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La utilidad de los deseos

By Esther Aparicio


Published by Ed. Amarante at Smashwords


Copyright 2004 Esther Aparicio Hernández

Copyright 2011 Ed. Amarante



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Esta novela fue finalista del Premio Nacional de Novela Corta Francisco Ayala 2004


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Índice


Martes

Los sueños fingidos

Miércoles

Los pasos más difíciles

La multinacional

Hogar dulce hogar

Jueves

La escalera

En el laberinto

El encadenado de fatalidades

Viernes

Arrancando hacia lo desconocido

Los patriarcas

Los cuerpos sutiles

Sábado

El hipermercado y las inquietudes

La noche del mojo picón

Las necesidades del pececillo

Domingo

La paella

Lunes

Polvo eres…

Una visita a Blin

Martes

El cuadro embalado

La línea descendente

La pregunta

Miércoles

No hagamos planes

Reunión de pastores

Blin sale a la calle

Después de la tormenta llega la calma

Jueves

La rubia del taburete

La oficina paralela a la oficina

El expatriado

El laberinto despierta

El adiós a la escalera

Una ventana al futuro

Bio-bibliografía



A Marina y Emilio,

Mis queridos padres.



Martes

Los sueños fingidos


Yo quería tener una casa frente al mar, un mirador a la inmensidad para mí sola. Pero lo quería más tarde, cuando los huesos estuvieran cansados y ya sólo quedase mirar a lo lejos, como si tal cosa existiese, que sólo quede mirar a lo lejos. Ahora veo que era una estupidez. No el deseo, que era tan bueno como cualquier otro, sino el reservarlo para el futuro, un futuro siempre lejano. El mirador lo quería en un entonces que ya se fue, en otro ahora. Y el ahora es muy breve, y tan escurridizo y cambiante que no deberíamos regalárselo al porvenir.

Pero así es como somos, lo dejamos todo para después. Yo lo hago a menudo, como en este momento en que debería estar preparando la ropa que me pondré mañana o recogiendo las sábanas del tendedero. Y en su lugar, aquí estoy, a oscuras en mi cocina, mirando por la ventana. Aunque en realidad tengo que conformarme con mirar por el pequeño círculo que, como un ojo de buey, he abierto en el cristal empañado por el vapor del lavavajillas. Y no estoy aquí de manera casual; es más bien una vieja costumbre, una forma premeditada de perder el tiempo. A veces lo hago al llegar del trabajo, con un baile de números entre las cejas y las ideas tan desordenadas, que si agitasen mi cabeza, sonaría como un saco de tornillos. Nada más entrar por la puerta, tiro el abrigo y el bolso en el salón, y voy a la cocina donde me acodo en el escurridor y miro a los transeúntes. Y en unos minutos me descuelgo de las obsesiones laborales y me zambullo en un mundo más real, donde la gente pasea despreocupada y los deportistas ejercitan sus músculos relucientes. Aunque otras, como ahora, vengo a reposar la cena mientras contemplo cómo se recoge el mundo en este Madrid sin mar. Si el clima es amable, la calle aun sigue viva durante un rato, y puedo ver cómo la cruzan los jubilados de bufanda gris y los corredores que hacen silbar el aire a su lado. Y me asombra el paso firme de las madres que regresan a casa con sus niños saltarines y arrastran al perro que tira con fuerza de su cadena en dirección al parque. Pero unos pestañeos después, todos desaparecen como limpiados del paisaje por un barrendero imaginario que va empujando a escobazos a los jubilados, a los deportistas, a los niños y a las madres hasta meterlos en sus portales. En un segundo, en la calle no queda nadie y sólo la recorren las hojas, que el viento remolca, hasta que se detienen atrapadas en los bordillos. Hay algo mágico en ese momento en que todo se suspende hasta el día siguiente y se inicia una tregua en la actividad. Entonces, sin tener nada que mirar, dejo que mi mente vuele hacia donde quiera, y a veces, sin darme cuenta, me enredo analizando los sucesos del pasado, los pasos que di, los pasos que no di..., y eso me lleva a repasar mis sueños, los auténticos y los fingidos.

