Excerpt for Almas para Imati by Bill Jimenez, available in its entirety at Smashwords

ALMAS PARA IMATI

VOL. 1



por

BILL JIMENEZ





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CAPÍTULO UNO



Aquella ciudad desafiaba la lógica arquitectónica de su época, un coloso de piedra y madera que se las apañaba como podía para sobrevivir a los cambios que sacudían al mundo. Esa ciudad, de nombre San Denián, destacaba en la geografía local por sus enormes edificios, largos dedos que acariciaban cariñosamente la cúpula ce­leste y obtenían en respuesta interminables lluvias.


Todo el mundo odiaba el clima de San Denián, desde los nativos a los viajeros casuales. Todos tenían algo malo que decir al respecto, aunque, como en el caso de Zubén, fuera algo tan llano como un insulto. Zubén era un experto en esos menesteres, su lengua era tan afilada como la navaja que por motivos de seguridad solía esconder tras el cinto; una defensa tan básica como clásica para todos aquellos que en un momento de sus vidas han temido por su inte­gridad. Por fortuna, su último uso drástico databa del 491, siete años atrás. Todas sus apariciones posteriores entra­ban en lo que se podría denominar «un abuso de poder». Naturalmente, la segunda de sus especialidades.


La superioridad de Zubén dependía en todo momento de sus guardaespaldas, dos enormes janus con los que había compartido sus últimos quince años de vida. Empezaron con el tráfico de licores y, tras un corto pero intenso paso por el exótico mundo de las especias, terminaron, como muchos otros mercaderes que recorrían la frontera neldí­noda, jugando con las vidas de otras personas. Zubén vio en la esclavitud el negocio que le haría rico. Su caravana dejó de albergar productos importados y se llenó de infeli­ces que rezaban por una libertad que tardarían en encon­trar.


La caravana esclavista de Zubén era un ingenio tan re­torcido como su dueño. La componían, aparte de la pareja de guardaespaldas, un ulicán y una jaula pajarera en la que entraban unas doce personas.


El primero tiraba de la segunda.


Los ulicanes son una especie de reptiles afables que habitan al sur de las junglas de Nambul, allí donde la civi­lización se extingue y gobiernan las bestias. Bestias únicas, codiciadas y caras. El propio Zubén pagó una cifra más que considerable por el suyo, aunque había compensado el gasto reduciendo a la mitad la paga de sus socios, demasiado estúpidos como para darse cuenta.


Moltez y Golán, los guardaespaldas, aparte de pertene­cer a una de las razas más belicosas del continente, eran hermanos del propio Zubén. Según el esclavista, los tres eran hijos del mismo padre, un mítico líder de clan que solía despreocuparse de sus retoños nada más concebirlos. Dejar que sus crías se valieran por sí mismas era una práctica bastante común entre los janus, cuyos hábitos y orígenes están envueltos en una enorme controversia. Al­gunos afirman que descienden de los monos, otros de las mangostas y, los más optimistas, de los propios hombres. Aunque los haya de todas las formas y colores, el exceso de bello y las facciones animales les delatan. Son corpulentos, de brazos alargados y manos de cuatro dedos, no sue­len ir calzados y son más esquivos que un raluano a la hora de pagar una deuda.


A Zubén no le habría importado parecerse un poco más al janu medio; el pequeño traficante no era un portento físico. Al menos, no como sus hipotéticos hermanos. Zubén era escuálido en comparación y ellos dos torres de músculo que sostenían sus pesadas armas como si fueran ramitas. Aunque eso era lo único que sabían hacer. La pareja pa­recía incapaz de desarrollar la inteligencia de la que hacía gala su hermano, una maléfica visión de la realidad con la que ganaba ventaja en cualquier situación. Zubén era un pequeño demonio y sus mentiras mantenían viva aquella esperpéntica hermandad.


Zubén tiró de las riendas del ulicán y a bestia redujo progresivamente su ritmo hasta detenerse. El janu había descubierto un obstáculo en el camino, una figura exten­dida en medio de la senda que, a esas horas, entrada la medianoche, sólo podía traerles problemas. A ambos lados del camino no había nada más que arrozales, uno de los pocos cultivos capaces de sobrevivir al duro clima local.


Esquivar el problema no parecía una solución, los sem­brados amenazaron con darles una fangosa bienvenida.


Moltez y Golán flaquearon la jaula e interrogaron sin palabras a su hermano.


—Echad un vistazo.


Moltez se apuntó con el índice. Zubén asintió contra­riado, no pensaba abandonar su privilegiado puesto y exponerse al peligro. Los líderes nunca hacen eso.


—Parece una bestia muerta —dijo Golán mientras se acercaba.


Los esclavos se agolparon en la parte delantera de la jaula y Zubén les hizo retroceder a latigazos. Un chico de pelo corto y revuelto se frotó las manos y fulminó al es­clavista con sus enormes ojos negros.


—Estaos quietos u os arrancaré la piel a tiras —les ame­nazó.


Zubén también tuvo la tentación de golpear a su her­mano, pero no fue necesario. Aunque a su cerebro le costó entenderlo, asumió que le pagaban para resolver esa clase de entuertos. Caminó hacia la figura sumergida en som­bras. A medida que avanzaba, se despejaron sus miedos y una sonrisa bobalicona dominó su rostro. Cometió, en opi­nión de Zubén, la negligencia de volverse e indicar con su pulgar alzado que la situación estaba bajo control. La mis­teriosa sombra se dividió en dos y Moltez identificó los rasgos de un humano, un tipo desaliñado y con barba de varios días que, pese a ir armado, no se mostró hostil.


—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —preguntó el janu.


—Soy un viajero derrotado por una mala adquisición.


Moltez echó un vistazo al bulto. La pila de oscuridad eran los restos mortales de un caballo, un ejemplar que antes de enfermar pudo haber costado hasta cincuenta pie­zas de oro.


—Empezó a sangrar por la boca y se desplomó —ex­plicó el hombre—. Ya no volvió a levantarse. Por desgra­cia, había pagado por él una pequeña fortuna. El mercader que me lo vendió dijo que era su mejor ejemplar. Visto el resultado, me pregunto cómo serían los otros.


El janu sonrió de oreja a oreja. Su hermano se unió a la conversación con la pica en la mano. El arma relucía fla­mante y su cabeza, labrada para asemejarse a un toro, impresionó al forastero. Retrocedió un paso por precaución, no por miedo. Golán advirtió la espada que pendía de su cinto, una hoja curva cuya empuñadura se asemejaba a la cabeza de un águila.


—Tu caballo molesta —le informó—. Sácalo del ca­mino.


—Ya me gustaría, pero pesa varios horrores. Aun sin carga, sólo he podido desplazarlo un palmo. Me considero un hombre fuerte, pero, demonios, esta condenada bestia me supera.


—Te ayudaremos —dijo Moltez.


La oferta dividió a los hermanos.


—Lo consultaremos con Zubén —dijo Golán.


—Consultadlo con quien haga falta, no tengo prisa.


Moltez se nombró portavoz y dejó a su hermano custo­diando al forastero. A medida que se acercaba a la jaula con ruedas se arrepintió. Nunca se le había dado bien me­diar con Zubén. Mientras tanto, Golán ejerció de cancer­bero. Le asomaron los colmillos inferiores por encima del labio y el jinete del caballo muerto los miró como si de un momento a otro fueran a hundirse en su cuello.


—Imagino que vais a San Denián —comentó. La curiosi­dad se impuso al miedo.

Golán gruñó y descansó su pica sobre el hombro. Le bastaría con dejarla caer sobre el forastero para convertirlo en un amasijo de carne.


