HISTORIAS QUE CUENTAN
LOS HOMBRES
ANTES DE QUE ANOCHEZCA
VV. AA.
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Copyright 2009 ®de los autores.
Primera edición: 2009
Cuadro de portada:
Edición a cargo de: Lucía Bartolomé y Sara Merino
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Índice
COSA DE HOMBRES José Cruz
CUENTO Félix Jiménez
LA MALDICIÓN Patrick Ericson
EL SONIDO DE LA LUZ Luis Ángel Oliva París
ANTES DE QUE ANOCHEZCA Alejandro Diego (Desierto
SEGUNDA OPORTUNIDAD David Muñoz
EL LIBRO DE MI AMOR Laura López Alfranca
EL SEÑOR DEL TIEMPO Armando Relaño Pérez
FEDERICO, EL PEQUEÑO YASAB Yago
¿QUIÉN ES AQUEL QUE MIRA A TRAVÉS DE MIS OJOS? Beckett
EL LEÓN HAMBRIENTO Sabino Fernández Alonso (Ciro)
LA BIBLIOTECARIA Oria
OCULTA TRAS LAS ESTRELLAS Eva Pérez Rodríguez
INFRAMUNDO Merridew
AHMED Y LOS LOBOS Irene_Adler
DE VIAJE Vicente Quijano (Takeo)
EL LIBRO DE LOS SUEÑOS INCUMPLIDOS Sara Merino
AUGURIOS DE UN NUEVO IMPERIO José Ángel Muriel
CARTA ABIERTA A LOS CRONONAUTAS DEL FUTURO José Antonio Iniesta
LA DECISIÓN Alicia Prenda
LA ÚLTIMA ESTACIÓN J. C. Ramírez
DULCES SUEÑOS Yolanda Galve (Ororo)
EL CONSULTOR Lord Krayzer
Cuatro pares de ojos le miraban tristes desde la puerta de la casa. Se detuvo un momento y volvió la vista hacia ellos. «Tres mujeres y un crío…». Paseó la vista lentamente por cada uno. Su madre, de negro enlutado y cabello blanco y recio, se mantenía un paso por detrás; siempre había sabido cuál era su lugar en la casa. Su mujer, con los ojos cansados y la frente siempre fruncida, se mantenía silenciosa. Delante estaban sus dos vástagos. La mayor, de diecisiete primaveras, ya no era una niña. Y no sólo porque su cuerpo hubiera cambiado, que lo había hecho y mucho, sino porque trabajaba tan duro como su madre ó su abuela. Quizá era su mayor preocupación, ya que ahora no habría un hombre en casa que mirara por ella. Sus ojos se posaron en el pequeño. Cuatro años tenía y era un trozo de su corazón. Le habían hablado para que no llorara delante de su padre y apretaba los labios temblorosos. Dos ojos grandes y oscuros que le buscaban a todas horas haciendo preguntas curiosas sobre cualquier cosa que tuvieran delante: «Padre, ¿por qué las cigüeñas del campanario siempre anidan en el mismo sitio?», «Padre, ¿estas hojas se comen?», «Padre ¿Por qué te vas?». Un nudo se formó en el fondo de su garganta y vino a unirse al que ya apretaba su estómago desde hacía horas. ¿Quién contestaría a sus preguntas ahora?
Vaciló un segundo apretando la maleta de cartón que sostenía bajo el brazo. Supo que si no arrancaba en ese mismo momento más tarde sería imposible. Se dio la vuelta bruscamente y empezó a subir la cuesta empedrada. Al llegar a lo alto de la calle dio la vuelta a la esquina sin mirar atrás. Empezó a recorrer las calles del pueblo andando deprisa, casi corriendo, hasta que se dio cuenta y se obligó a si mismo a ir más despacio. Decidió mantener la vista en el suelo. Cualquier cosa que viera en ese momento ya fuera el corral del abuelo, la casa donde nació ó la plaza del pueblo, no haría sino ponérselo más difícil. Siguió caminando con la cabeza gacha. Recorrió varias calles hasta salir del pueblo y se encaminó a la orilla de la carretera. La parada del autobús estaba en una explanada de tierra sin señal ni cartel. Observó que ya había gente esperando. Seguramente llevarían rato allí ya que el autobús pasaba por la tarde pero nunca a la misma hora. Levantó la vista hacía el sol, el reloj de los pobres. No tardaría mucho. Repasó con la vista a todos los presentes. Había mujeres acompañadas de otras mujeres, parejas que se mantenían juntas y varios hombres solos. Sin embargo, él buscaba un grupo concreto. Los vio un poco más allá apartados de los demás y se acercó a ellos. Eran cinco hombres parecidos a él mismo. Vestían trajes de pana de colores oscuros, de estatura baja y manos fuertes y callosas. Fumaban sentados cada uno encima de su maleta formando un semicírculo y mirando al suelo.
—Buenas tardes al personal.
—Buenas tardes —le respondieron a coro.
—¿Dónde están los papeles? —dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
Uno de los hombres se levantó y le alargó unas hojas. Las cogió sin más y las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Dejó la maleta en el suelo e imitando a sus compañeros se sentó a esperar.
—Nos vamos entonces, ¿no? —murmuró uno sin levantar los ojos.
—Eso parece.
—¿Tú crees que nos irá bien, Antonio?
—A eso vamos.
