El país de la ciguaraya
By Pedro Merino
Seudónimo: Saulo de Tarso o Apóstol Pablo
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Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-32-6
Smashwords Edition, License Notes
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A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
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"Ellegguá abára
agó kiduá
dídeé emí,
fúmí, etié
omí, tútú ána
túto Eshu
bara kikeño
áña agó, cosí
aro, cosí ikú,
cosí eye, cosí
ofó, cosí arayé,
cosí achelú,
iré, owó ilé mí."
Inspirado en El monte, de Lidia Cabrera
"Oh, Eleguá,
hágame caso,
protégeme contra el diablo.
Aleje la
enfermedad,
la muerte,
la tragedia,
el crimen,
la justicia,
y procúrame
sustento,
suerte y
dinero."
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A esas horas de la noche no tenía qué hacer. Para un criminalista la paz del espíritu es bien distinta a la de un civil. Cuando estás descansando, hay otro por ti que se desmenuza los sesos en un caso de homicidio. Sin embargo, me encontraba en un parque, sentado en un banco que no tenía el espaldar completo. Le faltaba un palo, al igual que en la base. Así y todo, estaba adaptado.
Veía pasar a las jovencitas vestidas de un modo ultramoderno y mi vista descansaba. En esos instantes, si alguien me saludaba, no lo reconocería. Lo juro con toda honestidad. A nadie le hubiera devuelto el saludo.
Pero alguien se había entrometido en mi privacidad. No podía creer que en medio de la tranquilidad, una persona a quien conocí en mi infancia me observaba. Pasaba frente a mí, de lado, con su rostro hacia mi persona. Había retrocedido para llamar mi atención. Como no era una mujer, decidí omitir su observación. Me llamaba por mi nombre. Había tantos Fernandos en La Habana que decidí no responderle. Mas él volvía a llamarme. Inclusive, se sentó a mi lado. Los palos horizontales del banco se doblaron y temí que se partiera alguno.
Soy yo, ¿no te acuerdas de mí?
Vi una mano posada en una de mis rodillas.
Ño, compadre, le respondí, hace una bola de años que no te veía.
Fernando, chico: Martín Perdido del Aula.
Se refirió a una obra literaria donde ese personaje se había “perdido en el bosque”.
¿Qué es de tu vida, Sosa?
Ahí, ahí, siguió diciéndome, me casé, tuve un hijo; ahora estoy con otra. Está embarazada.
¿Pero es tuyo también?
Sí, sí, yo no crío chamacos de nadie. La vida está muy cara y este periodo especial debiera llamarse: periodo infinito.
Tras unos monosílabos por una mujer que andaba sola, me pregunté si Sosa era más infeliz que yo, un auxiliar de Criminalística, solitario, sin hijo, sin pareja estable.
Coño, Ferna, con la pila de locas que hay por las calles, ¿todavía sigues solo?
No, Sosa, ni pasmado ni palmiche.
¿Qué haces? ¿Cuál es tu búsqueda?
A esas preguntas le hice rechazo. Quise mentirle, pero él fue un buen amigo, socio de ideas:
Policía… de Homicidios.
Sosa hizo una mueca de disgusto y de burla. Yo iba a continuar hablando, cuando de sus labios espiró lo que fuera en pocos horas la razón de mi lucha, el final de una paz que se había truncado esa misma noche, cuando en un banco creía en el amor nacido en los ojos de la hija del capitán Veitía. El destino de una pareja está supeditado a donde primero se miró. Yo había mirado hacia la “niña” de sus ojos. Le llevaba unos cuantos años; aunque Yamila Veitía no era una niña.
No podía creer lo que escuchaba en medio de la relativa tranquilidad de una noche habanera. Sosa me contaba de un hallazgo insólito y mi corazón, aunque colgado y asido por arterias de qué sé yo, empieza a bombear en un sentido contrario.
¿Cuándo fue?, le pregunto, ¿puedes llevarme al lugar?
Oye, oye, Fernando, no te lo tomes tan a pecho. Es de noche. En ese lugar no hay gentes ni postes de alumbrado.
No tiene que ser ahora.
Mira, escucha bien. El tipo que me lo dijo es un trabajador de Servicios Comunales.
¿Puedes narrarme otra vez todo, Sosa?
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Hay que luchar, rezongaba Samuel González. Agarró la guataca por su extremo. En este país no hay opciones, decía, mientras arrancaba de raíz el plantón de hierba de guinea y repetía fracesitas esporádicas.
Días atrás había chapeado la zona que Servicios Comunales le pagaría quinientos pesos al mes. Es dinero, rumiaba. Y con el sueldo compraría arroz, frijoles, un pernil de carnero para subir la hemoglobina, croquetas de pescado. Ya no hay peces ni en aguas dulces, bromeaba. Vegetales, plátano de fruta, seguía incluyendo productos a la lista. Ante esa posible compra reflexionó. De los plátanos la familia de Samuel conocía de memoria. No podía comprender por qué el plátano manzano había desaparecido de la cocina cubana. En su lugar, el plátano burro se enseñoreaba como acompañante de platos. Pensar que antes de 1959 sólo lo comían los cerdos, admitía Samuel.
