Excerpt for Sonko 95 by José Ángel Mañas, available in its entirety at Smashwords

This page may contain adult content. If you are under age 18, or you arrived by accident, please do not read further.




SONKO 95

José Ángel Mañas


1ª Edición Digital. Octubre 2011


Smashwords Edition

© José Ángel Mañas, 1999

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es


ISBN: 978-84-15414-04-9


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.




ÍNDICE


Copyright

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO: CONOZCO A LOS SOCIOS DE GUSTAVO

CAPÍTULO SEGUNDO: UNA NOCHE EN EL SONKO

CAPÍTULO TERCERO: UN ESCRITOR QUE NO ESCRIBE

CAPÍTULO CUARTO: UN OTOÑO DE PELÍCULA

CAPÍTULO QUINTO: IMAGINACIONES DE NOVELISTA

CAPÍTULO SEXTO: PRIMEROS DESENCUENTROS

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO SÉPTIMO: VUELVO A LAS ANDADAS

CAPÍTULO OCTAVO: DE MAL EN PEOR

CAPÍTULO NOVENO: EL VERANO

CAPÍTULO DÉCIMO: LA ESCAPADA A TULÚS

CAPÍTULO UNDÉCIMO: DESPUÉS DE LA RECONCILIACIÓN

EPÍLOGO

SOBRE EL AUTOR




PRIMERA PARTE




CAPÍTULO PRIMERO: CONOZCO A LOS SOCIOS DE GUSTAVO



1


—A mí eze olorcillo ez que me pone, no puedo evitarlo. Y qué buena eztá con eza faldita ezcoceza. Tienez que verla jugando con zuz mocazinez. ¡Qué piernecitaz! ¡Zi ez que no tiene ni un pelo, tío! ¡Ni un puto pelo! —me cuenta Borja, que está como una moto, y por mucho que le diga que se depila, tío, no hace más que negar con la cabeza, que no, joder, hazme cazo, así que me descojono y él se acerca a poner dos copas a un chavalito que llega con su piba de la mano y, en cuanto se alejan, se me viene otra vez—: Y yo intentando explicarle el pazé compozé, tío, zi ez que me eztá volviendo loco… Mira, yo he zalido con pavaz imprezionantez, pero nunca he tocado una teta a una niña azí. Tienen que zer… Duraz, tío, duritaz. La muy cabrona… ¿por qué me hace ezto? ¡Pero zi ez que he zalido temblando!

—Fóllatela, veras cómo se te pasa.

—Ya. Le he dicho un par de vecez que ze venga por aquí pero nada, a zuz amigaz no lez guzta ezta zona —suelta un suspiro—. No zé zi me eztá vacilando. En fin… ¿Otra?

—Si insistes.

—¿Qué ez de Tino? –dice, pillando una botella de Huait Label y poniéndome un copazo como de costumbre.

—Se ha vuelto a París esta semana. Tenía que presentar su proyecto de tesis.

—Qué bien vive el hijoputa…

Yo me encojo de hombros y, viendo quién acaba de entrar, le digo a Borja, me parece que te buscan.

—¿Qué? Ah, hola, Pablo.

El dueño del Veneciano se viene directamente hacia nosotros, pone las manos sobre la barra y, toc toc toc, da unos golpecitos nerviosos.

—Me he enterado de que en septiembre te piras y coges un bar. ¿Es verdad eso, Borja?

—Te lo iba…

—No me jodas —empieza a resoplar por la boca y mueve la cabeza, como si no se lo creyera—. Mira, Borja, estás haciendo una gilipollez. Que este mundillo es una mierda, joder. Igual te parece divertido, pero no lo es. Me ves, ¿verdad? ¿Ves esta cara que tengo? ¿Te das cuenta? Mi vida en los últimos años ha sido ponerme pedo, quitarme pedo. Y ¿para qué?

—Joder, Pablo —protesta Borja—. Tienez loz mejorez barez de Madrid.

—¡Bah! No te engañes —dice Pablo, haciendo aspavientos—. Que tú no tienes que hacer esto, ¡que vales para cosas mejores, hombre! Haz algo bonito en vez de… Que además no estás preparado, que solo llevas un año en esto, y este negocio no es para ti. Hostias, que hay que sacrificarse mucho. ¡Un momento, leches! —berrea, volviéndose hacia el mulato que lo llama desde la otra barra—. Borja, te repito que es una gilipollez.

—Pablo, tío. A mí me parece fenomenal todo lo que eztáz diciendo. Tú zabez que yo rezpeto muchízimo tu opini…

—Yo solo quiero lo mejor para ti.

—Zí, Pablo, pero entiende que cada cual tiene que tomar zuz propiaz decizionez.