Notó que empezaba a dolerle la cabeza. «Cosa rara en mí, serán los nervios», se dijo. Para distraerse paseó la vista por el resto de los que esperaban al borde de la carretera. Una vieja de nariz ganchuda estaba sentada encima de una piedra. A su lado y de pie, la hija le hablaba moviéndose nerviosa mientras ella asentía lentamente. Más allá un hombre y una mujer se mantenían de pié en mitad de un montón de cestas. Hablaban con su vecino de al lado que portaba otra cantidad aún mayor de canastas de las que asomaban acelgas, nabos, tomates y patatas. De vez en cuando le llegaban algunas de sus palabras. Hablaban sobre precios bajos, malas cosechas y cerdos que morían enfermos. La mitad de los que estaban en la parada estaban rodeados de un equipaje parecido. Se dirigían al mercado situado en la capital de la comarca. Allí esperaban vender todo lo que llevaban y sacar suficiente para poder vivir hasta el próximo viaje. Entre el resto de los presentes había de todo. Una mujer embarazada resoplaba cogida del brazo de su madre. Por el vientre abultado que se veía bajo la ropa no debía faltarle mucho para el parto. Seguramente querría que el niño naciera en la capital, dónde había hospital y médicos. Aunque la partera del pueblo tenía muchos años de experiencia, quien podía no se arriesgaba a que hubiera problemas. En cuanto al médico más próximo, podría tardar muchas horas en llegar; si es que decidía acudir. Cuatro mujeres con pañuelos en la cabeza formaban un corro muy cerrado. Las conocía desde hacía mucho tiempo. Eran hermanas y pertenecían a una buena familia. Hablaban entre si en voz queda, con los brazos cruzados y observando al resto. Seguramente estaban despellejando a todo el mundo. En el pueblo eran algo raro ya que en una familia donde no faltaban hombres, eran ellas las que mandaban. Eran el estado mayor de un ejército que siempre vencería. Con sentido común y sin aspavientos evitaban cualquier piedra en el camino ya fuera hambre, enfermedad ó muerte. «Una familia grande siempre sale adelante», pensó, recordando lo que había dejado en la puerta de su casa. Sus ojos recorrieron al resto de viajeros que esperaban hasta fijarse en un grupo que ocupaba el centro de la explanada. Todo el mundo evitaba mirar en su dirección para ahorrarles la vergüenza. La mujer abrazaba con desespero al marido, sollozando de manera incontrolada, mientras que alrededor cinco niños pequeños de varias edades la imitaban gimiendo e hipando. El hombre no emitía sonido alguno. Por su cara arrugada y quemada por el sol se deslizaban una tras otra grandes lágrimas que no cambiaban la expresión grave de su cara. Por eso mismo había prohibido a los suyos acompañarle. Se habían despedido dentro de las cuatro paredes de su casa. Allí quedarían su tristeza y su pena, donde nadie pudiera verlas.
Un rugido lejano le sacó de sus pensamientos. Miró al fondo de la carretera por donde aparecía ya la silueta del autobús. Todo el mundo se puso en pié rápidamente y empezó a organizar el equipaje. Los cinco hombres que le acompañaban apagaron los cigarrillos en el suelo y se los guardaron, los llantos de la familia con críos arreciaron, las cuatro matriarcas se repartieron los bultos y repasaron que nada se quedara en tierra y la embarazada suspiró una vez más ante la posibilidad de poder sentarse al fin. Los únicos que no se movieron fueron los mercaderes. Sabían que había tiempo de sobra. El autobús empezó a hacerse más grande a medida que se acercaba dejando atrás una nube de polvo. Los dos grandes faros de su frontal parecían mirar con curiosidad al grupo que le esperaba mientras su carrocería lanzaba brillos metálicos como anunciando su presencia. Con dos bocinazos se apartó de la carretera haciendo que todo el mundo retrocediera unos pasos. Por fin, se detuvo en medio del polvo mientras miradas curiosas de los pasajeros sentados dentro se desplazaban por el gentío de la parada. Cada uno cogió sus pertenencias y se acercó al costado donde se abrirían las grandes puertas de los maleteros. Los que iban al mercado se desplazaron a la parte trasera buscando la escalerilla que subía hasta el techo. Sus cestas irían en la parte superior encajadas entre unas pequeñas barandas, atadas y cubiertas con una lona. Los portones se abrieron y todo el mundo se apresuró a encajar sus fardos. En medio del barullo se alzaron las voces de las cuatro hermanas.
—A ver, ¿Usted dónde va? Por que si se baja antes que nosotras tendrá que poner sus bultos después… Oiga, habrá que saberlo para poner orden, ¿no?… Vamos, no ande apretando que cabe lo de todo el mundo… —decían al tiempo que se miraban buscando apoyo mutuo. Antonio se adelantó y se puso ante ellas.
—Nosotros somos los últimos en bajarnos —afirmó poniendo su maleta y la de sus compañeros al fondo.
—Vamos para arriba —sugirió el más bajo del grupo de Antonio.
Los cinco hombres se encaminaron a la puerta y subieron. Con la vista buscaron un grupo de asientos que estuvieran juntos, los localizaron y se acomodaron en ellos. Antonio se sentó junto a la ventanilla y se acodó en su reborde. Miró hacia fuera y observó a los que se quedaban y a los que partían. El conductor todavía discutía con las matriarcas sobre la colocación del equipaje mientras sacaba y metía bultos. Los críos que lloraban se habían arracimado en torno a su madre mientras se restregaban la nariz goteante con la manga y decían adiós a su padre. Las mujeres se daban un último beso en la mejilla y los hombres se apretaban las manos y se daban golpes en el hombro. Se abrazaban fuertemente, como si así pudieran llevarse un trozo del que se quedaba en tierra. Fueron subiendo todos poco a poco hasta que no quedó nadie. Entonces el conductor bajó los portones y se apartó un momento para encender un cigarrillo. Se lo fumó rápidamente mientras daba unos cuantos pasos alrededor. En el interior del autobús la gente se iba sentando y hablaba nerviosa. Antonio miró hacia las casas blancas de su pueblo. Sintió una punzada en el pecho y se volvió a sus compañeros para ver si estaban más tranquilos que él. Todos tenían la mirada fija al frente y ni siquiera pestañeaban. No querían ver nada que no fuera la propia carretera. Intentó imitarlos poniéndose recto pero no pudo y se volvió otra vez hacia la ventanilla. De repente la máquina se estremeció y con gran estruendo se puso en marcha lentamente. Salió a la carretera y empezó a acelerar poco a poco. Las casas empezaron a desfilar ante su vista evocando imágenes recientes y lejanas. Allí estaba la iglesia vieja con su campanario. En ella le habían bautizado, había hecho la comunión, se había casado y había bautizado a sus propios hijos. La placita de los bailes y las fiestas donde mientras movía los pies al ritmo de un pasodoble había pedido matrimonio a su mujer. La Fuente Serena que había sido el primer sitio donde consiguió sacarle un beso. El corral del señor Pedro, cuya escopeta de cartuchos cargados de sal le habían dado algún disgusto en las posaderas cuando intentaba robar higos siendo niño. La línea de casas terminó y surgió el muro largo y bajo que rodeaba el cementerio. Entre las cruces que se veían buscó una en particular hasta encontrarla. Debajo estaba su padre, un hombre serio que no reía nunca pero que siempre le había hecho sentirse querido a pesar que no tenía por costumbre tocarle ni abrazarle. «Eso no es cosa de hombres», decía a menudo el viejo mientras le revolvía el pelo. Nunca podría olvidar cierta ocasión en el monte. Habían estado andando todo el día y sin darse se cuenta se les había echado la noche encima. Él era entonces un crío y se cansaba con facilidad por lo que cada cierto trecho no podía evitar sentarse en alguna piedra. Su padre se paraba y le observaba hasta que una de las veces le dijo:
—¿Estás cansado, hijo?
