By Carlos de Tomás
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Lo más interesante de esta colección de relatos es la intrahistoria, o la historia dentro de la historia; y posiblemente sea lo que más nos hace disfrutar con la obra de este autor. La ciudad gris es la decadencia, el deterioro moral y existencial; esto se refleja en los escenarios, sobre todo en el relato que da nombre al libro y en el titulado Nieve sucia en la ciudad. Y si el gris no lo encontramos en los escenarios donde transcurre la acción, lo encontraremos en la manera que tienen los personajes de afrontar la vida.
Si la primera condición para ser un tirano y tener éxito es no dudar de la rectitud moral de los propios crímenes; en los personajes de los relatos de Carlos de Tomás eso es lo de menos, en algunos casos los crímenes son consecuencia de la defensa de una causa superior, pero en la mayoría ni siquiera el lucro lo sustenta; la finalidad del crimen es desconocida por el causante, y no son siquiera conscientes de que cometen, o cometieron una maldad.
Un autor clásico de la novela negra española, Juan Madrid, ha abundado recientemente en un pensamiento al que recurrimos con frecuencia los que escribimos sobre el mal: “La novela negra es la novela política de la posmodernidad”, o “la negra es la única literatura posible hoy en día” refiriéndose a “la que está cayendo”, a la crisis en todos los aspectos. La invitación a escribir el prólogo de esta obra supuso dos consecuencias: la primera, aceptar de inmediato; la segunda, consecuencia de la primera consecuencia, dilucidar como afrontaría el escrito. ¿Sería un prólogo encorsetado, a la manera, y cumpliendo la función, que propone Gerard Genette? O acaso me dejaría llevar por la idea de Borges de intentar seducir con el escrito más que informar. O meramente escribiría una introducción, sin más. Escribiré con la libertad formal de no dejarme encorsetar y libre de modismos; al igual que el autor que os disponéis a leer.
En la tragedia clásica el mal nunca triunfa, ni moral, ni siquiera físicamente, más que a corto plazo. Es allí donde la obra concluye una vez el orden natural queda restablecido. En los relatos y en las novelas de Carlos de Tomás, unas veces el mal se posa en la acción prolongada y final, otras veces se trata del propio escenario, del decorado; la sociedad embebida del mal empapa al protagonista y éste comete la maldad sin ser consciente de ello. Pero cuidado, siempre hay alguna ventana abierta con luz, por la que entra aire fresco; aunque hay que saber encontrarla, y ahí está de nuevo la intrahistoria y el metalenguaje al que hacía referencia, y atraparla para concluir la historia leída y no quedar sumidos en un bucle conceptual.
Corrían los noventa cuando conocí a Carlos de Tomás, nos presentó un amigo común con el que tomaba café casi todas las mañanas antes de entrar en la embajada. Fueron los maravillosos años en que disfruté de Madrid como de ninguna otra ciudad. Después, a principio de siglo, leí la poesía de mi querido amigo; más tarde, antes de volver definitivamente a Nueva York, ya había leído algunos relatos del autor, entonces yo estaba inmerso en mi obra sobre la maldad; ya he dicho en alguna ocasión que comencé a escribirla en Madrid y la terminé en mi apartamento de Manhattan. Aún recuerdo con agrado una comida con Carlos, le dije que deseaba comer las cigalas más grandes del mundo y me llevó a un lugar donde disfrutamos de veras. En esa comida hablamos del mal, de la maldad, de los personajes oscuros, en resumen unos temas alrededor de lo que a los dos nos interesaba en ese momento; a mí lo que concernía a la obra que comencé a escribir en aquel tiempo, a Carlos de Tomás lo que importaba de la idea de fabricar personajes oscuros, muy negros; que tocaran un subgénero de mundo negro más subterráneo de lo acostumbrado. En este conjunto de relatos no todo es tan negro, pero algunos están impregnados de la oscuridad de la que hablábamos en aquella comida. El guiño que hace sobre mi obra en la novela corta Paisajes de ceniza, no comment; pero denota el interés de algunos por perfeccionar lo que otros han dado en llamar “el arte”.
