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AROMAS DE PAPEL


¡¡Ábrete libro!!


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Copyright 2011 © Sus respectivos autores

Primera edición: 2011

Diseño y foto de portada: Ismael © 2011

Edición a cargo de: Lucía Bartolomé y Xavier Beltrán

Smashwords edition


AROMAS DEL TRÓPICO



Emma era una mujer muy poco agraciada, incluso podríamos decir, abrazando la crueldad, que era muy fea. Hasta el punto en que ni los pájaros de la mañana se dignaban a posarse en su ventana. El sol del mediodía escapaba hacia otros lugares, incapaz de anidar en esos lánguidos rizos grasientos de sus cabellos. Tan desproporcionado era su cuerpo que el espejo se tapaba los ojos ante su aparición matinal rogando al dios de los espejos que ella no le hiciese más preguntas comprometedoras. Maquillajes, cintas de colores y abalorios se deprimían suspirando en la alacena, ante la improbabilidad de realzar lo imposible. Corsés titánicos para contener la cintura, sujetadores con alambres, incapaces de albergar atributos tan generosamente otorgados por las manos del Señor; bragas elaboradas a mano de dimensiones grotescas. Prendas éstas cortadas y cosidas por una madre heroica, entregada y un poco ciega.



La naturaleza sólo le había hecho un regalo: su voz. Terciopelo caliente. Escuchar un poema de sus labios era una sensación deliciosa, su sensibilidad a la hora de declamar unos versos, los silencios oportunos, ¡ese énfasis después, en los momentos apasionados!

Pretendientes obligados a punta de pistola merendaban sudorosos y la escuchaban recitar a Emily Dickinson, a Whitman, a Shakespeare, embelesados, con los ojos cerrados y la boca llena de viandas deliciosas. Mas huían despavoridos después, ante la amenaza inminente de un beso o un abrazo, alegando razones tan descabelladas como falaces: alergias, matrimonio o una desviación repentina de su sexualidad; alguno incluso confesó una sífilis galopante.



Su padre, platanero en su juventud, gran bebedor y pésimo jugador de cartas, ante la incapacidad de casarla bien, para pagar las deudas de juego, buscó, desesperado, una manera lucrativa de paliar tamaña desgracia. Peregrinó por circos y prostíbulos ofreciendo a esa hembra de semejantes proporciones, mas en el circo le contestaron que andaban servidos de mujeres de carnes generosas, dejando abierta la posibilidad de acceder al trato si la hembra en cuestión lucía un tupido bigote. Al final no tuvo valor para ofrecerla a un prostíbulo, y asumiendo el amor que deriva de la paternidad decidió poner un océano por medio para evitar posibles tentaciones y malos pensamientos. Partió rumbo a Canadá y nunca mandó una carta. Los años pasaron.

Ella sustituyó el amor por la comida.



Tras la reja de su ventana, cada día veía pasar a un mozo musculoso tirando de las bridas de un caballo alazán. Lascivia en sus ojos y humedad entre sus muslos. El mozo en cuestión ni la miraba, pero ella le regalaba unos suspiros interminables, capaces de derribar el muro más grueso.

Juan era recolector de plátanos, labor a la que se dedicaba la mayoría de los hombres del pueblo. Eliminaba las hojas secas de las plantas, apuntalaba con caña brava o de bambú los frutos y después los enfundaba cuidadosamente para evitar el ataque de los insectos. Tenía el vientre fuerte y las manos encallecidas, el rostro moreno por el sol despiadado del trópico y las piernas acostumbradas a abrazar troncos. Amaba el olor de los frutos madurándose en la oscuridad, y allí, bajo su sombra perfumada, había descubierto también las mieles del sexo.

Cruzaba las grandes plantaciones a lomos de su caballo para llegar al atardecer al pueblo, agotado, lamido por el sol y deseoso de ingerir una buena cantidad de ron de azúcar. Atravesaba el pueblo caminando con el torso desnudo, una rama de espliego entre los dientes y silbando una canción.



Un atardecer, en el que el olor a plátanos se definió claramente en el horizonte, Emma perfumó sus carnes inabarcables, y pintándose los ojos y los labios encajó la exuberancia de sus pechos entre telas y alambres, juntó todas sus hambres varias entre sus muslos mastodónticos y se plantó en mitad de la calle, tapando el sol y el viento con su presencia imponente. Él no tuvo más remedio que pararse a mirarla. El resplandor de esa carne atrapada y asfixiada clamando auxilio despertó su interés y se acercó a olerla. Su olor a abismo, a barco encallado en el fondo del océano y a animal varado en la orilla causó un alboroto en su apetito.



Una noche de vientos perfumados juntaron sus aromas a mar y a frutos del bosque y se tumbaron sobre un catre desvencijado, y allí colisionaron sus carnes. Atracaron las manos varoniles en esos puertos ilimitados y se amaron colosalmente. Temblaron los cimientos de la casa, se quejaron dolientes los palos de la cama y escaparon los gatos, ahuyentados por el trueno de los desgarros de un himen atado con cadenas en el tiempo.

El amor suavizó las facciones de ella, pero la felicidad le provocaba un apetito atroz. Comía sentada en la cama, bajo la mirada enamorada de Juan. Bandejas de venado con relleno de cordero y adornado con patatas con forma de corazón. Embelesado, Juan admiraba esos incisivos salvajes que arrancaban media pierna de un bocado, pedazos enormes que masticaba con avaricia, y, subyugado, le limpiaba delicadamente las comisuras de sus labios con servilletas de lino y encajes. Amor entre penumbras, gozo entre almohadones, quejidos de la madera. Orgasmos sísmicos que hacían temblar los tablones y los huesos.



Ante la imposibilidad de enlazarla por la cintura, caminaban de la mano por los senderos, a la luz de la luna. Él no le regalaba flores, porque ella se las comía; en cambio, la agasajaba con dulces y con sabrosas tripas de embutido, adornadas bellamente con un lazo rosa. Entre el lazo y la vianda, una poesía fogosa. A veces colocaba flores de plátano entre sus rizos lánguidos.

Exhausto, pálido, ojeroso y vacío de líquidos, una mañana no se levantó de la cama. Le temblaba la barbilla del esfuerzo sobrehumano de lamer esos pechos descomunales; le dolían las costillas de yacer entre las columnas griegas de esos muslos de acero.

Casi ciego, a causa de la debilidad, ya no vislumbraba el orificio de su pene, que se encogía asustado ante el menor roce. Aunque sí sentía entre sus dedos el pellejo vacío de su bolsa sementera.

¡Bailaban ya sus dientes dentro de las encías!

La amaba con locura en su conjunto, toda entera, pero notaba su vida y su cordura flaquear en el intento de saciarla.

¡Ignorando los lamentos de su corazón intentó huir para salvar la vida!

Pero no contó con el amor voraz de la leona. Un amor sincero, apasionado y sin dobleces. Un deseo ilimitado. El hambre feroz de una hembra enamorada.

Ella le cortó el paso, adivinando sus intenciones de huida. Bloqueó la puerta con la cintura, impidiéndole la fuga con sus pechos y sus brazos.

Amorosamente lo empujó sobre la cama. Lo desnudó lamiéndole las heridas, hasta que éstas reaccionaron afirmativamente. Y lo cabalgó después, incansable, encaramada a su vientre.