Él asintió sin querer mirar a los ojos de su padre, pensando que quizá le considerara un debilucho. Entonces el hombre extrajo un saco del morral que llevaba y lo desdobló por completo, lo estiró y por fin lo abrió y lo ahuecó en el suelo.
—Ven aquí.
Avanzó lentamente sin saber qué quería hasta ponerse delante. El hombre lo levantó y lo puso de pié en el saco. Luego tiró de los lados hasta dejarle a él dentro. Los bordes le llegaban por debajo de las axilas por lo que sacó los brazos y los bajó como si fuera una especie de vestido. A continuación y ante su asombro su padre se lo echó a cuestas sin apenas esfuerzo y empezó a andar otra vez. Instintivamente se agarró a sus hombros dándose cuenta que jamás había estado en contacto tan directo con él. Hoy en día todavía podía recordar el olor a tierra, campo y sudor que había sentido pegado a su espalda. Cuando murió aquel hombre bajo y nervudo estuvo una semana entera sin hablar con nadie. Un solo pensamiento le estuvo castigando aquellos días: «Este mundo está vacío sin mi padre».
El cementerio quedó atrás y surgieron los campos de siembra. En ellos se había dejado mucho sudor cuidando tierras que no eran suyas, sembrando cosas que después no comerían ni él ni ninguno de los suyos. Acabaron los campos y empezó el monte. Recordó días de caza y pesca. Sitios donde poner trampas a conejos y perdices. Riachuelos con abundantes barbos que solía coger a mano, buscando bajo las piedras con el agua a la cintura. Grandes encinas donde sabía que anidaban las tórtolas y que escalaba con soltura en busca de huevos. Suspiró y dejó de mirar por la ventana. Se despidió mentalmente y decidió que era hora de pensar en lo que vendría ahora y en el futuro. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó el papel que le habían dado en la parada. Lo desdobló con cuidado y empezó a leer desde el principio. Tenía que ir despacio puesto que las letras no eran lo suyo y debía pararse cada poco a pensar en lo que estaba escrito. Empezaba describiendo lo que se esperaba de él, continuaba con una lista de direcciones a las que tendría que acudir cuando lo necesitara y acababa con una declaración jurada que debía firmar al pié de la hoja. Se volvió a su compañero de asiento y le pidió el bolígrafo que siempre llevaba encima. Lo cogió y se dispuso a garabatear su nombre. Miró el papel fijamente sin decidirse todavía. Levantó la vista y por un momento vio la cara de su padre aquel día en el monte cuando le llevaba a cuestas. Recordó las gotas de sudor que le corrían por la sien mientras caminaba montaña arriba con su hijo a la espalda y cómo no le soltó hasta que llegaron a la misma puerta de su casa. Pensó entonces en las cuatro almas que había dejado atrás y mentalmente se las echó a cuestas. Bajó el bolígrafo y firmó. Volvió a doblar las hojas y las guardó nuevamente. Había leído por encima el nombre del destino al que se dirigía aunque no había podido quedarse con el nombre. Demasiado difícil de pronunciar. Palabras como Westfalia, Ruhr, Thyssen ó Deutschland no significaban nada. El sólo sabía que iba camino de Alemania a fabricar coches. Apoyándose en el borde de la ventanilla acarició el marco metálico.
«Vamos máquina... Date prisa y llévame a donde sea».
Y el autobús, como si pudiera obedecerle, subió el tono de su rugido acelerando hasta perderse en la distancia.
Cuando el escritor se detuvo unos instantes para repasar los primeros párrafos de su relato, volvió a encontrarse con los ojos de su hija pequeña que le miraban fijamente, sin despegar los labios. Ella estaba habituada a contemplar el movimiento de sus dedos deslizándose sobre el teclado. Sabía que podía permanecer un tiempo a su lado si no alteraba para nada su trabajo. Casi siempre recibía un beso después de su periodo de contemplación y solía desaparecer entre sus juegos. El escritor la oía conversar con sus muñecas, preparar comiditas o poner en orden a los supuestos y revoltosos niños de su aula. Esta pequeña era una autoritaria profesora que no perdonaba la indisciplina.
El relato se iniciaba con la entrada del turista José Blasco en el balneario Széchenyi de Budapest. A pocos metros de la Plaza de Los Héroes se había decidido a seguir los pasos de una mujer y no detuvo su marcha hasta el interior del balneario en el que, forzosamente, hubo de tomar las escaleras hacia los vestuarios masculinos cuando vio que ella se encaminaba a la zona de mujeres.
No sabía muy bien con lo que iba a encontrarse mientras descendía por la empapada escalera. La mochila y la tarjeta de plástico que acababa de recibir, previo pago de unos billetes de mil florines, eran un equipaje muy ligero que le permitía moverse con seguridad en esa auténtica pista deslizante de escalones y pasillos. Sentado en un banco de madera, frente a su taquilla, se supo contemplado por los distintos usuarios que recogían sus pertenencias y que se exhibían, completamente desnudos, a su alrededor. Eran cuerpos atléticos y bien dotados que le hacían sentirse acomplejado; se percibía a sí mismo como envuelto entre las arrugas de su vientre y la poca relevancia de su musculatura.
No sabía muy bien qué tipo de mirada se cruzó con la suya ni por qué se había sentido impulsado a seguirla. Las columnas del Museo de Bellas Artes se desplomaron en el interior de sus pupilas y ya no hubo más paisaje que el movimiento de un cuerpo de mujer a través de un entorno difuminado de azules, grises y verdes. El corto vestido de tela era una ondulante bandera que seguía tan irracionalmente como lo hace cualquier soldado en un desfile.
Cuando cerró la puerta de la taquilla y salió al exterior, permaneció unos minutos contemplando el conjunto de piscinas. No sabía hacia dónde encaminar sus pasos ni qué hacer. Tenía la ilusión de visitar ese lugar que aparecía siempre recomendado en todas las guías turísticas; pero una vez allí, no era capaz de apartar de su cerebro la imagen de la mujer. Se dirigió lentamente a una de las piscinas, dejó la toalla y las chancletas en un banco y fue sumergiéndose en una especie de espiral de agua que formaba una corriente sin fin. Dio unas cuantas vueltas y abandonó, aburrido, ese juego infantil de aguas girando.
Por el borde de otra piscina, con las calles marcadas y nadadores ensimismados en su recorrido, fue desplazándose hacia otra —más espectacular— que tenía un diseño muy sugerente y parecía despedir un halo vaporoso de misterio. Una escultura situada en el mismo borde representaba a una mujer desnuda abrazada a un cisne cuyo pico parecía acariciarle con suavidad uno de sus senos. De ella brotaban unos chorros de agua que masajeaban a quienes se colocaban directamente bajo ellos. Bajo uno de esos haces de hilos de agua la distinguió de nuevo con nitidez.
