Excerpt for Laura. Novela by Liana Acero de la Cuesta, available in its entirety at Smashwords

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Nací en Madrid el día 22 de Mayo de 1956.

Estudié ilustración en la Escuela de Artes
Aplicadas y Oficios Artísticos de Madrid.
Trabajé como colorista e intercaladora
de dibujos animados. Soy Maestra y terapeuta de Reiki, y otras técnicas de Reiki y espiritualidad. Estudiante de metafísica. Quiromasajista. Graduada en el curso del método Silva de control mental. 1º curso de Eft (técnicas de
liberación emocional). Tres años de solfeo y piano. Tres años de canto polifónico. He escrito poesía, relatos breves y ensayos. Dibujante,
retratista y pintora de oleos, pero, por encima de todo, soy madre y mi familia siempre ha sido
lo más importante para mí.




Liana Acero de la Cuesta



LAURA

Novela



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Ilustraciones: Delia Eftimie


Edición electrónica para Smashwords.


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El día era espléndido, luminoso y claro. El aire, apenas una suave brisa, ya presagiaba la inminente llegada de la primavera, trayendo con ella el fresco aroma de las incipientes flores.

Parecía como si aquélla quisiera abrirse paso poco a poco entre los restos que quedaban del crudo invierno, sin brusquedad, como para no molestar con su llegada. Según el calendario oficial aún no había comenzado, pero la naturaleza se rebelaba ante el dominio del hombre y mostraba su llegada por dondequiera que uno mirara. No sólo era aquel cielo inmaculado, cruzado levemente por esponjosas nubecillas blancas, ni el olor tan característico del aire que invitaba a respirar más profundamente de lo habitual, a sentirse más vivo quizás que en el triste invierno; era la vida en general, las yemas de futuras flores en los árboles, el bullicio de los pájaros que ya no tenían que guarecerse de la lluvia para ellos tan molesta. La alegría de vivir se palpaba por todas partes.

Pero todo este despertar a la vida no se reflejaba en los tristes ojos azules que miraban a través del gran ventanal, ojos que miraban sin ver, y una mueca en el rostro a modo de sonrisa, que afeaba unas facciones que hacía no demasiado tiempo habían sido hermosas.



Una mujer de unos cuarenta años, y bastante corpulenta, la cogió del brazo y la apartó de la ventana, la miró con una mezcla de ternura y de precaución unidas, y la acompañó andando con lentitud, como si de una anciana se tratara. Laura estaba muy débil, últimamente se había negado a comer demasiadas veces. Solo lo hacía cuando Sara aparecía para visitarla. Pero últimamente Sara tenía demasiado trabajo y no podía estar con ella tanto como quisiera. Miraba, y parecía observarlo todo. La alegre luz que invadía el ambiente, el bonito colorido de las múltiples flores que poblaban el jardín, los amorosos arrullos de los pájaros, que ahora piaban de forma más alegre. Pero no, no era así, Laura miraba a través de la ventana que daba al lindo jardín, pero no veía, no veía nada, para ella no existía la nueva primavera, ni los colores de los que el jardín se cubría, ni aquél cielo azul impoluto, ni la cálida brisa con olor a fresco y a flores…

Carlos ya no estaba con ella y no podía sentir nada, que no fuera su doloroso recuerdo. Él había sido el único amor de su vida, la persona más importante para ella, incluso más que sus queridos padres, más importante que su vida misma. Con él se había ido todo, sus ilusiones, sus esperanzas, sus sueños. Toda su vida en común la habían construido juntos, la había enseñado a vivir, a sentir de una manera especial, se había hecho mujer junto a Carlos, sin apenas darse cuenta. Ahora ya no estaba, y ya nada en el mundo parecía importarle… sólo los recuerdos de su anterior vida en común, sólo eso, únicamente eso... Revivirlos en su memoria era su obsesión de cada día, no pensaba en nada más. El presente ya no existía como tal, su único y verdadero presente eran sus memorias. Carlos se había ido, y con él se había ido su vida también.

Aquel hermoso cielo añil, surcado por algunas algodonosas nubes, no hacía sino evocarle aún más sus recuerdos del pasado, aún reciente. Aquel cielo era el mismo de hacía mucho tiempo atrás; el inmenso, hermoso e inacabable cielo de la meseta castellana, donde se destacaba alardeando en su belleza grande y blanca, la casa de labranza que aquel día del verano del 1976 ambos, miraban sonrientes, con la certeza de que pronto sería de su propiedad. Aquella casona completamente baldía, de la que su esposo consiguió un verdadero paraíso, no sólo en su perfecta armonía de formas y colores de su decoración interior, sino también en la exterior. Únicamente utilizando plantas y árboles autóctonos, había poblado el inmenso patio de la casa dándole más un aspecto de pequeño vergel, que de patio interior. Y es que Carlos tenía un gusto exquisito, además de fortuna más que suficiente para poder hacerlo. Aunque todo aquello lo había conseguido a menor coste de lo normal. Aquella casona había pertenecido a un antiguo y buen amigo de su padre, que habiéndose embarcado en cierto tipo de negocios no demasiado limpios, había em­po­brecido casi totalmente y al que por ayudarle, el padre de Carlos estuvo a punto de perderlo todo al igual que su amigo. El padre de Carlos, Serafín se llamaba, le había perdonado a su querido amigo todo lo que aquel le debía, no pretendía que Pedro le devolviera nada. Serafín siempre había sido un buen hombre, y muy amigo de sus amigos, cosa que estos no habían olvidado. Así que el dueño de la casona quería de alguna forma pagar sus apuros con su querido amigo, y le vendió la casa a Carlos a precio de chabola, además de quedarle muy agradecido por aceptarla tan rápidamente. Allí, en aquel encantador lugar Laura y Carlos pasaron juntos muchos fines de semana, y numerosos y largos felices veranos. Ambos preferían estar allí, tranquilos, trabajando la tierra, cuidando de su huerta y de su jardín, o paseando cuando el sol se ponía, y cubría la inmensa meseta de colores dorados y cobrizos, junto con un cielo que parecía que iba a comenzar a arder mientras aquella enorme bola de fuego desaparecía como si la tierra se la tragase. Aquel era un hermoso paisaje, inmenso y llano, la vista se perdía muy lejos, allá en el horizonte. De día se podía ver pletórico de los dorados reflejos de los pastos, salpicados de vez en cuando por hileras de encinas junto a caminos serpenteantes; y aquel aire persistente que a muchas personas volvía locas, a ellos dos parecía llenarlos de energía. La mayoría de la gente de por allí, no vivía en las casas de labranza, éstas las utilizaban únicamente para lo que en un principio estaban destinadas, para el cultivo de cereales. Los dueños vivían por regla general en el pueblo. Normalmente pasaban durante el verano, la mayor parte del día allí, pero nadie se quedaba durante la noche; no se sabía si no lo hacían por causa del aire, que durante la noche se volvía frío como el viento del desierto, o si tal vez les asustaba el lúgubre sonido de éste en la profunda soledad de la noche... Ellos dos eran casi los únicos que habían habitado la casa como inquilinos durante todo el año, al menos durante los fines de semana en invierno, y algún que otro puente festivo. Carlos disfrutaba de aquel aislamiento, paseaba por los páramos desiertos e infinitos, y lo hacía durante horas, sin cansarse, hasta que anochecía. Y si la luna llena aparecía en el cielo, podía quedarse sentado entre los secos pastos, escuchando el sonido del viento.

