BUTEN SMILEYS
Rafa Saavedra

Libros Malaletra
Narrativa
Published by Publicaciones Malaletra Internacional at Smashwords
Copyright 2011 Rafael Saavedra
ISBN: 978-607-8176-02-1
Made in México
Diseño de portada: Álvaro Jasso
Smashwords Edition, License Notes.
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Índice
Where's the donkey show, Mr. mariachi?
Going up to Pasadena, California
Tijuana para principiantes (bonus track)
Cien lugares comunes, amor cándido,
amoroso y porfiado amor primero.
Vámonos por las rutas de tus venas
y de mis venas. Vámonos fingiendo
que es la primera vez que estoy viviéndote.
Por la carne también se llega al cielo.
—Gilberto Owen,
"booz canta su amor",
El libro de Rut
Les confirmaron que era el lugar más feliz del mundo. Les hablaron de chicas caminando semi desnudas por la eterna e interminable acera principal. Les contaron sobre el surfing pendenciero en los clubes y cantinas, de borracheras míticas con sabor a blue hawaiians, margaritas, long islands, tequila y cerveza. Les susurraron en los oídos aquella vieja leyenda atrapa-stupid-gringos del Donkey Show y ellos, como buenos hijos de la Middle America —jar heads, navy guys, white trash in cutoffs—, se creyeron todo y emocionados llegaron a la city tras haber ensayado cómo pedir "one cerveza".
Al cruzar la línea, Robert y Danny —un par de marines con el weekend libre— sienten, como muchos otros turistas, que les restriegan en la cara ese olor tan característico de las fritangas. Welcome to Mécsico. "Don't let the cabbies sucker you. Downtown is too easy to reach, walk and follow the other turists", les informaron unos veteranos de la Guerra Tijuana y ellos siguieron el consejo. Caminan, suben y baja el puente México, caminan unos cuantos pasos más y arriban a su destino. Justo al llegar al downtown, un taxista le preguntó a Robert, "Ey, gringo, ¿quieres puta?" Danny suelta un inmediato "Huh?" y Robert intenta pronunciar bien "No graciash". Aunque sus padres son mexicanos, Robert casi no habla español. El taxista insiste en ello, "I know where is the best mexican pussy". "Yeah, show us some" suena casi a reclamo. Es la voz de Danny, todo hormonas a los veinte años. "¡Chill, maaan!", le dice Robert y lo jala en dirección al semáforo. Cruzan la calle y otro taxista menciona algo del Donkey Show, pero pasan de ello.
En la terraza de una disco beben las primeras cervezas al ritmo imperativo de "We will rock you" y Robert advierte que esto parece Norteamérica: todos los clientes son gringos y los únicos mexicanos que hay son los meseros que quieren propina de a dólar cada vez que sirven otra ronda de cerveza dos equis lager. Danny está mirando fijamente a ese dream team en el Club de Aerobics "California": esculturales gringas de busto firme y traseros de acero apenas cubiertos por una minifalda o un short de mezclilla. Chicas envueltas en licra que ya borrachas se dejan meter mano y que bailan sensuales el "me so horny, me so horny" mientras las acarician lascivamente negros gigantescos en medio de la pista; todas ellas son little white bitchs a las que les encanta levantarse al legendario semental. Danny, el chico de Ohio todo acné y compulsión, sabe que no puede competir con la fuerza de los mitos y angry le da otro trago a su cerveza.
Lager, lager, lager. Es el grito repetido en todos los bares que visitan. Lager, lager, lager. Siempre igual mientras suena "Born to be alive". Lager, lager, lager. ¡I wanna fuck!, I told you that, Robert. Lager, lager, lager. "Yes, I wanna lick some hot pussy too", contesta eufórico aquél. Lager, lager, lager. Sonidos de sirena, ¡que alguien pague las cervezas! Lager, lager, lager. Do you speak english? le inquiere Danny a una chica bonita en una disco repleta de mexican people. No obtiene respuesta y hace otro intento. Uno de los veteranos de la Guerra Tijuana le dijo que esta frase no fallaba y el dumb-ass cayó. "¿Chupas verga?", pregunta con juvenil candor, y la chica indignada le dice "¡Get lost, cabrón!" El tono y los ademanes son harto efusivos, el desprecio traspasa la frontera de idioma y Danny vuelve angry a su cerveza. Por su parte, Robert sí logra bailar y por unos cuantos minutos se adueña de una cintura breve al ritmo de un rock en español. Él trata de besarla furtivamente y le compra una bebida y la zorrita local, después de tomar un especial de tres cincuenta de dólar y darle baje con los cigarros, le dice que buscará a una amiga para Danny. No vuelve más.
Ya borrachos, Robert y Danny caen en un antro de putas y el mesero chingaquedito los hace pagar dos veces las minicervezas. Cuatro dólares por cada botellita. No protestan, saben de antemano que no tiene sentido hacerlo. Se sientan cerca de la plataforma y, a esa distancia, le ven las múltiples estrías a la stripper en turno. Al sacar Robert un billete de diez dólares, la puta se acerca; Robert quiere agarrarle las tetas, ella le hace un guiño familiar aceptando el dinero y Roberto le toca ligeramente las tetas. La puta se retira sonriendo y Danny, otra vez horny, se acuerda del Donkey Show. Robert no le hace caso. Danny insiste: "¡Holy shit!, I saw it in a movie". "Yeah, I remember that one", le contesta Robert fingiendo interés, "Bachelor Party with Tom Hanks". Danny deja su botella en la mesa para decirle híper drunkie: "Wrong mofo, the movie was Losing it with that fucking faggot..." Una pelea entre marines pochos y trolos mexicanos detiene la discusión; los veteranos de la Guerra Tijuana les advirtieron sobre estos peligros y salen de inmediato. Es obvio, a los primeros que se madrean los de seguridad y también los meseros son a los gringos; además, para ambos la cárcel de Tijuana no tiene gracia aunque sí un poco de leyenda que no llega a ser mayor que la del Donkey Show, aquel acto increíble que une a una bailarina exótica con un burro en una jornada de bestialismo pre-war.