Descendió con lentitud por las escalinatas entre dos jugadores de ajedrez que, apoyados en un muro que se adentraba en el agua, se batían contra otros situados al otro lado. El cuerpo de los ajedrecistas permanecía sumergido hasta la cintura. A José Blasco le pareció el espectáculo una pose preparada como reclamo turístico más que un encuentro real de amigos aficionados al ajedrez. Se fue dejando abrazar por las cálidas aguas y notó el placer reconfortante de calor líquido subiéndole por la cintura. Se arrodilló un poco y el borde del agua rozó su barbilla. Observó a unos metros que la mujer se había apercibido de su presencia y recogía y soltaba su cabello con un movimiento que a él le pareció el grado supremo de la seducción. Dio unas brazadas, metió la cabeza bajo el agua y —con los ojos cerrados— al salir a la superficie se encontró bajo otro surtidor a menos de un metro de ella.
Se irguió y dejó que los chorros de agua caliente saturada de minerales golpearan con fuerza su nuca, las cervicales y que recorrieran toda su espalda como expertas manos de masajista. Durante unos minutos, estuvo sometido a esa fuerza blanda y cálida sin dejar de contemplar el cuerpo que tenía al alcance de su mano: brillante, poblado de millones de gotas como besos y surcado de diminutos riachuelos de caricias, con absoluta perfección recogido dentro de su biquini amarillo. Estaba seguro de haber percibido una mirada de complicidad cuando ella se alejó nadando de espaldas hasta el borde redondeado de la piscina. Llegó, se situó cerca de unos escalones y, apoyando su espalda contra la pared, se dejó flotar. Su vientre plano y sus pechos perfectamente ceñidos por el sujetador, aparecían sobre la superficie vaporosa del agua. El sol se deslizaba ya por debajo de los muros del balneario. La luz azufrada y doblegada por la tarde, el amarillo de la tela y el lento y seductor movimiento de su cabeza fueron el imán que llevó a José hasta el lugar en el que ella se encontraba. Se situó al lado, casi rozando su cuerpo con el de la mujer. Permanecía vertical, su espalda apoyada contra la pared. Bajo sus pies brotaba un burbujeo muy fuerte que le masajeaba las plantas. Pasó de una mirada disimuladamente perdida a otra más interrogativa, y que acabó convirtiéndose en deliberadamente libidinosa.
Acercó su pierna a la de ella, que había abandonado su postura y recobrado la verticalidad. Notó que no hacía ningún mohín o movimiento para distanciarse. Durante un tiempo permanecieron con el exterior de los muslos unidos. Ella hizo un leve desplazamiento, se aproximó e introdujo su pierna entre las suyas acercando y presionando su cuerpo. Notó que su pene respondía con una decisión inusitada.
En otros lugares de la piscina había otras parejas abrazadas; besos y caricias parecían allí desplegarse con la misma naturalidad que la cortina de vapor o el chisporroteo de las aguas desparramadas desde los chorros.
La hija del escritor apareció de nuevo. Allí estaba con la lagartija de sus ojos posándose y huyendo detrás de cada dedo que resbalaba sobre el teclado. Él iba a describir los movimientos que se sucedieron después del primer contacto. José se situó detrás de ella, la abrazó por la cintura y notó como le correspondía.
—¿Qué estás escribiendo ahora?
—Un cuento.
—¿Me lo vas a leer cuando termines?
—Tal vez. Ahora debes dejarme seguir. Sabes que tienes que respetar mi trabajo.
Siguió unos minutos allí y luego desapareció discretamente, sin abrir la boca. La continuación del relato aparecía con nitidez en la mente del escritor. La mirada de su hija antes de desaparecer era una plancha de acero entre su mente y la pantalla del monitor. Permaneció con la mirada desparramada entre los recovecos de una escultura que simulaba una llama atravesada por un agujero de aire.
El cuerpo de la mujer flotaba boca abajo apoyado en el de José. Hubo una sucesión de besos cargados de gelatina y pegamento, brazos como maromas de barco, lento balanceo de cuerpos que simulaban yates atracados en puertos atardecidos y con viento… Nada se extendía sobre la pantalla del ordenador. Había una ventana abierta con un fondo de ojos de niña y una voz repetida que pedía oír el cuento.
Pero José en el balneario cerraba los ojos y hacía un descomunal esfuerzo por mantenerse horizontal y seguir la cadencia de los vientres. Notaba unos pechos resbaladizos dibujando curvas sobre sus costillas. Miraba a su alrededor con dos sensaciones trenzadas: temor a ser reprendido y euforia densa.
La historia debería seguir cargada de erotismo y con un final previsible, y acabar como acaban siempre los encuentros sexuales sin sentimientos contaminantes; pero el escritor no era capaz de sacarla de su cabeza. Allí bullía como mosto al final del otoño.
Su hija quería oír ese cuento.
Tenía muchos nombres y uno sólo, como la tierra. Y como ella, era raíz oscura, tierno vaivén escondido. La llamaban con voces diferentes y múltiples, sorteando su mirada y sus cabellos de puntas tronchadas, rasgando su piel cautiva de dúctil inercia. Cautiva desde la indecisa niñez, su vida había transcurrido sin muñecas ni alegría de juegos.
Los ojos de Andrea —llamémosla así— chispeaban o se fundían en la nada más oscura, desbordando esa angustia idiotizada que se agitaba bajo el indomable impulso de sus pupilas. Su retrato era el de alguien de necesidades primarias: barbilla saliente, puntiaguda; frente corta, estrecha, de animal torpe; huesos faciales muy pronunciados y de traza irregular; delgada, esbeltez sin caderas, pechos agudos que el sujetador acentuaba aún más. Era un mar de gestos, guerrilla de miradas, clamor confuso enredado en sus zapatillas, en sus rizos de color dorado fulgurante.
Allá a lo lejos, debajo del tiempo, se polarizaba un perenne frotar de manos y estropajos, un delantal a rayas verdes y grises con lamparones de grasa y vino. Empujones del viento contra las ventanas; esquina sórdida donde se hacinaban los recuerdos más remotos de su infancia. Madame Guillot, dormilona y brutal, eructaba aguardiente y siseaba palabras en un idioma mal aprendido que le infundía pavor. Por las noches, todas las noches, año tras año, Andrea se aferraba al deseo de la muerte como única salida.
Gorda, cuadrada, despeinada y grasienta, Madame Guillot cabeceaba al andar con pasos jadeantes y cortos. La perseguía siempre, sin respiro. La ceñía como una amenaza de maldición irremediable.
