Duelo de águilas
Antonio Ruibérriz de Torres
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Primera edición: 2010
Cuadro de portada: Txema Prada
Edición a cargo de: Antonio Ruibérriz
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Dedicado a mis compañeros de vuelo, especialmente a Perico que un día abandonó la formación para volar en la alta cota dejando un gran vacío en mi ala.
Con todos ellos, rompimos los lazos opresores que nos ataban a la tierra bailando por los cielos sobre nuestras alas, trepamos hacia el sol uniéndonos a la frágil alegría de su luz, desgajamos las nubes e hicimos cientos de cosas que nunca hubiésemos soñado hacer: girar, remontar el vuelo o quedarnos allá arriba, meciéndonos en lo alto, orbitando en el silencio luminoso.
Perseguimos el aullido del viento y lo alcanzamos en nuestros aviones a través de las estancias infinitas del aire.
Trepamos hacia lo alto, hacia el delirante azul intenso alcanzando fácilmente las alturas barridas por el viento donde nunca la alondra e incluso el águila consiguieron llegar. Mientras lo hacíamos allá arriba, en el silencio de nuestras cabinas, elevábamos nuestras mentes rebasando la alta e inviolable santidad del espacio y, extendiendo la mano, fuimos capaces de acariciar el rostro de Dios.
Dedicatoria basada en el poema “Alta Cota” de John Gillespie Magee, Jr. muerto en accidente aéreo el 11 de diciembre de 1941 sobre Tangmere con tan sólo 19 años.
Nota del autor
Conocí a Molly una tarde del otoño pasado en un coqueto Bed and Breakfast al este de Birmingham. Me encontraba por aquellos días asistiendo a unas reuniones sobre el Harrier, avión de despegue y toma vertical, en la base aérea de Wittering y me hospedaba en un cottage de ladrillo rojo llamado The Red Castle, situado en medio de la campiña inglesa y regentado por una agradable señora de mediana edad, cuando aquella tarde, saboreando un más que aceptable café en el agradable porche trasero del hotel, mientras tomaba notas en mi libreta de pastas de hule sobre detalles del paisaje que se extendía verde a mi alrededor —por si su descripción me fuese necesaria en alguna novela aún por escribir—, todavía vestido yo de uniforme, se plantó frente a mí, erguida como una dama, elegante y risueña a sus ochenta y muchos años, me miró con sus alegres ojos azules y me dijo:
—Me llamo Molly, ¿es usted escritor?
Le expliqué que, aunque aviador naval, sí había publicado una novela, pero que no me consideraba escritor al uso. Ella, sin dejar de sonreírme con sus profundos ojos azules, me señaló una larga extensión de terreno flanqueada por un bosque espeso de robles centenarios.
—Esa era la vieja pista de aterrizaje de RAF Collyweston, en el lado oeste del actual aeródromo, pero en 1939 fue absorbida por RAF Wittering; desde aquí esperábamos el regreso de nuestros jóvenes pilotos mientras Collyweston fue un campo de adiestramiento, luego llegarían los escuadrones de caza.
Buscó entre sus recuerdos una imagen especial, se mantuvo unos segundos en silencio y creí percibir una ligera sombra de melancolía en el brillo acuoso de sus ojos claros.
—Martin regresaba de sus vuelos de adiestramiento y se sentaba ahí –señaló con su bastón el lugar que yo ocupaba momentos antes de conocerla—. Escribía sus cosas en un manoseado cuaderno de hule, tal como estaba usted haciendo hace unos momentos.
Amablemente le sonreí como dando por entendido que sí, que había comprendido que Martin, algún conocido de su pasado —un piloto de la RAF—, volaba y escribía, sin esperar ni desear nada más de aquellos recuerdos de la anciana.
—Su acento me recuerda mucho al de Martin –insistió Molly, ya sentada frente a mí en el porche—. ¿Es usted español? Decían que era un piloto valiente y atrevido, un as de la aviación, sin embargo, yo le conocí bien y era un hombre atormentado por su pasado.
—Al principio creíamos que era polaco, ¿sabe usted? –continuó la anciana—. Luchó en la Batalla de Inglaterra en uno de los escuadrones polacos, pero después supimos que era español. Qué enrevesados los nombres polacos, ¿verdad?
—Republicano, de la Guerra Civil Española –aseveré yo interrumpiendo sus pensamientos, simplemente por decir algo en aquel monólogo que había iniciado la anciana.
Molly había roto mi intimidad y me había dejado a medias con mis anotaciones, se había sentado frente a mí y parecía no importarle si me importunaba o no, lo que sí hacía.
—¡No, qué va! –respondió de nuevo risueña—. Era un aviador de Franco, pero huyó de allí durante la guerra de España. Creo que derribó a un piloto alemán de la Legión Cóndor, fue un duelo como los de la época romántica.
—¿Por una mujer? –pregunté imaginando una historieta de las que gustan a mi editor: amor y guerra.
—No, en absoluto –me respondió enfadada—. Él sólo me amó a mí, pero déjeme que le cuente.
Deseché la idea de continuar con lo que estaba haciendo y decidí prestar atención a lo que me contaba mi anfitriona, no en vano era la dueña de aquel edificio que había servido de pub a los oficiales pilotos de la RAF en el pasado, durante la guerra. Me empezó a interesar la historia del tal Martin, el as de la aviación británica, único piloto español del bando nacional que cambió de campo durante la Segunda Guerra Mundial y luchó con los polacos por causa de un duelo.
Aquella noche cené con Molly en el reservado del cottage donde lo de menos fue el insípido roast beef que tomamos acompañado de un más que harinoso Yorkshire pudding. Cientos de jóvenes pilotos nos observaban desde las descoloridas fotografías que, colgadas de la pared, hacían resaltar una de mucho mayor tamaño en el centro del testero de la chimenea.
—Era guapo Martin, ¿verdad?
No supe qué contestar ante el retrato de aquel joven sonriente. ¿Guapo? Sí, al estilo de la época, moreno de cabello ondulado y aparentemente elegante, embutido en su cazadora de vuelo y su bufanda de seda blanca sobre el uniforme grisáceo de aviador. Su mirada era profunda, sin embargo, su sonrisa me resultó forzada y cínica en aquel rostro juvenil. Molly me contó retazos de su historia desde su llegada a Inglaterra en 1938, me refirió como consiguió ingresar en la RAF y, por supuesto, su particular historia de amor, antes de que desapareciese de su vida a principios de 1941.
En un momento de la conversación, saboreando un excelente vino de Oporto, se levantó de la mesa y tomó de la biblioteca una caja de madera barnizada. En su interior, encontré seis cuadernillos de pastas de hule, en perfecto orden cronológico: tres azules, dos de color negro y uno granate.
—Nunca supe qué escribió en ellos. Están escritos en español. Tan sólo descubrí mi nombre en diversos pasajes de los dos últimos cuadernos –dijo Molly sin dejar de sonreír— y eso me bastó.
—¿Por qué no mandó traducirlos? —pregunté intrigado.
—Por miedo a descubrir a un hombre distinto al que amé —respondió resuelta—. Ahora ya es demasiado tarde para mí, pero no quiero que su historia quede en el olvido.
—¿Qué quiere usted que haga? —pregunté temeroso de recibir el encargo de una tarea traductora para la que no me sentía ni preparado ni especialmente interesado en comprometerme.