—¿Mercaderes? ¿Mercenarios? ¿Mineros? —preguntó éste.


No obtuvo respuesta.


—¿Cómo te llamas? —insistió.


—Golán.


—Bonito nombre —fue lo primero que se le ocurrió—. El mío es Jacob y me dirigía a San Denián en busca de trabajo. Me han dicho que las minas siguen abiertas y una espada hábil puede hacerse de oro socorriendo a los pobres mineros. ¿Aún sufren el acoso de las plagas?


Golán se encogió de hombros. Su hermano regresó con buenas noticias.


—Zubén quiere hablar contigo. Quiere escuchar de tu boca la historia del caballo.


—Pues no tengo mucho más que añadir, pero si tanta ilusión le hace…


—Zubén no se fía de nosotros. No, no se fía —se dijo el janu.


Jacob abandonó la órbita del caballo y se acercó a la carreta. Distinguió la parte trasera y su contenido, enmas­carando la sorpresa con una hipócrita sonrisa.


Zubén seguía sentado. El ulicán olfateaba intranquilo la húmeda atmósfera. Se llevó un injusto latigazo.


—¿Qué tenemos aquí? —dijo Zubén en un tono de falsa cordialidad.


—Tenemos a un viajero que perdió su montura en me­dio de la noche. Creo que ya le han explicado los detalles.


Zubén asintió. Sus manos juguetearon nerviosas con el látigo.


—¿Tiene dinero?


—¿Perdón? —preguntó Jacob.


—Le pregunto que si tiene dinero para compensar las molestias que nos está ocasionando. Necesita ayuda para mover su caballo. Mis chicos no trabajan gratis, y tiempo es algo que, precisamente, no les sobra.


Los esclavos susurraron inquietos mientras Jacob se enfrentaba a la avaricia del personajillo.


—El dinero no será un problema —explicó con una son­risa inocente—. Puedo pagarle generosamente por la ayuda y por un hueco en su carreta. Aún faltan unas horas para llegar a San Denián y lo que menos quiero es soportar una tormenta al raso. Los caminos se vuelven traicioneros y no me gustaría que estos campos se convirtieran en mi tumba.


—Al menos los abonaría —dijo Zubén sonriendo amplia­mente. Jacob contó hasta tres caries en su denta­dura. Le imitó, quitando hierro al conato de amenaza.


—¿Eso quiere decir que tenemos un trato?


—Lo tenemos —dijo Zubén solemne.


El janu bajó de la carreta, esquivó un barril que sobre­salía por debajo del asiento del conductor y adoptó el pa­pel que tan bien se le daba. Sin un guía, Moltez y Golán eran lo que aparentaban, dos brutos sin inteligencia. Entre todos sacaron a la bestia del camino y dejaron que se des­lizara por la pendiente que el camino formaba a ambos lados. Se hundió en un charco de barro.


—Aquí termina nuestra sociedad —anunció Jacob al cadáver del equino. A Zubén no le pareció una broma di­vertida. Al viento tampoco, porque sopló con una violencia desconocida hasta el momento. La tormenta que les había perseguido en las últimas horas se había beneficiado de su pausa para alcanzarles.


—Larguémonos de aquí antes de que me arrepienta —dijo el janu.


Jacob cargó sus alforjas en el hombro y esperó a que Zubén tomara asiento. El esclavista le cedió las riendas del ulicán; quería que tuviera las manos ocupadas.


Moltez y Golán flanquearon la carreta durante unos minu­tos, hasta que el ulicán volvió a coger ritmo y, esti­mulado por la electricidad contenida en el ambiente, les dejó atrás. Los torpes janus corrieron hasta alcanzar la jaula y se subieron a un saliente en la parte trasera. La velocidad del ulicán no menguó. Más o menos como la de la tormenta que tenían a sus espaldas.


—Me había olvidado de las malditas lluvias del este —comentó Jacob mientras se cubría el cuerpo con una manta. Como protección no era gran cosa, pero al menos amortiguó el impacto del agua. La lluvia de San Denián solía golpear como una nube de abejas y sólo la rígida piel de los janu era capaz de soportar su acoso.


—¿Cuánto tiempo lleva fuera? —preguntó Zubén a su invitado.


—Demasiado.


—Ha tenido que ser mucho; las lluvias de San Denián no se olvidan con tanta facilidad.


Zubén era sagaz, obligó a Jacob a modificar su discurso.


—Diez años dan para mucho, y más cuando no te inte­resa recordar lo que has dejado atrás.

—¿Y qué imperiosa necesidad le obliga a mediar una vez más con el pasado?


—El futuro —dijo Jacob con una sonrisa esperanzada.


El janu agradeció la réplica. Los recursos de sus herma­nos en una conversación eran tan reducidos como sus ce­rebros.


—Resulta irónico que un hombre que tiene por destino la ciudad más antigua del continente hable de futuro. Vi­sito San Denián cada dos años y nada de lo que veo me induce a pensar que sus habitantes sean susceptibles al cambio.


—Ya se acostumbrarán.


—Suena a amenaza o a hombre que confía demasiado en sí mismo. Todos sabemos que la vieja Denián es la tie­rra de las oportunidades. No sería el primero que llega po­bre y sale rico de ella.


—O al contrario —replicó Jacob—: los hay que canjea­ron sus riquezas por miseria y regresaron a sus hogares con el rabo entre las piernas.


—No —dijo Zubén—. No se confunda… Cuando San Denián quita, lo hace a conciencia. Empieza por tu dinero y termina por tu integridad. Cuando quieres darte cuenta, no te queda ni orgullo; eres un esclavo más del monstruo.


—Por lo que veo, se conocen bien —apuntó Jacob.


—Me topé con la peor cara de la civilización hace unos años, pero su forma era distinta. Ciudades como San De­nián las hay a montones.


—Que en realidad no son más que jaulas disfrazadas.


—¿Algún problema con las jaulas? —preguntó Zubén.


Jacob examinó de reojo el cargamento. El esclavista había ordenado a sus esbirros que lo cubrieran con una enorme lona. No quería que sus prisioneros llegaran en­fermos a los mercados de San Denián.


—Ninguno —corrió a decir Jacob—. Como usted bien decía, San Denián es la tierra de las oportunidades. Poco importa la forma que estas adopten.


Zubén asintió satisfecho. No le apetecía discutir te­niendo tan clara su postura. Por lo general no solía aceptar críticas.


—¿Y qué forma adopta la suya? —preguntó Zubén, des­viando temporalmente la conversación a un derrotero más transitable.


—La mía es larga y afilada —comentó Jacob sin orgu­llo—. He sostenido una espada desde que tengo uso de razón y creo que aún soy joven para alzarla unos cuantos años más. En San Denián siempre hay trabajo, ya sea como guardaespaldas o como mercenario. En el peor de los casos, siempre puedo alistarme en las filas benandantinas.


Zubén se echó a reír, un cloqueo desagradable. El opti­mismo de Jacob era tan divertido como sus pretensiones de unirse a la milicia más importante de la urbe.


—Creo que le cerrarían las puertas. Estamos hablando de una orden de caballería, no de una banda de matones. Aunque, quien sabe, la última vez que estuve en San De­nián, los Benandanti no estaban muy por la labor. Se dice que la orden no pasa por buenos momentos.


—Esos rufianes con armadura nunca han visto un amane­cer despejado.


—Pero todos respondemos ante ellos —sentenció Zubén.


Jacob se sintió incómodo. No por el comentario del mer­cader, sino por el dolor que sus nalgas sufrían tras una hora de continuo traqueteo.


—¿Y qué piensan de su negocio? Que yo recuerde, sólo la ley neldínoda acepta la venta de esclavos.