—Tienes que trabajar hasta agotarte, porque nos cuesta nuestro dinero mantenerte. ¿Tu padre?… ¡Vete a saber quien era! Y la perra aquella que te vendió a mí y a mi hombre, a cambio de un vestido de moaré negro con adornos de tul, unas medias y unos zapatos, ni sabemos a dónde fue ni cómo llegó hasta aquí. Hicimos un mal negocio al quedarnos contigo.
Don Pascual, su segundo marido, irrumpía, algunas veces, en las vociferaciones de su mujer, dándose un aire patriarcal.
—¡Deja en paz a la muchacha! Cada cual a su trabajo.
Andrea agachaba su cabeza con docilidad animal y se iba a la trastienda a sacudir, a cepillar la ropa, a limpiar los estantes y el calzado hediondo. Madame Guillot resoplaba su ira y su turbia malignidad.
Lo peor era cuando don Pascual, los sábados, se marchaba a divertirse con su compadre Julián, por los alrededores de Vallecas. Entonces salían de sus torvos cubiles los chillidos de rata de la vieja, el increpar al marido por el dinero gastado en juergas y, finalmente, los golpes e insultos del matrimonio que, hechas las paces, entre bufidos y lloriqueos, se aglomeraban contra la niña.
En las perchas resobadas pendían como náufragos sin forma los vestidos y los trajes. Hombres y mujeres sin rostro, sin manos, sin pies, sin voces. Sucios fantasmas de una inacabable pesadilla rotulados por el precio. Tan sólo el pedazo de cartón significaba algo. “El precio”…Estas dos palabras formaban una sola. Sobresalían de forma hueca, muda. Eran el pan y la sal para el matrimonio de chamarileros. Para Andrea, era el miedo al palo si se equivocaba al vender o comprar. Fue lo primero que aprendió a decir cuando sus palabras olvidaron aquellas otras de cariño, cada vez más distantes, borrosas, subyugadas al gesto y a la risa de alguien que no podía recordar quién era.
Presa entre infortunados desconocidos, muertos… y “El precio”; balanceo viene, balanceo va. El color y el olor descomponiéndose en infinitas náuseas y en una sola angustia. La luz anaranjada de la bombilla, día y noche, sin parpadeo, vigilando aquel osario común de indumentarias de toda clase donde resonaban, en todas direcciones y tonos, los ecos únicos de: EL PRECIO.
Cierto día, don Pascual empezó a mirarla con otros ojos, envolviéndola, contorneando su silueta, su dimensión; lo mismo que al “género”. Cuchicheaban, él y su mujer, a retazos su intrínseca conversación. Andrea sintió crecerle aún más el miedo. Dormía vestida, a sobresaltos. Madame Guillot se recreaba en desnudarla con ojuelos torcidos, llenos de grumos legañosos, sopesando el posible valor de su cuerpo. Se le cuajaban unos vahos de regocijo y abuso cada vez que la miraba. Andrea oía el cloquear de sus rodillas desmoronándose por el temor. Por la noche, se veía a sí misma colgando de una percha, igual que los trapos, con el cartoncito de… ¡El precio!
—Sí, señor. A cuatro reales la pieza. Más barato que nadie. No tema. Vea, véala. No araña, ni muerde. Y tiene mucho temperamento, ya lo verá el señor. ¡Anímese!… ¡Llévesela!
No por cuatro reales, sino por cuarenta fue cedida de los sebáceos y cortos dedos de don Pascual a la grasa untuosa del señor Villaviciosa. Ascoinvencible de aquella sonrisa, de aquellas manos, de aquel cogote movible empastado de sudor. Le robó su virginidad y el deseo de vivir, y ello la convirtió en un ser peligroso capaz de albergar en su corazón oscuros pensamientos. Pudo haber soportado una vida dedicada a la esclavitud, más no contaba con ser también un objeto de uso personal y motivo de enriquecimiento.
Después de aquello hubo de meditar profundamente su suerte futura, a solas en su cuarto, sintiendo como la sangre inocente que perfilara su himen se cuajaba en costras sobre sus muslos, de fiebre vencidos. Nació la rabia y el odio en contra de aquellas personas que la habían arrojado al pozo del servilismo, que la habían vendido al igual que si fuese otro de sus trajes de segunda mano sin remordimiento alguno de conciencia. Se sintió invadida por el demonio de la perversidad: empujones de viento contra las ventanas en la noche, aire que plañía y suplicaba tiernas misericordias a un dios ignorado. Pero Andrea no tendría piedad de sus amos proxenetas. Les daría su merecido, aunque perdiese su vida en el intento.
Y llegó la noche. Aprovechando que dormía la pareja de rufianes —vulgares comerciantes de objetos y almas—, se levantó de la cama sin hacer ruido y fue hacia la cocina. A oscuras fue tanteando las paredes, los armarios y alacenas, hasta dar con el cajón donde Madame Guillot guardaba el cuchillo grande de partir la carne. Sintió el frío acerado de la hoja entre sus manos, como un dios vengador dormido en su propia inconsciencia pero susceptible de despertar en cualquier momento. Entonces supo lo que tenía que hacer.
Arropada por el silencio y la oscuridad, subió lentamente las escaleras para evitar el chirrido de la madera podrida, llevando consigo su estallido de violencia, su indignación, y la rabia acumulada durante todos los años que emocionalmente se sintió presa de sus recuerdos.
”Eres hija de nadie…Y a nadie le debes lealtad”, se dijo mientras abría, delirante, la puerta del dormitorio donde dormían los chamarileros.
Como un espectro, como una sombra despiadada entre las tinieblas del infierno, con un afán inexorable de fatalidad, se deslizó subrepticiamente por entre el camastro y el armario ropero que olía a moho y alcanfor. Cegada por el odio, alzó su mano para asestarle al hombre varias puñaladas sin que le importaran los gritos de dolor que vinieron a romper el silencio de la noche. Don Pascual tuvo suerte: una de las incisiones le atravesó limpiamente el corazón, falleciendo al cabo de unos segundos. No ocurrió lo mismo con Madame Guillot, la cual recibió distintas cuchilladas en el pecho y en la garganta. Y aún así, la muy cicatera gritaba… gritaba su oscura maldición con la voz ahogada por la sangre y la rabia:
—¡Arderás en el infierno!… ¡Arderás en el infierno!
Poco después llegó el silencio, y con él la apocalíptica realidad. Andrea contempló horrorizada sus manos. El cuchillo cayó al suelo y, tintineando, fue a parar debajo de la cama. Temblaba de arriba a abajo, asustada. Un terrible pensamiento le asaltó al ver sus manos manchadas de sangre: el madero rígido del garrote vil y la capucha del verdugo. Tenía que huir, dejar atrás Madrid y esconderse lejos, muy lejos; en el sur.
