THE BEATLEND
LOS BEATLES DESPUES DE LOS BEATLES
Sergio Marchi / Fernando Blanco
The Beatlend : los Beatles después de los Beatles / Sergio Marchi y Fernando Blanco. - 1a ed. - Buenos Aires : Music Brokers, 2009.
Diseño de portada e interior: Music Brokers Art Dept.
Music Brokers a Smashwords
Editor Music Brokers Argentina S.A.
Vuelta de Obligado 1947, 7º “D”,
C1428ADC Ciudad Autónoma de Buenos Aires,
Argentina
Colección Listen Thru Your Eyes
Dirigida por Marcelo Montolivo
ISBN 97898798873-5-6
“A mis primos, Armando, Carlos y Amelia Correa,
que me contagiaron el amor a Los Beatles”.
-Sergio
“A Lucrecia, a mi vieja, que mucho tiempo atrás
me dijo: ‘En un mes se te pasa esta locura beatle’ y
a Julio Guichet, Martín Aragón y Gustavo Rodríguez
con los que compartimos esta pasión”.
-Fernando
PRÓLOGO
Cuando Los Beatles se separan, una profunda tristeza invade a todos sus fans. Ya nada volvería a ser como antes; el mundo experimentaría un cambio radical y para peor. Una vez escurridas las primeras lágrimas, las más espontáneas y las más sufridas, quedaba algún consuelo en forma de filosofía barata. Los Beatles no se separaban: se multiplicaban. Ahora la magia se distribuía en cuatro cabezas, por lo cual habría música más a menudo. Todos sabíamos que era un consuelo estúpido, ya que Los Beatles eran mucho más que la suma de las partes. La realidad no haría otra cosa que confirmarlo.
Sin embargo, la disolución nos ofrecía otra posibilidad: la de analizar por separado las partes de una usina musical fascinante. Se entendía que lo maravilloso era ver a la máquina completa, funcionando y produciendo esa música increíble, que cambió el mundo de maneras tan sutiles que sus efectos aun siguen reverberando en el eco de los tiempos. Pero ya que desde abril de 1970 esa posibilidad nos sería negada por imperio de las circunstancias, entonces había que aferrarse a esa otra lectura de la situación. Después de todo, era la única que nos quedaba, y no era poca cosa.
Suponemos que en 1970 la idea de Los Beatles encarando carreras solistas sería tan difícil de asumir como estimulante para imaginar. ¿Qué podrían hacer John, Paul, George y Ringo por su cuenta? ¿Cómo les iría a cada uno? ¿Con quienes se juntarían? ¿Formarían nuevos grupos? ¿Volverían a tocar juntos algún día? ¿Colaborarían entre ellos? ¿Qué música harían de viejos? ¿Seguirían con el papel que cada uno asumió en Los Beatles? ¿Cambiarían las reglas del juego?
El tiempo fue dando respuestas a cada una de estas preguntas y, con la verdad ya revelada, la historia parece haber superado a la imaginación más desaforada. ¿Quién hubiera imaginado que John Lennon iba a ser asesinado en 1980? ¿Alguien hubiera supuesto que, en un determinado momento, el beatle más exitoso sería Ringo Starr? Seguro que todos hubiésemos soñado con la reunión. Pero que se concretara de esa manera, con un beatle muerto cantando desde el más allá y otro productor que no fuera George Martin (vivo y bastante lúcido), seguramente no.
Pues bien, aquí estamos en pleno 2009, y ya hay dos beatles que no están entre nosotros. Ringo y Paul tienen más de 60 años, nietos y una historia que ya ha sido contada muchas veces. Pero por más revisionismo snob que se pretenda hacer no ha aparecido grupo que supere o al menos iguale a Los Beatles en la mayoría de los múltiples ángulos en que se los pueda mensurar. Y ahora sabemos que no lo habrá jamás, porque la historia está cargada con sus tiempos y circunstancias, y las que generaron el fenómeno social de Los Beatles difícilmente se repitan.
Oh, sí, el disco más vendido de todos los tiempos supuestamente es Thriller de Michael Jackson, paradójicamente, propietario de los derechos de autor de las canciones de Los Beatles. Ha habido muchos conciertos con mayor asistencia de público que los del cuarteto de Liverpool (de hecho Grand Funk Railroad quebró el récord en el Shea Stadium en 1971, para comenzar). Pero la historia no está hecha de estadísticas, ni la música se compone de números y estudios de marketing (aunque ayuden a venderla). Hay un componente mágico que no se puede tener en cuenta y que aparecerá si los planetas están correctamente alineados. Los Beatles juntos provocaban algo en el plano musical sobre lo que ellos mismos no tenían dominio. Generaban una vibración, un movimiento del aire que, como el de toda reunión de seres humanos, era único e irrepetible. Ese mismo componente era el que habría que sacar de la ecuación desde 1970: la química entre ellos.
A partir de entonces sería el momento de otras ecuaciones, otros encuentros, otras alquimias, otras drogas que producirían un efecto completamente distinto. Hubo buenos y malos viajes; hubo tragedias y hubo milagros; hubo música excelente y música lamentable (a menudo convivieron en un mismo disco); y hubo un instante en el que la vieja magia estuvo de vuelta. Muchos no coincidirán, pero cuando en 1995 los tres beatles sobrevivientes se reunieron a trabajar junto a la voz de John Lennon, sacada de una vieja cinta inédita, concibieron dos temas que tenían algo de lo que hacía tan especiales a Los Beatles. Al menos los autores lo sentimos así: “Free As A bird” y “Real Love” nos produjeron un escalofrío muy extraño que no experimentábamos desde la adolescencia. Había algo que volvía a hacer “click”, una pieza que encajaba en su sitio; aunque fuera virtual y no real, la máquina volvía a producir una maravilla de manera fantasmal. La combinación de lo que quedó de la voz de Lennon, con esa maravillosa armonía que conjugaban las voces de Harrison y McCartney, junto con la batería de Ringo, el bajo melodioso de Paul, y la especial guitarra de George, fueron suficientes para conjurar el viejo hechizo.
Debido a la muerte de George Harrison, es imposible que tal proeza vuelva a repetirse (aunque se habla de que esto sería posible). Y también porque, enfrentémoslo, el tiempo es veloz y no tardará en alcanzar a Ringo y a Paul. Si hacemos cuentas y ponemos las cosas en perspectiva... nos dará pavor. Ahí sí que será un mundo sin Beatles, y estamos seguros que será infinitamente peor que esto que hoy consideramos horroroso, teniendo en cuenta el hambre, las enfermedades, las desigualdades, las injusticias, las miserias, los atentados terroristas, y otras calamidades, que sólo parecen multiplicarse.
De alguna manera Los Beatles hacían que este mundo fuera mucho más justo, ya que todos podían tener la posibilidad de disfrutar la extraordinaria medicina de Liverpool. Quizás no todos pudieran comprarse el disco, pero seguro que en algún momento el sonido beatle aparecía por la radio o por los parlantes de cualquier rincón de la tierra. Probablemente siga sucediendo, pero ya no como hecho presente sino como el reflejo de un pasado feliz que no volverá. La música seguirá siendo sorprendentemente buena, nos alegrará una mañana, una tarde, todo un día o el mes entero. Pero será pasado, y hace tiempo que dejamos de soñar con “los nuevos beatles”, que nos han querido vender una y otra vez (y que siempre quisimos comprar).