—Por eso mismo vamos a entrar en San Denián por la puerta sureste. Esos «pieles sucias» nos recibirán con los brazos abiertos.


—Hecha la ley, hecha la trampa.


—Exacto —dijo Zubén tajante.


Entrar por el barrio neldínoda no estaba entre sus pla­nes. Jacob, libre de todo pecado, podía acceder a San De­nián por cualquier otra puerta. Miró con suspicacia al es­clavista y más tarde al ulicán. Le tendió las riendas a Zubén.


—Necesito caminar un poco, la espalda me está ma­tando.


—Falta de costumbre —aseguró él.


—Posiblemente —dijo mientras brincaba de la carreta al suelo.


La intensa lluvia se había convertido en un chubasco manejable y el camino en un barrizal de dos dedos de pro­fundidad. Enfundado en su manta, Jacob caminó junto al vehículo hasta que la presencia de los guardaespaldas janu se hizo insoportable. A la que escapó del fino oído de Zubén, el forastero descendió hasta el nivel intelectual de Moltez e inició una conversación tan animada como insus­tancial. Así conoció la ruta de los tres hermanos y la histo­ria de sus adquisiciones, la mayoría esclavos recolectados a lo largo de la frontera neldínoda y viajeros a los que la mala suerte, combinada con los elementos, había dejado en la estacada de camino a San Denián.


El pasaje lo componían ocho hombres, dos mujeres y un crío. La mayoría se encontraban en tal estado de debilidad que eran incapaces de concebir una rebelión. Los pocos intentos de tomar el control de la carreta habían terminado en auténticas carnicerías. Zubén disfrutaba torturando a los prisioneros.


—No tendrás algo de vino… —preguntó Jacob a Moltez.


La bestia bípeda negó.


—Tengo los huesos helados, y a falta de acción, siempre va bien una bebida espirituosa.


Moltez se echó a reír, llamando la atención de sus herma­nos. El escéptico Golán se estaba acostumbrando a la presencia del forastero pero, como la mayoría de janus, se dejaba llevar por los prejuicios que habían separado a ambas especies a lo largo de los años.


—¿Y ese barril? —consultó, señalando discretamente al contenedor de madera que Zubén escondía bajo su asiento.


—No puedo decírtelo. Zubén me cortaría la lengua, y reconozco que se le da bien.


—Zubén es un tipo listo —la sonrisa maliciosa de Jacob era totalmente impostada.


—Y es mi hermano —dijo orgulloso.


—Entonces no enfadaremos a la familia.


Quizá no fuera vino, pero sí algo parecido. La devoción de los janus por los brebajes alcohólicos era de dominio público, tanto como su aguante y las competiciones en las que solían enfrentarse entre descansos guerreros. Sólo los orx y algunas criaturas monstruosas de las tierras sin civi­lizar solían aguantar más que ellos.


—Queda poco para llegar —anunció Golán—. Menos de media hora.


Bien… —musitó Jacob mientras regresaba a la parte delantera de la carreta. Se acercó a Zubén y llamó su aten­ción. El janu estaba sumido en un peligroso cambio anímico, frunciendo el ceño tan rápido como sonreía por culpa de un pensamiento alegre.


—Moltez me ha hablado de su mercancía especial —dijo Jacob mientras palmeaba con cariño el barrilete.


Zubén se volvió hacia su hermano con los ojos inyecta­dos en sangre. Moltez contemplaba, como ya iba siendo habitual en él, las musarañas, pero las abandonó al ver como la carreta dejaba el camino de barro. Jacob había cortado con discreta habilidad las riendas, iniciando una serie de catástrofes que pusieron en peligro el sueño que los janus habían construido con tanto ahínco. El ulicán tropezó al perder su lastre y, como su dueño, se dio de bruces contra el suelo. Moltez y Golán se dejaron llevar por la confusión. Sólo el forastero mantuvo la calma y ac­tuó como había planeado desde el principio. Apartando la lona, dejó que la llovizna calara a sus aturdidos ocupantes y humedeciera los barrotes de cáñamo. Necesitaría algo de tiempo para debilitarlos, pero confió en los elementos.


¡Matadlo! ¡Matadlo! —berreó el mercader a sus her­manos, a los que no les hacía falta tanto grito para pasar a la acción. Descargaron sus pesadas armas contra Jacob y este, hasta tres veces, eludió sus ataques. Intentó reventar el candado entre embestidas, pero todos sus intentos caye­ron en saco rato.


Moltez y Golán descubrieron que su rival era más de lo que podían controlar y pronto se vieron superados por sus cabriolas. Pero Jacob era, ante todo, un tipo prudente y, sobre todo, más hábil que ellos. No quiso meterse en un cuerpo a cuerpo. Sabía de sobras cómo las gastaban los janus en las distancias cortas.


La carreta se convirtió en su mejor aliado y se escondió en sus bajos hasta que el enemigo ideó una estrategia para hacerle salir. Acorralado, no le quedó otra alternativa que dar la cara y buscar la ayuda de los esclavos, que agrade­cieron el intento de rescate con vítores e insultos hacia sus captores. Era lo más cerca que estarían de la acción, porque la espada de Jacob, aunque afilada, no era la herra­mienta más adecuada para cortar tan recios juncos. Ter­minó, para desánimo de todos, atrapada entre la madera.


—Imagino que ya es demasiado tarde para cambiar de bando —comentó entre risueño y nervioso.


Las caras de los esclavistas hablaron por sí mismas, en especial, la de Zubén, una mueca de inagotable rabia.


—Atrapadlo —ordenó.


Moltez y Golán se lanzaron contra el espadachín y este asumió la derrota. Le llovieron más patadas y puñetazos de los que necesitaba para caer inconsciente. Finalmente, de rodillas y con el rostro ensangrentado, sintió la navaja de Zubén en la garganta.


Detesto que la gente se burle de mí —dijo el escla­vista—. Podré ser muchas cosas, pero soy tan alérgico a la decepción como cualquiera. Lo que usted ha hecho hoy no tiene nombre. ¿En qué momento decidió hacerse el héroe?


A Jacob le habría gustado responder, pero el dolor se lo impidió. Segundos después, éste se convirtió en negrura, y la negrura en inconsciencia.


*****


Jacob Laughlin despertó en la tierra de los rostros cu­riosos. Le informaron que se había pasado un buen rato inconsciente. Por sus rasgos y acentos, todos parecían crescios.


—¿Te encuentras bien? —dijo un anciano de alborotada barba.


—Me arde la mejilla y me duele la cabeza, estoy lejos de encontrarme bien.


—Lo que hiciste fue muy importante para nosotros. No sé cómo darte las gracias.


—No hay que darlas —Jacob se frotó las sienes—. Al fin y al cabo, no sirvió de nada.


—Por un momento nos dio esperanza.


Jacob observó a los prisioneros. Zubén no estaba por la labor de alimentarlos regularmente y la mayoría presen­taba serios síntomas de desnutrición. Quizá no fuera la enfermedad más preocupante, pero sí la más evidente de las muchas que habían contraído en las últimas semanas. Dos muchachos le ayudaron a incorporarse, aunque rápi­damente descubrió que estaba mejor sentado.


¿Cuánto queda para San Denián? —preguntó.


Uno de los chicos se encogió de hombros y dejó las ex­plicaciones en manos del anciano.


—No mucho. Lo único que se escucha ahí fuera es el sonido de la lluvia golpeando la lona.


La lona. De ahí la penumbra. Jacob se arrastró por la jaula hasta uno de sus extremos y apartó la protección im­permeable. Extendió la mano en la oscuridad y palpó el barro.