Entre los sueños fingidos está mi casa frente al mar. Una visión ideada para capear el vacío. Porque cuando faltan otras cosas nos inventamos un mundo. Rascamos en el laberinto de nuestra mente hasta que encontramos alguna ilusión, la sacamos de la nada, la pintamos de colores y la echamos a rodar. Después soñamos una y otra vez la recién nacida ficción, y arrugados en la cama la vemos crecer y echar raíces, hasta que el sueño es sólido y es parte de nosotros, tan nuestro como el pijama que llevamos puesto mientras soñamos. Así nació mi casa frente al mar, durante un tiempo nulo y sin horizontes. Juan me había dejado. Mi Juan, que había madurado una hermosa barriga junto a mí, una barriga puntiaguda, de lo más extraño, bien es verdad. Su barriga alimentada durante los diez años que pasamos en las barras de los bares, haciendo planes que para siempre colgarán en el museo de lo imposible. Después de diez años besándonos bajo las sábanas de su casa de la calle Berruguete, besándonos en el cine Cristal, besándonos en el teleférico colgados entre las nubes. Pero todo eso ya había quedado atrás. Cuando mi Juan vino aquella tarde para dejarme, los besos ya estaban amansados por el hábito. De modo que cuando me habló del fin no me temblaron las piernas, y al despedirnos como viejos camaradas, me dije: Bueno. Así son las cosas. Poco debía importarme cuando pude decirme: Bueno. Pero al día siguiente y al día siguiente del día siguiente, supe que el mundo se había descuadrado, se había salido de sus goznes y nada estaba en su lugar y una pregunta se instaló en mi conciencia: ¿Y ahora qué? Y no había respuesta.

La pregunta llegaba a cualquier hora, dejando al descubierto el gran vacío de no encontrar a nadie esperándome al caer la tarde. Me hacía asomarme al absurdo de mi levantarme y acostarme sin objetivo, a un hoy sin sustancia y a un mañana que parecía un muro de hormigón armado por el que nunca entraría la luz. ¿Y ahora qué? Después de varias semanas recibiendo las cuchilladas de la pregunta, enloquecí. Corrí como una demente bajo una lluvia de pedrusco gritando los peores insultos para Juan. Mi Juan, que me había dejado a merced de aquella pregunta insidiosa. Cuando todos los insultos conocidos habían salido de mi boca, me detuve; me refugié sin aliento en el rellano de una zapatería, y entonces ocurrió. Tras la cortina de agua que rebotaba en el suelo salpicando mis piernas, vi una imagen borrosa del mar. Un mar que lamía una cala blanquecina, y elevada sobre un roquedal, la casa. Reconocí el lugar y a tía Gloria tendiendo la ropa blanca contra el viento, tía Gloria cargada de arrugas y rodeada de su jardín de adelfas y buganvillas, tal vez entregada al placer de su gran deseo: su casa frente al mar. Aunque no sabría decir si ese fue alguna vez su deseo, el de tía Gloria. Pero yo lo hice mío y sentí la excitación de una mañana de Reyes al imaginar el rincón plácido que me estaba esperando en alguna parte. En ese momento salí a la calle, miré hacia lo alto y con una ducha de agua invernal golpeándome la cara, me prometí que un día tendría mi propia casa frente al mar. Y así recuperé la ilusión de vivir para algo. A partir de ese día alimenté mi sueño como a un animal doméstico y Juan pudo al fin descansar en el apartado de los recuerdos. Y el mundo siguió avanzando, cinco pasos adelante, cuatro pasos hacia atrás.

