La Gesta del Marrano
By Marcos Aguinis
Smashwords Edition
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© 2010 Marcos Aguinis
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ISBN 978-9875454651
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Marcos Aguinis
La Gesta del Marrano
Crabapps (España)
Índice
Brasas de infancia
El trayecto de la perplejidad
La ciudad de los reyes
Chile, la breve Arcadia
Sima y cima
A Francisco Maldonado da Silva,
que defendió heroicamente el arduo
derecho a la libertad de conciencia.
A mi padre, que enriqueció
mi niñez con animadas historias
y se hubiera emocionado con ésta.
Argentina, 1935
Marcos Aguinis es un reconocido ensayista y novelista, cuyos libros figuran siempre en las listas de los más vendidos. Es un referente intelectual en la sociedad argentina y el único escritor argentino que ha ganado el Premio Planeta de España. Su obra se caracteriza por una incesante búsqueda de justicia.
Nació en Córdoba, Argentina. Escritor que ha transitado una amplia formación internacional en literatura, medicina, psicoanálisis, arte e historia. Dijo: "He viajado por el mundo, pero también he viajado por diversas profesiones".
En 1963 apareció su primer libro y, desde entonces, ha publicado diez novelas, catorce libros de ensayos, cuatro libros de cuentos y dos biografías que generan entusiasmo y polémica.
En los últimos años todos sus títulos se convirtieron en best-sellers.
Aguinis es seguido por millares de admiradores que recomiendan, discuten y coleccionan sus obras.
Ha escrito artículos sobre una amplia gama de temas en diarios y revistas de América latina, Estados Unidos y Europa. Ha dictado centenares de conferencias y cursos en instituciones educativas, artísticas, científicas y políticas en Alemania, España, Estados Unidos, Francia, Israel, Rusia, Italia y casi todos los países latinoamericanos.
Cuando se restableció la democracia en la Argentina en diciembre de 1983, Marcos Aguinis fue designado subsecretario y luego secretario de Cultura de la Nación; impulsó la famosa “primavera cultural” que animó el país. Creó el PRONDEC (Programa Nacional de Democratización de la Cultura), que obtuvo el apoyo de la UNESCO y de las Naciones Unidas, y puso en marcha intensas actividades participativas para concientizar a los individuos sobre los derechos, deberes y potencialidades que se cultivan en una real democracia. Por su obra fue nominado al Premio Educación para la Paz de la UNESCO.
En el campo de los derechos humanos enfrentó temas polémicos que pusieron en riesgo su vida. Durante la última dictadura fue limitada la circulación de sus libros y algunos salían del país en forma clandestina.
Innumerables lectores admiran su visión profética sobre el conflicto árabe-israelí, las tensiones internas de la Iglesia Católica, el autoritarismo y el resurgimiento del fundamentalismo étnico y religioso.
Marcos Aguinis, ha recibido, entre otros, el Premio Planeta (España), el Premio Fernando Jeno (México), Premio Benemérito de la Cultura de la Academia de Artes y Ciencias de la Comunicación, Premio Nacional de Sociología, Premio Lobo de Mar, Premio Nacional de Literatura, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Swami Pranavananda, la Plaqueta de Plata Anual de la Agencia EFE por su contribución al fortalecimiento de la lengua y cultura iberoamericanas, el Premio Esteban Echeverría (Gente de Letras), el Premio J. B. Alberdi (Hispanic American Center of Economics Research) y fue designado por Francia Caballero de las Letras y las Artes. Le otorgaron el título de Doctor Honoris Causa la Tel Aviv University (2002) y la Universidad de San Luis (2000). En 1995 la Sociedad Argentina de Escritores le confirió el Gran Premio de Honor por la totalidad de su obra.
Génesis
Brasas de infancia
1
Mugre, piel y huesos, con los tobillos y las muñecas ulcerados por los grilletes, Francisco es una brasa que arde bajo los escombros. Los jueces miran con fastidio a ese esperpento: un incordio decididamente intolerable.
Hacía doce años que lo habían enterrado en las cárceles secretas. Lo habían sometido a interrogatorios y privaciones. Lo enfrentaron con eruditos en sonoras controversias. Lo humillaron y amenazaron. Pero Francisco Maldonado da Silva no cede. Ni a los dolores físicos ni a las presiones espirituales. Los tenaces inquisidores sudan rabia porque no quieren enviarlo a la hoguera sin arrepentimiento ni temor.
Cuando seis años antes el reo efectuó un ayuno que casi lo disolvió en cadáver, los inquisidores ordenaron hacerle comer a la fuerza, darle vino y pasteles; no toleraban que ese gusano les arrebatase la decisión de su fin. “Es la Inquisición —no sus prisioneros— quien establece las penas y ordena su cumplimiento.” Francisco Maldonado da Silva tardó en recuperarse, pero logró demostrar a sus verdugos que podía sufrir no menos que un santo.
En su maloliente mazmorra el estragado prisionero suele evocar su odisea. Nació en 1592, exactamente un siglo después de que los judíos fueran expulsados de España y Colón descubriera las Indias Occidentales. Vio la luz en el remoto oasis de Ibatín, en una casa donde predominaba el color pastel con manchones de azul. Después su familia se trasladó a Córdoba precipitadamente. Tenían que huir de una persecución que pronto les daría alcance. Navegó por tierras amenazadas: indios, pumas, ladrones, alucinantes salinas. Tenía nueve años cuando arrestaron a su padre. Un año después arrancaron violentamente de su hogar a su hermano mayor. Cumplió once años y ya no quedaban en su vivienda bienes sin confiscar. Su madre, vencida, se entregó a la muerte.
Completó su educación en un convento: escuchaba el violín de Francisco Solano, leía la Biblia, aprendió rápidamente el latín. Pero también sangró a un apoplético y cabalgó por las portentosas serranías, y conoció las flagelaciones. Antes de cumplir dieciocho años decidió partir hacia Lima para graduarse de médico en la Universidad de San Marcos. Allí esperaba encontrar a su padre, baldado por las torturas de la Inquisición. Su viaje de miles de kilómetros en carreta y en mula lo llevó desde las pampas del Sur a la puna del Norte. Alternó vicisitudes con inesperados descubrimientos. Y descendió a la bulliciosa Ciudad de los Reyes para recibir la revelación final. Allí conoció y ayudó al primer santo negro de América, participó en las defensas del Callao contra el pirata holandés Spilpergen y se graduó en una brillante ceremonia.
La persecución que empezó en Ibatín y siguió en Córdoba, volvió a enardecerse en Lima. Decidió, entonces, embarcar hacia Chile. Allí fue contratado como cirujano mayor del hospital de Santiago: era el primer profesional con títulos legítimos que ejercía en el país. Su biblioteca personal superaba todas las colecciones de libros existentes en conventos o reparticiones públicas. Visitó salones y palacios, alternó con altas autoridades civiles y religiosas, recibió halagos por su cultura. Se casó. Era un hombre exitoso y apreciado; su bienestar reparaba la sarta de padecimientos anteriores.
Un hombre común no habría alterado esta situación. Pero en su espíritu llameaba un tizón inextinguible: una rebelión que ascendía desde los abismos. Mucha gente deambulaba por el mundo sosteniendo sus creencias en secreto. Era difícil e indigno. Contra la lógica de la conveniencia, optó por quitarse la máscara y defender sus derechos. Hasta entonces había sido un marrano.*
Cuando vivía en hipócrita paz, en Chile, decidió pegar el salto. Para que no lo tentase el arrepentimiento afiló su escalpelo y se circuncidó a sí mismo. La marca física considerada infamante era el doloroso pabellón de su libertad. Poco después ocurrió lo esperable: la Inquisición fue en su busca. Era el comienzo de la batalla. Cuando lo hicieron comparecer ante el adusto Tribunal, no pidió clemencia. Los muros temblaron con la provocación que implicaba su increíble juramento: con él se reivindicaban miles de víctimas.
