Excerpt for Sangre azul tan roja by Enrique Mercado, available in its entirety at Smashwords

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SANGRE AZUL TAN ROJA

Enrique Mercado


1ª Edición Digital

Septiembre 2011


Smashwords Edition

© Enrique Mercado

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es


ISBN: 978-84-939184-3-9


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

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ÍNDICE

Copyright

Nota preliminar

Prefacio

Primera Parte: Reinado en dos mundos

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Segunda Parte: Reino de otro mundo

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Tercera Parte: Reino del otro mundo

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo Final

Sobre el autor




Dirigido al Duque de Béjar

Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcaçar y Bañares, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos


Esta es una de esas historias que no interesan a nadie.

¿Qué mejor motivo para escribirla?




Nota preliminar


A veces, cuando Inglaterra se ha asomado a mis pensamientos, la he visto huir en un caballo por sus bosques misteriosos, atravesar en un solo viaje todas las épocas de su historia. He visto a Enrique VIII darse la mano con Stevenson, y a Keats recitar un poema a la efigie de estatua de Isabel I.

Basta con mirarse en el Támesis que escapa del crepúsculo, para descubrir a Mister Scrooge, Hamlet o, incluso, sentir a nuestras espaldas la presencia inquisitiva de Sherlock Holmes o el vuelo del vampiro de Stoker.




Prefacio


Hacía algún tiempo que el tal señor Enrique Mercado venía siguiendo mis pasos. Recuerda el citado caballero sus primeras pesquisas relativas a mi persona. Me descubrió por casualidad en unas hojas olvidadas, a las que yo di el título de Epitalamio, y que si mal no recuerdo envié a las cloacas su primera edición. Después afirma haberme seguido en mis viajes por América a través de las Sonatas y otras aventuras de mi venerado Marqués de Bradomín.

Sostiene asimismo haberme visto interpretando papeles del Don Juan, de Zorrilla, y alguna comedia insignificante de mi querido amigo Jacinto Benavente. Se manifiesta enamorado de mi Marquesa Rosalinda y ferviente admirador de ese gran poeta andaluz llamado Max Estrella.

Confiesa no haber leído Baza de espadas, aunque me jura que será el próximo libro que caiga en sus manos después de terminar, eso sí, el Informe para una academia, de un tal Kafka. Hasta hace unos días, no sabía yo de la existencia de este señor Mercado, tan desconocido en la patria de las Letras. Insiste en que ha seguido mi rastro por los rincones más oscuros del Retiro, allí donde escribí las mejores páginas de Luces de Bohemia; en los jardines del Campo del Moro, donde, según afirma, yo me dirigía todas las tardes en compañía de mi verborreico amigo Ramón. Hay cierta parte de verdad, pero la historia jamás sabrá dónde empieza la realidad y llega a su término la fantasía. Así fue mi vida y así pretendo que permanezca para la eternidad. El señor Mercado logró dar con mi paradero una de esas tardes otoñales, plúmbeas, cuando recitaba para un público invisible un fragmento de La pipa de Kif, junto a la estatua del Ángel Caído. Recuerdo que, al término del acto, mi admirado Rubén tuvo a bien presentarme al pertinaz caballero manifestando solemnemente: «Dice haber leído La lámpara maravillosa».

Aquella afirmación me produjo gran complacencia y decidí platicar con el desconocido. Tras los pormenores literarios de rigor, pasamos al motivo de su visita. Dijo tenerme por el más grande de los escritores, más incluso que Cervantes, y me propuso un pequeño favor: prologarle su novela Sangre azul tan roja. Naturalmente, no pude negarme y convine en llevar a cabo su petición.

Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto:

«Sangre azul tan roja, donde se cuenta la historia de una reina que se ve olvidada en la oscuridad de sus corredores palaciegos, en un marco intemporal, con algunas coordenadas que permiten evocar distintas atmósferas y ambientes de la literatura y la historia inglesas.

Al término de su lectura, surge un interrogante… ¿No será la historia de esta reina la historia de todas las reinas y sus respectivas soledades? No es extraño, pues, que todo anacronismo resulte perfectamente coherente con la idea de fondo del relato.»


Don Ramón María del Valle-Inclán



Primera Parte: Reinado en dos mundos


Golmara, yo había creído que tú amabas

a aquel para quien mi brazo te libró de las

llamas y de la muerte.

¡Yo amar al feroz Seïde!... ¡No, no, jamás!

En vano ha sido el haber intentado corres-

ponder a su pasión; el amor no habita sino

con la libertad; yo soy esclava, esclava

favorita sin duda, destinada a participar

del esplendor que rodea a Seïde y a parecer

dichosa.

(LORD BYRON, El Corsario)



Capítulo I


Mucho antes de que James Ensor pintara su famoso cuadro Las máscaras y la muerte, aquella reina se encontraba perdida en los laberintos pétreos de su palacio. Una vida entregada a la soledad de un rey esporádico, cazador empedernido, batallador incansable, dictador de leyes y edictos. Ella era la mujer más feliz del reino, debería serlo al menos, con sus oropeles, sus camas de seda, sus infinitos criados, sus serviles y adiestradas doncellas, sus privilegios y sus faisanes a la naranja. Pero de nada servía todo aquello sin las caricias de unos labios arrulladores, sin el contacto de unas manos tibias y desorbitadas, sin las atenciones de un galante y esclavo caballero. De nada servía nada con aquel implacable cinturón de castidad a cuestas en las guerras cortas aunque intensas contra reinos sublevados por la injusticia. Y el Rey, cuando se dignaba a compartir el lecho con ella, simplemente era para dormir después de alguna orgía secreta en los recodos del palacio.

La Reina se veía incapaz de hacer frente a aquella situación. Cómo hubiera deseado tener el arrojo, el denuedo de esa hetaira griega nacida en Mileto hacia el 480 a. de J. C. que se llamó Aspasia. No, tan sólo se conformaba con pensar en la posibilidad de que aquel retrato suyo que había sobre el espejo lo hubiera realizado el ínclito Hans Holbein, el Joven, naturalmente. Y había de pasar las horas, plomizas, interminables, derramando lágrimas en su almohada de seda, bajo la cual ocultaba la primera edición ilustrada de La princesa Brambilla, del renombrado escritor Hoffmann. La lectura de esas páginas a veces la salvaba de la monotonía en la que se veía envuelta; ni siquiera en las recepciones a otros monarcas procedentes de lejanos reinos, podía mostrar su elocuencia, la alegría de unos ojos de soberana, la altivez de una mujer hermosa y alabada en los corrillos febriles de la Corte.

Fue en una de aquellas madrugadas de bacanal, de risotadas detrás de la puerta, tras derrumbarse el Rey pesadamente en el lecho, cuando la Reina intentó calmar su sed de deseo y correspondencia:

—¿Me escuchas?...

El Rey entreabrió un párpado y resopló, ausente.

—No, ya veo que no.

Esa noche, el hijo del Conde Keats, postrado a los pies del Rey, le había recitado al monarca el tercer canto de La Reina de las Hadas, de Spenser. La Princesa del Oriente, entretanto, desnudaba su cuerpo siete veces y danzaba con la nocturna palidez de las dunas.