De cualquier forma, los deseos son de gran utilidad. Son el lubricante que hace girar el engranaje a falta de otra cosa. Y durante un tiempo, no había otra cosa, sólo arrastrarme por lo cotidiano y soñar. Hasta que un día apareció Eduardo. Eduardo, el hombre que vino, despertó mis instintos y al poco se marchó. Y mientras recorría el pequeño tramo entre el antes de Eduardo y el después de Eduardo, el sueño de la casa frente al mar fue diluyéndose hasta desaparecer. En su lugar, puse a ese hombre que acariciaba mis muslos haciendo resonar tambores bajo la tierra. Pero cada cosa vino en su momento. Primero subimos juntos una escalera; luego nos espiamos por los pasillos; más tarde nos interrogamos bajo las sábanas y hacia el final entre los dos construimos un pececillo que navega por mis entrañas.

El pececillo aun no tiene nombre formal. No sé cómo le llamaré cuando se pasee por el mundo. De momento le llamo Blin, que es breve y tiene algo de la pureza que le imagino al pececillo. Pero aunque Blin no tenga un nombre oficial, ya tiene una historia: la historia antes de Blin. Una vida sucediendo a una vida, sucediendo a una vida, sucediendo a una vida..., así hasta donde la memoria se pierde. Y hay una parte cercana en el tiempo que algún día le contaré y eso le dará calor, porque los relatos también sirven para eso, para templar a los pececillos. De modo que cuando deje de navegar y camine sobre dos piernas, le explicaré su historia. Una historia sencilla, nada sorprendente ni extraordinaria, en realidad. Una historia que tiene un principio, o tal vez más de uno, o quizás infinitos principios si la memoria no nos fallara tanto. Ya le imagino corriendo por la casa tras de mí como un cachorrillo persiguiendo mariposas: Cuéntamelo otra vez, Marina. Pidiendo más, con la insistencia de los pequeños. Aunque quizás no me llame Marina, tal vez diga Manina, o mamita, o cualquiera de esas mil formas que hay de llamar a una madre. Y seguro que le respondo con gusto, las veces que haga falta, porque de algo tiene que servirle tener una madre cuarentona, una madre paciente que ha vivido lo necesario y puede gastar su tiempo en contarle el mundo a su pececillo. Pero no todo serán palabras. Trataré de contagiarle mi afición a la lectura para que los libros también le guíen. Le compraré cuentos de enormes ilustraciones, que son un ascensor ultrasónico al mundo de la fantasía. Porque no creo que a Blin le gusten los novelones que yo leo, esas narraciones inacabables que hacen que los eruditos se lleven las manos a la cabeza, aunque a mí, bien poco me importa, su lectura mantiene viva mi fe en el sentido del universo y alimenta la ilusión de que todo puede cambiar al girar una esquina. Seguramente los cuentos para pececillos hacen el mismo papel y generan el mismo entusiasmo, y casi puedo ver ya sus deditos señalando a un duende de caperuza verde, mientras detrás de sus ojos se forma una historia recién inventada. De cualquier modo, entre historias y cuentos, quizás algún día le hable de Eduardo. Y si lo hago, su cerebro ordenará los sucesos como sólo los pececillos saben hacerlo. Escuchará con atención cada palabra, cada detalle, y lo reunirá todo en un rompecabezas imaginario. No sé que pondrá en las esquinas, ni que colocará en el centro, pero seguro que echando un vistazo uno podrá saber que se trata de Eduardo, porque los pececillos son muy hábiles y cogen las cosas al vuelo.

Pero eso vendrá más tarde. Ahora Blin debe estar durmiendo en su caverna rosada, un buen ejemplo que voy a seguir. De modo que despego los codos que han quedado marcados con la forma de las ondas del escurridor, y con una pierna dormida cosquilleando al contacto con el suelo, salgo de la cocina. Recorro palpando las paredes del pasillo sin luz, hasta llegar al cuarto de baño, y con mi rostro iluminado ante el espejo, me lavo los dientes, me embadurno de crema antiarrugas y peino y repeino mi melena negra, que es tan fosca y rizada, que si no la engatuso de noche, por la mañana sólo unas tijeras conseguirían desenredarla. En la habitación me pongo el pijama a la luz de la mesilla y hago mis ejercicios cervicales: el cuello a la derecha, el cuello a la izquierda, pausa; cuello abajo, cuello arriba, pausa; el cuello gira, y resuena en el silencio como un lecho de ramas tronchándose. Entro en la cama y leo algunas líneas de Memorias de África, pero los ojos pesan demasiado y apago la luz. Vigilo un momento las sombras en el techo y los faros de un coche que recorren la pared. Hasta que los ojos se cierran, y veo puntos alocados y la figura de Eduardo sobre una oscuridad cada vez más oscura.