Cuando pudo escabullirse por el ventanuco de su celda, no lo hizo para huir: se arrastró a las cámaras vecinas e insufló ánimo a los otros prisioneros. Lo impelía una profunda convicción en la justicia de su causa. Escarado y anémico, continuaba el combate. En la penumbra de su tabernáculo urdía discursos y los volcaba en las sesiones como las olas del mar a los acantilados. Eran explosiones de espuma y de luz que los jueces cancelaban abruptamente, sobrepasados y perplejos. Se preguntaban consternados cómo había sido la vida de este hombre, cuándo surgieron sus dudas, quiénes moldearon su diabólica insolencia. Era necesario saberlo porque se trataba de una historia inusual, peligrosa.
El Santo Oficio empieza los preparativos de un multitudinario Auto de Fe que tendría lugar en enero de 1639. Ha descubierto la llamada Conspiración Grande. Muchos reos serán ejecutados. La oportunidad aconseja terminar con este reptil. Los jueces convocan entonces a Fernando de Montesinos, respetado autor de muchas obras, para que haga la relación pormenorizada del Auto de Fe y la biografía de los condenados. El excelente trabajo sería mandado a imprimir por orden del Ilustrísimo Inquisidor General. No sospechan que, de esta forma, las víctimas ascenderían a la inmortalidad.
Medio siglo antes de la espectacular matanza, el médico portugués Diego Núñez da Silva —padre del futuro mártir— había llegado al oasis de Ibatín. El bucólico entorno apenas insinuaba el comienzo de una epopeya.
2
Al instalarse en Ibatín* o San Miguel de Tucumán**, Diego Núñez da Silva sintió urgencia por cumplir con una extraña obligación. Le inquietaba el patio rectangular de su humilde casa de piedras, adobe y techo cañizo que construyeron los indígenas. Era un patio caliente tapado por maleza y sobre el cual se abrían las habitaciones. El cuadro inhóspito debía ser reemplazado por otro: por el que dibujaban sus sueños y que testimoniaría su decisión de radicarse definitivamente aquí.
Diego Núñez da Silva había nacido en Lisboa en 1548. Cuando obtuvo la licenciatura en medicina a los treinta y dos años, harto de persecuciones y obsecuencias, decidió fugar hacia Brasil. Quería alejarse de los incendios sin fin, el vértigo de acusaciones, las forzadas pilas del bautismo, las cámaras de tortura o los Autos de Fe que asolaban Portugal. Le regocijó el océano y festejó sus tempestades, que parecían borrar tempestades humanas. Pero al desembarcar en el Brasil supo que convenía alejarse del territorio dominado por la corona portuguesa. Continuó, entonces, su viaje hacia el Oeste, hacia el Virreinato del Perú. Llegó por fin a la legendaria Potosí, donde las minas de plata eran explotadas furiosamente: ya las vetas daban inequívocas señales de agotamiento. Encontró a otros portugueses con quienes trabó amistad; esa relación tuvo después onerosas consecuencias.
Deseoso de practicar la medicina, se le ocurrió construir un hospital para los indígenas y realizó gestiones ante el Cabildo e incluso ante el obispo del Cuzco. No tuvo éxito: la salud de los indios no era un asunto de interés. Tampoco ya le convenía permanecer en ese lugar donde era mirado con sospecha. Enterado de que se necesitaban médicos en el Sur, reinició la marcha. Todavía lo animaban esperanzas. Atravesó mesetas, quebradas y desiertos espectrales hasta concluir en el oasis de Ibatín. Allí conoció a la joven Aldonza Maldonado, una muchacha de ojos dulces pero sin fortuna; una hermosa cristiana vieja* que, por lo exiguo de la dote, no podía aspirar a un matrimonio ventajoso. Aceptó casarse con este médico portugués maduro, pobre, y cristiano nuevo** porque tenía aspecto confiable y trato cordial. Los esponsales fueron adustos, tal como exigía la carencia de dinero por ambas partes.
Diego Núñez da Silva se sintió dichoso. Había ofrecido sus servicios a toda Ibatín y a las escasas poblaciones desperdigadas por la inconmensurable Gobernación del Tucumán. Con sus ahorros previos y su magro sueldo consiguió financiar la construcción de esta modesta vivienda en torno al tradicional patio rectangular. Terminó la casa, pero faltaba corregir el patio.
Se enteró de que en el convento de La Merced había un naranjal. Entrevistó al superior, fray Antonio Luque. Le bastó una sola charla para obtener varios retoños y la ayuda gratuita de dos indios y dos negros. Bajo su supervisión los azadones arrancaron el yuyal. Los tallos y raíces gimieron bajo los golpes. Huyeron las alimañas. Luego palas y picos completaron la limpieza, removiendo vizcacheras y huevos de reptiles. Rozaron la tierra húmeda y le imprimieron un declive suave para que escurriese el agua de las lluvias. Después apisonaron hasta que el rectángulo quedó liso como la piel de un tambor.
Don Diego marcó entonces doce puntos y ordenó cavarlos. Asombró a los peones: hincó su rodilla y, rechazando ayuda, ubicó amorosamente cada árbol en su respectivo sitio. Comprimió la tierra en torno a la grácil base de los tallos, vació con deleite los baldes como si diese de beber a peregrinos y, al terminar la jornada, llamó a su mujer.
Ella acudió sumisa, las manos enredadas en las cuentas del rosario. Su cabellera oscura le llegaba a los hombros. La piel aceituna contrastaba con sus ojos color miel. Su cara era redonda, de muñeca, con boca chica y nariz breve.
—¿Qué te parece, Aldonza? —dijo él con orgullo mientras adelantaba el mentón hacia los pequeños árboles. Le explicó que pronto florecerían azahares, vendrían frutos y tendrían buena sombra.
No le dijo, en cambio, que el flamante patio de naranjos era la reproducción de un sueño. Era su nostalgia por España, una tierra que jamás conoció.
3
La suntuosa fronda del naranjal ya alojaba la estridencia de los pájaros cuando nació el cuarto hijo de la pareja, Francisco. Don Diego había adquirido el hábito de sentarse en una silla de junco para gozar la frescura vespertina. El cuadro era idílico. Francisco lo evocó a menudo en los años posteriores, inclusive cuando yacía en el suelo de su prisión. La memoria pintaba el lejano paisaje en pastel cálido con manchones de azul.
Los tres hermanos de Francisco —el futuro mártir— eran Diego, Isabel y Felipa. Diego, el primogénito, le llevaba diez años a Francisco y lo bautizaron con el mismo nombre de su padre. Pero sus rasgos físicos y espirituales no evocaban al licenciado, sino a la bella Aldonza. Como ésta y como su hermana Isabel, Diego era apacible, afectuoso, de cara redonda y baja estatura. Felipa y Francisco, por el contrario, reproducían al padre: nariz huesuda, frente despejada, cabellos cobrizos y altura generosa. Eran, como don Diego, apasionados, habladores y audaces. La vehemente Felipa, por ejemplo, no lograba poner freno a su espíritu rebelde; sus atrevimientos desesperaban a la pobre Aldonza, que la retaba con su voz de santa y le ordenaba purificarse con una serie de Avemarías. El pequeño Francisco avanzaba por la misma senda.
