Excerpt for Viaje hacia lo Sagrado: Remendando un Alma Quebrantada by Dr. Jane Simington PhD., available in its entirety at Smashwords

Copyright 2011, Jane A. Simington, Ph.D.

ISBN #978-0-9813735-7-7

VIAJE HACIA LO SAGRADO

Translation of Journey to the Sacred Mending a Fracutured Soul

SMASHWORDS EDITION

Notas de la licencia

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o transmitida en ninguna forma ya sea por medios electrónicos o mecánicos, incluyendo fotocopiado, grabación o cualquier método de almacenamiento y de recuperación conocido al día de hoy, o por ser inventado, sin el permiso por escrito del Jane A. Simington con la excepción de algún crítico que desee citar pasajes en relación con una crítica escrita que será incluida en una publicación educativa o transmisión de radio o TV.

Jane A. Simington, Ph.D.

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Simington, Jane,

Viaje hacia lo sagrado : remendando un alma quebrantada / Jane

A. Simington ; [traducido por] Augustin Vela.

Includes bibliographical references and index.

ISBN 978-0-9813735-7-7

1. Spiritual healing. I. Vela, Augustin, 1958- II. Title.



BT732.5.S54518 2011 234'.131

C2011-905944-4

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Introducción

En algún momento en la vida, cada uno de nosotros lucha intentando encontrarle sentido a las circunstancias que rodean una experiencia difícil. Dicha adversidad puede ser circunstancial, como la pérdida de un trabajo, la pérdida de un ser querido, la pérdida de un miembro del cuerpo, o la pérdida de la autoestima después de haber sido profundamente lastimado. El evento puede ser evolutivo, como el que se vive cuando se vacía el nido, o al advertir los cambios físicos asociados con la vejez. Estos momentos cruciales, después de los que la vida nunca será igual, nos fuerzan a dejar atrás lo que tanto valorábamos anteriormente. Nos lamentamos por lo que ya no tenemos. Pero avanzar en la vida requiere que no solamente sobrevivamos sino que también crezcamos por las lecciones aprendidas, mientras lidiamos con las respuestas físicas, emocionales y espirituales de nuestra pena.

Mientras algunos autores describen las reacciones físicas y emocionales a la pérdida y prescriben estrategias para neutralizar sus efectos, pocos se refieren al tormento espiritual experimentado mientras intentamos encontrarle sentido a lo que nos pasó y un nuevo propósito para el resto de nuestra vidas. Sin embargo, el dolor espiritual es una intensa agonía, ya que las preguntas persistentes del alma no se silencian hasta que encontramos las respuestas que se ajustan a nuestra visión del mundo —una visión que pudo haber sido drásticamente alterada por la experiencia.

Otros han escrito relatos personales de lo que ocurre en el alma después de una experiencia traumática en la vida, y existe literatura que describe métodos de sanación usados alrededor del mundo. Algunos autores comparan los conceptos contenidos en las religiones orientales y occidentales y otros se refieren a la espiritualidad humana fuera del marco religioso. Pero ningún trabajo previo ha combinado todo lo anterior. Ningún autor ha comparado antes las experiencias vividas de los conflictos del alma en la hora oscura, las historias arquetípicas del sueño y los símbolos, las historias de los mitos y el folklore, las historias de las tradiciones de fe y las historias de las creencias indígenas antiguas y prácticas de espiritualidad y sanación. Ningún trabajo previo presenta una estructura sobre la cual la terapia moderna del alma, ya sea auto inducida o prescrita por un profesional, pueda apoyarse. Ningún trabajo anterior provee un lenguaje para trabajar el alma, ni combina lo antiguo y lo moderno, la ciencia y el folklore, la religión y la espiritualidad, ni la teoría, la práctica y la investigación. Este trabajo brinda definiciones y descripciones de los conceptos del espíritu, que pueden adaptarse a las prácticas de la salud y la sanación usadas por quienes sanamos personal y profesionalmente dentro del mundo moderno occidental. Ningún trabajo previo demuestra la eficacia de estas prácticas para sanar almas atormentadas y lograr la auto transformación. Ningún trabajo previo describe cómo pueden usarse estos métodos para ayudar a alguien afligido durante su viaje hacia la sanación.

Durante los últimos cinco años, más de trescientos artículos concernientes a la carencia de atención a las cuestiones espirituales de la gente, han aparecido en diarios especializados en psicología, trabajo social, enfermería, fisioterapia, y terapia ocupacional. Estas profesiones ayudan en momentos en que la vida parece abrumadora. Los autores nos recuerdan que la dimensión espiritual de nuestra humanidad tiene una influencia omnipresente sobre el pensamiento, el comportamiento, el bienestar y la salud general. Y mientras el cuidado del espíritu humano es primordial para sanar en casi todas las otras culturas, del pasado y del presente, los modelos de asistencia y prácticas de religión de la sociedad occidental han prestado poca atención a las necesidades del espíritu humano quebrantado. El resurgimiento del interés se basa en un reconocimiento creciente de este vacío, de la necesidad de sanar el alma y de las diferencias entre la espiritualidad y la religión.

El contenido de este libro fluye de mi propia necesidad de sobrevivir la oscura noche de la aflicción hasta el alba. Durante mi tiempo en la oubliette —el calabozo francés sin puerta o ventana— busqué respuestas para apaciguar las preguntas persistentes que manaban constantemente desde las crecientes grietas en el centro de mi ser. Incapaz de encontrar la sanación de mi alma en los métodos prescritos por los sistemas del mundo occidental o en la religión en la que crecí, recurrí a la educación. En la escuela de posgrado, investigué las raíces antiguas de la sanación. Me hundí en un proceso paralelo de descubrir métodos antiguos y más holísticos, junto con teorías modernas de psicología, sociología, antropología, gerontología, enfermería y más. Me di cuenta que únicamente en las culturas influidas por el pensamiento occidental (en un esfuerzo por el purismo científico) hay una carencia de espiritualidad como el núcleo de la práctica de sanación.

Decidida a comprender la espiritualidad diferenciándola de la religión, y desesperada por apaciguar la turbulencia dentro de mi propia alma, utilicé cada gramo de energía disponible en mi educación doctoral. Analicé minuciosamente cada creencia, cada dogma, cada credo que había repetido durante tanto tiempo, de la boca hacia afuera. Necesitaba encontrarle sentido a mi formación cristiana, pero descubrí que las enseñanzas de Jesús habían sido alteradas muchas veces a lo largo de los siglos, según intereses políticos y económicos. Estudié folklore y mitología, historias de diosas, y astrología. Estudié Chamanismo y las religiones orientales. Examiné investigaciones sobre experiencias cercanas a la muerte, y sobre la regresión a vidas pasadas. Medité en sitios sagrados en Europa, en Asia, en el Perú, Venezuela y México. Reflexioné acerca del orden natural y escuché lo sagrado de las historias personales que compartieron conmigo quienes viajaron a mi lado. Mis heridas sangrantes fueron limpiadas y vendadas a la manera de los pueblos indígenas de Norte y Sudamérica, por los curanderos Kahuna de Hawái, y por la energía Chi y Ki de China y Japón. Descubrí en estos métodos un misticismo frecuentemente ausente en los métodos curativos y de salud del mundo occidental.

Ahora trabajo con quienes intentan avanzar más allá de las experiencias difíciles de la vida. Con los que están desconsolados por las muchas pérdidas en su vida y con mujeres que han sufrido abuso. Trabajo con los que han sobrevivido a la tortura. Trabajo con mujeres en una penitenciaría federal. Escucho el dolor de alma y prescribo estrategias para la sanación del alma.

