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Las Montañas de Klínagon

Published by Carmen F.S. Pérez at Smashwords

Copyright 2011 Carmen F.S. Pérez



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INDICE


Prólogo

Capítulo I: El Circuito

Capítulo II: Baraún

Capítulo III: Pesadillas

Capítulo IV: Dragones y Volcanes

Capítulo V: Acrobacias

Capítulo VI: La aldea de los bisabuelos

Capítulo VII: Dragones y Hombres

Capítulo VIII: Final del Circuito

Capítulo IX: Dragones y Hombres Bestia

Capítulo X: La batalla de las serpientes

Epílogo


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PRÓLOGO


Este es el primer libro de la colección Los Libros de Feyaka donde da comienzo la historia de las aventuras en las que se ven envueltos dos jóvenes y en la que embarcarán a muchos más con ellos.

Las Montañas de Klínagon en el planeta Feyaka, son un lugar mágico y recóndito lleno de leyendas fantásticas y de misterios sin resolver. Allí habitan dragones, hombres bestia, serpientes y los hombres y mujeres de Klínagon, entre muchos otros.

Dicen las leyendas que un hombre y una dragona se enamoraron. Según algunos la dragona se convirtió en mujer. Según otros el hombre se convirtió en dragón. Son muchas las historias que se cuentan.

Hubo un tiempo en que eran dragones por las noches y por el día eran humanos. Y dicen que por eso los descendientes directos de los dragones vuelan tan bien como ellos. Por desgracia es una raza en extinción, no así sus historias que crecen como la espuma.

Amarawa, descendiente de los habitantes de las aldeas de Klínagon es una adolescente enamorada de estas montañas y de sus historias. Baraún es un joven volador que descubre las Montañas de Klínagon y también a Amarawa, y se enamora de ambas. Los dos juntos van a descubrir todo lo que esconden las leyendas.



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CAPITULO I

El Circuito


El viento soplaba con fuerza, demasiada para despegar. Amarawa llevaba casi dos horas en la cima de los riscos esperando y no amainaba. Tenía mucho miedo. Si no despegaba antes de anochecer tendrían que venir a rescatarle. La roca desnuda donde se encontraba no era lugar para pasar la noche, no había ni un solo rincón donde protegerse de los feroces escuerzos alados, depredadores sin piedad según decían, aunque ella lo dudaba, pero no era el momento de descubrirlo.

- Por qué había tenido que aterrizar allí arriba, por qué tenía que ser siempre tan impulsiva y precipitada, por qué no pensaba nunca antes de actuar.

Era su última oportunidad de pedir ayuda, pero si venían a rescatarla ya podía despedirse del Circuito ese año, quedaría descalificada. Y no estaba dispuesta a rendirse. Por fin había cumplido los dieciséis años, la edad necesaria para participar, no iba a fracasar el primer día. Llevaba años soñando con este verano y por un error nada más empezar no se lo iba a cargar. Habría días mejores, si salía de esta ¡claro!

Así eran las montañas de Klínagon del joven planeta Feyaka en el sector occidental del Universo. En la actualidad la mayoría de sus habitantes vivían en las aldeas y ciudades de los amplios valles centrales. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que algunos luchaban por sobrevevivir en estas hostiles y jóvenes montañas entre las que se encontraban las cumbres más elevadas del planeta. Vivían en aldeas situadas en lo alto de sus laderas, a cubierto de desconocidos monstruos que se ocultaban en los profundos valles. Había hombres que se convirtieron en bestias despiadadas y crueles sedientas de sangre, minotauros con cuatro brazos y serpientes gigantes entre otros. Poco se sabía de ellos porque quien los había visto no sobrevivía para contarlo. Pero había cientos de leyendas. Decían que ya debían quedar pocos o quizá ninguno, pero por si acaso nadie se acercaba mucho a estos valles.

