El caso Jimaguas
By Pedro Merino
--------------------
Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-30-2
Copyright TXu 1-685-193
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
--------------------
A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
--------------------
Amantísimo Jehová, le pido que con sus ojos busque a mis hijas. Oh, Padre celestial, ayude a la policía. Póngale sabiduría a los criminalistas. Sí, Jehová, mira que ningún Gobierno humano es justo. Que (Jehová) vaya delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos. Que encuentren a mis jimaguas, Jehová. Dale fuerzas al Estado que me echó de esa escuela, injustamente, para que ahora pueda encontrar a mis niñas. Sí, Padre. Tu nombre es Jehová, Señor de los Ejércitos. Amén.
--------------------
Aún sin haber terminado el caso del asesino del cuño, el capitán Veitía y su auxiliar Rodríguez pasaron por la shopping de San Andrés y Galiano. Percibieron un anuncio en la vidriera que los sacudió, sentados en el Lada 2107.
Mis dos hijas jimaguas se fueron a la beca y cuando fui a verlas se habian marchado y hace dias no se de ellas por favor el que las haya visto llamame al telefono 62 25 59 una es mas alta son de pelo castaño ojos negros, pelo cortos
Avisar calle Cardoso 64 / Pilar y San Joaquín Habana Vieja.
A un costado del escrito aparecían dos fotos, tipo carné, en blanco y negro, con sus nombres y apellidos. Rodríguez accionó el chucho. Puso primera y poco a poco las otras velocidades las pedía el auto. Al unísono su mente le preguntaba acerca de las desaparecidas, hermanas de la misma consanguinidad.
Al llegar a la Provincial de Criminalística, desde el parqueo Hilario le hizo un gesto con la mano: el dedo de en medio y el índice encima de un hombro. Pupo, de Pupo: el coronel los llama. ¿Otra vez? Sí, Veitía. Dile que lo veremos cuando yo cague.
–Sube tú, Rodríguez.
–Yo voy a orinar, mi socio... Dile a Pupo que no hemos terminado con la Operación “Rastrojo”.
–Que vayas te digo –insistió Hilario.
–Compadre, ¿tú no ves que el capitán se va a cagar en el pantalón y yo lo voy a mojar? En La Habana no hay baños públicos.
–A Pupo se le rompió el televisor de pulsera.
El capitán Veitía estaba en el baño. Rodríguez se encontraba a unos metros de la puerta. Se vira y le dice:
–Y a mí qué. Soy un subordinado.
El auxiliar de Veitía penetra la oscuridad del baño. No es un apagón, sino unas lámparas fundidas.
Veitía contuvo los deseos de contradecir al coronel Pupo. Rodríguez tomaba notas. Se subordinaba al capitán, quien seguía renegando mentalmente la orden de su jefe: entrevistarse con el gerente de la tienda recaudadora de divisas de San Andrés y Galiano para que retirara la nota anónima (o de los padres) sobre las jimaguas desaparecidas y estuviera al acecho de otras notas.
Rodríguez, a pesar de la subordinación que lo diezmaba, no podía comprender por qué en su país los medios de difusión masiva no admitían los casos de personas desaparecidas. Por la televisión se informaba: “Se encuentra ausente de su hogar el ciudadano...” Conque a u s e n t e. Manera sutil de expresar desaparición física.
El joven criminalista no podía tragarse aquella noticia. Siempre se aducía que el ciudadano tenía trastornos psiquiátricos o era un jubilado. ¿Y el reciente caso de las jimaguas? Junto a ellas estaba otra “ausente del hogar”: una compañerita del grupo 3 de séptimo grado, de la Escuela Secundaria Básica En el Campo (ESBEC) Mártires de Sijú.
–¿No dijeron que una tiene quince años?
–Si las tres son de la misma aula, Veiti.
–Estas recepcionistas, coño, enredan la pita.
Bajando la escalera de la Provincial, Veitía le preguntó a Rodríguez:
–Ven acá, chico, ¿cómo se dice... un parto de cinco hembras?