El contenido de este libro nos enseña cómo llevar a un espíritu quebrantado desde la supervivencia hasta la transformación. Provee un nuevo paradigma. Porque, para ocuparnos del sufrimiento del alma, debemos ser capaces de ver la vida más allá de los límites físicos y emocionales, más allá de los confines de la religión y la cultura, más allá de las barreras de nuestro limitado sistema filtrador.

Reconocimientos

Quisiera expresar mi más profundo agradecimiento a tantas personas anónimas, cuyas historias están entrelazadas con la mía propia. Espero sinceramente mantener su dignidad mientras comparto sus mensajes de integridad y valor.

Estoy muy agradecida a mis padres. Ellos plantaron profundamente las semillas que otros han regado. Gracias a cada hermana y hermano y cada amigo y colega, que caminaron tan apaciblemente a mi lado durante esos días intensamente oscuros. Cada uno, a su propia y única manera, colaboró para aligerar mi carga.

Pero especialmente, agradezco el estímulo que me dieron mi esposo Bill y mis hijas Elana y Jodi. Que cada uno de ustedes reciba multiplicada por millones la alegría que han traído a mi vida.

Y aunque daría cualquier cosa por haber aprendido de una manera diferente las lecciones compartidas en este libro, estoy consciente que mi hijo Billy ha sido mi mejor profesor. Te estoy tremendamente agradecida Billy, por el amor y la vibrante corta vida que compartiste con nosotros.



Índice

Capítulo 1: En busca del Espíritu

Capítulo 2: El Poder Que Da y Mantiene la Vida

Capítulo 3: El Desarrollo del Alma

Capítulo 4: El Escudo del Alma

Capítulo 5: La Energía del Alma

Capítulo 6: Una guía para el Viaje del Alma

Capítulo 7: La Pérdida del Alma

Capítulo 8: El Despertar

Capítulo 9: Las Múltiples Caras de Dios

Capítulo 10: Las Formas de Dios

Capítulo 11: El Cielo

Capítulo 12: Santificado Sea tu Nombre

Capítulo 13: Venga a nosotros Tu Reino

Capítulo 14: Hágase Tu voluntad

Capítulo 15: Así en la Tierra Como En el Cielo

Capítulo 16: El pan Nuestro de cada día

Capítulo 17: El Perdón

Capítulo 18: La Tentación, el Pecado y la Maldad

Capítulo 19: El Reino, el Poder y la Gloria

Referencias





Capítulo 1: En busca del Espíritu

Antepasados, espíritus poderosos,

Que viven entre nosotros:

Sus tumbas son las montañas,

Sus cascadas son las nubes: las plantas son sus joyas.

- Invocación de Sumatra



¿Te has preguntado usted alguna vez por qué el primer juguete de un niño es una sonaja? ¿Por qué nosotros, incluso desde niños, estamos fascinados por las conchas y rocas marinas? ¿Qué es lo que nos hipnotiza del fuego del campamento? ¿Qué tiene la flauta que nos encanta? ¿Qué tiene el golpe del tambor y la repetición continua del mantra que llama nuestra atención? ¿Qué nos conmueve por dentro? ¿Qué memorias primitivas nos despierta? ¿Hacia qué vínculos ancestrales somos atraídos? ¿Qué semillas latentes germinan cuando percibimos formas de animales en las nubes que flotan en las alturas?

Y cuando a los diez años acampamos en el jardín, o a la orilla del lago ¿estamos recordando tiempos más felices, más comunales, más sagrados? ¿Son esos momentos en nuestros modernos tipis, reminiscencias de sucesos de otros campamentos y de otros fuegos?

Bienvenido a este viaje a lo sagrado. Cierra tus ojos por un momento para comenzar el viaje. Permite que tu alma sea alimentada por la tradición de las Historias de la Medicina. Siente tu conexión con la Madre Tierra. Reclama el orgullo de tu papel tribal. Aprende que esa disposición a viajar es la llave para soltar las ataduras que encadenan el espíritu. Rompe los grilletes. Deja que tu espíritu remonte vuelo. Permite la sanación de tu alma.

El espíritu pertenece al Jefe del Clan del Viento. El espíritu se pasea sobre el viento y viene con él, tomando la forma de una nube, cuando es necesario enviar un mensaje a alguien sobre el Buen Camino Rojo de la vida física.

Recuerda las piedras sagradas. Recuerda su uso en las ceremonias sagradas y su propósito curativo. Recuerda los mensajes musitados. Comprende que, al igual que las conchas, sus parientes del mar, ellas gustosamente comparten su historia con los que conocen "el sagrado lenguaje de las piedras." (1) Recuerda el mantra, el canto, y el ritmo de la danza. Recuerda el golpe constante del tambor que nos guía en nuestro viaje al mundo espiritual, donde recibiremos instrucciones para sanar. Su ritmo incansable será un recordatorio constante de los latidos del corazón de la Madre Tierra, y reforzará el vínculo profundo e infatigable entre la Tierra, nosotros mismos, y toda la creación.

Permite que resurjan las memorias. Deja que cada célula resuene en júbilo mientras se recarga al ritmo de los golpes del tambor, el llamado para reconectarse en Unidad con la energía del Gran Espíritu.

El alma recuerda. Anhela volver a experimentar la plenitud de la Unión Sagrada. Instintivamente sabemos que nuestros sentimientos de abatimiento resultan de nuestra separación de esta Unidad. Comprendemos que la búsqueda incesante para llenar ese desesperado vacío es porque no sabemos cómo reconectarnos con nuestra esencia espiritual. Hemos llegado a reconocer, “que el resplandor ambarino de la era del progreso no lanza suficiente luz sobre el camino a seguir.” (2) Sin embargo, desperdiciamos años involucrados en actividades que ahogan los sonidos y ciegan la vista, destruyendo así las señales puestas a lo largo de nuestro camino para orientar nuestro viaje interior.

Para muchos, el catalizador que crea la voluntad de responder al reclamo del alma, surge únicamente después de la consecuencia traumática de una crisis personal. El agudo dolor de una pérdida despierta frecuentemente la necesidad de reestructurar la visión que tenemos del mundo y de nuestro lugar dentro de él.

Durante esos momentos, estamos tan hundidos en las profundidades de la desesperación que apenas podemos andar a tientas. Ansiamos sentir el sol brillando sobre nuestras caras, y experimentar el calor de su resplandor, pero somos incapaces de imaginar cómo podría ocurrir nuevamente, ya que apenas podemos recordar esa sensación.

Sabemos que el viaje provoca inquietud por nuestro desarrollo y crecimiento espiritual. Inseguros de la trayectoria y temerosos del terreno, frecuentemente oscurecido por un velo de dogma religioso y envuelto en una máscara de tabú cultural, luchamos en nuestro intento de hacer el viaje.

Sin embargo, sólo debemos explorar las civilizaciones antiguas para comprender que se le han brindado a la humanidad muchas guías para orientar nuestro viaje, a lo largo de la historia. Explorar lugares antiguos y sagrados, como Machu Picchu y Stonehenge, puede recordarnos que han sido creados por quienes ya habían descubierto lo que Robert Frost llamó: “el secreto que habita en el centro y sabe.” (3) Con su sabiduría, estos ancestros han legado guías monumentales para los que llegarían después.

Uno de esos artefactos antiguos se aloja en un pequeño monasterio en Bangkok, Tailandia. Este recordatorio poderoso de nuestra propia capacidad para desenterrar lo sagrado de nuestro interior surgió a la luz en 1957, cuando se le pidió a un pequeño grupo de monjes que se mudara para construir una autopista que atravesaría su propiedad.

