terminó la carrera de químicas, entró a trabajar en dicha organización como aprendiz de alquimista. Desconocía aquel mundo y los propósitos de la empresa, pero necesitaba el dinero. Su familia había gastado todo en pagar sus estudios, pues había tenido que trasladarse a la ciudad, porque procedía de la aburrida y pequeña región de Handur, considerada la menos poblada y desarrollada de los pueblos de Haëndel.
Hörmis había salido de su casa, que había alquilado con otros tres compañeros de la facultad, al este de Helgurb, y se presentó en aquel pabellón que por fuera parecía en ruinas. Incluso se podían apreciar roedores correteando por el suelo. En su primer día de trabajo llevaba puestos unos pantalones de vestir beige y un jersey de color rojo, todo ello debajo de una reluciente bata blanca de laboratorio. Mientras se acercaba a la gran puerta que le separaba de su primer empleo, lo primero que le vino a la cabeza fue: «Vaya condiciones que tiene este laboratorio. Espero que aquí no fabriquen fármacos».
Una vez dentro todo apareció distinto. No tenía nada que ver con el aspecto ruinoso del exterior. Estaba completamente limpio y lleno de máquinas relucientes y tubos de ensayo gigantes, con diferentes fluidos. En el recibidor había una mesa detrás de la cual se hallaba el conserje, un hombre bastante gordo que dedicaba el día a estar sentado esperando a que pasara alguien por allí. Llevaba puesto un uniforme de color azul con el distintivo de una empresa de seguridad. Al cinto se le veían una porra y unas esposas. Tenía el pelo grisáceo y era medio calvo. En ese momento se estaba comiendo una hamburguesa, así que preguntó con la boca llena:
—Señor, ¿puedo ayudarle en algo?
—Vengo por una oferta de empleo que colgaron en el tablón de mi facultad —dijo Hörmis.
El conserje levantó la mano en sentido vertical mientras tragaba el bocado que tenía en la boca.
—Bien. Cruzas esa puerta de allí, sigues el pasillo y al fondo —dijo simplemente para después darle otro bocado a su grasiento y delicioso almuerzo.
Hörmis siguió las indicaciones del guarda de seguridad y llegó a un pasillo con puertas a los lados. Eran de acero, tenían todas una ventana de cristal y estaban numeradas. Una goma azul recorría el suelo del pasillo, las paredes eran de color ahuesado y había fluorescentes tubulares repartidos por todo el techo. La puerta que tenía enfrente era distinta, pues era blanca y había en ella un letrero que decía Flamingo Reich, Responsable de proyecto. Tras llamar a la puerta se oyó desde el otro lado:
—Adelante.
—Buenos días. Venía por el puesto de trabajo —dijo Hörmis tras abrir la puerta.
—¡Hola Hörmis! Bienvenido a Witch’N‘Go. Soy el señor Reich, y soy el responsable del proyecto Drache, proyecto al que pertenecerás desde hoy mismo —dijo aquel señor, que tenía el pelo rubio y alguna que otra cana, pero con una barba completamente blanca.
—Y ¿en qué consiste? ¿Cuál es mi misión? —dijo con ligera timidez.
—Tu misión a partir de hoy es dar vida a la criatura más perfecta jamás creada: un dragón —dijo Flamingo con tono orgulloso.
—¿Un dragón? —preguntó el chico— ¿Cree usted en esas criaturas? Yo solo las he visto en libros, películas, videojuegos. Tal vez existan, pero…
—No es que crea, es que sé que existen o por lo menos existían. Hace treinta años tuvo lugar un avistamiento justamente aquí. Algunos de ellos realizaron un ataque con 132 víctimas mortales el año que me gradué en la misma carrera que tú, y en la misma universidad. Yo fui uno de los heridos leves, aunque todavía tengo las cicatrices de aquel atentado, que es como lo definieron entonces —dijo mientras se levantaba de la silla y caminaba de un lado a otro por el despacho—. Pero eso ahora no importa. Después de aquellos sucesos, empecé a estudiar draconología, por mi cuenta. Conseguí acceder a unos documentos de Shamat, un escritor que se hizo famoso por sus locas historias cuya veracidad se demostró justo cuando murió. Fue una de las víctimas del ataque de hace treinta años. Precisamente sucedió cuando él mismo daba el discurso de fin de carrera. En aquellos escritos encontré la inspiración para dar con uno de los hallazgos más importantes del proyecto. Se trataba de unos documentos firmados por una tal Luthia en los que se aseguraba que la mágica sangre de un dragón, en grandes cantidades, puede convertir a cualquiera en un dragón. Tras mucho esfuerzo conseguí una pequeña muestra de sangre seca. Tuve que hacerme pasar por médico para conseguir una diminuta biopsia de un chico llamado Yonath. También es famoso: es el nieto de Shamat; y es el mejor amigo del Duque de Handur. Tras analizar aquel tejido con sangre de dragón, me di cuenta de que contaba con una cantidad de células madre impresionantes. Además su composición era muy similar a la tinta que puede llegar a usar una impresora o un bolígrafo, por lo que he deducido que se podría crear un dragón a partir de ella, un dragón de pequeño tamaño, pero de gran estatura.
