Opiniones
de los jueces
del Primer Certamen Literario
de la Academia
Norteamericana
de la Lengua Española
“Tanto el aspecto formal como la caracterización de personajes de «La vida pasajera» convencen al lector. La novela merece más de una lectura”.
– Rolando Hinojosa-Smith, novelista, ensayista y poeta, profesor de la Universidad de Texas en Austin.
«La vida pasajera» “es una excelente novela, con una sólida estructura y un estilo lleno de madurez literaria … Entre las varias virtudes que me llevaron a escogerla como ganadora se encuentran su hermosa narrativa poética y la virtud de hacer que el lector se inmiscuya en la trama desde el principio … «La vida pasajera» es una joyita literaria que merece ser premiada y ante todo leída”.
– Mariela Gutiérrez, directora y profesora del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Waterloo, Ontario, Canadá.
Es digno de admirar en «La vida pasajera» “el lenguaje del autor que tan bien sabe combinar la objetividad en la descripción de lugares y costumbres, tanto en el lugar de origen como en el de la inmigración, con la subjetividad creadora que potencia poéticamente sus descripciones.” El autor “penetra con sutileza y agudeza en los motivos psicológicos de los personajes, captando ese ritmo propio e irregular de la vida que novela y que con tanto sentido de verdad se palpa en esta ficción novelesca”.
– Víctor Fuentes, profesor emérito de la Universidad de California en Santa Bárbara, crítico literario y novelista.
La vida pasajera (novela)
V. M. Ramos
Edición digital a través de Smashwords
Copyright 2011 V. M. Ramos
Blog del autor: http://libroabierto.vmramos.com
Fotografía: Tamar Cedeño-Ramos
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A todos aquellos
cuyas vidas
tocaron la mía, aun sin saberlo,
incluso los que
se fueron,
por enseñarme que mi vida
no es realmente mía,
sino de todos.
La partida
El día que Graciela se fue la recogió un chofer sudado cuya epidermis era como la tierra mojada de algunos callejones. Era un hombre inflado que tenía el cuerpo fofo de un batracio común. Manejaba un minibús tembloroso del que salía un quejido insistente.
Tiró de la palanca de cambios con el desdén de un experto. Inclinó la redondez de su vientre hasta el guía y, mirando hacia las entrañas de la casa, golpeó el centro del volante, dos, tres veces.
Era hora de irse.
A ella le temblaban las manos al alcanzar a su padre con un abrazo. Olía a madera, como siempre olería en los depósitos de su memoria. Cuando estrechó el pecho de su madre, agujereado como el de ella, quiso hablar, pero no salió nada. A sus hermanas alcanzó a decirles, sin decírselo del todo, que las quería. “Cuídense mucho” fue todo lo que articuló. Igual a sus hermanos: “Pórtense bien”.
La bocina sonó otra vez, antes de que les dijera que les escribiría. El chofer descendió de su trono y le quitó la maleta, que arrojó sin pena sobre la parrilla. Antes de subirse, Graciela miró otra vez hacia la vida que dejaba. Lo que para ella quedó más vívido fue el amarillo canario de la camisa que vestía Tobías, el menor de los varones. Tras muchas lavadas, dos mudanzas, un incendio y el sudor seco del tiempo, lucía nueva. De hecho, toda la vida lucía nueva.
El itinerario del chofer la llevó a un recorrido por otras barriadas, haciéndola testigo de nuevas despedidas, pegajosas como la suya. En la hora y media del trayecto, el conductor no pronunció palabra, y los demás pasajeros charlaban demasiado con los rastrojos de sus últimas memorias como para relacionarse con las vidas ajenas. El chofer se estacionaba frente a las casas asignadas y tocaba su bocina otra vez. Exhalaba desinflándose, como si se le vaciara la paciencia. Se bajaba lentamente de su asiento, que también soltaba un lamento aéreo de entre su forro de cuero. Acomodaba las maletas, y, sin más enredos, reanudaba su ruedo. Dejaba que la radio emitiera cualquier merengue, como un tintineo que servía de fondo a la existencia.
***
Esto fue mucho antes. El cadáver yacía sobre una mesa rústica: una armadura de tablas disparejas que ocultaba el vacío de la casucha. Algunas mujeres de aquel paraje, iniciadas en los ritos de la muerte, procuraron una sábana blanca. Sobre ella pusieron aquellos huesos y pellejo que antes iban y venían– buscando agua del arroyo, llevando y trayendo ropas ajenas, restregándolas entre sus dos puños, gastados de guayar yucas y ajuntar fogones. Un par de hombres, uno de ellos con sus extremidades desnudas al sol del mediodía, juntaban unos maderos descoloridos sobre la tierra aplastada del patio, y los aserruchaban.
