El cuño
By Pedro Merino
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Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-31-9
Copyright : TXu 1-683-806
Smashwords Edition, License Notes
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A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
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La avenida de Santa Catalina estaba ocupada a lo largo de ocho o nueve cuadras y la policía obligaba a los vehículos a dar la vuelta por la calzada de 10 de Octubre con tal de no perjudicar las festividades del carnaval.
Había quioscos cada diez o veinte metros y la gente gastaba lo que tenía sin pensar que al mes le quedaban más días. Los borrachos se caían en el pavimento y se arrastraban hacia un rincón a pernoctar.
En realidad todos se divertían a su manera. Comiendo unos. Bailando otros. La minoría miraba y criticaba las muestras del periodo especial.
Algunos policías atravesaban la muchedumbre de bailadores para percatarse de la tranquilidad ciudadana. En caso de verificar una riña, intervenían y sacaban a los perturbadores del orden público, esposados, y los encerraban en la “jaula” que era la apariencia de una camioneta con rejillas por los lados.
Los guaracheros seguían en la sandunga con la música de la timba cubana, mientras un ciudadano que a juzgar por el atuendo aparentaba cincuenta años y desprendía un olor a sudor viejo, caminaba entre los tumultos de bailadores y conversadores. El ciudadano prosiguió la marcha sin hablar a no ser para comprar alimentos. Observó desperdicios nutritivos en el asfalto y le dio una patada cuyos residuos bofetearon a un borracho soñoliento, sentado en el contén, el cual se sacudió la cabeza y se acostó en la acera.
Con los efectos del alcohol unos solteros se metían con las mujeres y jovencitos que andaban solos y les rozaban el pene por las nalgas al desplazarse por los vacíos de la calzada colmada de guaracheros.
Un policía se alejó del otro para curiosear a una jovencita. La vio menuda y atractiva. Ella lo miró con ganas y el policía le guiñó un ojo y le hizo señas de si había bebido demasiado.
De pronto, el ciudadano que aparentaba cincuenta años y desprendía un olor a sudor viejo, se desplazó entre el policía y la jovencita. Observó a la redonda: estaba solo. El otro policía se encontraba a más de treinta metros y el ciudadano de indumencia pestilente notó el extravío del policía que miraba a la jovencita y se le ensimismaba a tal punto de sentirle la carne y abrazarla y palparle la frescura del tejido adiposo de las nalgas, las cuales continuaba meneándolas al ritmo de la timba cubana.
El ciudadano de indumencia pestilente no perdió tiempo y se viró y friccionó al policía por un costado y siguió en dirección a la esquina. Dobló por la calle Heredia para alejarse de la calzada de Santa Catalina; pero tuvo que retroceder porque en la próxima cuadra la policía estaba revisando a los sospechosos e inclusive a ciudadanos que parecieran tranquilos.
El policía recibió una llamada por el “boquitoqui” y se despidió de la jovencita, después de saber su nombre y dirección. De repente se sintió liviano. El zambrán no le pesaba y los ojos se le abrieron y parecieron más blancos de lo común. Quedó mudo al lado del compañero, el cual le dio unas palmaditas por un hombro y le dijo que lo siguiera, que detectó una anomalía por un quiosco de cerveza.
—Daví, naue,
— ¿qué te pasa, compay?
—Uy, neue —le dijo a Gonzalo—, me dieron.
Gonzalo bajó la vista y la levantó hasta los ojos de David, quien se los restregaba y se despeinaba.
—Tranquilo, Daví, que hay tiempo.
—Fue ahora mismo, Gonzalo, y yo soy muy joven, naue.
—Relájese, compay.
En minutos la música se interrumpió y la Brigada Especializada formó un cordón de seguridad. Toda la calzada de Santa Catalina y las entrecalles donde había quioscos fueron cerradas al paso de la gente. Nadie entraba ni salía, mientras los policías que se paseaban hacía un rato entre la multitud, ahora revisaban a hombres, mujeres y niños hasta en los genitales. La operación interrumpió el carnaval. La gente insultó al Gobierno, blasfemó a los políticos. Hubo altercados violentos y las camionetas de “jaulas” se fueron cargadas de transgresores de la ley.