De San Denián surgen tres carreteras adoquinadas que no llegan a las cinco millas —dijo—. Eso quiere decir que aún tenemos tiempo.


—¿Para? —dijo el otro muchacho.


El aturdimiento y la penumbra le habían jugado una mala pasada. El chico no era tal, solamente una muchacha asustada a la que habían cortado pésimamente el pelo. Vestía con ropa ancha y se sostenía los pantalones con un fajín hecho jirones.


—Para escapar, ¿o acaso os vais a quedar aquí?


Los rostros más jóvenes se iluminaron, aunque eran conscientes de que su entusiasmo nunca pesaría tanto como la voz del anciano.


¿Y cómo piensas salir de aquí? Te recuerdo que esos hermanos están armados y no se permitirán nuevos des­cuidos.


—¿Y el número? No es la primera vez que las hormigas derrotan al tigre.


¿Enfrentarse a ellos? Estarás de broma. La gran ma­yoría necesita ayuda para tenerse en pie, y del resto, tan sólo unos pocos saben luchar. Aun así, necesitarían armas que no tenemos, ¿cómo piensas solucionar ese pequeño problema logístico?


—Con inteligencia —interrumpió la chica.


Un par de hombres que decían ser exploradores crescios fugados de un campo de trabajos neldínoda, la secundaron. El anciano se rascó el bigote con insistencia, y pese a que ninguna de las propuestas parecía conducir a buen puerto, prometió que colaboraría.


Pensad que ésta es vuestra última oportunidad —les explicó Jacob—. Si esta carreta, jaula o lo que demonios sea llega a San Denián y cruza la puerta sureste, estaremos perdidos. Todo el barrio se encuentra bajo jurisdicción neldínoda, y ya sabéis lo que opina esa gente de las liber­tades. No tardarían en cargarnos de cadenas y grilletes.


Una realidad sin tapujos e interesada en provocar una reacción entre los cautivos.


—¿Y qué piensas hacer? ¿Tienes algún plan en mente? —le preguntó la chica.


—Primero quiero descansar —resopló—. Algo me dice que necesitaré de todas mis fuerzas para sobrevivir a un segundo enfrentamiento con esos janus.


—¿Sólo descanso? Necesitas un médico.


—Gracias por su optimismo, señorita —ironizó Jacob. Se tumbó de nuevo y le crujieron los huesos. Pese a las muecas de dolor, los jóvenes mantuvieron su fe en él. El muchacho le miró atentamente, el silencio era su aliado. A simple vista solo era un joven escuálido, de ojos pequeños y rostro redondo. Prestando atención, se distinguían las pequeñas cicatrices del cuchillo que le había rebanado la lengua.


—Fue Zubén —musitó la chica—. Quiso hacer lo mismo conmigo, pero al final sólo me cortó el pelo.


—¿Y qué pasó?


—En el caso de Jerome, hablar más de la cuenta, en el mío, quejarme e incitar a los demás a la rebelión. Algo parecido a lo que estás haciendo ahora.


El odio motivó a Jacob y, aunque le vinieron a la ca­beza numerosas estratagemas, lamentó que la mayoría condujeran a un irremisible enfrentamiento con los janus.


Aun a riesgo de parecer un viejo pesado, ¿cómo pien­sas sacarnos de esta jaula? —dijo el anciano— Te recuerdo que fracasaste con el candado y los barrotes.


Jacob le guiñó un ojo y se arrastró hasta la parte delan­tera de la jaula, la zona más próxima al asiento de Zubén.


—Toca —le dijo.


El hombre palpó el suelo de madera, encontrándolo más húmedo que de costumbre.


—¿Agua? —preguntó.


No, algo mejor: Alcohol —respondió Jacob satisfe­cho—. Por Moltez supe que el barril que Zubén escondía bajo su asiento no era cerveza ni vino. Conociendo los exquisitos gustos janu, solo podía ser un licor de alta gradua­ción. Pensé que si lo vertía en la madera bastaría para de­bilitar las cuerdas que mantienen unidos los tablones a la base. Lo reconozco, fue una apuesta arriesgada.


—¿Las podremos romper?


—Naturalmente, pero dispondremos de pocos minutos para salir.


Jerome y la chica prestaron atención: la mancha de licor había cambiado el color de la madera.


—Haremos algo mejor que romperlas —dijo.


*****


Ni el incentivo de unas piezas de oro extra consiguió que Zubén se tomara con mejor humor la parte final del trayecto. Contempló la silueta de San Denián en la distan­cia, maldiciendo por lo bajo el momento en que decidió ayudar a Jacob. Había estado a punto de perderlo todo.


¿Qué habría sido de él si los esclavos se hubieran esca­pado?


Se formuló la pregunta una y otra vez y ninguna de las respuestas le dejó tranquilo. Todas terminaban en un es­calofrío.


Notó que Moltez le miraba de reojo; al parecer no había tenido suficiente con la bronca que le había caído. Era un estúpido, más o menos del mismo calibre que Golán, que sabía esconder con disciplina sus carencias intelectuales. Nada más llegar a San Denián pondría remedio a su in­competencia contratando unos guardaespaldas nuevos. Pero, hasta que llegara ese momento, tendría que jugar con las cartas que le habían tocado, insuficientes para de­tener todo lo que se le venía encima.


—¡Estamos perdiendo la lona! —gritó Golán, que obser­vaba patidifuso como la gruesa protección se escurría por la parte trasera de la jaula.


—¿Y qué demonios haces ahí parado? ¡Recógela! —gritó Zubén— ¡Moltez, ayúdale!


Los dos janus corrieron hacia el rebelde extremo y sostu­vieron la loneta pensando cómo iban a ponerla de nuevo sin detener al ulicán.


Zubén se puso en pie sobre el asiento y dirigió sin mu­cha suerte a sus hermanos. El interior de la jaula había quedado al descubierto, desvelando a un puñado de actores secundarios que, cogidos por sorpresa, se preguntaban por qué se había izado el telón antes de tiempo. Moltez le mostró a Zubén algo parecido a una piedra.


—¡¿Y cómo ha conseguido esa piedra engancharse al toldo?!


Ambos se encogieron de hombros.


—¡Inútiles! Vuestro trabajo es, aparte de residir en la inopia, encargarse de esas pequeñas cosas. ¡Os pregunté si arrastrábamos la cubierta y ambos me dijisteis que no! ¡¿Es que sólo trabajáis en equipo cuando os equivocáis?!


Moltez y Golán fruncieron el ceño. Eran como chiquillos acusados de algo que no habían hecho y que, intimidados por su madre, no atinaban a defenderse. El rapapolvo duró el tiempo que tardó el ulicán en alejarse de los janus.


—¿A qué estáis esperando? ¡Moveos!


Decepcionados, los guardaespaldas corrieron tras la ca­rreta e intentaron cubrirla una vez más con la lona. Sus esfuerzos fueron vanos y solo consiguieron enfurecer aún más a Zubén, cuyo repertorio de insultos no parecía extinguirse. Finalmente optó por detener el vehículo y supervi­sar el trabajo por sí mismo. Brazos en jarras, advirtió cier­tas diferencias dentro de la jaula.


—Maldición… —suspiró mientras echaba un vistazo a los bajos del vehículo.


Un pie surgido de la oscuridad le pateó el rostro. No tuvo tiempo de pedir ayuda, sus hermanos estaban igual de ocupados esquivando la lluvia de piedras y barro que se les vino encima.


—¿Sorprendido? —preguntó Jacob a Zubén sin dejar de atizarle. El janu se derrumbó y encogió, aguardando entre temblores a que llegaran los refuerzos.