—Quiero, simplemente, que lea sus cuadernos y, si los considera de valor, escriba sobre él, sobre mi querido y desdichado Martin.
Me amaneció enfrascado en la historia de Martín Lara. A solas en mi habitación, saboreaba las vivencias de un hombre singular, terriblemente complicado, movido por los resortes de un odio infinito, incapaz yo de abandonar las amarillentas hojas de aquellos cuadernillos escritos con una elegante letra inglesa que me recordaba a la de mi madre, a la de aquella época; una letra que destilaba, en sus primeros apuntes, un rencor impropio de un joven de apenas veinticinco años, con trazos duros y afilados en su caligrafía que se fueron suavizando a lo largo de los cinco cuadernillos siguientes, dulcificándose hasta conseguir la paz que tanto ansiaba por el amor de Molly.
El primero de los cuadernos, datado en marzo de 1938, se refería a lo que le aconteció en España a partir de agosto de 1936. El último, un séptimo cuadernillo, desapareció con él cuando su avión fue abatido sobre Francia el 23 de enero de 1941. Molly sabía de su existencia. Fue el único con pastas de color verde, me dijo, color de la esperanza que se marchó con él una fría mañana de enero. En ese cuaderno verde debió anotar acerca del último mes de su existencia, un tiempo en el que Molly, su gran amor, fue capaz de devolverle las ganas de vivir. Nunca se encontró entre sus pertenencias.
Ésta es, pues, la historia de Martín Lara, si bien, me he tomado la licencia de montarla sin seguir cronológicamente el relato de los hechos descritos por él en sus memorias.
RAF Biggin Hill, 15 de agosto de 1940
El aire de la sala de operaciones se había hecho irrespirable aquella madrugada. El humo de los cigarrillos envolvía a los pilotos del Grupo 32 en un halo que les confería una sustancia casi etérea de la que realmente carecían en aquellos momentos, agotados como estaban por el esfuerzo de los combates del día anterior.
En la mañana del día 12, los aviones alemanes habían realizado un ataque con el único objetivo de destruir las estaciones de radar del sur de Inglaterra. Seis estaciones fueron atacadas ese día, pero sólo una de ellas, la situada en la isla de Wight frente al puerto de Southampton, fue destruida.
El día 13 había sido la primera gran ofensiva de la Luftwaffe. En plena exaltación wagneriana, el mariscal Goering había bautizado la ofensiva aérea como Adlenrangriff o “El ataque de las águilas” y, aquel día, cientos de aviones cruzaron el canal después de haber creído destrozar las estaciones radar de Dover, Rye, Perensey y la de Dunkirk en Kent.
Los jóvenes aviadores atendían las explicaciones sumidos cada uno en sus propios pensamientos. El oficial de inteligencia mostraba con el puntero, sobre un enorme mapa, las posiciones de las distintas estaciones bombardeadas el día anterior.
—Creemos que ha sido un error de apreciación el que la Luftwaffe atacase ayer los aeródromos de Lympne y Hawkinge —señaló sus posiciones sobre el mapa—, cuando estos son simples aeródromos de emergencia.
El Group Captain Mike Wishart los observaba circunspecto desde una posición más elevada. Apoyado en el atril, intentaba transmitir un optimismo que él mismo era incapaz de sentir.
—Señores, ayer cuarenta y ocho Hurricanes y diez Spitfires se enfrentaron sobre Portsmouth a una formación increíble de Stuka, Junker 88 y Messerschmitt 109 y 110, doscientos aviones –sonreía por fin Wishart—. Conseguimos derribar cuarenta y cinco aparatos y sólo hemos perdido a tres camaradas en la refriega.
Si lo que pretendía era arrastrar el ánimo de sus hombres con el anuncio de la aplastante victoria, no lo consiguió. Miró con cierto desánimo a sus apáticos pilotos. Sin embargo, más que apatía era un profundo cansancio; aquella madrugada, durante el desayuno, había despertado a más de uno de sus hombres a punto de ahogarse en el plato de huevos revueltos.
Acababa de finalizar el briefing matinal, un plan de operaciones resumido para frenar lo que se esperaba aquella mañana del otro lado del Canal. Inteligencia presumía la llegada de tres oleadas, al menos, desde los aeródromos franceses y otras tantas, desde los noruegos. Muy posiblemente la mayor concentración de aviones jamás vista en el aire. Frente a ellos, grupos limitados de Spitfires y Hurricanes tratarían de retrasar el colapso de las defensas de Inglaterra.
El Sector 11 había comunicado lluvia ligera en la zona y una espesa capa de nubes sobre el estuario del Támesis entre 700 y 1.500 metros que se extendía hacia el este hasta bien entrado en el mar del Norte. Las nubes podían servir de refugio a los bombarderos alemanes en las incursiones de ese día. Los pilotos de caza preferían ver volar al enemigo sobre nubes blancas que marcaban sus formaciones como puntos negros en la distancia y luego, en el combate, servían de escapatoria desesperada cuando la pelea se hacía tremendamente desigual.
Las órdenes recibidas eran prácticamente copias de las del día anterior: aquella mañana los escuadrones se irían relevando en el mar del Norte para interceptar las formaciones que viniesen de Noruega; en el Canal, para contrarrestar los ataques procedentes de Francia; en el estuario del Támesis, para la defensa de Londres y, finalmente, sobre el aeródromo de Manston, que se había convertido en la base aérea más castigada de las jornadas precedentes.
Unos escuadrones se mantendrían en el aire y otros en alerta, como cazas de reserva para cualquiera de las formaciones que lo necesitasen. Volarían en patrullas de dieciséis Spitfires por escuadrón, cuatro formaciones de cuatro aviones en finger tip —como si de los cuatro dedos de una mano se tratase—, las formaciones separadas trescientos metros entre sí, siendo el líder de cada una de ellas el dedo medio de cada formación. El cuarto avión de cada formación ejercería de “tejedor” por detrás y más elevados, dando puntadas al aire, maniobrando libremente, subiendo o bajando, cruzando entre sí, atentos como vigías para evitar ser sorprendidos por detrás, lo que para muchos resultaba improbable viniendo de donde venían los alemanes.
Las ocho secciones de dos aviones cada una estarían formadas por un piloto experimentado y otro de menor experiencia en combate, para que así pudiesen beneficiarse del llamado apoyo mutuo —sobre todo el más inexperto— cuando las parejas se encontrasen en plena batalla. Sin embargo, los pilotos veteranos desechaban el apoyo que pudiesen proporcionarle aquellos recién llegados sin apenas experiencia de vuelo; pegaban a su cola a los pilotos novatos, les obligaban a seguirles en maniobras increíbles sin que apenas tuviesen oportunidad de ver un caza enemigo o entrar en combate, atentos como estaban a no perderse, a no separarse de su líder ni dos metros. Sin que fuese ésa la intención, los más experimentados ponían un obstáculo más entre el caza enemigo y su propio avión, así que si los inexpertos sobrevivían a los primeros embates de los alemanes, adquirían rápidamente conciencia de su precaria situación y dejaban de luchar en formación para hacerlo libres, por sí mismos.