A veces Laura se asustaba un poco, cuando Carlos permanecía fuera durante tanto tiempo, pues su rostro parecía el de otra persona, lejano y ausente, como si algo dentro de él, de sus pensamientos, o quizás de sus recuerdos le atormentase. Entonces se ponía místico y trascendental y gustaba de hablar de la muerte, de su propia muerte...

Cuando hablaba de aquella forma Laura sentía escalofríos recorriendo todo su cuerpo, como sí en aquel lugar apartado del ruidoso bullicio de la ciudad Carlos vaticinara su propio destino.

Tras la muerte de Carlos, Laura no había querido deshacerse de la casona, la unían a ella demasiados recuerdos como para venderla y olvidarse de la casa para siempre, pero desde luego ella sola no se sentía capaz de atenderla y tampoco deseaba permanecer allí sola. Así que había decidido buscar a un matrimonio oriundo del pueblo de su marido que quisiera hacerse cargo de ella para que no se deteriorase hasta poder decidir qué hacer con la casona. No tardó en encontrar las personas adecuadas, en el pueblo la familia de Carlos era muy querida y respetada por todos, Serafín su padre, siempre había ayudado a todo el que lo necesitaba, no sólo había sido un buen médico, sino también un buen hombre. Cuando se marchó del pueblo para dedicarse a la investigación, todos lo sintieron profundamente, aunque se alegraron por él. Pero Serafín no los olvidó, se hizo una persona de renombre y prestigio en el campo de la investigación médica, y su fama y reconocidos méritos le proporcionaron una bonita suma de dinero, que supo invertir con mucho acierto, utilizando una gran parte de dinero para ayudar a los del pueblo en la realización de mejoras en su infraestructura, todo era poco para Serafín para intentar mejorar su calidad de vida y la de aquella buena gente. Por lo tanto, a Laura le habían salido muchos guardeses para la casona, incluso de forma gratuita, algo que ella no había querido aceptar. Ahora ella era la única superviviente de la familia de Carlos, junto a una hermana de éste, que vivía en Estados Unidos. Pero las únicas noticias que Laura había tenido de ella habían sido tan sólo una escueta carta dándole sus condolencias, y ofreciéndole la ayuda económica que precisara.

No hubo ninguna necesidad de aquella ayuda que su cuñada tan fríamente la ofrecía. Carlos se había ocupado de dejarla en una inmejorable posición económica. No precisaba dinero, sino apoyo moral. Ya habían pasado más de seis meses desde su muerte, sin embargo en lugar de hacerse a la idea, cada vez iba a peor. Si continuaba de aquella forma, tendría que acudir a un sicólogo para que la ayudara a salir de aquella depresión en la que se encontraba. Nunca había sido una mujer muy segura de sí misma sino muy al contrario, estaba demasiado acostumbrada a los mimos y cuidados de sus seres queridos, y desde luego Carlos la había cuidado exageradamente; si ella hubiera sido otro tipo de mujer posiblemente no le hubiera soportado. Pero con él había sido como una niña y se había dejado someter en cierta forma por él porque la hacía sentirse abrigada y a salvo en un mundo que siempre le había parecido demasiado duro. Volvía de nuevo después de muchos meses sin pisar la casa de la ciudad en la que ambos vivían, regresaba para encontrarse con la realidad que había estado posponiendo. Era imposible demorarlo más, se tenía que enfrentar a su nueva vida por fin. Miraba a uno y otro lado del salón que antes parecía lleno tan sólo con la presencia de su marido, pero que ahora se encontraba vació, demasiado vacío.

Aún permanecían sin recoger muchas de sus pertenencias. Laura había retirado todo lo que le podía recordar a su marido en cajas de cartón y almacenado cuidadosamente en el trastero de la casa. Esperaría el momento adecuado para volver a colocarlas en su lugar, si es que el dolor que le producía su sola visión desaparecía algún día. Por el momento era mejor no tenerlas cerca.

Hacía un mes que había enviado su curriculum a una empresa que solicitaba una recepcionista; aunque económicamente no lo necesitaba, moralmente sí, su salud mental se lo agradecería. Había concertado una cita para aquel mismo día, parecía que su primer día en la casa no sería demasiado largo. Estaba muy nerviosa y tenía un miedo atroz, pero necesitaba conseguir aquel trabajo. Debía incorporarse de nuevo al mundo del que se había desligado durante tanto tiempo.