Crujieron costillas, se aflojaron los clavos de los muebles, temblaron los cuadros, y pasados unos minutos, entre estertores de agonía, él vació lo poco que quedaba en el interior de sus diques.

Después, ella quiso más, y le acarició dulcemente los cabellos, el pecho y el vientre, y le susurró palabras encendidas al oído. Lamió el pene flácido y acarició los testículos secos. Y como no hubo respuesta, se tumbó al lado de él.

Juan huyó durante la noche, montó sobre su caballo y no miró atrás.

Ella volvió a languidecer tras la reja, regresaron los días negros y los nubarrones. El desamor causó estragos en su alma y esto le provocó un apetito canino.

Un día de viento huracanado, los pueblerinos vieron un objeto redondo que la fuerza del aire impulsaba hacia arriba, cada vez más alto.

Giraba en el aire, como un globo peleando contra las corrientes que lo impulsaban al mar.


EL ANGELITO



Es Pablito el que pareciera que no quiere que le hablen; ya no responde a su nombre ni cuando otros niños le gritan desde la calle para que con ellos salga a jugar. Es Pablito aquel que está ahí echadito, tiesecito, tiesecito, acurrucado en un rincón, la cabeza entre las rodillas y sus manitas entrelazadas aprisionando sus piernas de niño pequeño.

Es que Pablito lleva cuatro o cinco horas tirado en el rincón y ya no siente ningún dolor en su cuerpito delicado. Hoy no lo enviaron a la escuela, no podrán sus profesoras decir «Ahí va el angelito» como cuando lo ven solito caminando por el patio con cara de tristeza, sin saber siquiera cuánta razón hay en sus palabras.

A Pablito hoy lo castigaron. No saldrá más al patio ni a jugar con amiguitos, no verá televisión ni coloreará en sus libritos; pero Pablito no está triste ni tampoco tiene rabia, es que el niño no se mueve del rincón, agazapado.

A Pablito le gritaron que se fuera a acostar pero el infante, a tropiezos, sólo llegó al rincón a descansar. Es que el niño se orinó otra vez en su cama y se agarró una pulmonía por miedo a levantarse. Es que su padre, hombre educado, no soportó su inmundicia y lo levantó de los cabellos cuando vio aquel desastre, luego el padre dijo: «¡Esta vez será la última!» y lo arrastró con vehemencia por pasillos y escaleras. Mas Pablito se equivocó cuando temió que nuevamente lo metería con su pijama de ositos a la ducha. A Pablito lo tiraron al patio, desde donde el perro escapó asustado ante el espectáculo.

El padre de Pablito estaba furioso. «¡No, papito! ¡No, papito, yo te quiero!», decía el niño para calmar a su papito y hasta le juró por su mamita que está en el cielo que nunca más mojaría la cama. Pero el padre estaba rabioso y no atendió a ruego alguno. «¡Ay Diosito!» gemía Pablito cuando el chorro de agua de la manguera lo mojaba, «¡Ay mamita!» cuando caía cada vez que se le hacía imposible mantenerse en pie sobre el barro bajo él.

A Pablito empapado lo empujaron por la puerta de la cocina; mala suerte la del niño que para no volver a caer trató de sostenerse de donde pudo y no asió más que el mantel de la mesa. Fue Pablito el que rompió la loza de la casa, el mismo que cayó entre platos y vasos rotos, aquel que su padre vuelto loco volvió a tumbar a patadas. ¡Ay del angelito recibiendo bofetadas! El padre de Pablito agotó todas sus fuerzas y le ordenó que a acostarse fuese, en su cama orinada.

A Pablito hoy lo castigaron. No saldrá más al patio ni a jugar con amiguitos, no verá televisión ni coloreará en sus libritos; pero Pablito no está triste ni tampoco tiene rabia, es que el niño no se mueve del rincón, agazapado.

Es que él quiso hacer caso e irse a acostar, empapado como estaba, a su cama orinada, fueron sus piernitas las que no quisieron; resistiéronse a sostener su cuerpo pequeñito. Pero Pablito obediente se arrastró hasta su dormitorio, iba calladito, calladito, para no enojar a su papito. ¡Ay del angelito!, no pudo más y se acurrucó en el rincón donde tiritando por el frío dormido se quedó.

Pablito, todo un hombre, aguantó esa paliza; fue su cuerpo el que no pudo soportar aquella, la quinta. Sus costillas, ya cansadas, se quebraron a patadas. Su piernita, esa la morada, al parecer está fracturada. Toda su piel, ¡ay angelito!, cómo sangra, está cortada. ¡Ay su ojito!, se ha cerrado de hinchado, por las bofetadas. ¡Ay su manita!, ya parece una manzana colorada.

Era Pablito el que decía despacito, despacito: «Discúlpame, papito lindo». Pero el niño se ha callado, dormido se ha quedado. Pablito no está triste ni tampoco tiene rabia, es que el niño no se mueve del rincón, agazapado. Lleva tres o cuatro horas ahí abandonado, mas no siente dolor en su cuerpito delicado. Es que Pablito se ha dormido para siempre, sollozando, sollozando, y cumplirá su juramento: nunca más orinará en la cama, por las noches, por el miedo. ¡Adiós Pablito!, al fin descansa el angelito.




EL DESESCRIBIDOR DE HISTORIAS



El hombre llamó a la puerta. Aún no había cumplido los sesenta, pero se le veía bastante envejecido. Últimamente apenas salía de casa, pero aquel día había recibido una inesperada invitación. Un viejo amigo, al que hacía años que no veía, le había enviado una carta manuscrita instándole a visitarle. Un viejo amigo con el que compartió no pocas tertulias literarias, y que no en vano llegó a convertirse en un brillante y famoso escritor, autor de magníficas novelas, exitosas tanto a nivel de público como de crítica. Un viejo amigo que, sin previo aviso, dejó de escribir demasiado prematuramente, cuando apenas rondaba los cincuenta años. De eso no haría ni una década, justo el tiempo que llevaban sin verse, aunque jamás existió razón alguna para dicho alejamiento. Simplemente ocurrió. Y ahora, después de todo este tiempo, había recibido aquella inusual invitación. Y había aceptado, por supuesto. Ahí estaba, ante el portal tantas veces cruzado antaño y que tan extraño y desconocido le resultaba ahora.

La puerta se abrió con lentitud y apareció un rostro sonriente, cuyo dueño era un hombretón de casi dos metros, pero al que se le veía también excesivamente envejecido y un tanto decrépito. Tras un largo y sentido abrazo, ambos hombres pasaron al salón y se sentaron en sendos cómodos sillones. Se sirvieron unas copas de coñac, y se encendieron unos habanos. Tras disfrutar del instante en silencio, comenzaron a charlar, una vieja costumbre que creían haber perdido para siempre.

—Hacía mucho que no nos veíamos —comentó el visitante, con un cierto tono de reproche, como dando a entender que el culpable de aquella situación no era él, precisamente.

—Sí, es cierto. He estado muy ocupado —respondió el anfitrión, un tanto indiferente.

—¿Ocupado? ¿Acaso has estado escribiendo de nuevo? ¿Vas a volver a publicar otra novela? Hace ya casi una década que no publicas nada...

—Hace ya casi una década que no escribo nada.

—¿Entonces...?

—Ya no escribo. Ya no sé escribir. Ya no tengo nada que escribir.

—¿Entonces...?