Levantó el tronco e hizo un movimiento de cadera. Unos leves corrientazos alrededor de la columna vertebral le obligaron a descansar, sentado en una piedra. La sombrita del flamboyán quería quitarle los deseos de continuar. Si tuviera una hamaca, coño. Se entretuvo en una hilera de hormigas que cargaban el triple de su peso. Ya ves, uno con hambre y estas… bien apertrechadas. Lo mismo pensaba de los perros. También pasan menos canina, se dijo, mientras se incorporaba al trabajo.
El sol arreciaba todavía por la tarde. A Samuel le convenía el periodo de la seca. No llovería. La hierba mala crecería menos. Poco a poco se acercaría el invierno en un país donde se respira un eterno verano. Sólo la humedad de la tierra. El clima versátil: frío unos días, calor en otros. Pero el cubano se adaptaba. Seguía en su lucha.
Pisó el filo de la guataca, cuyo extremo del palo llegó a una mano. En posición de combate laboral se dispuso a desyerbar la tierra. A sacar de raíz toda planta. Que me coma el fanguero.
Su sombra se proyectaba detrás de su cuerpo. En los días que estuvo chapeando no había sentido peste de animal muerto. A lo mejor es un perro, supuso. Sin embargo, la peste le obstruía las fosas nasales. Miró hacia la calle. Estaba algo lejos. Si un carro hubiera arrollado a un perro, el chofer jamás se detendría. Tal vez un transeúnte que pasa todos los días por allí, haya arrastrado al animal hacia el hierbasal. Pero tan lejos no. Ya no podía seguir guataqueando por la peste. Se secó el sudor con la manga larga de la camisa. Tengo que aprovechar la fresca. Soltó la guataca. Miró hacia los lados, a ver si veía algún animal muerto. No lo vio. Tomó la guataca con un gesto de resignación. Volvió a hundir el filo metálico en la tierra. Se había encajado en algo fláccido. Con fuerzas repitió el ejercicio. Para sorpresa suya el filo metálico sonó. Vaya pedrucón, pensó Samuel. Con el filo de la guataca escarbó a flor de tierra. A medida que hundía la guataca, removía centímetros de tierra a la redonda. Fue emergiendo una tela. La peste aumentaba. No le distinguía el color del tejido. La punta de la guataca se había enganchado en un “cable eléctrico o a una raíz extraña”, supuso Samuel. Pero al empujar hacia él la guataca, un brazo, una mano enfangada, un cuerpo apestoso, acalambraron las manos del anciano, quien soltó la guataca.
—Ay, Dios mío.
A esa hora de la tarde los nietos habrían llegado de la escuela muertos de hambre. Aún no se hablaba por los medios de difusión masiva de la merienda escolar. Sin embargo, Samuel, que hacía un rato pensaba en la alimentación balanceada, ahora el mal olor le zumbaba junto con las moscas, avisadas por telepatía (o intuición). El anciano jubilado observó la calzada. Por instantes creía que si llamaba a la policía, iba a perder tiempo. No lo dejarían trabajar. El Jefe de Servicios Comunales pasaría el día 20 en su Lada. Si veía el trabajo incompleto, no le pagaría ni un centavo. El acuerdo era todo terminado o NADA.
Tuvo órdenes cerebrales de echarle tierra al cadáver y seguir guataqueando. Pero, tal vez la policía lo enjuiciaría por encubridor. Alternaba esas decisiones con su jubilación. Apenas rebasaba los setenta pesos. Un poco más que nada. Al dejar de pensar en una solución, otra idea lo zarandeaba. Se le postraba en un extremo de la balanza cerebral. Era increíble. ¿Cuántos trabajadores de Comunales habían tenido esa mala suerte? Sólo él. No sabía de ningún caso que se hubiera encontrado un cadáver a medio enterrar. Seguro el asesino lo hizo apurado. Jamás pensó en la posibilidad de que chapearan esa zona.
El viejo percibió unos carros por la calle. Quiso gritarles. La voz se le fue. No sabía qué hacer. Si no podía gritar, entonces levantaría la guataca. Se la tiraría a un vehículo.
Corrió hacia los autos. La distancia era aún larga. El asesino (o los asesinos) tuvo (o tuvieron) que desplazarse desde lejos. Intrincarse en el hierbasal. Retrocedió. Si arrastro el cadáver me creerán… Qué imbécil soy. Eso no, eso no. Se llevó las manos a la cabeza. Miró hacia el cielo y le pidió a Changó una idea o la solución perfecta. Qué hacer, repetía en el subconsciente, mientras se daba cuenta de que pensaba como un niño.
Arrastró la guataca por el mango. Al llegar a la calzada una hilera de vehículos no tardaría en fresquearle el cuerpo. Pensó en un posible patrullero. Pero, al velar el tránsito de los carros, la idea se le esfumó.