Su monasterio alojaba un gigantesco Buda de arcilla. En cuanto la grúa levantó la enorme estructura, la arcilla comenzó a agrietarse. Preocupado por el antiguo tesoro, el monje director ordenó el desalojo del equipo y la colocación de una lona para cubrir el Buda. Antes de retirarse a dormir, se aventuró en la noche lluviosa para verificar la condición del venerado tesoro. Para su asombro, un haz de luz se reflejaba desde el montículo de arcilla a la luz de su antorcha.

Debajo de 20 centímetros de arcilla, los monjes descubrieron un Buda ¡de oro sólido! La impresionante creación mide dos metros y medio de altura, pesa dos toneladas y media, y se dice que está valorada en más de 196 millones de dólares.

Los historiadores creen que, cuatro siglos antes, los guardianes del Buda Dorado lo cubrieron de arcilla en un esfuerzo por impedir que su tesoro fuera destruido por los invasores birmanos. Aparentemente, todos los monjes fueron asesinados, quedando así su secreto intacto hasta esa noche lluviosa de hace algunas décadas.

Mirando con sobrecogimiento el Buda Dorado uno no puede dejar de reflexionar sobre el simbolismo tan apropiadamente descrito por Jack Canfield. (4) Todos nosotros somos como ese Buda de arcilla, cubiertos por un cascarón creado por el miedo y el dolor.

Para algunos, la arcilla se ha ido formando aun antes del nacimiento. A medida que transitamos por la vida, nuestras capas se espesan y se endurecen, resguardándonos, según nosotros, de daños adicionales, pero en realidad separándonos y aislándonos de nuestros vínculos con los demás y con el mundo. Sin embargo, más profundamente enterrado debajo de tantas capas de arcilla endurecida está nuestro propio “Buda Dorado”, “Cristo Dorado”, “Esencia Dorada”, que es nuestro verdadero ser. (5) Tal como el monje con el martillo y el cincel, nuestra tarea es descubrir ahora, una vez más, nuestro resplandor interior.

En mis estudios de doctorado, y durante los años de investigación y práctica clínica que prosiguieron, yo ansiaba desesperadamente determinar qué constituye el bienestar espiritual. Aunque en parte satisfecha con las conclusiones generales, sólo cuando me maravillé con el simbolismo del Buda cubierto de arcilla, armé una definición de espiritualidad que se ajustaba a la visión del mundo formada a través del conocimiento de mi experiencia de vida. Por primera vez, fui capaz de definir la espiritualidad de una manera que correspondía a este conocimiento. El Buda Dorado simboliza lo que ahora puedo comprender más ampliamente.

A menudo se hace referencia a la espiritualidad como un viaje. Sabía que mi experiencia dolorosa me había forzado a volver sobre mis pasos muchas veces y a transitar por terrenos nuevos y desconocidos. Había sido un viaje largo y arduo –un viaje de búsqueda y de anhelo– que me había hundido en lo más profundo de mi alma. Yo conocía a Job. Compartía su clamor. “Grito ¡Injusticia! y nadie me escucha. Imploro ‘Auxilio’ y no hay reparación. Ha puesto en mi camino un muro infranqueable; ha llenado mis sendero de densa oscuridad; me ha despojado de mi gloria, ha dejado mi frente sin corona. Me destruye por todas partes y desaparezco; ha arrancado cual árbol mi esperanza.” (6)

Mi dolor me recordaba constantemente que había perdido el control y había puesto mi fe y confianza en los lugares equivocados y en las cosas equivocadas. Jesús, aunque muy lejos la mayor parte del viaje, en su total solidaridad conmigo como un ser humano, no estaba ajeno a mi sufrimiento. En el fondo de la desesperación, aprendí igual que el poeta Jesuita Gerard Manley Hopkins, “En un destello, en un soplo, soy instantáneamente lo que es Cristo, ya que él fue lo que yo soy.” (7) Y yo elijo añadir “y ‘es’ lo que soy.”

Imprevistamente, como Jonás, (8) fui expulsada de vuelta a la vida por el gran pez. Aunque, como Arthur Frank en A Voluntad del Cuerpo, (9) llegué “tres días tarde, cubierta de limo y oliendo a pescado.” Yendo cuesta arriba había encontrado la esperanza para vivir con integridad. Había aprendido la paz de la quietud solitaria. Esa es la cuarta parte de la lección. El segundo cuarto de la lección fue estar con otros. Aprendí a presenciar el sufrimiento en la vida y a tender la mano. Del Talmud, (10) —el libro Judío de la sabiduría, aprendí que en cada brizna de hierba hay un ángel inclinado, murmurándole “crece.” Finalmente, del libro sagrado chino, el Tao Te Ching, (11) aprendí:

A ver el mundo por mí misma.

A tener fe en como son las cosas.

A amar al mundo como a mí misma; porque sólo entonces podré sentir afecto por todas las cosas.

Mi viaje para encontrar consuelo me llevó a recorrer de nuevo los pasillos de la educación formal. Me hundí en las numerosas teorías de varias “ologías.” Las teorías de la psicología y sociología, antropología, gerontología, tanatología y enfermería me dieron un lenguaje para mi experiencia y me ayudaron inmensamente en la comprensión cognitiva de mi aflicción. Lamentablemente, y como sabe cualquiera que haya experimentado algún suceso traumático en su vida, hay respuestas tanto afectivas como cognitivas a la aflicción. Mi cabeza y el corazón se rehusaban a trabajar juntos, y para mi corazón quebrantado no encontré ningún alivio en la literatura. Experimenté una inmensa incertidumbre. Mientras mi cabeza se sentía confortable con una solución que había obtenido de una u otra teoría, mi corazón quebrantado gemía “¿y qué hay de…?”

Lo más inquietante fue darme cuenta que las “ologías” estaban desprovistas de cualquier solución a la furiosa tempestad dentro de mi alma. En general, las teorías eluden las verdaderas inquietudes del alma que siguen al trauma y resultan de la experiencia de pérdida.

Aunque reconozco el inmenso valor cognitivo y práctico de lo que recibí a través de la educación universitaria, el reconocimiento de que el contenido superficial no podía alimentar mi alma ansiosa me condujo ávidamente a investigar la raíz de cada concepto y noción conocida. Sin una plena conciencia, la investigación me sumergió en un proceso paralelo de búsqueda de respuestas en la literatura y prácticas de tiempos más antiguos. Me sorprendí, algunos años después, al descubrir que la gente se refería a estos antiguos inicios como creencias de la “Nueva Era.”

No hay nada nuevo en el pensamiento de la Nueva Era. Lo que se conoce como la Nueva Era está lejos de ser nuevo; es antiguo, es primitivo. Es el conocimiento de lo sagrado y de la relación entre lo sagrado y la sanación, que era parte de la experiencia de vida de todos antes de la Era del Cientifismo.

Terminé la universidad con cuatro títulos; ninguno en teología (que se describe normalmente como el estudio de Dios). En cambio, he construido una teología personal, a partir de la acumulación de una cuarta parte de aprendizaje formal mezclada con tres cuartas partes de experiencias vividas. Mi teología surge de una conversación con Dios en la cual analicé y discutí cada teoría, cada experiencia, cada palabra y noción teológica que alguna vez oí o creí. Ahora, como Job, después de tres días en el limo y el hedor, elijo seguir viendo la inmensidad del océano, del cielo y de la tierra. Elijo continuar para ver la cara cambiante de Dios. Ya no quiero seguir viendo al mundo a través de los ojos de las “ologías” de la era moderna. En su afán de ser científicas e investigables, cada una ha diseñado los parámetros que dictan a sus seguidores lo que es apropiado observar, medir y describir. Las observaciones que no se ajustan a criterios mesurables son, por lo tanto, fácilmente rechazadas como irreales. Esto ha creado un sistema filtrador predeterminado que pone vendas sobre los ojos y tapa los oídos de sus seguidores. Poner parámetros a la obtención del conocimiento bloquea el propio proceso del saber. Conocer es expandirse. Conocer es crecer de manera evolutiva. Como un río que nunca cesa de fluir hasta que alcanza el océano, así es el proceso evolutivo en la propia vida, y en la vida colectiva, es un viaje interminable para conocer lo más importante – a Dios.