–Ah, no, Veiti, no sé de medicina. ¿Quieres un caso más complicado?
–Así que Katia y Kenia Hernández La Rosa, junto a Sandra Suárez Gómez. ¿Qué piensas del casito?
El joven criminalista miró el reloj:
–Lo sabremos dentro de un cuarto de hora.
–No me satisface tu respuesta.
–Jefe, hay que averiguar primero por qué abandonaron la beca... si fueron raptadas.
Veitía sintió una calentura en la mente. Tenía varias interrogantes. Respuestas ambiguas. Todas con finales abiertos. ¿Pudieran haberse fugado de la beca con sus novios? ¿Habrían sido violadas y secuestradas en el pueblo, a más de un kilómetro de la secundaria? ¿Estarían muertas en un hierbasal?
Los criminalistas abordaron el 2107 rumbo a casa de los padres de las jimaguas. El silencio los mantenía mudos. Flotaba por la cabina. Rodríguez se concentraba con la vista en la carretera y las manos en el timón. Ninguno balbucía. No miraban a los lados a no ser Rodríguez por el espejo retrovisor.
Apenas se adentraron en la barriada de La Habana Vieja, percibieron anuncios en las paredes, en troncos de árboles o en vidrieras.
Veitía recordó la época de la revista Opina, la sección de clasificados. Ya era otro periodo: el tiempo del picadillo con soja, la pasta de oca o el fricandel, porque las vacas flacas estaban extinguidas y los cartuchos fueron suplantados por las jabitas de las shopping (que la gente compraba) en las bodegas, en las carnicerías y en los agromercados.
La curiosidad de los criminalistas los obligó a salir del 2107. A dejarlo en un inmueble derrumbado, con ambiente de parqueo. Caminaron. Dieron un rodeo. Estaban inmersos en la investigación. La vida de un policía es una chiveta. Si fuera chingueta todos querrían entrar, ¿no, Veiti? Ningún habanero quiere ser policía. Y yo qué soy. ¿Tú?, una excepción.
Se sintieron invitados a leer los anuncios. Examinaron la caligrafía:
Se afilan tijeras y cuchillos y
alicate de uña ver a Macho
Calle Aguila 513 / Esperanza y Valdivia
Habana Vieja
Más adelante quedaron atrapados:
Tu MEJOR REGALO
SHOW FANTASIA
PAYASOS para CUMPLEAÑOS
Mariela y Juan
payasos títeres cuentos juegos canciones y magia
Municipio No. 1263 apto 7;
/ Melones y Rosa Enriquez
Luyanó, C. Habana
tel.: 95-3015 (Cuca); 99-0644 (China)
Era común ver a los conciudadanos detenerse, casi de lado leer algunos anuncios. Los menos se informaban de cuanto escrito hubiera porque los más seguían el ajetreo de la lucha por conseguir alimentos, buscar un negocio, ilícito, la más de las veces.
VIDEO OCASIÓN
Daniel Fernan Roll
Videos familiares de actividades sociales
Soto No. 1231 / Central y Miranda,
Reparto Juanelo, S. M. Del Padrón, Ciudad Habana, Cuba
celular: 364-6122
telef.: 209-1426
–¿Sabes, Rodri?
–Qué.
–Me he dado cuenta de la aparición de celulares en la población nativa de menos ingresos.
Rodríguez se echó a reír y contagió a Veitía.
–Dicen –expresó el oficial–, que con ochenta dólares, “por detrás del telón”, compras el aparatico y luego pagas lo que consumas. Venticinco fulas al mes, más o menos.
–No jodas. Las jineteras son las que tienen para eso.
–O los proxenetas...No, hay gentes ¨luchadoras¨ que los tienen.
VIVA EL MOMENTO
Y CONSERVE EL RECUERDO
Roly Valdo
Fotógrafo
Teresa Blanco No. 11
/ Pérez y Juan Abreu,
Luyanó, 10 de Octubre,
Ciudad Habana, Cuba
telf: 980487 (Vecina Juana)
997389 (Vecina Toña)
Los criminalistas siguieron caminando. La dirección de las jimaguas estaba cerca. No se asombraron de las palabras escritas con tizas, a la altura de una persona:
AB JO F D EL
Algunas letras no se entendían. Estaban borradas con un paño o, a mano. A unos metros, en esa misma pared, leyeron otro escrito tocante a las jimaguas.