Fijó la vista en el raído sofá que su madre le había regalado cuando se casaron, aún permanecía tal cual lo habían traído de la casa de sus padres, muy viejo y ajado, pero conservaba la belleza de su clásico diseño. Un amplio respaldo, que se recogía en unas cómodas orejeras, ribeteado todo el de madera de cerezo, la misma madera de sus patas torneadas a modo de garra de animal. Seguía conservándose en perfecto estado, no así su tapicería, que aparecía deshilachada por todas partes. Era el único mueble perteneciente a su familia y del cual Carlos no consiguió hacerla desprenderse. Ahora no podía comprender por qué aquel sofá permanecía en aquel estado de deterioro. Se había desentendido de demasiadas cosas, incluso de muchas personas, algunas muy queridas, y lo había hecho por él, pero ahora todo parecía tener un sentido diferente, ahora se sentía culpable de todo aquello que había dejado atrás, olvidado, abandonado... Arreglaría aquel viejo sofá.

Se colocó el pañuelo de seda azul que Carlos la había regalado en su último aniversario alrededor del cuello, levantando suavemente su cabello de la nuca. Era de color rubio oscuro y lo llevaba cortado estilo paje, con flequillo por encima justo de las cejas, bajo las que destacaban unos dulces y algo melancólicos ojos, de los que apenas podía distinguirse bien su precioso color azul, escondidos tras las gafas de cristales grisáceos. Su vestuario era soso y sin gusto, diríase que incluso austero. Se coloco el abrigo oscuro y se miro en el espejo largamente. ¡Dios mío! —pensó—, debería cuidarme más. Espero ir correctamente vestida para la entrevista. Ciertamente que su aspecto no era el normal de una joven de veintiocho años, pero desde luego su vida hasta entonces tampoco había sido la de una joven corriente. Todo en su vida había transcurrido excesivamente rápido, apenas había tenido tiempo de saborearla, como si hubiera dormido un largo sueño.

Quizás la etapa de su infancia fue la más larga, y posiblemente, la más bonita. Todo lo demás, recordaba haberlo vivido demasiado rápido. Pronto, demasiado pronto, conoció "el amor", en toda su extensión de la palabra, con sus placeres y sus sinsabores, conoció el dolor y la pasión, la compañía, y ahora en la plenitud de su vida también la soledad... Todo ello había sucedido en un muy corto periodo de tiempo; se había visto obligada a madurar, cuando las demás muchachas de su edad comenzaban a despertar a la vida, a salir con muchachos de su edad, a divertirse, a salir en panda. Cuantas veces había envidiado a sus compañeras de clase, cuando las oía hacer planes, y hablar de muchachos y ella estaba ya comprometida.

Todo aquel pasado se reflejaba no sólo en su forma de vestir, sobria y carente de atractivo sino también en su forma de ser y comportamiento. Era indudable que la influencia que Carlos había ejercido sobre ella tenía mucho que ver en esto. Siempre repetía que le gustaban las mujeres naturales y sencillas, sin artificios. Laura sabía muy bien como Carlos odiaba ese tipo de mujer que sólo se ocupaba de su cuerpo, olvidándose de su cerebro. No era como los otros hombres, que prohibían a sus mujeres lo que les gustaba admirar en otras. En él era cierto lo que decía nunca se volvía para mirar a ninguna rubia con minifalda, ni siquiera de reojo, él más parecía aborrecer verdaderamente a aquel tipo de mujeres. A veces cuando salían a cenar a algún sitio elegante y Laura le insinuaba que no tenía ropa adecuada para ir a aquel lugar, Carlos, que solía ser de carácter tranquilo y apacible, parecía transformarse; se ponía de mal humor, y la mayor parte de las veces se negaba a salir. Después, cuando se tranquilizaba, le decía cuanto la amaba y el terror que tenía de que ella cambiara y se volviera artificial y necia como las otras. Y la besaba con tanto amor, tomándola entre sus brazos, con una ternura tan inmensa y con tanto cuidado como si estuviera abrazando una muñeca de porcelana temiendo romperla sí la abrazaba con demasiada fuerza. En aquellos momentos Laura sentía que le amaba aún más, cuando veía aquel temor reflejado en sus ojos, temor a que ella cambiara, a que no fuera su Laura de siempre. Cuantas veces se había sentido culpable de no apreciar el amor de aquel hombre, un amor tan puro. La quería tal como era y ella no lo había sabido valorar. ¡Dios mío que poco había estimado lo que tenía! Ahora se daba cuenta de ello. Carlos, quince años mayor que ella, había sido un hombre demasiado severo, gustaba rodearse de cosas sencillas, pero sobre todo útiles, amaba la belleza, claro que sí, pero natural, sin enredos inútiles. Le gustaba pasar largos ratos en contacto con la Naturaleza y odiaba el ruido y las aglomeraciones; así que, además de pasar sus vacaciones en la casa de labranza, y muchos fines de semana, también su casa de Madrid había querido que estuviera situada en un lugar alejado del centro de la ciudad, en una preciosa urbanización poblada de jardines y árboles de gran tamaño. La casa donde residían tenía todo lo necesario para vivir cómodamente, pero su adorno interior era un tanto frío, paredes blancas, muebles de madera oscura, sin apenas objetos ornamentales que alegraran la vista. Algún cuadro, siempre representando un paisaje, era quizás lo que más sobresalía como decoración. Carlos opinaba que no era bueno para el espíritu rodearse de trastos inútiles ocupando sitio por toda la casa. Era un maniático de los espacios vacíos.

