Asesinato en la Moneda
By Elizabeth Subercaseaux
Smashwords Edition
Copyright 2007 Elizabeth Subercaseaux
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© 2007 Elizabeth Subercaseaux
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ISBN 978-956-247-424-5
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Elizabeth Subercaseaux
Asesinato en la Moneda
Crabapps (Chile)
Índice
Un rostro en medio de la niebla
Chile, 1945
Ha sido profesora en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Es reportera, columnista y corresponsal extranjera para diversos medios. Es colaboradora habitual de las revistas Ocean Drive, y diarios La Nación y Al Día. Ha publicado más de veinte libros, entre los que destacan las novelas Una semana de octubre, Un hombre en la vereda, que será llevada al cine en los Estados Unidos y que abre una serie policial con los títulos Asesinato en Zapallar, Asesinato en la Moneda y Asesinato en Vitacura. En 2005 publicó, junto con Malú Sierra, también periodista y escritora chilena, Michelle, una biografía de la presidente de Chile, primera mujer que llega al máximo cargo político en América del Sur por elección de sus ciudadanos y un año más tarde Evo Morales. El presidente indígena de Bolivia. Una historia política atípica.
A mi Carli
I
Todo en la casa comenzó más temprano ese día. Incluso Lucrecia, que normalmente se atrasaba, llegó a las siete y media en lugar de a las ocho –más tarde explicaría que pese a que había pensado no ir se arrepintió de cargar a don Nicolaas con todo el trabajo y dejó su enojo de lado.
—¿Por qué estaba enojada? –quiso saber Julieta Barros.
—Porque don Nicolaas me ofendió –dijo la mujer haciendo un gesto despectivo, y luego añadió que la cocinera era ella; si quería darle una sorpresa a la señora, bien, que se la diera, pero no tenía por qué dejarla afuera. Además, la receta del estrudel de repollo no era de las fáciles, él no sabía manipular la masa filo y siempre terminaba rompiéndola.
Ahora la sentía trajinando por el primer piso, cambiando cosas de lugar, golpeando platos, haciendo un ruido completamente innecesario, todo para que él se diera cuenta de que estaba ahí. Esta mujer lo sacaba de quicio, pero no estaba de ánimo para sus neuras. Había pasado una mala noche. Otra vez la misma pesadilla. Veía a Mariana detrás de un muro de cristal, intentaba tocarla y su mano resbalaba por la superficie fría.
—¡Mariana!
Los ojos misteriosos de Mariana se volvían hacia él, pero sus labios continuaban sellados en una mueca extraña.
—¡Por favor!, soy yo, Nicolaas.
Y entonces él despertaba transpirando. Llevaba semanas soñando lo mismo.
Hacía muchos años se había enamorado de ella en una fiesta de estudiantes en Leiden. Él estaba terminando su carrera de Medicina y Mariana había pasado por Holanda en un viaje a Europa. La miró dormida y volvió a sentir la emoción de esa noche, cuando la vio riéndose con su hermana Saskia en la puerta de entrada, y en un arrebato, que ni en sus peores delirios hubiera pensado que iba a cumplirse, se dijo a sí mismo: con esa mujer voy a casarme. Era exuberante, lo que se llama bien equipada, muy alta y graciosa, coqueteaba con hombres y mujeres apoyada en el dintel de la puerta como si fuera la dueña del lugar. Siempre tuvo un desplante increíble y sus ojos verde oscuro y su rostro ovalado y el pelo retinto y crespo cayéndole hasta la cintura la hacían una mujer que nadie habría pasado por alto. Para él fue verla y enamorarse. Una locura. No sabía quién era ni cómo se llamaba, mucho menos qué hacía esa morena como venida de las islas en aquel lugar donde, aparte de ese día, uno de los pocos en que los estudiantes se desmadraban, el silencio era la máxima y una multitud de holandesitas rubias y desteñidas sólo concebían la universidad para matarse estudiando. Se acercó a ella y la invitó a bailar sacando personalidad quién sabe de dónde –era tímido y retraído, había perdido la cuenta de las chicas que se le fueron por la vergüenza que le daba acercárseles–. Pero esta vez fue distinto y muy inexplicable: se sintió empujado por una fuerza irresistible, como si desde alguna parte le estuvieran enviando una señal. Mientras bailaban no cruzaron palabra, y al finalizar la pieza Saskia se les acercó y sólo entonces supo cómo se llamaba. Es chilena, le dijo Saskia, y Mariana continuó presentándose en su inglés chapucero. ¿Qué vio esa mujer despampanante en él? Nunca lo supo, pero lo cierto es que no volvieron a separarse y desde esos primeros momentos no hubo uno sólo en que Mariana no lo sorprendiera. Además de bella era inteligente y astuta, quería ser abogada y estaba recorriendo Europa con una mochila y muchos deseos de conocer el mundo antes de dedicarse a las leyes, que era lo que más le gustaba, aparte del sexo, le dijo.