Miércoles

Los pasos más difíciles


El despertador suena siempre cuando no debe. Pero es algo irreversible. Una vez que ha sonado, ya no hay vuelta atrás, hay que sacar los pies de la cama y echar a correr. Aunque a veces me entretengo con los ojos perdidos en el techo. Me gusta imaginar cosas para empezar el día, cosas absurdas que no sirven para nada. Lo hago consciente de mi extravagancia, porque los adultos no suelen soñar despiertos, no al menos: cosas sin utilidad. Hoy por ejemplo, me da por preguntarme qué animal podría ser si no fuera un animal humano. Sin pensarlo dos veces, me meto en la piel de un pajarillo, o en la de un tímido gato, o en la de un cachorro de cualquier mamífero. Luego desecho la idea y como una tonta, me condiciono a ser algo más grande. Una tigresa o un águila. Y cuando el águila está a punto de remontar el vuelo, queda paralizada. Lo hace porque me pregunto la razón por la que he cambiado mi impulso natural hacia lo sencillo por algo majestuoso. Y no la encuentro. Aunque seguro que la hay, con todos esos hilos ocultos que nos mueven. Los hilos que nos hacen desear ser lo que no somos, o buscar lo que no necesitamos para nada. Pero hay que simplificar en cuanto antes. De modo que decido ser menos aparatosa y me levanto con la intención de ser el cachorrillo inocente que en realidad soy. Y me prometo dejar las tigresas para otras gentes.

El cachorrillo se lanza a la ducha con el regusto del sueño en la boca. Y empieza a pensar. Y piensa demasiado: que no hay nada para desayunar, que esto de levantarse es una faena, que estaba mejor inconsciente, que tengo que pagar el seguro del coche, que estoy engordando…. Y así una larga lista de ideas atormentadas. Pero cuando todos mis rizos se han aplanado bajo la ducha, empujo la sólida melena hacia el pecho, y con el golpeteo del agua sobre la espalda, todo mejora, como si cada una de las gotas llamara a la puerta de un punto vital adormecido. Entonces, una energía que no sé de dónde viene, me rescata de mis miserias y cuando salgo de la ducha y me seco entre vahos, soy otra. Y estoy lista para la carrera de cada día. Vuelo a la cocina a por un vaso de zumo envasado y me asomo a la ventana para ver el día que hace. Hago una foto climática que guardo en un rincón de la memoria: tímido sol pre primaveral, capa de hielo en los coches, frío intenso, no hay viento. De regreso, en el baño me lavo los dientes y seco un poco la melena con el secador para no ir dejando un rastro de agua a mi paso. En la habitación, recupero la foto climática mientras bebo el zumo a pequeños sorbos y medito qué ropa me pondré. Es un asunto al que dedico unos minutos. No es algo que me obsesione, pero sí creo que cada día requiere un color diferente, y cargar, por ejemplo, con un verde limón primaveral todo un largo día de rayos y centellas, es arriesgar mucho en la ya demasiado frágil dicha de nuestras vidas. Una vez tomada la decisión, llega el momento de vestir el cuerpo, que se resiste a la madurez y lucha embutiéndose en faldas estrechas y cortas para no olvidar que tengo sexo. Hoy elijo una falda azul turquesa y una discreta camisa blanca con jaretas, y como no soy muy alta, me calzo un par de buenos tacones. Luego hay una breve sesión ante el espejo. Nada de maquillaje, una raya negra bajo los ojos, y en los labios un toque de carmín. Entonces me detengo un segundo y hago un reconocimiento. Ahí estás otra vez, me digo, la misma de ayer, pero en otro día. Y para no alargarme en charlas matutinas, me saco la lengua y salgo del baño. Me pongo un abrigo negro, cuelgo el bolso al hombro, y taconeando por el pasillo, llego a la puerta que me separa del mundo exterior.