—Ahora me dedico a desescribir —contestó, tras una larga pausa—. Me autodenomino a mí mismo como un desescribidor de historias.

—Amigo, creo que no termino de entenderte.

—Muy bien, te lo contaré todo:

»Mi octava y última novela, “Cuando respiro”, fue un éxito rotundo, como bien sabes. Se vendió como churros, la crítica la puso a la altura de los grandes clásicos, vendí los derechos para el cine por una cifra que da vértigo solo nombrarla... Fue algo increíble. Y fue también mi final como escritor. Desde entonces he sido incapaz de escribir nada que no fuera la lista de la compra. Casi una década ya, como has dicho antes, y te juro que lo he intentado, pero ya no hay ideas en mi cabeza. Nada. En blanco.

»Por aquel entonces yo tenía un asistente, aunque era más bien una especie de discípulo. Un joven aprendiz, por así decirlo. Bajo mi tutela, llegó a escribir una estupenda novela. Muy buena. No tenía nada que envidiar a cualquiera de mis mejores obras. Mi labor entonces tendría que haber sido abrirle el camino a la publicación, tenderle la mano que yo no tuve en mis tiempos y que siempre dije que ofrecería cuando estuviese en situación de ello. Con mis contactos, no habría sido difícil que se la publicasen, y estoy seguro de que habría sido un éxito rotundo. Pero yo sentía envidia. Mucha envidia. Yo, autor de magníficas obras como “Ladridos”, “El tren bajo el río violento” o “Cuando respiro”, sentía envidia de la novela inédita de mi novato aprendiz... Debes comprender que yo ya llevaba un par de años de sequía creativa, delante de un papel en blanco que sólo se llenaba de garabatos inconexos. Pero no, no le robé la novela. No la usurpé, ni la copié. Podría haberlo hecho sin dificultad, y probablemente con total impunidad. Por mucho que se quejara y denunciara, la razón y la ley estarían de mi parte. Pero nunca he sido un ladrón. Jamás pondría mi nombre en una obra ajena, no puedo ser un impostor. Pero hice algo, no estoy muy seguro de cómo, pero... la hice desaparecer. La novela dejó de existir. La desescribí.

»No soy capaz de explicarlo, porque apenas lo entiendo yo mismo. No sé cómo funciona, ni por qué. Perdí el don de crear historias, y en su lugar he recibido el don de destruirlas, de hacerlas desaparecer. No me entiendes, ¿verdad? No me refiero a destruirlas materialmente, sino a hacer que no existan y que jamás hayan existido. Soy capaz de eliminar cualquier vestigio de existencia de la historia que quiera. Hay novelas que marcaron una época y que ya no se conocen, por mi culpa. Hay autores a los que simplemente les he hecho un favor, desescribiendo sus peores trabajos. Pero hay otros escritores cuyos nombres no te sonarían ahora, pero que en su momento estuvieron en la cumbre de la literatura. Siempre me aburrió Shakespeare. “¿Quién?”, te preguntarás. Realmente es gracioso. He desescrito todas y cada una de sus obras. Ha sido una tarea ardua y agotadora, pero ahora nadie es capaz de reconocer su nombre. Es realmente gracioso.

»Pero déjame que vaya por orden. Después de borrar la obra de mi aprendiz, quedé un tanto aturdido. En realidad, no fui consciente de esta... habilidad, por llamarlo así, hasta que desescribí unas cuantas obras más. Obras en un principio elegidas al azar, la verdad. Después pensé: “¿Por qué no borrar aquellas obras que me han parecido insulsas o aburridas? ¿Por qué no borrar todos y cada una de los trabajos de aquellos autores a los que no soporto, o que fueron mis rivales en su momento, haciendo que pasen totalmente al olvido?”. A eso he dedicado mi vida durante estos últimos años.

»Y aún me queda mucho trabajo por hacer. Ya me he cargado a Shakespeare; mi tiempo me ha llevado. Y aún más tiempo me está llevando borrar la obra de Stephen King. Sí, claro que le conoces. ¿Autor de cuatro o cinco novelas? Ay, si supieras la verdad. Pero debo darme prisa en eliminar el resto de su trabajo, creo que está empezando a sospechar algo. Realmente es un tipo muy extraño. Pero... ¿sabes lo que me tienta realmente? Me da incluso vergüenza decírtelo. Me tienta sobremanera desescribir la propia Biblia. Ya sabes que no soy practicante, aunque siempre me he considerado un fiel creyente en la fe católica, pero... ¿qué pasaría si desescribiera la Biblia, si eliminase cualquier vestigio de su existencia? ¿Desaparecería el cristianismo de golpe? ¿Dejaría de tener sentido? Realmente no estoy seguro de que pueda hacer algo así. ¿No es la Biblia la palabra de Dios? Resulta muy tentador. Muy tentador...

»Te preguntarás por qué te cuento todo esto. Efectivamente, hay una buena razón para ello. He borrado novelas famosas y destruido las obras de grandes autores, pero también he desescrito relatos menos conocidos, y de escritores poco más que aficionados. En definitiva, me he cargado aquello que, por una razón u otra, me disgustaba. En general ha sido una tarea dura, aunque tremendamente satisfactoria. Al principio me llenaba de curiosidad y, lo reconozco, de cierto placer morboso, pero a veces ha resultado ser una labor tediosa e incluso penosa. Pero hay algo con lo que realmente he disfrutado. Algo por lo que ha merecido la pena vivir. Algo por lo que ha merecido la pena perder el don de escribir y desarrollar esta especie de... arte.

»Durante mi carrera de escritor tuve un competidor, un rival realmente digno. Otro escritor cuyas obras eran competencia directa de las mías. Solíamos competir con cada nueva novela que publicábamos, a ver quién vendía más y quién obtenía mejores críticas. Al principio se trataba de una rivalidad sana, e incluso llegamos a entablar una relación ciertamente amistosa. Con orgullo, el uno al otro nos considerábamos amigos. Pero aquella amistad se fue truncando poco a poco, a medida que nuestra rivalidad crecía y se endurecía. Llegó a dominarnos la furia. Veo que tratas de recordar de quién se trata. No lo lograrás. Ya he borrado todas sus obras. Ya no existe para el mundo de la literatura.

»Sé que, aunque te parece increíble, me crees. A pesar de que lo que te estoy contando te suena a fantasía barata, sé que me crees. Y te lo agradezco, pero también sé que piensas que no debería seguir con esto. Me vas a decir que debo dejar de desescribir historias. Quizás tengas razón. Por lo menos, en parte. Lo de desescribir las obras de grandes autores ha sido un ejercicio de exaltación de mi propio ego, lo reconozco. La verdad es que guardo cierta sensación de culpabilidad, aunque tampoco negaré que disfruté haciéndolo. Pero necesitaba borrar a aquel rival que tenía. Debes comprenderlo, después de mi última novela me vi incapaz de volver a escribir y él continuó con su cada vez más exitosa carrera. Mi nombre comenzaba a olvidarse y él se reía de mí. Tenía que acabar con él. Y lo hice. Ya nadie le conoce. Nadie ha leído sus novelas ni sus relatos, porque sencillamente jamás existieron. Nadie sabe quién era él. Bueno, yo sí lo sé. Eras tú, viejo amigo. Eras tú.



