Excerpt for Rapa Nui. El ombligo del mundo. by Gonzalo Arteaga Manieu, available in its entirety at Smashwords



Rapa Nui

El ombligo del mundo


Gonzalo Arteaga Manieu



Published by Gonzalo Arteaga Manieu at Smashwords

Copyright 2011 Gonzalo Arteaga Manieu

ISBN 978-9929-40-181-5



Smashwords Edition, License Notes

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Tabla de Contenidos

Personajes

Mapa de la isla

Principales lugares de la isla

Tahi (Uno)

Rua (Dos)

Toru (Tres)

Ha (Cuatro)

Rima (Cinco)

Ono (Seis)

Hitu (Siete)

Varu (Ocho)

Iva (Nueve)

Anahuru (Diez)

Extras

Sinopsis

Números en Rapa Nui

Mini vocabulario Rapa Nui/Español

Rapa Nui en Google Maps

Sobre el autor

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Personajes



Ana Kena: Niña rapanui, hija de Aku.

Aku: Padre de Ana Kena, representante del espíritu de la isla.

Paro: Moai gigante.

Turi: Amigo de Ana Kena.

Hetu: Caballo de Ana Kena que galopa como el cometa.

Ivi Atua: Sabio, sacerdote, el único que puede ver y atender al Tangata Matu u hombre-pájaro.

Ao Nui: Representante de la noche, líder de los Tangata Ana.

Tangata Ana: Hombres de las cavernas, seguidores de Ao Nui.

Tangata Rongo Rongo: Único experto capaz de leer las tablas parlantes o Rongo Rongo.



Mapa de la isla




Principales lugares de la isla



Los tres volcanes: Poike; Rano Kau; y Terevaka.

Volcán Ranu Raraku: Cantera donde se esculpen los moai y donde vive el Tangata Matu luego de ser elegido líder.

Orongo: Lugar ceremonial donde comienza la competencia de los Tangata Matu u hombre-pájaro.

Motu Nui: Isla pequeña donde anida el Manutara.

Terevaka: Guarida de los Tangata Ana, bajo las cuevas.

Hanga Roa: Aldea donde vive Ana Kena.



Tahi (Uno)



En medio del océano pacífico, a miles de kilómetros de otra isla o algún continente, existe la isla de Rapa Nui. Por su ubicación, también se le conoce como el ombligo del mundo. La isla tiene varios volcanes, pero lo que más la distingue son unas enormes figuras de piedra talladas por los mismos isleños durante años, llamadas moai, ubicadas en sitios ceremoniales y estratégicos, especialmente en las costas y las playas, como eternos vigilantes y protectores. Los habitantes de Rapa Nui se llaman rapanui y hablan el idioma rapanui. Sus pobladores se dividen en varias tribus, pero todos conforman el huai, es decir la gran familia. Cada tribu vive en diferentes puntos de la isla, pero la aldea más importante se llama Hanga Roa. Allí vive Ana Kena, una niña de diez años que ama su isla, los moais y la fauna marina. Ella no lo sabe, ni nadie en la isla, pero será protagonista de una de las historias más asombrosas que jamás se haya contado.

Todos los habitantes de Rapa Nui se preparaban con alegría y entusiasmo para la elección del Tangata Manu, el hombre-pájaro, que se convertiría en el líder de la isla durante todo un año.

Ana Kena era una de las más entusiastas porque su padre, Aku, participaría en la extraordinaria competencia para conseguir el primer huevo del Manutara, lo que le permitiría convertirse en el líder de la isla y representante del su espíritu milenario. El Manutara es el gaviotín pascuense que anida en la pequeña isla Motu Nui a partir de septiembre de cada año. Esta isla queda a unos 250 metros de Rapa Nui, pero es muy difícil llegar a allí nadando a mar abierto porque hay fuertes corrientes y a veces feroces tiburones que merodean el lugar.

Ana Kena no se preocupaba por eso. Confiaba plenamente en su papá y en sus capacidades para ganar la competencia y convertirse en el líder. Todos los días, Ana Kena ayudaba a Aku en su entrenamiento. Salían temprano de su casa en Hanga Roa para correr y nadar. Ana Kena corría al lado de su padre sobre Hetu, su caballo que galopaba como el cometa. Y cuando nadaban, Ana Kena lo hacía con su pora, un flotador de juncos, porque al regresar a la playa desde el mar abierto, le gustaba mucho hacer haka naru o deslizarse sobre las olas, lo que hoy se conoce como surfear. A Ana Kena le encantaba el mar, especialmente hacer raku o bucear.

Un día de esos, en que Ana Kena acompañaba a Aku, su padre, en su entrenamiento diario, fueron a nadar desde Orongo hasta la pequeña isla Motu Nui, donde se realizaría la competencia. Aku, fuerte y con gran resistencia, llegó rápido a Motu Nui, pero al regreso a Orongo, Ana Kena se deslizó en las olas con su flotador de juncos, por lo que llegó antes que su padre a la playa, quien aún nadaba para alcanzar la orilla. Mientras Ana Kena esperaba a su padre, apareció repentinamente Ao Nui, el representante de la noche, líder de los Tangata Ana u hombres de las cavernas, el principal competidor de su padre para conseguir el huevo del Manutara y convertirse en el Tangata Manu u hombre-pájaro y líder de la isla.

“Por más que entrene, tu padre nunca me vencerá,” dijo Ao Nui tratando de intimidar a Ana Kena.

Ao Nui siempre iba acompañado por unos tres o cuatro Tangana Ana, grandes, feos y sucios, con sus cuerpos pintados con ceniza de volcán y sus cabellos largos y enmarañados; unos tipos nada simpáticos y que daban miedo.

Al llegar Aku a la playa se dio cuenta que Ana Kena estaba rodeada de estos hombres y corrió para ver qué pasaba.

¡Ao Nui, deja a Ana Kena tranquila!” gritó Aku. Se acercó a ella y la abrazó.

“No pierdas el tiempo entrenándote,” dijo Ao Nui. “Sólo faltan cinco días para la competencia y ni tú ni tu tribu ganarán.”

Los Tangata Ana que acompañaban a Ao Nui rieron y gritaron. Al final, todos se fueron corriendo por la playa cantando historias de luchas y valentía.

¿No irán a hacer trampa, verdad papá?” preguntó inquieta Ana Kena.

Con Ao Nui y los Tangata Ana todo puede suceder,” respondió Aku. “Pero nosotros somos más fuertes e inteligentes que ellos,” agregó para tranquilizar a Ana Kena.

Padre e hija regresaron a su casa en Hanga Roa para seguir preparándose para la competencia, pero Aku quedó pensativo con la advertencia que le hiciera Ao Nui y se preocupó al recordar que sólo quedaban cinco días para que diera inicio. Aunque Ao Nui no era muy querido entre los rapanui, era fuerte, nadaba muy bien y tenía mucha resistencia, por lo que sería un rival difícil de derrotar, más aún, si tramaban algún engaño.



Rua (Dos)



Finalmente había llegado el día de la competencia para conseguir el primer huevo del Manutara y ver quién se convertiría en el Tangata Manu u hombre-pájaro. Era el evento más importante de la isla porque el ganador se convertiría en el líder y todos los habitantes, de todas las tribus, debían aceptar ser guiados durante un año por ese hombre-pájaro.

