Excerpt for Embrión by Rodolfo Martínez, available in its entirety at Smashwords

Embrión

Una historia de Yáxtor Brandan


Rodolfo Martínez



Copyright © 2011, Rodolfo Martínez



Primera edición: Julio, 2011



Diseño de cubierta: Sportula



ISBN: 978-84-939203-2-6



SPORTULA

www.sportula.es

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Contenido


Embrión


Una de las mayores mentiras que nos contamos a nosotros mismos es que cambiamos, que podemos cambiar. Algo que, si bien es cierto a lo largo de nuestros primeros años, no tarda en dejar de serlo. Una vez que se han establecido los cimientos de lo que vamos a ser, sólo cambiamos para parecernos más a nosotros mismos: nos pulimos, nos refinamos, nos sacamos brillo, pero no somos muy distintos de un carneútil al que la voluntad de su amo ha atrapado en una forma concreta y precisa. Podremos variarla dentro de ciertos límites, pero no allí donde realmente importa.

Durante un tiempo, somos como el cachorro de un animal desconocido en una habitación oscura a la que nadie puede asomarse. Nadie, ni nosotros mismos, sabe aún si somos un predador o una presa, un reptil o un mamífero. No es hasta que se abre la puerta y se enciende la luz que tomamos forma.

Y, una vez tomada, ya no la cambamos.


Próxtor Brandan




—¿Se puede saber qué miras?

El joven acólito de los adeptos empíricos se limitó a encogerse de hombros, sin decir nada. La mujer enarcó una ceja, dio media vuelta y volvió a ocuparse de su exiguo huerto. Mientras se inclinaba, la abertura de su falda dejó ver un buen pedazo de una pierna larga y bien formada.

Se incorporó de pronto y volvió a contemplar al acólito. No tendría más de catorce o quince años, y seguía mirándola como si estuviera en un museo admirando un buen cuadro.

—¿Te gusta lo que ves?

El muchacho asintió. La mujer sonrió a su pesar.

—Así que te gusta venir a vernos a las clases bajas sudar y trabajar. Seguro que para ti es toda una novedad.

El acólito estuvo a punto de decir algo pero, en lugar de eso, se encogió de hombros otra vez.

—Bueno, me encantaría seguir con esta fascinante charla, pero tengo cosas que hacer.

De nuevo se inclinó sobre el huerto, tomó la azada y la hundió cuidadosamente en la tierra. Masculló una maldición repentina y alzó una vez más la vista.

—¿Tienes nombre, al menos?

—Yáxtor Brandan.

Su voz, sin ser la de un hombre adulto, ya no era la de un niño. Había sonado hosco, como si su nombre fuera una cosa molesta que no le gustaba compartir con nadie.

—Bueno —dijo la mujer—. Hablas y tienes un nombre, además de estar interesado en mis piernas. Ya es algo.

Dudó unos momentos. Luego sonrió, como si acabase de gastarse una broma a sí misma.

—Si quieres ver algo mejor, ven esta noche —dijo.

El acólito la contempló indeciso, sin saber cómo tomarse su ofrecimiento.

—¿Y a quién vendré a ver? —preguntó.

—A mí, por supuesto.

El joven se mordió el labio. Miró a la mujer unos segundos más y luego, de repente, dio media vuelta y echó a andar calle abajo.

La mujer lo contempló unos instantes. Finalmente, se encogió de hombros y siguió trabajando.



Llevaba varias semanas vagando por la ciudad sin rumbo fijo. Salía a la hora de comer y dejaba que sus pies decidieran el camino por él. A media tarde, se detenía dondequiera que estuviese y daba cuenta de las provisiones que había tomado de la cocina. Luego, con tranquilidad y dedicación, exploraba el lugar al que lo habían llevado sus pasos.

Después, cuando volvía a la Torre y tras realizar sus ejercicios en el patio, rememoraba, no sólo el lugar que había visitado, sino el itinerario que había seguido para llegar a él.

Poco a poco estaba trazando un mapa caótico y confuso de Lambodonas, construyendo en su mente un laberinto del que sólo él tenía la clave.

No debería estar allí, en aquella capital que, a medida que avanzaba el verano, parecía más un gigante aletargado en el sopor de una siesta interminable. Debería haber vuelto a las tierras familiares, en el norte junto a las montañas, y haber pasado en ellas el verano hasta el curso siguiente. Pero algo, un impulso repentino que aún ahora no conseguía explicarse, lo había llevado a escribirle a Maklén diciéndole que pasaría parte del verano en Lambodonas, si no todo.

Ítur Brin, su amigo más cercano entre los acólitos, casi el único, había murmurado entre dientes su envidia:

—Tendrás la ciudad para ti solo. Ojalá pudiera acompañarte.

Yáxtor, con indiferencia, había respondido:

—Hazlo.

Ítur había mascullado una maldición.

—Ya sabes que no puedo. El verano es la época más atareada y mis padres necesitan todas las manos para la cosecha. No pueden permitirse contratar un bracero más.

Ítur había sonado resentido. Era evidente que consideraba injusto que su amigo pudiera holgar como un hidalgo que vivía de rentas y él tuviera que deslomarse al sol. Bueno, se había dicho Yáxtor, no era culpa suya.

Además, prefería estar solo.

Durante aquellas semanas no le había dado mucha importancia a dónde se metía, ni había pensado en pasar desapercibido. Era un acólito de los adeptos empíricos, al fin y al cabo. Nadie le haría daño, nadie se arriesgaría a que la furia de los más temibles agentes al servicio de la Reina cayera sobre ellos si le hacían algo a uno de los suyos.

Y aquella tarde…

Se había encontrado de pronto en un barrio decrépito, con el adoquinado de las calles en un estado de conservación lamentable, el alumbrado público medio destrozado y las fachadas de las casas desconchadas y, en muchos casos, a medio desmoronarse. Estaba cerca del río, al sur de la ciudad y, hasta aquel día, sus pasos no le habían llevado por allí.

No se había encontrado con mucha gente y los pocos que se cruzaron en su camino lo miraron sorprendidos.

Luego, vio a la mujer.

Su casa parecía en pie de puro milagro. La valla que un día la había rodeado era un esqueleto arruinado y el jardín, un caos enmarañado en el que ella había conseguido despejar un trozo para convertirlo en un pequeño huerto.

Sin saber por qué, se la había quedado mirando mientras trabajaba. Era mayor, aunque no mucho. Veinte años, tal vez, había pensado. No más. Alta, esbelta y fibrosa, el rostro concentrado en un mohín pensativo que convertía sus facciones en algo fascinante.

Debería haber seguido su camino, y en lugar de eso se había quedado mirándola como un tonto hasta que ella reparó en su presencia.

Idiota, se decía ahora tumbado en su celda.

«Si quieres ver algo mejor, ven esta noche.»

Tonterías.

Estaba prácticamente solo en el dormitorio común. Muy pocos acólitos renunciaban a la libertad de los meses de verano. Generalmente sólo aquellos que no tenían a donde ir. Yáxtor era un bicho raro entre ellos, un excéntrico que había decidido quedarse por propia voluntad.

«Si quieres ver algo mejor, ven esta noche.»

Se incorporó en el lecho y dejó el dormitorio. A medida que caminaba, el esbozo de un plan iba asomando a su cabeza.



—Necesito ropas de civil. De clase baja. Y un modo de camuflar mi estoque.

El adepto que estaba en el guardarropa lo contempló unos instantes.

—¿Tienes permiso de tu tutor para esto?

—Acabo de hablar con él —dijo Yáxtor.