Casi constantemente parecía estar haciendo apostolado acerca de su filosofía de vida, y pocas veces admitía alguna idea contraria a la suya. Decía estar de vuelta ya de muchas cosas. En otros tiempos había sido tan superficial como los demás, pero ahora en su madurez había visto la luz, ahora su vida era mucho más plena, más real. En su opinión, nuestros antepasados sabían disfrutarla y sacarle el jugo mucho mejor que nosotros, incluso con todas nuestras comodidades y adelantos técnicos, que a veces hacía que nuestra vida fuera en lugar de más cómoda, mucho más estresante. Para Carlos ya había llegado el momento del cambio en su modo de vida. Pero Laura ni siquiera había tenido tiempo de vivir plenamente su juventud, por lo tanto no había podido elegir y optar por otra forma diferente de ver las cosas. Simplemente aceptaba lo que él la imponía tan sutilmente. Al principio debido a su inexperiencia, le había supuesto un enorme esfuerzo llevar aquel modo de existencia, pero en sus momentos de duda siempre se hallaba él ahí como si de un sacerdote se tratara, para corregirla y ayudarla a encontrar de nuevo su camino, si parecía haberlo perdido. Se había convertido para ella en un modelo a seguir. Su marido era para ella una especie de maestro espiritual, nunca había sabido, si se había enamorado por la admiración que sentía, o si precisamente le admiraba porque le amaba.

Su forma de ver la vida y de vivirla había sido muy singular, demasiado singular. Ahora le resultaría muy difícil incorporarse al mundo real, a ese mundo que había fuera de aquellas cuatro paredes

Le resultaría harto extraño permanecer en aquella casa sin las interminables disertaciones de su marido junto a la chimenea. Su casa no sólo le resultaba vacía, sino también fea y triste.

Se dirigió a su cuarto y abrió las pesadas puertas de su armario ropero de par en par. Se miró en el gran espejo. Aquella mujer que le devolvía la mirada a través del espejo no le decía nada en especial. Algo en su interior la instaba a actuar pausadamente, midiendo cada uno de los pasos que daba; no quería equivocarse. Su vida iba a cambiar en cuanto atravesara el umbral de la puerta, y su pasado quedaría atrás para siempre, sólo aquellos instantes eran su nexo de unión con su pasado y quería saborearlos...

Le sacó la lengua a su imagen reflejada, se dio media vuelta, y se encaminó hacia las escaleras, bajándolas despacio. Cogió un pequeño bolso que permanecía colgado del perchero del recibidor, y salió al jardín de la puerta principal cerrándola suavemente. Ya estaba en la calle, cuando le pareció oír el timbre de su teléfono. Aguzó el oído, sí, aquel sonido parecía proceder de su casa. Dudó unos instantes si se daba la vuelta o no. Al fin decidió volver. No recibía demasiadas llamadas, así que aquélla le extrañó bastante, esperaba que no la entretuvieran demasiado, no quería llegar tarde a su primera entrevista. Volvió sobre sus pasos, se quedó parada sin moverse. Era una llamada demasiado insistente, decidió entrar de nuevo en la casa. Se estaba poniendo nerviosa; se le cayeron las llaves al suelo un par de veces, pero al fin consiguió abrir la puerta, y, entre tanto subía por las escaleras hacia su dormitorio, el teléfono dejó de sonar. Nuevamente volvió a bajar. Era un verdadero fastidio tener el teléfono en la parte de arriba, el de la cocina llevaba varios días estropeado, y ella era incapaz de arreglarlo. Volvió a bajar las escaleras para marcharse y ya iba a salir a la calle, cuando el timbre volvió a sonar, pero esta vez logró llegar a tiempo, sofocada, levantó el auricular, y preguntó jadeante:

—¿Quién es?, dígame...

—Laura, ¿eres tú?...

Una voz grave de mujer preguntaba al otro lado del aparato. Era una voz lejana, distorsionada, que parecía venir del otro lado del planeta. Unos cuantos chisporroteos se entremezclaban con la voz de la mujer, que era apenas audible.

—¿Laura? Soy yo, Sara, ¿me oyes?

—¡Sara! ¡Oh, Sara! ¿Dónde estás? ¿Cómo te encuentras?

—Laura, pequeña, esto está imposible, hay tantas interferencias, que apenas puedo entenderte. Te hablo desde Paris, vuelvo a España querida, y me gustaría mucho verte. ¿Me estás oyendo?

—Sí, Sara te oigo, pero es que estoy tan sorprendida de la noticia... Hace demasiado tiempo que no hablaba contigo. Creía que no volvería a verte más...

—Laura, ahora no puedo hablarte ya, vamos a embarcar, te llamaré en cuanto llegue a Madrid. Tengo muchas cosas que contarte... Se oyó un chisporroteo, y se corto la comunicación. Laura apenas tuvo tiempo para reaccionar ante la llamada de su antigua y muy querida amiga Sara. ¡Cuántos años sin saber de ella! —pensaba Laura—. Y ahora precisamente ahora aparecía, cuando más la necesitaba. ¡Gracias Dios mío! Perdona por haber dudado de ti.

Laura aún retenía el auricular en su mano, y lo apretaba con fuerza, intentando retener de esta forma la reciente llamada. Su muy querida amiga volvía a encontrarse de nuevo con ella, después de tantos años. Se preguntaba cómo se vería ahora. A ella le encantaba su forma de vestir, tan alocada, algo salvaje, como su forma de hablar y de expresarse, tan llena de vida y tan segura de sí misma. Eran tan diferentes una de la otra. Hubo un tiempo en su matrimonio en que a Carlos no le agradaba Sara, y eso que al principio de conocerla, habían conectado casi de inmediato. Pero Laura no sabía que podía ser lo que había ocurrido entre las dos personas que ella más quería, para que de la noche a la mañana rompiera sus relaciones. Laura no entendía la alegría de Carlos al enterarse de que Sara partía a trabajar al extranjero. Se le notaba que le tranquilizaba saber que la amiga inaguantable y caprichosa de su mujer ya no estaba allí. Decía que se alegraba de que Laura estuviera al fin lejos de sus garras. La opinión de él con respecto a Sara y su disipada vida dejaba mucho que desear. Él pensaba que Sara ejercía muy mala influencia sobre su dulce e inocente esposa. Eso desde luego era lo que a Laura le decía él aunque la realidad era que sabía que podía irse de la lengua, y contarle cosas que desde luego quería evitar a toda costa. No dejaba de repetirle a Laura una y otra vez, que si no le gustaba Sara era porque siempre andaba metiéndose en la vida de ellos dos. Siempre queriendo que Laura cambiara de actitud. Diciéndola que estaba ciega, que ahora las mujeres no se comportaban ya como sus abuelas, que tenía que salir más de casa etc. En fin, que para él había sido un verdadero descanso que se marchara. Carlos había conocido a Laura muy joven, ella sólo contaba dieciséis años de edad, y por supuesto aún iba al colegio, un colegio privado sólo de señoritas, al que su madre quiso que fuera, para que mejorara la muy deteriorada educación adquirida en el anterior instituto. Se lo había recomendado una amiga de su madre, una señora bastante presumida y de las que pensaba que la educación sólo era buena si costaba cara.

