Excerpt for Café Bramante by Carlos de Tomás, available in its entirety at Smashwords

Café Bramante

By Carlos de Tomás


Published by Ed. Amarante at Smashwords


Copyright 2011 Carlos de Tomás


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* * *




Índice


Nota del diario I

I - Martes por la tarde – El Bramante

Nota del diario II

II - Miércoles por la mañana – El encargo

Nota del diario III

III - Miércoles por la tarde – Estranha forma de vida

Nota del diario IV

IV - Miércoles por la noche – Un revuelo de vencejos

Nota del diario V

V - Jueves por la mañana – Las previsiones fallan

Nota del diario VI

VI - Jueves por la tarde – Nada es lo que aparenta

Nota del diario VII

VII - Jueves por la noche – Un hombre en la sombra

Nota del diario VIII

VIII - Viernes por la mañana – Encuentro inesperado

Nota del diario IX

IX - Viernes por la tarde – Se diluye en la turbidez

X - Calor y humedad

Biografía del autor

Bibliografía




* * *


Nota del diario I:


Estoy entre barrotes, intento encontrar la verdadera causa que me ha traído a esta cárcel singular… Todo comenzó no hace mucho tiempo, cuando un hombre de aspecto distinguido y zapatos relucientes entró en mi casa…


Intento buscar un nombre al protagonista. Es difícil encontrar un anagrama que defina al personaje. La idea me atosiga cuando el sujeto está en mi cabeza deseando salir con fuerza, antes lo tuve frente a mí, me contó la historia varias veces y no sé qué pensar. Estas últimas jornadas lo he afinado tanto que ya campa por sus fueros dando patadas a mis neuronas. Se le ocurrió una pirueta de la que no estoy muy convencido. “¿Quién es el escritor?” me reafirmé y aunque seguiré hablando con él, con un sujeto que es como una sombra, sé que me dará problemas. Al fin, me decanto por la definición “Malvado Don Juan”. Me gusta y encaja “Maldonado Vuján”. A él no le apetece ese nombre, tampoco la vida que lleva, y le dije en una nueva conversación sorda: le llamaré las más de las veces “Maldo”, no crea que por familiaridad, aunque nos vamos conociendo como si ya fuéramos dos viejos amigos, no, más bien por brevedad. Tiene que aguantarse con su destino. Antes de abrir el grifo de la pluma le recomendé que se volviera a la playa caliente de donde regresó hace días. “Deje al profesional que realice su trabajo, ya le llamaré”. Es otoño en Madrid, un otoño cálido y luminoso, como hace dos años cuando entró Maldonado en aquel café de Argüelles.




* * *




I - (Martes por la tarde) - El Bramante


Es difícil abstraerse a la belleza de la mujer que está sentada en el diván. Su pelo resalta sobre el fondo burdeos de la tapicería y el vestido color ceniza claro ayuda a dar luminosidad al rincón más oscuro del café. Maldonado Vuján la contempla con disimulo, sabe que ella se ha dado cuenta de las miradas furtivas. Maldonado tiene una cita y remata el tiempo que le sobra en el café Bramante, ya no sabe qué más hacer; le molesta la dilatada espera entre reunión y reunión; la que va a celebrarse dentro de unos minutos en el edificio contiguo es importante, quién sabe si su futuro cercano dependerá de ella. Pero está tranquilo, ha disfrutado del café con leche, ese tan bueno que hacen en el Bramante, mitad y mitad, la taza del tamaño justo, espuma sin ser excesiva; es el único sitio que recuerda donde un sobre de azúcar es suficiente para endulzarlo. También tiene en cuenta la vajilla, la taza de una porcelana fina, cuando la deja entre los labios parece que bebiera del aire. Para Maldonado estas cosas son importantes, casi más que el saldo de su cuenta corriente, aunque ahora lo está pasando mal y el dinero es su principal preocupación. Al periódico, no hace caso. Ha ojeado a lo largo del día varias veces los diarios, tiene uno sobre la mesa y pasa las hojas lentamente, disimula con el ademán de lectura pero sus ojos continúan en la rubia que tiene delante. Se dice que las siete es mala hora, para qué habrá quedado tan tarde, a estas alturas del día prefiere dedicarse a cualquier cosa, tener más tiempo para olvidar las inquietudes; además, no está fresco, está sudado, el perfume que se pone por las mañanas se evaporó hace tiempo, la barba ha crecido, cree tener la fachada sucia, y a saber cómo tiene el pelo, el fijador ya no hace efecto, lo nota grasiento, sin brillo. También piensa que el aspecto, poco adecuado para la reunión, sí es apropiado para ligar; está convencido de que las mujeres gustan de los hombres un tanto desaliñados, pero solo un tanto. La rubia cruza las piernas, posa una revista sobre el muslo, las ha cruzado con esa manera que tienen las rubias de cruzar las piernas, porque Maldo dice que las morenas las cruzan de otra forma, como más modosa, es una gilipollez pero lo cree. Si no tuviera la reunión se iría a ella como un felino, diría cualquier bobada y con el café lleno de gente pasará la maniobra más inadvertida, eso le excita, y después de la tontería, la conversación aflorará y seguro que le aceptaba una copa. Maldonado Vuján se muerde el labio diciéndose que está buenísima, tiene esa envoltura de mujer entre distinguida y fatal que le vuelve loco, ahora está convencido de sus posibilidades. Cruzan las miradas, ella la mantiene insinuante. “Se podía ir a la mierda la reunión, aunque me juego mucho”. Faltan diez minutos, no quiere llegar tarde, desea decirle algo a la mujer; levantarse, encaminarse con educación hacia su mesa y quedar para más tarde. No encuentra la excusa perfecta. No dará tiempo. “Seguro que ella no espera a nadie y acude con frecuencia al café. Además, con la lectura tendrá para un buen rato”. Decide volver después de la reunión, si tiene suerte continuará la mujer en el mismo lugar, insiste con el pensamiento “tal vez no se despache tan pronto la revista”. Se compone para salir con su maletín y se larga del Bramante, no sin antes mirarla con descaro desde la puerta.