Esta escena tenía lugar en las mazmorras de palacio, bajo la atenta mirada de los esclavos encerrados tras los barrotes.

El Rey, entusiasmado, derramó en su pecho una jarra de vino y estrelló un pie en la joroba de su bufón favorito, que rodó hasta caer en el grupo de efebos que presidía un supuesto descendiente del Conde de Surrey, cantor de Geraldine.

Dos rameras, ataviadas con los trajes que la Reina había ido regalando a sus criadas, entraron a la mazmorra que húmedos cantos transformaban en la sentina de un bajel, y rasgaron sus vestidos para mostrar al Rey la morbidez adolescente de sus pechos.

—¡Presente del Maligno!... —dijo el Rey a una de ellas—. ¡Ven, ven hasta mí!...

La ramera se sentó sobre sus piernas y, de inmediato, escuchó el resonar metálico entre sus pechos.

El hijo del Conde Keats, colocando graciosamente su peluca rubia en la cabeza del bufón, se acercó al Rey y le ayudó a bajarse los pantalones de muselina.

—¡Cuidado, cuidado! —gritaba el Rey—. ¡Esta prenda conoció muchas batallas!...

La ramera, ignorando estas palabras, clavó sus uñas en los pantalones y sus dientes atraparon el motivo de Aristófanes . El hijo del Conde Keats detuvo el baile de las mil y una noches de su amada y, junto a la meretriz convertida en estatua, se entregó al vuelo del amor.

Justo en ese momento, el supuesto descendiente del Conde de Surrey se encontraba en el escenario romántico por excelencia:

«Voy a saltar las tapias del cementerio.

Voy a robar los huesos de nuestros muertos»

Los prisioneros de la última batalla, reducidos a unas manos que atravesaban los barrotes pidiendo clemencia, semejaban con sus gritos las voces de los muertos del poema. El bufón, compadecido de ellos, dejaba que tocasen su joroba como consuelo a su desesperación.

El Rey apartó de un golpe la boca de la ramera y se levantó del trono que le habían levantado desde el otro mundo diez reos de muerte. Con toda la solemnidad que le permitía su estado, dijo:

—Amigos. Ha llegado una hora que no nos pertenece. Volved a vuestros aposentos.

Uno a uno, los participantes de la orgía fueron bajando sus cabezas ante el báculo enhiesto del Rey y la mazmorra abrió sus paredes para dar paso a los pobladores de la noche.

El Rey, al llegar a la puerta de su aposento, no advirtió las presencias de sus alabarderos atrapando una forma soñada de mujer. Sin saber por qué, comenzó a emitir grandes risotadas al tiempo que sacaba las llaves del fondo de su sombrero.

Después, entró al aposento que los recuerdos bañaban con su bruma. La Reina, incorporada en el antiguo tálamo, lo miraba grave; algunas lágrimas humedecían su boca. Él no la vio y dio unos pasos vacilantes hasta derrumbarse pesadamente en el lecho.

La Reina lo miró con tristeza. Bajo las cortinas de tul ondulaba un respirar orondo, pestilente de fermentos y sudor, todo un rey incapaz de satisfacer el más remoto deseo de aquella a la que un día hiciera dueña de los vastos dominios de su corazón y de la última mazmorra del palacio. Qué lejos quedaban las horas fluyendo en el jardín secreto de las estatuas decapitadas, los rostros que siglo tras siglo se reflejaban en las aguas complacientes del estanque dorado construido por una ingente legión de jorobados duendes. Los besos bajo las columnas irisadas, sus pechos resbalando sobre la hierba nocturna, las promesas que sólo una reina es capaz de recibir con la seguridad de que nunca serán traicionadas. Imágenes que desgarra el presente con su manotazo cruento e ineluctable. Porque a su lado había desolación, la certidumbre de que jamás conseguiría el más mínimo vapor de felicidad.

—Escúchame —intentó de nuevo—. ¿Es que no te gusto más que esas rameras?

El Rey se incorporó con los ojos cerrados y dijo:

—¿Por qué me despiertas? Esta noche estoy muy cansado.

—¿Es que no tienes ni un momento para tu reina? —interrogó ella al tiempo que le mostraba su cuerpo desnudo—. No me importa que seas de otras, pero hazme feliz aunque no sea más que por una noche.

El Rey la abrazó semidormido y cedió a sus peticiones. Por un breve espacio de tiempo, la Reina se vio transportada a otras brumas que venían a sus ojos con la frescura de lo intocable, como aquella vez en que por todo lecho tuvieron un deslumbrante caballo blanco, robado a un mendigo que más tarde resultaría ser el desaparecido Rey de Bagdad.

La Reina sintió entonces los brazos de otro ámbito irrecuperable, la lengua gris del primer encuentro, y supo que no bajaban sensaciones de su corazón a ninguno de sus dedos.

—Y ahora déjame dormir —susurraron a su oído.

Por un instante, deseó apuñalar al Rey impunemente antes de que llegara a conciliar el sueño otra vez, pero prefirió gritarle sin miedo a lo que pudiera ocurrir:

—¡No eres más que un borracho! No sabes cumplir con una mujer de verdad. Prefieres demostrar tu vigor con simples mujerzuelas que se contentan con las monedas que les arrojas entre los pechos.

El Rey la miró, perplejo.

—¿Quién te desató esa lengua?...

—¡Tú! Y no me importa que me castigues, que me tortures y desgarres los vestidos para azotarme.

El Rey le apretó la cabeza con ambas manos y le recomendó:

—Antes de volver a hablar conmigo, recuerda quién soy. ¡El Rey! Tu rey también, deslenguada… Y si quieres conservar el habla, será mejor que no vuelvas a dirigirte a mí en esos términos.

En el fondo, un miedo atroz paralizaba sus sentidos, por lo que decidió darle la espalda como única protesta ante su indiferencia y poder. El Rey lo agradeció con un gesto de triunfo y se arropó con los sueños oscuros que surgen después de una larga noche respirando a través de una copa innumerable.

«Cómo envidio a todas las mujeres», pensó la Reina. «Envidio incluso a ésas que dejan sus sueños en labios que contienen monedas en lugar de besos. Al menos, tienen algo, pero yo… sola en medio de estos impenetrables muros, hora tras hora sumida en el silencio, en la ausencia de aquel al que ya nada importas, aunque lo tengas todo.»

Y entonces observó la habitación. Allí estaba el armario de oro y madera obtenida de las cruces donde murieron Jesucristo y tantos otros mártires. Un armario valorado en trescientas mil libras y una isla en cuyo interior se amontonaban cientos de vestidos, algunos de ellos tan valiosos como el que le hicieron unos artistas franceses con la tela del que Juana de Arco se puso para ir a la hoguera. Allí dormía también, en un rincón, la urna de cristal donde se dice que estuvieron Blancanieves y otras reinas del medioevo más de un siglo muertas por una manzana envenenada. No faltaba ningún detalle de pompa y posesión: desde los originales de los Textos de los sarcófagos hasta una reproducción casi exacta de La Santa Faz.