El único medio de desplazarse por las montañas era volando, como las aves. No todos podían volar, era un don que sólo algunos de los hombres y mujeres de Klínagon tuvieron en la antigüedad y esa raza se extinguió, aunque algunos descendientes parecían conservar aún algo de este don. En la actualidad volaban con modernas alas de última generación. Volar no sólo suponía esfuerzo físico, ante todo había que saber observar, saber ver en el aire lo que no se ve, entender lo que nos cuentan las nubes, los vientos, las estrellas, las aves. Y sobre todo, con esa información, tomar las decisiones adecuadas.

Hacía dos generaciones que los últimos habitantes de las aldeas de las cimas se habían ido a vivir a los amplios valles, en modernos pueblos y ciudades, lejos de una vida tan dura. Y desde entonces, todos los veranos, con la luna del mes de Juno, se celebraba este Circuito en su recuerdo. Se trataba de sobrevolar estas Montañas en un máximo de tres días con alas sin motor, desde el valle de Parawan hasta el valle de los Volcanes, pasando por encima de las ruinas de las tres aldeas donde ya no vivía nadie.

Muy poca gente practicaba este tipo de vuelo, no era un deporte popular, y poca gente conocía esta prueba. Pero los padres de los abuelos de Amarawa vivieron allí y ella creció escuchando sus historias. Aprendió a volar con apenas diez años y le gustaba tanto, o casi tanto, como ese chico que también se había apuntado al Circuito.

Se sonrojó al acordarse de Baraún. Un chico delgado, alto y fuerte. Había ganado varios campeonatos de vuelo libre. Cuando se enteró que él también se había apuntado al Circuito sintió un dulce cosquilleo en el estómago. Tenía el pelo largo pero no demasiado, un poco ondulado, de color castaño claro y recogido en una coleta. Le pareció muy atractivo aunque su cara era bastante normal. Debían ser sus fuertes brazos, y aquellos ojos oscuros de mirada profunda, en una cara delgada y afilada, de mandíbula un poco ancha y una nariz pequeña pero respingona.

Cuando despegó esa mañana brillaba el sol y soplaba el viento del este. En seguida ganó altura suficiente para sobrevolar el angosto valle sin riesgos. Unas dos horas después estaba por encima de los riscos y entró en una zona de descendencias. Perdía altura tan rápido que le dio miedo caer por debajo de las copas de los árboles del valle. Decidió erróneamente aterrizar en aquella roca para volver a despegar cuando hubiera mejores ascendencias. Lo que no pensó fue que el viento era demasiado fuerte para despegar de nuevo desde los riscos.

Haciendo repaso mental del día se dio cuenta de que cuando comenzó a perder altura le entró pánico. Ella pensaba que había superado lo de su hermano, pero era evidente que no. Demasiada presión en su cabeza. Analizando ahora el vuelo sabía perfectamente que hubiera encontrado ascendencia sin problemas, que había mucho más riesgo en aterrizar como lo hizo y ahora tener que despegar en esa difícil situación que haber aguantado simplemente un poco más. Pero no era cuestión de darle más vueltas, no podía retroceder. Lo hecho, hecho estaba.

Ya se temía que aquello iba a ocurrir, había confiado que sería capaz de superarlo, pero era difícil, allí en el mismo valle donde ocurrió, en el mismo circuito, eran demasiados recuerdos. Normalmente, cuando despegaba, Amarawa olvidaba el mundo entero y sólo disfrutaba. El aire en la cara, la sensación de libertad eran infinitas. Solía ponerse los cascos para escuchar música mientras se concentraba en girar y mantenerse en el aire, adivinando dónde estarían las ascendencias, sintiendo el ala como una prolongación de su cuerpo.

Pero hacía ya más de diez años que su hermano había tenido un desgraciado y fatal accidente. Ya tenía veinte años y era el cuarto Circuito que volaba. Ella se acordaba bien aunque sólo tenía seis años cuando ocurrió. Algo falló en su ala, se rompió y aunque tiró el paracaídas de emergencia no fue suficiente. Se golpeó duramente y no llegó con vida al hospital.

