Excerpt for El adepto de la Reina by Rodolfo Martínez, available in its entirety at Smashwords

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EL ADEPTO DE LA REINA

Rodolfo Martínez


© 2009, Rodolfo Martínez


Primera edición: Octubre, 2009

Segunda edición: Enero, 2010

Tercera edición: Noviembre, 2010

Primera edición en ebook: Setiembre, 2011


Ilustración de portada: © 2009, AlejandroTerán

Diseño de cubierta: Alejandro Terán

Mapas: Rodolfo Martínez


ISBN: 978-84-939203-0-2


SPORTULA

www.sportula.es

info@sportularium.com


Prohibida la reproducción de cualquier parte de esta publicación permiso previo del autor.


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Contenido


Prólogo

Primera parte: Mensajeros

Segunda parte: Fantasmas

Tercera parte: Espectros

Epílogo


Apéndices

Glosario de lugares y alianzas

Cronología de Érvinder

Mapas

Alboné

El Continente Primigenio


Agradecimientos


Sobre el autor


Sportula

Do you lose as gracefully as you win?

I wouldn’t know. I’ve never lost


Lorenzo Semple Jr.: Never Say Never Again (a partir de una historia de Kevin McClory, Jack Whittingham e Ian Fleming).


Prólogo


Siempre es el invitado con el que no contabas el que termina reviviendo una fiesta… o acaba por rematarla.

Qérlex Targerian


La noche cayó sobre la ciudad de un modo abrupto, casi a traición, pero no le importó a nadie. Las antorchas y las hogueras llevaban ­encendidas un buen rato, y las celebraciones habían empezado horas atrás. Afuera, quizá la oscuridad se convertía rápidamente en la dueña del mundo, pero dentro de la ciudad el anochecer pasó desapercibido.

Igual que lo pasó el extranjero que abandonaba la fiesta en ­dirección a la costa. Todos tenían cosas que hacer en aquel momento, y seguramente el extranjero también. ¿Una cita secreta? ¿Negocios? ¿Una amante? Qué importaba.

Vestía una corta túnica gris y se medio embozaba en una capa del mismo color. Frente a la orgía cromática de los bacantes, parecía una sombra furtiva.

No tardó en dejar atrás las murallas de la ciudad y se internó con paso decidido en el bosque de olivos que moría casi a orillas del mar. Se detuvo unos instantes junto a una peña que sobresalía del suelo y rebuscó algo en una oquedad de la roca. Mientras comprobaba con el tacto que todo estaba donde debía, echó un vistazo a sus espaldas, a las luces de la lejana ciudad.

Cargó el fardo a sus espaldas, siguió su camino y no tardó en llegar a un acantilado más allá del que se oía el ronquido cercano de la marea.

Alguien salió de las sombras.

—Llegas tarde —dijo una voz.

El hombre se detuvo y su mano acarició la empuñadura de la daga que llevaba a la cintura.

—O tú demasiado pronto —respondió. Su voz tenía una cualidad fría, cortante, como si las palabras fueran una molestia de la que había que librarse cuanto antes.

El recién llegado se encogió de hombros.

—El cambio de guardia será dentro de una hora —dijo—. ­Debemos darnos prisa.

El otro asintió y se desembarazó de la capa y de la túnica. Sacó algo del fardo que había llevado a sus espaldas, una oblea de tela ­oscura que desplegó con eficacia y en la que empezó a embutirse. El material se pegaba a su cuerpo como si fuera parte de él y, cuando ­estuvo totalmente envuelto, apenas se distinguía nada en la penumbra, más allá de su cabeza y el brillo duro de sus ojos.

Volvió a ponerse el fardo a sus espaldas.

—Estoy listo —dijo.

Su compañero asintió y le tendió una especie de máscara. Mientras contemplaba cómo se la colocaba sobre la boca dijo, como a regañadientes:

—Por la Reina.

El hombre pareció encontrar divertidas aquellas palabras, pero no había ninguna burla en su voz cuando respondió:

—Por la Reina.

Tomó aire, miró una última vez a sus espaldas y echó a andar hacia el borde del acantilado. A unos metros de él, aceleró el paso y su caminar se convirtió rápidamente en una carrera que lo llevaba hacia la nada. Con su último paso sobre la tierra se impulsó hacia arriba y hacia adelante y, de pronto, su cuerpo se convirtió en un proyectil ­lanzado hacia el cielo. Por un instante, pareció que emprendería el vuelo, como lo había hecho el legendario Ítastos desde del laberinto de la Isla de la Guerra. Luego, el mundo lo atrapó con una garra ­implacable y empezó a descender.

Unos segundos más tarde, el mar se abrió para recibirlo.


El guardia no supo qué fue lo que acabó con su vida. Se había acercado al borde del malecón, quizá como un modo de descansar del tedio de la vigilia. Con la antorcha en alto, contemplaba la superficie oscura del mar y no pudo por menos de notar, con el ceño fruncido, el extraño rastro de burbujas que venía en su dirección.

Se giró a medias, tal vez para llamar a uno de sus compañeros, pero interrumpió el gesto ante el chapoteo inconfundible de algo que salía del agua.

Y lo que salió fue una forma oscura y fluida que cayó sobre él antes de que pudiera hacer nada. Sintió una mano resbaladiza pero ­implacable en su garganta y luego, de pronto, todo cuanto era se le escapó por la fría herida del costado, donde una daga acababa de abrirse paso.

Su asesino lo mantuvo sujeto hasta que se aseguró de que ­estaba muerto. Sólo entonces llevó el cuerpo hasta el borde del malecón y, cuidando de no hacer ruido, dejó que el mar se encargara de él. Comprobó el tiempo por la posición de la luna, poco más que una rendija de plata que desaparecería en un par de días, y luego tomó del suelo la antorcha que el guardia había dejado caer y la agitó dos veces en el aire: primero a la izquierda, luego a la derecha. Un punto de luz lejano le respondió con el mismo gesto.

Dejó la antorcha entre dos piedras y echó a andar, completamente en silencio, por el malecón. No tenía mucho tiempo, pero sería suficiente.


Descubrieron la ausencia del guardia cuando él estaba terminando su trabajo.

Colocó una carga bajo la línea de flotación del último de los navíos y la activó con la palabra impronunciable adecuada. Luego, volvió a colocarse la máscara sobre la boca y se sumergió de nuevo.

El puerto militar estaba empezando a despertar, y seguramente no tardarían en descubrir qué le había pasado al guardia, pero para ­entonces ya sería demasiado tarde. Bajo el agua, no tuvo problemas en dejar atrás los límites del puerto. Salió a la superficie una vez, lanzó un rápido vistazo a lo que estaba ocurriendo y volvió a sumergirse.

Nadaba con los brazos a los costados, todo su cuerpo convertido en una aleta gigantesca que lo impulsaba velozmente hacia donde quería ir. No tardó en llegar a una pequeña playa, en las mismas afueras de la ciudad. Ya había grupos de bacantes en ella, bailando alrededor de las hogueras, borrachos de sí mismos y del vino que habían bebido de la media docena de ánforas que yacían en la arena.

Nadó hasta un extremo de la playa, donde un grupo de rocas lo ocultarían de la luz de las hogueras. El mismo hombre que había ­encontrado en el acantilado lo estaba esperando allí.

Salió del agua y se deshizo con dos gestos rápidos de su extraño traje, así como de la máscara. El otro hombre lo guardó todo en un fardo y él empezó a vestirse con las ropas secas que éste había traído: una túnica de un color alegre y una capa de fiesta ribeteada en rojo. No tardó en ponérsela y, mientras el otro hombre se echaba el fardo a la espalda, terminó de atarse las sandalias.