–Aquí comienza nuestro curralo, Rodri.
–Sirvo a la tranquilidad ciudadana... las encontraremos... y al supuesto asesino también.
–No dudo de tu optimismo, muchacho, pero... no te deprimas. No ganaremos siempre.
El oficial leyó la dirección. Era en frente. Por un pasillo, al fondo. Penetraron la edificación. Unas goteras hicieron rezongar a Rodríguez. ¿Serán de orine? Bueno, joven, en el mejor de los casos provienen de un baño.
Veitía tocó en la puerta. Enseguida se abrió. Por ese ángulo un rostro sufrido, con párpados hinchados, exclamó ante los uniformados.
–¡Son ustedes, los ... el presentimiento de madre no falla! Una está mal, una está mal.
–Cálmese, compañera. Soy el capitán Veitía, de la Provincial de Criminalística –le enseñó su carné–. Acá es mi auxiliar...
–Rodríguez, Fernando Rodríguez, para escucharla y ayudarla.
–Ay, mis hijas, policías, mis niñas, por... dos de un tiro.
–Antes que nada...
–¡Luis!, ¡¡Luis!! –interrumpió a Veitía–, ¡ya llegaron, ya llegaron!
–Relájese, compañera, relájese.
El esposo gritó desde el baño. La esposa pronunció monosílabos y oró por las hijas. Le otorgó a Jehová las gracias. Unas gracias de corazón. De pulmón abierto, lleno de todo agradecimiento.
El hogar era humilde, adornado de afiches con citas bíblicas, cuadros con personajes de la época de Cristo y sus apóstoles.
–Ah, sí, Luis Hernández, qué bien.
Los criminalistas se presentaron.
–Por favor –dijo Veitía–, necesitamos colaboración de ambos. Toda información es poca para salvar a sus hijas.
–Ay, ¿y usted cree que están vivas?
–Compañera, no somos adivinos.
–Está bien –le interrumpió Luis Hernández–, díganos. Llegaron rápido, no se demoraron.
–Sí, gracias. Somos de la Provincial... bien, bien. ¿Cuándo y dónde se percataron de la desaparición de sus jimaguas?
–Hoy lunes nos... déjame hablar a mí, María Luisa. Le decía, oficial, queee, hoy lunes pasamos por la beca a llevarles medicinas a las dos..., ketotifeno. Son asmáticas, usté sabe, y nos dijeron que desde el jueves 12 estaban ausentes de la escuela.
“Son más de tres días”, caviló Veitía.
–¿Quiénes se lo dijeron?
–Las amiguitas del aula y el director de la escuela. Y, de verdad, mis hijas no son unas descaradas, oficial.
La esposa irrumpió en un llanto frenético. El marido la llevó hasta el cuarto y le pidió que permaneciera acostada. Enseguida regresó.
–Imagínese, ustedes saben que... las mujeres. Está muy alterada.
Por el terraplén podía transitarse a pesar de los charcos de agua dispersos. Se respiraba un aire puro, venido para quedarse en el follaje. El 2107 era escoltado por dos camionetas: la de Medicina Legal y la de la Brigada Canina. Perros de varias razas y policías entrenados en busca de las tres adolescentes harían de la escuela puntos de miras en cuanto llegaran. Las actividades se interrumpirían ese lunes 16. El director de la ESBEC los esperaba. Ambos vehículos percibieron un póster que anunciaba el plan quinquenal cumplido.
Rodríguez divisó una señal de tránsito. A un costado el nombre de la secundaria y los kilómetros para localizarla.
Veitía manoseaba cada detalle de la foto. Toda adolescente muestra el nacimiento de una mujer. En este caso: su duplicidad. No así la mente; las dos no piensan igual. Hizo una reflexión respecto a las declaraciones de Luis Hernández.