Una música de reproductora se escapaba de un automóvil. Dicha letra le recordó a un viejo amor, a un romance precipitado. Apenas lograba despejar aquellos encontronazos con esa mujer, cuando un botero (o taxista) lo llamó. Era un amigo.
—¡Sí, sí… oye, párate ahí… ven acá!
El botero aparcó en el perimetraje marcado por Servicios Comunales, para dejar libre la senda de la estrecha calzada.
—¿Qué te pasa, asere? —preguntó el botero.
—Un muerto, Regino, ven, ven.
—Adónde.
Samuel le señaló el lugar donde había dejado de guataquear.
—Oye, pero no puedo dejar el carro aquí —dijo Regino.
—Compadre, si no tienes que verlo. ¿Por qué no vas a la Estación de Policías y así esa gente se entera? ¡Me cago en Diez…!
—¿Y ese encabronamiento, Samuel?... ¿Está muerto de verdá?
—Muchacho, ni me preguntes eso. Estoy jodido. Esto me va a retrazar.
—Calma, compadre, calma.
—No cobraré este mes. Ahora la policía, la pérdida de tiempo. ¡Me cago en la Puta…!
—¿Las declaraciones? Está bien.
Samuel trataba de calmarse.
—Bueno, Regino. Ve tú, coño. Tírame el cabo. Avisa a la Estación ésa, avísales.
Regino recorrió, con la vista, el rostro de Samuel. Eran vecinos. Una gran preocupación le avisó que su amigo no respiraba bien. Trató de imbuirle un razonamiento. Samuel quedó convencido.
—Qué coño, si yo no lo maté.
—Claro, compadre. Mira, quédate aquí que voy a ir pa‛ llá. Fíjate, no toques nada. Cuando lleguen, le dices a la policía cómo fue todo.
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Rodríguez había anotado el lugar donde Sosa halló el cráneo. El último pensamiento de esa noche fue el hallazgo de aquella persona, a todas luces, decapitada. A la mente del joven criminalista afloraron preguntas ramificadas a respuestas, a posibles respuestas que hablaron de aquel ser desaparecido. El registro dental identificaría al individuo.
Su reloj biológico lo despertó primero que el reloj cuarzo. Todavía no marcaba las siete de la mañana. La madre había salido por leche y pan, mientras el futuro sargento se miraba en el espejo y descubría la fealdad de su juventud mal vivida. Ya los granos del acné juvenil habían desaparecido y dejaban las marcas de aquella época de locuras y momentos de óseo.
Si Yamila me ve así, me bota, repetía para sí. Los hombres somos feos, no te preocupes, Fernandito, feo, pero con personalidad.
Taponeó el lavamanos y abrió el grifo. Quiso volver a verse en el espejo al nivel de su persona, pero la idea que lo durmió y lo despertó, volvió a negarle el deseo de repugnarse ante su otro yo. ¿Estará el cráneo allí? ¿El trabajador de Servicios Comunales lo habrá botado? ¿Sosa me mintió?, se preguntaba mientras se aseaba.
Abrió el refrigerador y se empinó de la jarra. Aún le quedaba refresco. Sentado en la butaca que cojeaba, en la misma dirección que pensaba, lo conllevó a salir.
En la calle se sintió llevado por la brisa y, a pesar de la hediondez de la basura amontonada en la esquina, Rodríguez no se tapó la nariz. Fue hacia el improvisado parqueo donde le cuidaban la motocicleta eléctrica y en seguida se hizo jinete.
El aire batía con más fuerza a medida que se acercaba a los ciclobús. Tuvo suerte de clasificar en el último. Apenas pasó el túnel, el ciclobús se detuvo. Cada ciclista descendió por la rampita. El futuro sargento les pasó a todos por un costado. No sentía mareos a pesar de estar casi en ayuna, cuando la madre, en ese instante entraba al apartamento. Al llamarlo varias veces desde la sala, se imaginaba lo que estuvo pensando mientras salía de la panadería.
Era en el Reparto X, aunque debía pasar por los Repartos Y y Z. La avenida todavía conservaba el asfalto de más de cuarenta años. Divisó algunas rajaduras en la calle rectilínea. De vez en vez observaba por el retrovisor a otros vehículos. Un auto de chapa TUR le profirió un sonido de gran velocidad. Seguro van para Varadero, se dijo, ¿o a las Playas del Este?
También lo acosó la cercanía de su ascenso. En breve sería sargento. Se imaginaba cómo se vería en la ceremonia. Adivinó las cantaletas de los oficiales de alta gradación, las consignas o metas. Todo ello le vibraba de asco y risa, de serenidad y convicción, porque en verdad siempre quiso ser criminalista.
La moto era un regalo de la Provincial. Un retardado estímulo que siempre llega pausadamente. Más vale tarde que nunca, decía para sí, mientras doblaba por una entrecalle. La dirección que le había dicho Sosa aún estaba lejos. Volvió a meditar acerca del medio básico: la motocicleta eléctrica. Por momentos se veía acostado en su cama. Daba volteretas. A veces se postraba con la mirada clavada en el techo de vigas de madera y losa. Sin querer, recordó las frases de Veitía: deja, deja, tú verás como te dan una casa o un apartamento. ¿No te gustaría en un Reparto apartado? Lo que sea, Veiti, pero que llegue pronto; mi mamá está vieja y quisiera que el bienestar no llegara a última hora.