—¿Algún problema?

Miró hacia el lejano puerto, donde las antorchas eran como puntos de luz enloquecidos que iban de un lado a otro.

—Nada importante —respondió.

—Deberías salir de aquí cuanto antes.

—Aún tengo algo que hacer antes de irme.

El otro hombre sonrió con un gesto hosco.

—Como quieras.

Sin una palabra más, salió de entre las rocas y se unió a la fiesta de la playa, mientras su compañero echaba a andar tierra adentro.

Una mujer desconocida le tendió un ánfora y él echó un largo trago de un vino demasiado dulce para su gusto. Luego, se unió a la danza desmadejada de una de las hogueras.

Estaba bailando cuando comenzaron las explosiones, pero él siguió como si nada hubiera ocurrido, igual que la mayoría de sus compañeros, demasiado borrachos para darse cuenta de lo que pasaba. Para ellos, las distantes explosiones y la luz de los barcos ardiendo eran, ­seguramente, parte de la fiesta.

Hubo algunos que se dieron cuenta de lo que ocurría y dejaron la playa, sin embargo. Aunque nada de lo que hiciesen iba a servir de gran cosa.

La principal flota de guerra de Painé acababa de convertirse en un montón de madera ardiendo que ya no le serviría a nadie.


Llegó a su villa cuando faltaba poco para el amanecer.

Dejó la capa en el suelo y se refrescó el rostro en el balde de agua que los esclavos habían preparado. En la cocina encontró algo de ave fría y de pan y dio cuenta de todo ello sentado a la lumbre del hogar, mientras fumaba perezosamente de una larga pipa de brezo.

Con el hambre saciada y la cabeza despejada, subió al dormitorio.

Ella lo esperaba allí, dormida, y su cuerpo dibujado por las ­sábanas que se acoplaban a su piel era una promesa de otra hambre que saciar. Se quitó la túnica en silencio y, con dos movimientos felinos, se acercó a la cama.

La mujer no tardó en estar despierta y lo miró unos instantes con sus ojos oscuros.

—¿Dónde has estado? —le preguntó.

Él se encogió de hombros y sonrió casi a desgana.

—Había mucho que festejar —respondió.

Ella dirigió una mano llena de anillos a su entrepierna y palpó y exploró, como si quisiera asegurarse de que todo estaba intacto y en su sitio.

—¿Demasiado cansado? —volvió a preguntar.

Él negó con la cabeza y acarició el vientre de la mujer. Ella gimió y su boca hizo presa en la de él con un ansia demasiado voraz para ser real.

Apenas habían iniciado el juego erótico cuando comprendió que no estaban solos en la habitación. Nada en su rostro o en su cuerpo indicó que se hubiera dado cuenta, sin embargo, y siguió entregado al placer como si nada más importase.

Pero sus sentidos estaban atentos a cuanto ocurría a su alrededor y no tardó en percibir los pasos furtivos a sus espaldas.

¿Sólo un hombre? ¿Creían que un solo hombre sería suficiente para acabar con él? Casi se sintió insultado.

Siguió gozando de la mujer y, cuando percibió que su atacante iba a dar el golpe, se giró de tal modo que fue el cuerpo de ella y no el suyo el que recibió la mordedura del acero. Antes de que su asesino hubiera comprendido su error, él ya estaba fuera de la cama, con una sábana en la mano y una sonrisa feroz en el rostro.

Todo acabó demasiado rápido. El asesino no era rival para él. Aún estaba intentando sacar la daga del cuerpo de la mujer cuando la sábana se enrolló alrededor de su garganta.

Enseguida estaba muerto.

A solas en la habitación, sin otra compañía que los dos cadáveres, el hombre se sentó y reflexionó.

Su contacto había tenido razón. Debería haberse ido en cuanto hubo acabado su trabajo. A los jerarcas de la ciudad no les había resultado muy difícil suponer que él había estado tras el ataque de aquella noche. O quizá, simplemente, habían preferido asegurarse y habían enviado asesinos a encargarse de todos los que les parecieran sospechosos.

En cualquier caso, ya no podía quedarse en la ciudad. Tenía que salir, y debía hacerlo discretamente.

Le echó un vistazo al cadáver de su atacante. Podía servir. ­Disfrazado como él no resistiría una inspección a fondo, pero sin duda sería suficiente para escabullirse allí.

Mientras le quitaba las ropas, oyó un gemido procedente de la cama. La mujer seguía con vida.

Se acercó a ella y comprobó que no lo estaría mucho tiempo. Tenía un pulmón perforado; una herida demasiado seria para que sus escasos y no muy potentes mensajeros la reparasen. Aún estaba ­consciente, y lo miraba como si no comprendiese qué había pasado.

—Espero que te hayan pagado bastante por tus servicios

—dijo él, con una voz en la que no había la menor emoción—. Sin duda lo mereces.

Luego, empezó a ponerse las ropas de su atacante. Con un poco de ceniza del hogar, manchó su rostro y oscureció sus facciones.

Se acuclilló y rebuscó por el suelo hasta dar con lo que ­buscaba. Un trozo de entarimado saltó tras una leve presión y empezó a sacar lo que guardaba allí. Hizo un fardo con todo ello y se lo echó a la espalda.

Miró por el balcón: casi estaba amaneciendo. Al mediodía, ­estaría muy lejos de allí.

Sonrió, un leopardo que acaba de devorar su presa y aún disfruta de su sabor, y salió en silencio de la casa.

Nadie lo vio. Nadie lo detuvo.

Los jerarcas no tardaron en descubrir que no estaba en la casa, y que ninguno de los cadáveres del dormitorio era el suyo. Lo buscaron durante semanas, pero nunca dieron con él.

Sabían el nombre y la procedencia que había dado al alquilar la mansión, pero evidentemente ambos debían ser falsos. Nunca ­supieron su verdadero nombre, ni de dónde venía.

Era Yáxtor Brandan, adepto empírico al servicio de Su Majestad, la Reina de Alboné.

Primera Parte

Mensajeros

Pese a lo que pueda parecer, la situación en la que dos enemigos recelosos se miran continuamente por encima del hombro y no hacen nada por miedo a lo que pueda hacer el otro es la más estable de todas. Y, de hecho, la más beneficiosa para ambos bandos.

En nombre de la seguridad y esgrimiendo la amenaza del otro lado (siempre a punto de materializarse, pero sin hacerlo nunca) puede llegar a crearse una dinámica que, a la larga, acaba por sostenerse a sí misma.

Esta situación puede mantenerse durante un tiempo indefinido, si cada bando juega sus cartas con cuidado… siempre, claro, que no aparezca un tercero en discordia.

Glaxton Dishrel


El aerobajel procedente de Wáhrang llegó a Lambodonas a la caída de la tarde, como de costumbre. Cruzó el cielo perezosamente, se detuvo frente a la Torre y, antes de que la manecilla más larga del reloj (instalado diez años atrás y que aún seguía siendo considerado un objeto extraño y poco de fiar por la mayoría de los lambodonenses) recorriese la mitad de su camino, el bajel estaba fijado y la escalerilla lista para que descendieran los pasajeros.

La inevitable inspección llegó poco después. Los Adeptos Inquisitivos fueron tan cuidadosos y discretos como siempre y los pasajeros no tardaron mucho en tener paso franco a la ciudad bajo la torre.