¿Sabes, Rodri?
Dímelo.
Hay buena dosis de verdad sobre lo que nos dijo el papá de las jimaguas.
Bueno, según los testigos de Jehová, son la religión verdadera.
Fue hace años. Tú no pensabas nacer cuando se crearon las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP). Todavía tengo fresca la memoria, anjá... entre 1965 y 1969. Lo que dijo ese testigo de... es cierto. Se realizó una gran recogida de homosexuales, siguió contándole Veitía, que fueron forzados a trabajar en condiciones difíciles. El proceso de parametración que le continuó al Primer Congreso de Educación y Cultura de 1971, sí, claro que lo recuerdo, culminó con la separación o traslado a otro puesto de trabajo o cargo dentro o fuera del organismo. La Ley 1267 sobre el homosexualismo incidió negativamente en la “educación, conciencia y sentimientos públicos, en la niñez y en la juventud”...sí, sí, ...por quienes desarrollaban actividades artístico-recreativas desde centros de exhibición o difusión.
También se expulsaron gays de las universidades, del Partido Comunista de Cuba y de la Unión de Jóvenes Comunistas”. El teatro de la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana fue uno de los escenarios de las expulsiones.
Te cuento esto porque seguro no te lo dijeron en ninguna de las escuelas donde estudiaste. A mí sí no me “corren máquina”.
Luis Hernández se acomodó en el sillón sin rejilla. Se mecía y lo hacía crujir. Los criminalistas lo observaban desde sillas más o menos seguras de romperse. Rodríguez miraba a Veitía y el oficial al auxiliar.
–Es imprescindible que nos facilite una foto de sus hijas, la más reciente. Y, por favor, no reproduzcan más cartelitos sobre las niñas. Ni los peguen en vidrieras ni en columnas, ¿o.k.?
–Sí, como no, capitán. Ya me lo habían dicho.
Luis se levantó del sillón y hurgó en unos papeles tirados
en la mesa. Rezongó. Buscó dentro de unos libros, acomodados en una de las sillas y halló lo que le pidió el oficial. Rodríguez leía el lomo de algunos libros con las letras invertidas. Distinguió una Biblia, cuya traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras era confiscada por la Aduana.
–Tómela. Están las dos.
Veitía las observó. Las comparó con su Yamila:
–¿Es de hace poco?
–Hombre, se la tiró un hermano de fe que vino hace poco del Norte, de EE.UU.
–Vea usted, Luis, yo también soy padre de una hembra y... ¿ellas no tienen novios?
–Pero si tienen doce años, oficial; aunque...
–Ya veo, es posible. ¿Conoce a uno o a ambos?
–De verdá que no. Ellas se iban cada quince días y estaban aquí menos de treinta y seis horas. Así que no... en qué tiempo.
–Entonces son de allá.
–Es que, esa beca, oficial.
–¿Qué le sucedió allí?
–Yo fui profesor de matemática. No puedo evitar contárselo. Desde luego, ya nada me pueden hacer.
–¿De esa escuela de nuevo tipo?
–De esa no, de la vieja, de la escuela pública Martha Abreu. Se derrumbó y, en su lugar, construyeron esta nueva...
“Se torna interesante esto”, meditaba el capitán Veitía:
–¿Cree usted que el hijo de un profesor, que fue compañero suyo, se haya aprovechado de sus hijas ahora que imparte clases?
–No, no, no. Óigame, ya le dije…nada debe pasarme. Creo yo. Nadie hay allí que pueda hacerme daño, ni a mí ni a mis hijas mucho menos.
Ustedes saben que los testigos de Jehová somos imparciales. Fue a mediados de los 60s. Uno siempre recuerda los momentos felices; pero mis momentos aciagos provienen de ese lugar. El Gobierno estaba “limpiando” las escuelas de homosexuales, en lo cual no tengo reservas. Sin embargo, aquella inspección me ocupó unos libros, libretas de notas, hojas sueltas, revistas. Entre ellas un ejemplar de La Atalaya. En uno de los capítulos decía, El comunismo: lavado de cerebros. Imagínense, ¿piensan lo que yo…?