Esta familia de seis personas contaba con la servidumbre de una pareja de esclavos: Luis y Catalina. En comparación con otras casas, dos esclavos eran un rotundo certificado de pobreza. Don Diego los había comprado en una liquidación de mercadería fallada: el negro rengueaba debido a una herida que le infligieron en el muslo durante un intento de fuga y no era útil para los trabajos rudos. Ella era tuerta. Ambos habían sido cazados en Angola cuando niños. Aprendieron los rudimentos del castellano que mechaban con ásperas expresiones de origen. También se resignaron al bautismo y la imposición de nombres cristianos, aunque seguían evocando oblicuamente a sus lejanos dioses. El rengo Luis se fabricó un instrumento musical con la quijada de un asno y el huesito de una oveja. Raspaba los dientes de la quijada con incitante ritmo y su voz recorría una melopea inverosímil. La tuerta Catalina lo acompañaba con palmas, leves movimientos de todo el cuerpo y un canto triste a boca cerrada.
El licenciado reconoció la inteligencia de Luis, quien afirmaba descender de un brujo, y le enseñó a ayudarlo en sus trabajos de cirugía. El hecho resonó escandalosamente en Ibatín. Aunque algunos negros y mulatos ya oficiaban de barberos y realizaban las sangrías comunes, no se les confiaba la reducción de una fractura, el drenaje de abscesos o la cauterización de heridas. Don Diego le encargó también la custodia de su delicado instrumental. La cojera no le impedía seguirlo por las calles de Ibatín o a través de los pedregales de extramuros cargando sobre un hombro la petaca llena de piezas quirúrgicas, polvos, ungüentos y vendas.
Cuando Diego Núñez da Silva se sentaba bajo los naranjos del atardecer en su ancha silla de junco, lo empezaba a rodear una pequeña audiencia. Era un narrador nato. Si iniciaba una historia, era difícil levantarse, ni tan siquiera para orinar. Se decía que hasta los pájaros cesaban de moverse. Tenía un repertorio inagotable. Estaba siempre dispuesto a brindar nuevos cuentos sobre héroes y caballeros, pero a menudo le pedían que repitiese las conmovedoras remembranzas españolas y los moralizantes episodios de la historia sagrada. Su mayor placer —más que el descanso, más que la sabrosa conversación— era mantener fresca su memoria y ejercitar la de sus hijos. El cuidado de la memoria no era una predilección inocente ni desprovista de riesgos.
Un día el patio de los naranjos empezó a ser denominado “la academia”. Al médico portugués no le molestó la ironía. Más aún: para no parecer acobardado, decidió que allí se impartiese una educación sistemática a su familia. Alegó que eran insuficientes las enseñanzas dispersas. Convenció al endeble fray Isidro Miranda para que impartiese lecciones a todos. Así empezó una actividad que no iba a ser bien vista por las autoridades. Aprender algo ajeno al catecismo implicaba invadir jurisdicciones peligrosas.
Bajo la fronda instalaron una mesa de algarrobo y la rodearon con bancos desiguales. El abatido fraile propuso enseñar el quatrivio* básico: gramática, geografía, aritmética e historia. Su voz era cálida y persuasiva. Lo mejor de este hombre. En cambio su rostro huesudo enmarcaba un par de ojos continuamente desorbitados, como si no salieran del asombro o el terror; a pesar de su buena voluntad, la impresionante mirada chocaba con la de sus alumnos. A éstos les resultaba difícil sustraerse del sobresalto. El enclenque fraile había evangelizado en el Perú y en Paraguay, fue atravesado por flechas en el Chaco y trabajó en la ciudad de Santiago del Estero con el legendario primer obispo de esta dilatada Gobernación del Tucumán.
Los alumnos de la escuela fueron Aldonza —a quien su marido había enseñado las primeras letras—, sus cuatro hijos (inclusive el pequeño y travieso Francisco), Lucas Graneros (amigo de Diego) y tres vecinos. Aldonza, aunque provenía de una familia cristiana vieja con relativo abolengo, no había recibido más instrucción que la referida a hilado, tejido, bordado y costura.
—El conocimiento es poder —repetía don Diego a los desparejos estudiantes apretando los puños sobre la mesa—. Es un extraño poder que no se compara con el acero, ni la pólvora, ni el músculo. Quien conoce, es poderoso.
Fray Antonio Luque, el severo superior de los mercedarios que le había provisto generosamente los retoños del naranjal, no opinaba de igual forma. Luque era un sacerdote rudo a quien el Santo Oficio de la Inquisición invistió con la jerarquía de familiar*.
Usó un tono amable para asestarle la refutación aplastante:
—El conocimiento es soberbia —dijo con lentitud; cada palabra goteaba hiel—. Por querer engullir el conocimiento fuimos echados del Paraíso.
Y refiriéndose a la academia del patio de los naranjos, la descalificó redondamente:
—Es una excentricidad.
Por si no hubiera sido bastante categórico, añadió:
—Es absurdo que estudie toda una familia. Para la educación de las mujeres basta con aprender labores manuales y el catecismo.
Diego Núñez da Silva lo escuchó con respeto. Sabía cuánto riesgo implicaba ofender su autoridad de familiar. Después de cada frase, aunque no lo convencía, bajaba los párpados y hasta inclinaba su cabeza. El rígido sacerdote era pequeño y de mirada furriginosa. El médico era alto y de ojos tiernos. Pero el médico, obviamente, debía ceder ante la fuerza del pequeño sacerdote. Aunque no tanto como para clausurar la academia. Se limitaba a decir que reflexionaría sobre sus criteriosas palabras. Pero no despidió a fray Isidro, ni limitó las horas de clase, ni excluyó a las mujeres del aprendizaje. Su escuela debía proseguir y fray Antonio Luque reconocería probablemente su valor cuando se convenciera de que no lesionaba la fe.
Diego Núñez da Silva dedicó tiempo y presencia a su creación. Algunas tardes se incorporaba a la mesa de estudio para insuflar ánimo. Escuchaba, preguntaba, anotaba. Jugaba de discípulo. El afectuoso Isidro le inducía a completar datos y explicar mejor ciertos problemas.
—Es usted, don Diego —insistía el fraile—, quien borra las dificultades de la geografía y la aritmética. En cuanto a la gramática y la historia, las convierte en materias subyugantes. ¿Cómo no admirarlo? Yo enseño a lo bruto. Sin desmalezar y sin regar.
—Exagera. Si usted no desmalezara —reía don Diego—, poco valdrían mis intervenciones.
—Usted nos entusiasma. Y en cuanto a mí, reconozco que me propina oportunos castigos a mis accesos de soberbia. Es bueno que a uno le recuerden que es insignificante y achacoso.
Aldonza contemplaba embelesada al esmirriado sacerdote. La enternecía su maciza humildad. Era un buen modelo para su propio ideal de modestia. El sometimiento y la humillación la conmovían.
Fray Antonio Luque convocó a Isidro Miranda para que le “informase” sobre la “ridícula academia”. El corto funcionario no quería descripciones ingenuas. Quería algo que se sintetizaba en una palabra sonora, inequívoca y enaltecedora: denuncia. La denuncia de costumbres, frases, opiniones y hasta alusiones sutiles que permitiesen atrapar la punta de un hilo que llevase a la inmunda cueva del demonio. Le formuló media docena de preguntas que el buen Isidro contestó enseguida con sus ojos más protruidos que nunca: eran dos globos que flotaban delante de su cara. Después el familiar le asestó un reproche:
—¿Qué ocurrencia fue esa de armar un quatrivio? —su mirada emitía rayos—. Sí, un quatrivio insólito para esta parte del mundo. ¿Qué necesidad existe de enseñar historia, aritmética, geografía y gramática en este desierto de la cristiandad? Son cuatro disciplinas para centros calificados, no para Ibatín. Lo único que falta para completar este grotesco es que incorpore como alumnos de sus clases a los esclavos.
Fray Isidro apretaba la cruz que le colgaba al pecho.
—Usted enseña materias fastuosas para seres miserables. Riega en la arena. ¡Absurdo! —Se levantó, dio un par de vueltas en la oscura sacristía y levantó el índice hacia el cielo. —Además, cometió un olvido imperdonable: marginó la teología, la reina de las ciencias. ¿Cómo pretende que entiendan el mundo sin la teología? Si usted y ese médico portugués altamente sospechoso quieren cultivar almas, como dicen, enseñe por lo menos un rudimento de teología. ¡Un rudimento!
