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El Hombre de Nador

Antonio Ruibérriz de Torres Sánchez

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Copyright 2010 ®de Antonio Ruibérriz.

Primera edición: 2010

Cuadro de portada:

Edición a cargo de: Antonio Ruibérriz

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Nota del autor


Los personajes de esta novela son totalmente imaginarios. Ninguno de sus protagonistas tiene correspondencia alguna con personalidades de la vida política española o internacional. De igual forma, la trama marroquí con la que se inicia la primera parte de este libro, así como las escenas descritas a lo largo de la historia no se ajustan en absoluto a la realidad existente entre ambos países.

El Norte de África es una zona prioritaria para la acción exterior española por proximidad geográfica, vinculación histórica y por la densidad de los intercambios humanos, económicos y culturales. El objetivo principal de la política exterior española es contribuir a asegurar la estabilidad y la prosperidad en la zona, por resultar de interés directo para España.

El Magreb plantea desafíos que requieren una aproximación global: desigualdades económicas y enorme diferencial de renta entre el Norte y el Sur del Mediterráneo, presión demográfica y migratoria, criminalidad organizada, terrorismo, necesidad de reformas modernizadoras son algunos de los problemas más importantes. La falta de articulación regional impide el despegue de los países del Magreb y tiene un alto coste económico, social, político y sobre todo humano.

La relación con Marruecos, debido a la amplitud, profundidad y variedad de los intercambios o vínculos, tiene una especial importancia para España.

No obstante lo anterior, aun no ajustándose a la realidad existente entre ambos pueblos, parte de la trama marroquí descrita y los personajes reales que la soportan, no han podido sustraerse de la imaginación del autor para hacer más real la historia que se cuenta. Esto, al fin y al cabo, pretende ser una novela de intrigas.




La Trama marroquí


1


Desde su salida de Madrid aquella mañana de finales de marzo, Rodrigo esperaba ese momento mágico en el que, rebasado el cerro de San Cristóbal, cuando casi se alcanzan con la vista las almenas del castillo de Doña Blanca, tras la siguiente curva, aparece la bahía de Cádiz. Rodrigo entonaba el poema de Machado trastocando el primer verso para comenzarlo en –Granada agua oculta que llora–, a un par de kilómetros de una pequeña pedanía de Jerez, El Portal. A los niños les encantaba el ceremonial –romana y mora, Córdoba callada–. Medida al segundo la declamación, Rodrigo la acompasaba a la marcha del coche –Málaga cantaora, Almería dorada –. A veces, se dormía en –Plateado Jaén–, dando tiempo al tráfico a llegar a la curva de –Huelva, la orilla de las tres carabelas–, para a la siguiente, muy teatral, anunciarles la bahía –Cádiz, salada claridad–, infinita cuando soplaba el Poniente, brumosa e impresionista cuando lo hacía el Levante, magnífica siempre y, de noche, todo un espectáculo. Hoy, viajaba solo con sus pensamientos, los niños vivían sus vidas con independencia y, Elizabeth, comenzaba a ser un vago recuerdo, una imagen fija idéntica a la de la fotografía enmarcada en la mesita rinconera del salón.

Al coronar el cerro y divisar la inmensidad de la bahía, sintió como le desaparecía la tensión acumulada durante el viaje, incluso el dolor de la herida reciente en el brazo, como si hubiese alcanzado la meta finalmente y sin embargo, para Rodrigo, aquello no era más que otra parada en una larga carrera iniciada unos meses antes, en noviembre del año anterior, cuando creyó percibir, en un momento de lucidez, lo que ningún analista político había sido capaz de vislumbrar hasta ese momento. Lo extraño de todo aquel proceso, fue que lo creyeron.


Noviembre solía ser un mes de transición, tan aburrido, que lo más interesante era recopilar datos para los interminables informes anuales que cerraban el ejercicio. Algo de pimienta había que poner para animar aquel Estado Mayor Conjunto y Rodrigo lo intentó con aquella nota. El teniente general Merello levantó los ojos de la nota informativa que estaba leyendo y miró pensativamente a sus dos colaboradores por encima de sus gafines. Siete meses antes, Rafael Merello había sido nombrado Jefe del Mando de las Operaciones, único mando conjunto dependiente del Jefe del Estado Mayor de la Defensa, conocido en la jerga militar como JEMAD, máxima autoridad militar española. Frente a él, expectante, el general de brigada José María del Río, Jefe de Operaciones, J—3—01 en la nomenclatura, observaba sus reacciones. A su lado, el capitán de navío Rodrigo Sanz de Unzueta, autor de la nota, sonreía pícaramente consciente del estupor que aquella breve nota de despacho causaba en el teniente general. El general del Río, su jefe, perfilaba nerviosamente la raya del pernil derecho de su uniforme azul azafata, mientras observaba de vez en cuando las reacciones de su inmediato superior.

El despacho del general se encontraba en la planta baja del edificio que el Estado Mayor Conjunto tenía en la Castellana esquina a Vitrubio. Era el último despacho al final de un largo corredor con oficinas diversas a ambos lados. La estancia era amplia y soleada, con mobiliario funcional en color caoba, de la que resaltaba un tresillo de cuero repujado, incomodísimo, una bonita alfombra paquistaní de alguna semana especial de El Corte Inglés, unas litografías adecuadamente enmarcadas con motivos bélicos de épocas pasadas y un Aledo representando al crucero Canarias, herencia del primer Jefe del Mando de Operaciones, almirante Pinillas, actual JEMAD.

A medio camino, en el mismo corredor, una puerta blindada, con lector de tarjetas, daba acceso al Centro de Operaciones de la Defensa o COD, code para los de la casa.

—Mi general –comenzó a decir Rodrigo aún con la sonrisa a medio apagar–, sé que le resultará extraño que sea yo el único que le advierta de esta posible crisis cuando la información que yo manejo es exactamente la misma que utilizan nuestros analistas, el ministerio de asuntos exteriores y hasta el propio CNI.

Rodrigo, inclinándose hacia el general continuó de forma más pausada.

–No es por echarle flores a mi departamento, pero cualquier información que recibimos la contrastamos con el histórico y nos sentamos a elucubrar. Para muchos será una pérdida de tiempo, para usted mi general, una suerte que al menos uno de sus departamentos siga a rajatabla un determinado protocolo –meditó unos segundos antes de continuar–. De momento, si esto fuese cierto, se escaparía de su nivel, de nuestro nivel, aunque no estaría mal que el ministro llegase a conocer esta inquietud.

Alfredo Merello confiaba en aquel marino. A pesar de sus arranques de vanidad que le podían, sus análisis habían sido siempre acertados, sus notas informativas eran suficientemente claras y concisas, no más de folio y medio, resaltando aquellos aspectos que debían ser tenidos en cuenta. A su pesar, ninguna de sus propuestas había sido admitida en ocasiones anteriores, sin embargo, el tiempo le había ido dando la razón. Rodrigo llevaba dos años ocupando la jefatura de Planes Operativos y aunque sus funciones venían perfectamente definidas en la hoja de descripción del puesto J—3—5—01, la necesidad permanente de apoyos de expertos de otras divisiones para actualizar los planes de contingencias de la defensa, lo habían convertido prácticamente en el segundo del general del Río.

Éste, observándose la puntera de sus zapatos le interrumpió.