El día era magnífico. El cielo estaba claro y el clima templado. De todas las tribus llegaban a Orongo, el lugar sagrado, desde donde comenzaría la competencia. Cada persona iba vestido, tatuado y pintado de acuerdo a las costumbres de su tribu, por lo que la competencia se convertía en una gran ceremonia, alegre y colorida, donde todos participaban, adultos, niños, niñas y los ancianos, a los que se respetaba mucho. Parecía una fiesta. Unos iban con sus cuerpos pintados de rojo, otros de gris, con ceniza de volcán —los no muy queridos Tangata Ana—, unos de blanco y otros con rostros y cuerpos dibujados. La mayoría de los hombres llevaban hami o taparrabos y las mujeres usaban sombreros de fibras trenzadas, tocados de plumas y vegetales. La mayoría llevaba en sus cuellos collares de conchas, adornos pectorales de madera y pendientes en las orejas. Los niños y las niñas de ocho años en adelante ya tenían las piernas tatuadas y se pintaban el cuerpo según las costumbres de su tribu. Los adolescentes llevaban una pintura especial de rojo y blanco que simbolizaba su paso a la vida adulta. Ana Kena, radiante, llevaba en la cabeza un cintillo hecho por su abuela con plumas del gaviotín pascuense y una hermosa falda de rafia y flores blancas. En sus tobillos llevaba adornos de conchas marinas que parecían que jugaban con sus tatuajes de tortugas, pájaros y peces.

Aunque había mucha gente y eran de diferentes tribus, todos se conocían y eran amigables unos con otros, como una gran familia, pero los Tangata Ana, los hombres de las cavernas, siempre hacían o decían algo inapropiado. Turi, el mejor amigo de Ana Kena, era de la tribu de los Tangata Ana. Eran amigos desde pequeños, asistían a la misma escuela y jugaban casi a diario, a pesar que los padres de ambos eran de diferentes tribus y ahora competían por el primer huevo del Manutara.

Cuando Ana Kena vio a Turi con su cuerpo pintado de gris, rojo y blanco, dio un gran grito de alegría y lo abrazó. Turi, medio avergonzado, no sabía qué hacer ni qué decir. Estaba como hipnotizado con la belleza de Ana Kena que parecía una princesa.

Ivi Atua, el sabio y sacerdote de la isla, un anciano al que todos respetaban, hizo sonar un gran caracol de mar. Todos, inmediatamente, guardaron silencio y se colocaron en un gran círculo alrededor de él. A una seña de Ivi Atua, las mujeres, sólo las mujeres, comenzaron a cantar un patautau, una hermosa y tradicional canción rapanui que da inicio a la competencia del Tangata Manu, la elección del hombre-pájaro. Luego, los cinco competidores, representantes de las cinco tribus de la isla, se colocaron frente a Ivi Atua para presentar unas ofrendas. Entre todos ellos, Ao Nui y Aku eran los favoritos. Una vez que todos los competidores colocaron las ofrendas Ivi Atua gritó “¡Tangata Manu!” y los competidores salieron corriendo desde la aldea ceremonial Orongo hacia la playa para llegar al mar y nadar lo más rápido posible a la pequeña isla Motu Nui. Entre los gritos y la euforia de todos los habitantes de la isla, Ana Kena y Turi alentaban a sus padres siguiéndolos hacia la playa junto a decenas de otros niños.



Toru (Tres)



La prueba no era fácil. Cada competidor debía nadar hasta la isla Motu Nui en mar abierto cerca de unos 250 metros desde la playa. Pero llegar ahí no garantizaba el éxito. Las costas abruptas y rocosas de la isla hacían difícil el acceso. Una vez en la isla, había que internarse en una espesa selva. Cada competidor debía revisar cada árbol, roca y agujero que encontrara para ver si ya había un huevo del Manutara, el gaviotín pascuense. A veces, los competidores tenían que esperar en la isla durante días y semanas, hasta que llegara el ave y anidara. Ahí no tenían comida ni agua para beber, así es que se convertía en una lucha de sobrevivencia. En otras ocasiones, cuando anidaba un gaviotín, se desataba una tremenda lucha entre los competidores por alcanzar el nido, porque el primero que regresara a Orongo con el huevo del Manutara sería el Tangata Manu u hombre-pájaro y líder de todas las tribus durante un año, hasta que se hiciera la competencia nuevamente.

El primero en llegar a Motu Nui fue Ao Nui, el papá de Turi, quien nadaba muy rápido. Lo seguía de cerca Aku y los otros tres competidores. Al llegar a la isla, todos se lanzaron en una frenética carrera para buscar los nidos del Manutara. En esa carrera, Ao Nui golpea a Aku dejándolo en el suelo, pero éste se levanta rápidamente y sigue su camino sin hacerle caso para no perder tiempo. Los representantes de las cinco tribus buscaron el huevo del Manutara por toda la isla hasta el anochecer, pero no encuentran nada, ni siquiera señales de nuevos nidos, por lo que cada quien se prepara para pasar la noche y recogen algunos frutos para comer y reponer las fuerzas.

Mientras tanto, en Rapa Nui, la isla grande, todos los habitantes ya habían regresado a sus casas, menos Ana Kena y Turi que esperaban en la playa el regreso de sus padres. Ivi Atua, el sabio y sacerdote de la isla, debía estar vigilante todo el tiempo para certificar quién llegaría primero con el huevo del Manutara. Como se estaba haciendo de noche, se acercó a Ana Kena y Turi.

“Ya se está haciendo de noche y ustedes tienen que estar en sus casas.”

“Es que queremos ver regresar a nuestros padres,” dijo Ana Kena.

De seguro que mi padre llegará primero y será el Tangata Manu,” dijo Turi entusiasmado.

Escuchen bien los dos,” dijo Avi Tara en tono serio. “No importa quién sea el ganador. Todos tendremos que respetarlo, pero sobretodo, si gana alguno de sus padres, eso no puede ser motivo para que arruinen la amistad que ustedes tienen… ¿Está claro?”

“¡Ee!, Ivi Atua,” dijeron los dos al unísono, que significa sí.

“Bien, ahora, a sus casas a dormir. Yo me quedaré aquí y los veré en la mañana.”

Ana Kena y Turi se fueron corriendo hacia sus casas, mientras el anciano se quedó mirando el mar, hacia la pequeña isla de Motu Nui.



Ha (Cuatro)



Pasaron cinco días y cinco noches desde que se había iniciado la competencia en la aldea de Orongo y no había señales de ninguno de los competidores. Ivi Atua estaba preocupado. Sabía que el Manutara anidaba en Motu Nui en esos días, pero nunca se había demorado tanto en hacerlo. Pensó en los competidores y la lucha que estarían librando por sobrevivir.

Mientras tanto, en Motu Nui, los hombres estaban verdaderamente desesperados. Desde hacía varios días sólo se alimentaban de algunos frutos y raíces, pescado crudo y el agua era muy escasa. Ya no sólo había rivalidad entre ellos por obtener el primer huevo del Manutara, sino también por sobrevivir. Frecuentemente se peleaban por algo de comida o agua.

Una mañana, en la que todos los competidores dormían, llegó una pareja de Manutaras a hacer su nido. Nadie se dio cuenta, hasta que Aku se despertó con el canto de los gaviotines. Uno a uno los competidores fueron despertándose y se quedaron inmóviles mirando cómo la pareja de Manutaras hacía su nido. En el transcurso de la mañana, comenzaron a llegar cientos y hasta miles de gaviotines para anidar en la isla. Pero eso sólo era el comienzo, porque debían esperar al menos tres días para que las aves hicieran sus nidos y comenzaran a colocar sus huevos. Cada uno de los competidores buscó el lugar que le parecía más estratégico para capturar el primer huevo del Manutara. Ahora sí que la competencia era dura y vencería quien pudiera mantenerse despierto por más tiempo, hasta que algún Manutara pusiera su primer huevo. Todos estaban agotados y hambrientos. Apenas podían mantener los ojos abiertos.