En aquel caro y extraño colegio había conocido Laura a su amiga Sara, mientras aguardaban en una larga cola, para poder entrar el primer día de clase. Era una fila interminable de muchachitas que esperaban su turno para poder entrar. Cada una de ellas ocupaba un peldaño de la gran escalera de caracol, tan antigua y deteriorada como todo el colegio. Laura se hacía cábalas de cómo a su madre podía haberle gustado aquel lugar tan tétrico y tan viejo. Se sentía atemorizada allí, entre tantas caras nuevas, y en aquel lugar que parecía la casa del terror.

La fila de muchachas, daba la vuelta a la escalera, y llegaba hasta la calle. Laura estaba casi al final, y tan asustada que tenía ganas de echar a correr y desaparecer de allí. A ella le parecía que su futuro iba a ser muy diferente ahora. Su madre le había llevado a un colegio de "pijas" y ella no las soportaba. Todas parecían conocerse de otros cursos anteriores, charlaban animadamente sobre sus vacaciones veraniegas ya pasadas, y sobre todo acerca de chicos. Parecían muy felices de reencontrarse de nuevo tras las vacaciones. Pero a Laura esto le hacía sentirse aún más infeliz, pensaba que no iba a poder conectar bien en aquel ambiente. Era muy curioso, todas eran muy monas, muy rubias, y muy altas, y hablaban casi de la misma forma, seseando. ¿Por qué las "pijas" se parecerían todas tanto? —Debía ser la alimentación sin duda, —pensaba Laura. Las más mayores ya iban muy maquilladas, adornadas con multitud de cadenitas finas de oro, y pulseritas que no paraban de sonar mientras ellas gesticulaban con las manos al conversar. Laura reparó en una muchacha que permanecía sola como ella, pero su mirada no era ni de temor ni de desamparo, sino más bien altanera y orgullosa. Un brillo extraño en sus ojos y la alta barbilla le conferían un aspecto de superioridad sobre todas las demás, que, lejos de fijarse en ella, la ignoraban, tan pendientes como estaban de cotillear sobre sus amoríos veraniegos. Pese a su corta edad, ya podía adivinarse su futura belleza. Llevaba el cabello largo y dividido en dos por una raya perfecta en el centro, ocultándole el rostro, del que sólo dejaba ver sus fieros y brillantes ojos negros.

Laura observó que la muchacha vestía pantalones, cuando todas las demás vestían el uniforme obligatorio del colegio. A las nuevas se les permitía si aún no tenían el uniforme completo, vestir de calle, pero, desde luego, no con pantalones. Pero al parecer, la muchacha se había saltado las normas a la torera. Laura la admiró por haberlo hecho, a ella también le hubiera gustado hacerlo. Por fin aquella procesión de chicas comenzó a moverse, las risueñas caritas se transformaron en rostros serios de colegialas aplicadas, y cesaron las voces. Aquel repentino silencio hizo que a Laura se le quedara la boca seca, mientras subía los incómodos peldaños de la escalera. Arriba, junto a una pesada puerta de madera, vieja y lúgubre, un hombrecillo algo deforme invitaba a entrar a las muchachas, con una torcida sonrisa en su rostro desagradable. Su cara, y su figura se semejaban a las de los muñecos de los ventrílocuos. Su cara parecía de madera, y su boca se movía exactamente como la de aquellos muñecos. Era inevitable buscar la mano de su amo detrás moviéndole.

Al traspasar aquella añosa puerta, de nuevo otra larga parada colapsaba el pasillo de entrada. Una tras otra las muchachas se agachaban para besar a un menudo anciano, muy encorvado, que con cara de profundo aburrimiento, soportaba serenamente los besuqueos. Laura hizo lo mismo que las demás, y besó al anciano, que ni siquiera reparó en ella. Era una desconocida, pero él no parecía reconocer a nadie en especial, aquello era como una especie de ritual. Laura se preguntaba quién sería aquel anciano. Debía de ser alguien o muy importante allí, o muy querido por todos.

Una vez dentro, observó que la muchacha de antes estaba esperando junto a la puerta de su clase. Se movía balanceándose de un lado a otro mientras esperaba impaciente a que abrieran la puerta. Parecía un vaquero recién bajado de su caballo. Laura se fijó en sus piernas, no parecían estar torcidas, aquello debía de ser una pose o quizás una manía de ella. El caso es que su forma de moverse, y de comportarse era tal vez algo masculina. Aquella muchacha se llamaba Sara, y se convirtió en su mejor amiga. Lo fue durante muchos años hasta que conoció a Carlos, su marido. Entonces, aunque ellas siguieron viéndose casi a diario, él ocupaba ya un espacio en su vida más fundamental que el de Sara. Aquello a Sara no pareció importarle demasiado al principio, estaba dispuesta a compartir a su amiga con Carlos, y hubo un tiempo en que los tres fueron un grupo muy bien avenido. Pero con el paso del tiempo todo empezó a cambiar entre ellos. Carlos comenzó a criticar a Sara, y Sara también lo hacía con Carlos. Ambos querían llevarse a Laura a su terreno y ponerla en contra del otro, hasta que Sara se marchó a trabajar al extranjero.