–Rodri, a mí me has convencido plenamente, ya lo sabes, y yo no sé qué es lo que pueda estar pensando el general –miró directamente a Merello que lo observaba–, pero ni el JEMAD se va a dejar convencer fácilmente, si no es con pruebas concluyentes por supuesto y, más aún, conociendo cómo se las gasta el ministro ni se van a cambiar los planes de contingencia ni nada que suene a tiros y muertos. Nadie en el gobierno está dispuesto a usar la fuerza y perder un sólo soldado, y mucho menos el ministro, bueno –hizo con la mano un gesto ostensible–, y para qué hablar del presidente.

El general del Río había sido un buen piloto de reactores, valiente y atrevido en el aire, un líder natural, en cambio, en tierra, en un despacho, dejaba bastante que desear, perdía su atrevimiento aunque mantenía su encanto personal. De coronel, mientras mandaba el Ala 14 en Albacete, su liderazgo había conseguido elevar la capacidad de combate del Ala a metas nunca alcanzadas anteriormente. José María del Río aplicaba el aforismo adiéstrate como si combatieses, combate como si te adiestrases, y sus hombres lo adoraban, no sólo por eso. Aquello le supuso el ascenso a general y el fin lógico de su carrera como piloto. El presuntuoso Jefe del Estado Mayor del Aire lo designó personalmente para ocupar la jefatura de operaciones del nuevo mando y evitar, en el futuro, que no se tuviese en cuenta el principio aéreo de que cualquier conflicto se gana sólo y exclusivamente desde el aire. Sin embargo, José María no había sabido encajar en la jefatura de operaciones, en el nivel operacional que aquel mando conjunto exigía. Lo suyo, que duda cabía, se encontraba en el nivel táctico, en la preparación de misiones aéreas, y en volarlas. Su falta de preparación intelectual, la suplía ampliamente con su carácter abierto y arrollador que mostraba frente a sus subordinados. En Rodrigo había encontrado su complemento ideal.

—Muy bien Rodrigo –comenzó el teniente general–, supongamos que estás en lo cierto, que todos los indicadores apuntan a que en muy poco tiempo se va a desatar una nueva marcha verde y muy posiblemente sobre Melilla. Que según apuntas, ninguno de los planes de contingencias que habéis revisado sirve para frenar esa marea. Que nuestro presidente, haciendo un esfuerzo inusual, va a actuar por sí mismo sin prestar atención a los consejos de la presidencia francesa, parte más que interesada en todo lo que suena a Marruecos. Supongamos que una vez se inicie la crisis, no podamos hacer uso de la mediación de los norteamericanos por culpa de la actitud antiamericana del gobierno. Supongamos también que la OTAN no va a considerar un acto hostil, un acto clásico de artículo 5, el que unos miles de civiles se aproximen a la ciudad a ritmo de pandereta. Dime entonces que nos queda Rodri, si es que nos queda algo más que entregarle las llaves a Mohammed y desearle buena suerte.

Rodrigo sonrió abiertamente.

–Por supuesto que nos queda mi general, nos queda el trueque, pero no el trueque de esto por aquello, no el te doy los peñones por Melilla, eso ya no sirve, aquí mi general les vamos a cambiar efectos por territorio.

Ambos generales se miraron confundidos, Rodrigo se dio cuenta del intercambio de miradas y con un gesto de la mano, trató de continuar su exposición.

—Pero Rodrigo –ya decía Merello–, nadie sería capaz de autorizar una acción que causase efectos devastadores, daños colaterales, tu mismo lo has dicho, son civiles, ancianos, mujeres y niños.

—Veo mi general que no me habéis entendido –le respondió Rodrigo con cierto desánimo en su expresión–. Las operaciones a las que yo me refiero son contra el centro de gravedad de esta crisis, efectos que no tienen por qué causar ni un solo muerto. Éstas son las llamadas operaciones basadas en los efectos, efectos que son los que se quieren conseguir con cada acción, políticos, económicos o personales, y aunque siempre se habían utilizado sin saber que se llamaban así, los americanos les han puesto nombre y ahora se practican en todos los ejercicios de la OTAN.

Del Río, como aviador que era, no entendía que esos efectos no estuviesen causados por un bombardeo en toda regla, tal como hizo en Serbia pilotando un F—18.

—Bien, carpetas de objetivos tenemos las que queramos, lo único que nos faltaría sería buscar el centro de gravedad ese y destruirlo –Merello, se levantó airadamente de su mesa y señalándoles con el dedo les espetó.

—¿Me estáis diciendo que bombardeando unos objetivos se arregla la marcha verde esa de los cojones?

Del Río se levantó a su vez impresionado por la explosión de su jefe y Rodrigo, mirando fijamente, desde su asiento, al teniente general Merello, de pie al otro lado de la mesa, respondió con la media sonrisa aflorándole de nuevo en los labios.

–Eso lo dice el general del Río que aún no se ha quitado el mono de vuelo desde Kosovo, mi general, mi centro de gravedad en Marruecos, no es ninguna central eléctrica que bombardear, ni ningún aeródromo que destruir, mi centro de gravedad en Marruecos, mi general –repitió marcadamente–, no es otro que el centro de todas las cosas en Marruecos, el mismísimo rey Mohammed y sus intereses personales.


Aquella mañana, el apartamento le pareció mucho más pequeño de lo que realmente era. Desde que Elizabeth lo abandonó, quedándose en Inglaterra con la niña, no había sentido la sensación de soledad que aquella fría mañana de invierno le producía. Esteban, su hijo Steve, le había llamado desde Plymouth, su barco salía esa misma mañana y quería despedirse. Rodrigo sentía que, aunque su hijo fuese oficial de la Royal Navy y no de la Armada, la decisión que tomaron en su momento había sido, además de meditada, acertada y muy apoyada por su madre, inglesa de nacimiento, como por él mismo, hastiado de años de desencanto y de abandono de la administración española hacia su marina de guerra. Para colmo, Elizabeth le había llamado la tarde anterior, comenzaba a planear las vacaciones navideñas de Laura. La niña a sus dieciocho años, aún seguía prefiriendo pasar el año nuevo en El Puerto de Santa María, donde se reunían sus amigos de toda la vida y eso, a su madre, le repateaba.

Rodrigo se encontraba melancólico, la conversación telefónica le había llevado a ese trance del alma que el tiempo, cinco años el próximo julio, no había conseguido apagar. Le había ocurrido a menudo cuando aún vivía con ella, la añoraba en las ausencias y le exasperaba la convivencia diaria. La forma de vida española, la dejadez y abandono del entorno de la Población Naval de Fuentebravía donde vivieron de recién casados, nada comparable al orden y limpieza de la campiña inglesa, el carácter español y sus largas ausencias de teniente de navío, le fueron minando la voluntad de seguir. Sólo a través del teléfono, desde los puertos que su fragata tocaba, hablando en inglés, dulcificaba su carácter, se convertía en la Elizabeth que amaba, o así lo creía él. A su regreso, una vez apagados los ardores del reencuentro, el día a día podía con la convivencia. Un día en Southampton, al final del mes de julio, en casa de sus padres, se lo soltó de sopetón.

—Rodri, no pienso volver a tu país, me quedo aquí cerca de Steve.

Elizabeth nunca llegó a utilizar el español, con él por supuesto, con los demás apenas. Se avergonzaba de su pronunciación y de las bromas que arrancaba su acento entre los amigos de Rodrigo. Su retraimiento le acarreó fama de rarita entre las mujeres de los compañeros y, su aislamiento voluntario, le agrió el carácter. Steve, su hijo, fue el único entretenimiento que tuvo y el objeto de todos sus desvelos, en un esfuerzo por convertirlo en verdadero súbdito de su majestad, lo que pudo conseguir a medias.