La primera vez que hicieron el amor fue en un vagón de segunda de un tren que hacía el trayecto entre Leiden y Amsterdam. El convoy iba casi vacío, eran cerca de la una de la madrugada, y Mariana se le montó encima y empezó a volverle loco, hasta el punto de tener que penetrarla ahí mismo, corriendo el riesgo de que pasara un inspector. Él terminó ejerciendo su carrera en Chile y tres años más tarde se casaron.
No quería despertarla, que durmiera hasta sacar la última gota de sueño acumulado. Si mal no recordaba, Mariana no había faltado nunca a su trabajo, un día descansando en la casa simplemente no estaba contemplado, mucho menos ahora que era la subsecretaria del Interior. Pero se trataba del 15 de febrero, su cumpleaños, y no se cumplen sesenta todos los días. La noche anterior habían acordado que se tomaría el día libre, él la había forzado a hacerlo. Febrero es un mes muerto, le dijo, casi todos los ministros están de vacaciones, no va a caer el gobierno porque faltes un día; anda al cine, aprovecha de salir con una amiga.
—Yo no soy más que una ratona en el ministerio –dijo Mariana sonriendo frente al espejo; después le guiñó un ojo, después le dio un beso en la boca, después hizo un paso de ballet.
Sí, se quedaría durmiendo hasta tarde y no iría a La Moneda.
—Por esta vez voy a hacer vida de dueña de casa, sólo para darte en el gusto, que conste, y a ver si así me dejas tranquila. Peluquería en la mañana, almuerzo con una amiga en algún mall, matinée, o tal vez juegue un partido de bridge… No me mires con esa cara, es la vida de las señoras que tienen todo el día libre para depilarse y vitrinear –rió y se metió a la cama y apagó la luz.
Sería la última vez que escucharía su voz.
Faltaban diez minutos para las ocho de la mañana. Se levantó sin hacer ruido. Tenía un sinfín de cosas que hacer. Avisó al hospital que no se aparecería por esos lados, para cualquier emergencia podían llamarlo al celular.
Llevaba varias semanas preparando el cumpleaños, quería hacer de ésa una noche única. Estaba preocupado por la salud de Mariana. En el último tiempo había tenido una serie de lapsus inexplicables; un día llegó a la casa pasadas las doce de la noche y él la notó confundida, como si no supiera bien dónde se encontraba. Me perdí, le dijo. ¿Cómo pudiste perderte camino a tu casa? Ella lo miró asustada. No hizo más preguntas, pero la confusión de Mariana sumada a otros olvidos lo tenía desconcertado. Si realmente estaba enferma vendría un período de desorientación geográfica, le ocurrirían cosas como perderse en una calle conocida y luego se le irían borrando datos fundamentales, hasta su nombre, y finalmente no reconocería a nadie, ni a él. El solo pensamiento de que la pesadilla pudiera convertirse en realidad lo hizo estremecerse.
Nicolaas conoció a su suegra cuando ya estaba enferma, y verla era el espectáculo más triste imaginable; esa mujer joven todavía vagando en una nebulosa en donde no había un solo rostro ni un solo objeto capaz de recordarle su paso por la vida.
En el caso de Mariana las cosas se dieron así: en un principio, los síntomas pasaron como olvidos sin mayor importancia, propios del envejecimiento natural. Un día fueron los anteojos, la llave del gas que dejó abierta, cosas de esas, pero una vez dieron las doce de la noche y no llegaba. Nicolaas llamó al ministerio, a la casa de un colega y estaba a punto de despertar al propio ministro del Interior, el jefe directo de Mariana, cuando apareció diciendo que se había perdido a la salida del bar donde pasó a tomar unas copas con un par de compañeras del ministerio; a la hora de indicar cuáles compañeras no lo recordaba, luego dio dos nombres pero enseguida se retractó, que no, que no habían sido ellas sino otras. Más tarde, esa misma noche, se disculpó argumentando que el estrés la estaba pasando la cuenta, y eso fue todo. Se metió a la cama como si lo acaecido fuese lo más natural del mundo y él se quedó pasmado sin saber cómo reaccionar. ¿Era acaso el umbral de algo terrible? En algún momento pensó llamar al ministro, preguntarle si él lo había notado, o ponerle al tanto, pero se dio cuenta de que no podría hacerlo a espaldas de Mariana. Además, en todo este asunto había algo raro, algo que no calzaba. Prefirió dejar las cosas así, hasta que el ministro lo llamó a él.