Durante mi período en el vientre de la ballena, destapé la Caja de Pandora de mi sistema de creencias. Los fantasmas y las brujas, las serpientes y los monstruos acumulados en su interior salieron a la superficie para liberarse. Me tomó doce años juntar los pedazos. Decidí no volver a tapar la caja. Era preferible dejar los temores y pavores fluir libremente en vez de esconderlos y sellarlos. Es más fácil confiar cuando uno puede ver directamente lo que viene y lo que pasa, que pensar que uno debe encubrir lo que no es bonito de ver, oír o creer.

Nuestras “ologías” de la era moderna nos han hecho “ocultar”, y el ocultamiento nos hace temerosos. Cuando tememos, debemos controlar. Debemos controlarnos a nosotros mismos, a otros y al mundo que nos rodea. Debemos asegurarnos de apartar y cubrir con una manta cualquier cosa que no esté dentro de lo “normal”, según lo determinan nuestros instrumentos de medición aceptables. Pero, con cada encubrimiento, aumenta nuestra necesidad de controlar porque tememos lo que puede escaparse si quitamos la tapa.

Ya no elijo el miedo. Decidí explorar, descubrir y conocer todos los caminos posibles que puedan conducirme a lo sagrado. Quiero ver la presencia de Dios en más y más formas, en más y más lugares y en más y más prácticas.

Mi estudio de la espiritualidad provino de una profunda necesidad personal de subsistir hasta el amanecer atravesando por la oscura noche de la angustia. Yo luché con Dios. ¡Ah, cuánto he luchado! Conozco el anhelo por recibir el sueño bendito, igual que Jacob. (12) Comparto contigo la lucha, y comparto contigo la bendición.

Mi desesperada necesidad orientó la atención de mi trabajo de doctorado y de graduación. La búsqueda por conocer la sanación me llevó más allá de la literatura. Me condujo a una mejor comprensión de prácticas desarrolladas en tiempos más antiguos, tal vez más sagrados. Mis sangrantes heridas fueron limpiadas y vendadas a la manera de los pueblos indígenas de Norte y Sudamérica, por los curanderos Kahuna de Hawái, por la energía Chi y Ki de China y Japón. Descubrí en estos métodos una percepción de lo sagrado frecuentemente ausente en los métodos de asistencia a la salud del mundo occidental. Medité en sitios sagrados en Europa, Asia, Perú, Venezuela y México. Reflexioné sobre el orden natural y escuché lo sagrado de las historias personales que compartieron conmigo quienes viajaron a mi lado. Mi mente se llenó. Mis manos se hicieron diestras, mi alma estalló.

Las definiciones y descripciones del espíritu y del alma y de espiritualidad y religión que vienen a continuación, incorporan el conocimiento que obtuve mediante estas experiencias, a través de los trabajos de estudio, los libros que he leído, los lugares que he visitado, la gente que he conocido, y las habilidades que he aprendido. Esta información ha sido recogida del chamanismo y de las religiones orientales, lo cual ayudó a discernir la verdad escondida bajo los dogmas del Cristianismo, como también de varias fuentes desarrolladas para conectarse con la Guía Divina, incluyendo la Mitología y la Astrología. Asimismo, incluye conocimientos sobre los campos de energía y la sanación energética, y una creencia en la visión de Hildegarda de Bingen (13). En sus visiones, Bingen vio que la consciencia no está contenida dentro de nosotros, sino que nosotros residimos dentro de ella. Principalmente, mi definición de espiritualidad incluye un conocimiento del Fuego Sagrado interior.

Pienso que la espiritualidad puede definirse como un viaje trino para descubrir las tres erres de la vida: recordar, relacionar y reconectar.

El primer viaje es el del recuerdo. La espiritualidad es un viaje para recordar quienes somos realmente. Es un viaje de redescubrimiento, y para reclamar nuestra Esencia Resplandeciente, nuestra Verdadera Esencia, nuestra Esencia Divina. Es recordar que el Espíritu, la Energía Eterna que creó todas las cosas y también nos creó a nosotros, continúa fluyendo a través de nosotros, es parte de nosotros. Nuestro espíritu, nuestra energía de vida es parte de la Energía Creativa, la Fuerza Creativa. El Fuego de la Creación arde profundamente dentro de nosotros. Nuestro espíritu, nuestra energía de vida, es parte de la misma energía de vida que penetra todas las cosas vivientes, incluso el calcinante centro de la tierra. Nosotros somos parte de la Fuerza de Vida del Creador, y de todo lo que ha sido creado.

El símbolo del Buda Dorado nos recuerda que, como la arcilla usada para proteger nuestra verdadera esencia interior, nuestra pesada capa también esconde nuestro brillo, impidiendo a otros ver nuestro Fuego Creativo. Asimismo, nos impide detectar la luz de los que nos rodean, que irradia hacia nosotros. Afortunadamente, sólo se necesitan unas pequeñas grietas para que el brillo se encuentre con la antorcha de otro que pueda estar tratando desesperadamente de encontrar luz en la oscuridad.

La espiritualidad, entonces, es también un viaje para relacionar. Es un viaje profundo dentro de la arcilla, para descubrir ahí la Llama Eterna. El viaje interior viene a ser el catalizador para el viaje exterior. Una vez que se aviva la llama, la energía del resplandor siempre creciente penetra y erosiona la capa de arcilla. Nos convertimos en un faro. Detectamos el destello reflejado de la luminosidad de otros. En nuestro deseo de compartir las vibraciones de energía de nuestro creciente fuego, llegamos a rodearnos de aquellos capaces de resonar en sincronía con nosotros. Nuestras constantes vibraciones nos atraen hacia las constantes vibraciones del resplandor que nos rodea.

La espiritualidad, entonces, es también un viaje de reconexión. Es la creciente conciencia de la maravilla y la expansión del universo, una creciente atención sobre la “intensidad” del Fuego Sagrado en toda la creación. La espiritualidad es darnos cuenta de nuestro lugar dentro del universo y nuestra conexión con el esplendor, el poder, la Grandeza en Todo, saber y sentirnos privilegiados de formar parte de ese Todo.

La espiritualidad es un proceso. No es un producto final. La espiritualidad es una constante conciencia de la Presencia Sagrada dentro de nosotros, dentro de otros, dentro de todo lo que ha sido creado. Es el desarrollo de una relación de amor en constante aumento y profundización, un vínculo íntimo con la Energía Divina que está dentro de nosotros, y alrededor, y que conecta Todo.

La espiritualidad es un viaje que nos transporta más y más profundamente dentro de nuestro corazón y nuestra mente. Es un proceso infinito y circular de amor y consciencia en expansión. Con cada nueva lección, viene un aumento de la capacidad de amar. Con cada expresión de amor viene un aumento de la capacidad de aprender y de comprender. La maestría de cada lección es el ímpetu para impulsarnos más profundamente en más posibilidades para amar y conocer el amor.

Pero, como la arcilla que recubre al Buda Dorado, nuestro manto de temor puede envolvernos en la oscuridad y bloquear nuestro proceso de conocimiento. Como topos, podemos elegir confiar en la oscuridad de nuestro encierro, y permanecer ciegos al resplandor que nos rodea. Podemos continuar ocultándonos en la oscuridad de nuestro molde de arcilla, imaginando estrategias para convencer a nuestra alma que el viaje hacia la luz no es para nosotros. Razonamos: “He estudiado; he aprendido; he pasado los exámenes; tengo la respuestas. La experiencia no se ajusta a mi modelo, a mi imagen.”