Pues sí. En el juicio me imputaron el portar y diseminar propaganda subversiva. No lo podía creer. Pensé en mi madrecita, la única mujer que me quería en esa época. Fui condenado a ocho años de prisión. Decían que yo hablaba mal del comunismo. Ustedes saben: aquí somos de la CIA y en EE. UU del G-2. No, solamente cumplí cinco años por buena conducta. Los testigos de Jehová éramos los cocineros. Menos mal que dormíamos con los presos de conciencia. Que nos separaron de los asesinos violadores estafadores marihuaneros ladrones. ¿Mi madre? Mi madre murió de sufrimientos. Ella iba a verme cada vez que tenía visita. Nunca faltó. Jamás. Qué lástima que no me vio libre. Era vieja. Me tuvo tarde, ustedes saben, y no nos volvimos a ver.
Cuando salí de la prisión comencé a ejercer oficios rudos. La construcción, la carpintería, no eran mi desvelo: amaba los números. Pasó un tiempo y empecé a impartir clases particulares hasta hoy. Claro, a escondidas. La Ofensiva Revolucionaria de 1968 acabó con los negocios. Toda producción mercantil fue intervenida. A nosotros en la prisión nos ponían los noticieros. Sí, yo sí los veía. Los testigos de Jehová no somos fanáticos. Algunos reos decían que nos íbamos a volver comunistas porque esos noticieros eran para lavarnos el cerebro. Mas, ninguno de nosotros se retractó. El tiempo ha demostrado que somos la religión verdadera. Por ello, no sé qué presidente dijo, creo que
Roosevelt: “Dejen, dejen a los testigos de Jehová que no vayan al servicio militar. Si los aceptamos, nos corrompen la tropa”.
Los vehículos de Criminalística se detuvieron ante un charco gigante. Llovía desde varios días. Apenas escampaba, las nubes se exprimían de nuevo. Aguaceros de varios milímetros llenaban bajíos por todas partes. Rodríguez abrió la puerta. Le voceó a ambas camionetas, detenidas en medio del charquero. Veitía lo imitó también, con órdenes de avanzar. Los criminalistas temían que los motores se fundieran ante una posible inundación. Pero fue despejada la alarma al surcar el charco sin contratiempo. Al doblar por una curva otro póster los imantó: un aula con alumnos. En vez de un profesor adulto, un maestro emergente impartía la clase.
Era allí. A unos cien metros. El anuncio lumínico de la ESBEC les hizo cambiar de vista corta, por el último póster, a vista larga.
Al fin llegaron. El frente de la secundaria estaba pintado no hacía mucho. Un trillo de adoquines en cuyos bordes una franja de lechada los conducía a la entrada del pasillo central, donde el director de la escuela les daba la bienvenida. El florecido jardín le llamaba la atención a los extraños.
Todavía las camionetas permanecían estacionadas a la espera de la orden del capitán Veitía.
Al subir los criminalistas la escalera, la subdirectora se levantó de una de las butacas posicionadas en el vestíbulo. Entraron a la Dirección. El director le apretó la diestra a Veitía y a Rodríguez. En la pared colgaban dos fotos: la del Ministro de Educación y la de Fidel, más grande.
Y bien, dijo Veitía. Ya pensé; ahora escucho.
El director estaba sentado en su puesto de mando. En una silla, al costado, se encontraba la subdirectora. Frente a ellos, en unas butacas, se acomodaron los policías.
Déjenme decirles que en esta escuela primera vez, oigan bien, primera vez que se da un caso como este. Nosotros velamos por la seguridad de los alumnos y no toleramos ningún tipo de indisciplinas, ¡ninguno!
Veitía cerró los ojos y los abrió:
No estamos aquí para escuchar esas palabras. ¿Cuándo detectaron la ausencia de las alumnas?
Ah, el jueves 12 por la tarde. Los padres pasaron a verlas hoy lunes. Ellas son asmáticas. Me refiero a las jimaguas.