—Te concederé el divorcio si me lo pides –fue lo único que acertó a contestar, más como una respuesta aprendida mil veces en el cine, que como un deseo.

Aquella noche se amaron con una pasión desacostumbrada –como dos condenados que no fuesen a ver la luz del sol–, dijo ella en un momento de reposo, lo que a Rodrigo, pragmático y calculador, le sonó adecuado al momento y muy teatral. Sin embargo, desde la oscuridad de aquel cuarto, Rodrigo imaginaba su nueva situación y se sorprendió aliviado. Aquello era realmente su liberación tantas veces añorada, incómoda, pero realmente una liberación. A la mañana siguiente, al alba, desapareció sin despedirse, abandonó la casita de huéspedes que utilizaban desde hacía dieciocho años cada verano, en casa de sus suegros. Ella simuló que seguía dormida. Una semana más tarde recibió dos maletas con la ropa que había abandonado en la huida y una carta en la que le imponía unas condiciones inaceptables, renunciar a su carrera, prácticamente a su vida española y volverse a Inglaterra con ella, convertirse en consorte, como el Duque de Edimburgo. Rodrigo no volvió a verla hasta este último verano cuando asistieron a la ceremonia de promoción de su hijo Esteban, flamante First Lieutenant. Elizabeth se había mantenido distante, muy flemática, sin embargo, unos días antes, por teléfono, la conversación resultó cálida y sincera, se contaron los proyectos, rieron y se añoraron, al menos él lo sintió así.

Mientras desayunaba frente al televisor, como cada mañana, comprobó que las noticias de la CNN no habían sufrido mayores cambios sobre las de la cena de la noche anterior, el televisor le hacía mucho más soportable las comidas. A pesar de su soledad, Rodrigo había organizado su existencia, y a los ojos de cualquier observador ajeno, el marino disfrutaba de una vida placentera donde no faltaban salidas y diversiones diversas. A sus 52 años, mantenía una forma física aceptable, caminaba una hora diaria a buen ritmo por los alrededores de su casa y, los fines de semana, hacía senderismo cuando el tiempo y sus viajes se lo permitían.

La CNN volvió a repetir la noticia de la noche anterior relativa a las manifestaciones surgidas espontáneamente en todo el territorio marroquí reclamando la puesta en libertad de un belicoso Imán, contrario a casi todo, incluida la monarquía. Sorbió lentamente el café y tomó uno de los documentos que tenía amontonado sobre la mesa. El informe reservado de inteligencia procedía del asesor de defensa en Marruecos, el documento original estaba fechado veintitrés días antes al de recepción en su departamento. Aquella forma de trabajar le enfurecía, cinco días habían transcurrido desde la salida del registro general de la segunda planta, hasta la llegada a su despacho en el sótano. Encendió su agenda y anotó: A partir de ahora, contactos Marruecos y Francia directamente a mí, por SINTDEF.

El sistema integrado de defensa SINTDEF permitía transmitir archivos “criptografiados”, a través de satélite, entre usuarios fácilmente localizables en el sistema. Este sistema, le permitía mantener a diario un chat con algunos colegas en plena línea de observación e intercambiar opiniones de primera mano que, luego, incluía en sus notas de despacho. El documento del coronel Montaño, asesor de defensa en Marruecos, hablaba acerca de la ascendencia que aquel clérigo Younès Alaoui estaba obteniendo en el Rif con sus sermones encendidos y de la intervención de la gendarmería de Tánger, a la salida de la oración del viernes anterior de la gran mezquita de un pequeño pueblo turístico llamado Asilah.

En su nota, grapada al documento, había escrito: mantener el seguimiento del clérigo –Younès Alaoui llevaba confinado en su domicilio desde hacía tres años–. Añadió un juicio de valor sobre las posibles consecuencias de la intervención policial y la finalizó con un escueto “contactar con Benalí”.

El Capitán de Navío Benalí Merahi estaba al mando de la Escuela Naval marroquí en Casablanca y era un viejo conocido de Rodrigo. En el año 98 había realizado el curso de Estado Mayor en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas en Madrid y Rodrigo había sido su tutor y profesor de Estrategia. Años más tarde aún se consideraban buenos amigos, con ese sentido oriental de la amistad que se alimenta de miles de detalles, charlas interminables y litros de té, cada vez que Rodrigo lo visitaba, y de whisky, cuando la visita era al contrario. Benalí llamaba primo a su amigo, al que consideraba pariente en razón de su proximidad al lugar de nacimiento, Tarifa, donde el padre de Rodrigo, artillero de costa, había vivido de capitán y Nador, donde Benalí lo había hecho desde que nació hasta su ingreso en la Marina Real.

Desde su despacho, Rodrigo llamó a su amigo marroquí. La primera media hora hablaron en francés, herencia de sus dos años de Liceo en París cuando su padre fue Agregado del Ejército en la capital francesa. La conversación versó sobre sus respectivas familias, aprovechó para comunicarle la visita de su hijo Esteban a bordo del HMS Montrose, una fragata del Tipo 23 y Benalí se alegró de poderlo tratar como a un hijo.

—Podrías casarlo con mi hija, es toda una belleza –le soltó en un castellano perfecto.

—Bueno amigo, ya sabes como es esto de los matrimonios y lo mal que se nos da a los Unzuetas–, en clara referencia a su desastre matrimonial y al de sus padres, separados desde hacía más de veinte años.

A partir de ese momento se hablaron en español. Sus propias marinas, sus proyectos profesionales, nada quedó sin ser comentado. Rodrigo miró su reloj de pulsera, cuarenta minutos de conversación.

—Pariente, con este gobierno que nos ha tocado vivir vamos camino del desastre, a la ruina –Rodrigo cambió de tema.

—Primo, qué sabrás tú de ruinas y mal gobierno –Benalí hablaba por un teléfono Iridium que Rodrigo le había regalado para su yate, un pequeño fueraborda que utilizaba para pescar, siempre a vista de costa.

Benalí sólo recibía llamadas de su amigo por ese carísimo teléfono, sin embargo sus llamadas privadas las realizaba por allí, con cargo al estado mayor de la defensa española, y por gentileza de su amigo Rodrigo.

—No abuses –le había dicho Rodrigo cuando se lo regaló–, esto sólo para casos de emergencia, en el barco.

El Director de Inteligencia de las Fuerzas Armadas lo había autorizado un año antes a petición de Rodrigo, y de aquel regalo, ambos esperaban sacar beneficios informativos. Rodrigo alejó de su mente cualquier escrúpulo moral y se convenció a sí mismo que nunca comprometería a su amigo con la información que pudiese obtener de sus conversaciones. Benalí, por su lado, creía que aquel regalo podía muy bien ser un chanchullo de su amigo, como mucho de los que en su marina se realizaban a su nivel y, por tanto, no consideraba que su uso o abuso pudiese comprometer a su amigo Rodri, siendo como era capitán de navío. Agradecía mucho la capacidad satélite de su aparato que le permitía hablar desde cualquier lugar de Maruecos, con la certeza de no ser interceptado y la de disfrutar siempre de cobertura. Sobre quién pagaba sus facturas, era algo que no le importaba mientras aquello funcionase y por su mente no pasó que aquel teléfono tuviese contrapartidas ocultas que no pudiese controlar, aunque su amigo no le hubiese advertido previamente.

