
La fiera
Alberto Acosta Brito
La fiera
By Alberto Acosta Brito
Copyright 2011 Alberto Acosta Brito
Smashwords Edition
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A mi esposa Sania
y a mis hijos Roxania, Albertico, Tonito y Suleymis.
Tabla de contenido
La presa no era tal cosa,
para la fiera,
ella se hizo carne,
se aliñó,
se puso delante.
La fiera la esquivó por un rato;
mientras pudo.
No quería devorar carne,
necesitaba saciar sed,
no herir a un humano
y sumar un peligro a su vida.
Pero la presa se desvistió
lavó y perfumó su carne
se convirtió en lujuria y deseo;
la fiera no soportó,
la devoró.
El doliente sufre,
medita,
espera.
Es más que dolor,
es peligro,
es bestia herida.
Mientras la fiera la esquiva,
son enemigos,
víctima de la misma carne
quien disfruta el combate.
Se siente codiciada,
disfruta su posición,
se sabe lejos del peligro.
Espera el ganador
lavará su cuerpo
perfumará su carne
se convertirá en deseo y lujuria
y se le entregará.
Si existiera un empate,
no dudará en ser carne para dos víctimas.
Ella espera ese momento
cada hora,
minuto,
segundo,
por días
semanas
meses,
todo el año,
¡quizás por años!
Soy de aguas sucias,
y manantiales contaminados.
Mi cuarto fue una hedentina,
de tabaco, café y demencia.
Crecí en cuna sana y cuarto sucio.
Soy quien soy porque he pulido la vida
con los traspiés que he dado.
Soy quien soy porque me he puesto
a mirar al mundo colgado de mis pies.
Mi lengua no cuelga llena de cantos
vacíos de compromisos;
ellos viajan conmigo,
mientras balanceo mi vida
en el hedor de mi origen.
En encuentros carnales
rompo mi corazón en mis amores.
Yo los imploro crudos,
ellos se imponen como espinosas flores.
Yo los prefiero míos,
ellos se prefieren libres.
Soy de un planeta bélico.
Espécimen de especie proterva.
Posible víctima del frenesí del genocidio.
Y tú, por salir de mi boca,
decir lo que digo,
amar lo que me emana
poner oído a mi voz,
te has llenado de pasión,
pero has puesto tu existencia en peligro.
si te hubieras quedado en el letargo de Dios
no serías exprimido por el dolor
ni ahogado en los horrores.
El hecho de estar colgado,
no me hace un rufián.
El que huela a pétalos
no indica que aplasté mi rosal.
El que sangren mis dedos
no condena a mis rosas.
El que coma la carne cruda
no indica que sea caníbal.
Si volviera andar
y me descolgara de mis pies
evitaría los encuentros carnales,
pasaría por encima del miedo,
cambiaría mi cuna,
limpiaría mi cuarto,
evitaría la demencia.
Ahora está aquí,
bien cerca ese momento,