Anécdotas de vuelo
Published by Carmen F.S. Pérez at Smashwords
Copyright 2011 Carmen F.S. Pérez

Soñé con volar, por eso vuelo
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Prólogo
Volar en ala delta fue para mí hacer realidad un gran sueño. Hice al cursillo en el año 1987. Desde entonces son muchas las anécdotas curiosas que he vivido y que me gustaría compartir con todos vosotros.
Mucha gente que vuela, de algún modo, aunque no sea con ala delta, me entenderá muy bien y posiblemente se sienta identificado/a en estas situaciones que seguro que ha vivido de forma muy similar, e incluso podría añadir otras muchas historias y aventuras personales.
A la gente que aún no ha volado o lo ha probado poco quizá le resulten estas historias un poco extrañas pero confío que las disfrute igualmente y comprenda un poquito mejor a los que vivimos estas increíbles experiencias. Mayo 2011
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Dedicatoria
A todos los que vuelan conmigo: mi instructor de vuelo, mi marido, mis amigos y amigas voladores, mis hijos. Mayo 2011
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Indice
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Yo quería tocar las nubes. ¿Por qué? quizá porque nací y viví muchos años en un clima donde el cielo era una nube permanente. Yo no era consciente de que aquello era una nube, simplemente el techo era gris y estaba bastante bajo.
Por eso cuando rara vez veía el cielo azul con nubecitas de algodón me atraían con más fuerza. Esos días me gustaba tumbarme en la hierba y contemplar cómo se hacían y deshacían las nubes, cómo se movían, cambiando constantemente. Podía pasar horas observándolas.
También es posible que la culpable fuera Heidi con sus saltitos sobre las nubes como si fueran camas elásticas.
La primera vez que viajé en avión y sobrevolé un mar de nubes blancas y brillantes iluminadas por un sol radiante, me quedé con la boca abierta hasta que se me secó la boca.
Y lo conseguí. Las he tocado, en muchas ocasiones. Las he atravesado de arriba a abajo y de abajo a arriba. Las he sobrevolado. Me han absorbido como si fueran una aspiradora. Y sí, es aún más increíble de lo que podía imaginar.

Cuando vuelas sin motor y tienes la suerte o la habilidad de encontrar una térmica, giras y giras intentando centrarla para subir con ella exactamente hasta las nubes. Llega ese momento en que el aire comienza a ser más fresco, la tierra se ve mucho más lejos allá abajo y a tu alrededor comienzan a flotar jirones de una nube que nace, una de esas maravillosas bolitas de algodón. Aún ves el suelo a tus pies pero ya estás casi dentro de la nube que se forma a tu alrededor, como si fueras parte de ella. Es el momento de abandonarla, si pierdes totalmente la visibilidad la diversión se transforma en problemas, así que te alejas y la observas cómo crece, se transforma y acaba deshaciéndose, mientras buscas otra térmica que girar que te lleve a otra nube.
Las coquetas bolitas de algodón a veces crecen y forman esos tremendos e impresionantes cumulonimbos que descargan en tormentas.
Volaba un soleado día de verano en un valle de los Pirineos y había conseguido tras mucho esfuerzo ganar suficiente altura para cruzar al otro lado y seguir disfrutando en el siguiente valle. Me había costado muchos sudores encontrar las térmicas para subir y sólo quería ganar unos metros más para atravesar con mayor seguridad por encima de los altos picos. Acostumbrada a volar sobre las amplias llanuras de Castilla no me impresionaron aquellas nubes que se comenzaron a formar, todo lo contrario, me alegré de tener señales visibles que me ayudaban a encontrar las corrientes ascendentes que necesitaba.
Y efectivamente las encontré, el aire se hizo más fresco y sin necesidad de mirar el variómetro era consciente de que subía constantemente y cada vez más rápido, sin girar. Las nubes no eran ya bolitas de algodón, cubrían casi todo el valle y la base de las nubes era muy negra, lo que quería decir que la torre que había sobre esa base era cada vez más alta. Me había confiado pensando que todo sería como en las llanuras castellanas, pero en los Pirineos las cosas son diferentes y las tormentas se forman muy rápidamente.