Al amanecer del noveno día, Aku encontró el primer huevo del Manutara. Lo tomó con cuidado del nido, lo envolvió en unas hojas de planta silvestre y se lo amarró en la frente para tener libertad al momento de nadar hacia Rapa Nui. Cuando iba bajando a la orilla de la playa, Aku se encontró frente a frente con Ao Nui, quien lo amenazó con un cuchillo.

Si quieres vivir, tendrás que darme el huevo del Manutara.”

No eres digno de ser el Tangata Manu. Aquí tienes el huevo del Manutara, pero nunca tendrás el liderazgo de la isla,” dijo Aku dándole el huevo.

“Eso lo veremos,” dijo Ao Nui y se lanzó al mar.

Aku buscó rápido otro huevo del Manutara y se lo colocó envuelto en la frente. Pero antes de salir de la pequeña isla, buscó otro huevo y lo guardó en su pequeño morral que colgaba de su cintura. Con los dos huevos, se dirigió al mar y nadó con todas sus fuerzas. Ao Nui era muy buen nadador, así es que ya tenía bastante ventaja sobre Aku. Mientras tanto, los otros competidores aún buscaban en la isla algún huevo para llevar a Orongo. Aku nadó cada vez más fuerte, empujado por su deseo de ser el Tangata Manu y evitar que Ao Nui se convirtiera en un líder desastroso para los habitantes de la isla.

A pesar de la fortaleza de Ao Nui, los días en Motu Nui sin comer lo habían debilitado mucho. Se detuvo un momento en medio del mar, justo a la mitad de distancia entre Motu Nui y Rapa Nui. Miró a su alrededor y vio que Aku se aproximaba. Cerca de ellos, se divisaban algunas aletas de tiburones. Ao Nui se hizo un corte con su cuchillo en una de sus piernas para que la sangre alertara a los tiburones y comenzó a nadar a toda velocidad hacia Orongo. Aku se acercó cada vez más, pero la estela de sangre que dejó Ao Nui hizo que dos tiburones se dirigieran hacia él. Como Aku conocía muy bien a los peces y animales del mar, se detuvo y colocó su mano en la nariz de cada tiburón, tratando de hacerlos girar para que quedaran de espaldas hacia el fondo marino. Esa era una manera de tranquilizar o de hipnotizar a los tiburones que le había enseñado su abuelo. Aku siguió nadando con todas sus fuerzas hacia la playa de Orongo. Los tiburones despertaron de su letargo y siguieron la huella de la sangre de Ao Nui, quien debió enfrentarlos. Sacó nuevamente su cuchillo y luchó contra ellos. Mientras tanto, Aku lo rebasó y llegó en primer lugar a la playa de Orongo. Allí estaban todos los habitantes de la isla. Ivi Atua, Ana Kena y Turi, en primer lugar. Todos gritaron y aplaudieron de alegría. Mientras tanto, en el mar, Ao Nui terminó por espantar a los tiburones y nadó rápido los últimos cincuenta metros que le quedaban para llegar a la playa. Ana Kena se lanzó a los brazos de su padre. De pronto, llegó Ao Nui. Enojado y prepotente se abrió paso entre la multitud hasta colocarse frente a Aku.

Nunca serás el Tangata Manu,” dijo Ao Nui gritando y con un golpe en la frente de Aku, rompió el huevo del Manutara que traía. “Yo soy el nuevo Tangata Manu,” dijo dirigiéndose a todo el pueblo.

Ao Nui desamarró el cintillo que llevaba en frente y al desenvolver las hojas en las que había protegido el huevo del Manutara se dio cuenta que éste estaba roto. Hubo un silencio total. Luego, algunos comenzaron a reír y otros se asustaron. Aku se acercó a Ivi Atua, buscó en su morral y sacó el otro huevo que cargaba. Estaba intacto. Ivi Atua tomó el hubo del Manutara y levantó la mano de Aku.

¡Les presento al nuevo Tangata Manu!”

Todos los habitantes gritaron de alegría y rodearon a Aku colocándole decenas de collares y adornos de flores y conchas marinas. Unos familiares y amigos subieron a Aku sobre sus hombres y comenzaron a caminar hacia el volcán Ranu Raraku, lugar donde viviría el Tangata Manu durante todo su mandato. Las mujeres comenzaron a cantar y bailar al sau-sau y al tamure, sus danzas tradicionales.

Aku estaba enfurecido. Se le acercó cariñosamente su hijo Turi, pero lo rechazó. Se le acercaron los Tangata Ana, los miembros de su tribu.

Esto no se quedará así,” dijo Ao Nui. “Aku nunca será nuestro líder. Los Tangata Ana sembraremos la noche en la isla para obligar a todos a vivir en las cavernas, bajo mi mando y como esclavos.”

Ana Kena y Turi escucharon las palabras de Ao Nui y se quedaron mirándose asombrados, temiendo lo peor para ellos y todos los habitantes de la isla.

Ao Nui gritó a Turi para que lo siguiera hacia Terevaka, donde vivían los Tangata Ana u hombres de las cavernas. Mientras Turi corría hacia su padre, miró hacia atrás para ver a Ana Kena, quien recordó las palabras de Ivi Atua: “No importa quién sea el ganador. Todos tendremos que respetarlo, pero sobretodo, si gana alguno de sus padres, eso no puede ser motivo para que arruinen la amistad que ustedes tienen…”

Ana Kena corrió para alcanzar al resto de los habitantes de la isla que se dirigían cantando y bailando hacia el volcán Ranu Raraku, celebrando el triunfo de Aku. Al llegar cerca de su padre, quien aún era llevado en andas por algunos hombres, Ana Kena trató de prevenirlo de los planes de Ao Nui.

Koro, koro,” dijo Ana Kena en medio del bullicio, lo que quiere decir papá, papá, en idioma rapanui. Pero Aku no podía escuchar a su hija.

¡Koro!”gritó Ana Kena para ser escuchada.

“¿Qué sucede Ana Kena?”

Ao Nui y los Tangata Ana no quieren aceptar que tú serás el nuevo Tangata Manu y van a hacer algo para tomar el poder de la isla y hacer esclavos a todos los que no quieran obedecerlos,” dijo apresurada y con temor.

Tranquila, Ana Kena. Desde hoy, yo soy el Tangata Manu, el hombre-pájaro, y nada sucederá mientras sea el líder de todos los rapanui.”

“Pero papá, yo misma escuché a Ao Nui decir eso.”

“Nada sucederá, hija, no te preocupes,” culminó diciendo Aku que siguió festejando su triunfo.

Cuando el pueblo llegó a la cima del volcán Rano Raraku ya estaba atardeciendo. Algunos prepararon una fogata y otros llevaron comida y agua para el nuevo Tangata Manu que debía permanecer allí durante todo el año de su liderazgo. Ivi Atua sería su única compañía durante todo ese tiempo y debía cumplir por lo menos con tres tapu o prohibiciones: nadie podía mirar ni acercarse al Tangata Manu; sólo Ivi Atua podía darle de beber y comer; y no podía cortarse el cabello y las uñas durante todo el año. Ivi Atua se colocó al centro de un gran círculo que hicieron todos los habitantes de la isla, menos los Tangata Ana, y comenzó la ceremonia de confirmación de Aku como el nuevo Tangata Manu.

Queridos amigos,” dijo Ivi Atua. “Hoy, Make-Make, el dios de los rapanui, nos ha dado un nuevo y digno Tangata Manu, quien ha demostrado valor, fortaleza y sabiduría para traer el primer huevo del Manutara. A partir de hoy, Aku será nuestro Tangata Manu, que guiará nuestros destinos por un año. Para mantener el espíritu de la isla, todos debemos obedecer sus decisiones.”