El ascensor es de esos antiguos que carecen de seguridad, a Maldo no le gustan; se hipnotiza viendo el muro mientras sube y eso le calma los nervios; por fin en la sexta. Una mujer abre la puerta de la oficina; Maldo no se fija en los detalles, está algo embotado pensando en la reunión. Se sienta a esperar en el hall, desea en lo más profundo que se acabe cuanto antes, lo que quiere es bajar pronto e invitar a beber a la mujer del Bramante.

La recepcionista es gorda, la única percepción después de elevar la mirada, el único recuerdo tras ojear la portada de una revista.

—Pase, señor Vuján —le reclama un hombre desde el pasillo—, no quiero hacerle esperar, además tengo prisa ya me están esperando en la otra punta de Madrid.

—Buenas tardes —Maldonado estrecha la mano de aquel hombre mientras humilla ligeramente la cabeza.

—Adelante por favor. —El hombre se queda un instante en el pasillo y se dirige con gesto agrio a la mujer de recepción, Maldo escucha de espaldas—. No se quede ahí como un pasmarote, vuelva a su sitio, ahora no la necesito.

Es un despacho amplio, un gran ventanal recorre el frente, las cortinas color crema y la moqueta a juego le dan un aire sosegado, solo la gran mesa y un mueble estantería rellenan la estancia. Maldo está más tranquilo, le suele ocurrir cuando pasan las presentaciones.

—No esté de pie, póngase cómodo —el sujeto intenta intimar, dando confianza con los gestos.

Se da cuenta que están los dos solos, se trata de una entrevista, piensa que es mejor, más discreto.

—Usted dirá, estoy a su entera disposición.

—Bueno, eso ya lo veremos, la mayoría dice siempre lo mismo y nunca están a la entera disposición de nadie. Tengo buenas referencias suyas, está muy bien recomendado, la persona que me habló de usted dice que resolvió un problema peliagudo —el hombre esgrime una sonrisa— ¿quiere saber quién me ha recomendado sus servicios?

—A mis clientes y sus asuntos los suelo olvidar cuando termino el trabajo. Si a usted le apetece decírmelo, a mí me da igual.

—Ya, por ahora lo dejaremos así, entiendo y me gusta. Dicen los que le conocen que usted es capaz de arreglar cualquier cosa; imagino que será verdad; ¿qué me dice a eso?

—No me gusta presumir, tengo mis limitaciones como cualquiera, reláteme su problema y veré qué puedo hacer.

Maldonado, más seguro, se acomoda en el confidente con un cierto aire de superioridad. Más distendido, se permite observar los detalles y fijarse en las facciones del hombre que tiene enfrente. De unos sesenta años, el pelo casi rapado, seguro que para no mostrar las enormes entradas que se atisban, la frente cuajada de grandes arrugas horizontales, como surcos, el resto de la cara limpia de pliegues; de rostro agradable aunque severo. Sus manos gruesas y fuertes, bien cuidadas al igual que el resto de su aspecto; traje azul de raya diplomática, y el hablar pausado y sereno, con decisión, muy seguro de sí mismo. Le recuerda a una voz que hubiera escuchado siempre.

—Vayamos por partes, si le cuento mi problema es con la garantía previa de que lo va a resolver, de lo contrario no le cuento nada. Si es tan bueno como dicen, usted escucha y resuelve —se inclina sobre la mesa con las manos entrelazadas y pendiente de que Maldonado diga algo que le agrade, que le convenza para decidir si contar el asunto.

Ambos se miran sin reticencias, los ojos enfrentados, inmóviles; al final es Maldo quien aguanta menos la mirada, decide hablar no sin cierto titubeo.

—Luego está el problema del dinero, ya sabrá que…

—Espere… sobre ese particular ningún problema, es indudable que llegaremos a un acuerdo, continúe por favor.

—Quiero decir que si fracaso en el resultado cobraré una parte de mis honorarios.

Maldonado queda expectante mientras continúa observando los detalles de la estancia, los pequeños objetos sobre la mesa; una bola de cristal que contiene el Empire State le llama poderosamente la atención.

—La palabra fracaso no cabe en mi vocabulario, del dinero hablaremos después. Más o menos conozco su tarifa. Dígame si acepta el trabajo, ya le he dicho que tengo prisa.

—Nunca he aceptado un trabajo que no me hayan expuesto con anterioridad, pero en esta ocasión tengo un buen presentimiento y me arriesgaré.

—Me gusta su seguridad, le repito que no admitiré el fracaso y espero que verdaderamente esté a mi entera disposición en este asunto —el hombre no deja de sonreír quitándole hierro a sus palabras, y añade—. ¿Está convencido?