La resquicia de antes de la media noche se extendió hasta la madrugada. Fueron incautadas trescientas diez armas blancas y detuvieron a más de mil adultos y trescientos cincuenta menores de edad; sin embargo, el objetivo no se logró.
En una municipal entrevistaban al policía. Lloraba de impotencia y contaba, paso a paso, todo lo que hizo hasta el momento de detectar el extravío.
—Confeccionen el acta —dijo el capitán Velásquez— y dejen bien claro el registro del arma.
—Capitán —intervino David—, no sé si pudiera selvir, pero yo tengo unos casquillo en mi casa.
El capitán aprobó la admisión de los casquillos:
—Parece mentira, David Mustelier —le reprochó—, que usted se haya dejado embarretinar por una chiquilla.
—Ya pasó, capitán, acetto mi culpabi...
—¿Ahora? Ya es tarde, comemierda.
—S-so... soy... reponsable.
—Te regalaron el uniforme, imbécil. Así que no le pusiste el cordel de seguridad a tu pistola.
—La encontrarán, capitán... laaa...
—Quién sabe si el sujeto... si le da por matar. Ahora anda suelto ese elemento. De La Nacional me llamaron y tengo que ir.
—Pero yo...
—¡Usted no sabe en el lío en que me ha metido! En este país no hay venta de armas, ¡...Dios!
David entró al calabozo y se viró para despedirse de los compañeros de patrullas. Al volverse oyó palabras optimistas de que hallarían al culpable y vio cerrarse la reja. Sintió la soledad del cementerio y se acordó del hijo, de la mujer, y de su juventud en canas.
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La sirena del Lada 2107 sonaba por las calles de Jesús María y avisaba a los transeúntes que debían apartarse, mientras el vehículo de criminalística arrollaba el césped y parqueaba al lado de un edificio.
Rodríguez apagó la sirena y dejó activada la luz azul y remolinosa para impedir que los mirones se acercaran.
El capitán Veitía le dijo a un perito que sitiara, más lejos, con la cinta NO PASE E.P.C. (Equipo Provincial de Criminalistas)...NO PASE E.P.C. al lugar del hecho. Los vecinos, desde la acera de enfrente y en los balcones, encajaban la mirada en los policías que rodeaban el apartamento.
Una vecina se asomó por el balcón del segundo piso y su vozarrona interrumpió a los agentes de Homicidios.
—Qué chismosa —dijo Veitía.
—Defecto del cubano —agregó Rodríguez.
Los criminalistas entraron al apartamento después de salir los peritos:
—¿Encontraron huellas? —preguntaron.
“Ninguna”, respondieron.
Los cuerpos exánimes estaban bocarriba. Un charco de sangre fluía por una rajadura del piso que los criminalistas brincaron.
—Es similar el modus operandi —sentenció Veitía.
—Pienso lo mismo, Veiti, ¿ves el cuño?
Sin embargo, Rodríguez titubeó:
—No sé si lo conocí... el disparo entre el pubis y los testículos.
—¿Teee... es familiar?
—De vista, tal vez.
—Juan Menéndez —dijo Veitía, al leer del carné de identidad.
—No sé, no sé.
El caso tenía la marca de la misma autoría de hace dos años, cuando encontraron los cadáveres de un matrimonio en Belén con un cuño en la frente y al bebé, acuñado en la frentecita también, pero vivo.
—Sólo falta que los proyectiles sean los mismos, Rodri, y aclarar qué dice el cuño, en qué idioma.
—Por las letras es del alfabeto latino.
—No te deseses, muchacho, lo sabremos en La Provincial.
—¿Fue un crimen pasional?
—Parece.
—¿Asesinato premeditado?
—A lo mejor...
La ambulancia partió con los cadáveres y el bebé. Los peritos habían sellado el apartamento, mientras los agentes de Homicidios entrevistaban a la vecindad del edificio. Los mirones no los dejaban caminar y Veitía alarmó a los demás policías que exigían dejaran trabajar a Homicidios.
—Es un asesino en serie —dijo Veitía— y sabe lo que hace; pero preguntemos por su apariencia, Rodri.