Esta colección de relatos enturbia nuestra mente con una superposición de personajes, arquetipos sacados de los fantasmas del autor, o del imaginario colectivo, o de la neurosis de este nuevo siglo, o de no se sabe dónde, pero efectivos personajes que nos enturbian, porque después de leer cada relato, se siente un algo que no es ni fantasmagórico ni excesivamente inquietante, a la manera de Poe; más bien, salvando las distancias, encuentro similitudes en los relatos de Bernard Quiriny. Una vez leídos nos hace repasar de nuevo al personaje más que a la historia en sí, volver al punto de partida; y la reflexión es “extrañeza”. Qué extraño es todo, que turbio; es lo que nos sugieren estos breves relatos, aunque no tan breves, pues la incorporación, como he dicho antes, de la novela corta Paisajes de ceniza, obra posterior a los relatos de La ciudad gris, aporta una justa dimensión al conjunto de escritos.
Tal vez nos encontramos ante bocetos de novelas que quedaron en el cajón del autor. Apuntes rápidos de personajes con un gran atractivo para un escritor que busca: perdedores, rufianes sin alma, neuróticos atrapados en la sociedad que nos toca vivir, sujetos del submundo que ya están tocando a su final. Retratos, la mayoría de las veces, de corte existencialista. Sujetos que se deterioran con el relato y el relato con ellos.
En aquella comida la burbuja inmobiliaria no había explotado, ni la gran depresión en la que estamos inmersos, depresión maquillada, o intentada maquillar por todos los poderes que tienen mucho que perder. Si ahora estuviera comiendo con mi amigo Carlos en Nueva York o mejor en Madrid, seguro que nos recrearíamos en personajes como Madoff y otros de similar pelaje, y los personajes a los que éstos se deben, y los que se deben a éstos; y lo que esconden sus mentes, y de esa manera repetirnos siempre: “la realidad supera a la ficción”. A Carlos de Tomás le han interesado siempre los asesinos profesionales, lo que corre por sus cabezas, lo que hay detrás; y después constatar la cantidad ingente de crímenes sin resolver, la mayoría fruto de organizaciones y/o individuos profesionales. “¿Quién mató a Colosimo?” le dije riéndome, y él me contestó, a ese en España le conoce menos gente que a Julio César, Pizarro, el Conde de Saint Germain, el General Prim, Durruti, el General Mola, etc. Y un sinfín de gente importantísima, y otras gentes anónimas a las que mandaron matar y cuyos crímenes nunca se resolverán.
La obra, como la estructuró originariamente el autor, se componía de ocho relatos. Desapareció el último, titulado Agostinho Vieira, el cual ha sido publicado por Ediciones Rubeo, Barcelona 2011; en el volumen El hombre que leía a Dumas. En su lugar Carlos de Tomás incrustó una novela corta, posterior en el tiempo a los relatos, pero que tiene una gran relación y está en la misma tónica literaria, se trata de la ya citada Paisajes de ceniza. La ceniza no deja de ser gris y tiene muchas connotaciones con la filosofía del resto de relatos.
Se podrían establecer tres grupos en los relatos. Un primer grupo donde la atemporalidad nos traslada a un futuro gris y desesperanzado; lo compondrían los relatos Nieve sucia en la ciudad, La ciudad gris y tal vez la novela corta Paisajes de ceniza. Un segundo grupo donde el personaje principal toma una especial relevancia y están escritos la mayoría en primera persona, serían: La misión, El señor Nájero y Agostinho Vieira. Y un tercer grupo, donde el más allá o el mundo de ultratumba interfiere en la narración de una manera o de otra, se trataría de: Desde el otro lado, el húngaro y El bicho. Podrían hacerse otras divisiones, por ejemplo, atendiendo a la negrura o no del argumento, etc.
La mayoría de los relatos están situados en el claro-oscuro, gris como los comic antiguos dibujados a plumilla. Sugieren algunos un mundo futuro que fuera congestivo, policial. Describen otros lugares más bonancibles como la ciudad verde o la ciudad azul, en contraposición a la actual o futura ciudad gris. Este tipo de adjetivos los encontramos en Paul Auster, pero a diferencia de éste, que cree más en el azar, Carlos de Tomás se deja arrastrar por la causalidad. Y los personajes son tipos raros, o neuróticos, perdedores, etc. La mayoría no son bien intencionados, la mayoría delincuentes, asesinos, tarados; y lo más inquietante de todo es que muchos de ellos no saben que lo son, como por ejemplo el caso del protagonista de La misión. En este conjunto de escritos no existe un estilo único, el autor juega, investiga: primera persona, tercera persona, fundido narrativo, cuento, mini novela, etc. Sin embargo, todos tienen un nexo común, un sello de identidad que los hace tan peculiares. Me gusta como escribe este extremeño, hombre viajero de una gran experiencia vital.