—Por supuesto, además he terminado varios trabajos de poca monta y estoy full time para usted —lo ha dicho desde el vértigo y se arrepiente de descubrir tan de inmediato sus cartas, pero la necesidad aprieta—. ¿Cuál es el caso señor…?

—¡Ah perdón! Cómo pude ser tan torpe, señor Vuján, no me he presentado… Bueno, digamos que me va a llamar señor Martín —levanta la bola de cristal que pisa un sobre y se lo entrega a Maldonado, nieva en Nueva York—, ahí van diez mil para proveer los primeros gastos; además, incluye una nota con el número de un teléfono móvil al que podrá llamarme, exclusivamente a ese número, no intente localizarme en ningún otro lugar ni vuelva a aparecer por aquí, ¿queda claro?

—Clarísimo. ¿Y el asunto? —pregunta mientras echa un vistazo al interior del sobre.

—Eso lo hablaremos mañana en un lugar más discreto. Cuando usted conozca en detalle el trabajo ajustaremos los honorarios. Le llamaré a las diez de la mañana desde ese número —señala el sobre—. Ahora si me perdona tengo mucha prisa, le ruego que se marche.

El hombre, o mejor, el señor Martín, se pone de pie, le invita a salir nuevamente cuando extiende su mano y le señala la puerta del despacho. Desde donde está situado Maldo la puerta se ve lejana, pequeña; como si atravesarla fuera un esfuerzo inalcanzable. Una extraña sensación recorre su cuerpo sudado, parece que el despacho se estrechara convirtiéndose en una gran tubería; un último vistazo a la bola de cristal, los últimos copos envuelven el rascacielos, es el momento preciso de despedirse.

—Hasta mañana, señor… Martín.

Guarda el sobre y se marcha diligente, sale al pasillo inflamando los pulmones de alivio; está pasando una mala racha, este nuevo encargo le ayudará a mejorar el sueño, sobre todo si liquida algunas deudas que le atosigan. Observa que la mujer de la recepción camina delante de él hacia el hall, la moqueta impide el ruido de sus pasos. Maldonado sospecha que la mujer es una indiscreta, tal vez ha escuchado detrás de la puerta, pero está tranquilo al no haberse revelado el asunto que allí le trajo. La mujer, desde su mesa, se despide de Maldo.

—Adiós, buenas tardes —con un cierto pitido, como una disfunción del orondo embalaje.

—Hasta la vista —se da cuenta que eso será imposible, pues en su ánimo y contrato verbal está el no volver a pisar aquel lugar minimalista, enrarecido, aunque lo dijo sin pensar.

Maldonado Vuján supone que puede ser un trabajo fácil y lucrativo, llega en tan buen momento, está casi sin blanca. La entrevista ha sido corta y le dará tiempo para dar otra vuelta por el Bramante con la esperanza de que la rubia sigua allí al igual que en sus neuronas.

Mira el reloj, uno de sus favoritos; para Maldonado los relojes de pulsera son importantes, cree que un buen reloj le da un aire distinguido aunque sea de “pastel”; los compra por cuarenta o cincuenta euros al limpiabotas de un restaurante conocido; hoy lleva un Patek Philippe pero no es raro verle con uno de sus Rolex o un Frank Müller. En las rachas buenas hubiera podido comprar cualquiera auténtico, pero para él esas picardías son la sal de la vida y el dinero prefiere gastarlo en cosas de más sustancia, como el coche, pura apariencia; por eso hace unos años compró un Porche de segunda mano, porque piensa que la gente a la postre no sabe si lo ha estrenado o no; lo que importa es la marca y por tanto la imagen que se fragüen de él. Pero en estos momentos de apreturas se conforma con el auto que tiene para pasar desapercibido, en los trabajos, se entiende, un Ford pedorro, como a él le gusta adjetivarlo. La chatarra alemana tuvo que venderla hace unos meses para seguir tirando.

Aunque la entrevista fue rápida, son las ocho menos cuarto, se dice que es increíble cómo pasa el tiempo. Abre la puerta del Bramante y vaya coincidencia, la rubia sale en ese instante, se roza con él, “dónde irá con tanta prisa, la tía está impresionante”, queda quieto con la manilla en la mano, todavía en la acera, la mira, ella de espaldas moviendo con sensualidad las caderas que rebosan de la falda ceñida, se frena y entra en el portal de donde salió Maldonado hace unos instantes. “Joder qué casualidad, ¿adónde irá?”. Pensativo, imagina que puede vivir en esa casa, o trabajar en una de las oficinas del edificio; le agrada la idea porque siendo así la tiene controlada, ahora sabe que la podrá localizar con facilidad en el Bramante.

La mujer sube a la oficina de su marido bastante cabreada. Mientras, Maldonado Vuján se toma una cerveza en el café, todavía sigue impregnado del perfume que le envolvió hace un instante.

La rubia está intranquila sin parar de moverse en el hall, habla y se le acentúa la mueca de sus labios —¿pero no me vas a dedicar ni un minuto?— sus ojos se abren y la estancia se llena de color esmeralda.

—Te repito que tengo muchísima prisa —el marido acaba de introducir unos documentos en el portafolios y se pone al lado de ella mientras la recepcionista observa la escena después de subir los ojos por encima de sus lentes—, me están esperando hace un buen rato, tenías que haber venido antes.