Los pasos más difíciles son los primeros, y cuando abandono el hogar, no puedo evitar que una leve melancolía haga girar mi cabeza hacia el portal. El gesto sólo dura un instante, pero lo suficiente para hacer saltar la alarma que despierta a mi yo práctico, que sin dudarlo un segundo, me tira de las orejas. Entonces miro hacia delante y controlo mis pensamientos. No dejo que recorran ese camino trillado del: lo bien que estaría en la cama, calentita, y ahora tengo que ir a trabajar, a compartir mi día con los que me rodean en esa multinacional donde me gano la vida. En su lugar, miro al cielo y compruebo si debo alegrarme porque va a llover, con la falta que le hace al campo, o si debo alegrarme porque hace sol, con la falta que le hace a mi ánimo. Y hoy, como ya anticipaba la foto climática que tomé desde la ventana, a pesar del frío, hay un hermoso sol casi primaveral que avanza suavemente hacia los edificios. Después entro en mi coche, que es muy bonito, nuevecito, un coche de próspera trabajadora que suena a gloria y corre alegre como un colegial. Y para acompañar su trote animoso, pongo música; a veces música de los Rolling Stones, con los que canto; otras, música de Mozart que sólo escucho o tarareo. Pero siempre música que alegre el pobre corazón, todavía arrugado por la nostalgia de los sueños. Entonces, así enlatada, me encamino por una carretera que lleva a muchos sitios. Y me entretengo imaginando otras vidas. Miro al resto de enlatados que se dirigen hacia su día particular, y me permito sentir pena por algunos, que llevan la tristeza pegada en la cara. Aunque otros, en especial los más jóvenes que van a la facultad, llevan unos rostros que da gusto. Y si van con alguien, charlan animados, y si van solos, también llevan música y cantan. Lo sé porque veo sus bocas moviéndose ajetreadas y en sus ojos hay un brillo de emociones casi adolescentes. La carretera sube y baja, gira y se allana. Mi coche galopa sin perder el ritmo, y cuando tomo el desvío a la carretera principal, al fondo aparecen las montañas de la sierra madrileña. La sierra que hoy se recorta con limpieza en el horizonte. Es una visión que siempre me alienta, como si en lugar de encaminarme al trabajo, pudiera hacer rodar mi coche hasta llegar a sus faldas, y pasar la mañana subiendo caminos entre peñascos y arboledas. Pero el desvío a la oficina llega pronto. Pongo el intermitente a la derecha, reduzco velocidad, y la visión desaparece.

Después de un semáforo y un breve camino que asciende suavemente, dos pilares de roca negra indican la entrada al parque tecnológico. No hay carteles, ni ninguna otra señal; sólo al traspasar los pilares, una cabina de vigilante habitualmente deshabitada. Paso bajo la mirada de los gigantes de piedra y entro en el recinto. El lugar es pulcro, ordenado, como una maqueta de sí mismo. Tan limpio y futurista que cuando llego, siempre me invade la misma sensación: el mundo real queda atrás y entro en el sueño de un maníaco de la disciplina. Los edificios no son iguales, pero siguen un patrón. Un patrón disimulado y sutil que descubres en poco tiempo. Un edificio, una explanada, un grupo de árboles. Un grupo de árboles, una explanada, un edificio. Y las combinaciones se suceden. Los edificios son diferentes, pero los árboles son todos iguales, álamos desgarbados tal vez conscientes de estar fuera de lugar. La calle principal es ancha, y a izquierda y derecha la cruzan calles más estrechas que acceden a las empresas. La multinacional en que trabajo aparece ante mis ojos. Es un edificio acristalado de ventanales azules a la luz de la mañana y ventanales violetas a la luz de la tarde. De nuevo pongo el intermitente a la derecha, busco plaza para aparcar, y aquí estamos otra vez.