La caída de su líder despertó el instinto asesino de los guardaespaldas, que tras soportar estoicamente las pedra­das, decidieron poner fin a la rebelión a su manera. Los claros ojos de Jacob se clavaron en ellos; sus manos, en cambio, arrojaron unas llaves dentro de la carreta. La pa­reja comprendió la magnitud de la fuga y dividió sus fuer­zas antes de que la situación escapara a su control. Golán se encargó de Jacob y Moltez de los presos que intentaran escapar por la parte trasera. Lo que ellos no sabían que aún quedaba un problema por cubrir: el mismo por el que había salido Jacob.


Los dos exploradores crescios se dejaron caer por el hueco debilitado. No necesitaron romperlo, les bastó con tirar del madero y rodar a un lado, el opuesto a la batalla. Fue una maniobra ingeniosa que les permitió acceder a la parte delantera de la carreta y echar mano a los botines de Zubén, entre ellos, la espada de Jacob. Tras devolvérsela, llamaron la atención de Moltez, que desatendió la vigilan­cia del candado y permitió al resto del pasaje abandonar el transporte ordenadamente.


Huyeron hacia los campos enfangados. Sólo tres se que­daron y echaron una mano a sus compañeros uniéndose sin dudarlo a la refriega. Usar lo primero que encontraron como arma, en este caso unas piedras, no bastó para igua­lar la contienda. Por muy belicosos que fueran, no dejaban de ser unos esclavos mal alimentados y unos rivales que jamás estarían a la altura de los janus. La distracción bastó para que Jacob controlara la batalla y, de un certero golpe en la sien, dejara inconsciente a uno de ellos. Su hermano corrió una suerte parecida, aunque necesitó va­rios cortes antes de ver reducidas sus indómitas fuerzas.


El cielo lloró un poco más antes de despejarse. Dos muertos era un balance triste pero positivo si tenían en cuenta la potencia del enemigo. Cubrieron los cadáveres con la lona y encerraron a los janus en la jaula. Jerome y la parte más maltratada del pasaje exigieron la ejecución del esclavista.


—Entonces tendréis que matarlos a todos —anunció Jacob, al que ofendía la idea del linchamiento—. Sin ese renacuajo, sus hermanos irán a la deriva, y ya sabéis lo peligrosos que son los barcos sin rumbo.


Tan peligrosos como la venganza —apuntó la chica, que se había apropiado de la navaja de Zubén y la contem­plaba con hipnótica pasión.


En la cárcel no os pueden hacer daño —replicó Ja­cob—. Sois muchos, las autoridades aceptarán vuestro tes­timonio y los mantendrán entre rejas una larga temporada.


Su razonamiento disipó las ansias asesinas de la ma­yoría, incluidas las de Jerome, que tardó más que los de­más en olvidar la cuenta pendiente que tenía con Zubén.


—Vamos, muchacho —le dijo el anciano—; ahora sólo es una pesadilla, una de las muchas que hemos tenido en esta larga noche.


Jacob se cruzó de brazos, en parte satisfecho, y dejó en manos de los esclavos, ahora gente libre, las riendas y las llaves de la jaula. Estaba cansado y sus huesos se lo recordaron.


—Necesito un baño, una cama y llenar el estómago —comentó a la muchacha, que no se separó de él en todo momento. Jacob notó que ejercía una extraña influencia entre los más jóvenes. Jamás se había visto como un ídolo.


—¿En ese orden?


—Me es indiferente… —recapacitó—. Perdón, no nos hemos presentado formalmente.

Ella sonrió. Jacob prestó atención a las pecas de pobla­ban sus mejillas, estaban perfectamente disfrazadas por el barro y la suciedad.


—Me llamo Rain, señor…


—Jacob Laughlin —dijo él, estrechando la mano que la chica le tendía. La joven notó cierta debilidad en su héroe.


—¿Le sucede algo?


Nada, sólo estoy algo cansado. Tampoco me encuen­tro bien, pero ya queda poco para llegar a San Denián. Nos desviaremos y entraremos por la puerta oeste. Si no recuerdo mal, había una caserna benandantina a escasos me­tros de la entrada.


Rain jugueteó nerviosa con las mangas de su camisa y no quiso molestar a su benefactor con estúpidas preguntas. Tampoco esperaba que las respondiera.



CAPÍTULO DOS


San Denián hacía honor a todas las cosas que se decían de ella, ya fueran buenas como sus majestuosos edificios o malas como la miseria que recorría sus calles, un museo lleno de basura a cuya puerta fue a llamar la carga de Zubén.


Rain fue la primera en cruzar la llamada Puerta del Crepúsculo, dejándose engatusar por la ciudad. Sus ojos la delataban. Abiertos como platos, contemplaban los altos edificios como si de un momento a otro fueran a desvanecerse. Pero las construcciones del centro y las murallas que rodeaban la ciudad no eran una ilusión, la sólida roca estaba ahí para tocarla y, como parecía por su color, ensuciarla. El amanecer solo conseguía que lo tétrico en la os­curidad resultara decadente a la luz del día, y pronto, la novedad se convirtió en un hastío más. Artorius, el an­ciano quejoso que nunca tuvo fe en las ideas de Jacob, respondió con soplidos a las novedades que salían a su en­cuentro. Estaba a las riendas de la carreta, guiando a un ulicán que, aparte de seguir en plena forma, no entendía de dueños y destinos.


—No os alejéis de la caravana hasta que hablemos con las autoridades —les recomendó Artorius.


Su cautela estaba justificada. Los ciudadanos más madru­gadores salieron a su encuentro y se preguntaron por qué un grupo de harapientos conducía una jaula llena de janus. Les resultó tan intrigante como cómico ver a Moltez y Golán aferrarse a los barrotes y pedir clemencia. Hicie­ron oídos sordos y aguardaron a que, de un momento a otro, Zubén se sumara a los lamentos. De más orgullo que sus hermanos, el mercader yacía en el centro de la celda, tumbado y con la mirada puesta en los grises cielos de San Denián. Nadie sabía qué pasaba por su cabeza, aunque podían hacerse una pequeña idea.


Artorius increpó a los curiosos y condujo al ulicán hasta un edificio de corte militar en el que destacaba una espada teñida de azul, emblema de una institución tan mítica como la propia urbe: la Orden de Caballeros Benandanti.


Un soldado ataviado con un tabardo de malla les dio el alto y una rígida bienvenida: la excusa para interrogarlos y saber qué se traían entre manos.


—Que Jacob hable con ellos —comentó Rain a uno de sus compañeros.


Pero Jacob había desaparecido. Lo habían echado en falta nada más entrar en la ciudad y de nada sirvió buscarlo entre la multitud.


—Menudo brete… —renegó Artorius mientras bajaba de la carreta y se enfrentaba a las preguntas de los guar­dias. Rain resopló decepcionada y aguardó con los brazos en jarras a que su héroe reapareciera de un momento a otro. Jerome se quedó con ella hasta que la carreta se puso de nuevo en marcha. No valía la pena perder más tiempo.


*****


—Que me aspen si esa bestia escamosa no es un ulicán —dijo un hombrecillo apostado sobre una pila de escom­bros. Su compañero, un sujeto de ropas muy sucias y barba a juego contemplaba con sus pequeños y vacuos ojos el mismo espectáculo.


—¿Cuánto puede costar un bicho como ése en el Mercado Aspa? ¿Cien piezas de oro? ¿Doscientas? Pensaba que sólo los nambulenses criaban lagartos.


Al hombrecillo no le preocupaba el silencio de su socio, él solo podía llevar sin problemas el peso de la conversa­ción. Pauli era así, un tipo aquejado, entre otras cosas, de incontinencia verbal, la clase de persona que no puede estarse callada más de un minuto y que, realmente, lo único que desea es oírse a sí mismo.