Uno de los viajeros procedía sin duda del norte de Wáhrang, cerca de la frontera con la estepa. Su rostro y las partes visibles de su cuerpo estaban completamente cubiertos de caracteres arcanos que, si uno conocía el idioma, revelaban su linaje. Gran parte de su cuerpo ­estaba tatuado de ese modo y, si conseguía morirse de viejo, era muy probable que al final de su vida no quedase un centímetro de su piel libre de tatuajes.

Permanecía silencioso, casi hosco, mientras esperaba a ser ­inspeccionado por los adeptos. Aquello no le extrañó a nadie. Los wáhranger del norte tenían fama de lacónicos y las palabras tendían a ser, para ellos, algo demasiado valioso para gastarlo en conversaciones triviales.

El adepto lo exploró a conciencia, pero de un modo casi aburrido, y luego lo dejó pasar. Recogió su escaso equipaje (una bolsa de viaje que había visto tiempos mejores) y bajó con los demás pasajeros a la ciudad.

Al contrario que otros lugares, Lambodonas parecía despertar con la caída de la noche. La mayor ciudad de los Pueblos del Pacto, como proclamaban sus habitantes, tenía una vida nocturna intensa y agitada. De ella, lo que posiblemente más chocaba a los extranjeros, eran los baños públicos. Repartidos por toda la ciudad, ofrecían un ­servicio completo y barato, tanto a naturales como a foráneos y, en algunos casos, lo complementaban con otros placeres.

El wáhranger entró en uno de los baños más céntricos y pidió una cabina privada. El esclavo de la recepción lo miró casi con altanería, como si fuera demasiado educado para decir en voz alta lo que pensaba. El cliente echó mano a su bolsa de viaje y extrajo de ella dos monedas que tintinearon con el familiar soniquete de la plata. El ­esclavo las aceptó con una inclinación de cabeza y, aunque la expresión de su rostro se suavizó, era evidente que seguía pensando que aquel cliente estaba fuera de su elemento y que era una lástima que ciertas cosas se compraran simplemente con dinero.

Guió al wáhranger a una de las cabinas privadas, le explicó con desganada eficacia el funcionamiento del baño y luego lo dejó solo. No volvió a pensar en él durante el resto de la noche.

Y, algo más tarde, no sería capaz de articular ningún pensamiento coherente.


A solas, el wáhranger, tomó su baño y dejó que el agua caliente abriera los poros de su cuerpo. Con los ojos cerrados y el gesto relajado, flotó en paz como hacía tiempo que no se sentía. Era consciente de lo que ocurría a su alrededor, del murmullo distante de las conversaciones en los baños (aquellos malditos albonenses parecían incapaces de cerrar la boca, se dijo) pero apenas les hacía caso.

Cuando sintió que el agua empezaba a entibiarse, se incorporó en el baño.

Miró a su alrededor y escuchó con atención. Luego asintió, como si se respondiera una pregunta que él mismo acabase de hacerse. Se puso totalmente de pie, alzó los brazos, cerró los ojos y musitó una palabra impronunciable.

Sintió un cosquilleo en todo su cuerpo y notó cómo los tatuajes empezaban a disolverse sobre su piel, convirtiéndose en minúsculos arroyos que se iban engordando unos a otros hasta encontrar sus ­piernas y deslizarse por ellas hasta el baño.

Pronto, su piel estaba libre de signo alguno. Abrió los ojos.

Apenas podía mantenerse en pie. Estaba agotado. Sin ­embargo, sabía que las fuerzas le alcanzarían para lo que tenía que hacer.

Salió del baño con gestos de hombre viejo y se sentó en el banco junto a la pared. Contempló el agua teñida de negro, que parecía estar musitando una canción.

Se sentía vacío. Y, en cierta forma, así era. Casi todos sus ­mensajeros habían abandonado su cuerpo y estaban ahora en el baño, junto a los que había llevado, dormidos, en sus tatuajes.

Supo que no tenía mucho tiempo. Tal concentración de ­mensajeros activos no tardaría en alertar a alguien y vendrían a por él.

Pero no antes de que hiciese lo que tenía que hacer.

Tomó aire, lo retuvo en el pecho y entonces lo dejó salir ­lentamente, mientras tres palabras impronunciables se articulaban en su boca.

Estalló la locura y él fue su primera víctima.


Cuando la milicia llegó, no había gran cosa que hacer, aparte de contar los cadáveres y ayudar a que los supervivientes estuvieran lo más ­cómodos posible. Pasarían el resto de su vida sumidos en sus propias pesadillas y, seguramente, la mayoría serían llevados a la Casa Final por sus propios parientes a no tardar mucho.

No les costó dar con el lugar donde había estallado la bomba. El cuerpo del wáhranger era un amasijo desmadejado de carne y dolor cuyo rostro casi no parecía humano. El capitán de la milicia dio orden de que apartaran el cuerpo para una investigación posterior y luego trató de poner algo de orden en el caos que lo rodeaba.

No se enteró hasta algún tiempo después que los Adeptos del Cuerpo habían encontrado algo en el cadáver del extranjero aquella misma noche, mientras atendían a su disección.


La Torre había sido un día el hogar de los monarcas. Luego, como prisión, albergó muchos y muy curiosos inquilinos. Treinta años atrás, se había transformado en estación terminal para los aerobajeles que ­llegaban y salían de Lambodonas.

Y, durante todo aquel tiempo, los Adeptos Empíricos habían vivido en ella. Bajo ella, en realidad, muy por debajo de la superficie.

El mundo había ido cambiando a su alrededor, pero ellos lo habían hecho lo mínimo imprescindible para adaptarse a los tiempos y no volverse obsoletos. El laberinto de salas y catacumbas que había bajo la Torre seguía casi igual que el día en que los primeros cien Adeptos Empíricos, usando casi toda su sangre y sus mensajeros, lo habían construido con la pura fuerza de su voluntad.

Como siempre, se movían en la oscuridad, vivían en el anonimato. Sólo respondían ante la Reina o su Regente y muy pocos fuera de un exclusivo círculo sabían de ellos, más allá del hecho de que existían.

En una de las salas mayores de las catacumbas acababa de ­convocarse una reunión. Tal como marcaba la tradición, el último en entrar fue el portavoz y si a algunos les sorprendió que aquella noche éste fuera el propio Adepto Supremo, nadie dijo nada.

Bien asentado en la madurez, con un cuerpo que un día había sido robusto y ahora era simplemente gordo, el Adepto Supremo no perdió un solo detalle de lo que ocurría a su alrededor mientras entraba en la sala. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una poblaba barba castaña, bastante anticuada en unos tiempos donde llevar el rostro ­lampiño era la última moda, y su ceño parecía perpetuamente a punto de fruncirse, sin terminar de hacerlo jamás.

Cruzó la sala y estaba a punto de sentarse cuando se dio cuenta de que no estaban todos. Inició un gesto en dirección a su ordenanza para hacérselo notar, pero se detuvo al ver que alguien entraba en aquel momento.

Sonrió para sus adentros, aunque su rostro no cambió de ­expresión. Brandan, por supuesto, quién si no él llegaría tras el portavoz a una reunión de emergencia.

El recién llegado ejecutó el gesto de disculpa y, sin pararse a ver cómo era recibido, ocupó su asiento. Recibió algunas miradas de reproche de sus compañeros, a las que no hizo caso alguno, y trató de buscar una postura cómoda en la silla.

Sólo entonces se sentó el Adepto Supremo. Tomó el papiro ­enrollado que había en su mesa y, con un gesto, rompió el lacre que lo sellaba. Leyó la orden de la Reina y asintió en silencio.