Tenemos libre albedrío. La decisión es siempre nuestra.

Pero, si no estamos preparados para destrozar los ídolos que hemos creado, nos arriesgamos a retrasar el crecimiento del alma. El crecimiento del alma exige la creación de nuevas imágenes que puedan sostener la aceptación de nuevos conocimientos en el transcurso del viaje.







Capítulo 2: El Poder Que Da y

Mantiene la Vida

El Poder que da vida a todas las cosas

Y nos da de Sí mismo lo que podemos saber,

No es algo que deba darse por hecho.

Llena mi oscuridad, Luz de Poder,

Comprensión de lo desconocido.

Te adoraré, Luz de Luz

Aunque sólo veo

una Chispa Brillante

en la oscuridad de mi alma.

- Margaret Joy Borle



“Chispa Brillante”, “Luz de Poder”, “Fuego Interior” – todas son metáforas para enseñarnos que no estamos separados de la Llama Eterna, sino que somos una parte del Origen. Estas metáforas existen para recordarnos que lo que llamamos “nuestro espíritu” es una continuación de “La Luz de Luz”, “Dios”, “Gran Misterio.”

La energía que nos sostiene, y cada pieza y parte de la creación, desde una roca hasta el género humano, es mantenida por la fuerza del Gran Misterio. Esta energía, conocida como “Energía Universal”, “Espíritu Santo”, “Gran Espíritu” y que se describe frecuentemente como el aire, el hálito de vida, nos mantiene juntos como pegamento, uniéndonos a Todo.

Con cada hálito que aspiramos en nuestro ser, el Viento —la energía del Gran Espíritu, la energía que alimenta y mantiene la energía del espíritu dentro de Todo, nos alimenta y nos sostiene.

La chispa de vida dentro de cada célula es la energía del Gran Espíritu. Cualquier célula fuera de la circulación, no puede sostenerse. Los átomos del alma radican en cada gen, están allí para retener y albergar la Energía Divina. Sin embargo, el alma es también parte de ella y está en continua comunicación con el estado de conciencia que nos circunda. Nuestra energía del alma, compuesta del grado de Energía Divina que hemos acumulado, fluye continuamente desde nuestro núcleo, extendiéndose más allá y dentro de nuestra conciencia. Nuestra conciencia penetra y se entremezcla con la conciencia de cada ser humano y con la conciencia colectiva en su totalidad.

Todo en la creación tiene conciencia, su propio campo de energía. Los seres humanos tienen conciencia. Los animales tienen conciencia. Los árboles y las rocas tienen conciencia. Cada uno es un campo de energía. Cada campo de energía se entremezcla con el campo de energía de lo demás. Cada campo de energía es parte del alma colectiva, del Todo.

Mediante nuestra conexión de conciencia-a-conciencia con el Todo, cada uno de nosotros tiene el potencial para obtener el conocimiento y la sabiduría que pueden usarse para expandir nuestra capacidad más allá de lo que generalmente se considera un nivel normal. La mayoría de los seres humanos nunca alcanza su potencial ni funciona al máximo de sus capacidades, porque su sistema de creencias le impide avanzar más allá de una perspectiva predeterminada de ellos mismos. Muchas de nuestras creencias indican y refuerzan una visión limitada de nuestro potencial. Las creencias limitantes nos obstruyen y nos impiden llegar hasta donde puede extenderse realmente nuestra luz.

Sin embargo, a veces meditamos sobre las memorias desvanecidas de un conocimiento más profundo. Cada uno ha tenido la experiencia de capturar un destello de sí mismo fuera de los parámetros en que nuestra visión del mundo nos ha enmarcado. Nuestra conexión de conciencia a conciencia es el motivo por el cual alguien nos llama por teléfono justamente después que hemos estado pensando en esa persona. Es también el motivo por el cual podemos sentir cuando alguien nos observa desde un automóvil en el carril contiguo. Por eso, también, cuando pasamos por una sala donde hay una pareja de esposos conversando muy gentilmente, aún así “percibimos” que hay tensión. Sentimos la “atmósfera de artificialidad” que invade la sala.

Mediante esta misma conexión podemos comunicarnos a distancia, cuando existe una necesidad de hacer contacto. Poner en práctica la creencia de nuestra conexión de conciencia a conciencia con el Todo puede cambiar vidas y relaciones de muchas maneras.

Hace algunos años mi esposo salió de nuestro hogar llevando consigo una herida causada por un comentario ofensivo que yo había hecho. Apenas se había cerrado la puerta, lamenté mis palabras. Reconociendo el intenso dolor que él debía estar sintiendo, quise rápidamente aplicar un “ungüento” para reparar el daño. Decidí practicar una estrategia curativa que apenas estaba aprendiendo, basada en la creencia de la conexión de conciencia a conciencia. Después de hacer un ejercicio respiratorio para aquietar mis pensamientos y conectarme a mi centro, comencé a enviar amor conscientemente desde mi corazón hacia el universo. Pedí que el amor se moviera hacia mi esposo y lo rodeara. Envié tanta energía de amor como pude. Pedí que la energía lo envolviera de amor y compasión, y que actuara para su mejor provecho. Muy pronto, pude visualizarlo. Lo vi parado a un lado de la pista de hockey, un lugar que solía frecuentar en tiempos más felices. Comencé a visualizarme junto a él. En unos segundos estuve a su lado. Ambos estábamos rodeados de nuestros propios resplandores áureos y unidos a la vez en un resplandor común. En la visualización, yo pedía perdón. Pedía que él regresara a casa. Enseguida llegó.

Al contarle mi arrepentimiento, mi asombrado esposo me relató cómo había sentido mi presencia y oído mi llamado. Este conmovedor incidente, en el que me descubrí capaz de enviar amor para sanar una relación fracturada, fue un paso inicial para solidificar mis conocimientos de las poderosas habilidades que cada persona tiene, porque nosotros no estamos separados, sino más bien somos, mediante nuestra conexión de conciencia a conciencia, una parte del Todo.

Esta misma conexión no sólo nos permite comunicarnos a distancia con seres queridos físicamente vivos, sino también comunicarnos con los que ya no están entre nosotros. Yo pasé los últimos días de vida de mi padre a su lado. Por eso, y por el tiempo que pasé con mi madre antes y después del funeral, había estado ausente de mis responsabilidades habituales como directora del coro. Había tenido poco tiempo para ensayar antes del servicio de Pascua. Nuestro coro había llegado a ser conocido en nuestra pequeña comunidad por la inspiración y la alegría que fluía del talentoso y entusiasta grupo. Yo sabía que muchos feligreses y también visitantes, asistirían a la celebración con la esperanza de que nuevamente la música los acercara más a lo sagrado.

Hablé con mi padre sobre este dilema. Le recordé que no era mi culpa que el coro no hubiera podido prepararse. Le pedí que de algún modo me ayudara a cumplir bien nuestra actuación. Esa mañana de Pascua, cuando entraba a la iglesia, me sentí rodeada por la presencia de mi padre. Él no había sido músico; sin embargo, mi invocación de ayuda para este esfuerzo musical había sido escuchada y mi pedido otorgado. El desempeño del coro fue extraordinario, sobresaliendo en calidad, creo, a cualquier actuación anterior y quizá futura.

Es mediante nuestra conexión de conciencia a conciencia que las plegarias son escuchadas. Y es mediante dicha conexión que también podemos hacer cosas que podrían considerarse milagros. Es así como Jesús calmó los mares y los vientos. Es por eso que funcionan las danzas para que llueva. Esta misma conexión es la que hace que el sanador pueda canalizar la energía útil para sanar.