Lo cual era cierto, aunque su conversación no había tenido nada que ver con aquello. El adepto se encogió de hombros y dejó pasar al joven.

—Esto te irá bien, creo que es de tu talla —dijo al cabo de un rato, tendiéndole un hato de ropas—. Y esto seguramente le irá bien a tu estoque.

Le tendía algo a medio camino entre un bastón y un garrote. Yáxtor lo tomó entre sus manos, lo hizo girar y lo escudriñó con interés.

Lanzó sus mensajeros hacia el objeto y lo exploró con cuidado. Asintió de pronto y su garganta formó la palabra impronunciable adecuada.

El garrote se abrió y reveló en su interior un espacio hueco más que suficiente para su estoque.

—Esto me vendrá bien —dijo—. Gracias.



La mujer no estaba sola.

Hablaba con un hombre. Él parecía interesado en entrar en la casa y ella intentaba decidir si se lo permitía o no.

Yáxtor se detuvo al otro lado de la calle, fingiendo una escandalosa falta de interés por lo que ocurría frente a él.

La mujer, sin dejar de hablar con su posible cliente, lo reconoció y, de pronto, dio por terminada la conversación.

—Me parece que esta noche no podrá ser —dijo.

El hombre masculló algo, dudó unos instantes y acabó por irse. Sólo cuando hubo dado la vuelta a la esquina, ella se acercó a la calle e hizo un gesto en dirección a Yáxtor.

—Has venido —dijo.

Él asintió, en silencio.

La mujer lo sopesó como si estuviera valorando una mercancía dudosa. Sonrió de repente.

—Pasa.

Sin esperar a ver lo que hacía Yáxtor, dio media vuelta y entró en la casa. Tras unos instantes de vacilación, él la siguió.



Regresó a la Torre al amanecer. Los adeptos de guardia lo contemplaron unos instantes y luego le franquearon el paso mientras se intercambiaban una sonrisa.

No quería ir al dormitorio común. Los pocos acólitos que había en él eran, en aquellos momentos, una multitud molesta a la que no quería enfrentarse.

Así que subió torre arriba, hasta la sala de atraque de los aerobajeles. Allí, mientras la luz del sol iba despertando poco a poco a la ciudad adormilada, se sentó, sacó una pipa de entre sus ropas y empezó a cargarla.

Maklén le había permitido fumar el año anterior, y el joven no había tardado en tomarle el gusto al hábito.

Lo hacía pocas veces, generalmente cuando necesitaba aclarar sus ideas. Y casi nunca si había otras personas presentes. Para muchos habitantes de Lambodonas, el tabaco era una repugnante costumbre de las tierras altas, un hábito de paletos e hidalgos rurales venidos a menos.

La noche había sido… desconcertante.

Ella lo había hecho pasar, lo había guiado a través de un largo pasillo y, tras dejar atrás un par de puertas, le había franqueado el paso a un pequeño salón. Luego, le había indicado que se sentase en un rincón, entre un grupo de cojines, y había desaparecido en dirección a lo que Yáxtor supuso que era la cocina. Por dentro, la casa desmentía su apariencia cochambrosa exterior. Humilde, sin duda, pero limpia, bien cuidada, todo ordenado con una precisión casi maniática. El único lugar invado por el caos era donde Yáxtor se había sentado: una especie de deliberado desorden concebido para la comodidad y la despreocupación.

Volvió a los pocos minutos, con una tetera humeante y dos tazas. En silencio, tomó asiento frente a Yáxtor, sirvió la infusión y la bebió sin dejar de mirar al joven.

—Espero que merezcas la pena —le dijo—. Esta noche he dejado de ganar un buen dinero.

En lo alto de la Torre, mientras veía despertarse a la ciudad, Yáxtor se preguntó si habría merecido la pena. Al menos para él, sí.

Habían estado hablando toda la noche. Ella, de su huerto y sus clientes. Él… de las tierras familiares en el norte, de las montañas, de los húmedos inviernos y las noches preñadas de presagios. Soltarse le había costado menos de lo que pensaba y contarle a ella lo que pasaba por su cabeza había resultado natural a los pocos minutos. Más que natural, casi inevitable.

Ninguno de los dos intentó acercarse al otro. Ella se arrebujaba entre los cojines como una gata satisfecha y Yáxtor se limitaba a disfrutar de la contemplación de su cuerpo. Para su sorpresa, descubrió que era suficiente; que, al menos aquella noche, no necesitaba nada más.

Cuando ya se iba, ella le había dicho:

—Tu nivel de mensajeros es… sorprendente.

Él se había encogido de hombros. Llevaba oyendo palabras como esas durante la mayor parte de su vida. Era consciente de que, lo que a otros les costaba horas de esfuerzo y manipulación, él lo hacía como si fuera lo más natural del mundo. Y, en realidad, así era.

Luego lo había acompañado hasta la calle. Había sonreído un momento antes de tomarlo por el mentón y depositar sobre sus labios un beso largo y cálido.

—Puedes volver —le había dicho.

Volver, pensaba ahora en lo alto de la Torre. Cuándo. Ella no lo había dicho. Se dio cuenta en ese momento de que tampoco le había dicho su nombre.



El resto del tiempo que Yáxtor pasó en Lambodonas aquel verano se repartió entre ella y la Torre.

Por las mañanas tenía cosas que hacer como acólito. Al fin y al cabo, había decidido quedarse allí cuando podría haberse ido, y ni sus profesores ni su tutor iban a permitir que permaneciese ocioso.

Trabajó con los artífices, aprendiendo a modificar mensajeros para que se adaptasen a tareas precisas, a imbricarlos en objetos concretos, a hacer que fueran parte de las herramientas que fabricaba.

Estudió en los archivos. Memorizó, clasificó, resumió, redactó informes, extrapoló posibles comportamientos futuros a partir de los datos a su alcance.

Se ejercitó en el claustro. Entrenó con espadas y dagas, con lanzadores de proyectiles y lanzas. Entrenó sólo con su cuerpo, convertido él mismo en un arma de propósitos mortales.

A veces sus preceptores le imponían supuestos prácticos. Le hacían disfrazarse, acudir a un lugar determinado y, sin ser descubierto, averiguar todo lo que pasaba. Luego, ya en la Torre, analizaban sus errores, le explicaban en qué había fallado su disfraz, cómo podrían haberle reconocido si hubieran estado más atentos.

Aunque lo cierto es que con Yáxtor tenían pocos errores que analizar. Se dedicase a lo que se dedicase, todo parecía dársele bien y no parecía costarle apenas esfuerzo.

Sus problemas, si los había, no estaban en sus habilidades como futuro adepto empírico, sino en su falta de interés por socializar con los demás acólitos. No era hosco ni distante, pero no concedía su confianza con facilidad y, salvo Ítur, nadie sabía realmente lo que pasaba por su cabeza.

En cuanto a ella…

Supo su nombre a la noche siguiente. Se llamaba Endra Barenden y sus abuelos habían emigrado de Wahrang a Alboné en busca, literalmente, de tierras más fértiles. Las encontraron en el sur de la isla, para ellos y para sus hijos. Pero no para una nieta que no quería pasarse el resto de su vida destripando terrones y que había huido de casa con rumbo a la capital a los dieciséis años.

—Barenden es la forma wahranger de Brandan —dijo Yáxtor cuando ella se lo contó.

Endra sonrió, traviesa.

—¿Entonces somos primos? ¿Lo bastante cercanos para cometer incesto?