—Me gustaría conversar con usted, es importante que lo hagamos cuanto antes –le dijo.
—Cuando usted quiera –contestó él–. ¿No puede adelantarme nada por teléfono?
—Es un asunto más o menos delicado, prefiero hacerlo personalmente –dijo el ministro, y le propuso encontrarse fuera de La Moneda. Luego quiso saber si podían hablar sin que Mariana se enterara y él lo citó inmediatamente a su consulta, pero el ministro debía hacer un viaje por el sur del país. Se encontrarían el lunes a las ocho y media de la mañana. La conversación se había producido justamente el día anterior. Nicolaas estaba seguro de que quería hablarle de estos olvidos de Mariana, de qué otra cosa podía tratarse, apenas se conocían y él nunca se había inmiscuido en el trabajo de su mujer.
Algo debió de haber notado. Tal vez un olvido completamente injustificable, como aquel del día de la elección parlamentaria, cuando la mente se le quedó en blanco y no pudo recordar el nombre de un buen amigo suyo que ganó la senaturía. Es que estoy completamente estresada con la campaña; así explicaba sus olvidos, atrasos, descuidos y confusiones: la campaña, el estrés, el exceso de trabajo. La verdad es que no sabía cómo enfrentarla, toda vez que en alguna parte de sí mismo subyacía la sospecha (era otra posibilidad) de que Mariana estuviera inventando estos olvidos. ¿Por qué? Mejor ni pensarlo. Que las cosas cayeran por su propio peso. Si tenía un amante prefería no saberlo, y si estaba condenada a perderse en la oscuridad del Alzheimer no sería él quien le robara la alegría de sus últimos períodos sanos. Ya vería lo que quería decirle el ministro y de ahí pensaba seguir tirando de la carreta. Por ahora se concentraría en el cumpleaños. Había invitado a trece personas, cinco amigas de Mariana de la adolescencia y sus parejas, más su hermana Saskia y Julieta Barros con ese amigo suyo, el inspector Cabrales, una agradable persona que habían tenido oportunidad de conocer en la casa de Julieta. Prepararía una cena deliciosa, con todo lo que a Mariana le gustaba comer, y su intención era cocinarla él mismo, dijera Lucrecia lo que dijera. Salvo los pastelillos de chocolate rellenos con frambuesa que pidió a la señora Urzúa, él se encargaría del resto.
El día anterior, cuando por fin se atrevió a decírselo, Lucrecia le pegó una mirada furibunda. Llegó a preguntarle si no prefería que se buscara otro trabajo. Él se negó a entrar en una discusión con esta mujerona de carácter fuerte que siempre terminaba haciendo las cosas a su manera, era la única dueña de casa, para decir las cosas como son; hay que añadir que Mariana, a duras penas sabía dónde se encontraba el refrigerador, su carrera siempre estuvo antes que cualquier consideración doméstica.
—¿No confía en mi mano? –insistió Lucrecia.
—No se trata de eso –le dijo Nicolaas–. Parte de mi regalo para Mariana consiste en que el menú sea hecho por mí.
—¿Y no basta con la sorpresa? –preguntó la otra, como un perro de caza dispuesto a no soltar el hueso–. A mí me queda mucho mejor la masa del estrudel que a usted.
Después dijo que Márgara, su ahijada, ya estaba apalabrada para ir a ayudar, que pensaba ponerse el delantal y la pechera elegante que usaba para servir en La Moneda; si quería hacer algo decente, por lo menos que la mesa estuviera bien servida. Márgara ya había servido en la casa una vez y a la señora le gustaron sus modales. El chino le había dado permiso porque en esos días la cocina de La Moneda estaba medio muerta.
—¿A ella también la quiere despachar? No me diga que va a servir la mesa usted.
—Si Márgara quiere ayudar en algo que vaya a buscar los pastelillos a las cuatro –dijo él, poniéndose firme por primera vez en años, y salió dando un portazo.