EL ARCHIPIÉLAGO DE JONÁS



«Mi amigo Jonás bajó a la playa. Se descalzó los guantes, carraspeó y comenzó a comer arena lentamente», anotó el famélico náufrago en su diario. Luego, con una beatífica sonrisa dibujada en el rostro, bajó él mismo a la playa, se quitó los viejos mitones de lana, carraspeó tres veces y, con la vista clavada en el punto medio entre dos de los islotes más lejanos, comenzó a comer arena pausadamente.

De entre todos los recalcitrantes hábitos del amigo de Jonás, aquel era sin duda el que más placer parecía depararle. Ya en mi primera mañana en este —cada vez más exiguo— atolón «madre», tuve ocasión de presenciar aquel asombroso rito, aunque lógicamente sin comprender aún la trascendencia que este tenía en la configuración de la orografía local: circundando al atolón, un extraordinario cúmulo de minúsculos islotes de arena que, hasta donde mi excelente vista alcanza, a modo de termiteros marinos, se elevan sobre la glauca superficie del mar.

Había llegado la víspera, exhausto, desvanecido sobre el tablón que me servía de balsa. De mi accidentado desembarco, apenas recordaba nada; tan solo que ambos, el madero y yo, repentinamente, cuando ya había perdido toda esperanza de salir con vida de aquella loca aventura, nos habíamos quedado varados en tierra firme. Debió ocurrir en pleamar, puesto que, agotado como estaba, fui incapaz de hacer ni el más mínimo movimiento por alejarme del agua y, sin embargo, al despertar me encontraba en seco, varado en la arena, apartado de la batiente. Y allí, en la estrecha franja de luz que mis hinchados párpados me dejaban entrever, se encontraba ya sentado el amigo de Jonás, hierático, majestuoso, con su afilado rostro mirando al frente y su aún desinflada panza caída hacia abajo, rumiando el primer puñado de arena de aquella ―ahora, ya lejana― jornada de molienda.

Ni que decir tiene que en aquel momento, en mi primera mañana consciente en el atolón, no estaba todavía al tanto de su singular tarea y, urgido por mi hambruna de varios días, di por sentado que el náufrago se hallaba rumiando un sabroso fruto exótico. No tardé mucho, sin embargo, en descubrir la verdad. En descubrir que aquel insólito hábito no consistía en masticar la jugosa pulpa de una papaya o de cualquier otro manjar delicioso, sino en la meticulosa y lenta ingestión de arena hasta que su vientre, inicialmente arrugado como el fuelle de un acordeón, tras alojar en su interior varios kilos de finísima arena, se volviera tenso y orondo como el de un gran buda.

Luego vino una larga espera, durante la cual mi compañero de atolón, la vista clavada en el horizonte, el oído alerta, las manos reposando sobre su prominente panza, pareció olvidarse de su condición humana, y se sumergió en una especie de letargo que mis rudimentarios conocimientos de biología asemejaron con el largo sueño invernal de los batracios. Mas ¡cuán equivocado estaba yo entonces, ahora ya puedo afirmarlo, al establecer semejante parangón! Y es que, según he sabido después, entretanto aguardaba, mi compañero de infortunio no se sumergía en un cíclico sueño de sapo, sino en uno mucho más ambicioso, mucho más humano: el sueño que Jonás dejó como herencia a todas las futuras generaciones de náufragos.

*****

«Como el tiempo pasaba y las ballenas no venían a su parada habitual de tragar hombres, se sumergió en el agua», anotó el cada vez más famélico náufrago en su diario. Y, seguidamente, con un inusual gesto de desamparo dibujado en el rostro, se arrastró torpemente por la playa y, con la vista clavada en el mismo punto en que lo hiciera la víspera, se sumergió en el agua.

Aquel baño significaba un inesperado cambio de conducta, una inexplicable ruptura de los inamovibles hábitos de mi ―para entonces, ya entrañable― compañero de atolón. Lo observé, pues, con cierta alarma, convencido de que no podría alejarse demasiado de la isla llevando, como llevaba, varios kilos de arena alojados en la barriga. Tardó, no obstante, mucho en perder pie, porque, si el mar es aquí tan glauco y calmo, lo es gracias a que también es somero, muy somero. Orografía que, de acuerdo con la información ahora en mi poder, no fue siempre así, sino que es fruto de la paciente labor realizada, generación tras generación, por la multitud de náufragos que, hasta el día de hoy, con obediencia ciega, se han afanado en llevar a cabo el faraónico sueño de Jonás.

Llevaba ya un buen rato observándolo sin que ocurriera nada y, cuando más confiado me hallaba, repentinamente, su pausado reptar a cuatro patas se transformó —a fin de mantenerse a flote, supongo— en un frenético chapoteo, en una convulsiva agitación de sus escuálidas extremidades. Debo confesar que, en un primer momento, temiendo por su vida, a punto estuve de lanzarme al agua para ir en su ayuda. Una intuición de última hora me detuvo, sin embargo. Durante las semanas compartidas en la isla, no cruzó conmigo ni una sola palabra, ni hizo ningún gesto de acercamiento a mí. Es más, ni tan siquiera sorprendí miradas furtivas de su parte que pudieran sugerir un mínimo interés hacia mi persona. ¿Por qué, entonces, habría yo de inmiscuirme en aquel baño suicida?

Una vez tranquilizada mi conciencia, asumí el papel de mero espectador, limitándome a observar su proceder con curiosidad. Pasados unos minutos, el agitado braceo fue sustituido repentinamente por la calma más extrema, lo que me hizo pensar en lo peor. Pero mis temores no se cumplieron, pues media hora más tarde, cuando me disponía a adentrarme en el agua para rescatar al que ya creía cadáver ―dejar su cuerpo a la deriva se me antojaba demasiado inhumano―, mi excelente vista me permitió comprobar que, con ágil y pausado estilo, el náufrago había iniciado el regreso. Y aún fue más sorprendente descubrir que, en el punto medio entre aquellos dos lejanos islotes, hacia el que con tanta insistencia había estado mirando él en los días anteriores, el mar, tan calmo antes, ahora se arremolinaba, como si la existencia de un nuevo obstáculo le impidiera en parte el paso.

Y lo que aquella mañana había representado una inopinada ruptura de sus sedentarias costumbres pasó a convertirse en uno más de sus recalcitrantes hábitos; y la leve turbulencia del mar, en el punto medio entre aquellos dos lejanos islotes, dio pronto paso al suave romper de las olas en el cada día más prominente neonato: otro blanquecino promontorio a sumar a los numerosos que, sobre la superficie del océano, se elevan en este recóndito, y oficialmente casi vacío —en los mapas solo consta la solitaria islita que antaño debió ser el actual atolón—, enclave del hemisferio del sur.

*****

«Y fue flotando a depositar su arena en otra playa, al tiempo que maldecía, con voz pausada, de este horario absurdo que tienen ahora las ballenas», anotó el ya en extremo desnutrido náufrago en su diario. Después, con un malhumorado rictus, se puso a cuatro patas e inició su torpe reptación sobre la estrecha franja de tierra firme a la que paulatinamente había quedado reducido el atolón.

