Excerpt for El Gen Rebelde by Rosalba Campano, available in its entirety at Smashwords

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El Gen Rebelde


Rosalba Campano

Smashwords Edition

Copyright 2011


Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso escrito de su autor.

Fotos de Charles Brewer-Carías, Marek Audy, César Barrio Amorós, José M. Pérez Gómez usadas con permiso de sus autores.

Dibujo de Órbita de Nibiru propiedad de Zecharia Sitchin usado con permiso del autor. Copyright Z. Sitchin. Reprinted with permission.

Diseño de la cubierta de Rosalba Campano. Foto de la entrada de la Cueva Charles Brewer de Marek Audy.


Smashwords Edition, License Notes

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"Increíble la imaginación de la autora, convirtiendo todos los datos que le suministramos de nuestras expediciones y descubrimientos en la Gran Sabana, en esta extraordinaria novela de ficción."

Charles Brewer-Carías



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« '¿Escapó algún alma viva?

¡Ningún hombre debía sobrevivir a la destrucción!' Ninhurta abrió la boca para hablar, diciendo al valiente Enlil: '¿Quién, salvo Ea, puede maquinar proyectos? Sólo Ea conoce todo'».

Poema de Gilgamesh


«Nada de lo que el hombre ha sido, es o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo ».

Ortega y Gasset


«Cuando el conocimiento se pierde hay que empezar de nuevo, como niños».

Platón



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Agradecimientos



La primera persona a quien debo agradecer por su ayuda incondicional para este proyecto es a mi querido amigo Charles Brewer-Carías. Con paciencia y generosidad infinita Charles compartió conmigo la extensa experiencia científica de sus exploraciones en la Gran Sabana, sus anécdotas, sus maravillosas fotografías y sus extraordinarias habilidades de supervivencia.

Debo dar también mi reconocimiento a José Miguel Pérez Gómez, por haberme estimulado en dar a conocer al mundo esta inquietud de un futuro incierto luego de una catástrofe mundial posible y por demostrarme, así como lo hizo Charles, que para sobrevivir necesitas de disciplina, observación y conocimiento del ambiente que te rodea, creatividad con los pocos instrumentos que puedas tener o simplemente fabricarlos con tus manos.

Así mismo debo agradecer a todos sus compañeros expedicionarios, quienes de una u otra forma se encontrarán retratados en esta historia como un homenaje por los tantos años que han compartido con Charles Brewer-Carías en sus numerosas y extraordinarias expediciones y descubrimientos. En particular debo agradecer al herpetólogo catalán César Barrio Amorós quien puso sumo cuidado en la forma de hablar de la protagonista para que no se expresara como una venezolana y por brindarme su apoyo absoluto en la realización de este proyecto. Una palabra de agradecimiento vaya también para Marek Audy por haberme permitido usar sus extraordinarias fotografías con las que ilustro el interior y la portada de este libro

No tengo palabras para expresarle mi gratitud a mi hermana, Diana Campano Lárez y a Joseliel López Guzmán, por su infinita ayuda y desmedida paciencia y cariño para corregir el manuscrito de esta obra.

A mi amiga Laura Rodríguez por estar siempre a mi lado, a mi hermano Roberto Campano, a mis sobrinas, Diana Carolina y Celina, por haber sido los primeros en leer el borrador del manuscrito y haberme animado a continuar escribiendo.

Les doy las gracias por todo su apoyo, amor y paciencia, a mi esposo Raúl Muñoz, a mis hijos, Laura, Daniel y Gabriel, a mi casa, mis mascotas y a mi jardín, porque el tiempo necesario que tuve que utilizar para poder culminar este proyecto tragón tuve que robárselo a las atenciones y cuidados que debí haberles prodigado a ellos.

Y el más importante de todos los agradecimientos se lo dedico a mi madre querida, Celina Lárez, porque sé que si su memoria no se la hubiese arrebatado la edad, ella habría estado a mi lado alentándome y brindándome todo su cariño para que yo lograse culminar este sueño.



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Aclaratoria



Algunos de los personajes de esta novela son personas reales, con experiencias, conocimientos y vivencias similares o paralelas a los personajes que describe este relato. El resto de los personajes es obra de la imaginación. La trama es producto de la imaginación pero se desarrolla en lugares reales recientemente descubiertos por el explorador Charles Brewer-Carías, en el Macizo de Chimantá de la Gran Sabana venezolana.



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Fotografías


Órbita de Nibiru según Zecharia Sitchin.



Vista aérea del Akopán-tepuy,perteneciente al Macizo de Chimantá.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Vista aérea de la Comunidad Indígena de Yunek.

Akopán-Tepuy en segundo plano y Upuigma-tepuy al fondo.

Foto de Charles Brewer-Carías



Upuigma-tepuy. Foto de José Miguel Pérez Gómez.



Cascada en el Akopán-tepuy.

Foto de José Miguel Pérez Gómez.



Toma cercana de la Cascada en el Akopán-tepuy.

Foto de José Miguel Pérez Gómez.



Churí-tepuy desde la Comunidad Indígena de Yunek.

Foto de Marek Audy.



Churí-tepuy. Foto de Marek Audy.



Dendrobates Leucomelas. Foto de César Barrios Amorós.



Indio soplando la cerbatana.

Foto de César Barrio Amorós.



Akopán-tepuy.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Entrada de la Cueva Charles Brewer.

Foto de Marek Audy.



Galería de entrada de la cueva de cuarcita más grande del mundo,

en el Macizo de Chimantá. Foto de Marek Audy.



En primer plano la roca "La Casa de las Pinturas".

Al Fondo el Akopán-tepuy. Foto de Charles Brewer-Carías.



Roca "La Casa de las Pinturas.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Pinturas prehistóricas en una de las paredes de la roca

"La Casa de las Pinturas". Foto de Charles Brewer-Carías.



Paraponera clavata.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Puri-puri - Simulium.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Cuaima Piña - Lachesis muta.

Foto de Charles Brewer-Carías.



Caída de agua en una de las galerías internas de la cueva.

Foto de Marek Audy.



Salto Ángel en el Auyantepuy.

Foto de Charles Brewer-Carías.



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A la memoria de mis padres.



A la memoria de

Roberto E. Campano Gutiérrez, cuyas vivencias en la Gran Sabana inspiraron la selección del lugar donde se desarrolla esta novela.



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Viernes 16 de diciembre


Churuata. Foto de José Miguel Pérez Gómez.



Capítulo 1

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El olor a gasolina inundó sus fosas nasales mientras se encontraba agachado recogiendo la basura acumulada que los desaprensivos turistas habían tirado en los alrededores de la churuata.

