Excerpt for Agua by Édgar Adrián Mora, available in its entirety at Smashwords

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AGUA

Édgar Adrián Mora




Colección / Collection

Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 008


Primera edición electrónica: agosto de 2011

First digital edition: August, 2011


Publicado por Tártaro en Smashwords

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Copyright © Édgar Adrián Mora, 2011

Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011

Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011

Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal

tartaro.mx


ISBN (ePub): 978-607-9150-18-1

ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6

ISBN (mobipocket): 978-607-9150-19-8

ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4


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Noticias

Un planeta moribundo: tal es la escena de batalla de este cuento donde, como en Hasta en los mares, de H. P. Lovecraft y H. Barlow, un pozo es el espejismo más sublime de la salvación. Entre este turbio lienzo de la humanidad futura, el lector hallará un homenaje diáfano a Gabriel García Márquez, tal vez sin magia alguna, pero de magistral realismo crudo.


Édgar Adrián Mora (Tlatlauquitepec, Puebla, 1976) es autor de Memoria del polvo y Claves para comprender a América latina. Obtuvo los premios Punto de Partida 33 (ensayo y crónica), UACM 2005 (cuento) y María Luisa Puga de Narrativa Joven 2008 (novela). Actualmente es profesor de historia y literatura, y becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca.


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llegaron primero. Nadie lo podría negar. Estaban allí desde antes que el sol se asomara por el Oriente y comenzara a atravesar las ramas de los árboles secos, los troncos ahuecados por el tiempo y las piedrecillas que arrastraba el viento. El sol era rojo. Como siempre, desde que la gran nube se posó entre la tierra y el cielo.

En Tlatlauqui se supo en las primeras horas y las personas comenzaron a organizarse. Llegaron cuando los de Zaragoza ya habían formado barricadas y atravesado troncos secos en medio del camino. En algún lado ardía, silenciosa, una fogata. Nadie dijo nada, pero era evidente que la lucha sería ardua y a muerte. Uno de los atrincherados lanzó un grito que era, sin lugar a dudas, una declaración de guerra. Los demás le hicieron coro. Poco después asomaban, entre las piedras y los troncos usados como trinchera, las puntas de hierro afilado y las mazas hechas de madera pulida y avejentada. Los que no llevaban armas comenzaron a reunir piedras de regular tamaño a un lado de las barricadas. Las miradas fieras esperaban cualquier intento de acercamiento por parte del enemigo para comenzar a arrojar sus proyectiles.

Durante un largo rato la situación fue incierta. De un lado y otro se lanzaban miradas llenas de odio y se agitaban por sobre las cabezas las armas elegidas para la pelea. Nadie dio el primer paso. Los dos pueblos se mantuvieron unidos, pero ninguno de los que se hallaban enfrentados quiso iniciar la lucha. Los de Tlatlauqui dieron marcha atrás y comenzaron a plantear las cosas que podrían hacerse. Los de Zaragoza no tenían nada que discutir. Sabían que había que defender el emplazamiento a como diera lugar, aun a costa de su propia vida. Porque lo que defendían era precisamente eso, su vida y las de sus hijos. Pero los de Tlatlauqui tendrían una motivación similar. Y lucharían por obtener lo que les garantizaba una tranquilidad que ninguna cosa en el mundo podría hacerlo.

La primera batalla se dio justo al mediodía. Cuando el rojizo sol se posó sobre las cabezas de los contendientes. De un lado y otro hubo bajas importantes. Hombres que terminaron con un hueso roto, un ojo lastimado, un agujero en el estómago. Se pactó una tregua para que los heridos se atendieran. Los de Tlatlauqui, a pesar de superar en número a los de Zaragoza, se dieron cuenta de que era una misión suicida intentar tomar el sitio por la fuerza. Tendrían que hacer algo más que lanzarse en descubierto y a plena luz del día contra las trincheras zaragozanas.

Todo por un pozo de agua. Una reserva de los viejos tiempos. Enterrada. Durmiendo en el interior del suelo del planeta que los hombres se habían encargado de destruir apenas unos años atrás. No existía otra razón u otra forma de vivir más que pensando en la forma de conseguir agua. Y un pozo, una mina de materia tan codiciada, no era algo que se viera muy seguido en la superficie del planeta.


La abuela estaba muy enferma. Días antes la fiebre la había atacado impidiéndole ponerse en pie siquiera. La deshidratación era inminente y era seguro que no resistiría mucho. La comida sintética que los cargadores llevaban al pueblo no tenía ningún efecto benéfico. Ella hubiese querido llorar, pero eso habría sido un desperdicio.


Salí a escondidas al atardecer. La abuela no me vio. Aunque, de haberlo hecho, no hubiera podido determinar si era yo saliendo de la casa o alguna de las múltiples visiones que estaba teniendo en los últimos días. Mi padre, en cambio, sí me vio.

—¿Dónde vas, Enrique?

Mi padre parece un fantasma. Desde que la crisis del agua se convirtió en una situación irremediable, se la pasaba leyendo los enormes libros que había sacado de la biblioteca del pueblo. Mantenía la vista fija en los papeles resecos que a cada vuelta de hoja se resquebrajaban y dejaban oír un sonido rasposo, como de hojas de afeitar sobre barbas crecidas de siglos y ansiedad. Nunca tenía palabras que compartir con los demás. Parecía que su vida estaba en el diálogo sordo que estableció con los habitantes de esos planetas de papel y tinta. Por eso mi sobresalto cuando escuché su voz cascada.

—A las cañadas. Encontraron un pozo, pero los de Zaragoza nos lo quieren robar. A pesar de que está en nuestra tierra, han construido trincheras y no nos dejan acercarnos. Voy con Norma y Yuval. Intentaremos asaltarlos al anochecer. En la oscuridad es posible que consigamos echarlos del pozo. Casi todos los hombres están allá. ¿No quieres venir? La abuela necesita esa agua para sobrevivir. Necesitamos traerle esa agua.


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