Los autores somos beatlemaníacos confesos. Cuando los conocimos, ya no existían como grupo, lo que no nos impidió disfrutar ni atravesar nuestras respectivas beatlemanías particulares, que cada tanto reingresan en el chart de las emociones cotidianas. Más allá del placer personal que podamos sentir al escribir esto, y bucear por entre la información disponible, nos preguntamos: ¿qué cosa sostendrá al lector a través de la historia de los Beatles solistas? Seguramente hay cosas interesantes que contar y a eso nos dedicaremos en las páginas subsiguientes, pero esperamos que sea la música lo que obre de sostén fundamental. Si nos preguntan qué efecto nos gustaría que cause este libro, contestaríamos que el mismo que nos produce a nosotros el ver el título de una canción firmada o interpretada por Lennon, Harrison, Starkey o McCartney: querer escuchar la música. Ir corriendo a procurar el disco.
O sea que nuestro objetivo sería reactivar las ventas de los discos de los Beatles solistas, lo cual es un disparate no sin cierta hermosura. Es mejor suponer entonces que queremos recapturar para nosotros algo de la vieja magia y plasmarla en un trabajo conjunto. Más probable es que queramos extender y entender esa sensación que nos recorre con sólo imaginar la tapa de un disco solista de Harrison. De cualquier modo ¿tiene alguna importancia?
Este libro intenta abarcar la historia conjunta de John, Paul, George y Ringo, desde 1966 hasta el punto final, escrito en 2009. Partimos de ese año por razones lógicas que el lector apreciará en la primer página, y porque juzgamos necesario poder explicar la historia detrás de la separación de Los Beatles para la mejor comprensión de los hechos posteriores. Este no es un libro para especialistas y busca contar una historia que va más allá de lo musical y que se adentra en la naturaleza de los seres humanos. Si el argumento hubiera sido nuestro, sería una novela con hechos impredecibles. Pero se trató de la vida real de cuatro personas muy singulares, con poderes extraordinarios en lo artístico, pero a quienes también les corresponde las generales de la ley.
Decidimos referirnos a ellos como Los Beatles, tal cual los conocimos cuando sus álbumes fueron editados en Argentina, y no usar el artículo inglés “the”, que sería lo correcto. Después de todo, ellos nos enseñaron que a veces es conveniente quebrar algunas reglas. No podemos garantizar un momento espléndido para todos, pero en cambio podemos desear que disfruten este libro tanto como nosotros hemos disfrutado haciéndolo.
*·*·*·*·*
01. CUATRO VÍRGENES
“Hacé lo que quieras hacer
Y andá donde quieras ir
Pensá por vos mismo
Porque no estaré allí contigo”
“Think
For Yourself” - George Harrison
El primer beatle solista fue Paul McCartney. En septiembre de 1966, Los Beatles habían dejado de tocar en vivo “por la creciente dificultad en reproducir su nueva y compleja música en directo”. Esta fue la versión oficial para la prensa, pero la razón verdadera era que estaban hartos de todo el circo a su alrededor. Un desplazamiento beatle tenía que ser planificado como una operación militar; los cuatro tenían que permanecer en sus habitaciones porque sino serían destrozados por la multitud que los amaba. Y, además, estaban tocando cada vez peor. Les era muy difícil escucharse en el escenario por el ruido de las chicas gritando, y eso los afectaba como músicos. Revolver fue el disco de quiebre que delimitó un nuevo escenario. Su vida artística pasaría de ahí en más por los estudios de grabación, y generaría una estética revolucionaria.
A Paul McCartney, el beatle más extrovertido y sociable, no le causaba ninguna gracia el hecho de dejar de tomar contacto con las multitudes, si bien veía las amplias posibilidades que se le abrían al poder componer sin tener que pensar en cómo iban a reproducir en vivo la maravilla del estudio. Ya estaba trabajando en canciones que terminarían en Sgt Pepper’s Lonely Heart Club Band, pero la cosa aun estaba en pañales. John Lennon se encontraba en Almería, rodando su papel en el film How I Won The War; y cuando sintió ganas de tener compañía, llamó a Ringo. George Harrison aprovechó el hueco para viajar a la India, y volvió hecho un hombre cambiado. La relación de Paul con Jane Asher todavía se mantenía en pie, pero ya mostraba serias rajaduras. Estaba prácticamente solo. Se sentía perdido sin los otros alrededor.
Con mucho tiempo libre, McCartney decidió aceptar “un trabajito” y se encargó de escribir la banda sonora de la película The Family Way. Con la colaboración de George Martin, que desarrolló infinitas variaciones de un tema de Paul, “Love In The Open Air”, el beatle no tardó en completar los 24 minutos de música que aparecerían en la película. Se trataba de un solo tema real, con cierta reminiscencia beatle, y un cuarteto de cuerdas ejecutando distintos motivos en torno al mismo. Nada del otro mundo; tan sólo un pasatiempo placentero hasta que llegara el trabajo verdadero. Sin embargo, la banda sonora de The Family Way dejaría su marca en la historia al tratarse de la primera tarea musical encarada por un beatle fuera del seno de la banda
El segundo solista fue Lennon, en 1968. Apenas dos años transcurrieron desde que McCartney compusiera The Family Way, pero el mapa interno había sufrido enormes transformaciones. Two Virgins, primer álbum de una trilogía experimental, no era una aventurita de John, sino la certificación impresa de su nueva sociedad, artística y amorosa, con la artista Yoko Ono. Hay varias versiones sobre cómo se dio el cortejo de la pareja; algunos afirman que Yoko enloqueció a Lennon con sus requerimientos, pero la viuda asegura hoy que fue John quien llevó adelante el trámite de la conquista. Lo que llama la atención, porque es una autoproclamada mujer de vanguardia quien se preocupa de que quede claro en la historia que el nacimiento de su gran amor se produjo de forma tradicional.
Una noche de mayo de 1968, mes de cambios si los hubo, John invitó a la japonesa a su mansión, ya que su esposa Cynthia estaba de vacaciones en Grecia con la cuñada de George Harrison y Alex Mardas, un amigo de John, conocido también como “Magic Alex”. Yoko había manifestado interés en realizar alguna grabación avant-garde utilizando el equipamiento de John. Cuando éste la recibió le dijo que podían hacer dos cosas: a) quedarse en la planta baja conversando; b) subir al dormitorio y hacer música. Eligieron la segunda opción no sin antes ingerir un poco de LSD. Entre la medianoche y el amanecer grabaron una cinta, y cuando la terminaron hicieron el amor por primera vez. Lo que quedó allí testimoniado fue un álbum más recordado por las reacciones que provocó, que por el arte en sus surcos. Se desencadenó un escándalo por la decisión de John y Yoko de retratarse desnudos para la portada de Unfinished Music N° 1: Two Virgins. Sin ropas en la tapa, y sin ropas en la contratapa, aunque vistos de espaldas. Cuando John explicó su proyecto, los demás Beatles poco pudieron hacer para disimular su descontento, desatando un conflicto que insumió meses de discusiones.