A la tarde siguiente fray Isidro abrió el ajado cuaderno que conservaba desde sus años mozos e impartió la primera clase de teología. A su término, Diego, el hermano mayor, dijo que le gustaría aprender latín. El fraile se sorprendió:
—¿Latín?
—Para entender la misa —contestó el muchacho en tono de disculpas.
—No necesitas entenderla —explicó el sacerdote—: basta con asistir, escuchar, emocionarse, comulgar. Y creer.
—¡Yo también quiero aprender eso! —exclamó el pequeño Francisco.
—”Eso” se llama latín.
—Sí, latín.
—No tienes edad suficiente —sentenció fray Isidro.
—¿Por qué?
El sacerdote se acercó al niño y le apretó los hombros, cariñosamente.
—Todo no se puede saber —dijo.
Lo soltó, caminó con paso lento en torno a sus alumnos y se dirigió al ausente don Diego: “Saber, no siempre es poder”.
Dio por finalizada la clase. Cada uno recogió sus útiles.
Contrariamente a lo previsto, en un par de semanas comenzó a impartir lecciones de latín. Diego y Francisco lo estudiaron como si fuese un juego. Machacaban las declinaciones mientras saltaban la cuerda y se entretenían con la práctica del tejo. Enterado de esta novedad, fray Antonio Luque se permitió emitir un destello de aprobación. Pero aún no se alejaban de su espíritu alerta las ominosas sospechas de herejía.
***
Francisco Maldonado da Silva ha cumplido 35 años de edad. Se ha trasladado a Concepción, en el Sur de Chile, para evitar el zarpazo de la Inquisición. Tiene un sueño ligero y sobresaltado. Intuye que en algún momento, que en una de esas noches, sucederá. Esboza planes pero los desecha por ingenuos. Ambos —él y la Inquisición— tendrán que encontrarse, fatalmente.
Oye ruidos en torno a la casa. Su presentimiento deviene realidad. Imagina a los soldados con la orden de arresto. Ha llegado el instante. Se levanta silenciosamente. No debe asustar a su esposa e hijita dormidas. Se viste en la oscuridad. Los esbirros suelen actuar brutalmente y él los va a sorprender con su postura digna. Aunque su corazón desenfrenado le ha empezado a latir en la garganta.
4
Ibatín se acurrucaba en las faldas de una montaña que detenía las nubes provenientes del Este y las obligaba a regar sus laderas; la vasta aridez circundante se trocaba abruptamente en jungla. Para llegar a este oasis, Diego Núñez da Silva tuvo que recorrer los mismos caminos que por primera vez, siglos atrás, habían abierto los incas. Después de los incas esos caminos fueron fatigados por los tenaces conquistadores: sus pequeñas y suicidas huestes eran atraídas por la alucinación de una ciudad portentosa cuyas viviendas tenían muros de plata y tejas de oro. Los conquistadores, cargando destellantes armaduras, recorrieron la antigua red caminera. No descubrieron la ciudad de sus sueños pero fundaron otras, entre ellas Ibatín o San Miguel de Tucumán, junto a un río que baja fresco y sonoro por la Quebrada del Portugués. Lo bautizaron “río del Tejar” porque a sus orillas se instaló una fábrica de tejas. No se sabe, en cambio, a qué portugués se refirieron cuando llamaron “del Portugués” a la quebrada; ese nombre ya existía cuando arribó Núñez da Silva.
Los habitantes de Ibatín tuvieron que luchar desde el principio contra dos amenazas: la naturaleza exuberante y los indios. Junto a la ciudad bullía la selva. El aliento de los pumas llegaba hasta los patios. El río bajaba entre impresionantes barrancas; en la época de lluvia los afluentes engordaban rápidamente y entonces se convertía en un monstruo oscuro y agresivo. La creciente arrancaba árboles enteros, empujaba piedras y devoraba muros. Su horrendo avance generaba pánico. Los aldeanos construían las defensas con piedras y troncos. Por más que se esforzasen, nunca conseguían detener las lenguas que se estiraban hacia el centro. Una vez el agua llegó a los umbrales de la Iglesia Mayor.
A poco de ser fundada Ibatín —le contaron a don Diego apenas se instaló en ella— se produjo una sublevación de los calchaquíes. Estos indios habitaban las montañas y no aceptaban ser sometidos al régimen de las encomiendas*.
Los lideraba entonces un legendario cacique de enorme estatura llamado Gualán y al que un sacerdote comparó con el bíblico Goliat. Planearon un devastador ataque y tuvieron la paciencia de aguardar hasta que la mayoría de los españoles saliesen para una expedición. Quebraron el cerco de la ciudad, destruyeron los sembradíos, espantaron los animales y prendieron fuego a todos los edificios. La resistencia sobrehumana de los pocos españoles, sostenida con arcabuces y puñales, duró varios días hasta que pudo llegar el auxilio de Santiago del Estero. En el combate murió Gualán. Los calchaquíes —de cuello grueso y pelambre leonina— retrocedieron a sus posiciones montañosas. Los indios de la llanura, que también querían sublevarse, al perder la protección de esas tribus indómitas se sometieron definitivamente al poder español. Ibatín fue reconstruida desde los calcinados cimientos.
Este conflicto tuvo repercusión en el vínculo de los hombres con las fuerzas sobrenaturales. En efecto, la ciudad había sido fundada bajo la protección del arcángel Miguel y su espada. Pero estaba visto que el arcángel no enfrentó a los calchaquíes. Su negligencia produjo mucha decepción. Los sacerdotes y el pueblo decidieron conseguirse otro amparo más confiable. Un cura soñó con los santos Judas Tadeo y Simón. El mensaje era claro: fueron Judas y Simón quienes intervinieron realmente para salvar a Ibatín. Habría que designarlos patronos, entonces, en lugar del ineficiente Miguel. Pero, ¿cómo desplazar al arcángel sin que se ofendiera? El mismo cura propuso la solución: designar a Simón y Judas vicepatronos. La ocurrencia obtuvo una aprobación jubilosa y en pocas semanas se erigió la ermita de los dos nuevos protectores. Se la construyó primorosamente en el acceso norte, por donde ingresaban los viajeros del Perú, así se enteraban enseguida de su presencia. Por allí solían pasar Francisco, su hermano Diego y su amigo Lucas cuando iban de pesca.
Una empalizada de troncos rodeaba al pueblo. Cada vecino estaba obligado a tener armas en su vivienda y por lo menos un caballo. Se vivía en pie de guerra. Los guardianes circulaban permanentemente por la ancha ronda de extramuros. También don Diego lo hacía cada dos o tres meses. Pero como era el único médico, las autoridades preferían que no participara tanto de las rondas y estuviese disponible para su tarea específica. A Francisco le enorgullecía ver a su padre alistarse como soldado. Lo miraba revisar el arcabuz, contar las municiones y ponerse el morrión sobre la cobriza cabellera.