—Pero ¿qué sentido tendría crear un dragón? —preguntó Hörmis intrigado.
—Con un dragón en nuestro poder, reconstruiríamos las tierras de Alandir, e incluso dominaríamos la Humanidad —dijo Flamingo mientras sonreía.
—Podría ser algo peligroso —replicó Hörmis, rascándose debajo de sus gafas redondeadas.
—No. Además no estamos creando un dragón normal, estamos creando uno cuya sangre proporcione la inmortalidad, estamos creando el primer Uróboros, el dragón del ciclo.
—No negaré que me impresiona, pero realmente necesito este trabajo —dijo el chico.
—Pues entonces no se hable más. Te enseñaré las instalaciones —le contestó el señor Reich mientras andaba hasta la puerta. Justo después de abrirla dijo: —Pasa tú primero —el chico hizo caso a su nuevo jefe y recorrieron juntos el pasillo—. Bueno, como ves son todo laboratorios, y dentro de la mayoría de ellos se trabaja en el proyecto Drache. Otros realizan sueros especiales.
A lo lejos se veían unas escaleras, y Hörmis preguntó:
—Y esas escaleras ¿a dónde llevan?
—Llevan a un área de máquinas restringida. Digamos que es el depósito donde se almacenan los especímenes creados o encontrados. Era una antigua morgue en la que se depositaban los cadáveres destinados a la ciencia —dijo Flamingo Reich con un tono escalofriante—. Bueno, tu laboratorio será este, el número ocho.
Y tras la puerta apareció un laboratorio gigante con tubos de ensayo por todas partes, equipos portátiles de informática, cientos de sustancias y otros equipos de laboratorio, como microscopios con una precisión atómica, centrifugadores y mecheros Bunsen para calentar las mezclas. Al fondo, junto a los ordenadores portátiles, se encontraban dos científicos que serían los nuevos compañeros de Hörmis. Llevaban una bata blanca de laboratorio con el logotipo de la empresa: una especie de sombrero de bruja debajo del cual había escrito Witch‘N’Go. Uno de los científicos era rubio, mientras que el otro era moreno, y ambos vestían pantalones vaqueros.
—Te presento a tus nuevos compañeros, Demise y Grakò —dijo mientras estos se levantaban para saludar a Hörmis.
—Demise, Grakò, este es Hörmis, vuestro nuevo compañero. Se acaba de graduar en la Universidad de Helgurb con unas excelentes calificaciones. A partir de hoy trabajará con nosotros en el proyecto.
—¡Hola, buenas! Encantado de conocerte —dijo Demise, el chico rubio, mientras estrechaba la mano a Hörmis. Después se volvió a sentar, pues estaba revisando unos documentos que había recibido sobre una especie de dragones desconocida en Alandir.
—Así que tú eres Hörmis… Encantado de conocerte yo también. Estoy deseando trabajar contigo en la sangre de dragón —dijo Grakò justo antes de acercarse al microscopio para analizar algunas biopsias extraídas a dragones muertos.
—Bien, pues todo aquí está dicho. Ese es tu ordenador. Puedes llevártelo a casa si quieres y seguir investigando allí, para algo es portátil. Tengo que irme a una reunión con nuestro patrocinador, el conde Noc —dijo Flamingo mientras se marchaba por la puerta.
Hörmis se acercó a sus nuevos compañeros. Estaba un poco extrañado, ya que no conocía nada sobre dragones y alquimia.