—Pero primo –le remedó Rodrigo–, cada vez avanzáis más hacia una democracia de corte occidental, de qué te quejas. Y además, sois el país musulmán con mayor crecimiento económico y menor fundamentalismo de todo el norte de África.

En francés de nuevo, Benalí comenzó a desgranar episodios que desmontaban las frívolas afirmaciones de Rodrigo. Éste lo fue llevando de forma natural hacia Asilah y de aquí al episodio del clérigo Younès Alaoui. El informe de Montaño se había quedado anticuado, la situación era mucho más complicada de lo que aparecía en aquel documento. El domicilio de Alaoui se había convertido en centro de peregrinación de descontentos y transgresores y aquel pequeño pueblecito turístico se había llenado de vida fuera de temporada. Cada viernes, desde la azotea de su casa, clamaba contra la forma de vida occidental y la vuelta a una forma de vida plenamente islámica, en todos los ámbitos, incluido en el político.

Cuando terminó de hablar, llamó al jefe de Inteligencia. A pesar de sus reticencias a suministrar cualquier información recibida, hasta no estar debidamente analizada y evaluada por su departamento, acordó pasarle por SINTDEF lo último que hubiese recibido desde Marruecos. Rodrigo se volvió hacia su ordenador y abriendo el Outlook, comenzó a revisar los correos recibidos sin que ninguno le pareciese suficientemente interesante. Preparó uno suyo para mandar. Mendizábal García, escribió en la dirección y pulsó el icono de comprobación de nombres. Inmediatamente apareció en la pantalla: ASESDEFPAR, Mendizábal García, Roberto—OF—5 /ARMY.


2


Roberto Mendizábal se encontraba sentado en su despacho del número 22 de la Avenida Marceau, la tenue luz de aquella mañana de noviembre le obligaba a mantener encendida la lámpara de su mesa de trabajo. Se levantó y descorriendo los visillos de su balcón observó el tráfico que bajaba por la avenida hacia el puente de l’Alma. Apenas doscientos metros más abajo, el Sena se recortaba por detrás de la plaza del mismo nombre, donde confluían las avenidas de Jorge V, de Montaigne y del Presidente Wilson. Su despacho, pequeño y desangelado, al menos tenía un balcón con vistas. Los consejeros de industria, de agricultura o de educación, se encontraban en el segundo piso del edificio y sus departamentos estaban magníficamente bien dotados, económicamente hablando. Despachos, mobiliario, parqué y personal auxiliar, indicaban la consideración del señor embajador hacia sus colaboradores más cercanos. Él, desde el tercer piso, lo único que tenía era una vieja secretaria a punto de jubilarse, y muchas mejores vistas. Sus necesidades las cubría con el apoyo desinteresado de la oficina de información y prensa que ocupaba el resto de la planta. Años antes, el agregado de defensa compartía todo el ala oeste del segundo piso, con un capitán de fragata y un teniente coronel del Aire, agregados naval y aéreo respectivamente, así como un par de suboficiales oficinistas y Marcela, mucho más joven y activa de lo que lo era ahora.

Mendizábal era coronel del Ejército, compañero de Rodrigo durante los dos años que compartieron despacho como profesores del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional CESEDEN, para los cursos de estado mayor y desde entonces muy amigos. Cuando Mendizábal solicitó la Agregaduría de París, ya se le advirtió que, muy posiblemente, fuese el último militar asesor de defensa en París y que asumiría como su antecesor las agregadurías de Tierra, Mar y Aire. El proyecto del ministerio de exteriores se encontraba muy avanzado y de hecho, las asesorías de defensa europeas ya habían sido reducidas a la mínima expresión, en espera de dar cumplimiento al proyecto del gobierno de colocar asesores civiles en las embajadas. Era evidente que no todos los del partido, sin cargos en España, podían ser eurodiputados y la política, qué duda cabía, se había convertido en una forma de vida para los miembros destacados de cualquier partido.

Roberto tenía la animadversión del embajador. Sin razón aparente, desde su llegada hacía dos meses, Roberto se había visto sorprendido por la indiferencia de su embajador, cuando no, su abierta acritud. Durante la primera semana, pidió ser recibido a diario y, por razones de agenda del embajador, según su secretaria, se le posponía para el día siguiente. El Coronel, a la hora que le indicaba la secretaria del embajador, se ponía su uniforme, camisa blanca, faja de diplomado y guantes blancos y bajaba al primer piso para presentarse oficialmente como estipula el reglamento. Durante una hora, paseaba por el antedespacho del embajador hasta que su secretaria, nerviosa y abochornada, le indicaba que no podía ser, que volviese al día siguiente. Un día, Roberto lo escuchó claramente.

—¡Therese, dígale al payaso ese que se dé por presentado, y que yo no lo vea más de uniforme por aquí!

Therese, roja de vergüenza, se lo comunicó lo más dulcificado posible. Roberto se arrepentiría mil veces de no haber irrumpido en el despacho y haberle hecho tragarse lo de payaso. A Roberto le pudo más la cuenta corriente que su satisfacción personal y en París se ganaba mucho dinero, así que se aguantó. Ese mismo día, se le comunicó oficialmente que no era necesaria su presencia en la reunión informativa diaria al embajador. Cualquier información puntual que el señor embajador necesitase, le sería requerida por escrito.

El 11 de octubre de aquel año, los asesores y cierto personal de la embajada, acudieron a casa del embajador para almorzar. El almuerzo de trabajo serviría para ultimar los detalles del día de la fiesta nacional, sin embargo, el asesor de defensa no fue invitado. No obstante, durante la recepción ofrecida por el embajador al día siguiente, día de la Hispanidad, Roberto pudo dirigirle la palabra al embajador, en un momento de descuido.

—Embajador ¿me podía aclarar qué es lo que le pasa conmigo?

El embajador mirándolo con una mezcla de asombro, por el atrevimiento, y de desprecio hacia el uniformado que con sus medallas y el cinturón dorado, se le enfrentaba con altanería, le escupió con odio.

—Mire usted, yo no tengo que aclararle nada, ni tengo por qué darle explicaciones de lo que hago, ¿me ha entendido? No me gustan los militares, así que evíteme, que yo haré lo mismo con usted.

Roberto lo tomó por el brazo apretándole fuertemente y, mirándole fijamente, con el mismo desprecio que había vislumbrado un momento antes en los ojos del embajador, le respondió.

—Si no fuese porque es usted embajador de España, se tragaría lo de payaso. Me lo aguanto esta vez, pero un insulto más y lo arrojo desde el balcón de su despacho, ¿me ha entendido? Por lo demás, estoy de acuerdo con usted, evíteme, que yo haré lo mismo.

El embajador Balbuena retiró el brazo bruscamente del agarre al que Mendizábal le tenía sometido y, alejándose un par de pasos, pálido y ligeramente tembloroso, le gritó más alto de lo que el protocolo y la etiqueta exigían en ese momento.

—¡Se acordará de esto!

Las cabezas vueltas hacia los dos hombres, observaron cómo el militar se retiraba sonriendo del embajador, mientras éste, ligeramente pálido, se frotaba inadvertidamente con la mano, el brazo que momentos antes apretaba con saña el coronel.