Sacó un papelito del bolsillo de la camisa. En él estaba la dirección que le había dicho Sosa. Lo abrió y leyó la nota manuscrita. Se estaba acercando al lugar. Un leve movimiento de sus tripas le hizo tocarse el estómago.
—Fernandito, ¿ya desayunaste?
—Todavía, mima.
—Esta leche es de la shopping, mi´jo. Te va a gustar.
—¿Es la amarillita o la blanca?
—La amarillita, mi´jo. La blanca no tiene gusto.
—Menos mal.
Si hubiera un lugar donde merendar, pensó. Divisó unos quioscos, pero al avanzar hacia ellos sólo vio frutas y viandas. Estoy jodido, coño. Prosiguió la ruta. Se había alejado otra vez del lugar, pero al ver a un viejo que chapeaba un césped, se detuvo:
—Disculpe usted —le dijo.
El anciano le aconsejó por dónde coger para llegar más directo al lugar que buscaba. Rodríguez obedeció sus palabras. Ya no sentía debilidad sino curiosidad. Quería andar más rápido que como pensaba.
Al detenerse en una calle cuarteada, notó que desde hacía muchos años un auto no transitaba por aquel pedazo asfaltado. Tenía secciones desprendidas, con grietas que invitaban a husmear en la profundidad de la tierra. Gracias a varios machetazos o guatacazos se podía ver la hendidura. Hacia ambos extremos ya la hierba mala no crecía. Aún verde, su vida se marchitaría alrededor de posturas de flamboyanes y de otras especies de árboles.
Releyó varias veces el papelito manuscrito. Era por allí. Apagó la moto y la recostó a un arbolito de tallo grueso para asegurarla con una cadena.
Meditó en la posibilidad de alterar una posible escena del crimen. Sin embargo, en segundos despejó esa estupidez porque toda el área estaba removida por un trabajador que aún no había visto. ¿Ellos no trabajan más por la fresca?, se preguntó, mientras miraba el reloj. Quizás estaría al llegar.
Apenas se adentró en la maleza, le pareció oír voces. Aún los árboles no estaban tan altos como para dar sombra. Pero percibió una sombra humana. Parecía encorvada. Al caminar sin mirar al suelo, un plantón de hierba de guinea se le enredó en un zapato y le hizo perder el equilibrio. Rodríguez cayó a tierra. Al reponerse, unos ojos le miraban con fijeza. Los vio parpadear. Se levantó de súbito. Sacó su billetera y le mostró su identificación.
—Ey, ey, amigo —respondió un viejo —, yo no he hecho nada.
Rodríguez cacareó lo que le dijo Sosa. El viejo era un trabajador más de Servicios Comunales. A pesar de ser temperamental le habló con franqueza. No, sí, yo estaba chapeando hace días por allá. ¿Por dónde?, preguntó Rodríguez. Por allá, venga. El anciano le señaló la zona.
—¿Está seguro que fue por aquí?
—No sé, oficial.
—Todavía no me han ascendido. Gracias.
El viejo volvió a repetirle que no sabía bien por dónde fue. A decir verdá, decía, yo sentí un sonido raro. Lo batée. Y fui a ver qué era.
—Pensé en la cabeza de un animal. De un mono, vaya. ¿Cuál es su grado?
Rodríguez titubeó:
—Sargento —aunque no lo era.
—Pues sí, sargento. Yo no conozco de animales. Vaya, me refiero a los esqueletos, esas cosas, usté me entiende.
—Ayúdeme a encontrarlo.
El viejo carraspeó:
—Esto tiene que estar listo antes del 20. Si no, me quedo sin cobrar.
—Yo lo siento…
—Vicente, sargento, Vicente Acuña, pa‛ ayudarle.
—Es que… estoy cumpliendo con una denuncia.
—¿Denuncia?
—Sí. Y debo esclarecer si se trata de un mono o de un ser humano.
La última frase Rodríguez la pronunció con ironía.
—Bueno, pues qué le voy a hacer. Estoy en la mejor disposición. ¿Demora mucho?
—En qué.
—En saberse… si es hombre o mono.
—De ello el Laboratorio se encargará. Ahora ayúdeme. ¿Dónde recuerda haberlo visto?
—¿La cabeza?
—Sí, el cráneo.
—Venga, venga.
El viejo iba delante de Rodríguez. Comenzó a cabecear como si negara lo sucedido:
—Oiga, joven, ¿quién se lo dijo?
—Otro joven como yo.
—Ya me imaginaba…
Rodríguez analizó otra vez el rostro del anciano. No podía creer que aún trabajara. Se preguntó si él, a esa edad, todavía seguiría laborando. Estaría en una de las oficinas de la Provincial, se respondió, con suerte.