«Tengo todo lo que para mí es nada…»

Y miró tristemente hacia la ventana. La claridad de las estrellas perdidas en su camino hacia Dios besaba sus manos de vez en vez. Al mover estas, aparecían dibujos sencillos y a la vez sorprendentes, momento mágico de la amanecida madrugada. El viento, quizás, soplaba ondulante entre los cipreses, y en algún tugurio de la cercana urbe, un admirador secreto de Shakespeare le escribía la segunda parte de La Tragedia de Romeo y Julieta.

La Reina pensó de repente en cosas remotas, en vagos sentimientos inefables y en historias aguardando tras una capa negra o un guiño inesperado de una insospechada carroza de cristal. Deseó encaramarse a la ventana y deslizarse a través de una escala, desde las piedras verticales hasta los laberínticos jardines que, sin embargo, deberían contar con más de una salida. Pensó, sí, pensó largo rato en los seres que habitaban la vida y la historia, tan próximos a ella, una auténtica desconocida para el mundo.

Abandonó el lecho y se aproximó a la ventana sin molestarse en cubrir su desnudez. Notó un leve estremecimiento al sumergirse en la tenue luz que brotaba del firmamento. En el estanque se reflejaba una luna diminuta que aquella noche había comenzado a arañar la oscuridad con su uña engarfiada y desafiante. Al fondo, la ciudad mostraba sus faroles vigilantes de calles empedradas donde se distinguían grupos de mendigos acurrucados al calor de una vacilante hoguera o tal vez grupos de brujas que danzaban descalzas sobre el fuego de Satanás, donde se escuchaban carruajes que transportaban a actrices de segunda fila o tal vez a príncipes expulsados de sus reinos por haberse enamorado de una mirada plebeya.

«Lo más bello de este palacio —pensó la Reina— es lo que se esconde fuera de sus muros. ¿Qué pensará de mí toda esa gente? ¿Me envidiarán o en el fondo adivinan mi rostro de tristeza por no pertenecer como ellos a las miserias del mundo?»

A pesar de todo, la Reina jamás conocería respuesta alguna, porque jamás podría escaparse por los jardines, sortear a toda la guardia y saltar los muros coronados por agudos hierros.

«No, nunca. Siempre rodeada de serviles esclavos que jamás me dirán una palabra distinta de Sí, Majestad. Sin amor… Durmiendo, a veces, junto a un desconocido a quien todo un pueblo dice amar. Soportando la indiferencia, los gritos de placer de sus rameras, las miradas inquisitivas de sus guardianes…»

Pensó esto y, súbitamente, creyó ver una sombra que se movía entre los arbustos del jardín. Fueron breves segundos de sorpresa y anhelo. ¿Tal vez alguien venía a rescatarla de allí? Un búho voló silencioso hasta posarse sobre una de las estatuas próximas al estanque, transmutando en ondas de plata el reflejo de aquella figura deseada.

«Si pudiera salir de aquí…»

Esbozó un gesto de desencanto y se aproximó al lecho donde yacía aquel cuerpo informe disfrazado de rey. Ni siquiera se había despojado de sus pesadas y horribles botas, a un lado la peluca, los pantalones de muselina arañados por los dientes de las viciosas.

La Reina lo observó con desprecio primero y con asco después y se acercó hasta la puerta, cerrada con siete llaves de oro y tras la cual dormitaban bajo el sopor del opio dos guardianes. El Rey acostumbraba a guardarse las llaves en el fondo de su sombrero durante la noche. Quería evitar así que la Reina frecuentara galerías que desde el principio le había ocultado. Durante el día, se encargaban de esta misión impenitentes y adiestradas doncellas que la atendían incansablemente.

A pesar de todo, aquella madrugada, la Reina estaba decidida a cometer la más descabellada de las locuras, por lo que, tras vestirse con decoro, tomó el sombrero y extrajo de él las llaves. El Rey, abismalmente dormido, continuó en la misma posición y no pudo observar cómo cedió la puerta bajo las agitadas manos de su reina. Esta, tal como sospechaba, encontró a los dos guardianes abrazados a sus alabardas, en el más profundo de los pozos, hundidos en el interior de sus atildadas vestimentas.



Capítulo II


Recorrió las mismas galerías de siempre. Ahora, penumbrosas y desoladas, se le ofrecían como las de una cueva decorada toscamente: armaduras terrosas, paredes desconchadas, alfombras que crujían al sentir su paso efímero y presuroso… Todas ellas conducían a estancias que durante el día estaban repletas de perfumes arábigos, de músicas de Bach y otros músicos desconocidos, de doncellas, de esclavos, de embajadas, de bufones decadentes, de palabras altisonantes cuando la bailarina se ha saltado el protocolo al besar los pies del Rey, de guerreros que traen cabezas de dragones. Es la noche la que cubre los sillones vacíos con sus sombras de penumbra sin tiempo. No hace falta respirar porque no existe el menor deseo, el más ínfimo temor. Basta con arrojarse sobre el suelo y aspirar el instante que nunca ha de avanzar convertido en arena que desciende. Aunque, a veces, alguien desea escapar de lo que no existe y busca galerías ignotas que desconocen la noche y la quietud.

La Reina tomó una vela y se encaminó hacia una galería iluminada con antorchas de color cinabrio. Avanzó unos pasos, intentando no hacer ruido para no despertar a los dos guardianes que yacían dormidos a unos metros de ella. De pronto, uno de ellos abrió los ojos. La Reina se detuvo, sobresaltada.

A diferencia de sus compañeros, aquel guardián rara vez conseguía agarrarse a su alabarda y abandonarse al sueño. La noche saltaba la tapia de su cerebro y le acosaba con recuerdos tan amargos como los de aquel día de hace siglos en que la necesidad le empujó a escapar de su casa. Desde aquel momento, niño desarrapado bajo las lunas, vivió a la briba por las calles de Londres, escurridizo y fugaz en los puestos del mercado, a la salida de las iglesias, bajo los carruajes nocturnos del río. Desnudo y solo en el mundo, hasta que un día apareció el protector que recogía niños huérfanos y lo puso a trabajar a su servicio, apartándolo del mal camino.

Al evocar esta parte de su vida, le venía al paladar el sabor de frambuesa y polvo de las ruinas en que habitó, sabor ideal de la memoria. También recordaba con especial fruición cómo entró a formar parte de la guardia personal del Rey. Por entonces, acababa de cumplir veinticinco años, y, días atrás, la vida había dejado de tener sentido para él. Era una tarde neblinosa; por los caminos del arrabal, algunas luces vacilaban entre la espesura. Él se dirigía a la modesta casa en que habitaba junto a un amigo de andanzas y correrías, abatido por el duro trabajo que había conseguido en el muelle, y no sospechaba la presencia de dos borrachos a sus espaldas.

Entró a la casa. Su amigo compartía con un rincón las telarañas y dormía profundamente. Lo contempló un instante: la mano intangible de la penumbra acarició su rostro y lo llamó al lecho tibio junto a las llamas de la chimenea. Sin más preámbulos, se acostó en la cama y dejó que su mirada escapase por los cristales empañados de la ventana. Próximo a la vigilia, creyó ver dos sombras que se sugerían al otro lado, pero el sueño le alcanzó y los cristales desaparecieron.