Se puso de pie al instante y corrió hacia el cobertizo donde se encontraba el generador de electricidad. Lo primero que vio al llegar allí fue el recipiente de gasolina vaciándose, tirado sobre las tablas de madera que recubrían el piso de tierra. Se inclinó para recogerlo en el momento en que escuchó un silbido que reconoció al instante: el zumbido de un dardo. Sintió el piquete en el cuello. Llevándose la mano derecha al cuello se volvió para mirar de dónde procedía el dardo, cuando escuchó un segundo silbido. El proyectil se incrustó en las tablas del piso empapadas de gasolina. Paralizado como estaba por el veneno, vio con horror como la gasolina se encendió a su alrededor. Aún con vida cayó de bruces en medio de aquel infierno sobre el contenedor de gasolina. Ya no sentía su cuerpo, ni cómo el fuego quemaba su ropa, su piel y sus cabellos… sólo pudo olerlo…

Hubiese querido también poder cerrar los ojos…



Capítulo 2

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Con la mirada perdida en el círculo de luz que formaba la lámpara de su casco sobre el techo de su tienda de campaña, Sajoko extendió la mano para remarcar el círculo con su dedo índice. No podía sacarse de la mente el resultado de la investigación sobre los bioespeleotemas, que era como había denominado aquellas extrañas formaciones de espeleotemas porque crecían y se reproducían como seres vivos. "Los arbolitos marcianos". Sonrió para sí. Ese era el nombre que le habían puesto los periodistas cuando los presentó a la prensa del país porque su estructura, según las pruebas hechas por la NASA, era de un organismo "exobiológico", afín a ciertas estructuras encontradas en Marte. No había agua que goteara del techo de la cueva que pudiera formarlas como a las estalagmitas y estalactitas comunes y estaban bastante alejadas tanto del agua de la cascada, como del nivel de agua marcado en las paredes, que era hasta donde llegaba el agua cuando se inundaba la cueva, si caía lluvia sobre el tepuy. Se trataba de un ser vivo que, al igual que el resto de los seres vivos, nacía, crecía, se reproducía y moría. Creciendo en "colonias", desafiando la gravedad -de abajo hacia arriba-, con formas similares a ramas de árboles y sin contacto con agua. Aunque era biológico, como una planta, producía ópalo como si fuera un mineral, como un arbolito de vidrio. Si su origen no tenía nada que ver con la espuma y el aerosol de la cascada presente en la cueva ¿cuál podía ser su origen? Se devanaba los sesos con conjeturas, todas ellas descabelladas. ¿Panspermia? era lo que se le ocurría tomando en consideración los cráteres de meteoritos que había descubierto a apenas 15 Km. de la cueva ¿Sería posible? ¡No! Pensarlo inclusive le daba cierta comezón. Eso sería un pensamiento un poco "planetario", como el de ciertos individuos de Santa Elena de Uairén que pensaban que él había ocultado la localización de la cueva porque supuestamente había encontrado una mesa de oro de 12.000 años de antigüedad en ella. Ese pensamiento le hizo sonreír nuevamente.

— ¡Joko asómate! —le gritó Joe.

Sajoko rápidamente descorrió el cierre de su tienda y asomó la cabeza.

— ¿Qué pasa? —preguntó con curiosidad.

— ¿Estás acostado con el casco puesto? —Le preguntó Joe—. Apaga la lámpara un momento y observa la Mesa de Muñecos.

Apagó la lámpara y salió de la tienda. Miró hacia el lugar que le indicó el compañero y su mandíbula inferior se abrió como en un acto reflejo. No podía creer lo que miraba.

La Mesa de Muñecos, que era el nombre que le habían puesto al lugar de la cueva donde se situaban aquellos extraños espeleotemas, se encontraba envuelta en una nube luminiscente verde azulada que iluminaba de tal manera que podía ver el camino hasta allá.

— ¿Qué es eso? —Gritó Sajoko adelantándose al lugar para verlo de cerca—. ¿Por qué no habíamos visto eso en las anteriores visitas a la cueva?

—No lo sé —dijo Joe trepando a su lado las rocas para llegar al sitio.

—Corre y busca la cámara. Trae también el aparato para medir la temperatura; siento en la cara que irradian cierto calor —le dijo a su compañero extendiendo las manos sobre las extrañas formas.

—Tendremos que fotografiarlas sin flash porque mira lo que sucede si las alumbramos con la linterna —dijo Joe encendiendo la lámpara de su casco.

—Pues probaremos sin flash. Búscala, por favor —insistió.

Cuando Joe se fue, Sajoko se agachó frente a los bioespeleotemas. La parte inferior, que normalmente era de color blanco cremoso, ahora tenía una luminiscencia verdosa. ¿Sería causada tal vez por la presencia de algún mineral como la forsterita? Pero, ¿qué energía estaría activándolos? ¿Y por qué ahora sí y no cuando estuvieron en la cueva dos años atrás? "Todo lo que tengo son preguntas y cero respuestas", dijo para sí torciéndose el lado derecho de su mostacho.



Capítulo 3

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Nuria cerró la puerta de la casa y pasó llave a la cerradura. Encendió el interruptor de la luz del vestíbulo. Tiró las llaves y los guantes de cuero sobre la mesa del vestíbulo. Luego soltó sobre la alfombra el bolso, el maletín de su laptop, la bufanda, el abrigo y el gorro de lana. Se quitó las botas y las puso dentro de la canasta de mimbre bajo la mesa. Descalza sobre la alfombra caminó hasta la cocina, encendió la luz y abrió la puerta de la nevera. "Cocinar la cena para mi sola otra vez", pensó. Sacó la botella de leche y cerró la nevera. Cogió un vaso del lavaplatos y vertió en él todo lo que quedaba de leche en el recipiente y lo puso sobre la mesa. Mientras enjuagaba la botella, con el pie abrió la gaveta de la basura, puso la botella en el compartimiento de reciclaje de y empujó la gaveta con la pierna. De un gabinete sacó un paquete de galletas de avena y varios frascos de pastillas que puso sobre la mesa. Se sentó ante el vaso de leche. Estaba deprimida. Tal vez debía llamar a su psiquiatra pero sabía lo que le diría, lo que ya se había aprendido de memoria desde que se lo dijo: "Nuria, eres bipolar y debes aceptar tu condición, los medicamentos que tomas no te quitarán la depresión o las manías por completo, pero te ayudarán a manejarlas." Y dale... zámpate otra píldora de antidepresivo..., "y si tienes paranoias, entonces sube el antipsicótico media tableta y si es la manía lo que te fastidia, porque no paras de escribir en la computadora toda la noche, tomate tu pastilla anticonvulsiva; y si no puedes dormir, tómate una pastilla de melatonina a las cinco de la tarde para que se regule tu sueño; y ese temblor en tus manos, el corazón desbocado y ese sudor frío constante, eso es ansiedad, esta pastillita es para eso, tómatela también. Y recuerda todo bipolar puede llevar una vida completamente normal si tiene rutinas en su diario vivir y disciplina con sus medicamentos. Es como el diabético que tiene que suministrarse la insulina cuando le bajan los niveles. El maniaco-depresivo presenta desequilibrios en los niveles de dopamina, serotonina o norepinefrina, unos neurotransmisores del cerebro que llevan la información entre las células y necesita que le sean estabilizadas o suministradas a través de los medicamentos para que pueda tener una buena calidad de vida."

¡Increíble...! Ahora estaba ella amarrada a unos frascos de pastillas para toda su vida. Fue sacando una a una todas las pastillas que debía tomar: Para la depresión, para regular las manías, para las paranoias, para la ansiedad y melatonina para regular su sueño. Su maravilloso cóctel de "Happy Pills". Menudo regalo le habían dejado sus ancestros cuando nació: una condición mental hereditaria latente que se le había disparado cuando entró en la universidad ¿o sería quizás que se había disparado desde que era una niña y no lo habían notado?