Era ella quien marcaba el ritmo de la relación, y Yáxtor se dejaba llegar sin mostrar ninguna impaciencia. Tal vez porque no la sentía. La forma en que Endra hacía las cosas lo hacía sentirse relajado, a gusto, sin la menor sensación de urgencia. Tumbarse en los cojines a su lado, acariciarse mientras no dejaban de hablar, saborear a veces su boca, parecía ser suficiente. No lo era; o, más exactamente, tarde o temprano dejaría de serlo. Pero en aquellos momentos, no importaba.

Igual que no le importaba gran cosa cómo se ganaba la vida. Descubrir de pronto que no sentía celos, que no envidiaba a los hombres que compartían su lecho ni se sentía disminuido por el hecho de que ella vendiera sus favores a otros, había sido un mazazo, en cierto modo. Una sorpresa en un momento en que, con la arrogancia de la adolescencia, creía que no había nada sobre sí mismo que pudiera sorprenderle ya.

No podía evitar preguntarse qué había visto Endra en él. Tenía, tal como había supuesto, veinte años: para ella no debería haber sido más que un crío a medio destetar. Así pues, ¿qué había encontrado de interesante en Yáxtor, por qué le había puesto las cosas tan fáciles, por qué le había dejado pasar a lugares de su casa que, estaba seguro, ningún otro hombre había visto?

¿Por qué?

Era una pregunta incómoda en la que Yáxtor prefería no pensar y a la que intentaba no dar respuesta; pero no se iba jamás de su mente. Zumbaba al fondo, como una mosca molesta. Apenas perceptible, pero nunca ausente.

La noche antes de que él dejase Lambodonas, se dio cuenta de que ella se comportaba de un modo distinto. Esta vez las cosas iban a ser diferentes.

Lo fueron.

Ella le tomó de la mano, lo llevó al dormitorio y, de dos zarpazos expertos, le quitó la ropa. Luego, se desnudó y se tumbó en la cama.

—¿A qué esperas? —dijo.

No tuvo que hacerlo mucho.

La experiencia sexual de Yáxtor se había limitado, un año atrás, a Manli, la carneútil que, junto con el viejo Maklén, lo había criado. Ella se había dejado tomar por el impaciente joven y había intentado complacerle en todo. Al fin y al cabo, para eso había sido diseñada, como todos los de su especie. Maklén, al descubrir los escarceos del joven amo con Manli, lo había llamado y había intentado hacerle comprender que hacer eso con los carneútiles estaba mal, no era bueno ni para él ni para ellos. Yáxtor se había dejado amonestar, aunque no había terminado de comprender lo que Maklén le decía.

Tampoco lo comprendió ahora, aunque no tardó en darse cuenta de la diferencia entre estar con una criatura concebida para complacerle y tener que preocuparse por el placer de su compañera de lecho aparte del suyo. Se sentía torpe, carente de experiencia y no podía quitarse de la cabeza la idea de que todo lo que hacía estaba siendo sopesado, comparado con lo que otros habían hecho y considerado inferior.

Es una tontería, se dijo.

Pero el pensamiento estaba allí, y la rabia y la vergüenza no tardaron en hacerle compañía. Se sentía atrapado, en mitad de un laberinto del que no conocía ni las reglas ni la salida.

Hizo lo único que sabía hacer. Lo que siempre había hecho. Lo que, a lo largo de toda su vida, le había resultado natural hacer.

Soltó sus mensajeros. Los lanzó hacia la mujer con un único propósito: darle placer, llevarla al éxtasis. Poco a poco, a medida que las diminutas criaturas exudadas por su cuerpo cumplían su propósito, rabia y vergüenza desaparecieron, la inseguridad se fue y se abandonó por completo a su propio placer sin importarle nada más.

No lo necesitaba. Sus mensajeros estaban haciendo el trabajo por él.

Cuando ella lo despidió, a la mañana siguiente, lo hizo con una sonrisa. Antes de dejarlo marchar, le dijo:

—Saluda a las montañas de mi parte.

Muy serio, como si aquello fuera el encargo más importante que le habían hecho en su vida, respondió:

—Lo haré.



Pasó el resto del verano en casa Brandan y lo primero que hizo fue cumplir lo que Endra le había pedido. Subió, en compañía de Maklén, al pico Br’ndon y, en la cima, saludó silenciosamente a los alrededores en nombre de su amante.

Si el viejo Maklén se dio cuenta de lo que estaba haciendo, guardó silencio. Y si vio cambiado al joven señor, tal vez un poco más adulto, se lo guardó para sí.

El resto del tiempo discurrió a mitad de camino entre la placidez y la impaciencia. Reencontrarse con el territorio familiar era como volver a un lugar donde el tiempo no pasaba, donde eran los años los que se desgastaban al pasar a su alrededor y no al revés. Y, al mismo tiempo, no podía dejar de pensar en Endra.

Cuando volvió a Lambodonas, un mes más tarde, lo hizo casi con miedo. ¿Estaría ella aún ahí? ¿Lo habría esperado? ¿Se acordaría tan siquiera de él?

Le costó trabajo aguantar las clases interminables, la cháchara inacabable y cacofónica de las voces de los otros acólitos, la disciplina feroz del entrenamiento físico mientras las horas se iban deslizando como si no tuvieran prisa.

Ítur intentó interrogarlo sobre lo que había hecho, pero Yáxtor se deshizo de él con un par de comentarios impacientes y, a media tarde, salió de la Torre disfrazado y echó a andar hacia la casa. Le costaba trabajo mantener el paso, no echar a correr. Llegó cuando casi anochecía.

Ella estaba allí, junto al huerto.

No estaba sola.

Al principio, Yáxtor pensó que se trataba de un cliente y se resignó a esperar. Seguía sin sentir celos; sabía que ella era suya de un modo distinto, que con él hacía de buen grado lo que con los demás sólo hacía como una transacción comercial. Que, en cierto modo, le estaba dando lo que no le daba a nadie más.

No tardó en darse cuenta, sin embargo, de que aquel individuo no era un cliente. El hombre discutía con ella de un modo amenazador. Y Yáxtor distinguió, algo alejadas, tres figuras más, medio ocultas entre las sombras de la calle.

Despacio, se fue acercando. De un modo casual, indiferente, como si sus pasos sólo lo llevasen hacia allí de camino a otro sitio, se aproximó a la casa.

Vio el miedo en el rostro de Endra. Y también la determinación. Fuera lo que fuese lo que el otro le pedía, ella no iba a ceder. Su interlocutor debió ver lo mismo, porque hizo una seña a sus espaldas y las sombras salieron a la luz y tomaron la forma nítida de tres matones.

Endra apretó las mandíbulas y cerró los puños, tratando de no temblar. El hombre que estaba con ella sonrió casi con tristeza.

—Lo siento, pero hay cosas que no son buenas para el negocio —dijo.

Los tres matones avanzaban, y Yáxtor casi había llegado a la valla medio desmoronada.

Antes de que ni uno solo de ellos le hubiera puesto la mano encima, Yáxtor había pronunciado la palabra impronunciable, abierto el bastón y sacado de él su estoque. Con un grito, saltó la valla y se interpuso entre Endra y los cuatro hombres.

El que estaba hablando con ella y parecía el jefe lo miró unos instantes, incrédulo, casi divertido. Luego meneó la cabeza y, con un gesto, dio una orden a uno de los matones.

Yáxtor apenas se desplazó, o eso parecía. Sus movimientos eran precisos, medidos, como si temiera malgastar las fuerzas. Al segundo paso en su dirección, el matón se encontró con un palmo de acero en el pecho. No llegó a dar el tercero.