Esto último, lo dijo Ivi Atua pensando en la posible desobediencia de los Tangata Ana que podría acarrear serios peligros para la convivencia de la isla. Ivi Atua procedió después, como era la costumbre, a rasurar la cabeza, las pestañas y las cejas de Aku, aspecto que caracterizaba a los Tangata Manu. Luego, entre hermosos cantos de las mujeres, Ivi Atua le entregó a Aku el ao, un remo grande y doble, como bastón de mando, que simbolizaba el poder del Tangata Manu. Aku se colocó de pie y se dirigió a todos.

Ser el Tangata Manu es un privilegio, porque significa ser guardián del espíritu de nuestro pueblo, honrando a nuestros antepasados para conducirlo con sabiduría hacia el futuro. Seré el Tangata Manu de todos. Respetaré a todos y espero que todos me respeten. ¡Que el aku-aku esté con ustedes!” culminó diciendo refiriéndose al espíritu.

Luego, el nuevo Tangata Manu se despidió de cada uno de los presentes, ya que no los vería durante un año. La última persona en despedirse fue Ana Kena, quien abrazó efusivamente a su padre y le volvió a manifestar su preocupación sobre los Tangata Ana, en medio de sollozos.

Tengo miedo, papá… Ao Nui y los Tangata Ana pueden hacer algo horrible”.

No te preocupes, Ana Kena. Aunque yo esté aquí durante un año, siempre estaré cuidándote a ti y a todos los habitantes de la isla. Anda con tu madre y tu abuela a descansar y verás que mañana comenzará una nueva época feliz para todos. Iorana, Ana Kena,” le dijo su padre, que es el saludo y la despedida en rapanui.

Ana Kena junto a su madre, Tarita y su abuela, Merahi, regresaron a su casa en aldea de Hanga Roa.



Rima (Cinco)



A la mañana siguiente, Ana Kena fue despertada por unos truenos. Vio por la ventana que el cielo se cubría rápidamente de nubes negras. Recordó las palabras de Ao Nui: “Los Tangata Ana sembraremos la noche en la isla para obligar a todos a vivir en las cavernas, bajo mi mando y como esclavos.” Ana Kena se vistió rápidamente y fue en busca de Hetu, su caballo que galopaba como el cometa.

Cada vez el cielo se oscurecía más, hasta que comenzó a llover torrencialmente. Ana Kena y Hetu se dirigieron a Terevaka, donde vivían los Tangata Ana, en unas cuevas formadas por un volcán. En el camino, Ana Kena se dio cuenta de la destrucción que habían hecho los Tangata Ana el día anterior. Habían arrancado todas las palmeras y derribado todos los moai a su paso. Los moai eran enormes figuras de piedra que habían sido esculpidas por los habitantes de Rapa Nui durante más de 800 años para custodiar la isla y proteger al pueblo rapanui. El espectáculo era desolador. Cuando Ana Kena llegó cerca del cráter del Terevaka, se dio cuenta que todos los Tangata Ana se habían rapado las cabezas, las cejas y las pestañas, como su padre, el nuevo Tangata Manu. Todos cantaban y bailaban alrededor del cráter, arrojando a la lava hirviendo los ojos de los moai que han destruido en el camino. Todos estaban con los cuerpos pintados y eran alentados por Ao Nui, quien los animaba a una lucha por el control de la isla y la destrucción de las tradiciones.

Ana Kena tomó las riendas de su caballo y bajó el volcán a pie, desamparada. La lluvia caía con fuerza y los relámpagos iluminaban brevemente las decenas de palmeras y moai en el suelo, sin sus pukao, un especie de sombrero o tocado, y sin sus ojos. Devastada, Ana Kena caminó hasta la costa y se sentó junto a un moai inclinado, sin pukao ni ojos. Era nada menos que Paro, el moai gigante, el más grande de la isla que medía 10 metros y pesaba 85 toneladas de peso, en comparación a los demás moai que medían cerca de 4 metros. Ana Kena miró a Paro y se echó a llorar desconsoladamente.

De pronto, sorpresiva y extrañamente, Ana Kena escuchó una voz. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Ana Kena se asustó mucho. ¡Era Paro quien hablaba! Ana Kena se levantó rápidamente.

Tranquila, niña, soy Paro. No te haré daño,” dijo el gigante de piedra tratando de tranquilizar a Ana Kena y luego le preguntó en rapanui: “¿Ko ai tuu ingoa?” lo que quiere decir ¿cómo te llamas?

“Soy Ana Kena,” dijo entre lágrimas.

“¿Por qué lloras?”

Ana Kena temblaba tratando de controlar el llanto y el miedo. Respiró profundamente y le contó a Paro lo que había pasado con Ao Nui y los Tangata Ana, así como sus planes de destruir la isla y someter a todos como esclavos en las cavernas. Paro le dijo que sólo había una forma de mantener el espíritu de la isla.

“¿Cómo, Paro? ¿Qué debo hacer?”

Debes encontrar las Rongo Rongo…, ahí están las claves de nuestra historia, la unidad y el espíritu de la isla.”

Ana Kena sabía que las Rongo Rongo eran las antiguas tablas parlantes que habían escrito los antepasados de la isla. Sus abuelos y sus padres le habían hablado de ellas, pero desde hace años nadie sabía dónde estaban.

¿Dónde encuentro las Rongo Rongo?” preguntó Ana Kena a Paro.

“Ese es tu primer desafío, Ana Kena,” dijo Paro.

De pronto, apareció Turi, rapado y todo pintado de gris ceniza.

“¿Qué haces aquí?” dijo malhumorado.

Quiero saber qué está pasando. ¿Por qué están destruyendo la isla? Todos somos rapanui…”

¡Ina!” gritó Turi, que significa no. “Nosotros somos Tangata Ana y seremos los amos de la isla”.

Ana Kena miró a Paro que estaba tendido en el suelo, pero ahora él no hablaba. Como también le habían quitado los ojos, parecía sólo una gran roca sin vida. Ana Kena no sabía cómo reaccionar. Esperaba ayuda del moai gigante, pero el agua de la lluvia corría por su rostro como si llorara. Miró a su amigo y le dijo:

“Somos amigos, Turi”.

Soy un Tangata Ana y debo obedecer a mi líder. ¡Vete de aquí!”

Ana Kena se subió a Hetu y regresó a todo galope a su casa en Hanga Roa. Sintió lástima por Turi. Pensó que estaba sufriendo porque debía comportarse como un Tangata Ana y obedecer a su padre, a pesar que eso arruinara su amistad. Y justo ahora, cuando Ana Kena necesitaba más a su amigo.

A medio camino entre Terevaka y Hanga Roa, Ana Kena decidió ir a ver a Ivi Atua, el único que podría decirle dónde encontrar las Rongo Rongo.



Ono (Seis)



Antes de llegar a la cima del volcán Rano Raraku, Ana Kena se encontró con Ivi Atua vigilando a todo quien entrara en el lugar sagrado donde habitaba el Tangata Manu.

¿Qué haces aquí, Ana Kena? Sabes que no puedes ver ni hablar con el Tangata Manu, aunque sea tu padre. Dime, ¿qué quieres?”

Ana Kena le contó a Ivi Atua lo que escuchó de Ao Nui y sus planes con los Tangata Ana, así como todo lo que había visto esa mañana en Terevaka y su conversación con el moai Paro. Ivi Atua se preocupó mucho con la historia de Ana Kena.

Si Paro, el moai gigante despertó y te ha sugerido encontrar las Rongo Rongo, es que algo muy serio está por pasar.”