Tenía una larga lista de cosas que hacer. Debía afinar algunos párrafos de su discurso. Faltaba comprar la champaña. En cuanto al menú, estaba decidido. Mariana no sospechaba nada, ni siquiera que su hermana Saskia llegaría de Leiden esa misma mañana para asistir a la fiesta. La buena de Saskia. Sabía que estaba pobre y que el tremendo viaje significaba un sacrificio, pero igual había aceptado. Su avión aterrizaría cerca de las once y media de la mañana. Primero iría al mercado y de ahí al aeropuerto. Ya habían acordado que su hermana pasaría el día con Julieta Barros y llegaría a su casa a las nueve de la noche con el resto de los invitados. El plan era que irrumpieran todos juntos en el living donde él estaría entreteniendo a Mariana. Se moría por ver la cara que pondría ante la presencia de su querida cuñada y las amigas de su infancia en Zapallar que no había vuelto a ver en los últimos cuarenta años.
Antes de salir a los afanes del día se encerró en su escritorio y revisó por última vez el menú: ostiones salteados en mantequilla al limón sobre una muselina de habas tiernas, lomo de cerdo al horno acompañado de estrudel de repollo con crema ácida, los pastelillos de la señora Urzúa, que eran deliciosos, y una bandeja de quesos. Para el aperitivo serviría los huevitos de codorniz bañados con salsa blanca al curry. Esos huevos pasados por agua eran su máximo orgullo de cocinero y a Mariana le volvían loca. Repasó la lista de los ingredientes. Sólo faltaba comprar los ostiones y las habas desgranadas y peladas que había encargado el día anterior.
*
A esa misma hora, Julieta terminaba su desayuno. Filomena había llegado hacía poco y hablaban sobre el almuerzo.
—Algo muy sencillo –dijo Julieta. Saskia llegaría agotada y después de un viaje tan largo lo único que querría sería comer liviano y dormir una siesta antes de la celebración.
Nicolaas la había llamado por teléfono dos semanas antes. Mariana cumplía sesenta años y quería darle una sorpresa, Saskia vendría desde Holanda. ¿Podría quedarse con ella durante el día? El ideal sería que reposara en su departamento y por la noche la misma Julieta la llevara a su casa, a las nueve en punto, hora en que llegaría el resto de los invitados.
—Por qué no prepararle uno de esos panqueques holandeses que ella misma le enseñó hace unos años en la casa de la señora Mariana. ¿Cómo se llaman? ¡Huy que eran ricos! –dijo Filomena.
—Pannenkoeken, se llaman pannenkoeken…
—Eso es, pero pensándolo bien no tengo tiempo para nada complicado. Acuérdese que tengo que ir a buscar su vestido; ya estaría bueno que se cambiara a una tintorería más cerca… Mire que tener que ir al centro a dejar la ropa, y ahora que esos coreanos se han hecho cargo de la ropa de La Moneda, no le ponen interés a nada más, están copados.
—¡Ya! No alegues tanto. En metro son diez minutos, y para el almuerzo haremos lo más sencillo, pollo al jugo y ensalada de tomates.
Julieta había conocido a Mariana cuando Nicolaas, el holandés con quien se casó, se hizo amigo de Alberto en el hospital. Inmediatamente congeniaron. A Julieta le fascinaba la alegría de vivir, la exuberancia y la fuerte personalidad de Mariana. De alguna forma, la subsecretaria del Interior representaba todo lo que a ella le hubiera gustado ser. Era profesional, tenía éxito y nadie se mostraba indiferente ante su hermosura; no obstante, había hecho de su vida algo más interesante que una mera portada de revista, dedicó su carrera al servicio de los detenidos desaparecidos, los torturados, los exiliados, y cuando volvió la democracia logró meter tras las rejas a varios responsables de atropellos a los derechos humanos. Y también hay que mencionar el caso Corrales, otro símbolo en su carrera, pues Mariana había logrado condenar a ese psicópata con la absoluta convicción de su culpabilidad y dispuesta a jugarse entera para que permaneciera en la cárcel de por vida. En los círculos judiciales la llamaban «Rottweiler». Nadie le hacía más honor a las palabras de Margo Glanz cuando decía que la boca era y sigue siendo el hueco más amenazador del cuerpo femenino. Cabrales la había visto y escuchado innumerables veces en los tribunales de justicia y decía que nunca, en los más de cuarenta años que llevaba asistiendo a distintos alegatos, había escuchado a nadie más preciso ni más inteligente. A propósito de Cabrales, no debía olvidar que tenía que llamarlo para darle la dirección de Nicolaas. Habían quedado de juntarse en la puerta de la casa de Mariana cinco minutos antes de las nueve. ¿No quieres que te pase a buscar?, le dijo él, pero ella prefirió llamar a un radiotaxi e irse con Saskia por su cuenta. En realidad, lo más lógico hubiera sido que Cabrales las pasara a recoger, pero su amiga Luciana se había anunciado para saludar a Saskia (de una carrerita, dijo, y Julieta sabía que las carreritas de Luciana significaban quedarse pegada horas de horas) y no quería que Luciana viera llegar a Cabrales… es que la tenía loca con las bromas sobre su relación con él –tu novio, tu pinche o tu peor es nada–, y a ella francamente le cargaba todo eso. Suspiró.