A diferencia de los vivos, la muerta era feliz. Sus brazos y piernas se distendían y sus manos, de dedos suavemente encorvados, descansaban. Todavía vestía la falda de cuadritos blancos y azules, ya borrosos, y la blusa marrón que la acompañaron por años.
En su rostro demacrado Ramona casi veía la sonrisa desdentada que era la evidencia personal de un sufrimiento más antiguo y profundo que el que las lágrimas suelen expresar. Su segunda madrastra, que la trató con la brusquedad amorosa que era de esperarse solamente de una madre, murió. Pero con ella no murieron sus penas.
Siempre estaba enferma. Sobre todo en las noches en que los dolores abdominales la hacían retorcerse en la oscuridad. Pero nadie supo exactamente qué tenía. El último curandero que la vio aseguró que le cayó “un mal”, y todos concluyeron que fue seguramente la primera madrastra, la que se marchó una tarde sin avisar, quien se lo echó. Pero el ensalmo solamente la alivió y los dolores regresaron un par de noches después, con mayor intensidad. Murió.
Esa mañana sirvió café a todos, y puso el suyo en un jarro tiznado del que no llegó a bebérselo. La vieron acostarse en la hamaca de saco duro y cerrar los ojos sin decir nada. La vida se le salió de adentro con la misma falta de solemnidad con que llegó cuando nació, diminuta, por esas mismas tierras donde ella afanó, como todos los demás, para ganarse cada día de su existencia.
Los primeros campesinos de Damajagua Adentro que le precedieron eran gente de madera que llegaron a esos lados de la sierra después de subir y bajar lomas, cruzar cañadas y reposar en valles en busca de las zonas más tupidas de los picos para tumbar los árboles, pelar sus ramas y vender la carne compacta de sus troncos a precio de miseria. Los hombres se iniciaron en la aserrada para suplir las necesidades domésticas y terminaron sirviéndole a agentes exportadores, que subían las cargas en camiones hasta dos veces por semana.
Cuando los compradores se fueron, después de unos tres años de desafío abierto a las autoridades de foresta, los aserradores cansados que se quedaron en las faldas de las lomas y en los pequeños valles se encontraron sobre un suelo amarillo y empolvado, donde sobrevivía la vegetación que no tenía valor comercial. En ese mundo de lagartos de pieles resecas, perros hueveros y vacas enflaquecidas surgieron las pequeñas comarcas que sobrevivían a fuerza de tubérculos y del conocimiento ancestral que heredaron de esas tierras lampiñas.
A pesar del sol ardiente que hacía que el mundo transpirara desde antes del mediodía y hasta bien entrada la tarde, los conucos sin sombra de la región tenían dos virtudes: estaban llenos de yerba mala y descargaban todo su veneno en la gestación de numerosos manojos de yuca amarga. La yerba era buena para los herbívoros, y los humanos aprendieron a vivir con el resentimiento de la tierra.
Los hombres, usualmente con la ayuda de sus hijos, sembraban las yucas en hileras, después de trabajar con pico, pala y azada para allanar las laderas deformes y desentumir sus caparazones empedrados. Mientras se daba el cultivo, los aserradores viajaban a otros lugares, donde todavía quedaban árboles de tumbar, para ayudar en la tala despiadada del bosque tropical. Las mujeres se quedaban atrás con los hijos y la escasez, endeudándose con los pocos comerciantes que vendían cualquier alimento al detalle. Una rueda de salchichón, de unas cuantas onzas, se repartía con varios pedazos de pan sobado y ahí estaba la cena. Algunas batatas secas engañaban el hambre. El jarro ocasional de leche espumosa, acabado de exprimir de alguna vaca, constituía un manjar celestial. A la hora de la cosecha todos trabajaban, desenterrando las raíces y volviendo a lastimar así las llagas de la tierra, y de sus propias manos. La yuca, de cáscara roja y púrpura, no servía para el consumo. Podía con su amarga hiel de cianuro matar hasta a los animales más grandes que masticaran algún trozo desechado durante la cosecha.
Esa negación de la naturaleza a cooperar no vencía las ganas que eran la marca de la especie. Las mujeres ponían los rabos de yuca al sol, cubiertos por manteles de soga que amarraban con cabuyas, y los hombres subían sobre ellos peñones sacados de los ríos, que apenas levantaban entre dos o tres. El peso de la gravedad y de las rocas afiladas hacía que las yucas excretaran su veneno hasta la última gota. Después, las mismas mujeres guayaban los trozos pelados hasta que quedaban con una pulpa harinosa y desabrida que ellas aplastaban y moldeaban sobre hornos de barro calcinado. El resultado, después de tostarse los rostros con el resplandor de la leña quemada, era el casabe duro y reseco que suplementaba las comidas y se vendía por tortas redondas y rebanadas triangulares en el mercado del pueblo y las calles de la ciudad.