¿Qué podemos hacer, Ivi Atua? Mi padre podrá ayudarnos, él es Tangata Manu.”

Ahora no, Ana Kena, eso es imposible. La primera semana del nuevo Tangata Manu es vital para su transformación como el hombre-pájaro y líder de los rapanui. Debe meditar y concentrarse al máximo para que se llene del mana, el poder espiritual. Si lo distraemos ahora, puede perder todo el mana que lleva o incluso ponerse en su contra.”

Entonces, ¿qué hacemos Ivi Atua? Usted debe ayudarme a encontrar las Rongo Rongo.”

Lo siento Ana Kena, pero no puedo abandonar al Tangata Manu. Lo que te puedo decir, según la tradición de nuestros antepasados, es que las tablas parlantes de Rongo Rongo se encuentran al centro del segundo triángulo de la isla. Nadie las ha visto en muchos años, pero es urgente que las encuentres… Temo que algo malo suceda si no actuamos a tiempo.”

Ana Kena tomó su caballo y se dirigió hacia su casa. En el camino no dejaba de pensar en las extrañas palabras de Ivi Atua: “se encuentran al centro del segundo triángulo de la isla”. Ana Kena se preguntaba qué significaba eso, qué tipo de acertijo era, pero no lograba encontrar ni una pista.

Al fin, había dejado de llover y el cielo se despejaba dejando ver el hermoso paisaje de la isla. Pero a lo lejos, Ana Kena veía decenas de moai tendidos en el suelo, como víctimas de una batalla cruel. Poco a poco Ana Kena se fue acercando una vez más hacia Terevaka, como buscando una respuesta a las palabras de Ivi Atua. En el camino se le ocurrió la idea de volver a ver a Paro, quien tal vez le podría hablar de las tablas Rongo Rongo. Al llegar al lugar donde habían derribado al moai gigante, Ana Kena vio con sorpresa que Turi estaba acurrucado a un costado del moai, llorando desconsoladamente. Se bajó rápido de Hetu y lo abrazó. Ana Kena sabía que Turi estaba sufriendo.

No quiero destruir los moai,” dijo Turi entre sollozos.

“Lo sé, Turi, lo sé…”

“No sé qué hacer, porque además, no puedo ir contra mi padre.”

“Yo sé lo que podemos hacer,” dijo Ana Kena entusiasmada. “Debemos devolver el espíritu a la isla, pero necesito de tu ayuda.”

“Haré lo que sea para que vivamos en paz,” dijo Turi limpiándose las lágrimas de las mejillas.

Los dos amigos se subieron a Hetu y se fueron alegres galopando hacia Hanga Roa. En el camino, Ana Kena le contó todo a Turi y comenzaron a buscar juntos las posibles soluciones para encontrar las Rongo Rongo. ¿Cuáles serían los dos triángulos de la isla?, se preguntaban. ¿Quién podría ayudarlos a descifrar ese misterio, antes que sea demasiado tarde?

Ambos llegaron entusiasmados a la casa de Ana Kena. No sabían por dónde comenzar para descubrir cuál era el centro de los dos triángulos y encontrar las Rongo Rongo, como Ivi Atua le había dicho a Ana Kena. Turi tuvo una idea.

“¿Por qué no les preguntamos a los más ancianos de la isla? Tal vez ellos recuerden o sepan algo sobre este misterio.”

Así lo hicieron. Fueron de casa en casa, en cada aldea, buscando y preguntando a todos los ancianos si conocían los dos triángulos. La mayoría no sabía nada. Algunos habían escuchado algo de sus abuelos, pero ya no lo recordaban. Ana Kena y Turi recorrieron toda la isla, menos el Terevaka para evitar a los Tangata Ana, y no tuvieron ninguna respuesta. Regresaron al atardecer cansados y desilusionados a la casa de Ana Kena en Hanga Roa. Mientras la abuela de Ana Kena preparaba la cena, cantaba una antigua canción rapanui. Ana Kena reaccionó rápidamente.

“Abuela Merahi, ¿sabes cuáles son los dos triángulos de la isla?”

La abuela, sin darle mucha importancia al asunto y más preocupada por el pescado que cocinaba, le respondió.

“Claro que sí. Mi abuelo me enseñó eso cuando yo era pequeña, así como de tu edad.”

“¿Y cuáles son, abuela?” volvió a preguntar Ana Kena llena de entusiasmo.

“Uhm… El primer triángulo es el de la Polinesia…”

“¿El triángulo de la Polinesia?” preguntaron extrañados Turi y Ana Kena a la vez.

“Sí,” dijo la abuela Merahi. “Aunque no recuerdo mucho… Ese triángulo, como todos los triángulos, tiene tres puntas… Una es Rapa Nui, por supuesto, la otra punta es Hawai y la tercera…, la tercera… La verdad, es que no me acuerdo, niños, pero era algo así…” La abuela probó el pescado y dijo: “Bueno, a lavarse las manos, porque ya vamos a cenar.”

Ana Kena y Turi comieron lo más rápido posible. Pensaron que la abuela Merahi les había dado una muy buena pista para descubrir el centro de los dos triángulos de la isla y las tablas de Rongo Rongo para salvar el espíritu de Rapa Nui.

“Debemos ver algún mapa,” dijo Turi. “Sólo ahí podremos descubrir el primer triángulo, uniendo Rapa Nui con Hawai y el otro punto que nos falta.”

“Sólo en la escuela hay un mapa. ¿Cómo podremos verlo si están todos de vacaciones? Ya mañana puede ser tarde,” dijo Ana Kena preocupada.

“Tendremos que ir esta noche,” concluyó decidido Turi.

Ambos sonrieron con picardía. Ayudaron a la abuela Merahi y a la mamá de Ana Kena a lavar y guardar los platos de la cena. Ya de noche, Ana Kena y Turi salieron sigilosamente de la casa, encendieron unas antorchas para iluminar el camino y se dirigieron a la escuela, que quedaba sólo a unos metros de distancia porque en Hanga Roa queda todo más o menos cerca. Al llegar a la escuela, Turi ayudó a Ana Kena a entrar por una ventana. Caminaron entre las salas de clase hasta que llegaron a un gran salón en cuya pared de piedra estaba pintado el mundo entero. Era una hermosa pintura que mostraba la inmensidad del océano y al centro a Rapa Nui, el ombligo del mundo. Los niños habían visto muchas veces este mapa, pero nunca se habían preocupado por saber qué significaba. La pintura había sido creada por los antepasados hace cientos de años atrás y contenía decenas de símbolos sobre la historia de la isla y sus habitantes, las corrientes marinas, el movimiento de las estrellas y las estaciones del año. Turi acercó su antorcha hacia Rapa Nui, luego la elevó hasta llegar a Hawai, pero ya no sabía hacia dónde seguir, ya que sólo se veía mar alrededor de estas islas. Ana Kena observó el mapa y comenzó a acercar su antorcha para ver mejor. Al lado izquierdo de Rapa Nui, pero muy lejos, estaba Nueva Zelandia. Ana Kena movió su antorcha entre Nueva Zelandia, Hawai y Rapa Nui, formando un triángulo perfecto. Era asombroso. Ambos niños se miraron incrédulos de lo que habían descubierto, a pesar de haber visto el mapa tantas veces.

“Ya tenemos el primer triángulo,” dijo Ana Kena con gran alegría. “Sólo nos falta descubrir el centro del otro triángulo.”