—Pero si me dijiste a las ocho y no son aún —dice ella contrariada—. Haces caso a todo el mundo menos a mí. Si no soluciono mañana el problema que tú sabes —ahora mira de reojo a la recepcionista y baja la voz— lo vamos a pasar mal, ya me entiendes.

—Esta noche lo hablamos, me voy. Ya sabes que voy a estar unos días fuera, si no lo podemos resolver de inmediato, a mi regreso quedará todo en su sitio. También tengo problemas.

Marta, que así se llama la rubia, desde la puerta en voz baja y con cara de asco —gilipollas de mierda— se gira y le dice a Conchita, la recepcionista “tú a lo tuyo bonita”. Lo de bonita ha sido un eufemismo porque Conchita no es guapa y, como ya sabemos, gorda, con el pelo rizado que le llega casi hasta las caderas y unas gafas pequeñas para ver de cerca que provocan una cierta gracia al verlas sobre los rosados mofletes, dos almohadillas escondiendo una diminuta nariz.

Marta, desde hace muchos años, ha seleccionado al personal femenino de las empresas de su marido. A ella el currículum le daba lo mismo, solo quería especímenes de los que estaba segura que el exquisito de su esposo no se acostaría con ellos. La recepcionista no abre la boca y Marta se despide con un portazo. No quiere ascensor y para desfogarse del cabreo monumental baja las seis plantas a pie, marca con saña los tacones que se escuchan en todo el edificio. Marta tiene un problema. Hace cuatro años su marido abrió un negocio para ella: una joyería fina, de las que tienes que tocar el timbre para entrar y casi te cachean dos elefantes uniformados, en una zona vip de la ciudad. La inversión supuso un pastón y durante los años buenos el negocio amortizaba el capital, pero ahora la cosa está de capa caída y Marta, sin ningún criterio lógico, acumula género y más género; creía que lo compraba a buen precio; como resultado se amontonan los pagos: la súperrenta del local, el súperprestamo para hacer la obra, el crédito para amueblar como se merecía, otro préstamo para la súper caja fuerte, las medidas de seguridad, los proyectos, y el fabuloso crédito para comprar las joyas que ya está vencido y el banco no lo renueva a no ser, claro, que su marido ofrezca más garantías, cosa que duda en hacer, pues a todo eso hay que añadir los quinientos mil que dio a su mujer para fundar la empresa, los cuales ya se han evaporado. Además, para no dejar a su mujer sola ante el peligro y cubrirse del caprichito, contrató a un hombre de confianza, amigo de un amigo, que decía haber trabajado en el sector más de quince años; se supone que era un buen profesional y no debería haberla dejado hacer lo que le diera la gana, o por lo menos tenerle al tanto ya que le consideraba su confidente, y encima el monumental sueldo. Pero Roldán, que así se llama ese individuo, es de los que dice siempre que el negocio va sobre ruedas. El marido, después de una somera investigación, sabe con certeza que Roldán se tira a Marta cuando le viene en gana. Ahora parece más claro por qué ese hombre pasa de su mujer, quiere que sufra y además está buscando una solución para que el fracaso del negocio de la joyería no le deje tiritando. Roldán es un vividor, se lo ha demostrado, no se puede confiar en nadie, y se las daba de amigo. Se arrepiente de no haber prestado más atención al negocio de Marta; como no le pedían dinero y todo iba sobre ruedas… Hace un tiempo concluyó: “quizá sea tarde para buscar una solución decente”.

Maldonado Vuján sigue tomando cerveza en la barra del Bramante, otea el género, como le gusta decir con gracia; a esa hora hay pocas chicas solas, aunque hay una al otro extremo que no está mal, una morenita delgada de unos treinta y cinco; pero vaya casualidad, esperaba a la recepcionista de mofletes rosa. Las dos mujeres se dan un par de besos, —se ha cumplido el “hasta la vista”— tontean un poco, piden al camarero; Maldo no alcanza a escuchar la conversación, empieza a establecer hipótesis; “¿estas de qué van?, creo que son dos curritas al final de la jornada contándose sus penas, ¿estarán casadas?, bah, me da igual”, aunque le pica la curiosidad. Piensa que si se liga a la gorda a lo mejor le saca una información muy útil; a Maldonado Vuján en cuestiones de negocios le dan igual gordas, flacas, limpias o mugrientas; el negocio es el negocio. Sin pensarlo se dirige al otro extremo del Bramante, la copa de cerveza en la mano y sortea no sin dificultad a todo el personal que lo abarrota a esas horas.

—Estáis invitadas —ellas se miran con un gesto de sorpresa—. Tú ya me conoces — dirigiéndose a la recepcionista—, estaba al otro extremo de la barra, te he visto y me gusta tener un detalle con las personas que conozco.

—Usted no me conoce de nada, no nos han presentado nunca —dice la recepcionista con una cierta sorna, y a la par eleva la voz con ese pitido desafortunado que repunta por encima de la música.

—Es verdad, no nos han presentado, pero también es verdad que nos acabamos de ver hace unos minutos, ¿o no te a cuerdas?

—Claro que me acuerdo, pero no me gusta intimar con los clientes que pasan por la oficina.

—¿Intimar? ¿Quién puede imaginarse que este encuentro puede ser íntimo? Además estás con una amiga. Por cierto, no soy cliente, digamos proveedor. —Maldonado ha soltado la frase apoyado de manera chulesca en la barra, dándose una cierta importancia.