*
Era su quinto viaje a Chile. Hacía diez años que no venía. Viviendo en ese pañuelo extendido que era Holanda, la vista de los picachos nevados la dejaba boquiabierta. Se asomó por la ventanilla y se dejó tragar por las cumbres misteriosas.
En el curso de su vida había viajado por toda Europa y por muchos otros lugares del mundo, pero en ninguna parte había visto un espectáculo más grandioso que la cordillera de los Andes y sus nieves eternas. Chile era una amplia muestra de los bienes que prodiga la naturaleza. Las veces en que lo recorrió con Mariana y Nicolaas había quedado profundamente impresionada con sus playas en el norte, los viñedos en la zona central, lagos y volcanes en el sur, el gigantesco muro de piedra que se veía desde cada rincón y esos cerros morados que en Holanda sólo era posible admirar en tarjetas postales de otros países. También le gustaba la manera de hablar de los chilenos, como cantando, aspirando las eses, «no, puuu, sí puuu»… Su español aprendido en Madrid sonaba como una retahíla de insultos al lado del cantito de las chilenas.
Saskia se desperezó. No lograba dormir en los aviones y le dolían los huesos, sentía las piernas entumecidas. Tengo que quererte mucho, Mariana, para hacer este viaje sólo porque es tu cumpleaños. Pero no, no era solamente por el cumpleaños. Decidió viajar, pese a que estaban escasos de dinero, a que Peter aún no se hubiera recuperado completamente de su operación a la rodilla y a que la entrada de Holanda al mundo del euro había producido prácticamente la ruina de su negocio, porque se dio cuenta de que Nicolaas tenía un problema serio. Lo conocía mejor que nadie, algo andaba mal, lo supo por el tono de su voz, incluso se lo preguntó, pero él le dijo: ya hablaremos de esto; en ese momento pensó que iría de todas maneras. Quería mucho a su hermano, el único que tenía. Entre ellos no había ni una hora de diferencia, eran mellizos, de niños habían jugado siempre juntos, fueron al mismo colegio, el Stedelijk Gymnasium de Haarlem, donde vivían, estudiaron la misma carrera en la Universidad de Leiden, y fue ella quien le presentó a Mariana un 3 de octubre en medio de la fiesta de liberación que la ciudad celebraba todos los años con baile, disfraces y Hutspot. Siempre le tuvo un poco de miedo a Mariana. Comparada con su hermano paliducho, tan delgado, más bien tímido con sus anteojos de marco grueso y su voz apenas audible (nunca lo había escuchado alzarla), Mariana era un volcán. Pero Nicolaas la adoraba, se había enamorado locamente de ella y hasta donde Saskia sabía no era siquiera pensable que pudiera vivir sin ella.
¿Qué estaría pasando ahora? Ya se enteraría en Santiago. Limpió sus lentes y se los puso. Le echó una ojeada a la revista del avión y luego trató de dormitar. En una duermevela vio a Mariana andando en bicicleta por un descampado. Varios metros detrás de ella iba Nicolaas. Mariana se veía preciosa con el pelo al viento. Despertó de golpe y buscó en su bolso de mano un pañuelo de seda que le había comprado en La Haya; ahora no estaba segura de si lo había echado al bolso. De pronto lo tocó. Ahí estaba, menos mal… En todo caso, su cuñada nunca tendría la oportunidad de ponérselo.