Turi insertó unas púas en cada isla o vértice del triángulo. Luego, con hilo de juncos marcó los costados del triángulo que abarcaba buena parte de todo el mapa. Al ver un área tan grande, los niños se desilusionaron un poco porque pensaron que nunca encontrarían las tablas de Rongo Rongo entre cerca de mil islas que entraban en ese triángulo y que según unos de los símbolos pintados, cubría unos 30 millones de kilómetros cuadrados. Al centro del triángulo, se veía Tahiti, pero estaba demasiado lejos de Rapa Nui como para llegar ahí e investigar.

“Ahí no puede estar la clave,” dijo Ana Kena. “El segundo triángulo debe estar en otra parte porque…”

Ana Kena dejó de hablar repentinamente porque escuchó un ruido extraño. Le indicó a Turi que tuvieran silencio. Apagaron las antorchas en un recipiente de agua y caminaron sigilosamente hacia otro salón de la escuela. De pronto, vieron a unos Tangata Ana ingresando a la escuela por la misma ventana donde habían entrado Ana Kena y Turi. Turi se asustó mucho. Ana Kena lo tomó de la mano y lo guió hacia una ventana que daba al patio de atrás de la escuela. Salieron por ahí y regresaron corriendo a la casa de Ana Kena. Jadeando, casi no podían hablar. El corazón les latía con fuerza. Turi estaba pálido de miedo. Turi pensaba que su padre, Aku, estaba enojado con él y había enviado a algunos Tangata Ana para regresarlo a las cavernas del Terevaka.

No te preocupes, Turi,” le reiteraba Ana Kena para calmarlo. “Ni tu papá ni los Tangata Ana podrán obligarte a hacer algo que no quieres.”

Pero tal vez nos escucharon. ¿Qué pasa si ellos descubren primero las tablas de Rongo Rongo e impiden que el espíritu vuelva a la isla? ¿Y si mi padre y los Tangata Ana cumplen sus planes de destruir todo y hacer esclavos a los demás habitantes de Rapa Nui?”

Ana Kena se quedó pensativa. Luego de un rato dijo:

“Necesitamos ayuda. Debemos reunir a todos los habitantes de la isla y contarles lo que está pasando.”

“Pero nadie nos creerá,” replicó Turi.

Tienes razón, Turi. Mi padre, el nuevo Tangata Manu está aislado en Rano Raraku y además Ivi Atua, a quien todos respetan y creerían, no puede abandonar a mi padre.”

“¿Qué haremos, entonces?” preguntó desolado Turi.

“Vamos a dormir,” dijo Ana Kena. “Mañana se nos ocurrirá algo.”



Hitu (Siete)



A la mañana siguiente, Turi se despertó tarde ya que estaba fatigado por las emociones y aventuras del día anterior. Mientras él dormía, Ana Kena había reunido a todos los niños y las niñas de la isla, de todas las tribus, incluso a los niños Tangata Ana. Turi saltó de alegría al ver cerca de doscientos niños por la ventana. Se alegró especialmente de ver a sus amigos de la tribu Tangata Ana y salió corriendo al patio de la casa para abrazarlos. Entre ellos también estaban las Neru, unas niñas que vivían en cuevas para conservar la piel blanca. Juntos, todos caminaron hacia la escuela de Hanga Roa, donde hicieron su cuartel general. Los niños se sentaron en semi círculo alrededor del mapa oceánico. Ana Kena y Turi los organizaron en seis grupos. Tres grupos de diez niños y niñas irían a vigilar los tres puntos clave de la isla, conformados por los volacanes Poike, Rano Kau y Terevaka. El cuarto grupo se quedaría en la escuela para proteger el cuartel general, el quinto sería de mensajeros que se ubicarían en toda la costa de la isla, distanciados en 500 metros unos de otros, uniendo los tres puntos clave. Para esto usaron los símbolos del mapa oceánico que mostraban la distancia entre un extremo y otro de la isla: 16, 18 y 24 kilómetros. De esa manera, ubicaron a 32, 36 y 48 niños separados por 500 metros para cubrir todo el territorio. El sexto grupo sería el de apoyo logístico para dar agua, alimentos y cualquier auxilio en caso de algún problema.

El futuro de la isla está en nuestras manos,” dijo Ana Kena al grupo de niños y niñas. “Debemos evitar que unos pocos destruyan nuestra isla y a la vez encontrar las tablas de Rongo Rongo para salvar su espíritu y nuestra unidad.”

¡Ee!” gritaron todos, lo que significa sí.

“Todos a sus puestos,” dijo Ana Kena y cada grupo salió de la escuela para ubicarse en el lugar que le correspondía.

Turi estaba pensativo mirando el mapa de la isla. Mientras distribuían los grupos, él había marcado los puntos estratégicos en el mapa con unas púas y había algo que le llamaba la atención, pero no sabía qué era.

“Tal vez aquí hay una pista,” dijo Turi a Ana Kena.

“¿Dónde?” preguntó ella.

“No lo sé, por aquí…,” dijo Turi.

Miraron el mapa una y otra vez, pero no lograban saber qué tenía de especial. Comenzaron a caminar alrededor del salón del mapa y a pensar. De pronto, Turi miró el mapa de lejos y gritó de alegría.

“¡Ahí está el segundo triángulo!”

“¿Dónde?” preguntó Ana Kena que estaba a menos de un metro de la pintura.

Turi la tomó de la mano e hizo que retrocediera hasta la pared contraria del mapa. Ahí se veía claramente el primer triángulo formado por Rapa Nui, Hawai y Nueva Zelandia. Pero Ana Kena no veía el segundo triángulo.

“¿Dónde está, Turi? No lo veo.”

Turi tomó el dedo índice de Ana Kena y dibujó en el aire la forma del primer triángulo, luego bajó su mano al vértice inferior derecho donde se encontraba Rapa Nui y volvió a dibujar un triángulo en el aire, esta vez utilizando como vértice los volcanes Poike, Rano Kau y Terevaka.

¡Lo descubriste, Turi! ¡El segundo triángulo es nuestra propia isla!” exclamó Ana Kena llena de alegría. “Ahora sólo debemos buscar en su centro para dar con las tablas de Rongo Rongo.”

Y ese centro debe ser el cerro Tuu,” dijo Turi colocando su dedo en el centro de la isla. “Sólo ahí pueden estar las Rongo Rongo.”

“Tienes razón, Turi. Debemos ir a buscarlas en Tuu,” dijo Ana Kena.

Ana Kena, Turi y el grupo de niños y niñas que se quedó resguardando la escuela se fueron lo más rápido posible al cerro Tuu, que quedaba justo al centro de la isla.

Mientras tanto, en las cuevas del Terevaka, Ao Nui estaba indignado por la desaparición de todos los niños y las niñas Tangata Ana. Y eso no era todo. Algunos adultos también se habían marchado. Ao Nui sólo se había quedado con una veintena de hombres. Eran los más fieles a Ao Nui y algunos de los más fuertes y violentos.

No importa que gente de nuestra propia tribu nos haya abandonado. Nosotros tomaremos el poder y formaremos un nuevo pueblo, el de los Tangata Ana y todos los demás estarán a nuestro servicio,” dijo Ao Nui.

Como unos Tangata Ana habían espiado a Ana Kena y Turi en la escuela, Ao Nui ya sabía que andaban tras el centro del segundo triángulo, pero no tenía idea para qué buscaban eso o para qué serviría. Sin embargo, sospechaba que cualquier cosa que hicieran, sería para detener sus planes. Ao Nui ordenó a algunos de sus hombres descubrir qué hacían los niños, mientras él y los otros continuaban derribando los moai como su primera arremetida para tomar el control de la isla.