Comer arena seguía siendo, en apariencia, la más placentera de sus cotidianas actividades. Transportarla, en cambio, parecía haberse convertido en una pesada carga ―valga la redundancia― que, jornada tras jornada, había ido minando su apacible carácter. De hecho, ya por aquel entonces, una vez su vientre adquiría el abultado porte de un buda, su beatifica sonrisa, que sin falta había exhibido mientras duraba la rumia, se transformaba en un mal encubierto gesto de ira. Una ira que, si bien en un principio no supe entender contra quién iba dirigida —hasta donde yo sabía, nadie le obligaba a comportarse de manera tan ilógica—, pasado el tiempo, una vez osé violar la intimidad de su diario, supe que tenía como objeto esos gigantescos mamíferos marinos, cuyos horarios se habían alterado tanto, en opinión del náufrago, que ya nunca llegaban a tiempo a su legendaria cita con los amigos de Jonás.

Pese a mi excelente vista, desde mi llegada al atolón, en ningún momento había observado ni el más leve rastro de ballenas. No obstante, por si no había escrutado el horizonte con la debida atención, en los días posteriores a tan vergonzoso acto —ya que, salvo el mío propio, jamás antes había leído un diario—, inicié una exhaustiva vigilancia, desde el alba hasta el ocaso, de los alrededores del atolón. Y cuando ya estaba a punto de darme por vencido, concluyendo que ninguna especie de ballena, o de cualquier otro cetáceo, surcaba aquellos mares —algo que solo parecía ocurrir en la imaginación de los náufragos—, divisé en lontananza unos difuminados hilillos de vapor que, a modo de intermitentes surtidores, se elevaban algunos metros por encima de la allí azul oceánico, casi negra, superficie del mar.

Fue, entonces, sin duda, cuando la luz se hizo en mi entendimiento, y empecé a comprender la verdadera razón de que los otros implicados en el pacto, los cetáceos, hubieran dejado de cumplir con su parte. En los primeros tiempos, aproximarse a las playas de aquella solitaria isla debió de ser una tarea fácil, incluso para el mayor de los ejemplares. Pero, conforme el número de islotes aumentó, los taludes de los unos comenzaron a confundirse con los de sus vecinos inmediatos, motivo por el cual adentrarse hasta las playas de la primitiva isla pasó a ser una arriesgada aventura, que solo los individuos más temerarios —los más jóvenes, sin duda— estaban dispuestos a encarar. Al parecer, mi naufragio ocurrió precisamente en esa etapa final, en la que ya ni siquiera los ballenatos de menor tamaño lograban atravesar el laberinto de islotes que les separaban del atolón central.

Y también fue por esa época —tres días después, creo recordar, de que yo divisara en lontananza los difusos chorros de agua de los cetáceos—, cuando mi único compañero de isla, el demacrado náufrago aprendiz de Jonás, tras realizar su cotidiano porte de arena al nuevo islote que andaba generando, en lugar de enfilar sus brazadas hacia el atolón, puso rumbo mar adentro y se alejó, paulatinamente, hasta que lo perdí de vista. A decir verdad, no estoy cierto de la suerte que corrió; pero en aquel ocaso tuve la sensación de que los surtidores —los cuales no he vuelto a ver desde entonces— estaban más próximos que nunca y, por añadidura, tardaron mucho más en desaparecer.

*****

«El amigo de Jonás perdió el rumbo y, en lugar de nadar hacia el atolón, lo hizo mar adentro», anoté en el diario de los náufragos la noche de su desaparición. Luego entré en la cabaña y, tal como tantas veces le había visto hacer a él, me puse los viejos mitones, me acurruqué en su lecho, imité su carraspeo y me dormí.

La primera vez, ni su sabor ni su textura fueron de mi agrado. Aunque lo peor fue, sin duda, el instante en que me la tragué. Ahora, en cambio, en cuanto los primeros rayos del sol me despiertan, abro los ojos y siento la vaciedad del estómago, se me hace la boca agua pensando en ella. Pensando en el áspero tacto de cuando me la meto en la boca, y en el gusto yodado que me deja una vez me la trago. Pero mucho más placentera es aún la sensación de plenitud que siento conforme el vientre se me va volviendo orondo y su piel se tensa hasta alcanzar la delicada transparencia de la de un recién nacido.

En la actualidad, yo soy el único habitante del archipiélago, el único responsable de continuar con la tradición. Sé que un día cualquiera, ya sea movido por la temeridad —tal fue mi caso—, o fruto del puro azar, llegará un nuevo náufrago al atolón. Habré, entonces, de enseñarle cada uno de los gestos necesarios; repetirlos en su presencia, cuantas veces sean necesarias, hasta estar seguro de que ha comprendido bien que esa será su futura misión. Y cuando eso ocurra, una vez no me quepa la menor duda de que el otro está ya suficientemente adiestrado, acabaré el islote que me traiga entre manos y, a la hora del regreso, nadaré mar adentro hasta encontrarme con mi cetáceo. Su vientre es cálido, confortable, amplio; y en su interior se escucha ese fascinante canto con el que, en las oscuras profundidades del océano, las ballenas se dicen todas esas cosas bellas que, mientras somos muy pequeños y nos hallamos dentro de sus barrigas, las madres nos dicen también a los humanos.

Sí, sé que un día llegará ese otro náufrago, ese otro amigo de Jonás. Pero, hasta que eso ocurra, debo continuar haciendo realidad su sueño. Un sueño que, a causa de la torpeza de alguno de los numerosos náufragos que me han precedido, desde que los cetáceos ya no pueden cumplir con su parte del trabajo, se ha vuelto extremadamente arduo. A pesar de ello, la recompensa prometida, el posterior descanso en el interior de nuestra ballena nodriza, merece el esfuerzo. Es por ello por lo que hoy, como cualquier otro día, me levanto con buen ánimo y con esperanza ―con mucha esperanza, sobre todo―, dispuesto a cumplir con mi tarea: la creación, en este recóndito rincón de los Mares del Sur, de un nuevo islote en el cada vez más extenso Archipiélago de Jonás.



BARBIE



Aquella mañana, Denisse se despertó más temprano de lo habitual. Desbordada por el entusiasmo y las expectativas del día, rápidamente se cepilló los dientes y peinó los cabellos, se puso un vestido floreado y bajó a la cocina. Pero no fue el aroma de las humeantes tostadas ni del café con leche lo que atrapó su atención, sino el enorme paquete que descansaba sobre la silla que ella ocupaba siempre. ¿Lo abro?, se preguntó. La ansiedad la devoraba, deseaba saber si su sueño se había cumplido. Entretuvo su mente pensando en el hermoso día que le aguardaba y en sus compañeros de la escuela primaria, que por primera vez festejarían su cumpleaños. Y especialmente en Carlos, su novio, que también se haría presente. Se acordó, además, de Marcos, su hermano menor, el pequeño consentido de mamá, y deseó que no berreara toda la tarde, como de costumbre.

¡Cumpleaños feliz, que lo cumplas feliz! Que lo cumplas, Denisse

Su familia cantó a viva voz la canción que tanto deseaba escuchar. Y, entonces, uno de sus hermanos le acercó el gran paquete. Por un instante no supo qué hacer con él. ¡Había esperado tanto! ¡Cuántas veces había deseado ese regalo! Pero su ansiedad tropezaba con la torpeza de las manos temblorosas, y no quería albergar falsas esperanzas, aceptaría el regalo que fuese, como siempre. Estaba acostumbrada a conformarse, a ser la última. Pero ese paquete era tan grande… Finalmente logró rasgar el envoltorio y quedó boquiabierta al ver la caja que contenía la anhelada Barbie patinadora, su Barbie. Incapaz de hablar, de expresar siquiera un ¡ah!, por sus mejillas se deslizaron algunas lágrimas de felicidad mientras sacaba la muñeca de la caja. Con su nueva amiga apretada contra el pecho, se echó en los brazos de sus padres y hermanos, y de Mary, la encargada de la limpieza matinal.