Luego, alzó la vista y murmuró el juramento empírico. El resto de los hombres de la sala lo repitieron con él:

—No sé mucho. Sé que dos más dos pueden ser cuatro. Sé que he nacido. Sé que moriré. Sé que mi sangre está al servicio de la Reina.

Luego, cada uno de ellos procedió a romper el lacre que ­sellaba los rollos que había en sus mesas. El Adepto Supremo tomó un trago de vino y se dijo que, otra vez, lo habían mezclado mal. Demasiado flojo.

Se encogió mentalmente de hombros.

—Esta tarde, un hombre hizo estallar una bomba de locura en uno de los baños de la ciudad —dijo—. Un fanático, seguramente, al servicio de alguna causa absurda que exige fe sin pruebas. Eso pensamos al principio. Durante la disección del cadáver, sin embargo, ­surgieron algunas cosas interesantes.

Miró de nuevo el rollo con el sello real.

—Creemos que pasó la bomba de tapadillo, inerte en los ­tatuajes de su cuerpo. Era un wáhranger del norte, o se hacía pasar por uno. Luego, en el baño, despertó a los mensajeros de sus tatuajes y usó la mayoría de los de su propio cuerpo para que la bomba alcanzase masa crítica.

Vio cómo Brandan fruncía los labios.

—Él mismo era un mensajero, pero de otra clase. La bomba de locura no fue más que un modo de llamar nuestra atención. Un tanto drástico, como convendréis conmigo, pero sin duda efectivo. El ­verdadero mensaje estaba en su cuerpo, en los mensajeros de sus vísceras. Se activó en cuanto lo abrieron.

Tomó otro rollo de su mesa, lo abrió y leyó en voz alta:

Tenemos una bomba de Malas Noticias. Sabemos cómo usarla y la usaremos. En un mes. No habrá más contactos.

Con gesto tranquilo, arrugó el papiro y lo dejó en la mesa.

—Como veis —dijo— no pierden el tiempo. Directos y al grano. No hace falta que os diga que si alguien usa una bomba de Malas Noticias en Lambodonas, Alboné quedará paralizado. Quién sabe durante cuánto tiempo.

—¿Cómo sabemos que realmente la tienen? —preguntó uno de los adeptos, un par de posiciones a la derecha de Brandan.

—Lo que sabemos es que alguien ha robado un racimo del ­arsenal de los occidentales. Casualmente —recalcó la palabra casi con desgana—, lo hemos sabido hoy mismo. Sospechamos que no somos los únicos en haber recibido un mensaje como éste. Es posible que la ­mayoría de los Pueblos del Pacto hayan recibido un mensajero tan peculiar como el nuestro. Y quien sabe si en el Martillo de Dios ha ­pasado algo parecido. —Se encogió de hombros—. Es difícil saber lo que pasa allí. Tenemos que actuar como si la amenaza fuera real. ­Trabajamos contra el reloj. Tenéis vuestras instrucciones.

Sin esperar, se incorporó en su asiento y echó a andar hacia la salida. Se dio cuenta de que Brandan lo seguía con la mirada. Lo más probable era que no estuviera muy satisfecho con su asignación.

De hecho, contaba con ello.


El nombre, recordaba el Adepto Supremo, había empezado como una broma en la Confederación Occidental, y había terminado convirtiéndose en la denominación oficial.

—Al fin y al cabo, es la costumbre —dijo alguien, seguramente un artífice en una pausa del trabajo—. Culpar al mensajero por las malas noticias. Hacérselo pagar.

La Bomba de Malas Noticias. El invento para acabar para siempre con las guerras. Había sido usada una sola vez, al final de la Guerra del Martillo, cuando Wáhrang ya había sido doblegada pero Honoi seguía resistiendo obstinadamente, haciendo pagar a sus enemigos con sangre cada palmo de tierra conquistada.

Se soltó sólo una. En Kyono-jo. Una bombita de tamaño ridículo y efectos devastadores que destruyó todos los mensajeros de la Ciudad Imperial y cuyos efectos se prolongaron durante dos días.

La consecuencia fue que la delicada red de infraestructuras que era sostenida por los mensajeros en Kyono-jo, como en cualquier otra ciudad civilizada, se derrumbó casi al momento. Reconstruirla había llevado meses.

Y los mensajeros sólo habían estado inactivos dos días, se decía el Adepto Supremo. Sólo dos días. Lo suficiente para provocar un caos sin precedentes y humillar al pueblo más orgulloso de Oriente.

Una bomba que había sido algo ridículo comparada con las que los occidentales (y los khynainios, si lo que los espían decían era cierto) habían desarrollado después. De juguete, decían sus técnicos. Una bomba de juguete.

Uno de los artefactos actuales mataría a todos los mensajeros en Lambodonas y sus alrededores, y sus efectos se prolongarían ­durante meses. En ese tiempo, la ciudad se convertiría en un lugar estéril, que mataría a los mensajeros en cuanto entraran en su perímetro y, con ellos, desaparecería buena parte de lo que los albonenses llamaban civilización.

Estarían indefensos.

A solas en su celda, volvió a leer el mensaje de la Reina.

Había que detener aquella amenaza. A cualquier precio. ­Cualquier otra cosa era sacrificable.

El Adepto Supremo se dio cuenta en ese momento de que no estaba solo. Alguien se había colado en la antesala de su celda y esperaba ahora pacientemente a que su presencia fuera percibida.

—Pasa, Brandan —dijo.

La cortina se hizo a un lado y el rostro de su antiguo alumno cruzó el umbral. Sus facciones parecían vacías de expresión, pero el Adepto Supremo conocía bien el lenguaje del cuerpo de aquel hombre (al fin y al cabo, yo lo convertí en lo que es ahora, se dijo) y se dio cuenta de que, una vez más, estaba al borde de la insubordinación.

Tomó aire y le indicó un asiento frente a él. Yáxtor Brandan se sentó con una economía de movimientos que, pese al tiempo ­transcurrido, seguía dejando al Adepto Supremo sin aliento.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Brandan agitó en el aire el rollo que había estado en su mesa. El Adepto Supremo se dio cuenta en aquel momento de que el lacre estaba intacto.

—Esto es basura —dijo Brandan.

—No pareces haberlo leído.

—No lo necesito. Sé en qué época del año estamos. Y he visto a los demás. He visto cómo reaccionaban a sus asignaciones. Lo que queda por repartir por fuerza tiene que ser basura.

—¿Por qué no lo abres y lo compruebas?

Brandan dudó unos instantes. Luego, con un gesto secó, ­rompió el sello y desenrolló el papiro.

—Trabajo de escritorio. Recopilar. Coordinar. Apoyar a los demás —murmuró mientras leía rápidamente su contenido—. Basura, como he dicho.

El Adepto Supremo se encogió de hombros.

—Conoces las normas. Siete meses de trabajo de campo. Siete meses de trabajo de escritorio. Las cosas son así.

Brandan arrugó el papiro y lo tiró al suelo.

—Basura —repitió. Apenas había emoción en su voz—. Me necesitáis ahí fuera. Más que nunca. La Reina me necesita ahí fuera.

—Es posible. Pero son las normas. Y yo no puedo romperlas.

—Yo sí —dijo, poniéndose de pie y dejando la habitación.

Eso espero, Yáxtor, se dijo el Adepto Supremo mientras lo veía marchar.

Se giró hacia la izquierda y con un gesto y una palabra impronunciable activó los mensajeros del espejo de comunicaciones.

—Laboratorio —dijo.

Un rostro arrugado de expresión plácida ocupó el lugar de su reflejo. Inclinó la cabeza y pareció fastidiado.