El resto no tuvo que esperar las ordenes de su jefe y se lanzaron contra él muchacho. Éste se convirtió en un torbellino letal que bailaba con la muerte como pareja y la iba extendiendo por donde quiera que pasase.

En unos segundos, sólo el jefe estaba en pie, y aún él se encontraba en una posición precaria. Endra hacía presa en su brazo y apoyaba un puñal contra su cuello.

—Esto no es… —empezó a decir el hombre.

—¿Bueno para el negocio? —terminó ella. Su voz sonaba implacable.

—No seas tonta.

—Ya.

Apretó y el puñal trazó un arco suave, casi delicado, en el cuello del hombre.

Luego, en silencio, los dos dispusieron de los cuatro cuerpos. Los llevaron al río y les ataron un peso.

Yáxtor esperó un momento, concentrado en los cadáveres, intentando algo que sus preceptores le habían enseñado a hacer aquel mismo año. Cuando los cuerpos cayeron al río Lambo no había el menor rastro de mensajeros en su carne. El joven los había absorbido todos.

Luego, con ayuda de Endra, los empujó hacia las aguas y los contempló hundirse. No había la menor expresión en su rostro. Era la primera vez que mataba a otro ser humano y, aparte de la excitación del momento, no había sentido nada. Se encogió de hombros. ¿Por qué debería haberlo hecho, al fin y al cabo? No eran más… una parte molesta del decorado. Habían amenazado a Endra y él se había encargado de ellos. Eso era todo. No eran importantes. No lo habían sido nunca.

Tomó aire y miró a Endra. Se dio cuenta de que no era la primera vez que ella mataba, y se preguntó qué estaría pensando ahora de él. No parecía incómoda o asustada; no había ninguna diferencia sustancial entre el modo en que se comportaba con él ahora y la manera en que se había comportado antes.

Miró hacia el río una última vez. Los cuerpos se habían hundido. Un rastro de burbujas salió a la superficie y luego desapareció, como si allí nunca hubiera ocurrido nada. Por qué no. En realidad no había ocurrido nada importante.

Yáxtor no le preguntó a Endra quiénes eran. Ella no se lo dijo. Pasaron las horas siguientes demasiado ocupados el uno en el otro. Yáxtor creía haberla echado de menos cuando estaba ausente, pero sólo ahora, mientras se hundía en su cuerpo juguetón y acogedor, mientras se veía reflejado en sus ojos y devoraba su boca, comprendió de verdad cuánto la había extrañado.

—Cumplí tu encargo —le dijo, hacia el final de la noche. Había miedo en su voz. Miedo de que ella no se acordara, de que su petición de que saludase a las montañas hubiera sido una idea trivial de la que se había olvidado casi enseguida.

Todas sus dudas se desvanecieron cuando ella sonrió y dijo:

—Sabía que lo harías.

Fantaseó con llevarla algún día a las tierras familiares, en pasearla por aquel territorio que, en cierta manera, se llamaba igual que ella. No le dijo nada.



—Así que no me vas a contar nada.

Estaban en los archivos, clasificando expedientes. Ítur se había pasado buena parte del día intentado sonsacar a Yáxtor. Su éxito había sido más bien moderado.

—No hubo nada especial.

Yáxtor e Ítur eran amigos desde hacía cuatro años, desde que los dos se habían convertido en acólitos de los adeptos empíricos, dos chiquillos furiosos y fuera de lugar para los que todo lo que les rodeaba era un peligro o una amenaza. El azar alfabético los había situado siempre en las mismas clases y ambos eran parte de la pequeña minoría de acólitos que no venían de la misma Lambodonas. La amistad había surgido entre ellos de un modo natural, como dos plantas desarraigadas que se apoyaban la una a la otra buscando un suelo firme.

—Claro, seguro que no. Y por eso salías todas las noches. Por eso saliste ayer.

Yáxtor lo pensó unos instantes. Ítur no era tonto. Tenía que contarle algo para acallar sus sospechas. Pero, ¿qué?

—Sí, conocí a alguien —dijo, a regañadientes. Una parte de él le pedía que siguiera, que se lo contara todo a su amigo; una parte primigenia e irracional que necesitaba abrirse a alguien y contar lo que le estaba pasando. Ganó la otra parte, sin embargo.

Inconsciente de la lucha que estaba manteniendo su amigo, los ojos de Ítur brillaban con entusiasmo.

—¿A quién?

Yáxtor se encogió de hombros.

—Es… privado.

Ítur le miró, incrédulo. Por un momento pareció enfadado. Luego, asintió y sonrió de un modo salaz.

—Privado —repitió—. Eso significa que es una mujer.

Yáxtor se encogió de hombros.

—Quizá —dijo, tratando de no sonreír él también.



Aquella noche, Endra insistió en enseñarle algo. Apartó los cojines a un lado y dejó al descubierto una trampilla. La abrió, tomó una luz, la encendió con una palabra impronunciable y descendió por la trampilla. Yáxtor la siguió, tras unos instantes de duda.

En el sótano, apilados cuidadosamente en una esquina, había media docena de lo que sólo podían ser embriones de carneútil. A juzgar por su color, no estaban maduros, y Yáxtor se preguntó si llegarían a estarlo alguna vez.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—Los he conseguido muy baratos.

—No me extraña. Han sido arrancados del bosqueoscuro prematuramente. No creo que eclosionen jamás.

Ella no estaba preocupada. Aunque, de pronto pareció repentinamente tímida.

—A lo mejor sí —dijo—, con una pequeña ayuda.

Yáxtor tardó unos segundos en asimilar el significado de sus palabras. Cuando lo hizo fue como si las últimas piezas de un rompecabezas encontraran el lugar adecuado.

Claro.

—Ya veo —dijo al fin.

No estaba muy seguro de cómo se sentía. Había algo frío dentro de él, pero era algo sorprendentemente pequeño y lejano. Se sentó junto a los embriones y los contempló en silencio. Endra, de pie a su lado, lo miraba interrogativa.

—¿Decepcionado? —preguntó, al cabo de un rato.

Yáxtor negó con la cabeza.

—Aliviado —respondió—. Ahora las cosas sí que encajan. —Se encogió de hombros y sonrió—. No soporto cuando las cosas no encajan.

Ella asintió. Alargó una mano hacia él y la retiró casi enseguida.

—¿Me ayudarás? —preguntó, casi con miedo.

—Claro —dijo Yáxtor, sin pensárselo dos veces.

—¿Así, ya está, no tengo que hacer nada más?

—Bueno, has hecho bastante este verano.

No había amargura en sus palabras, sino pura aceptación. Vio cómo ella se mordía el labio y luego se ponía en cuclillas frente a él.

—Yáxtor, escucha…

El joven acarició aquel rostro difícil y sorprendentemente hermoso. La cosa fría en su interior desapareció. No importaba, se dijo. Todo estaba bien. Y, realmente, sentía que así era.

—No, no hace falta que digas nada.

—Pero…

—Los dos hemos obtenido del otro lo que queremos. Nadie ha sido engañado —se sentía tonto diciendo algo tan obvio, algo que por fuerza ella tenía que saber—. Ambos salimos ganando con el trato. No hace falta decir más. De verdad.

Ella dudó unos instantes. Algo se quebró en sus facciones. Luego, de pronto, apretó la mandíbula y asintió.

—Si es así como lo quieres…

—Es como es —dijo él.

Por un instante, pareció sorprendido ante la reacción de la mujer. Le estaba dando lo que quería, ¿no? ¿No era suficiente? ¿No era eso lo que había esperado. Pero enseguida se olvidó de ello, al posar la vista sobre los embriones. Sí, iba a ser duro, no difícil, pero sí duro. Y fascinante.