A partir de ese momento Roberto se encontró dispensado de informarle de sus movimientos y por supuesto se mentalizó a que, en cualquier momento, le sería notificado su cese. Como era su obligación, informó al Estado Mayor Conjunto de la situación en que se encontraba sin mencionar el incidente del día de la Hispanidad y se le aconsejó que aguantase como fuese, que no había nada que hacer. El embajador era amigo personal y compañero universitario del vicepresidente económico y no pertenecía a la carrera diplomática. Balbuena era antiguo miembro del PCE y la Embajada en París había sido el pago por los apoyos que el gobierno había recibido de Izquierda Unida durante la última campaña electoral, gracias a su mediación.

Mendizábal mantenía sus funciones diplomáticas con el resto de las agregadurías, acudía a las cenas y cócteles de otras legaciones, acudiese o no su embajador. Mantenía su ciclo de invitaciones en casa, en justa reciprocidad a las invitaciones recibidas de sus colegas agregados. Las visitas profesionales que realizaba fuera de París o los viajes a Madrid, sólo se los comunicaba al departamento financiero mediante una escueta justificación del desplazamiento. Nunca preguntó quién las autorizaba puesto que, tanto los billetes como las dietas de viaje, se los entregaba Marcela un par de días después de haberlos solicitado. Pasado el tiempo y viendo que no se le cesaba, Roberto imaginó que el embajador prefería mantenerlo allí, ignorado, antes que comenzar de nuevo con otro uniformado <más vale malo conocido>. Sin embargo, no debía confiarse demasiado, tarde o temprano aquel hombre intentaría desquitarse y, estaba seguro, que cuando esto ocurriese, no le podía coger desprevenido.


Rodrigo se disponía a enviar el correo que acababa de escribir en el SINTDEF y pensó en Mendizábal. Su mente se trasladó a París y a su viaje con Elizabeth, de ello hacía ya una eternidad. El teléfono lo sacó de sus elucubraciones.

—¡Coño, Roberto! Parece como si me leyeses el pensamiento. Te iba a mandar un correo ahora mismo. Pero bueno chaval, que envidia que me das, París.

Roberto le contó pormenorizadas todas sus angustias profesionales. Lo que más le dolía era el abandono de sus jefes militares, a los que les había detallado su situación respecto al embajador y sin embargo, nadie, en Relaciones Exteriores de la Defensa, le había consolado suficientemente como para no haber pensado en largarse de allí.

—Rodri, ¿podrías investigarme, de alguna manera, a este hijo de puta?, tú conoces mucha gente en Madrid y muy posiblemente alguien sepa algo de este cabrón que me permita poderlo trincar por las pelotas, aunque sea una vez, la última vez.

Rodrigo comprendió que las apreciaciones de su enlace en París, para el tema del Imán de Asilah y las posibles implicaciones francesas –siempre las había–, serían demasiado subjetivas, al menos en lo referente a las relaciones del embajador con franceses y marroquíes y además, muy posiblemente, se encontraría aislado en el circuito de la información diplomática interna de la Embajada.

Mendizábal confiaba, aunque Rodrigo desconocía este aspecto, en la información que Federico Ruíz, el jefe de la Seguridad de la Embajada, miembro del Centro Nacional de Inteligencia le pasaba a diario. Ruíz era una fuente permanente de información en la casa, incluso para Roberto, o mejor dicho, especialmente para Roberto, a pesar de las órdenes de aislamiento dadas por el embajador hacia su asesor de defensa.

La evaluación que Mendizábal le hizo sobre Younès Alaoui y el incidente en Asilah coincidía plenamente con la que Rodrigo, desde Madrid, había imaginado: Younès Alaoui había encendido la mecha de un barril que, tarde o temprano, el rey Mohammed tendría que apagar con alguna medida, primero policial y, si esto no funcionase, con algo más popular, tal como le había enseñado su padre.

—Bueno Roberto –le suavizó Rodrigo como despedida–, haré lo que pueda con tu embajador ¿cómo me dijiste que se llamaba?

—No te lo dije –le respondió–, el capullo este se llama Salvador Balbuena, y como todo buen hijo de puta, nadie conoce su segundo apellido.


Salvador Balbuena sí tenía segundo apellido, Ruíz y era licenciado en Ciencias Políticas y Económicas. Durante su época universitaria había sido muy amigo del vicepresidente económico, él militaba en el PCE y su amigo en el PSOE. Era época de cambios e inestabilidad, en la que militar en un partido de izquierdas era prácticamente hacerlo desde la clandestinidad y, aun siendo de distintas agrupaciones políticas, coincidían plenamente en el análisis que sobre la sociedad y el futuro político de su país, hacían desde sus pocos años. A trancas y barrancas terminaron sus licenciaturas y, sin ánimos de buscar trabajo en sus recientes titulaciones, decidieron dedicar sus míseras existencias a transformar España mediante la igualdad marxista que, desde la universidad, venían preconizando hacía años. Liberados por sus respectivos partidos, iniciaron sus carreras políticas con distinto éxito. Salvador medró mucho más y mucho antes que su amigo, y en 1981 era diputado por el PCE de Santiago Carrillo. Allí sentado en su escaño muy cerca del Secretario General del Partido Comunista, Salvador se sentía en lo alto de la cima. Además, la inestabilidad de aquella legislatura le insuflaba ciertas esperanzas, que no eran otras que anhelos de una revolución, la que no se pudo conseguir en 1936, y él, en el centro de la vorágine, se veía como un nuevo Che Guevara. En ello estaba cuando el 23 de febrero, el teniente coronel Tejero entró en el Congreso pistola en mano.

Salvador no se dio cuenta de lo que ocurría hasta que comenzaron las ráfagas y algunos caliches cayeron sobre su cabeza apoyada en la moqueta, desde donde veía los calcetines granates de Don Santiago. Al principio no supo qué pensar, aquel guardia civil con bigote y pistola en mano acercándose al estrado —no fue capaz de interpretarlo—, le resultó cómico y se sorprendió riendo e indicándoselo a Carrillo, que con cara sombría y mandíbulas apretadas, observaba la escena mientras dejaba deslizar entre sus piernas un ejemplar de Mundo Obrero. Los dos escaños que lo separaban de su líder estaban vacíos aquella tarde. Desde el suelo, miraba a Carrillo cuando apareció aquel guardia, metralleta en mano, que le conminó a tirarse bajo los asientos. Salvador no escuchó lo que Don Santiago le decía al guardia previamente al forcejeo. Carrillo, aunque cambió su posición en el asiento, siguió sentado, adelantado en el asiento y con la pierna izquierda ligeramente genuflexa, lo que tal vez permitió que el guardia se sintiese satisfecho y se marchase.

Cuando los guardias sacaron a Suárez y a Gutiérrez Mellado, Salvador miró a Carrillo, y éste con sorna le aclaró.

—¡Comienzan los paseíllos, Balbuena! Pero a ti que nadie te conoce, te dejarán para el final.

Salvador pasó mucho miedo aquella noche, de vez en cuando le sacudían temblores que no podía controlar, aquello era verdadero pánico, su mente buscaba febrilmente las excusas que le evitasen el paseíllo, y no las encontraba. De pronto se le escapó un sollozo, que hizo volverse a los de los escaños delanteros y llamó la atención de uno de los guardias.

—¿Qué le pasa a ése? –le preguntó el guardia a Carrillo.

—Nada guardia, que ha dejado el coche en doble fila y teme que se lo lleve la grúa.