Recorren una y otra vez la avenida, otros bares y otras cervezas. Los Village People y "Here we are now, entertain us...", AC-DC y "One, two, three, four... sumpin' new", Grandmaster Flash y "Oh, oh, tainted love". En la madrugada, no sex no score, cayéndose de borrachos paran a comer unos hot-dogs que Danny vomitará dos cuadras después. La boca de Danny es un grifo que no para y Robert asustado le avisa: "¡Fuck you, the Tijuana Hit Squad!", pero, qué suerte, los del Grupo Táctico no se fijan en ellos. Hora de emprender el camino a casa, otra vez lidiar con los taxistas que insisten en llevarlos hasta la línea fronteriza, y ellos, so wasted, empeñados en caminar y caminar.
En la esquina de la Plaza Santa Cecilia, decenas de charros negros esperan desesperados a un hombre enamorado que quiera llevar serenata a esa astuta mujer que no quiere dar el sí o a ese borracho loser que quiere olvidar sus penas en plan nacionalista cantando "pero sigo siendo el rey". Robert se anima, se acerca a uno de ellos, el tipo sonríe pensando en dólares. Ante la sonrisa, Robert se relaja y por fin, confiado, pregunta: "Where's the Donkey Show, Mr. Mariachi?".
Ella, siempre dispuesta a escuchar mis diatribas, acostumbraba a llamarme diariamente por teléfono. A mí me encantaba esa terapia sin costo. Por años me había sentido derrotado y sin una respuesta. "¿Cuál es el camino correcto?", me preguntaba a mí mismo a cada instante. Ella me daba algunas pistas, pero la situación era vaga, apenas bosquejo de emociones inciertas sobre conexiones que no se daban. Habría que ver si eran genuinas o no.
(1. El eterno inconforme de antaño ahora es un líder de derechas y sale casi a diario en los periódicos.)
¿A dónde diablos, le pregunte a ella, se llevaron nuestras sonrisas y bromas juveniles, en dónde torcimos el rumbo y en qué segundo de indecisión se fueron nuestras ilusiones al carajo? (¿Por qué siempre me pasa esto a mí? Hay quien dice que es cuestión de karma pero yo lo dudo). El verano de nuestra vida se empieza a marchitar, ya somos adultos y no sé por qué eso me rompe el corazón. (¿Cuál era la política del aburrimiento y aquella otra de la buenaventura? A ver, ¿quién puede explicármelo?). Ahora todo lo que escucho es "Ten cuidado con lo que pides que puede que se te cumpla".
(2. Esa chica rara tuvo una época atroz, un aborto y un intento de suicidio; ahora se pasea arrogante y nunca responde a nuestro saludo.)
Y ella me contestó, con su peculiar tono pausado, diciéndome esto: "Si quieres vivir Fer, tienes que eliminar los placeres pasajeros y reemplazarlos con lecciones divinas más duraderas. Explorar el potencial de la conciencia humana. Eso es lo mejor y chance que sea tu única opción". (Como si eso fuera fácil, cosa de ir al supermarket a comprar un manual por cien pesos y ya...)
(3. Los pequeños idiotas e indeseables del salón van por la vida de cuello blanco y corbata para disfrutar tangiblemente el escurridizo éxito.)
¿Y ahora qué?, le pregunté una noche al salir juntos de una fiesta. (Creo que fue una buena pregunta ¿no?). Ella, al verme totalmente ebrio, me quitó las llaves del auto y se ofreció a llevarme en el suyo a casa. En el camino le confesé lo que mis buenos amigos me habían dicho: "No te preocupes, estamos chamacos y todo va a salir bien". (¡Qué risa nos dio! qué estúpidos fuimos, somos y seremos). Y proseguí: "¿Puedes ver el estado de situación? Los maestros y nuestros padres nos decían, nos prometían, nos mentían: el futuro es de ustedes. Ahora me pregunto ¿es que acaso no lo sabían?, es que no se enteran que la vida te enseña, la vida se ensaña y nunca conoces el porqué". (Suena desolador pero no era así, hasta entonces todo marchaba bien, se los juro). No sé quién empezó la discusión, ella o yo, pero al llegar a mi casa me bajé furioso del auto y le estrellé en el vidrio delantero la botella de whiskey que me había robado de la fiesta; ella no me hizo ningún reclamo, tan sólo se marchó y, más enojada por mi estupidez que por el cristal roto, dejó de hablarme por teléfono casi seis meses.
(4. Mi mejor amiga antes bailaba y reía mucho, ahora triste no acepta, como tantos otros, el fracaso de su matrimonio. Rueda mi mente pensando en que nuestros posibles hijos hubieran sido más bellos y divertidos.)
Recuerdo que, por esa y otras tantas razones difíciles de admitir, un día triste de agosto me fui de aquí porque quería olvidar, pero al mes volví a mi casa. A mi ciudad. No podía escapar de mi historia y de mi vida en paralelo con ella. Alguien me lo advirtió: todos nos podemos equivocar, la vida te atrapa y a veces, sin merecerlo, te da una segunda oportunidad. (Para eso, yo ya estaba a punto de alcanzar mi revólver, harto de proteger mi humanidad ante una multitud de falsos sueños). En ese instante de confrontación y crisis existencial comprendí que no todos nacimos para ser juniors y que yo apenas estaba aprendiendo a vivir la vida de trabajo y sufrimiento, una tarea larga y aburrida que mutila algo más que ilusiones.