—Creo que me voy a acercar un poco más. No se ve to­dos los días algo parecido.


Bajó del montón de basura y se abrió paso a empujones, alcanzando las primeras filas de público en cuestión de segundos. Dejó atrás a su inexpresivo socio.


—¿Qué ha pasado? —preguntó a la primera persona que reparó en él. Ésta le explicó los detalles de la llegada, aun­que como todos los demás, vivía de especulaciones. Se decían muchas cosas menos la verdad. Para algunos, la do­cena de forasteros eran la primera de las muchas carava­nas que habían llegado a San Denián huyendo de la guerra civil crescia; para otros, una misión evangelizadora que topó con la horma de su zapato en los áridos del sur.


Hubo teorías para todos los gustos, menos para el de Pauli, al que no le bastaba con un rumor para sentirse tranquilo. Si tiras del hilo, tarde o temprano el chisme se convierte en una verdad sólida, o lo que es igual, en una valiosa información por la que alguien pagará en los bajos fondos.


La aparición de más caballeros Benandanti hizo mella en su entusiasmo. Aguardó a la detención de Zubén y sus hermanos. Ya tendría la oportunidad de descubrir quiénes eran. En esos momentos le preocupó un descubrimiento en segundo plano: un viejo conocido tratando de pasar inad­vertido.


Jacob eludió los severos escrutinios de los guardias refugiándose en la misma manta que, horas atrás, le había protegido de la lluvia. La proliferación de mendigos en las puertas de San Denián y la llegada de la jaula le facilitaron las cosas, pero no lo suficiente al escuchar la inconfundible voz de Pauli entre la multitud. Existiera o no la alevosía en sus gritos, consiguió que una parte del público reparara en él.


—¡Joshua Langley! —exclamó Pauli con los brazos abiertos. Obtuvo en respuesta la más fulminante de las miradas.


—¿Qué te sucede? ¿Ya no reconoces a un viejo amigo? —insistió el hombrecillo.


Jacob jugó a mirar en todas direcciones y Pauli atrapó el chiste con desgana.


—Muy gracioso… Esperaba que tras tantos años aún quedara algo de la camaradería que nos hizo amigos.


—Y la queda, pero éste no es el mejor lugar para evocarla. He dormido poco y mal en las últimas horas, por no hablar de lo vacío que tengo el estómago. Necesito llenarlo con urgencia o tendrás que hablarle a un cadáver.


Pauli se echó a reír y cometió la inconsciente impruden­cia de palmearle la espalda. Jacob se retorció de dolor. Su cuerpo aún no se había recuperado de la pelea contra los janus.


—Joshua, estás algo desmejorado —comentó Pauli.


—Jacob.


—¿Perdón?


—Jacob Laughlin. Me llamo Jacob Laughlin.


—¿Y qué he dicho? —preguntó Pauli confuso.


— De todo menos algo que se acercara mínimamente a mi nombre.


—Que susceptible… Bueno, lo achacaré al hambre y la falta de sueño.


Pauli también era un genio cambiando de tema.


—Puedes alojarte en el Escorpión. Es el lugar idóneo para un espadachín en horas bajas.


—¿Quién está en horas bajas? —renegó Jacob— Y, por cierto, veo que las cosas no han cambiado mucho en estos últimos años. Me sorprende que un antro como el Escorpión aún siga abierto.


—Claro, es un establecimiento muy popular —argu­mentó Pauli—. Aunque parte del mérito lo tiene que haya cambiado de dueños. Ahora está en manos de un mercader de la Liga, un tipo adinerado que permite a todos esos parásitos que dicen ser soldados de fortuna emborracharse por unas pocas piezas de bronce.


—Así que la Liga y los mercenarios están en buenas relaciones…


—Claro —afirmó Pauli, como si ponerlo en duda fuera un delito—. Las calles se han vuelto tan peligrosas como las minas.


Aunque la distribución de las avenidas era, lógicamente, la misma que diez años atrás, la decoración, la gente e in­cluso sus comercios conseguían que Jacob dudara de sus recuerdos. Sólo la destreza de Pauli le impidió perderse en ese laberinto arquitectónico.

—Como te puedes imaginar, hacer negocios en San De­nián ya no es lo que era —prosiguió Pauli—. Las minas ya no dan tantos beneficios como antaño. Todo lo que se podía sacar de los niveles superiores ya está en los merca­dos de Crescia y Neldínodis. Ahora nos dedicamos a reco­lectar chatarra, resulta un negocio más rentable.

—¿Minero? ¿Chatarra? —Jacob esbozó una mueca diver­tida— El último recuerdo que tengo de ti no incluía un trabajo honesto. ¿Qué ha ocurrido para que un hombre como tú, tan aficionado a los bienes ajenos, renuncie a la vida que durante años fue su generosa fuente de ingresos?

Pauli alzó una ceja. Las floridas ironías de Jacob le pesa­ron más que los kilos que había ganado en los últimos años.

—Nada que resulte sorprendente… —fue su afligida respuesta— A medida que se han acabado los trabajos honestos, los deshonestos se han convertido en la tabla de salvación de muchos hombres, mujeres y niños. El que no ha delinquido en alguna ocasión o es un estúpido Benan­danti o tiene más dinero que el Emperador de Crescia.

—Y tú, sin ser ni una cosa ni la otra, apuestas por la decencia y la virtud.

—Te equivocas y lo sabes, a mí solo me interesa salvar el pellejo —replicó Pauli con cierta ofensa—. Las cosas han cambiado mucho desde que nos conocimos. Tú no eras más que un renacuajo con los dedos muy largos y yo…


—¿Un truhán con los dedos más largos que yo? —le inte­rrumpió Jacob.


—Llámalo como quieras, pero por aquel entonces po­días ganarte la vida sin ensuciarte las manos. Puede que de vez en cuando esos guardianes de hojalata te hicieran pa­sar un mal rato en el calabozo, pero no era más que un mal pasajero. Tarde o temprano volvías a las calles y se­guías llenándote los bolsillos con el dinero que los mineros y los nobles perdían durante sus borracheras.


—¿Y en qué han cambiado las cosas? ¿No hay dinero para emborracharse?


—Sí, pero han cambiado los procedimientos —indicó haciéndose el interesante.


Jacob empezó a entrever el misterio sin necesidad de más pistas. Pauli le habló de violencia y lo poco que valía una vida en las calles. Los criminales se habían dejado de sutilezas y usaban todo tipo de triquiñuelas para sobrevi­vir, llegando en muchos casos a la sangre, y de ahí, a la muerte. No había día que una víctima de robo no apare­ciera flotando en las aguas del puerto o tirado como la ba­sura en algún callejón de mala muerte. Nadie se salvaba, cualquier contacto con el submundo criminal de San De­nián terminaba en desastre.


—No sé a dónde iremos a parar, pero apuesto a que no será un lugar agradable —se lamentó Pauli—. En lugar de avanzar, retrocedemos. Nos estamos convirtiendo en unos auténticos salvajes.


—No me sorprende que mercaderes y mercenarios hayan unido fuerzas —reflexionó Jacob con la mirada perdida en las construcciones más altas—. Pensaba que el crimen organizado se había devorado a sí mismo.


—Eso pensamos hace tiempo y nunca un pronóstico fue tan equivocado —las manos de Pauli se agitaban a la misma velocidad que parloteaba—. Teniendo en cuenta que las disputas entre clanes terminaron hace diez años, no hicieron falta ni dos inviernos más para ver de nuevo a toda esa escoria paseando a sus anchas por San Denián. Como siempre, jactándose de un poder que no tienen.