A Salvador le dolió la coña. Todos los de alrededor, incluso el guardia, rieron la ocurrencia. Balbuena no podía comprender que se pudiese bromear en aquella situación. Tuvo un momento de terror imaginándose en medio de un interrogatorio de la Guardia Civil, sintió el aliento del guardia que le gritaba a un palmo de la cara y el dolor agudo del puñetazo recibido en plena boca, saboreó el sabor metálico de la sangre de su labio partido y se sintió arrastrado, casi en volandas, a un frío y húmedo patio, donde lo esperaba un pelotón de fusilamiento. Cuando el teniente gritó ¡fuego! Salvador se meó de miedo en los pantalones. Se despertó sobresaltado y húmedo, había sido una pesadilla y en las últimas diez horas no se había atrevido a acudir a los servicios. Para su suerte, entre el sillón de diputado y sus pantalones se engulleron la meada sin gotear sobre la moqueta. Pensó llamar al guardia más próximo y decirle que él no era diputado, que era periodista, tenía incluso un carné antiguo, de la época de la semiclandestinidad, que así lo aseguraba. Qué más le daba lo que pensasen los demás si iban a morir. Lo importante era salvar la vida.

Balbuena vio subir por la escalera lateral a dos guardias, uno de ello era un teniente.

–Acompáñanos –le dijeron a Carrillo, en el momento que Salvador Balbuena levantaba la mano para exculparse.

Los guardias pendientes de don Santiago, no se fijaron en su mano alzada, Carrillo sí, pero no supo como interpretarlo.

—No te preocupes Salvador, no va a pasarnos nada.

Le había llamado por su nombre, Salvador, justo cuando él, como San Pedro, lo iba a negar, no tres veces, sino las que hicieran falta con tal de salir del encierro y salvar la vida. Se tapó la cara y lloró mansamente, de vergüenza, por su falta de dignidad, por su cobardía y odió, se odió a sí mismo primero, y a todos aquellos guardias que decían cumplir órdenes de una autoridad militar competente, unos militares que le habían descubierto sus propias miserias y dejado en evidencia frente a sus compañeros. Odió dolorosamente hasta que la tensión de la jornada y el cansancio lo fue desmadejando en el escaño. Lentamente, sobre sus brazos cruzados, se fue quedando dormido sobre el pupitre, notando el escozor de la orina reseca en sus entrepiernas.

Años más tarde Salvador tenía completamente olvidado el episodio del 23F, había conseguido modelar su conciencia al antojo de los acontecimientos, sin embargo, la presencia de uniformados españoles le producían desasosiego, a pesar del olvido forzoso al que tenía condenados los recuerdos de aquel día. Su indignidad se le hacía patente en esas ocasiones, lo que le obligaba a realizar un esfuerzo mental justificativo de su cobardía. Al principio lo achacaba a su extrema juventud, más tarde cuando traicionó al PCE, en busca de su supervivencia política pasándose al PSOE, desde el partido le recordaron sus miedos, sus lágrimas de aquel día y por supuesto la meada, no obstante su escaño fue el único que debió ser tapizado después de aquella noche. Él les castigó con el látigo de su indiferencia fingida y se marchó, no sin antes maldecir, en su fuero interno, a todos los uniformados golpistas que un día de invierno le desnudaron el ánimo frente a un pelotón de fusilamiento imaginario.

Su amigo, vicepresidente económico en la segunda legislatura socialista, era un miembro destacado del PSOE cuando Salvador perdió su acta de diputado y abandonó el barco de IU que se hundía. Gobernaba Aznar en España y Balbuena necesitaba mantener su alto nivel de vida que, como comunista solterón, había conseguido tras muchos años de ejercer de diputado cunero por Córdoba, aunque de ella conocía el hotel donde se hospedaba cuando acudía al mitin de cierre de cada campaña electoral. Su amigo lo liberó en el PSOE con un sueldo ridículo, comparado con los emolumentos y las prebendas a las que el Estado lo había habituado. Con la llegada de Rodríguez Zapatero al gobierno, Balbuena consiguió una dirección general, y su amigo y protector, una secretaría de estado, con lo que la vida de Salvador mejoró notablemente, y con ella, como contribución a su sueño de un frente popular de izquierdas, sus mediaciones permanentes con los miembros destacados actuales de IU. Su figura se fue haciendo imprescindible en cada acuerdo que el gobierno debía realizar con la izquierda más radical, amparado tras su carné de viejo militante comunista del que nunca se había desprendido.

No se habían apagado todavía los fastos populares de la nueva victoria del PSOE, cuando Salvador recibió la peor noticia que podía imaginar, sus aspiraciones a ministro de relaciones con las Cortes se habían evaporado de golpe tras la llamada telefónica del flamante vicepresidente económico, su amigo. Balbuena no supo nunca qué fue lo que más le dolió, si su frustración con la pérdida de un ministerio cantado –todos lo daban por hecho, ya que él era necesario para mantener gobernable aquel débil gobierno, formado sobre las alianzas que tan bien él había tejido–, o ver a su amigo, conociéndolo como lo conocía, con aquella falta de capacidad política, que se le advertía en las distancias cortas, elevado a la segunda más alta magistratura del Estado.

Un rencor sordo y negro lo envolvió durante los nombramientos de los ministerios. Salvador se negó a ser algo en las estructuras del Estado que no fuese ser ministro, sin embargo le tentó el exilio, París, y allí, bulléndole aún en el vientre el rencor por el fracaso, despertaron del subconsciente sus demonios del pasado con aquel estúpido interés del coronel por saludarlo vestido de uniforme.


3


Rodrigo encontró una nota sobre su mesa de despacho: el JEMAD quería verlo en la sala de juntas de la primera planta, a él y a los generales Merello y del Río. La reunión sería a las once por lo que aún tendría tiempo para poner en orden sus notas. Hacía más de doce días que había comunicado a Merello sus primeras impresiones sobre la crisis y, hasta el momento, nada había trascendido dentro del COD. Él, como encargado de la revisión de los planes de contingencia, había estudiado con su equipo el plan “Puente Plateado” de defensa de las plazas de soberanía del norte de África, y especialmente los subplanes “Puente Cercano”, dedicado íntegramente a la defensa territorial de Ceuta y “Puente Lejano” a la de Melilla.

Al entrar en la sala de reuniones del JEMAD, Rodrigo advirtió la presencia de dos individuos ajenos a la casa. Tan sólo conocía al Director General de Política Militar, Alfredo Coronas. Minutos más tarde, el almirante Pinillas, jefe del estado Mayor de la defensa hacía las presentaciones –Alfredo Coronas, DIGENPOL y Manuel Ramírez, director general de política exterior para el Mediterráneo, Oriente Próximo y África–. Todos se volvieron hacia Rodrigo, dando a entender que el presentado era él, puesto que los demás se conocían de alguna vez anterior. Rodrigo inició una sonrisa y acertó a decir –encantado–.

La sala de aspecto futurista, todo blanco: suelo, techo, paredes y mobiliario, daban un aspecto clínico a la reunión donde no hubiesen llamado la atención algunas que otras batas blancas y pijamas verdes. Entre tanta blancura destacaban las corbatas de vivos colores de los dos individuos vestidos de paisano.

—Le advierto –comenzó a decir el señor Ramírez con el dedo índice amenazador dirigido hacia Rodrigo–, que nuestras relaciones con el reino de Maruecos son excelentes, y que imprudencias como las suscritas por usted, podrían acarrear consecuencias inadmisibles de hacerse públicas y de las que usted sería el único responsable.