—Me da igual, si te parece nos dejas en paz —moviendo la cabeza con tontería y desparpajo.

Su compañera fuma sentada en un taburete con las piernas cruzadas y observa con una sonrisa permanente la conversación. Maldonado ahora acerca su rostro a la recepcionista para no tener que elevar la voz, ella se aparta.

—No te pongas así, preguntemos a tu amiga si quiere ser invitada. —La recepcionista no responde haciendo interrogación con los hombros.

—A mi me da igual, lo cierto es que la charla que manteníamos no es importante, ¿cómo te llamas? —dice la amiga sin dejar de sonreír.

—Maldonado —y plantifica dos besos a cada una—. Pero me podéis llamar Maldo.

—Yo soy Max y ella Conchita —dice la morena con la alegría de haberle dado dos besos a un tío apuesto. Además, se nota que tiene ganas de tomar protagonismo en el trío.

—Curioso nombre de mujer.

Horas más tarde le confesará que primero fue, en la gestación, Maximiliana; después según crecía su cuerpo iban disminuyendo las letras de su nombre en una contraposición estética fruto de la vergüenza de llamarse como su antepasada. La pubertad la arrojó a ser Maximina, la juventud a Maxi, y ahora Max; aunque piensa que deberían llamarla Ma, pero duda porque le parece que queda muy de madre de cabaña de Oregón con mandil a cuadros y olor a patata asada. A Max le hubiera gustado tener un apodo pijo, evitando ese decrecimiento verbal con el que nunca estará cómoda.

A Maldonado Vuján hoy le interesan los rizos. Se percata que con la morena lo tiene fácil, pero es Conchita su objetivo. A Maldonado se le han dado siempre bien las mujeres; la gracia que posee le viene de serie, camuflada en una fachada que ha ido construyendo con los años. Hasta los gestos los ha ido mudando con la experiencia, con los amores y desamores, con la subida en el escalafón de su extraño oficio. Cuando saca la gracia parece andaluz; eso decía su amigo Pepo, y también decía “lo tuyo es increíble, eres un depredador femenino, un minuto y las tienes en el bote, hay que joderse con Maldonado”. Maldo, sin embargo, desde hace varios años se ha vuelto selectivo, no tratándose del negocio, claro; ya no se va con cualquiera, con la primera que se tercie; se lo piensa dos veces, “me tiene que gustar muchísimo, tías me sobran”. Y efectivamente, ese “me sobran” define bastante bien la personalidad del sujeto; anda “de sobrao”, pero no nos equivoquemos, en su profesión es riguroso, fiel, respetuoso y humilde. Su antiguo jefe, “el marqués”, se lo dejó claro siempre, “si no sigues las pautas que te he marcado no irás a ninguna parte, serás perdiz de poca pluma; fuera del trabajo haz lo que quieras siempre que no afecte al negocio”. Pepo y él comenzaron juntos en ese “negocio”; de “el marqués” solo recibían órdenes por teléfono, nunca le vieron la cara. Hasta que Maldo se cansó de trabajar para otro cuando creyó que estaba preparado y cansado de algunos asuntos demasiado sucios. Al “marqués” le sentó como una patada en los cojones, Maldo era bueno en su trabajo, y le dijo aquella voz sin rostro al despedirse “espero que no te cruces conmigo, se quién eres y podría cobrarte el desaire”. A Pepo le costaba aguantar el tirón, “si tu lo dejas me iré, yo no tengo coraza para esto, a mí dame una oficina con su horario de ocho horas, o cualquier otra cosa que no me haga depender de mí mismo”, pero Pepo no dejó nunca al “marqués”. Se perdieron la pista hace muchos años, aunque todavía recuerda con añoranza las correrías con Pepo, las veladas con las furcias del Gladys, las noches en el casino de Torrelodones, los trabajos en la costa que tenían doble aliciente, y las comilonas y los bailoteos que se pegaban a diario. Una noche Maldo tuvo que subir a gatas las escaleras del Golden, en la Gran Vía, se bebió dos litros de ginebra; entonces hacía esas burradas después de guardarse el sobre que les dejaba su invisible jefe en alguna papelera o en alguna consigna de Chamartín. Se ganaba mucha pasta, pero “el marqués” se quedaba con la mayoría aunque ellos se hubieran enfangado con el trabajo sucio. Ahora Maldonado es independiente, un lobo solitario.

—Por cierto, Conchita, antes, cuando salí del edificio donde trabajas me crucé con una rubia que la suelo ver por aquí, es…

—No digas más, ya sé quién es. Qué pasa ¿te gusta?, ja ja… —De la risa, casi se cae del taburete.

—No veo la gracia, dime quién es. —Maldonado se inclina hacia la recepcionista en espera de respuesta, le intriga.

—¿Traje de chaqueta gris claro, rubia platino, alta con zapatos de aguja de un metro de alto, un bolso preciosísimo blanco y negro, y enjoyada hasta luxar las cervicales y las muñecas? Ah, y con unas patas de gallo que espantan, a esa le da miedo la aguja, ja ja…

—Pero bueno, dime ya quién es y deja de reírte.

—Es su jefa —dice Max, que tenía unas ganas de meter baza que se recomía por dentro.