También podemos comunicarnos con los árboles y las rocas, las nubes y los relámpagos. Por esta conexión, tenemos también la capacidad de comunicarnos, como lo hizo San Francisco de Asís, con los pájaros y los animales.

Desde tiempos inmemoriales, la gente se ha conectado, individual y colectivamente, con el poder puesto a su disposición desde el mundo natural y el reino animal. Aún en la actualidad, el reino celestial y los animales ofrecen sus características, sabiduría, conocimiento y protección a los que respetan estas relaciones sagradas. En nuestra cultura, frecuentemente hace falta el silencio de “permanecer inmóviles” después de la crisis, para que descubramos lo sagrado del mundo natural y lo sagrado de nuestra conexión con ese mundo.

Cuando era enfermera, aprendí mucho sobre la belleza y el valor de esta conexión. Una mujer que había trabajado muchos años como misionera cristiana en África, me manifestó su gratitud por haber aprendido la creencia de recurrir a lo Divino dentro del Todo cuando necesitamos ayuda y consuelo. Tarde en su vida había concebido un hijo largamente deseado, pero la intensa alegría rápidamente se convirtió en tristeza abrumadora cuando la pareja se enteró que su niño iba a enfrentar graves problemas físicos y mentales. En su profundo dolor, ella escribió muchos poemas describiendo la tristeza que había sentido y las estrategias que usaba para calmar su angustia interior. Escribió sobre su encuentro con Dios en cada interacción con el mundo natural y el reino animal. Después que murió, su esposo me regaló un libro de sus poemas, pidiéndome que los compartiera con cualquier persona a la que le pudieran servir. En la Canción Del Petirrojo, (1) ella describe una de muchas maneras en que nuestra llama puede reavivarse al conectarse con la Chispa Divina que arde brillantemente en todas las criaturas de Dios, incluso en un minúsculo ser emplumado.

El cielo estaba oscuro, las nubes estaban grises,

El día estaba cargado de dolor;

Cuando, en lo alto por la calle, lo oí,

cantando. . . en la lluvia.

Sobre una rama el petirrojo se posó,

su garganta se hinchó al cantar;

Mientras debajo, la gente pasaba

Un gentío absorto, apresurado.

El me cantó acerca del gran amor de Dios,

este minúsculo pájaro emplumado.

Yo escuché, era un dulce mensaje;

Mi corazón se conmovió profundamente.

Y aunque el día era lúgubre

El no fruncía el ceño.

Sereno y tranquilo, trinó,

con su vestimenta marrón y naranja.

Su gorjeo resonó en mi corazón,

profundamente en la noche.

Porque su canto escuché,

Una vez más mi camino se iluminó.

Yo dudo que él haya soñado, o planificado,

Las lecciones que recibí;

O lo mucho que me ayudó a aprender

el arte de cantar en la lluvia.

La autora nos recuerda que los humanos no somos los únicos seres capaces de dar y recibir amor. Los que hemos tenido perros o caballos estamos conscientes de esa capacidad. Numerosos estudios han mostrado los efectos positivos de la terapia con mascotas. (2) La gente que tiene mascotas se recupera más rápido, después de una cirugía o enfermedad, que los que no tienen ningún animal esperándolos en casa. Los animales en los hogares para ancianos y en las clínicas de recuperación brindan su amor para que las personas solitarias y abandonadas puedan cubrir su necesidad de caricias. Se ha demostrado que las caricias afectuosas y el contacto físico son muy necesarios para la supervivencia, la estabilidad emocional, el equilibrio intelectual y cognitivo, y para el bienestar espiritual.(3) A los animales no les importa si ya no somos hermosos a los ojos del mundo. Ellos dan su amor incondicionalmente, y hasta terapéuticamente. Durante décadas los perros han guiado a los ciegos, y ahora también están demostrando su capacidad para alertar a epilépticos de una convulsión inminente. Los caballos también están revelando su capacidad de ayudar a mejorar la calidad de vida y la salud. Personas con esclerosis múltiple han reportado un inmenso sentimiento de paz y quietud, un mayor nivel de energía, e incluso la transformación de síntomas neurológicos después de un contacto frecuente con los caballos y de haber cabalgado.(4)

Como los antiguos y los pueblos indígenas de hoy, nosotros también podemos aprender a conectarnos con los poderes curativos disponibles en el reino animal y el mundo natural. Cualquier jardinero que tenga “mano para las plantas” conoce los valiosos resultados de dirigir pensamientos y palabras positivas y cariñosas a sus plantas. Dorothy Gurney manifestó que ella siempre se sintió más cerca de Dios en su jardín que en cualquier otra parte sobre la tierra, (5) mientras otros encuentran la misma cercanía en el campo, cerca del mar, en las montañas, o el desierto.

Existe evidencia de que la razón por la que nos sentimos tanto mejor en la naturaleza es que el pasto, el bosque, y el océano son capaces de extraer iones positivos de nosotros y neutralizarlos en los iones negativos creados por esos ambientes. Los iones positivos en nuestros cuerpos y en nuestros campos de energía son nocivos para la salud. Los lugares contaminados o desprovistos de aire fresco están densamente infiltrados con iones positivos. Los profesionales que trabajan con campos de energía humana y usan la energía universal con propósitos curativos, creen que fuerzas nocivas tales como la envidia, el odio, los celos, el temor, la ira y la ansiedad, albergan la energía acarreada por los iones positivos. (6) Los iones negativos son beneficiosos para la salud. Por eso, el aire se siente vigorizante después de una tormenta eléctrica. El relámpago libera millones de iones negativos en la atmósfera. Nosotros, y toda la vida sustentada por la Madre Tierra, crecemos en la abundancia de iones negativos.

Líderes espirituales en todo el mundo han mostrado con el ejemplo que los seres humanos necesitan contacto con los centros de poder del mundo natural. Durante tiempos difíciles cada uno de ellos se retiró a lugares donde podrían no solamente conservar, sino también fortalecer, su propia santidad. Para recibir consuelo y sabiduría sagrada, Buda buscó el árbol de Bodhi; el Herican Baba de India fue a una cueva en la montaña; Jesús se retiró al desierto. Cuando Jesús necesitaba desahogo, frecuentemente se iba al mar. Durante su agonía, cuando fue abandonado por el hombre, buscó el confort del huerto.

Durante mis estudios de grado, trabajé como enfermera directora en una clínica de asistencia a largo plazo. A mí me gusta cantar y solía hacerlo para los pacientes. Casi todas las mañanas alguien pedía la consagrada canción “Yo Camino Solitario en el Jardín.” (7) “Él camina conmigo y me platica y me dice que yo le pertenezco… El gozo que compartimos mientras permanecemos ahí. . . nadie más lo ha conocido.” Esa canción inevitablemente provocaba lágrimas de alguien. Más tarde cuando volvía a ver a la persona de ojos llorosos, la memoria reavivaba la letra de la canción. Cada historia revelaba momentos de alegría cuando la persona se había sentido profundamente conectada con Dios, o momentos de tristeza cuando se había sentido profundamente desconectada de Dios. Cada historia revelaba una enorme comprensión de la Presencia Divina disponible en el mundo natural.

Muchos en esta clínica, y en nuestra cultura urbana, han perdido su contacto con el latido del corazón de la Madre Tierra. Muchos ya no saben cómo conectarse a los poderes sanadores disponibles en el reino natural y animal. La mayoría de nosotros ya no sabe cómo producir nuestros propios alimentos, o cómo usar plantas y minerales para propósitos curativos.