La noche fue su aliada, y la luna testigo de un terrible juramento que habría de perseguirle por el resto de su vida.
«¡Arderás en el infierno!… ¡Arderás en el infierno!», era lo único que registraba su enloquecido cerebro.
Después de vagar varios días de un pueblo a otro, huyendo de su deleznable conciencia, recuperó el sentido de la orientación al descubrir que no le quedaba nada que echarse a la boca. Los pocos alimentos que se llevó consigo tras el crimen duraron tanto como su miedo a ser aprehendida por la justicia. Ahora debía ganarse el pan con el sudor de su frente. Y eso, según tenía entendido, no era tan fácil. Lo único que sabía hacer era vender o comprar trastos inútiles, como ella misma.
”¡Mi cuerpo!”, pensó en un acceso de cordura.
Una vez la obligaron a prostituirse, y volvería a hacerlo si fuera necesario. Lo importante era sobrevivir. Seguir adelante.
Por eso, nada más llegar a Murcia se dejó embaucar por una alcahueta que ejercía su oficio por los alrededores del malecón que lindaba con el río. Su nombre era María del Pilar, aunque todas sus amigas la llamaban Maripili. Era una mujer de carácter alegre que rondaba los cuarenta. Fue tal la elocuencia de sus palabras, que consiguió despertar el interés de Andrea diciéndole que podría ganar mucho dinero con su cuerpo. Congeniaron al instante, tanto que decidieron asociarse con el fin de repartirse los beneficios de su trabajo.
De ella aprendió, con el tiempo, las artes más refinadas del prostíbulo; artimañas de mujer con las que podría desplumar fácilmente a los ingenuos que cayeran en sus redes.
Pasados unos años su fama creció entre quienes vivían en el sórdido mundo de los bajos fondos. Fueron muchos los hombres, y muy poderosos, los que tuvieron el placer de visitar su alcoba y gozar de su alegría y juventud. Y fue precisamente un concejal del Ayuntamiento, que se había prendado de ella, quién le ofreció la oportunidad de ganar una pequeña fortuna. Sólo tenía que subirse en una de las carrozas que habían dispuesto para desfilar por la ciudad el día del Entierro de la Sardina. No obstante, debía ganarse los veinte duros de plata que pensaban entregarle, haciendo de diablillo en lo alto de un carruaje que simbolizaría el infierno. En el contrato rezaba que debía ir totalmente desnuda, cubierta tan sólo por una capa de color rojo, un sombrero infernal con cuernos a los lados, y un enorme tenedor que sujetaría con una de sus manos mientras durase el trayecto. Por supuesto no había en toda Murcia una mujer, decente o no, que tuviese el valor de mostrarse en público de aquel modo tan libertino. Todas temían la crítica popular.
Pero Andrea hacía años que había perdido el honor y la decencia, aunque no la virtud del recuerdo. Tanto era así, que a veces se despertaba en mitad de la noche gimiendo su culpa. En sus pesadillas más horrendas veía mujeres con velos enlutados, o escuchaba susurros y escalofríos de voces, de gestos que señalaban de forma imperativa un camino de “irás y no volverás”, bordeado de cipreses. Cada vez que apagaba las velas para dormir, sentía los pasos espectrales de los muertos rondar su cama, haciéndole señas terribles y pegajosas de llamada. Entonces ella, para burlar el delirio, remetía sus ojos hacia dentro buscando paisajes soleados y alegres, ruidos cotidianos, mundos de vida donde poder aferrarse y alejar el miedo. Porque había aprendido que no bastaba con taparse los ojos de fuera, las miradas, si quería evadirse de los espectros. Tenía que pensar en algo corpóreo, tangible, que se opusiera a las imágenes incoloras y adhesivas de la muerte. Andrea no quería morir. Tenía miedo a saberse encerrada en esa caja sin respiración que se llama ataúd, a que hundieran su cuerpo bajo tierra con todos los infinitos silencios… rodeándola.
Sin embargo, aquella noche era distinta. Tuvo que dejar a un lado sus viejos temores para mostrarle al mundo lo divertida y pagana que podía ser la vida. Estaba dispuesta a convertirse en el centro de atención de una ciudad que había sido durante años su único refugio. Murcia se mostró generosa con ella, por lo que pensaba regalarles a sus gentes una visión que jamás olvidarían: la del esplendor de la juventud, en su estado más puro, y el irresistible encanto de la lujuria.
Dos fornidos mozos, vestidos también con disfraces de Lucifer, la subieron en volandas en lo alto de la carroza, donde la esperaba un sillón forrado de tafilete rojo y unas argollas para las manos con el fin de que pudiera representar la esclavitud del pecado. Una vez que tomó asiento se creyó la mujer más poderosa del mundo; allá arriba, desde donde podía observar a los hombres y sentir sus miradas de deseo recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Tan absorta estaba imaginando el voluptuoso espectáculo que iba a ofrecerles a los ciudadanos de Murcia, que ni siquiera se dio cuenta de que era esposada a las argollas que pendían a ambos lados del sillón.
¿Qué pensarían ahora Madame Guillot y don Pascual si pudiesen verla?... ¿Cual sería la opinión que tendrían de su pequeña Andrea si supieran que se había convertido en la prostituta más afamada de la provincia de Murcia, en una mujer cuya renta anual superaba con creces lo que ellos no hubiesen ahorrado en toda su vida? Posiblemente, vociferar de rabia rasgándose las vestiduras. Pero ya todo daba igual. Sus almas se pudrían en el infierno.
El sonido de los cohetes en la noche primaveral, estallando en distintos colores, fue el detonante para el inicio de la fiesta. Las carrozas de El cielo y El infierno iban en primer lugar, abriéndose paso a través de la Gran Vía al tiempo que los sardineros arrojaban toda clase de dulces a ambos lados de la avenida, golosinas que eran recogidas con afán por los más pequeños con el consentimiento de sus padres. La muchedumbre, casi toda masculina, comenzó a silbar al descubrir la belleza oculta de Andrea, enloquecida por la visión del cuerpo desnudo de aquella diosa del pecado. Era un escándalo, pero un escándalo aceptado por gran parte de la ciudadanía. Los piropos resultaban agradables al oído, porque les seducía la atrevida actuación de una muchacha cuyo disfraz maléfico provocaba en los más libidinosos húmedas escenas de deseos inconfesables.
Andrea, encumbrada en lo alto de la carroza, cerró los ojos para escuchar mejor los vítores del pueblo. De la más absoluta miseria había ascendido hasta lo más alto; de ser esclava, en Madrid, a convertirse en la reina de Murcia.