En el otro extremo de la isla, en la cima del volcán Rano Raraku, Aku colocaba toda su concentración para recibir el mana, el poder espiritual que lo convertiría en el Tangata Manu u hombre-pájaro. Mientras se encontraba en un profundo proceso de meditación, Aku imaginaba que la oscuridad cubría la isla, las aldeas ardían en llamas, los árboles habían sido talados y todos los moai habían sido derribados, condenando a la isla a vivir en la penumbra y a sus habitantes como esclavos, bajo las cavernas, dominados por los Tangata Ana que se hacían cada vez más grandes, como unos gigantes destructores. Ivi Atua, quien cuidaba de Aku, sabía que estaría sufriendo de sueños y alucinaciones hasta que todo el poder del mana llegara a él. Mientras Aku sufría por dentro y transpiraba, Ivi Atua le limpiaba el rostro con un paño húmedo y elevaba oraciones al dios Make-Make para que ayudara a Aku en su transición de hombre a hombre-pájaro.

Mientras tanto, Ana Kena, Turi y sus amigos, ya había llegado al cerro Tuu, pero no vieron absolutamente nada especial. Era una pequeña cumbre cubierta de pastizal y flores silvestres. Un poco desilusionados, descendieron de sus caballos y comenzaron a buscar entre la hierba, por si encontraban algo. Luego de horas de búsqueda, se dieron por vencidos y se sentaron un momento a descansar antes de volver a la escuela transformada en su cuartel general. Se sentían tan cansados, desilusionados y confundidos, que nadie hablaba. Turi sacudió su cabeza como para reaccionar y se subió de un salto a su caballo.

Regresemos a Hanga Roa,” dijo Turi. “Cada hora que pasa los Tangata Ana destruirán más nuestra isla y…”

“¿Y…?” preguntó Ana Kena.

Turi no había terminado la frase que iba a decir y estaba como aturdido.

“¿Qué pasa, Turi?” preguntó nuevamente Ana Kena.

“¡No se muevan! ¡Que nadie se mueva! Ana Kena, ven y súbete a mi caballo.”

Extrañada, Ana Kena pensó que los Tangata Ana venían para hacerles daño o algo por el estilo. Miró para todos lados, pero no había nadie más que los niños y las niñas que los habían acompañado. Se subió en las ancas del caballo, tras Turi y él le tomó la mano a Ana Kena. Marcó tres puntos en el aire que formaban un triángulo: las cimas de los volcanes Ranu Kau, Terevaka y Poike.

“¡Turi!” dijo Ana Kena desilusionada. “Ya sabemos que Rapa Nui es el segundo triángulo, conformado por los tres volcanes, ¿y…?”

“El centro del segundo triángulo no tiene por qué ser el centro,” dijo Turi.

“No te entiendo,” dijo Ana Kena ya disgustada.

“Fíjate bien en el horizonte y dime qué cosa en la isla puede ser más importante que el centro.”

Ana Kena miró al horizonte de toda la isla y se quedó pensativa.

“Falta algo,”, dijo finalmente Ana Kena.

“Sí,” dijo Turi. “Falta algo importante, algo que nos une y nos protege, algo que también puede ser el ‘centro’ de la isla…”

“¿Paro?” preguntó extrañada Ana Kena.

“¿Por qué no?” dijo Turi. Paro es tan grande que se ve desde cualquier punto de la isla y ahora que ha sido derribado, no se ve…”

“¿Paro es el centro del segundo triángulo?” se preguntó nuevamente Ana Kena.

“Estamos en el centro de la isla y aquí no hay nada,” dijo Turi.

Vamos a ver,” dijo Ana Kena y todos los niños partieron a galope hacia la costa, hasta el lugar donde se encontraba Paro, el moai gigante.

Al llegar cerca de la playa, encontraron a Paro derribado. Todos los niños comenzaron a buscar alguna señal que les indicara dónde estaban las Rongo Rongo.

Los niños pasaron de un lado a otro de Paro, buscaron en la hierba, en el mismo Paro y en su pukao, o sombrero, que había rodado al caer, pero no encontraron nada.

Ya fatigados, uno a uno de los niños comenzó a sentarse en el pasto y las piedras, desilusionados por no encontrar ninguna pista de las Rongo Rongo. Estaban a punto de darse por vencidos, cuando Turi dijo:

“Que nadie se mueva”.

Todos se asustaron, pensando que venían los Tangata Ana .

Ana Kena miró para todos lados, pero no se veía a nadie. Sólo estaban sus amigos alrededor de ella.

“¿Qué sucede, Turi?” pregunto Ana Kena.

Ana Kena estaba sentada en un montículo cubierto de hierba y alrededor de ella había cuatro niños sentados en otros montículos más pequeños. Turi tomó una rama seca y dibujó en el suelo una cruz entre los cuatro montículos, en cuyo centro se encontraba el montículo mayor y que Ana Kena usaba de asiento. Tomó de la mano a Ana Kena y la invitó a bajarse. Con la rama seca limpió la maleza y el musgo del montículo, dejando ver una gran piedra esférica. Los niños que estaban sentados en los otros cuatro montículos más pequeños hicieron lo mismo y descubrieron algo asombroso.

¡El centro del segundo triángulo!” gritó Ana Kena llena de alegría y besó a Turi en la mejilla.

Turi se ruborizó y no supo qué decir. Entre todos, comenzaron a limpiar aún más las piedras que estaban llenas de tierra y maleza. Quitaron también el pasto que las rodeaba y se sorprendieron de su hallazgo. Cada una de las cuatro piedras pequeñas eran casi un perfecto círculo y tenía tallado un Manutara, es decir, un gaviotín. El pico de las cuatro aves apuntaban a un mismo lugar, al centro del segundo triángulo: la gran piedra circular, que era nada menos que Te Pito, el centro del mundo, como les habían enseñado sus abuelos y maestros, pero que hasta ese momento nadie sabía dónde estaba. Las cuatro piedras que rodeaban a la más grande indicaban los cuatro puntos cardinales. Todos los niños y las niñas habían recobrado las fuerzas, la alegría y la esperanza de encontrar a tiempo las tablas de Rongo Rongo.

De pronto, mientras aún disfrutaban de la emoción de encontrar el centro del segundo triángulo, se escuchó en toda la isla el sonido de los caracoles gigantes, señal de alerta del grupo de niños vigilantes, el que se propagó de quinientos en quinientos metros, recorriendo todo el lugar como una onda expansiva que transmitía el mensaje de peligro. Los caballos relincharon y se pusieron nerviosos. Ana Kena y los niños miraron para todos lados. A varios metros de distancia, aparecieron unos Tangata Ana, rapados, pintados de gris ceniza y armados con mazos, lanzas y arpones. Los niños se asuntaron mucho. No tenían protección de ningún tipo. Ana Kena sugirió tapar con maleza y pastos las piedras que habían descubierto. Se subieron a sus caballos y salieron huyendo del lugar, hacia la playa. Aunque el camino era mucho más largo, bordearon toda la costa de la isla para evitar enfrentarse a los Tangata Ana, hasta que llegaron a su cuartel general en Hanga Roa al anochecer. Entre asustados por los peligros, pero felices del hallazgo, todos cayeron rendidos para dormir en la escuela.



Varu (Ocho)



Llegó un nuevo amanecer en Rapa Nui. Los amaneceres eran espectaculares en la isla y nadie se podía cansar de apreciarlos una y otra vez. Al igual, a decir verdad, que los atardeceres y las noches estrelladas. Sin embargo, este amanecer parecía distinto. Era como una invitación a un nacer de nuevo. Todo se miraba hermoso y en paz. En eso estaba pensando Ana Kena al ver salir los primeros rayos del sol desde el lejano horizonte marino. Asomada a la ventana de la escuela, inhaló fuertemente el refrescante aire de la mañana y se llenó de esperanza. Pero al mirar a la playa, se dio cuenta que los Tangata Ana seguían destruyendo los árboles y habían derribado otros moai más. Ana Kena pensó en su padre. ¡Cuánto deseaba que estuviera allí para ayudarlos a recuperar el espíritu de la isla! Ana Kena despertó a sus amigos que dormían en el suelo de la escuela.