Los polacos asignados al escuadrón 610 acababan de incorporarse desde Collyweston donde se habían adaptado al nuevo avión, el Spitfire Mk I, y, desde su llegada, el apoyo de aquellos agresivos y experimentados aviadores había dado algo más de optimismo al escuadrón; ellos patrullarían esta vez sobre el aeródromo de Manston, en la llamada Punta del Infierno, que había cobrado protagonismo en los últimos dos días, donde los alemanes, mucho más cerca de sus bases, aguantaban más tiempo en combate.
Los Hunos, como eran llamados los alemanes entre los pilotos de caza, habían intentado eliminar el aeródromo desde donde partían muchos de los cazas de los escuadrones 600 y 604, inmersos en la defensa de Londres y desde los primeros ataques la base aérea había recibido continuos bombardeos, no sólo de formaciones alemanas empeñadas en destruirla, sino también por las bombas que descargaban sobre ella los bombarderos enemigos que no alcanzaban su objetivo y que, al regresar a sus bases en Francia, la tomaban como vertedero de sus bombas en una última oportunidad por batir el territorio inglés antes de adentrarse en el mar del Norte.
Desde que a las cuatro y media de la madrugada fuese despertado por su ordenanza con un aromático té sin azúcar, Martín había realizado su rutina matinal prácticamente con la mente en blanco —eliminaba de esta forma cualquier tipo de aprehensión previa a los combates que habría de vivir a lo largo del día—. Lo mismo hacía a su regreso, evitando temores, escrúpulos o remordimientos que en nada ayudaban a su supervivencia, los borraba de su mente anotando detalles de lo ocurrido en su cuaderno de hule con la frialdad del cronista que asiste como espectador ajeno a la batalla.
En su rutina matinal se enfrentó al espejo vestido de Pilot Officer de la RAF, con el nombre del país que finalmente lo había admitido en la lucha, Poland —Polonia—, cosido sobre su hombro izquierdo. Se observó unos instantes con rencor —hacía mucho tiempo que se odiaba a sí mismo— y, a través de su mirada reflejada, le vino a la memoria la imagen de su hermano Pablo tal como él lo recordaba la última vez que lo vio vivo. Se despidió de sí mismo con cierto cinismo deseándose suerte, aunque nada le importase lo que pudiese ocurrirle en el futuro.
El español se había acostumbrado a volar con los polacos como uno más. Él era un lobo solitario como muchos de sus camaradas de vuelo, pilotos con tanta o más experiencia de combate que él, hombres de mayor edad que aquellos petulantes jovencitos británicos.
A los polacos, las tácticas inglesas les parecían de una banalidad muy peligrosa: mantener una formación cerrada en pleno combate, donde casi siempre eran sorprendidos en una proporción de 20 a 1, hacía muy difícil la supervivencia y ellos, desde su experiencia, al igual que muchos de los británicos con más horas de vuelo, abandonaban la disciplina de la táctica en cuanto aparecían las formaciones enemigas.
La disciplina mantenida en las comunicaciones sí se llevaba a rajatabla. Sólo los jefes de escuadrilla transmitían instrucciones a sus aviones antes de entrar en combate, sin embargo, en plena batalla, el intercambio desesperado de información hacia ininteligible la mayor parte de las comunicaciones, más aún en su grupo, donde los polacos transmitían con urgencia su desesperación en su propia lengua, a pesar de tenerlo prohibido.
Lo que para cualquier otro hubiese supuesto una desventaja insoportable, para Martín no lo era; el sonido de aquellas voces extranjeras, extrañas e imperativas a veces o angustiadas casi siempre en el combate, le servía de música de fondo al escenario de fuego y violencia que se desataba cada día sobre el Canal.
Su pareja de vuelo, su escolta en la sección, el joven Marek, se comunicaba con él en un código simple, tan simple como utilizar su nombre en diferentes arpegios, donde un “¡Martin!” ascendente y muy angustiado significaba “¡Quítame a este Huno de mis seis!” y era suficiente información para que el español tratase de derribar al que intentaba cazar a su compañero.
Martín observaba a los catorce polacos de su escuadrilla sentados a su alrededor en la primera fila, esforzándose para tratar de comprender el engolado acento británico que les hacía, si cabe, más incomprensibles las explicaciones del Wing Commander.
Wishart dio paso al teniente coronel Czesław Jeziorski, para que explicase en su idioma las tácticas que su grupo seguiría en el combate. Martín dejó de atender, extrajo su cuaderno de hule y comenzó a escribir: «Al regresar anoche a mi dormitorio encontré sobre la cama una carta de Molly Salmond, la dulce niña de Wittering».
Al salir a la zona de dispersión, una calurosa y húmeda mañana de verano había amanecido sobre Biggin Hill. A pesar de la fina lluvia que empapaba sus caras mientras caminaban hacia los aviones, Martín, en su subconsciente, la comparó con las luminosas mañanas agosteñas de Hinestrosa, su pueblo natal, y sintió una punzada de melancolía. Buscó con la mirada a su compañero de vuelo, el Pilot Officer Marek Robak que cabizbajo avanzaba hacia su avión al final del grupo. Lo esperó.
Marek caminaba con la boca seca y un ligero sabor metálico —el sabor del miedo lo habían llamado otros con más experiencia—. Marek lo sentía siempre, excepto unas horas al día, cuando comenzaba a declinar la jornada, durante la euforia de la cena sabiéndose superviviente y, aunque trataba de superarlo cada siguiente mañana, nunca lo había conseguido.
Había llegado de nuevo el momento. En menos de una hora se encontraría, sin duda, en medio de una batalla, recibiendo disparos mortíferos de unos Hunos que habían salido para matarlo, mientras que él, hasta el momento, en los seis días que llevaba volando con Martín, no había tenido ocasión de disparar sobre ellos ni un solo tiro. En la batalla, se defendía desesperadamente volando su avión en cualquier dirección que Martín le indicase, sin saber exactamente qué era lo que estaba haciendo. Disparaba sus ametralladoras sin ton ni son en su aproximación al enemigo, a la defensiva —con peligro de darle incluso a Martín—, más por vaciar los cargadores que por atinar a sus enemigos —no quería regresar repleto de munición como le ocurriese la primera vez, siendo el hazmerreír del escuadrón—. Estaba muerto de miedo y hacía esfuerzos por no mostrárselo a sus compañeros.
—Marek, últimas instrucciones para ti —le sonrió Martín desdramatizando el momento—. Sígueme siempre pegado a mi cola. Si en algún viraje fuerte te quedases por fuera de mi giro, nivela tus alas y trepa, sube casi vertical, luego te descuelgas, te dejas caer para seguir dentro de mi círculo. ¿Comprendido? Si te cruzas con cualquier Huno, ¡disparas!: “una patata, dos patatas, tres patatas”.
El joven polaco sonrió ante la forma aeronáutica de contar el tiempo a base de patatas. Martín le indicaba con ello que sus ráfagas debían ser de tres segundos como máximo cada vez.
El inglés que Marek utilizaba era muy rudimentario y Martín acompañaba sus instrucciones con movimientos de sus manos simulando la maniobra. El polaco confirmó con la cabeza las indicaciones del jefe de su sección. Martín lo había elegido porque le recordaba a su hermano Pablo, sabía que era el menos experimentado de los polacos y, tal vez por eso mismo, lo había acogido bajo su protección, la que no fue capaz de proporcionar a su hermano cuando más lo necesitó.