Hoy era su cumpleaños, veinticinco. No quiso aceptar ninguna invitación de sus amigos a celebrar. Levantó el vaso, "Feliz cumpleaños, querida Nuria Grau Ibars, a tu salud" dijo en voz alta. "¿Qué voy a ir a celebrar? ¿Que mi adorada madre tiene hoy veinticinco años de muerta y sólo conozco su cara por fotos? ¿O que mi amadísimo padre cumplirá un año de muerto dentro de dos días?" Continuó diciendo en voz alta mientras mojaba pacientemente una galleta de avena en la leche y se la llevaba a la boca.

Se sentía cansada. Nunca un viernes le había pesado tanto. Pasó todo el día contestando el teléfono a necios apocalípticos y mensajes que habían ido llegando a su correo electrónico comentando el contenido de su último artículo.

La gente que leía la revista era increíble, o te adoraba o te odiaba. Hasta amenazas de muerte había recibido. Ese tipo de mensajes no los contestaba, por supuesto. No los tomaba en serio. ¿A cuenta de qué cosa iban a matarla a ella? Era una insignificante periodista que trabajaba en la casa editorial de una revista, nada menos que de enigmas y misterios, propiedad de su padre y su socio. Estaba allí porque no había podido encontrar trabajo en ningún otro sitio cuando se graduó. ¿Acaso se mata uno estudiando periodismo para terminar entrevistando viejitas que tuvieron una conversación seria con el chupacabras? ¿Qué carajo importaba si el cometa que se veía en el cielo era o no el planeta Nibiru del que hablaban los Sumerios en sus tabletas escritas en cuneiforme y que había traducido e interpretado Zecharia Sitchin? Ni que fuera ella la única que había escrito sobre eso… Sitchin había muerto en el año 2010 y se siguió hablando del tema. Después tuvo mucho auge en el año 2012 y todo el mundo lo desechó cuando llegó el 21 de diciembre de aquel año, tan pronosticado por los mayas y pitonisos de distinta índole y no ocurrió ninguna catástrofe. Pero al parecer el tiempo de los hombres era distinto al tiempo del universo. Ella estaba segura de que, según la investigación que su padre había comenzado y luego de su muerte ella había continuado, el calendario maya no es que estuviera equivocado, sino que el equivocado era el calendario Gregoriano que habían inventado los cristianos en la cuarta centuria después de Cristo. Un calendario basado en el nacimiento del Mesías cristiano que nadie sabía a ciencia cierta cuándo había nacido. La realidad era que allí estaba, hacia el sur de la esfera celeste, aquel astro brillante que cada día se veía más grande. Lo que sí era cierto eran las repercusiones que traería al planeta Tierra el paso de aquel monstruo. Ya se habían comenzado a sentir desde hacía siete semanas, cuando apareció ante la vista de todos en los cielos nocturnos.

Lo increíble era que la gente continuaba su vida como si todo estuviera normal y aquel ojo brillante sólo formaba parte de la decoración celestial. Muchos habían perdido su capacidad de asombro. Terminó de mojar el último bocado de galleta y puso en su boca las pastillas y se las tragó con el resto de la leche que quedaba en el vaso. Se levantó, lavó el vaso, lo secó y lo puso dentro del gabinete, luego guardó el paquete de galletas y los frascos de pastillas.

Se sentó en el sofá de la sala frente a la pantalla del televisor apagada. No quería ver televisión. Total... ¿para qué encenderla? Últimamente había habido muchos problemas con los satélites artificiales y eran muy pocas las veces que se podía ver la imagen de la televisión y, cuando se veía, estaba completamente plagada de malas noticias sobre desastres climáticos, terremotos, volcanes y muertes. Barcelona no se había salvado: una ciudad donde años atrás era raro que nevara, estaba toda vestidita de blanco inmaculado.

Todo eso lo coronaba la situación geopolítica del mundo: China ya no era comunista y formó una alianza con los países del Medio Oriente para aprovecharse de los recursos petroleros y contrarrestar los ataques de los americanos que querían quedarse con el pastel. Se perfilaba como gran poder hegemónico pisándole los talones a Estados Unidos luego de haber descubierto un gran yacimiento de petróleo en sus costas en el año 2007, que le ayudó a desarrollarse más rápido al tener energía más barata y propia.

Los gringos, por su parte, fueron a por lana y salieron trasquilados del Medio Oriente después de invadir Irán, que fue protegido por China y Rusia. La guerra se extendió por todos los países petroleros del Medio Oriente en esta cruzada energética, quedándose los pozos petroleros de todos ellos, inclusive los de Arabia Saudita, en manos de los chinos.

En aquel mismo año del 2007, Estados Unidos había firmado con Brasil un acuerdo energético para la producción de Etanol. Pero no era suficiente; cada americanito que abría los ojos por primera vez a la vida en esa tierra tenía derecho a su cuota de gasto de energía, pero la masa no daba para tantos.

Los americanos tuvieron que hacer mil malabarismos porque los recursos energéticos les fueron negados por aquellos lados y comenzó a mirar a los países que le rodeaban y a los del sur para ir a por ellos. Primero formó una alianza con Canadá, que se llamó "United Confederation of América and Canada". "El burro del sardinero va primero", como decía su padre. UCAC por sus siglas en inglés, CUAC por sus siglas en español. Entonces el presidente de Venezuela los desprestigiaba llamando a los americanos "los patos", como les decían por esas tierras a los maricas.

Definitivamente los asesores del gobierno americano habían botado la bola de homerun, porque decidieron remendar el capote cambiando la posición de América en la frase para acabar con la burla: "United Confederation of Canada and America", UCCA por sus siglas en inglés, CUCA por sus siglas en español... Y fue peor, ahí sí fue verdad que se convirtió en el hazmerreír de los venezolanos por el contenido escatológico de la palabra en ese país: cuca significaba vagina.

Los insultos fueron escalando y Venezuela dejó de venderle petróleo a la ahora difamada CUCA. El siguiente en unirse a la confederación fue México. ¿Cómo no así? si ya tenía a casi la mitad de su población bajo cuerdas metida al otro lado de la frontera de lo que antes eran los Estados Unidos de América. Los mexicanos no dijeron ni pío, felices de poder ser gringos de verdad-verdad. CUCA siguió corriendo sus fronteras hasta la orilla de Colombia y allí paró. Ahora comprendía todo el territorio de América del Norte y Centro América.

Pero, ¿y qué pasaba con las islas del Caribe? Con la ayuda de los petrodólares, Venezuela no perdió tiempo para intentar anexarse primero a Cuba, y cuando lo intentó con el resto de las islas del Caribe con promesas de un "Mar de la Felicidad", CUCA intervino invadiéndolas a todas, empezando con Cuba que la tenía a sus pies. En esos dimes y diretes contra el Norte, a Venezuela no le quedó otro remedio que ir anexionándose a los países más débiles y pobres de Suramérica con una revolución socialista y pagándoles sus deudas externas.