El escritor nos indica veladamente que lo que pasa ante nuestros ojos no es la realidad, es una apariencia, y que si manda el dinero; la economía, el sistema financiero; entonces estamos en la dictadura del dinero, y en las altas esferas todos son títeres. Esta idea queda bastante clara en la novela corta Paisajes de ceniza. Por lo apuntado, estamos ante una obra que expresa lo que dice Auster en Man in the dark: “…los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones, sino parte esencial de lo que somos”. Bon appétit.
Otto Lecmar Sads
N. York, febrero 2011
Nota del Traductor: Otto Lecmar Sads, es diplomático y escritor, tirolés nacido en 1946. Autor del libro: Vademécum de la maldad humana; Ed. Ramenti. Barcelona, 2009. (Título original: Human evilness).
Nota del Editor: Se ha respetado el texto original de la edición en papel (Chiado Editorial, Lisboa 2011), sin embargo se añade al presente volumen digital el relato que falta en esa edición: “Agostinho Vieira”.
La nieve está sucia, negra. Intenta hacerse con el móvil, pero sus dedos no atinan a precisar los dígitos que visualiza en un pequeño cartón. “Puto frío” dice, y continúa su camino. Chapotea la escarcha mientras anda pegado a las fachadas, los goterones del deshielo mojan su gorro de lana. “¿Linda? ¿Linda Bértol?... Me dieron tu número en el bar de Charly”. No se para, el frío le atosiga. Un hombre del sur no termina de acostumbrarse a esta incomodidad. “Dime si puedes recibirme ya. Necesito verte con urgencia… Me agrada que hayas reconocido mi voz, hace tiempo que no nos vemos”. La calle sin límite, parece que se comba en el plomizo horizonte. “Perdone”, después de un empujón a una viandante. Se gira instintivamente sin despegar el móvil de la oreja. “A las seis me viene bien”. Los altos edificios ofrecen una perspectiva curva cuando levanta la mirada, dan la sensación de querer unirse con los de la acera contraria, en el infinito cielo. Ahora entra en una farmacia. Tose antes de poner los dos pies dentro, es un acto inconsciente; en realidad no tiene necesidad de toser. Se sacude las botas de militar, casi ocultas por los gruesos pantalones. Una bofetada de calor le obliga a desprenderse del gorro, lo mete en el bolsillo derecho del tres cuartos marrón. Vacía, la farmacia está sin clientela desde la visión de Román; desde la de la filipina, que está detrás del mostrador, un cliente que la hipnotiza. La joven se queda mirando con fijeza, y extrañada, al nuevo cliente; pero es la marcada cicatriz que lo recorre desde la ceja izquierda hasta el lóbulo frontal derecho — punto de vista de la filipina, ceja derecha para el sujeto llamado Román —, lo que paraliza su aptitud. Ya tiene despachadas las cajas de vitamina c, Román las toma sin mesura, una detrás de otra con mucha agua, por eso siempre está meando, de hecho ahora tiene ganas, pero se aguanta. La filipina sigue mirándole. Él sabe bien por qué le mira. Le gusta esa mujer, pero tiene prisa; en otro momento podría haber hablado con ella; además, están solos y eso no truncaría la conversación. Ahora la mujer mira la espalda, aprecia que la cicatriz llega hasta por encima de la oreja. Siente por él una extraña atracción. El hombre se cala el gorro, se marcha sin abrir la boca. “Puto frío” dice entre dientes. La nieve está comenzando a licuarse. Todo está sucio. Román era un romántico, pero eso ocurría cuando la gente deseaba la lluvia. En estos tiempos ya no sueña, aunque Linda le gusta muchísimo, tiene ganas de verla, desde hace un tiempo piensa en ella, la imagina, cierra los ojos y la dibuja una y otra vez, pero cada vez es más vaga la imagen que de ella tiene, necesita verla. La ciudad siempre mojada, vuelve a nevar. Los copos ofrecen una cortina que difumina el decorado. Poca gente en las calles, últimamente ese es el panorama. Muchos se marcharon hace tiempo, pero a Román le da igual por ahora, tiene antes que solucionar un problema, algo que le angustia desde hace varios días. Piensa que hubiera sido bueno haber entablado conversación con la filipina; incluso, piensa volver en otro momento. Debajo de las gruesas capas de ropa el cuerpo de Román está escuálido, se siente débil; pero no pierde la sonrisa cuando se cruza con una chica que le gusta. Camina, camina sin parar, a buen ritmo, hacia la dirección que tiene escrita en el cartoncillo. Una vez allí no sabrá cómo empezar, pero hablar con Linda supondrá desahogarse, volver a dejar la mente limpia de ese tipo de angustias. Román cree saber quién fue el que mató a Mádison Loriga, al que llamaban el mono. Mádison era el marido de Linda. Y aunque parezca mentira, se lo contó todo antes de morir, minutos antes de morir. Pero Román no acierta a saber con seguridad si lo que verdaderamente le angustia es el deseo de tener a Linda o contarle lo ocurrido.