Ahora puntualiza Conchita con un repentino cambio de gesto, y con saña:

—De mi jefa nada, guapa, es la mujer de mi jefe, ella no trabaja allí. Además, la odio, es una pija repugnante y trata a todo el mundo con desprecio. En algunas ocasiones no tengo más remedio que aguantarla.

Maldonado ha quedado mudo, “la mujer del señor Martín” piensa, y deja a las dos amigas conversar sobre las maldades de la “jefa” de Conchita. Se dice que es una casualidad desafortunada, que no le dará chance con la rubia, “tal vez cuando termine el trabajo que me encomiende su marido pueda intentarlo, pero lo mejor será que me la quite de la cabeza”.

—¿Cómo se llama la mujer de tu jefe? —pregunta Maldonado, con una sonrisa falsísima que no puede disimular.

—Marta… Por cierto, no mires detrás de ti, acaba de entrar con su socio, bueno creo que es su socio o algo así. —A Conchita le está gustando este cuchicheo, no considera que viole ninguna norma, no está revelando ningún secreto profesional ni nada por el estilo.

—¿Su socio? ¿A qué se dedica?

—Tiene una joyería, pero no me preguntes dónde, solo sé que en el centro “centrísimo”, cómo no.— Conchita parece más sosegada.

—Maldo… Pasa de esa tía, aquí tienes dos bien majas y más jóvenes —Max está a la que salta, Maldonado se da cuenta que va al grano, piensa que la morena puede ser una buena opción, estas últimas jornadas no se ha prodigado con las hembras.

—Me habéis caído bien, no tengo nada que hacer y nos vamos a tomar los tres un buen copazo. —Agita los brazos y se remanga la chaqueta, luce los puños de la camisa en un acto impulsivo y de alivio.

Mientras el camarero sirve tres cervezas, Conchita pregunta:

—Háblanos de ti. ¿Qué vendes?

—Intangibles —lacónico, mira para otro lado.

Oteando; localiza a la rubia con disimulo al otro extremo de la barra. Al instante otra mirada de soslayo para hacerse una idea de cómo es el personaje que la acompaña.

—Buenoooo… otro vendedor de seguros o similar. —Conchita saca una cajetilla de tabaco del bolso y se pone a fumar con cierto desprecio hacia el supuesto vendedor de seguros.

—Te equivocas, parecido, pero no hablemos de trabajo. —Maldo continúa eufórico.

Los tres se han enfrascado en una conversación con muchas risas. Conchita no suelta prenda tocante a cualquier cuestión relacionada con la empresa, Max busca la manera de ligar a Maldonado y este aguanta más por intentar espiar a la rubia y observar el comportamiento de su acompañante al otro extremo del café.

—Te repito, Roldán, que mi marido me va a negar la ayuda. De dinero, nada de nada, y solucionar el problema bancario tampoco. Dime qué podemos hacer, tú eres el profesional, pero a estas alturas me estás decepcionando. —Marta, a pesar del problema que la acucia habla tranquila, está más serena que hace unos minutos, cuando se encontraba junto a su marido.

—Déjame pensar, el estrés me bloquea, si todo sale mal está el plan B, tú estabas de acuerdo —dice Roldán con los antebrazos apoyados en la barra. Parece que mirara a Maldonado, que lo tiene enfrente, pero los ojos de Roldán apuntan sin fijeza a cualquier parte del Bramante. No solo piensa en el problema del banco, existen además otros asuntos que pueden ser más graves. Marta queda pensativa dando un sorbo al gin-tonic.

El café recuerda a estas horas los pubs londinenses de la city a las seis de la tarde, sin embargo estamos en Madrid y El Bramante se transforma según las horas del día; a primera hora, silencioso, sólo el ruido de las tazas y un ligero murmullo acompañan los desayunos; después de media mañana se vuelve más activo y la barra se anima con las últimas cervezas del mediodía. Entonces, por la mañana, es más luminoso, la luz entra franca por los ventanales y ésta acompasa a los focos verticales de la barra que enchufan directos a los vidrios. La primera hora de la tarde es para la relajación, los cafés reposados, las infusiones esperando la temperatura del sorbo, las tertulias; es cuando la luz se amortigua y los apliques y lámparas toman ventaja para ofrecernos una estancia cansina, amarillenta. Esa luz, con el burdeos de la tapicería y los dorados de la barra, los pasamanos, los brazos de las butacas y los tiradores, construye un ambiente demodé muy agradable. La música a media tarde se escucha sin barreras y es a última hora cuando el volumen se eleva para sortear las voces y cambia de sintonía para olvidarse de la clásica. En esos momentos el Bramante se vuelve inglés y los personajes hacen piñas en los distintos rincones del café, todos tienen su historia, con más o menos problemas, tienen sus deseos, su imaginación, su alma. Pero todas las historias son misterios y aunque creamos conocer profundamente a los personajes, en la vida real esos seres vivientes son enigmas peligrosos; sus acciones son imprevisibles. Los que están ahora en el Bramante poseen dramas infinitamente complejos, cuyo fin no sabremos jamás; sin embargo, tenemos la oportunidad de conocer la historia de Maldonado Vuján, de Conchita, de Max, de Marta, de Roldán, del señor Martín, y de todos los que interfieran alrededor de Maldonado, que es como un catalizador, más aún, es un hombre que camina por un secarral al final del verano y a sus pantalones se le clavan los abrojos; unos se soltarán en el camino, otros quedarán incrustados entre los hilos al final del viaje.