Los países más fuertes, Chile, Brasil y Colombia, le plantaron cara con la ayuda de CUCA, que ya para esa época había cambiado de nombre nuevamente y terminó llamándose América Democrática del Norte, ADN por sus siglas en español, nada meno…Venezuela no se quedó atrás en aquello de cambiar los nombres a las cosas, pero eran tantas las siglas por países anexados que a su vez querían tener preponderancia en el nombre, que sonaba como un trabalenguas. Se barajó, también con el "burro delante para que no se espante", el nombre de Venecurpeparbol: que era el acróstico de Venezuela, Ecuador, Uruguay, Perú, Paraguay, Argentina y Bolivia. Si hubiese podido invadir a Colombia, Chile y Brasil, tal vez se hubiera llamado, Venecurpeparbolco, Venecurpeparbolcochi y por último, Venecurpeparbolcochibra, por orden de aparición por invasión. Se le quemó el cerebro a quien se le ocurrió semejante barbaridad, pero era típica del grupo que estaba mandando. Un asco de nombre que sonaba como una grosería o una maldición en lengua indígena. ¿Por qué no ponerle algo más fácil, tal vez Gran Colombia como había soñado el Libertador Simón Bolívar? Ahhh..., porque el presidente de Venezuela no quería que la palabra Colombia fuera preponderante. A lo mejor hubiera querido ponerle "Huganda", para hacerle honor a su propio nombre si se lo hubieran permitido los otros países y si no hubiera sonado como que muy africanizado.

Después de muchos dimes y diretes entre el Norte y el Sur, y de un golpe de estado impulsado por ADN con la ayuda de Colombia y Brasil, se puso orden en la borrachera, la anarquía, la corrupción y el desorden, encarcelando y exiliando a cuanto criminal y corrupto habían atrapado por esas tierras, desde las más altas esferas de poder hasta el barrendero.

El bloque de naciones terminó denominándose: América Libertaria Nacionalista del Sur, ALNS, cuyas siglas no levantaron más ronchas y cada país unido al grupo conservó su nombre, como lo hicieron en el pasado las repúblicas soviéticas, pero ahora no eran países soberanos sino republicas asociadas. Tremendo lío, ahora cada república tenía su gobernante, pero todavía no se había determinado cuál sería el título con el que se llamaría al gobernante de todos los gobernantes. ¿Primer Ministro? ¿Presidente? Nuria no tenía ni idea... Todavía se debatía la denominación. Lo que sí sabía era que tomaría mucho tiempo para reconstruir aquellos países después de la ola de anarquía y destrucción que había pasado sobre ellos. Aquel ejercicio mental sobre el sainete en que se había convertido la geopolítica de las Américas le hizo soltar una carcajada. Aquello era realismo mágico del más puro.

Esas "Iluminaciones" mentales, como las llamaría su psiquiatra, le hicieron animarse un poco.

No tenía sueño. Tal vez debió haber aceptado alguna de las invitaciones que le habían hecho porque la verdad era que se sentía muy sola y triste.

Era viernes. No acostumbraba tomar alcohol porque no le gustaban los efectos del día siguiente. En la universidad había aprendido con sus compañeros a fumar marihuana los viernes antes de salir a cualquier fiesta o discoteca. Era más barato para el bolsillo del estudiante y con sólo unas cuantas pitadas de humo de un cigarrillo compartido entre ellos ya se sentían entonados, así sólo tenían que consumir gaseosas y no pagar por alcohol. Disfrutaban de la fiesta y al día siguiente cero resaca. Tal vez un porro de marihuana la relajaría y podría dormir tranquila. La situación era diferente ahora que tomaba tantos medicamentos, claro, esperaba que no la deprimiera más. Pero... ¿Qué carajo importaba? Se iría a dormir de todas maneras. Eso haría. Se daría un baño de espuma y se fumaría un porro.

Se levantó y caminó hacia el vestíbulo. Metió la mano en su bolso y de un bolsillo sacó el encendedor y el cigarrillo de marihuana que le había regalado Silvia. Subió las escaleras, entró en el baño y comenzó su ritual de espuma. Se desnudó, puso la ropa sucia en el canasto de mimbre y abrió las llaves de agua de la bañera. Prendió las velas perfumadas y puso música de blues en el reproductor. Vertió el líquido espumoso en el agua y encendió el porro con una de las velas. Se metió en el agua con cuidado, se recostó en la bañera y aspiró el humo acre con sabor a paja quemada y cerró los ojos.

El sótano. Debía ir al sótano, pensó mientras exhalaba el humo que había retenido unos instantes en sus pulmones... Allí por lo menos podría sentirse acompañada por los objetos de su padre. Ya había pasado casi un año y no se había atrevido a entrar a la "baticueva"... Volvió a aspirar otra bocanada... No quería mover ni siquiera el polvo que él había tocado o pisado, sentía que era como un sacrilegio... Soltó nuevamente el humo... Se fue demasiado rápido. Tres meses. Ni siquiera sufrió, se fue mientras dormía... Aspiró nuevamente... La había dejado completamente sola. Ni siquiera novio tenía para por lo menos distraerse y descargar algo de su tristeza. Hundió la cabeza en el agua manteniendo la mano con el porro afuera, pero no pudo evitar que el agua salpicara y se apagara. Se sentó en la bañera y exhaló. Había tomado una determinación: iría al sótano.

Tiró la colilla mojada en el retrete y se levantó llena de espuma y chorreando agua. Se puso el albornoz, apagó las velas, la música y levantó el tapón de la bañera. Salió del baño y regresó a la cocina. Se paró frente a la puerta del sótano y la abrió. Le llegó aquel olor tan querido a tabaco, colonia, cuero y libros que ahora se mezclaba con el olor de la humedad. Seguro que el moho le causaría un ataque de alergia, así que regresó a la cocina y sacó de una gaveta un pomo de pastillas antialérgicas y se metió una a la boca. ¡Hasta eso padecía, alergia al polvo, para colmo de males!

El porro de marihuana le había dado hambre así que sacó nuevamente el paquete de galletas de avena del gabinete y volvió a la puerta del sótano, encendió la luz y bajó las escaleras.



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Envuelta en el albornoz, Nuria estaba sentada en la silla de cuero de su padre dando vueltas lentamente ayudándose con los pies, como hacía de pequeña, mientras masticaba galletas de avena observaba las paredes forradas de libros del techo al piso. Paró en seco cuando vio algo que llamó poderosamente su atención en el estante donde su padre le había puesto todos sus libros de cuentos cuando era niña. Parecía el lomo grueso de un libro en color gris metálico sin ningún nombre que lo identificara. Se levantó y fue hacia el estante y lo sacó. No era un libro, era una caja liviana, aunque de metal, del tamaño de un folio. ¿Titanio tal vez? Muy posible. No se le veía cierre por ninguna parte sólo un pequeño orificio redondo en el centro de una de sus caras. Esa llave debía estar en el escritorio. Abrió la gaveta del centro y lo primero que encontró fue un sobre dirigido a ella. ¡Qué raro…! ¿Por qué su padre no le entregó esa carta al abogado que se hizo cargo del testamento? Puso la caja sobre el escritorio y sacudió el sobre para percibir si había algo que se moviera en su interior. No sintió nada. Rasgó el sobre y sacó la carta. Estaba escrita a máquina.



"Mi querida Nuria,

Sabía que encontrarías la caja en el estante de tus libros de cuentos infantiles y que tu curiosidad para ver su contenido te haría buscar la llave en el escritorio. Lo que encontrarás dentro de ella te hará pensar que el cáncer destruyó mis neuronas y que me desquicié. Pero no es así, pequeña mía. Lo primero que harás al abrirla es leer el manuscrito que allí se encuentra. Es el original del manuscrito que tradujo el hermano de tu madre, François Mayorat. Cada palabra de ese manuscrito es cierta y deberás tomar medidas y seguir mis instrucciones una a una sin brincarte ninguna, que sé cómo eres que te encanta tomar atajos. Comenzarás a hacerte miles de preguntas y tendrás muchas dudas, nena querida, pero confía en tu padre. Toda la verdad que el ser humano ha estado buscando por milenios está dentro de esa caja. Somos pocos los que sabemos esa verdad, así que deberás cuidarte de ahora en adelante para poder preservar tu vida; existen poderes interesados en que esa verdad no se sepa y han llegado hasta el asesinato para acallarla. No te fíes de nadie. Observa, analiza y luego actúa.