Ramona pertenecía a esa progenie. Era la segunda hija de Fernando Rodríguez, un aserrador al que le gustaba fumar su tabaco en pipa y que prefería el café fuerte y amargo tres veces al día. Su madre murió de parto, con la que hubiera sido la quinta hija de la pareja, cuando ella tenía unos siete años. El viudo, que combatía su precariedad con la venta de casabe, buscó una y otra mujer y regó su semilla por todos los parajes cercanos. Mudó a la primera madrastra, una mujercita diez años menor que él que era la envidia de los demás aserradores, a ocho meses de haber muerto su esposa.
Margarita Jimenez, como se llamaba, tenía lo que tienen todas las mujeres, pero distribuido proporcionalmente, y estaba marcada por una salud física prodigiosa, que, según él luego descubrió, no se correspondía con su mentalidad enflaquecida. Hablaba sola, casi todo el día, y a veces se despertaba en la madrugada pegando gritos y tirándole objetos a alguna sombra imaginaria. Su locura culminó cuando desarrolló la costumbre de desnudarse para hacer los oficios, y a veces se iba al arroyo, a buscar una cubeta de agua, con sus mamas expuestas al sol de la tarde. No le valía que él se quejara, porque ella decía que Dios mismo hizo a las criaturas de la tierra sin trapos sobre la piel, y que era un pecado ponerse ropa en un paraje donde siempre hacía un calor maldito.
Si bien era cierto que la densidad humana de Damajagua Adentro era mínima, y que los hombres salían con el sol del alba a ganarse la comida del día, pronto se regó la voz de aquella beldad desnuda, que se agachaba a guayar las yucas como llegó al mundo. Al padre de Ramona no le hubiera molestado tanto aquella particularidad, de no haber sido porque empezó a ver sombras moviéndose entre las ramas, que exacerbaban aun más la locura de su mujer. Ella decía que eran los espíritus inmateriales, pero él muy bien sabía que eran seres tan sólidos como el puñetazo que él mismo le pegó a uno de ellos. Lo encontró espiando a su mujer mientras ella descargaba su vientre con la puerta de la letrina abierta. El hombre corrió atolondrado y se deslizó por un barranco para evitar otras contusiones. Lo vieron a la entrada del pueblo de San José de las Matas, con los brazos arañados por las espinas y el ojo izquierdo amoratado. El incidente hizo que se propagara aún más la noticia de que en esos montes una mujer lucía sus gracias para la dicha de los mayores y la educación de los pequeños. Los árboles que rodeaban el terreno se fueron llenando de hombres y al padre de Ramona no le quedaba nada que hacer. Un día, pensando que eso mataría de celos a los espectadores y le daría a él su justa venganza contra la desobediencia de su mujer, trancó a las cuatro crías en la casucha, se quitó la ropa él mismo y violó a la Margarita desnuda en medio del patio.
En toda la región se supo de la mancha anaranjada que Fernando tenía en la nalga derecha, supuestamente el antojo insatisfecho que tuvo su mamá por desear una auyama cuando estaba embarazada. A cuenta de eso, Fernando casi mató a un adolescente que se rió de él cuando pasaba por la plaza de las Matas y vociferó con vocación de platanero ambulante que “el hombre de la mancha” estaba en el pueblo. Le quitaron al adolescente de abajo cuando sus pulmones estaban a punto de colapsar, porque lo ahorcaba. El caso llegó al alguacil y juez de esos campos, un campesino que nunca se afeitaba y cargaba una chata de ron en el bolsillo trasero del pantalón. En vez de imponer días de cárcel o alguna otra pena al desgraciado marido, el hombre le regaló un cinturón de cuero, le ordenó que fuera a la casa y que le diera “una pela a calzón quitao” a su mujer, culpable de tanta conmoción. Fernando no pensaba acatar la orden, pero cuando llegó al monte donde estaba su casa encontró a su hija, Ramona, también en pelotas, ayudándole a su madrastra a barrer el patio. Las persiguió a las dos por entre los matorrales, ajustándoles correazos cada vez que las alcanzaba. Cuando regresaron a la casa las acabó de arreglar, amarrándole las manos y pies y sentándolas desnudas sobre un hormiguero. Se les hincharon los labios vaginales, aunque no por las hormigas de tierra que eran inofensivas, sino por la aridez del suelo donde las puso. Las dos se pusieron vestidos y decidieron no volver a desnudarse jamás. Margarita ni siquiera se quitó la bata de dormir cuando Fernando se le acercó erguido unas noches después, quemándose con el fervor que le hacía dichoso en la cama.