—Será mejor que me dejes solo. Si quieres que use mis mensajeros para hacer madurar estos carneútiles voy a tener que esforzarme y no dejar que nada me distraiga.

—Está bien.

Dejó la luz junto al joven y dio media vuelta. Se detuvo junto a las escaleras que llevaban a la trampilla y lo contempló en silencio unos instantes. Unas palabras intentaron salir de su boca. En silencio, abandonó el sótano.

Junto a los embriones, Yáxtor cerró los ojos y el mundo se convirtió de pronto en una cosa lejana y ajena. Sólo existían él, sus mensajeros y los seis embriones que debía hacer madurar.



Cuando volvió a la Torre aquella mañana, Yáxtor tuvo la sensación de que alguien le seguía. Casi vacío de mensajeros, siguió caminando y trató de mantenerse alerta. La sensación no tardó en desvanecerse.

Te estás imaginando cosas, se dijo.

Nunca había intentado nada parecido a lo de aquella noche. Sabía que podía hacerse, por supuesto. Había visto hacerlo a los artífices: usar los propios mensajeros o los de su alrededor, manipularlos y trabajar con ellos un embrión de carneútil de forma que acelerase su desarrollo y llegase a la madurez antes de tiempo.

Sabía que podía hacerlo, estaba seguro, pero no fue consciente de cuánto le iba a costar hasta que empezó. Al fin y al cabo, eran seis embriones. Y no se trataba tanto de acelerar su desarrollo como de reactivarlo. Las seis vainas estaban casi muertas, y Yáxtor había tenido que emplearse a fondo simplemente para seguir manteniéndolas con vida y darles el empujón adecuado para que el proceso de maduración se iniciase.

No era bastante, lo sabía. Tendría que seguir trabajando otras noches. Pero la parte más difícil estaba hecha.

Y, cuando estuvieran listos para eclosionar, Endra podría venderlos por una buena cantidad e irse a una parte más decente de la ciudad; un lugar donde no tendría que vender su cuerpo para vivir y donde podría tener un huerto decente donde pudiera perder el tiempo recordando a salvo a su familia y no aquella cosa ridícula en mitad de un caos de malas yerbas.

Se preguntó cuándo habría concebido el plan.

El mismo día que nos vimos, cuándo si no.

Sí, tenía que haber sido entonces. Quizá en el momento mismo en que lo vio contemplándola y sus ojos se posaron sobre la túnica de acólito. O tal vez después, aquella noche, cuando le hizo el comentario acerca del nivel de sus mensajeros.

Era un plan sencillo, elegante. Comprar embriones inmaduros. Fruta podrida, en cierta manera, vendida a precio de ganga. Pero no para alguien con un nivel de mensajeros suficiente y la habilidad necesaria para manipularlos. No para alguien capaz de hacerlos madurar.

Endra era lista. Era hábil. Y no tenía escrúpulos cuando su propia supervivencia estaba en juego.

Le gustaba. Yáxtor no tenía la menor idea de cuánto había de fingimiento, cuánto de manipulación y cuánto de real a su pesar en lo que Endra sentía por él, pero no le importaba. Le gustaba.

Es lista.

Lo era, y que lo fuese a su costa, no le causaba demasiada incomodidad. Debería haberse sorprendido por aquello, pero, petulante, decidió que estaba más allá de la sorpresa.



—Pareces muerto —le dijo aquella mañana Ítur.

El propio Qérlex, Maestro de Artífices de los Adeptos Empíricos, les estaba dando la clase del día, enseñándoles a utilizar mensajeros previamente diseñados para construir un reloj.

—Bueno, es lo que pasa cuando no duermes demasiado.

—Yo diría que nada —apostilló Ítur, con una sonrisa pícara y un alzamiento de cejas.

Yáxtor le devolvió la sonrisa a su amigo y luego se concentró en su trabajo… más o menos. Lo que el viejo artífice les había ordenado resultaba para él un juego de niños, y la cantidad de mensajeros que necesitaba era mucho menor que la que le habían proporcionado. Así que, en realidad, sólo una parte de su atención estaba puesta en la tarea. El resto de su mente se concentraba en absorber la máxima cantidad de mensajeros posibles del aire, de su alrededor, de los receptáculos en los que estaban trabajando sus compañeros.

Lo hacía un modo tranquilo, parsimonioso, intentando pasar desapercibido. Hubo un momento en que creyó que Qérlex había notado algo, pero el viejo artífice se limitó a fruncir el ceño, encogerse de hombros y seguir con la clase.

Cuando ésta terminó, Yáxtor parecía un hombre nuevo. Los mensajeros le habían quitado de encima todo el cansancio, y el reloj que había construido marcaba el tiempo con precisión.

—Ten cuidado —le dijo Ítur, más tarde, en el patio.

Yáxtor no se molestó en fingir que no sabía de qué estaba hablando.

—Lo he tenido.

—Qérlex casi te pilla.

—«Casi» no cuenta.

Ítur se mordió el labio.

—Yáxtor, eres el acólito más hábil que jamás ha pasado por aquí, todos lo dicen. Y lo has demostrado muchas veces. Pero un exceso de confianza no es bueno para nadie.

Yáxtor sonrió, divertido por la preocupación de su amigo. Una preocupación en la que no se le escapó un asomo de envidia. No era ninguna sorpresa: Ítur siempre había envidiado la habilidad de Yáxtor y las oportunidades que le habían dado en la vida pertenecer a una familia de la nobleza menor. Eso nunca había empañado su amistad, y tampoco lo hizo ahora. Envidia o no, Ítur se preocupaba sinceramente por él, y Yáxtor lo agradecía.

—De acuerdo —dijo—, tendré cuidado.

—Lo dices, pero no lo crees. —Ítur pareció repentinamente tímido, a punto quizá de tocar un tema prohibido, o simplemente delicado—. Escucha, quizá deberías… aflojar el ritmo, tomártelo con más calma. Ya me entiendes.

No necesitó decir nada más. Los dos sabían de qué estaba hablando.

—Lo haré, Ítur, de veras —Ah, si él supiera era muy fácil hablar de tomárselo con calma cuando uno no era el implicado. En fin, algún día Ítur también pasaría por aquello. Y entonces…—. Hay algo que tengo que hacer por fuerza estos días. Pero luego me lo tomaré con calma, te lo prometo.

Ítur contuvo un suspiro de alivio.

—Lo necesitas, Yáxtor —dijo—. Ni siquiera tú eres incombustible.

—Curiosa elección de palabras.

—Bueno, ya sabes, la gente del campo somos así. Curiosos.



Los siguientes días fueron más fáciles. Una vez iniciado el proceso de maduración, mantener los carneútiles en buen estado y estables resultaba incluso sencillo.

Endra estaba satisfecha, era evidente, y se lo demostró a Yáxtor en abundancia; se lo demostró una y otra vez hasta el agotamiento. A veces se lo quedaba mirando, como si estuviera a punto de decirle algo, pero no llegaba a hacerlo nunca. Yáxtor se preguntaba qué sería.

No, no es verdad, no te lo preguntas.

Pero no quería pensar en ello. Pensar en lo que quería decirle Endra lo hacía sentir ingenuo, ñoño, incluso cursi. Pensar en que quizá estaba intentando dejarle claros sus sentimientos, que tal vez…

No, déjalo. No importa.