El capitán Veitía se acercó a unos inquilinos de los bajos del edificio, en un local donde fueron acumulándose, unos sentados, otros de pie:
—Buenas noches todos, ¿usted escuchó disparos?
—Le juro que escucho “20-20” y nada sentí.
“Eso es de la vista, María”, le explicó una vecina.
—Compañeros, ¿no vieron a un visitante extraño antes del incidente?
—No, oficial, a nosotros nos ha dejado en suspenso.
—¿Pero ellos —especificó Veitía— no tuvieron alguna discusión la semana pasada con alguien?
—Eran buenas personas, oficial —intervino el presidente del Comité—, nunca molestaron a nadie; aunque a veces subían el volumen de la grabadora, usted sabe, la juventud.
—Pero alguien cometió estos asesinatos —dijo Veitía—. Hagan memoria, por favor, a ver si vieron a un sospechoso.
Veitía por poco les dice que era el mismo asesino de Belén, un barrio cercano, pero, al morderse la lengua reflexionó:
—Pudo ser un familiar, ¿quiénes los visitaban?
—Ah, un tío mayor —dijo un viejo— que está más fuerte que yo, como de unos cincuenta años.
Veitía le pidió las señas y Rodríguez tomó los datos, inclusive con la residencia.
—Bueno —ironizó Veitía—, entonces este matrimonio se llevaba bien con todo el mundo, les hacía regalos a ustedes, los invitaba a comer...
—Ellos eran “de la puerta pa‛ dentro” aclaró una mujer.
—¿Qué usted quiere decirme con “de la puerta pa‛ dentro”?
—Oficial, que no compartían, vaya. Yo jamás pensé..., porque buen vecino no es el que te ayuda, sino el que no te molesta.
Veitía escuchó una ovación aprobatoria.
—El marido ponía alta la pelota —intervino una vieja.
La vecindad se percató de quién era y le hicieron gestos a Veitía al girar el dedo índice alrededor de la oreja y con señalamientos hacia la sien.
Veitía se le acercó a la vieja:
—No se preocupe, ¨abuela¨, lo agarraremos.
El oficial percibió a otros vecinos que se incorporaban a la reunión, menos uno de ellos que miraba recto, sin pestañear. Veitía pellizcó a Rodríguez: “tómale los datos antes que se marche”. Pero el individuo se alejó de la reunión.
Veitía se viró y alertó a los policías. “Que no se vaya”, les dijo. Luego de haber hablado unos minutos más, dejó a Rodríguez que terminara de tomar notas para entrevistar al vecino, un joven introvertido que estaba detenido en un patrullero y le pidió al chofer que saliera.
—Buenas noches, ciudadano, ¿pudiera explicar por qué nos evadió?
El joven lo miró, calló un rato y cuando iba a abrir los labios, Veitía lo animó:
—¿Sí...?
—Eran huraños... casa sola —respondió el joven.
—¿Qué te hicieron, amigo?
—Todo en la vida se paga.
—¿Qué te debían?, ¿ustedes no se hablaban?, ¿eran enemigos?
Veitía se dio cuenta que el joven lo ignoraba y decidió su detención: declararía en La Provincial.
Llamó a Rodríguez y montaron en el 2107. Sentado atrás iba el joven, Jorge Vera, que los miraba con fijeza.
—Es increíble —dijo Veitía—, este asesino tiene una gran frustración.
—Lo noto igual —aceptó Rodríguez—, fíjate que dispara pegado a los genitales y acuña a las víctimas.
—Evidentemente padece de locura.
—Y de algo más.
Los criminalistas comparaban los cuños, analizaban cada letra, el idioma y el significado de la palabra.
—Debe decir: R E C H A C E D —descifró Veitía.
—“RECHAZADO”, en inglés —lo tradujo Rodríguez.
Veitía se refirió al Archivo Dactiloscópico y le citó a Rodríguez los casos de homicidios que no se les probó nada y quedaron absueltos. Le mencionó varios modus operandis de criminales. El caso de los motociclistas que cortaban con una navaja a las mujeres, por el cuello, y morían por desangramiento. Le mentó los deplorables sucesos de los adolescentes, los cuales fueron primeramente violados y asesinados después. Rodríguez se apartó de la mesa y suspiró.