—Orston —dijo—. Espero que no sea ninguna trivialidad. Estoy bastante ocupado.

—¿Cuándo no lo estás, Qérlex? Yáxtor Brandan irá a verte pronto, seguramente. Dirá que tiene órdenes para obtener material. Es posible que hasta te las muestre.

—Y serán falsas, claro.

—Es posible. O es posible que no. Lo que no sabemos no puede hacernos daño.

—Curiosas palabras en boca de un Empírico —murmuró ­Qérlex—. Casi rozando la herejía.

—La herejía sólo existe en presencia de la fe. Nosotros no ­creemos. Sabemos o ignoramos, pero no creemos.

—Sí, sí, ahórrame la cháchara. Quieres que le dé al chico lo que pida.

—No. Nunca he dicho eso. Quiero que compruebes sus órdenes. Y, si te parecen correctas, actúa en consecuencia.

—¿Y si no me lo parecen?

—Sospecho que te lo parecerán.

Qérlex torció la boca.

—Sí —dijo al cabo de un rato—. Sospecho que sí.

Por supuesto, el único que entiende de verdad a un operativo de campo es otro operativo de campo, aunque sea del bando contrario. Eso, sin embargo, no siempre es beneficioso. Hablar con tu propio reflejo puede llevarte a descubrir cosas de ti mismo que preferirías haber mantenido en la oscuridad.

Fléiter Praghem


Como toda gran ciudad, Lambodonas estaba llena de lugares que no existían. Burdeles y casas de juego, por supuesto, difíciles de diferenciar a veces unos de otras. También había lugares menos inocuos, donde el desafío a la ley era algo más que simplemente obviar una ­costumbre que se había vuelto obsoleta y que, aunque estuviera sancionada por los legisladores, nadie cumplía en realidad. Todo el mundo sabía que era cuestión de tiempo que el juego y la prostitución estuvieran a este lado de la ley y, salvo la guardia de la ciudad (para la que la existencia de ciertos delitos era una cuestión de pura supervivencia), nadie les prestaba demasiada atención.

Otros lugares eran algo más siniestros. Al igual que los anteriores, no existían, y su inexistencia era, por decirlo así, algo más ­secreta.


Fléiter Praghem, apoyado como siempre en su bastón, contemplaba con interés distante el resultado de un combate entre un carneútil y un khynainio y se preguntaba si aquello llevaría mucho más tiempo. Alzó su copa y dejó que un esclavo se la llenase mientras el combate (la ­carnicería, en realidad, pensó) llegaba al final. El khynainio, convertido en una ruina humana, se desplomó en el suelo y el carneútil, una mole de piel anaranjada que no parecía comprender dónde estaba, se quedó totalmente inmóvil.

El maestro de pista anunció el ganador. Se cobraron y se ­pagaron las apuestas. Se limpió la arena. Se preparó un nuevo combate.

Aburrido, se dijo Praghem. Tan aburrido como aquellos ­malditos albonenses, con su pose de altanera civilización y sus bajos deseos apenas ocultos bajo la superficie.

Se preguntó una vez más por qué no había elegido otro ­destino. Tal vez en las ciudades estado de Ashgramor, o entre los decadentes e insufribles habitantes de Quitán. Incluso en la ciudad abierta de Jarsarén, llena de peregrinos, adeptos, cenobitas, acólitos, beatos y aspirantes a santos. O, ya puestos, en algún lugar de Khynai, tratando de pasar desapercibido entre los creyentes del Dios Único.

Obtuvo la respuesta cuando vio a Yáxtor Brandan entrar en el anfiteatro. Los ojos azul acero del adepto empírico recorrieron la ­multitud como si no estuviera allí y acabaron encontrando los de Praghem, como éste sabía que harían.

Aferró el bastón con fuerza, esbozó una sonrisa y alzó la copa en su dirección, en un remedo burlón de brindis. La boca de Brandan sonrió, pero no sus ojos. Praghem sólo había visto alegría en los ojos del adepto en una ocasión, y prefería no pensar en ello.

Brandan no tardó en llegar a su lado.

—¿Qué tal ha ido la noche?

Praghem se encogió de hombros.

—Aburrida. Y no creo que el próximo espectáculo la vaya a mejorar. —Echó un vistazo en dirección a la arena y asintió—. Este lugar ganaría mucho con una redada de la guardia urbana, la verdad.

—Podemos arreglarlo.

—Estoy seguro de que sí. También lo estoy —añadió, tras ­terminar su copa y dejarla en una repisa a su lado— de que no has venido a verme para hablar de este circo de baratillo. ¿Qué tal si nos vamos a un lugar donde podamos hablar con tranquilidad?

—Conozco el sitio perfecto —dijo Brandan.

—Seguro que sí. Pero tendría que estar muerto antes de que permitir me metieras en vuestro laberinto. No, sé dónde podemos ir.

Brandan asintió, como Praghem había sabido que haría desde el momento mismo en que lo vio entrar.


Buena comida, buena bebida y agradable compañía femenina... o algo parecido. Las carneútiles eran, en todo caso, lo bastante convincentes.

Praghem acariciaba distraídamente el pecho de una de ellas mientras con la otra mano picoteaba un bocado de aquí y de allá en la bandeja que había frente a su triclinio. Los largos dedos de la carneútil jugaban de un modo experto e indiferente con su miembro, y el rostro de Praghem estaba completamente ocupado por una expresión de ­placidez que no parecía tener prisa alguna en dejarlo.

Frente a él, Brandan se reclinaba a medias en su triclinio y bebía su vino con indiferencia.

—¿No quieres que te pida una? —preguntó Praghem.

Brandan negó con la cabeza.

—Nunca en Alboné.

Praghem sonrió burlón y dio un pequeño respingo al notar las uñas de la carneútil en su escroto.

—¿Temes que la Reina se enteré? —preguntó.

Brandan se encogió de hombros.

—Ya veo. Hoy no estás de humor para trivialidades. No es que te culpe, pero uno debería encontrar siempre un momento para según qué cosas.

—Nunca en Alboné —repitió Brandan.

—¿Qué pasa, es el lema de tu familia? Un poco más a la ­derecha, querida. Así, peeeeerfecto.

—Habéis perdido algo.

—Hemos perdido un montón de cosas. Es nuestra especialidad, querido, ya lo sabes. Pero supongo que te refieres al racimo de bombas de Malas Noticias que desapareció misteriosamente del almacén de Los Álamos.

Brandan asintió.

—Sí, ya me he enterado de lo que ha ocurrido esta tarde. Una forma eficaz de llamar la atención, sin duda. —Brandan no pareció sorprendido de que Praghem estuviera al tanto de todo. Al fin y al cabo, era su oficio—. Y seguro que en los próximos días nos enteraremos de que no habéis sido los único en recibir una carta de... iba a decir de chantaje, pero en realidad no os pedían nada, ¿verdad? Se limitaban a decir lo que tenían y cuándo lo usarían. Como sea, no creo que hayáis sido los únicos en recibir un mensaje tan original. Al fin y al cabo, en el racimo.... perdido había bombas suficientes para unas cuantas ­ciudades.

—¿Qué ocurrió, Fléiter?

—Ah, Yáxtor, maldita sea, qué iba a ocurrir. Alguien la pifió, desde lueg... Sí, ahora con la boca, perfecto. Alguien la cagó, como te decía. Pero no importa, los burócratas de Washorya ya se han cubierto las espaldas, han cuadrado los balances y han decidido que lo mejor es no hacer nada.... Sí. Oh, sí.