¿Y la otra alumna, Sandra Sua…?
Suárez Gómez, le interrumpió el director. Sandra Suárez Gómez. Vive en Sopapo [ pueblo imaginativo, diferente al real, en caso de que coincidan.]. Ya le avisamos al familiar y ni se ha presentado. Les adelanto que es una jovencita especial.
¿Cómo que “especial”?
No, no es de trastornos psíquicos.
Explíquese.
Huérfana de padres.
¿Nadie se ocupa de ella? ¿Tiene algún hermano mayor?
A una tía.
¿Pero tía tía?
Ah, no, el parentesco exacto no sé. Ya eso es comida de policía.
Upa-upa. Es una tía madrasta.
–Ya veo que ha sufrido bastante, compañero Luis.
–La fe es la que nos mantiene, oficial. Sin Jehová no somos nadie. Y la esperanza del Armagedón, también.
–Pero… a ver, en este barrio no hay ninguno, Luis, que se haya acercado a sus hijas.
–Ya le dije, capitán, que en qué tiempo. A lo mejor en Sopapo, el pueblo más cercano a la beca de… sí, sí, allí… quién sabe.
Los criminalistas consideraron suficiente la entrevista. Se despidieron de los padres de las jimaguas. La madre acababa de salir del cuarto. Estaba muda. Pero hablaba con el pensamiento. Le rondaba el trauma de la desaparición física. Ojalá fuera a u s e n t e del hogar.
Por aquellos días se desataron muchas “bolas” o expresiones que denotan verdades y mentiras acerca de secuestros de
menores de edad por La Habana. Sin embargo, la única prensa seguía silente.
Otra gotera mortificó esta vez a Veitía, mientras andaban por el pasillo. A la izquierda, una casa de puntal alto era la del Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Unos vecinos le preguntaron a los de Criminalística, ¿saben algo de las jovencitas? Todavía, todavía. Rodríguez tocó en la puerta. Repitió el ejercicio, ahora con el puño cerrado, debido a la fortificación de madera. Un ojo de palo se fijó en los policías. Enseguida se les abrió la entrada. Una mujer obesa los conminó a penetrar en la edificación. Los invitó a sentarse en un sofá.
Los criminalistas contemplaron una foto de Fidel, colgada en la pared. A su diestra vieron un altar de la Virgen de la Caridad del Cobre. Abajo, un librero descansaba en el piso. En un estante había un libro abierto.
Los policías se presentaron.
La mujer también.
–Me extraña, de verdá, esas niñas no son malas.
–¿Usted le conoce algún noviecito?
–No, no. Vaya, si algo bueno tienen los testigos de Jehová es que educan a sus hijos. Ellos políticamente no están con esto, pero no hacen contrarrevolución.
–Piense bien, porque entonces las raptó Dios.
La presidenta del Comité se burló:
–No sé, pero de las dos, Katia, sí, Katia es un poco, un poquito suelta. ¿Qué señorita no lo fue?
Rodríguez observaba a la mujer. Veitía meditaba cada respuesta de ella. Miraron hacia el librero, hacia el altar. Iban a mirar hacia...
–Ya hay tolerancia, ¿no? Casualmente estaba leyendo Fidel y la religión, por Frei ¿Betto?...
”Ahora los santos están en la sala. En los años 60: en la cocina o en el baño”, pensaba Veitía:
–Discúlpeme usted. ¿Seguro ningún joven las ha visitado?
–Usted me la ha puesto en china. Eh, ya le dije todo lo que hay, más no puedo hacer.
Se levantó de la butaca. La gordura le profería un lento desplazamiento. Fue hasta el librero y se apoderó del ejemplar abierto.
Rodríguez le susurró a Veitía:
–No procede.
Al volverse los policías se despidieron de ella.