La plaza mayor de Ibatín estaba flanqueada por las calles reales que empalmaban con los caminos a Chile y Perú (en el Norte) y las planicies pampeanas (en el Sur). El bullicio no cesaba: al tránsito de carretas se sumaban las tropillas de mulas, el mugido de los bueyes, los relinchos de los caballos y el regateo apasionado de los comerciantes. En el centro de ese movimiento de hombres, bestias y vehículos se erguía la picota: la llamaban “árbol de la justicia”. Era el rústico eje de la ciudad: testimonio de su fundación y vigía de su crecimiento. Con su sólida fijación a la tierra —“en el nombre del Rey”— legitimaba la presencia y la acción de los colonos. En la picota se azotaba y ejecutaba. Los reos llegaban a su severa instancia con la soga al cuello, escoltados por guardias. El pregonero informaba sobre su delito; el verdugo procedía a colgarlo con eficiencia; la picota lo exhibía con orgullo macabro; los vecinos miraban morbosamente el cuerpo que pendía de la cuerda y se balanceaba ligeramente como si transmitiese saludos del infierno. A veces era necesario retirar el cadáver antes de que cumpliese su didáctica función de escarmiento porque se celebraba una fiesta. Fiesta por el nacimiento de un príncipe, la coronación de un nuevo rey o la designación de otras autoridades. Era imprescindible que los domingos y días de guardar, así como la celebración de los santos favoritos, nunca se contaminasen con una ejecución. No porque la ejecución en sí careciera de elementos festivos, sino porque Eclessia abhorret a sanguini y atañe al buen cristiano dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
La plaza era, pues, un espectáculo perpetuo. Si no colgaba un ahorcado —al que rápidamente visitaban las moscas—, había jolgorio secular. Si no se realizaba una corrida de toros, circulaba una procesión (contra la próxima creciente del río, contra una epidemia, por falta de lluvia, por exceso de lluvia, contra la renovada amenaza de los calchaquíes o en acción de gracias por la buena cosecha). Durante las procesiones desfilaban las cuatro órdenes religiosas principales con sus distintivos: dominicos, mercedarios, franciscanos y jesuitas. El energúmeno de fray Antonio Luque solía dirigir las letanías e imprecaciones porque su voz era estentórea y porque así recordaba a los ocultos herejes su temible poder de familiar. Marchaba el frente de la imagen mirando el polvo del camino porque “polvo fuimos y polvo seremos” y de cuando en cuando clavaba sus pupilas con acierto intuitivo en quien olvidaba la gravedad del momento. Después se realizaba una carrera de caballos y una de sortijas; incluso elementales representaciones teatrales sobre temas sagrados y concursos de poesía en los que una vez participó Diego Núñez da Silva. Al oscurecer se encendían los fuegos artificiales. Diego se quemó una mano por querer ayudar, le quedó una cicatriz en la palma.
Esta ceñida descripción sería incompleta si no recordáramos que a un costado de la plaza se erigía el Cabildo —la autoridad secular—, compuesto por varias habitaciones que rodeaban al infaltable patio. Sus muros enjabelgados relucían como la nieve de las altas cumbres. En el centro del patio instalaron un aljibe con hermoso brocal de azulejos. Enfrentando al Cabildo se elevaba la Iglesia Mayor —la autoridad eclesiástica—. Ahí estaban, pues, los dos poderes que se disputaban el dominio de Ibatín, la Gobernación del Tucumán y el continente entero. De un lado, el poder terrenal; del otro, el poder celestial. Y así como el primero se extendía hasta la implacable picota, el segundo se extendía hacia otras iglesias y conventos. En la picota mandaba el César (incluso los condenados por la religión debían ser entregados al brazo seglar) y en los templos mandaba Dios. Pero ambos se extralimitaban siempre porque Dios está en todas partes y el César no se resigna a ser menos que Dios.
Por las calles vecinas a la plaza se edificaron las otras iglesias con sus respectivos conventos. Los franciscanos, con rubor, levantaron una iglesia más alta que la de los mercedarios y le anexaron una hermosa capilla. Se expusieron a las críticas y a la culpa por el mucho dinero invertido. Los jesuitas, en cambio, no se intimidaron por las eventuales críticas: construyeron una nave con crucero de cuarenta metros de largo, atrio amplio, paredes de ladrillo y almohadillado exterior; embaldosaron el piso con cerámica, revistieron las paredes con yeso y cubrieron el techo con tejas; instalaron un altar grandioso y dotaron al templo de un púlpito admirablemente decorado. Los jesuitas asumían frontalmente la belicosidad de su Compañía.
***
Corre la tranca de hierro. Apenas entreabre la puerta, varias manos empujan desde el exterior. Suponen que Francisco, asustado, volvería a cerrar. Pero Francisco no se mueve. Los soldados tienen que frenar su ímpetu: ante ellos, en la penumbra, se yergue un hombre macizo al que la lámpara pincela de oro y añil. Miran perplejos. Casi olvidan lo que tenían que decir.
Uno de los esbirros le acerca la lámpara a los ojos y pregunta:
—¿Es usted Francisco Maldonado da Silva?
—Sí.
—Yo soy Juan Minaya, teniente receptor del Santo Oficio —le adhiere la lámpara a la nariz, como si deseara quemarlo—. Identifíquese.
Francisco, casi cegado, se anima a preguntar:
—¿No acaba de nombrarme?
—¡Identifíquese! —gruñe con despecho burocrático.
—Soy Francisco Maldonado da Silva.
El teniente baja parsimoniosamente la lámpara, que ilumina desde abajo trozos flotantes de los rostros espectrales.
—Queda arrestado en nombre del Santo Oficio —sentencia.
Los otros hombres le aferran los brazos con rudeza. Se apropian de su cuerpo.
5
Isidro Miranda solía llevar al pequeño Francisco hasta la ermita de los vicepatronos Simón y Judas. Era un paseo agradable para ambos: el anciano se divertía con las ocurrencias del pequeño y éste le sacaba información al religioso. A salvo de la solemnidad que le imponían los semejantes, el niño era como un nieto que le permitía jugar de abuelo transgresor. Mientras recorrían las calles de casas toscas —que contrastaban su piel de adobe con el verde de los cedros— Francisco le hacía reiteradas preguntas sobre los otros sitios donde había vivido antes de radicarse en Ibatín, especialmente la vecina Santiago del Estero. Allí pasó años junto al desopilante Francisco de Vitoria, que había sido el primer obispo de la Gobernación. Vitoria fue un hombre excepcional que interrumpió abruptamente su gestión pastoral cuando más lo necesitaban.
—Lo persiguieron sus propios pecados o la envidia de los otros. —Fray Isidro no lograba ponerse de acuerdo: unas veces acentuaba lo primero y otras lo segundo—. Pero —insistía— Francisco de Vitoria dejó un recuerdo imborrable.
Eso sí: imborrable.
—Me hubiera gustado conocerlo —decía Francisquito.
—Sí —coincidió el fraile—. Y te habría causado una fuerte impresión.
—¿Le gustaban los niños?
—A veces.
—¿Cómo a veces?
—Cuando le divertían. Fíjate. Uno de sus hijos, que le dio una negra angoleña, era extremadamente tímido.
—¿Hijo suyo y de una negra angoleña? —se extrañó el pequeño.
Isidro no hizo caso de la interferencia y continuó:
—Le enfurecía que fuese tímido. Tanto insistió para que el mulatito fuera más travieso, que festejó la rotura de la imagen de un santo. Lo alzó, besó y bailó con él en torno a los sagrados añicos. Después le aplicó una penitencia. El mulatito lloró confundido: ¿hizo bien?, ¿hizo mal?
—Y usted, ¿qué opina?
—Aguarda. Francisco de Vitoria organizó una procesión para desagraviar al santo, como correspondía, y preguntó al mulatito si estaba arrepentido. El niño no sabía qué contestarle y dijo con mucha gracia que aún le dolía la paliza. ¿No estás arrepentido?, insistió su padre. Me duele, repetía. ¡Contesta lo que pregunto! Me duele. Y así otra vez. El obispo interpretó esta evasiva como una saludable rebelión.
—¿Saludable rebelión?
—”Saludable”... —dudó el fraile—. Sí, dije saludable rebelión. Un absurdo, claro. Pero Francisco de Vitoria era absurdo. En definitiva: celebraba la rebelión. Raro, ¿no?
—¿Puede un obispo tener hijos?
El fraile carraspeó y desvió la cabeza.
—¿Usted tiene hijos?