—Hola chicos, parece que ahora vamos a ser colegas —dijo mientras se agarraba sus dos manos—. ¿Podéis ponerme al día?
—Sí, por supuesto —dijo Demise sin dejar mirar los documentos—. Grakò, por favor…
—Descubrimos que la sangre de dragón es rica en ADN, e incluso encontramos sulfuro de mercurio en la muestra. Es bastante inquietante, ya que su composición es similar a un tipo de tinta roja usada en tatuajes —dijo Grakò contemplando la muestra con más detalle en el microscopio—. De ahí podemos sacar el truquito que realizó Catharmad, según se explica en un manuscrito de Michelière, antiguo profeta y alquimista de la época medieval —y comenzó a recitar solemnemente—. Dragones lucharon a muerte en una cruenta batalla que duró días, en la que murieron tres de los cuatro dioses a manos del dios del fuego, el dragón rojo. Este convirtió la sangre de dragón en tinta, tinta que sería derramada por todas las tierras de Alandir. Impresionante. Solo leer un párrafo de este autor me pone los pelos de punta, es un auténtico profeta —se levantó entonces y se alejó del microscopio—. Bueno, y tú ¿qué sugieres? El señor Reich dice que eres bueno…
—Déjame echar un vistazo —Hörmis se acercó al microscopio quitándose al tiempo las gafas. En él vio unas moléculas secas, de color rojo cercano al negro—. Así que esto es la sangre de un dragón… Similar a la tinta, pero estas moléculas difieren del resto. La verdad es que la biología no es lo mío, no la toco desde aquellos días frustrantes de bachillerato… —dijo mientras separaba el ojo de la lente del microscopio— ¿Se han realizado pruebas de ADN de la muestra? —preguntó interesado.
—Sí, fue lo primero que se realizó —dijo Demise mostrando el informe en la pantalla de su ordenador—. No coinciden con ninguna especie animal conocida. Contiene cromosomas comunes con aves y con reptiles.
—¿De dónde procede la muestra? —preguntó Hörmis.
—El jefe dice que fue extraída de una persona llamada Yonath, un informático que parece ser era descendiente de Shamat, el escritor de La leyenda de Catharmad, el alma del dragón.
—Según dicen es un libro bastante popular —dijo Demise mientras sacaba el libro del cajón—. Deberías leértelo
—¿Sabéis una cosa? Yo no entiendo de alquimia, pero creo que esto puede ser divertido —dijo Hörmis al coger el libro de Demise.
Aquel día Hörmis llegó cansado a casa, pero tenía que ponerse al día sobre el proyecto Drache. Había empezado a leer La leyenda de Catharmad en el metro. Le estaba gustando bastante, aunque hay que decir que ese no era su tipo de libro. Fue a su habitación y enseguida sacó de su mochila el portátil que le había asignado la empresa y la novela. Durante horas estuvo leyendo hasta que llegó al punto de la narración en la que se celebra el llamado Festival Híbrido. Allí se dio cuenta de algunos datos importantes para la investigación.
—Los dragones híbridos son justos, proceden de la sangre de los Corargath y de los Kharzul —dijo Hörmis para sí—. Dragón de agua y dragón de fuego al mismo tiempo… Interesante. Tiene que haber algo que se nos está pasando a todos, algo en lo que no hayamos caído hasta ahora. Miraré en Internet.
Accedió a un buscador y tecleó la palabra «dragones». En el ordenador aparecieron varios resultados entre los que destacaban: Luthia, autora de Los dragones y la arqueología; Leyendas sobre Catharmad, La tierra de Alandir; Shamat, un loco cuerdo y El blog de Dragnath.
Hörmis eligió la primera opción y pronto pudo leer:
Luthia realizó un estudio completo de la forma de vida de los dragones. Ella demostró la teoría evolutiva de los dinosaurios y posteriormente de otras criaturas marinas diversamente evolucionadas, especies perdidas que fueron antepasados de los dragones.
Pinchó sobre especies perdidas y siguió leyendo:
Una raza derivada del viento y la tierra con capacidades para volar y diversos colores, diferentes a los Corargath. Esta raza se cree extinta debido a que no aceptaron el pacto de Alandir. También son conocidos como dragones heráldicos, o los Wyvern.