*
Mariana se estiró en la cama. Por primera vez en mucho tiempo tenía un día entero para ella sola. ¿Qué haría? ¿Llamar inmediatamente a Pablo? ¿Ir con él al zoológico? Siempre quiso ir al zoológico a media mañana un día de trabajo y pararse frente a la jaula de los monos comiendo maní a sabiendas de que, a esa misma hora, sus colegas estarían frente al computador o alegando en la corte; era un anhelo bastante fútil, hay que decirlo, no había nada más patético que el zoológico de Santiago. Los zoológicos son un buen espejo de la sociedad, lo que los hombres están dispuestos a hacerle a sus animales no es tan distinto de lo que están dispuestos a hacerse entre ellos mismos. Mira cómo vivimos en Santiago, por ejemplo, encerrados en una trampa de veneno, le había dicho Pablo una vez que ella le planteó esta infantil inquietud con los ojos bailándole de risa. Pero no, no iba a gastar su día libre viendo sufrir a los monos. No eran tantas las ocasiones en que podía darse el lujo de faltar por gusto al trabajo, y lo haría sin cargo de conciencia, pues el ministro partió al alba a Puerto Montt, con escala en Curicó, Talca, Concepción y otros pueblos del sur donde quería estar de cuerpo presente para la presentación de su libro. Tal vez fuera cierto que había escrito el libro antes del nombramiento, pero a ella le parecía muy inapropiado, y se lo dijo, que un ministro del Interior anduviera paseándose por el país presentando su libro, sobre todo si se trataba de una autobiografía. Le costaba entender que un hombre sobrio como Juan de Dios se hubiera prestado para dar a conocer su historia personal y no le parecía conveniente que, ocupando ese cargo, desnudara su alma en público. ¿Por qué tenía que enterarse la gente que su mujer lo dejó por un japonés? ¿O ese otro capítulo que le pidió leer antes de enviarlo a la editorial, donde daba cuenta de su llanto nocturno y de cómo la llamaba, a media noche, a los hoteles en Tokio? ¿No le daba vergüenza descubrirse de esa forma? Se acabaron los tiempos en que a los hombres no nos estaba permitido escribir sobre nuestras propias decepciones amorosas, nuestros dolores, decía él, que siempre había defendido la teoría de que mientras más femenino es el hombre, más completo, algo que a Mariana le hacía castañetear los dientes –detestaba el discurso del hombre nuevo y toda esa patraña–, pero allá él; además, estaba demasiado viejo para renovarse.
La cosa es que tenía el día por delante, pero estaba tan habituada a su rutina de trabajólica que ahora no sabía por dónde empezar a comportarse como una ociosa. El solo hecho de hallarse en la cama, a las nueve de la mañana, le parecía insólito. La noche anterior se durmió pensando cómo pasaría esa jornada. Podría llamar a Dominga Ramos, la única amiga suya que no trabajaba fuera de su casa; la invitaría a comerse un sándwich o una pizza en cualquier parte y luego a la matinée, algo que no hacía desde su juventud, después podrían tomarse un café en el boliche de la esquina de La Moneda. ¡En qué estaba pensando! Si no quería ir al centro, no este día. ¿No podía pasar doce horas lejos de los tribunales, de su oficina en el palacio, del cafecito aquél? ¿Sería capaz de desconectar su celular, por ejemplo? No, no era capaz. Sabía que mantendría la maquinita encendida y que terminaría arrastrando a Dominga al café de siempre, y probablemente se encontraría con su secretaria y otros colegas. Aquéllos eran sus barrios; más que sus barrios, su vida. Allí se sentía cómoda, le parecía que conocía a toda la gente que pasaba por la calle, y al quiosquero, la cajera de la farmacia, los mozos del Dominó; cómo le va, señora Mariana; hola, señora Mariana, hace rato que no venía a vernos.
Había cumplido sesenta años. Todas las fechas, tarde o temprano, terminaban por llegar. Le gustaba ponerle música a su vida, imaginar que su vida era una película y para cada período había una música distinta. Ahora era Carmen, fuego y misterio, pasión y dolor… Sonrió, nunca le había dado mayor importancia a cumplir años. La edad podía ser un lastre si no se había hecho nada por dejar de ser la niña buena que no podía decir esas cosas, ni las otras; compadecía a las mujeres que debían quedarse en su casa criando a los niños, lidiando con las comidas y las compras, esperando por las tardes a un marido gordo y latero sin ningún interés en verlas. Para ellas, claro, llegar a los sesenta era un drama, pero no era su caso. Se sentía bien, sus hormonas y su espíritu estaban en armonía, la vida se estaba riendo con ella, atravesaban por un período en que eran buenas amigas y lo que le gustaba a una le gustaba a la otra; hasta una aventura sin importancia se estaba permitiendo, adoraba su trabajo, cumplía sus responsabilidades con ganas de hacerlo bien, estaba en la cresta de la ola y pensaba estrujarlo como si la existencia fuese un limón.
