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Preámbulo para un suicida



Alberto Acosta Brito




Preámbulo para un suicida By Alberto Acosta Brito

Copyright 2011 Alberto Acosta Brito

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A mi esposa Sania,

sin la que no hubiera sido posible esta obra.

A mi hija Roxania,

por el tiempo que he tenido que robarle.


Tabla de contenido


Hermanos

El hombre de la parada

Fobia

El precedente

Musa por encargo

La Aurika

Bar El Triángulo

La basura y yo

El héroe y el vendedor

El Disidente

Preámbulo para un suicida

1980

Sobre el autor




Hermanos



Mi hermano mayor era un egoísta, un casasolo, eso pensé mientras esperaba en el césped por los zapatos. La cuidalibros clavó las uñas en la oreja y solo la soltó cuando me sacó de la Biblioteca.

–Bastante hice con dejarlos entrar con esa facha –había dicho, refiriéndose a mis hermanos que vestían pantalones cortos y camisas de guinga remendadas hasta la saciedad– ¡Yo no sé cómo tú entraste… porque por la puerta no fue! –agregó, zarandeándome por la oreja –¡Esto es un lugar decente… y los mataperros aquí no pueden estar! –gritó en medio de un silencio endemoniado.

Fui arrastrado hasta la puerta. Lloré por un rato sobre el césped del frente de la Institución. Decepcionado decidí retornar a la casa, pero una elegante señora me detuvo para entregarme un cartucho.

–Esto lo manda el chiquitico… me dijo que te los diera para ver si podías entrar.

Abrí el cartucho y dentro estaban el par de tenis de mi hermano menor. ¿Para qué me mandaron estos zapatos?, ¡si no me sirven!, exclamé. ¿Por qué el sangaletón de mi hermano no me mandó los suyos?, él sabe muy bien que son de los dos… tacaño, na´ ma´ piensa en él, pensé.

–¡Vaya ripio! –exclamó asombrada la mujer al ver los tenis fuera del cartucho.

En la Biblioteca no se podía entrar descalzo, y mis zapatos los compartía con mi hermano mayor. Solo había abierto el cartucho cuando vi venir a la cuidalibros con sus uñas clavadas en las orejas de mi hermanito. Lloraba que daba pena. La elegante señora mostró cara de lástima al vernos abatidos sobre el césped.

–Niños, vayan por casa, tengo un montón de zapatos para botar… mis hijos tienen más o menos la edad de ustedes –dijo la señora–, están nuevos –enfatizó al notar mi desconfianza –en casa nos deshacemos de las cosas casi nuevas… Apúrense en ir, mi esposo llega de viaje en estos días. Vayan mañana mismo, antes de que llegue de la RDA. Él es un hombre muy bueno, pero así es de bueno, es de comunista –insistió– si me ve de regalona empezará a tildarme de burguesa, me volvería loca con sus sermones: En esta sociedad no hay miseria, sino padres despreocupados, eso repetiría hasta el aburrimiento. ¡Por Dios, como se pone con las costumbres de los burgueses!, insoportable.

No entendía sus palabras, pero le di las gracias de antemano. Repitió la dirección de su casa varias veces antes de entrar al auto.

Subida a su VW se alejó sin dejar de mencionar sus tormentos: Yo soy muy mala para botar algo, no duele tirar las cosas a la basura; pero si me sorprende regalando… que lío me busco, vaya dilema, y con la cantidad de cosas que trae: ahora dime, tú, ¿dónde pasaremos las vacaciones?: en Soroa, no, eso es un monte: ¡Varadero, qué va, estoy aburrida de ir!: Cancún, ¡si pudiera ir a Cancún…! tengo que darle la vuelta… pero de que lo convenzo, lo convenzo, ¡no digo yo!

Bajábamos por la callejuela detrás del VW y antes de llegar a la calzada fuimos alcanzados por mi hermano mayor.

–Mira lo que te traje pa´ que dejes de llorar –dijo, entregándole a mi otro hermano un grupo de páginas llenas de dibujos en colores– se las arranqué de los libros… tienen bastantes figuritas… mira, mira –agregó, luego se viró hacia mí –toma mi hermano, coge los zapatos, ahora te tocan a ti… mira lo que te traje: el libro que estabas leyendo… te lo regalo, es tuyo, se lo llevé a la cuidalibros en su propia cara.