Aferró con sus manos la cruz que le colgaba sobre el pecho:
—Los sacerdotes hacemos voto de castidad y practicamos el celibato.
—¿Qué es el celibato?
—No contraer matrimonio.
—Pero se puede tener hijos.
—Se puede, pero no se debe.
—El obispo Francisco de Vitoria...
—Lo juzgará Dios.
Hacia el Norte se extendía la cadena montañosa tapizada por jungla. En lo alto brillaban las cumbres nevadas. A medida que se aproximaban al cerco de Ibatín crecía el número de carretas y animales. Ingresaron en una explanada donde confluían policromías y estruendo. Allí se renovaban cabalgaduras y bueyes, se vendían tropillas de mulas, se amontonaban los fardos olorosos, los esclavos cargaban bultos. Era el sitio donde rápidamente se encontraba al talabartero que arreglaba una montura y a los carpinteros que reponían el eje de la carreta.
—¿El obispo de Vitoria era bueno con los rebeldes, entonces? —a Francisco le quedó rondando el asombro.
—Sólo con los niños rebeldes.
—¿Por qué?
—No lo amenazaban. Era celoso de su poder, de su fuerza. A los adultos que osaban insubordinarse los aplastaba sin misericordia, con mano pesada. Fíjate que llegó a excomulgar al gobernador.
—¿Al gobernador?
—Exactamente. ¡Y no una, sino cuatro veces!
—¿Excomulgó cuatro veces al gobernador?
—Tal como lo oyes: cuatro.
—¡Pobre! Andará penando en el infierno.
Junto a la empalizada y cerca del pórtico se destacaba la lactescente ermita de los vicepatronos. La construyeron en ese sitio por razones prácticas: así podían controlar mejor las amenazas del río, de la selva y de los impenitentes calchaquíes. Entraron en la acogedora penumbra. San Judas y San Simón fueron esculpidos en imágenes impresionantes. Los limbos de plata resaltaban sobre sus retintos cabellos. Vestían hábitos verdes, como correspondía al color dominante de Ibatín, y los envolvía una túnica morada sobre la que refulgían estrellas de oro. Se arrodillaron sobre la alfombra de lana y rezaron.
Al salir, fray Isidro repetía siempre:
—Nunca vayas a confundir San Judas Tadeo con Judas Iscariote.
Apoyándose en los refuerzos de la empalizada se extendía un ancho mesón cuyas paredes estaban cubiertas por cáscaras de pintura roja. Allí se hospedaban los viajeros. El gobernador del Tucumán había ordenado con sensatez que toda ciudad del territorio debía contar con un mesón por lo menos, “para remediar el daño de que todas las casas lo sean”.
A unos treinta pasos funcionaba la pulpería cuyo techo de cañas y paja era sombreado por un algarrobo. El fraile tironeó la mano de Francisquito para alejarlo de esa tentación. Era un edificio muy concurrido y alegre. La primera vez que el niño se interesó por el lugar, el fraile dijo que era una “porquería”, que “pulpería” significaba eso: “porquería”.
—Pero ahí no se crían puercos.
—Algo peor.
—¿Qué?
—Pecadores.
—¿Por qué? ¿Qué hacen?
—Pecan.
—¿Qué pecados?
—Se emborrachan. Y juegan por dinero, por tierras, por mulas, por ropa. Es un antro de Satanás. Los naipes, los dados y la perinola los enloquecen. Algunos salen desesperados porque se han empobrecido y otros desesperados porque se han enriquecido. Habría que voltearla.
—¿Por qué no la voltean?
Fray Isidro elevaba sus protuberantes ojos al cielo para transferirle la pregunta.
—¿Por qué? —insistía el pequeño.
El fraile, impotente, hizo otra transferencia más próxima: habría que preguntarle a fray Antonio Luque. Es juez de la Santa Cruzada, que vela por las buenas costumbres. Y es familiar de la Inquisición. Tiene suficiente autoridad para exigir a los jugadores que empeñen su palabra de que no volverán a pecar y también castigarlos si violasen el juramento.
—¡Pero no lo hace!
—No.
El pequeño meneó la cabeza. Al rato insistía:
—¿Hay pulperías en Santiago del Estero?
—Hay.
—¿Ya había cuando estaba el obispo Francisco de Vitoria?
—Sí, había. Se instalaron antes de que él llegase.
—¿No las destruyó con su mano pesada?
—No.
—¿Por qué?
—¡Por qué!, ¡por qué! No tengo todas las respuestas.
A Francisquito le gustaba irritarlo: el achicharrado fraile se tornaba más joven.
—Sé por qué —murmuró al rato con una mueca; pero tardó en decirlo.
—¿Por qué?
—Les sacaba dinero. El obispo les sacaba mucho dinero como multa por sus vicios. La pulpería se convirtió en una importante fuente de recursos para su obra pastoral. Eso me dijo una vez. Es un secreto.
—¿Es verdad?
—¡Ese obispo era peor que los cerdos de la pulpería! —sentenció Francisco.
El fraile se santiguó:
—Soy un Judas —murmuró arrepentido y empezó a pellizcar su rosario—. No era un mal pastor. No soy digno de él.
Su voz se anudaba. Le brillaron los ojos enormes.
No aceptó referirse nuevamente a su antiguo prelado. Recién lo hizo mucho después, durante el viaje a Córdoba.
***
Mientras los tres oficiales y el severo teniente receptor del Santo Oficio lo zarandean junto a la puerta con innecesaria e irrespetuosa violencia, Francisco sale mentalmente de la lobreguez circundante y recupera la belleza de Ibatín. Ve el sonoro río del Tejar, la ermita de los vicepatronos, la bulliciosa plaza mayor, las cumbres nevadas sobre las laderas cubiertas de jungla, la incesante fábrica de carretas y el patio de los naranjos color azul y pastel. Ve a su familia íntegra, alborotada, tierna y perpleja.
6
En las pequeñas poblaciones de la vasta y remota Gobernación del Tucumán se solían acumular ciertos bienes que significaban riqueza: tierras, indios, negros, recuas de mulas, piaras, ganado y sementeras. A esto se agregaban ciertos lujos como vajilla de plata, muebles, telas finas, piezas de oro y delicados utensilios importados de Europa. Pero a nadie se le ocurría formar un tesoro con libros. Los libros eran caros para comprar y difíciles de vender; además, contenían pensamientos temerarios. Y los pensamientos generaban turbaciones que una silla o una mula, por ejemplo, jamás producían.
A Diego Núñez da Silva le interesó formar una biblioteca. En lugar de invertir sus ahorros en bienes productivos, los gastó en la adquisición de volúmenes cuestionables. Trajo algunos de su Lisboa natal y compró los restantes en Potosí. Su biblioteca hubiera suscitado aprecio en Lima o Madrid, donde funcionaba la Universidad y abundaban los eruditos. En la miserable Ibatín, en cambio, no sólo eran una extravagancia, sino motivo de sospechas.
Los volúmenes se alineaban sobre gruesos estantes en un pequeño cuarto donde se encerraba a estudiar. Cuando hizo construir esta vivienda se esmeró en dotar al cuarto de la necesaria privacidad. Allí guardaba también su petaca con instrumentos médicos y algunos recuerdos personales. Nadie podía entrar sin su autorización. Los esclavos tenían instrucciones precisas y la comprensiva Aldonza se ocupaba de hacer respetar la voluntad de su esposo.
Francisco amaba introducirse en esa especie de santuario cuando su padre se aislaba para leer o escribir. Trató de descifrar el enigma por su cuenta. De tanto observar a su padre, reproducía cada uno de sus pasos: extraía un tomo con cariño, lo calzaba sobre el pecho como una valiosa carga, lo depositaba sobre la mesa, abría la dura tapa y dejaba correr las hojas de signos iguales. En ese mar alborotado de letras aparecían viñetas coloridas y se intercalaban hermosas ilustraciones. Se dedicó a examinar las ilustraciones de cada uno de los libros. Antes de aprender a leer ya había conocido figuras y paisajes maravillosos. Quizás eran los sabios que le hablaban desde lejanas tierras. Cuando pudo leer, esos libros ya formaban un terreno familiar.