Del apartamento de Román entra y sale cuando le viene en gana un sujeto llamado Frank, “¿Frank qué?”, Frank a secas responde siempre ese personaje de traje oscuro y corbata estrecha. Quería un apartamento barato y bien situado, sería por una corta temporada, “no molestaré, no alteraré ni tu ritmo de vida ni tu sueño”, dijo el sujeto triste llamado Frank, y Román le dio la llave contra un escaso fajo de billetes arrugados y la advertencia “no quiero problemas, ¿entendido?”. Algunas veces coinciden en garitos frecuentados por Román, pero en esos lugares no cruzan palabra; la verdad es que, el tal Frank, es respetuoso, va a lo suyo, aunque Román aún no sabe qué es “lo suyo”. Una mañana se presentó en su cuarto temprano, Román dormía después de una noche bien cargada, el sujeto fue contundente: “me quedaré varios días más, aún tengo un trabajo que terminar”. Román desde luego no va a hacer nada por impedírselo, el hombre de la corbata estrecha no le molesta, y paga bien. Pero ahora que cree saber, casi con seguridad, que ese hombre mató a su amigo Mádison Loriga el mono, la cosa está cambiando. Por eso quiere hablar con Linda, entre otras cosas. El mono le contó todo lo que iba a ocurrir, pero Román no sabe en qué asunto andaba metido, fue todo muy extraño. Tal vez Linda… quizá sepa algo, pueda descubrir el hilo conductor que lo lleve definitivamente a Frank, pero Román duda y sigue caminando bajo la nieve y sobre la nieve sucia, que cada vez es menos sucia. Pero cuando deje de nevar será otra vez sucia, negra. “Puto frío”, aunque ha templado, los copos son enormes como algodones. Intenta recordar la conversación con Mádison Loriga el mono, con dificultad mientras camina, las botas de cuero ya están empapadas y los pies se le encorchan, tiene que entrar en algún sitio donde se esté caliente. Tenía que haber departido un buen rato con la filipina, tenía tiempo, y los pies estarían ahora calientes, se dice en un acto de rebobinado mental.
Hace unos días, delante de él estaba el mono; serio y tieso, con las pieles del rostro resbaladas, y una mirada más que perdida distraída, inquieto. No es difícil imaginar, se dice Román —ahora que sabe lo ocurrido— lo que pasaba en esos momentos por su cabeza. Los brazos largos, las manos llegaban a sus rodillas, no sabía bien si por paticorto o bracilargo. Salvo ese defecto, que ya era importante, por lo demás Mádison Loriga el mono era un tipo normal, dentro de lo que es la normalidad de un hispano en esta puta ciudad, piensa Román con sorna. Hasta que todo se fue a la mierda para Mádison. El mono tecleaba el ordenador en un cíber cercano al apartamento de Román. Chateaba con sus padres, con sus suegros, con sus hermanos, con sus cuñados, con algún amigo; chateaba con mucha gente de su país. Mádison, después, intentó comprobar su correo electrónico. Mádison hablaba despacio, parecía que no se dirigía a Román, hablaba de manera mecánica, absorto en sus pensamientos, incluso la vista se le iba al cielo. Los dos hombres estaban junto a la puerta de aquel cíber. Casi se dieron de bruces, el mono salía de allí como un sonámbulo y Román bajaba por la acera a toda prisa, no recuerda bien hacia qué lugar. Cuando se percató que era el mono, su primer pensamiento construyó el rostro de Linda, y deseó besarle los labios, aquellos labios gruesos de mujer del sur le volvían loco, y su acento, cálido y sugerente. Mádison Loriga el mono insertó su dirección de correo, con la mala fortuna de teclear por torpeza tres veces la @, luego introdujo su clave sin percatarse del error, aporreó la tecla intro y se abrió de inmediato una pantalla de correo distinta, bueno, no sabía si era realmente distinta; el mono decía que era su página de correo pero como si estuviera en negativo, es decir fondo negro y caracteres blancos. Se expresaba una advertencia: “Por precaución, no abrir los correos marcados con asterisco rojo”. Mádison Loriga el mono estaba sorprendido; allí aparecían su nombre, su dirección no virtual, su teléfono, su edad, el nombre de su mujer, etc. Un sinfín de datos, tal vez expuestos en un sistema paralelo, para que alguien, no se sabe quien, haga uso de ellos cuando lo desee. Todos esos datos personales estaban en un gran recuadro en la parte inferior izquierda de la pantalla. “¿Pero…qué huevada era eso Román?” decía