Una vez dirimida la interna, Ringo prestó su departamento para que se tomaran las fotografías. Como Lennon no permitió que un fotógrafo profesional los retratase desnudos, utilizó él mismo una cámara a control remoto. Paul McCartney, que odiaba el proyecto con todas sus fuerzas, finalmente contribuyó con una rara cita extraída de un diario: “Cuando dos santos se encuentran se produce una experiencia humillante: largas batallas para probar que él es un santo”. Hasta llegó a participar de una reunión componedora entre él, John, Yoko y Sir Joseph Lockweed, presidente de EMI, que refutó de manera violenta el argumento de John de que se trataba de “arte”. “Si de eso se trata –replicó Lockweed-, debería conseguir dos modelos con cuerpos más lindos que los de ustedes. No son muy atractivos”. EMI aceptó fabricarlo, pero no distribuirlo; esa tarea estuvo a cargo del sello Track en Inglaterra, y Tetragamatton en Estados Unidos. Aun así, las imprentas se negaban a hacer el trabajo, y las distribuidoras a ponerlo en los negocios, a menos de que estuviera envuelto en un sobre marrón. Se confiscaron más discos que los que fueron vendidos: de una edición de treinta mil, sólo se despacharon cinco mil.
El romance entre John y Yoko estaba creando una notable tensión en Los Beatles por la negativa de John de separarse de ella siquiera un instante, y por el interés de su mujer en participar de lo que hiciera el grupo, como si fuera parte de él. Two Virgins no iba a ayudar a destrabar la situación. De hecho, los otros miembros creían que si ayudaban a John a salirse con la suya, eso podía aflojar las cosas. Pero todo empeoraba a cada minuto.
Los fanáticos de Los Beatles no tuvieron tiempo para deglutir la maraña de ruidos inconexos, conversaciones entrecortadas, chillidos irritantes y demás aspectos de Two Virgins; al mes tendrían que vérselas con un nuevo material solista: ahora le tocaba a George. Se trataba de la banda sonora de Wonderwall, que poco tenía que ver con el universo sonoro de la música pop. Editada en 1968, reflejó el interés de Harrison por la cultura hindú. De hecho, una parte se grabó en unos primitivos estudios que EMI poseía en Bombay, donde George se sintió muy cómodo. “Los estudios no tenían tratamiento acústico –recordó un tiempo más tarde-, por lo cual si escuchás atentamente el disco podés oir el ruido de los autos en la calle. A las cinco y media de la tarde teníamos que dejar de grabar, ya que se sentía el ruido de la gente bajando por las escaleras cuando terminaba la jornada laboral. Había tan sólo una máquina grabadora en mono, y ahí mezclé todo lo que grabamos, lo que estuvo muy bien ya que uno tiende a echarse a perder cuando trabaja en ocho o dieciséis canales”.
La película giraba en torno a Oscar, un profesor que experimenta fantásticas visiones de una mujer (Jane Birkin), espiando a través de un agujero en la pared. Tiene acceso a algunas escenas psicodélicas y termina realizando nuevos agujeros para observar a esa mujer que comienza a obsesionarlo. La música lleva adelante un hilo sonoro que reemplaza a los diálogos. Por un lado, prevalecen los números de música hindú por sobre los occidentales, que tienen un fuerte sabor a música country. En ellos participaron, entre otros, Eric Clapton y Ringo Starr, quienes grabaron en Abbey Road, mientras George cronometraba y editaba los sonidos en los estudios Twickenham, donde se llevaría a cabo una de las batallas finales de la existencia beatle: el rodaje de Let It Be.
Wonderwall fue un álbum pionero en fusionar música hindú con ritmos occidentales y elementos electrónicos. De hecho, George tomó fragmentos de un cuarteto de música hindú y los editó sobre otras bases rítmicas para que sirvieran a los propósitos narrativos de la película. Esto es, ni más ni menos que la técnica del cut and paste (cortar y pegar), que sería práctica habitual en el contexto de la música electrónica recién durante los años ’90. El álbum, al igual que el filme, no fue un éxito de taquilla, pero tampoco se convertió en un desastre. Por lo menos era disfrutable, comparado con el collage sonoro de Two Virgins plasmado por John y Yoko. Tal vez por eso, Wonderwall tuvo el privilegio de ser el primer disco editado por el sello Apple, propiedad de Los Beatles.
El público observaba estos proyectos solista con cierta condescendencia; estaba dispuesto a tolerar (y hasta a comprar) estas extravagancias, estilísticamente tan alejadas de lo que era la música del cuarteto, siempre y cuando no amenazaran a la banda. Es curioso, pero los primeros pasos de Los Beatles como solistas no tuvieron nada que ver con el estilo grupal, como se ha visto. El primer álbum de Paul en solitario tendría características experimentales y raros números instrumentales. Incluso el primer disco solista de Ringo Starr iba a ir contra los cánones: sería una interpretación de standards del jazz que Los Beatles odiaban cuando eran adolescentes.
En 1969, tanto John como George editarían más álbumes solista. Lennon agregaría dos títulos a la saga de música experimental que inaugurara con Two Virgins. Ellos serían Unfinished Music N° 2: Life With The Lions y The Wedding Album. El primero contiene algunos latidos del feto que Yoko Ono llevaba en su vientre en el momento de la grabación; sabiendo por los médicos que atendieron a su mujer que el bebé moriría antes de nacer, John registró sus latidos finales para un nuevo collage. La tapa del álbum sería una fotografía de John y Yoko en el hospital. El tema “No Bed For Beatle John” (No hay cama para el beatle John), estuvo basado en el títular de un diario, cuando le requirieron a John la cama de acompañante que ocupaba para otra persona enferma. Lennon la cedió y acompañó por las noches a Yoko en una bolsa de dormir. Por su parte, The Wedding Album fue editado en octubre de 1969 y retrataba las distintas escenas que culminarían en Gibraltar, cuando John y Yoko fuesen declarados oficialmente marido y mujer. No hay detalles macabros, y la tapa en blanco y negro es de una sobriedad absoluta. Tampoco habría música en el álbum, al menos en el sentido convencional. John y Yoko se llaman a los gritos en todo el primer lado; en el segundo mascullan alguna cosa parecida a Amsterdam.
Al mismo tiempo que Life With The Lions veía la luz, George Harrison seguía anticipándose al futuro con un álbum que editaría por el sub-sello Zapple, dedicado a los experimentos vanguardistas. Electronic Sound constituye el registro de Harrison tocando el por aquel entonces novísimo sintetizador Moog. El lado uno (“Under The Mersey Wall”) fue grabado por George en su casa, mientras que el lado dos (“No Time Or Space”) se registró en California con la asistencia de Bernie Krause (del dúo electrónico norteamericano Beaver and Krause). Este hombre, un eminente tecladista de vanguardia, fue quien le enseñó a George algunos secretos del Moog, y asegura que el lado B de Electronic Sound es la clase que él le dictó a Harrison.