—Prefiero a unos delincuentes de poca monta que a unos asesinos profesionales dictando su ley a golpe de martillo —comentó Jacob.


—Yo no estaría tan seguro… La visión de los viejos cla­nes era más amplia que la de estos chapuceros. Si quieres lana, necesitas unas ovejas que crezcan sanas. Encuentro estúpido que le pegues fuego a los pastos. Y eso más o menos es lo que hacen esos petimetres cuando maltratan al ciudadano de a pie y no le dejan prosperar como es debido. Reconozco que cultos como el Djata eran unas bestias se­dientas de sangre, pero nunca mataban por capricho.


—Vaya, veo que eres un experto en historia —se burló Jacob.


—No lo soy, pero demonios, antes el suelo que pisába­mos era firme. Ahora, tan sólo con equivocarte de calle, puedes terminar en el cementerio en menos de lo que canta un gallo, si es que esos pobres animales saben cuándo es de día en esta maldita ciudad.


—Va a llover —informó Jacob al escuchar la referencia a los, por siempre grises, cielos de San Denián.


—Claro —dijo Pauli—. Siempre llueve. Lo difícil es predecir un día de sol.


Hicieron una pausa antes de que Pauli continuara con sus explicaciones. Disfrutaba hablando de San Denián. Toda la gente que conocía y que aún soportaba su cháchara estaba más que harta de su discurso nostálgico. En cambio, Jacob era una tabula rasa, o al menos, una a medio a lle­nar. Los cambios en San Denián habían sido sutiles pero significativos. Los recuerdos se tornaban ásperos al evocarlos y cada calle era una anécdota o vivencia, momentos perdidos, o en el caso de Jacob, abandonados por la fuerza. El destino brindó a ciudad y ciudadano la oportu­nidad de reiniciar una relación que comenzó veintinueve años atrás, en el año 469 del calendario crescio.


—¿Y qué has estado haciendo durante todo este tiempo? —preguntó Pauli mientras descendían las escaleras de pie­dra de la calle de las Antorchas, un famoso atajo entre barrios que conectaba con una de las avenidas más impor­tantes de San Denián.


—Poca cosa, salvo reflexionar y llegar a algunas conclu­siones.


—¿Qué conclusiones? —una de las cejas de Pauli se arqueó.


—Que no hay nada como el hogar —dijo Jacob con una amplia sonrisa.


Pauli pensó que ésa era una respuesta tan diplomática como insuficiente.


—¿Y por qué nos dejaste?


Jacob se echó a reír.


—¿Acaso tenía una responsabilidad para con vosotros?


—No, pero te fuiste sin decir nada.


—Porque nada es lo que tenía —apuntó Jacob—. Va­mos, Pauli, deja de remover sentimientos que nunca han existido. San Denián sufrió un importante cambio y todos los que no se adaptaron a la nueva situación desaparecie­ron. Sicarios, mercenarios e incluso espadachines sin oficio ni beneficio como un servidor. Nos esfumamos porque se­guir las viejas reglas habría perpetuado la violencia. Y, como bien has dicho, de la violencia a la muerte hay un corto trecho.


—Sí… —musitó Pauli, recordando los cruentos enfrenta­mientos de la guerra de clanes.


—Sería estúpido arrepentirse de aquella época. En lugar de lamentarme, prefiero pensar que puedo construir una vida mejor.


El silencio de Pauli indicaba que no podía luchar contra la sabiduría de su amigo.


—¿Por qué has vuelto? —preguntó al fin.


—Tengo un encargo y unas cuantas deudas.


—¿A quién vas a matar? —preguntó asustado el hombre­cillo.


—No seas estúpido —respondió Jacob igual de escandali­zado—. Existen muchos tipos de deudas y no to­das son sangrientas. El que quiera abrir viejas heridas tendrá que apañárselas por su cuenta; yo ya he tenido bas­tante trabajo curando las mías.


—Eres sabio, muy sabio…


Jacob le miró sorprendido. Incluso parpadeó un par de veces tratando de asimilar el halago.


—Si velar por uno mismo es síntoma de sabiduría, que me nombren Maestro Escribano.


—Yo sé lo que me digo.


—Claro, Pauli, nadie lo pone en duda —Jacob acom­pañó las palabras de unas palmaditas en el hombro de su compañero—. Aunque nuestras vidas pinten diferentes, en esencia hemos tomado decisiones parecidas. Tú te has ren­dido ante los encantos de la dama honestidad y yo decidí renunciar a la violencia. El problema es que no me bastó con mirar a otro lado, tuve que poner muchos kilómetros de distancia entre San Denián y mi retiro.


Pauli asintió y condujo a su amigo hasta la avenida de los Maestros, llamada así por los míticos héroes que guia­ron a la humanidad durante los episodios más oscuros de su historia. Era una amplia avenida que cortaba en dos la ciudad y terminaba en el canal que separaba San Denián del distrito este.


Jacob contempló la imponente figura que sobresalía en la distancia. Alcanzaba los setenta metros de altura y sus minaretes la erigían reina indiscutible del barrio de los Templos. No existía edificio más alto en esa zona que el templo de Djata, una construcción más antigua y temidas de la urbe, herencia de una cultura desaparecida miles de años atrás.


—Olvídate de él por ahora —le recomendó Pauli—. Tomaremos Maestros hasta el puerto. El Escorpión no anda lejos.


—Perfecto —dijo Jacob aún hipnotizado por el edificio.


Tardó en redirigir sus sentidos hacia la enorme avenida que transitaban, dos carriles adoquinados y separados por una hilera de árboles y estatuas conmemorativas. Humanos de marmóreas facciones vigilaban a los transeúntes desde sus pedestales, toda una colección de seres venidos de tie­rras tan distantes como Crescia, Guria o Artesia. Incluso podían verse criaturas tan peculiares como apsaras y raluanos, razas que encontraban en San Denián la tolerancia que se les negaba en otras partes del continente. En San Denián podían jugar al juego de la civilización sin pagar un alto precio por ello.


—Tengo calor, busquemos algo de sombra —dijo Pauli sin venir a cuento.


Jacob le siguió mientras echaba un disimulado vistazo a los viandantes. Advirtió la presencia de tres tipos armados que perdían el tiempo junto a una fuente de piedra. Los tatuajes que les corrían como hormigas por la mano dere­cha eran un síntoma de hermandad con una de las muchas bandas de delincuentes que actuaban en la urbe.


—¿Aún tenéis problemas con los Hermanos Muertos? —le preguntó Jacob a su guía.


—Los Hermanos Muertos resucitaron hace más de siete años. Olvídate de los tatuajes, porque ya no significan nada. El nuevo líder de la banda les permite conservar sus viejas marcas de guerra, una pequeña compensación tras el violento cambio de orden.


—Recuerdo que eran un grupo muy numeroso.


—Hace cinco años se decía que el número de Siniestros rondaba los setecientos hombres. De esos setecientos, dos terceras partes sobrevivirían a un envite benandantino. Los demás son rateros e informadores de poca monta, pero inestimables en lo que a recolecta de información se re­fiere.


—¿Y por qué siniestros?¿Ahora asustan a los críos?


—Siniestros es un epíteto cariñoso —la voz de Pauli se precipitó varios tonos—. Habitualmente se los conoce por Siervos de la Mano Siniestra, que también resultaría ridí­culo si no fuera porque son una de las bandas más podero­sas y cruentas de la ciudad.


Jacob clavó sus ojos en el trío y necesitó varios codazos para regresar a la realidad.