Cuando despertó, estaba rodeado por las llamas. Las dos sombras de los cristales, se le aparecían nítidamente bajo sus copperfields arrugados. Una de ellas, derramando una botella en su garganta, decía ceremoniosamente:

—¡El fuego santifica! ¡Purifiquemos los corazones de estos pecadores!...

Por más que lo intentaba, no lograba recordar cómo escapó de las lenguas de fuego que atraparon a su amigo y lo convirtieron en un cadáver negro al alba. Él, por su parte, apareció con el rostro quemado entre las sábanas del lecho de una casa vecina. El Rey y su cortejo, que casualmente pasaban por allí después de una batalla, se detuvieron ante los haces luminosos que ascendían hacia la noche. El Rey se apeó de su caballo y se interesó por las personas que habían perecido en aquel incendio.

Qué emoción tan indescriptible experimentó el guardián cuando los ojos gallardos de su monarca se posaron en los suyos desde el fondo del pasillo. El soberano entró al aposento humilde y le reconfortó con palabras que sólo un corazón noble puede pronunciar.

Varias semanas después, tras una ceremonia en el patio de armas de palacio, entró a formar parte de la guardia personal del Rey.

Por desgracia, el corazón del Rey comenzó a obrar con nuevos latidos. El monarca, antes noble y ecuánime, actuaba ahora como un verdadero tirano, hasta el punto de obligar a la guardia a no salir nunca de palacio, siempre a sus órdenes, y a prohibir a sus miembros el contacto con cualquier mujer.

Por este motivo, el guardián terminaba cada día más apesadumbrado, amando formas que se le aparecían en los momentos febriles e insomnes de la madrugada. Formas tan insinuantes como la que aquella noche le miraba a la luz de un cirio trémulo. De inmediato, pensó en lanzarse sobre ella y atraparla antes de que se desvaneciera, pero se contuvo al descubrir que se trataba de la Reina.

—Majestad… —susurró a la vez que se incorporaba—. ¿Se ha perdido?...

—No… Sólo quiero entrar en aquella estancia cerrada —dijo la Reina, señalando un portón desvencijado.

—Me temo que tal cosa es imposible. Su Majestad, el Rey, así nos lo tiene encomendado.

—¿Y vas a negar a tu Reina tan pequeño favor? —le dijo ella, con tono melancólico.

—Lo siento, Majestad —se excusó el guardián, azorado—. Va mi vida en ello. El Rey me cortaría la cabeza.

—No ha de enterarse.

El guardián permaneció pensativo por un momento y después resolvió dejar el paso franco a la Reina.

—Muchas gracias —dijo ella, a la vez que depositaba un ligerísimo beso en su frente.

El guardián sonrió lascivamente, sorprendido ante aquella demostración de afecto, y exclamó:

—Pero yo acompañaré a su Majestad. ¿Quién conoce los peligros que pueden acecharle a una mujer tan hermosa?

El otro guardián yacía a sus pies con una horrible mueca de ausencia. De modo que no les impidió abrir la puerta de hierro y penetrar por ella. De inmediato, la Reina sintió el grito sin fin de un viento que resonaba con la voz de un tuberculoso, una especie de alarido que erizaba todos los cabellos, una sinfonía de ultratumba que daba portazos en su corazón.

—No tenga miedo —exclamó el guardián—. Conmigo estará segura.

La Reina descubrió que el timbre de voz del guardián era decididamente hueco, semejante al del viento que sonorizaba la galería. Observó con detalle a aquel individuo y torció el gesto al contemplar su cara quemada, su labio inferior partido en veinte pedazos, su nariz porosa y cubierta de pelos, sus ojos chispeantes por la embriaguez de la noche, e intentó separarse de él, pero este, al fin, decidió estrecharla entre sus brazos.

—¡Suéltame! ¡Soy tu reina!...

—¡Ahora eres mía! —gritó el guardián—. Y no me importa perder la cabeza si a cambio consigo un cuerpo tan maravilloso.

La Reina cayó al suelo y notó su espalda magullada, sus rodillas heridas al contacto de las frías piedras.

—No te asustes. Yo puedo darte lo que ese monstruo es incapaz de ofrecerte.

La Reina cerró sus ojos ante aquella nefanda visión. Su vestido desapareció de su cuerpo y se halló desnuda sin que pudiera emitir el más apagado grito de auxilio.

—No llores, por favor —le decía el guardián—. No soy tan horrible…

Entonces, ella abría los ojos y aparecía una lengua viscosa que le besaba el cuello. Poco a poco, fue llenándose de aquel ser depravado y comprendió que tampoco era el fin del mundo. Después de todo, era una sensación diferente, tal vez repugnante, pero al fin y al cabo distinta. Y acaso, ¿no era el Rey aún más repugnante con su aliento fétido de vino, de incansables rameras, de injusticias con sus súbditos?

—¿Ya has terminado?... —exclamó la Reina al ver que el guardián se separaba con rapidez de ella y se vestía con idéntica celeridad.

—Majestad… —manifestó, asustado—. ¡Cómo he podido ser capaz de semejante felonía!... No era dueño de mí mismo. Merezco ser ahorcado…

La Reina se aproximó a él y le tomó de una mano.

—No te sientas culpable —señaló—. Tú lo hiciste porque me deseabas.

—Pero… no debía hacerlo. La ira del Rey caerá sobre mí.

La Reina le miró fijamente.

—Reconozco que un principio sentí cierta repugnancia —afirmó—, pero tú me has dado, aunque haya sido por la fuerza, lo que él nunca se ha preocupado en ofrecerme. Soy feliz, en cierto modo, porque, realmente, alguien me desea verdad.

—Sí, pero no sabía lo que hacía. Pagaré cara mi ofensa.

—¡Ni una palabra más! —le interrumpió la Reina—. No habrá castigo para ti. Solo te pido que no le cuentes al Rey que me has visto esta noche… ¡Vamos, márchate y cierra la puerta! Yo me quedo aquí.

—¡Pero este lugar es muy peligroso! —advirtió el guardián—. Ni yo mismo sé qué se oculta al final de la galería.

—No te preocupes por mí. Y recuerda… Ni una sola palabra.

—Sí, Majestad…

El guardián desapareció tras el plof de la puerta.

La Reina se vistió y tomó la vela que permanecía indiferente en el suelo. No se apreciaba ninguna luz al fondo y dudó en seguir en dirección a una oscuridad casi eterna y pavorosa. Al fin, decidió avanzar con cautela. Se aproximó a una de las paredes. Unos caracteres borrosos se destaparon a su vista:


This grand elixir that that gilden them?


Esta frase pertenecía a La Tempestad, del ínclito dramaturgo de Stratford on Avon. Shakespeare hacía notoria referencia al elixir de la eterna juventud, creado por los más preclaros alquimistas que en el mundo han sido. La Reina se encogió repentinamente al sentir un cosquilleo frío en el estómago. Había penetrado en algún lugar fuera del tiempo y tal vez nunca más sabría de los albores de la vida. Continuó su paso lento. De modo inopinado, una tenue claridad iluminó el fondo de la galería. Sentada a una mesa de oro, una vieja escribía extraños signos en un pergamino amarillento.