Los simpáticos dibujos de tapa son autoría de George, y se presume que la cita que aparece en el disco (acreditada a un tal Arthur Wax), también: “Hay mucha gente alrededor haciendo mucho ruido, aquí hay un poco más”. El corrosivo humor de Harrison también se hace presente en el crédito “crapple with it”, siendo “crapple” un juego de palabras entre Apple, nombre del sello, y crápula. El universo de la música se mostraría muy ingrato al considerar a los alemanes como padres de la música tecno, cuando la evidencia de quien llegó primero a ese lugar está en este álbum.
Está claro que estos arrebatos musicales no tenían la intención de poner en tela de juicio la existencia de Los Beatles. Pero eran un síntoma real, no de la descomposición que anidaba en la banda, sino de la necesidad de sus integrantes de tener mayor espacio para desarrollarse. Los Beatles como entidad grupal restringían bastante al individuo pese a los formidables medios que tenían a su disposición. Los álbumes solista editados hasta aquí son como noches de hombres solos, en las que los muchachos salen a comer, a beber, a jugar a las cartas y hasta a ver señoritas con pocas ropas, pero que inevitablemente vuelven al hogar para dormir con su esposa. Una vez que se divorciaran, John, Paul, George y Ringo tendrían oportunidad de hacer lo que quisiesen con sus rumbos artísticos. Curiosamente ninguno de ellos formaría otro grupo permanente (otra familia), y todos sus movimientos tendrían como centro, imaginario o no, a la existencia previa de Los Beatles, ya fuera para diferenciarse o para afirmar su pertenencia al núcleo familiar.
Pero para poder entender mejor las respectivas historias que sobrevendrán, inevitablemente habrá que abordar un tema espinoso y sumamente complejo: la separación de Los Beatles.
*·*·*·*·*
02. LA VIDA DE BRIAN
“¿Cómo se siente ser uno
de la “gente maravillosa”?
Ahora que sabés quién sos:
¿Qué es lo que querés ser?”
“Baby,
You're a Rich Man” - Lennon-McCartney
El 10 de abril de 1970 los diarios anunciaron la noticia en cuerpo catástrofe: Los Beatles se separan. No era el inicio de una crisis, sino su inevitable final. Pero... ¿cuándo comenzó el derrumbe en la monolítica unidad del cuarteto? Es muy difícil precisarlo. Tal vez se podría conjeturar que la disolución se inició cuando John y Paul comenzaron a componer por separado, pero sería un absurdo porque entonces Los Beatles habrían pasado la mayor parte de su carrera en crisis, ya que casi siempre compusieron por separado. Sin ir demasiado lejos, en A Hard's Day Night se nota claramente que la mayoría de las canciones son de John Lennon, y que Paul McCartney tenía menos temas propios, sólo que en aquel momento la colaboración entre los miembros era plena y armoniosa: John y Paul estaban a disposición del otro si hacía falta, y no por producto de una regla para complacer las vanidades de cada uno.
Ese sistema basado en la amistad y la buena fe hizo que las cosas se desarrollaran sin problemas hasta Sgt. Pepper inclusive. Canciones como “Yesterday”, grabada solamente por Paul y un cuarteto de cuerdas, no trajeron ningún tipo de cuestionamiento. Tampoco hubo problemas con las canciones místicas de George (como “Within You, Without You”) que no requirieron la participación del resto de los Beatles y sí de un combo de música hindú. Los Beatles solían ser generosos y colaboradores, trabajando a favor de lo que la música pidiese y no tratando de complacer apetencias personales.
Si bien los que más metían mano en los asuntos sonoros eran John y Paul, George y Ringo podían aportar más o menos lo que se les antojara sin que hubiese algún reparo. George Martin no era considerado el quinto beatle tan sólo por ser el hombre que les permitía hacer discos, sino por su activa colaboración en las grabaciones y los arreglos. Con el tiempo, las presiones, los contratiempos y sobre todo el crecimiento desproporcionado de los egos individuales, hicieron que esa armonía laboral, tan idílica como real, empezaría a resquebrajarse.
La mayoría de los investigadores del mundo beatle asegura que la disolución del grupo más popular de todos los tiempos se inicia con la muerte de Brian Epstein. El 27 de agosto de 1967, a los 33 años, el manager de Los Beatles fue encontrado muerto en su propia habitación por allegados. Los Beatles recibieron la noticia con estupefacción en Bangor, Gales, donde se encontraban para ser iniciados a los secretos de la meditación trascendental con el Maharishi Mahesh Yogi. Se esperaba a Brian al día siguiente, pero en cambio fueron Los Beatles los que emprendieron el camino de regreso para enfrentar a la prensa, despedir a su manager y recuperarse del shock.
Paul McCartney siempre encontró irónico el hecho de que mientras ellos viajaban al encuentro del Maharishi para descubrir el sentido de la vida, Brian Epstein se moría en Londres. El golpe fue devastador para todo el grupo y conmocionó al ambiente artístico mundial. Paul lo tomó con algo de culpa, ya que su relación con Epstein era bastante conflictiva: McCartney siempre le discutió a Brian la forma en que llevaba adelante los asuntos de Los Beatles. George Harrison estaba inmerso en pleno viaje hindú, de manera que lo abordó filosóficamente, haciendo caso a las instrucciones que el propio Maharishi les daría sobre esta cuestión. El retraimiento de John permitió suponer que fue el más afectado.
Naturalmente, al morir Brian Epstein, una figura de autoridad, Los Beatles acudieron a otra con la intención de que les ayudara a entender lo que estaba sucediendo. El Maharishi les habló de las fases de la vida, de la reencarnación y de que podían llorar y estar tristes por su amigo, pero que tendrían que dejarlo partir. Los cuatro siguieron a pie juntillas cada palabra de su nuevo líder espiritual: el día anterior anunciaron que renunciaban a las drogas. No se podía iniciar un camino hacia el esclarecimiento espiritual con el cuerpo impuro. En sólo 24 horas de permanecer en Bangor con Maharishi, ya habían dado un vuelco radical a sus vidas, aunque algunos cambios no perdurarían.
El mundo beatle se vio masivamente afectado por el estrés en 1966, lo que constituyó el motivo que los llevó a dejar las presentaciones en vivo. El que más insistió en la decisión fue George Harrison, secundado eficazmente por Lennon. Ringo se inclinaría hacia donde fuera la mayoría, de modo que Paul no pudo oponerse al deseo de sus compañeros. Pero el que más sufriría con esta decisión sería Brian Epstein. Su especialidad eran las giras, lo que le insumía mayor cantidad de trabajo y le producía la mayor excitación. El estudio lo manejaba directamente el grupo con George Martin. ¿Qué le quedaba a su función de manager sin presentaciones en vivo? ¿El papelerío y los caprichos beatles? ¿Sería un agente de viajes VIP? Eso, sumado a las quejas constantes de Paul McCartney, creó en Brian Epstein un fuerte estado de ansiedad al que se fueron sumando otros factores personales que hicieron prácticamente ine-vitable el fatal desenlace.