El hombre de la parada



El ómnibus demoró un rato y cuando pasó no detuvo la marcha. Tenía apenas ocho años cuando el viejo Leyland de la ruta 119 siguió de largo con su ruidoso andar. El semáforo del cuchillo de Zapata y 23 le dio luz verde. Quedamos varados en la parada, y aunque nos considerábamos caminantes, la vergüenza y el sentimiento de culpa nos limitaba. Mi hermano había tomado sin permiso los únicos zapatos sanos de la casa, los de llevarnos al médico. Papá reservaba la mejor ropa y el mejor calzado para tal fin. Según él, era muestra de buena educación y de buen tino, criterio que mantenía a la hora de vestir a los difuntos. Dentro de la familia existían opiniones encontradas que aseguraban que calzar a los muertos era tentar a los espíritus; ponerlos a joder, diría mi abuela materna a quien papá ni medias le puso por precaución. Yo tuve que conformarme con mis colegiales de piel negra lustrada y suelas despegadas para viajar junto a mi hermano. Por culpa de mi maldita asma no hubo riña ni rifa entre nosotros dos. Caminar arrastrando las penas hasta la Biblioteca Nacional no era nada agradable y mi hermano debía cuidar en extremo que no descubrieran su culpa. Para más desgracia coincidía con él en todo, hasta en el gusto de ir al médico a inyectarme, y para colmo a mi hermano mayor no le crecían los pies, calzábamos el mismo número y papá le metía algodón en las puntas para encasquetarle los zapatos también a nuestro hermano menor.

Cuando pasó el ómnibus todos gritamos a coro: ¡Hijo´e puta! El chofer reciprocó con una enorme sonrisa. No me levanté del muro por culpa de los jodidos zapatos. Mi hermano se volvió a sentar junto a mí, nos entretuvimos separando los taquitos que yo llevaba en los bolsillos, los de papel eran para dispararlos en la escuela y los de alambre para matar lagartijas y pajaritos. Éramos cazadores de ciudad. Por eso presentimos que el ómnibus no pararía. El chofer parecía estar en pleno safari sobre su asiento, cazaba la luz verde de los tres semáforos que debía rebasar el ómnibus antes de incorporarse a la calle Zapata. Evitaba que una inoportuna luz roja le amainara el impulso al sobrecargado y viejo vehículo cerca de la parada, que sería víctima de un abordaje masivo. Mis armas para disparar taquitos iban en mis muñecas, eran dos ligas rojas de caucho, lo máximo en aquel tiempo aunque las traía con un noble fin.

En la parada había cinco personas, cuatro eran vecinos del barrio y amigos de mis padres. Lola, la viuda de un enano bolitero, blasfemaba sin parar. Manolo, el carnicero, rascaba su enorme panza. Cheo, el zapatero, iba acompañado por su mujer. Todos vestían ropas oscuras. Por último, apartado de todos, había un negro flaco de escasa frente, nariz aplastada y pómulos abultados, todos fingían ignorarlo.

–¡Deja que te coja! –refunfuñaba entre dientes el negro– ¡Vas a saber quién soy yo... esta vez no dejaré que te regalen la pelea! –exclamó en solitario.

Él se mantenía siempre en guardia, listo para combatir en cualquier momento, y desde que descubrimos su presencia, nos subimos a un muro más alto. Yo le temía, mi hermano no sé, pese a las clases de machismo que recibíamos a diario en casa y los consejos que aportaba Kid Chocolate cada vez que coincidíamos en el negocio de papá; se decía que Chocolate y papá eran buenos amigos. Los hombres no tienen miedo, afirmaba el gran Kid, la misma letanía de papá que terminaba dándole de comer y dejando caer algo de dinero en uno de sus bolsillos. Yo, en la parada lleno de problemas, escondía los proyectiles en mi pantalón corto.

La educación familiar y los consejos de un campeón no surtieron mucho efecto en un par de mocosos, es que en ocasiones aquel negro de la parada se ponía agresivo. Andaba sucio, aunque no tanto como el Caballero de París, por lo general mantenía su cara rasurada y el pelo cortado; alguien debía atenderlo o no estaba tan loco como se decía. Un día se me ocurrió hacerle una pregunta al hombre de la parada, que solía pasar a diario por el barrio, nunca supe de dónde venía y hacia dónde iba. La curiosidad me llevó a pararme frente a él. Pero toda la muchachada del barrio lo mantenía engrifado, le gritaban y ofendían para después huir de su locura, como tuve que hacer yo por culpa de la maldita pregunta. No era de los que solían alterarlo pero al parecer me confundió con uno de ellos y actuó como Negrín, un perro que se volvió mordedor; tanto fue molestado que llegó a odiar a los niños. Por suerte, lo atropelló un auto mientras me perseguía con la intención de clavarme los dientes. El miedo fue tal, que crucé la calle 23 sin mirar a los lados.