Ella se fue un martes en la tarde y no se volvió a oir de su paradero hasta unos siete meses después, cuando alguien puso un anuncio anónimo en el programa de servicios públicos de Radio Norte, la única emisora de frecuencia estable en aquella zona de lomas disparejas. Dijo el locutor, de voz congestionada, que “Margarita Jimenez dio a luz al fruto de una violación, la niña Noelia, hija del señor Fernando Rodríguez de Damajagua Adentro, impune ante la ley, pero pendiente del juicio de Dios, que a todos nos cae”.
***
Afuera, los hombres clavaban.
Primero tres tablas, después otras tres, unidas a esas por un injerto de madera, crucificado entre la intersección de ambas, y, poco a poco, el conjunto tomaba la forma diamantina de un féretro para un cuerpo delgado. Una caja de muertos.
La pusieron al sol, a ver si la madera resistía sin rajarse, y prepararon la tapa, del mismo contorno que el resto de la caja. El hombre descamisado que la terminó se sentó bajo la sombra insignificante de un árbol de pocas hojas, goteando el sudor. Se quitó la gorra, exponiendo un cabello negro y resbaloso, y miró al cielo que se asomaba más allá de los cohollos. Se dio cuenta de que Ramona, de entonces unos catorce años, lo miraba por la ventana como si estudiara su espécimen. Tomó la camisa, que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón y se la puso. La dejó desabotonada.
–Niña –le dijo–, no se preocupe, que su mamá se fue al cielo.
El hombre sudado apuntó a un conjunto de cirros lejanos y le dijo que los mirara, que las nubes estaban rizadas, y que eso se debía a que los ángeles pusieron una escalera hacia el otro mundo.
En eso, un jovencito llegó en burro, con un vestido blanco que el padre de Ramona encargó por algunas monedas, según se lo pidieron las mujeres que en ese momento rezaban la Salve con mucha convicción, A Ti suplicamos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Una de ellas, de mirada larga como los años, tomó la vestimenta. La sujetó de las hombreras y, extendiendo sus brazos hacia arriba, dejó colgar el vestido para ver cuán largo era. Hizo gesto de aprobación y, exhibiendo una delicadeza admirable, lo sobrepuso sobre el cuerpo de la muerta.
Ramona volvió su atención hacia adentro y vio la chancleta vieja, cosida una y otra vez por los dedos largos de su madrastra, que todavía colgaba del dedo gordo de su pie derecho. En el atuendo blanco se reflejaba la luz vespertina, y Ramona se imaginó a la mujer caminando por entre la sierra, vestida con él. Pensó que de seguro no le gustaría tanto resplandor.
Fue en ese mismo reflejo disperso del sol, que rebotaba de aquel vestido y de la sábana que cubría la mesa, que Ramona advirtió una sombra inhumana entre el calor que los cocía a todos. Salía de entre las hebras desteñidas del pelo de la muerta, sujetado todavía por un moño que le servía de almohada.
Era una mancha que se desbarataba, harta de la sangre vieja y estéril que ahora era sustancia venenosa, y se regaba sobre la sábana blanca, buscando otro anfitrión, como la vida que horas atrás se marchó.
Eran los piojos que, llevados por el instinto, huían de aquel cuerpo.
II
Las brisas del camino se hicieron fluidas y saladas poco antes de llegar. El hombre sapo desmontó el equipaje en el aeropuerto, con la misma impaciencia mecánica con que se condujo desde un principio, mientras el merenguero de la radio profesaba sobre la arbitrariedad de las cosas: Mi amigo Vicente, esto hay que contarlo; mi amigo Vicente, esto hay que contarlo; el tabaco es fuerte, pero hay que fumarlo; el tabaco es fuerte, pero hay que fumarlo.
Graciela abordó el fuselaje brilloso y cilíndrico del avión a eso del mediodía. Antes, traspasó el desorden de vientos, todavía espumosos, que salían del Atlántico y se perdían en la pista. Las últimas impresiones se le ahogaron entre el caleidoscopio acuático de las lágrimas, disueltas sobre la curva ovalada de su rostro. Pensó en su familia, en los sufrimientos idos, en las cosas por venir y la incertidumbre se le diluyó. Mientras las turbinas se encarnizaban ruidosas contra el viento y la gravedad, una voz femenina revivió los altavoces con su calma robótica. Dio la bienvenida al vuelo sin escala, anunciando el aterrizaje para unas tres horas después. Las condiciones del tiempo serían buenas, con cielos mayormente despejados y unos ochenticinco grados farenheit en el Parque Central. Gracias por volar con American Airlines.