el mono Loriga a Román, y éste sin saber a qué venía aquello, y sin enterarse de mucho, por no decir de nada, aguantaba estoico la perorata del mono. Y el mono agitaba los brazos en su expresiva indignación, y pareciera que los antebrazos comportaban una especie de mecanismo independiente del resto de su cuerpo, agitados como dos escarapelas al viento frío de este invierno que no acaba de terminar. Mádison Loriga el mono no reconoció a ningún remitente de correo en aquella página paralela, a pesar de la infinidad de correos que se listaban sin abrir; algunos de ellos con un asterisco rojo. Mádison, no exento de curiosidad como es lógico, deseaba abrir uno de ellos, y comenzó por el primero, el más reciente de la lista, de hacía diez minutos. Pero una cierta precaución, acaso por la extrañeza de todo aquello, le hacía moverse por la página del correo electrónico sin hacer ningún clic sobre cualquier sitio; “¿cómo salgo de aquí?” pensaba en voz alta mientras miraba la negra pantalla sin pestañear; decía el mono a Román que en aquellos instantes, delante del monitor, parecía sedado, y después observaba en derredor, no hacía otra cosa que comprobar al resto de los cibernautas, verificaba si estaban tranquilos, si sus pantallas eran claras u oscuras. Al rato, la curiosidad le empujó a cliquear en el último correo, el más reciente; el remite era claro: “tupadre@@@loriga.com”. Las tres arrobas le inquietaron, nunca había visto una dirección como aquella, parecían bailar una danza severa y majestuosa en la barra de direcciones. Aquello se abrió y Mádison Loriga el mono comenzó a leer: “Buenos días señor Loriga, hace un precioso día de marzo, pero le advierto, como padre responsable de usted, que dentro de veinticinco minutos exactamente atravesará un hombre de traje oscuro la puerta del cíber y gritará: ¡hijo de puta! Después descargará el tambor de su revólver. Vete de ahí antes de que esto ocurra, una de esas balas puede tocarte. Adiós señor Loriga, márchese y que tenga un buen día”. El mono en una narración eufórica le decía a Román “miré el reloj del ordenador, cojones, faltaban siete minutos, debía ser una broma, no puede ser otra cosa que una broma de esas para acojonar a través de la cámara web”. El mono, más tranquilo, después de pensar que debía ser broma el asunto, tocó con el puntero del ratón sobre un icono pequeño que rezaba: “cámara total”. La pantalla se convirtió en una película en blanco y negro, la gente paseaba por una calle, iban y venían, algún coche rodaba, sólo se apreciaba el carril más cercano a la acera, “¡Pero…cojones, si es… si es…la fachada del edificio donde se encuentra el cíber!”. Un pequeño recuadro en la esquina inferior derecha mostraba la posición de la cámara e invitaba a moverla con el puntero del ratón. Como si se tratara de una cámara sostenida en el aire, volaba por el aire, una cámara voladora con la cual podías moverte por cualquier sitio. Pensó en un satélite, pero la idea se disolvió cuando Mádison Loriga el mono penetró virtualmente en el cíber, era en blanco y negro y se contempló a sí mismo en el fondo del local, de espaldas. Comprobó que los colegas del garito eran los mismos que le flanqueaban, con sus pantallas blanquecinas, sin percatarse de nada de lo que estaba ocurriendo; y la pantalla del mono Loriga se veía oscura, grisácea. El mono sintió tal quemazón interior que golpeó con cierta mala leche la tecla “escape”, y volvió a aparecer el maldito correo. Entonces, en un acto automático, cliqueó el siguiente correo sin abrir, marcado por cierto con asterisco rojo: “Huevón Loriga, hijo puta, te voy a fulminar…” Dejó de leer. Era la hora señalada, apagó el aparato y salió descompuesto y pálido como tiza desmoronada; y allí estaba, frente a Román, con las pieles descolgadas y contándole una historia sin pies ni cabeza. Mádison Loriga el mono quedó pétreo en aquella helada acera, Román se despidió sin saber qué decirle “tengo prisa Mádison, tengo que dejarte, ya departiremos en otro momento”, el mono parecía no enterarse; Román dobló la esquina y escuchó unas detonaciones secas y milimétricamente espaciadas. Corrió resbalando sobre sus pasos y al volver a doblar la esquina vio al mono tendido sobre la acera blanca y helada; un charco rojo ofreció un toque de color a la gélida y plomiza mañana.