Hacía tiempo que había cruzado la barrera hasta la cual su madre llegó sana, y no sólo no le tenía miedo a la maldita enfermedad, sino que sentía que ella, por alguna razón, era invulnerable, a ella no le pasaría, había interiorizado esta idea hasta el punto de sentirse vacunada, inalcanzable para el fatídico mal. Su mamá fue víctima de un raro caso de Alzheimer precoz, le comenzó antes de cumplir cincuenta años, y se fue perdiendo de ellos, de ella misma, de todo el mundo. ¡Uf!, se espantó los siniestros recuerdos.
—No hay ninguna prueba de que sea hereditario –le dijo Pablo–; además, no tienes una pizca de arterioesclerosis.
Y esa noche, como para celebrar que no tuviera una pizca de arterioesclerosis, la chupó el sexo y ella se sintió transportada a otra dimensión. Habían hecho arder las sábanas en el hotelito de siempre, se le fueron las horas sin darse cuenta y hacia la una de la madrugada salió a toda carrera. Nicolaas la estaría esperando despierto. En el auto se le ocurrió fingir un olvido. Después se sintió mal, pero no hizo nada. En otra ocasión dejó abierta la llave del gas. Cuando se hizo la que olvidaba el nombre de Gabriel Plaza se asustó de ella misma; no más con esta farsa estúpida y maligna, se dijo molesta con una Mariana que no le estaba gustando. Una cosa era tener una aventura sin que el marido se enterara, pero otra muy distinta era inquietar y hacer sufrir a Nicolaas, y ella lo quería; tal vez no estuviera enamorada como en la juventud, pero su intención más sincera era terminar los días junto a él. Lo otro era lo otro. Una calentura. Unas cuantas noches. Sin embargo, estaba muy consciente de que se había portado como una grandísima sinvergüenza. Aunque no tuviera la menor intención de confesarse con Nicolaas, tampoco le gustaba engañarlo de esa forma. La verdad es que se había llenado de contradicciones. Pablo no significaba más que una entretención, pura cama, se decía una y otra vez. ¿Pero era cierto esto último? Ahora no estaba tan segura. Pensaba en él todo el día, quería verlo en cada momento, le escribía notas, se topaban en los pasillos de La Moneda y se saciaban de besos detrás de las puertas. Nunca le había ocurrido nada por el estilo. ¿Era puro sexo? No iba a pensar en ello ahora.
Estiró la mano y alcanzó el celular que estaba sobre el velador. A esa hora encontraría a Pablo en su oficina. Había sido una semana de poquísimo trabajo, la mayoría de los habitantes de La Moneda se encontraban fuera de Santiago y salvo encargarse de una fatiga que sufrió el chef de cocina, Pablo se había dedicado a leer Memorias de Adriano que le prestó ella misma. Marcó su celular.
—¿Dónde te pillo?
—En mi oficina, esperándote.
—Tengo el día libre. No voy a ir.
—¿Qué?
—Lo que oyes.
—¿Y eso?
—Es mi cumpleaños.
—¿Y porque es tu cumpleaños vas a dejar tus obligaciones de lado?
—Exactamente –rió Mariana. Luego le pidió que fuera a su despacho, sacara una carpeta amarilla que estaba en su escritorio, en el primer cajón a la derecha, y se la enviara con un junior.
—¿Eso no más? ¿No vamos a vernos?
—No, hoy no, ya te dije, es mi día libre, de ti también –volvió a reír.
Después llamó a Dominga y quedaron de encontrarse a la una y media en una pizzería en El Golf.