—Es tu primer caso de un asesino en series —lo alentó Veitía—, pero vas a reponerte.
—¿Por qué matan?
—Muchas veces por frustraciones sexuales: la soledad, Rodri; sin embargo, este caso debe ser de un emigrante “rechazado”, ¿no lo crees?
El oficial trazó un plan: averiguar en Inmigración y Extranjería algún caso negado con la salida del país. Rodríguez pensó en la Sección de Intereses y Veitía le aseguró que investigarían todas las vías.
—¿No pudiera ser una enfermedad que le haya privado viajar al extranjero? —preguntó Rodríguez.
Veitía sumó unas horas y le ordenó a Rodríguez que liberara a Jorge Vera, el joven introvertido. No se le pudo probar delito alguno y la Ley del Procedimiento Penal admitía la absolución a las veinticuatro horas de la detención.
—¿Ves este casito, el de Vera? —le explicó Veitía—, lo registras en el Archivo Dactiloscópico: ya está marcado.
—Okey, jefe, y respecto a Balística, ¿qué han dicho de los proyectiles?
—Sí, Rodri, esta mañana me dijeron que provienen de la misma arma de combate.
—Buena ésa.
—Los casquillos son de una Makarov y, por lo tanto, se la adjudican con pruebas irrefutables a la pistola de David Mustelier.
—¿Pero comprobado... todo?
—Muchacho, nosotros tenemos un programa de computación que te compara las armas.
—Sí, el DBASE III, ya lo vi.
El caso del asesino del cuño prometía dilación, máxime por el transcurso de dos años sin operar, lo cual daba a entender que analizaba metódicamente el golpe mortal.
Los criminalistas abordaron el 2107 rumbo a Inmigración y Extranjería. La mañana era lluviosa y Veitía le recordó a Rodríguez la cautela en el timón.
—¿Te acuerdas, Rodri, de mi primera mujer?
—¿La trigueña?
—Esa misma, la que te presenté en la boda del teniente Wong.
—Tremenda hembra, Veitía, tú me perdonas, pero para “marcarle tarjeta” a esa jeva...
—Las mujeres son como las olas: vienen y van.
—¿Con ella tuviste a Yamila?
—Sí, deja que te cuente: una vez veníamos, bueno, yo manejaba una motocicleta y en el sidecar iban las dos Yamilas...
La niña tenía meses, no llegaba al año, y la carretera estaba echando humo, como ahora, le siguió contando Veitía, de repente sentimos un brincoteo, no sé, las ruedas, parece que unas piedras... lo cierto es que perdí el control. La dirección de la moto se trancó o qué sé yo y, muchacho, volamos. Recuerdo que estaba cayendo una lloviznita y mis manos resbalaron del manubrio. Para no cansarte, yo me fui de cabeza y en ese momento no pensé en nada ni en nadie. Los golpes de súbito son así y te digo que caí en una cuneta; pero Yamila salió, atrás de mí, por el aire, junto con la niña. Yo me fracturé un brazo y me raspé la frente y las rodillas; sin embargo, ellas volaron por encima de unas plantas de aromas, ahí, y a Yamila la escuché. En medio de mi dolor sentí a los dos seres que más quería en ese momento. Te juro que me levanté y no pensé en mi fractura. Lo primero que hice fue buscar a mi hija. Tú sabes que los niños de meses son muy débiles y la vi en el fango, al lado de una roca más grande que mi moto. Enseguida la recogí. Estaba con tremenda perreta y lloraba como si pidiera explicación. Me viré y vi las ruedas de la moto, volcada, todavía en movimiento. Volví a escuchar a mi mujer y traté de gritarle. En ese momento las cuerdas vocales no me funcionaron y veía en blanco y negro. Para qué engañarte. Sólo sé que desperté en el hospital. Yamila estaba en terapia intermedia junto con la niña.