Te preguntarás porqué no te hablé de esto antes. Disculpa a este pobre viejo, no quería empañar tu felicidad y tu juventud y pensaba, como muchos otros seres humanos, que a mí nunca me pasaría nada, que era un superhombre y que estaría a tu lado mucho tiempo para protegerte. Fíjate, fue ayer que me diagnosticaron el cáncer y no sé si me quedan días o meses de vida. Lo que sí sé es que el cáncer de célula gigante que se me ha desarrollado avanza muy rápidamente y que no hay chance de supervivencia.

Te quiero mucho, mi amor. Cuánto siento no poder estar contigo ahora cuando tienes que enfrentar tanto caos y horror.

Te ama,

Tu padre"



Nuria se limpió las lágrimas de la cara con la manga del albornoz. ¿De qué caos y horror hablaba su padre? ¿Acaso tendría que ver con el astro en el cielo? ¿Y la llave? ¡Su padre olvidó decirle cómo se abría la caja! ¡Ni siquiera escribió las instrucciones! Se dijo revolviendo todas las gavetas sin encontrar nada.

Cogió la caja y la carta y las apretó contra su pecho. Se levantó de la silla y se fue escaleras arriba hacia el cuarto de su padre. Encendió la luz, puso la carta y la caja sobre el mueble de gavetas y comenzó a rebuscar. Nada. Se tumbó en la cama mirando el techo. Era inútil. No encontraría la llave. Además ¿qué tipo de llave podía abrir una cerradura que era un orificio redondo sin marcas? ¿Un punzón? Dobló la carta y la metió entre su seno y el albornoz, cogió la caja y salió corriendo escaleras abajo hacia la cocina. Abrió la gaveta de utensilios y sacó un punzón para hielo. Puso la caja en el mostrador e introdujo el punzón por el orificio. No pasó absolutamente nada. Tomó la caja y subió derrotada nuevamente al cuarto de su padre. Apagó la luz y se acostó en la cama en posición fetal con la caja abrazada contra su pecho y se quedó dormida.



Capítulo 4

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Nuria despertó sobresaltada. ¿Qué hora era? Miró en la oscuridad lo único que tenía un destello de luz en aquella habitación, los números rojos del reloj despertador de su padre en la mesita de noche. Las diez de la noche. Estiró la mano y encendió la lámpara. Cogió el teléfono de la mesita y marcó un número.

—Tío Joaquín soy yo.

—Hola nena, dime.

—Encontré una extraña caja en el estante de mis libros y una carta de papá para mí que estaba en una gaveta de su escritorio —dijo Nuria.

—Hija y ¿tú no habías revisado las cosas de tu padre? —Preguntó el tío Joaquín.

—Pues no, en todo el año el único que ha entrado al sótano fuiste tú el mes pasado, cuando buscabas aquel libro de referencia para un artículo, ¿te acuerdas? Yo no me atrevía, pero hoy me sentí tan sola que decidí meterme en el sótano para sentir su presencia.

—Por Dios Nuria, debiste ir con las muchachas aunque fuera al cine.

—Lo sé tío Joaquín pero estaba muy triste hoy. Inclusive varios lectores de la revista me amenazaron de muerte.

—Hay mucho loco suelto en el mundo nena, no hagas caso a eso. ¿Y qué te dice tu padre en la carta?

—Habla de una verdad, de un manuscrito que está en la caja y que es el original traducido por el tío Kiko ¿sabes por dónde anda? Sólo lo conozco por referencias y fotos, nunca lo he visto.

—Por tu padre supe que Kiko está en Venezuela, en su búsqueda de civilizaciones perdidas. ¿Y qué dice el manuscrito? ¿De qué se trata?

—No lo sé porque se olvidó dejarme la llave de la caja. ¿La tienes tú tío Joaquín?

—No hija, no sé de qué caja me hablas, pero podemos ver eso el lunes, llévala a la oficina. ¿Y eso es todo lo que dice la carta?

—Bueno, no. Habla de su enfermedad y de que estaré sola cuando ocurra un supuesto caos y terror. ¿Qué quería decir papá? ¿Tiene que ver algo con el cometa?

—Ay, nena no lo sé, me imagino que la enfermedad le habría afectado el cerebro. Hazme un favor, niña, llama a tu amiga Silvia y vete a pasar el fin de semana con ella y el lunes me enseñas la carta y la caja. Olvídate de todo eso, querida mía, y disfruta por favor tu cumpleaños. ¿Me lo prometes?

—Está bien tío Joaquín, lo haré. Te veré el lunes.

—Adiós, nena.

Nuria tecleó otro número en el teléfono.

—Silvia, me voy a tu casa, espérame.

Se levantó, tomó la caja y fue a su cuarto. La puso sobre la cama, sacó de su seno la carta doblada y la puso al lado de la caja. Preparó un morral con algo de ropa y metió la caja y la carta en uno de los compartimientos. Luego se metió al baño. El baño de espuma le había dejado el cabello y el cuerpo enjabonado. Se desnudó tirando el albornoz en el piso, abrió la llave del agua y entró en la ducha cerrando la puerta de cristal.



Sábado 17 de diciembre



Colonia de Bioespeleotemas, "La Mesa de los Muñecos" .

Foto de Marek Audy.



Capítulo 5

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Luego de sacar las fotografías y tomar la temperatura sobre la Mesa de Muñecos, Sajoko se había quedado un rato más contemplando aquella luz que lo envolvía haciendo conjeturas. Sus compañeros de exploración se habían retirado a descansar a sus tiendas de campaña luego de tomar notas y mediciones de aquel inquietante fenómeno, el único que permanecía a su lado era Joe, que miraba como hipnotizado aquel extraño resplandor. De repente sintió la imperiosa necesidad de salir al exterior de la cueva para respirar el aire fresco de la noche.

—Me voy afuera un rato ¿vienes conmigo?

—Vamos pues —contestó Joe.

Encendió la lámpara de su casco y fue hasta su tienda. Recogió los binoculares para visibilidad nocturna de su morral y empezaron a subir los enormes bloques de piedra rosada que los separaba de la entrada. Pasaron silenciosos por el campamento base para no despertar a sus compañeros de exploración y salieron al exterior. Treparon sobre una roca cerca de la entrada. Se sentaron con las piernas colgando y apagaron las luces de los cascos.

La noche estaba despejada. Podían verse las estrellas y aquel hermoso cometa que surcaba los cielos. Cada uno en silencio con sus propios pensamientos. ¿Qué habría activado a los bioespeleotemas? ¿El cometa? ¿Sería posible que la radiación electromagnética que desprendía aquello los hubiese activado? se preguntó mientras observaba el cometa. Comenzó a vibrar su teléfono satelital.

—Aló —dijo Sajoko.

—Jerome, soy yo.

— ¿Qué hubo, Kiko? ¿Cómo estás? —reconociendo la voz de su amigo François Mayorat.

— ¿Dónde estás? —preguntó Kiko.

—Con Joe viendo el cometa desde la entrada de la cueva —dijo Sajoko.