Graciela miró sus sueños por la ventanilla, y la leche descremada de las nubes en erupción, y la masa aparentemente inerte de un mar acolchonado– percatándose de que el cielo no era ninguna tierra angelical, sino evidencia de la grandeza del mundo. Las nubes por arriba eran igual que por debajo, y por dentro una nada blanca que sacudía al avión. Entre los grandes boquetes de azul se veían sus sombras, como manchas profundas en la piel del planeta. No muy lejos de la costa, bamboleaba uno que otro barco precario. Mar adentro solamente era la masa reverberante del agua. Hasta que no hubo sino recuerdos. El avión descendió vertiginosamente entre nubes más vaporosas y pasajeras, y se encontró de repente sobre el complejo circuito que era la ciudad. El roce con el pavimento raspado fue eléctrico e inesperado. Los demás aplaudieron con manos nerviosas que gritaban ¡tierra! ¡ya llegamos! ¡estamos vivos! ¡Nueva York! ¡Nuevayor!
En tierra, Graciela verificó nuevamente la corta estatura de su marido que la abrazó en la explanada de la terminal. El zumbido de voces lo turbaba todo. A primera vista, desde el taxi amarillo que abordaron, Nueva York se desnudaba como una serie de luces, calles asfaltadas, estructuras de ladrillo y aceras grisáceas, que no eran más que la repetición incesante de cualquier ciudad pequeña.
Su opinión cambió, de repente, cuando el taxi cruzó uno de los grandes armazones metálicos que servían de puentes.
Quedó expuesta, sin aviso, al gran abismo que se daba entre una orilla y la otra. Toda la complejidad de la ciudad, dispareja, puntiaguda, ruidosa, exagerada, arriesgada, indiferente, dolorosa, preciosa y espantosa a la vez, se concretó en esa vista de edificios desproporcionados, envueltos asimismos en la neblina sucia de sus propias exhalaciones. Graciela vio las siluetas cortantes que, más allá del Río del Este, se alzaban hasta el cielo de su propia aspiración: Igual que sucedía con ella y con todos los seres humanos que sueñan. Rogelio le dijo que esa visión, hirviente y húmeda en aquel sol de agosto, era el Manhattan donde vivirían. Ella le apretó las manos y sonrió.
Hay pocas cosas como encontrarse por vez primera frente a un edificio y mirar hacia arriba, descubrir en sus bordes, en sus dimensiones y su altura las proporciones del ser humano, cuyas invenciones le superan, le empequeñecen, le agobian, le limitan y le definen. Graciela se sintió diminuta. Algo resonó dentro de su caja craneal. En las sombras vespertinas que cubrían la Eldridge Street le asaltó la incertidumbre de encontrarse en un laberinto sin salidas.
Todavía así, con las nostalgias que por instantes le aturdían, se entregó de una vez a la convicción de que las dimensiones de Nueva York importaban, y como consecuencia ella importaba.
***
Se entregó esa misma noche. Con cada apertura de su cuerpo se daba a la ciudad y a su nueva vida. Sudorosa, se hundió con los sueños, aliviada tal vez de posponer cualquier pena y recuerdo hasta otro día.
Despertó la mañana siguiente con la extrañeza de ser otra, o de querer serlo. La luz metálica que se filtró por las rendijas de una persiana veneciana le cegó las pupilas dilatadas. Percibió a su lado la presencia pesada de Rogelio, que exhalaba un aire caliente cerca de sus orejas, y notó el cielo raso, de terminación rústica.
Un blanco cremoso inundaba todas las superficies. Las paredes estaban peladas, a excepción de un calendario torcido cerca de la puerta. Desde su superficie brillosa le sonreía de medio lado una mujer rubia y alta, en traje de baño azul ceñido a las contorsiones de sus caderas. Bajo la foto había una inscripción, que Graciela leyó al acercarse. Alegría tropical, decía, y en letras más cuadradas y grandes se anunciaba con su dirección y teléfono la bodega de Broome Street. Sacó el afiche de la pared y desengrapó el librillo que tenía las fechas y las fases de la luna para retenerlo. El resto fue a la basura.
Organizaba los pocos utensilios de cocina que tenían cuando Rogelio se levantó, mientras el café hervía en una greca cuya forma poligonal semejaba el vestido tachonado de una mujer de cintura angosta. Desde esa misma mañana, con la impulsividad obsesiva que desarrolló en sus años de sirvienta, Graciela organizó y aseó fielmente los espacios y objetos de la vida diaria, como si con ello desterrara todos los males. Al apartamento, que antes fue una colección al azar de objetos dispares, lo domó con su espíritu afanoso, convirtiéndolo en un santuario donde la luz rebotaba del limpio de las paredes y el piso de linoleo gris.