«Esta raza no la conocía, pensó Hörmis, ni siquiera aparece en el libro».
La palabra Wyvern le llevó a la siguiente definición:
Dragones europeos. Fueron avistados algunos ejemplares en el nordeste de Europa, sobre todo en grandes cavernas de las montañas. Se trataba de seres bastante tontos, llevados por sus propios impulsos, ya que proceden de la familia de los Volphan, dragones de viento. Se podían aliar con dragones malvados.
—Cabe la posibilidad de que este sea el dragón que están buscando —dijo Hörmis en voz alta—, pero se referían en concreto al Uróboros…
Introdujo entonces en el buscador la palabra «Uróboros».
Dragón que se muerde la cola. Puede ser el símbolo de un ciclo de destrucción y creación. Se relaciona con la alquimia y con la resurrección. Algunas leyendas de la región de Hirú le consideran la llave de una nueva Alandir y se le relaciona con Togril, alquimista y hechicero medieval que, según la leyenda, vendió presionado su alma a Algonos para viajar a la Tierra del Dragón.
—Tengo que investigar esto de Togril y Algonos.
El buscador de Internet enseguida le dio resultados:
Algonos y el inframundo.
Se le tiene por el ser más cruel del Universo, aquel que solo desea un mundo muerto y tenebroso. considerado la antítesis de los dioses dragones.
Cuenta la leyenda que poseyó a un anciano mago y alquimista horas antes de que este pudiera ser ejecutado por brujería.
Lectura recomendada: La tierra del dragón, de Elessare.
«Mañana iré a la biblioteca después de salir del trabajo», pensó Hörmis mientras bostezaba. «Ya es demasiado tarde y estoy muy cansado; durante todo el tiempo que dedique a ponerme al día tendré una vida muy intensa, así que descansaré por hoy» y apagó el ordenador. Acto seguido, destapó las sábanas de su cama y se acostó.
Aquella noche tuvo pesadillas con dragones. En su sueño, estos invadían Haëndel. El cielo lucía un tono crepuscular, cientos de dragones de diferentes razas lo poblaban, todos disparaban bocanadas de fuego hacia los grandes rascacielos de la capital de Haëndel, Helgurb. Había víctimas inertes en la calle empapadas de sangre y con la ropa desgarrada, gente corriendo y pisando los cadáveres. En lo alto estaba el dragón más grande de todos, de color rojo, con algunas escamas amarillas brillantes como el oro. Se veía un jinete a lomos del poderoso dragón. Hörmis supuso que la montura era Catharmad, pero al hombre no se le veía la cara.
Despertó con una palpitación muy fuerte tras aquella secuencia en la que todo le parecía familiar, como si ya hubiera estado allí algún día. Se levantó para ir a la cocina y tomó un vaso de agua del grifo en dos tragos.
Continuó con su descanso hasta que muy temprano sonó el despertador. Tras desayunar unas tostadas con café, cogió sus cosas y se fue al trabajo en el metro, que a esas horas estaba lleno, por lo que tuvo que quedarse de pie durante todo el trayecto. Mientras tanto iba repasando las teorías de la noche anterior. En la mano llevaba el libro sobre los dragones.
Al llegar al laboratorio clandestino se dio cuenta de que nada había cambiado respecto al día anterior. El conserje tomaba un copioso desayuno mientras él caminaba hacia el laboratorio ocho, donde todavía no había nadie. Sacó el ordenador de la maleta especial para portátiles, limpió una de las mesas con la manga de su camisa mientras con la otra mano sostenía el equipo informático. Lo dejó en la mesa ya más o menos limpia, levantó la pantalla y lo encendió. Mientras se cargaba el sistema, se puso la bata de laboratorio y luego se sentó por fin en su mesa.
Unos minutos después apareció Grakò, malhumorado y con cara de cansado.
—Malditos atascos los que se dan aquí en Helgurb, todo lleno de obras y de coches. Voy a tener que comprarme una moto, porque el coche… es horrible.
—Por eso yo me vengo en el tren —dijo Hörmis.
—¿El tren? —preguntó Grakò arisco, pero con ironía—. Eso es claustrofóbico, si no puedes ni entrar dentro del vagón…
—Es cierto que vas muy apretado, pero por lo menos no te tragas el atasco. Por cierto, ayer estuve investigando. Tengo el presentimiento de que esto no va a salir como esperábamos —dijo Hörmis, cambiando el tono desenfadado por el de preocupación.