Brandan bebió un nuevo trago y contempló con indiferencia el trabajo que la carneútil estaba haciendo con su boca en el pene de Praghem. Éste jadeó durante unos segundos, dejó escapar el aire en lo que pareció un intento frustrado de tos y su cuerpo se relajó de repente.

—Gracias, querida.

La carneútil, su rostro tan inexpresivo lo como había estado durante todo el proceso, los ojos enfocados en el vacío, procedió a ­limpiar los genitales de Praghem, mientras éste se acomodaba mejor en el triclinio y sonreía en dirección a Brandan.

—Este sitio es de lo mejor —dijo—. Saben cómo dirigir a sus carneútiles. Tengo que felicitar a la adiestradora.

—Luego.

—Sí, claro, luego. Ahora los malditos negocios. ¿Qué quieres saber?

—Todo lo que puedas decirme.

—Antes, dime tú una cosa. ¿Por qué no has venido a verme por los cauces oficiales?

—Preferimos dejar el papeleo al margen.

—Ya. O sea, que estás actuando de espaldas a tus superiores. Eso no les va a gustar.

—Sólo si lo descubren.

—Que no sea por mí, amigo mío.

—Sé que no lo será.

La carneútil terminó su tarea, colocó en su sitio la túnica de Praghem y se puso de pie. Echó a andar hacia la puerta y, al hacerlo, pasó junto a Brandan. Éste extendió una mano. La carneútil se detuvo, indecisa. Brandan sonrió y Praghem desvió la vista.

Se oyó un crujido y, cuando volvió a mirar, la carneútil era un cuerpo desmadejado en el suelo que empezaba a deshacerse con alarmante rapidez. Brandan aún sonreía. Sus ojos no.

—Y ahora estamos seguros de que tampoco lo descubrirán por ella —dijo.

—Eso parece.

Yáxtor no era real, se dijo Praghem. Era un pensamiento que había tenido en ocasiones, cuando contemplaba el modo rápido, frío y carente de remordimientos en que actuaba el adepto si lo consideraba necesario. Era como el puñetero personaje de un cuento, como si el mismísimo Arteg Praghem, el héroe que había poblado las historias de su infancia gracias a su padre, se hubiera reencarnado en él.

—Ahora cuéntame todo lo que sepas, Fléiter.

Éste parpadeó y masculló una maldición. No le gustaba que nadie lo pillara con la guardia baja. Y menos que nadie, Yáxtor.

—¿Ni siquiera vas a decir que te lo debo? —preguntó, para ganar tiempo.

—¿Hace falta?

—En realidad, no. —Se encogió hombros—. De acuerdo, por los siete demonios de la Teja, ¿por qué no? Al fin y al cabo estamos juntos en esto, nos guste o no. Y si os amenazan a vosotros, en cierto modo lo están haciendo con la Confederación Occidental también. Así que adelante. Pero antes me serviré otro trago. Creo que lo necesito.


En realidad, dijo Praghem, no había mucho que contar.

El secreto mejor guardado de la Confederación era la bomba de Malas Noticias. No su existencia, claro, ésa se había hecho notoriamente pública al final de la Guerra del Martillo. Pero su localización exacta y, sobre todo, el estado de las investigaciones sobre ella, eran algo de lo que sencillamente no se hablaba.

Pocos sabían dónde estaba el taller. Y de ellos, sólo los artífices que trabajaban allí eran conscientes de a qué se dedicaban en realidad, y ésos no salían jamás. La milicia encargada de la seguridad ni siquiera tenía la menor idea de en qué lugar estaban. Se los traía y se los llevaba totalmente a oscuras.

—Y hasta teníamos otra media docena de talleres similares, todos con las mismas medidas de seguridad, sólo que éstos no eran más que decorado.

Si algún soldado llegaba a averiguar dónde estaba, lo único que podría decir es que era un taller secreto. Uno más de tantos.

—Todo eso, sobre el papel, claro.

La realidad era que alguien por fuerza tenía que saber qué se hacía allí, dónde estaba y en qué estado de desarrollo se encontraban las investigaciones. Y, cuando más de una persona sabe algo, lo acaba sabiendo todo el mundo, tarde o temprano.

—Al fin y al cabo, ése es el intríngulis de nuestro negocio, ¿verdad, Yáxtor?

En realidad, los detalles de lo que había ocurrido no estaban nada claros. Se había cursado la orden para solicitar un destacamento de relevo para el taller. Y luego... nada. Un silencio total.

—Todos los intentos de comunicación resultaron inútiles. Los mensajeros activaban los espejos, pero al otro lado no parecía haber nadie. En cuanto a los otros métodos... todo funcionaba, sin problemas. Simplemente, nadie respondía.

Cuando por fin se decidió enviar a un grupo de exploración, lo que éste encontró fue bastante... pintoresco. Los soldados estaban muertos y los artífices habían desaparecido. En cuanto a los ­almacenes, todos estaban intactos, menos uno.

—Se llevaron el último modelo. O sabían muy bien lo que ­estaban buscando o les apretaron las clavijas a los artífices. Como sea, cogieron sólo las bombas más recientes, las desarrolladas en el último año, y dejaron todo lo demás.

Y aquello era todo.

—No, no lo es —dijo Brandan. Había escuchado en silencio la historia, limitándose a asentir de vez en cuando, mientras daba cuenta de una copa de vino tras otra—. Dices que todo ocurrió durante un relevo de la guardia. ¿Qué hay de ellos?

—Bueno, muertos, ¿no?

Brandan negó con la cabeza.

—No. No estaban entre los soldados muertos —dijo.

—¿Cómo demonios lo sabes?

Brandan dejó la copa sobre la mesa.

—He sido entrenado para leer a otros hombres, Fléiter, ya lo sabes. Y a menudo lo que se calla es más revelador que lo que dice. Vuestro equipo de rescate encontró muerto al destacamento que ­custodiaba el lugar. Y no había rastro de los artífices. Pero, ¿qué pasó con el relevo?

—No estaban.

—¿Y dónde estaban?

Praghem tomó aire y lo soltó como si le costara hacerlo. Contempló su bastón, apoyado sobre una mesita no muy lejos de su triclinio. Lo tomó con un gesto desganado y, durante varios segundos, se entretuvo en acariciar su superficie, desgastada por varias generaciones de uso.

—En sus acantonamientos —dijo al fin, sin dejar de mirar el bastón. La empuñadura de plata reflejó la luz un instante y Praghem le sonrió burlonamente a su propia imagen—. ¿Te lo puedes creer? Estaban en los malditos cuarteles. No se habían movido de allí. Las órdenes de relevo nunca habían llegado. Fueron interceptadas.

Brandan apretó la mandíbula. Sacó su pipa de brezo de un ­pliegue de su túnica y la cargó con tranquilidad, indiferente al gesto de desagrado de Praghem, que se daba pensativos golpecitos en la ­barbilla con la empuñadura del bastón.

—Pero hay algo que no cuadra, ¿verdad? —preguntó Brandan, tras la primera bocanada de humo.

—Claro que hay algo que no cuadra —dijo Praghem, sobresaltado. Apoyó el bastón sobre sus piernas y tomó aire—. Siempre lo hay, ya lo sabes. Todos los hombres estaban en sus puestos... excepto uno. El oficial encargado de transmitir la orden de relevo ha desaparecido. Lo estamos buscando desde entonces.

Brandan asintió.

—¿Y ese oficial es...?

Praghem pareció de pronto un animal acorralado.