Hans, su padre, se fue al trabajo. Hoy regresaría a las dieciocho, pues le correspondía el turno del sábado. Sus hermanos mayores, Julio y Laura, de trece y catorce años, no participarían del festejo, pues ya estaban grandes para fiestas infantiles, y viajarían a la casa de campo de unos amigos.

Denisse volvió a su cuarto, colocó la Barbie sobre el escritorio rosa y se sentó a contemplarla, pero inmediatamente recordó que debía arreglar su habitación, pues no quería que su madre se enfadara. Este día debía ser perfecto, había comenzado de la manera más feliz posible y así debía seguir. Terminó con el cuarto y salió a la calle a jugar con su patineta, aunque, en realidad, no era más que una excusa para encontrarse con su amiga Blanca y contarle la buena nueva. Las dos jugaron y rieron hasta que, cerca del mediodía, Natalie, su madre, la llamó para almorzar. Afortunadamente se la notaba de muy buen humor. Ese día, la comida era un regalo adicional: milanesas con patatas y huevos fritos, y de postre, tarta de fresas.

Terminado el almuerzo se dirigió a su cuarto para la obligada siesta. ¡Qué desperdicio de tiempo!, pensó, y, en vez de acostarse, se quedó admirando a su nueva amiga, tan hermosa, segura y triunfante, con su larga cabellera blonda y su rostro perfecto. Recordó que sus tías, mientras compartían el almuerzo, le habían dicho que se parecía mucho a ella, mas no lo creía.

A las tres de la tarde, su madre le indicó que se bañara y vistiese. Después le arreglaría el cabello. Se duchó y se vistió con unos vaqueros, una remera con Mafalda y Guille estampados, regalo de la tía Elisa, y las nuevas Adidas. El festejo con los parientes había sido el día anterior.

—¡Ma! ¡Mami! ¡Ya estoy vestida! ¿Me ayudas a peinarme?

—¡Claro, Denisse! —Cepilló sus sedosos y rubios cabellos, que le llegaban a la mitad de la espalda, y le hizo una hermosa trenza.

—¿De veras me parezco a Barbie?

—Sí, mi amor, se parecen mucho. Las dos son rubias, de ojos azules y muy hermosas. Además, dentro de algunos años tendrás el cuerpo de ella. —Denisse abrazó a su madre amorosamente y se propuso ser como su nueva compañera. Se aplicaría en los estudios y deportes, para ser segura y exitosa.

En el patio habían colocado una piñata, el juego del tesoro y las acostumbradas sartas de globos de colores. Y en el salón principal la mesa con jugos, galletitas, canapés, sándwiches… Todo lucía espléndido. La torta, bellamente decorada, estaba lista en la cocina. Mientras tanto, Denisse esperaba con impaciencia, pareciéndole que las agujas del reloj se habían detenido.

¡Ring, ring; ring, ring! Recibió a varios de sus compañeros del colegio, que llegaron juntos. Una remera, un peluche, una foto de Shakira autografiada, golosinas, lápices de colores, una hermosa boina y mucho, mucho más. Carlos le regaló un anillo de amistad, y ella se sonrosó. Su madre, sonriente, la sacó del apuro: «Bueno, bueno, vayan a jugar». Y se ocupó de Marcos, el más pequeño, que quería apoderarse de todo. «Linda, no te preocupes, yo me encargo de él; tú disfruta de la fiesta.»

Jugaron a ponerle la cola al chancho con los ojos vendados, a la búsqueda del tesoro, a la mancha. Hasta que a las dieciocho llegó el padre de Denisse, y, como sucedía algunos sábados que le tocaba trabajar por la tarde, en evidente estado de ebriedad.

—Pa, ¿por qué no descansas un poco? Debes de estar muy cansado.

Mas él se resistió y comenzó con las acostumbradas payasadas que Denisse tan bien conocía. Al principio, sus amigos se divirtieron, viéndole moverse como un mono y gritar como Tarzán, hasta que se tiró al piso tomándose el pecho. Entonces, algunos comenzaron a llorar, mientras otros llamaban a Natalie creyendo que Hans había muerto.

—¡Por favor, pa, levántate de una vez! Mis amigos se están preocupando. —Sin poder ocultar un rictus de rabia y rogando al mismo tiempo: «Que nadie se dé cuenta de que está tomado».

En ese momento llegó su madre, el ángel salvador, que, con cara de enfado, levantó a Hans y le llevó a la habitación. Afortunadamente nadie advirtió la situación, pero Denisse no pudo evitar pensar en los repentinos e impredecibles ataques de ira que solían acometer a su madre.

Los juegos continuaron y Denisse se fue tranquilizando. ¡Le resultaba tan hermoso ser agasajada! Todo era diferente ese día; ese día era como Barbie. Terminó por alejar los fantasmas de su mente, diciéndose a sí misma: «Todo está bien, éste es mi día, ¡a jugar se ha dicho!» Pero, sin aviso, la tormenta se desató impiadosa:

—¡Denisse! ¡Ven acá inmediatamente! —El tono de la voz de su madre no dejaba dudas de que algo muy malo se avecinaba.

—¡Ya voy, mamá! —respondió angustiada, mientras corría a su encuentro.

—¡Denisse! ¡Esto no puede ser! —Fuera de sí y a los gritos— ¡Tú no tienes ningún derecho a permitir que esos toquen mis cosas! ¡Esta estatuilla está sobre la mesa, cuando su lugar es en la repisa!

Era uno de los habituales ataques de histeria de Natalie.

—Ya la devuelvo a su lugar, mamá, no se ha rot…

—¡Eso no es lo que importa! ¡Tú no entiendes nada! Tu cara de angelito no te servirá esta vez, ni tus lágrimas. Eres una inútil, una estúpida…

De un manotazo, Natalie tiró los regalos al piso. Denisse sabía que, en esos momentos, no debía hablar. Sin embargo, ignoraba que lo peor aún no había llegado. Vio, entonces, con espanto, cómo su madre golpeaba con fuerza a su Barbie contra la pared repetidas veces.

—¡Eres una inservible! ¡Como esta tonta muñeca! —Y sacudiendo la Barbie le arrancó unos mechones de cabellos y le desgarró el vestido.

—¡Ma! ¡Mami! ¡Por favor, no la rompas! —Llorando imploró. Mas su madre no se detuvo.

Al tratar de detener la mano destructora, recibió una fuerte bofetada que la arrojó al piso, y desde allí contempló cómo su Barbie era destrozada. No quiso ver más. Con el corazón desgarrado, se levantó y se arregló un poco la trenza. Sus amigos la esperaban en el comedor, saboreando la comida. Se secó las lágrimas y fue con ellos. Trató de sonreír, ya no pensaba en nada…

—¡La torta, la torta! ¡Que tu madre venga a encender las velas!

Denisse fue a buscarla, mas Natalie seguía furiosa:

—¡Debería haberte abortado! ¡Por ti pasé meses en cama!, ¡eres una desagradecida! Eres mala. No iré.

—¡La torta, la torta, la torta! —continuaban clamando las voces.