Por la calle las gentes comentaban acerca de los uniformados que acababan de abandonar la edificación de las desaparecidas. Veitía le propuso a Rodríguez visitar al Delegado de la circunscripción. Pero ya tenemos las declaraciones del Comité. ¿Y si el Delegado nos aporta...? No, Veiti, creo que Sopapo es el camino; la beca primero. Un perro sarnoso bebía en un salidero albañal. ¿Y el Sector de la Policía? Iremos allá, jefe.
Hablaron con el Jefe de Sector. Las respuestas arrojaron lo mismo con lo mismo. Esos testigos de Jehová eran los mejores vecinos de la cuadra. Veitía convenció a los agentes del orden interior. Que retiraran los anuncios en las vidrieras acerca de la desaparición de las jimaguas.
...............
Otro aspecto, director, ¿quiénes integraban la guardia el jueves 12?
Bueno, el profesor responsable de la guardia está impartiendo una clase. ¿Se lo lla...?
Sí.
Mercedes...
Le dijo a la subdirectora que continuara esa clase. Si no dominaba el contenido que se mantuviera en el aula.
¿Sabe cómo estaban vestidas?
El profesor Marcelino me dijo, “de uniformes”, que vio a Kenia y a Sandra al final del pasillo central después del último turno de la sesión vespertina.
¿Marcelino era...?
El profesor responsable de la guardia. Ya viene para acá. Con él la hicieron dos profesores.
¿Se encuentran también en clases?
Sí, como no. Pero Marcelino era el responsable.
Y bien, compañero director...
Llámame Cándido.
Sí, Cándido, ¿cree usted que tengan, esas alumnas, algún pepillo en la escuela o del pueblo, de Sopapo?
Bueno, katia sí. Y Sandra también.
¿Son de aquí o de afuera? Descríbalos.
Espe-espere. Aquí, bueno, nosotros sí velamos por las relaciones de parejas.
¿Son lesbianas?, les interrumpió Rodríguez.
Ah, no, eso no lo sé, dijo Cándido. Aquí no hay parejas de homosexuales, que yo sepa. En caso de que quieran tener... ustedes saben, nosotros lo impedimos. Ahora, el perimetraje de la escuela, los alumnos lo conocen. ¿Qué lo hagan dentro?: no lo permitimos. Es posible que hayan escogido el caminito del guaimaral, monte adentro. Pero hasta allá no llegamos. Sólo velamos dentro de la escuela.
Permiso, Cándido, la ESBEC no está cercada.
Aunque no lo está, oficial, cualquier extraño que merodee... llamamos al patrullero.
¿Sus taquillas están intactas?
Como ustedes nos dijeron. La jefa del albergue las custodia. No se ha removido ni una prenda, ¡nada!
¡Coño, verdá!, se enfadó Veitía. Que procedan con la técnica canina, Rodri.
El joven criminalista dio la orden al teniente Rufino.
¿Son del mismo albergue?
Y del mismo cubículo, oficial. Del segundo. Y del grupo de séptimo 3.
¿Están en clases o en el campo?
En el campo. Tal vez hayan llegado. ¿Se los llamo?
Sí.
El director llamó a la secretaria. Le dijo que llevara a los alumnos de séptimo 3 hacia la biblioteca y que allá esperaran a los criminalistas.
Bien, Cándido, y ... ¿no cree usted que algún profesor esté... o haya tenido cierta relación afectiva con las desaparecidas?
Eso se ha dado. Pero... no sé, no sé. Tendría que indagar. Aquí hay profesores valientes.
¿Valientes?
¿Usted no sabe que...?
Ah, sí, sí, verdá, el llamado de la Revolución. Entonces, ¿hay algún valiente ausente?
Sí, pero justificado. La madre está enferma. Son de Guantánamo.
Rodríguez anotó los datos personales del maestro emergente.
¿Otro profesor ausente? ¿De los mayores hay?
No, no. Todos están aquí. Lo pueden comprobar en el Departamento de Personal, de Recursos Humanos.
Sintieron un leve toque en la puerta. El ruido en la madera se fue sonorizando con fuerza, con menos intervalos a tal punto que interrumpió las conversaciones, la atención entre varios seres, dos en busca de elementos claves, de indicadores.