La Bruja de la Galería llevaba toda la noche preparando filtros y encantamientos, invocando espíritus y conjurando los sortilegios de las hadas en el laberinto de los bosques. Sentada sobre la mesa fabricada con el oro que sir Francis Drake había robado a las embarcaciones de ultramar, escribía la leyenda que el mundo contaría de ella cuando decidiera desaparecer para siempre.

Condenada a servir a la realeza de Inglaterra por una serie de extraños azares, sentía la necesidad de descansar aún a costa de perder sus poderes, obtenidos en el II milenio a. C., en Egipto, cuando en el interior de aquella pirámide, velando la muerte sin entrañas del faraón, se sintió poseída por el espíritu inmortal del finado.

Desde entonces, vagó en un limbo sin memoria, brillando en el haz de los lagos, sirviendo a fuerzas telúricas y encadenándose a espíritus poderosos.

Por fin, un día llegó a Londres, convertida en niebla que flotaba sobre el río, y sufrió el encantamiento de la ciudad, y entonces no hubo posible exorcismo.

Atraída por las altas torres de palacio, arribó a éste y, en sus oscuros corredores, se topó con la figura agonizante del Príncipe, a quien restituyó la vida.

Ese mismo día, se firmó el pacto entre el Rey y la hechicera, pacto que, en ese momento, alguien estaba quebrantando.

La Bruja miró al fondo de la galería y reconoció al osado. Se trataba de la Reina que, trémula y asustada, avanzaba hacia ella con una vela en sus manos.

—Majestad… —habló desde la entraña de las cavernas—. ¿Qué le trae por aquí?

La Reina llegó hasta la mesa dorada.

—Siéntese a mi lado —exclamó La Bruja.

Una silla surgió de las sombras. La Reina tomó asiento.

—¿Quién le ha dado licencia para entrar en mi galería? —preguntó la Bruja con tono hosco.

—¿Su galería?... —exclamó la Reina, un poco intimidada.

—Sí, Majestad, mi galería, mi pequeño reino… ¿No fue advertida por el Rey sobre mi presencia en este palacio?

—No, no me dijo nada.

—Pues acaba de quebrantar nuestro pacto secreto.

—¿Un pacto? Yo no sabía nada de eso. Además, esta noche estoy aquí por mi propia voluntad.

—No debería haberlo hecho. ¿Nunca ha oído hablar de mí?

Nada más decir estas palabras, dos fuentes de fuego azul brotaron de sus ojos. La Reina se apartó, asustada, intentando ocultarse de aquellas uñas enrojecidas que parecían acercarse a su cuello.

—No se asuste, Majestad —insinuó una sonrisa—. No soy tan perversa como una leyenda de mil años ha difundido entre las lenguas del pueblo. En el fondo, siempre he servido a la justicia, aunque a veces no fuera tal por proceder de los labios airados de un rey ambicioso.

—Entonces —dedujo la Reina— estoy hablando con la madre de Merlín, condenada por los cielos a servir a la realeza inglesa...

—¡Oh, no! ¡Cuántas mentiras se han podido llegar a decir de mí! Lo único cierto es que estoy condenada a servir a todos los reyes de Inglaterra, no por los cielos, pues no existen, sino por los infiernos. El poder, ingenua reina, no es lo mismo sin la ayuda de una corte fantasmal de brujas y asesinos, aunque yo, al cabo de los tiempos, he comprendido que la bondad no es sólo patrimonio de los virtuosos. Mire ese caballo.

A dos metros de la Reina, se materializó un corcel blanco.

—El podría hablarle de muchos acontecimientos que atesora avaramente la historia de Inglaterra. No en vano, ha salvado un reino… ¿Recuerda la rebelión de Wat Tyler de 1381?

La Reina asintió.

—Pues el tal Tyler, valiéndose de los poderes de un sacerdote excomulgado de nombre John Ball, que tenía a su servicio a veinte hechiceras, condujo a una multitud de campesinos y labradores a Londres, llegando a ocuparlo en gran parte y decapitando, asimismo, a Simón de Sydbury, canciller del Rey y arzobispo de Canterbury. Por otra parte, alguien había bajado abyectamente el puente levadizo de la Torre de Londres, por lo que el Rey podría correr igual suerte que su canciller. No sería así… El Rey, Ricardo II, apareció montado sobre el hermoso caballo y convenció a las muchedumbres para que volvieran a sus casas.

—Y el caballo… ¿qué tiene que ver en toda esta historia?

—Todo. El caballo soy yo, en realidad. A los ojos de la Corte, era un simple caballo. Los campesinos, contrariamente, vieron horrorizados a su rey a lomos de un dragón de siete cabezas que arrojaba vaharadas de humo, fuego y roca volcánica.

La Bruja de la Galería agitó sus dedos en el aire y el caballo desapareció. Después, tomó una mano de la Reina.

—Y ahora me gustaría saber qué está haciendo por aquí.

La Reina dudó un instante. Al fin, acertó a decir:

—Quiero salir del palacio.

—¡Pero cómo puede decir eso! —exclamó la Bruja de la Galería—. ¿Es que acaso un rey no puede dar a su reina todo lo que esta desea?

—Sí, puede dármelo todo —contraatacó la Reina—, menos a sí mismo. Y a mí sólo me importa él, o me importaba, ya no lo sé. Yo lo amaba como hombre, y su amor era la única recompensa que quería recibir.

—No hay que dejarse llevar por los sentimientos. Los reyes siempre han sido así. Han tenido una consorte para la historia, pero los palacios están llenos de galerías desconocidas donde hay mujeres ardientes, placeres ignorados, efebos y toda suerte de criaturas apetecibles.

—Por eso quiero escapar del palacio. No me interesa pertenecer a las páginas en blanco de la historia.

—Yo podría ayudarla, si quisiera… Al fin y al cabo está dentro de mi territorio.

—¿Y piensa hacerlo?

—Sí, ¿por qué no? No estoy transgrediendo ningún pacto, ninguna norma. Además, ya va siendo hora de que los reyes hagan algo por sí mismos.

La Bruja de la Galería puso sus dedos sobre el papel en que trazaba desconocidos conjuros y dijo:

Alea jacta est, ex hoc nunc.

En una de las paredes se dibujó una puerta que, poco después, quedó abierta por completo.

—Esa es la salida. Aún está a tiempo si cambia de idea.

—No, no lo haré.

La Bruja de la Galería se oscureció hasta ocultar sus trazos imposibles en una chistera de sombras. La Reina, palpitante y desconcertada, cruzó el umbral de la quimérica puerta y entró en una nueva galería en cuyo fondo la luz era fragmentada simétricamente por una verja de hierro con diez cerraduras brillantes.



Capítulo III


Tras recorrer algunos metros de rumores callados, el ruido inconfundible del agua la despertó a una realidad distinta. Arrimó su rostro a la verja y contempló sorprendida una caterva nerviosa que hablaba confusamente. El hedor que cosquilleaba su nariz procedía sin duda de las aguas manidas de las cloacas de Londres.