Denisse se encerró en el cuarto de baño. Quiero escapar, hacerme invisible, morir ahora, pensaba mientras lloraba desconsolada. Hasta que se miró al espejo, y, con una firmeza interior que le era desconocida, se lavó la cara con agua fría, se arregló los cabellos y salió del encierro del cuarto, pero empezó el encierro de su alma. Con paso decidido se dirigió al salón comedor. En la cabecera de la mesa estaba la torta, con sus nueve velitas y un hada en el centro.

—¡Vamos, llama a tu mamá para que encienda las velas!

—En esta familia —dijo Denisse— se sigue la tradición de mis antepasados, y las velas las enciende el que cumple años pues así trae buena suerte; los padres no deben estar presentes. Y así lo hizo.

—¡El deseo! ¡Recuerda pedir un deseo!

Feliz, feliz en tu día, amiguita que Dios

Mientras sus amigos entonaban la canción, de un soplo apagó las velas, y su corazón. Luego llegaron los padres a buscar a los niños. Y, una vez más, Denisse tuvo que disculpar a los suyos por no presentarse:

—Mamá tiene un fuerte dolor de cabeza y papá ha llegado agotado del trabajo. Les envían saludos. —«En las reuniones yo soy siempre la última en irme, pues nadie me va a buscar. Debo inventar excusas y esperar a que algún padre me traiga a casa. Recuerdo aquel día en que tenía tanta vergüenza que dije que me esperaban en la esquina, nadie me acompañó, y en la calle apareció aquel hombre…»

Cuando todos se retiraron, fue a su cuarto y levantó los regalos del piso sin mirarlos. La Barbie estaba en un rincón, y en el momento en que la tomaba entró su madre y con voz suave, acariciante, dijo:

—¡Veamos los regalos que te han hecho!

—Ya los guardé —respondió Denisse con frialdad.

—Hija, a Barbie la puedo…

—¡Ya soy grande, mama!, no necesito muñecas, no me interesan.

—Está bien, hija. Deseo que hayas disfrutado de tu cumple.

—Estoy cansada, me voy a dormir…

Ya en la cama, a oscuras, se sintió agobiada. Ese día no era más que el corolario de su existencia, el cruel epílogo de su pequeña vida. Entonces, los sentimientos y los recuerdos la abrumaron. Su familia, como siempre, aparentando un esplendor que hacía mucho no existía; Hans, alcohólico de fin de semana; Natalie con sus ataques de ira que alternaban con depresión; entre ambos, las eternas discusiones: «Nos divorciamos, esto no va más». Y en el medio, ella, siempre llorando, siempre sufriendo…

Recordó también la historia familiar. Natalie había nacido en el seno de una familia de la alta sociedad francesa y se había educado en los mejores colegios privados. Sus manos nada sabían de quehaceres domésticos y sus amistades eran de su misma clase social. Pero su mundo de nobleza se derrumbó de un golpe cuando falleció su padre y el poderío económico se desvaneció. Tuvo que cambiar de colegio y restringirse en los lujos; en la casa sólo quedó una empleada. Al finalizar los estudios, empezó a trabajar de maestra; sin embargo, conservó sus amistades de antaño y se entregó a vivir en una falsa realidad, aparentando, sobre todo para sí misma, una magnificencia que jamás regresaría. Después se casó con un alemán, de sólida posición económica, culto, inteligente y de clase social privilegiada.

Hans había sido criado más por sus rígidas tías alemanas solteronas que por sus padres, que estaban enfermos. No supo de caricias ni de afecto, sí de obligaciones y responsabilidades desde muy niño, sujeto a la disciplina estricta de un colegio de doble escolaridad. Estudió abogacía, carrera que fue escogida por sus tanten —como él acostumbraba llamar a sus tías—. Cuando se casó con Natalie renegó totalmente de su pasado, de sus amistades, de su familia y especialmente de la clase social en que había nacido y se había educado. Le gustaba platicar con la gente obrera, y, antes que las lujosas fiestas, prefería reunirse con sus amigos del bar a jugar a los naipes, siempre vaso en mano. Natalie no sabía nada de esto, vivía en su burbuja.

Tan distintos ambos, a poco de casarse empezaron las discusiones. Ella siguió con sus aires de reina y sus amistades; él cortó definitivamente con su familia, en lo emocional y en lo económico. Pasaron por tiempos difíciles, en los que el dinero apenas alcanzaba para llegar a fin de mes, pero en una de las paredes de la sala resplandecían dos escudos, símbolos de la nobleza familiar.

Pero estos recuerdos se desvanecieron frente al dolor del día y a las expectativas derrumbadas. Entonces recordó el deseo formulado al apagar las velitas: «Que ya no sufra, que ya no llore, que no me haga más problemas por nadie, y que cada cual viva su vida y yo la mía». Y se propuso, con toda convicción, que a partir de ese momento sellaría su corazón, se bastaría a sí misma, no pediría nada más. Encendió el velador, se levantó y miró a la Barbie, su Barbie, que ahora le devolvía la mirada con un solo ojo; la puso en la caja, y ésta, a su vez, dentro de una gran bolsa negra junto a una flor. Pasó la noche, reafirmando, una y mil veces, sus nuevas intenciones y prometiéndose a sí misma ser otra persona a partir de ese momento.

Para el siguiente curso lectivo consiguió que la inscribieran en un colegio de doble escolaridad, donde aprendió otros idiomas y nuevas materias, deportes y teatro. Con el tiempo logró descollar en todo, pero más que el éxito ansiaba la independencia. La intensa labor escolar, por otra parte, era la excusa perfecta para pasar menos horas en su casa, en la que siempre se mostraba fría y cortante como el hielo. Hablaba sólo cuando le preguntaban algo y permanecía muda ante las discusiones; ya no cantaba ni bailaba, no era más la cotorrita parlanchina ni el payaso que divertía a la familia. «Son cosas de su edad —comentaba la madre—, se acerca a la pubertad.»

Una de las maestras del colegio advirtió que Denisse no jugaba en los recreos, sino que continuaba estudiando, y que, aunque siempre se mostraba correcta, jamás sonreía y se mantenía distante. Envió una nota a sus padres solicitándoles que se acercaran al colegio, pero esta entrevista no se concretó pues ellos adujeron que no tenían tiempo. Poco después, Pulgas, su perro compinche que había recogido de la calle, murió. Sus padres se ofrecieron a enterrarlo en algún lugar, pero Denisse, sin derramar una sola lágrima, aunque muy dolorida por la pérdida de su único confidente, decidió que ella se haría cargo. Entonces, envolvió el cuerpo en una manta, lo colocó en una caja y lo echó en un basural. Ya no tendría mascotas, para no entregar sus sentimientos a nadie, y por la misma razón no se casaría ni tendría hijos. De ahí en más, tampoco aceptó que le festejaran los cumpleaños. «De ninguna manera, son chiquilinadas, no creo en los festejos, no me interesan», les dijo a sus padres en el siguiente aniversario.

Al alcanzar la pubertad, se transformó en una hermosa jovencita. Pero, cada vez más renuente a crear lazos afectivos, nunca hablaba de ella, limitándose a escuchar y a dar su opinión. Resultaba para muchos la amiga perfecta, pues jamás los cargaba con las cosas de su vida.