Sus padres no lo habían superado todavía. De hecho ninguno había vuelto a volar. Cuando ella insistió en aprender no querían dejarle, pero el abuelo le había apoyado y les convenció. Por supuesto se opusieron firmemente a que hiciera el Circuito, pero una vez más se salió con la suya.

Miró a su alrededor. Las escarpadas y rocosas laderas eran impresionantes. Observó el ir y venir de los buitres leonados, incluso uno negro mucho más grande, y los primeros vuelos de los jóvenes alimoches. Y algún halcón. Le pareció ver un águila pero no estaba segura, había muy pocas. También vio pasar las otras alas, creyó reconocer alguna por los colores. Si salía de esta tendría que recuperar el tiempo perdido para alcanzarles. Posiblemente la mayoría intentaría pasar la noche en la primera aldea. Ese era también su objetivo. Allí era donde vivía su bisabuelo antes de conocer a su mujer, su bisabuela. Ella vivía en la aldea de los valles centrales donde ambos vivieron después de casarse y donde nació su abuelo. Allí tenía previsto pasar su segunda noche. Había oído su historia tantas veces que estaba emocionada por verlo en directo.

Cerró los ojos recordando. La madre de su abuela se había enamorado de un chico de otra aldea. Eso no era habitual porque no era práctico y en esa época lo primero era la supervivencia, pero decía su abuelo que su madre era una romántica. Le hubiera gustado conocerla. Le parecía una historia tan bonita. Nada que ver con sus ligues y rollos del instituto.

No era una chica popular, aunque era muy guapa y lo sabía, pero no encajaba bien en la pandilla. Más de uno le había pedido salir pero no le producía ningún cosquilleo, como llamba ella a esa extraña sensación que le hacía ruborizarse y volverse aún más tímida y reservada de lo que era. Pensó en Baraún, a eso se refería, eso sí era cosquilleo. Pero no estaba segura, ¿y si cuándo le conociese mejor era como todos?

¿Cómo pudo saber su bisabuela que aquel chico era lo que esperaba? Estaba claro, no había mucho donde elegir, pero aún así se arriesgó, eligió alguien de otra aldea, en contra de todos. Sonrió sin darse cuenta. En las aldeas vivían apenas cuarenta familias, ¡menudo rollo! Y claro, uno y para toda la vida ¿cómo cambiar? Y además lo cotilleaban todo. Allí todos sabían la vida de los demás, no había otra cosa que hacer, ni tele ni películas, ni libros. Aunque, había algo mejor, estaban las historias, las leyendas que repetían de padres a hijos y aprendían de memoria, las que el abuelo le contaba y ella también se sabía. Aún así, si ahora ya eran todos unos cotillas no podía imaginar cómo sería en esas aldeas. Odiaba que la vecina le dijera a su madre con quién le había visto en las fiestas y todo eso. ¿Qué le importaría a esa señora? Y el instituto era peor.

Hacía un año cuando un chico que le gustaba un poco le había pedido salir y se habían dado un piquito, se enteró todo el mundo. Le ponía nerviosa sólo el recordarlo. Y encima su mejor amiga se enfadó con ella porque también le gustaba ese chico. Lo peor fue que al día siguiente le daba vergüenza verle en clase y se dedicaba a evitarle. ¡Y había perdido a una amiga por su culpa! Pero bueno lo de la red social fue lo más fuerte, pusieron una foto de ellos y…. les hubiera matado. A los dos días se lo dijo, bueno se lo escribió, en internet, que no quería seguir, no era manera pero no era capaz de decírselo a la cara, y después cuando le vio y hablaron lo pasó fatal. En realidad no había empezado nada, pero sólo sabía que no quería seguir, que no, que no, que sería una romántica como decía su amiga y que no se iba a comer un rosco si seguía así porque lo que ella buscaba no existía en este mundo, pero le daba igual.