–¡Ñooo, por poquitico! –exclamó uno de mis hermanos, creo que el menor, al ver que un auto me rozaba a gran velocidad, mi hermano mayor puso cara de carnero degollado, como diciendo: al final este se queda con los zapatos de salir.

Lo cierto fue que aquel día por poco los dejo sin nada, jamás me lo hubieran perdonado. Al perro, el odio lo llevó a la muerte y al hombre de la parada la locura lo había llevado a una larga persecución tras de mí. Este hombre, delgado en extremo y de voz aguda, no mordía, pero pegaba, y duro. Los pequeños puños no delataban la fortaleza de sus golpes, y aunque viejo se mantenía ágil.

La ruta 27 también pasó de largo. Nosotros seguíamos sobre el muro, mis pies colgaban poniendo al descubierto una vergüenza para la que no tenía remedio. Podía haber hecho el viaje descalzo, que era como andaba por el barrio, pero en la biblioteca no me dejarían entrar, tenía esa experiencia. El doble ruido de mis pisadas en las silenciosas salas me avergonzaría, en cambio, descalzo, podía pasar inadvertido ante todos, menos de las cuidalibros, que era como llamábamos a las bibliotecarias, siempre estaban al acecho, se fijaban en todo. En la escuela la vergüenza de andar con las suelas despegadas se diluía en el tiempo, con las novedades pioneriles, las consignas revolucionarias y la miseria de otros niños.

No llegó lejos la ruta 27 que había pasado de largo, no pudo con la pequeña pendiente que sube a la calle Zapata, ahí quedó detenido el viejo ómnibus. La parada se puso infernal. Más de cien personas se aglomeraron, todos blasfemaban, junto a Lola, la viuda del enano bolitero, que no dejó de maldecir. Un grupo de muchachos que antes viajaba en la 27, descubrió la presencia del negro flaco de nariz achatada, y decidieron pasar el rato con él.

–¡Vaya, Gavilán, Chocolate te noqueó! –gritaron al unísono.

El negro asumió una pose de boxeador estilizado.

–¡Ese es un maricón! Yo le gané –dijo.

–¡Mentiroso! –gritó el grupo.

–Sí, lo tumbé dos veces, le regalaron la pelea –y agregó a la vez que danzaba con sus pies y tiraba golpes al aire con depurada técnica, ganchos de derecha e izquierda, swines, rectos de derecha, el un dos repetidas veces– ¡Qué venga! –pedía– ¡Tráiganmelo, que le voy a enseñar quién es Kid Gavilán! –Exigía el negro, ya para entonces sin cordura, a la multitud. Todos le huían. Al final quedó en la parada el grupo que lo molestaba y nosotros, de pie sobre el muro, llevábamos los zapatos en las manos.

–¿Para qué quieres a Kid Chocolate? –gritaron.

–¡Lo voy a noquear! –sentenció Gavilán sin parar la disertación de golpes al aire.

–¡Tú lo que quieres es darle el culo! –replicaron los muchachos.

Gavilán no soportó la ofensa y partió sobre ellos, que no dejaron de ofender mientras huían por Zapata. En cierto momento detuvo la persecución y regresó a la parada, descubriéndonos sobre el muro:

–¡Vengan, par de maricones, para que prueben quién es Kid Gavilán! –gritó e intentó subir el muro.

Volamos sobre la tapia y nos perdimos entre los laberintos de los edificios, fuimos a dar al parqueo del Calmar, una fregadora de autos ubicada frente a la puerta oeste del cementerio Colón. Tanto era el miedo que sentíamos por aquel negro que nunca dejamos de correr. Entramos al campo santo zapatos en mano, donde nos separamos. Paré a descansar debajo de un árbol, cerca de un panteón donde exhumaban un cadáver. Durante el descanso pude recordarlas palabras de Kid Chocolate el último día que hablé con él.

–Los golpes son malos para la cabeza, Gavilán fue muy buen boxeador.

–¿Pero es verdad que le ganó a usted? –fue mi pregunta, la misma que antes le había hecho a Gavilán.

Chocolate, aunque marcado por los golpes y su mala vida, mantuvo su coherencia y gallardía, contestó a mi curiosidad con picardía y conmiseración:

–No recuerdo haber peleado con él, pero si lo hice, ¡Seguro que gané! ¡Yo era el mejor!