Ya no quería seguir subiendo, la base de la nube era como una enorme aspiradora y cada vez estaba más cerca. Quería alejarme de ella para que no me atrapara porque aquella ascendencia terminaba posiblemente a 10.000 metros de altura y sin escapatoria. Así que puse rumbo al campo de aterrizaje y sin mirar atrás ni arriba donde todo era cada vez más negro me concentré en avanzar lo más rápidamente que podía. Mi ala no volaba a más de 70 Km/h y las ráfagas de viento ascendente, el gran chorro de la aspiradora, alcanzaban a veces velocidades superiores, así que lo poco que avanzaba hacia delante lo retrocedía en el instante siguiente.
Aún tenía más de 2.000 metros sobre el suelo, esa altura que tanto había luchado por conseguir y que tanto me había costado, ahora quería perderla lo más rápidamente posible y parecía imposible.
El viento soplaba racheado, tan pronto soportaba fuertes ráfagas de frente de 40 y 50 Km/h como recibía el mismo empujón por detrás que me lanzaba hacia delante, consiguiendo que el suelo allá lejos a mis pies cambiase ligeramente. Ya no me importaba llegar al campo de aterrizaje, sólo quería bajar, donde fuera pero bajar, pero las enormes nubes aspiraban todo el aire del valle y todo subía a 5, 6, 7 y hasta 10 metros por segundo. La única forma de dar velocidad a mi ala era picarla a tope para lo cual tenía que conseguir bajar el morro acercando hacia mí la barra de control, pero hacía tanta resistencia que no podía mantenerla. La enganché con los codos abrazándome a ella con desesperación, encogiendo las piernas para poner más peso en el morro.
En la radio sonó una voz. Me preguntaba dónde estaba. “Estoy viendo un puntito rosa en medio de unas nubes muy negras”, decía. “¿No serás tú verdad?”. Mi ala rosa destacaba contra el negro del cielo, efectivamente era yo. Pero no podía responder porque para hacerlo tenía que soltar al menos una mano de la barra y necesitaba todas mis fuerzas para seguir picando, así que no respondí, esforzándome en escapar hacia abajo. Las gotas de agua me salpicaban en la cara intermitentemente y las rachas de viento hacían que el ala diese a veces tumbos en el aire, golpes secos que al menos hacían que perdiese algo de altura.
Pero no había manera, estaba agotada y no conseguía bajar, quizá unos pocos metros que recuperaba en la siguiente racha. Al menos aún me mantenía fuera de la nube, tenía visibilidad y podía ver el suelo a mis pies.
Comenzó a llover más fuerte y la ascendencia pareció disminuir. El ala mojada volaba menos y también subía menos así que de pronto toda la resistencia que notaba del viento de frente se puso con la misma fuerza de cola y salí despedida hacia delante y hacia abajo. Yo calculo que a unos 80 o 90 Km/h. Una auténtica bendición. Por fin perdía altura pero el viento seguía siendo tan racheado que en lugar de volar daba botes y botes. Por primera vez sentí que escapaba de las fauces del cumulonimbo.
Sin embargo, mis preocupaciones no desaparecieron, simplemente cambiaron de objetivo. El suelo se acercaba rápidamente y yo volaba viento en cola a más de 70 Km/h.
Para aterrizar necesitaba el viento de frente, no de cola, y un espacio despejado, algún campo libre de vallas, casas o árboles. Pero a mis pies la carretera, los coches y los árboles aumentaban a velocidad vertiginosa de tamaño.
Sobrevolé la torre de la iglesia del pequeño pueblo y pude ver que alguien me hacía señales con los brazos. Estaba demasiado cerca, lo sabía, si había conseguido ver aquellos brazos, definitivamente había pasado demasiado cerca. Me alejé de las casas y giré intentando alcanzar un campo despejado, pero el viento caprichoso de las tormentas cambiaba cada segundo jugando conmigo como si fuera una hoja seca, lanzándome para aquí, para allá a su gusto.