Además no era cierto, ella no estaba pensando ni en el amor perfecto y único para toda la vida ni nada de eso. Ella sólo quería sentir ese cosquilleo inexplicable, que hacía que le hirviese la sangre y se ruborizase sin poder controlarlo. Y eso no le pasaba con el tonto de Nerto por muy guapo que decían que era. Para guapo un chico del último curso, ese sí que estaba buenísimo, pero claro, ya tenía casi dieciocho años y ella era una cría. Recordó cuando entró con su amiga al gimnasio donde entrenaban baloncesto. Allí le vio por primera vez. Al principio no se fijó, pero él debió de fijarse en ella porque se acercó y le preguntó su nombre. Le volvieron a entrar los nervios al acordarse. Cuando vio sus ojos mirándole así tan de cerca, no le salieron las palabras, no fue capaz ni de responderle. ¡Caramba! Qué idiota era. Le lanzó la pelota y al menos la cogió bien, se la devolvió y él le guiñó el ojo y le invitó a su fiesta. Sus amigas se morían de envidia, le habían invitado a una fiesta de los mayores. Luego por la noche en la fiesta…. se ruborizó ella sola al recordarlo. Seguro que él había bebido algo pero estaba guapísimo. Y le dio un pico y luego… ¡uf! Quería seguir, pero ella, no es que no le gustara, que le gustaba muchísimo pero… fue una tonta, una cría, su amiga debía tener razón, pero no, tampoco así, no. Se agarró las piernas hundiendo la cabeza entre ellas.

Se estaba haciendo tarde. No era el momento para pensar en tonterías, se concentró en su problema. El viento siempre aflojaba con la caída del sol y ya empezaba a desaparecer tras el horizonte. Efectivamente amainaba. Estiró las piernas entumecidas. Un buitre negro despegó muy cerca y pasó a su lado, dándole esperanzas. No lo dudó. Esperó la racha más floja antes de asomar el ala, suspiró profundamente y despegó bajando el morro. Cayó en un terrible picado sin final pasando muy cerca de las ariscas paredes. Peleó por hacerse con el control y a pocos centímetros de los árboles lo consiguió, convirtiendo aquel remolino turbulento en un planeo vertiginoso. Por un momento, sintió en el fondo de su estómago que había salido del tremendo apuro en el que se había metido.

Su situación seguía siendo crítica. Estaba demasiado baja y el viento aún era fuerte y racheado. No podía descender por debajo de los árboles. Sin dudarlo aterrizó contra ladera. Al menos allí no había rocas. Era un aterrizaje complicado pero sabía bien cómo hacerlo. Aún así chocó con brusquedad contra el suelo. No podía moverse, le dolían hasta las uñas y el viento presionaba el ala contra su cuerpo. Tardó largos minutos en poder levantarse, pero estaba entera, no había huesos rotos, aunque pareciera imposible.



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CAPITULO II

Baraún


El día amaneció perfecto para el comienzo del Circuito. El año anterior cometió demasiados errores y no lo había conseguido, este verano tenía que terminarlo.

Baraún vivía en la ciudad de Parawan, la más grande del valle del mismo nombre. Aprendió a volar a los diez años por pura casualidad. Le encantaban los aviones, en una feria de vuelo vio una exhibición de alas sin motor y se quedó enganchado. Se empeñó en aprender a volarlas y en seguida empezó a competir que era lo que realmente le gustaba. Había oído, leído remotamente algo sobre las aldeas de Klínagon y las leyendas de voladores y dragones, en realidad la razón de ser del Circuito. Pero le importaba muy poco, en realidad no le importaba lo más mínimo. Lo que le gustaba era competir, sobre todo si ganaba. Y lo hacía. Fue campeón infantil a los trece años y quedó tercero a los catorce. Obtuvo el segundo puesto en el primer juvenil que compitió, con quince quedó tercero y con dieciséis y diecisiete había sido campeón juvenil. El Circuito no era un campeonato como los demás, era diferente pero sería un entrenamiento más para el nacional, al mes siguiente. El año anterior lo hizo en cuatro días en lugar de tres. Este año estaba concentrado, sabía los errores que había cometido y estaba dispuesto a conseguirlo.


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