Después del descanso la curiosidad me llevó hacia un panteón donde ocurría la exhumación. Quedé un tanto separado y detrás de una mujer que metía la mano dentro de un sarcófago. Un grupo de personas rodeaba el ataúd en el que dentro, y para mi sorpresa, yacía el enano bolitero, digo, lo que quedaba de él. Lola, la viuda parecía muda, al retirar las prendas de la osamenta, tirando las ropas del difunto hacia atrás. El sepulturero las iba acomodando justo en el lugar donde me había parado. Manolo, el carnicero, que seguía con su rasquiña, miró hacia atrás y al verme puso cara de asombro advirtiendo de mi presencia a Cheo y a su mujer.

–Hijo, ¿qué haces aquí en esa facha? –preguntó la mujer de Cheo, quien se me acercó junto a su esposo– ¡Qué no te vea Lola! –me advirtió– pensé que se refería a mis pies desnudos, entonces me agaché para calzarme y con las dos gruesas ligas de caucho di un par de vueltas a los zapatos amordazando las suelas– ¡No, hijo, eso no es todo!, estás sudado, remendado y sucio; a estas cosas se viene bien vestido –afirmó.

Lola no le quitaba la vista de encima al sepulturero que extraía los huesos del ataúd, uno a uno, como si los estuvieran contabilizando, y los iba depositando sobre un paño blanco que polvoreaba y rociaba la viuda a intervalos, con talco y perfume.

–Mira, hijo, dame esos zapatos y piérdete de aquí, voy a tratar de remendarlos –me dijo Cheo.

Desconfiado no reaccioné de momento, permanecí en el lugar con mis colegiales puestos, no hice ademán de retirarme ni de entregar mis zapatos. Había algo en aquel bulto a mi lado, lo que quedaba de las ropas del difunto enano que me ataba al evento y al lugar.

–Cuando arregle los zapatos se los llevo a tu padre –agregó el zapatero para convencerme, la esposa me acarició con dulzura, como si fuera su hijo.

Me volví a descalzar y puse mis colegiales en manos del remendón. Los hombres no le temen a nada y menos a un muerto, pensé en tanto Cheo y su mujer volvían junto al ataúd. En un santiamén cogí del bulto un poco del buen tino y de lo que quedaba de la buena educación del difunto y me perdí del lugar. Fue rápido el asunto de adaptarme a las buenas costumbres mientras me alejaba de la viuda, de los vecinos y del cementerio. Las clases de machismo me ayudaron a vencer el miedo y los tabúes, ni me acordé de Gavilán. Camino a la biblioteca limpié y pulí un poco la buena educación que había conseguido, bendije a papá y a Chocolate. Al llegar a la biblioteca, mi hermano me esperaba en la entrada molesto por haberme separado de él.

–¿Dónde te metiste hasta ahora? –preguntó– ¡No me vayas a decir que te quedaste dentro del cementerio, con el miedo que le tienes a los muertos! –inquirió– ¡Y esos zapatos de dónde los sacaste! –gritó–. Te pareces al enano bolitero, al difunto marido de Lola. Si Lola te ve con esos zapatos de dos tonos se morirá del susto… deja que papi te vea con ellos… pinta esos zapatos… dime la verdad ¡Soy tu hermano mayor!, ¿de dónde son esos zapatos?… –estuvo pensativo por varios segundos, sin dejar de mirar los zapatos de dos tonos–. Bueno, está bien, guardaré el secreto, ahora tenemos dos pares de zapatos para salir. ¡Cuídalos! –me advirtió–. Ya no tendremos que fajarnos ni rifar nada… ¡No quiero pensar que son robados! ¡Dímelo que soy tu hermano mayor! –insistió–. ¿Habrá más? Con otro par resolvemos los tres... en cuanto lleguemos a casa, tinta y betún negro con ellos, después los escondemos debajo del colchón –terminó diciendo.




Fobia



Mi hermano mantenía un finiquito interminable con las moscas posadas en su plato. Pronto papá se cansó de aquella contienda transformándose en su otro ser, el que nos había impuesto el trato.