Marek confiaba ciegamente en la habilidad de su compañero, no en vano habían sobrevivido a seis jornadas volando juntos y, en tres ocasiones, Martín le había abatido un Me 109 que le acosaba desde sus seis, justo en su cola.
—Martin —le devolvió el polaco la sonrisa—, suerte, pero cuida de mí.
Alcanzaron los aviones, Martín se abrochó su Mae West —el salvavidas amarillo que portaban sobre el Canal —, estrechó la mano del mecánico, puso su pie derecho en el peldaño colocado en el lado izquierdo del fuselaje, apoyó el izquierdo sobre el ala y, antes de introducirse en la estrecha cabina, se estiró para ver a Marek, que tres aviones más allá realizaba nervioso la misma maniobra. Martín colocó el paracaídas en la concavidad del asiento y se sentó a continuación.
Mientras se ajustaba el atalaje de la silla inició una revisión ocular del interior de la cabina; todo parecía correcto. Cerró la cabina y se limpió la lluvia de la cara con su bufanda de seda, luego se la introdujo por el cuello de la camisa para evitar las rozaduras que le producían los continuos giros de cabeza durante el combate. Su montador terminó de apretar las cinchas de su arnés de seguridad Sutton que lo ataban al asiento y abrió el paso de la gasolina. A una señal de su mecánico encendió el motor e inició la revisión rutinaria de los instrumentos. Por último, verificó el oxígeno y con el pulgar de su mano izquierda hacia arriba transmitió que estaba listo, ordenando retirar los calzos seguidamente.
Sobre la pista de Biggin Hill se fueron colocando los cuarenta Spitfire que habrían de despegar en la primera oleada de defensa. Martín los observaba a su alrededor sin que ninguna sensación le oprimiese el vientre. Hacía tiempo que creía haber matado su alma y, con ella, sus sentimientos más primarios. Cuatro años se cumplirían en unos días y, sin embargo, el rencor seguía doliéndole en el pecho como el primer día.
Su valentía irracional en el aire le había llevado a situaciones muy comprometidas. Luchaba para él, sólo para él, con un ansia infinita de venganza sobre unos enemigos que no habían sido los causantes de su desgracia. Combatía con una agresividad tal, que el capitán de grupo Wishart hubo de llamarle la atención cuando, al regresar de Dunkerque con su Spitfire, aterrizó destrozado por los trozos metálicos desprendidos del avión que acababa de despanzurrar a bocajarro, tal como le habían enseñado a hacer en España. Tuvo que cambiar su forma de derribar, aprendió a disparar con el tiro desviado, anticipando la posición del avión enemigo, lanzando tan sólo chorritos de balas.
Sin embargo, algo había cambiado desde que conoció a Marek, un sentimiento de protección hacia su compañero había despertado en su interior y ahora combatía con mayor frialdad. Luchaba con la cabeza, que no con el corazón, pero seguía siendo igualmente agresivo.
Con la orden de salida dada, comenzaron a despegar las secciones. Corrían por la pista de dos en dos haciendo girar el morro a izquierda y a derecha para poder ver por donde despegaban —la longitud del morro impedía al piloto ver hacia delante cuando se encontraba en el suelo—. Se fueron reuniendo en el aire hasta conformar los escuadrones, entonces, cada uno de ellos inició una ruta diferente.
Los polacos comenzaron su ascenso sobre la misma vertical de Biggin Hill para evitar la masa nubosa que se marcaba hacia el Este sobre el estuario. Una vez alcanzaron los tres mil metros, Martín se ajustó la mascarilla y abrió el paso del oxígeno. A cuatro mil metros dejaron de ascender e iniciaron un giro suave, describiendo un amplio hipódromo en sentido contrario a las agujas del reloj, con las cuatro formaciones escalonadas en ala por la derecha sobre el aeródromo de Manston.
El controlador del Sector 11 les anunció que había detectado veinte bombarderos protegidos por sesenta cazas que se dirigían hacia su posición. Comenzaba la alerta para otras formaciones en el aire o preparadas para despegar desde las bases más próximas, pero ellos serían esta vez la punta de lanza. La escuadrilla polaca se encontraba en mejor posición para interceptar los bombarderos hasta que comenzasen a llegar otros cazas británicos.
Martín ajustó su mira al tamaño de los Me 109 y liberó el botón de fuego de sus ametralladoras Colt Browning. Sobre la capa blanca de nubes, Marek divisó a los veinte Me 110 que, muy próximos a la capa nubosa, buscaban un hueco por donde penetrar; en la distancia parecían puntitos negros que se dirigían hacia el aeródromo de Manston.
—¡Tally ho! —comunicó Marek, seguido de una expresión en polaco.
Con una rápida mirada, Martín divisó la formación de cazabombarderos Me 110 y, retrasados y mucho más alto, un verdadero enjambre de puntitos diminutos que se aproximaban hacia la posición en la que ellos se encontraban. El líder de la formación polaca inició un rápido descenso hacia los cazabombarderos, directo hacia ellos con el sol en la cara.
—¡FAA cinco! —ordenó el líder como si aquella táctica de ataque por áreas sirviese para algo en aquella ocasión.
Todos lo entendieron como un desahogo mental más que como una orden. La táctica inglesa FAA, en la que el número indicaba los bombarderos que debían ser atacados, no contemplaba un número mayor a cinco.
—¡Marek, Rojo Seis, sígueme! —indicó Martín a su escolta—¡Rojo seis, sígueme y no te separes!
Giró con fuerza a su derecha en un viraje cerrado, alejándose del resto de su formación, y, una vez abierta la demora, inició una curva suave hacia el enemigo con el sol por su derecha. Los Hunos acababan de descubrir a los Spitfires y se preparaban para el enganche, como si de jaurías de perros se tratasen.
Martín observó como los Me 110 se situaban formando una rueda hacia la derecha, uno tras otro, para conseguir mayor cobertura de fuego con sus artilleros traseros. El español conocía la táctica defensiva de círculo de carromato de los Me 110 y no comprendía cómo el jefe de su escuadrón, Jan Włodarczyk, con su experiencia en combate se lanzaba al interior de aquel círculo de fuego en el que, si sobrevivía al encuentro, tendría que vérselas irremediablemente con los Me 109 que los esperaban unos mil metros más arriba.
Martín siguió descendiendo hasta comenzar a rozar la cumbre de las nubes, unos trescientos metros por debajo de los cazabombarderos. Tras la primera pasada, al alcanzar la formación enemiga, Włodarczyk y sus hombres se dispersaron como las perlas de un collar que se rompe, todos tratando de quedar fuera de aquella rueda que escupía fuego en todas las direcciones. Los cazas polacos subían hacia los cazas como única salida posible. Martín se aproximó desde abajo, atacando la panza del Me 110 que convergía en la rueda sin percatarse del ataque de su Spitfire.
Conforme se acercaban al bombardero, Martín y Marek comenzaron a cruzarse con los cazas alemanes que habían decidido lanzarse desde arriba en defensa de los Me 110, cruces negras fileteadas de blanco que se descolgaban desde el cielo desde todas las direcciones. Cientos de guirnaldas luminosas empezaron a alfombrar su camino, las balas trazadoras ocupaban todo su campo de visión. Sonrió, aquel espectáculo de fuego en movimiento le divertía. Frente a él, dos Hunos estuvieron a punto de colisionar entre sí, panza contra panza.