—Hermoso, ¿no es cierto? —contestó François.

— ¡Ay, Kiko, el que no te conozca, que te compre! Tú no me llamaste para que hablemos de lo lindo que se ve en el cielo el cometa ¿verdad que no?

—Eres incorregible, Jerome Brawer. Por supuesto que no te llamé para eso.

—Pues suéltalo ya.

—Ok, necesito que me hagas un favor.

—Imagínate cómo voy a decirte que no, si todo esto que he podido lograr ha sido gracias a tu ayuda —le dijo Sajoko.

—Olvida eso. Tú no me debes nada. Lo nuestro es más amistad que otra cosa y el mutuo interés científico. Lo que quiero pedirte es que me recibas a mi sobrina que quiere hacerme una entrevista. Hoy a las 5:50 de la tarde llegará a Porlamar en un vuelo de Air France desde Barcelona, España. Saldrá de Porlamar a las 8:00 de la mañana del domingo en Rutaca y llegará a Kavak a las 11:00 de la mañana.

— ¿Entrevistarte? ¿Es acaso una periodista? —preguntó Sajoko.

—Sí, de las que te encantan a ti, de una revista de temas enigmáticos —dijo Kiko jocosamente.

Una "planetaria" —.Y recordó a la tal Cristina que vivía en Puerto Rico, la otra planetaria que estaba escribiendo un libro sobre los misterios de las cuevas de la Gran Sabana y lo había contactado para que le diera datos. ¿Qué estaría pasando que ahora había tantos de ese gremio interesados en la zona?

—Jajajaja, así parece —le dijo François.

— ¿Y por qué yo?

Porque "Sajoko" es increíblemente irresistible y la puedes distraer hablándole de tus aventuras.

—Y tú eres verdaderamente terrible, François. ¿Y crees que me interesa que haga un artículo de mi cueva, para que salga al lado de una columna que hable sobre cómo Sai Baba, aún mascando el agua, vomitaba huevos de oro?

—Jerome, sé bueno y hazme el favor que no voy a estar mañana en la zona para recibirla. No sé cómo es físicamente, sólo tengo fotos suyas de cuando era niña así que tendrás que colgarte un cartel del cuello con mi nombre para que te reconozca —y soltó una sonora carcajada.

—Sí, eres muy gracioso. Ok, lo haré, pero no pretendas que me convierta en guía turístico.

—Confío en ti. Te mando el helicóptero temprano, chao.

Jerome guardó el teléfono en su bolsillo.

—Era Kiko, quiere que recoja a una persona en Kavak mañana.

— ¿Y quién es? —le preguntó Joe.

—Su sobrina. Una periodista de las que te gustan a ti: tipo planetaria.

—Jajajajaja —rió Joe—. Te apuesto a que está aquí por el cometa.

—Pues, mañana me acompañas a buscarla. Contigo se sentirá como pez en el agua —le dijo bromeando.

Aprovecha y háblale de los "arbolitos marcianos" que encontramos en la cueva.

—Ni loco, mi hermano —dijo Jerome.

Ese François, siempre tomándole el pelo con aquel apodo que le habían puesto los indios Yekwana para burlarse de él, por ser alguien tan inquieto como el tucán, que era lo que significaba sajoko en su lengua. Ahora todo el mundo le llamaba así: "Sajoko". Peor aún, el apodo se había ido deformando con los años y algunos le decían Sajo, otros lo llamaban Joko. Joe era uno de los que lo llamaba así todo el tiempo. Al principio, le dio risa, luego le dio rabia, ahora no le importaba. Su boca se torció en una media sonrisa.

—Para variar hay otro incendio en los alrededores —dijo Joe mirando a través de los binoculares con visión nocturna—. Pero no veo nada desde aquí.

Él también sintió el perfume nocturno de la sabana impregnado de un cierto olor a humo. ¿Qué se estaría quemando? No podía ver el incendio desde el lugar donde se encontraba. No era extraño en esta zona. Los indios pemones tenían la costumbre de quemar para después sembrar. O a veces lo hacían para avisar a la comunidad que venían de regreso de cazar o simplemente por diversión, para ver cómo se afanaban las autoridades del parque apagando el fuego. Costumbres muy difíciles de erradicar y que estaban devastando grandes extensiones de selva de la Gran Sabana. Deberían llamarse Quemones en lugar de Pemones.

Con el rabo del ojo miraba a Joe que había soltado los binoculares y ahora tenía la vista perdida en el cielo observando el cometa. ¿Qué estaría pensando su compañero?



****



Ramón estaba cansado. Se había tomado ya cinco copas de vino y tenía sueño. Se bajó de la silla alta de la barra del bar que frecuentaba todos los viernes y tomó su abrigo del respaldar. ¿Por dónde andaría Nuria que no la conseguía por ninguna parte? Se preguntó mientras metía los brazos por las mangas del abrigo.

—Me voy Pepe —dijo poniendo sobre el mostrador unos billetes que había sacado de uno de los bolsillos de su abrigo y se dirigió a la puerta.

—Ve con Dios, muchacho —escuchó que le decía el dueño del local desde el mostrador, entre el ruido de copas y risas del lugar.

Su auto estaba estacionado frente al negocio, pero en la acera contraria. Salió del local y una cortante brisa helada le hizo que subiera el cuello de su abrigo para protegerse. Esperó a que pasara un auto y cruzó la calle. Había mucho movimiento en la zona a esa hora. La juventud se divertía y los no tan jóvenes también. Pero estaba muerto de sueño. Había estado varias horas con aquel hombre que había ido a buscarlo para preguntarle sobre las últimas investigaciones de su tío Santiago Freixas. Él siempre consideró que su tío Santiago estaba medio tocado de la cabeza, mira que decir que Dios y los ángeles eran extraterrestres que se alimentaban de la energía de la sangre y de las angustias de los seres humanos. Y eso no era lo peor, porque eso podría decirlo cualquiera, pero que lo dijera alguien que había sido un sacerdote... ¿Quién habría forzado la puerta de la casa de Nuria? No pudo distinguir bien quién era, pero le pareció conocido. El tal Robert Gibson tenía razón, era mejor no meterse en ese asunto llamando a la policía. Hubieran pasado toda la noche respondiendo interrogatorios.

¿Por dónde estaría metida Nuria? Volvió a preguntarse. Seguro que andaba con Silvia. Les había dejado varios mensajes en la grabadora de los teléfonos móviles y de sus casas a las dos, pero todavía no le habían devuelto la llamada.

Entró en el carro y cerró la puerta. Cuando iba a introducir la llave en la ignición sintió que le halaban por los cabellos llevando su cabeza hacia atrás y una línea fría pasaba por su cuello. Un grito quiso escapar de sus labios pero lo ahogó la sangre que a borbotones le llenó la boca.



****



Había ido con Silvia a la Rambla a reunirse con un grupo de amigos pero cuando regresaron a la casa de Silvia se dio cuenta de que había dejado el maletín con la laptop en su casa, así que dejó a Silvia y regresó a buscarlo. Se estacionó frente a la casa y cruzó corriendo sobre la nieve que cubría el sendero que atravesaba el jardín hasta la puerta con las llaves en la mano. Se quedó paralizada ante la hoja de madera. Alguien había forzado la puerta para entrar. Sacó su teléfono celular del bolsillo y tecleó el número del tío Joaquín.

— ¿Nena no me dejarás dormir hoy, verdad? ¡Son las cuatro de la mañana!