Poco después del cumpleaños número catorce de Denisse, Grossmutter, su abuela paterna que vivía sola en Alemania, enfermó. Denisse advirtió inmediatamente la oportunidad de librarse de su familia, y, sin dudarlo, se ofreció a cuidarla. Su padre aceptó agradecido, pues la condición económica familiar no permitía contratar a una acompañante. Natalie, en cambio, opuso alguna resistencia aduciendo que residiría en otro país, con costumbres, colegio y amistades diferentes, además de alejarse de la familia. Pero Denisse, sonriendo internamente, aseguró que pronto se acostumbraría y que no había por qué preocuparse. Además, agregó que dominaba el idioma y sería una manera de aprender otras costumbres. A su madre no le quedó otra alternativa que acceder, aunque siguió sin comprender dónde había quedado aquella niña tan afectuosa y alegre, que cantaba y bailaba aun sin música pues decía que la música sonaba en su corazón y ella seguía el ritmo. En dos valijas, Denisse colocó sus pertenencias y marchó a su nuevo destino.

La abuela Berta era de pocas y precisas palabras. Sabía mucho de filosofía y de literatura, y Denisse devoraba todo lo que le transmitía. Pronto se adaptó a la nueva vida, en la que gozaba de una libertad casi absoluta. Grossmutter pagaba sus estudios y le daba algo de dinero para sus necesidades. En el nuevo colegio hizo algunas amistades y sobresalió, como siempre, en todas las materias.

El cuerpo de Denisse siguió desarrollándose armónicamente y su belleza despertaba la admiración de hombres y mujeres: medidas perfectas, músculos delicadamente moldeados por los deportes, larga cabellera rubia ligeramente ondulada, ojos de color azul profundo y un rostro muy agraciado. Paralelo a este proceso físico, la madurez emocional y sexual despertó en ella el deseo. Entonces, programó cuidadosamente su iniciación sexual. Debía ser con alguien experimentado, de quien pudiera aprender y, por supuesto, disfrutar. Al final escogió al joven profesor de Química, que siempre la miraba embelesado. Gozó cada momento de esa relación, pero cuando sintió que se estaba enamorando decidió terminarla abruptamente. Sin embargo, ante la negativa de él, lo congeló con la mirada y le dijo: «Te acusaré de violador. ¿Olvidas, acaso, que soy menor de edad? Irás a la cárcel, me aseguraré de ello».

Antes de terminar sus estudios secundarios, comenzó a asistir como oyente a algunas clases de la carrera de Ceremonial y Protocolo, en la facultad de Ciencias Sociales. Y a los diecisiete años, gracias a sus excelentes notas en la secundaria, obtuvo una beca para estudiar Relaciones Internacionales en la misma facultad. Además, en sus escasos momentos libres, tomaba cursos de modelaje y cosmética para sacarle el mejor provecho a su belleza. A los hombres les resultaba difícil resistirse a la seducción de esta amante perfecta, capacitada hasta en las artes amatorias orientales, como el tantra y el tao, y experta conocedora aun de las técnicas sexuales masculinas, a tal extremo que los hombres quedaban siempre muy impresionados. Era la mujer y la amante perfecta, pero siempre rehuía las propuestas de matrimonio, pues casarse jamás estaría en sus planes. Su axioma personal favorito era: «La vida es como un juego de ajedrez, sólo hay que saber qué fichas mover según las circunstancias, y yo soy una jugadora perfecta».

Sus estudios, su belleza y su glamour le allanaron todos los caminos, y, no bien terminó la carrera, con las mejores calificaciones, obtuvo un ventajoso puesto como secretaria en una importante empresa multinacional. Poco después, Grossmutter falleció, no sin antes legarle la casa en que vivía. Inmediatamente la vendió y adquirió un apartamento pequeño, aunque lujoso, en la zona residencial de la ciudad. Cambió su apellido por el de Berta, y a partir de entonces ya nada la ató a su familia.

Y llegó el primer 17 de noviembre con su nueva identidad y en su nueva casa. El día de su cumpleaños. Hasta entonces, cuando sus amistades le proponían festejar el aniversario, siempre se había excusado argumentando que lo pasaría con sus padres y hermanos en la casa paterna. Pero ahora era diferente, porque había logrado materializar, en todas sus facetas, aquel viejo deseo de su infancia.

El día anterior llegó del trabajo más temprano que de costumbre, acomodó la sala, vistió la mesa con un hermoso mantel de lino blanco y colocó sobre éste la torta con el número veintisiete y una velita. Dispuso las bandejas de reluciente plata con canapés y sándwiches, cubiertos para dos comensales y dos candelabros con velas. Eligió la música de acuerdo al festejo y decidió que el champán debería esperar en el refrigerador el momento oportuno. Después de ducharse, se maquilló y arregló sus cabellos con esmero, se colocó el vestido negro, largo y escotado, moldeado perfectamente a su cuerpo, y los zapatos negros con tacos de aguja. Se miró al espejo y esbozó una sonrisa complaciente. Mientras tanto, el otro comensal aguardaba en la sala, en una silla junto a la mesa. Al sonar la primera campanada de las doce, sirvió el champán, encendió las velas de los candelabros y la velita de la torta, y apagó las luces de la sala. Le dirigió una gélida mirada a su compañera tuerta, que lucía una flor marchita en su rala cabellera rubia, apagó de un soplo la velita y, en voz alta y clara, formuló el deseo de todos los años: «Que ya no sufra, que ya no llore, que no me haga más problemas por nadie, y que cada cual viva su vida y yo la mía». Se escuchaban los acordes de la Marcha Fúnebre.



HAPPY ENDING



Estaba embriagado, sí, embriagado de Natalia Duarte. Así lo sentía Orestes Millán: restaurador de profesión, pintor y escultor por afición. Un ser tan minucioso y paciente en su trabajo como sensible y apasionado en su arte. Y, por más señas, les diré que en presencia de Natalia Duarte aquellos tan y aquellos como se combinaban como caldos de las mejores cosechas formando en su interior un reserva especial elegante, suave y potente. Por tanto: sí, les puedo asegurar que Orestes Millán se embriagaba de Natalia Duarte.

Cada jueves, en el amplio apartamento de la calle de Alfonso XII —obviaremos el número del portal por discreción—, ella le esperaba mirando por la ventana: elegía una pareja anónima de actitudes afectivas y les acompañaba con la mirada en su paseo por el Parterre. Un acto de admiración y no de intromisión hacia la pareja. Y, por un breve instante, permitía a su imaginación transfigurar sus rostros en los de ellos, despojarlos de la moda actual, y cubrirlos con las del siglo revolucionario. Natalia Duarte amaba el arte de aquel siglo y no era de extrañar que su ensoñación les representara con aquel atuendo. Sin embargo, la realidad la golpeaba con dureza sin permitir que la ficción continuara por más tiempo: desvaneciendo los personajes (ellos) de una época pasada y apareciendo la anónima pareja ante ella. En aquel momento, ante su realidad, desviaba la mirada de la pareja hacia la salida del Parterre permaneciendo expectante hasta que le veía aparecer.

Orestes Millán corría a su encuentro atravesando el Retiro. No obstante, en aquella carrera, siempre efectuaba una parada al traspasar la Puerta de Mariana de Neoburgo: contemplaba la fachada principal del Casón recordando la primera vez que la vio. Después, retomaba su carrera hasta el portal del apartamento.

Natalia Duarte nunca iba al encuentro de Orestes Millán, permanecía inerte junto a la ventana, esperando a que él entrara en la habitación, la sujetara por los hombros, la besara en la nuca.


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