Laura recordaba todo aquello como si no hubiera pasado el tiempo, lo veía todo con tanta claridad como si fuera ayer...

Recordaba su primera amiga de verdad, sus compañeras de colegio, aquel querido antiguo colegio, su primer amor...

Al rememorar su juventud se llenaba de una inusual y poderosa energía. Todo por una simple llamada de teléfono. —¡Oh Dios mío, haz que vuelva a verla pronto! —Laura pensó que era providencial aquella llamada de su amiga, ahora que tanta falta le hacía tener un hombro amigo sobre el qué llorar. Se sentía mucho más animada para ir en busca de su futuro.

Bajó las escaleras de dos en dos, y sonriendo como hacía tiempo no lo había hecho, salió al exterior, inspirando con energía una bocanada de aire fresco. Miraba a su alrededor con los ojos mucho más brillantes que en días anteriores, y los ruidos callejeros despertaban en ella una agradable sensación de alegría y bullicio, que en otros momentos la hubieran incluso aturdido. Observó el cielo, y los árboles aún desnudos, mostrando en sus ramas un atisbo de su futuro atuendo primaveral. Tenía que atravesar un hermoso parque para llegar a la estación de metro más cercana, había paseado por aquel lugar cientos de veces con Carlos, pero nunca se había dado cuenta de lo hermoso que era hasta aquel día. Solo había tenido ojos para su marido. Quizás se había olvidado de las muchas cosas maravillosas de las que se hallaba rodeada, ahora parecía darse cuenta de ello y también observaba ahora cuán aislada hasta aquel momento había estado su vida, no tenía amistades importantes, ni siquiera superficiales, sólo algunas personas del vecindario con las que se encontraba cuando compraba la prensa o el pan, porque la compra semanal la hacía siempre con Carlos; iban en automóvil, y cargaban con todo lo necesario. Por lo tanto, era difícil que ella hubiera hecho amistades, si apenas salía de casa. Únicamente lo hacía para sacar a pasear a su perro, y sólo de vez en cuando, porque Rosa su sirvienta se encargaba generalmente de hacerlo. Pero es que Carlos la cuidaba en exceso… —Te trata como si fueras una inválida —recordaba ahora las palabras de Sara, pero en aquellos momentos ella no lo veía de aquella forma, sino todo lo contrario. Entonces pensaba que Carlos sólo quería protegerla, y a ella le gustaba que lo hiciera. Sin embargo no podía dejar de pensar en las críticas palabras de Sara. Ahora sentía dudas, ¿podría haber sido por celos, y por eso la sobreprotegía de aquella forma, para que no se escapara de su lado?, ¿O podría ser que tal vez él la viera como a una pobre niña incapaz de ocuparse de nada?

Quizás fuera por esto último, por lo que la instó a ingresar a sus padres en una residencia, cuando ellos aún estaban en perfectas condiciones para poder vivir por su cuenta, él insistió en que lo hicieran, que sería mucho más beneficioso para ellos, mucho mejor que el estar solos en aquella inmensa casa en la cual vivían. Ella entonces le rogó que se los llevaran con ellos, pero Carlos la hizo cambiar de idea. Quizás dudaba de ella, dudaba de su capacidad para atenderlos debidamente. Así qué así al final lo hicieron, y desde luego la residencia donde los llevaron era perfecta, rodeada de jardines perfectamente cuidados, para que los ancianos pudieran pasear por sus alrededores, y unas habitaciones tan acogedoras como las de un hotel de cinco estrellas. Con un servicio de comedor insuperable, y desde luego con sus propio equipo de médicos y enfermeras. ¿Qué más se podía pedir? Sin embargo, cada vez que Laura iba a visitarlos, y ellos la recibían con aquella sonrisa forzada y aquella mirada triste que asomaba a sus ojos, aquella mirada de abandono y de soledad, entonces pensaba que sus padres no necesitaban todos aquellos lujos, sino el amor y la compañía de su hija, que todos aquellos empleados uniformados y sonrientes no les podían ofrecer.

Cuando llegaba a casa después de visitarlos, se sentía muy mal, era deprimente verlos allí tan solos, aquellas dos personas que tanto habían significado para ella. Y se sentía impotente, pues cuando le hablaba de su tristeza a Carlos, éste parecía encolerizarse, y en lugar de consolarla, le amenazaba con prohibirle hacer aquellas visitas. Carlos decía que no les hiciera el menor caso, que era todo puro teatro, que cuando él iba a visitarlos los encontraba de muy buen talante, y que fingían ante ella, para hacerla sentir culpable. Carlos siempre lograba convencerla con sus razonamientos, y verdaderamente Laura se sentía después mucho mejor. Hizo caso de sus consejos, fue distanciando las visitas, y desde luego, era menos duro pensar en ellos en la distancia, que teniéndolos cerca. Estaba segura que Carlos sólo pretendía que estuvieran bien atendidos por buenos profesionales, y desde luego evitarle a ella los desagradables cuidados que hubiera tenido que manifestarles si se los hubieran llevado con ellos, influyendo desde luego de forma muy negativa a su convivencia matrimonial. No entendía por qué ahora recordaba todas aquellas cosas. Era muy extraño, su vida parecía estar pasando ante ella como si de una película se tratara. Todo lo que la estaba ocurriendo era muy lógico, como le hubiera dicho su sicoanalista; había abandonado todo, sus estudios, sus amigos, su familia, por un hombre que ahora no existía, y estaba sola. Sentía un odio profundo hacia el recuerdo de aquel hombre que la había dejado tan sola y desvalida. ¿Era aquél el pago a su lealtad?... Lágrimas ardientes resbalaban por sus mejillas, mientras aquellos pensamientos afloraban a su memoria. De nuevo se sintió pesada y vacía, como se sentía antes de la llamada de Sara. De nuevo se sentía insegura y asustada...

Bajó las escaleras del metro casi en volandas, a causa del gran barullo de personas que se agolpaban a la entrada. No advirtió como una de ellas la observaba con suma atención.