Ocupaban un espacio de formas rectangulares, encaramados en el quinto piso de un edificio de seis niveles, sobre esa callejuela estrecha del bajo Manhattan. Eran unas ocho cuadras de estructuras pegadas que, a ambos extremos, tocaban las fronteras imaginarias entre dos vecindarios, ocupados por distintas etnias, una china y la otra italiana.
Rogelio le contó que obtuvo el apartamento sin mucho esfuerzo, porque vivió por un par de años con su hermana mayor, que ocupaba otro en ese mismo piso, al extremo opuesto de un estrecho pasillo. Aunque tenía dos cuartos de dormir, que era más de lo que necesitaban, él lo rentó en cuanto lo desocupó un viudo irlandés que se fue, como suele suceder en las megalópolis, sin que nadie supiera adónde ni por qué.
La mudanza de Rogelio fue cuestión sencilla. Bastó con que cruzara el pasillo varias veces, cargando sus escasas pertenencias. En los cinco meses que esperó a que se concediera la visa, él equipó el apartamento con una cama más grande que la suya, algunos utensilios de cocina regalados y otros comprados: una mesa de formica, unos muebles usados y unas cortinas que su hermana cosió lentamente. Las persianas venecianas las dejó el inquilino anterior y Rogelio las limpió. El calendario fue cortesía del bodeguero.
La única otra persona que recibió a Graciela fue su cuñada Minerva, una mujer de conversar pausado y movimientos lentos que nunca pronunciaba la ese. No estaba claro si era porque no sabía llevar la lengua al paladar y dejar que los pulmones expelieran un soplo o si era que sufría de algún entumecimiento en la lengua. Ni mucho menos si se negaba a hacerlo porque pensaba que el siseo era alguna manifestación pecaminosa del habla humana. Lo cierto es que articulaba varias fonemas como si fueran zetas españolas. Eso no le quitaba que hablara de manera imparable, mayormente sobre asuntos de importancia circunstancial. Se retorcía de sorpresa ante cualquier declaración insulsa, llevándose la palma izquierda al cachete. Ay Dioz mío, decía.
Hacía años que Minerva vivía del gobierno. Los cheques llegaban puntualmente al final de cada mes, así como los cupones que canjeaba por alimentos para sí misma, para su niña y para el cónyuge, que en los papeles no existía. Le dijo a la trabajadora social que su marido desapareció desde el día en que nació su niña, y ganó más dinero sin hacer nada que lo que hacía cuando cosía forros para almohadas.
Minerva se llevó a Graciela por los distritos comerciales. Entraban de tienda en tienda, a ver si había trabajo, y durante esos recorridos Minerva aprovechaba para impartirle las instrucciones básicas para sobrevivir en Nueva York. Le explicó a Graciela la diferencia entre uptown y downtown, los substitutos de Manhattan para las coordenadas norte y sur, y le resumió de gratis sus impresiones –mayormente equivocadas– de los demás condados neoyorquinos. El Bronx era una tierra de nadie más al norte. Brooklyn era donde vivían los morenos. Queens estaba lleno de cementerios. Staten Island era como si no existiera.
Juntas, exploraron las zonas comerciales de Delancey, Broadway, la Catorce, la Treinticuatro y la Cuarentidós, el punto más alto de Manhattan al que llegaba Minerva– porque decía que entre esas calles había todo lo necesario para vivir.
Aunque Minerva prefería los buses, instruyó a Graciela sobre la etiqueta necesaria para usar el sistema de trenes. Le dijo que nunca se parara en las orillas de las plataformas, porque había locos que empujaban gente a los rieles. Había que cuidarse de los desamparados, porque eran ladrones. No se podía mirar a la gente a los ojos, aunque uno estuviera sentado frente a ellos en cualquier vagón, porque salían con alguna grosería. Le explicó el lío de las diferentes líneas de tren con sus paradas expresas y locales. Además, Minerva le enseñó a excusarse y a dar las gracias en inglés, porque a los gringos le gustaba eso, y con I’m sorry y Excuse me se les compraba. Ese era, por lo menos, el Nueva York que Minerva habitaba.
Anduvieron casi todas las factorías de LaFayette y Broadway, hasta que unos hasídicos contrataron a Graciela. La entrenaron a bordar a máquina sobre unos cubrecamas. Graciela repetiría los mismos patrones ocho horas al día, sin pensar en nada. Y allí comenzó, sospechosa de sus jefes barbudos, de cabellos ensortijados y ropas mortuorias. Juzgaba que poseían algún secreto de naturaleza sagrada.