La multinacional


La entrada a la oficina es toda de cristal y ofrece varias opciones. Puedes elegir entrar por la puerta central giratoria o por cualquiera de las dos puertas laterales que se abren con la tecnología del pisotón. Casi siempre elijo una de éstas. Que al contacto de mi pie se abran las puertas del castillo, no deja de impresionarme y le da ligereza a mis pasos que se animan al sentir su propio poder. Hoy entro por la puerta lateral izquierda, y antes de que vuelva a cerrarse a mis espaldas con un breve siseo, empiezo a sentir el olor que navega por el edificio. Es un olor oscuro y cerrado al que te acostumbras, pero que sorprende después del olor suave del magnolio y las azaleas que alegran la entrada a la multinacional. Apenas siento el mal olor, llega el saludo del vigilante, a veces el saludo escueto del vigilante muy profesional que no confraterniza, y otras la breve charla con el vigilante que además de muy profesional es más cercano y sociable. Pero hoy el saludo es de formato reducido: Buenos días, Buenos días. Luego subo la escalera que gira y cambia de sentido un par de veces antes de llegar a mi planta.

Una vez allí, recorro taconeando el suelo del pasillo, que relumbra por un encerado tenaz, hasta llegar a la cuarta puerta a la izquierda, que da acceso al departamento. Al entrar en la sala, hay que despedirse de la luz solar. Sólo algunos privilegiados la tienen, pocos, en realidad: el director y unos diez jefes que ocupan despachos con ventanas. El resto nos movemos en un mundo artificial. De nueve a seis. Muchos, de nueve a nueve. La mayoría convivimos en pequeños cubículos compartidos, separados por mamparas de color gris, un gris mate desangelado, al que no consiguen arrancar ni un leve brillo los fluorescentes que iluminan el laberinto. Hay quien intenta alegrar el ambiente llenando su pequeño espacio de pósters. Osos que retozan sobre la nieve o castillos medievales que se recortan sobre una montaña nevada. Algunos tienen enmarcados a su familia y otros afectos: el pastor alemán recogiendo una pelota amarilla, un bebé que adelanta la mano para tocar la cámara, la cena de amigos que levantan las copas. Pero no hay nada que hacer. No deja de ser un laberinto irreal. Y una vez que traspaso la puerta del departamento, en lugar de hacer el recorrido menos complicado rodeando la sala por el pasillo lateral hasta llegar a mi mesa, decido atravesar en zigzag por los mini-pasillos y encrucijadas que separan los cubículos. Y en cuanto pongo el pie en el laberinto, los buenos días se suceden, una, dos, tres, cinco, muchas veces. Después de muchos desvíos, llego hasta mi sitio. Entonces me quito el abrigo, guardo el bolso, y me siento en la silla que gira sobre sus ruedas y me coloca frente al ordenador lleno de mensajes que hay que leer y responder. Pero le hago esperar. Primero voy a tomar café.

El café es el mejor momento en la oficina. Aunque hay que elegir bien la hora. Las nueve es una buena hora para tomar el café que te acerca a los compañeros. A Carmen la viajera, que narra sus aventuras con tanto detalle, que la ves allí mismo refugiándose del sol bajo las columnas del templo de Karnak. A Iñaqui, que habla con ojos de iluminado del último concierto que escuchó en el Auditorio. A Vicente y sus novelas de ciencia-ficción. A Julián, a Elena, mi buena amiga Elena. Todos ellos están allí, cada mañana, junto a la máquina de café, en el lugar en que averiguas quién es quién. No necesitas mucho tiempo, en pocos días sabes lo suficiente. Esa es la hora buena, las nueve. A las nueve y media es mejor no tomar café, porque entonces vienen los jefes: el director, al que llamamos el Mecano, y sus chicos que le siguen como una estela. Cuando ellos llegan, la cafetería se agita como una playa abarrotada de aves que alzan el vuelo alertadas de un peligro. Porque con los jefes y el Mecano es irremediable hablar del proyecto, el eterno proyecto que vive en un estado de pánico permanente, aunque cada año el proyecto sea distinto. Y si tomas café con ellos, es mejor tener una opinión. La ausencia de opinión está mal vista.