—¡Bah!

Y el dueño del Veneciano se abre con un mosqueo de bigotes. Yo lo miro un momento, mientras la paga con el mulato. Luego, Borja se sirve una copa. Me comenta que en septiembre empieza en un garito a dos calles de allí. Es posible que compre algunas acciones, dice.



2


Como dos meses después conozco a los nuevos socios de Borja. La cita es en un restaurante cubano cerca de la plaza de Chueca. Nosotros llegamos algo tarde. Borja los saluda y Gustavo se levanta para presentarnos. Solo conozco a Ignacio, un tipo inseguro que unos días antes, todo bolinga en el bar, me babeó la oreja con que a su jefe le encanta cómo escribo. Le doy la mano a Juan Carlos, que tiene la cara llena de pecas y sonrisa de buen chaval. Y a Raúl, que es algo mayor que los otros y está moreno como si acabara de llegar de la playa. Los cuatro llevan camisas de marca y resulta gracioso verlos en un sitio tan cutre. Es normal que esté medio vacío.

La camarera se nos acerca, arrastrando los pies.

—Sí, tráeles una cerveza —dice Gustavo—. Y creo que vamos a pedir ya… Si os parece, claro.

—Como tú veas, Gustavo.

—Lo mejor es que todos pidamos arroz a la cubana, la especialidad de la casa, ¿os parece?

—Yo voy un momento a mear —digo.

Los aseos, al fondo del local, están hechos un asco. La puerta del retrete no cierra y me apoyo contra ella mientras hago un turulo con un trozo de una tarjeta de Gustavo. Me curro dos lonchas sobre el lomo de la billetera. Dejo la papela encima de la cisterna, me lavo las manos y vuelvo sonriendo, ya más confiado, a la mesa.

—¿Me dejaz un momento, Juan Carloz…? —dice Borja.

—Claro.

—Juan Carlos aparta su silla y se acerca al mostrador a por tabaco.

—Te he traído el libro que comentamos —dice Gustavo, mientras Borja se aleja—. Ya está dedicado. Toma.

—Gracias —digo.

Es la mierda esa que escribió sobre Udós, con un Bono ochentero en portada. «A un nuevo amigo que espero que un día será viejo», dice la dedicatoria. Lo hojeo un momento y lo meto en el bolsillo de la chupa. En cuanto vuelve Borja, empezamos a comer sin ganas. Yo tengo el estómago jodido y el Ignacio me está poniendo negro con tanto hacer bolitas con las migas de pan. Gustavo no deja de engullir. Ya veráz. Come como una boa. Ez angustioso verlo, me ha dicho Borja antes de venir. Además, me está poniendo la cabeza como un bombo con los últimos éxitos de jaus londinense. Cuenta que se ha cruzado con Naomi Campbel, la topmodel, en una discoteca. Y termina preguntándonos si hemos oído el último disco de los Rem.

—Va muy en vuestra línea. Si queréis, os lo llevo al bar. Lo puedo conseguir gratis en el trabajo.

Al cabo, la camarera recoge los platos y pregunta si queremos postre. Gustavo, con sonrisa democrática, indica que pasamos directamente al café. Si os parece bien, claro. Llega el momento importante.



3


—Bueno. Como sabéis, en adelante es Borja quien se va a encargar del bar, o sea que, antes que nada, prefiero que empiece él hablando de su primer mes de gestión.

—¿No nos vas a enseñar las cuentas?

—Más tarde, Raúl.

—Bueno, pues nada, que hable. ¡Que empiece la junta de accionistas! —exclama Raúl. Suelta una risotada y le da al vaso con una cucharilla.

Borja se remueve a mi lado. Si ya de normal habla rápido, ahora está aceleradísimo.

—En loz negocioz lo que hay que tener ez zentido común, todo ez lógico —dice—. Nueztro primer objetivo ez renovar la clientela. Queremoz hacer un bar de múzica. Que la gente que venga no zea como hazta ahora. Gente de una copa y fuera. La clientela de múzica ze queda una, doz, cuatro horaz. Ez gente fiel. Y garantiza ingrezoz regularez. Lo que paza ez que el cambio eztá ziendo progrezivo. No ze pueden ver loz rezultadoz en un mez…

—Por supuesto, por supuesto. Pero no podemos olvidar que en septiembre seguimos teniendo pérdidas…

—Evidentemente que ha habido pérdidaz, Guztavo. Zeptiembre ez un mal mez. Y loz frutoz de una nueva gestión no zon inmediatoz. Pero a partir de Navidadez oz garantizo que tendremos beneficioz.

—¿Tú crees? –pregunta Juan Carlos preocupado.