Maldonado Vuján ha entrado en ese tempo brioso donde la verborrea parece entretener a sus contertulias, que escuchan sorprendidas las anécdotas sin sustancia que cuenta con gracia. A Conchita, ahora, además de gracioso le parece más atractivo, está perdiendo la acidez hacia él. Max sigue dispuesta a todo, incluso le toca varias veces el antebrazo, lo agarra con suavidad cuando le da un fingido ataque de risa e inclina la cabeza. Pero Maldonado está a todo, no deja de mirar de vez en cuando a la rubia y a su acompañante, que ahora se giran y apoyan la espalda al otro extremo de la barra. “¿Qué coño estarán hablando?”, piensa Maldonado mientras engulle cerveza sin medida.

—Insisto Roldán, me has defraudado.

—No seas imbécil, eso no lo dices cuando estás conmigo en la cama. —Sonríe mientras hace una monería a Marta.

—Estate quieto. Ni se te ocurra pasarte un pelo, detrás de ti tenemos una espía, una empleada de mi marido… No mires. —Marta vuelve a estar contrariada.

—Sabes de sobra que sé comportarme. No seas tonta, ahora más que nunca debemos estar unidos.

Son ya las nueve y media, el tiempo pasa deprisa en el microcosmos del Bramante, pierde la elasticidad. Cuando los personajes están entretenidos y lo pasan bien, el tiempo se evapora; pero casualmente cuando lo pasan mal y tienen que resolver un problema grave, el tiempo también se contrae. Es solo en esos momentos de relajación, de paz, de soledad, cuando se estira y nos ofrece un placer infinito, bueno eso creo, aunque sobre la elasticidad del tiempo habría mucho que hablar, pero no es este el momento; está claro que a Maldonado como a Marta, por distintos motivos, los minutos se le caen de los relojes. Y el reloj es lo que tiene delante de sus ojos Maldonado.

—Se hace tarde, mañana está cada vez más cerca. Además vivo lejos —sugiere Conchita al observar el ademán.

—Qué pesada eres, ahora que lo estamos pasando bien —lo dice Max, pero en el fondo le gustaría que su amiga se fuera de allí cuanto antes.

Max es empleada de una parafarmacia que hay al otro lado de la calle, y en este instante tiene la ventaja de vivir a quince quilómetros de Conchita y en dirección contraria, lo que supone no tener que marcharse con ella. Suelen despedirse a dos manzanas, en las profundidades del metro, y añade:

—Yo me quedo un ratito más… me ha caído tan bien la cerveza. —Exhala una gran bocanada de humo.

—Me marcho. —Da un respingo, se baja del taburete, ensarta el bolso bajo su axila derecha y se dispone a besar a su amiga, después le da la mano a Maldonado, este atrae hacia él no sin esfuerzo el pesado cuerpo de Conchita y le planta dos besos excesivamente cariñosos.

—Es una pena que te vayas ahora, quédate y te llevo después a tu casa —y añade Maldonado con sinceridad—, me gustaría volver a verte.

—No gracias, no quiero estropearos la velada —Conchita piensa que puede ser arriesgado continuar la conversación con Maldonado, le da mala espina, y dice—, hasta mañana Max, nos llamamos—. Sabe que su amiga no desaprovecha ninguna oportunidad si le gusta el tipo.

Maldonado Vuján se sienta en el taburete que ha dejado Conchita, gira su posición lo suficiente para no perder de vista a Marta y a su acompañante, y no dar la espalda a Max, que se muestra cada vez más entregada. Ahora, ella le cuenta a lo que se dedica y cada vez le toma el brazo con más desparpajo. Al otro extremo del café la conversación sigue interesante

—No me has dicho quién era la clienta que te sacó de la joyería el viernes pasado, siempre has evitado la explicación. ¿Qué quería?

—¿Estás celosa? Una clienta como otra cualquiera, la invité a un café, no creo que eso sea importante.

—Tú raras veces invitas a algo, ¿qué traes entre manos? Si es tocante al negocio necesito que seas sincero, lo demás no me importa.

Lo que no sabe Marta es que la cursi que entró en la joyería el viernes es la amante de su marido, Rebeca. Una morena delgadísima y elegante, enjoyada hasta las pestañas. Roldán lo sabe, sabe de quién es amante y eso le excita. Rebeca tampoco sabe que la joyería no es de Roldán, ella cree que es el dueño, y piensa que es el jefe de Marta, la mujer de su amante. Rebeca es de esas a las que les gusta sacar tajada y no desperdicia una buena oportunidad; cuando se enteró de que Roldán era joyero ya estaba a la caza, lo persigue como una leona, quiere que caiga en sus fauces para devorarlo económicamente, extraerle las entrañas convertidas en billetes de quinientos. Aunque lo que más atrae a Rebeca es joder a Marta, la odia y quiere tirarse a su jefe, está convencida de que es su amante; ella sabe de sobra que “entre esos dos hay lío”.

Maldonado comienza a abstraerse del ambiente del Bramante, pone su brazo sobre los hombros de Max, que se deja, y ella le pasa su mano suave por el rostro. Una sonrisa basta para dejar de hablar, él besa sus labios, que saben a frambuesa, ha sido un beso instantáneo, diminuto, el preludio de un nuevo revolcón.