No era cierto, pero mejor verlo así. Porque la alternativa era estar equivocado y encontrarse de pronto convertido en un niño ridículo que de verdad había creído que una mujer hecha y derecha se enamoraría de él. La alternativa era estar desnudo frente al mundo y oír cómo todos se reían de él.

—Ya está —dijo la última noche—. Lo único que tienes que hacer es mantenerlos secos y vigilados un par de días más y estarán listos para eclosionar. Podrás venderlos e irte de aquí.

—Gracias.

—No, gracias a ti. Por todo.

De nuevo ella pareció a punto de decir algo. Otra vez se echó atrás en el último instante.

—Tengo que irme —dijo Yáxtor—. Si no duermo un poco esta noche acabaré reventado.

—Duerme aquí —dijo ella.

¿Por qué no? Sin embargo, dijo:

—No, será mejor que me vaya. Mañana, cuando haya descansado… bueno…

Ella sonrió, de un modo dulce y triste que, hasta aquel momento Yáxtor nunca había visto.

—Claro —dijo.



Durmió a pierna suelta y, a la mañana siguiente, se sintió relejado como nunca. Los ejercicios matinales en el patio terminaron de despejarlo y se enfrentó a las clases del día con nuevos ánimos.

Ítur lo notó y se lo hizo saber.

—Bueno, las cosas van bien —dijo Yáxtor. Tenía la sensación de que todos lo estaban mirando y veían una sonrisa de imbécil en su rostro, pero no podía importarle menos—. Van muy bien.

Ítur se alegró por él.

No sabía por qué estaba tan contento, o quizá no quería pensar en ello. De hecho, intentaba desesperadamente no pensar, dejarse llevar, permitir que el día pasara a través suyo y que las horas fueran muriendo una tras otra a su alrededor.



La casa estaba vacía, lo supo antes de entrar.

Idiota, se dijo. Imbécil.

Cruzó el huerto, se detuvo unos instantes en el porche y luego pasó al interior.

No había el menor rastro de Endra en la casa. Tan sólo la huella tenue de sus mensajeros, volviéndose poco a poco inertes para que cualquier otro los controlara. Bajó al sótano y vio que los embriones tampoco estaban.

Idiota, se dijo de nuevo.

Subió y se dejó caer entre los cojines. ¿De qué se sorprendía? Ella había obtenido lo que quería y se había largado en busca de una vida mejor. ¿De qué se lamentaba? Al fin y al cabo, le había pagado con creces por su ayuda, ¿no? Así que no había nada que lamentar, nada por lo que quejarse, nada que echarle en cara a nadie.

Si era así, ¿por qué estaba llorando como un crío?



Los días siguientes Ítur lo trató con un cuidado exquisito. Conocía a Yáxtor lo suficiente para darse cuenta de que algo serio le pasaba, así que procuró molestarlo lo menos posible, dejarlo a su aire, darle tiempo para que, lo que fuese, se asentara.

Yáxtor se dio cuenta de lo que hacía su amigo y se lo agradeció silenciosamente.

Poco a poco, empezó a recomponerse. No tardó en ser de nuevo el acólito brillante y hábil que siempre había sido. Pero en sus ojos color acero había ahora un brillo frío, casi implacable.

Estuvo a punto varias veces de contárselo todo a Ítur, y el otro joven se dio cuenta de la lucha que Yáxtor estaba manteniendo consigo mismo. Sin embargo, siempre se echaba atrás en el último momento, se lo pensaba mejor y se tragaba lo que iba a decir. Ítur, impotente, se limitaba a quedarse a su lado en silencio, una muda promesa de apoyo que Yáxtor no pasó por alto ni olvidó.

Algún día, se dijo. Pero no hoy. No ahora.

Aunque, en realidad, no tenía nada por lo que lamentarse, pensaba. Ella le había dado algo y había tomado algo a cambio. Y él había tomado algo de ella y luego le había dado algo. Eso era todo. Así funcionaban las cosas. Sólo un idiota las vería de otro modo.

Y no soy ningún idiota.

Sin embargo, tres días más tarde se acercó de nuevo por la casa de Endra. No sabía qué esperaba encontrar y, a cada paso del camino, se decía a sí mismo que era mejor dar la vuelta y volver a la Torre.

No lo hizo.

La casa seguía vacía, silenciosa. Los mensajeros que había en el aire ya no llevaban rastro alguno de Endra. Los cojines habían desaparecido, robados por algún vecino, igual que parte del mobiliario. El huerto, sin cuidar, se iba secando poco a poco.

¿Qué hago aquí?

Sí, ¿qué hacía allí, qué esperaba encontrar? ¿De qué le serviría encontrar nada, después de todo? Ella le había dicho todo lo necesario al irse.

Abrió la trampilla y bajó al sótano. Recorrió con la yema de los dedos el lugar donde habían estado los seis embriones. Tomó aire y, al hacerlo, aspiró los mensajeros que flotaban frente a él.

Sintió algo. No sabía qué, pero algo. Algo familiar y extraño al mismo tiempo.

Sí, dijo de pronto.

Pero…

En un entorno cerrado como el sótano, los mensajeros habían tardado más tiempo en perder el aroma de sus antiguos portadores, así que Yáxtor no tuvo ningún problema en percibir su propio rastro, y el de Endra.

Y el de alguien más.

No, eso…

No le había sorprendido descubrir huellas de otros hombres en el aire de la casa. Pero ¿en el sótano? ¿En un lugar al que, estaba seguro, sólo Endra y él habían ido?

¿Seguro?

Sí, se dijo. Seguro. Endra trabajaba sola. Había conseguido sola los embriones y había preparado sola su negocio. Y no iba a dejar que nadie supiera lo que estaba haciendo. No, más allá de ella misma y de Yáxtor.

¿Seguro?, se preguntó de nuevo.

Con cuidado, de un modo frío y metódico, repasó sus recuerdos y sus percepciones.

Sí, no se engañaba. Si Endra hubiese tenido un socio, él lo habría percibido, habría notado el rastro de los mensajeros de la otra persona en el cuerpo de ella; no la huella fugaz y siempre cambiante que dejaban sus clientes, sino algo permanente y constante. Y no había el menor rastro de nada de eso. Si había un vestigio de otra persona en el sótano, Endra no la había dejado pasar voluntariamente.

Y lo que eso significaba…

Cerró los ojos y se sentó.

¿Está viva? ¿Está… muerta?

No, era un pensamiento al que no podía abandonarse. Eso no. Ahora no. Necesitaba la cabeza fría, en calma. Era un adepto empírico, o lo sería algún día, y ya era hora de de comportarse como tal.

De nuevo paladeó los mensajeros extraños. Almacenó su sabor en su mente, adiestró a sus propios mensajeros para reconocer aquel sabor y luego, mientras se tumbaba en el suelo, los soltó a su alrededor.

Vacío de ellos, pronunció una palabra impronunciable y los lanzó afuera.

Buscad. Encontrad. Informad.



Era una araña, tendido en el centro de la tela, tendiendo su red al viento, creando una estructura compleja y delicada que lo abarcaba todo, lo cubría todo, lo percibía todo.

Los mensajeros flotaron en el aire de la tarde, cruzaron el río, se internaron por calles y callejuelas, entraron en sótanos, subieron a torres, atravesaron puentes y se internaron en túneles. Ni un milímetro de Lambodonas quedó fuera de su exploración.

Y Yáxtor, la reina araña, tendido en medio de su tela, con la respiración convertida en un suspiro apenas perceptible y los latidos del corazón reducidos a un ritmo casi inexistente, cerraba los ojos y esperaba, intentaba no pensar en nada, trataba de dejarse llevar.