—¿Por qué crees eso? —preguntó Grakò.
—Anoche tuve como una especie de sueño que me dio muy mala espina. He estado dándole vueltas esta mañana y no he encontrado más que inquietud —dijo Hörmis mientras se desperezaba en la silla—. Además, si es cierto que don Flamingo estuvo en los atentados de hace treinta años y los describen tan terribles, ¿por qué querrá resucitar a los dragones?
—No lo sé —contestó Grakò—. Puede que tenga algún asunto con ellos o algo parecido.
Sonó la puerta.
—Adelante —dijo Hörmis
Acto seguido entraron Flamingo y Demise.
—¡Buenos días, muchachos! —dijo el señor Reich.
—¡Buenos días, señor Reich! —contestaron Grakò y Hörmis.
—Quiero novedades. ¿Qué habéis investigado?
—Se demuestra su teoría de la marca del dragón —dijo Grakò enseñando unos informes manuscritos—, aunque nos gustaría ratificar eso con otros Tebori Súrion…
—El conde quiere resultados. Espera al Uróboros, lo ansia, lo quiere, lo ama; y yo también.
—Entonces tráiganos a Yonath y al duque de Handur. Ellos han tenido contactos con dragones y llevan las marcas en sus hombros —dijo Demise mientras colocaba su ordenador en la mesa y preparaba sus informes.
—Es muy difícil traer a esas personas —protestó Flamingo—. Son gente prestigiosa, con empresas y muy bien asentadas, algo que no ocurre con nosotros. Y uno de ellos encima es de sangre azul. ¡Es imposible traerlos a la fuerza! —y golpeó la mesa haciendo saltar todo lo que había encima de ella.
—No necesariamente hay que traerlos a la fuerza. Podemos invitarlos a venir por otros métodos —dijo Hörmis levantándose de su silla para caminar hacia el señor Reich—. Recapitulemos. Somos una empresa supuestamente farmacéutica. Todas las empresas de hoy en día necesitan un sistema informático. Nosotros tenemos uno. Ellos tienen uno. Todo el mundo los tiene. Podríamos fingir que contratamos sus servicios.
—De todas formas, no creo que solucionemos mucho con eso por el simple motivo de que si es cierto lo que dice en este libro de Luthia, la arqueóloga, cuando un dragón muere, desaparece la marca del Tebori Súrion dejando una fea cicatriz. El periodo de extinción de la tinta-sangre es de unos cinco días —leyó Grakò directamente del libro de Luthia para demostrar sus propias palabras—. Lo que tenemos aquí es una biopsia de una cicatriz y no de un Tebori Súrion. Estamos en las mismas. Aunque es cierto que contiene ADN, no creo que sea suficiente para crear una fiera de veinte metros —dijo exponiendo toda su investigación claramente.
—Tienes toda la razón. Por eso he mandado un equipo a los países nórdicos de Europa. Alguien afirma haber encontrado fósiles de dragones de la época Vikinga.
—Eso podría darnos más información —dijo Grakò.
—De todas formas, lo más probable es que sean los dragones Wyvern. Si es así no vamos por muy buen camino, debido a que estos no formaron parte de Alandir, aunque siguen siendo dragones, a pesar de todo —dijo Hörmis mientras se rascaba la barbilla.
—Bueno, creo que vamos a hacer una cosa —propuso el señor Reich—. Vamos a llamar al informático y preguntarle por los dragones. Hörmis, como la idea ha sido tuya, deberías llamar tú
—De acuerdo, don Flamingo —dijo Hörmis.
Se acercó entonces a su ordenador para buscar el teléfono de IT RYU. «Estas empresas grandes tienen unas páginas web muy enrevesadas. No encuentro el teléfono…» pensó.
—Contacta con nosotros… Teléfono, aquí estás —dijo Hörmis en voz alta mientras lo apuntaba en un papel especial para notas. Acto seguido se acercó a una mesa del laboratorio donde estaba ubicado el terminal telefónico, y marcó el número.
—Gracias por contactar con IT RYU, enseguida le atenderemos —dijo un contestador automático. Posteriormente una operadora atendió a Hörmis:
—IT RYU, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, buenas. ¿Podría pasarme con el presidente ejecutivo de la empresa? —preguntó Hörmis de forma amable.