Ioranakorua,” dijo Ana Kena, que significa hola a todos ustedes. “Debemos encontrar las Rongo Rongo antes que sea demasiado tarde. Tenemos que volver a Te Pito, el centro del segundo triángulo, y encontrar las tablas parlantes. Hay que llevar herramientas para cavar y esta vez iremos preparados para evitar cualquier ataque de los Tangata Ana.”

Todos los niños comenzaron a buscar las herramientas más adecuadas para encontrar las Rongo Rongo y a preparar algunas armas defensivas.

Entre estas armas defensivas, prepararon muchos troncos de plátanos amarrados de dos en dos para hacer haka pei, es decir, deslizarse desde una pendiente. En este caso, para derribar a algún Tangata Ana lanzándose contra ellos desde alguna cima para hacerlos perder el equilibrio y que rodaran por las inclinadas pendientes porque, por lo general, el haka pei lo utilizaban sólo en competencias y para entretenerse. Un grupo de niñas preparó con hojas de plátano unas pequeñas bombas que llenaban con agua de mar. Allí disolvían algunas las semillas molidas del fruto del toromiro, un arbusto que se ve en toda la isla y que crece cerca de tres metros de altura. El efecto era sorprendente. Si una de estas bombitas caía en el cuerpo de algún Tangata Ana, el pobre hombre sufriría una picazón tan grande que lo dejaría fuera de combate por varios días. Otros niños, más pícaros, prepararon pequeñas bolitas con excremento de caballo, las que tirarían con hondas. Tal vez estas bolitas no detendrían a los Tangata Ana, pero pensaron que sería muy divertido y apestoso tirárselas en la cara.

Mientras algunos niños seguían preparando las armas defensivas, Turi se encargó de avisar a todos los grupos de niños, es decir, los vigías de los tres volcanes, los mensajeros, el grupo de apoyo y el de protección del cuartel general, para que se prepararan ante un posible ataque de los hombres de las cavernas.

Una vez que todo estuvo preparado y organizado, Ana Kena, Turi y una veintena de niños y niñas partieron a caballo hacia Te Pito, donde podrían encontrar las Rongo Rongo. Se fueron a todo galope para no perder tiempo. Al llegar allí descargaron las herramientas que habían conseguido y se dividieron en dos grupos que se turnarían la vigilancia y el excavado para encontrar las Rongo Rongo. Paro, el moai gigante que se encontraba a unos metros de allí, parecía sonreír. Al cabo de unas horas, en las que habían descubierto las rocas circulares, se encontraron con que la más grande, la del centro, tenía tallados una decena de símbolos. Los niños limpiaron aún más la superficie y los bordes para intentar deslizar la gran piedra. Tenía la forma de un huevo gigante y pesaba más de una tonelada. Era imposible moverla de donde estaba. Los niños excavaron más y más hasta que encontraron una unión que partía el huevo a la mitad. Intentaron separar las dos partes, pero era muy difícil. Después de mucho esfuerzo y con la ayuda de unos arpones, lograron separar sólo un poco la parte superior del huevo de piedra que parecía ser una tapa. Pero ya no podían hacer nada más. La piedra era demasiado pesada.

Después de mucho pensar, a Ana Kena se le ocurrió la idea de amarrar la parte saliente del huevo de piedra con una cuerda hecha de juncos y tirarla con la ayuda de su caballo Hetu. Colocaron el otro extremo de la cuerda entre el cuello y las patas delanteras de Hetu, como en su pecho, cuidando de insertar algunas hojas de plátano entre su piel y la cuerda para que no le hiciera daño.

“¡Vamos, Hetu, avanza, avanza!” gritaban todos los niños.

Hetu tiraba de la cuerda con todas sus fuerzas, pero sus patas se resbalaban en la hierba. Algunos niños comenzaron a tirar de la cuerda junto al caballo hasta que la piedra fue cediendo poco a poco y dejó ver en su interior un bulto envuelto en piel. Parecía muy antiguo. Los niños no podían creerlo. Tenían los ojos tan grandes como los de los moai y contenían el aire. ¡Había descubierto las tablas parlantes de Rongo Rongo!

Con mucho cuidado, Turi tomó el bulto y le quitó el envoltorio de cuero. Pesaba mucho como para ser una tabla. Al desenvolverla, encontraron un hermoso trozo de madera esculpido con muchos símbolos. Era de color café oscuro y pesaba tanto porque la madera se había petrificado, es decir, con el paso de los años, tal vez cientos de años, se había vuelto como una piedra.

Todos los niños y las niñas se sentaron alrededor del hoyo que habían cavado y comenzaron a tratar de leer la tabla, pero era muy difícil porque había símbolos que no conocían. Sólo alcanzaron a descifran un mensaje sin sentido.

“El ________ de Rapa Nui está en su pueblo _______.

Brillarán nuestros antepasados bajo la luz de la_________.

La noche ________ abrirá los ojos de los gigantes de piedra.

El océano guiará al hombre-pájaro”.

Tras unas horas de infructuosos intentos por descifrar las tablas parlantes, Turi sugirió que fueran a pedirle ayuda a Ivi Atua, el único que sería capaz de interpretar esos símbolos. De pronto, igual como el día anterior, el sonido de los caracoles gigantes resonó en toda la isla dando señal de peligro. Los niños se asustaron y vieron para todos lados. Nuevamente aparecieron los Tangata Ana. Venían armados y para sorpresa de todos, eran dirigidos por Ao Nui, el papá de Turi. Todos los niños miraron a Turi y él agachó la cabeza, triste y avergonzado por la actitud destructora de su padre. Dejaron que los Tangata Ana se dirigieran lo más cerca posible de Te Pito. Ana Kena envolvió la pesada tabla de Rongo Rongo en la piel y se subió a su caballo. A unos cien metros de los niños los Tangata Ana se detuvieron, siempre con Ao Nui en la delantera. Turi miró a su padre y movió sus labios diciéndole “No papá, por favor, no lo hagas”, sin pronunciar ninguna palabra para que nadie lo escuchara.

“¡Denme lo que tienen ahí!” dijo Ao Nui, sin saber que eran las tablas parlantes, pero sospechando que era algo que podía impedir sus planes.

Turi le indicó a uno de sus amigos que tocara el caracol gigante. El sonido se propagó rápidamente por toda la isla y comenzaron a aparecer de los cuatro costados decenas de niños y niñas, algunos a caballo y otros a pie, con las armas defensivas que habían preparado.

“¡Vamos!” dijo Turi. Se subió a su caballo y junto a Ana Kena y otros cinco niños jinetes se dirigieron a todo galope hacia el volcán Rano Raraku, donde estaba Aku junto a Ivi Atua.

Mientras tanto, los demás niños y las niñas comenzaron a bombardear a los Tangata Ana con sus bombas de agua y semillas que pican; les tiraron cientos de las bolitas de estiércol de caballo con sus hondas; y con unas cerbatanas de bambú les arrojaron espinas de pescado. Aunque los Tangata Ana eran fuertes y estaban armados, se sorprendieron de la respuesta de los niños y comenzaron a retroceder. Ao Nui, indignado y herido, pero en su orgullo por verse acorralado por unos niños, dio la orden de retirada y los Tangata Ana se fueron corriendo a sus cavernas en el Terevaka.


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