Fruncía el ceño, apretaba la mandíbula. En aquellos momentos, se decía, no era humano. Era una herramienta, el fulcro alrededor del que giraba todo.

Idiota, le decía sin embargo una voz lejana. Tonto. ¿Qué estás haciendo? ¿Para qué? ¿Por quién?

Pero la voz no tardó en morir. Yáxtor era la estación central de una imposible red de comunicaciones: los trenes llegaban y salían a un ritmo frenético, yendo a todas partes. Era el corazón de un sistema circulatorio infinito. No tenía tiempo para pensar, para perderlo en sí mismo.



La noche estaba bien entrada cuando todos los mensajeros terminaron su exploración de la ciudad y regresaron al cuerpo de su amo.

Poco a poco, Yáxtor fue volviendo al mundo. En realidad, su percepción era justo la contraria: era el mundo el que regresaba lentamente a él, era el mundo el que, muy despacio, se iba haciendo real.

Abrió los ojos. Encendió una vela con una palabra impronunciable y, midiendo cada movimiento, se sentó.

Luego, intentó poner orden en la información que le habían traído sus mensajeros.

Los había enviado tras dos rastros.

Uno que conocía bien, el aroma preciso y concreto de los mensajeros asociados a Endra.

El otro, el del desconocido que había estado en el sótano.

Habían tenido éxito en lo segundo. Habían fracasado en lo primero. En toda la ciudad no había el menor rastro de ella.

Yáxtor trató de no pensar en lo que podía significar aquello. Intentó con todas sus fuerzas sujetar sus pensamientos y no naufragar en un futuro de posibilidades atroces. No, ahora no, no tenía tiempo para aquello.

Pero…

¡No!

Se concentró en el presente. Dejó a un lado lo que no tenía y se enfrentó a lo que sí.

El rastro que buscaba aparecía en tres lugares distintos. Durante unos segundos se preguntó a cuál debía ir primero, si al más reciente o al más cercano.

Luego, dejó el sótano.

Lanzó una última mirada a la casa e intentó con todas sus fuerzas no pensar en Endra. No ahora, no en aquellos momentos.

Ya tendré tiempo para…

Basta.

Echó a andar, una sombra furtiva en mitad de las sombras de la noche.



Eran siete, con un aspecto muy similar a los hombres que habían intentado a atacar a Endra la noche en que él había vuelto a Lambodonas.

Eso, y los seis embriones maduros de carneútiles que descansaban en un extremo de la habitación eran todas las pruebas que Yáxtor necesitaba.

¿Y ahora qué?

Agazapado en el tejado, contemplando la escena desde una claraboya, el joven se preguntó qué hacer a continuación. Eran siete, bien armados, por lo que parecía. Si eran como los otros de los que se había encargado, no muy bien entrenados, sin duda. Pero eran siete.

Puedo encargarme de ellos.

Tal vez, o tal vez no. Podía ir por ayuda. Acudir a Ítur, o incluso a sus preceptores. Explicar a los adeptos empíricos lo que había pasado…

No. Esto es mío. Es sólo mío. De nadie más.

Analizó a cado uno de los hombres en la habitación: sus movimientos, su lenguaje corporal, la jerarquía entre ellos, el modo en que tomaban decisiones o acataban las de los demás. Y, mientras o hacía, percibió algo nuevo.

Un rastro de mensajeros ajeno a los que estaban allí. ¿Se le había escapado alguien, entonces? ¿Había alguien más involucrado en aquello?

Dudas otra vez. ¿Esperar a que volviera o atacar ya?

Y, de pronto, fue como si le hubieran golpeado en el rostro.

No, no podía ser. La forma en que aquellos mensajeros se degradaban, el modo en que perdían todo rastro del humano que los había portado, la manera veloz, precisa y eficaz en que se volvían inertes y anodinos…

Todo apuntaba a un único lugar.

No, ahora no, se dijo de nuevo. Ahora no. Habrá tiempo después para pensarlo.

Así que exploró de nuevo la habitación. Necesitaba uno vivo y la elección obvia era el jefe: era el que, por fuerza, tendría más información.

Trazó un mapa mental de sus acciones. Envió parte de sus mensajeros como avanzada, para que le informaran de los movimientos de sus enemigos cuando él mismo no pudiera ocuparse de todo lo que pasara a su alrededor.

Luego, tomó aire y se lanzó a través de la claraboya.

Fue breve, preciso y sangriento. Veloz, eficaz como la obra maestra de un maestro de artífices.

Cuando terminó, era el único que quedaba en pie en la habitación. A su lado, el otro superviviente se arrastraba por el suelo intentando incorporarse. De un par de gestos secos, Yáxtor rompió sus brazos.

Se acercó a él.

—La mujer —dijo—. Qué ha sido de ella.

El hombre parpadeó, tratando de salir de aquella pesadilla.

—¿Qué…?

—La mujer —repitió Yáxtor, mientras lo incorporaba a medias y lo apoyaba contra una caja.

El hombre parpadeó de nuevo, soltó un gemido y meneó la cabeza.

—Eres… un maldito… crío… —dijo, incrédulo.

—La mujer —insistió Yáxtor.

—No puede…

—¡La mujer!

La patada de Yáxtor destrozó su hombro. El hombre intentó gritar, pero sólo consiguió gemir.

—No sabes dónde te estás…

Su voz se interrumpió. Tomó aire y volvió a menear la cabeza.

—Maldito crío. No tienes ni idea…

Yáxtor se agachó.

—¿Dónde está?

El hombre meneó la cabeza.

—Yo qué sé. Se la dimos a…

Intentó encogerse de hombros y se detuvo a mitad del gesto. Gimió y parpadeó varias veces. Miró de nuevo a su interlocutor. Un crío, un maldito crío armado con un estoque. ¿Cómo era posible?

Luego, enfrentó la mirada de Yáxtor. Los ojos color acero, fríos e implacables. Fuese lo que fuese, aquello no era un crío.

—Nos contrataron, ¿entiendes? —Su lengua se soltó repentinamente—. Le ayudábamos a robar los embriones… Se quedaba con una parte. Y con la mujer. Nosotros con el resto.

—¿Quién?

Meneó la cabeza.

—No lo sé. Mierda. No lo sé. Siempre venía embozado. No sé. Se llevó a la maldita mujer. No sé lo que hizo con… ella. —Se mordió el labio—. Maldito crío —musitó de nuevo.

Yáxtor lo miró, tratando de tomar una decisión. ¿Le mentía? ¿Le había dicho la verdad? Los adeptos empíricos tenían técnicas de interrogatorio que resolverían sus dudas, pero ni las conocía aún ni podía pedirles ayuda. No ahora. No después de lo que había hecho.

—Te he dicho la verdad, maldita sea —dijo el hombre, como si hubiera seguido sus pensamientos—. Me has jodido bastante. No tengo motivos para…

No, era cierto, no los tenía.

Se puso en pié y, de una patada, le rompió el cuello. Luego destrozó metódicamente los embriones de carneútil y dejó la casa.



¿Muerta?

No, ahora no pienses en ello. Todavía no.

¿Muerta?

¡Maldita sea! No pienses en ello. No pienses en que no hay rastro de sus mensajeros por la ciudad. Céntrate, maldición. Ya tendrás tiempo para compadecerte de ti mismo por no haber echado un último polvo, por no haberle dicho que la querías, por no haberla dejado decirte que te quería. ¡Ahora no, joder!

Alzó la vista. Tomó aire.