Sin embargo, un escalofrío de muerte recorrió su cuerpo al sentirse vigilada. Abrió de nuevo los ojos, buscando con la mirada la causa de su inquietud. Allá abajo sólo podía ver centenares de cuerpos arrebujados unos contra otros; hombres en busca de emociones fuertes, mujeres de dudosa reputación, como ella, y malandrines que hurgaban en los bolsillos ajenos con el fin de hacerse con un pequeño botín. No obstante allí, entre el gentío, había algo o alguien, que deseaba su mal por encima de todo. Fue un presentimiento que le nació del corazón. La sospecha de que algo terrible estaba a punto de suceder.
En aquel instante iban por el jardín de Santo Domingo, camino de la estrecha avenida denominada Trapería; la cual recibía su nombre gracias a los distintos comercios de telas que se alineaban a un lado y otro de la calle. Para entonces, su excitación se había dilatado y ahora sentía como la vigilaban unos ojos expectantes, anónimos entre la multitud que se aglomeraba a su alrededor. Y he aquí que vio a una mujer que gritaba, una vieja oronda y grasienta que formaba parte del grupo de sardineros que marchaban en primer lugar. Se quedó bastante sorprendida, pues aquella mujer era la viva imagen de la señora Carmen. Señalaba, sin dejar de reírse, las linternas de gas que colgaban de las farolas. Andrea la observó con interés, intentando averiguar el significado de aquel gesto. Luego volvió a mirar la estrecha callejuela. Y entonces comprendió lo que trataba de decirle.
Los responsables del evento no habían tenido en cuenta el poco margen que existía entre las linternas de gas de la calle y el decorado de cartón piedra de las carrozas. Tampoco ahora eran capaces de prever la tragedia, ya que estaban beodos como cubas y su único deseo era llegar lo antes posible a las proximidades del puente, para iniciar los fuegos de purificación. Al margen de la mujer, que desapareció de su campo de visión, Andrea fue la única en comprender que, de entrar allí, con lo amplios que eran los carruajes, corrían el riesgo de arder antes de tiempo. Lo sabía; por eso luchó violentamente por soltarse de la prisión que la mantenía inmovilizada a los brazos del sillón de Lucifer, gritándole a sus compañeros de parodia para que subiesen a quitarle las argollas. Pero nadie la escuchaba. Estaban pendientes de su fiesta particular.
Entonces ocurrió que su temor se hizo realidad: la llama del farolillo prendió en el costado derecho de la carroza y una lengua de fuego espeso ascendió con rapidez sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Los primeros en abandonar el carruaje fueron los mozos disfrazados de diablo, y lo hicieron llevados por el instinto de supervivencia. Desoyeron los gritos de desesperación de la pobre Andrea, la cual, al ver que nadie vendría a liberarla, trató de romper las cadenas con frenéticas sacudidas de sus brazos y su cuerpo al tiempo que lloraba de impotencia entre delirantes convulsiones. Los sardineros y demás personajes trataban inútilmente de sofocar las llamas con mantas y cubetas de agua proporcionadas por los vecinos en su afán por ayudar. Pero el delirio común impedía su trabajo y lo único que consiguieron fue chamuscarse la piel y ahogarse con la fumarada gris que desprendían la madera y el cartón.
Finalmente desistieron. Ya nada podían hacer por la joven que aullaba de dolor desde lo alto de la carroza.
Andrea sintió las caricias del fuego en su cuerpo al prender la capa y el sombrero. La sangre comenzó a hervir en sus venas de tal modo que, a los pocos segundos, sintió como le estallaban bajo la carne debido a la temperatura. En apenas unos segundos se vio envuelta por las llamas, y aunque quiso gritar le fue imposible debido a la cortina de humo que ahogaba y oprimía su garganta. Su única idea, en aquel instante, era que iba a morir abrasada sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Tras unos momentos de angustia y desesperación, le vino a la memoria las últimas palabras de doña Carmen, aquel juramento que la había acompañado durante tantos años:
”¡Arderás en el infierno... Arderás en el infierno!”, le pareció oír una voz en su cerebro.
Entonces, poco antes de morir, recordó el papel que estaba representando y el nombre de la carroza a la que iba esposada. Y he aquí que, finalmente, comprendió el significado de la espeluznante maldición lanzada por la vieja. La maldición resultó legítima al ser vulnerada la ley de Dios. En consecuencia, el eco de su crimen regresaba a ella para hacer justicia. Porque, aunque le resultara difícil de creer, lo cierto es que estaba ardiendo en «El infierno».
La primera vez que Eric soñó con Timoteo, le llamó la atención su perilla, larga, retorcida y de color negro tiznado. Era gordo, de rasgos caucásicos y siempre vestía el mismo kimono beige. Eric se preguntó alguna vez si no se cambiaría el kimono o si tenía muchos iguales, pero al fin y al cabo, qué más daba como vestía un sueño.
El nombre de Timoteo debió ponérselo por un personaje de tebeo de su infancia, que se llamaba igual y que era asombrosamente parecido a aquél tipo que desde ese día se empeñó en aparecer en sus sueños cada cierto tiempo, sin avisar ni pedir permiso.
Aquella primera vez estaba en una tienda de campaña, como la de un indio piel roja, con un pequeño tótem y una hoguerita afuera. Todo ello plantado en medio de un desierto de arena blanca, sin dunas ni una línea en el horizonte que cortase el cielo gris sin nubes. Parecía una obra de teatro sin público, lo cuál era bastante turbador.
—Llevas caminando desde que oíste la luz —dijo Timoteo en cuclillas atizando el fuego.
—¿Desde que oí la luz? No te entiendo... tengo sed —respondió Eric confundido.
—La buscas a ella.
Como una hoja dejándose llevar por un riachuelo serpenteante. Así hacía Eric que su dedo viajara desde el omoplato izquierdo de Claudia hasta la insinuación de su coxis.
El dedo se entrelazaba entre los bordes elásticos de las bragas sus bragas hasta que ella soltaba un gemidito que sólo era una queja fingida. Después dejaba que el dedo aventurero remontara el camino contracorriente, navegando sobre las vertientes de los costados hasta llegar de nuevo al omoplato que, echada Claudia boca abajo con su brazo flexionado, formaba un trampolín perfecto desde donde saltaba incauto al vacío.
Eric de buscaba pequeños lunares, manchas o curvaturas en la espalda de Claudia que le dijeran que era imperfecta, tan normal y mortal como él. Ella reía cuando le pedía que se mantuviera quieta para volver a pasar el dedo sin apenas tocar su piel, tan solo haciendo que el bello de la joven se crispara a su paso. Eric la observaba dormida durante horas y horas, y pensaba en que si Claudia le abandonaba, lo perdería todo.