—¿Cree usted, Vicente, que en La Habana… o en toda Cuba, la gente tenga mascotas como monos?
—Ya lo creo que no. Entonces fue una persona. Yoo… no me meto en nada. Mi vida es tratar de vivir un poquito más.
—No se preocupe, mi viejo. Respecto al joven que encontró el cráneo…
—Primero lo vi yo.
—Sí, sí, verdad. ¿Pero notó algo raro en la forma en que se lo dijo?
—No, no. No sé. El se asustó… me lo dijo así... Parecía raro, sí. Todas sus palabras.
Siguieron caminando por el terreno. El viejo apartaba con su calzado y, con el machete, cada montón de hierbas. Un brillo de hueso resurgió de entre el yerbero. Rodríguez pudo confirmarlo:
—Fue un ser humano.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el tamaño del cráneo.
Sacó una bolsa de nylon de su pantalón y acomodó el cráneo.
—Usted me dijo que se llama Vicente, ¿no? ¿Puede darme su carné?
—Oh, sí, sí. Tómelo. No hay problemas.
Vicente se mostró curioso. Quiso saber algo más. Tal vez demasiado. Mire, sargento, a mí me gustan los filmes policíacos. Rodríguez le sonrió:
—Así que le gustan las historias policiales.
—Coño, mi socio, como me entretienen. Tú no sabes hasta el final quién fue el asesino. Entonces van apareciendo sospechosos de ahora pa‛ ahorita. Y te engrampa.
—Sí, sí. De hecho, los escritores policíacos se vuelven famosos. Y los actores también.
Rodríguez y Vicente apenas se habían conocido y parecían nieto y abuelo. Entre ambos surgió un afecto que aún, hoy día, todavía se ven. El le aconseja al sargento que escriba sobre las cosas más inquietantes como lo hizo Dashiell Hammett. Primero fue detective y luego escritor de gran éxito.
—¿Pudieras decirme quién fue el asesino?
—Uuuuhh, amigo. Eso no lo digo yo. Es el Laboratorio.
—¿Es de un hombre o de una mujer?
—Yo no sé. Eso lo sabrá el forense.
Rodríguez se había montado en la motocicleta.
—Coñó —exclamó Vicente—, es verdá que la ciencia sabe. A su debido tiempo todo lo descubre. Pues bien…
Saludó a Rodríguez, quien le manifestó el mismo sentimiento:
—El registro dental, mi viejo, el registro dental pudiera decirnos lo que… el carné de identidad.
—Pues dígame quién fue, ¿sí?
—Dentro de lo que cabe, mi viejo, si Dios quiere.
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No podía aguantar más. Parqueó al lado de un Rapidito. Miró hacia la tablilla del Menú. Había pollo frito a veinticinco pesos y cerveza de botella a diez. Apagó el motor y lo dejó en manos del parqueador que le enredaba una chapilla y le devolvía otra, semejante. Entró y se sentó. Una dependienta se le acercó y anotó el pedido.
—Acuérdese que es un muslo con contra muslo, ¿oyó?
Le enseñó el carné de La Provincial.
La dependienta se contagió de ojeriza junto a otra que escogía en el frigorífico una buena porción troceada. Ambas se proferían obscenidades.
—Usted quedó conmigo a las 5:00 p.m. Justifíquese.
—Bueno… es que… Mira, no me jodas más.
Le enseñó al experimentado oficial el cráneo de una persona.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó Veitía.
—En el Reparto X, de Habana del Este —respondió Rodríguez.
—No me chives, compadre, si para allá mismo vamos ahora… por un cadáver.
—¿Cómo?
—Que vamos ahora mismo, bróder.
El capitán Veitía acababa de ver la cinta del Equipo Provincial de Criminalística que delimitaba la supuesta escena del crimen. De pie, recostado a un patrullero, se encontraba Samuel González. Todavía la tarde era visible.
Los peritos habían desenterrado el cadáver. Se prestaban a fotografiarlo. El asesino había cavado un poco en la tierra. Encima le colocó plantones de hierba de guinea. ¿Jamás pensó en la posibilidad de que Servicios Comunales le entregaría esa parcela de tierra a un trabajador?
—Y bien —dijo Veitía— ¿Cómo van las cosas?
—Bastante fea —agregó un perito—. Toda la tierra está removida, unos doscientos o trescientos metros cuadrados, capitán, así que nada de huellas.
—Y en el cuerpo… ¿hallaron algo?
—En eso estamos —respondió otro perito—. Hay evidencias de sangre.
Veitía se llevó el pañuelo a la frente. Se secó el sudor. Su rostro indicaba preocupaciones.
—Vea aquí —le mostró uno de los peritos—. Son machetazos. Pudo ser una persona o dos. Parece haber otra arma homicida.
—¡Ño! —exclamó Veitía—. ¿Lo habrán asaltado?
—Es posible. El cadáver no porta la billetera.