Allí se encontraban sucios y desmembrados mendigos que se calentaban ante un fuego mortecino y ceniciento, rameras que lavaban sus ropas en el agua mostrando sus senos desnudos, extraños individuos que dialogaban con biblias enmohecidas en las manos y niños que hacían competencias acuáticas sin temor a introducir sus cabezas bajo los excrementos flotantes de la urbe.

La Reina estuvo tentada de volverse hacia atrás. Sin embargo, existía algo en aquellas miradas sin ojos, un restallar opaco pero fúlgido, que la invitaba a seguir adelante. Era un mundo al cual no pertenecía, pero ese mundo existía también aunque infinitos muros de hiedra se lo ocultaran.

Una mujer gastada y triste se aproximó a la verja. Llevaba en sus brazos un bulto desarrapado que suponía la presencia de un niño de corta edad en su interior. Sus vestidos, raídos, de indefinible color, no ocultaban unos muslos cobrizos, rematados por unos pies descalzos y con heridas donde la pus y la carne descompuesta se disputaban el llegar antes al suelo. En sus labios había una interrogación permanente, un susurro agónico que pretendía hacer las veces de voz.

Toda la desgracia de la mujer se inició cuando aquel salteador de caminos, hombre respetado en los bajos fondos, que fue John Black, decidió partir hacia el otro mundo con un puñal en el estómago. Desde aquel día, la Mujer Gastada y Triste supo que la vida no le tenía reservado ningún presente más. Un día antes de la muerte de Black, había paseado junto a él por la Vieja Judería levantando la admiración de los perfiles curvos, pasando ante ellos altiva, mientras la pluma del sombrero de John Black pintaba con la mano del aire en el azul de un día de verano.

Después, el cuerpo rígido en el fondo de la tumba, el canto fúnebre de los búhos, las figuras negras en la colina cuando se desangraba la tarde.

Al día siguiente, apareció en la infecta cloaca que, desde entonces, constituiría su nuevo hogar. Había veces que sentía un regusto de nostalgia y se sentaba a esperar al difunto John Black junto a la verja que comunicaba con palacio. Seguramente amanecía en el exterior, cuando miró a la galería que prohibían los hierros y su pecho palpitó: «John, ¿eres tú», y surgió una mujer ataviada con un vestido de seda: la Reina, que apenas pudo moverse cuando la Mujer Gastada y Triste le cogió la mano.

—¿Qué haces ahí? —le espetó, y al decir esto se le cayó el hipotético niño al suelo—. ¿Por qué no estás aquí dentro, como todos nosotros?

La Reina se deshizo de su mano cetrina y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, creyó adecuado interpretar su papel de Reina:

—¡Cómo te atreves a hablarme así! ¡Cómo puedes pensar que tu Reina pertenece al mundo de las cloacas! ¿No ves, acaso, mi vestido de seda y perlas, mi distinción?...

La Mujer Gastada y Triste se echó a reír y exclamó:

—¿Tú la Reina?... Tú no eres más decente que yo. Si no, no estarías ahí dentro.

—Pero no reconoces el rostro de tu soberana… —insistió ésta.

—Yo sólo conozco el rostro de la muerte, de la miseria, de las ratas que se comen las orejas de nuestros niños tuberculosos.

La Mujer Gastada y Triste cogió el bulto que había dejado en el suelo y se lo mostró a la Reina.

—¿Ves este niño?... Pues lleva muerto más de una semana. Pero yo prefiero llevarlo en mis brazos antes de que se lo coman los gusanos de la tierra.

La Reina se apartó, impelida por el espanto, al respirar su olor pútrido y sofocante. El niño le sonreía con su boca vacía, repleta de colgajos corrompidos.

—Vamos, no me digas que te sorprende… Si hubieras sido una reina de verdad, jamás te hubieses acercado a las cloacas. Vamos, pasa… No te quedes ahí. Entra antes de que te atrapen los soldados del Rey. Si la Reina descubre que le has robado su vestido, ordenará que te ahorquen.

—¡Pero si la Reina soy yo!...

La Mujer Gastada y Triste carcajeó con displicencia y llamó a un joven al que le faltaban todos los miembros. En su boca, portaba las diez llaves que se necesitaban para abrir la verja.

La Mujer Gastada y Triste lo había conocido dos años atrás en una taberna. El joven, entonces con todos los miembros hechos y derechos, ahogaba en vino su rabia, tras haber sido despedido de las caballerizas de palacio, donde trabajaba de palafrenero. En la hora en que se encendían todas las luciérnagas de Londres, la Mujer Gastada y Triste salía de las cloacas y, junto al antiguo palafrenero, urdía los asaltos más audaces. Una perfecta alianza que quebró el hacha de uno de los transeúntes expoliados. Este, siguiendo una noche el rastro de sus ladrones, consiguió aprehender al palafrenero y le amputó todos los miembros de su cuerpo.

La Mujer Gastada y Triste bajó a las cloacas y comunicó a los individuos bíblicos el fatal resultado de su aventura nocturna. Los exegetas, con la ayuda de los niños acuáticos, bajaron el cuerpo del palafrenero a las cloacas y lograron salvarle la vida con sus escasos conocimientos de cirugía. A partir de entonces, el palafrenero fue nombrado por los habitantes de la cloaca guardián de la galería que comunicaba con palacio. Más de una vez, reptando por la arena de la cloaca, había estado a punto de arrojarse a las aguas hediondas y dar fin a su sufrimiento, pero la ayuda inestimable de la Mujer Gastada y Triste, logró que se sintiera feliz, sirviendo, de alguna manera, a su Majestad. El punto culminante de su felicidad, llegó al contraer matrimonio con la Mujer Gastada y Triste, ceremonia que fue oficiada por el individuo bíblico que acostumbraba a despertarse recitando de una sola vez El cantar de los cantares.

Al poco tiempo, tuvieron un hijo, pero, por desgracia para la pareja, el niño, que había cumplido cinco meses dos días atrás, rodó de los brazos de su madre dormida y cayó a las aguas. Como resultado de aquel desastre, la Mujer Gastada y Triste perdió el juicio, negándose a admitir la muerte del pequeño. Desde entonces, no lo soltaba ni un momento de sus brazos para evitar que se cayera de nuevo al agua. En los momentos de mayor lucidez, sin embargo, reconocía la muerte de la criatura. Eso sí, tampoco lo desprendía de sus brazos, a no ser que tuviera que abrir la verja que comunicaba con palacio, como había ocurrido con la llegada de la Reina. El Joven Desmembrado siempre estaba allí para sostener el bulto del niño con los dientes, al tiempo que miraba de reojo a uno y otro lado, por si las ratas…

La Mujer Gastada y Triste terminó de meter la décima llave en el último candado de la verja.

—¿Y por qué no entráis al palacio si tenéis las llaves? —exclamó la Reina.

—¿Y qué haríamos dentro?... —dijo la Mujer Gastada y Triste—. Lo que no entiendo es cómo has logrado entrar y salvar a toda la guardia del Rey. Y menos aún cómo has podido robar a la Reina ese vestido. Sólo sé que los soldados acabarían con nuestras vidas si osáramos entrar. Estas llaves se nos entregaron para permitir el paso de todas las rameras y efebos que el Rey tuviera a bien solicitarnos.