—Una de las cosas que detestan son las miradas indiscre­tas —Pauli interpuso una mano entre su boca y el resto del mundo, rezando porque amortiguara el comenta­rio—. No nos hemos quitado de su camino para atraerlos al nuestro.


—Mano siniestra… —musitó Jacob.


—Exacto, una mano siniestra que estrangula con determi­nación —añadió Pauli con cierto teatro.


—Millius.


—¿Quién demonios es Millius?


—¿No lo sabes? —preguntó Jacob sorprendido.


Pauli negó nervioso. La posibilidad de incluir una infor­mación en apariencia crucial a su repertorio de chismes le hizo perder los nervios y comportarse como un auténtico depredador.


—Habla, demonios, estas cosas no son para callarlas.


—Millius era la mano siniestra de Djata —Jacob reci­taba la información automáticamente—, uno de los asesi­nos profesionales al servicio del culto. Me sorprende que se haya convertido en el líder de una banda de delincuen­tes.


—¿Y cómo sabes tú eso?


—Lo sé.


—¿Y qué más sabes de los Brazos de Djata? —preguntó Pauli con avidez.


—Poca cosa más. La guerra de clanes se los llevó por delante y el culto se vino abajo. Los Benandanti se encar­garon de apagar los últimos fuegos del incendio.


—No todos si por lo que dices el líder de los Siniestros es uno de sus sicarios. Además, el culto tampoco está muerto. Quizá le cortaron algunas ramas podridas, pero las raíces del gran árbol siguen firmes, y sus frutos, aunque no sean tan suculentos como antes, aún contienen un pode­roso veneno.


—¿Y los Benandanti que hacen al respecto?


—Los Benandanti son estúpidos, pero aún no lo saben —se jactó Pauli, conteniendo a su vez una carcajada—. Siguen aferrados a su estricto código de caballería, por eso no resulta extraño que, cada dos por tres, esa escoria les pase la mano por la cara. En mi modesta opinión: son patéticos.


—Aprende a respetar a los demás, Pauli —le reprochó Jacob con el índice en alto—. Podrías atragantarte con esas palabras.


—Si ellos mismos no se tienen respeto, ¿quién se lo va a tener?


—¿Tan mal está la cosa?


—Tan mal como lo estaba hace diez años. Puede decirse que nada ha cambiado en la Orden. Normalmente, cuando una cosa falla, lo normal es buscar soluciones y enfocar el problema desde una nueva perspectiva. Los Benandanti siguen anclados a un pasado donde los nobles actos siem­pre tienen recompensa.


Jacob le quiso explicar a Pauli que así funcionaban to­das las órdenes militares y ejércitos del continente, y aun­que estuviera de acuerdo con él en el asunto de la perspectiva, también admitía que la disciplina benandantina había salvado en más de una ocasión a San Denián de la des­trucción. La violencia generaba caos, y a un caos despro­porcionado sólo se lo puede combatir con férreas medidas. Los Benandanti eran un mal necesario.


—Pauli… —musitó Jacob— Tengo un acertijo para ti.


El hombrecillo se extrañó. Enarcó una de sus espesas cejas y su silencio indicó que aceptaba el desafío.


—Varón crescio de unos treinta y pocos años, cabello castaño oscuro, casi negro, delgado y de rasgos afilados; aunque viste con ropas elegantes, trata de hacerlas pasar por viejas; calza botas altas y tiene los hábitos de un tipo de clase alta.


—Déjame pensar… —rumió el consultado— ¿Algo más que pueda ayudarme?


—Una sonrisa torva y alargada y un flequillo tan re­belde como un tifón venido del mar Hierático.


Pauli se frotó el mentón. Su barba crujió como la lija.


—Y una cosa más… —añadió Jacob—. Va armado, posi­blemente con una espada corta o sable militar.


—Hugo Castiagli —sentenció.


—Pues nos lleva siguiendo un buen rato. Y no anda solo.


Pauli se detuvo, lívido y rígido como si la descripción perteneciera a la mismísima muerte. Los nervios le impi­dieron volverse y confirmar las sospechas de Jacob. Luego reparó en que no eran nervios, sino la poderosa mano de su amigo pinzándole el hombro y conminándole a actuar con naturalidad.


—Antes de cometer una imprudencia, me gustaría saber algo más de él.


—No quieras cometer una imprudencia con ese hombre —le advirtió Pauli—. Hugo Castiagli, sin ser un Benan­danti, tiene más poder en la orden que el mismísimo Fern en los cielos. Ese condenado hijo de demonios tiene lo que hay que tener para desafiar a tanta bestia sin retroceder.


—Interesante… —Jacob pareció satisfecho.


Pauli recuperó la compostura en la parte final del tra­yecto. El puerto de San Denián no dejaba de ser una pieza cabal en las estrategias comerciales crescias. El metal ex­traído en las minas sólo podía regresar al imperio por mar; cualquier otra ruta sería una pérdida de tiempo y dinero. Aparte, la mayoría de mercaderes honestos evitaban a toda costa las fronteras neldínodas. Como enemigos naturales de los crescios, los neldínodas no dudaban en asaltar sus caravanas y convertir en prisioneros de guerra a sus ocu­pantes. Para ellos la diplomacia era un espejismo más de los muchos que se sucedían en el desierto de las Cinco Lágrimas.


—Esto sí que me trae buenos recuerdos —dijo Jacob sin importarle lo que opinara Pauli.


El hombrecillo echó un vistazo al camino que habían dejado atrás. O habían perdido de vista a los Benandanti o estos demostraban que, aparte de implacables, eran buenos escondiéndose. Si no llega a ser por su minuciosa descrip­ción, habría pensado que Jacob le mentía. En cualquier caso, tenía motivos para suspirar tranquilo.


*****


El Escorpión era un edificio de origen naun’tian some­tido a miles de reformas desde su ocupación a mediados de siglo. Las bellas y rectas formas que poseyó tiempo atrás se habían convertido en un barroco espectáculo que escan­dalizaba a arquitectos e historiadores. Sus parroquianos, gentes de sufridos oficios, eran los únicos que encontraban acogedor su interior mal iluminado y los mosaicos de pe­drería barata que adornaban las paredes, representaciones mal documentadas de mitos crescios y neldínodas. Pero el Escorpión era algo más que un establecimiento en el que se servían bebidas fuertes y en donde un hombre falto de cariño podía encontrar consuelo por unas piezas de plata; el Escorpión también albergaba actividades lícitas, como la contratación de mercenarios por parte de los capataces de las minas. Se celebraban una vez a la semana y generaban espectaculares beneficios al dueño del establecimiento, un crescio huesudo y arrugado que sostenía en sus labios una astilla de madera.


Stuart el Rojo decidía el precio de las bebidas y se encar­gaba de poner orden cuando los mercenarios se en­frentaban a los comerciantes por culpa de los jornales, para nada equiparados con la labor que desempeñaban. Si la vida del minero era dura, la del guardaespaldas era como el granito. Por las profundidades de San Denián corrían todo tipo de malas bestias, criaturas que hace mu­chos años dejaron de ser animales y que, atraídas por la civilización, abandonaban sus nidos en busca de presas. Su necesidad de carne humana se asemejaba a la codicia de los mercaderes que, pese a las pérdidas materiales, se ob­cecaban en seguir hurgando en la tierra en busca de los metales que alimentaban al tercer monstruo de la ecua­ción: La industria siderúrgica de Crescia. Era tanta la de­manda del Imperio, que la seguridad de los trabajadores quedaba en segundo plano. Cualquier yacimiento de hierro merecía ser explotado y consumido. Dependían muchas cosas del éxito de las extracciones, entre ellas, el final de la guerra civil.



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