—Algún día los leerás todos —sonreía don Diego ante la voracidad de Francisco.
—Te aconsejo leer un poco cada día —conciliaba fray Isidro—. Para no cansarte, camina despacio y con buen talante. Cada vez que te concentres en una hoja, alégrate. Alégrate porque has entablado relación con otro ser que tiene algo importante para decir.
Entre los numerosos libros disponibles se destacaba el Teatro de los dioses de la gentilidad del franciscano Baltazar de Vitoria. ¿Tenía algún parentesco con quien fue el primer y muy escandaloso obispo del Tucumán? Imposible saberlo. La obra era un deslumbrante catálogo de divinidades paganas. Hervía de anécdotas de personajes fabulosos y explicaciones insólitas. Mostraba las ridículas creencias que existieron antes de la revelación. Y aunque eran mentiras del principio al fin, tenían extraordinaria belleza. Fray Antonio Luque, enterado del hecho, se opuso a que Francisco leyera ese libro.
—Lo confundirá en materia de religión.
Su padre, en cambio, opinaba que le fortalecería el raciocinio.
—Lo ayudará a no confundirse, precisamente.
El pequeño leía en forma salteada. Héroes, dioses, filicidios, engaños, metamorfosis y prodigios alternaban con argumentos verosímiles. Aprendió a respetar los disparates: también son poderosos.
Cuando sus progresos en latín le permitieron traducir algunos versos, jugó con la Antología de poetas latinos que compuso Octaviano de la Mirándola. Su padre comentó a fray Antonio Luque que los poemas de Horacio incluidos en esa Antología exhalaban un lirismo fantasioso y que sus sentencias penetraban como la buena lluvia. El severo familiar no contestó porque no le interesaba el lirismo sino la fe. La moral de Horacio —proseguía don Diego— es grata al sentimiento cristiano. La moral —replicó Luque secamente— no necesita ser grata, sino acatada.
Entre la sección médica y la general estaban ubicados los seis volúmenes de la Naturalis historia de Plinio. Fascinante: condensaban los treinta y siete libros que escribió ese romano genial. A Francisco le llevó años leerlo íntegramente. Plinio fue un gordo que engulló el conocimiento global de su época. Estudió sin límites, empezando por el origen del universo y sus contenidos; hasta sabía que la Tierra era redonda. Diego Núñez da Silva le rendía una desenfrenada admiración. Ese hombre había estudiado la friolera de dos mil libros pertenecientes a ciento cuarenta autores romanos y trescientos veintiséis griegos —contaba—. Era tan ardiente su vocación de saber que no caminaba para no perder tiempo: siempre lo acompañaban escribas a quienes dictaba sus observaciones. Su recopilación fue inteligente y, a pesar de su erudición incomparable, tuvo la modestia de citar las fuentes que utilizó. Algunas de sus observaciones son impresionantes: asegura que los animales sienten su propia naturaleza, obran según ella y así resuelven sus dificultades; pero el hombre, en cambio, nada sabe de sí mismo si no lo aprende: lo único que sabe por sí solo es llorar. Por lo tanto, la obligación de cada ser humano es aprender y enterarse —agregó don Diego. A partir de entonces, cada vez que Francisco lloraba se decía: “Estoy procediendo como un animal; veamos ahora cómo procede el hombre”.
Plinio dedicó muchas páginas a los seres fabulosos. Le regocijaba describir hombres cuyos pies apuntaban hacia atrás o seres desprovistos de boca que se alimentaban inhalando perfumes; caballos alados; unicornios; personas con dedos tan descomunales que podían cubrirse con ellos la cabeza como si fueran un sombrero.
—¿Es verdad todo lo que ha escrito Plinio? —preguntó Francisco.
—No estoy seguro si era incluso verdad para él —contestó su padre acariciándose la recortada barba con reflejos dorados—. Pero lo escribió porque era verdad para alguien. Se impuso la tarea de recopilar, no de censurar.
—Entonces, ¿cómo sabemos si es cierto?
Meneó la leonina cabeza.
—Es el gran dilema de los pensadores —suspiró—. O de quienes aman el pensamiento.
7
En la legendaria Ibatín también ocurrió el episodio del estuche.
Junto al mueble de cedro en el que se alineaban los libros de medicina había un arcón donde Núñez da Silva guardaba su mejor traje y algunas camisas de hilo. En la base, oculto por la pila de telas, la curiosidad de Francisco descubrió un estuche rectangular forrado en brocato púrpura al que un cordón daba varias vueltas y cerraba con un nudo.
—¿Qué es? —fue con el extraño objeto hasta donde estaba su madre.
—¿De dónde lo sacaste?
—Del arcón. Del cuarto de papá.
—¿Con qué permiso? ¿No sabes que no debes espiar ni revolver sus cosas?
—No revolví —se asustó el niño—. Dejé la ropa como estaba. Pero encontré esto.
—Devuélvelo a su sitio —ordenó Aldonza con dulce severidad—. Y no te metas en ese cuarto en ausencia de tu padre.
—Está bien —vaciló, hizo girar el estuche entre los dedos—. Pero... ¿qué es?
—Un recuerdo de familia.
—¿Qué recuerdo?
—Sólo sé que es un recuerdo de familia. Una esposa no debe hacer preguntas a su marido si al marido no le agrada contestar.
—Entonces... debe ser algo feo.
—¿Por qué?
—Papá siempre contesta. Yo le voy a preguntar qué es.
—Por ahora ve a poner ese estuche en el mismo lugar de donde lo sacaste. Y cuando regrese tu padre, trata de no molestarlo con preguntas innecesarias.
—Quiero saber qué es este recuerdo de familia.
Diego Núñez da Silva había partido esa mañana hacia los confines de una hacienda para atender indios enfermos. El feudatario había venido a buscarlo personalmente. Estaba muy nervioso: temía el comienzo de una epidemia, aunque no sabía con precisión de qué se trataba.
—¿Qué es una epidemia? —le preguntó Francisquito.
—La propagación rápida de una enfermedad.
—¿Y cómo se la cura?
—No diría que se cura: se frena —señaló la petaca con instrumentos a Luis, para que la alzara, mientras con la otra mano pedía al encomendero que se mantuviese tranquilo.
—¿Se la frena? ¿Cómo a un caballo?
—No exactamente: se la aísla. Se la encierra con una especie de muro.
—¿Construir un muro alrededor de los indios con epidemia?
Núñez da Silva rió:
—Sólo en sentido figurado. Primero habré de enterarme si es cierto lo que llegó a oídos del capataz.
Esa noche, apenas regresó, Francisco le descerrajó la pregunta:
—¿Qué contiene el estuche rojo guardado en el arcón?
—Déjalo desensillar —protestó Aldonza.
—¿Es epidemia? —quiso saber Diego.
El padre revolvió los cabellos de Francisco y se dirigió al hijo mayor:
—No, felizmente. Creo que al capataz le nació esa sospecha por miedo. Es un hombre demasiado cruel. Exige tanto a los indios que viene soñando con la epidemia que ellos desencadenarán como represalia.
Los ojos de Francisco seguían clavados en su padre aguardando la respuesta.
—Te hablaré sobre el contenido del estuche —contestó al rato—. Pero antes habré de lavarme; ¿de acuerdo?
El pequeño no podía disimular su alegría. Corrió a seleccionar algunas frutas, las enjuagó y ordenó sobre una bandeja de cobre. Los higos maduros, negros y blancos, alternaban con las granadas lustrosas. Su padre tenía predilección por ellas.