El general del Río, apoyándole la mano en el antebrazo le recomendó calma con el gesto. Rodrigo, ignorando a Ramírez que comenzaba con una segunda andanada, le interrumpió, dirigiéndose al JEMAD.

—Almirante, ignoro lo que conoce este joven –en clara alusión a la edad del Director General–, pero si llego a saber que esto es un juicio sumarísimo me hubiese traído un abogado.

—Mire director general –y ahora Rodrigo se dirigía a Ramírez con el dedo amenazante–, si lo que ha pretendido con su primera intervención es asustarme, le aseguro que lo ha conseguido... Por cierto, bonita corbata.

—Cállate Rodri, no seas impertinente –le cortó el almirante Pinillas con la sonrisa dibujada en los labios.

—Está bien almirante, y le pido disculpas director general, pero no he entendido su actitud amenazante. Mi trabajo consiste en hacer análisis de situación y proponer planes militares y el suyo, en simular que nuestras relaciones son excelentes. La confidencialidad está asegurada por nuestra parte, ¿lo está por el lado de exteriores?

—De acuerdo comandante, tengamos la fiesta en paz –le contestó Ramírez–, discúlpeme a mí también, ha sido una falta de tacto por mi parte, pero reconocerá conmigo que si sus informes ampliatorios llegan a ser una realidad, si estos llegan a cumplirse, nos encontraríamos en el peor momento de nuestras relaciones con Marruecos desde la Guerra de Ifni, a pesar de la declaración conjunta institucional realizada por el presidente tras su visita a Marruecos en su primera legislatura, allá por abril de 2004, o la del Rey, en enero de 2005.

Merello intervino en ese momento, dirigiéndose al JEMAD.

—El estatuto avanzado que España le otorgó a Marruecos en esa cumbre de abril, rubricada en la visita posterior del Rey, de cara a la Comunidad Económica no tenía contraprestación alguna, es más, aceptamos la solución política marroquí en la cuestión del Sahara sin rechistar y un año más tarde enterramos el plan Baker definitivamente, abandonando a los saharauis a su suerte. Tanta generosidad por nada, al final nos habrá de pasar factura.

—Mire general –se defendió Ramírez–, nada de lo que se acordó en aquella cumbre es utilizable hoy día, a lo mejor lo será mañana, pero en aquel momento sirvió para desbloquear la situación en la que nos encontrábamos, heredada del gobierno Aznar, pero además, no me sea inocente general, nada de aquello influye hoy en el escenario que nos plantea el capitán de la Armada.

—Capitán de navío –corrigió Rodrigo.

Éste extendió dos recortes color salmón hacia el director general.

—Mire usted director general, a partir de lo del clérigo comenzaron a surgir discrepancias con el gobierno a todo lo largo y ancho del país, y por extensión, también con la monarquía.

—Vayamos al grano y déjese de fundamentalismos islámicos, dígame qué es lo que quiere indicarme con estos dos recortes económicos –interrumpió el director general, alterado nuevamente.

—Muy fácil, si me deja continuar con mis argumentos –le respondió Rodri, con una sonrisa conciliadora en los labios–, empecemos por los recortes, uno del Financial Time y el otro de Cinco Días, ambos anuncian, sin analizar el porqué, la venta, por parte del multimillonario marroquí Khalid Sergini, de su participación en el consorcio alimenticio Nutrexport. Pues bien, como cualquier servicio de inteligencia debería saber, Sergini no es otro que el antiguo colaborador económico del rey Hassan y su banquero o sea, era su hombre de paja, y ahora el de su hijo Mohammed. Estamos hablando del 36% de las acciones de Nutrexport.

—¿Y bien? –Preguntó Ramírez con impaciencia– ¿A dónde nos quiere usted llevar? Si es que vamos a alguna parte.

—Pues mire usted, Nutrexport es un consorcio hispano marroquí que vende sus productos en gran parte de los países del Magreb, y en la mayoría de los europeos de la cuenca mediterránea. Por supuesto, con la salida de su mayor accionista, se queda tambaleándose. Pero no es el hecho en sí, que casos como éste ocurren a millares, sino la coincidencia de lo que ocurre hoy, con lo que ocurrió en el pasado.

—¿Insinúa usted que existe un paralelismo entre el pasado y el presente, y que esto nos lleva a Melilla? Está usted de coña –sonrió Ramírez perplejo por lo que oía.

—Considérelo como quiera, pero si nos remontásemos en la historia al período entre 1965 y 1972, encontraríamos a un rey Hassan contra las cuerdas a raíz del asesinato de Mehdi ben Barka y de los disturbios posteriores que culminaron con los dos atentados sufridos por el rey. Entonces hizo exactamente lo mismo, abandonó su participación en las empresas Cítricos del Mediterráneo y Aceites del Sur, siempre empresas alimenticias, y trasladó sus cuentas bancarias a Francia. A continuación, cuando su fortuna estaba a buen recaudo en Francia, inició la Marcha Verde.

Viendo Rodrigo que nadie le interrumpía, continuó mientras distribuía una especie de organigrama fotográfico con los encartados de su relato y en el que se iba a apoyar para explicarlo.

«En 1965 Mehdi ben Barka, uno de los principales oponentes de Hassan fue secuestrado en París y torturado hasta morir por el ministro del Interior marroquí, general Mohammed Oufkir. Esto fue un gran escándalo político que lo desprestigió mucho internacionalmente, no obstante ben Barka era uno de los dirigentes de la organización tercermundista Tricontinental.

Como ya saben, y como consecuencia de lo anterior, Hassan llevó a cabo una buena represión en ciertos niveles de la clase política y por ello sufrió dos graves atentados. Uno, en 1971, contra el avión en que viajaba, realizado por los pilotos de su fuerza aérea. Otro, en 1972 cuando un regimiento atacó el palacio real mientras se celebraba su fiesta de cumpleaños. Este último fue organizado, curiosidades de los regímenes feudales, por el mismo general Oufkir, el cual murió salvajemente torturado y su viuda e hijos condenados a sobrevivir en cárceles del desierto durante veinticinco años.

A la vista de la situación, Hassan realizó una segunda represión tan brutal como la que realizó su padre en el 58, y mientras lo hacía con una mano, con la otra planeaba aunar al país entorno a una buena causa, la suya propia, la causa del rey de Marruecos. Para ello tenía cuatro opciones, Ceuta, Melilla, los Peñones y el Sahara y se decidió por esta última. Franco agonizaba, Don Juan Carlos estaba por catar, el ambiente político español estaba totalmente enfocado al problema interior y la Marcha Verde supondría, como así fue, una larga peregrinación de exaltación al príncipe de los creyentes.”

—Bien, me está usted contando la historia conocida de Marruecos, pero –interrumpió Ramírez–, ¿dónde está ese paralelismo?

—Déjeme continuar y se lo mostraré –le respondió Rodrigo con el desánimo marcado en su rostro–. Efectivamente les estoy contando la historia resumida de Marruecos y del rey Hassan que como ustedes sabrán era un zorro político, que después de aquel éxito personal que supuso la Marcha Verde, decidió adaptarse a los nuevos tiempos modificando paulatinamente su gobierno. Al final de su reinado puso al izquierdista Abderramán Yousoufi al frente como primer ministro, como verán, siempre adaptándose al terreno. Pero mucho antes, mientras planeaba su Marcha Verde, y aquí está el paralelismo director general, trasladó a Francia todas sus multimillonarias inversiones en España y así evitar sorpresas desagradables. Años después, paulatinamente, en la época del presidente González, las inversiones regresaron a España, país emergente y con el mayor crecimiento económico de Europa.