Tiró suavemente del bastón y apoyó el pulgar sobre el botón de disparo. Adelantó suavemente el punto luminoso de su mira una eslora por delante del bombardero que intentaba derribar y le lanzó una ráfaga corta; su avión se estremeció al disparar, las trazadoras salieron luminosas hacia delante. Las vio alejarse hacia su objetivo como el chorro de una manguera. Aquello era como cazar perdices, pensó, se les adelanta el tiro y ellas solas acuden al encuentro de los plomos.
El ala izquierda del Me 110, más elevada en el giro que realizaba a la derecha, saltó hecha pedazos. El avión giró bruscamente a su izquierda, se precipitó fuera del círculo que mantenía con los demás, un reguero de humo negro le siguió mientras se hundía en un profundo tirabuzón hacia la cumbre blanca de un cumulonimbo.
Martín invirtió su avión quedando cabeza abajo y descendió hacia las nubes seguido de Marek. En su evasión, se cruzó con varios Me 109 que perseguían a uno de los Spitfire e hizo por ellos disparando varias ráfagas cortas.
—¡Dispara, Marek! —ordenó a su compañero, al que suponía por detrás suyo.
Volvió a enderezar el aparato y, con un firme tirón al bastón, frenó el descenso lanzándolo de nuevo hacia la pelea. Gritó apretando con el estómago para no perder la conciencia por falta de riego sanguíneo debido al efecto de la aceleración. El círculo de carromato se había deshecho y los Me 110 más próximos viraban hacia el interior, enfrentando sus artilleros traseros a los cazas británicos.
Oyó por el intercomunicador la llegada del escuadrón 79 de Hawkinge y la de los muchachos del 266 de Eastchurch. Sin embargo, Martín seguía viendo cruces negras en cualquier dirección hacia la que mirase. Lanzó una nueva ráfaga al cazabombardero que giraba frente a él, alcanzándole a la altura del artillero. Martín supo que le había dado cuando los dos cañones se elevaron bajo el peso del artillero muerto.
De pronto, vio venir las diminutas luminarias de las balas trazadoras por su derecha y supo lo que tenía que hacer antes de que aquellas bolas de fuego se acelerasen para alcanzarlo. Volvió a invertir el avión y descendió en picado hacia las nubes mientras, vuelto hacia atrás en su asiento, buscaba a Marek. Lo vio muy por encima de su posición, alejado de los Me 110, aunque rodeado de cazas enemigos.
Alguien comunicó que el 604 Escuadrón de Wittering se incorporaba a la pelea y, efectivamente, Martín, que comenzaba a remontar el picado hacia una nueva trepada, se cruzó con un par de Hurricanes.
Gritos de angustia inundaban el intercomunicador: uno del 79 había sido abatido y lloraba a gritos, desesperado, mientras se achicharraba incapaz de abandonar el avión que, envuelto en llamas, se dirigía hacia las nubes dejando un reguero de humo negro. Martín lo vio explotar antes de desaparecer entre ellas.
Marek había relajado la tensión en su bastón durante la recuperación de la primera pasada y se había quedado por fuera del giro de Martín, había tirado con menos fuerza y su giro había sido mayor. Aún se encontraba por encima de Martín, con el morro casi vertical, girando para descolgarse hacia donde él se encontraba, en un intento por aproximársele cuando arriba del todo, sin apenas velocidad ni mando en su bastón, a punto de entrar en barrena, tres Me 109 se le aproximaron desde arriba y por detrás posicionándose sobre su cola.
—¡Martin, Martin, Rojo Cinco! —gritaba angustiado por el intercomunicador—. ¡Rojo Cinco!
Martín giró tirando con fuerza del bastón pegándolo a su estómago hasta casi perder la conciencia, Notaba vibrar su avión, que se negaba a volar en aquellas condiciones. Cuando finalmente recuperó la visión, lo buscó, viéndolo venir en descenso, apenas sin control, rodeado de trazadoras.
—¡Inviértete, Marek! —ordenó Martín imperativo.
El polaco obedeció, realizó medio tonel y bocabajo comenzó a sentir que el avión ganaba velocidad, alejándose invertido del reguero en un picado casi vertical. Martín apuntó a la cola del avión de Marek cuando se le aproximaba, dándole la panza en el cruce, dejó deslizar su mira luminosa unas milésimas hacia atrás y disparó con rabia al espacio vacío entre Marek y su perseguidor hasta que el caza alemán reventó al recibir de pleno aquella lluvia de plomo incandescente.
Trozos del avión alemán cruzaron demasiado cerca, haciendo que Martín tuviese que maniobrar para evitarlos. Siguió ascendiendo hacia el segundo de los cazas que, al percatarse del Spitfire de Martín, abandonó la persecución de Marek, modificando su maniobra. Abrieron fuego a la vez. Un golpeteo duro y metálico indicó a Martín que su Spitfire había sido alcanzado, pero que él seguía intacto.
El Messerschmitt se agrandaba centrado en el círculo de su visor reflector. De pronto, el Me 109 hizo un movimiento extraño, casi imperceptible, y Martín comprendió que el piloto alemán estaba muerto, había soltado el bastón y el avión se le echaba encima. Debía evitar el impacto frontal. Pisó a fondo el pedal izquierdo, metiendo medio bastón a la misma banda. El Spitfire inició un tonel con desplazamiento que le deslizó el morro hacia arriba, justo en el momento del cruce.
Nadie en el Mando de Caza estaba acostumbrado a ver ni a los muertos enemigos ni a los propios compañeros abatidos, otros eran los que se encargaban de los restos mortales de aquellos aviadores. La visión de aquel alemán lanzado hacia atrás en su cabina, cubierto el rostro de sangre, llamó su atención unos segundos en el cruce.
Acompasó con suavidad el movimiento errático del Messerschmitt contrarrestándolo, pero no lo suficiente para evitar un clang seco a la altura de su cola. Nervioso, niveló su avión sintiéndolo vibrar, miró hacia donde suponía debía encontrarse Marek y, de pronto, como si alguien hubiese retirado un invisible tapón en el interior de aquel enjambre, los Hunos desaparecieron, volaban hacia el Este sin apenas combustible para alcanzar sus aeródromos de partida.
A lo lejos, remarcados contra las nubes blancas, los alemanes volaban hacia la costa francesa mientras los Spitfires y Hurricanes supervivientes giraban en círculo buscándose unos a otros, recomponiéndose antes de volver a sus bases. Dos ingleses del 79, a los que Martín no conocía, habían caído.
Los supervivientes estaban eufóricos, se encontraban enteros y regresaban. Escasos de combustible, pero regresaban para contarlo. Martín sentía las vibraciones de su avión justamente en los pedales así como una cierta tendencia en el morro a deslizarse hacia la izquierda.
—¡Marek, mírame la cola! —le ordenó Martín.
—¡Dios, Martin! —oyó la voz de Marek por el intercomunicador—. Te falta un buen trozo de la cola y tienes el timón trincado a la izquierda.