Cuando perdemos nuestra capacidad de estar en sincronía con el mundo natural, también nos desconectamos de nuestro propio ritmo personal. Nos sentimos fuera de sincronización con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea. Nos sentimos tensos y ansiosos y fácilmente nos desestabilizamos al menor soplo de dificultad. Para volver a restablecer, mantener, y fortalecer nuestra conexión, sólo necesitamos cerrar los ojos mientras nos paramos firmemente e inhalamos, sintiendo el gozo de los latidos que llegan a nuestro cuerpo desde el corazón fundido de la Madre Tierra.

Nosotros penetramos en la consciencia de los animales, las plantas, las piedras y hasta del arco iris, y también en la de otros seres humanos. Damos y también recibimos. Todo está separado, pero también existimos como un solo ente en el estado de consciencia universal.

Esta consciencia, de la que formamos parte, no está limitada por parámetros de tiempo ni de espacio. El tiempo y el espacio son ideas de la creación humana. Son conceptos relativos. Esto significa que existen únicamente porque nosotros les hemos dado significado. Y los significados que les atribuimos son muy dependientes de la cultura y las circunstancias.

Recuerda alguna tarde cuando te sumergiste en tu actividad favorita. ¿Cuán rápidamente pasó el tiempo? En otro momento, mira una olla de agua esperando que hierva. ¿Pasó el tiempo tan rápidamente como cuando realizabas tu actividad favorita? Generalmente no toma más de tres de minutos para que hierva; sin embargo, mientras esperamos, pueden parecer como veinte.

Pregúntale a un anciano, recluido por el resto de su vida en un asilo, cómo las circunstancias han alterado su sentido del tiempo. Pregúntale cuándo se fue su último visitante; entonces pregúntale a la enfermera. Las respuestas no coincidirán. Verdaderamente, el tiempo puede volar o permanecer estático. Realmente es una cuestión de percepción. Cuando estamos diligentemente involucrados en tareas que disfrutamos, rara vez hay suficientes horas en un día para hacer todo lo que queremos. Pero cuando no realizamos una actividad significativa, el tiempo parece interminable.

La gente de culturas con menos tendencia a vivir guiadas por “las manecillas del reloj”, tiene una percepción del tiempo bastante diferente de la nuestra, pero de la que podemos aprender mucho. Hace algunos años tuve una conversación con una mujer Cri (Indígena canadiense) de mediana edad. Hablamos de su noción de “estar a tiempo” para una cita. Creyendo que le ayudaría a tener una mejor comprensión sobre la importancia de cumplir los compromisos, me encontré más bien en retirada, sintiendo una profunda preocupación personal y social. Me alarmé cuando ella identificó los modos en que nosotros hemos llegado a estar más enfocados en el tiempo que en el crecimiento personal y las relaciones.

Al examinar sus nociones reconocí que, de muchas maneras, no hemos dominado las máquinas. Ellas nos han dominado a nosotros. Las herramientas, como el reloj, el teléfono celular, la computadora y el correo electrónico, diseñados para ayudarnos a ahorrar tiempo, ahora esclavizan a muchos. Estas tecnologías pueden fácilmente atarnos al trabajo continuo, privándonos de momentos preciosos de paz personal y de oportunidades para fortalecer y acrecentar los lazos familiares. Tiempo robado que no puede recobrarse.

Las definiciones que le asignamos al tiempo y al espacio dictan no solamente como vivimos nuestras vidas, sino que también nos definen a nosotros con respecto al mundo y al mundo hacia nosotros. Si permanecemos en nuestra piel, tenemos límites. Si el mundo está separado de nosotros, no podemos aprovechar las energías a nuestro alrededor. Nuestro presente no influiría el futuro. Las plegarias serían inútiles.

Pero nosotros no permanecemos en nuestra piel. No tenemos límites. Somos ilimitados. Nos extendemos dentro de la consciencia del Todo. La consciencia del Todo, incluyendo cada aspecto de nuestra consciencia, existe ahora en lo relativo. El momento actual, el ahora, contiene pasado, presente, y futuro. Es por eso que experimentamos el déjá vu. Es por eso que a veces tenemos percepciones momentáneas de vidas anteriores. Es por eso que los místicos pueden describir sucesos futuros.

Puesto que el tiempo y el espacio ocurren ahora mismo, nada es estático. El futuro, aun previsto por el mejor clarividente, o pronosticado en un sueño, puede cambiarse. Es por eso que algunas profecías no se manifiestan. La predicción se cumplirá únicamente si la energía invertida continúa fluyendo exactamente de la misma manera. Cambiando la energía, se cambia el resultado. Hay muchos resultados posibles. De muchas maneras, el efecto depende de nosotros.

Un hecho ocurrido hace algunos años me convenció de que no necesitamos ser como banderas que ondean en cierta dirección, determinada por los vientos de una profecía. La noche antes que mi hija menor y un amigo partieran de regreso a la universidad, tuve un sueño intensamente perturbador en el que los veía implicados en un trágico accidente de tránsito. Aunque por un lado traté de disuadirlos de partir, tampoco confié en el mensaje del sueño lo suficiente como para alarmarlos, o hacer que se quedaran. Sin embargo, momentos después que partieron me sentí abrumada por un fuerte temor. Mi día se convirtió en un rezo continuo de implorar por su seguridad. Rogué al poderoso Arcángel Miguel que pusiera su armadura alrededor ellos para escudarlos del peligro.

En la tarde, sonó el teléfono. Supe instantáneamente que eran noticias de su accidente. La llamada era desde la patrulla de la policía en que mi hija y su amigo estaban ahora a salvo. Su automóvil había quedado destruido. Un vehículo fuera de control se había desviado hacia su carril, golpeando y aventando su vehículo hacia el carril de resguardo. Una lámpara del alumbrado público había caído sobre el automóvil de mi hija.

Chamanes y curanderos provenientes de diversas culturas creen que el Creador legó al ser humano la capacidad de controlar los elementos. Nuestros pensamientos influyen la trayectoria de las líneas de energía que alimentan la Tierra. Nuestros pensamientos pueden cambiar el curso de las líneas de energía. Supe que mis oraciones habían sido escuchadas y respondidas. Supe que mis plegarias le habían salvado la vida a mi hija. Supe que mis oraciones habían cambiado el curso del resultado pronosticado en el sueño. La energía de mis oraciones había alterado el resultado del accidente. El futuro fue cambiado en el ahora.

Y así como el futuro, el pasado es también una parte relativa del presente. La energía del pasado puede también ser alterada. Quienes se afligen por ofensas pasadas creen que ya nada puede hacerse para cambiar lo que ha sucedido en el pasado. Una de las cosas más difíciles de superar en el pesar son los asuntos irresueltos. Cuando un ser querido muere, como ya no podemos verlo, frecuentemente creemos que ya no estará más a nuestra disposición.

Guardamos culpabilidad por agravios cometidos y nos lamentamos de lo bueno que podríamos haber hecho. Desearíamos resolver faltas pasadas y reparar de alguna manera las veces que no amamos como deberíamos haberlo hecho. Si pensamos que estamos limitados a lo que registra nuestro sistema nervioso, podríamos desperdiciar años o incluso el resto de nuestras vidas hundiéndonos en ese sentimiento de impotencia. Pero si comenzamos, aunque sea lentamente, a tomar conciencia de nuestra energía espiritual y a darnos cuenta que la energía espiritual se extiende más allá de nosotros hasta la eternidad, seremos capaces de comprender que podemos estar presentes en el pasado y el futuro. Podemos entrar en la consciencia de nuestros seres queridos, vivos o fallecidos. Cada suceso pasado puede transportarse al presente. Podemos enviar amor, y recibir amor. Podemos enviar perdón y recibir perdón. Podemos remediar el dolor del pasado. Podemos sanar los efectos de heridas pasadas que, si permanecen desatendidas, continúan incidiendo en el futuro.