El Mecano se llama Ángel Lozano. Su nombre es frágil, liviano, nada que ver con su personalidad. Es un hombre imposible. Quiero decir que no parece posible que sea un hombre, de ahí su apodo. Es una enorme bestia de carga, trabaja de sol a sol como si ninguna otra cosa importara. Es de mediana estatura, ancho y fuerte como un troll, tiene unas enormes cejas canosas y una mirada encendida, siempre a punto para la ira. A veces lo imagino como un gran monstruo sanguinario destripando incompetentes. Si entras en su guarida, estás perdido, salvo que seas duro, muy duro, y casi nadie es tan duro. De modo que sus chicos sufren, pero entran en el juego por ambición, y aunque le temen como al diablo, todos le admiran. El Mecano es una máquina de crear tensión. Es muy eficiente, todo se entrega a tiempo.

Hoy el café sabe especialmente dulce porque Aurora ha traído pastas. Aurora es la secretaria del Mecano y es una mujer que impresiona, de tamaño colosal y movimiento veloz. Se desplaza entre el laberinto y los despachos, como impulsada por un motor invisible. Tiene un vozarrón que asusta, pero el contenido de sus palabras suaviza el efecto del sonido. Siempre palabras amables, palabras de ánimo.

—Ya queda menos, Marina, en nada nos vamos de vacaciones.

Cuando ella llega a la oficina, se refresca el aire. Usa colonia para niños y cuando pasa a tu lado, por un momento dejas de estar allí y te ves rodeada de árboles y de risas. Es sólo un segundo, pero suficiente para apreciar a esta mujer de una pieza. Esta mujer que llega taconeando por el pasillo, se silencia en la moqueta y sin embargo aún escucha tu mente sus pies firmes sobre el suelo mientras ella avanza sin mirar atrás, dejando un reguero de saludos entre las mesas más cercanas al pasillo. Después echa una mirada rápida al despacho del jefe, otra a su mesa abarrotada de papeles, notas y artilugios de oficina. Luego deja el abrigo negro en el perchero, el bolso de cuero en el armario y su cuerpo vestido con blusa beige y falda marrón, se sienta frente a la mesa esquinada. Entonces empieza la batalla de esta mujer guerrera que saca adelante a dos hijos pequeños y a un marido en paro, que paga una hipoteca con muchas cifras y además le planta cara al Mecano como nadie, con elegancia, con gracia, levantando la voz más que él, poniéndose roja de rabia, manteniendo la espalda recta, mirándole de frente, a sus ojos iracundos, a sus grandes cejas alzadas, hasta que él se reduce, encoge y se vuelve a su despacho, para después de quince minutos de discutir a solas con su mala conciencia, llamarla para disculparse. Sólo ella consigue esa proeza. Por eso tiene nuestra admiración. Y además sus pastas están riquísimas.

Nos hemos arremolinado a su alrededor en la cafetería. Muchas manos se acercan a la bandeja llena de pastas de formas variadas. Algunas son flores con una guinda verde en el centro, otras son redondas, de guinda color de rosa y también hay medias lunas rematadas en las puntas con un baño de chocolate. Cuando entran en la boca, todo se llena de sabor a vainilla, sabor a almendra, sabor a nuez. Hay un ¡uhm! que rodea a Aurora que cumple años, pero no confiesa su edad. Aunque yo si la conozco. Tiene la edad en que los horizontes se estrechan y aparece la vista cansada, mi misma edad. Tomamos un café y un segundo café, mientras la charla se anima elevándose sobre la cafetería. Después Aurora envuelve las pastas que no hemos comido y empezamos a retirarnos. Elena y yo salimos las primeras y cuando llegamos al pasillo, la voz de Aurora nos alcanza:

—No os he dicho que llamó Eduardo— dice su voz atronadora rebotando por el espacio vacío.