Don Diego ingresó al comedor con ropa nueva. Exhalaba la frescura de su baño. El cabello y barba húmedos lucían más oscuros y brillantes. Traía el misterioso estuche, que depositó sobre la mesa. Francisco se instaló a su lado. También se acercaron Diego, Isabel y Felipa. Aldonza, en cambio, se alejó; parecía no interesarle el asunto. En realidad la inquietaba: pero no se atrevía a expresar su malestar de otra forma que con el silencio.
—Es un recuerdo de familia —advirtió el padre—. No se decepcionen.
Deshizo el nudo en que terminaban las vueltas del hilo. Acarició el brocato gastado que no llevaba inscripción alguna. Levantó la mirada en busca de más luz y pidió que le acercaran el candelabro. Las llamas próximas y fuertes arrancaron brillo a la vieja tela.
—No tiene valor material. El espiritual es inestimable.
Abrió la tapa. Todos pudieron ver.
—Una llave.
—Sí, una llave. Una simple llave de hierro —carraspeó, elevó las cejas y dijo—: En la empuñadura tiene una grabación; ¿la alcanzan a ver?
Se acercaron. El padre ajustó la posición del candelabro. Distinguieron un dibujo.
—Es una llama de tres puntas —explicó—. Puede ser la llama de una antorcha. Eso parece. Un símbolo, ¿no? Tampoco la grabación es excepcional. Entonces —volvió a carraspear—, ¿por qué guardo este objeto en un estuche y lo considero valioso?
Francisco acercó su cabeza hasta casi tocar la llave con su nariz, pero no descifraba el enigma. Don Diego se la entregó.
—Tócala. Es de hierro puro. No tiene plata ni oro. Me la entregó mi padre, en Lisboa. A él se la dio su propio padre. Proviene de España, de una hermosa casa de España.
Francisco la levantó con delicadeza y la sostuvo con ambas manos como hacen en la misa con el cáliz sagrado. La luminosidad oscilante del candelabro reverberaba en su rugosa superficie. Parecía emitir un fulgor propio: la llamita grabada en la herrumbrada empuñadura se encendió también.
—Pertenece a la cerradura del pórtico majestuoso que atravesaron muchos príncipes. En esa residencia había un salón bellísimo donde se efectuaban reuniones en torno a documentos preciosos que ahí se escribían y copiaban. Fíjense en la textura de la llave. Fue labrada por un herrero de reconocida santidad. Utilizó limaduras de metal que nunca habían pertenecido a un arma, que jamás hirieron a un hombre. La tenue pátina amarillenta que ahora la recubre es como la túnica que protege algo nunca mancillado. La tuvieron en sus manos grandes príncipes, recuerden, de cuya dignidad y sabiduría apenas podemos ser una imperfecta imitación. Cuando esos príncipes, por razones ajenas a su voluntad, no pudieron seguir concurriendo al espléndido recinto y nuestros antepasados tuvieron que abandonar la residencia, cerraron el macizo pórtico y decidieron custodiar la llave. Sí, esta sencilla y, al mismo tiempo, preciosa llave, que simboliza los documentos, el recinto, la entera asamblea de dignatarios, el magnífico hogar de nuestros ancestros españoles. Mi bisabuelo ató la llave a su cinto. No se desprendió de ella jamás. Cuando lo visitó el ángel de la muerte, ni siquiera la debilidad de su agonía ablandó la mano que se cerraba con obstinación sobre la empuñadura labrada. Su hijo, es decir, mi abuelo, tuvo que arrancársela, llorando, como si cometiera un sacrilegio. Entonces confeccionó un estuche y lo forró amorosamente con brocato para que no se repitiera la penosa historia de forzar a un muerto. Mi abuelo recomendó a mi padre que cuidara esta pieza como si fuese un tesoro. Mi padre a mí. Y yo a vosotros.
Reinaba un pesado silencio. Los cuatro hijos de Diego Maldonado da Silva estaban transidos. La luz de las velas pintaba de grana sus mejillas.
El padre acercó la reliquia a los ojos de Diego, de Felipa, de Isabel y de Francisco.
—Observen de nuevo la llamita de la empuñadura. ¿No les parece enigmática? ¿Imaginan qué significan las tres puntas? ¿No?... Miren: parecen tres pétalos erguidos sobre una gruesa barra horizontal. O tres avecillas sobre una rama.
Esperó las conjeturas de sus hijos, pero la perplejidad no los dejaba emitir opinión.
—Alguna vez lo sabrán —aproximó el signo a sus labios y lo besó—. Los príncipes y nuestros antepasados confiaban retornar a esa casa. Por eso guardamos la llave.
Francisco balbuceó una pregunta:
—¿Podremos retornar?
—No sé, hijo, no sé. Cuando yo era pequeño soñaba convertirme en uno de esos legendarios príncipes y abrir el majestuoso pórtico.
***
La pequeña Alba Elena se despierta sobresaltada y empieza a llorar. Su madre la alza. Francisco Maldonado da Silva intenta acercarse a ellas pero las manos de los oficiales, inflexibles como argollas, le aprisionan los brazos. Su atónita esposa, con la criatura rodeándole el cuello, avanza hacia el grupo de pesadilla iluminado por la lámpara del teniente Juan Minaya.
—No te asustes —alcanza a decir Francisco.
—¡Cállese! —ordena el teniente.
Francisco tironea para liberarse. Los oficiales aprietan.
—No fugaré —exclama con inesperada autoridad y los mira a los ojos.
Las argollas se pasman. Una sorpresiva duda invade los cuerpos marciales. Recuerdan, súbitamente, que enfrentan a un médico honrado por las autoridades y cuyo suegro ha sido gobernador de Chile.
Los toscos dedos, poco a poco, empiezan a aflojar, Francisco se desprende, recupera su apostura y camina hasta su amada Isabel Otáñez y su hijita. Les seca las lágrimas. Las abraza y besa. Nunca más las volverá a ver.
8
Poco antes de que la familia se trasladase a Córdoba, Francisco fue testigo de otra tajante revelación.
Su hermano Diego lo invitó a pescar. Primero irían en busca del amigo Lucas Graneros, después marcharían juntos hacia el río del Tejar. El padre de Lucas tenía una fábrica de carretas que abastecía a toda la Gobernación. Había formado una empresa colosal. Tuvo la perspicacia de canalizar el inmenso patrimonio maderero de Ibatín hacia la producción en gran escala del mejor transporte imaginable entre las faldas del noroeste y el puerto de Buenos Aires. Se enriqueció más rápido que muchos buscadores de oro. Poseía ciento veinte esclavos negros, además de indios y mestizos que movían con destreza el escoplo y la garlopa.
Graneros edificó su vivienda en el Sur, en el barrio de los artesanos. Allí, apenas despuntaba al alba se encendían las forjas y empezaba el bullicio de los talleres. Cualquiera conocía al platero Gaspar Pérez que cincelaba valiosas piezas para altares y vitrinas. También al zapatero Andrés, que confeccionaba botines rústicos, sandalias de fraile y calzados finos con hebilla de cobre. El talabartero Juan Quisna reparaba arneses, pulía petacas y cosía monturas. El sastre Alonso Montero confeccionaba jubones, chaquetas con guardas, hábitos de dignatarios religiosos y trajes de funcionarios reales. El sombrerero Melchor Fernández moldeaba los gruesos fieltros que cubrirían las cabezas de un capitán, un feudatario o un corregidor. Casi todos eran hombres con mezcla de sangre indígena, pero ansiosos por asimilarse a la raza de los conquistadores. Vestían como los españoles y se empeñaban en hablar sólo el español. El gusto por los vencedores les aumentaba al mismo tiempo el disgusto por los vencidos. Seguramente no dormían en paz.