El perito hurgó en los bolsillos del pantalón. Le dijo al capitán Veitía que no tenía un documento de identificación. Sin embargo, al introducirle la mano en un bolsillo de la camisa, sacó un papel con unos nombres y direcciones:
Babalawo Alfonso
Dr. Jacinto # 1267 entre Apodaca y Gloria
Guanabacoa, La Habana, Cuba.
El papel manuscrito tenía una caligrafía bastante rara. Era de suponerse a un individuo con independencia de ideas. ¿Sería de la víctima o una amistad de ella? Con ayuda de los peritos caligráficos, de la Provincial de Criminalística, pudieron descifrar la escritura.
—Dos personas escribieron en ese papel —aclaró Veitía al mirar por encima de un perito.
—Jefe —intervino Rodríguez—, ¿todavía piensas que era un ciudadano español?
—Eso creo, por su aspecto. Hay una dirección de España y en la camisa hallaron unas postales de jugadores de fútbol de la Liga Española.
Rodríguez daba medios giros en la silla giratoria. Veitía acababa de encender un pequeño habano. Ambos criminalistas se observaron. Empezamos una nueva batalla. ¿La ves difícil? Bueno, muchachón, hasta ahora, desde que estoy contigo, no he dejado un caso sin solucionar. ¿Y este, tal vez sea el primero? Si lo será, don´ t warry : son gajes del oficio.
El futuro sargento releyó la dirección de España:
Doctor Figueroa, 168 9ª derecha
39 008 Madrid
Sr. Espino
Al pie del manuscrito relucía otra dirección, pero de La Habana:
RENT A ROOM (solo a extranjeros)
Átimas # 236 Centro Habana
Ver a Clarybel
Tel: 8621245
Veitía se volteó para localizar a Samuel González. Todavía seguía recostado al patrullero. El oficial se dio cuenta de cierta precaución por parte del trabajador de Servicios Comunales. Seguía inmóvil, pero mentalmente nervioso. Parecía conocer aquel rostro español. La cara con cierto ademán cubano. La ropa sencilla, pero de marca, y los zapatos, no le extrañaría que fueran Amadeo.
El oficial, apenas lo vio en ese estado mental, fue a su encuentro.
—¿Muy buenas… tarde-noche?
—¿Eh? —respondió Samuel—. Ah, sí, dígame.
Veitía se le presentó, al igual que Rodríguez. Por ambos carriles de la calzada desfilaban hileras de autos. Las diferentes músicas se escapaban de los vehículos. Daban a entender otra visión de la vida en sus interiores. La de Samuel se había transformado. Recordó el primer día, cuando su jefe le midió el terreno y le daba órdenes de cómo debía quedar.
—Así que usted me dice que… —le reiteró Veitía— guataqueando halló el cadáver.
—Así mismo, agente. Yoo, vaya, me siento incómodo. Usté no sabe… ¡Diez, coño!
—¿Por qué se preocupa, amigo?
—De este dinerito depende mi comida, el incremento.
—¿Es usted jubilado?
—Sí, pero no me alcanza.
—¿Cuántos días lleva en esta faena?
—Desde comienzos del mes. Y tengo que terminarlo antes del día 20, si no, me quedaré en blanco y trocadero.
El oficial se fijó en los ojos del trabajador. Tenía un hondo pesar. No le preocupaba el cadáver en sí. Solo la pérdida de tiempo.
—De todas formas —expresó Veitía—, después que el forense limpie el cadáver, quiero que usted lo observe otra vez.
Samuel dio un brinco interior. Todos sus órganos se habían paralizado. Acababa de oír una petición del criminalista. Otra pérdida de tiempo.
Rodríguez le contó a Veitía, camino al ascensor, la historieta de su amigo Sosa. Saludaron a los tenientes Wong y Flechilla. Un ser de espaldas a ellos les era familiar, sobre todo a Veitía. Entraron a un cubículo. Pero si es…
¡(ex) capitán Contino! Coño, mis socios, qué bolá con ustedes, ¿tienen un nuevo caso? Cuándo no.
Rodríguez salió de ese despacho. Se acercó al bebedero y activó la perilla. Por el grifo salía agua, casi del tiempo, y presagió que en invierno la tomaría fría. Una descongelada idea también le predijo que el nuevo caso que le había asignado el coronel Pupo les explotaría las sienes. Se reporta un cadáver en una zona chapeada por un trabajador de Comunales, además de un cráneo a unos cien metros de la escena del crimen.
Los cuerpos de los criminalistas bajaban a merced del elevador. El Laboratorio comenzaba el análisis del cráneo (entregado por Rodríguez), de su registro dental. Sin dudas, se trataba de una persona desaparecida hace años.
—Por lo menos dos.
—Sí —repuso Rodríguez—, es el tiempo de la exhumación.
—Pensándolo bien, serían más años.
—Sí, Veiti, es probable que el asesino lo haya decapitado…
—Sí y no. Es una posible hipótesis. Aunque está decapitado o decapitada. ¿Y los demás restos?
—Oiga, socio, vamos a dejarle eso al Laboratorio y a los peritos, ¿quieres?
—Seguro, man, seguro.