También se había iniciado una cuenta regresiva que no pudo culminarse: el 30 de septiembre de 1967 vencía el contrato que vinculaba a Brian Epstein con Los Beatles. Supuestamente, la relación entre ellos hacía pensar que la renovación sería simplemente un trámite, pero había tiburones hambrientos surcando los mares y uno de ellos era Allen Klein, un señor obeso con modales de rufián que había manejado la carrera de Sam Cooke. En una ocasión fue a ver a Brian para hacer que su artista fuese el soporte de Los Beatles durante una gira. Sin diplomacia también le dijo que él era capaz de renegociar el contrato discográfico de Los Beatles y sacar un millón de libras esterlinas, siempre y cuando pudiera obtener un porcentaje. A ningún manager le gusta que venga otro y le diga que puede hacerlo mejor, de manera que fue despedido prontamente por Brian.
Pero Klein capturó una deliciosa presa al hacerse con la representación de los Rolling Stones, a quienes renegoció el contrato discográfico con Decca y les consiguió el millón, pero no duraría demasiado en su puesto por algunos manejos turbios que Mick Jagger desaprobó (esto se sabría mucho después de la muerte de Epstein). Ahí volvió la zozobra para Brian, sobre todo cuando Lennon le escupió que “el maldito Klein le consiguió un millón a los Stones. ¿Y nosotros qué?”. Si lo hubiera dicho McCartney, sólo habría suscitado enojo. Pero con John era distinto, ya que era el favorito del manager. Muchas habladurías corrieron en torno a una supuesta relación homosexual entre ellos, sobre todo cuando se supo que pasaron juntos una semana en Barcelona. Fue una invitación especial que John aceptó cuando acababa de nacer su hijo Julian. Su esposa, Cynthia, todavía estaba en el hospital cuando los dos hombres partieron a España, pero nadie sabe lo que allí pasó pese a que muchos aseguraron que durmieron juntos. Tal vez en una misma habitación, o borrachos en una misma cama, pero de ahí a consumar un acto sexual hay un tramo que ninguna de las partes reveló jamás. Obviamente, la historia hubiera sido más jugosa si esa acción hubiese existido, y por eso algunos biógrafos la sugirieron o directamente la inventaron.
Hubo un hecho que parecía confirmar esa relación. Cuando Paul McCartney cumplió 21 años, lo celebró con una fiesta en la que John, para variar, se emborrachó. Bob Wooler, un disc-jockey amigo del grupo, se acercó a Lennon, y le preguntó qué tal había estado la luna de miel. Hacía tiempo que no se veían y en realidad le preguntaba por su casamiento secreto con Cynthia Powell. John, interpretó que se burlaba de él por su escapada a España con Brian, y lo molió a golpes. Es feo, pero a Lennon le gustaba pegarle a los que eran más débiles que él, y ha confesado varias veces que cuando el adversario era más grandote trataba de evadir la pelea o someterlo con su inteligencia. Wooler era un candidato a la paliza. Epstein manejó la situación fuera de tribunales y arregló todo por poco dinero.
Queda aún una pregunta: si no fue por sexo, ¿por qué aceptó Lennon acompañar a Brian Epstein una semana a España mientras el resto del grupo vacacionaba en las Islas Canarias? Hay varias teorías. Una de ellas, formulada por Paul McCartney, indicaba que era para hacerle ver a Brian que si quería llegar a Los Beatles primero tendría que pasar por John, que era el líder. Otra se lo atribuía a la curiosidad que sentía Lennon por la homosexualidad. Quería saber cómo era que a un hombre le gustase otro hombre, porque era un pensamiento que no entraba en su cabeza. También sentía lástima por Brian y cierto entendimiento ya que él, por razones comerciales, también debía ocultar su amor, o mejor dicho, su estado civil. “You’ve Got To Hide Your Love Away” (Tienes que esconder tu amor) fue considerada, años más tarde, por el compositor gay Tom Robinson como una canción que claramente alude al mundo homosexual e inspirada por la relación de Lennon con Brian. En realidad, la canción es producto de la influencia de Bob Dylan, ya que John reconoció que su estilo lo había inspirado para componerla. Volviendo al hecho, lo más probable es que John haya querido escapar de sus nuevas responsabilidades como padre.
De cualquier manera, no fue el amor lo que hizo de Lennon el beatle más shockeado por la muerte de Brian Epstein, sino una clara sensación de abandono que ya conocía. Primero perdió, en sentido figurado, a su padre, que abandonó el hogar. Luego su madre se casó y lo dejó al cuidado de su tía. Cuando recompuso la relación con su madre, esta moría atropellada por un policía borracho. Y ahora Brian, la figura de autoridad más relevante de su mundo, se iba sin decir adiós. Pero lo que John entendió claramente, además, era que sin Epstein, Los Beatles estaban metidos en serios problemas.
La muerte de Brian Epstein (el 27 de agosto de 1967) fue caratulada como accidente y toda vez que se la menciona en círculos de allegados al grupo, se insiste con esa versión. Pero en realidad todas las flechas apuntan hacia la dirección del suicidio. Es verdad que Brian Epstein tenía una fuerte afición por la bebida y los barbitúricos (y está claro que la combinación de ambas cosas puede ser letal), sin embargo puede ser posible que Brian se hubiera suicidado, ya que al momento de su muerte se encontraba inmerso en una profunda depresión.
No lo jaqueaba solamente la fecha de vencimiento del contrato suyo con Los Beatles, ni las intimidaciones de Allen Klein (que aseguraba a la prensa que pronto manejaría a Los Beatles), ni siquiera el hecho de haberse asociado con Robert Stigwood, otro tiburón pero con menos dientes, quien quería quedarse con su grupo favorito. La muerte de su padre afectó a Brian terriblemente y nunca llegó a superarla. Su madre había quedado destrozada y sola en Liverpool. Brian la trasladó y le puso un departamento en Londres. Se ocupó maravillosamente de ella, brindándole apoyo, sacándola a pasear y cortejándola casi como a una novia.
Brian sabía que su timón no estaba del todo derecho, que le costaba mucho poder mantener alguna relación amorosa, y que, por lo general, éstas le costaban sufrimiento material, moral y físico. Ya lo habían golpeado algunos señores de bajos escrúpulos, como un tal Dizz Gillespie (no confundir con Dizzy Gillespie, uno de los creadores del bebop), del cual se había enamorado obsesivamente, aunque él lo extorsionaba una y otra vez. El alcohol y los barbitúricos habían ocasionado cierto daño a su reputación inmaculada. Todo el mundo sabía que antes de las cinco de la tarde sería muy difícil encontrarlo en condiciones de trabajar. El cuadro era complejo y pese a una internación en The Priory, Epstein no pudo dejar su adicción a las pastillas para dormir.
¿Qué pasó la noche de su muerte? Las seis pastillas que tomó ¿fueron para descansar o un boleto para pasear al más allá? El día anterior se había ido al campo con Peter Brown y Geoffrey Ellis, dos de sus allegados laborales más íntimos. Otros amigos estarían con ellos, pero después cancelaron el compromiso. Esto habría enfurecido o entristecido a Brian de acuerdo a la versión que se tome. Al parecer se habría puesto furioso porque esos amigos eran “pagos” y eran promesa de sexo contante y sonante. Pero de haber sido así ¿para qué ir acompañado de dos compañeros de trabajo que son heterosexuales? ¿Se habría entristecido Brian porque quería compañía divertida para el fin de semana y no encontró sustitutos? En cualquier caso, regresó a Londres y se acostó a dormir hasta las cinco de la tarde del día siguiente, cuando conversó telefónicamente con Peter Brown. Dijo que volvía para el campo, pero Brown le dijo que por su voz (sonaba drogado) no convenía que manejara y le aconsejó que retornara en tren y que lo irían a buscar a la estación. Epstein no llamó nunca más. Al día siguiente llamaron a un médico, derribaron la puerta de la habitación y lo encontraron dormido para siempre en posición fetal. Había frascos de pastillas por todos lados.