Saboreó de nuevo los mensajeros que había captado en el almacén. Degradándose de un modo rápido, eficaz. No natural. Habían sido manipulados para que no dejaran rastro alguno de su portador, para que nadie pudiera identificarlo saboreando sus mensajeros.

Una sombra. Furtivo.

Recordó la sensación que había tenido unas noches atrás, al volver a la Torre, la idea de que alguien lo seguía.

Un adepto empírico.

Se había estado resistiendo al pensamiento toda la noche.

Un adepto empírico, se repitió.

La manipulación a la que habían sido sometidos los mensajeros no era muy compleja. Cualquier adepto, incluso muchos acólitos podían hacerlo. Eso le dejaba un territorio inmenso que explorar.

A menos que… A menos que no buscase, a menos que hiciera que lo buscasen a él.

Sonrió. Una sonrisa feroz, fría.

Vamos de caza, se dijo.



—Has tardado mucho en venir —dijo Yáxtor en un susurro ronco.

El embozado dio un paso cauteloso.

—¿Qué haces aquí? —Su voz estaba deformada, algún tipo de filtro de mensajeros.

Yáxtor se encogió de hombros. El embozado dio un nuevo paso hacia el interior de la sala de atraque. Más allá, tras los enormes ventanales, la noche se desparramaba silenciosa.

—¿Qué haces aquí? —repitió el embozado.

Durante todo aquel día, los mensajeros de Yáxtor habían creado un rastro falso en la Torre, un rastro que los identificaba como pertenecientes al jefe de los ladrones. Era cuestión de tiempo que fueran percibidos por su contacto, que siguiera sus huellas, que ascendiera torre arriba en dirección a la sala de atraque de los aerobajeles.

—Averiguar algo —dijo Yáxtor, saliendo de las sombras.

El embozado retrocedió, como si lo hubieran golpeado. Comprendió enseguida el modo en que lo habían engañado. Yáxtor, a su pesar, asintió.

—Esperaba equivocarme —dijo.

Sí, ocultaba su voz tras un filtro, y el embozo que llevaba lo hacía parecer más alto, más ancho. Pero para él era sencillo ver a través de aquel disfraz. Y reconocía la forma de moverse, la conocía tan bien…

—¿Por qué, Ítur?

El embozado tomó aire. Permaneció inmóvil unos segundos y luego, con un gesto seco, se libró de su disfraz.

—Vaya —dijo.

—¿Por qué? —repitió Yáxtor.

—¿Por qué no? Era una buena oportunidad de ganar dinero. Seis embriones maduros de carneútil. Un buen comienzo. El primer pago para una interesante carrera comercial. ¿Por qué no?

Yáxtor dio un paso en dirección a su compañero.

—¿Y ella?

Ítur se encogió de hombros.

—Era molesta. Me vio. Podía haberme identificado. Tenía que librarme de ella. Entiéndelo, Yáxtor, no era nada personal.

—Para mí, sí.

Ítur no dijo nada. Se encogió de hombros otra vez.

Yáxtor saltó hacia él. Su compañero intentó esquivarlo, pero una patada lo lanzó contra la pared. Antes de que pudiera incorporarse, Yáxtor lo golpeó de nuevo. Y otra vez.

—¿Por qué? —preguntó de pronto.

Ítur tosió y escupió sangre.

—Sí —dijo—. Supongo que para ti es difícil de entender. Nunca has necesitado nada. Siempre lo has tenido todo. Y, lo que no te daba tu nacimiento, te lo daban tus mensajeros. —Sonrió, de un modo torcido y malévolo—. En el mundo real las cosas no son tan fáciles, Yáxtor. Hay que ganárselas. Vi mi oportunidad y la aproveché.

¿Fáciles? ¿Realmente las cosas son tan fáciles para mí?

Y luego: Qué importa. No es culpa mía que sea así.

—¿Qué hiciste con ella?

Ítur se llevó una mano a los labios. Se limpió la sangre.

—No creo que quieras saberlo. No todo, por lo menos. Qué más da. Está muerta, Yáxtor.

No.

Retrocedió dos pasos.

No.

Miró a su antiguo amigo. Su compañero. Juntos desde que no eran más que dos niños que no sabían lo que significaba convertirse en acólito de los adeptos empíricos. Juntos desde… siempre. A Yáxtor le parecía que desde siempre.

No.

Retrocedió un nuevo paso. Ítur se puso en pie, muy despacio.

—Habría preferido que las cosas fueran de otro modo —dijo—. Pero…

Su amigo. Su compañero.

No.

Muerta.

No, maldita sea, no.

Alzó la vista y contempló a Ítur. Dolorido pero seguro de sí mismo. Convencido de que Yáxtor no lo mataría. Eran adeptos empíricos, al fin y al cabo, no gente vulgar. Sólo un tribunal de adeptos o la misma Reina podía decidir sobre su vida y su muerte. Yáxtor podía denunciar a Ítur, entregarlo, solicitar un juicio, pero no le tocaría un pelo.

Vio todo eso escrito en la mente de su compañero, tan claro como si lo estuviera diciendo en voz alta.

Muerta.

Apretó los dientes y saltó. Ítur logró esquivarlo y, al hacerlo, giró hacia el enorme ventanal que daba a la plataforma de atraque. Yáxtor golpeó de nuevo, su compañero volvió a esquivar, acercándose un poco más al ventanal.

—No seas tonto, Yáx…

No pudo terminar la frase. El nuevo golpe de Yáxtor lo lanzó contra el cristal, éste se astilló e Ítur cayó al otro lado, sobre la plataforma de atraque. Yáxtor saltó tras él.

El viento aullaba a su alrededor. Gritaba una canción de guerra. Gemía un cántico de venganza.

Ítur trató de ponerse en pie. Yáxtor no se lo permitió. De una patada, lo lanzó al borde de la plataforma.

—¿Qué estás…?

Yáxtor lo miró una última vez. Luego, casi con desgana, lo empujó más allá del borde.



Investigaron la muerte de Ítur y, durante varias semanas, los rumores que circulaban entre los acólitos se volvieron más descabellados que de costumbre. Poco a poco, sin embargo, las cosas volvieron a la normalidad.

En apariencia, Yáxtor continuó siendo el perfecto acólito. Silencioso, hábil, aplicado, totalmente entregado a su labor. Sus compañeros lo envidiaban tanto como lo admiraban. Algunos se dieron cuenta de que había cambiado; era normal que fuera silencioso, poco dado a hablar o compartir con los demás, pero ahora se mostraba frío, ausente, como si no existiera nada más allá de él mismo o las tareas que emprendía, como si todo lo demás hubiera desaparecido o careciera de importancia.

Siempre había sido difícil saber lo que le pasaba por la cabeza. A partir de aquel día, sus pensamientos se hicieron impenetrables. Tras aquellos ojos fríos y decididos, tras aquella mirada color acero, ya no parecía haber nada.

Así que durante el día Yáxtor se afanaba en sus tareas como acólito. Por la noche, en medio del dormitorio comunal, permanecía despierto casi hasta el amanecer, intentando con todas sus fuerzas no pensar en nada.

Luego, un día, se puso ropas de civil y fue a ver a su tutor. Le pidió una semana de permiso que le fue concedida sin más explicaciones. Si su tutor pensó que Yáxtor estaba afectado por la muerte de su amigo y necesitaba llorarle a solas, Yáxtor no le desengañó.

Abandonó la Torre a la hora de comer. Deambuló por las calles de Lambodonas hacia el sur, cerca del río.

La casa estaba tal como la recordaba. Un poco más decrépita, tal vez. El huerto había sido consumido por las zarzas y las malas yerbas.


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