Era una noche calurosa y no vi a nadie a mi alrededor; pero ya sabía que estaban vivas. Traté de levantarme y me molestó el yeso, el brazo inmóvil, varios días sin bañarme, y recordé el caso que tenía pendiente. Cuando aquello mi auxiliar era Silva, un guajiro de Pinar del Río que fumaba y echaba más humo que una chimenea, y lo vi salir del baño, ¿sabes lo que me dijo?
—Qué.
—Que la niña estaba mejor. Le habían hecho un encefalograma o un electrocardiograma, no sé, y nada le encontraron.
—Pues mira, tuvieron suerte.
—Pues sí, yo fui el más jodido. Tú sabes que el chofer siempre se salva porque se prepara para el accidente.
—Así son las cosas, no estaba para ti.
—No, y Silva agregó que el caso que llevábamos, se había entregado, el tipo confesó.
—¡Coñó!
Inmersos en el recuerdo, los criminalistas siguieron contando las pericias que les llevaron a peligrar la vida, aún sin contacto con los criminales y, a pesar de ello, no pensaron en el caso abierto.
El 2107 patinó por la avenida y dio un medio giro. Rodríguez frenó y Veitía le señaló que saliera. Trató de relajarlo y le recordó que cuando se maneja, hay que hacerlo con frialdad. Que una de las principales causas de muerte en el mundo eran los accidentes de tránsito.
Los vehículos se detuvieron a la par de ellos y de dentro de los autos le lanzaron punzantes miradas a los agentes de Homicidios, los cuales se sintieron agraviados.
Rodríguez se disculpó al percibir a los choferes y arrancó el 2107. Miró a Veitía, el cual permaneció flemático ante el joven, al darle empujoncitos y recitarle un sermón antichisme: deja que te miren, somos lo que somos, aunque pocos nos reconozcan. Ya sé... es tu primer caso de un asesino en serie, relájate.
—¿Sabes, Veitía?, he pensado que tal vez el asesino use un silenciador.
—Ya lo pensé, amigo; aunque pudiera ser algún objeto o cuerpo que ahogue el ruido.
—Lo creo también.
—Bueno, llegamos.
Veitía saludó a un amigo de Inmigración y Extranjería y en seguida los recibió una operadora de computadoras. Pasaron a una oficina donde los observaron de pies a cabeza. La operadora les pidió tomaran asiento. Les trajo una taza de café y un vaso con agua fría. Rodríguez adivinó que era divorciada porque no tenía anillos. Luego atinó que no era materialista y se perdió entre informaciones verbales y escritas que espiraron de los labios de la operadora, mientras Veitía se exprimía el cerebro respecto a algún caso que hubiera expresado resentimiento al negársele la visa o algo por el estilo y analizaba los cuños, las letras de molde según la termoimpresión.
—No conozco ningún caso resentido con la visa —dijo la operadora—. Aquí se nos informa de algunos imprevistos y... no sé.
Les pidió un minuto para indagar al respecto y al regresar les enfatizó lo mismo.
Veitía razonó las respuestas de la operadora. El no había pensado a la ligera. Sabía que el misterioso caso del cuño sería complejo. De hecho ya lo era: ¿estaban en el lugar equivocado? ¿Acaso no sería un obrero o un profesional de una entidad encargada de asuntos publicitarios y de promociones resentido porque no lo hayan ascendido?
Los investigadores de Homicidios se marcharon de Inmigración y Extranjería. Así y todo, Veitía todavía pensaba recurvar otra vez. Pedir más información y Rodríguez le recordó que tenían pendiente la visita a casa de Manuel Menéndez, tío de Juancito Menéndez.
No satisfechos con el resultado obtenido, los criminalistas comprendieron la resignación de esperar otro ataque del asesino del cuño. No podía ser perfecto siempre. Solo bastaba con adivinar en cuál fecha operaría. El primer ataque fue hace dos años, con dos víctimas y ahora dos más, arrojaban cuatro, además de dos niños huérfanos, el primero de ellos fue adoptado por Hijos de la Patria.
Veitía se refirió a la escena del crimen. Alguna huella tendrá que dejar. Hasta ahora todo le ha salido bien; pero tiene que dejar un vestigio. Con otro programa de computación que procesa imágenes lo agarraremos, le decía a Rodríguez. El debe usar guantes y un vestuario adecuado, siempre ataca de noche, ha escogido a los matrimonios, acuña a las víctimas y deja a un testigo inocente, a un menor de un año de edad.