Sé que me está mirando, aunque avanzo sin volver la cabeza, sé que Aurora me mira, y que en realidad habla para mí. Mi respiración se ha interrumpido para escuchar sus palabras, y a la derecha siento a Elena vigilándome como se vigila a una ex heroinómana que alarga la oreja para enterarse del nuevo punto de venta del camello. Detrás de nosotras hay un revoloteo de compañeros rodeando a Aurora. Quieren saber y escuchan con atención al heraldo que trae las nuevas sobre el compañero Eduardo, el querido Eduardo, el buen colega Eduardo, el admirado Eduardo. Quieren saber y yo escucho porque también quiero saber.

—Está aburrido de tanta lluvia holandesa. Pero está contento—dice la voz de Aurora.

Está contento, repite mi mente una y otra vez. Está contento y eso debería alegrarme, pero no sucede, y me pregunto por qué me desasosiega su contento, por qué tengo un nudo en el estómago que asciende hacia la garganta. Sea cual sea la razón, a Elena, que no deja de mirarme, no le gusta. Me agarra del brazo como si fuera una inválida y tira de mí hasta que atravesamos la puerta del departamento. Cuando llegamos a mi mesa, se coloca frente a mí y agita a un lado y a otro el dedo índice ante mis ojos, mientras dice una y otra vez: -Ese tipo no te importa, no te importa, no te importa- fingiendo hipnotizarme. Y eso me hace reír, y en un momento Eduardo regresa al olvido. Tras una breve charla sobre menudencias laborales, Elena se marcha tranquila.

Elena es una amiga recuperada de la adolescencia, de los veranos en la playa en casa de tía Gloria. La casa de tía Gloria que está frente al mar, y no frente a un mar cualquiera, sino frente a ese Cantábrico salvaje de costas recortadas por las tijeras caprichosas de un dios juguetón. O así lo imaginábamos nosotras, en aquellos veranos en los que jugábamos al pañuelo llenando de risas los soportales de la plaza del pueblo. La misma plaza en la que, más tarde, aprendimos a bailar al son de una orquesta de verano, mientras Elena le ponía letra a las canciones que no conocía. Mi amiga Elena la audaz, que en el verano de nuestros diez años, lanzó su grito de guerra desde una encina, voceando que era la reina del universo. Elena la estrambótica, que en el verano de nuestros catorce años, sorprendió a todos con sus pantalones de pitillo de rayas multicolores y sus minifaldas plastificadas que volvieron locos a todos los varones menores de edad. Mi querida Elena, dueña de la melena de cabello dorado más hermosa de toda la costa. Su melena rubia siempre junto a mi melena negra, que al caminar pendían al unísono sobre la cinturilla de avispa de nuestros primeros vaqueros. Amigas abrazadas en una confidencia interminable, corriendo de noche desnudas por la playa hasta entrar en el agua helada, mientras gritábamos para que el calor nos encontrase. La querida amiga que desapareció de mi vida a los dieciséis años. Y después nada. Un largo tiempo sin Elena. Hasta que una Elena informática apareció hace tres años en la multinacional. Cuando Aurora vino a presentarme a la nueva compañera, nuestros ojos maduros se reconocieron al instante. Y desde entonces, la nueva amiga Elena. La misma Elena transportada a través del tiempo y de años de estudio y un matrimonio fracasado del que entonces se recuperaba. Y lo hacía con arrojo, como si aun estuviera subida a aquel árbol y su grito “soy la reina del universo” siguiera rebotando por el paisaje como un largo eco imparable. Elena es la mujer que me hubiera gustado ser, si no me gustara ser la mujer que soy. La Elena que imita el caminar de mandril del Mecano como nadie, la que asegura que la inteligencia se mide por la profundidad de las arrugas de la risa. La Elena que ahora tiene un amigo diez años más joven que ella, su Jorge de culo recio y caderas ágiles, como ella le describe; aunque cuando les veo juntos, sé que hay algo más que caderas y culos entre ellos. Lo sé por la forma en que él la mira, con unos ojos de ratón atormentado.


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