—¿Tienes novio o algo parecido? —dice él con los ojos alicaídos más por la tunda de cerveza.

—Sí, pero no me hace mucho caso, los hombres sois unos egoístas.

—Ya, a mi me gustan las mujeres a las que sus parejas no hacen caso. —Maldonado Vuján vuelve a estar orgulloso de sí mismo, crece en él a borbotones la autoestima, piensa que es un día redondo que hay que rematarlo como Dios manda, eso le ayudará a afrontar el trabajo con más ganas. Ahora tiene prisa, mañana es un día importante, tiene una cita y no quiere que la noche se prolongue demasiado con Max—. Vámonos de aquí, ya llevamos mucho tiempo bebiendo.— Mientras, la agarra del brazo para ayudarla a bajar del taburete.

—¿Dónde vamos? —dice ella.

—No te preocupes, eso es cosa mía, te encantará.

Después de abonar la cuenta se encaminan hacia la puerta, Maldonado, enganchado al maletín y a Max, mira con descaro a Marta, se dice que ya llegará el momento de abordarla.

El Bramante a estas horas se desaloja poco a poco, quedan huecos en la barra en espera de los noctámbulos que construirán otro ambiente. La música se escucha más nítida, la voz de Andrea Bocelli envuelve la atmósfera de la escena, Marta y Roldán continúan con sus divagaciones, y Maldonado y Max ya se han marchado a ocultarse en las entrañas de Madrid, una ciudad que comienza a mudar, donde las pasiones dormidas a la luz del sol ahora se despliegan con las farolas, los luminosos y los brillos de los coches, como si fueran estas luminarias las candilejas de un teatro donde se representa otra obra llena de claroscuro.




* * *



Nota del diario II:


A Maldo no le disgusta cómo va la novela; sugirió que insertara una advertencia en el texto, “se trata de una historia ficticia, pero que quede entre nosotros: es verídica”, me dijo. Aunque insistió, le dije que no hacía falta, que al lector lo que verdaderamente le interesa es pasarlo bien, da igual que sea realidad o ficción. Maldo construyó una expresión en su rostro difícil de definir y añadió que me había inventado cosas, diálogos, pero que no estaban del todo mal, “encajan”. Le recomendé que estuviera tranquilo; “cuando termine el manuscrito lo volveremos a leer juntos, añadiremos los detalles y los recuerdos de última hora, los olvidos”. Intenté darle confianza. Después de una dilatada conversación me habló del dinero, siempre sacando a relucir su vis comercial, piensa que un escritor en la sombra, un negro casi en paro, es como él y se la puedo jugar. Insistía en los nombres de los personajes, no le acababan de convencer. Ahí le dejé, pensativo, en un lugar discreto a punto de partir hacia el aeropuerto. “No es bueno que siga en Madrid más tiempo”, dijo con una cierta melancolía y remató la despedida con unas palabras de aprobación “Ah! Por cierto, el nombre que le has puesto al café sí me gusta”.




* * *




II - (Miércoles por la mañana) - El encargo


—¿Qué tal ha dormido, señor Vuján? Espero que esté descansado, tiene un duro trabajo por delante. —La voz del hombre que está al otro lado del teléfono es firme y cadenciosa.

—Son las siete y media, había quedado en llamarme a las diez —contesta Maldo extrañado.

—Comprenda, señor Vuján, tengo una agenda muy apretada, suelo confirmar con anterioridad todas las reuniones que voy a celebrar, le espero a las diez en La Milhoja, ¿sabe dónde está?

—No, la primera vez que oigo ese nombre.

El señor Martín aporta detalles exactos para encontrar ese café-pastelería que se ubica en un lugar discreto del centro de Madrid. Maldo intenta reponerse de la resaca de la noche anterior. “Joder que madrugón”, musita entre dientes mientras se acerca al baño. Para conquistar, el hombre deja de ser sincero, pero en el caso de Max y Maldonado ha sido ella la que no ha dejado que su amante abra la boca, se dice casi repuesto que se ha llevado una grata sorpresa, que pensaba que cuando crees haber experimentado todo con las mujeres, viene una mosquita muerta y te vuelve loco, ¡vaya con Max! Ha pasado una de las mejores noches de su vida, piensa que no la va a olvidar; quedará con ella cuando tenga un hueco. Aunque se arregla con celeridad, tiene el tiempo justo para llegar a la cita. Adentrarse en Madrid a primera hora no sabe lo que le va a llevar, después aparcar el auto y buscar la cafetería, por esa razón sale pitando de su dúplex alquilado en Las Rozas.

Allí está el hombre; espera al fondo del salón, una silla vacía atrae a Maldonado Vuján junto al velador de mármol. Después del saludo de rigor:

—Si no ha desayunado, le recomiendo una porra para acompañar el café, aquí tienen las mejores; sin grasa, crujientes y fritas en el mejor aceite. —Se está limpiando los dedos mientras habla.

—No gracias, con el café será suficiente.

—Le ruego que se quite las gafas, me incomoda no poder mirarle a los ojos. Esto no es una partida de póker, para mí los ojos expresan más que las palabras, sé cuando alguien me miente con solo atisbar el brillo que despiden; ¿qué opina, coincide conmigo?

—Sí, creo que sí —Maldonado no ha levantado la mirada, la tiene fija en la taza de café con leche que no deja de remover.


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