Sólo necesitamos expandir nuestra consciencia para aprovechar los tremendos poderes a los que ya estamos conectados. El fortalecimiento del Fuego Interno, el incremento del flujo de Energía Divina en nuestro ser y la irradiación de ese flujo desde nuestro ser hacia el Todo, aumenta la conexión.

El viaje a lo sagrado, el viaje interior al lugar de lo estático, y el viaje hacia fuera, hacia la conexión con el Todo, se emprende diciendo “sí” a las posibilidades de recibir las constantes imágenes de lo sagrado. Es la disposición para permitir esta sabiduría, una apertura de conciencia, lo que expande el conocimiento.

Se ha dicho que conocer es amar. Cuando sabemos, la fascinación nos hace avanzar.

El viaje es en sentido circular, siempre expandiéndose, siempre evolucionando. El catalizador para el viaje es el deseo — un deseo de saber. Nuestra invitación es aceptada libremente. Lo Divino es amor. El amor es Divino. El flujo de amor hacia nosotros aumenta. Con el aumento del flujo, nuestra imagen de lo Divino cambia, crece, se expande. Cada imagen es más amorosa. Crecemos cuando conocemos el amor. Deseamos más; más sabiduría, más amor.

Descubrimos; comprendemos; experimentamos; conocemos; amamos. Y comenzamos nuevamente. Con cada nuevo inicio, cada revolución, cada evolución personal, volcamos al colectivo una cantidad aumentada del Amor Divino que siempre se expande y resplandece desde nuestro propio núcleo. Y al avanzar, el colectivo entero avanza. Mientras evolucionamos personalmente, el colectivo evoluciona.

Mientras nos llenamos del Amor Divino, llegamos a ser más y más nuestra propia Divinidad. Nuestro conocimiento se expande y aumenta nuestra capacidad para conectarnos en sincronía con vibraciones más altas y más finas —vibraciones con las que antes no podríamos resonar.

Se nos ha concedido un potencial increíble. Nosotros podemos escoger utilizarlo o no. Cuando damos incluso los mínimos pasos para remover la manta de sufrimiento y temor que nos sofoca, avanzamos nosotros y el Todo en un viaje profundo. Nuestra disposición a viajar por el sendero sagrado de la sanación nos empuja, y por lo tanto al colectivo entero, a una siempre creciente Unidad con lo Divino.

El viaje a lo sagrado es un viaje de evolución. No sólo se nos ha regalado, sino también encargado la responsabilidad de ser cocreadores de un universo en evolución.







Capítulo 3: El Desarrollo del Alma

Oculto profundamente dentro de cada uno de nosotros

hay algo especial esperando surgir

hay algo esperando para convertirse en un gran logro,

y su descubrimiento - también será grandioso.

-Jane A. Simington



Cuando nos sentimos heridos, cuando el manto de oscuridad se entrelaza tan estrechamente que apenas podemos respirar, cuando nos sentimos tan inadecuados, tan pequeños, es difícil concebir que podríamos ser más. Desde ese lugar aterrador, nos asusta atrevernos a imaginar tal grandeza como una brasa resplandeciente de Energía Divina.

En nuestro sufrimiento hemos aprendido a permanecer en lo familiar. Aunque haya momentos en los que anhelamos algo más, hemos aprendido también que es más seguro quedarse con lo ya conocido.

Sin embargo, el primer paso, el esfuerzo inicial, debe hacerlo uno. Se nos ha dado a elegir, luz u oscuridad, alegría o tristeza. Reconocemos la voz, aunque sea tenue, distante y tímida. Debemos reaccionar al llamado.

Si echamos una mirada furtiva, levantando tan solo un segundo una punta de nuestro manto, la clara evidencia de una realidad mayor nos hace señales. Somos más. Formamos parte de algo. No estamos separados. Somos parte de un plan mucho mayor.

La energía que nos une, que nos conecta al Todo es visible por doquier. Haz una taza de té; mira cómo se eleva el vapor. Camina; observa las ondas de calor que se levantan desde el suelo calcinante. Presta atención al resplandor circundante de tu sombra. Como postuló Einstein, todo es energía. (1)

La energía recibida a través de nuestros órganos de la vista, del sonido y del tacto, es interpretada por nuestro sistema nervioso. El sistema nervioso de cada organismo tiene una capacidad diferente para captar e interpretar frecuencias de energía. Cuando una persona sufre la pérdida del sentido del oído, pierde la capacidad para interpretar el sonido fuera de su escala de decibeles. Aún así este mismo sonido es fácilmente perceptible para los demás. Cuando a una persona se le deteriora la vista, ya no puede contemplar muchas imágenes que en otros tiempos podía. Un daño al nervio de los ojos, del oído y de otros órganos de los sentidos interfiere con la capacidad de ver, oír, gustar, oler, y sentir las sensaciones que son fácilmente perceptibles para otros. Cada sensación resulta de la transferencia de la vibración de energía. Aun cuando algunos sistemas nerviosos ya no puedan interpretar algunas imágenes, sonidos y olores, las vibraciones de energía enviadas por el medio ambiente a los sentidos no dejan de ser reales.

Cada mañana cuando salgo a caminar, me deleito mirando el gran entusiasmo con que mi perro pega su nariz a lo largo del recorrido. Se afana en olfatear cada olor, a veces incluso haciendo pausas para registrar las diferencias entre las fragancias de las flores silvestres. No dudo de la autenticidad de lo que olfatea. Como tampoco dudo de los sonidos e imágenes que mi perro y el ciervo oyen y ven a lo largo de la brecha y que la mayoría de los humanos no. Aunque no he visto nunca ondas eléctricas o sonoras, mi uso diario de la electricidad, la radio, televisión, y el teléfono confirma mi creencia en estas energías.

Señales de esta realidad invisible abundan en todos lados, incluso dentro de nosotros. El cuerpo humano es un maravilloso, pero delicado, sistema de energía. La transmisión de energía corre continuamente dentro de y entre cada célula de nuestro cuerpo. Nuestros sistemas esenciales funcionan cuando la energía se transfiere. Se puede medir la descarga eléctrica para determinar la potencia del cerebro, el corazón, y de los músculos; la frecuencia y la regularidad de estas vibraciones aumentan o disminuyen en respuesta a la salud y la enfermedad. La energía de la que estamos hechos, y con la que funcionamos, no solamente está contenida dentro de nosotros, sino también irradia de nosotros.

Todo tiene un aura, un campo de energía, a su alrededor. Hace algunos años me asombré de descubrir que podía ver el aura con mis ojos desnudos. Una tarde miraba desde mi balcón un abeto particularmente grande, y me sorprendí de que el árbol no terminara en el tope. El hermoso abeto estaba rodeado por una luz, que parecía más bien como el resplandor que circunda la llama de una vela. Al observar, noté que la luz blanca se movía hacia atrás y hacia adelante como si el árbol respirase. Mientras miraba, advertí que la luz que circundaba al árbol se mezclaba con una luz similar que envolvía el árbol contiguo, y el próximo, y el siguiente. El resplandor que circundaba cada árbol, pero también conectándolos unos con otros, disminuía y crecía como si los árboles respiraran en armonía, o quizás comunicándose.

Poco después de esa experiencia inicial con los árboles, descubrí que yo también estaba rodeada por luz. Una tarde que pasé más tiempo de lo usual frente al espejo, comencé a ver una sombra resplandeciente cubriendo mi cabeza y cuerpo superior. (Como para convencerme de su autenticidad, una intermitente luz azulada como eléctrica comenzó a titilar mientras la luz pulsaba sobre mi cuello y brazos, primero de un lado, luego del otro.)


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