Claudia sonreía constantemente. Nadie podría recordarla mucho después sin una sonrisa en los labios. Aunaba picardía y belleza, astucia y erotismo.
Tenían un olivo en el jardín de su casa, cerca de las montañas. Alrededor de éste, Eric tocaba el violín mientras ella bailaba con los perros. De estas sesiones tomaba Eric las palabras. Esas palabras le servían para elaborar los crucigramas que vendía a gran parte de los periódicos de Kosovo. De eso vivía Eric. Al moverse Claudia al ritmo del su violín, veía largos conjuntos de sílabas danzando a su alrededor, acompañándola.
Por donde pasaba el ondulado pelo negro y de brillos azulados de Claudia, Eric veía tildes, comas y guiones como un rastro de estrellas y burbujas de colores, como Lennon los veía en su Lucy in the sky with diamonds. Sus largas faldas, que brillaban con el sol, derramaban palabras que, al pronunciarlas Eric, le traían el sabor de la miel, el limón, la mantequilla y el aguacate.
Pronunciar su nombre era escuchar la melodía más bella jamás compuesta.
—Claudia —recitaba Eric ensoñado—. ¿A qué sabe tu nombre? ¿A qué huele? ¿Qué forma tiene tu nombre, Claudia? Quizá la de una estrella de mar en la falda de un peñasco, o puede que la de un crisantemo en el cabello de una niña. Claudia, Claudia. ¿Qué colores me regalas, Claudia? ¿Cuál es el secreto que me escondes, Claudia?
Y Claudia reía y se burlaba mientras Eric fingía enfadarse.
Turpin era amigo de Eric. Trabajaban juntos en el periódico. Escribía las esquelas y las necrológicas. En mesa de Turpin reposaban diariamente un buen montón de cartas que guardaban el nombre de un reciente fallecido. Turpin bromeaba:
—Imagina un día abrir una carta y ver tu propio nombre escrito. —Luego se reía, y lo hacía como lo haría un cerdo, pensaba Eric. Le gustaba empezar a leer el periódico por las esquelas que había escrito para la tirada de ese día y musitaba cosas como “excelente” o “cada día lo hago mejor”. Durante el almuerzo Turpin solía recrearse leyéndole alguna esquela a Eric:
—“Al participar a sus amistades tan dolorosa pérdida ruegan la tengan presente en sus oraciones y asistan al funeral "corpore insepulto" por el eterno descanso de su alma.” ¿No es maravilloso?
Eric asentía sin decir una palabra. Turpin era un buen hombre, a pesar de su peculiar sentido del humor. Era algo taciturno. No tenía esposa ni hijos, ni los quería tener, mentía. Un día después de cenar con Eric y Claudia bajo el olivo que estos tenían en su jardín, ella se alejó unos instantes a por un pastel que había preparado como postre. Turpin, de bigote abundante y calva incipiente, soltó un largo suspiro.
—Haría lo que fuera por tener una vida como la tuya. Una mujer tan especial debe estar al alcance de pocos. Algo grande hiciste en tu vida pasada, querido amigo.
Turpin había trabajado de sepulturero en Atenas, su ciudad natal. Se fue de su país por amor. Ella le abandonó al poco tiempo sin darle la oportunidad de preguntar por qué.
—Los muertos sí son buena gente —recordaba Turpin—. La gente hoy en día tendría mucho que aprender de ellos. Fíjate en las calaveras. Siempre sonrientes. Hoy en día casi tienes que encañonar a las personas para que te sonrían. Mi padre decía que las calaveras parecen reírse de los vivos porque ellas ya conocen el sentido de la vida.
Eric asentía divertido. La palabra vida tenía el color, el sabor y el olor de Claudia.
Los crucigramas encajaban como piezas de un puzzle. Eso es lo que eran de hecho, piezas de un puzzle. Pero el que jugaba a los crucigramas, jugaba a crear sus propias piezas. Las letras cambiaban rápidas y eléctricas en la mente del jugador, y aparecían sinónimos a la fuerza; palabras movibles, inexactas, escurridizas. Entonces la visión de una sola palabra, la correcta, surgía de la mezcolanza de todas las sensaciones anteriores y el jugador sentía una descarga de satisfacción proveniente de la misma glándula que nutre al sexo. El orgasmo del intelecto; puritano y disimulable. Eric escribía placer. Creaba placer. Preparaba el lecho para que el jugador y las palabras, como dos amantes, se unieran sinuosamente e hicieran el amor en una dulzura frenética e intelectual.
“Un crucigrama incompleto es como un coito sin orgasmo”. Solía pensar Eric.
Recordaba, no sin cierta sonroja, una ocasión a bordo de un avión, en el que veía al pasajero sentado delante suyo que rellenaba un crucigrama con aparente desapetencia. Lo dejó incompleto porque empezaba a cabecear. Cuando se durmió Eric estuvo apunto de gritarle y despertarle para que continuara. Sintió la tentación de robarle el crucigrama para completarlo por sí mismo.
Ese mismo avión le había traído de vuelta de Prístina. Había ido a visitar a su hermano Sasha, que ejercía de psicólogo en aquella ciudad.
—Se llama “sinestesia”—le dijo Sasha mientras tomaban café en un bar envuelto de humo de tabaco y música de acordeón.
—¿Cómo? —preguntó Eric sin entender.
—Eso que tienes desde pequeño. Recuerdo que decías que los gritos de padre te sabían a brócoli y que las nanas que madre cantaba eran de color turquesa.
Eric recordó el funeral de sus padres, muertos durante las revueltas albano-kosovares en el noventa y uno, y el sabor acre de los colores del luto.
—Es algo muy raro. Por lo general los enfermos de sinestesia ven sonidos, huelen los colores y saborean las formas. Pero tu sinestesia es distinta, tú vas mucho más allá.
—¿Enfermos? ¿Es una enfermedad? —exclamó Eric sobresaltado.
—Tranquilo, no morirás por ello —repuso Sasha sonriendo.
Eric no soportaría que Turpin recitara su esquela en el almuerzo y soltara su característica risa porcina.
Claudia esperaba un hijo. La noticia les llenó de felicidad como nunca nada lo había hecho. Si era niña le llamarían Naira, como la madre de ella. Si era un varón lo llamarían Darío. Este nombre lo propuso Eric y les gustó a ambos. Cuando Claudia le preguntó de dónde lo había sacado Eric vaciló unos instantes, desconcertado. “No lo recuerdo” musitó “quizá de un sueño”.