Sin embargo, el forense dictaminó que fue un accidente. Supuestamente, la tolerancia química de Brian había llegado al nivel cercano a la sobredosis. Ringo Starr coincide con esta teoría. “Fue un accidente, como le pasó a Keith Moon. Unos sedantes de más. Fue lo mismo que con Hendrix o Morrison: ninguno de ellos quería morir”. Paul McCartney y George Harrison estuvieron de acuerdo.
En el momento, los cuatro decidieron minimizar ante la prensa el efecto que la muerte de Brian tendría sobre el grupo. Pero todos sabían, y John más que ningún otro, que las cosas jamás volverían a ser las mismas.
La muerte de Brian Epstein sacudió la tierra beatle, y hubo severos desplazamientos de intereses que afectaron sin remedio el ecosistema que, hasta ese desgraciado momento, mantuvo un notable equilibrio. Robert Stigwood, socio de Brian Epstein en su empresa NEMS, se acercó al grupo como quien se acerca a un huerfanito para decirle que tiene padre sustituto. Brian ya no existía, y él había sido su socio, así que se convertía en su lógico sucesor. Los Beatles no mordieron una fruta tan dudosa y Stigwood se abrió de los negocios de Epstein, llevándose consigo a los Bee Gees. Clive Epstein era quien debía asumir el lugar de su hermano, pero no estaba interesado. Allen Klein acechaba, pero finalmente el grupo siguió adelante con la ayuda de Neil Aspinall y Peter Brown. Ese escollo había sido sorteado momentáneamente.
No había pasado una semana de la muerte de Brian, cuando Paul McCartney dio un paso al frente y propuso un plan para la banda que finalmente se convirtió en Magical Mystery Tour: una película psicodélica para televisión. Ya que no salían de gira, se inventarían su propia aventura, juntando una serie de personajes, alquilando un autobús y saliendo de paseo por la campiña inglesa. Todo se filmaría y luego se editaría en un especial con formato de película corta. El resultado fue el primer fracaso beatle: la primera vez que la prensa osaba decir que habían hecho algo malo. Los Beatles dejaban de ser invencibles. Magical Mystery Tour se puso al aire el 26 de diciembre de 1967: una película extravagante y multicolor emitida en... blanco y negro. Ese fue uno de los errores principales. La crítica no perdonó: “Jamás hemos visto una basura semejante”.
El film no tenía ni guión ni dirección, aunque supuestamente ambos estuvieron a cargo del propio Paul. Pero así eran los tiempos que corrían y es un típico producto de su época. Había un segmento absolutamente delirante donde John le sirve spaghettis con una pala a una señora gorda. De haber sido la obra de un director oscuro y vanguardista, seguramente hubiera sido considerado una genialidad. Pero Los Beatles no podían permitírselo. Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, se puede observar que el filme anticipa lo que serían los videoclips que se desarrollarían en los ‘80. Steven Spielberg reconoció haber sido influenciado por Magical Mystery Tour cuando estudiaba cine. Y la música era superlativa, pero incapaz de sostener el producto fílmico.
No hubo una crisis por el supuesto “fracaso”, pero John Lennon vio cierta malicia en la movida de Paul McCartney. Años más tarde, declararía que “una vez muerto Brian, Paul quiso dirigirnos”, lo cual es una verdad a medias. Es cierto que Paul se hubiera alzado con las riendas del grupo si se lo hubieran permitido, y no hubiera habido nada de malo en ello: era uno de los miembros decisivos de la banda. Pero el líder natural de Los Beatles siempre fue John Lennon. Ya en los 2000, Ringo Starr reconoció que “Los Beatles siempre fueron el grupo de John”. Y esto es verdad visto desde cualquier punto de vista; John puso el primer ladrillo de la banda; también ofrendó su nombre para un breve período en el que se llamaron Johnny & The Moondogs, y su personalidad era la más fuerte. Pese a que en los papeles, el cuarteto se comportó democráticamente, si había alguien cuya opinión era decisiva, ese era John Lennon.
El problema, y una de las causas más poderosas de la separación beatle, era que John Lennon no estaba en condiciones de ser líder. Desde que descubrió el LSD, John se la pasaba alucinado casi todo el tiempo. “Debo haber tenido como 1000 viajes”, explicó, y no se quedó corto. Su genio no lo abandonaba, y durante su período psicodélico, John escribió muchas de sus mejores canciones: “Strawberry Fields Forever”, “Tomorrow Never Knows”, “Lucy In The Sky With Diamonds”, “A Day In The Life” y “I Am The Warlus” entre otras. Al no haber una desmejora –sino lo contrario- en su producción artística, John no sentía estar en falta con el grupo. Al fin y al cabo, cuando su madre murió lo que sintió es que “todo se podía ir al carajo: ya no tengo más responsabilidades con nadie”.
Pero eso iba a cambiar con la llegada de Yoko Ono. Hacía tiempo que John había perdido el interés por Cynthia y era poco el afecto que manifestaba por su hijo Julian. Yoko Ono logró encender una llama de amor que parecía extinguida. La cocción del romance a fuego lento hizo que cuando finalmente explotara, John se consumiera en su amor por Yoko, devorando también buena parte de lo que lo rodeaba. La japonesa, siete años mayor que él, y con dos matrimonios encima, manejó los tiempos con maestría.
John: “Cuando conocí a Yoko fue como cuando te encontrás con tu primera mujer, y dejás a los muchachos en el bar y ya no vas a jugar al fútbol, al pool, ni al billar. A algunos les gusta juntarse con sus amigos los viernes por la noche para conservar la relación, pero, en lo que a mí respecta, una vez que encontré a la mujer de mi vida los muchachos del grupo dejaron de tener interés. Eran como viejos amigos: ‘Hola, ¿cómo estás? ¿Cómo está tu esposa?’... Mi vieja pandilla terminó en el momento en que la conocí. No lo supe entonces, pero fue lo que sucedió. En cuanto la encontré, fue un cambio radical en mi escala de valores. Pero sucede que mis amigos eran famosos universalmente y no los simples tipos del bar. Por eso este asunto tuvo tanta trascendencia”.
Hoy suena raro, pero cuando Yoko Ono llegó a Gran Bretaña, la primera puerta beatle que golpeó fue la de Paul McCartney. Estaba en busca de manuscritos para regalarle al compositor John Cage para su cumpleaños; Paul le dijo que antes de darle algo tendría que hablar con Lennon, que era con quien él escribía sus canciones. Más tarde, John le regaló el manuscrito del tema “The Word”, y lógicamente no consultó con Paul. Ese hecho queda perdido en alguno de los incontables huecos de la fantástica historia de John y Yoko, que comenzó con el famoso encuentro en la Indica Gallery, a fines de 1966.