—Sin embargo —intervino Rodríguez—, ¿realmente conoce a las víctimas el asesino? ¿No será que al azar escoge al matrimonio? Lo cierto es que se mueve en inmuebles de poco gentío donde la tranquilidad es el factor sorpresa. El vecindario es individualista.
—Recuerda, Rodri, la rivalidad entre barrios.
—Es posible en estas conchinchinas.
En la concertación de las preguntas y respuestas los criminalistas llegaron a las conclusiones: el asesino posee un logrado nivel cultural o maldad en demasía. Se cuestionaron si era soltero, casado o divorciado. Una de esas variables podían conformar la personalidad del asesino: la forma de vestir, ¿sucio o limpio?; la conducta social: ¿introvertido o extravertido? (esa variable era relativa); la afiliación: ¿política, religiosa o atea?; la ocupación u oficio: ¿estudiante, trabajador, cuentapropista o desempleado? Operaba de noche; por lo tanto, pudiera ser trabajador o cuentapropista, y también pudiera estar desempleado, porque la noche se presta para los delitos y velaría de día las debilidades de las víctimas.
En el análisis profiláctico se detuvieron en el cuño: era la única prueba o “huella” que lo identificaba, así como la “muestra” de su personalidad. El cuño era rectangular, pero las aristas no estaban bien surcadas. El asesino no había mojado el cuño en la almohadilla, lo suficiente para lograr el sector rectangular. Con el programa de procesamiento de imágenes estudiaron la estructura del cuño. Las ampliaciones mejoraron la acción de acuñar; sin embargo, notaron que los seis cuños ocupaban un lugar exacto en el centro de la frente, lo cual denotaba un encasillamiento. El asesino era minucioso y detallista. Dejaba bien marcada la demencia obsesiva y compulsiva.
Observaron la inclinación del cuño hacia abajo, o sea, la letra “D” de RECHACED, estaba cerca de la ceja derecha. En caso de que se inclinara hacia arriba, denotaba optimismo, estado de ánimo explosivo; pero era al revés, con la “D” hacia abajo demostraba pesimismo, depresión, suicidio o muerte.
En esas cavilaciones de los criminalistas, el 2107 arrollaba por la autopista rumbo a casa de Manuel Menéndez. Acababa de caer un señor aguacero y la tarde despuntaba límpida, con el cielo despejado. A esa hora las parejas habrían acordado retornar a la playa y descubrir una puesta de sol, mientras los criminalistas trabajaban, ¿investigaban al azar y con el razonamiento?, sin testigos ni sospechosos, con horario abierto y un risible sueldo en moneda nacional que no cubría las necesidades básicas: una botella de aceite vegetal costaba ochenta pesos y el salario de Veitía a penas rebasaba los trescientos pesos. Ni hablar de Rodríguez, quien recordó que a las ocho y media de la noche jugarían en el Estadio Latinoamericano Industriales vs Santiago de Cuba a lleno-completo. Los abridores: Orlando El “Duque” Hernández por los azules, mientras Luis Tissert por los santiagueros.
—¿A quién le vas, Veitía?
—No, tú sabes que mi equipo es Villaclara.
—¿Tú crees que Víctor Mesa, con lo viejo que está, saque la cara?
—Bueno, socio, todavía da la talla.
—¿La talla?, ¿más que Javier Méndez?
—Muchacho, Víctor Mesa es más completo.
—No, Veitía, el problema es que tiene más poder al bate.
—Ya lo dijiste todo.
—¿Qué?, si Javier Méndez tiene el sexto mejor promedio de los diez primeros bateadores.
—Mira, Rodríguez, Victor Mesa lo mismo te roba una base, que te toca la bola, conecta un jonrón... y se roba home, vaya.
—Está bien, está bien, ¿y la estadística?, el promedio de los bateadores.
—Por eso no te fijes, porque Wilfredo Sánchez era el hombre-jit de Cuba y Luis Giraldo Casanova lo sentó desde que se asomó al cajón de bateo.