Cuando el campo apareció frente a él, se encontraba agotado de pedalear como un ciclista. Martín aterrizó su Spitfire en Biggin Hill con el ala izquierda perforada y lo que le quedaba del empenaje de cola, compensando con bastón y pericia lo que no realizaban sus pedales. Se encontraba cansado y hambriento, le dolía el cuello del tirón que le metiera al avión cuando acudió en socorro de Marek y, ahora, en vez de tirarse en el prado frente a la cabaña de dispersión, tendría que esperar su turno para relatar sus derribos a los oficiales de inteligencia y rellenar el formato F con el que se “premiaba” a los vencedores. Con el cazabombardero y los dos Me 109 derribados, alcanzaba la cifra de cinco victorias desde Dunkerque y eso lo aproximaba a lo que en el Mando de Caza se consideraba un As, lo que en absoluto Martín pretendía.
Marek le trajo un sándwich y una taza de té mientras hablaba con el oficial de inteligencia, esperando pacientemente a que terminasen, luego caminaron juntos como dos viejos camaradas hasta la choza de dispersión y allí se desplomaron sobre la hierba verde y húmeda de la lluvia caída durante la mañana, tumbados en mangas de camisa, fumando un cigarrillo.
—Estaba cagado de miedo, Martin, eran tres Hunos —rió nervioso el polaco.
—Eran muchos más, Marek, y tienes que aprender a atacar, no sólo a defenderte —respondió el español con preocupación.
Martín le explico que al llegar a la pelea debía elegir un objetivo de entre los muchos que tuviese enfrente, el que en mejores condiciones se encontrase para ser derribado al llegar.
—Luego, mientras te aproximas a sus seis, a su cola, debes evitar las trazadoras, volarlas por encima. Suelen tener tendencia a caer con la gravedad —rió Martín, quien ante Marek se sentía vivo, con responsabilidad sobre otro ser vivo.
—Vuela por encima mejor que por debajo —seguía explicándole Martín, acompañando con gestos de sus manos sus explicaciones—; gira hacia el que te dispara si éste se aproxima demasiado, así reduces la superficie de tu avión en su mira y, desciende casi en picado; vigila siempre la cola; nunca vueles por derecho, siempre debes girar hacia un lado, subiendo o bajando como un yoyó. Por último —le explicaba Martín—, hay que jugar al cortahilo con el camarada que se encuentra acosado, atacar de frente al que intente derribar a un compañero: antes defender a un amigo que conseguir una victoria.
—Segundos más tarde —continuó Martín—, cuando alcances una posición favorable, tira del bastón con suavidad hasta colocar el puntero luminoso de la mira una eslora adelantada sobre la dirección futura, la que el caza enemigo va a alcanzar, y entonces, dispara tres segundos. En cuanto el enemigo sea abatido, rompes con fuerza tu posición, giras con un viraje cerrado hacia donde haya más aviones y buscas un nuevo objetivo que batir.
—La próxima vez yo haré de escolta y tú me llevarás a la pelea, Marek —le indicó Martín—. Conseguiremos que derribes tu primer avión.
Comenzaba a regresar la tercera oleada de aviones cuando sonó el timbre del teléfono de operaciones. Todos enmudecieron, se pusieron de pie esperando a los jefes de escuadrillas, que aparecieron a la carrera para reunir a sus hombres sobre la hierba.
Martín no había tenido que dar explicaciones sobre el estado de su Spitfire, Jan Włodarczyk había sido testigo de sus tres derribos y confirmaba lo irremediable del impacto del Me 109. Se asignaron aviones y recibieron nuevas instrucciones: los polacos quedarían listos para intervenir como interceptadores. Debían arrancar y rodar hasta la cabecera de la pista en servicio para allí permanecer en espera, con el motor apagado, hasta que fuesen requeridos.
Fumando con el oxígeno apagado, Martín adormecía su mente sentado en la cabina. En cualquier momento tendrían que despegar y, tal vez porque fuese verano y el calor traía a su memoria retazos de su infancia o quizá porque llevaba más de un mes combatiendo varias veces al día, se sentía cansado, sobre todo muy cansado, melancólico, con el ánimo perezoso, sin el ansia de lucha que hasta entonces le había acompañado y eso, se decía a sí mismo, eso significaba no vencer en el próximo enfrentamiento. ¿Estaba preparado para morir? Bueno, eso sería dormir toda una eternidad y Martín necesitaba dormir. ¿Morir? Eso nunca le había importado demasiado. Es más, había buscado que lo matasen en una ocasión y, a su pesar, no terminó por conseguirlo: al final pudo más su instinto de supervivencia.
¿Qué le estaba ocurriendo? La noche anterior, escuchando a Connie Boswell cantar “Marta” en el gramófono del bar de oficiales, sintió verdaderas ganas de vivir, de ser de nuevo un joven irresponsable, enamorarse. Buscó entre sus recuerdos la imagen de alguna chica española y ninguna le resultó nítida, o al menos tan nítida como la de Molly, la dulce niña de Wittering.
Cerró los ojos y, buscando en sus recuerdos, se trasladó al inicio de su tragedia, a un pequeño pueblo de jornaleros en las faldas de Sierra Morena. Era curioso, pero sus recuerdos brotaban tal como él los había anotado meses más tarde en su diario. Allí, amarrado en su avión, dudaba si aquello que escribió lo había vivido realmente.
Hinestrosa, domingo 2 de agosto de 1936
El calor hacía irrespirable el dormitorio de Pablito, las tejas del piso superior habían estado recibiendo la solana de aquel caluroso primero de agosto y sólo una ligera brisa caliente atravesaba la habitación procedente del ventanuco que daba a la calle principal del pueblo. A pesar de ello, el joven temblaba sobre su cama, las sábanas empapadas de sudor se le pegaban a su espalda desnuda y el colchón de borra no mejoraba la situación. Sus padres dormían en el piso de abajo ajenos por completo a su crisis de ansiedad. Llevaban en el pueblo una semana y, desde su llegada, Pablito se había refugiado entre los amplios muros de ladrillos y arena de aquel viejo caserón, incapaz de salir a la calle. Lo hizo recién llegado y sus antiguos camaradas de juego lo despreciaron con saña. Mariano, su amigo de siempre de sus largas vacaciones de verano, le increpó nada más encontrárselo.
—Señorito de mierda, ya verás la que vas a llevar —le soltó a la primera en tono amenazante.
—¡Mariano! —respondió sorprendido ante el recibimiento.
No hubo más palabras entre ellos. Un zagalón que acompañaba al tal Mariano lo agarró por el cuello y él se dejó hacer, viéndose rodeado por los mozos. De un trompazo, el zagalón le partió la ceja.
Don Pedro, su padre, era administrador de las propiedades de don Aurelio Zabala, cacique de aquel villorrio de jornaleros de la provincia de Sevilla, Hinestrosa del Vallado, en las estribaciones de Sierra Morena.
—No hay que darle mayor importancia, cosas de chiquillos —comentó su padre, mientras el médico del pueblo le cosía la brecha de la ceja—. Son gentes conocidas y nos aprecian. No son malas personas es que la República los ha politizado.
De hecho, desde la creación del Comité Revolucionario, a los pocos días de llegar don Pedro con su familia a Hinestrosa, hubo de dejar de acudir a su oficina en el cortijo Buenavista, propiedad de don Aurelio. Se encontraban prácticamente secuestrados en casa.
Desde que la sociedad jornalera de Hinestrosa se había colectivizado, en casa de don Pedro se subsistía con lo que aún quedaba en la despensa, si bien Peregrina, la criada, les había arrimado, una sola vez, uno de los tacos de carne de toro bravo de la ganadería de don Aurelio que se repartían entre los ciudadanos afines a la nueva sociedad revolucionaria.