Sara apuraba su cigarrillo nerviosa, mientras esperaba en la sala de embarque del aeropuerto, había fumado más cigarrillos de la cuenta, pensando que una vez sé encontrara en el avión, ya no se lo permitirían; la prohibición de fumar en ciertos lugares le producía aún más ansiedad y deseos de fumar, que cuando estaba permitido, entonces incluso podía olvidarse de aquel maldito habito tan perjudicial para ella. Al levantarse por las mañanas tosía como sí de un pobre anciano enfermo se tratara. Podía toser durante más de un cuarto de hora seguido, y no encontraba alivio ninguno hasta que encendía el primer cigarrillo, éste, parecía calmar su tos al fin, y hacer que expulsara la mucosidad de sus pulmones, los cuales evidentemente no debía tener en muy buenas condiciones. Otra cosa negativa de su adicción al tabaco era la del apestoso aliento que la acompañaba durante todo el día. —Debería dejarlo ya de una vez —pensaba—. Debería dejarlo todo, ahora que comenzaba una nueva vida. Debería solicitar la ayuda de un profesional, pues no era sólo una fumadora empedernida, bebía demasiado y muchas otras cosas, sin las que no hubiera podido soportar su aún reciente pasado.

Indiscutiblemente todo aquello había ido dejando apreciables huellas en su antes hermoso y juvenil rostro. El cual mostraba ahora las señales inequívocas del sufrimiento y del dolor padecido durante bastante tiempo. Señales que podían apreciarse en su aspecto, pero que también transportaba en su alma. Había amado mucho, había amado profundamente con una pasión tan extrema que rayaba en la locura, y en la necedad. Y como premio a aquel amor, como premio a su estupidez, a su enfermedad, sólo había recibido humillación y soledad. Tenía dos años más que Laura, pero aparentaba tener diez más. Sara pensaba que para Laura la vida había sido mucho más fácil, demasiado fácil. Pensaba en lo injusto de todo aquello. Pensaba en porqué a ella le había tocado la peor parte.

Pero eso tenía que terminar, tenía que decirle la verdad, no le importaba que sufriera, tenía que quitarle la venda de los ojos, que se sintiera tan traicionada como se había sentido ella.

—¿Qué era lo que la ocurría?, ¿acaso quería vengarse de todo lo que la había sucedido a ella misma en las carnes de la pobre Laura? No la odiaba, ya no la odiaba, pero sentía un extraño placer al pensar en la desagradable sorpresa que experimentaría cuando supiera toda la verdad sobre su maridito...

Sara había cambiado, se había vuelto más egoísta, más fría, podría definirse como incluso algo malvada. Su necesidad de sobrevivir en un mundo duro e injusto la había transformado en otra persona muy distinta de la que su amiga había conocido.

Con seguridad también Laura cambiaría cuando supiera la verdad sobre el verdadero Carlos. Y verdaderamente ¿cuál de los dos era el verdadero Carlos?

Con Laura había sido un hombre paternal, que la cuidaba y aconsejaba en todo momento, pero no lo fue así con ella, a Sara le había ofrecido la peor parte de su personalidad, la parte más brutal, la más corrupta, la más terrorífica. Aquél hombre había sido como los personajes de la novela de Jekyll y Hyde. Aquel doctor Jekyll que en su terrible desdoblamiento de personalidad, cuando se transformaba en Hyde, al beber una pócima inventada por él mismo, cometía incluso atroces asesinatos. Sara habiéndose enamorado profundamente de Carlos, “el bueno”, también había sentido una morbosa atracción por la personalidad del otro, una atracción enfermiza, fatal, de "Charlie”, como le llamaban en su círculo, de Hyde, “el malvado”. Toda aquella historia de ciencia ficción había ocurrido de una forma tan lenta, tan bien planeada y pensada por aquel hombre, de una forma tan suave, tan paulatina, poco a poco fue anulando su verdadera personalidad, poseyendo su alma, su cerebro, abduciéndola. De tal manera fue instalándose en su vida y en su cuerpo, como si de una larga y terrible enfermedad se tratara. Y al igual que el enfermo crónico se acostumbra al padecimiento, ella se acostumbró al dolor que él la infligía. Y lo hacía de múltiples formas, pero una de las peores para ella y tal vez más insoportables era cuando le hablaba de Laura, de su dulce Laura. Cuando se encontraba tranquilo y de buen humor le gustaba hablar de ella, se embelesaba pensando en voz alta:

—Es como una niña indefensa, necesita que la cuiden y la protejan. Debo apartarla de todas las cosas mundanas y mezquinas. Tengo que impedir que alguien le haga el menor daño. No se parece a ti, tú eres una mujer, una verdadera hembra, tú no necesitas nada, ni a nadie.

Aquellas palabras le producían un dolor punzante y profundo. Estaba muy equivocado, terriblemente equivocado, sí necesitaba muchas cosas, y a las personas también, sobre todo a él, le necesitaba tanto...

Le conoció un año antes de su boda con Laura, aunque casi no hacía falta que se lo presentara, Sara sabía que lo reconocería entre mil hombres, Laura le había hablado tanto de él durante sus años de noviazgo, le había hablado hasta la saciedad, tanto, que Sara conocía sus gustos, sus caprichos, sus manías, sus enfados, como si se trataran de los suyos propios. Era tal la insistencia de su amiga, que sin quererlo también ella comenzaba a sentir algo especial por aquella persona que aunque desconocida, parecía formar ya parte de su vida. Laura contaba la grandeza, las hazañas, la educación, y todo lo relativo a su querido novio, sin importarle si aburría o no a sus oyentes. Y verdaderamente aburría.

Al principio, cuando Laura comenzó a salir con él, Sara no pudo evitar sentir unos profundos celos, no se acostumbraba a no poder estar con Laura tanto tiempo como lo hacían antes de que él apareciera en su vida. Pero aquellos primeros celos se convirtieron en desconfianzas, cuando comenzó la transformación de Laura.