—Yáxtor, amigo mío, no me importa compartir información con vosotros, ya lo sabes. Trabajamos para la misma causa, al fin y al cabo. Nos enjabonamos la espalda unos a otros, por así decir, pero lo que me pides...

Brandan se tumbó en el triclinio y lanzó un par de volutas de humo hacia el techo.

—Los vuestros están buscando en el lugar equivocado —dijo, mientras contemplaba perezosamente las formas que el humo iba ­trazando—. Lo buscarán por todas partes y no lo encontrarán. Ya está muerto.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Es lo que haría yo. Es el único eslabón débil de la cadena. Así que lógicamente, hay que hacerlo desaparecer. No creo que encontréis su cuerpo.

Praghem asintió a su pesar.

—Tienes razón, maldita sea la Teja y su estúpido géiser. En realidad, pienso exactamente lo mismo desde que supe lo que había pasado. Sólo que no me atrevía a decirlo en voz alta.

Brandan lanzó una nueva serie de anillos de humo hacia el techo. Esperó unos segundos y luego los atravesó con un par de anillos más pequeños.

—Cuéntame lo que sepas de él —dijo al fin.

Praghem se dio por vencido. Llevaba veinte años espiando al servicio de la Confederación Occidental, y en todo aquel tiempo había estado en medio mundo y tenía una idea bastante clara de lo que había en el otro medio. Pero nunca había conocido a nadie como Yáxtor Brandan y presentía que nunca lo conocería.

Por suerte, pensaba a veces.

—Sea. Es el comandante Chanandler Trib’ni. O lo era, si es que estás en lo cierto. Estaba en la milicia desde finales de la guerra, aunque no creo que viera mucha acción. Por aquel entonces debía ser poco más que un alférez bisoño. En cualquier caso, tenía un historial impecable. Un burócrata, en realidad, pero supongo que un ejército también los necesita. Su hoja de servicios parecía normal: alguna cosa aquí y allá, pero nada de importancia. Nada que nos diera la menor pista de que pudiese ser un traidor, o un durmiente del otro bando. Claro que si nos dieran pistas, nuestro trabajo no tendría gracia, ¿verdad?

Brandan no respondió.

—Estaba destacado en Wáhrang, en la parte occidental de ­Barlénder. Solicitó un traslado provisional a casa hace unos cuatro meses y se lo dieron. Como he dicho, era un burócrata, así que supongo que tenía sentido que lo pusieran donde lo pusieron. Pero... —Dudó unos instantes—. Es cierto que estaba en el lugar adecuado para hacer que el relevo nunca saliera, pero es imposible que conociera el emplazamiento del taller.

—Quizá no lo conocía —dijo Brandan, mientras se incorporaba y vaciaba su pipa—. Tal vez simplemente tenía que hacer desaparecer ciertas órdenes cuando alguien se lo dijera. Una pieza más en la maquinaria, probablemente.

Guardó la pipa en la túnica y le echó un vistazo a su copa. Aún quedaba suficiente para un trago y lo apuró de golpe.

—Supongo que tienes información detallada de dónde vivía en Wáhrang, cuáles eran sus relaciones y con quién tenía contacto.

—Sí, pero no es gran cosa. Era un tipo callado. Iba a lo suyo y no se relacionaba demasiado con los demás. —Tomó aire y lo soltó lentamente—. Tenía una hija —añadió.

Fingió no ver el brillo en los ojos de Brandan al oír eso.

—Cuéntame más –dijo éste.

A día de hoy seguimos sin saber cómo funcionan realmente los mensajeros. Sabemos que existen y que los carneútiles los acumulan o los ­producen (ni siquiera estamos muy seguros de cuál de las dos cosas) y sabemos que se introducen en nuestros fluidos y que podemos usarlos, de un modo inconsciente, para que trabajen para nosotros: hacer que curen nuestras heridas o que nos protejan de algunas enfermedades.

También sabemos que podemos manipular nuestros propios ­mensajeros y los de nuestro entorno para que hagan otras cosas mediante el uso de las palabras impronunciables.

Pero ¿qué son las palabras impronunciables? ¿Y quién las pronuncia realmente? ¿Nuestra boca, o los mensajeros que hay en ella?¿Por qué las conocemos? Cuando creamos una configuración concreta de mensajeros para una tarea precisa, ¿cómo llegamos a saber cuál es la palabra impronunciable que los activará y de qué modo organizarlos para que respondan a ella?

¿Y qué son los propios mensajeros? Hasta hace muy poco éramos incapaces incluso de verlos. Y aún hoy sólo sabemos que están ahí y que son infinitesimalmente pequeños. Obedecen nuestras órdenes, pero ­seguimos sin saber exactamente cómo. Y, lo que es más importante, por qué.

Sí que sabemos algo, sin embargo. Que no son parte de nosotros. Se cuelan en nuestro cuerpo, pero no son producidos por él. Podemos usarlos, pero no crearlos.

A partir de ahí, de nuestra propia ignorancia, quizá podamos dar los primeros pasos. ¿Hacia dónde? Hacia una ignorancia un poco más pequeña, tal vez.

Qérlex Targerian


Sabía que el miedo de sus aprendices era fingido, y que a sus espaldas cuchicheaban sobre él. Sabía también que lo apreciaban y, más importante aún, lo respetaban. Así que el resto podía pasarse por alto, siempre que no se mencionase.

Aquella ficción de reverente temor se tambaleaba cada vez que Yáxtor Brandan aparecía por el taller. Bastaba con que empezase a ­toquetear por aquí y por allá e hiciera un par de comentarios jocosos para que las máscaras estuvieran a punto de venirse abajo.

Así que cuando vio a Brandan abrirse camino en su dirección a través de un grupo de aprendices, fingió no verlo y siguió con su ­trabajo. Los dos próximos días iban a ser muy duros, se dijo, hasta que las cosas volvieran a la normalidad.

—Qérlex —dijo Brandan, mientras se detenía a un par de ­metros a sus espaldas—. Tu madriguera parece extrañamente ordenada esta mañana.

Inmutable, Qérlex Targerian siguió con lo suyo y no se volvió hasta que la última rueda dentada estuvo en su sitio. Sólo entonces se permitió fulminar a Brandan con una mirada lanzada por encima de sus anteojos.

—Vaya —dijo—. Estaba seguro de que habías muerto. O casi.

—«Casi» no cuenta. Ya deberías saberlo.

—¿Qué te trae por aquí?

Brandan se llevó la manó al mentón y se lo acarició en un gesto pensativo.

—Veamos —dijo—, ¿qué podría necesitar de ti? No se me ocurre nada.

—Estupendo. A mí tampoco. Así que, ¿por qué no te largas y me dejas en paz?

En lugar de responderle, Brandan le tendió un rollo lacrado. Qérlex lo tomó y rompió el lacre. La orden parecía estar en regla y los sellos, correctos. Con un gesto despectivo, arrugó el papiro y lo lanzó sobre un brasero.

—Supongo que necesitarás otra vez que los productos de mi taller salven tu miserable vida. Y, como de costumbre, si me devuelves alguno en buen estado habrá sido por equivocación.

Brandan sonrió y Qérlex contempló algo que pocos hombres habían visto. Un brillo de distante diversión asomó a sus ojos color acero. El artífice estaba al tanto de las leyendas que circulaban en la Orden sobre el joven adepto, y nunca las había puesto en duda. Al fin y al cabo, conocía perfectamente su historia y sabía en qué se había convertido cinco años atrás. De hecho, él era uno de los responsables (no el principal, se decía a sí mismo a menudo, pero responsable al fin de cuentas) de aquella transformación.