Nos sentamos en un restaurante devenido en fonda, de portal amplio y techo de lona verde. A escasos metros de la entrada principal yacía un perro putrefacto cubierto por un edredón de moscas que parecían disfrutar el inminente estallido del cadáver. La comida en la casa no alcanzaba para terminar el mes; y estaba priorizada para mis hermanos pequeños y mamá. Ella era el vocero de nuestros sueños, a pesar de su enfermedad. El reciente fracaso revolucionario en Bolivia y el asesinato de su ídolo, la tenían aún más enloquecida. José, no seas malo con tus hijos, déjalos que cumplan sus sueños, repetía constantemente. Él no le hacía caso, solo la llenaba de besos y con dulzura le quitaba el maquillaje del rostro que la hacía parecer un payaso. Es verdad lo que dicen todos: eres un gusano de mierda, un contrarrevolucionario, alegaba en voz baja. Papá respondía con mimos; le recogía el pelo, la bañaba, la vestía, la peinaba y nos obligaba a sentarnos a su alrededor, después se iba a calentar la comida rastrojeada en el comedor del trabajo. Así nos enseñaba a amarla, por encima de sus incoherencias y desvaríos. Cuando mamá y mis hermanos más pequeños terminaban de comer, los tres hombres de la casa salíamos para la calle a buscar nuestra comida. La inopia nos había llevado aquel comedero desierto; un infierno de moscas con hedor a pescado, donde los camareros eran el prototipo de los recogedores de basura, y los manteles una fiel imitación del delantal de los limpiabotas. Papá estaba desesperado; por ese motivo había dado su brazo a torcer, y desistió de ahorcarnos de la puerta de la casa, cada vez que entrábamos con la pañoleta enganchada en el cuello, como había prometido a su esposa antes de caer preso. Al salir, cambió sus métodos con nosotros y prefirió tomar aquella actitud en el restaurante. Ya está, dijo al terminar de sacar de la sopa las moscas carroñeras ahogadas en el plato. Mi hermano hizo mil muecas y asqueadas; debió imaginar lo mismo que yo: el vuelo de los dípteros desde el cadáver canino al plato, y del plato al cadáver. ¡Traga!, enfatizó papá con rudeza. Mi hermano tragó un poco de la sopa de cabeza de cherna, según decía la carta, para acto seguido regurgitar sobre el plato. Papá no se inmutó, se mantuvo laxo, y por un breve tiempo silencioso y apacible. Chasqueó sus dedos y dijo: dependiente, tráigame otro plato de sopa, por favor. Lo miré azorado. Cumple, tramposo, exigió enérgicamente al llegar el nuevo pedido. Mi hermano cerró los ojos e intentó tragar algo tapándose la nariz. Recuérdense que tenemos un pacto de caballeros, dijo papá con la mirada clavada en él. Yo aproveché para verter un poco del líquido por el tragante que tenía debajo de la silla. Los pactos entre hombres son sagrados, musitó el verdugo, que en ese instante nos miró con lástima, con un halo de culpa reflejada en el rostro, parecía estar compadeciéndose de su propia dureza, como si alguien le grabara nuestra agonía en el cerebro. Los sueños a veces salen caros, dijo. El de nosotros nos mantenía frente al plato de sopa. De vez en cuando tenía que tragarme algo del endemoniado líquido, apenas amainaba la golpiza a mi hermano, clavaban la mirada en mí. Sabía que la ventaja de ser, de los dos, el más pequeño no era eterna, por eso tuve que compartir con los repulsivos insectos el manjar de ese fin de semana, sin chistar. Un empleado del almacén roció el cadáver con petróleo y prendió fuego. En cuanto las moscas sintieron el olor, deshilaron el edredón e invadieron el recinto. Cayeron sobre la sopa de cabeza de cherna en picada, en auténticos ralis aéreos. Combatimos la invasión y resistimos la humareda sin abandonar lo pactado. En el Vómito Verde, sobrenombre ganado por aquel restaurante, comimos muchos fines de mes.

La tiranía del trato se mantuvo durante toda la infancia; nos prohibía muchas cosas y nos obligaba a lavar, planchar y anudarnos diariamente la pañoleta azul y blanca de pionero, nuestro gran sueño. Mamá tampoco podía tocar el atributo de pionero; se paraba detrás de nosotros a disfrutar del sueño cumplido y a espantarlas; porque siempre hay que espantarlas, están en cualquier parte, a cualquier hora; y en cualquier instante se aparece una, o unas cuantas moscas a tocarlo todo, hasta la mierda que anudaba todos los días, como estábamos obligados a decirle a la pañoleta; era parte de aquel chantaje de la infancia, como llegué a verlo cuando crecí, y que me creó fobia a las moscas y a los tratos.




El precedente



–Es hurto al descuido. No voy a tomar en cuenta la llamada que hizo el acusado a su víctima, no tuvo consecuencias –dijo el juez Escalante a los jueces legos.

–No deja consecuencias, pero crea un peligroso precedente. Hubo extorsión, chantaje y premeditación en esa llamada. Pidió cinco mil pesos a la víctima para devolverle lo robado –acotó uno de los jueces.

–¿Qué precedente, compañero?, no vivimos en un país violento… ¿Cuál es el miedo de ustedes?, además, no podemos meter preso a la gente por boberías como esa… el hecho fue más una broma que un delito –afirmó el Presidente de la sala.

Cuando el Juez entró en la sala todos se pusieron de pie.


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