La relación entre ambos es harto conocida en su inicio –primer encuentro- y en su consumación –cuando registraron Two Virgins y después hicieron el amor-, aunque lo que sucedió en el medio sigue siendo un misterio. Entre una y otra situación pasaron 18 meses, en los que los encuentros entre John y Yoko fueron esporádicos y locos. De acuerdo con varios testigos, Yoko comenzó a irrumpir en la vida de John Lennon con apariciones imprevistas, toneladas de cartas enigmáticas y un flujo constante de llamados telefónicos. Cynthia, la mujer de John, comenzó a tomar nota de la japonesa hacia mediados de 1967, y le preguntó de quien se trataba. “Esa artista rara”, solía definirla John, “sólo quiere dinero para sus exhibiciones. Lo mismo que todos”. De hecho, John le había proporcionado fondos para una exposición. Pero Yoko no se rendía; incluso llegó a entrar a la casa de John en su ausencia y la de su mujer, engañando a la empleada doméstica que la dejó ingresar para que hiciera un llamado telefónico urgente. Otro día, Yoko pidió volver para recobrar el anillo que había dejado junto al teléfono. La actitud de John variaba entre el enojo y la intriga. Cynthia no tenía claro que vinculación podría haber entre ambos, pero en una discusión le dijo a John: “Tal vez Yoko sea la indicada para vos”. Había predicho el futuro sin darse cuenta.
No parecía haber conflictos en el matrimonio, pero Cynthia sentía que de a poco iba perdiendo a su marido. Cada vez le era más difícil comunicarse con él, y la oleada de acontecimientos se lo complicaría aun más. Ni siquiera en la paz de la India podían conectar. Al regreso de unas vacaciones en mayo de 1968, cuando descubriera a John in fraganti con Yoko –y una vez recuperada del espanto inicial-, Cynthia sentiría que John y Yoko tenían mucho más en común que lo que habían tenido ella y John. Las situaciones previas hasta el divorcio serían sumamente desagradables por parte de ambos, incluyendo celadas, detectives privados y mentiras. Después llegarían los abogados.
En la memoria de Yoko Ono, los acontecimientos se produjeron de una manera diferente. John le propuso financiar su exhibición, y era el que llamaba por teléfono y escribía cartas. El beatle incluso hizo “un movimiento decisivo” (Yoko dixit) que ella rechazaría. Su propio matrimonio iba barranca abajo y no quería complicar la situación. En algún momento Yoko viajó a París y sólo volvió a Londres por una invitación del músico de jazz Ornette Coleman para participar en un concierto. Al regresar a su departamento, la recibió una montaña de cartas. Eran de John. Ella ya se daba cuenta de lo que sentía por él y que era correspondida, pero este tsunami de comunicación con remitente en la India, terminó por convencerla. El resto es historia y discusión eterna.
Desde el comienzo, John y Yoko fueron inseparables y por ende, ella se incorporaría bruscamente al universo beatle durante la grabación del Album Blanco. Este fue el disco en que Los Beatles decidieron que serían cuatro individualidades. Cada uno aportaría sus canciones y las grabaría utilizando a Los Beatles como banda de apoyo. Las sesiones se iniciaron el 30 de mayo de 1968. El cuarteto había regresado de la India, tras unas semanas de meditación e introspección con la guía del Maharishi Mahesh Yogi. Con mucho tiempo libre en sus manos, cada beatle compuso una buena cantidad de canciones que desembocarían en el Album Blanco, bajo la nueva consigna –cumplida a medias- de no sobreproducirlas. De nuevo, el más prolífico había sido John Lennon quien retornó con 15 canciones.
Desde el primer minuto, John estuvo con Yoko a su lado, violando una norma específica de Los Beatles: sin esposas en el estudio. Esta norma se había hecho extensiva a todo personaje extraño fuera de los integrantes del grupo, George Martin y los técnicos de grabación. Hasta Brian Epstein se vio “invitado” más de una vez a hacer lo que había venido a hacer, y abandonar el estudio. Nada de gente dando vueltas por ahí. Esto era para preservar la llamada “burbuja de Liverpool”, un microclima de trabajo y diversión que daba los mejores resultados. En otros tiempos, el más enfático en hacer cumplir la regla hubiese sido John Lennon, pero las cosas habían cambiado.
La presencia de Yoko Ono irritó sobremanera al resto de Los Beatles. No era solamente el hecho de que estuviese allí, sino la distracción que ejercía sobre John –persona dispersa de por sí-, y su intención manifiesta de comportarse como si fuese un beatle más. Ella era una artista avant-garde (palabra que alguna vez John definiera como “mierda en francés”), con estudios, y se sentía perteneciente a un mundo artístico que siempre se creyó superior, por lo tanto, creía tener el derecho de hacer observaciones y de participar.
El primer tema que se grabó para el Album Blanco fue “Revolution 1”, que después daría paso a un montaje de efectos y ruido bautizado como “Revolution 9”, en el que Yoko Ono participó activamente. De más está decir que es una de las canciones más odiadas por los fanáticos del grupo. La influencia de Yoko Ono no sólo parecía ser perjudicial para la relación interna de la banda, sino que se proyectaba perniciosamente hacia la música, la que también reflejaba el cambio de hábitos químicos de John. Palabras como “monkey” ó “fix” debutaron en el Album Blanco; ese léxico ya no era psicodélico: pertenecía a la jerga de los heroinómanos.
Lennon se estaba enganchando con la heroína y mucha gente le echaba la culpa a Yoko Ono. Es verdad que John le preguntó a ella si la había tomado, y qué le había provocado, y que el hecho de no observar contraindicaciones en su relato lo animó. Pero es cuanto menos arriesgado sostener que Yoko lo empujó a consumir. Amigos íntimos de John aseguran que la heroína era la sustancia que le permitía a la japonesa “domesticar” al indómito Lennon, pero es sabido que con los opiáceos el que maneja la relación es el opio. Lo que la heroína provoca es una sensación de invulnerabilidad y que todo resbala. Tal vez la heroína creaba esa relación tan simbiótica entre John y Yoko durante las grabaciones, a tal punto que no se separaban ni para ir al baño.
Semejante relación agrietó la armonía beatle, y comenzaron a aparecer los chistes a espaldas de John. “¿Por qué Yoko va al baño con John? Respuesta: para ayudarlo en su tarea”. “¿Qué pasa? ¿Todos se están dejando el bigote? Claro, Yoko también”. Y lo peor es que cuando John se enteraba, sufría. Como él había dicho: ya no era más uno de los muchachos. Había un conflicto poderoso allí, y no se avistaba una solución satisfactoria. Habrá que reconocer que Paul McCartney, quien llegó a albergar a la pareja en su casa durante una semana, tuvo mucha paciencia, pero fue desbordado, entre otras cosas, por la costumbre de la japonesa de sentarse en su amplificador de bajo. George Harrison hasta participó en zapadas con Yoko, pero no podía hacer caso omiso a las “vibraciones extrañas” que decía captar de ella. Su aspecto, siempre de negro, le daba apariencia de araña, y su ulular (el modo en que Yoko “canta”) no era de fácil digestión.