Román, mientras repasaba mentalmente lo ocurrido con el mono Loriga, metía su cuerpo en un bar, de esos que echan humo por todo el frontis; pestilente grasa de las freidoras, vapor de la calefacción, alientos de la apretada clientela a la hora del almuerzo. Román no tenía mucha hambre, eran más las ganas de mear, se estaba haciendo desde que contempló a la guapa filipina en la farmacia. Tendrá que contarle a Linda todo lo narrado por el mono, pero lo más importante son las sospechas que recaen en el tal Frank, nadie vio al artillero; pero Román estaba seguro, era una corazonada, cuando llegó a casa y encontró una nota junto al mando a distancia de la tele: “Olvídate de mí, te dejo dos billetes, creo que es suficiente. Hasta nunca”. Era evidente que había terminado su trabajo, tal vez matar a Mádison Loriga el mono. Pero en qué estaría metido, se pregunta; y como es que pudo predecir su muerte, la historia que le contó del ordenador, de aquel correo, la cámara, etc.; parecía pura inventiva del hispano. Hace tanto frio en el wáter del tugurio de comidas que, al mear, Román queda envuelto en una nube de vapor. Se acuerda de Linda, Linda Bértol. La desea y por eso se acaricia el encogido miembro, pero sin fruición, con desgana. Envaina y se vuelve hacia la atestada barra del bar. “Una doble”, ha sido sin pensarlo, siempre pide lo mismo, tenga o no hambre. Parece que ha dejado de nevar, una luz de color perla turbio lo invade todo. Algún tono amarillento, otros colores menos densos, fruto de ciertos neones en las fachadas de enfrente. Román no puede comer, en estos momentos le da asco la comida, envuelve la doble en dos servilletas y se la mete en el bolsillo izquierdo del tres cuartos. Ingiere dos pastillas de vitamina c y le da un buen lingotazo a la bebida. Sale de allí turbado, no, más bien abrumado por el ambiente grosero. Dobla el bulevar y enfila la calle donde vive la chica, Linda. Una fila de mendigos se aprietan bajo la marquesina de un cine, allí está seca la acera, Román le lanza al primero la doble y éste la toma al vuelo; sonríe. Una montaña de nieve sucia en el centro de la acera hace pasillo para acceder a las salas del cine, los mendigos como paparazzi esperan algún acontecimiento que nunca ocurrirá. Román camina, el termómetro comienza a desplomarse a esas horas de la tarde. Linda lo espera. Ha llegado a la dirección precisa. En la puerta se cruza con una mujer, mientras sale a la calle, ella siente que la presencia de Román no es tranquilizadora; un sujeto entre yonqui, bebedor templado y progre libertario; aunque las botas incitan al despiste. Y luego esa cicatriz; aunque de rostro amable, tal vez engañosamente amable. Siempre jugó con ventaja por su voz, cautivadora y enigmática; a las mujeres les gusta, y también la media barba que arrastra desde hace varios días. Linda abre la puerta noventa grados, entra sin mediar palabra, Román tiembla por dentro. El contraste de temperatura le hace despojarse con apremio del tres cuartos; ella dice que no tiene mucho tiempo, que por qué ha venido; él no contesta, se limita a sentarse en una butaca, junto a la ventana del saloncito. No huele bien, suciedad acumulada. Nota que la mujer está atrapada en una dejadez importante; el cabello sucio y largo, de color indefinido, oscuro; pero sigue siendo muy atractiva. “¿Qué quieres de mi?”. Román se incorpora y da dos pasos para ponerse frente a Linda. Ella insiste “¿Qué era eso que me tenías que contar… de Mádison… tan importante?”. Román no escucha, le importa una mierda lo que le pasara al mono Loriga; ahora cree que tiene una oportunidad con la mujer que tanto ha deseado, y la abraza, y la besa, con violencia, la besa y ella cede. Desde la ventana se observan los copos rayando las primeras luces, vuelve a nevar en la ciudad.