La Copa Intercontinental de Béisbol había comenzado. Cuba blanqueó a Holanda cinco por cero. A Japón le costó trabajo ganarle ocho por siete, y a Venezuela la aventajó quince carreras por dos.
Rodríguez acababa de apagar su walkman y de encender el radio del 2107. Por lo menos voy a ahorrar baterías (AA), que están difíciles de conseguir. Sí, compadre, hasta en las shopping. Na‛, tú verás que ahorita bajan varios contenedores en el Anillo del Puerto.
—Qué inestabilidad.
El capitán Veitía se estiró en el asiento del copiloto. Eh, ¿y este sueñecito? Rodríguez accionó el chucho y disparó todas las velocidades del 2107 que no se sentía por la calzada. Días atrás había sido desmontado, pieza por pieza. El futuro sargento creía ver en las jovencitas que andaban por la avenida a la hija de Veitía. Aún no se atrevía a pedirle los libros de G. Cabrera Infante. Pensaba que si Yamila todavía no había hablado con su padre de semejante pedido era por cierta precaución.
En la mente del joven criminalista pululaban las vivencias del último cumpleaños de Veitía. De las palabras que, tal vez, dijo demás. También de las expresiones que sus superiores afirmaron y repitieron. Sólo quería comprobarlas. Si de verdad las iban a cumplir. Al unísono pensó en el cráneo que descansó en su apartamento varias horas. Si mima lo hubiera visto, cavilaba, no sé qué le hubiera dado por decir… o por gritar. Rodríguez tenía el día franco debido a un trabajo voluntario que hicieron en la Provincial el día anterior. Pero las coincidencias de los hallazgos sacudieron a ambos camaradas. Y valga la suerte que me dio por irme en el 2107, dijo Veitía. Si no, llegaríamos más tarde, agregó Rodríguez. Pupo se hubiera vuelto un ogro. Si sigue así se va a infartar. Por mí, que se ahorque.
El narrador deportivo anunciaba el juego, para mañana, entre Cuba y República Dominicana. Rodríguez se maldecía por el caso que debían investigar. Blasfemaba por no poder sentarse en uno de los depauperados bancos del Estadio Latinoamericano. Eso se lo advirtieron en la Escuela de Criminalística: un alto espíritu de sacrificio. Tenía que ceder ante el gran pasatiempo de los cubanos: el béisbol. Se acostumbraría a encender, de cuando en cuando, el radiecito portátil o el walkman, para escuchar las incidencias de cada partido. Era una resignación. También la de esperar que le otorgaran una casa como medio básico. La madre se lo repetía cada mes. Si se están sacrificando, ¿qué mejor compensación? Rodríguez creyó que había fallado al aceptar la motocicleta y no un hogar. El edificio de vigas de madera y losa cada octubre se estremecía por los aguaceros y los vientos. Las filtraciones se multiplicaban y el Delegado de la circunscripción sólo hablaba de albergues o de centros de trabajos ambientados para los damnificados. La madre no iba a ceder ni un ápice. Primero muerta que exponer mi privacidad.
La época en que se llevó a cabo esta investigación policial era diferente a los primeros años de los noventa. Algunos decían que acababa de empezar la segunda parte del periodo especial; aunque otros aducían que el primer periodo especial fue en 1970, cuando la Danza de los Millones. Fueron años letales los que le sucedieron, sobre todo el 71 y el 72. Pero este presente era distinto. Se decía, de boca en oídos o a garganta a degüello, que en los noventas se podía viajar al campo y hacer negocios con los “guajiros”; sin embargo, ya antes del milenio, si te arriesgabas a negociar en el campo, la mercancía te la decomisaba la policía, además de una multa de mil quinientos pesos. Siempre había alguien que se arriesgaba.
También había pasado de moda la era de los balseros, a pesar de hallarse balsas con motores estacionarios. Se hablaba de una crisis de lancheros y de la prohibición de un éxodo, como el de 1994. Ni a EE.UU. ni a Cuba le convenía por las consecuencias secundarias.
Rodríguez adelantaba y retrazaba, como en un vídeo, desde que empezaron a investigar el caso Zubizarreta. Observaba a Samuel González, sentado frente a él y separado por una mesa para dos. Los ojos del anciano espiraban cierto grado de preocupación, por lo cual se esclarecían las evidencias de un primer sospechoso.
El futuro sargento esperaba la orden de Veitía para que Samuel volviera a ver el cadáver, esta vez más limpio.
—¿Ahora lo recuerda? —preguntó Veitía.
—Sí. Lo conocí —admitió Samuel.
—Mire, nosotros sabemos que usted no tiene antecedentes penales, que, de cierta manera está integrado a la Revolución, y que, patatín que patatán. Pero díganos lo que sabe.
El anciano se prestó a colaborar. Salieron del Departamento de Ciencia Forense. Uno de los ascensores mantenía su fauce abierta, para engullirlos en un descenso hacia un cubículo atestado de computadoras e informáticos. Samuel caminaba a la vanguardia. Detrás, Veitía platicaba en voz baja con Rodríguez. Cuba jugaba en el Latino. Se abrazaba a tres carreras contra los dominicanos.