De acuerdo con Peter Brown, colaborador de Brian Epstein y persona del hermético círculo beatle, Yoko Ono fue un agente disolvente poderoso. Pero si hubo un factor más importante que otros en la separación de Los Beatles, fue la adicción de John a la heroína. Esos efectos no sólo se harían sentir en el Album Blanco, sino también en las sesiones de Let It Be. Es simple: cuando John estaba bajo los efectos, sólo se interesaba en Yoko y su propia música. Y cuando estaba “bajando”, se encontraba de pésimo humor. En definitiva: Lennon se había puesto intratable.
Sin embargo, la térmica saltó por otro lado: un día Ringo se fue de la banda. Paul McCartney había dado muestras de saber tocar varios instrumentos, entre ellos la batería. Cierta inclinación a decirle a los demás lo que deberían tocar con exactitud hizo blanco en Ringo, que se hartó y decidió abandonar a Los Beatles. Cuando tomó la decisión fue a hablar con John. “Me voy del grupo: no estoy tocando bien, y no encajo. Creo que ustedes tres se llevan de maravillas y no hay lugar para mí”. Lennon lo miró por sobre sus lentes y le dijo: “Y yo que pensaba que los que estaban unidos eran ustedes tres”. Más tarde, Ringo tocó la puerta de Paul y repitió sus argumentos: para su sorpresa, McCartney le dijo lo mismo que John.
Semejante coincidencia, más allá de hablar a la clara de que la paranoia se había instalado en el grupo, no detuvo a Ringo en su decisión de irse. Estaba harto de una situación que lo tenía constantemente en tiempo de espera; era habitual verlo leyendo por horas mientras los demás decidían si les gustaba la base que habían grabado o no. Además, surgían enormes diferencias entre los músicos, lo que provocaba discusiones que se prolongaban hasta el infinito. Finalmente primó la cordura, se le hizo sentir a Ringo que era querido y necesario, y cuando volvió encontró el estudio cubierto de flores con un cartel que le daba la bienvenida. Hubo una fiesta, tragos para celebrar, y un momentáneo estado de felicidad.
Pero la crisis no había sido superada: había llegado para quedarse.
*·*·*·*·*
03. REVOLUCION
“Sabés que daría todo lo que tengo
Por un poco de paz mental”
“I’m
So Tired” - Lennon-McCartney
Los Beatles comenzaron a soñar con Apple en el mes de abril de 1967, cuando Brian Epstein aún vivía. El disparador fue un informe de los contadores, el cual les comunicó que si no invertían pronto su dinero, deberían pagar 3 millones de libras esterlinas en impuestos. Los Beatles ganaban y el fisco quería su parte. El nombre de la compañía surgió de una canción infantil que asignaba objetos a las letras del abecedario, y la “A” correspondía a Apple (manzana). El concepto, fiel a la época del flower-power, era el de ofrecer oportunidades a la gente talentosa para que no tuvieran que rogarle a señores de corbata que no entendían nada de nada.
Apple comenzó a cobrar vida el 27 de septiembre de 1967 con la apertura de Apple Publishing, una editorial musical, que pronto sería acompañada por otros brazos de una gran corporación. El primero de ellos sería una boutique, lo que provocaría comentarios periodísticos comentando que “ahora Los Beatles eran tenderos”, cosa que no les causó ninguna gracia. The Apple Boutique abrió sus puertas el 7 de diciembre y la idea era tener un negocio donde la “gente hermosa pudiera comprar cosas hermosas”. Alquilaron un edificio cuyo frente fue pintado con un mural psicodélico; la municipalidad les ordenó dejarlo blanco, pero eso sucedió después de la inauguración.
Al comando de la boutique estaba Pete Shotton, un amigo de la adolescencia de John Lennon, que regenteaba un supermercado que John había comprado en Liverpool. La parte conceptual y artística corrió por cuenta de un grupo de diseñadores holandeses llamado The Fool, que había realizado trabajos de decoración para John y George, y que había vestido a Los Beatles y a sus mujeres para una ocasión especial.
La boutique fue la punta de lanza de Apple y se quebró más temprano que tarde. Uno de los primeros preparativos fue un viaje que The Fool y Shotton hicieron a Marruecos, para comprar cosas y venderlas en el local. Fue altamente costoso y la mayoría de las ropas y objetos finalmente se perdieron en el correo. En realidad todos consumieron tanto hachís que nadie recuerda si las cosas se envíaron alguna vez. Además Simon Posthuma, líder de The Fool, se destapó con tremendos ataques histéricos por cada cosa que contrariaba sus delirantes planes. Cada uno de sus caprichos costaba miles de libras, hasta que Pete Shotton, tratando de poner cierto grado de cordura, le avisó a John Lennon lo que sucedía. El beatle le explicó que eran artistas, que no importaba si no tenían ganancias; que siguiera los impulsos de los diseñadores.
En la primera semana, The Apple Boutique se llenó de consumidores que literalmente arrasaron con toda la mercadería del local. El problema era que muy pocos pagaban por ella. Es más: los integrantes de The Fool solían llevarse montones de prendas para sus guardarropas particulares sin siquiera avisar. En siete meses la boutique perdió unas 200 mil libras esterlinas. Cuando Los Beatles reaccionaron, la única solución fue cerrar el negocio y, para no quedar como unos avaros corporativos, regalaron todo lo que quedaba. Eran hippies, pero no tontos: un día antes de la donación, John Lennon y Yoko Ono entraron a la boutique; la japonesa puso una tela en el suelo, la cargó con todo lo que le interesaba, anudó sus puntas y la subió al Rolls Royce multicolor de John.
Al momento del día de cierre había tres cuadras de cola. No existió restricción de cosas a llevarse por persona: “tanto como uno pudiera cargar”, era la consigna. Cuando se acabó la ropa, el público empezó a llevarse muebles; cuando ya no había nada, la gente arrancaba pedazos de mampostería. The Fool ya había abandonado la boutique hacía tiempo, mudándose a Nueva York para un engaño final: convencieron a Polygram para que les grabase un álbum. Cuenta la leyenda que cuando la compañía escuchó el disco terminado, uno de los gerentes vomitó, y no en sentido figurado.
Apple Electronics era una división destinada a la tecnología de punta. Como jefe del proyecto estaba un griego llamado Alex Mardas, que solía ser quien reparaba los televisores de Los Beatles. Era un tipo encantador que subyugó a John Lennon, quien se lo presentó a Paul. “El es Magic Alex, mi nuevo gurú”, le dijo en 1967. Mardas era un fabulador de primera, con gran capacidad para la invención y para convencer a la gente acerca de que sus ideas eran realizables.
Un listado de los inventos de Magic Alex contenía los siguientes artículos:
a) Empapelado parlante: un revestimiento para paredes que emitirían música
b) Pintura eléctrica: pintura para paredes que se iluminan al enchufarse.
c) Sol artificial: artefacto eléctrico y esférico que da luz. Alex lo prometió para el lanzamiento de la boutique, pero nunca lo realizó.