***
A diferencia de su hermana, Rogelio articulaba todos los fonemas, pero muchas veces no se entendía lo que decía porque hablaba demasiado rápido. Cuando se excitaba con algún tema gagueaba y expresaba sus opiniones de manera brusca, aunque solamente lo hacía por impresionar. Si alguien lo contradecía, inmediatamente cambiaba de opinión y terminaba los pensamientos de sus congéneres para expresar que estaba de acuerdo con ellos también. Aquel deseo de moldearse al carácter de los demás, y de ganarse así el compañerismo de las gentes, hacía que descontaran lo que decía. Él se movía, sin darse cuenta, de una opinión a la otra, para expresar enérgicamente cómo estaba de acuerdo con todo.
Rogelio tenía sus particularidades, sobre todo con la comida. Quería los mismos alimentos todos los días y más o menos a la misma hora. No le gustaba el arroz pegoteado ni las habichuelas aguadas y mucho menos la carne grasosa. Le pedía a Graciela que cocinara el arroz bien graneado y que sus habichuelas contuvieran tan solo el agua y condimentos suficientes para que fueran cremosas. Quería la carne de vaca sin huesos, salada y asada hasta que obtuviera un color oscuro. A los muslos de pollo, que eran la única parte del animal que consumía, había que quitarles todos los cueros. Además, tenía un vicio. Fumaba al levantarse y después de la cena.
Todas las mañanas se despertaba a la siete y cuarentitrés de la mañana sin necesidad del reloj. Su cerebro enviaba una descarga nerviosa por las redes de la espalda, sacándolo del estupor para que tomara su primera dosis de intoxicación. Al abrir los ojos, Rogelio se esforzaba en recordar quién era y en qué episodio de la vida se encontraba cuando se lo tragó la noche anterior. Su amnesia no se debía a algún estado de relajación, sino que al abrirse las puertas del nuevo día todos los pensamientos salían de golpe y se atascaban en el punto divisorio entre la fantasía y la realidad. El humo, extraido y soplado, que inhalaba acto seguido, sentado sobre la taza del inodoro, atolondraba algunas ideas y le dejaba el intelecto necesario para saber que ese día simplemente haría lo mismo que todos los días.
Afuera, Nueva York era la misma. Se le oía como un gran murmullo, a veces como un soplo que rugía y otras como el aullido lejano de un animal hambriento. Pero era un algo anónimo; vibración nada más.
Aunque el cigarrillo lo despertaba, los ojos saltarines de Rogelio lo mostraban en continuo desvelo. Tal vez por eso, Graciela le daba más café de lo conveniente antes de que se vistiera para trabajar. Ambos salían a las ocho y media de la mañana. Ella iba hacia el oeste, contrapuesta a la tibieza del sol. Rogelio caminaba hacia el norte y se internaba en las calles espesas hacia la parte más céntrica de Manhattan. Se despedían en el vestíbulo del edificio y se unían al chorro de cuerpos que desfilaban casi en formación hacia el inicio de sus labores. Un, dos; un, dos; un, dos. Cada cual iba también por los senderos de sus pensamientos, a veces sin darse cuenta de la realidad compartida.
Rogelio vivía bien en ese mundo. En el trabajo botaba las sobras que quedaban en los platos. Los enjuagaba y restregaba uno por uno, mientras viajaba por la superficie de los pensamientos. Su sueño era hacerse rico, pero no trabajando. Se veía con la boleta premiada de la lotería, quizás por un millón o más. Iría a la agencia de viajes y compraría boletos de ida para él y Graciela, para su hermana, para el cuñado, para su sobrina. Les repartiría una buena suma a cada uno y con lo que quedara compraría un terreno grande y construiría una casa con muchos cuartos, para recibir a familiares y amigos y tener muchos hijos.
El chorro de agua, insistente y disparejo, lo sacaba por ratos de sus pensamientos. Contaba el número de platos que quedaban por lavar, miraba la hora y volvía a perderse en sí mismo. Solamente cuando llegaba el segundo lavaplatos, un par de horas antes de que apareciera la clientela que salía de sus trabajos, salía Rogelio de su divagar. Su compañero de oficio era un hombre de brazos largos y rostro enjuto que tenía demasiados cartílagos en las orejas. Sus oídos parecían dos pedazos de carne chamuscada que alguien pegó a ambos lados de la cara; sus lóbulos auriculares, dos tajos replegados que pendían suspensos.
Rodríguez, le decían.
Era un hombre de costa que en su juventud se dedicó a la pesca de mariscos. Conocía las distintas especies de crustáceos y moluscos que se daban en las aguas tibias, batiéndose bajo el calor implacable del trópico. Entonces, se guiaba por un sexto, séptimo u octavo sentido entre los recovecos del agua dulce donde las peñas ocultaban a los animales de mejores cachos. Vivió de los tegumentos crujientes de cangrejos y langostas y de la blandura resbalosa de los ostiones y otras mucosidades marinas, hasta que el aumento de la competencia mermó las ganancias. Su conocimiento de caparazones y la ligereza de sus dedos para escurrirse entre las tenazas dentadas de los cangrejos le servían de poco en el fregadero del restaurante italiano.