A Pablito, el recuerdo del primer domingo allí en Hinestrosa le hacía temblar en la penumbra de su cuarto. La misa de nueve del domingo 26 de julio le había marcado, las imágenes las revivía en su mente: la plaza Mayor repleta de hombres y de jóvenes, entre los que vio a Mariano y a otros muchos de sus amigos de la infancia que les increpaban al paso. Mujeres a las que conocía bien, incluso por sus motes, les abrían un pasillo a su paso gritándoles sin respeto con caras de odio.
—¡Carcas, carcas, monarcas, beatas! —gritaba la guardesa de don Aurelio, como enloquecida, a doña Inés, su madre.
Fueron los únicos asistentes a la misa del domingo. Don Pedro, de Acción Católica, no la hubiese perdonado. «Antes morir que pecar», repetía confiando en la bondad natural de sus convecinos, bondad que sólo existía en la mente del administrador.
—Mujer, no se atreverán a nada más que al insulto. He hecho mucho por ellos y sé que en el fondo me respetan.
Pablito, desde la cama, se acordó de Martín, su hermano mayor: «Si él estuviese aquí no tendría el miedo que tengo —pensó desesperado—, él sabría lo que hacer». Martín era un joven cuatro años mayor que él, fuerte y pendenciero —un perdido, en palabras de su padre—, que por razones para él desconocidas, era aceptado entre los hombres del pueblo en mayor medida que los demás de la familia. Su padre decía de él que era carne de masonería y, seguramente, algo republicano, aunque eso sí, de buenos sentimientos, que para algo había sido educado en los principios cristianos.
El joven Martín vivía intensamente su juventud al margen de las riñas paternas, cortejaba a las chicas del pueblo sin reparo alguno, se tomaba los vinos en la Casa del Pueblo y, en más de una ocasión, se había hecho respetar con los puños. Tabernas y pendencias llevaban a don Pedro por la calle de la amargura. El muchacho era apuesto, de aspecto atlético, simpático y guasón. Nadie sabía a quién había salido observando al matrimonio.
Don Pedro no podía con él. Era un buen camarada para los jóvenes de su edad, aspirante sin duda a la condenación eterna. Sin embargo, Martín se encontraba en Sevilla.
Oyó un disparo de escopeta, posiblemente en la esquina de la plaza. Se asomó con precaución, levantando ligeramente el borde de la persiana de esparto. Un grupo de hombres acababa de disparar contra una pequeña imagen de la Virgen que, tras un cristal, adornaba en su hornacina la esquina de la casa rectoral. El chaval, asustado, bajó a refugiarse al dormitorio de sus padres.
—¡Mamá, acaban de fusilar a la Virgen! —acertó a decir tembloroso—. Padre, por lo que usted más quiera, vayámonos a Sevilla.
—Por Dios, Pedro, esa gente nos podría hacer daño. Pablito tiene razón, allí estaríamos más seguro —intercedió la madre.
Don Pedro era un hombre grueso, se incorporó con dificultad y encendió la luz de la lamparita de la mesita de noche, se ajustó sus gafas de concha y tomando el despertador, miró la hora.
—Son casi las cuatro de la mañana y me gustaría dormir —se quejó malhumorado—. Además, ayer estuve escuchando por la radio al general Queipo de Llano. Tiene controlada la situación en Sevilla y ha prometido que en unos días impondrá el orden en toda la provincia. No hay nada que temer.
—Padre, por favor —insistió Pablito—, no me haga usted ir a misa mañana. Tengo miedo de que nos peguen un tiro.
Don Pedro se levantó definitivamente, encendió un cigarrillo y, desde los pies de la cama, arengó a su familia.
—Somos soldados de Cristo Rey y debemos dar ejemplo con nuestra piedad. ¡Ay si doña Remedio te oyese, Pablito! Qué pensaría de ti. Tantos años de catequesis preparando nuestras almas para que unos simples gritos te hagan apostatar. Antes morir que pecar, ¡lo oyes, hijo mío! Si hemos de ser mártires por Cristo, lo seremos. ¡Vamos, vuelve a la cama! Mañana te confesarás con don Manuel.
Pablito abandonó el cuarto de sus padres odiando a doña Remedio la maestra, aquella solterona catequista que había organizado el grupo de Acción Católica en el pueblo preparándolos para el martirio. Sólo cuatro familias insignes de Hinestrosa, de las que tres eran de su misma sangre, formaban la escasa cosecha de mártires. Pablito no era tonto, había visto el deterioro de la convivencia en el pueblo a lo largo de la semana y sabía que estaban siendo vigilados; jóvenes cenetistas con escopetas se apostaban enfrente de su casa y en la puerta trasera del corralón, donde su padre tenía guardado el coche. Tan sólo Peregrina, la criada, salía de la casa llevando recados a las casas de sus parientes o arrimando algo que comer muy de vez en cuando —como novia que era de uno de los milicianos le permitían el paso sin que nadie le preguntase demasiado.
Doña Remedio se había marchado a Sevilla a cuidar de su madre dejando a sus mártires desamparados. «¡Aquí y ahora me gustaría verla!» pensaba el niño en su desesperación. A pesar de ello, el chaval reconocía que la maestra era una mujer valiente: se enfrentaba a los hombres, los recriminaba llamándolos por sus nombres y les hacía bajar la mirada, no en vano había sido maestra de casi todos los que vociferaban en la plaza.
Desde su cama, escuchó la campana del reloj del ayuntamiento picar las cinco y el cansancio lo venció minutos más tarde.
Cuando don Pedro lo despertó estaba sonando el primer toque para la misa de nueve.
—Lo ves, Pablito, el primer toque, normalidad absoluta. ¡Venga, vístete! —le conminó su padre.
Con resignación, vestido con su traje de hilo de los domingos, salió tras sus padres a la calle Mayor. El silencio lo inundaba todo, roto tan sólo por el tercer toque de campana. Al doblar la esquina y enfrentarse a la plaza, un nutrido grupo de vecinos esperaba a pie de la escalinata de la parroquia. En silencio, los observaban llegar. Pablito se pegó a sus padres.
—Buenos días —saludaba don Pedro a los congregados tocándose el ala de su sombrero Panamá, los cuales se abrían a su paso dejándoles pasar.
Su madre se recogía pudorosa los picos del velo, con la mirada baja. Pablito, a su lado, trataba de no mirar a la gente, latiéndole el corazón al borde del colapso. Le temblaban las piernas y hacía esfuerzos por no echar a correr para acogerse a sagrado. Don Manuel, el cura, esperaba pálido en la puerta de la iglesia revestido con su casulla de celebrar acompañado de un grupo de hombres sonrientes. El silencio y las sonrisas burlonas de los que se abrían ante ellos comenzaron a preocupar a don Pedro, que no entendía el juego que se traían en la plaza. Se pararon ante el sacerdote y fue entonces cuando descubrieron la soga que rodeaba el cuello de don Manuel y que pendía de un gancho de carga, en el centro del medio arco de la puerta de la iglesia.
—Don Manuel, ¿qué, repicamos? –preguntó el sacristán conteniendo una carcajada.
Sin esperar respuesta, halaron del extremo de la soga y suspendieron al pobre cura por el cuello ante los ojos atónitos de don Pedro y su familia. El cura pataleaba suspendido, sacando la lengua grotescamente, asfixiándose antes de que se le quebrase definitivamente el cuello.