*
Márgara miró al chino y le dio asco. No lograba entender que lo hubiesen contratado como chef en La Moneda. Sospechaba que su madrina había tenido algo que ver. Fijo que ella también había presionado para que el chino se la llevara con él. En todo caso, le tenía simpatía porque fue él quien le dio trabajo en su boliche cuando llegó de La Ligua con una mano por delante y otra por detrás, y Lin, no podía negarlo, era simpático, pero ese vientre abultado debajo del delantal siempre grasoso y la boca con tan pocos dientes, ay, Dios mío, no quería ni pensar lo que sería besarlo, qué tufo no saldría de esa caverna; el chino le hacía los puntos, estaba ilusionado con ella –tú eles bonita, Málgala, si tú casas conmigo dejal tlabajo, mujel casada sube de nivel, más lespetable, ya no selías soltelona sin futulo–. Ella lo miraba con rabia; no había nada que le cargara más que la llamara «soltelona sin futulo». Lalo llevaba quince años preso, y ella estaba por cumplir los cuarenta, nadie lo discutía, pero Lalo era más que un marido aunque nunca hubieran pasado por el Civil. Ahora que iban a reabrir su caso tendrían que soltarlo, reconocer el tremendo error, la tremenda injusticia que habían hecho con él y soltarlo. Quince años preso por crímenes que no había cometido. No era el «psicópata de Cachagua», nunca hubiera hecho algo tan terrible. Lalo no era un violador. Su hermana Rosa estaba muerta, pero Márgara sabía muy bien la brutalidad que había hecho su hermana, sabía que andaba acosando a Lalo, y fue por eso que desde el principio tuvo una fe a toda prueba en la versión por él contada. El día en que andaba mariscando con su traje de buzo se la topó en la playa y ella lo sedujo, porque así era Rosa, pero él jamás la violó. A Márgara nunca le cupo duda de que las cosas ocurrieron como las contó Lalo. Sabía mejor que nadie lo descarada y fresca que era su hermana, siempre andaba a la caza de los hombres que le gustaban a ella y se los levantaba, la conocía… que en paz descanse, pero era putaza la Rosa… y mala… No se le movió un pelo cuando acusó a Lalo de haberla violado ni cuando inventó toda esa historia que lo hizo aparecer como si el «psicópata de Cachagua» fuera él.
—¿Quieles pelmiso pol todo el día? –quiso saber el chino.
—¿No le digo que solamente a partir de las tres?
Lo detestaba cuando hacía una y otra vez la misma pregunta. Ya le había explicado que a las cuatro tenía que recoger unos pastelillos, que después quería ayudarle a su madrina a limpiar la cocina porque cuando cocinaba don Nico dejaba todo tirado, y que en la noche serviría la mesa.
—Total, usted sólo tiene que cocinar para el ministro de Relaciones Exteriores, que come puros pastos hervidos –le dijo.
—¿Tú faltal todo el día? –insistió el chino.
—¡No es todo el día! ¡Es la tarde solamente! –se impacientó Márgara.
—Está bien, está bien, no glites. Lin no siente bien.
—Si está enfermo, ¿por qué no se va para la casa?
—Ahola, mejol –dijo Lin sobándose el vientre–. Anda tlanquila. Lin pasa tintolelía y deja delantales y tus pechelas.
Ligerito va a estirar la pata, pensó Márgara, pegándole una mirada compasiva; el chino comía como una bestia, con razón se andaba desmayando.
*
Pablo entró en la oficina de Mariana y no pudo evitar un cierto arrebato de celos cuando sus ojos se posaron en la fotografía de ella con Nicolaas. Nunca había comprendido esa manía de algunas personas. ¿Acaso no veían a su cónyuge todas las noches? A él no se le habría ocurrido tener una foto de Alicia en su despacho. Abrió el cajón indicado. Allí estaba la carpeta. «Caso Corrales, el psicópata de Cachagua». Sintió un escalofrío al recordarlo. Había sido espantoso. Quince años atrás, durante cuatro meses, el balneario de Cachagua vivió bajo el terror de un psicópata que asaltaba a las mujeres en la playa, las violaba y luego les hacía una cruz en cada pierna con un cuchillo. El hombre andaba vestido de buzo y se cubría la cabeza con un pasamontañas. Una de las catorce víctimas, Soledad Golberg, actualmente embajadora de Chile ante las Naciones Unidas, era íntima amiga de Mariana. Veraneando en Cachagua, Soledad caminaba todas las mañanas a la salida del sol y fue asaltada por el psicópata al llegar a la playa de las piedras preciosas. El hombre la violó y la dejó medio muerta entre las rocas, donde horas más tarde la encontró un pescador. Mariana se ocupó personalmente de este caso en representación de su amiga y no descansó hasta ver al culpable tras las rejas. Fue un caso que conmovió a la opinión pública. Cuando arrestaron al psicópata, un tipo de apellido Corrales, vinculado a una mafia de contrabandistas de droga, todo el mundo respiró aliviado. Sin embargo, el caso siempre estuvo cubierto por un manto de dudas, no se pudo probar que el violador de todas las mujeres hubiera sido él. El hecho es que lo habían visto en los lugares de los crímenes, y en el cuerpo de Rosa Frontaura, una de sus víctimas, se encontraron restos de semen de Corrales; con eso bastó para condenarlo, pese a que él juraba que su relación con Rosa había sido consensuada, que ella lo había seducido, pero nadie le creyó. La mujer lo identificó, pues en esa ocasión actuó sin el gorro.