—Perdóname tío. Te hice caso, me fui donde Silvia pero acabo de regresar a la casa a buscar la computadora y me encuentro que la puerta ha sido forzada y está abierta, no sé si hay alguien adentro.

— ¿Cómo dices? ¡Espérame allí y no entres! Métete en el coche, que salgo inmediatamente para allá.

Siguió las instrucciones del tío Joaquín. Corrió de nuevo hacia el automóvil. Entró cerrando la portezuela con cuidado para no hacer ruido y apretó el seguro automático con mano temblorosa. Menos mal que el tío Joaquín vivía a sólo cuatro cuadras de esa calle, de manera que en pocos minutos estaría allí con ella. Metió la llave en la ignición. Estaba temblando de frío y de miedo así que prendió la calefacción y la radio para distraerse. Bajó un poco la ventanilla y encendió un cigarrillo. ¿Y si el tipo o tipos estaban todavía adentro y la encontraban? Bajo el volumen de la radio y encogió el cuerpo en el asiento para esconderse.

Los minutos pasaban eternos pero al fin vio los faros de un auto por la esquina cercana. El auto se dirigía hacia donde ella tenía el suyo estacionado. Se paró al frente. Era el tío Joaquín. Venía vestido con el pijama debajo del abrigo que le llegaba a las rodillas y con un viejo rifle en las manos.

Nuria bajó por completo el cristal y tiró el cigarrillo por la ventana.

— ¡Tío, qué facha! —le dijo susurrando—. ¿A dónde vas con ese rifle? ¿Está cargado? ¿No será mejor que llamemos a la policía? En un momento menos trágico que aquel, hubiese soltado la carcajada al verlo con esas ropas. El pijama le quedaba demasiado largo para su estatura y lo había arremangado a la altura de los tobillos, tenía puestas medias negras de vestir y zapatos negros de cordones. Una rareza en una persona tan perfeccionista y que siempre vestía correctamente. Pensó en las incongruencias de las personalidades de los seres humanos. Por lo visto el tío Joaquín tenía una fachada perfeccionista cuando no lo cogían fuera de base.

—Ssshhhh, calla nena, por Dios. Ya vengo, déjame revisar. Sé cómo usar esta cosa.

Nuria vio como Joaquín entraba en la casa y encendía las luces.

No podía seguir esperando en el coche, así que bajó y corrió hacia la puerta. Cuando entró con cuidado al vestíbulo, Joaquín venía de la cocina.

—Por ese lado está despejado, déjame subir a los cuartos. Quédate aquí —dijo él en voz baja.

—Estás loco, voy contigo, no me quedo sola aquí abajo ni que me pagues por ello —dijo siguiéndole.

—Está bien, pero ponte detrás de mí.

Terminaron de revisar arriba.

— ¿Qué se habrán llevado los pillos, tío? No hay nada tirado ni revuelto.

—Revisa la caja fuerte de tu padre.

Nuria abrió la puerta del closet y ahí estaba la caja, intacta. Apretó los botones de la combinación y abrió la portezuela. Todo estaba en orden.

—No era esto lo que buscaban. Además ni siquiera se llevaron mi computadora y mis cosas que estaban sobre la alfombra del vestíbulo.

—Nos falta el sótano, Nuria. Vamos.

Bajaron las escaleras del piso superior, llegaron a la cocina y se dirigieron al pasillo que daba al sótano y abrieron la puerta. Al encender la luz y bajar unos pocos escalones se dio cuenta que lo que buscaban los pillos tenía que ver con las cosas y papeles de su padre.

— ¡Tío, hay que llamar a la policía! —gritó al ver todos los libros de su padre en el piso de la habitación y las gavetas volcadas sobre ellos y encima de todo, sus libros de cuentos.

—Muy bien, Nuria, vamos a la cocina —dijo subiendo apresurado los escalones. Ella subió unos minutos después de él porque se quedó observando los libros de cuentos encima de la pila de los libros de su padre en el suelo.

Escuchó desde el pasillo lo que decía Joaquín:

— ¿Podéis investigar si este teléfono ha sido intervenido de alguna manera? —le oyó decir al tío Joaquín.

Nuria abrió los ojos como platos. ¡Claro eso era, estaban buscando la caja! ¡Alguien había escuchado la conversación entre ella y Joaquín! Las rodillas comenzaron a temblarle cuando subió las escaleras. Joaquín puso el teléfono en su sitio y al verla en el umbral se acercó a ella. La tomó del brazo y la sentó en una de las sillas de la cocina.

—Nena querida, te amo como si fuera tu padre, te vi nacer, lloré a tu madre. Lloré a tu padre. No quiero llorar por ti también. No puedes quedarte en Barcelona, no sabemos si esto tiene que ver con las amenazas de muerte que recibiste. Sube a preparar una maleta, te irás a Venezuela con François y le llevarás esa caja. Mientras lo haces le llamaré por teléfono para avisarle que vas para allá y luego te pediré un taxi que te lleve al aeropuerto del Prat. Después me llamas desde allí para decirme el vuelo y así avisarle a François para que vaya a buscarte. Yo me quedaré aquí esperando a la policía. ¡Date prisa Nuria, busca tus cosas y lárgate, tu vida corre peligro!



****



Robert bajó del taxi llevando la correa del maletín de su laptop al hombro. El chofer del taxi abrió el baúl del carro y le entregó su compacto equipaje. Robert apretó el botón en el asa de la maleta y lo ajustó para comenzar a rodarla tras de sí mientras caminaba hacia las puertas del Aeropuerto del Prat.

Se detuvo al cruzar el umbral de la entrada al sentir el calor de la calefacción en la cara y se quitó el abrigo, que colgó en su brazo izquierdo. Caminó hasta el mostrador de Air France donde ya había una fila de pasajeros haciendo el chequeo del equipaje. Su vuelo saldría a las 7:50 am, así que quizás tendría tiempo para desayunar si la fila de revisión de seguridad se movía rápido.

Delante de él había una muchacha que se notaba sumamente nerviosa. Constantemente volteaba hacia atrás y miraba hacia los lados como buscando a alguien. Sus ojos se cruzaron con los de Robert y ella los apartó rápidamente. Robert notó que tenía los ojos y la nariz enrojecida. ¿Sería por el frío de afuera, o es que estaba llorando? ¿Qué carajo le importaba a él eso? Siempre buscando hacer contacto con las demás personas, no aprendía... Le molestaba eso de su propia personalidad pero no sabía cómo evitarlo. Consideraba que toda persona que se acerca tiene alguna información importante que darte para tu vida. Sincronicidad, se llama eso. Pero esa historia de la sincronicidad siempre le había traído consecuencias no siempre positivas. Volvió a posar sus ojos en la muchacha. Definitivamente algo le pasaba. Ella estaba hecha un ocho con dos morrales que llevaba, un maletín de laptop, un abrigo y un bolso colgado de su hombro. Intentaba sacar el pasaporte y su billetera del bolso pero no se le ocurría poner el equipaje en el piso. En un movimiento torpe de sus manos el pasaporte de la muchacha cayó a los pies de Robert, quien se inclinó cortésmente para recogérselo. Ella se le adelantó y lo arrebató de sus manos lanzándole una mirada de inquina. Robert levantó las manos a la altura de sus hombros con las palmas vueltas hacia ella y le hizo una inclinación de cabeza en señal de calma. Ella se ruborizó.