—Lo siento señor, pero el presidente no recibe llamadas —dijo la operadora de la forma más comprensiva posible —. Si quiere puedo pasarle con un departamento superior, pero lamentablemente no es posible procesar su petición.
—Verá, es que soy de una empresa farmacológica y me gustaría contratar una aplicación de gestión a medida. Para ello quería concertar una cita con el presidente de la empresa —insistió Hörmis.
—Si quiere puedo pasarle con un departamento comercial que valore un presupuesto — dijo la operadora haciendo su trabajo.
—Pero es que es muy importante que sea el presidente. Somos una gran empresa formada por cientos de empleados y queremos concertarle una cita. Además, mi superior es un antiguo amigo de su jefe.
—Señor, yo no le he dado nada, pero llame a este mismo número terminado en 1010. Es la línea de don Yonath —dijo por fin la operadora en voz baja para que no la oyera nadie.
—Pues muchas gracias, señorita —dijo Hörmis.
Y acto seguido colgó el teléfono para marcar el número con la extensión correcta. Tras tres tonos, alguien cogió el teléfono.
—¿Yonath? —preguntó Hörmis.
—Sí, soy yo, ¿quién me llama?
—Mire, soy Hörmis. Le llamo de unos laboratorios farmacéuticos. Estamos pensando en contratar con ustedes unas aplicaciones a medida, así como el mantenimiento de las mismas.
—Me parece muy bien, pero para eso debería usted de contactar con el departamento comercial —dijo Yonath.
—Pero es que mi superior quiere hablar con usted. Está dispuesto a pagar el doble por la aplicación con la condición de que haga usted de comercial —dijo Hörmis de una forma mucho mas persistente que con la operadora de antes.
—Veremos qué puedo hacer. Creo que tengo mañana libre. Pueden pasarse por aquí y hablamos de las condiciones.
—El caso es que necesitamos que usted venga aquí y conozca las instalaciones para hacer un análisis de la aplicación in situ —insistió Hörmis.
—De acuerdo, allí estaré —contestó Yonath.
Inmediatamente después de que Hörmis colgara el teléfono, el señor Reich preguntó impaciente:
—¿Qué te ha dicho?
Hörmis suspiró.
—Me ha costado mucho, pero lo he conseguido. Mañana estará aquí en el laboratorio —dijo aliviado.
—Perfecto. Pues hay que prepararlo todo —Flamingo bajó las escaleras hacia el almacén del sótano y de allí sacó una figura de goma semiarticulada de un dragón azul con cara de fiero, a la par que de simpático. Tenía el tamaño de una impresora, púas de color blanco ligeramente manchadas de rojo sangre y una cola enroscada en forma curva, también con púas. Colocó aquel dragón en su mesa justo a la derecha del escritorio. Y guardó bajo llave las evidencias de la clonación hasta que llegara el momento de ejecutar el experimento.
Mientras don Flamingo preparaba su estrategia, Hörmis, Demise y Grakò seguían investigando.
—Según este informe de la arqueóloga y draconóloga Luthia, el periodo de incubación varía entre doce y veinticuatro meses, dependiendo de la especie —dijo Demise mientras lo anotaba.
—¿Tendremos que esperar todo ese tiempo para poder ver el fruto de nuestro trabajo? —preguntó Grakò consternado— Tiene que haber alguna manera de acelerar el proceso…
—El caso es que si no tenemos suficiente material genético, no creo que hagamos nada. Vamos, digo yo —dijo Hörmis mientras se rascaba la barba de tres días que le salía del mentón—. Bueno, a decir verdad yo no sé mucho de genética. Me han contratado solo para fórmulas químicas —aclaró.
Aquel día lo dedicaron sobre todo a preparar la reunión con Yonath, cuya aparición en los laboratorios esperaba Flamingo contando las horas. Fue una jornada agotadora, así que aquella noche Hörmis llegó reventado a casa y decidió irse directamente a la cama. Sabía que mientras no consiguieran la creación de un dragón, el trabajo sería más duro progresivamente. Esa noche no tuvo tantas pesadillas como el día anterior, aunque no conseguía quitarse de encima el presentimiento de que algo peligroso iba a suceder.