Pero sabía también que Brandan se sentía seguro en su taller, a salvo. Casi como en casa. Y el intercambio de pullas, el continuo ­menosprecio de sus creaciones, la forma descuidada en que las toqueteaba y las dejaba en cualquier parte, eran su modo de hacer eso evidente.

Así que le hizo una seña al adepto para que fuera tras él y dejó aquella parte del taller, en dirección a su espacio privado.

Era una sala enorme, casi tan grande ella sola como el resto del taller, y estaba atestada. Aparatos a medio construir ocupaban la mayoría de las mesas; cachivaches que nadie sabía para qué servían se amontonaban en los estantes, y docenas de planos se desparramaban por todas partes.

—Esto es algo en lo que he estado trabajando —dijo mientras entraba—. Creo que puede serte útil. ¿Dónde lo he met...? Ah, sí.

Le tendía lo que parecía un brazalete de metal en forma de ­serpiente enrollada.

—Muy adecuado —dijo Brandan—. Confieso que no sabía que ponerme esta noche.

Qérlex masculló algo y susurró una palabra impronunciable.

—El metal tiene memoria y recupera su forma original con la palabra adecuada —dijo mientras el brazalete se transformaba en un estilizado cilindro y, lo que había sido la cabeza de la serpiente se ­convertía en una culata.

—Ah, ya veo —dijo Brandan—. Un lanzador de proyectiles. Muy innovador. Creo que hay algún bárbaro en el Sur que aún no lo tiene.

—No como éste, te lo aseguro.

Qérlex rebuscó por uno de los estantes hasta dar con una pequeña caja metálica. La abrió y tomó una de las bolitas que había en su interior. La encajó en la recámara del lanzador y apuntó hacia el fondo de la sala, donde había un maniquí para pruebas de tiro.

Brandan lo contemplaba sin saber adónde quería llegar el otro hombre. Éste se volvió a medias y sonrió como si acabara de acordarse de un chiste estupendo.

Su dedo se crispó alrededor de un pequeño gatillo y el lanzador escupió el proyectil. El rostro del maniquí se convirtió en algo irreconocible por el impacto.

—¿Qué...? —preguntó Brandan.

—Ah, así que ya no lo sabemos todo, ¿verdad? —dijo Qérlex mientras se volvía y le tendía el lanzador.

Brandan lo tomó en sus manos y lo hizo girar, estudiando el mecanismo. Al cabo de un rato, la comprensión asomó a su rostro.

—Claro —dijo—. El gatillo activa el percutor. Y es el golpe de éste sobre el proyectil el que genera la palabra de ignición.

—Bueno, no eres idiota del todo, te lo reconozco.

—Interesante —dijo Brandan, sin dejar de hacer girar el ­lanzador—. Muy interesante.

—Seguro que sí. Tanto que puede salvar tu vida. Es totalmente indetectable, por supuesto. Y lo mejor es que también el disparo lo es. No necesitas pronunciar la palabra que activa los mensajeros del ­proyectil. Y, de hecho, niño ingrato, el percutor no la hace audible al golpearlo, sino que la escribe sobre él.

—¿Has...?

—Sí, he. Exactamente. Mis proyectiles no necesitan del sonido para activarse y, por tanto, nadie puede detectar una palabra impronunciable siendo pronunciada. Si usas este lanzador con discreción, nadie dará contigo. Y lo mejor es que si alguien te roba la munición no podrá usarla con otro lanzador. ¿Es lo bastante bueno

para ti?

Brandan, impresionado a su pesar, asintió. Qérlex le arrebató el arma, pronunció la palabra de reposo y de nuevo fue un inocuo brazalete en forma de serpiente.

—Puedes usar con él un cargador estándar. Y, por supuesto, en caso de apuro puedes utilizar munición tradicional, activada por la voz.

Le tendió el brazalete, un par de cajas con los proyectiles y un cargador.

—¿Suficiente? —preguntó después.

—En realidad...

No, Qérlex tampoco había esperado que lo fuese.

En la siguiente media hora, los dos recorrieron la sala privada del artífice y éste le fue comentando al adepto las cosas en las que ­estaba trabajando. Algunas aún no habían pasado del plano a la realidad, otras estaban a medias y unas pocas no habían sido probadas aún. Del resto, la mayoría fueron desdeñadas por Brandan con un ­gruñido y una sonrisa despectiva.

Hubo algunas que encontró interesantes, sin embargo.

—¿Y bien? —preguntó Qérlex cuando Brandan se dio por ­satisfecho y dejó de preguntarle para qué era aquello o lo otro—. ¿Qué será esta vez? ¿De qué terrible amenaza vas a salvar al mundo civilizado?

Brandan sonrió de nuevo y no fue consciente de lo relajado que se sentía mientras sacaba la pipa y procedía a llenarla de tabaco.

—¿No te lees las circulares?

—¿Para qué? ¿Me serviría para algo?

—Seguramente no.

—Entonces...

Pero Brandan no respondió y siguió fumando como si el artífice no le hubiera preguntado nada.

—Supongo que para ti no somos más que fantasmas

—murmuró al cabo de un rato—. Fantasmas molestos que de vez en cuando invadimos el mundo real y no te dejamos trabajar en paz.

Qérlex se encogió de hombros.

—Es una forma de verlo.

—Sí, supongo que sí.

No tardó en irse y lo hizo sin contarle al artífice para qué ­necesitaba todo lo que había cogido. No es que Qérlex hubiera necesitado que se lo contase, por supuesto. Estaba al tanto de todo lo que pasaba por allí arriba, aunque sólo fuera a través de los murmullos de sus aprendices.

Una bomba de Malas Noticias. Varias, si lo que se rumoreaba era cierto.

El más estúpido y peligroso de los inventos. Y habían sido los occidentales los que lo habían desarrollado. Quién si no. Enamorados de su propio ingenio y dispuestos a probar cualquier innovación sin pararse a pensar en las consecuencias.

Aunque éstas fueran la desaparición del mundo tal como lo habían conocido hasta ahora.

Mentalmente, rogó porque Brandan tuviera éxito en su misión. Aunque, en el fondo, sabía que incluso en ese caso no era más que un aplazamiento. Una vez que has inventado algo no puedes desinventarlo, no desaparecerá por sí mismo.

Era cuestión de tiempo que todo dejase de ser lo que era.

Al menos que pase después de mi muerte, se dijo. Pero ­tampoco era muy optimista al respecto.


El espejo de comunicaciones se activó y el Adepto Supremo pronunció la orden que despertaría a los mensajeros de su lado.

El rostro enfurruñado de Qérlex se materializó en la superficie bruñida.

—El chico ha estado aquí, Orston.

—¿Tenía una orden?

—Claro que la tenía, ¿crees que es imbécil? Y muy bien falsificada, además.

—Bueno, ése siempre ha sido uno de sus talentos naturales.

—Casi todo ha sido siempre uno de sus talentos naturales. No me vengas con obviedades, Orston.

El Adepto Supremo entrecerró los ojos. Qérlex no estaba ­fingiendo ser un tirano cascarrabias, como hacía con sus aprendices. Realmente estaba molesto.

—¿Qué ocurre?

—Nada bueno, ya que me lo preguntas. Nuestros estúpidos primos de occidente han desarrollado un arma que a nadie debería ­habérsele ocurrido jamás. Si eso te parece poco, se la han dejado robar como pardillos. Sí, ya sé que tarde o temprano habría pasado. Una vez que creas algo es cuestión de tiempo que todo el mundo lo tenga. Pero mientras tanto, estamos en una situación bastante apurada.


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