—Lo siento —dijo ella, más para sí misma, acercándose al mostrador porque ya tocaba su turno.

Robert sintió sobre su nuca una cierta energía y volteó. Un hombre joven y muy rubio los observaba apoyado a una de las columnas. Cuando sus miradas se cruzaron el rubio disimuló mirando hacia otro sitio.

La joven se encaminó hacia las puertas de la zona de revisión de seguridad y Robert se acercó al mostrador entregando su boleto de vuelo y su pasaporte. Rápidamente inspeccionaron su equipaje y Robert salió en la misma dirección que la joven.

Cuando llegó a la zona de seguridad la joven ya había pasado bajo el detector de metales y estaba parada un poco más adelante recogiendo sus pertenencias.

Tenía hambre y necesitaba urgentemente un café, así que se dirigió a un pequeño local en el área de espera donde había varias personas desayunando de pie ante el mostrador. Pidió un café expreso con leche y un croissant relleno de jamón y queso. Tomó el pequeño envoltorio que le entregó el dependiente y buscó un sitio donde sentarse en la fila de asientos frente a una enorme pantalla de televisión donde estaban pasando las noticias de la mañana. Se acomodó en la silla de la esquina al lado de una pequeña mesita donde colocó el envoltorio y el vaso desechable con el café caliente. Puso el maletín de su laptop, con el abrigo doblado encima, en el asiento contiguo. Desenvolvió el croissant y cuando iba a darle un mordisco sus ojos quedaron clavados ante la imagen de Ramón plasmada en la pantalla. Quedó petrificado con la boca abierta. Pero no fue el único asombrado. Con el rabo del ojo vio que la joven estaba sentada cuatro puestos más a la derecha. Volteó a mirarla y notó que ella también se había quedado petrificada mirando la imagen en la pantalla. Se veía claramente afectada y con un movimiento desesperado buscaba algo dentro de su bolso. Sacó un teléfono celular con manos temblorosas y apretó un botón llevándose el teléfono al oído. Permaneció silenciosa. De repente, Robert vio como cerraba los ojos y sus labios palidecían. El celular se salió de sus manos y cayó en el suelo. ¿También lo conocía?

— ¿Está usted bien? —preguntó Robert levantándose de su asiento e inclinándose para recoger el celular del suelo.

Ella lo miró a los ojos con pánico en los suyos y con la cara blanca como un papel.

¿Necesita ayuda? —volvió Robert a la carga alargando la mano para entregarle el teléfono. "Estúpido no te metas, siempre sales de redentor de los afligidos", pensó para sí. La muchacha permanecía callada mirándole.

—Le traeré una botella de agua, deme un segundo —dijo Robert poniéndose de pie.

—No gracias, no se moleste, tengo una botella de agua aquí conmigo —dijo la ella en voz baja y seguidamente con los ojos clavados en los suyos—. ¿Está usted siguiéndome?

Robert se quedó de una pieza. ¿Qué decía ella? ¿Estaría loca? ¿Siguiéndola?

Volvió a sentarse.

— ¿Lo pregunta porque estaba detrás de usted en la fila? —Dijo Robert con cara de asombro—. Discúlpeme, no quiero ser sarcástico, pero estaba detrás de usted en la fila porque ambos vamos a volar al mismo sitio en el mismo avión. No, no la sigo ni sé quién es usted, sólo he querido ser cortés porque me parece que usted se siente mal. Pero no se angustie, —dijo Robert levantándose del asiento y recogiendo sus cosas— me sentaré en otro sitio para que usted se calme, no pretendí en absoluto molestarla.



Capítulo 6

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El hombre entró en la cueva con una la lámpara de gasolina encendida. Colocó la ballesta encima del mesón. El lugar era su refugio secreto. Encontró la cueva un día cualquiera mientras caminaba por los alrededores del Churí-tepuy buscando ranas. Era una zona poco visitada por los turistas y los locales porque no era tan impresionante como los demás tepuyes. Perfecta para crear el ambiente necesario para la vida de sus pequeñas mascotas. Poco a poco había ido acondicionando la cueva para mantener su colección de animales exóticos. Los bloques de roca cercanos a las paredes le habían servido de base para los mesones rústicos de madera donde había colocado los vivarios. Fue recorriendo los mesones con la lámpara en alto para ver si todo estaba en orden. Nunca pensó que su afición a coleccionar insectos y serpientes le reportaría tanto dinero. Pero el contrabando de todos esos animales no le reportaban los jugosos dividendos que le brindaban esas pequeñas gemitas saltarinas. Los "gringos" y los japoneses se volvían locos por ellas y eran capaces de pagar cualquier cantidad de dólares por una pareja. Allí estaban ellas con sus colores de arco iris y manchas negras, atentas a sus movimientos si tocaba los vivarios, creyendo que iban a ser alimentadas. Como los perros de Pavlov. Aprendían rápido.

La entrada de la cueva estaba disimulada por el crecimiento de un grupo numeroso de helechos arbóreos. Desde el fondo de la cueva corría hacia afuera un pequeño manantial que depositaba su preciado líquido en una poza no muy profunda que tan sólo le llegaba a los tobillos y que iba desaguándose poco a poco entre las piedras formando una pequeña quebrada que alimentaba al río. Hasta donde llegaba la luz de la entrada de la cueva, había un crecimiento de helechos, bromelias, musgos y líquenes. Ese pequeño estanque era su granja de gemas. De las bromelias sacaba las pequeñas ranas cuando tenían el tamaño adecuado y las pasaba a los vivarios. Las parejas para la venta las colocaba dentro de un trozo de caña de palma preparado para contenerlas, al que luego le colocaba un tapón de madera.

La única persona que sabía de la granja de ranas era Pedro, el viejo indio de la tribu Emberá, que se había venido treinta años atrás desde Colombia a buscar cochanos (pepitas de oro) en los ríos de la Gran Sabana. Lo conoció en Icabarú, el pueblo minero de la frontera con Brasil, cuando lavaba oro y diamantes. Un día llegó a su casa buscando trabajo luego de la reconversión minera impuesta por el gobierno. Ya estaba viejo y cansado de ser minero y no quería sembrar yuca que era lo que le habían propuesto hacer. El oro y diamantes que el pobre indio había sacado en todos aquellos años, lo que no le quitaron los militares, se lo había bebido en ron y gastado en putas.

Fue el indio Pedro quien descubrió que cerca del estanque de la cueva había una rana que no se suponía existiera en el área: Phyllobates terriblis, la más venenosa del mundo. Cuando el indio la vio, lloró de nostalgia recordando su juventud entre su pueblo. Luego le enseñó cómo cuidarlas, cómo sacarles el veneno para los dardos y cómo utilizar la cerbatana para cazar animales.

Pero él sabía que no era la misma rana. La Phyllobates terriblis sólo existía en Colombia. Además esta rana, aunque de color amarillo tostado, tenía una gruesa línea negra alrededor del cuello como un elegante collar. Ésta a lo mejor habría que llamarla "terribilísima" ¿Anunciar que había encontrado esa nueva rana en la Gran Sabana? ¿Para qué? No iban a darle dinero por eso, sólo saldría su nombre en un libro de Biología si acaso. ¿Y cuál nombre? El que usaba no era ni siquiera el suyo. Sacaba mucho más vendiéndolas cuando obtenía sobrepoblación o vendiendo su veneno en el mercado negro.


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