—Sigo sin ver el final de esta película –le interrumpió Ramírez malhumorado–, le repito no veo la relación.

—Permítame que se lo aclare –le sonrió Rodrigo amigablemente–. Pero para ello, cambiemos de época y trasladémonos a octubre de 2006, que es cuando dos oficiales de la Guardia Civil de Málaga se desplazaron a París para interrogar a varios conocidos del asesinado André Benabdesalam, exconsejero de Hassan. Uno de estos conocidos era Abdelkalar Benkiran, un antiguo funcionario del Ministerio del Interior marroquí exiliado en Francia. Durante el interrogatorio le mostraron unas imágenes grabadas por una cámara de seguridad del aeropuerto de Málaga. En el vídeo, fechado el 4 de abril de 2006 a las 22.40 horas, es decir muy poco antes del asesinato de Benabdesalam, se veía a éste caminando por un área del aeropuerto malagueño, acompañado por un hombre de rasgos árabes que llevaba un sombrero de paja, lo que impedía su identificación.

“Este Benkiran declaró que fue él quien previno a Benabdesalam, unos meses antes en un café de los Campos Elíseos, que algo grave le iba a ocurrir. Fue igualmente él, quien informó al semanario Le Journal, que lo publicó quince días antes del asesinato, que el acto final de aquella historia se jugaría cuando Benabdesalam pisase tierra en Málaga.”

—¿Está usted intentando decirme que el asesinato de Benabdesalam tiene que ver con el problema que usted nos ha planteado? –volvió a interrumpir Ramírez, haciendo gestos ostensibles de incredulidad.

—Mire director general, estoy intentando decirle que existen paralelismos entre la muerte de Mehdi ben Barka en el 65 y la de Benabdesalam en el 2006. Las cosas no son blancas o negras, todo en esta vida es una concatenación de hechos, que juntos dan una explicación razonable, por separados son eso, simplemente hechos sin ninguna relación aparente entre sí.

—Está bien, continúe, prometo no interrumpirle.

—Gracias –sonrió Rodrigo aliviado–, en Marruecos todo el mundo creía que Benabdesalam era hijo de Hassan, pero en realidad su padre era Saad Benabdesalam, director del hotel Hyatt de Dubai y de Sherezade Raha, según los resultados obtenidos del análisis de ADN solicitado por el rey Mohammed, que también lo sospechaba. A pesar de ello, Benabdesalam se crió, desde muy pequeño, en uno de los palacios reales y por una de las favoritas de Hassan, Fatiya Othmani. Yo, personalmente, creo que André Benabdesalam pensaba seriamente que era hijo bastardo del rey.

«Otro elemento más que acredita la probable implicación de Marruecos en el asesinato era la relación sentimental que mantenía André Benabdesalam con Yasmina Messari , hija de un importante hombre de negocios de Casablanca, Ismail Messari, amigo personal de Mulay Rachid, hermano del rey Mohammed, mucho más expeditivo que el propio rey, el cual debió pensar que ninguna marroquí podía permitirse el lujo de mantener relaciones, públicamente, con el hombre que más odiaba entonces el rey Mohammed, así que la utilizaron o la chantajearon para citar a Benabdesalam a un encuentro amoroso en Málaga, donde lo cazaron.

El crimen de Benabdesalam, por el que fue ejecutado, pudo muy bien haber sido que se llevara dinero y cheques del gabinete privado de Hassan antes de que el rey muriese, pero el mismo rey Hassan impidió que se le persiguiese por eso. Es muy posible que Hassan lo quisiera como a un hijo, aunque creo que por algo más grave no hubiese dudado en cepillárselo. Creemos que fue eliminado por lo que sabía y amenazaba con decir sobre los negocios turbios que tuvo con el rey de Bahrein y con el mismo rey Mohammed, aunque realmente lo que trataba de eliminar el rey Mohammed eran las pruebas que Benabdesalam decía tener sobre la implicación del rey y de Mulay Rachid en el terrorismo islamista de Argelia.”

—Almirante, esta acusación velada sobre el rey de Marruecos es inadmisible –saltó Ramírez, a pesar de su promesa de mantenerse callado–. ¿Implicación terrorista del rey y su hermano? ¿En Argelia? ¡No puedo creerlo!

—Mira Manolo –le respondió el JEMAD–, esta información es del CNI, no es una conclusión a la que llegue el capitán de navío. El Servicio de Inteligencia francés es concluyente, la casa real alauita financió grupos islamistas en Argelia por una razón fundamental, el apoyo que Argelia daba al Frente Polisario manteniendo campamentos en su territorio, y por la posición contraria del gobierno argelino al asunto del Sáhara.

—Lo cierto –continuó Rodrigo–, es que antes de eliminarlo físicamente, intentaron acusarlo de chantaje y para ello, no tuvieron ningún escrúpulo en utilizar al banquero Khalid Sergini, al que primero le ordenaron comprar el silencio de Benabdesalam, taparle la boca con dinero, para después, mediante contraorden, acusarlo de chantaje y llevarlo a juicio en París. La trama Sergini tenía como finalidad hacer condenar a Benabdesalam a quince años de cárcel allí en Francia, desacreditarlo en Europa y retirarlo de las fuentes de información que tanto intoxicaban la reputación del rey. Pero a pesar de las presiones de Jacques Chirac, protector de Sidi Mohammed, Benabdesalam salió absuelto debido, sobre todo, a la inconsistencia del testimonio del banquero.

«Una vez acallada la fuente que intoxicaba en Francia, y por tanto en Europa, quedaba por hacerlo en Marruecos y qué mejor que un buen espectáculo mediático dirigido a una época anterior. Para ello, el rey creó, a principios de ese año, la comisión llamada Instancia Equidad y Reconciliación o IER y puso al frente a Driss Benzekri, un antiguo izquierdista que pasó diecisiete años detrás de las rejas y que, hasta entonces, encabezaba un movimiento reivindicativo de ex—presos. Su cometido consistía en establecer la verdad, resarcir a las víctimas y fomentar la reconciliación nacional. Benzekri consideró que había también que revelar al país lo sucedido con las represiones de Hassan y puso en marcha las comparecencias públicas, así que con el beneplácito del rey, al final de ese año convocó la llamada gran confesión pública de los expresos políticos de la represión. Esta confesión sería una catarsis de la que acusando al padre en la televisión pública, en horas de máxima audiencia, saldría un hijo bondadoso y demócrata, un padre de sus súbditos, un verdadero príncipe de los creyentes, cuando la verdad es que él y su hermano son alumnos, más que distinguidos, de su augusto padre. Instancia Equidad y Reconciliación recibió más de 20.000 solicitudes de reparación. Sin embargo, el origen geográfico de las solicitudes sorprendió a la dirección del organismo. Lejos de pertenecer a los grandes centros urbanos, la mayoría procedía de la región de Tadla Azilal, en el centro del país, al este de Marraquech, muy díscola durante los años sesenta y curiosamente protagonista principal de la Marcha Verde. En segundo lugar figuraba el antiguo Sahara español y en tercero Casablanca, mientras que en el feudo de la izquierda resultó insignificante. La conclusión que se obtiene es muy interesante: No es la izquierda la que inquieta al monarca, sino las regiones más desfavorecidas.


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