Con él, Rogelio compartió su otro sueño, un deseo de paternidad que él figuraba como un paso necesario hacia la dicha. Rodríguez le preguntó por qué quería tener hijos. Rogelio, por primera vez, consideró esa pregunta. No lo sabía. Pero de todas maneras contestó lo que se esperaba, que los niños eran la alegría de una casa. El otro le dijo que en el mar algunos animales se comen a sus crías. Rogelio, horrorizado, aseguró que daría la vida por una criatura suya.
–Quiéralo o no, uno da la vida– le dijo Rodríguez.
***
Vista desde adentro, Nueva York era un desorden de formas geométricas y calles estrechas que no llevaban a ningún lugar en particular. El paisaje era una sucesión de siluetas marrones, grisáceas y oscuras que se resistían a armonizar entre sí. Cada forma, cada muro, cada acera, cada letrero, cada edificio, reclamaba su individualidad y la pregonaba al mundo. Nueva York, más que todo, era en sí misma un mundo de muchos niveles que se habitaba sin estar consciente de ello.
Las calles no eran más que eso, líneas uniformes de espacio común por las que iba y venía la gente, indiferente a sí misma. Se dividían en avenidas, bulevares, lugares, caminos, callejones, plazas, vías, carreteras. En los distritos comerciales se desparramaban como canales de asfalto, perfectamente delineados para mover cuerpos de este a oeste, de norte a sur, y viceversa. En sus orillas las encausaban bordillos, reenforzados en las esquinas con armaduras de acero, curveadas sin compasión por las maquinarias de los herreros modernos para disminuir el deterioro del tiempo. Las calles de doble vía estaban rebanadas medio a medio por dos rayas amarillas, designándolas como conductos de ida y vuelta, igual que la vida. Las rayas blancas eran guías, a veces concisas y a veces intermitentes, para compartir el espacio con otros que iban en la misma dirección, o para marcar los espacios de los transeúntes apurados, que se desmontaban de la seguridad de las aceras con cada cambio de luz.
A ambos lados, las cunetas acumulaban algunos desechos, empujados a los márgenes por las ruedas de los carros y los pies de las gentes, y cargaban los líquidos que navegaban perdidos por las superficies impermeables, antes de hundirse entre el reino subterráneo de las cloacas. A las calles más transitadas todas las mañanas las recorrían vehículos barredores, rozándoles con sus escobillas circulares y de largas briznas sintéticas. En las zonas residenciales ese agitar del polvo urbano, que sustituía al aseo, se daba una o dos veces por semana. A la vez, un ejército de hombres blancos, marrones y negros salía con el alba, vistiendo mamelucos anaranjados, y recogía una por una las bolsas negras que contenían la podredumbre de la ciudad. Vaciaban también los canastos de desecho público que se rebozaban de desperdicio, y cargaban los muebles y útiles descartados frente a los edificios. Todo iba a los vientres de camiones que comprimían y masticaban la basura, convirtiéndola en una masa compacta, húmeda y maloliente. La carga se regaba por los predios de la urbe, y viajaba también a otras regiones menos pobladas, donde en ocasiones se le enterraba, en otras se trituraba, hasta volverse un polvo, y en otras se calcinaba. Otros depositorios eran montañas de basura, que cubiertas por unas capa de tierra y grama engañaban la vista. Por las aguas de las cloacas y los ríos de desperdicios industriales se iba el resto de la mierda líquida que expelía Nueva York. Las aceras eran porosas y duras, a veces grises, en otras ocasiones pardas, pero mayormente eran una mezcla petrificada y brillosa de arena, cal, argamasa, cemento y piedrecitas brillosas que no se sumían en un simple color. Se extendían por todas las calles, llenando el paisaje de su aridez y eficiencia, e interrumpiéndose a veces para el surgimiento de un tallo de dudoso verdor, permitido más por fines estéticos que prácticos.
III
El traje de bodas lo conformaban encajes, minuciosamente entrelazados como las redes del destino. Aunque no lo diseñaron expresamente para ella, ni se le concedió permiso para hacer alteraciones a la costura original, el vestido largo se ajustó al cuerpo esbelto de Graciela. A diferencia de las damas que lo portaron antes para deslumbrar a la alta sociedad de Santiago de los Caballeros, ella no tuvo que someterse a algún régimen de dieta y ejercicios para entrar forzosamente en su simetría europea, concebida un siglo atrás para una mujer de mentalidad aristocrática y envoltura cadavérica.