Samuel había obedecido la orden del capitán Veitía. Sin desafueros se postró en una silla giratoria. Juraba que nunca se había sentado en una. Antes del interrogatorio, se movía hacia los lados, hacia delante, un poco para atrás y se entretenía, de esa forma, como un adolescente que fue. Ya no le preocupaba entregar, en fecha, la parcela de tierra. Pa‛l próximo mes. Quería terminar de una vez con la policía. Esa pérdida de tiempo le mataba la curiosidad de saber el modus operandis de los criminalistas. Se resignaba a esperar su hora libre, para poder disponer de su vida. Pensó, a intervalos, en su nieta, en la piñata que le prometió y que ya no se la podría comprar, a no ser que un extraterrestre lo ayudara a terminar de desyerbar la zona enmarcada.
—Pues bien —intervino Veitía—. Hemos sido pacientes. Los peritos encontraron unas bolitas encima del cadáver del Sr. Zubizarreta. Son blancas y rojas. Mejor dicho: dieciséis blancas y dieciocho rojas. Las que pudieron contar. Usted usa un collar con esas bolitas.
—Un momento. Yoo… voy a decirles cómo pasó todo, oigan bien, todo, todo. Y hagan sus indagaciones como les parezca.
—¿‛ Cómo les parezca ‛? Las hacemos como son.
—Sí, sí. No se ponga bravo. Este collar —lo tomó con sus manos— fue de cuando mi “coronación”. Yo me “hice santo” hace cuatro años. Soy hijo de Changó.
En cuanto al español, siguió contándole Samuel, sí. Nos conocimos en el Hotel S. Sí, como no. Allí le hablé de un RENT A ROOM. Con él estaba su esposa que no podía subir a la habitación con su marido. Por eso se mudaron pa‛ ese lugar que les dije…
—¿Su esposa?
—Sí. Una joven de veintipico.
Veitía miró hacia Rodríguez.
—¿Es cubana?
—Sí, oficial.
—Bueno, Samuel, dinos lo que sabes. El arma homicida fue un machete, ¿ok? Usted tiene uno, aunque no se le encontró sangre de Zubizarreta. Pero en su guataca sí, y bastante.
El jubilado se traqueó los dedos de ambas manos. No sabía si mirar por la ventana de cristal. Se vio en el display apagado de una computadora. Pidió que lo dejaran fumar. Encendió un cigarro. El marasmo de humo hizo que Rodríguez se distanciara física, pero no mentalmente.
—Yo tengo un machete…
—Lo pudo limpiar después —le interrumpió Veitía—. Pero siga, siga. Me gusta su versión.
Por los ojos de Samuel González afloraron sentimientos. Podía ser una buena coartada. Sin embargo, las palabras las pronunciaba con el corazón y con una seguridad que puso de pie a los criminalistas.
—Usté dijo que lo mataron con un machete, capitán, no con una guataca. Créame, no tuve que ver, aunque lo conocí fugazmente. Ya le conté mi versión. Corríjala si puede, pero no le podrá quitar ni agregar.
—¿Cómo dijo que se llamaba el cochero?
—Marino o Mariano, de SUNCEL S.A.
Un informático abrió el programa de computación y fue quitándole y agregándole las características que, a juicio de Samuel, poseía aquel cochero, cuya Empresa operaba por algunos hoteles de la capital.
Veitía había dejado libre de sospecha, por el momento, al anciano Samuel. Otro anciano, casi de su misma edad, yacía en una de las camillas que el forense introduciría en un túnel para su conservación.
—Hay que averiguar en Inmigración por el nombre de esa joven, la esposa, ¿oíste, Rodri?
—Sí, jefe. Déjeme eso a mí.
Veitía desplomó los glúteos en la butaca. Mañana, a primera hora, quiero esa información. Se llevó a los labios un sorbo de café Cubita. El aroma junto a la cafeína le propició un placer de mil quilates.
—Ah, también tenemos que ver a tu amiguito.
—¿A Sosa?
—… ¿No se llama así?
—Y al viejo, al otro viejo, a Vicente Acuña.
—Iremos paso a paso. Hay que visitar el Hotel S.
El oficial notó un brillo en los ojos de su ayudante. Recordó el caso Báez-Ulloa y a los cuatro policías que ejecutaron una operación sin cobertura policial. Vila fue el único sobreviviente de los cuatro. En su biblioteca privada estaba una edición de El Nuevo Herald de Miami donde se hablaba del ex policía asilado. También rememoró un diálogo entre Noris y Yamila respecto a varios libros que Rodríguez quería leer.‛ Ya entraron, ya entraron ‛, repetía en el subconsciente con una solidez que blandía al más impenetrable de los acertijos.
—¿Estás acordándote del restaurante El Bodegón?
—Veo que sabes telepatía, Rodri. Pero no creas que ahora será igual.
—Tú me dijiste que a lo mejor se nos da otra investigación en un restaurante en moneda nacional. Y mira: vamos a entrar a un hotel dolarizado.