Sara pensaba que Carlos le estaba absorbiendo el cerebro, estaba cambiándola, sin que Laura lo advirtiera, no sólo era su forma de vestir y de peinarse, sino su mirada, su sonrisa, y hasta su tono de voz. Laura siempre había reído a carcajadas, sin ninguna vergüenza, ahora parecía temerosa y apocada, ahora no reía, sólo sonreía, pero con la boca cerrada, sin mostrar los dientes, más que una sonrisa parecía una mueca falsa. Desde luego parecía estar fingiendo, no ser ella misma. Era como si se sintiera cohibida delante de él, como si temiera mostrarse a sí misma tal cual era. Sus manos en el regazo, no estaban serenas, se las retorcía de forma nerviosa, y en el rostro no parecía haber serenidad, sino autocontrol. Sara no podía evitar sentirse atraída, y a la vez repelida por la personalidad de aquel hombre que era capaz de ejercer esa influencia tan grande sobre una persona. Pero no entendía el porqué de aquel cambio, no la agradaba en absoluto ver a su antes alegre y algo alocada amiga convertida en una sumisa con cara de idiota. Intentó muchas veces hablar con ella, que se diera cuenta de lo que le estaba ocurriendo, pero Laura no la escuchaba, permanecía ensimismada en sus pensamientos, en sus quimeras, él era su Dios, y ante aquello nada se podía hacer. A veces, aunque pocas, Laura parecía volver al mundo real, y escuchaba a Sara, pero siempre le decía que era muy feliz, aunque no lo pareciera, que él no la obligaba a vestir ni a actuar de determinada manera, que era ella la que lo hacía porque quería agradarle. Solamente por eso, y que si no reía a carcajadas era porque no lo necesitaba, porque su corazón estaba en paz. Esto en lugar de tranquilizar a Sara, la irritaba, y también la hacía sentir dudas hacia aquel hombre. Cuantos individuos habían sido engañados, introducidos en sectas sin darse cuenta de que habían sido hábilmente manipulados, engañados por personalidades como las de aquel hombre. Aquellas frases de "paz y armonía", a Sara la sonaban sólo a cuentos chinos. Teorías muy hermosas, todo aquello era cierto, pero que solían no conducir nunca a buen término. Aunque había un punto positivo en aquello. Laura se había convertido en una estudiante inmejorable, sus notas habían pasado de ser de las más mediocres, a las más brillantes. Pero en cierto modo era lógico, desde que estaba con él, sus fines de semana se habían convertido en días de estudio, paseaban un poco, y después entraban en alguna cafetería solitaria y mientras que tomaban un café, Carlos le explicaba a Laura todo lo que necesitara, tanto matemáticas, como física, química, o lo que fuera necesario, y según decía ella, lo hacía muy bien, era un perfecto profesor. Era obvio que era verdad, se podía comprobar fácilmente en los progresos de Laura en sus estudios. Después, si tenían tiempo, Carlos la acompañaba a su casa, y por el camino, la besaba tiernamente. Desde luego ella ponía toda su atención a las explicaciones, pues la recompensa era maravillosa.

Sara se sentía defraudada por el abandono de su amiga hacia todo lo que antes había querido, pero no sólo la había dado de lado a ella, también a su propia familia. No solamente no veía a sus antiguos conocidos, sino que si se los encontraba por algún sitio, hacía como que no los reconocía; pretendía abandonar toda su vida anterior, de una forma demasiado drástica, como si nunca la hubiera tenido. Pero Sara se negaba a creer que todo aquello que la ocurría a su amiga fuera sólo decisión de ella; estaba convencida de que Carlos la manejaba a su antojo.

Por lo que había podido sacar en conclusión, era un hombre muy inteligente, con unas grandes dotes de persuasión. Había encontrado una persona perfecta para su experimento de lavar cerebros a la gente, la haría a su imagen y semejanza, y después se casaría con la mujer perfecta, cariñosa, servicial, calladita, y cuyos encantos permanecían ocultos a los demás, pero siempre disponibles para él.

De todo aquello que Sara imaginaba, pudo reafirmarse cuando le conoció casi un año antes de su boda.




Laura se encontraba inquieta, su serenidad de días anteriores, su sonrisa etrusca se había convertido en un rictus de desasosiego. Por fin dos de las personas más queridas por ella iban a conocerse. ¿Se caerían bien? En el fondo de su corazón, tenía miedo de que no se gustaran. Su amiga Sara era su único nexo de unión con su vida anterior y necesitaba aquel lazo, no quería romper del todo con lo que habían sido sus raíces. Esto le daba seguridad, una seguridad de la que ahora dudaba a menudo, no sabía bien por qué. Ahora era una mujer adulta, con sus ideas claras, sabía lo que quería, se sentía en paz consigo misma, pero a veces sentía tantas dudas, dudas sobre si verdaderamente estaba en el camino correcto o no. ¡Era aún tan joven! Al entablar una relación mucho más intima con Carlos, había sufrido una crisis de identidad como ninguna otra vez en su vida le había ocurrido. No sólo en lo que concernía a ella misma, y a su forma de ser y ver la vida, sino también con respecto a sus anteriores amistades. Ahora ya no la parecían tan divertidos, ahora le parecían vacíos y banales, nunca se planteaban nada sobre su existencia, nada sobre el mundo que les rodeaba; se limitaban a vivir en el presente y disfrutarlo lo más posible. Ahora ella parecía necesitar una relación mucho más profunda, más trascendental. Encontrarse con sus antiguos amigos era para ella ahora una pérdida de tiempo. Pero con Sara era diferente, con ella su relación era más significativa. Aunque desde luego no se planteaba la vida como ella, ni se hacía tantas preguntas existencialistas como la propia Laura, pero era una persona rica de sentimientos y de buenos principios. Laura a veces se sentía mal por exigir tanto a los que la rodeaban, se veía a sí misma muy poco humilde, como si se sintiera superior a los demás, y tampoco esto era lo que deseaba en realidad. Debía corregir aquella actitud tan displicente.


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