La Mujer Gastada y Triste abrió la verja. De inmediato, se abalanzó sobre la Reina y la empujó hacia el interior de la cloaca. La Reina cayó sobre el Joven Desmembrado.

—¡Y ahora le perteneces a él! —exclamó con grandes risotadas.

—¡No!... —gritó la Reina a la vez que intentaba esquivar los mordiscos del Joven Desmembrado—. ¡Que alguien me ayude!... ¡Socorro!...

Los gritos de la Reina alarmaron a los niños acuáticos, a los individuos bíblicos, a las rameras despechadas. Y todos en tropel se encaminaron hacia la puerta. La Reina, en ese momento, era víctima de las dentelladas que el Joven Desmembrado aplicaba a su rostro.

Comenzó entonces una furibunda contienda entre unos y otros por atrapar a aquella mujer tan elegantemente ataviada. Por fin, los dos últimos individuos que quedaron en pie, decidieron repartirse el vestido y los collares que pendían del cuello regio.

De repente, uno de ellos apuñaló al otro y se lanzó en pos de su presa.

—¡Y ahora escuchadme todos! —habló a la muchedumbre—. No sólo me pertenecen a mí sus vestidos y sus joyas, sino su cuerpo también.

Y entonces desgarró el vestido y envió a las aguas los collares de la Reina. Los niños acuáticos se sumergieron hasta el fondo y buscaron con sus cuchillos en los estómagos de las ratas.

—No te asustes —le dijo el extraño individuo a la Reina—. Tú y yo nos vamos a entender, ya lo verás…

El Joven Desmembrado aprovechó estos instantes de confusión para morder al nuevo dueño de la Reina en sus partes pudendas.

—¡Me pertenece a mí, maldito Anticuario! ¡No permitiré que la pongas en venta! —dijo a voces.

El Anticuario, como así era conocido en aquellos ambientes, cogió al Joven Desmembrado y lo sumergió sin contemplaciones en las corrompidas aguas. Después, incorporó a la Reina y la llevó hasta un banco de madera ocupado por seis mujeres.

—¡Vamos, moved el culo, perezosas!...

Las mujeres dejaron el espacio central del banco a la Reina y comenzaron a acariciarla y a sonreírle con velada concupiscencia.

—Él hará de ti una auténtica señorita —se burlaron—. Fíjate, también dijo lo mismo de nosotras cuando nos compró.

Eran las mujeres que antes había visto lavándose en las aguas. Mujeres ajadas de placer, de faldas arremangadas hasta las pantorrillas, de senos voluminosos y caídos, cubiertas con esa piel aceitosa y mugrienta de quien no conoce las camas hechas por las criadas, los espejos adornados con guirnaldas, los biombos negros y transparentes de las alcobas luminosas.

—¿Quién eres tú? —le preguntó una mujer de unos ochenta años que estaba a su lado—. Con esa piel tan suave, y esos pechos…

—No importa —sollozó la Reina—. Ya no me importa nada…

—Vamos, vamos… —exclamó la Vieja tomándola entre sus brazos—. Al principio, es muy duro acostumbrarse, pero el Anticuario es un hombre generoso con el que nunca pasarás hambres ni pesares.

El Anticuario tenía fama de ser generoso con sus meretrices. Muchas de ellas habían salido de aquella cloaca para convertirse en mujeres que, hasta cierto punto, gozaban de la consideración de los demás. En la Taberna del Cuervo Endemoniado, corridas en las añagazas que llevaban a la cama a cualquier hombre, eran respetadas y sus estómagos no conocían las telarañas. El Anticuario, llevado por un instinto paternal a que le había conducido el no conocer a sus progenitores, solía recompensarlas con visitas a sus familiares: esa era la razón de su estancia en las cloacas aquel día.

A sus cincuenta años, y después de tantos avatares, había conseguido ser un hombre mesurado que no acostumbraba a perder la cabeza con facilidad. Sin embargo, cuando sintió a sus espaldas esa algazara que producían los habitantes de las cloacas en torno a una mujer de excepcional belleza, la sangre se le revolvió dentro de las venas y le hizo pugnar por conseguir tan preciado tesoro.

Por otra parte, el Anticuario desconocía que la Vieja, en realidad, era su madre. La anciana, cuando fue abandonada por su esposo, que partió a las tierras del nuevo continente un atardecer de lluvia, dejó a su hijo en la puerta de un forjador de espadas y encauzó su vida en el noble oficio de la prostitución. Al cabo de los años, cuando el Anticuario pasó a ser el rufián más importante de Londres, entró a formar parte de la gavilla de éste.

Conocedora de todos los secretos del oficio, su moral no se resintió el día que comenzó a sentirse atraída por miembros de su mismo sexo, mujeres tan hermosas como la que el Anticuario había depositado ese día en sus brazos.

La Vieja miró a la Reina y, de pronto, le besó en los labios, al tiempo que secaba sus lágrimas con un dedo al que le faltaba una falange.

—No te preocupes por nada. Yo te protegeré de todas ellas.

En esos instantes, unas trompetas brotaron de las ondas vacías del aire y anunciaron la llegada de un extraño personaje a bordo de una balsa.

—¡Es él! —exclamaron los que aún conservaban la vista y el oído.

Y efectivamente… Allí estaba el Emperador de las Cloacas, ataviado con su casaca azul de pedrería, sus botas rojas y su bigote abundante como el de los héroes de Etruria.

Aquella madrugada, el Emperador de las Cloacas había dejado a un lado la obra que Goethe plagiara a Marlowe. Después, subió a la balsa que le conduciría por el mar turbulento de las cloacas hasta la estancia de sus súbditos. El niño acuático que tenía a su servicio, desamarró la balsa y ésta, solemnemente, se deslizó dentro del hocico de rata de la oscuridad.

El Emperador de las Cloacas, consultando su reloj de arena, repasó mentalmente el pasaje de La Eneida que unos minutos después habría de pronunciar ante sus súbditos. Hacía ímprobos esfuerzos por recordar si la última palabra del pasaje era la misma que antaño escribiera el epónimo romano. A intervalos, entre líneas, se introducían subrepticiamente los recuerdos que hablaban de su llegada a las cloacas, un día después de haber sido expulsado de su bien amada patria.

El aislamiento, la oscuridad, el paisaje sórdido de los subterráneos y, principalmente, las lecturas necrófilas a la luz de una vela, habían sido, sin duda, los factores que le llevaron a ser coronado Emperador de las Cloacas.

En el preciso momento en que recordó la última palabra del pasaje, la balsa se encaró con las orillas de su Imperio. Compuso con mayor prestancia su figura y atracó en la arena de esa playa que conocía sus huellas una vez al año.