—¡Qué hacéis, animales! —quiso acudir don Pedro en auxilio del párroco, pero fue retenido al instante.
—¡Al gordo, al gordo! —gritaba la chusma enfervorizada por el espectáculo.
Ramiro el Sapo, que dirigía aquel linchamiento, hizo ademanes para acallar a la gente.
—Al gordo lo toreo yo —gritó el Sapo para hacerse oír, y todos festejaron el anuncio.
Venancio Raíl, Railito Chico, había sido maletilla en su juventud y ni tan siquiera se había vestido de luces. Pero para los de Hinestrosa era su torero, aunque las vaquillas no lo respetaran y lo revolcasen cada vez que se tentaban en la placita que don Aurelio tenía en su finca. El torero entregó los trastos de torear al Sapo, que actuaba de primer espada mientras los presentes abrían un círculo dejando macabramente al cura de presidente pendular en aquel simulacro taurino.
El Sapo desplegó el capote y citó a don Pedro, que sudaba copiosamente con cara de terror. Un empujón le hizo embestir antes de caer de bruces, arrancando el olé de los parroquianos. Lo levantaron y volvieron a empujarle hacia el capote. Pablito, abrazado a su madre, lloraba de miedo, preso de grandes temblores mientras la escuchaba alzar sus plegarias a la Peregrina, patrona de aquel pueblo. Don Pedro había perdido sus gafas de concha y a cuatro patas se movía pesadamente hacia donde se encontraba el Sapo, balbuciendo peticiones de clemencia. Railito salió al centro del corro con un par de banderillas en las manos.
—¡Tatachín! ¡Tatata, tatata, tachín! ¡Tatata, tatachín! —anunció Railito el cambio de tercio—. ¡Novillada sin picadores!
Doña Inés no pudo con lo que presentía y se aflató entre los brazos de su hijo, quedando tendida impúdicamente en el terrizo de la plaza y dejando a Pablito desamparado.
El grito de dolor de don Pedro arrancó los aplausos del público mientras se desplomaba y quedaba tendido en el suelo con un par de banderillas en todo lo alto. Pablito vio cómo la sangre empapaba la chaqueta de hilo de su padre y se arrancó con la furia de un manso contra el banderillero. De una trompada lo tumbó y comenzó a golpearlo, más por miedo que por defender a su padre, que yacía unos metros más allá gimiendo de dolor. Nadie separaba al chaval de su presa a la que golpeaba sin precisión. Todos reían mientras el maletilla trataba de zafarse del ataque de aquel niño, mucho más corpulento que él.
¡Estaba visto! No había corrida que no terminase revolcado, pensó Railito, indignado con su mala suerte y con la situación. El Sapo los separó finalmente halando al muchacho por los faldones de la chaqueta.
—¡Te mataré, hijo de puta! —le anunció Railito—. ¡Te juro que te mataré!
—Eso será cuando yo te lo mandé —indicó el Sapo, manteniendo cogido al chaval por los faldones—. Ahora, metedlos en el calabozo y vayamos a por los otros fachas.
Sevilla, 3 de agosto de 1936
Cuando Martín llegó al andén del ayuntamiento, la plaza de la República se encontraba llena de una variopinta mezcla de uniformes y ropa de paisano, de los que sobresalían los de los falangistas. Con su brillantina en el pelo y sus relucientes botas altas, se saludaban entre sí con el brazo en alto. Eufóricos, daban grandes vivas a España y a la Falange o se pavoneaban frente a las jóvenes sevillanas que se habían aproximado a ver el espectáculo.
Don Aurelio, con botas de montar y pantalones briches, salía del ayuntamiento en esos momentos. Acababa de llegar del cuartel del Duque, en la plaza de la Gavidia, de reunir una columna que liberaría Hinestrosa de las hordas marxistas y, de paso, sus posesiones.
Martín conocía bien a don Aurelio, no en vano su padre seguía siendo su administrador. Desde muy niño, había pasado largas temporada en el cortijo de Buenavista como acompañante del único hijo del amo, casi de su misma edad, aunque ligeramente enclenque y enfermizo. Mucho menos atractivo que Martín, el niño era tímido y apocado, pero de buen corazón. Al principio de aquella amistad forzada, Martín aprendió algo de inglés y de tenis con la nanny inglesa que don Aurelio mantenía para su hijo. Años más tarde, durante el verano de sus dieciséis, don Aurelio lo sorprendió retozando durante la siesta en el dormitorio de la inglesa. La nanny, de la que todos sospechaban que era la amante de don Aurelio, fue enviada de inmediato a Inglaterra y a Martín se le prohibió volver a pisar aquella casa.
—Buenos días, don Aurelio, ¿sabe usted algo del pueblo? —preguntó abiertamente el joven sin importarle la afrenta pasada.
—Hombre, Martín, dichosos los ojos que te ven —respondió el cacique con una sonrisa burlona—. Estás hecho todo un hombre, ahora sí que podrías hacerme la competencia. Creía que no volvería a verte después de tu pequeña traición, pero lo pasado, pasado está. Ahora lo importante es liberar Hinestrosa. ¿Qué, te apuntas a la columna?
Martín asintió con la cabeza.
—¿Sabe usted algo de mis padres? —preguntó preocupado.
—Hasta ayer estaban bien —respondió risueño el cacique mirando su reloj—, pero hoy han cortado las líneas del teléfono. No te preocupes, seguro que en el pueblo ya saben que vamos para allá y no se atreverán a nada.
Media hora más tarde, en las cajas de unos destartalados camiones repletos de requetés, falangistas, algunos soldados y tres guardias civiles, salían de Sevilla camino de la sierra. En mangas de camisa, con un correaje mal ajustado y un máuser oxidado, acudía en auxilio de su madre y de su hermano Pablo. Su padre era lo de menos, nunca se había llevado bien con él y lo que le ocurriese, merecido se lo tenía. Bien que le había aconsejado quedarse en la seguridad de la capital, pero la absurda responsabilidad que don Pedro sentía hacia las posesiones de don Aurelio habían arrastrado a su madre y a su hermano a una situación que Martín presentía desesperada.
Un teniente de regulares aprovechó los primeros traqueteos del camino para explicarles algunas nociones básicas de combate. Horas más tarde, el ardor guerrero de la columna había desaparecido bajo el intenso calor del mediodía. Solo, en una esquina de la trasera del camión, Martín agradecía la sombra que las moreras, plantadas a ambos lados de la carretera, ofrecían al viajero.
Desde que entraron en la vega del Guadalhaucín, Martín esperaba el momento de vislumbrar la torre de la iglesia. De pie, en el frontal de la caja, oteaba el horizonte como un vigía. Anochecía cuando la columna se aproximó a Hinestrosa.
Don Aurelio, desde el Ford que iba en cabeza, tomó el desvío hacia Buenavista, hacia la sierra, hacia lo único que realmente le interesaba. El convoy comenzó a alejarse del pueblo, del que tan sólo se veía ya el campanario con su nido de cigüeñas por encima de las copas de las encinas. Martín sintió que se le revolvían las tripas, comprendió que para aquel hombre, por encima de la vida de su administrador, se encontraba la seguridad de su hacienda. Supo que lo que tuviese que ser lo afrontaría él solo.