—Sería un cambio —refunfuña Ignacio.

—Ignacio siempre lo ve todo negro. Ya lo iréis comprobando —apunta Gustavo, que casi ni le mira.

—Bueno, estábamos con las pérdidas. No nos distraigamos, por favor —dice Raúl, volviendo a darle al vaso con la cucharilla. A él, mientras pueda seguir agarrándose esas cogorzas terroríficas que se pilla gratis cada fin de semana, se la suda que haya o no beneficios.

—Laz primeraz zemanaz había que atraer gente. Hemoz tenido que hacer muchízimaz invitacionez.

—Igual un poco demasiadas…

—Guztavo —Borja se lleva la mano al pecho—. A mí me habéiz venido a pedir ayuda. Vueztro bar ze iba al carajo. Y, antez de que apareciera yo, teníaiz un millón de pérdidaz que oz vamos a cubrir…

—Perdona un momento, Borja. Estáis comprando una participación en el negocio después de una ampliación de capital...

—Llámalo como quieraz, Guztavo. El cazo ez que, zi queréiz que haga algo, me tenéiz que dejar hacerlo a mi manera.

—Sin lugar a dudas. Tú eres el encargado. Es lo que os he dicho, ¿no? Que de ahora en adelante Borja es quien lleva las riendas el bar.

—¿Qué pérdidas ha habido este mes, Gustavo? —pregunta Juan Carlos.

—Cien mil.

—Huy, es bastante para septiembre —dice, removiendo el café.

—Bueno. Todos sabemos por qué hay pérdidas...

—No empecemos, ¿eh, Ignacio? Ya hemos discutido varias veces el tema de mi sueldo, y me lo he bajado.

—Menos mal. Porque con esas trecientas mil vete tú a sacar beneficios, no te jode, ja ja.

—Yaaa lo sé, Raúl. Pero ahora percibo un sueldo mínimo. Como administrador. Y en eso habéis estado todos de acuerdo. O sea que, a ver, Borja, sigue.

—Como decía, ez mi primer mez. Ezto va a ir necesariamente a mejor. Tenéiz que tener confianza en mí.

—No, si confianza tenemos, Borja. El tema no es ese. El único detalle es que, con la mitad de las invitaciones que has repartido, hubiéramos tenido beneficios.

—Estamos empezando, Guztavo. En Navidadez habrá beneficioz.

—Basta ya de cháchara, y sácanos los papeluchos, Gustavo —dice Raúl.

Gustavo, mirándolo de reojo, abre una carpeta y reparte unos folios churretosos llenos de cifras escritas a mano. Los socios se abalanzan sobre las cuentas. Raúl saca una pluma de la chaqueta que cuelga de su silla. Lo revisa todo. Nos mira. Por fin anuncia, muy serio:

—Gustavo. Las cuentas no cuadran.

—¿Cómo que no cuadran? —Gustavo prácticamente le arranca el papel de las manos y empieza a explicar, muy condescendiente, la situación inicial, la aportación de los nuevos socios, los gastos del mes—. Y ahora, si no hay más dudas, pasamos al punto siguiente, que es hablar del nuevo socio. Ya ha comprado las acciones de Juanpe, que, como sabéis, deja el negocio, y quiere comprar más. Como tú, Ignacio, quieres vender…

—Gustavo, mira. La impresión que tengo yo es que el negocio está bien para los que tenéis más participación y que además os ponéis unos sueldos con los que de alguna manera os avanzáis los beneficios…

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra, Ignacio.

—A mí sí me lo parece. El caso es que yo con mi nueve por ciento…

—Cinco, después de la ampliación de capital.

—Bueno, el caso es que yo no veo negocio para mí.

—Ignacio, no te agobies. Tú quieres vender y un nuevo socio quiere comprar. No hay ningún problema —dice Gustavo, dirigiéndome su mejor sonrisa.



4


Son ya las doce cuando dejo a Borja a la puerta de su casa, por San Bernardo.

—Ezto ez un zueño. Vamoz a tener un bar. Muchaz graciaz, tío. Zin ti no lo habría podido conzeguir. Bueno... ¿te vaz a caza? —dice, remoloneando a mi lado.

—Sí. Tengo que currar —digo, bajando la música—. Entre una cosa y otra, no he escrito ni una línea en toda la semana.

—Ya. Pero tampoco vaz a hacer nada a eztaz horaz, ¿no?

Yo manoseo un momento el volante.

—Bueno, una copa. Pero no me voy a quedar hasta las seis como ayer —digo.

—Que no, joder. Una copita.

Yo asiento, y meto primera.




CAPÍTULO SEGUNDO: UNA NOCHE EN EL SONKO



1



Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-9 show above.)