Los niños acuáticos arrastraron la balsa hasta la arena y entonaron las primeras notas cantadas del Julio César, de Händel. El Emperador de las Cloacas movió su atildado bigote y, al poner pie en tierra, comenzó a declamar:

—Valerosos hijos de Dárdano, linaje de la alta sangre de los dioses; ya ha recorrido un año el círculo cabal de los meses que le componen, desde que depositamos en la tierra las reliquias y los huesos de mi divino padre y le consagramos tristes altares; ya, si no me engaño, es llegado el día que (así lo quisisteis, ¡oh, dioses!) será para mí siempre acerbo, siempre venerando. Aun cuando arrastrase desterrado la vida en las sirtes gétulas, o me hallara cautivo en los mares de Argos o en la ciudad de Micenas, no por eso dejara de cumplir estos votos añales, de solemnizar este día con las debidas pompas; de cubrir sus altares con las ofrendas gratas a los muertos.

Nadie, de los allí presentes, había oído hablar de La Eneida, y menos aún de Virgilio. Sin embargo, gustaban de escuchar aquellas palabras que, una vez al año, les dedicaba su querido emperador.

El Emperador de las Cloacas era un ser misterioso, enigmático para todo el mundo. Sólo sabían de él una vez al año, cuando venía a recordarles quién era el legítimo dueño de los subterráneos. El resto del tiempo se lo pasaba escondido en una cueva leyendo a la luz de una vela gastada todos los textos que tenían alguna relación con la muerte. El Fausto, de Marlowe, era su obra preferida.

El Anticuario se aproximó al Emperador de las Cloacas y, con fingido gesto de pleitesía, le dijo:

—¡Oh, Majestad! ¡Querido Emperador!... Yo, como representante de sus súbditos, le doy la bienvenida a esta su humilde casa.

El Emperador de las Cloacas lo miró con desprecio.

—¡Tú no eres representante de nadie! Y ¡ay de ti! si persistes en desempeñar un cargo que no ha sido por mí instituido.

—¡Oh, Majestad! Disculpe mi atrevimiento. Como desagravio, le ruego acepte una de mis mujeres.

El Emperador de las Cloacas asintió complacido y se acercó hasta las damas. Todas le sonrieron a la vez, desplegando un teclado completo.

—Y tú… —se dirigió a la Reina, que tenía la cabeza gacha—. ¿Por qué no sonríes como las demás?

—¿Se refiere a mí? —exclamó la Reina mirándole directamente a los ojos.

—¡Por supuesto!... No soporto una máscara grave en el rostro de una dama. Como tampoco me gustan los vestidos descompuestos…

—Usted nunca podría comprenderlo —replicó la Reina—. Yo soy la Reina de Inglaterra, aunque toda esa gente se empeñe en defender lo contrario.

—¿Y qué hace la Reina de Inglaterra en una infecta cloaca? —se burló el Emperador de las Cloacas, agitando teatralmente su bigote.

Su sonrisa tuvo eco en las gargantas desgarradas de cerveza, en los ojos húmedos de deseo.

—Majestad —intervino el Anticuario—. Disculpe a esta mujer. Es nueva en el oficio y desconoce el modo de tratar a un soberano.

—¡Me la quedo! —sentenció el Emperador de las Cloacas.

—Que se la queda… —rumió el Anticuario.

—Sí, ha oído bien. Me la quedo. Ha llegado el momento de abandonar mis años de retiro y lecturas. Además, un emperador bien se merece una reina.

—Pero, Majestad… —suplicó el Anticuario—. ¿No le gustan más esas otras mujeres? Ellas podrían hacerle feliz. Pero esta no se la lleve. Mire a su alrededor. Vea cuántos muertos y heridos hay sobre la arena. Pude perder mi vida por conseguirla.

—Eso no es asunto mío. Yo soy tu emperador. Si yo quiero a esa dama, esa dama será mía.

El Emperador de las Cloacas intentó asir a la Reina de un brazo, pero el Anticuario le apartó bruscamente, a la vez que ofrecía a sus ojos un arma de fuego.

—¿Serías capaz de matar a tu emperador?

—Ella es mía, y nadie podrá arrebatármela.

—Está bien. Pero tendrás que ganártela —exclamó el Emperador de las Cloacas, sacando inmediatamente su espada.

—¡De acuerdo!... —se puso firme el Anticuario—. Nos batiremos en duelo, ya que buscas tu final…

El Anticuario entregó el arma a la Vieja y tomó una espada que una de sus rameras llevaba oculta bajo el vestido.

—¡En guardia! –gritó el altanero Emperador de las Cloacas.

El Anticuario era un espadachín de gran altura; no en vano, había sido forjador de espadas en su infancia, espadachín de un noble en su juventud y asesino a sueldo antes de comenzar con su negocio de prostitución. El Emperador de las Cloacas, más idealista que su diestro adversario, sabía de lances heroicos por los libros que había devorado a escondidas en su cloaca desde que lo expulsaran del país. La razón: ajusticiar a unos mendigos que le habían robado el brazo incorrupto de su santa mujer muerta, miembro, dicho sea de paso, repleto de joyas desde el hombro al muñón.

El combate por la Reina se inició con feroces acometidas del Emperador de las Cloacas contra su adversario, pero a los tres o cuatro compases, el Anticuario se hizo con las riendas del duelo. El Emperador de las Cloacas terminó en tierra, con la punta de la espada del Anticuario en su gaznate.

—Aún tienes una oportunidad si quieres seguir con vida —le dijo el Anticuario—. Vete por donde has venido y no vuelvas a aparecer nunca más por aquí.

—¡Vamos! —exclamó el Emperador de las Cloacas, bañado en sudor y jadeando—. ¡Acaba con mi vida! ¡El honor es lo único que cuenta!...

El Anticuario atravesó el cuello del Emperador de las Cloacas y mostró a todos su sangre en la punta de la espada.

—¡Ya lo sabéis todos! ¡A partir de ahora, yo seré el nuevo emperador!...

La muchedumbre asintió a estas palabras. No obstante, y agradeciendo al Emperador de las Cloacas todos los años que había venido a romper su monotonía, se organizó un funeral de acuerdo a la categoría del finado. Gritaron cantos ancestrales. Pusieron antorchas en la balsa y depositaron en esta el hermoso cuerpo sin vida del Emperador de las Cloacas. Los niños acuáticos entonaron las últimas notas cantadas del Julio César, de Händel. El Anticuario, conmovido ante esta espontánea manifestación de duelo, sacrificó a una de sus rameras y la situó en la balsa, mientras uno de los individuos bíblicos recitaba uno de los pasajes del sacro libro:

—El que concibió maldad, se preñó de iniquidad y pare el fraude. Recaerá sobre su cabeza su malicia, y su crimen sobre su mollera.

El Anticuario lo miró de reojo, pero decidió envainar su espada. Ya se había derramado bastante sangre por ese día. Después, se acercó a la Reina.

—Ya has visto cuán importante eres para mí —le aseguró—. Fíjate cuánta gente ha muerto por tu causa.

—Debería haber prestado atención a las palabras de la Biblia —le señaló la Reina—. Yo no pedí defensa, y menos la de un asesino…

—¡Calla, desgraciada! —Exclamó él—. Te salva tu hermosura. Si no, a estas horas ya te hubiera entregado a las garras de esos hambrientos.

—Quizás hubiera sido mejor antes que pertenecer al cortejo de un perillán de su calaña…


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